sábado, abril 27, 2024

El herrero de Eslava Galán












He tramitado con placer una novela más de Juan Eslava Galán (Arjona, España, 1948). Se trata de El mercenario de Granada (Planeta, Madrid, 2019, 336 pp.), historia ambientada en la Andalucía de la Reconquista, más precisamente en las postrimerías de la lucha entre moros y cristianos que terminó, bien lo sabemos, el mismo año del Descubrimiento, 1492, con la caída de Granada a manos de los ejércitos comandados por Fernando e Isabel.

El protagonista de este relato es un herrero búlgaro de nombre Orbán, heredero de una tradición familiar vinculada al procesamiento del metal para fabricar, sobre todo, cañones. Como se sabe, con la aparición de dichas armas se abrió la posibilidad de derribar enemigos y, principalmente, fortalezas, muros, castillos, o al menos abrir boquetes en sus paredes para permitir el asalto (el a-salto) y el combate cuerpo a cuerpo, ya sin el obstáculo de la piedra y la argamasa. El dominio del metal y, con esto, la hechura de diferentes tipos de cañones cada vez de calibre más subido, fue desde aquel momento una profesión estratégica para conservar reinados y, si era posible, para acrecentarlos.

Orbán sirve a la corona de Turquía, pero es cedido a préstamo, como mercenario, para ayudar a la cañonería del islam dominador desde hace siglos en Al Andalus, aunque en aquel momento ya acosado de cerca por los Reyes Católicos, cognomento de Isabel y Fernando.

Orbán es un tipo macizo, bajo de estatura, viudo y melancólico, serio como una roca y más que medianamente aficionado al consumo de alcohol. Recibe la encomienda con amargor, pero la acata porque las órdenes del rey turco no pueden tener reparo. Viaja así al sur de la península, y de inmediato sirve como experto en lo suyo: el manejo del hierro y de la pólvora. Los musulmanes están cercados por los católicos que desean recuperar sus territorios, y Orbán da esperanzas a los fanáticos de Mahoma para resistir las andanadas castellanas y aragonesas en Málaga, Baza y otros puntos vecinos.

A medio camino de la novela hay un vuelco espectacular: una esclava cristiana de los infieles, Isabel, llena los ojos de Orbán, quien ve en ella una calca de su esposa desaparecida. La consigue como pareja y entrambos se dan varios ayuntamientos plenos de goce. Mientras fragua cañones e instruye a sus contratantes en el arte de la defensa con tales armas, la vida va pasando y los amores de Orbán con Isabel también fraguan en una pareja irrompible. Esto se ve alterado, empero, por un hecho ruin y fortuito: cierto árabe lujurioso abusa de Isabel, ella lo mata y, para evitar su muerte —el castigo que merecía según las leyes arabescas—, Orbán decide huir y pasar al bando de los cristianos. Guardo el final, obvio, pero no sin garantizar que junto a el amor del búlgaro y la castellana se desarrolla el avance del catolicismo hacia la última posesión del islam sobre la península: Granada.

Eslava Galán ha escrito esta novela en un estilo que no imita el español con la magistralidad que le vimos, por ejemplo, en En busca del unicornio, El comedido hidalgo o Últimas pasiones del caballero Almafiera, sino que trabaja en un registro más cercano a nuestra época aunque tinto siempre de notas arcaizantes tomadas del léxico español abundantemente salpimentado, en aquella hora, de arabismos.

Reitero que he leído con placer El mercenario de Granada. Sé que la historia del herrero Orbán y de la dulce y sensual Isabel serán un bocado delicioso para quienes disfrutan de la novela con ingredientes históricos y amorosos. No se puede pedir más saber y buen entretenimiento a un relato.

sábado, abril 20, 2024

Notas para el himno del IMSS

 








Contra mi costumbre, pues soy un hombre de palabras y no de cifras, comienzo este saludo con algunos números. El primero es un dato que suelo compartir a mis alumnos para tratar de que su orgullo por nuestra lengua se vea robustecido, más ahora frente a los embates del inglés, idioma que en todos lados mete su cuchara. Pues bien, les comento que el país con más hispanohablantes del planeta es México. Esto es obvio, pero mis alumnos suelen no saberlo. Nuestro país ocupa ese primer lugar sencillamente porque es el país hispanohablante más poblado, esto con 130 millones de habitantes. Otras naciones están muy lejos de nosotros: Colombia tiene 52 millones de hispanohablantes; Argentina, 45 millones; Cuba, 12; Nicaragua, 6; Uruguay, 4, por citar sólo algunos ejemplos con cifras redondeadas. Incluso España, el país donde nació nuestra lengua hace poco más de mil años, tiene apenas 47 millones, y algunos en conflicto porque prefieren hablar y escribir en gallego, vasco o catalán, no en español.

