Liga para descargar gratuitamente el PDF del libro Gilberto Prado Galán: exhumación de su imagen. Pulse en la palabra libro.
viernes, junio 30, 2023
miércoles, junio 28, 2023
Sin agua
El
problema de escasez de agua en Torreón es sumamente grave, tanto que ya es hora
de que las autoridades lo tomen en serio y para venideros años traten de evitar,
ya sin postergaciones, ya sin demagogia técnica, el sufrimiento de la
ciudadanía.
Todavía estamos montados en el mes más caluroso del año, aunque al parecer ha pasado lo peor: han sido dos semanas para recordarlas con tristeza, pues sin misericordia nos pusieron frente a varios días consecutivos con temperaturas máximas ubicadas arriba de los 40 grados. Como ya no hay indicios de que en el futuro tengamos una realidad climática algo menos dura, es imperativo que desde hoy se tomen precauciones para que no falten el agua y la electricidad, dos recursos indispensables en todo momento, pero más en las temporadas de torridez como la que recién cruzamos y de la cual, de hecho, aún no salimos, aunque es cierto que ya pasó lo más difícil.
No
fueron, ni son todavía, pocos los reclamos de la ciudadanía que padece escasez
de agua. Se sabe que muchas zonas de la región han estado sometidas a un
suministro de agua mínimo y además breve, de una o dos horas diarias de flujo,
lo que sin duda trastorna la vida. Hay que insistir en esto: sin agua es
imposible maniobrar, sacar adelante la existencia sin un alto costo físico y
emocional. Sólo quien ha visto vacíos los depósitos de su casa, sólo quien ha
estado muy temprano a la expectativa para verificar si hay presión, sólo quien
se ha bañado con media cubeta o ha resistido al equipo de refrigeración sin
agua sabe a lo que me refiero en esta reiterada alerta. Sencillamente es
imposible vivir, sortear las tareas cotidianas sin la sombra de malestares
variados y tenaces.
¿Será posible algún día tener garantizado el suministro de agua en La Laguna? Me refiero a un suministro digno, permanente y democrático, no al esporádico y fugaz chorrito que flagela a muchas colonias laguneras. Recuerdo que hace años se discutía sobre el futuro y se planteaba que nuestra región estaba en riesgo de vivir sometida a la más severa falta de agua. Pues bien, aquel futuro ya es presente. Estamos al borde del colapso si no es que ya muchos sectores de la comunidad aterrizaron en él. Como dicen, la solución no era para mañana: urge para ayer.
lunes, junio 26, 2023
Argentina 2023
Fueron
días algo vertiginosos y cansados, pero muy gratos porque mezclaron trabajo,
amistad, literatura y gastronomía. Luego del viaje a Saltillo donde el domingo
7 de mayo participé en la Feria Internacional del Libro de Coahuila con la
presentación de “Leyenda Morgan” (UANL, segunda edición, 2023), el jueves 11 de
mayo salimos muy temprano Maribel y yo hacia Buenos Aires. Los vuelos
Torreón-Ciudad de México-Buenos Aires fueron perfectos, y el mismo día 11
aterrizamos en el aeropuerto de Ezeiza a las 10 de la noche. Paramos en un
departamento casi aledaño a la avenida Corrientes esquina con Julián Álvarez,
digamos que en el rumbo de Villa Crespo, cerca de la avenida Raúl Scalabrini
Ortiz, el entorno donde nació el poeta Juan Gelman. Salvo por alguna lluvia
esporádica, el clima que nos acompañó fue inmejorable durante toda la estancia,
tanto que no demandó abrigo pesado, que por las dudas sí llevamos. Fue mi
séptimo viaje a la Argentina y el primero para Maribel, así que ella compartió
ahora conmigo toda la experiencia tantas veces contada en nostálgicas
sobremesas de Torreón. Cargué con mi laptop para el trabajo en casa, el famoso
home office que aprendimos a manejar durante la pandemia, así que los desayunos
y las comidas se desahogaban en el espacio fijo que elegimos como radicación
temporal, lo que significó un ahorro notable. Ya en la tarde venían los
encuentros y los compromisos. El mismísimo viernes 12 a las seis de la tarde
hicimos nuestra única incursión a la Feria Internacional del Libro de Buenos
Aires. En el pabellón chileno era presentada “Una antología insumisa” de mi
amiga Pía Barros, y allí saludé a sus paisanos chilenos Diego Muñoz Valenzuela
y Paulina Bermúdez Valdebenito, y a los amigos argentinos Sandra Bianchi, Laura
Nicastro, Juan Romagniolli, Leandro Hidalgo, Martín Gardella, Raúl Brasca y
Fabián Vique. El sábado lo reservamos para participar en el festejo por el
decimoquinto aniversario de Macedonia Ediciones, emprendimiento editorial
encabezado por Vique y José Luis Bulacio. La ceremonia fue larga, de cuatro
horas, y se dio en la localidad de Haedo, provincia de Buenos Aires. Entre
emotivas mesas de lectura, performances teatrales, música, vino, empanadas y
torta (lo que nosotros llamamos “pastel”), transcurrió aquella jornada plena de
literatura y camaradería en la que tuve el gusto de participar en una mesa de
microficción. Entre otros amigos, allí reencontramos a Carlos Dariel, Norah
Lorenzo, Jorge Figueroa, Nanim Rekacz, Viviana Abnur y Andrea Burucua, y
conocimos a Claudia Cortalezzi, Patricia Dagatti, a la cantautora Myriam Belfer
y al escritor peruano Ary Malaver; en otra oportunidad saludaría también allí a
Javier Ramponelli y al poeta Carlos Norberto Carbone. Al final, ya en la cena,
rematamos en el restaurante Recoleta de Haedo con unas pizzas y otros platos
espectaculares.
