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sábado, julio 25, 2026

Género de sobremesa


 











Proveniente del griego, la palabra “anécdota” (anékdoton, “no publicado”, “inédito”) tiene cuatro acepciones en el diccionario académico (la segunda me parece innecesaria): “Relato breve de un hecho curioso que se hace como ilustración, ejemplo o entretenimiento”; “Suceso curioso y poco conocido que se relata en una anécdota”; “Suceso circunstancial o irrelevante” y “Argumento de una obra”. Para lo que compartiré a continuación, me ciño a la tercera acepción, y sobre todo al adjetivo “irrelevante”, de allí que las confine al ámbito de la sobremesa. Las tres que comparto tienen un común denominador: que se relacionan con la periferia literaria, gran productora de situaciones que se trepan como polizones al recuerdo. Los títulos sólo sirven para identificarlas pese a su insignificancia. Van:

Abuso de la elegancia

Casi todos los lugares comunes tienen alguna inclinación por la elegancia. No es necesario anotar que, al usar un tópico, la elegancia resulta fallida, y lo que queda más bien es inelegancia, mal gusto, cursilería. Cuando alguien dice, por ejemplo, “cerrar con broche de oro” o “poner su granito de arena”, lo único que logra es evidenciar falta de imaginación.

Hay lugares comunes, sin embargo, que no lo parecen. Uno de ellos es “valga la redundancia”, tópico que sale a la luz (“salir a la luz” es un tópico) cuando alguien, durante la conversación, repite con demasiada proximidad una palabra (“recuerden que lo fundamental es dar fundamento, valga la redundancia, a los proyectos bla bla bla”). La pobreza de vocabulario o el simple lapsus es disculpado entonces por un “valga la redundancia” comodín, una frase ya corrompida, gastada por el uso.

Lo recomendable para evitar tal tropiezo es ampliar el vocabulario, sin duda. Pero cuando eso no es posible, se me ocurre que pueden equivaler las frases “valga la reiteración”, “disculpen la expresión” o algo así.

Lo que no se debe hacer nunca es usar frases como esas cuando no haya ninguna necesidad. Todo esto lo digo sólo para recordar al locutor de radio que escuché cierta tarde. Iba yo camino a la universidad y, al terminar una canción, el locutor dijo la hora con el mayor abuso de elegancia que he escuchado jamás:

—Faltan cuatro para las cuatro, valga la redundancia.

Luego de oírlo decidí escribir algo, lo que fuera. Y es esta cuartilla, precisamente.

 El autor de las leyes

Quizá no haya libros de factura más anónima que las leyes. Escritas y avaladas por muchos, las leyes representan un consenso, un acuerdo establecido entre varias cabezas. Pues bien, un amigo llegó a una tienda comercial de esas que, para no ser acusadas de indiferencia cultural, también tienen una librería aledaña al restaurant. Mi amigo, abogado él, andaba en busca de la Ley de equilibrio ecológico. Mientras buscaba en el anaquel donde posiblemente se podía encontrar aquel libro, un dependiente se le acercó para ofrecerle ayuda.

—Gracias, joven, ando buscando la Ley de equilibro ecológico.

El dependiente, capacitado un par de horas antes para dar su servicio pero ajeno totalmente al mundo de los libros, le pidió un dato insólito.

—¿Me puede dar el nombre del autor?

Mi amigo el abogado estuvo a punto de responderle que “la Cámara de Diputados en sesión plenaria”, pero prefirió dejar el asunto en paz. Vio en la cara del muchacho tal aburrimiento que ya no quiso explicar nada.

Por desgracia

Juan Pablo Neyret y yo tomábamos café en la amable casa de David Lagmanovich. Horas antes nuestro anfitrión nos había presentado a ciertos personajes tucumanos. Yo recordé en particular a uno que me había parecido algo extraño, enigmático, y pregunté.

—Oye, David, ¿y fulano de tal escribe, ha publicado algo?

David, con una malicia que he visto en pocos rostros, contestó resignado y negando con la cabeza, casi como si fuera una tragedia.

—Lamentablemente, lamentablemente.

Neyret y yo no pudimos evitar el dueto de carcajadas.

sábado, febrero 15, 2025

Borges en una nuez


 











No recuerdo el nombre del restaurante, pero sí, con claridad, la sensación que me produjo el buen ambiente de camaradería literaria que allí se respiraba. Era mayo de 2004, estaba a punto de cumplir cuarenta años y pasaría mi onomástico en San Miguel de Tucumán, a donde fui invitado para participar en un encuentro de escritores que se celebraría en la Universidad Nacional de aquella provincia argentina. Uno o dos días antes de que comenzara la actividad, mi amigo David Lagmanovich organizó algunas reuniones con escritores del lugar, quienes me demostraron afecto y gusto por escuchar mi acento de película mexicana.

Digo pues que la fiesta estaba en su apogeo de vino, cena y música, cuando ocurrió una suerte de pequeño milagro. Juan Pablo Neyret, escritor y periodista marplatense también invitado por David, pidió silencio a la concurrencia porque deseaba compartir un poema. Caminó al micrófono de los cantantes y, sin más, ofreció de memoria los dos sonetos escritos por Borges y publicados en tándem con el título “1964” dentro del libro El otro, el mismo (1964). No existían los celulares con avances tecnológicos como los de hoy, así que yo llevaba cámara digital y una minigrabadora de audio, para lo que pudiera ofrecerse. Y se ofreció: mientras Juan Pablo decía (no declamaba, pues declamar ya era y sigue siendo una práctica obsoleta) los dos sonetos, alcancé a sacar la grabadora y pescar al aire algunos fragmentos de su voz, los últimos seis versos. Aquello fue un torrente de luz en medio de la noche.