¿Por qué traigo los datos ya citados a la ocasión que nos convoca esta mañana? Sólo para enfatizar que en algunos rubros nuestro país es un país inmenso, casi inalcanzable por la mayoría de las naciones del mundo, no se diga de Latinoamérica. Dados el tamaño de nuestro territorio y de nuestra población, no debería resultarnos extraño —y sí enorgullecernos— la calidad de nuestra cultura y el valor de muchas de nuestras instituciones. Una de ellas, no la menos importante, es precisamente el Instituto Mexicano del Seguro Social.

Supongo que todos sabemos de qué hablamos cuando hablamos del IMSS; miles más, miles menos, el Instituto tiene un padrón de más de 50 millones de derechohabientes, cifra muchas veces mayor, como ya vimos, a la cantidad de habitantes de varios países latinoamericanos juntos. Para atender a tal universo de ciudadanos, el IMSS cuenta con más de medio millón de trabajadores y se multiplica en todo el suelo nacional en una infraestructura de miles de edificios entre hospitales, clínicas, consultorios y espacios administrativos. Esta es la razón por la que nuestro Seguro Social es el más grande de América Latina, y por mucho.

Luego entonces, cómo no voy a sentirme honrado, y todavía muy sorprendido, de haber escrito hace casi un cuarto de siglo la letra de su himno, una pieza literaria que es la síntesis de su labor, el santo y seña poético del bienestar que a diario derrama sobre México. Esto me lleva a recordar, así sea brevemente, cómo nació el himno, por qué escribí lo que escribí.

Ha pasado un cuarto de siglo desde que un sábado por la noche me senté a urdir las estrofas del himno. Semanas antes, creo que de casualidad, me encontré con Ricardo Serna y él me comentó que el IMSS había convocado a un concurso nacional para crear la letra y la música de un himno. Me comentó que, si me interesaba, yo podía escribir una letra a la que él añadiría la música. Pasaron los días y, entre mis actividades de aquellos años (dar clases, escribir para la prensa, editar libros, es decir, lo mismo que hago hoy) traté de incluir la escritura del himno. Le di vueltas en la cabeza y no localizaba la idea justa, así que pospuse la escritura de los versos. Sólo me rondaba una intuición, cierta corazonada sobre el uso del lenguaje que se requería para cuajar la letra. Los días transcurrieron y llegó un fin de semana en el que, gracias al todavía razonable tamaño de nuestra ciudad, me topé otra vez de casualidad con Ricardo Serna. En la plaza de la colonia Margaritas, lo recuerdo, él paseaba a su hija y yo a la mía. Coincidimos en el área de los columpios, y fue allí, mientras ambos mecíamos a nuestras respectivas hijas, donde Ricardo me comentó que la convocatoria del IMSS estaba por cerrar. Sin saber por qué, le respondí que no tardaría más, que en unos días o en unas horas le daría la letra. Ya con prisa, pensé en lo que llevaba pensado, en la corazonada de la que hablé hace diez renglones: el lenguaje de la letra no podía ceñirse al argot administrativo o técnico, a las palabras que son inevitables en la comunicación institucional pero que no son pertinentes en la confección poética de un himno. Es decir, no sabía qué palabras iba a usar, pero sí sabía qué palabras no iba a usar, palabras como eficiencia, desarrollo, servicio, tecnología, organización y otras que acaso son ineludibles en informes y documentos de carácter administrativo o técnico, como ya señalé, pero no en el arte. Ese era mi punto de partida, y no tenía más, no tenía el tema o asunto que vertebraría la composición. Busqué algunos datos, exploré en la historia del Instituto, pero no me fue fácil dar con la idea definitiva. Así pues, como en el cuento “La carta robada” de Edgar Alan Poe, no encontraba la idea precisamente porque la tenía frente a mí, era obvia: vi el logo, el símbolo del IMSS, y en ese momento sentí un inmenso eureka en mi corazón. Dije: aquí está el himno, en los hermosos trazos del águila, la madre y su retoño que son el insuperable emblema creado por Federico Cantú, artista regiomontano.