Los
días siguieron avanzando con una rutina semejante a la ya descrita: trabajo de
revisión de textos en la mañana, y en las tardes y noches encuentros con los
amigos y la gastronomía porteña. Cuando no hubo encuentros vespertinos, llevé a
Maribel a conocer algunos puntos indefectibles: la Avenida de Mayo, la Plaza de
Mayo, la Casa Rosada, la peatonal Florida, la avenida 9 de Julio, el obelisco,
el café Tortoni, la Mafalda de San Telmo, la plaza del Congreso… Pude conversar
dos tardes (ambas en el café La Ópera) con el gran escritor Enrique Medina,
quien a su vez me presentó al ensayista Antonio Las Heras; saludamos a mi
paisano lagunero José Juan Zapata y a Jéssica, su esposa regiomontana; vimos en
su programa de radio-teatro a Alejandro Dolina, con quien cenamos en el
restaurante Babieca de la avenida Santa Fe. También cenamos y charlamos amplia
y muy afectuosamente en el fabuloso restaurante temático Perón-Perón con
Giselle Aronson y Fernando Veríssimo, y una tarde merendamos en la cafetería
Imperio con el periodista Eduardo Anguita, quien luego me entrevistó en su
programa de Radio Nacional. En ese mismo lugar, pero otra tarde, nos vimos con
el escritor Fernando Sorrentino y Alicia, su esposa. En el restaurante-librería
Casa Tinta cenamos con Sandra Bianchi y su pareja, el periodista Rodolfo
Chisleanschi. Las tardes y las noches estuvieron llenas de actividad, como el
partido de futbol que vimos un lunes por la noche porque nos quedaba a cuatro
cuadras: un choque entre Atlanta contra Gimnasia y Esgrima de Jujuy en el
estadio Don León Kolbowski, sede de Atlanta, donde Maribel, gracias a un joven
vecino de asiento, probó por primera vez el mate. Un domingo tuvimos asado en
casa de Andrea Burucua, y fue Javier, su pareja, quien controló la parrilla que
disfrutamos Hugo Alejandro Gómez, Dariel, Figueroa, Bulacio, Vique, Andrea
(amiga de la Andrea anfitriona), Manuel (hijo de Andrea), Maribel y yo. Una
tarde lluviosa conversé en el Big Joe con mi amigo Mario Berardi, también escritor,
e intercambiamos libros como si fueran banderines. A quienes han colaborado en
Acequias, revista de la Ibero Torreón, les di el ejemplar de papel
correspondiente y mi reiterada gratitud a nombre de la Ibero Torreón. El 23 de
mayo, día de mi cumpleaños, me entrevistaron en la estación Radio Cultura de la
Sociedad Argentina de Escritores (SADE) para el programa “El país y sus
escritores”, conducido por Edgardo Muller, esto en el rumbo más pirrurris de
Recoleta. Y otra tarde, ésta de ventisca, saludamos en la cafetería La Giralda
al gran periodista y narrador Ricardo Ragendorfer, a quien no conocíamos. Una
noche volvíamos ya algo tarde al departamento y nos topamos en la calle Loyola
con un establecimiento (El furor de Villa Crespo que guarda el recuerdo del
maestro Osvaldo Pugliese) de donde emergían notas de tango; con curiosidad
entramos y vimos bailar un rato a las parejas hipnotizadas e hipnotizantes por
culpa de aquel endiablado ritmo. La única actividad mañanera que tuvimos se dio
el jueves 25, cuando por instancias de Alejandro Dolina asistimos a una
entrevista de radio que me hicieron en el programa La Mañana, con Víctor Hugo
Morales, periodista que todos los futboleros no pueden no conocer pues fue él
quien relató para la eternidad el segundo gol de Maradona a los ingleses en
1986, donde bautizó a Diego como “barrilete cósmico” (el barrilete es lo que
nosotros conocemos como “papalote”). El mismo 25 en la tarde asistimos al
festejo del día patrio en la Plaza de Mayo, donde la oradora fue Cristina
Fernández de Kirchner, vicepresidenta argentina. En medio de estas actividades
se dio el curso sobre literatura mexicana que compartí por allá, la
presentación de mi libro “Entre las teclas”, en edición argentina, y un viaje a
Tigre, ciudad turística bellísima a la que el domingo 28 de mayo nos condujeron
Fabián y Adriana. Cuando llegó la noche anterior a nuestro regreso todavía le
sacamos jugo al recorrido: Laura Nicastro y Quique Ruslender, su esposo, nos
invitaron a disfrutar un asado en su departamento, del cual salí además con un
jersey de Chacarita Jr., regalo de Quique, acaso el hincha número uno de los
Funebreros.
¿Algo se me pasa en esta apretadísima y meramente enumerativa crónica? Mucho, todo lo inefable, como el sabor de los vinos o de mis amadas chocotortas con café, como la impagable amistad de tantos amigos y el hecho simple, elemental, de ser, de existir junto a la mujer que amo.
sábado, junio 24, 2023
Escuela de la escritura privada
Vía
Whatsapp recibo un mensaje de cierto joven universitario. Me comparte una
inquietud académica y de inmediato le contesto con la mayor rapidez y amplitud
que me es posible. A veces se puede responder con holgura y a veces no, pero la
prontitud es casi infalible, más cuando entre mi interlocutor y yo hay un nexo
afectivo o laboral. Luego de mi respuesta pasa más de una hora y lo que recibo
es un triste “ok”. No acostumbro dar consejos ni mandar ni regañar a nadie,
salvo quizá, de vez en cuando y hoy cada vez menos, a mis tres hijas, pero esta
vez me interesaba que el joven aprendiera no precisamente una lección, sino un
comportamiento que desde hoy juzgo necesario para su desempeño profesional, ya
que dentro de no mucho tiempo deberá comunicarse más formalmente mediante la
escritura.
Recomendé a mi interlocutor dos o tres reglas de la comunicación profesional. Cierto que nuestro diálogo podría considerarse privado e informal, pero no me pareció mala idea aprovechar el descuido para poner sobre la mesa dos o tres tímidos consejos. Le dije que si la respuesta que pidió le fue enviada inmediatamente, no podía preguntar algo o abrir una conversación en Whatsapp sin continuarla con premura. Dejar que pasara más de una hora luego de la respuesta creaba la sensación de desinterés, e incluso tal paréntesis podría ser asumido como grosería. Asimismo, que un escueto “ok”, sin agradecimiento, agazapa en su simplonería un gesto de muy poca consideración por el otro.
Tras
el minúsculo consejo el joven aceptó el error, lo tomó con buena actitud y pasó
de inmediato a localizar una justificación: “Así escribo con mis amigos”. Esto
me llevó a estirar el comentario. Quizá con las personas muy cercanas, en un
grado superlativo de informalidad, no sea tan necesario el uso de una especie
de “etiqueta” o “buena urbanidad” al escribir en medios como Whatsapp, pero
fuera de tal contexto es pertinente acatar ciertas reglas mínimas de
convivencia escrita.
Le
comenté, por ampliar un poco, que hoy se escribe pésimamente mal en las redes
sociales y en los sistemas de mensajería inmediata como Whastapp o el inbox.
Para quien tiene cierta convivencia con el uso de la escritura, como los
periodistas o los escritores, por ejemplo, las redes o los sistemas de
mensajería no suelen ser espacios de escritura deshilachada, sino uno más de
los sitios en los que se podría notar su esmero en el uso de la palabra. Quien
sólo escribe para las redes o los sistemas privados de mensajes debe tener en
cuenta que los vicios de su escritura desenfadada muy probablemente pasarán a
sus textos más formales, de manera que para un futuro profesionista no está tan
mal obligarse a escribir bien incluso en los contextos de informalidad, pues
eso será una escuela permanente, una especie de práctica sin fin de su
expresión.
Nadie dice que es fácil escribir. Al contrario. Por eso mismo es pertinente que tomemos cursos gratuitos de escritura en las redes y en Whatsapp. Que nuestros ensayos y nuestros errores nos den la mano.
miércoles, junio 21, 2023
Diálogo sobre viejos
Recién
leí un puntual comentario de Alfredo Loera, escritor lagunero, sobre las
librerías de viejo. Hoy en Torreón tenemos cuatro: Otelo, El Libro Usado, La
Tinta y la del güero de la avenida Juárez, cuyo nombre, si lo tiene, ignoro.
Escribe
Alfredo: “Las librerías de viejo
se vuelven entrañables porque son una metáfora de la tradición literaria e
intelectual. Se tiene la equivocada idea de que el canon es lineal, definido,
inamovible y académico. Ese canon tiene únicamente una función formativa o, en
el peor de los casos, comercial. No se puede sacar casi nada de él; es una idea
falsa de la literatura. La tradición es un montón de páginas hongueadas sobre
mesas y libreros repletos de polilla”.
Y continúa: “Me atrae en gran medida la imagen
de lo terroso y de lo antiguo, pues la lectura apasionada se ha vuelto un
trabajo arqueológico; ediciones de libros escritos por gente desconocida que en
su momento fueron los grandes autores, pues así lo aseveran las pequeñas
sinopsis, los grandes premios, y que ahora se nos presentan igualados por el
tiempo, al lado de otros desconocidos quienes pasaron de largo sin ser notados
hasta llegar a nuestras manos…”.
No resistí la tentación de hacer eco a su post
con estas palabras: “Como dicen ahora, me siento ‘representado’
por tu espléndido texto. Soy habitué de las librerías de viejo y, como sé que
visitamos las mismas de la localidad, haz de cuenta que seguí tus palabras como
si fuera una cámara subjetiva de cine: lo que tú veías, yo lo veía igual, con
el mismo decorado, con los mismos clientes ingenuos y no tan ingenuos. Hace
poco fui a Buenos Aires y me traje muchos libros, y sólo el 5% o 10% nuevos. Por
esto: cerca del departamento donde paré hallé una librería de viejo. Era un
paraíso. Como me quedaba a dos cuadras, poco a poco la fui saqueando y pensé
que ya no iba a ser necesario buscar en otras librerías. La razón es simple: en
una sola librería el azar me había deparado más de los que yo podía cargar
hasta Torreón, así que no tenía sentido internarme en otra librería para que el
azar me deparara más libros apetecibles. Con una bastó, con un solo azar fue
suficiente para desbordarme la maleta…”.