Yo ya conocía las dos piezas de “1964”, pues la Obra poética (Alianza-Emecé, Madrid, 1975, 447 pp.) de Borges es un libro que conseguí en los noventa. Lo que no sabía era aquello que Juan Pablo me reveló al pasar los versos por el filtro de su garganta: que la perfección no sólo estaba en la escritura, sino en el sonido exacto que iban dejando sus acentos y sus rimas, la gestación de un clima melancólico a partir de las palabras hechas de tinta en algún libro, pero sin duda redimensionadas al adquirir forma sonora, tal y como era el canto (la poesía) antes de la invención de la escritura. “Estos versos nacieron para decirse, no para leerse”, pensé.

Es posible encontrar “1964” con toda facilidad en Google, así que sólo traigo aquí el segundo soneto, que me gusta más, valga la implícita e innecesaria comparación: “Ya no seré feliz. Tal vez no importa. / Hay tantas otras cosas en el mundo; / un instante cualquiera es más profundo / y diverso que el mar. La vida es corta // y aunque las horas son tan largas, una / oscura maravilla nos acecha, / la muerte, ese otro mar, esa otra flecha / que nos libra del sol y de la luna // y del amor. La dicha que me diste / y me quitaste debe ser borrada; / lo que era todo tiene que ser nada. // Sólo que me queda el goce de estar triste, / esa vana costumbre que me inclina / al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina”.

Lo que uno primero siente, de golpe, es el tono de la pieza. Ciertamente la voz poética se resigna al “goce de estar triste”, pero esa tristeza no es una aplanadora, sino una especie de sombra atenuada por la frase previa: “sólo me queda”, que supone una ganancia en medio de la derrota (de aquí que la tristeza sea un paradójico “goce”), como cuando en otro lugar el mismo autor afirma que el olvido es “una de las formas de la memoria”, es decir, una pérdida que también es una posesión. La afirmación inicial, contundente (“Ya no seré feliz”), tiene como inmediato amortiguador el “Tal vez no importa”, que así sea con dudas hace menos trágica la tragedia de haber sido centrifugado del amor.

Para consolarse en medio de la desolación, recuerda: “Hay tantas otras cosas en el mundo”, y que “un instante cualquiera es más profundo / y diverso que el mar”, lo cual es cierto si reparamos en que cualquier segundo contiene infinitas situaciones, más que gotas de agua en el océano. Sabe que, por larga que parezca, “La vida es corta”, cortísima, y como escribían los latinos sobre las horas en los relojes de sol, “todas hieren; la última mata” (Vulnerant omnes, ultima necat), así Borges nos hace ver que una “oscura maravilla nos acecha”, la de la muerte que “nos libra del sol y de la luna”, que es como decir que nos libra de todo, incluido el amor.

Y estos versos tremendos en su sencillez y su verdad: “La dicha que me diste / y me quitaste debe ser borrada; / lo que era todo tiene que ser nada”, plantea la obligación de recurrir al olvido como tablita de salvación. Al final, aquello del “goce de estar triste” y practicar, luego del naufragio amoroso, esa “vana costumbre” de pasar por “cierta puerta” y “cierta esquina”.

Sé que este soneto dice mucho más de lo que yo puedo exprimir, pero creo que ni siquiera es necesario hurgar en su sentido, someterlo al microscopio; es suficiente con sentir su flujo por los tímpanos y atisbar el avance de su resignado apagamiento, su melancolía de tarde que se va haciendo noche.

sábado, septiembre 21, 2024

Silvio, aniversario y después

 













“Si te dieran a escoger a qué cantante escuchar y te pagaran todos los gastos para ir a su concierto, ¿a quién escogerías, papi?”. Recuerdo esta pregunta de una de mis tres hijas, pero no recuerdo cuál. La motivaba una conversación en la que concluí tajantemente, sin ninguna concesión, que no me interesaba ir a ningún concierto, que no me interesaba escuchar a nadie en ningún tumulto. “¿Pero a nadie a nadie a nadie, papi?”, insistió mi hija. “No, a nadie”, rematé, y esto incluía principalmente los conciertos de cualquier música de pop o de rock, por espectaculares que parecieran. Sé que si la propuesta fuera real, dudaría. ¿Javier Solís, Pavarotti, Zitarrosa, Lola Beltrán, Serrat, Mercedes Sosa, Albano Carrisi, Adriana Varela, Atahualpa Yupanqui, Anna Netrebko, Ibrahim Ferrer? Tal vez, pero de solo imaginar las implicancias de un concierto, el hecho de desplazarme a no sé dónde y de convivir a veces apretujadamente, me lleva a desear no desearlo, conformarme con la reproducción hoy dispensada por las plataformas digitales.

