viernes, junio 30, 2023

miércoles, junio 28, 2023

Sin agua









El problema de escasez de agua en Torreón es sumamente grave, tanto que ya es hora de que las autoridades lo tomen en serio y para venideros años traten de evitar, ya sin postergaciones, ya sin demagogia técnica, el sufrimiento de la ciudadanía.

Todavía estamos montados en el mes más caluroso del año, aunque al parecer ha pasado lo peor: han sido dos semanas para recordarlas con tristeza, pues sin misericordia nos pusieron frente a varios días consecutivos con temperaturas máximas ubicadas arriba de los 40 grados. Como ya no hay indicios de que en el futuro tengamos una realidad climática algo menos dura, es imperativo que desde hoy se tomen precauciones para que no falten el agua y la electricidad, dos recursos indispensables en todo momento, pero más en las temporadas de torridez como la que recién cruzamos y de la cual, de hecho, aún no salimos, aunque es cierto que ya pasó lo más difícil.

No fueron, ni son todavía, pocos los reclamos de la ciudadanía que padece escasez de agua. Se sabe que muchas zonas de la región han estado sometidas a un suministro de agua mínimo y además breve, de una o dos horas diarias de flujo, lo que sin duda trastorna la vida. Hay que insistir en esto: sin agua es imposible maniobrar, sacar adelante la existencia sin un alto costo físico y emocional. Sólo quien ha visto vacíos los depósitos de su casa, sólo quien ha estado muy temprano a la expectativa para verificar si hay presión, sólo quien se ha bañado con media cubeta o ha resistido al equipo de refrigeración sin agua sabe a lo que me refiero en esta reiterada alerta. Sencillamente es imposible vivir, sortear las tareas cotidianas sin la sombra de malestares variados y tenaces.

¿Será posible algún día tener garantizado el suministro de agua en La Laguna? Me refiero a un suministro digno, permanente y democrático, no al esporádico y fugaz chorrito que flagela a muchas colonias laguneras. Recuerdo que hace años se discutía sobre el futuro y se planteaba que nuestra región estaba en riesgo de vivir sometida a la más severa falta de agua. Pues bien, aquel futuro ya es presente. Estamos al borde del colapso si no es que ya muchos sectores de la comunidad aterrizaron en él. Como dicen, la solución no era para mañana: urge para ayer.


lunes, junio 26, 2023

Argentina 2023

 







Fueron días algo vertiginosos y cansados, pero muy gratos porque mezclaron trabajo, amistad, literatura y gastronomía. Luego del viaje a Saltillo donde el domingo 7 de mayo participé en la Feria Internacional del Libro de Coahuila con la presentación de “Leyenda Morgan” (UANL, segunda edición, 2023), el jueves 11 de mayo salimos muy temprano Maribel y yo hacia Buenos Aires. Los vuelos Torreón-Ciudad de México-Buenos Aires fueron perfectos, y el mismo día 11 aterrizamos en el aeropuerto de Ezeiza a las 10 de la noche. Paramos en un departamento casi aledaño a la avenida Corrientes esquina con Julián Álvarez, digamos que en el rumbo de Villa Crespo, cerca de la avenida Raúl Scalabrini Ortiz, el entorno donde nació el poeta Juan Gelman. Salvo por alguna lluvia esporádica, el clima que nos acompañó fue inmejorable durante toda la estancia, tanto que no demandó abrigo pesado, que por las dudas sí llevamos. Fue mi séptimo viaje a la Argentina y el primero para Maribel, así que ella compartió ahora conmigo toda la experiencia tantas veces contada en nostálgicas sobremesas de Torreón. Cargué con mi laptop para el trabajo en casa, el famoso home office que aprendimos a manejar durante la pandemia, así que los desayunos y las comidas se desahogaban en el espacio fijo que elegimos como radicación temporal, lo que significó un ahorro notable. Ya en la tarde venían los encuentros y los compromisos. El mismísimo viernes 12 a las seis de la tarde hicimos nuestra única incursión a la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. En el pabellón chileno era presentada “Una antología insumisa” de mi amiga Pía Barros, y allí saludé a sus paisanos chilenos Diego Muñoz Valenzuela y Paulina Bermúdez Valdebenito, y a los amigos argentinos Sandra Bianchi, Laura Nicastro, Juan Romagniolli, Leandro Hidalgo, Martín Gardella, Raúl Brasca y Fabián Vique. El sábado lo reservamos para participar en el festejo por el decimoquinto aniversario de Macedonia Ediciones, emprendimiento editorial encabezado por Vique y José Luis Bulacio. La ceremonia fue larga, de cuatro horas, y se dio en la localidad de Haedo, provincia de Buenos Aires. Entre emotivas mesas de lectura, performances teatrales, música, vino, empanadas y torta (lo que nosotros llamamos “pastel”), transcurrió aquella jornada plena de literatura y camaradería en la que tuve el gusto de participar en una mesa de microficción. Entre otros amigos, allí reencontramos a Carlos Dariel, Norah Lorenzo, Jorge Figueroa, Nanim Rekacz, Viviana Abnur y Andrea Burucua, y conocimos a Claudia Cortalezzi, Patricia Dagatti, a la cantautora Myriam Belfer y al escritor peruano Ary Malaver; en otra oportunidad saludaría también allí a Javier Ramponelli y al poeta Carlos Norberto Carbone. Al final, ya en la cena, rematamos en el restaurante Recoleta de Haedo con unas pizzas y otros platos espectaculares.