Larga vida a las librerías de viejo.
Nota 1. El artículo completo de Alfredo Loera es el siguiente:
Un laberinto llamado “las
librerías de usado”
Alfredo Loera
Es
increíble lo que uno puede hallar en las librerías de usado. Ahí es donde se
encuentra en verdad la tradición literaria de una ciudad; no sólo eso, también
su espíritu, su memoria, sus anhelos, su inconsciente colectivo.
La
formación de un escritor necesita pasar por estos lugares; en especial cuando
en ellos no hay orden: es la mejor manera de hacerse un criterio. Y sobre todo
de perderles el respeto a los libros. No se puede escribir nada si no se les
pierde el respeto a los mayores. Desde luego, se trata de una irreverencia
contenida, siempre hecha con desconfianza, pero a la vez con cinismo; el mismo
cinismo del librero cuando sabe que un volumen de tan maltratado va a la
basura, sin importar el nombre impreso en la portada. ¿Cuántas primeras ediciones
se perdieron así? ¿Cuántos ejemplares firmados por Borges, por Rulfo, por
García Márquez, por Fuentes se tiraron a la basura porque, en el
desconocimientos de estas firmas, los libreros, al ver los tomos humedecidos,
creyeron imposible su venta? En las librerías de usado nadie tiene privilegios;
al menos no, en esas donde todavía no nos alcanza el lavado de cara del
capitalismo rampante que de inmediato busca usurpar los espacios sociales que
se han ido formando por la misma gente.
Libros
por aquí y por allá, de los más diversos temas, sin etiquetas en los
mostradores, sin guías previas de lectura, sin modos de saber si es un libro de
ficción o un estudio sesudo sobre una de las conspiraciones más complejas en
dominio del mundo (ya sea el Club Bilderberg o los reptilianos, aunque creo que
son los mismos); sin nada que nos prevenga o nos predisponga a su lectura más
allá de las solapas y cuartas de forros empolvadas, y en ocasiones ni siquiera
eso.
Las
librerías de viejo se vuelven entrañables porque son una metáfora de la
tradición literaria e intelectual. Se tiene la equivocada idea de que el canon
es lineal, definido, inamovible y académico. Ese canon tiene únicamente una
función formativa o, en el peor de los casos, comercial. No se puede sacar casi
nada de él; es una idea falsa de la literatura. La tradición es un montón de
páginas hongueadas sobre mesas y libreros repletos de polilla.
Me
atrae en gran medida la imagen de lo terroso y de lo antiguo, pues la lectura
apasionada se ha vuelto un trabajo arqueológico; ediciones de libros escritos
por gente desconocida que en su momento fueron los grandes autores, pues así lo
aseveran las pequeñas sinopsis, los grandes premios, y que ahora se nos
presentan igualados por el tiempo, al lado de otros desconocidos quienes
pasaron de largo sin ser notados hasta llegar a nuestras manos; libros de
escritores locales mil veces ninguneados y que al leer el primer cuento del
ejemplar, ahí de pie en los pasillos laberinticos de la librería, nos deja un
buen sabor de boca y la consciencia de que lo literario es algo misterioso y
que va más allá de los reflectores; libros sobre política que ahora sería
imposible publicar por la incorrección ideológica del abordaje, y que sin
embargo interesan incluso más por el arrojo de las ideas y por la sensación de
leer algo con un tufo de prohibido; ediciones de autores leídos en una vieja
reseña, de quienes jamás vimos un ejemplar en las librerías de nuevo y que, al
cabo de años de búsqueda, aparecen amontonados debajo de una caja, la cual
quizás estuvo siempre en el mismo sitio hasta que esa buena tarde nos dignamos
a esculcar.
Y
no sólo eso. Me falta hablar de las personas asiduas a estos lugares. Porque no
me dejarás mentir, estimado lector: no cualquiera se presenta a estos sitios
con la naturalidad necesaria. Para ser asiduo a una librería de usado se
requiere de cierto carácter, de cierta independencia, de cierta vitalidad por
el debate desorbitado. Muchas veces he entablado conversaciones con extraños
sobre temas fuera de toda conexión actual en esos pasillos, o tal vez
simplemente sea la inocua pasión de buscar algún libro sin saber bien a bien lo
que ese libro nos dará. Aunque también es un espacio idóneo para reírse
sanamente de los incautos (risas malignas).
El
primer incauto es aquel que llega ya con el título de la obra y le pregunta al
estimado librero por el ejemplar. Es de lo más cómico que puede ocurrir (más
risas malignas).
Incauto
1: Disculpe, tiene el libro ¿Quién se ha llevado mi queso?
Es
indispensable señalar que inmediatamente después de ser escuchada esta frase en
el local se hace un silencio, sin importar cuántos de nosotros, aquellos otros
incautos en búsqueda del libro de la semana, estemos indagando estante por
estante.
Después
del incómodo silencio, y esto dependerá de la amabilidad del librero o librera,
el diálogo continuará en cualquiera de las tres vertientes.
Opción
1: Librero: No, mijo, no lo tenemos.
Opción
2: Librero: Mira, mijo, acá la onda es buscarle entre todos esos tomos.
Opción
3: Librero: Creo que sí, pero no me acuerdo dónde está.
Por
supuestos siempre hay algunos matices. Recuerdo una vez que, en una de nuestras
más importantes librerías, la Otelo, arribó un joven preguntando por El diosero de Francisco Rojas, y el
estimado librero, muy amablemente (era un hombre extremadamente viejo), se paró
en sus dos muletas y como pudo caminó los veinte pasos hasta el fondo y con una
paciencia infinita, digna de un mártir de la literatura y de los libros, con
sus lentes de fondo de botella se puso a buscarlo; tardó como media hora, lo
entregó y se lo vendió al muchacho por veinte pesos. Eso para mí fue una
especie de milagro. Me hizo recuperar mi confianza en la humanidad.
Pero
hubo otra ocasión en donde la librera (oculto sus identidades pues no deseo
evidenciar a nadie en particular), me acababa de comentar que no sabía que
decirle a la gente cuando alguien abría la puerta con la siguiente frase:
Incauto
2: Señora, recomiéndeme un libro.
Al
salir el cliente, esta vez, al cabo de comprar Las aventuras de Huckleberry Finn, la apreciable librera y yo
soltamos la carcajada. “Ves lo que te digo”, me comentó la mujer.
En
fin, es un mundo con material suficiente para una novela de cuatro tomos con
saltos de tiempo y espacio al estilo de Faulkner, pero por ahora me detengo.
Aquí sólo tuve el deseo de compartirte mi admiración por estos locales. Espero
te hayas entretenido, estimado lector, y que nunca se acaben las librerías de
viejo.
Nota 2. La espléndida foto de este post fue tomada por mi hija Ivana Muñoz en la librería Otelo.
sábado, junio 17, 2023
Madrugada al vapor
Cuando
desperté, el calor no sólo todavía estaba allí, sino peor de molesto que en el
día. Escribo esta crónica entre bostezos, a las seis de la tarde de ayer. No es
extraño que uno se mueva en calidad de zombie cuando la madrugada anterior se ha
escurrido no en el sueño placentero y reparador, sino en una mezcla de vigilia
sudorosa y sueño incómodo. Digamos que el relato debe comenzar con la hora en
la que caí en la cama: a las 11 de la noche del jueves. Gracias al mantenimiento
que yo mismo aplico al aparato de aire lavado, el clima en la habitación mejora
notablemente cuando ya no hay sol, así que me fui al lecho con la expectativa
casi jubilosa de dormir arropado por el vientecillo fresco de mi refrigeración,
una especie de oasis en mi propia casa.