Mi negativa parte de que los experimenté alguna vez: jamás me sentí cómodo ni me estremeció un pelo ver en vivo a un “famoso”. No me pregunten por qué, pero por razones de trabajo, de gratuidad o compromiso vi a Bosé, Tropicalísimo Apache, Juan Gabriel, Marco Antonio Solís, Los Cadetes de Linares, Óscar Chávez, Los Ángeles Negros, Facundo Cabral, Celso Piña, Depeche Mode, Caetano Veloso, Plácido Domingo y Calle 13, y en ninguno de los casos hallé un motivo poderoso para enamorarme de la modalidad “en vivo”. Por esta razón y no otra es por la que percibo muy extraña a la gente que sigue el ritual de comprar boletos en línea y moverse a veces hasta de país para escuchar a tipos abiertamente frívolos o embusteramente densos, como si fueran filósofos de nuestra era sólo porque desean la paz mundial.

Dado lo antecedente, sonará raro que el 25 de mayo de 2004, hace ya dos décadas, amaneciera inquieto ante la inminencia del maratón que me esperaba en la Plaza de Mayo. Había llegado el 15 a Buenos Aires, era mi primer viaje para allá, y dos días después, o tres, no recuerdo, me chuté un recorrido de quince horas por tierra para estar en San Miguel de Tucumán, a donde había sido invitado por David Lagmanovich para participar en un encuentro de escritores. Además de conocer a David, allí conocí también a Juan Pablo Neyret y a Rogelio Ramos Signes, y crucé dos palabras con un par de invitados importantes: María Rosa Lojo y el español Rafael Chirbes. Cumplí cuarenta años casi al final de mi estancia tucumana, el día 23. Esa misma noche, Neyret y yo, que nos hicimos amigos de inmediato, nos fumamos las quince horas del bus a Buenos Aires. Bajamos en la capital argentina, convivimos el 24 en algunas caminatas y restaurantes del microcentro, y esa misma tarde Neyret siguió a su tierra, Mar del Plata. De nuevo quedé solo en Buenos Aires; me hospedé en el Grand Hotel España, un vetusto edificio art déco de la calle Tacuarí número 80, a una cuadra de la avenida 9 de Julio, cerca del legendario Café Tortoni.

El 25, digo, amanecí inquieto. A mi primer viaje argentino le quedaban unos tres días de vida, así que decidí aprovecharlos en andanzas que me dieran una visión más clara del plano porteño. Sabía ya que el día era feriado por la Revolución de Mayo, así que opté por acercarme a la plaza para ver cómo lo celebrarían. Temprano, todavía sin público en la plancha histórica, vi que varios trabajadores hacían los últimos arreglos a dos grandes escenarios: uno frente a la Casa Rosada y otro al lado opuesto, cerca de la catedral, por la calle Bolívar. Creo que con algunas preguntas pude saber que la celebración conllevaría discursos y un desfile de grupos y cantantes, todo con el remate de Silvio Rodríguez. Deambulé un rato más por el rumbo, sin separarme mucho de la plaza. Cuando vi que comenzó a poblarse me aproximé al escenario más grande, el aledaño a la Rosada. Primero quedé como a cincuenta metros, pero como pude me fui escurriendo hacia adelante, poco a poco. Mi idea era no quedar tan lejos, pues mi cámara digital Fuji (aquello ocurrió en el breve momento en el que se usaron las cámaras digitales) no tenía zoom y temí que las fotos quedaran muy borrosas. Al final logré acomodarme como a veinte metros del punto principal. La Plaza de Mayo quedó llena, gobernaba Néstor Kirchner, allí estaba Cristina Fernández y nadie podía saber en ese momento que la Argentina viviría poco más de diez años de desendeudamiento, de mejoría económica y, por ello también, de feroz persecución mediática contra la pareja que provocó aquel respiro de bienestar social.

No recuerdo cuánto duró todo, pero sí que llegué como a las cinco de la tarde y a las nueve todavía no me iba de allí. Muchos cantantes pasaron antes del plato principal. Todos desahogaban dos o hasta tres piezas, la gente los aplaudía con entusiasmo y el animador los presentaba con elogios y vítores por el día conmemorado. Pero la gente esperaba el número fuerte: Silvio.

Cuando el cubano apareció en escena, pensé que su paso duraría lo mismo que todos los demás, pero no: cantó una hora y aquello me dio la impresión de ser hipnótico: la gente coreaba sus canciones y yo entre dientes también las expresaba. En los ochenta había sido adicto a su música y en general a la nueva trova, pero poco a poco me había alejado de él. Lo que no sabía es que me sabía aún todas las piezas, al menos las famosas, y esto sobrevive hasta hoy, fecha en la que algunos de sus versos me parecen algo débiles, algo forzados o innecesariamente herméticos, aunque conservo el gusto por casi todos sus arreglos y por supuesto de sus muchísimas estrofas brillantes. Así de terca es la memoria.

De aquel concierto hay video en YouTube, y aunque no me veo entre el público oscurecido por la noche, estuve cerca de la bandera del Che que ondeó durante todo aquel concierto, tal vez el único al que he asistido con un sentimiento parecido al gusto.

Nota. Como la que encabeza este post, las siguientes fotos fueron tomadas la tarde referida en la crónica.













sábado, abril 13, 2024

Acequias 92 todavía en línea












Comparto el editorial del número 92 de la revista Acequias de la Ibero Torreón. Su distribución es gratuita en papel y además aparece en la web de la misma universidad. Ofrece en su pórtico lo siguiente:

Desde agosto de 2022 la Ibero Torreón comenzó un periodo de celebraciones que duraría un año. El motivo fue su aniversario cuarenta, y por ello durante más de doce meses fueron organizadas actividades que recordaran cuatro décadas de trabajo e incidencia en la comunidad. Fue pues un lapso de reconocimiento al trabajo realizado, es verdad, pero más de énfasis en lo pendiente, en lo futuro, que siempre será desafiante.