Los días siguieron avanzando con una rutina semejante a la ya descrita: trabajo de revisión de textos en la mañana, y en las tardes y noches encuentros con los amigos y la gastronomía porteña. Cuando no hubo encuentros vespertinos, llevé a Maribel a conocer algunos puntos indefectibles: la Avenida de Mayo, la Plaza de Mayo, la Casa Rosada, la peatonal Florida, la avenida 9 de Julio, el obelisco, el café Tortoni, la Mafalda de San Telmo, la plaza del Congreso… Pude conversar dos tardes (ambas en el café La Ópera) con el gran escritor Enrique Medina, quien a su vez me presentó al ensayista Antonio Las Heras; saludamos a mi paisano lagunero José Juan Zapata y a Jéssica, su esposa regiomontana; vimos en su programa de radio-teatro a Alejandro Dolina, con quien cenamos en el restaurante Babieca de la avenida Santa Fe. También cenamos y charlamos amplia y muy afectuosamente en el fabuloso restaurante temático Perón-Perón con Giselle Aronson y Fernando Veríssimo, y una tarde merendamos en la cafetería Imperio con el periodista Eduardo Anguita, quien luego me entrevistó en su programa de Radio Nacional. En ese mismo lugar, pero otra tarde, nos vimos con el escritor Fernando Sorrentino y Alicia, su esposa. En el restaurante-librería Casa Tinta cenamos con Sandra Bianchi y su pareja, el periodista Rodolfo Chisleanschi. Las tardes y las noches estuvieron llenas de actividad, como el partido de futbol que vimos un lunes por la noche porque nos quedaba a cuatro cuadras: un choque entre Atlanta contra Gimnasia y Esgrima de Jujuy en el estadio Don León Kolbowski, sede de Atlanta, donde Maribel, gracias a un joven vecino de asiento, probó por primera vez el mate. Un domingo tuvimos asado en casa de Andrea Burucua, y fue Javier, su pareja, quien controló la parrilla que disfrutamos Hugo Alejandro Gómez, Dariel, Figueroa, Bulacio, Vique, Andrea (amiga de la Andrea anfitriona), Manuel (hijo de Andrea), Maribel y yo. Una tarde lluviosa conversé en el Big Joe con mi amigo Mario Berardi, también escritor, e intercambiamos libros como si fueran banderines. A quienes han colaborado en Acequias, revista de la Ibero Torreón, les di el ejemplar de papel correspondiente y mi reiterada gratitud a nombre de la Ibero Torreón. El 23 de mayo, día de mi cumpleaños, me entrevistaron en la estación Radio Cultura de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) para el programa “El país y sus escritores”, conducido por Edgardo Muller, esto en el rumbo más pirrurris de Recoleta. Y otra tarde, ésta de ventisca, saludamos en la cafetería La Giralda al gran periodista y narrador Ricardo Ragendorfer, a quien no conocíamos. Una noche volvíamos ya algo tarde al departamento y nos topamos en la calle Loyola con un establecimiento (El furor de Villa Crespo que guarda el recuerdo del maestro Osvaldo Pugliese) de donde emergían notas de tango; con curiosidad entramos y vimos bailar un rato a las parejas hipnotizadas e hipnotizantes por culpa de aquel endiablado ritmo. La única actividad mañanera que tuvimos se dio el jueves 25, cuando por instancias de Alejandro Dolina asistimos a una entrevista de radio que me hicieron en el programa La Mañana, con Víctor Hugo Morales, periodista que todos los futboleros no pueden no conocer pues fue él quien relató para la eternidad el segundo gol de Maradona a los ingleses en 1986, donde bautizó a Diego como “barrilete cósmico” (el barrilete es lo que nosotros conocemos como “papalote”). El mismo 25 en la tarde asistimos al festejo del día patrio en la Plaza de Mayo, donde la oradora fue Cristina Fernández de Kirchner, vicepresidenta argentina. En medio de estas actividades se dio el curso sobre literatura mexicana que compartí por allá, la presentación de mi libro “Entre las teclas”, en edición argentina, y un viaje a Tigre, ciudad turística bellísima a la que el domingo 28 de mayo nos condujeron Fabián y Adriana. Cuando llegó la noche anterior a nuestro regreso todavía le sacamos jugo al recorrido: Laura Nicastro y Quique Ruslender, su esposo, nos invitaron a disfrutar un asado en su departamento, del cual salí además con un jersey de Chacarita Jr., regalo de Quique, acaso el hincha número uno de los Funebreros.

¿Algo se me pasa en esta apretadísima y meramente enumerativa crónica? Mucho, todo lo inefable, como el sabor de los vinos o de mis amadas chocotortas con café, como la impagable amistad de tantos amigos y el hecho simple, elemental, de ser, de existir junto a la mujer que amo.


sábado, junio 24, 2023

Escuela de la escritura privada

 






Vía Whatsapp recibo un mensaje de cierto joven universitario. Me comparte una inquietud académica y de inmediato le contesto con la mayor rapidez y amplitud que me es posible. A veces se puede responder con holgura y a veces no, pero la prontitud es casi infalible, más cuando entre mi interlocutor y yo hay un nexo afectivo o laboral. Luego de mi respuesta pasa más de una hora y lo que recibo es un triste “ok”. No acostumbro dar consejos ni mandar ni regañar a nadie, salvo quizá, de vez en cuando y hoy cada vez menos, a mis tres hijas, pero esta vez me interesaba que el joven aprendiera no precisamente una lección, sino un comportamiento que desde hoy juzgo necesario para su desempeño profesional, ya que dentro de no mucho tiempo deberá comunicarse más formalmente mediante la escritura.

Recomendé a mi interlocutor dos o tres reglas de la comunicación profesional. Cierto que nuestro diálogo podría considerarse privado e informal, pero no me pareció mala idea aprovechar el descuido para poner sobre la mesa dos o tres tímidos consejos. Le dije que si la respuesta que pidió le fue enviada inmediatamente, no podía preguntar algo o abrir una conversación en Whatsapp sin continuarla con premura. Dejar que pasara más de una hora luego de la respuesta creaba la sensación de desinterés, e incluso tal paréntesis podría ser asumido como grosería. Asimismo, que un escueto “ok”, sin agradecimiento, agazapa en su simplonería un gesto de muy poca consideración por el otro.

Tras el minúsculo consejo el joven aceptó el error, lo tomó con buena actitud y pasó de inmediato a localizar una justificación: “Así escribo con mis amigos”. Esto me llevó a estirar el comentario. Quizá con las personas muy cercanas, en un grado superlativo de informalidad, no sea tan necesario el uso de una especie de “etiqueta” o “buena urbanidad” al escribir en medios como Whatsapp, pero fuera de tal contexto es pertinente acatar ciertas reglas mínimas de convivencia escrita.

Le comenté, por ampliar un poco, que hoy se escribe pésimamente mal en las redes sociales y en los sistemas de mensajería inmediata como Whastapp o el inbox. Para quien tiene cierta convivencia con el uso de la escritura, como los periodistas o los escritores, por ejemplo, las redes o los sistemas de mensajería no suelen ser espacios de escritura deshilachada, sino uno más de los sitios en los que se podría notar su esmero en el uso de la palabra. Quien sólo escribe para las redes o los sistemas privados de mensajes debe tener en cuenta que los vicios de su escritura desenfadada muy probablemente pasarán a sus textos más formales, de manera que para un futuro profesionista no está tan mal obligarse a escribir bien incluso en los contextos de informalidad, pues eso será una escuela permanente, una especie de práctica sin fin de su expresión.

Nadie dice que es fácil escribir. Al contrario. Por eso mismo es pertinente que tomemos cursos gratuitos de escritura en las redes y en Whatsapp. Que nuestros ensayos y nuestros errores nos den la mano.

miércoles, junio 21, 2023

Diálogo sobre viejos

 








Recién leí un puntual comentario de Alfredo Loera, escritor lagunero, sobre las librerías de viejo. Hoy en Torreón tenemos cuatro: Otelo, El Libro Usado, La Tinta y la del güero de la avenida Juárez, cuyo nombre, si lo tiene, ignoro.

Escribe Alfredo: “Las librerías de viejo se vuelven entrañables porque son una metáfora de la tradición literaria e intelectual. Se tiene la equivocada idea de que el canon es lineal, definido, inamovible y académico. Ese canon tiene únicamente una función formativa o, en el peor de los casos, comercial. No se puede sacar casi nada de él; es una idea falsa de la literatura. La tradición es un montón de páginas hongueadas sobre mesas y libreros repletos de polilla”.

Y continúa: “Me atrae en gran medida la imagen de lo terroso y de lo antiguo, pues la lectura apasionada se ha vuelto un trabajo arqueológico; ediciones de libros escritos por gente desconocida que en su momento fueron los grandes autores, pues así lo aseveran las pequeñas sinopsis, los grandes premios, y que ahora se nos presentan igualados por el tiempo, al lado de otros desconocidos quienes pasaron de largo sin ser notados hasta llegar a nuestras manos…”.

No resistí la tentación de hacer eco a su post con estas palabras: “Como dicen ahora, me siento ‘representado’ por tu espléndido texto. Soy habitué de las librerías de viejo y, como sé que visitamos las mismas de la localidad, haz de cuenta que seguí tus palabras como si fuera una cámara subjetiva de cine: lo que tú veías, yo lo veía igual, con el mismo decorado, con los mismos clientes ingenuos y no tan ingenuos. Hace poco fui a Buenos Aires y me traje muchos libros, y sólo el 5% o 10% nuevos. Por esto: cerca del departamento donde paré hallé una librería de viejo. Era un paraíso. Como me quedaba a dos cuadras, poco a poco la fui saqueando y pensé que ya no iba a ser necesario buscar en otras librerías. La razón es simple: en una sola librería el azar me había deparado más de los que yo podía cargar hasta Torreón, así que no tenía sentido internarme en otra librería para que el azar me deparara más libros apetecibles. Con una bastó, con un solo azar fue suficiente para desbordarme la maleta…”.