Estaba
soñando no recuerdo qué aventura cuando escuché algo. Como en el cuento
“Luvina”, de Rulfo, lo que oí, somnoliento, fue el silencio. Estaba aturdido
por el cansancio, pero estiré la mano al buró y vi la hora en el celular: las
dos de la mañana. Como si estuviera en una cámara de vacío, no percibí ningún
ruido. Eso me alarmó y me hizo pasar, de golpe y sin solución de continuidad,
de la modorra a la lucidez. ¿Por qué no se oye el hermoso ronroneo del aparato
de aire? ¿Por qué puedo escuchar algunos lejanos vehículos en la calle o los
ladridos de un perro remoto? Volví a estirar la mano y encendí mi lamparita de
lectura: nada. La noticia me cayó como balde de agua helada (una metáfora
totalmente fallida en este caso): no había electricidad. A partir de allí no se
me fue el sueño, sino que me lo arrebató el calor. Hice lo que todos hacemos en
estos casos: abrí la ventana y, como fantasma panzón en calzoncillos, caminé en
la oscuridad para abrir otras ventanas y lograr que el viento tuviera manera de
fluir. Fue infructuoso: no había viento, la madrugada no producía una sola puta
racha de aire benefactor. Intenté dormir.
En
movimiento constante, sin una posición precisa en la cama, como gusano en
comal, esperé que volviera la electricidad como quien espera al amor de su
vida. Pasó quizá media hora y reparé en un detalle; sobre mi almohada ya húmeda
empollé la pregunta: ¿y si sólo se fue la luz en mi casa? A rastras, busqué un
short y una playera en la penumbra, me puse las sandalias y decidí explorar la
calle. Salí, revisé que “la pastilla” no hubiera saltado y luego avancé a la
mitad de la carretera; desde allí, en una escena que de haber sido filmada
sería ridícula, el señor en short verificó que ni una sola brizna de luz refulgía
en la cuadra; de alguna mezquina manera, la desgracia de los vecinos fue un
consuelo: todos estábamos en las mismas transpiradas condiciones.
Volví a la cama y por mi cabeza vi pasar ruidos lejanos. Una moto, una patrulla, un tráiler. En lo más profundo de mi ser rogaba por el milagro, por el literal hágase la luz. Recordé que el miércoles pasado, en esta misma columna, escribí sobre las dos más horribles calamidades de la vida doméstica en medio del calor que ahora padecemos: que Simas nos deje sin agua y que la CFE no acuda rápido a reparar los desperfectos cuando toda una colonia se queda sin servicio. Poco después, vencido por el cansancio, ignoro cómo, terminé por ingresar al sueño. No sé si antes de caer dormido alcancé o no a mentar sus respectivas madres al calor y a la CFE.
miércoles, junio 14, 2023
Calor, agua y electricidad
Este
calor infernal (el adjetivo “infernal” no es aquí un ornamento literario) ha
desbordado el ya de por sí grave problema lagunero de la escasez de agua. Por
el calentamiento global, la casualidad, el monstruoso azar, la ineptitud de las
autoridades o la razón que sea, esta temporada de calor ha alcanzado registros
no sólo extremos, sino sostenidos, de varios días consecutivos en las proximidades
de los cuarenta grados o poco más. Es una probadita, el prenuncio del futuro
que nos aguarda casi sin remedio.
Frente
a este escenario es inevitable revalorar dos bienes a los que sólo les prestamos
atención cuando nos los cortan por demora de pago: el agua y la energía
eléctrica. Cierto que siempre son necesarios, cierto que no podemos prescindir
de ellos, pero en estos lapsos de calidez diabólica pueden ser considerados de
vida y de cuasimuerte, derechos realmente humanos.
La
razón es simple: independientemente de la posición social y económica (aunque,
como siempre, las clases altas pueden sortear los problemas con mayor
facilidad, por ejemplo abriendo espacio a tinacos de almacenamiento tamaño piscina),
la falta de agua y de electricidad lleva al colapso de la vida, de ahí que las
autoridades del Sideapa, Simas y la CFE en particular, y de la autoridad en su
conjunto, deban trabajar para que en el futuro la torridez no nos tome
desprevenidos.
Sin
agua y sin electricidad, reitero, la vida bordea los límites de la resistencia.
Es una tragedia que desgarra minuto tras minuto y transforma los actos más
simples de la cotidianidad, como dormir o ducharse, en desafíos traumáticos.
Por
un lado, la CFE debe estar atenta con sus cuadrillas para la reparación, cuando
truenen, de transformadores. Por otro, Simas y Sideapa no pueden argumentar que
hay poca agua por el alto consumo de temporada, pues lo mismo sucede en
invierno: hay poca agua.
Estamos pues frente a una contingencia, la del calor extremo y el problema en el suministro seguro de agua y de electricidad. Creo que hay tiempo todavía para tomar recaudos y evitar que en el futuro todo esto nos coloque en el colapso que hoy, lastimosamente, estamos rozando. La disposición de agua y de electricidad, insisto, son derechos humanos. Ni más ni menos.
lunes, junio 12, 2023
Leyenda Morgan
Gracias al maestro Enrique Medina por su reseña a mi Leyenda Morgan (UANL, Monterrey, 2023). El comentario fue publicado en la edición de Página 12, Buenos Aires, Argentina, el 12 de junio de 2023. Aquí la reseña.
Teniente
Morgan
Enrique Medina
La novela policial, mirada de costado en sus inicios por alguna crítica “seria”
o “exigente”, y luego revalorizada como un auténtico género literario, tuvo
diferentes etapas antes de consolidarse. Pasando de los enigmas de los
escritores ingleses a la narrativa dura norteamericana, sin dejar de lado la
complejidad del francés Simenón, muchos han sido los creadores que grabaron a
fuego libros señeros con personajes que han quedado como clásicos en la mente
de los lectores. Al Sam Spade de Dashiell Hammett, al Philip Marlowe de
Raymond Chandler, al Mr. Ripley de Patricia Highsmith, al Hércules Poirot de
Agatha Christie, y rematando con el brutal Mike Hammer de Mickey Spillane,
dejando espacio para los que falten mencionar, vale sumar ahora al Teniente
Morgan del mexicano Jaime Muñoz Vargas.
Leyenda Morgan se
titula el libro. Con habilidad, el autor ha sabido construir un personaje con
características muy marcadas y curiosas en una singular narrativa que no sólo
crea un personaje para deleitar con sus aventuras, sino que, en sí mismo ya de
por sí, es una considerable creación que se yergue por mérito propio en las
páginas que lo dibujan. El modo que tiene el protagonista para
presentarse: “Morgan, Teniente Morgan”, imitando al agente de inteligencia 007
con su “Bond, James Bond”, es la clave para ingresar a este fascinante mundo de
acontecimientos descalabrantes. Rudas, sangrientas, por momentos
escalofriantes, estas historias se desenvuelven en un decorado oscuro y
siniestro que el autor describe con absoluta maestría en una narración que
peca, muy bien, de tosca inocencia y sutil ferocidad.
El protagonista es un personaje cuyos rudos y
sangrientos episodios atrapan completamente. Siendo un nadie lavacoches,
de suerte pasa a vestir el uniforme azul de policía. De ahí, gracias al milagro
de un muy sonado caso de secuestro, en el que participa apenas dándose cuenta,
pero sabiendo aprovechar los coletazos del periodismo amarillista que lo erige
héroe por haber perdido parte de la oreja derecha, debido a un balazo cómplice
en el trámite, rápido, de reflejos bien aceitados, y gracias a verse en los
diarios que lo muestran héroe, el protagonista deja de ser un policía de cuadra
y pasa a convertirse en investigador judicial. Y ya, apenas si le falta hacerse
acreedor de rasgos que lo singularicen. Magistral, el autor lo describe
terminante y con feliz rúbrica.
