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miércoles, junio 03, 2026

Abarcar, apretar


 








Estoy en la librería del FCE Octavio Paz, en la avenida Miguel Ángel de Quevedo de la Ciudad de México. Al ladito, sabemos, se ubica la matriz de Gandhi, su competencia. Tras recorrerlas me ha golpeado, como siempre, una pregunta hostil: ¿qué hacer como lector más o menos contumaz frente a la desmesurada oferta de libros? ¿Cómo soportar el caleidoscopio de portadas y cuartas de forros que se ofrecen a la vista? La respuesta es fácil para el no lector o para el lector bien definido en sus temáticas, pero no para quien cometió el error, como creo haberlo cometido, de interesarse por demasiados temas y autores. Explico.

Cuando uno comienza a leer, habitualmente en la infancia o la juventud, no sabe qué le gusta. El paso del tiempo y de los libros afinan los intereses, y es casi seguro que en pocos años sea claro el tipo de volúmenes que el lector puede ubicar como potencialmente suyos. Es en ese momento cuando se presenta una disyuntiva: elegir uno, dos o tres temas o abrir el radar a diez, quince, veinte o más asuntos. Cualquiera de las dos opciones tiene pros y contras, como todo.

Elegir pocos temas de interés ayuda a enfocar mejor la mirada, a no dispersarse, a alcanzar un cierto grado de especialización, pero también a perderse una tremenda parte del menú. Elegir muchos temas, al contrario, apunta a la erudición aunque no se logre, abarca panorámicamente, permite al menos un conato de cultura general, pero dispersa al lector, pulveriza su tiempo en ínsulas de saber. Y lo peor: fuerza la entrada a librerías bien nutridas con el sentimiento de que no da la vida para insumir todo lo disponible/apetecible sobre las mesas, lo que provoca fascinación y horror al mismo tiempo, además de que siempre deja en ridículo al presupuesto disponible en el bolsillo. Y un golpe adicional, si el lector abraza además la utopía de escribir: deprime al mostrarle lo minúsculo de su capacidad frente a los miles de libros urdidos por espíritus y mentes con talento y en algunos casos con verdadero genio.

Al salir de la librería cargué con cinco libros nuevos, todos temáticamente distintos, todos correspondientes a cinco zonas de interés que me persiguen desde hace varias décadas y reavivan el fantasma de la frase condenatoria: el que mucho abarca...

miércoles, mayo 27, 2026

Dipinto di blu

 








Es conocida como “Volare”, pero su verdadero nombre es “Nel blu, dipinto di blu”, y en los sesenta se convirtió en una canción famosa en la voz de Domenico Madugno. En YouTube está disponible la versión original y muchas otras con cantantes varios, incluida una abusiva con Luciano Pavarotti, que para su talento era una canción menos que fácil. También me gusta la aflamencada y bailable de los franceses Gipsy Kings, que en todo su repertorio son muy buenos.

Traigo a cuento la canción que inmortalizó a Madugno porque así me siento, pintado de azul. Para nadie entre quienes me conocen es un secreto que tengo décadas, cinco nomás, como aficionado irreductible de Cruz Azul. Es fácil decirlo, pero es medio siglo de fidelidad a un color que si bien me dio grandes noticias apenas lo abracé, luego fue tacaño para alegrarme con campeonatos, sobre todo la larga y oscura etapa del 97 al 2021, una sequía en la que por las derrotas inexplicables nos estigmatizaron con un verbo atroz que luego encontró cabida en el diccionario de mexicanísimos: cruzazulear.

Con amigos de la misma bandería (como Giancarlo Uribe) hice hace poco un recuento de los tropiezos aberrantes que motivaron el verbo: el gol de Glaría en el último minuto con el que Pachuca nos quitó un campeonato, la final contra el América con el gol del portero Moi Muñoz, la eliminación que nos propinó Pumas pese a una ventaja de cuatro goles, el imborrable error de Kevin Mier… y muchas cagadas más en finales y semifinales perdidas por cruzazulear.

En 2021 se rompió la maldición y la Máquina consiguió el título con Juan Reynoso en el timón. Muchos pensamos que allí comenzaba una racha triunfadora, pero los fantasmas reaparecieron, el verbo maldito nuevamente nos acechó. Pero ya, el domingo pasado la suerte y el buen futbol encaramaron otra vez en la cúspide a los Cementeros. Gracias a lo que ocurrió, nunca voy a olvidar la alegría íntima, el grito callado que mi espíritu pegó cuando a las 9:15 de la noche del domingo 24 de mayo de 2026 el árbitro pitó. Otra vez campeones, la décima. No hubo verbo cruel y por eso hoy canto bajito (porque jamás me han agradado las bromas ruidosas contra el perdedor) “Nel blu, dipinto di blu”.

lunes, mayo 18, 2026

Futbol y letras, diálogo completo

 









Museo de Historia Mexicana, ciclo “11/22: futbol y polémica” coordinado por el comunicador Gabriel Contreras. Serán cuatro mesas a celebrarse los cuatro miércoles de este mes; van dos, y el 13 de mayo reciente me tocó dialogar en la segunda con Víctor Barrera Enderle. En esta liga pueden ver y escuchar la conversación completa.

sábado, mayo 09, 2026

En un lugar de la cancha: lectura y futbol












No sé si todas las personas que leen con asiduidad saben en qué momento y por qué adquirieron este hábito. Supongo que sí, pues creo que en general perciben la importancia de la lectura como acompañante de sus vidas, lo que obliga a pensar con frecuencia en las motivaciones remotas. En esto ayuda el hecho de que no es, como caminar, una práctica desarrollada en la inconsciencia de la primera infancia, sino el nacimiento de una habilidad que suele darse cuando ya podemos retener las vivencias con cierto grado de claridad, cuando sabemos hablar con cierta lógica. Me estoy refiriendo aquí a la lectura que va más allá de la alfebetidad, a la lectura como goce así sea incipiente. Creo que todos los que leen con regularidad y placer alcanzan a saber cuándo apareció el gusto, en qué momento tomaron un libro sin el forzamiento de la obligación escolar.

Sobre esto he pensado más de una vez porque me interesa como tema vinculado a mi experiencia y porque no ha faltado oportunidad para que me lo pregunten. Mi respuesta tiene la claridad que puede tener un recuerdo con medio siglo de edad. Es algo vago ese recuerdo, pero no lo suficiente como para impedirme una explicación satisfactoria al menos para mí: yo leo con asiduidad —diría que con pasión y placer si no sonara pedante— desde que tenía cerca de diez años, hace 52. Antes de 1974, por supuesto que ya leía los libros de texto de la SEP y el periódico La Opinión que a diario compraba doña Catalina, mi madre. Quiero pensar que consumía aquellos papeles en los ratos libres, los ratos que sobraban al juego vespertino con mis hermanos y los amigos de la cuadra. Nunca fui un buen estudiante, así que me asomaba con desdén a los libros de texto. Esto creo, pues mis notas jamás delataron a un alumno con aspiraciones altas. Con el diario tuve una relación buena, me gustaba hojearlo, disfrutar sobre todo con la sonoridad de los topónimos y la onomástica remota. Pero no entendía las noticias ni los artículos, así que debía contentarme con una lectura superficial.

