Al futbolista uruguayo que más he admirado por su espléndida manera de jugar y principalmente por sus golazos es Álvaro Recoba (Montevideo, Uruguay, 1976). Su friolera de anotaciones, alrededor de 150, corresponde a la de un mediocampista con buena llegada al arco, pero más allá de la cantidad, la calidad, sobre todo, de sus disparos desde fuera del área es lo más parecido a un lanzador de misiles en acción sobre las canchas de futbol. El Chino, como le apodaron por sus ojos rasgados y su pelo de cantante pop coreano, tenía mira telescópica: donde ponía el ojo, ponía el torpedo. Sus mejores tantos fueron disparos de treinta o cuarenta metros, riatazos que delataban a un pateador perfecto. Tenía, por supuesto, otras habilidades, como hacer pases filtrados, tirar paredes y driblar con solvencia, como se puede apreciar en un gol maradonesco urdido con la camiseta del Nacional en el estadio más importante de la capital uruguaya: en el video se ve que recoge la pelota en el área de su equipo y elude rivales hasta llegar a las narices de arquero para también esquivarlo y luego embutir inmisericordemente el balón en la portería. Fue un futbolista carente de goles feos.