Morgan, que en realidad tiene un nombre chato y sin
brillo, se erige teniente y calza botas picudas de tacón cubano, fuma
cigarrillos Raleigh, bebe mucha cerveza marca “Indio”, empuña una pistola
“Beretta” de nueve milímetros y quince tiros, y maneja un Impala que a veces
niega venirse a razones. Y por si fuera poco, es fanático de la música rock de
su juventud. Estas características que lo identifican con aspaviento entre sus
pares, sólo son los detalles pintorescos que le dan color y simpatía; pero
también tiene otras que sólo comparten el autor y los lectores: y es una profunda
vocación de corrupto, asesino y coimero.
Cada aventura es una delicia de ingeniosidad y estilo. Así
como coimea desvergonzadamente, también es estafado por algún asesino falto de
palabra. Pero también sabe prorratear una recompensa desmesurada como si
lidiara con un tendero de barrio popular. En otra historia es alquilado para
actuar como sicario, pero, extrañamente, elimina al contratante. Los
relatos se hacen atractivos porque el lector también debe meterse a detective y
descubrir la conclusión junto al Teniente Morgan, cuando él, recurriendo al
clásico estilo de los finales policiales, pasa a explicar el caso cerrando el
episodio. Admirable libro y notable escritor.
El novelista Guillermo Arriaga, guionista, entre
otras, de las películas Amores perros y 21 gramos, ha escrito
sobre Muñoz Vargas: “Su narrativa suda, huele, moja, ensucia de sangre,
lágrimas, semen. Y encima de todo esto es, además, un escritor elegante. Su
prosa es limpia, precisa; al estilo de los grandes contadores de historias, no
se queda en un regodeo estéril del lenguaje. Quien lea este libro tendrá el
viejo placer de encontrarse con una historia contada de manera espléndida, con
un escritor que sabe su oficio, un maestro que usa el lenguaje con
sabiduría”.
Cabe destacar las ilustraciones de Rubén Escalante Alonso, que dibuja el personaje con hondura y patetismo, como si se lo hubiera cruzado en algunos de esos aciagos piringundines de terror. Jaime Muñoz Vargas nació en Gómez Palacio, Durango, en 1964. Es editor y maestro de la Universidad Iberoamericana Torreón. Ha publicado una veintena de libros, narraciones como El principio del terror, Juegos de amor y malquerencia, Las manos del tahúr; y también de periodismo Tientos y mediciones, Entre las teclas. Ha ganado los premios nacionales de Narrativa Joven, y San Luis Potosí, entre otros. Leyenda Morgan fue editado por la Universidad Autónoma de Nuevo León.
sábado, junio 10, 2023
Juicios del 85
Argentina, 1985
(Santiago Mitre, 2022) es una película que me debía. Está disponible en la
plataforma de Prime y más allá de los asegunes que nunca faltan en estas obras
basadas en hechos reales y relativamente cercanos en el espacio y en el tiempo,
es un film muy útil para acceder al conocimiento más simplificado posible de tres
hechos: uno, la máquina de aniquilación política puesta en funcionamiento de
1976 a 1983 en la Argentina; dos, el llamado Juicio a las Juntas, es decir, a
los militares que ejercieron el terrorismo de Estado; y tres, las consecuencias
históricas que tal enjuiciamiento tuvo para la vida de América Latina en
general y de la Argentina en particular. Cierto que la película se ubica
temporalmente en el punto dos, el juicio de 1985, pero a partir de allí es
inevitable expandir la mirada hacia el pasado y el futuro inmediatos de aquel
año bisagra.
Como
se sabe, en los sesenta y setenta América Latina fue escenario de numerosas
luchas revolucionarias que, con diversos matices, pugnaban por la construcción
del socialismo, dicho esto con un trazo demasiado grueso; eran los años más
tensos de la Guerra Fría, y no es difícil imaginar que el territorio
latinoamericano era una zona sometida a la enorme influencia política y
económica de los Estados Unidos, cuyos presidentes auspiciaban sin reparo golpes
militares y gobiernos títeres para controlar y saquear a las que entonces
fueron bautizadas como “repúblicas bananeras”. El crecimiento de la pobreza, el
enriquecimiento de las oligarquías y la cerrazón política de tales totalitarismos hizo insoportable la realidad y muchos jóvenes, inspirados sobre todo por la
revolución cubana, fueran forzados a seguir el camino de las armas para acceder
al poder y lograr cambios. Las elecciones, cuando las había, solían ser meras pantomimas
y por ello es que nacieron los Tupamaros en Uruguay, los Montoneros en
Argentina, el FPMR en Chile, la Liga 23 de Septiembre en México, el Frente
Sandinista en Nicaragua, Alfaro vive, ¡carajo! en Ecuador, el M-19 en Colombia y
varios más. Mucha sangre corría del río Bravo hasta Ushuaia.
Dada
su peculiaridad histórica, marcada por la influencia voraz de sus oligarcas y su
recurrente golpismo militar, Argentina padeció de todo en los setenta. Se dio
la vuelta de Perón, su triunfo electoral, su muerte y, dada la debilidad y la
impericia de Isabel Martínez, su viuda y presidente, en 1976 fue echada por un
golpe militar que a la postre se convirtió en dechado de brutalidad sin más
límite que el dictado por la sádica imaginación de los represores. Dos casos tristemente
famosos ilustran sus excesos: la apropiación de bebés y los vuelos de la muerte
en los que arrojaban al mar, vivos, a los “subversivos”.
Recuperada
la democracia, con Raúl Alfonsín como presidente, comenzó a tomar forma un
proyecto inédito en el mundo: enjuiciar a exgobernantes por crímenes de lesa
humanidad. No sin turbulencias en la sociedad argentina, el Juicio a las Juntas
(militares) comenzó un lento y denso desahogo de testimonios sobre la
brutalidad verde olivo. El fiscal que encabezó el acopio de pruebas contra los
militares fue Julio César Strassera, personificado por Ricardo Darín, quien
acompañado por el adjunto Luis Moreno Ocampo (Peter Lanzani) y un equipo de jóvenes
leguleyos, supieron configurar un corpus monumental de documentos para
demostrar las atrocidades perpetradas por los Videla, Massera, Agosti y demás asesinos
con insignias en el pecho que durante siete años se convirtieron en un ejemplo más de "la banalidad del mal", como llamó Hanna Arendt al horror nazi convertido en burocracia.
La película se atiene a una secuencia cronológica y abarca desde el momento en el que se sopea apenas la posibilidad de que los juicios se realicen hasta el momento en el que Strassera lee la acusación final. La ficción apela a algunos fragmentos de video real, disponible este último, gracias a YouTube, en numerosos enlaces. Más allá de lo apretado de su trama, y más allá de que alguno (yo mismo) pueda poner reparos a tal o cual adaptación de la realidad al formato fílmico, Argentina, 1985 es un excelente documento para los no iniciados en materia de bestialidad política en América Latina y su difícil procesamiento judicial y su esporádica y siempre deseable consecuencia: la cárcel perpetua para los genocidas.
miércoles, junio 07, 2023
Steiner y el pensamiento
Entre
las diversas colecciones del Fondo de Cultura Económica se encuentra una, la
Cenzontle, que me gusta mucho por tres razones: la primera, su diseño; la
segunda, la brevedad de sus tomos; y la tercera, la calidad de sus contenidos.