En un cuento mío de 2023, reciente, un personaje ficticio desempeña algunas funciones de alter ego y dice lo siguiente (hagan de cuenta que allí usé lo que acabo de explicar a propósito de mi lectura periodística):

En 1973 yo tenía nueve años y en la casa de mi familia sólo disponíamos de dos posibilidades para leer: los libros de texto gratuitos y La Opinión, uno de los periódicos de La Laguna. Fue en las páginas del diario donde comencé a leer en serio, aunque sin procesar bien lo leído, textos que estaban más allá de lo que encomendaban en la escuela. No recuerdo con precisión ninguna nota, sólo el hecho de pasar la vista sobre el diario y encontrar información que por entonces sólo eran palabras, nombres propios de lugares y personas: Luis Echeverría, Vietnam, Richard Nixon, Madrid, Francisco Franco, Tel Aviv, Moshe Dayan, Juan Domingo Perón, Buenos Aires, Augusto Pinochet, Palestina, Yasser Arafat, Fidel Castro, La Habana, Paulo VI, Ciudad del Vaticano, Moscú, Leonid Brézhnev… Para mí no había ninguna posibilidad de saber entonces que esos nombres representaban ideas, y que esas ideas tenían orientaciones encontradas, que en el mundo había noticias de conflictos debido al choque de las ideologías que abrazaba cada uno de aquellos personajes…

Más o menos así me relacionaba con el diario a mis diez años. Luego ocurrió un hecho que también he contado alguna vez. Como a los once años descubrí el futbol. Uso el verbo descubrir porque hasta entonces el ambiente deportivo de mi casa se relacionaba con la pasión de mi padre, el beisbol. En uno de sus partidos dominicales celebrado en los campos de Jabonoso, un ejido de Gómez Palacio, yo tenía quizá once años cuando me alejé del partido de mi padre y caminé a los campos de futbol. Todo era un llano en llamas, no había separación física entre los campos de fut y de beis, así que fui a ver el futbol. Jugaban dos equipos llaneros de jóvenes como de veinte años, y cuando desde la línea lateral vi el desarrollo del partido no entendí muy bien las reglas, pero me gustó. Al llegar a casa aquel domingo en la tarde sentí el impulso de patear algún balón, lo que ocurrió cuando comencé a jugar en los recreos de la escuela primaria federal Presidente López Mateos de Santa Rosa y en las tardes de mi barrio gomezpalatino. El gusto de jugar futbol fue intenso, me hizo muy feliz durante la adolescencia.

Lo extraño ocurrió casi simultáneamente: al gusto de jugar futbol y de leer el diario sin entender el sentido de las notas, sólo por la maravillosa sonoridad de las palabras, añadí la compra de revistas de futbol. También sobre esto he escrito dos o tres veces, una de ellas inédita, pues viene en un librito que aparecerá dentro de dos semanas: Amar a Maradona. Allí, en el primer párrafo del prólogo, comparto esto:

El primer Mundial que vi completo fue el celebrado en Argentina. Tenía 14 años y atravesaba una etapa de enamoramiento futbolero rayano en lo patológico. A la práctica diaria y callejera del futbol sumaba un par de hábitos que después no me abandonarían: ver en la tele dos o tres partidos todos los fines de semana y comprar cinco revistas de futbol con disciplina de académico. Por aquellos meses se había dado el brinco familiar de Gómez Palacio a Torreón, y poco a poco la atracción de la calle me alejó de las sobredosis televisivas y de la frenética compra de revistas, dado que los imperativos de la vagancia consumían los escasos recursos disponibles, incluido el tiempo libre para ver la tele. El virus cedió un poco, pero no se fue, nunca se fue, pues todavía veo en la pantalla algún partido por semana para recuperar un cacho ilusorio de la infancia, y eso de leer no se diga, creció y se orientó hacia mejor vertiente: ya en otros lugares he explicado que ante la falta de biblioteca en casa, las revistas de futbol fueron sin premeditarlo la herramienta que me impuso el gusto de la lectura y de los libros. Así de anómalo fue mi nacimiento a las letras. Los caminos de la literatura son inescrutables.

Ya había adelantado una explicación similar en el libro Invítame a leer. Conversaciones con gente de libros (SEC, 2019), de Gerardo Segura. En tales páginas comenté con mayor amplitud lo que aquí observo:

Cuando llegué a la secundaria ocurrieron dos hechos importantes: por un lado, descubrí la práctica del futbol y, por el otro, mi madre compró unas enciclopedias, lo que en aquella época (1978) era como conectarse a internet. Apasionarme por el futbol como deporte, jugarlo bien y sin descanso, tuvo una extraña derivación “intelectual”, por llamarla de algún modo: me convertí en comprador, lector y coleccionista contumaz de revistas futboleras. Cada semana ahorraba la cantidad necesaria para comprar cinco publicaciones, es decir, todo lo que llegaba a La Laguna sobre ese tema: las revistas Pénalty, Balón y Sólo Futbol, y las historietas Borjita y Chivas Chivas Ra Ra Ra. Gracias sobre todo a las revistas, y a falta de Ilíadas y Odiseas, accedí a entrevistas, reportajes y columnas en los que fui haciéndome una idea del mundo y de la vida a partir del futbol. En aquel tiempo no sólo La Laguna, toda la provincia era más provinciana y se soñaba poco con lo que estaba fuera de nuestro entorno. Las entrevistas a los jugadores me remontaban a geografías distantes, a topónimos y nombres de equipos y jugadores que conllevaban una sonoridad peculiar: Botafogo, San Lorenzo de Almagro, Amaury Epaminondas, Juan Carlos Czentoriky, Belarmino de Almeida, Colo Colo, Rafael Albrecht, Jan Gomola, Carlos Jara Saguier… algo raro había en esas palabras, lo que me hacía pensar en lejanías, en la heroicidad de viajar, en la vaga sensación de que el mundo era mucho más grande de lo que yo imaginaba. Mi vida, entonces, era ir a la escuela, leer revistas de pe a pa y jugar futbol en la calle todos los días. Eso fue, sospecho, lo primero que leí con pasión y disciplina, pero no me duraría mucho tiempo, pues llegaron las enciclopedias y con ellas unos libros de regalo, como un pilón. Las enciclopedias sirvieron en casa para las tareas de mis hermanos y las mías, pero yo aproveché más un libro extra, de los de regalo, al que considero muy importante en mi vida, acaso el primero que logró cautivarme.

El acontecimiento cultural más importante de mi vida, leer asiduamente, se lo debo pues al futbol, aunque parezca increíble. Supongo que es al menos mínimamente raro que de jugar futbol se pase a leer futbol con voracidad y de allí, sin solución de continuidad, haya pasado a la lectura literaria, a la lectura de libros “serios”. Esto me lleva a pensar en los orígenes de un lector. ¿Todos debemos comenzar por los clásicos infantiles y de ahí pasar a los clásicos adultos? ¿El fracaso está garantizado si no se comienza por la Ilíada o el Quijote? Obviamente no, y modestia al margen creo que soy un buen ejemplo de que el comienzo importa sólo como comienzo, para agarrar el gusto, para cimentar la asiduidad que después pueda ser canalizada hacia obras de mayor calado.

La formación de un lector es misteriosa. En el proceso hay, supongo, una cierta predisposición natural, que en mi caso fue el asombro ante el sonido de las palabras dichas y la contextura de las palabras escritas. Antes de comprender su sentido, las palabras ya me habían hechizado, no sé por qué. Lo que vino después fue, diría Bourdieu, el habitus que tuve a mi alcance: una familia que tenía periódico todos los días, una escolaridad estándar en escuela pública sobrepoblada, un deporte popular a la mano y revistas baratas de futbol para cobrar impulso como lector. Luego vinieron los primeros libros casuales, el acceso a la universidad, los amigos con más lecturas y el orgullo íntimo de ser un poquito distinto, vaya modesto logro, por leer libros.

En suma, nadie elige sus primeras lecturas fervorosas. En mi casa infantil no había biblioteca, a mí me tocó combinar la práctica del futbol con la lectura de revistas de futbol, y es por ello que tengo gratitud por este deporte que luego sin querer me condujo hacia los libros. Esto quiere decir que no me asusto cuando un joven comienza leyendo mucho de lo que sea, generalmente mugre. Lo importante es que el impulso inicial luego tome un camino más exigente, que no se quede atorado, por ejemplo, en la autoayuda o los zombis. Esto de leer con fruición es un tanto azaroso, pero si lo miramos bien, todo en la vida es así.

Comarca Lagunera, 8, mayo, 2026

Nota 1. En la imagen que encabeza este post aparece Miguel Marín, portero de Cruz Azul en la década de los setenta. Fue mi ídolo futbolístico de la niñez, aunque nunca jugué en el arco. Si no recuerdo mal, la foto me la regaló José Manuel González Souza, compañero de la prepa, más o menos en 1980. Desde entonces la conservo. Es una foto periodística original, impresa en papel fotográfico. En el envés aparece impresa, con sello de goma, la leyenda “Foto Hermanos Mayo. 1974”. Mi amigo Souza es pariente de la familia Mayo, y con alguno de sus miembros consiguió esta excelente postal que después puso en mis cruzazulinas manos.