Larga vida a las librerías de viejo.

Nota 1. El artículo completo de Alfredo Loera es el siguiente:

Un laberinto llamado “las librerías de usado”

Alfredo Loera

Es increíble lo que uno puede hallar en las librerías de usado. Ahí es donde se encuentra en verdad la tradición literaria de una ciudad; no sólo eso, también su espíritu, su memoria, sus anhelos, su inconsciente colectivo.

La formación de un escritor necesita pasar por estos lugares; en especial cuando en ellos no hay orden: es la mejor manera de hacerse un criterio. Y sobre todo de perderles el respeto a los libros. No se puede escribir nada si no se les pierde el respeto a los mayores. Desde luego, se trata de una irreverencia contenida, siempre hecha con desconfianza, pero a la vez con cinismo; el mismo cinismo del librero cuando sabe que un volumen de tan maltratado va a la basura, sin importar el nombre impreso en la portada. ¿Cuántas primeras ediciones se perdieron así? ¿Cuántos ejemplares firmados por Borges, por Rulfo, por García Márquez, por Fuentes se tiraron a la basura porque, en el desconocimientos de estas firmas, los libreros, al ver los tomos humedecidos, creyeron imposible su venta? En las librerías de usado nadie tiene privilegios; al menos no, en esas donde todavía no nos alcanza el lavado de cara del capitalismo rampante que de inmediato busca usurpar los espacios sociales que se han ido formando por la misma gente.

Libros por aquí y por allá, de los más diversos temas, sin etiquetas en los mostradores, sin guías previas de lectura, sin modos de saber si es un libro de ficción o un estudio sesudo sobre una de las conspiraciones más complejas en dominio del mundo (ya sea el Club Bilderberg o los reptilianos, aunque creo que son los mismos); sin nada que nos prevenga o nos predisponga a su lectura más allá de las solapas y cuartas de forros empolvadas, y en ocasiones ni siquiera eso.

Las librerías de viejo se vuelven entrañables porque son una metáfora de la tradición literaria e intelectual. Se tiene la equivocada idea de que el canon es lineal, definido, inamovible y académico. Ese canon tiene únicamente una función formativa o, en el peor de los casos, comercial. No se puede sacar casi nada de él; es una idea falsa de la literatura. La tradición es un montón de páginas hongueadas sobre mesas y libreros repletos de polilla.

Me atrae en gran medida la imagen de lo terroso y de lo antiguo, pues la lectura apasionada se ha vuelto un trabajo arqueológico; ediciones de libros escritos por gente desconocida que en su momento fueron los grandes autores, pues así lo aseveran las pequeñas sinopsis, los grandes premios, y que ahora se nos presentan igualados por el tiempo, al lado de otros desconocidos quienes pasaron de largo sin ser notados hasta llegar a nuestras manos; libros de escritores locales mil veces ninguneados y que al leer el primer cuento del ejemplar, ahí de pie en los pasillos laberinticos de la librería, nos deja un buen sabor de boca y la consciencia de que lo literario es algo misterioso y que va más allá de los reflectores; libros sobre política que ahora sería imposible publicar por la incorrección ideológica del abordaje, y que sin embargo interesan incluso más por el arrojo de las ideas y por la sensación de leer algo con un tufo de prohibido; ediciones de autores leídos en una vieja reseña, de quienes jamás vimos un ejemplar en las librerías de nuevo y que, al cabo de años de búsqueda, aparecen amontonados debajo de una caja, la cual quizás estuvo siempre en el mismo sitio hasta que esa buena tarde nos dignamos a esculcar.

Y no sólo eso. Me falta hablar de las personas asiduas a estos lugares. Porque no me dejarás mentir, estimado lector: no cualquiera se presenta a estos sitios con la naturalidad necesaria. Para ser asiduo a una librería de usado se requiere de cierto carácter, de cierta independencia, de cierta vitalidad por el debate desorbitado. Muchas veces he entablado conversaciones con extraños sobre temas fuera de toda conexión actual en esos pasillos, o tal vez simplemente sea la inocua pasión de buscar algún libro sin saber bien a bien lo que ese libro nos dará. Aunque también es un espacio idóneo para reírse sanamente de los incautos (risas malignas).

El primer incauto es aquel que llega ya con el título de la obra y le pregunta al estimado librero por el ejemplar. Es de lo más cómico que puede ocurrir (más risas malignas).

Incauto 1: Disculpe, tiene el libro ¿Quién se ha llevado mi queso?

Es indispensable señalar que inmediatamente después de ser escuchada esta frase en el local se hace un silencio, sin importar cuántos de nosotros, aquellos otros incautos en búsqueda del libro de la semana, estemos indagando estante por estante.

Después del incómodo silencio, y esto dependerá de la amabilidad del librero o librera, el diálogo continuará en cualquiera de las tres vertientes.

Opción 1: Librero: No, mijo, no lo tenemos.

Opción 2: Librero: Mira, mijo, acá la onda es buscarle entre todos esos tomos.

Opción 3: Librero: Creo que sí, pero no me acuerdo dónde está.

Por supuestos siempre hay algunos matices. Recuerdo una vez que, en una de nuestras más importantes librerías, la Otelo, arribó un joven preguntando por El diosero de Francisco Rojas, y el estimado librero, muy amablemente (era un hombre extremadamente viejo), se paró en sus dos muletas y como pudo caminó los veinte pasos hasta el fondo y con una paciencia infinita, digna de un mártir de la literatura y de los libros, con sus lentes de fondo de botella se puso a buscarlo; tardó como media hora, lo entregó y se lo vendió al muchacho por veinte pesos. Eso para mí fue una especie de milagro. Me hizo recuperar mi confianza en la humanidad.

Pero hubo otra ocasión en donde la librera (oculto sus identidades pues no deseo evidenciar a nadie en particular), me acababa de comentar que no sabía que decirle a la gente cuando alguien abría la puerta con la siguiente frase:

Incauto 2: Señora, recomiéndeme un libro.

Al salir el cliente, esta vez, al cabo de comprar Las aventuras de Huckleberry Finn, la apreciable librera y yo soltamos la carcajada. “Ves lo que te digo”, me comentó la mujer.

En fin, es un mundo con material suficiente para una novela de cuatro tomos con saltos de tiempo y espacio al estilo de Faulkner, pero por ahora me detengo. Aquí sólo tuve el deseo de compartirte mi admiración por estos locales. Espero te hayas entretenido, estimado lector, y que nunca se acaben las librerías de viejo.

Nota 2. La espléndida foto de este post fue tomada por mi hija Ivana Muñoz en la librería Otelo.

sábado, junio 17, 2023

Madrugada al vapor

 







Cuando desperté, el calor no sólo todavía estaba allí, sino peor de molesto que en el día. Escribo esta crónica entre bostezos, a las seis de la tarde de ayer. No es extraño que uno se mueva en calidad de zombie cuando la madrugada anterior se ha escurrido no en el sueño placentero y reparador, sino en una mezcla de vigilia sudorosa y sueño incómodo. Digamos que el relato debe comenzar con la hora en la que caí en la cama: a las 11 de la noche del jueves. Gracias al mantenimiento que yo mismo aplico al aparato de aire lavado, el clima en la habitación mejora notablemente cuando ya no hay sol, así que me fui al lecho con la expectativa casi jubilosa de dormir arropado por el vientecillo fresco de mi refrigeración, una especie de oasis en mi propia casa.