Podría añadir una cuarta razón: su bajo precio. En Torreón hay muchos de sus títulos
en la librería Educal enclavada, como sabemos, en el Museo Arocena. Son unos
libritos tamaño cuarto de oficio (más o menos), todos con el mismo diseño exterior
y los mismos excelentes materiales. Tengo varios, y en abril pasado leí uno de
la serie: Diez (posibles) razones para la
tristeza del pensamiento (FCE coeditado con Siruela, México, 2020, 83 pp.).
Lo comento grosso modo.
Su
título es elocuente: el erudito francés (1929-2020) reflexiona en diez capítulos
sobre el pensamiento y la inevitabilidad de la tristeza que atraviesa la consciencia
humana. Cada apartado cierra con una afirmación similar: de la primera a la
décima, concluye que la explorada en cada sección es una razón más para la
tristeza del pensamiento.
Aunque
no tanto como para no hacerlo disfrutable, es un libro denso para quien, como
yo, no está habituado a navegar honduras filosóficas. Siento incluso que más
allá de las conclusiones, más allá del aterrizaje de cada apartado, lo
fundamental, lo mejor, son las afirmaciones que Steiner va dejando en el camino
de su exposición. En cada página hay una pincelada memorable, un razonamiento
asombroso sobre la asombrosa máquina de pensar. En este sentido, es de esos
libros que se antojan llenos de potenciales citas y epígrafes, plenos de quirúrgica
profundidad.
Por ejemplo, sobre la superabundancia de pensamientos inevitables e inútiles: “No hay quizá ninguna actividad humana más extravagante. No pensamos en nuestro pensamiento excepto en los breves periodos de concentración epistemológica o psicológica. Casi en su totalidad, el incesante conjunto y suma del pensamiento pasa fugazmente, inadvertido, sin forma ni utilidad. Satura la consciencia y muy posiblemente el subconsciente, pero se seca como una delgada lámina de agua sobre la tierra abrasada”, y poco más adelante, “la masa del iceberg del pensamiento humano se desvanece, sin ser percibida ni registrada, en el cubo de la basura del olvido”. Un libro pequeño, sí, pero inmejorable para pensar en qué y cómo pensamos, y por qué los humanos somos esencialmente un animal triste.
sábado, junio 03, 2023
Nombres obligatorios
Al compartir algunas ideas sobre
literatura mexicana a público argentino me vi hace poco en la necesidad, dado
el tiempo disponible, de armar una pequeña selección de nombres
representativos. Toda criba de esta índole es injusta, como sucede también en
la constitución de antologías, pero es inevitable cuando requerimos, por
fuerza, una mirada comprensiva, abarcadora.
El tema surgió de una experiencia real. La
cuento. En una sesión de taller literario comenté que el intercambio de libros
entre nuestros países, los latinoamericanos, es paupérrimo, tanto que se reduce a un número de nombres
que caben en una sola mano. Pregunté abiertamente: ¿díganme los nombres de
autores peruanos y argentinos que recuerden? Las
respuestas fueron un buen tanteo de la realidad: en ambos casos apenas pasaban
de cinco precarios nombres. Igual pregunta me atreví a plantear ante amigos
argentinos: a cuántos escritores mexicanos conocían. La respuesta fue análoga
en su número, lo que me reveló que nuestras literaturas se desconocen casi en
su totalidad.
Por ello en la ponencia sobre nuestros escritores ante público argentino quise ampliar la lista de los mencionados. A los ya conocidos (no sé si leídos) Reyes, Paz, Rulfo y Fuentes sumé algunos nombres que ni de broma aparecen en el horizonte argentino de lecturas, pero son, sin duda, clásicos contemporáneos mexicanos. Sólo pensé en el siglo XX. Comencé con Martín Luis Guzmán, que me parece básico. Añadí a Revueltas, frecuente en las listas de autores importantes de nuestro país pero muy desconocido más allá de nuestras fronteras. Mencioné a Rosario Castellanos, un caso parecido a los dos anteriores. Igual hice con Elena Garro y Elena Poniatowska, y a ellas agregué a José Agustín, Ibargüengoitia, Monsiváis y Pacheco.
Las listas de este tipo son muy injustas, por discriminatorias, pero, como dije hace algunos párrafos, son inevitables. Faltan muchos nombres de escritores y escritoras para sentir que allí nuestro país está bien representando, pero incluso en su insuficiencia, en su inevitable pobreza, no es ya lo mismo que los cinco o seis nombres de cajón que siempre afloran para dizque abrazar a la literatura mexicana.
miércoles, mayo 31, 2023
De obras completas
Lo
más común es que las obras completas jamás sean verdaderamente completas sobre
todo en los autores de caudalosa producción. Las razones de esta paradoja son
varias, y una de las más importantes es la negativa del escritor o del editor a
publicar “todo” en estricto sentido, es decir, todo lo que se dice todo. Sin
embargo, hay aproximaciones al ideal, como es el caso de Alfonso Reyes y los
cerca de treinta tomos que desde finales de los cincuenta han venido
apareciendo con el sello del Fondo de Cultura Económica. ¿Algún día estará
completa la herencia escrita del regiomontano? Supongo que no, que algo quedará
al margen, pero seguramente será lo menos importante.
Hay
un cierto tipo de lector (me incluyo en este grupo) obsesionado por reunir las
obras completas de sus autores más queridos. En teoría es para leerlos
cabalmente, pero sospecho que esta motivación es falsa: la razón es para
tenerlos a la mano de manera íntegra o casi íntegra, pues para el lector al que
me refiero sería algo inquietante saber que de sus autores favoritos no tiene
tal o cual título fundamental, sería un vacío. La obsesividad a la que se llega
puede ser enfermiza, y eso lo supo la vieja editorial Aguilar, que durante
varias décadas preparó tomos descomunales y casi ilegibles para satisfacer a
los lectores deseosos de no perderse nada.
Del
sello de Aguilar todavía es posible conseguir muchos clásicos en aquel papel
biblia ya legendario. Por supuesto, sólo son asequibles en librerías de viejo o
en sitios de internet. Cervantes está en un tomo gordo, Quevedo en dos (prosa y
poesía), Lope creo que en tres, y así todos los grandes y algunos no tan
grandes: Goethe, Balzac, Stendhal, Destoievski, Tolstoi… Casi me atrevo a decir
que quien los busca y los conserva procede por coleccionismo o consulta
específica, pues los libros de Aguilar tienen páginas difíciles de leer, por lo
incómodo de su pequeña tipografía y por lo pesado de cada tomo.
Me parece muy recomendable tratar de agotar el catálogo de libros de cada autor, tener sus (hasta donde se pueda) obras completas, siempre y cuando nos esforcemos por desahogar poco a poco su lectura. El caso es fugarse del mero coleccionismo, que no está mal, pero tampoco es muy meritorio que digamos.
sábado, mayo 27, 2023
Una anécdota viva

De
vez en cuando reencuentro anotaciones, apuntes, bocetos y demás en las entrañas
de mi computadora. Son borradores inéditos, ideas sueltas que, a la manera del
diario personal no de papel sino digital, captan un pedacito de vida cotidiana.
En este caso es una anécdota de hace diez años, inédita; viene a continuación y
creo que sigue sugiriendo un buen proceder de parte de los padres y sus hijos:
Aunque
se base en una anécdota personal del martes pasado, el tema nos atañe a todos,
no sólo a quienes vivimos ya el privilegio/desafío de ser padres. Narro. Iba en
el coche con mis hijas rumbo a su escuela, temprano. La de doce años llevaba
una cartulina hecha tubo, y en un semáforo preguntó que si podía mostrármela.
Le dije que sí. Al verla, traté de no exhibir ningún azoro, y pensé que se
trataba de algún tema contenido en la unidad equis de cierta materia vinculada
con lo social. Sólo dije que estaba bien y ya.