Nota 2. Texto parcialmente leído como base de una charla ofrecida en la Feria del Libro de Coahuila-Torreón. Su título fue “En un lugar de la cancha: lectura y futbol”. Se celebró el 9 de mayo de 2026 en el Centro de Convenciones de Torreón, sede de la Feria.

sábado, enero 03, 2026

Obsequios de Rojas Garciadueñas

 











No sé desde cuándo —aunque supongo que lo hizo en los años finales de su vida—, mi amigo David Lagmanovich (1927-2010) dispensaba a sus cercanos, como presente navideño, un pequeño libro. Fui receptor de dos títulos que me llegaron por la vía postal desde San Miguel de Tucumán, en el noroeste argentino, hasta Torreón, en el centro-norte mexicano. Eran publicaciones bien cuidadas en lo tipográfico, no ostentosas, más bien austeras aunque sumamente dignas porque además de su cuidado editorial, el contenido estaba a la altura de todo lo que escribía David: era excelente.

Al recibir tales obsequios decembrinos quise suponer que en algún lugar del mundo quizá era costumbre que los escritores hicieran eso: en vez de regalar corbatas o bolígrafos, preparaban con tiraje corto algún librito de su autoría como prenda de amistad en las épocas más propicias al deseo de amor y paz a los hombres de buena voluntad. David era cosmopolita, así que tal vez en algún sitio tocado por su trashumancia vio la idea y la puso en práctica, supongo, en la última década de su vida, o tal vez la idea le surgió sola, lo ignoro y para el caso da igual saberlo.

Introduzco con la historia de mi amigo y sus regalos bibliográficos porque en la reciente FIL me topé con un libro curioso en el pabellón de la UAM. Es, de José Rojas Garcidueñas, Historia de un tipómetro y otros papeles de bibliófilos (UAM, 2025, 128 pp.), libro en formato cajetilla de cigarros, muy limpiamente editado, como todas las publicaciones de la Autónoma Metropolitana.

De José Rojas Garcidueñas (Salamanca, Guanajuato, 1912- Ciudad de México, 1981), sólo había leído, y esto hace mucho, Cervantes y don Quijote, un libro de la colección SEP Setentas que conservo. La solapa apunta que fue narrador, académico y profesor universitario. Fue director de la Escuela de Filosofía y Letras de la Universidad de Guanajuato, abogado del Departamento Jurídico de la Secretaría de Asistencia Pública e investigador del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM. Perteneció a la Sociedad de Geografía y Estadística, a la Academia Mexicana de la Lengua y a la Association Internationale des Critiques d’Art. Entre sus estudios y obras literarias se encuentran El teatro de la Nueva España en el siglo XVI, Presencias de Don Quijote en las artes de México, Anécdotas, cuentos y relatos, Salamanca: recuerdos de mi tierra guanajuatense y El erudito y el jardín.

Publicado cuando la UAM fue invitada de honor de la Feria Internacional del Libro de Guanajuato 2025, el libro reúne ocho de los 19 textos que el guanajuatense Rojas Garcidueñas publicó como regalo navideño. Lo hizo año tras año desde 1947, y el sistema en algo se parece al adoptado por mi amigo argentino. Si no fuera por las limitaciones de presupuesto que nunca faltan, yo lo asumiría, pues quien escribe suele no tener dinero ni nada que dar, salvo sus palabras potencialmente impresas.

Los ensayos contenidos exhiben una temática variada, aunque casi toda relacionada con los libros. “Historia del tipómetro” describe, hiperbolizada, la situación que tal vez vivió su autor cuando pidió ese objeto en una oficina de gobierno donde debía editar libros: nadie sabía que era eso y para comprar la herramienta se vivió un trámite burocrático digno de parábola kafkiana. El tipómetro es, o era, una regla metálica usada específicamente en los talleres de impresión, no una regla cualquiera.

En “El hallazgo del crítico” el autor parodia al investigador obsesivo por revelar al mundo un descubrimiento, en este caso, apenas, como posible tema a explorar. Es verdad que el mundo académico vive bajo el yugo de la originalidad, tanto que es un crimen de lesa investigación abordar lo ya abordado por otros, de allí el imperativo de atender “el estado de la cuestión”. Bajo esta idea, los estudiosos a veces trabajan sobre la indagación de minucias que terminan siendo un tanto cómicas en su incontrovertida originalidad.

Un relato igualmente irónico es “El heraldista”, donde Garcidueñas sonríe con los afanes de quienes trabajan a fondo con su genealogía y anhelan sumar apellidos campanudos a su pasado y, sobre todo, a su escudo de armas y a todos los elementos que sirven al prestigio del linaje, como los sellos empleados años ha para imponerse en el lacre de las cartas. Miguel, “el heraldista”, se lleva una sorpresa al terminar el burilado de su sello, la peor que se puede llevar quien vive en el esmerado riegue de su árbol genealógico. Casi no es necesario añadir que empleo la palabra “riegue” en su sentido mexicano.

El texto con más sabor a cuento-cuento es “Relato de las Islas Mistrocks”, que además es, por mucho, el más largo. El protagonista narra sus encuentros con un tal Stevenson, marinero. Lo conoce en el trópico mexicano y luego, asombrosamente, lo reencuentra en Camden, Nueva Jersey. Intercambian anécdotas y el susodicho Stevenson, que es marinero, le narra la historia fantástica de las Islas Mistrocks, un pequeño archipiélago siempre cubierto por neblina en el que habitan personas sin sombra. Al final, como cierre se plantea que algunos sujetos de las islas anebladas compran su sombra y migran a Estados Unidos. Aquí aparece un resumen con algo de moraleja contra el capitalismo depredador, lo que por otro lado no es improcedente porque en efecto el capitalismo crudo ha evidenciado una capacidad de daño al que le bastaron dos siglos para tenernos al borde de la distopía.

En el texto anterior el autor parece separarse del tema de la bibliofilia, que reaparece en “Un manuscrito de Luis G. Urbina”. Cuenta Rojas Garcidueñas que en una librería de viejo encontró cierta edición de Mimos, librito de Marcel Schwob. En sus páginas finales, casi en la guarda, halló escrito a mano unos versos firmados por el poeta modernista. Eran del soneto —excelente, por cierto— “El cofre vacío”. Para los bibliófilos, lo grato de esta pieza es el recuento del placer que es husmear en librerías de viejo y encontrar asombros. También es atendible un pasaje sobre una particularidad que hasta hoy no había pensado: “uno o dos de los comerciantes en libros viejos habían dado en poner firmas y dedicatorias, con nombres de autores o gentes notables, a ciertos ejemplares, para engañar incautos y obtener mejores precios o más fáciles ventas. Claro que si se les preguntaba por la autenticidad de esos autógrafos, los vendedores nunca aseguraban nada, pero en el comprador entraba la duda y con ella la esperanza y, casi siempre, eso bastaba a decidir la operación”. ¿Han sido firmas apócrifas las halladas por mi curiosidad en las librerías de viejo? Rojas Garcidueñas ya me sembró la cochina duda.

El último tranco del libro es “Lectura e imaginación”. Se basa en una anécdota contada por el historiador Luis González: un raro comprador de librería de viejo fue aquel tipo que hurgaba en los montones y se llevaba series incompletas de novelas. Lo hacía para desarrollar un extraño placer: llenar el vacío del tomo faltante con su propia imaginación. No para escribir, sino sólo por el gusto de imaginar. Debo decir que por simple obsesión me cuesta acometer la lectura de obras que de antemano no tengo cerradas, completas. Así que no, no es un procedimiento que me atraiga.

El librito, esta cajetilla de cigarros de una colección titulada “Gabinete de cultura editorial”, cierra con la reproducción facsimilar de las portadas (ilustradas por el mismo autor) de varios de los opúsculos que año tras año Rojas Garcidueñas regaló a sus cuates. Es, o fue, una buena costumbre que quizá los escritores podríamos revivir cuando no queramos o no podamos obsequiar productos convencionales del mercado.

sábado, noviembre 08, 2025

Schopenhauer como fondo

 












Terapeuta psicológico en San Francisco, California, Julius Hertzfeld es informado un día cualquiera, poco después de haber atravesado los sesenta años, que un cáncer de piel (melanoma) abreviará su vida. La crisis desatada por esa noticia lo apabulla, pero decide aprovechar el año que le queda de mediana salud en un proyecto casi irracional: buscar a uno de los pacientes con los que su metodología fracasó. El expaciente es Philip Slate, un tipo extraño, solitario, inteligente, bien parecido y adicto al sexo sin la cortapisa del amor estable. Más de veinte años después, el encuentro de Julius y Philip pone en juego un ping-pong de ideas hirientes y entrañables no sólo entre ambos personajes, sino entre todos los integrantes del grupo de asistidos por el terapeuta.