Como acto relacionado con la recordación del cuadragésimo aniversario, la universidad preparó un libro conmemorativo en el que participaron numerosos integrantes de nuestra comunidad. Las páginas introductorias fueron escritas por Juan Luis Hernández Avendaño, nuestro rector. Son también las que abren este número 92 de Acequias, y, junto con ellas, dos de los textos leídos en la presentación del libro que asimismo está disponible gratuitamente, en formato PDF, dentro de la web institucional.

En esta nueva salida, última de 2023, nuestro espacio ofrece variados materiales. Zaide Patricia Seáñez articula un resumen del trabajo realizado en el doctorado en Investigación de Procesos Sociales, y en él destaca varios de sus logros más salientes, es decir, las investigaciones nacidas en su seno. Luego, el prólogo al último libro editado en 2023 por la Ibero Torreón, el Segundo cuaderno de investigación desde las aulas coordinado por Silvia Gabriela Navarro Valdez, obra que recoge trabajos de investigación y asentamiento de resultados de alumnas y alumnos.

“La Laguna frente a la alteridad” es el título del extenso comentario firmado por María Sol Galoviche, exalumna de intercambio oriunda de Argentina. En sus páginas recorre y comenta La casa del dolor ajeno, libro cuyo tema se vincula al genocidio antichino perpetrado en Torreón en la segunda década del siglo XX. Viene después una pequeña muestra de los Cuadernos del Taller, trabajo editorial del Taller de periodismo de opinión.

Mariana Ramírez, exalumna de la Ibero Torreón, comparte un comentario sobre Encuentros fortuitos (UANL-Ibero Torreón, 2023). Por último, dos colaboraciones llegadas de lejos. De Argentina, “María, la más mía”, de Juan Pablo Neyret, sobre María Kodama, quien falleció en marzo de 2023; y del chileno Diego Muñoz Valenzuela la crónica “El hombre de las gafas enormes”, sobre Salvador Allende a 50 años del golpe en Chile.

Que las venideras páginas les sean interesantes y gratas. 

sábado, enero 21, 2023

Los demasiados Borges en El forajido sentimental



Durante mi estancia de agosto/2011 en Buenos Aires leí tres libros de Fernando Sorrentino: Conversaciones con Borges (entrevista), El crimen de San Alberto (cuentos) y El forajido sentimental (ensayos). De Sorrentino sólo tenía noticias internéticas y amistosamente indirectas, pues fue o es amigo de mi amigo Juan Pablo Neyret; había leído algunas de sus colaboraciones en Espéculo, la revista virtual de la Complutense, y algún otro texto en su propia web. El encuentro con sus libros me deparó (lo digo así, porque así fue) tres alegrías distintas: un diálogo que no terminará con el más grande escritor de nuestra lengua, unos relatos originales y harto divertidos y un lote de lúcidas aproximaciones al poliédrico Borges.

Publicado por Losada en 2011, El forajido sentimental (Buenos Aires, 200 pp.) está dividido en ocho secciones que a su vez contienen, cada una, un número variable de ensayos. El subtítulo aclara el propósito del libro: Incursiones por los escritos de Jorge Luis Borges. En efecto, las de Sorrentino son incursiones, exploraciones, sabrosas y asombradas caminatas por el deslumbrante paisaje que es la literatura de Borges. El autor procura en todo momento, con éxito, un tono amable, inteligente y despojado de la grandilocuencia en la que suele incurrir el ensayismo academicista, ése que abusa de jergas intragables para el mortal de a pie.

Un rasgo no menos destacable es la diversidad de los temas. Dado el complejo pensamiento del argentino estudiado, es gratamente inevitable que los abordajes se disparen hacia rumbos inusitados. Borges está en el centro y de él dimanan ideas que alimentan ideas que alimentan ideas. El enamorado de Borges sabe por qué ocurre esto: no se trata de una literatura que se agota, que termina como terminan otros autores: luego de leerlos. El creador de Ficciones queda en la mente como un tatuaje, y la única forma de sacudirse esa terquedad es volviendo a él mediante la relectura, resignarse a padecer la abrumadora belleza de una obra que es una y muchas a la vez.

En el tercero de los párrafos explicativos del libro, Sorrentino confiesa lo que podría confesar cualquier borgólatra de los miles que en el mundo hay: “Desde entonces, en una especie de enamoramiento eterno, continué leyendo y releyendo, una y otra vez, esas páginas que me ponían frente a una literatura única en el mundo, una literatura que no se parecía a ninguna otra que yo hubiera conocido, y que me proporcionaban lo único que mi abyecta frivolidad anhelaba (y sigue anhelando) hallar en los libros: el placer”.