Lo que siguió fue avanzar de lo general a lo particular, sugerir que el águila, centro de nuestra bandera, simboliza al país; que la madre es el Instituto y que el o la bebé somos nosotros, los ciudadanos protegidos por las alas del águila y los brazos y el regazo de lo mejor que tiene nuestro país: la madre.

Al escribir recordé lo mucho que me impresionaba la escultura de piedra del IMSS ubicado al lado del bulevar Miguel Alemán, junto al hospital del Seguro en Gómez Palacio. Yo era niño, mi madre me llevaba a las consultas con el tarjetón rosa a la mano, y poco más adelante, cuando ya adolescente iba a jugar futbol y a nadar en la alberca del IMSS, servicio que también disfruté, salía de allí y la escultura me intrigaba, era un símbolo muy poderoso delante de mi percepción de niño azorado ante el arte monumental.

Terminé de escribir las tres estrofas y el coro, lo que indicaba la convocatoria; después los pulí y al final envié la letra a Ricardo, quien le añadió una melodía perfecta, dulce y enérgica a la vez, viva y estimulante. Él podrá contarnos cómo procedió para vestir el desarrollo de los versos, qué hizo para realzarla con el trazo musical que fluye de la suavidad a un in crescendo heroico.

Lo demás es parte de otra historia. El resultado nos llegó un domingo, nuestro himno se había impuesto ante más de 150 participantes, y poco después viajamos a la Ciudad de México, donde en el Auditorio del IMSS nos premiaron y la orquesta filarmónica del Estado de México, dirigida por el maestro Fernando Lozano, interpretó el himno para hacer allí mismo, en vivo, la grabación oficial.

Hace 24 años ocurrió lo que he narrado aquí. Y sigo asombrado: nací en un hospital del IMSS, mi madre me llevaba a consulta con los médicos del IMSS, hice deporte en las instalaciones del IMSS, muchas veces de niño vi con delectación la escultura del símbolo en el IMSS gomezpalatino y al comienzo de este siglo escribí el himno del IMSS, la instancia de salud pública más grande del mundo hispánico. No puedo no estar agradecido con todo esto, y por supuesto lo siento como un privilegio que me desborda, como uno de los mejores frutos de mi indeclinable amor al castellano.

No hace tanto, la Clínica de Especialidades del IMSS en Torreón me obsequió un reconocimiento gracias a la iniciativa del licenciado Edson Calderón, abogado del IMSS y hombre sensible al arte, a quien aquí reitero un agradecimiento dado su permanente esfuerzo por visibilizar la coautoría lagunera del himno. Muchas gracias ahora, por último, al IMSS por ser el corazón de México, su pilar más importante, y mi gratitud para ustedes por la amabilidad de su presencia en esta ceremonia.

Comarca Lagunera, 10, abril, 2024

miércoles, abril 17, 2024

Morir en el vacío absoluto


 









Tenía poco más de cinco años sin pararme en la Ciudad de México. En tal lapso había estado de pasada en el aeropuerto, pero sin trascender su espacio, sólo para transbordar. Ahora, en un viaje de estos días, me establecí en el centro, cerca de Bellas Artes, y en una sola tarde y en una sola noche recorrí los rumbos de la alameda, la Torre Latinoamericana y el Sanborns de los azulejos. Esta ciudad jamás dejará de ser monstruosa, y cada vez que la visito siento que más se desborda su monstruosidad.

Luego de cenar, hice una pausa de pasmada observación sentado en las jardineras de Bellas Artes. Ya eran las once de la noche y el cruce del Eje Central no lucía como el hormiguero que siempre es mientras dura la luz de un día cualquiera. Era lunes, pocas personas lo cruzaban. En menos de diez minutos cruzaron por allí, como centellas, dos ambulancias a sirena batiente en esta ciudad de sirenas incesantes.