La novela Un año con Schopenhauer (Booket, 2004, Buenos Aires, 397 pp.), de Irvin D. Yalom, ha sido una sorpresa para mí. La percibí al principio como best seller y tal vez lo fue, pero la fluidez de su desarrollo no deja de conllevar una nutrida cantidad de ideas atendibles, inquietantes, todas relacionadas con el mundo del psicoanálisis, el budismo y, sobre todo, el pensamiento del filósofo alemán que nos recibe en el título. Yalom (Washington, D. C., 1931) es psicólogo, psiquiatra y autor de números libros sobre su profesión y literarios, cuentos y novelas con alto éxito de ventas (El problema de Spinoza, El día que Nietzsche lloró), subrayan sus semblanzas.

El reencuentro del terapeuta Julius con su expaciente presenta una novedad: Phillip ha cambiado, ya no es una bukowskiana máquina de follar, sino un tipo templado a marrazos por la filosofía, particularmente por las ideas de Schopenhauer y otro tanto de Epicteto. Además de haber renunciado a las correrías sexuales meramente satisfactorias en el plano biológico, de índole casi canina, Phillip admite el diálogo con su antiguo terapeuta porque, para mantener su entrega al pensamiento, necesita una nueva carrera, y elige la de terapeuta. Así, el interés tardío de uno, el moribundo Julius, coincide con el profesional del otro, el del schopenhaueriano Philip.

La novela se despliega en dos planos: en unos capítulos asistimos al presente de Julius, nuestro protagonista y, en otros menos frecuentes, a la realidad de Philip, el preterapeuta que se sacudió el cepo de la lujuria gracias a Schopenhauer; asimismo, también en el más cercano presente de la novela, asistimos in situ a las sesiones que despliega en círculo el poliédrico grupo de terapia conducido por Julius. En medio de tales pasajes se abren amplias retrospecciones biográficas sobre el filósofo de Dánzig, todas atractivas porque además de traer momentos significativos sobre la vida del pensador (sus viajes, su relación con sus padres, sus obsesiones, su misantropía, su pasión por la música, su fama tardía…), los comentan y nos acercan citas oportunas y no pocas veces terribles y hasta algo graciosas por lo que tienen, hasta hoy, paradójicamente, de malditas.

Un rasgo prominente de la novela es que más allá de su casi inexistente trama, por llamarle así, acerca una cuantiosa suma de sentencias espesas de significación psicológica y filosófica. De hecho, cada capítulo comienza con un epígrafe bien elegido, a veces implacable, como casi todo lo que escribió el pensador alemán: “La vida es deprimente. He decidido dedicar mi vida a meditar sobre eso”; “La alegría y el optimismo que tenemos en la juventud se deben en parte al hecho de que estamos ascendiendo la colina de la vida y no vemos la muerte que nos espera al pie de la otra ladera”. Prácticamente todo en este libro es impregnado por la mirada filosófica propuesta por Philip, eco en esta historia del pesimista alemán, de modo que este tipo de reflexión reaparece a la vuelta de cada página. El cáncer de Julius no se olvida a lo largo de la historia, es vuelto a mencionar varias veces y es un dato que se convierte en recurrente anuncio de su muerte y a su manera es la partitura en el tiempo objetivo de la novela, pero ciertamente no aflora ya como el sacudón de las primeras páginas.

El lector se desplaza pues de la expectativa inicial vinculada con la afección de Julius para pasar a ver, en el grueso del libro, el desarrollo del grupo de terapia que conduce. En su desesperación inicial, Julius decide pues buscar a uno de los pacientes con los que fracasó. Así reencuentra a Philip, quien da la casualidad de que debe obtener una licencia de terapeuta y pide la asesoría de Julius. Esta es la razón por la que Philip ingresa al grupo de terapia, un grupo cuya dinámica se convierte de facto en el eje de la novela. En tal espacio ingresamos al toma y daca de los participantes, todos afligidos por conflictos que en teoría deben superar luego del periodo que dure la terapia. El énfasis se desplaza a la relación del antisocial y schopenhaueriano Philip con Pam, una participante del grupo que alguna vez tuvo un affaire traumático precisamente con el aspirante a terapeuta. El reencuentro detona un conflicto que se desanuda, no sé si de manera demasiado optimista, al final del libro, casi como para señalar que la terapia de grupo tiene un efecto positivo hasta en los casos que arrancan con muy mal pronóstico.

Aunque a veces algo monótona por la reproducción al dedillo de las sesiones de terapia colectiva, Un año con Schopenhauer no deja de chisporrotear ideas muy interesantes sobre la compleja y entreverada condición humana, una condición que el autor de Parerga y paralipómena exploró pioneramente para influir en muchos que, como Freud, decidieron luego explorar en las simas del alma individual.

sábado, octubre 18, 2025

El Quijote de Margit Frenk

 












Margit Frenk cumplió cien años el 21 de agosto pasado. Nació hacia 1925 en Hamburgo, Alemania, y desde hace muchas décadas tiene la nacionalidad mexicana. Por la amplitud y profundidad de sus saberes y por su dilatada carrera sobre todo en la UNAM y El Colegio de México, se trata de lo que habitualmente calificamos como “eminencia”. En su larga trayectoria, la doctora Frenk acumula libros de crítica, compilaciones y traducciones que le han granjeado los más altos reconocimientos que es posible otorgar en México al quehacer académico. Fue, lo digo como dato lateral, esposa del maestro Antonio Alatorre, también notable estudioso de la literatura.

En su libro Cuatro ensayos sobre el Quijote (FCE, Lengua y estudios literarios, México, 2013, 58 pp.), Frenk pone en juego su agudeza para analizar aspectos de suyo atractivos sobre la novela de Cervantes. Lo hace con profundidad, pero sin ubicarse lejos del lector no especializado. Son, pues, asedios que sin renunciar a la hondura en el tratamiento del tema permiten al lector de a pie vislumbrar recovecos no tan evidentes del Quijote, libro que jamás agotará su capacidad de sugerencia.

Los ensayos refuerzan el deseo de claridad desde sus títulos: “El prólogo de 1605 y sus malabarismos”, “El imprevisible narrador en el Quijote”, “Alonso Quijano no era su nombre” y “Don Quijote ¿muere cuerdo?”. Insisto en que la explícita promesa encerrada en los títulos se cumple en cada pieza. Así en el primero, donde Frenk focaliza su reflexión en el más que famoso prólogo cervantino a la primera parte del Quijote. Y lo digo desde ya: creo que un común denominador en los tanteos de este libro radica en el examen de rasgos que hacen a la ambigüedad en todo lo que se relaciona con la novela sobre el esmirriado caballero andante.

El prólogo no es la excepción, y de hecho es en donde arranca el juego de Cervantes con la casa de espejos narrativa en la que ninguna afirmación puede ser entendida como certeza completa. Cada párrafo es terreno movedizo, incluso en el paratexto prólogo, habitualmente tenido como no ficcional: “Cervantes se ha encargado de que la voz que habla en el prólogo sea la suya y, a la vez, no lo sea. Al mencionar varias veces a don Quijote como si fuera un ser real, está ya con un pie metido en la por él inventada historia del caballero manchego y ‘ficcionalizándose’ a sí mismo”. En efecto, no sabemos desde allí si quien escribe las páginas liminares es el autor mismo o un personaje inventado por el autor mismo que simula ser el autor mismo: “Cervantes ha introducido en su prólogo a un personaje ficticio, con el cual finge dialogar. Así, por vía doble, ese que creíamos ser ‘Cervantes’ se nos convierte en un ente de ficción”. Este recurso no es un mero pasatiempo para desesperar al lector, sino algo más entrañable, como lo consigna Frenk: “en el Quijote nada es de manera definitiva, sino que todo está en movimiento, en una fluctuación constante, que da fe de que la realidad es inestable, cambiante, contradictoria, como lo somos los seres humanos. Por eso la ambigüedad consustancial de la obra, desde el ‘Desocupado lector’ del primer prólogo hasta las últimas palabras de la segunda parte. Ambigüedad inquietante, sí, pero que nos está trasmitiendo una idea liberadora: que no existe en este mundo una sola verdad”.