En
realidad eran dos cartulinas, y ambas abordaban el mismo asunto: “El matrimonio
entre personas del mismo sexo”. La niña me informó que era para una exposición
en equipo que ofrecerían el jueves en el salón de clases, así que llevaba las
cartulinas para que la maestra les diera el visto bueno. Todavía con interés
intencionalmente mediano, le pregunté que dónde, en qué libro de texto, veían
ese tema. Me daba íntimo gusto, por supuesto, que los libros de texto ya
asumieran ese tópico como parte de lo que se debe plantear y debatir en la
adolescencia.
Yo
estaba seguro de que mi hija contestaría algo así: “Es del libro de educación
tal, unidad tal”. Pero no, su respuesta fue deslumbrante: “No viene en ninguno
de los libros. La maestra dijo que eligiéramos nuestra exposición de manera
libre, y si ella no hubiera estado de acuerdo, no hubiera sido libre. El tema
lo propuse yo, y mis compañeros y compañeras de equipo lo aceptaron”. Debo
decir que en ningún momento percibí morbo o una curiosidad anómala en esta
conversación, y me cuidé de no parecer demasiado inquisitivo, aunque tampoco
indiferente. El jueves se dio la exposición, les fue muy bien, y fin, no pasó
nada.
Lo
que veo detrás de esto es mucho más de lo que ocurrió, claro. Veo un cambio de
mirada respecto de un asunto que en la niñez de quienes pasamos, no sé, los
cuarenta años, no sólo era imposible tratar, sino siquiera pensar como posible,
como “tema”. Jamás, que yo recuerde, y eso que estuve en puras escuelas
públicas, hablamos sobre homosexualidad de manera frontal, en el grupo; jamás
en las conversaciones privadas de los patios escolares dialogamos sin tomar el
tema a broma o sin hacer sátira del compañero o compañera, o maestro o maestra,
que estuvieran bajo sospecha colectiva.
Más allá de que sólo sea un abordaje esporádico, una anécdota y no la unidad específica de un libro de texto en el área de “ciencias sociales”, me dio gusto saber que cuatro niñas y niños de doce años expusieron frente a su grupo, hayan dicho lo que hayan dicho, un asunto que, como tantos otros, debemos orear sin miedo hasta alejarnos del tratamiento añejo: el del secreto, el de la burla o, principalmente, el del silencio.
miércoles, mayo 24, 2023
Veinte años de Corazón de nuez
Prácticamente
no hay año sin que piense en su reedición, pero sistemáticamente la he
pospuesto como tanto se pospone en esta vida. Publicado por primera vez en 2003, Corazón de nuez y otros relatos tuvo
un tiraje corto. Yo lo edité y lo imprimió mi amigo Antonio López en Impresora
Meridiano. En menos de un año, ese primer y único tiraje quedó agotado y a la
fecha creo que conservo un solo ejemplar de archivo.
Una
anécdota notable con este trabajo es la que se dio en la Feria del Libro de
Torreón 2003 que organizaba entonces la Ibero Torreón. En las juntas de
planeación, a las que yo asistía como parte del equipo organizador, alguien
comentó la necesidad de presentar un libro para niños, el que fuera, pues para
entonces ya estaban amarradas las presentaciones de autores como Noé Jitrik,
Luis Humberto Crosthwite, Federico Campbell, entre otros. Fue allí cuando se me
ocurrió plantear que estaba por salir el libro de mi hija, y luego de explicar la
situación, todos aceptaron su presentación en el marco de la Feria del Libro.
Hubo campaña de medios, carteles y toda la promoción pertinente. Lo asombroso
fue que los autores consagrados tuvieron, como ocurre siempre con la
literatura, una cantidad de público buena, la de nuestros estándares laguneros,
cincuenta, sesenta personas por sesión.
En la presentación de Corazón de nuez estuvimos el pediatra de mi hija, Ricardo Acosta; uno de sus maestros, el doctor en pedagogía Sergio Raúl García, y yo. Ricardo Acosta hijo, que tenía siete años entonces y hoy es ya un gran pianista, tocó una pieza. No exagero si digo que pocas veces he asistido a una presentación de libro más concurrida; entre madres y niños había allí (el auditorio de la Ciudad Deportiva de Torreón) aproximadamente 250 personas, lo que rebasó nuestras expectativas. Previendo que la niña no iba a poder dedicar libros con rapidez, antes le hicimos un sello de goma y con eso salimos del apuro. Fue, por todo, un sábado inolvidable. Hoy Renata Iberia, mi hija, tiene 26 años y muchísimo ha cambiado; al repasar con ella sus cuentos de Corazón de nuez —alguna vez reseñados por Vicente Alfonso— no dejamos de reír: qué libertad lucen, qué linda forma tienen los niños de vincularse, sin prejuicios que hagan dique, con las palabras y la imaginación.
sábado, mayo 20, 2023
Ideal del triángulo
En
algún punto de su larga escritura, Borges reseñó uno de los primeros libros de
Manuel Maples Arce, capo del movimiento estridentista. Esto ocurrió en la
década de los veinte, es decir, que el libro de Maples apareció en México y
casi al mismo tiempo, apenas unos meses después, lo estaba comentando Borges en
la efímera revista Proa de Buenos
Aires.
Puedo
suponer que el mismo Maples envío el libro a sus homólogos vanguardistas del
cono sur, y que el joven Borges, de apenas 23 años, lo recibió para luego hacer
la crítica de la cual convido este párrafo: “El libro Andamios interiores es un contraste todo él. A un lado el
estridentismo: un diccionario amotinado, la gramática en fuga, un acopio
vehemente de tranvías, vestiladores, arcos voltaicos y otros cachivaches
jadeantes; al otro un corazón conmovido como bandera que acomba el viento
fogoso, muchos forzudos versos felices y una briosa numerosidad de
rejuvenecidas metáforas” (la prosa de Borges todavía estaba allí en trance de perfeccionamiento,
pero ya se insinuaba la revolución que provocaría veinte años luego).
Pero
no es sobre la relación bilateral Maples-Borges en lo que deseo detenerme, sino en lo
que sugiere este tipo de vinculaciones. ¿Qué hacer para lograr que no se nos
pasen todas las buenas noticias de la literatura en español? El contexto al que
aludo es amplísimo, pues abarca toda la América española y España, una zona de
hecho inabarcable por cualquier pobre lector individual. Borges reseñó al
mexicano Maples porque nuestro paisano le envió su libro, el trámite fue
directo. Ahora bien, en un mundo lleno de información y por ello,
paradójicamente, tendiente a la desinformación por culpa del exceso de
noticias, desde hace muchos años me he obligado a diseñar un mínimo plan de
ataque cuya graficación tiene la forma de triángulo escaleno: para abarcar todo
lo que deseo, elegí México, España y Argentina como ángulos. Son, con enormes
lagunas sin embargo, las tres literaturas que mejor conozco, pero sin que en su
área interior sean menos valiosas las demás naciones. Quiero decir que
atender mayoritariamente a la mexicana, la española y la argentina me permite
expandir la recepción de noticias a la chilena, la uruguaya, la colombiana, la
peruana…, y aunque nos llegue poco, no deja de interesarme la centroamericana,
siempre olvidada, o la cubana, cuyos libros localizo sobre todo en la FIL
Guadalajara. ¿Y la literatura de España? Es tan grande y poderosa que nadie
podría abrazarla, pero de cualquier modo es pertinente tenerla sobre la mesa.
Abarcar todo lo que se produce en el inmenso triángulo que he imaginado es un ideal, jamás podrá ser una realización. Intentar esa mirada totalizadora nos lleva necesariamente a encontrar gratas, muy gratas sorpresas literarias.
miércoles, mayo 17, 2023
Acequias 90 en línea
Acequias,
la revista universitaria de mayor edad en La Laguna y acaso la única
superviviente de su tipo, llega al número 90 y al año 26 de su edad. Comparto
un fragmento del editorial.