Un poco más tarde reparé en el adorno principal del crucero que está al pie de la Latinoamericana: los indigentes locos. Pude contarlos y alcancé a sumar ocho en aquel pequeño espacio de la ciudad. De noche, sin el camuflaje de la muchedumbre, se notaban más sus movimientos sin ton ni son, sus gritos desarticulados. Uno danzaba como derviche, otro retaba enemigos invisibles, uno más se bajaba el trapo que usaba a manera de pantalón y mostraba (como decían antes) sus “partes pudendas”. No pude no pensar en lo que pienso a veces cuando veo a los locos pringosos de la calle: ¿qué pasó con esas almas ya completamente aisladas de la civilidad, con esos sujetos antisistema que ni siquiera saben que son antisistema? ¿Recordarán su nombre? ¿Habrá alguien que espere su casi imposible regreso a la vida convencional? Aunque todos seguramente eran o habían sido adictos a la basura de los solventes, en ese momento sólo uno parecía portar un chemo al que le daba pegues recurrentes.

El asombro me invadió al reconfirmar que las piltrafas humanas allí abundantes son, en su locura, los únicos seres carentes de todo nexo con el mercado. No tienen nada, no anhelan nada, o lo poco que tienen o anhelan es realmente nada. Una situación asombrosa la de los parias: ser nadie, vivir en el nihilismo total, morir poco a poco en el vacío absoluto.

martes, abril 16, 2024

Vida y realidad en la poesía

 











¿En qué medida es posible apelar a la realidad de lo social para fraguar poesía? ¿Es viable escribir versos en los que la voz poética mira tanto fuera como dentro del ser que los urde? En el libro Mediodía blanco (Colección Arena de poesía, Secretaría de Cultura de Coahuila, 2014, Saltillo, 66 pp.), Dana Gelinas (Monclova, Coahuila) nos persuade de que la realidad social tiene amplias posibilidades de convertirse en poesía, esto a condición de no incurrir en el formato discursivo del alegato, sino permanecer tercamente en el yo que observa con pasmo y hasta sorna la trama tejida por la circunstancia del mundo.

Dana Gelinas es poeta, traductora, editora y ensayista, y además escribe libros para niños. En 2004 obtuvo el premio de poesía Tijuana con el título Poliéster, en el que escribe de Sólo Dios, un poblado de la selva chiapaneca y sus alrededores durante el conflicto armado que inicia en 1994 así como también de lo que la civilización estraga en su camino. En 2006 fue publicado su libro Altos Hornos, serie de poemas acerca de la ciudad del acero y de su infancia. En ese mismo año obtuvo el Premio de Poesía Aguascalientes con Bóxers, un libro acerca del amor en tiempos de consumismo salvaje, y en 2011 publicó Los trajes nuevos del emperador, poemas en los que escribe acerca de los tiranos de la cultura pop, dueños de los obturadores de nuestros días.

La mayor parte de los poemas de Mediodía blanco esculcan en el mundo exterior. La poeta observa y traza versos con la materia prima de lo que nos suministran, sobre todo, los medios, y pasa por el filtro de su conciencia, por ejemplo, a varios personajes dignos de lamentación. Trump, Bush, Díaz Ordaz, Marta Sahagún y otros personajes son escudriñados por la ironía de Gelinas. De Slobodan Milosevic, el famoso genocida de la guerra balcánica, dice, por ejemplo: “Cuando la vieja Yugoslavia / descubrió su juego, / ya las armas, ejércitos y leyes / la habían convertido / en camposanto de huesos, / sin musulmanes, sin bosnios, sin húngaros, / sólo casimir relleno de paja”.

En el prólogo de Mediodía blanco señaló: “También está escrita en estas páginas mi obsesión por la historia reciente. Creo que muchos de estos poemas, y cada verso del libro en cierta forma aún inconcluso que es Los trajes nuevos del emperador, comparten esa tendencia. No estoy de acuerdo en que poemas históricos sean solamente aquellos que recrean el pasado. El presente ha ocurrido y también ocurre”.

Abiertos los ojos de la poeta al presente, atenta su mirada a lo que ocurre alrededor, atestiguamos en su poesía la potencialidad que sigue teniendo el arte para recordarnos que podemos/debemos voltear la vista hacia las llagas que pudren la vida de multitudes.