El segundo momento del libro trabaja en la misma orientación, la de la ambigüedad, en este caso sobre el narrador de la historia. ¿Quién es?, nos preguntamos a cada rato: “¿de quién es la voz del narrador en el Quijote, si no es la de Cervantes? Es de una entidad que se basta a sí misma, independiente de su autor. La crítica cervantina de las últimas décadas lo ha llamado ‘supranarrador’, ‘narrador externo’ y, más técnicamente, “narrador extradiegético-heterodiegético’”, un narrador que “entra y sale de la escena y vuelve a entrar, caprichosamente, cuando se le antoja”, de suerte que “Son infinitas las situaciones sobre las que el narrador proyecta sus dudas, con expresiones como quizá, al parecer, debía de, se cree que, dicen que, es opinión que, parece ser que…”, y otra vez parece que salimos de un mundo de certezas estables para ingresar a otro espacio igualmente incierto: “Las frecuentes expresiones dubitativas de ese narrador supuestamente omnisciente nos enfrentan a una realidad inestable, insegura”.

Los dos ensayos finales, ya lo adelanté, aran el mismo territorio: Cervantes, con malicia y no por descuido, construyó una historia en la que la realidad es como la realidad, no una, sino varias, tantas como subjetividades la perciban. Por eso la suma de dos ambigüedades más: la del nombre del Quijote, que nunca sabemos bien a bien cuál es (“no ha faltado quien se refiera a este nombre como uno más de los que se adjudican en la novela al hidalgo. Habla Laín Entralgo de ‘un hidalgo manchego del que nunca sabremos si se llamaba Alonso Quijano, o Quijana, o Quijada, o Quesada’”) y el hecho de que tampoco tengamos total certidumbre acerca de la condición en la que murió, si cuerdo o loco: “Pienso que Cervantes no sería Cervantes si en ese final de su obra hubiera renunciado a la ambigüedad, si no hubiera proyectado sobre la afirmación de la cordura de su héroe un gran signo de interrogación”, así que “cuando don Quijote habla de caballerías, enloquece; cuando habla de otras cosas, está cuerdo. Y esta antítesis perdura hasta el final”.

Dado todo lo anterior, la almendra del libro (de Frenk) está en sus énfasis sobre la inestabilidad del Quijote, el permanente coruscar de señas que llevan a un lugar que a su vez emite señas que nos traen de regreso al sitio de donde partimos o a otro distinto. Lo dicho: el Quijote es inagotable y los cuatro ensayos de la centenaria Margit Frenk han colocado cuatro piezas más en el infinito rompecabezas cervantino.

miércoles, octubre 08, 2025

A 40 del “Nunca más”

 







Tras la caída de la dictadura se dio el triunfo en las urnas de Raúl Alfonsín. La tarea para recuperarse de la ruina económica se presentaba ardua, muy difícil de sortear, y en efecto lo fue. Al mismo tiempo, mientras el gobierno se las arreglaba en el plano económico, en el plano político se impuso una urgencia: ¿sería el nuevo gobierno capaz de hacer algo con los genocidas o meterá sus crímenes debajo de la alfombra? La experiencia en otros países con pasajes semejantes no ha sido buena. Regímenes totalitarios han ejercido su poder y tras sus caídas no ha habido castigo para los represores. En Argentina, pese a la cercanía, pese al poder nada residual de los militares, el gobierno de Alfonsín acometió el Juicio a las Juntas, un complejo desfile de declarantes, de acusadores y acusados. Los juicios duraron del 22 de abril al 9 de diciembre de 1985, y recogieron cerca de 300 casos en interrogatorios de todas las partes; al fin, el fiscal Julio César Strassera hizo la acusación en un discurso que incluyó la famosa frase “Nunca más”. Apenas unos pocos meses después de que habían ejercido el poder sin otros límites que los dictados por el más caprichoso sadismo, los militares de primer rango que secuestraron a miles de argentinos, que los mataron vivos, que los desaparecieron y (cuando se daba el caso) cambiaban el destino a los bebés apropiados y hundieron la economía a lo que Walsh denominó “miseria planificada”, fueron condenados por crímenes de lesa humanidad.

Vale traer aquí parte de la acusación final del fiscal Strassera: “Por todo ello, señor presidente, este juicio y esta condena son importantes y necesarios para la Nación argentina, que ha sido ofendida por crímenes atroces. Su propia atrocidad torna monstruosa la mera hipótesis de la impunidad. Salvo que la conciencia moral de los argentinos haya descendido a niveles tribales, nadie puede admitir que el secuestro, la tortura o el asesinato constituyan ‘hechos políticos’ o ‘contingencias del combate’. Ahora que el pueblo argentino ha recuperado el gobierno y control de sus instituciones, yo asumo la responsabilidad de declarar en su nombre que el sadismo no es una ideología política ni una estrategia bélica, sino una perversión moral. A partir de este juicio y esta condena, el pueblo argentino recuperará su autoestima, su fe en los valores sobre la base de los cuales se constituyó la Nación y su imagen internacional severamente dañada por los crímenes de la represión ilegal. (…) Señores jueces: quiero renunciar expresamente a toda pretensión de originalidad para cerrar esta requisitoria. Quiero utilizar una frase que no me pertenece, porque pertenece ya a todo el pueblo argentino. Señores jueces: ‘Nunca más’”.

Hace cuarenta años fueron dichas estas dos palabras.

miércoles, octubre 01, 2025

No son excluyentes

 









Ahora que releo el Quijote ha ocurrido un hecho extraño: gracias a la prosa de Cervantes he sentido la cosquilla de volver también a otras queridas páginas de otros queridos autores de su época. Por lo pronto, y sin soltar la mano al caballero de la triste figura y a su fiel escudero apellidado Panza, pasé a dar un llegue (esta expresión mexicana es hermosa y muy precisa en su populachera vaguedad) a Jorge de Montemayor y a Góngora. O sea, tres monstruos del Siglo de Oro al alimón para no dejar margen a la duda sobre la calidad literaria que siempre está a merced de las pupilas y el espíritu.

A propósito de este simultaneo (así, sin tilde) de los clásicos españoles pensé de nuevo en un hábito de la humanidad: poner en competencia lo que es posible disfrutar sin amargarse la vida con podios olímpicos. Pasa en todo, y más ahora, en estos tiempos en los que competir es un valor, una virtud apreciada principalmente en la literatura de autoayuda. Tan lo es que si decimos en público que no deseamos competir, de inmediato los hipotéticos interlocutores ya nos están clasificando de mediocres y conformistas. La mentalidad del “emprendedurisno”, horrible palabra incrustada en el español desde hace dos días, ahora lo atraviesa todo, incluso los espacios en los que no es necesario poner en competencia ni armar cuadriláteros para peleas improcedentes.

¿Quién es mejor, Mozart o Beethoven, Picasso o Dalí, Caballé o Berganza, Fuentes o Paz, Messi o Ronaldo? La pregunta abre falsas disyuntivas, pues es posible disfrutar a los diez por igual, además de que las disciplinas no son excluyentes, porque sería como preguntar ¿qué es mejor, la música o la pintura? Obviamente no es necesario responder.

Todo lo bien hecho, todo lo grande, todo lo difícil, todo lo estimulante para el alma es mejor, no excluye lo demás. Puede uno tener alguna inclinación (yo a Messi sobre Ronaldo y a Picasso sobre Dalí, por ejemplo), pero eso no significa que lo demás quede arrumbado en el rincón de los desdeñados. Así, prefiero a Cervantes sobre Góngora y Montemayor, ciertamente, pero cuando se me antoja leer a Góngora o a Montemayor ellos son en ese momento los mejores. Los mejores que además no excluyen a los otros que en su momento serán eso, también los mejores.

sábado, septiembre 27, 2025

Algunos arcaísmos cervantinos


 








He leído un par de veces el Quijote y acometo por estos días el tercer diálogo con sus páginas. Como a tantos, la novela me complace en su totalidad y por muchas razones, algunas ciertamente inexplicables al menos para mí. La idea de releerla me nació tras la lectura de uno de los miles de estudios que trabajan sobre el caballero y sus peripecias andantescas, el de la maestra Marguit Frenk titulado Cinco ensayos sobre el Quijote (FCE, México, 2013) que espero reseñar en alguna oportunidad cercana. Al avanzar en los análisis de la académica mexicana, no pude no caer seducido por las frases y los párrafos que cita. En efecto, las probaditas de Quijote son tan gratificantes que de inmediato se despierta el apetito de regresar a su convivencia, y es lo que hago en estos días.