El placer no es lo único que podemos hallar en Borges, pero sí, en efecto, es el mejor de sus dividendos y por eso la permanente aventura de reencontrarnos con sus páginas, de escribir sobre esa obra dueña de incuantificable poder evocativo. Sorrentino leyó a Borges, lo releyó, lo releyó, y al paso de los años fue escribiendo sus impresiones y sus hallazgos hasta configurar un estimable puñado de ensayos.
Creo advertir que los ensayos cumplen cabalmente con el propósito esencial de este género en el caso de El forajido sentimental: todos hallan o tratan de hallar un pliegue, un dato oculto, un rincón inexplorado de la vasta obra borgeana y sus todavía más vastas consecuencias críticas. Así entonces, en el trayecto vemos algunas zonas desconocidas o poco conocidas, como la falsa atribución que hizo Borges a su traductor en inglés; o la manera risueñamente olvidadiza que el ciego de Buenos Aires tenía para embellecer anécdotas; o la relación a veces buena, a veces mala, de Borges con otros escritores (Arlt, Lugones, el anónimo y peleonero Francisco Soto y Calvo, Cortázar, Sabato, Mallea); o Borges y el futbol; o los textos falsamente atribuidos; o las traducciones que no hizo pero le enjaretaron (como la de La metamorfosis de Kafka) y muchos otros temitas más despachados con buen juicio, justas notas y copiosas referencias biblio y hemerográficas.

Un libro mencionado algunas veces en El forajido sentimental es El humor de Borges, de Roberto Alifano. Alguna vez lo leí y lo comenté en parte, y en mi recuerdo sobrevive y sé que seguirá sobreviviendo con agrado; lo mismo pasó con El año de Borges, de mi amigo Gilberto Prado Galán; luego de leer el de Fernando Sorrentino —parejamente bueno, parejamente original—, pasa a ser un acercamiento para mí memorable a la figura del más grande escritor que ha dado hasta ahora el castellano.

jueves, septiembre 12, 2013

Admirable Lemebel




















En 2005 publiqué, y no estaba integrada al blog Ruta Norte Laguna, esta reseña sobre la primera novela del chileno Pedro Lemebel. Creo que readquiere algo de vigencia en el 40 aniversario del golpe de 1973.