Mediodía blanco está disponible gratis en la web de la Secretaría de Cultura de Coahuila, aquí.

sábado, abril 13, 2024

Acequias 92 todavía en línea












Comparto el editorial del número 92 de la revista Acequias de la Ibero Torreón. Su distribución es gratuita en papel y además aparece en la web de la misma universidad. Ofrece en su pórtico lo siguiente:

Desde agosto de 2022 la Ibero Torreón comenzó un periodo de celebraciones que duraría un año. El motivo fue su aniversario cuarenta, y por ello durante más de doce meses fueron organizadas actividades que recordaran cuatro décadas de trabajo e incidencia en la comunidad. Fue pues un lapso de reconocimiento al trabajo realizado, es verdad, pero más de énfasis en lo pendiente, en lo futuro, que siempre será desafiante.

Como acto relacionado con la recordación del cuadragésimo aniversario, la universidad preparó un libro conmemorativo en el que participaron numerosos integrantes de nuestra comunidad. Las páginas introductorias fueron escritas por Juan Luis Hernández Avendaño, nuestro rector. Son también las que abren este número 92 de Acequias, y, junto con ellas, dos de los textos leídos en la presentación del libro que asimismo está disponible gratuitamente, en formato PDF, dentro de la web institucional.

En esta nueva salida, última de 2023, nuestro espacio ofrece variados materiales. Zaide Patricia Seáñez articula un resumen del trabajo realizado en el doctorado en Investigación de Procesos Sociales, y en él destaca varios de sus logros más salientes, es decir, las investigaciones nacidas en su seno. Luego, el prólogo al último libro editado en 2023 por la Ibero Torreón, el Segundo cuaderno de investigación desde las aulas coordinado por Silvia Gabriela Navarro Valdez, obra que recoge trabajos de investigación y asentamiento de resultados de alumnas y alumnos.

“La Laguna frente a la alteridad” es el título del extenso comentario firmado por María Sol Galoviche, exalumna de intercambio oriunda de Argentina. En sus páginas recorre y comenta La casa del dolor ajeno, libro cuyo tema se vincula al genocidio antichino perpetrado en Torreón en la segunda década del siglo XX. Viene después una pequeña muestra de los Cuadernos del Taller, trabajo editorial del Taller de periodismo de opinión.

Mariana Ramírez, exalumna de la Ibero Torreón, comparte un comentario sobre Encuentros fortuitos (UANL-Ibero Torreón, 2023). Por último, dos colaboraciones llegadas de lejos. De Argentina, “María, la más mía”, de Juan Pablo Neyret, sobre María Kodama, quien falleció en marzo de 2023; y del chileno Diego Muñoz Valenzuela la crónica “El hombre de las gafas enormes”, sobre Salvador Allende a 50 años del golpe en Chile.

Que las venideras páginas les sean interesantes y gratas. 

miércoles, abril 10, 2024

Un eclipse no se le niega a nadie


 








Soy un tipo de muy bajo entusiasmo ante los furores colectivos, y el eclipse no fue la excepción. Meses antes del 8 de abril, quizá allá por octubre o noviembre del año pasado, escuché o leí que el fenómeno astronómico se mostraría con toda su oscuridad a cuestas sobre nuestra región. Ni paré oreja ni me sentí especialmente interesado, pues rápido intuí que sería uno de esos acontecimientos que inevitablemente nos rozan aunque nos ocultemos debajo de la cama. Conforme se acercaba la fecha, el pálpito se convirtió en certeza; como el eclipse pasaría exactamente encima de nuestra estepa, la disponibilidad de los hoteles comenzó a sufrir un fenómeno no astronómico, sino turístico. Poco a poco, la capacidad de recepción de visitantes se fue agotando, esto sin considerar la oferta de modalidades como el Airbnb o los domicilios particulares de parientes y amigos. El caso es que para el fin de semana previo, La Laguna experimentó una novedad en sus rutinas: teníamos la ciudad copada por el turismo.

Fue en ese momento, el fin de semana pasado, cuando comencé a pensar en el eclipse —por cierto, deberían tener nombres, como los huracanes, para identificarlos con más facilidad— no como conocedor exprés del asunto, sino como simple ciudadano de La Laguna, como persona que por el mero hecho de estar aquí iba a ser testigo del acontecimiento.