Mi relectura observa detalles seguramente vistos por innumerables críticos, pues el inmenso libro ha sido escudriñado frase tras frase, palabra tras palabra. Para mí, pues, es imposible iluminar una nueva zona del Quijote, descubrir una pepita antes no detectada por los incontables gambusinos del libro. Lo que sí puedo hacer es subrayar, advertir alguno de los lujos con los que cuenta la novela publicada en 1605 y 1615, parte uno y parte dos. Digo “lujos” y pienso que esto son para mi subjetividad de lector engolosinado con el español en todos sus rincones. Uno de ellos, satisfactorio a más no poder, es el de los arcaísmos, las palabras que la filología llama así por viejas y por ello ya caídas en desuso. “Archaios” significa “antiguo” en griego, de allí “arcaísmo”, palabra que el DRAE define, en su segunda acepción, “Elemento lingüístico cuya forma o significado, o ambos a la vez, resultan anticuados en relación con un momento determinado”.

Aunque parezca increíble o al menos raro, el Quijote no está atestado de arcaísmos. En todo caso, el plano de su léxico me parece menos antiguo que el de su sintaxis, que siento menos próximo al registro de la escritura y del habla en español actual. Mientras avanzo en el Quijote me he topado con arcaísmos dignos de recuerdo, tan dignos como los que ha rescatado Álex Grijelmo en su libro Palabras moribundas (Taurus, Madrid, 2011, escrito en colaboración con Pilar García Mouton). Comparto del Quijote nomás quince a manera de divertimento y, para que se entiendan mejor, actualizo los ejemplos.

Adarga. Escudo. “Los granaderos arremeten con adargas transparentes”.

Bacía. Recipiente para diferentes usos, como una especie de bacinica (o bacinilla) que se usaba sobre todo para remojar la barba antes de cortarla. Hoy puede emplearse también como orinal. “Me operaron en el Issste y para mear usé una bacía”. Esta pieza de metal es la que usa el Quijote en la cabeza y él supone que es el yelmo de Mambrino.

Ca. Es la conjunción causal “porque”. “Ca me invitaste, vamos al cine”.

Derrota. Arcaísmo de orden semántico. Se refiere, en sentido estricto o figurado, a “camino”, “ruta”, y de allí “derrotero”. “Mi sobrino siguió la derrota de las drogas”.

Discreto. Un arcaísmo de los que llamo semánticos porque la palabra sigue en uso, pero no con el sentido antiguo, que era “inteligente”, “despierto”, “sagaz”. “Obtuvo el título sin batallar, es un estudiante muy discreto”.

Embeleco. “Engaño”, “hechizo”. “El candidato trata de convencer a los mexicanos con embelecos seudodemocráticos”.

Endriago. “Monstruo”, ser abominable. “Trump es el más peligroso endriago de nuestro tiempo”. Esta palabra fue actualizada recientemente, y con harto tino, por la ensayista Sayak Valencia en su espléndido libro Capitalisno gore.

Huésped. Otro arcaísmo semántico, por decirlo así. Significaba lo contrario de lo que significa ahora. “Fui muy bien atendido por mi huésped en Cancún”.

Maguer. Es la conjunción concesiva “aunque”. “Maguer me amenacen, no quiero escuchar a Luis Miguel”.

Maravedí. Moneda. “El celular me costó 17 mil maravedíes”

Oíslo. Rarísima palabra, significa “cónyuge”. “Vi en casa con mi oíslo una película de Netflix”.

Prez. Fama por una acción gloriosa. “La trayectoria de Oribe Peralta da honra y prez a La Laguna”.

Rocín. Caballo de mala traza, de donde nace el nombre “Rocinante”, cabalgadura del Quijote. “En la película de ficheras actuó Alberto Rojas, el Rocín”.

Venta. “Venta” es un espacio de recogimiento para los viajeros de aquel tiempo y lugar. Equivale a los hoteles de hoy. “Pernoctamos en una venta llamada Radisson”.

Yantar. Es el verbo “comer”, frecuente en la narrativa del Siglo de Oro. “Anoche yantamos en Burger King”.

miércoles, agosto 20, 2025

Contrato y vecindad

 











Quizá no lo advertimos, pero vivimos rodeados de reglas que limitan nuestra libertad y hacen posible, así sea tortuosamente, la convivencia. Ser libres a planitud sólo es viable en el plano de la imaginación o la utopía, dado que todas las libertades juntas para todos crearían un caos ingobernable y destructivo. La única manera de sobrevivir en el gregarismo es, pues, renunciando en buena medida al ejercicio de la libertad absoluta. Esta es la razón por la que admitimos el “contrato social”, el acuerdo en el que cada cual deja de lado parte de su libertad para hacer posible la convivencia. Alguna vez explicaba esto a unos jóvenes y usé el ejemplo del semáforo: uno puede creerse muy libre y lo que quiera, pero al final debe acatar el rojo y el verde. Debe detenerse y debe avanzar, tal es el acuerdo, y por más que decida ser libre y pasar en rojo o detenerse en verde, el gusto no duraría mucho.

Pienso en este contrato, en esta inevitable pérdida de una pequeña libertad, al convivir con los vecinos: es ineludible a menos que uno compre una isla griega y allí, sin metáfora, se aísle de las molestias colectivas. Pero como tal privilegio es de consecución imposible, uno tiene que admitir la cercanía de vecinos que a su vez admiten la de uno, y es aquí donde opera el contrato social más inmediato.

Mientras no se descubra un sistema estrictamente solidario e infalible, una sociedad sin egoísmo ni competencia, uno debe aceptar y acatar algunas reglas mínimas de convivencia. En mi entorno y en casi todos lados trato de ser invisible y molestar lo menos posibles. Al menos procuro ser consciente de mi condición de vecino y, por ello, no generar problemas. Sé que es complicado, pero al menos lo intento. Entre la lista de ítems que noto perpetrados en el lugar donde vivo están 1) música estentórea, 2) botes de basura en la calle cuando no pasa la recolección, 3) vehículos yonqueados, 4) absoluto desapego al aseo de banquetas, 5) defecación y otras miserias de mascotas ajenas, 6) derramamiento frecuente de agua provocada al lavar carros. Hay otros más sutiles que no cito, pero todos los que menciono se dan multiplicados en mi espacio vecinal.

¿Hay remedio para esto? No. He comprobado que no lo hay, pues hacer señalamientos genera malestar y a veces odio, de modo que es mejor resistir, callarse y esperar pasivamente lo imposible: que el vecino renuncie a las pequeñas libertades que se da sin reparar en el fastidio de los otros. Es imposible, insisto, así que mejor apechugar y aprender a convivir con vecinos que jamás han oído hablar de ningún maldito contrato social.

miércoles, agosto 13, 2025

Sobre bebidas


 











Conversaba recién sobre mi percepción de las bebidas que he visto cerca e incluso consumido como habitante en este recoveco del mundo. Han sido pocas, pero ya tengo edad suficiente para comentar/comparar algunas peculiaridades que forzosamente se han modificado con lentitud, a veces sin notarse (tanto es así que los jóvenes creen, por ejemplo, que siempre se han tomado micheladas o infusión de matcha, bebida que acá llegó apenas ayer).

Recuerdo que en las reuniones festivas de mi niñez, hablo de la década de los setenta, los señores bebían cerveza y cuando se ponían elegantes le entraban al brandy rebajado con Coca o agua mineral. Los rangos de calidad en ese bebedizo pasaban del Don Pedro al Presidente hasta llegar al más modesto: Viejo Vergel. Recuerdo que quienes aportaban una “ramona” de aquel espantoso líquido se convertían en los ases de la fiesta.

La cerveza siguió su camino mientras el brandy cedió su lugar al whisky y un poco al ron y al tequila, bebida esta última que en mi infancia y juventud asociábamos con la pobreza. Tomarse un San Matías (le decíamos San Matón) era corriente, naco. A finales del siglo pasado el tequila fue subiendo de rango, y por estos rumbos tuvo y tiene ya apretada competencia de aguardientes como el mezcal y el sotol.

Los vinos no tienen mucho tiempo en convivencia con nosotros. Hace treinta años apenas eran consumidos, pero poco a poco han ganado terreno sobre todo por su asociación con el estatus y el buen gusto gastronómicos, de modo que se les ingiere en muchos casos sólo para afectar refinamiento. Nada como opinar sobre vinos con cara de conocedor para dar (o al menos para tratar de dar) el gatazo como persona de “alto pedorraje”, como decía Renato Leduc.