Estaba soñando no recuerdo qué aventura cuando escuché algo. Como en el cuento “Luvina”, de Rulfo, lo que oí, somnoliento, fue el silencio. Estaba aturdido por el cansancio, pero estiré la mano al buró y vi la hora en el celular: las dos de la mañana. Como si estuviera en una cámara de vacío, no percibí ningún ruido. Eso me alarmó y me hizo pasar, de golpe y sin solución de continuidad, de la modorra a la lucidez. ¿Por qué no se oye el hermoso ronroneo del aparato de aire? ¿Por qué puedo escuchar algunos lejanos vehículos en la calle o los ladridos de un perro remoto? Volví a estirar la mano y encendí mi lamparita de lectura: nada. La noticia me cayó como balde de agua helada (una metáfora totalmente fallida en este caso): no había electricidad. A partir de allí no se me fue el sueño, sino que me lo arrebató el calor. Hice lo que todos hacemos en estos casos: abrí la ventana y, como fantasma panzón en calzoncillos, caminé en la oscuridad para abrir otras ventanas y lograr que el viento tuviera manera de fluir. Fue infructuoso: no había viento, la madrugada no producía una sola puta racha de aire benefactor. Intenté dormir.

En movimiento constante, sin una posición precisa en la cama, como gusano en comal, esperé que volviera la electricidad como quien espera al amor de su vida. Pasó quizá media hora y reparé en un detalle; sobre mi almohada ya húmeda empollé la pregunta: ¿y si sólo se fue la luz en mi casa? A rastras, busqué un short y una playera en la penumbra, me puse las sandalias y decidí explorar la calle. Salí, revisé que “la pastilla” no hubiera saltado y luego avancé a la mitad de la carretera; desde allí, en una escena que de haber sido filmada sería ridícula, el señor en short verificó que ni una sola brizna de luz refulgía en la cuadra; de alguna mezquina manera, la desgracia de los vecinos fue un consuelo: todos estábamos en las mismas transpiradas condiciones.

Volví a la cama y por mi cabeza vi pasar ruidos lejanos. Una moto, una patrulla, un tráiler. En lo más profundo de mi ser rogaba por el milagro, por el literal hágase la luz. Recordé que el miércoles pasado, en esta misma columna, escribí sobre las dos más horribles calamidades de la vida doméstica en medio del calor que ahora padecemos: que Simas nos deje sin agua y que la CFE no acuda rápido a reparar los desperfectos cuando toda una colonia se queda sin servicio. Poco después, vencido por el cansancio, ignoro cómo, terminé por ingresar al sueño. No sé si antes de caer dormido alcancé o no a mentar sus respectivas madres al calor y a la CFE.

miércoles, junio 14, 2023

Calor, agua y electricidad


 







Este calor infernal (el adjetivo “infernal” no es aquí un ornamento literario) ha desbordado el ya de por sí grave problema lagunero de la escasez de agua. Por el calentamiento global, la casualidad, el monstruoso azar, la ineptitud de las autoridades o la razón que sea, esta temporada de calor ha alcanzado registros no sólo extremos, sino sostenidos, de varios días consecutivos en las proximidades de los cuarenta grados o poco más. Es una probadita, el prenuncio del futuro que nos aguarda casi sin remedio.

Frente a este escenario es inevitable revalorar dos bienes a los que sólo les prestamos atención cuando nos los cortan por demora de pago: el agua y la energía eléctrica. Cierto que siempre son necesarios, cierto que no podemos prescindir de ellos, pero en estos lapsos de calidez diabólica pueden ser considerados de vida y de cuasimuerte, derechos realmente humanos.

La razón es simple: independientemente de la posición social y económica (aunque, como siempre, las clases altas pueden sortear los problemas con mayor facilidad, por ejemplo abriendo espacio a tinacos de almacenamiento tamaño piscina), la falta de agua y de electricidad lleva al colapso de la vida, de ahí que las autoridades del Sideapa, Simas y la CFE en particular, y de la autoridad en su conjunto, deban trabajar para que en el futuro la torridez no nos tome desprevenidos.

Sin agua y sin electricidad, reitero, la vida bordea los límites de la resistencia. Es una tragedia que desgarra minuto tras minuto y transforma los actos más simples de la cotidianidad, como dormir o ducharse, en desafíos traumáticos.

Por un lado, la CFE debe estar atenta con sus cuadrillas para la reparación, cuando truenen, de transformadores. Por otro, Simas y Sideapa no pueden argumentar que hay poca agua por el alto consumo de temporada, pues lo mismo sucede en invierno: hay poca agua.

Estamos pues frente a una contingencia, la del calor extremo y el problema en el suministro seguro de agua y de electricidad. Creo que hay tiempo todavía para tomar recaudos y evitar que en el futuro todo esto nos coloque en el colapso que hoy, lastimosamente, estamos rozando. La disposición de agua y de electricidad, insisto, son derechos humanos. Ni más ni menos.

lunes, junio 12, 2023

Leyenda Morgan














Gracias al maestro Enrique Medina por su reseña a mi Leyenda Morgan (UANL, Monterrey, 2023). El comentario fue publicado en la edición de Página 12, Buenos Aires, Argentina, el 12 de junio de 2023. Aquí la reseña.

Teniente Morgan

Enrique Medina

La novela policial, mirada de costado en sus inicios por alguna crítica “seria” o “exigente”, y luego revalorizada como un auténtico género literario, tuvo diferentes etapas antes de consolidarse. Pasando de los enigmas de los escritores ingleses a la narrativa dura norteamericana, sin dejar de lado la complejidad del francés Simenón, muchos han sido los creadores que grabaron a fuego libros señeros con personajes que han quedado como clásicos en la mente de los lectores. Al Sam Spade de Dashiell Hammett, al Philip Marlowe de Raymond Chandler, al Mr. Ripley de Patricia Highsmith, al Hércules Poirot de Agatha Christie, y rematando con el brutal Mike Hammer de Mickey Spillane, dejando espacio para los que falten mencionar, vale sumar ahora al Teniente Morgan del mexicano Jaime Muñoz Vargas.

Leyenda Morgan se titula el libro. Con habilidad, el autor ha sabido construir un personaje con características muy marcadas y curiosas en una singular narrativa que no sólo crea un personaje para deleitar con sus aventuras, sino que, en sí mismo ya de por sí, es una considerable creación que se yergue por mérito propio en las páginas que lo dibujan. El modo que tiene el protagonista para presentarse: “Morgan, Teniente Morgan”, imitando al agente de inteligencia 007 con su “Bond, James Bond”, es la clave para ingresar a este fascinante mundo de acontecimientos descalabrantes. Rudas, sangrientas, por momentos escalofriantes, estas historias se desenvuelven en un decorado oscuro y siniestro que el autor describe con absoluta maestría en una narración que peca, muy bien, de tosca inocencia y sutil ferocidad.

El protagonista es un personaje cuyos rudos y sangrientos episodios atrapan completamente. Siendo un nadie lavacoches, de suerte pasa a vestir el uniforme azul de policía. De ahí, gracias al milagro de un muy sonado caso de secuestro, en el que participa apenas dándose cuenta, pero sabiendo aprovechar los coletazos del periodismo amarillista que lo erige héroe por haber perdido parte de la oreja derecha, debido a un balazo cómplice en el trámite, rápido, de reflejos bien aceitados, y gracias a verse en los diarios que lo muestran héroe, el protagonista deja de ser un policía de cuadra y pasa a convertirse en investigador judicial. Y ya, apenas si le falta hacerse acreedor de rasgos que lo singularicen. Magistral, el autor lo describe terminante y con feliz rúbrica.