Las
autoridades mundiales de salud han declarado el fin de la pandemia luego de los
tres años casi exactos en los que la humanidad convivió con ella. Es cierto que
fue terrible el costo que implicó en términos de pérdidas de vidas y estragos a
la economía, pero también, en contraposición, ha dejado lecciones que, es
deseable, esperamos no sean olvidadas. Una de ellas es la de la potencial
capacidad que tenemos para ejercer la solidaridad.
En
este número de Acequias, el 90 ya,
entramos al año 26 de esta publicación insignia de la Universidad
Iberoamericana Torreón. Una feliz coincidencia nos permite abrir, como en el
primer número de la revista, este nuevo ciclo con grabados del maestro Alonso
Licerio. Ojalá que esto nos augure otros 25 años de andancia editorial.
Abre
el presente número con un mensaje del maestro Juan Luis Hernández Avendaño,
nuestro rector, quien enlista en sus palabras los logros del año transcurrido
como celebratorio del aniversario 40 de nuestra institución. Mucho es lo que se
ha logrado en el curso de este periodo, segundo tramo del actual rectorado.
Siguen al aporte anterior dos textos en los que se plantean reflexiones sobre
temas económicos. Uno sobre el llamado Pequeño Mundo Solidario firmado por José
Ramírez Mijares, Luz María López y Francisco Javier Flores, y el otro sobre la
pertinencia del trabajo con perspectiva de género, firmado por Zaide Patricia
Seáñez. Luego, un ensayo de Raúl Blackaller sobre las contingencias de la
educación y su imprevisibilidad, y una crónica urbana del periodista y escritor
Iván Hernán Benítez.
Les
siguen un amplio ensayo de Gerardo García Muñoz sobre la novela Laberinto, de
Eduardo Antonio Parra, y un apunte de Jaime Muñoz en torno a las líneas
generales del cuento como género. Cierran este número dos textos literarios: un
fragmento de Monólogo desde el olvido, novela de la periodista y escritora
lagunera Nancy Azpilcueta, y dos poemas de Tanya Villarreal, colaboradora de la
biblioteca de la Ibero Torreón.
Que la edición 90 de Acequias les depare un buen rato de lectura.
sábado, mayo 13, 2023
Macedónica edición
Hace quince años, el escritor argentino Fabián Vique
sentó la primera piedra de un proyecto llamado Macedonia Ediciones. Lo hizo en
su ciudad natal, llamada Morón, en la zona del llamado conurbano bonaerense. Su
idea central era abrir cancha, sobre todo, a la microficción, género que, como
el cuento y la poesía, tenía y sigue teniendo una presencia marginal en los sellos
editoriales más poderosos. A los libros con relatos brevísimos, Macedonia
añadió títulos de poesía y un poco, también, de ensayo, novela y cuentos más
convencionales. En su nómina autoral destacan escritores de Argentina, pero
también los hay chilenos y peruanos.
Macedonia ha sido pues un enclave de la microficción en
Sudamérica, y su trabajo ha hecho pinza con otros emprendimientos importantes
como el de Micrópolis (Perú), Brevilla y Letras de Chile (Chile) y Ficticia
(México). Se puede decir, por ello, que si en nuestro espacio geográfico y
lingüístico el cuento súbito se ha desarrollado en los recientes años, esto se
debe a la labor callada y tenaz de editores con innegable vocación por una
forma de escritura cada vez más frecuentada por escritores y lectores.
El trabajo de Vique se vio enriquecido por la
colaboración de José Luis Bulacio, también escritor y editor. Ambos han configurado
un catálogo nutrido de títulos que son evidencia de lo creativo y resistente
que puede ser el deseo de difundir, a terca contracorriente, literatura al
margen de los reflectores.
En la presentación de su web, los macedónicos observan: “Somos
un sello independiente creado en el año 2008, en Morón, Provincia de Buenos
Aires, Argentina. Nuestra materia central es la Literatura.
Nos deleita especialmente lo breve, aquello que en
pocas palabras puede dar aquel cross
a la mandíbula del que hablaba Roberto Arlt, o esa visión del mundo que proponía desde la alcantarilla Alejandra
Pizarnik. Pero también hemos hecho espacio a otras especies como la novela, la
crónica, al análisis del discurso, la Historia, el ensayo y la literatura
infantil.
Integran nuestro catálogo autores contemporáneos que
se caracterizan por sus propuestas creativas, innovadoras, arriesgadas y
bellas. Voces jóvenes sobre todo, no por la contingencia de la edad, sino por
la frescura de su obra.
Nuestro nombre se debe, precisamente, al más joven de
los “viejos”, Macedonio Fernández, autor de obras imprescindibles como el Museo de la Novela de la Eterna y Papeles de Recienvenido.
Participamos de congresos, ferias y encuentros
nacionales e internacionales dedicados a las Letras, además de colaborar con
publicaciones y programas radiales orientados a lo literario. Nuestra
aspiración es seguir creciendo, dando a conocer a talentosos autores de todos
los rincones del país y de Hispanoamérica en su conjunto. Conducimos este
colectivo incontable José Luis Bulacio, Lara Tonco y Fabián Vique.
Compartimos la felicidad de ser parte de los libros y
los universos que los libros son”.
Felices quince años para Macedonia, y a festejar con ellos in situ.
miércoles, mayo 10, 2023
Vestigios de lo leído
Con
una equilibrada mezcla de satisfacción y alarma suelo reencontrarme con mis
viejos libros. Pasa seguido que al reacomodar o sacudir aflora el lomo de algún
título comprado y leído hace no pocos años, a veces hasta cuarenta, y al
hojearlo sobreviene el recuerdo del placer por su lejana lectura y asimismo el
horror por retener apenas vaguedades de su contenido. Supongo que siempre es
así para los no memoriosos como yo: que el usufructo de una lectura remota
suele quedar casi reducido a polvo luego de que ha pasado mucho tiempo, pero esto
no derrumba del todo la alegría de saber que tales o cuales páginas alguna vez
fueron recorridas con la vista todavía no cansada de la juventud.
Ante
esta realidad triste y feliz al mismo tiempo he puesto en práctica un experimento
en el taller literario. Desde hace varios meses, al iniciar cada sesión y
mientras llegan todos los asistentes que suelen participar en ese espacio,
llevo y comento un libro de mis estanterías más antiguas. Antes de salir hacia
el taller, en la mañana de los sábados y sin pensarla demasiado, tomo un poco
al azar cualquiera de los libros que alguna vez me distrajeron y u o me
aleccionaron. Lo cargo hasta el taller y, para hacer tiempo, comento lo que
puedo sobre el autor y sobre el contenido. Todo se basa en lo que me queda en
la memoria, muchas veces apenas algún vestigio de lo leído, pero suficiente
para desahogar quince minutos de comentarios que desean entusiasmar a los
talleristas sobre las bondades del libro elegido.
Hasta
ahora llevo cerca de cincuenta libros, y puedo decir que la adquisición y la
lectura de la mayoría data de hace veinte o treinta años. Reconozco que gran
parte de su contenido se me ha escurrido del depósito de la memoria, pero lo
que queda es materia suficiente para hablar un poco y, sobre todo, para revivir
el goce que alguna vez fue pleno y, pasados tantos años, se ha descarapelado
pero sigue allí, vigente a su modo tenue y maravilloso. Entre los autores ya
sobrevolados están muchos a los que nunca abandono: Borges, Reyes, Cervantes,
Neruda, y otros tantos descubiertos más recientemente como Sorrentino, Cercas,
Iparraguirre…
Lo que a la larga nos deja la buena lectura puede ser poco, pero nunca se va del todo.

