Por otro lado, el café predominante de mi niñez era el instantáneo. Con la llegada de las cafeteras caseras de jarrita de vidrio y filtro de papel apareció, aunque en menor grado, el insumo de café molido, de grano, y salvo los restaurantes, no se ingería fuera de casa. Hoy, junto con un montón de infusiones exóticas, es uno de los negocios de bebidas más exitosos, y ya no se le prepara de manera simple (como “americano”), sino en combinaciones que lo encarecen a grados escandalosos, lo que el consumidor acepta sin hacer gestos porque esto también, desde el vaso rotulado, da la impresión de mayor estatus.

Por último en este breve apunte, la cerveza, hoy mezclada y deformada con ingredientes que incluyen salsas, verduras, mariscos, ¡dulces! y líquidos como el Clamato que los puristas de la cheve, no sin razón, aborrecen.

miércoles, julio 30, 2025

Una minucia fílmica


 












Desde hace años tuve la duda y creo que ya la disipé. Alejandro Fantino, comentarista deportivo argentino que hoy es una basura de comunicador aliado al troglodita Milei, hizo hace varios años una pregunta a Héctor el Bambino Veira. ¿Cómo apareciste en una película con John Wayne? Veira respondió entusiasmado. En efecto, conoció al rey del western y logró incluso participar como extra en uno de sus filmes. Aquello ocurrió cuando el Bambino jugó en el equipo Laguna, de Torreón.

Procedente de San Lorenzo de Almagro y Huracán, donde había jugado del 63 al 71, año en el que llegó a nuestra ciudad. Estuvo aquí, en la región lagunera, hasta 1973, y dejó un recuerdo hasta hoy imborrable en los viejos aficionados. En la entrevista con Fantino declaró que el encuentro con John Wayne se dio durante el rodaje de una película “en Laredo”. El periodista le preguntó que cómo se enteró de eso, y el jugador respondió que la noticia sobre la filmación apareció “en los diarios”.

Es una nimiedad, pero lo que me inquietó fue la sede donde realizaron la película. ¿Laredo? Por supuesto, pensé que se trataba de una pequeña confusión. Veira seguramente quiso referirse a Durango, donde en el ejido Chupaderos, muy cerca de la capital duranguense, se habían construido sets con el estilo del far west. Allí apareció el futbolista sólo para conocer a Wayne, y logró más: aparecer como extra en la película.

Reparé de todos modos en la posibilidad de que Laredo hubiera sido el espacio donde el Bambino conoció al actor. No me parecía muy lógico, dado que una escapada del futbolista desde Torreón hasta la frontera demandaba al menos seis o siete horas en aquel tiempo, mientras que llegar a los sets duranguenses a lo mucho requería de cuatro, por carretera.

Fue por eso que decidí investigar mejor en dónde fue filmada Big Jack, la película del lejano oeste en la que aparece el entonces futbolista Veira. Fue filmada en 1971, precisamente cuando el Bambino ya jugaba en Torreón. El otro dato tampoco fue difícil de encontrar: la rodaron en espacios de Durango y Zacatecas. Imposible, pues, que hubiera sido Laredo, como lo sospeché. El último dato que hallé no deja de ser simpático: la cédula de IMBd para Big Jack consigna mucha información. La última línea del elenco señala: “Bambino Veira (Extra: sin créditos)”.

Como pincelazo final, en una columna fechada en mayo de 1971 se señaló lo siguiente: “Un homenaje al héroe legendario de las películas ‘de caballitos’, John Wayne, le fue rendido recientemente por el Gobierno del Estado y los ejidatarios de Chupaderos donde se han construido ‘sets’ para filmaciones de películas y donde trabajan permanentemente las compañías cinematográficas. Esta distinción le fue hecha por considerar al veteado actor como el principal promotor de la industria fílmica en Durango, que ha producido aquí las siguientes películas: En 1966 ‘Los hijos de Katy Elder’…”. Es claro entonces: Wayne filmaba por aquellos años en Durango, no en Laredo.

sábado, julio 19, 2025

Al galope con Ruth Castro

 











Uno de los hábitos más frecuentes de la literatura es preguntarse sobre las colindancias de los géneros. Qué es un cuento, qué es una novela, hasta dónde llega la poesía, cuál es la forma de crónica y otras preocupaciones que nunca ha desvelado a la mayoría de los lectores. Antes tomaba muy en serio estas inquietudes, pero luego me di cuenta de que sólo servían sobre todo para facilitar el trabajo en las aulas, no tanto para resolver los problemas creativos del escritor o del periodista. Todavía es hora en la que, al leer y escribir, me planteo la definición genérica de lo que leo y escribo, pero sin caer en el fundamentalismo de la juventud. Si un libro es bueno o malo, da igual que sea del género que sea.

El libro de Ruth Castro que aquí presentamos se inscribe claramente en lo que conocemos como “ensayo”, precisamente uno de los géneros que más debate definitorio han provocado. ¿Qué es un ensayo?, se han y nos hemos preguntado incontables veces. En su estado más puro y antiguo, la respuesta está en Pensar a caballo, pensar sobre la almohada (El Astillero Libros-Arferit Editorial, Torreón, 2024, 117 pp.) en el que su autora no sólo ofrece en el primer ensayo homónimo su definición del espécimen, sino que también lo ejerce en las páginas que componen todo el libro. Por alusiones y dicho sea de paso, una parte de este volumen se desarrolló durante la pandemia, época que, si un beneficio tuvo, a muchos resultó adecuada para pensar y escribir.

A continuación y también a caballo, pero galopando, describo por encima cada una de las 21 piezas, todas breves y varias ilustradas por María José Ramírez:

“Pensar a caballo, pensar sobre la almohada” es un ensayo en el cual Ruth Castro reflexiona sobre el género que en ese mismo momento está practicando; el ensayo. Es pues una especie de metaensayo. Señala que este género tuvo dos grandes iniciadores, uno en occidente, con Michel de Montaigne, y otro en oriente, con la japonesa Sei Shönagon, quien escribió El libro de la almohada, una especie de diario con reflexiones sobre su circunstancia y a quien Ruth prefiere tener como engendradora del ensayo, 580 años antes que el francés a quien tenemos como padre del género. En aquel libro, Shönagon compartió sus problemas, su vida íntima, una especie de antecedente remoto del ensayo a lo Montaigne. La autora lagunera confiesa al paso que este es el género que más le acomoda.

El siguiente ensayo, “Escribir la historia con los pies”, es un elogio de la movilidad pedestre. Lamenta que a diferencia de los hombres, las mujeres no tienen la libertad suficiente para desplazarse por el mundo sin el miedo a muy diversos tipos de agresión. Con ideas de Rebecca Solnit como punto de partida (Una historia del caminar), luego habla sobre las marchas que permiten, gracias al desplazamiento a pie, mostrar inconformidades y reclamos de muy diversa naturaleza. Ruth Castro reafirma su convicción de ganar la calle, de disfrutarla y de convertirla en espacio público para la manifestación, para la crítica y para el disfrute. Es decir, opone la participación física, poner el cuerpo en la calle, a la queja digital contra los abusos de todo poder.

En “Fijación por los calcetines” la autora recurre a su memoria para evocar, mediante la escritura, la imagen de su padre, hombre con quien tuvo una relación polivalente entre el cariño, el distanciamiento, el recelo, la indiferencia y otros rasgos. Habla de su padre como un sujeto entregado a la curiosidad permanente por explorar con sus manos el mundo doméstico. Fue un gran desarmador y arreglador de objetos cercanos a la vida cotidiana, y entre las obsesiones de su padre como herencia del pasado estaba la de arreglar los calcetines mediante remiendos y así proyectar su vida útil. Esto podemos vincularlo con la idea que algunos filósofos, como Han, sostienen en relación con la pérdida de valor de los objetos, hoy desechables casi inmediatamente. Como en el oficio de costurera de su abuela paterna, Castro reconstruye su pasado a retazos, zurciendo como puede los fragmentos de tela real e imaginaria del recuerdo.

“Las piedras saben escuchar” es un ensayo breve y poemático dividido en todavía más pequeñas estancias en los que la autora reflexiona sobre su colección de piedras; ante la pérdida de una de ellas se lamenta de estos extravíos y piensa con certeza que las piedras son seres vivos capaces de transmitir emociones especiales a quienes saben escucharlas; otra vez nos encontramos con la idea de las “no cosas” en contraposición con las cosas, aquellas que permiten una adherencia del recuerdo mucho mayor que la posibilitada por los objetos resguardados en medios digitales.