Ese día, ayer (escribo esto el 9 de abril), comencé desahogando un trámite burocrático muy temprano en la mañana. Luego fui a la Ibero Torreón, universidad que había organizado toda una fiesta alrededor del eclipse. No pensaba mirarlo, pues supuse que debía buscar los famosos lentes especiales, pero no me esforcé en conseguirlos. Por suerte, en la universidad regalaban el aditamento, y junto con mi hija y su novio tomamos posición. Cuando poco antes comenzó a pardear, como a las 12 del mediodía, sentí una inquietud que aumentó gradualmente. Poco después, a las 12:19, se hizo la noche a plenitud, y entonces sí caí de bruces sobre el asombro de la oscuridad. Fueron cuatro o cinco minutos impresionantes, memorables, un ratito en el que la potencia del sol fue derrotada por la luna. Y pensé: un eclipse no se le niega a nadie, ni a un tipo ajeno a los temas astronómicos, como yo.

Nota. La foto que encabeza este post fue tomada por Chrystian Jurado.

lunes, abril 08, 2024

Cuento "El eclipse"

 








En “El eclipse”, de Augusto Monterroso, el foco de la atención es maliciosamente puesto sobre el fraile. La frase inicial, fatalista, nos insinúa que, pese a todo, podrá salvarse. Ya identificados con él, los lectores asistimos a la espera de su salvación en medio de la selva. A mitad de camino, en la frase subrayada, alentamos la sospecha, casi la seguridad, de que en efecto se salvará, pues la ciencia aristotélica no podría errar en ese mundo gobernado por el salvajismo. La prueba del contacto entre la historia 1 y la historia 2 —y, además, de la esfericidad del relato— es la reiteración del nombre “Aristóteles” como última palabra.

El eclipse

Augusto Monterroso

Cuando fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que ya nada podría salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado, con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el convento de los Abrojos, donde Carlos Quinto condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su labor redentora.

Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo.

Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas.

Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles. Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de aquel conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.

-Si me matáis -les dijo- puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.

Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén.

Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.

sábado, abril 06, 2024

Poderío de la enumeración

 









La literatura —e incluyo en ella, aunque de ligas ciertamente menores, a la composición de canciones populares o “comerciales”—, hace uso muy frecuente de la enumeración, figura retórica “que consiste en la acumulación o suma de elementos lingüísticos, ya sea por yuxtaposición o por medio de conjunciones. Por ejemplo: ‘La sala era un caos: había libros, papeles, vasos sucios, restos de comida, ropa y diarios viejos desparramados por doquier’”. La magra definición, claro, no alcanza a ceñir todas sus posibilidades, pero da el gatazo para sancochar este párrafo de arranque.

Un enumerador tenaz en la composición de canciones es el español Joaquín Sabina, tanto que se trata de un recurso que atraviesa de punta a punta muchas de sus creaturas. Traigo como ejemplo la pieza titulada “La del pirata cojo”, cuya letra se sostiene en el tropo ya mencionado: “Al Capone en Chicago, / legionario en Melilla, / pintor en Montparnasse. / Mercader en Damasco, / costalero en Sevilla, / negro en nueva Orleans. / Viejo verde en Sodoma, / deportado en Siberia, / sultán en un harén. / Policía ni en broma, / triunfador de la feria, / gitanito en Jerez. / Tahúr en Montecarlo, / cigarrillo en tu boca, / taxista en Nueva York”. Luego de amplias acumulaciones como la citada, en la que conviven concreciones y abstracciones, viene el estribillo en el que dice preferir, entre todas las vidas enumeradas, “la del pirata cojo / con pata de palo, / con parche en el ojo, / con cara de malo”.

En “No volveré”, de Manuel Esperón y Ernesto Cortázar, canción (hermosa) más cercana a nuestro contexto espiritual, los compositores apelan a una enumeración similar, en este caso comparativa: “Fuimos nubes que el viento apartó, / fuimos piedras que siempre chocamos, / gotas de agua que el sol resecó, / borrachera que no terminamos”. En suma, una figura muy productiva en la escritura.

La idea de comentar este tropo me nació al leer una novela del español Juan Eslava Galán. Ya la reseñaré, así que por ahora no importan su título ni su asunto. Vi allí, entre otras muchas, con tenue estilo necesariamente anticuado en la adjetivación, este párrafo que acentúa hasta el éxtasis la belleza de un personaje femenino: “Tenía la viuda los ojos grandes y oscuros, orlados de sedosas pestañas, la nariz recta y marfileña, los labios sensuales y gordezuelos, los dientes parejos y blancos, la sonrisa cautivadora. El cuello largo, los hombros moldeados, los pechos grandes y grávidos, el talle estrecho, con un vientre terso y ligeramente abombado, las caderas anchas y rotundas, los muslos largos y carnosos, las piernas bien modeladas y los pies pequeños y juguetones, con las uñas pintadas de carmín”. Luego de esta descripción acumulativa, prepara otra más corta y tremenda: “Cuando bailaba la danza del vientre movía con tal sensualidad sus encantos, al compás de una collera de colgantes con cascabeles de cobre, que provocaba relinchos y gorjeos guturales en la audiencia masculina. Ante ella perdían gravedad los jueces, notarios y magistrados y hasta los eunucos sentían renacer la ausente natura”.