Morgan, que en realidad tiene un nombre chato y sin brillo, se erige teniente y calza botas picudas de tacón cubano, fuma cigarrillos Raleigh, bebe mucha cerveza marca “Indio”, empuña una pistola “Beretta” de nueve milímetros y quince tiros, y maneja un Impala que a veces niega venirse a razones. Y por si fuera poco, es fanático de la música rock de su juventud. Estas características que lo identifican con aspaviento entre sus pares, sólo son los detalles pintorescos que le dan color y simpatía; pero también tiene otras que sólo comparten el autor y los lectores: y es una profunda vocación de corrupto, asesino y coimero. 

Cada aventura es una delicia de ingeniosidad y estilo. Así como coimea desvergonzadamente, también es estafado por algún asesino falto de palabra. Pero también sabe prorratear una recompensa desmesurada como si lidiara con un tendero de barrio popular. En otra historia es alquilado para actuar como sicario, pero, extrañamente, elimina al contratante. Los relatos se hacen atractivos porque el lector también debe meterse a detective y descubrir la conclusión junto al Teniente Morgan, cuando él, recurriendo al clásico estilo de los finales policiales, pasa a explicar el caso cerrando el episodio. Admirable libro y notable escritor.

El novelista Guillermo Arriaga, guionista, entre otras, de las películas Amores perros y 21 gramos, ha escrito sobre Muñoz Vargas: “Su narrativa suda, huele, moja, ensucia de sangre, lágrimas, semen. Y encima de todo esto es, además, un escritor elegante. Su prosa es limpia, precisa; al estilo de los grandes contadores de historias, no se queda en un regodeo estéril del lenguaje. Quien lea este libro tendrá el viejo placer de encontrarse con una historia contada de manera espléndida, con un escritor que sabe su oficio, un maestro que usa el lenguaje con sabiduría”. 

Cabe destacar las ilustraciones de Rubén Escalante Alonso, que dibuja el personaje con hondura y patetismo, como si se lo hubiera cruzado en algunos de esos aciagos piringundines de terror. Jaime Muñoz Vargas nació en Gómez Palacio, Durango, en 1964. Es editor y maestro de la Universidad Iberoamericana Torreón. Ha publicado una veintena de libros, narraciones como El principio del terror, Juegos de amor y malquerencia, Las manos del tahúr; y también de periodismo Tientos y mediciones, Entre las teclas. Ha ganado los premios nacionales de Narrativa Joven, y San Luis Potosí, entre otros. Leyenda Morgan fue editado por la Universidad Autónoma de Nuevo León.

sábado, junio 10, 2023

Juicios del 85

 







Argentina, 1985 (Santiago Mitre, 2022) es una película que me debía. Está disponible en la plataforma de Prime y más allá de los asegunes que nunca faltan en estas obras basadas en hechos reales y relativamente cercanos en el espacio y en el tiempo, es un film muy útil para acceder al conocimiento más simplificado posible de tres hechos: uno, la máquina de aniquilación política puesta en funcionamiento de 1976 a 1983 en la Argentina; dos, el llamado Juicio a las Juntas, es decir, a los militares que ejercieron el terrorismo de Estado; y tres, las consecuencias históricas que tal enjuiciamiento tuvo para la vida de América Latina en general y de la Argentina en particular. Cierto que la película se ubica temporalmente en el punto dos, el juicio de 1985, pero a partir de allí es inevitable expandir la mirada hacia el pasado y el futuro inmediatos de aquel año bisagra.

Como se sabe, en los sesenta y setenta América Latina fue escenario de numerosas luchas revolucionarias que, con diversos matices, pugnaban por la construcción del socialismo, dicho esto con un trazo demasiado grueso; eran los años más tensos de la Guerra Fría, y no es difícil imaginar que el territorio latinoamericano era una zona sometida a la enorme influencia política y económica de los Estados Unidos, cuyos presidentes auspiciaban sin reparo golpes militares y gobiernos títeres para controlar y saquear a las que entonces fueron bautizadas como “repúblicas bananeras”. El crecimiento de la pobreza, el enriquecimiento de las oligarquías y la cerrazón política de tales totalitarismos hizo insoportable la realidad y muchos jóvenes, inspirados sobre todo por la revolución cubana, fueran forzados a seguir el camino de las armas para acceder al poder y lograr cambios. Las elecciones, cuando las había, solían ser meras pantomimas y por ello es que nacieron los Tupamaros en Uruguay, los Montoneros en Argentina, el FPMR en Chile, la Liga 23 de Septiembre en México, el Frente Sandinista en Nicaragua, Alfaro vive, ¡carajo! en Ecuador, el M-19 en Colombia y varios más. Mucha sangre corría del río Bravo hasta Ushuaia.

Dada su peculiaridad histórica, marcada por la influencia voraz de sus oligarcas y su recurrente golpismo militar, Argentina padeció de todo en los setenta. Se dio la vuelta de Perón, su triunfo electoral, su muerte y, dada la debilidad y la impericia de Isabel Martínez, su viuda y presidente, en 1976 fue echada por un golpe militar que a la postre se convirtió en dechado de brutalidad sin más límite que el dictado por la sádica imaginación de los represores. Dos casos tristemente famosos ilustran sus excesos: la apropiación de bebés y los vuelos de la muerte en los que arrojaban al mar, vivos, a los “subversivos”.

Recuperada la democracia, con Raúl Alfonsín como presidente, comenzó a tomar forma un proyecto inédito en el mundo: enjuiciar a exgobernantes por crímenes de lesa humanidad. No sin turbulencias en la sociedad argentina, el Juicio a las Juntas (militares) comenzó un lento y denso desahogo de testimonios sobre la brutalidad verde olivo. El fiscal que encabezó el acopio de pruebas contra los militares fue Julio César Strassera, personificado por Ricardo Darín, quien acompañado por el adjunto Luis Moreno Ocampo (Peter Lanzani) y un equipo de jóvenes leguleyos, supieron configurar un corpus monumental de documentos para demostrar las atrocidades perpetradas por los Videla, Massera, Agosti y demás asesinos con insignias en el pecho que durante siete años se convirtieron en un ejemplo más de "la banalidad del mal", como llamó Hanna Arendt al horror nazi convertido en burocracia.

La película se atiene a una secuencia cronológica y abarca desde el momento en el que se sopea apenas la posibilidad de que los juicios se realicen hasta el momento en el que Strassera lee la acusación final. La ficción apela a algunos fragmentos de video real, disponible este último, gracias a YouTube, en numerosos enlaces. Más allá de lo apretado de su trama, y más allá de que alguno (yo mismo) pueda poner reparos a tal o cual adaptación de la realidad al formato fílmico, Argentina, 1985 es un excelente documento para los no iniciados en materia de bestialidad política en América Latina y su difícil procesamiento judicial y su esporádica y siempre deseable consecuencia: la cárcel perpetua para los genocidas.

miércoles, junio 07, 2023

Steiner y el pensamiento












Entre las diversas colecciones del Fondo de Cultura Económica se encuentra una, la Cenzontle, que me gusta mucho por tres razones: la primera, su diseño; la segunda, la brevedad de sus tomos; y la tercera, la calidad de sus contenidos. Podría añadir una cuarta razón: su bajo precio. En Torreón hay muchos de sus títulos en la librería Educal enclavada, como sabemos, en el Museo Arocena. Son unos libritos tamaño cuarto de oficio (más o menos), todos con el mismo diseño exterior y los mismos excelentes materiales. Tengo varios, y en abril pasado leí uno de la serie: Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento (FCE coeditado con Siruela, México, 2020, 83 pp.). Lo comento grosso modo.