Admirable Lemebel

Nada, ningún libro de Pedro Lemebel puede ser hallado en La Laguna. Tuve que esperar un año para que algún amigo cercano viajara a Chile y me trajera un libro más de aquel autor insólito en las letras latinoamericanas. El amigo cercano fue mi alumno Diego Iván Pérez, quien a finales de noviembre estuvo en Santiago y allí detectó el encargo que le hice: Tengo miedo torero, la primera novela del cronista Lemebel.
Supe de este autor gracias a Juan Pablo Neyret, quien no sólo me lo mencionó insistentes veces en nuestras conversaciones argentinas, sino que una y otra vez dejaba caer el apellido “Lemebel” en nuestra charla emílica. Tanta y tan profunda es la admiración de Neyret por el chileno que hasta a propuesta mía le publicamos un ensayo sobre el tema en Acequias, revista de la UIA Laguna. Neyret, lo cito abreviadamente, dice allí de este escritor gay que es “uno de los mejores prosistas contemporáneos de la lengua castellana. Lengua que él le saca al idioma, lengua que retuerce y que menea obsceno desde su condición de roto, marica, izquierdista, antipinochetista...”. Todo eso, las charlas y el ensayo, me obligaron a encender la linterna para buscar lo que fuera de Lemebel. En mayo encontré Loco afán. Crónicas de sidario, volumen publicado por Anagrama. No pensaba que los elogios fueran para tanto, pero mi primera reacción resultó similar a la que puede tener un adolescente cuando le compran la motocicleta de sus sueños: me invadió la alegría de recorrer las pistas de la literatura en un par de llantas nuevas, en una prosa que fluía barroca, desenfadada y al alimón comprometida, hiriente y tierna a la vez, cínica y grave en todo renglón. Entendí así, de golpe, el merecido éxito de Lemebel, su gran cauda de lectores, el nervio electrizante de su palabra.
Cierto: leí sus crónicas y me dejaron hundido en la fascinación, pero yo esperaba la novela. Así, varios meses luego, Tengo miedo torero me cayó en las palmas y la insumí de tres fumadas, casi ajeno al respiro y al alimento. ¿Y qué hechiza de Lemebel en Tengo miedo torero? La respuesta es tan simple como vaga: todo, hasta sus muy humanas imperfecciones. El chileno encontró en este relato el tono perfecto para narrar la emotiva historia de la Loca del Frente, un joto que, como dice la contratapa, “sin saber sabiendo” ayuda en 1986 a una escuadra de guerrilleros del Frente Patriótico Manuel Rodríguez. Fue tal el impacto que me causó el ingreso al libro que durante las primeras cuarenta páginas no reparé en tomar una sola nota ni en hacer un solo subrayado. Nada. La narración se dejó venir como avalancha hacia mis ojos y entré en la vida de esa loca con una facilidad sólo comparable a la del polluelo que ingresa feliz a la jaula.
Básicamente, la novela de Lemebel presenta cuatro personajes: la Loca del Frente, Carlos —el joven universitario que milita con ese seudónimo en el FPMR—, el tirano chileno por antonomasia y su incallable y estólida esposa. Con esos protagonistas, y con el Chile de la monstruosidad pinochetista, el autor de Tengo miedo torero arma un fresco que va más allá, infinitamente más allá, de la mera anécdota: el país narrado es un país preso por el dolor que le inflige diariamente, desde el 11 de septiembre de 1973, esa bestia irrefrenable apellidada Pinochet Ugarte. A través de la loca enamorada de un Carlos frentista que sólo le corresponde con miraditas y fugaces abrazos, entramos en la preparación del atentado que en septiembre del 86 organizó el FPMR contra el déspota. El resultado ya lo sabemos: Pinochet salvó el cochino pellejo pero en el mundo, y sobre todo en Chile, quedó la marca del odio que la libertad y la justicia le profesaban, le profesan, a ese extraordinario criminal, a ese record man de la muerte.
No era para menos. Desde el golpe contra Allende el tirano y sus secuaces inundaron de cadáveres el suelo chileno e incluso cometieron atrocidades fuera del país, como el asesinato, perpetrado hacia 1976, de Orlando Letelier en Washington. Chile fue durante esos años de tiniebla un gran campo de concentración, un imperio de pánico que tuvo su mayor emblema en la horrendamente célebre Villa Grimaldi, fábrica de tortura que las 24 del día no dejaba de producir brutalidad. Allí, los esbirros del gorila aplicaban toda suerte de vejámenes: abusos sexuales, amedrentamiento a familiares, apaleos, aplicación de alcohol y corrientes eléctricas a las heridas producidas por la tortura,  aplicación de electricidad con picana en diversas partes del cuerpo, arrancamiento de uñas, cejas, pelo y otras partes del cuerpo, arrojamiento de excrementos e inmundicias y un etcétera aterrador y kilométrico.
En esa porquería de régimen vive la Loca del Frente, quien sin hacer preguntas asila en su pintoresco hogar a los jóvenes del FPMR para que allí, en voz baja durante toda la novela, organicen el ataque contra el generalote. Mientras eso ocurre, el marica sigue ensimismado en su mundo de boleros radiofónicos (muchos de ellos mexicanos, por cierto), en sus bordados de sábanas para vender, en su enculamiento platónico de Carlos. La historia no se derrumba en el chantaje de crear una heroicidad apócrifa para la Loca. Su heroicidad radica precisamente en no ser heroica, en ser una mariposa ordinaria y enamorada, sin estudios ni deseos de luchar más allá de lo que garantice su supervivencia. He ahí parte de la genialidad en este relato: si un ser convencional, adrede marcado por un pasado cuasilumpen, cursi y apolítico es capaz de sentir rabia ante la barbarie de los milicos, en qué condiciones podemos imaginar que estaba Chile. La Loca entonces es solidaria aunque no lo apetezca, es sensible ante el horror padecido por su pueblo y jamás usa su condición de gay para decirnos que “hasta él” es capaz de aborrecer al régimen, lo que le da a Tengo miedo torero un aroma profundo de autenticidad.
Aunque a veces no se note, el aire irrespirable e invasivo del ultraje cubre todos los espacios de la novela. Esa opresión es contada por medio de una prosa que al mismo tiempo nos hechiza y nos golpea con su candente novedad. Cuando parece que el español ha dado todo su jugo a punta de exprimidas y exprimidas, Lemebel le extrae resonancias inéditas, ritmos que son como piruetas barrocas inencontrables en otras páginas. Hay en Lemebel, como escribió el también chileno Bolaño sobre Horacio Castellanos Moya, una “voluntad de estilo” insólita, o una preocupación por crear un extraño y deslumbrante “sistema de metáforas”, como dijo Paz sobre Lezama.
Neyret apunta con tino que el de Lemebel “Es un barroco de acá, del Sur, barroco de barro arrastrado por el río Mapocho. Se trata, en principio, de la emergencia (en el doble sentido del término) de la escritura homosexual, siempre bord(e)ando el kitsch pero, y eso es lo que lo diferencia de aquella oscilación entre el ‘talento’ y la ‘vulgaridad’, con conciencia del artificio. Lo que parece fluir como la conversación de una pajarraca parlanchina (para usar comparaciones lemebelianas) es en realidad un apretado trabajo de redacción y, más aún, de corrección, que no deja palabra ni puntuación libradas al azar. La alternancia entre el género femenino y masculino al momento de referirse a la Loca del Frente, la interminable cadena de sinónimos que se utilizan para nombrarla, dan cuenta de un estilo envidiablemente encabalgado entre la espontaneidad y la elaboración, ya conocido en las crónicas, pero al que quien lee debe habituarse a lo largo de páginas y páginas, y cuando se vence el recelo inicial —que lo hay—, la prosa se desliza, Cortázar dixit, ‘como un río de serpientes’”. Yo agregaría que en términos formales, y alguna vez trataré de comentarlo más a fondo, el adjetivo lemebeliano es la joya de su barroquismo.
Ahora que el genocida hijo de perra sigue en la tormenta de la expectativa para que pague con algo la prolongada noche de su crimen, haber leído Tengo miedo torero es uno de los ejercicios más estimulantes que pude tener al cierre de 2005. Es un orgullo haber convivido con estas páginas del admirable Lemebel.

Tengo miedo torero, Pedro Lemebel, Seix Barral, Santiago de Chile, 2004, 217 pp.

jueves, diciembre 06, 2012

Don Ata por Lagmanovich vía mail









Me alcanzó la gripe de temporada, y si por lo común la cabeza no me da para para pensar, así menos. En estos casos no está de más solicitar ayuda a los amigos o buscar algo digno entre los muchos libros que afortunadamente están al alcance de la vista. Hoy, pues, he hurgado en mis archivos postales y fíjense nomás que buena suerte he tenido. Hace tres meses leí una pequeña biografía sobre Yupanqui y no quiero que pase el 2012 sin reseñarla. Lo deseo porque en mayo se cumplieron veinte años de su muerte y siento la obligación de recordarlo. Él es el compositor y cantante que más admiro, y quiero que esa admiración se materialice en textos elogiosos.
Pues bien, el primero de febrero de 2008 recibimos una respuesta vía mail de mi amigo David Lagmanovich (1927-2010), quien vivía en Tucumán, Argentina. Digo “recibimos” porque nos carteábamos a tres bandas Juan Pablo Neyret (en Pensilvania, EUA), David y yo (en Torreón). Esa correspondencia tripartita duró al menos cinco o seis años, y era muy frecuente, de manera que son abundantes las cartas de David y de Juan Pablo que puedo presumir.
La carta que traigo se refiere a Yupanqui. No necesito añadirle nada, pues cualquiera que la lea la entenderá y, sobre todo, verá la dimensión artística que le atribuimos al folclorista mayor de América Latina. También verá lo que yo siempre vi: que David Lagmanovich nos regalaba una atención epistolar al mismo tiempo generosa y lúcida.
Esta es la carta:

Hermanos:

Sí, yo también he admirado y querido mucho, desde siempre (desde que venía a cantar a LV12 Radio Tucumán, cuando yo tenía unos 15 años) a Atahualpa Yupanqui. Recuerdo que entonces a un muchachito que amaba la guitarra y no tenía plata para reponer cuerdas, sin conocerlo le regaló el juego completo; a otro hombre que conocí por entonces le regaló una guitarra. Era un hombre de buen corazón, aunque tuviera rasgos de un carácter aparentemente hosco.
Además, lo que siempre me gustó de él fue la finura de sus canciones, que aunque tocaran lo social no lo hacían con estrépito ni panfletariamente: "Es mi destino / piedra y camino: / de un sueño lejano y bello, viday / soy peregrino". Ese sueño lejano y bello correspondía a su vinculación con el Partido Comunista, pero lo ponía así, para que entendiera quien quisiera entenderlo, sin proclamarlo a grandes voces. Cuando la dictadura, su milonga campera que comienza "Yo tengo tantos hermanos / que no los puedo contar...", y termina con "y una hermana muy hermosa / que se llama Libertad" me pareció siempre una de las más bellas piezas de aquella época terrible.
Atahualpa era hombre de la pampa, como bien se sabe, pero su compenetración con la cultura popular del Noroeste argentino lo convirtió casi en un tucumano más. No sé si la gente se da cuenta de que los vocativos "viday" y "viditay", que aparecen constantemente en sus canciones, son quechuismos, no usados fuera del Noroeste: tienen el sufijo -y, que es el caso posesivo quechua (o quichua, como decimos por estos lados), de modo que "viday" quiere decir "mi vida", una forma entrañable de tratamiento en nuestro dialecto hispanoindio. Y sus versos para cantar (no los de El payador perseguido, que están en la tradición de la llanura) tienen la limpidez de las coplas populares del Noroeste. Él podría haber escrito esta copla salteña, que sin embargo es anónima: "Apenitas soy Arjona / nombre que no se ha'i perder; / y aunque me tiren al río, / sobre la espuma he'i volver".
Así volverá siempre también Atahualpa Chavero Yupanqui (como firmaba al comienzo), después sólo Atahualpa Yupanqui o solamente Atahualpa: sobre la espuma del canto, aunque se lo haya llevado el río del tiempo.
(Muy linda, Jaime, tu columna sobre este prócer de la canción popular; mucho más que el "maquinazo" con que, modesto como siempre, pretendes disimular el valor de lo que escribes.)

Abrazos, == David

martes, noviembre 13, 2012

El espacio de Borges




















Esta crónica fue publicada en la revista Noticias & Protagonistas, de Mar del Plata, Argentina, en junio de 2004. Fue una especie de reencuentro con la crónica, género que como lector nunca he abandonado y que como escritor/periodista practiqué mucho de joven gracias al impulso de Función de medianoche, libro clave, al menos para mí y para Saúl Rosales, de la crónica setentera mexicana.
A pedido de Prometeo Murillo, esta crónica salió luego en Artefacto, revista de la Comarca Lagunera; hoy, ocho años después, sube a este blog.