Cierro con un fragmento de El reino de este mundo, novela del cubano Alejo Carpentier en el que podemos distinguir dos acumulaciones. Este párrafo lo usé de epígrafe en mi primer libro, y así de mucho me complace: “Pero la grandeza del hombre está precisamente en querer mejorar lo que es. En imponerse Tareas. En el Reino de los Cielos no hay grandeza que conquistar, puesto que allá todo es jerarquía establecida, incógnita despejada, existir sin término, imposibilidad de sacrificio, reposo y deleite. Por ello, agobiado de penas y de Tareas, hermoso dentro de su miseria, capaz de amar en medio de las plagas, el hombre sólo puede hallar su grandeza, su máxima medida en el Reino de este Mundo”.

Por lo visto, la enumeración es una figura plástica, moldeable. Saber usarla con voluntad de estilo garantiza o casi garantiza la hipnosis del lector.

miércoles, abril 03, 2024

Regreso de Zitarrosa











El título es, adrede, polisémico. Me refiero con él a tres ideas, al menos. Una, a la recurrente vuelta de Zitarrosa en mi soledad; dos, a que el que regresa a Zitarrosa soy yo, quien enuncia, como sucede en la hipálage “Fervor de Buenos Aires”, en la que quien enuncia es el que siente fervor; y tres, al cuarenta aniversario de la vuelta de Zitarrosa a su país, Uruguay, luego de los ocho años del exilio al que se viera condenado, exilio que por cierto lo trajo a vivir por un tiempo a México.

Montevideano, Alfredo Zitarrosaallí nació (1936) y allí murió (1989), en la capital del “paisito”, como le dicen los uruguayos no para minusvalorarlo, sino con cariño por el peculiar tamaño de la República Oriental. Cuando volvió al Uruguay, esto el 31 de marzo de 1984, lo recibió una multitud rendida que es difícil imaginar para un cantautor de su tipo. Eran otros tiempos, por supuesto, más abiertos a una participación, sobre todo juvenil, en causas impregnadas de intencionalidad política. La Guerra Fría seguía en pie, aunque ya en sus estertores últimos, y no es exagerado afirmar que los jóvenes, que por el acceso a la cultura eran permeados de alguna ilustración, tendían a identificarse con la izquierda. Pero Zitarrosa en Uruguay y en otras muchas partes no perteneció ni pertenece sólo a las capas leídas, sino a todos hasta hoy, como lo muestra la fusión del grupo Bajofondo titulada “Zitarrosa”.

Cantaba piezas de muchos compositores, la mayoría acompañadas por un conjunto de guitarras. Pero también componía. Los géneros que abordó fueron variados, y en ellos destacan, claro, la milonga, la vidala, la zamba y otros más, incluido el tango (hay versiones excepcionales de “Malevaje” y “Tinta roja” con un fondeo de guitarras como el de Gardel con Barbieri, sin bandoneón). La variedad de sus temas fue mucha, y les dio unidad el canto. Pocos casos retengo de un color de voz como ese, grave y dolorido, pesado y dulce a la vez, enérgico siempre.

Otro rasgo de su impronta está, obvio, en las letras, en su modo de fundirse con la colectividad, en la manera de desearse parte de un todo, como en este fragmento de “Guitarra negra”, su obra mayor, con el que cierro mi aplauso: “Siento la tristeza o la ira inexpresada del compañero / el amor del que me aguarda lastimado / falta mi cara en la gráfica del pueblo / mi voz en la consigna, en el canto, en la pasión de andar / mis piernas en la marcha, mis zapatos hollando el polvo / los ojos míos en la contemplación del mañana / mis manos en la bandera, en el martillo, en la guitarra / mi lengua en el idioma de todos / el gesto de mi cara en la honda preocupación de mis hermanos”.