Su título es elocuente: el erudito francés (1929-2020) reflexiona en diez capítulos sobre el pensamiento y la inevitabilidad de la tristeza que atraviesa la consciencia humana. Cada apartado cierra con una afirmación similar: de la primera a la décima, concluye que la explorada en cada sección es una razón más para la tristeza del pensamiento.

Aunque no tanto como para no hacerlo disfrutable, es un libro denso para quien, como yo, no está habituado a navegar honduras filosóficas. Siento incluso que más allá de las conclusiones, más allá del aterrizaje de cada apartado, lo fundamental, lo mejor, son las afirmaciones que Steiner va dejando en el camino de su exposición. En cada página hay una pincelada memorable, un razonamiento asombroso sobre la asombrosa máquina de pensar. En este sentido, es de esos libros que se antojan llenos de potenciales citas y epígrafes, plenos de quirúrgica profundidad.

Por ejemplo, sobre la superabundancia de pensamientos inevitables e inútiles: “No hay quizá ninguna actividad humana más extravagante. No pensamos en nuestro pensamiento excepto en los breves periodos de concentración epistemológica o psicológica. Casi en su totalidad, el incesante conjunto y suma del pensamiento pasa fugazmente, inadvertido, sin forma ni utilidad. Satura la consciencia y muy posiblemente el subconsciente, pero se seca como una delgada lámina de agua sobre la tierra abrasada”, y poco más adelante, “la masa del iceberg del pensamiento humano se desvanece, sin ser percibida ni registrada, en el cubo de la basura del olvido”. Un libro pequeño, sí, pero inmejorable para pensar en qué y cómo pensamos, y por qué los humanos somos esencialmente un animal triste.

sábado, junio 03, 2023

Nombres obligatorios

 











Al compartir algunas ideas sobre literatura mexicana a público argentino me vi hace poco en la necesidad, dado el tiempo disponible, de armar una pequeña selección de nombres representativos. Toda criba de esta índole es injusta, como sucede también en la constitución de antologías, pero es inevitable cuando requerimos, por fuerza, una mirada comprensiva, abarcadora.

El tema surgió de una experiencia real. La cuento. En una sesión de taller literario comenté que el intercambio de libros entre nuestros países, los latinoamericanos, es paupérrimo, tanto que se reduce a un número de nombres que caben en una sola mano. Pregunté abiertamente: ¿díganme los nombres de autores peruanos y argentinos que recuerden? Las respuestas fueron un buen tanteo de la realidad: en ambos casos apenas pasaban de cinco precarios nombres. Igual pregunta me atreví a plantear ante amigos argentinos: a cuántos escritores mexicanos conocían. La respuesta fue análoga en su número, lo que me reveló que nuestras literaturas se desconocen casi en su totalidad.

Por ello en la ponencia sobre nuestros escritores ante público argentino quise ampliar la lista de los mencionados. A los ya conocidos (no sé si leídos) Reyes, Paz, Rulfo y Fuentes sumé algunos nombres que ni de broma aparecen en el horizonte argentino de lecturas, pero son, sin duda, clásicos contemporáneos mexicanos. Sólo pensé en el siglo XX. Comencé con Martín Luis Guzmán, que me parece básico. Añadí a Revueltas, frecuente en las listas de autores importantes de nuestro país pero muy desconocido más allá de nuestras fronteras. Mencioné a Rosario Castellanos, un caso parecido a los dos anteriores. Igual hice con Elena Garro y Elena Poniatowska, y a ellas agregué a José Agustín, Ibargüengoitia, Monsiváis y Pacheco.

Las listas de este tipo son muy injustas, por discriminatorias, pero, como dije hace algunos párrafos, son inevitables. Faltan muchos nombres de escritores y escritoras para sentir que allí nuestro país está bien representando, pero incluso en su insuficiencia, en su inevitable pobreza, no es ya lo mismo que los cinco o seis nombres de cajón que siempre afloran para dizque abrazar a la literatura mexicana.

miércoles, mayo 31, 2023

De obras completas












Lo más común es que las obras completas jamás sean verdaderamente completas sobre todo en los autores de caudalosa producción. Las razones de esta paradoja son varias, y una de las más importantes es la negativa del escritor o del editor a publicar “todo” en estricto sentido, es decir, todo lo que se dice todo. Sin embargo, hay aproximaciones al ideal, como es el caso de Alfonso Reyes y los cerca de treinta tomos que desde finales de los cincuenta han venido apareciendo con el sello del Fondo de Cultura Económica. ¿Algún día estará completa la herencia escrita del regiomontano? Supongo que no, que algo quedará al margen, pero seguramente será lo menos importante.

Hay un cierto tipo de lector (me incluyo en este grupo) obsesionado por reunir las obras completas de sus autores más queridos. En teoría es para leerlos cabalmente, pero sospecho que esta motivación es falsa: la razón es para tenerlos a la mano de manera íntegra o casi íntegra, pues para el lector al que me refiero sería algo inquietante saber que de sus autores favoritos no tiene tal o cual título fundamental, sería un vacío. La obsesividad a la que se llega puede ser enfermiza, y eso lo supo la vieja editorial Aguilar, que durante varias décadas preparó tomos descomunales y casi ilegibles para satisfacer a los lectores deseosos de no perderse nada.

Del sello de Aguilar todavía es posible conseguir muchos clásicos en aquel papel biblia ya legendario. Por supuesto, sólo son asequibles en librerías de viejo o en sitios de internet. Cervantes está en un tomo gordo, Quevedo en dos (prosa y poesía), Lope creo que en tres, y así todos los grandes y algunos no tan grandes: Goethe, Balzac, Stendhal, Destoievski, Tolstoi… Casi me atrevo a decir que quien los busca y los conserva procede por coleccionismo o consulta específica, pues los libros de Aguilar tienen páginas difíciles de leer, por lo incómodo de su pequeña tipografía y por lo pesado de cada tomo.

Me parece muy recomendable tratar de agotar el catálogo de libros de cada autor, tener sus (hasta donde se pueda) obras completas, siempre y cuando nos esforcemos por desahogar poco a poco su lectura. El caso es fugarse del mero coleccionismo, que no está mal, pero tampoco es muy meritorio que digamos.

sábado, mayo 27, 2023

Una anécdota viva


























De vez en cuando reencuentro anotaciones, apuntes, bocetos y demás en las entrañas de mi computadora. Son borradores inéditos, ideas sueltas que, a la manera del diario personal no de papel sino digital, captan un pedacito de vida cotidiana. En este caso es una anécdota de hace diez años, inédita; viene a continuación y creo que sigue sugiriendo un buen proceder de parte de los padres y sus hijos:

Aunque se base en una anécdota personal del martes pasado, el tema nos atañe a todos, no sólo a quienes vivimos ya el privilegio/desafío de ser padres. Narro. Iba en el coche con mis hijas rumbo a su escuela, temprano. La de doce años llevaba una cartulina hecha tubo, y en un semáforo preguntó que si podía mostrármela. Le dije que sí. Al verla, traté de no exhibir ningún azoro, y pensé que se trataba de algún tema contenido en la unidad equis de cierta materia vinculada con lo social. Sólo dije que estaba bien y ya.