“Atalanta” es un comentario sobre el libro Amazonas, guerreras del mundo antiguo, de Adrianne Mayor. Trata sobre el mito griego de una mujer excepcional: abandonada por su padre, criada por un oso y desdeñada y retada por hombres a los que vence en competencia. Este mito da pie a Castro para pensar en las historias, míticas o reales, de mujeres que se han impuesto a su circunstancia para afirmarse como seres creativos y fuertes.

En “Como peces flotando”, la ensayista lagunera trabaja sobre un libro de Jung en el que reflexiona sobre las casualidades y las casualidades. Da el ejemplo de los peces que (a Jung) reaparecen en un rato a propósito a sus tratos en la inmediatez de la vida cotidiana. Luego, a Castro le sucede lo mismo: muchos peces aparecen en apenas unas horas. Creo que a todos nos ha pasado, y sobre esto sospecho que se da un fenómeno relacionado con la atención: encontramos lo que estamos pensando, como ocurre cuando trabajamos un tema de investigación.

Una paradoja abraza “Escribir desde la negación”: es posible escribir cuando no se quiere o no se puede escribir. Ante el bloqueo, lo viable, dice Ruth, es escribir sobre el bloqueo, trabajar sobre la imposibilidad de escribir y de allí obtener algo: un producto de la escritura nacido como plantita en la aridez. Como en sus otros ensayos, un libro preside el fondo de estos párrafos; se trata aquí de Bartleby y compañía, de Enrique Vila-Matas, exploración del escritor catalán sobre obras en las que aparecen escritores abrumados por el bloqueo o prófugos de la escritura, como Rimbaud y Rulfo, entre muchos otros.

“Para vivir hay que pagar” es un agudo y sutil alegato contra la ubicuidad de los pagos. En efecto: vivir es sinónimo de pagar. Sólo los parias que deambulan en la calle se libran de esta piedra sisífica: todo hay que pagarlo. Hoy, aquí, estamos pagando. Tenemos celular y señal porque hay un pago. Podemos ponernos de pie porque nos alimentamos pagando la comida. No andamos desnudos porque compramos ropa. Todo es pagar y pagar, como dice la canción de Rockdrigo. Y lo peor: tenemos que pagar para morir. Claro, por adelantado, ya que muertos no podemos sacar la billetera para liquidar la cuenta de lo que costaremos ya muertos.

Uno de los ensayos más amplios del libro es “De algunas de las cosas que tomé por buenas y lo que resultó de ello”, y comienza con un énfasis en el gusto de la autora por los títulos a la usanza antigua, aquellos que empezaban con las fórmulas “De cómo…”, “De lo que…”, “De cuando…” y otros semejantes, que muchas veces encabezaban los capítulos como pasa en los Comentarios reales del Inca Garcilaso de la Vega. Luego de esto, Ruth avanza hacia el sobrevuelo de los trabajos que suelen atar al artista o a quien se cree artista. En el fondo, se trata de un texto cercano al debate actual sobre la experiencia de la enajenación en el mundo neoliberal: hay que ser productivos, no perder tiempo, ganar, reinventarnos, diseñar nuevos modelos de negocios, producir, atarnos al “emprendedurismo”. A su modo, la tesis de Ruth no deja de sintonizar con la renuncia a la productividad y la desaceleración propuesta, entre muchos más, por pensadores como Bifo Berardi o Kohei Saito.

“Color cúrcuma” es un elogio del té y otras infusiones descubiertas y preparadas por la autora durante la pandemia. Una prueba más de que todo es tema posible para las piezas de este libro.

El ensayo puede rozar los territorios de la crónica. De hecho, puedo rozar, invadir lo que sea. Es un género capaz de internarse en cualquier espacio, pasar por cualquier rendija. En “Pequeña manada sale a pasear”, con tono de crónica escrita en presente narrativo, la autora aprovecha una salida en bicicleta para reflexionar sobre nuestra condición de mamíferos esenciales y sobre los peligros y las emociones de la vida en una urbe, no lejana de la vida en la jungla. Obviamente, en los pliegues de la crónica se filtra el ensayo, la opinión subjetiva, la divagación mientras se da la “vagación” sobre dos ruedas.

“Duelos” supone el tránsito por el dolor ante la pérdida de seres físicos, sobre todo humanos, pero también sobre amistades y proyectos que han llegado a su fin. El dolor personal debe ser asimilado, nos dice la autora, en un proceso de aceptación que ojalá termine en el agradecimiento luego de convalecer ante las pérdidas.

Una evocación de la abuela cuasicentenaria aparece en “Los botones siempre fueron un tema aparte”, vagabundeo en el recuerdo de una mujer entregada al oficio de la costura y de la que Ruth Castro reconstruye vida, oficio y ámbito de trabajo. No me parece demasiado atrevido decir que de ahí le viene el gusto por la escritura y la edición, que a su modo es lo mismo que coser, unir tramos de palabras. De hecho, “texto” es una palabra hermana de “textura”, “textil” y del verbo “tejer”, de suerte que la metáfora “tejer textos” es casi un pleonasmo.

“Debo trabajar” es la pieza más breve del conjunto y añade un elemento interesante: el ensayo puede arrimarse mucho al terreno de la microficción.

El cuerpo nace marcado por rasgos y obligaciones según se nazca mujer u hombre. En “Para una cartografía de los cuerpos nubosos” la autora expone sutilmente la necesidad de una liberación del cuerpo, de un despojamiento o al menos de la conciencia de los prejuicios que determinan qué es o cómo debe ser el cuerpo.

“Con zapatos de tacón” no es un examen de la famosa cumbia interpretada por Bronco, sino un paseo típico del ensayismo clásico: asumir lo inmediato, en este caso el calzado, los zapatos, como punto de partida para pensar. ¿En qué? Ruth lo hace en torno a las imposiciones sociales, al abuso de los clichés estéticos, a la aceptación de sacrificios sólo para cumplir con los estereotipos. Una reflexión excelente, grata e incluso salpimentada por buenas dosis de humor.

La pieza titulada “Desolación” me deja ver que en la distancia corta, en sus textos más sintéticos, la autora avanza muy cerca del microrrelato. Hay allí un juego con la paradoja: el sol y sus rayos inclementes son tomados como lluvia, lluvia de luz y de calor, de energía que achicharra. Desaparece aquí el yo autobiográfico del ensayo, asume un tenue rasgo narrativo, y aparece un tú en segunda persona metido en una atmósfera atroz: la del calor habitual, por ejemplo, de La Laguna.

En “Affaire” reaparece el yo, la voz de la autora desde el fondo de las palabras. Se deja escuchar aquí una confesión: cómo se ha prendado de escritores y escritoras, y cómo eso ha sido elevado a la categoría de enamoramiento breve o largo, según sea cada caso. Creo que al leer este apunte no hay lector que no confiese una experiencia similar: leer con pasión es amar con pasión.

Un viejo y siempre novedoso tema, el del plagio en literatura, aparece en “Entrecomillar”. La autora recorre aquí, de manera sumaria, cuáles son las fronteras entre el robo y el préstamo, dónde se ubica el descaro y dónde la originalidad.

“El dificultoso oficio de comerciar libros” sirve como pretexto para hablar de su experiencia como lectora, de la relación física y emocional que ha mantenido con los libros. Su paso por librerías como compradora, trabajadora y dueña le ha permitido valorar la importancia del contacto directo con el libro y su gravitación en tanto objeto de cultura.

Por último, “Ixtlilxochitl” es un divertido ejemplo del camino que por lo regular recorre el ensayista: buscar un tema para escribir es propiciar casi de la nada la escritora: todo es tema, incluso no tener tema y buscarlo es tener tema. Es este texto casi una puesta en práctica de lo insinuado en el segundo ensayo, “Escribir desde la negación”

Saludo la llegada de este libro inteligente y grato, un buen modelo para quienes todavía quieran preguntarse qué es un ensayo. Aquí hay muchos de suyo interesantes, sabrosamente escritos y además muy bien editados en dominante tinta azul, el color del pensamiento, quiero creer.

Nota. Texto leído en la presentación de Pensar a caballo, pensar sobre la almohada, celebrada en la Feria Duranguense del Libro el 13 de julio de 2025. Victoria de Durango, Durango. Participamos Ruth Castro y yo. El libro está disponible en El Astillero Librería, Casa Juárez, Juárez y Degollado, Torreón. Muchas gracias a Shamir Nazer por la invitación y la organización.