Pensé que el futbol ya no iba
a ser capaz de asombrarme, que jamás volvería a ver belleza plena en una cancha
con 22 jugadores. Ayer, apenas tres horas antes de trazar estos renglones, vi
el partido de Francia contra Suecia y no pude no sentir un estremecimiento al
ver el desarrollo del equipo que cantó de “La Marsellesa”. Quedé alelado ante
la fluidez de su desempeño, ante sus movimientos y el modo en apariencia fácil
de alcanzar cotas de calidad muy cercanas a la perfección.
Acostumbrado a un futbol más
bien tacaño, áspero, de lucha fragosa y permanente sobre el césped, la
selección francesa que vi ayer me llevó a sentir que el juego puede asimilarse
a una especie de ballet. Los muchachos entrenados por Didier Deschamps dan la
impresión de trabajar en una coreografía artística, no en un deporte de roce y
empujón. Los había visto ya en los partidos de la primera ronda y sin duda
percibí, como cualquiera que sepa dos gramos de futbol, su coordinación y su
eficacia. Pero ayer vi algo más, un detalle que está más allá del combate y el
resultado: un estilo que me mueve a pensar en la poesía.
Lo hace porque el equipo
francés no da la impresión de desgastarse en pugnas de zancadillas y sudor, sino
que siempre corre lo justo para no parecer que se extenúa. La pelota avanza
entre sus líneas con exactitud, a tiempo, al lugar libre, como si sus rivales
fueran figuras estáticas a las que se puede rebasar con toques simples y
precisos. Pasmoso, la verdad, porque al verlo en la pantalla se notan los
movimientos hasta la filtración al hueco de los balones con el fin de crear
peligro.
El resultado de ayer fue 3-0,
pero pudo ser del doble. Francia llegó con tanta frecuencia y tanto peligro que
sus delanteros se dieron el lujo de azotar los postes o fallar por poco, y
Suecia pareció un equipo de tercera división impotente ante la superioridad del
enemigo.
Por supuesto, en el equipo galo destaca la figura de Mbappé, quien anotó dos tantos a su modo, con rapidez letal. Pero el goleador está acompañado de diez jugadores igualmente dotados. Dembélé es descomunal; Olise, no se diga, y Barcola es tan rápido y exacto en sus movimientos que parece indetenible. Obviamente, no anticipo nada, pero el juego de Francia ya es campeón de este Mundial: de belleza en materia de futbol.