En realidad eran dos cartulinas, y ambas abordaban el mismo asunto: “El matrimonio entre personas del mismo sexo”. La niña me informó que era para una exposición en equipo que ofrecerían el jueves en el salón de clases, así que llevaba las cartulinas para que la maestra les diera el visto bueno. Todavía con interés intencionalmente mediano, le pregunté que dónde, en qué libro de texto, veían ese tema. Me daba íntimo gusto, por supuesto, que los libros de texto ya asumieran ese tópico como parte de lo que se debe plantear y debatir en la adolescencia.

Yo estaba seguro de que mi hija contestaría algo así: “Es del libro de educación tal, unidad tal”. Pero no, su respuesta fue deslumbrante: “No viene en ninguno de los libros. La maestra dijo que eligiéramos nuestra exposición de manera libre, y si ella no hubiera estado de acuerdo, no hubiera sido libre. El tema lo propuse yo, y mis compañeros y compañeras de equipo lo aceptaron”. Debo decir que en ningún momento percibí morbo o una curiosidad anómala en esta conversación, y me cuidé de no parecer demasiado inquisitivo, aunque tampoco indiferente. El jueves se dio la exposición, les fue muy bien, y fin, no pasó nada.

Lo que veo detrás de esto es mucho más de lo que ocurrió, claro. Veo un cambio de mirada respecto de un asunto que en la niñez de quienes pasamos, no sé, los cuarenta años, no sólo era imposible tratar, sino siquiera pensar como posible, como “tema”. Jamás, que yo recuerde, y eso que estuve en puras escuelas públicas, hablamos sobre homosexualidad de manera frontal, en el grupo; jamás en las conversaciones privadas de los patios escolares dialogamos sin tomar el tema a broma o sin hacer sátira del compañero o compañera, o maestro o maestra, que estuvieran bajo sospecha colectiva.

Más allá de que sólo sea un abordaje esporádico, una anécdota y no la unidad específica de un libro de texto en el área de “ciencias sociales”, me dio gusto saber que cuatro niñas y niños de doce años expusieron frente a su grupo, hayan dicho lo que hayan dicho, un asunto que, como tantos otros, debemos orear sin miedo hasta alejarnos del tratamiento añejo: el del secreto, el de la burla o, principalmente, el del silencio.

miércoles, mayo 24, 2023

Veinte años de Corazón de nuez

 











Prácticamente no hay año sin que piense en su reedición, pero sistemáticamente la he pospuesto como tanto se pospone en esta vida. Publicado por primera vez en 2003, Corazón de nuez y otros relatos tuvo un tiraje corto. Yo lo edité y lo imprimió mi amigo Antonio López en Impresora Meridiano. En menos de un año, ese primer y único tiraje quedó agotado y a la fecha creo que conservo un solo ejemplar de archivo.

Una anécdota notable con este trabajo es la que se dio en la Feria del Libro de Torreón 2003 que organizaba entonces la Ibero Torreón. En las juntas de planeación, a las que yo asistía como parte del equipo organizador, alguien comentó la necesidad de presentar un libro para niños, el que fuera, pues para entonces ya estaban amarradas las presentaciones de autores como Noé Jitrik, Luis Humberto Crosthwite, Federico Campbell, entre otros. Fue allí cuando se me ocurrió plantear que estaba por salir el libro de mi hija, y luego de explicar la situación, todos aceptaron su presentación en el marco de la Feria del Libro. Hubo campaña de medios, carteles y toda la promoción pertinente. Lo asombroso fue que los autores consagrados tuvieron, como ocurre siempre con la literatura, una cantidad de público buena, la de nuestros estándares laguneros, cincuenta, sesenta personas por sesión.

En la presentación de Corazón de nuez estuvimos el pediatra de mi hija, Ricardo Acosta; uno de sus maestros, el doctor en pedagogía Sergio Raúl García, y yo. Ricardo Acosta hijo, que tenía siete años entonces y hoy es ya un gran pianista, tocó una pieza. No exagero si digo que pocas veces he asistido a una presentación de libro más concurrida; entre madres y niños había allí (el auditorio de la Ciudad Deportiva de Torreón) aproximadamente 250 personas, lo que rebasó nuestras expectativas. Previendo que la niña no iba a poder dedicar libros con rapidez, antes le hicimos un sello de goma y con eso salimos del apuro. Fue, por todo, un sábado inolvidable. Hoy Renata Iberia, mi hija, tiene 26 años y muchísimo ha cambiado; al repasar con ella sus cuentos de Corazón de nuez —alguna vez reseñados por Vicente Alfonso— no dejamos de reír: qué libertad lucen, qué linda forma tienen los niños de vincularse, sin prejuicios que hagan dique, con las palabras y la imaginación.

sábado, mayo 20, 2023

Ideal del triángulo

 




En algún punto de su larga escritura, Borges reseñó uno de los primeros libros de Manuel Maples Arce, capo del movimiento estridentista. Esto ocurrió en la década de los veinte, es decir, que el libro de Maples apareció en México y casi al mismo tiempo, apenas unos meses después, lo estaba comentando Borges en la efímera revista Proa de Buenos Aires.

Puedo suponer que el mismo Maples envío el libro a sus homólogos vanguardistas del cono sur, y que el joven Borges, de apenas 23 años, lo recibió para luego hacer la crítica de la cual convido este párrafo: “El libro Andamios interiores es un contraste todo él. A un lado el estridentismo: un diccionario amotinado, la gramática en fuga, un acopio vehemente de tranvías, vestiladores, arcos voltaicos y otros cachivaches jadeantes; al otro un corazón conmovido como bandera que acomba el viento fogoso, muchos forzudos versos felices y una briosa numerosidad de rejuvenecidas metáforas” (la prosa de Borges todavía estaba allí en trance de perfeccionamiento, pero ya se insinuaba la revolución que provocaría veinte años luego).

Pero no es sobre la relación bilateral Maples-Borges en lo que deseo detenerme, sino en lo que sugiere este tipo de vinculaciones. ¿Qué hacer para lograr que no se nos pasen todas las buenas noticias de la literatura en español? El contexto al que aludo es amplísimo, pues abarca toda la América española y España, una zona de hecho inabarcable por cualquier pobre lector individual. Borges reseñó al mexicano Maples porque nuestro paisano le envió su libro, el trámite fue directo. Ahora bien, en un mundo lleno de información y por ello, paradójicamente, tendiente a la desinformación por culpa del exceso de noticias, desde hace muchos años me he obligado a diseñar un mínimo plan de ataque cuya graficación tiene la forma de triángulo escaleno: para abarcar todo lo que deseo, elegí México, España y Argentina como ángulos. Son, con enormes lagunas sin embargo, las tres literaturas que mejor conozco, pero sin que en su área interior sean menos valiosas las demás naciones. Quiero decir que atender mayoritariamente a la mexicana, la española y la argentina me permite expandir la recepción de noticias a la chilena, la uruguaya, la colombiana, la peruana…, y aunque nos llegue poco, no deja de interesarme la centroamericana, siempre olvidada, o la cubana, cuyos libros localizo sobre todo en la FIL Guadalajara. ¿Y la literatura de España? Es tan grande y poderosa que nadie podría abrazarla, pero de cualquier modo es pertinente tenerla sobre la mesa.

Abarcar todo lo que se produce en el inmenso triángulo que he imaginado es un ideal, jamás podrá ser una realización. Intentar esa mirada totalizadora nos lleva necesariamente a encontrar gratas, muy gratas sorpresas literarias.

miércoles, mayo 17, 2023

Acequias 90 en línea


 











Acequias, la revista universitaria de mayor edad en La Laguna y acaso la única superviviente de su tipo, llega al número 90 y al año 26 de su edad. Comparto un fragmento del editorial.

Las autoridades mundiales de salud han declarado el fin de la pandemia luego de los tres años casi exactos en los que la humanidad convivió con ella. Es cierto que fue terrible el costo que implicó en términos de pérdidas de vidas y estragos a la economía, pero también, en contraposición, ha dejado lecciones que, es deseable, esperamos no sean olvidadas. Una de ellas es la de la potencial capacidad que tenemos para ejercer la solidaridad.

En este número de Acequias, el 90 ya, entramos al año 26 de esta publicación insignia de la Universidad Iberoamericana Torreón. Una feliz coincidencia nos permite abrir, como en el primer número de la revista, este nuevo ciclo con grabados del maestro Alonso Licerio. Ojalá que esto nos augure otros 25 años de andancia editorial.

Abre el presente número con un mensaje del maestro Juan Luis Hernández Avendaño, nuestro rector, quien enlista en sus palabras los logros del año transcurrido como celebratorio del aniversario 40 de nuestra institución. Mucho es lo que se ha logrado en el curso de este periodo, segundo tramo del actual rectorado. Siguen al aporte anterior dos textos en los que se plantean reflexiones sobre temas económicos. Uno sobre el llamado Pequeño Mundo Solidario firmado por José Ramírez Mijares, Luz María López y Francisco Javier Flores, y el otro sobre la pertinencia del trabajo con perspectiva de género, firmado por Zaide Patricia Seáñez. Luego, un ensayo de Raúl Blackaller sobre las contingencias de la educación y su imprevisibilidad, y una crónica urbana del periodista y escritor Iván Hernán Benítez.

Les siguen un amplio ensayo de Gerardo García Muñoz sobre la novela Laberinto, de Eduardo Antonio Parra, y un apunte de Jaime Muñoz en torno a las líneas generales del cuento como género. Cierran este número dos textos literarios: un fragmento de Monólogo desde el olvido, novela de la periodista y escritora lagunera Nancy Azpilcueta, y dos poemas de Tanya Villarreal, colaboradora de la biblioteca de la Ibero Torreón.

Que la edición 90 de Acequias les depare un buen rato de lectura.

sábado, mayo 13, 2023

Macedónica edición

 











Hace quince años, el escritor argentino Fabián Vique sentó la primera piedra de un proyecto llamado Macedonia Ediciones. Lo hizo en su ciudad natal, llamada Morón, en la zona del llamado conurbano bonaerense. Su idea central era abrir cancha, sobre todo, a la microficción, género que, como el cuento y la poesía, tenía y sigue teniendo una presencia marginal en los sellos editoriales más poderosos. A los libros con relatos brevísimos, Macedonia añadió títulos de poesía y un poco, también, de ensayo, novela y cuentos más convencionales. En su nómina autoral destacan escritores de Argentina, pero también los hay chilenos y peruanos.

Macedonia ha sido pues un enclave de la microficción en Sudamérica, y su trabajo ha hecho pinza con otros emprendimientos importantes como el de Micrópolis (Perú), Brevilla y Letras de Chile (Chile) y Ficticia (México). Se puede decir, por ello, que si en nuestro espacio geográfico y lingüístico el cuento súbito se ha desarrollado en los recientes años, esto se debe a la labor callada y tenaz de editores con innegable vocación por una forma de escritura cada vez más frecuentada por escritores y lectores.

El trabajo de Vique se vio enriquecido por la colaboración de José Luis Bulacio, también escritor y editor. Ambos han configurado un catálogo nutrido de títulos que son evidencia de lo creativo y resistente que puede ser el deseo de difundir, a terca contracorriente, literatura al margen de los reflectores.

En la presentación de su web, los macedónicos observan: “Somos un sello independiente creado en el año 2008, en Morón, Provincia de Buenos Aires, Argentina. Nuestra materia central es la Literatura.

Nos deleita especialmente lo breve, aquello que en pocas palabras puede dar aquel cross a la mandíbula del que hablaba Roberto Arlt, o esa visión del mundo que proponía desde la alcantarilla Alejandra Pizarnik. Pero también hemos hecho espacio a otras especies como la novela, la crónica, al análisis del discurso, la Historia, el ensayo y la literatura infantil.

Integran nuestro catálogo autores contemporáneos que se caracterizan por sus propuestas creativas, innovadoras, arriesgadas y bellas. Voces jóvenes sobre todo, no por la contingencia de la edad, sino por la frescura de su obra.

Nuestro nombre se debe, precisamente, al más joven de los “viejos”, Macedonio Fernández, autor de obras imprescindibles como el Museo de la Novela de la Eterna y Papeles de Recienvenido.

Participamos de congresos, ferias y encuentros nacionales e internacionales dedicados a las Letras, además de colaborar con publicaciones y programas radiales orientados a lo literario. Nuestra aspiración es seguir creciendo, dando a conocer a talentosos autores de todos los rincones del país y de Hispanoamérica en su conjunto. Conducimos este colectivo incontable José Luis Bulacio, Lara Tonco y Fabián Vique.

Compartimos la felicidad de ser parte de los libros y los universos que los libros son”.

Felices quince años para Macedonia, y a festejar con ellos in situ.

miércoles, mayo 10, 2023

Vestigios de lo leído

 








Con una equilibrada mezcla de satisfacción y alarma suelo reencontrarme con mis viejos libros. Pasa seguido que al reacomodar o sacudir aflora el lomo de algún título comprado y leído hace no pocos años, a veces hasta cuarenta, y al hojearlo sobreviene el recuerdo del placer por su lejana lectura y asimismo el horror por retener apenas vaguedades de su contenido. Supongo que siempre es así para los no memoriosos como yo: que el usufructo de una lectura remota suele quedar casi reducido a polvo luego de que ha pasado mucho tiempo, pero esto no derrumba del todo la alegría de saber que tales o cuales páginas alguna vez fueron recorridas con la vista todavía no cansada de la juventud.

Ante esta realidad triste y feliz al mismo tiempo he puesto en práctica un experimento en el taller literario. Desde hace varios meses, al iniciar cada sesión y mientras llegan todos los asistentes que suelen participar en ese espacio, llevo y comento un libro de mis estanterías más antiguas. Antes de salir hacia el taller, en la mañana de los sábados y sin pensarla demasiado, tomo un poco al azar cualquiera de los libros que alguna vez me distrajeron y u o me aleccionaron. Lo cargo hasta el taller y, para hacer tiempo, comento lo que puedo sobre el autor y sobre el contenido. Todo se basa en lo que me queda en la memoria, muchas veces apenas algún vestigio de lo leído, pero suficiente para desahogar quince minutos de comentarios que desean entusiasmar a los talleristas sobre las bondades del libro elegido.

Hasta ahora llevo cerca de cincuenta libros, y puedo decir que la adquisición y la lectura de la mayoría data de hace veinte o treinta años. Reconozco que gran parte de su contenido se me ha escurrido del depósito de la memoria, pero lo que queda es materia suficiente para hablar un poco y, sobre todo, para revivir el goce que alguna vez fue pleno y, pasados tantos años, se ha descarapelado pero sigue allí, vigente a su modo tenue y maravilloso. Entre los autores ya sobrevolados están muchos a los que nunca abandono: Borges, Reyes, Cervantes, Neruda, y otros tantos descubiertos más recientemente como Sorrentino, Cercas, Iparraguirre…

Lo que a la larga nos deja la buena lectura puede ser poco, pero nunca se va del todo.