El espacio de Borges
Jaime Muñoz Vargas

¿Cómo aprovechar la cancha de ocho mil caracteres que Juan Pablo Neyret me ha convidado con el fin de celebrar el día del escritor en Argentina y el aniversario de la muerte de Borges? Fácil: escribiendo, ya instalado en México, mi reciente y breve y profunda experiencia argentina, mi paso por algunas librerías de Buenos Aires, mi permanente sensación de que esas calles del centro eran las mismas que había escrito Borges, mi certeza de que tal vez anduve cerca del sótano donde el enorme ciego vislumbró el aleph. Porque salí de mi natal Torreón, Coahuila, en el árido centro-norte mexicano, con la terca idea de que, por fin, Buenos Aires y Borges estaban en mi itinerario. Fue un viaje largamente acariciado, una espera de años. Y por fin, por fin.
Soy, lo digo cada vez que se atraviesa la oportunidad, un sedentario empedernido. Como los koalas, con un árbol me he conformado y hasta puedo pedir menos, pues sé que viviría feliz en cualquier rama. Por eso resultó una verdadera aventura aceptar la generosa invitación del doctor David Lagmanovich, estimadísimo amigo e internético tutor, quien con algunos correos electrónicos logró persuadirme de que bajara de mi árbol y viajara a la Argentina para participar en el VII Congreso de Hispanistas celebrado en San Miguel de Tucumán, en el noroeste argentino, del 19 al 22 de mayo.
Miles de personas han emprendido el viaje de Norte a Sudamérica. Como quiera que sea, este viaje fue mi viaje, y con asombro todavía me impresiono con lo que a otros tal vez ya les parece demasiado ordinario: pensar que en quince horas de vuelo pasé de Torreón a Buenos Aires, eso con escalas breves en el Distrito Federal y en Santiago de Chile. Llegué al aeropuerto internacional de Ezeiza en la medianoche del sábado 15. En un microbús de la línea Tienda León pasé de la aeropista al Gran Hotel España, en Tacuarí 80, precisamente en el ombligo de la capital federal. Esa primera impresión de Buenos Aires fue nocturna; amplias carreteras, edificios de todos los tamaños, innumerables anuncios espectaculares, nada que se diferenciara demasiado de mis visitas al DF. Tal vez, y esto podría ser cuestionable, noté más orden y menos pobreza en esta megalópolis que en la capital de México. De inmediato, los señalamientos de tránsito comenzaron a traerme las palabras que gracias a la literatura ya guardaba en mi desordenada memoria: Liniers, Villa Crespo, Boedo, Lanús, Avellaneda, Recoleta... Como siempre me ocurre, por las palabras entro al mundo, y Buenos Aires me obsequió de golpe un montón de gestos hasta entonces conocidos sólo por medio de los libros.
El sábado 15 desperté con la curiosidad de palpar la atmósfera de la capital argentina. Advertido por David, cargué al menos un suéter que me protegió del gélido otoño sudamericano, en estas fechas el polo opuesto al perol chicharronero llamado La Laguna, lugar donde (sobre)vivo. La ciudad lucía gris, húmeda, con nublazones y mucho viento helado. La primera zona que recorrí fue la Avenida de Mayo. No entendí por qué había tantos negocios cerrados, con la cortina metálica corrida hasta el suelo. Era sábado, sí, pero en mi remoto norte, pensé, los sábados tienen mucho movimiento, y en aquel sabatino Buenos Aires noté la vida comercial muy apagada. Las cortinas como párpados cerrados me permitieron leer los agresivos graffitis que cunden por toda la ciudad, pintas políticas que grupos radicales dejan plasmadas en los establecimientos comerciales como decorado de la crisis, las crisis. La violencia sesentera de aquellas palabras también me impresionó, y no titubeo al afirmar que aquella fue mi primera y nada turística y muy despierta visión de Buenos Aires.
Sin advertirlo, mientras leía los grafitis antimperialistas que en México ya casi desaparecieron, llegué a la legendaria Plaza de Mayo. De frente me encontré con la Casa Rosada, con su obelisco, con una discreta cuota de turistas y con un plantón, el que tenían asentado algunos veteranos de las Malvinas para exigir mejoras a sus pensiones de ex combatientes. En ese primer vagabundeo me abordó un joven vendedor de banderitas albicelestes. Pese a su pobreza evidente (un suéter raído, un pantalón seboso, los ojos estrábicos), me distrajo con buena retórica, con frases bien construidas, con habilidad verbal, rasgo que luego me parecería común en la Argentina, pues en el taxi o en cualquier sitio la gente se emplea bien al momento de conversar. El joven no me ofreció su mercancía, no me impuso su asedio comercial, simplemente me explicó que la Argentina atravesaba por una etapa dura, pero que ellos ya estaban acostumbrados y se iban a recuperar. Luego se apuntó para tomarme una foto, me prestó una banderita y allí quedé, inmortalizado en una imagen con la Casa Rosada al fondo y yo con la tímida banderita a media asta.
Luego de visitar por accidente el ombligo histórico de Buenos Aires, me alejé unas cuadras. David Lagmanovich, en un mail que en realidad era una guía para que me orientara en aquel primer contacto con Buenos Aires, recomendó que no me perdiera un desayuno en el Café Tortoni, establecimiento de añeja tradición. Allá fui. Me atendió un mesero, o sea un mozo, con deficiente español, un tipo que parecía balcánico recién llegado a la Argentina. Pedí un sándwich, una gaseosa (o sea, nuestra “soda” o nuestro “refresco”) y un café que me sirvieron en una taza microscópica y cuyo sabor, como casi todo el café de este país, me supo demasiado amargo. Vi luego una vitrina que guardaba fotos del recuerdo en el Tortoni. Cantantes, políticos, escritores. Entre ellos, Borges conversando con amigos en animada mesa. “Aquí ando, viejo, por fin”, pensé.
Prácticamente no salí del centro. Era demasiado ambición llegar más lejos, y ni siquiera lo intenté. Yrigoyen, Suipacha, 9 de Julio, Avenida de Mayo, Florida, Corrientes, Chacabuco, Lavalle, Tucumán, ¿qué más podía pedir un hombre que sólo había leído esas calles? “Es el centro de Borges, el lugar donde más caminó, las aceras donde seguramente nacieron sus adjetivos, sus juegos con el tiempo, su noción del laberinto”, me dije muchas veces y la felicidad de quien visita a un gran amigo me cobijó en todo momento.
La bitácora se fue nutriendo de pormenores, de detalles importantes o al menos llamativos, en efecto, pero ajenos a mi búsqueda principal: el espacio de Borges. Anoté todo lo que pude, y éste no es el momento para vaciar la lista de lo que más me impresionó, que como digo no fue poco. No tardé ni un día en caer atrapado por la telaraña de las buenas librerías que cunden en Buenos Aires. De viejo, de nuevo, todas amenazaban con aniquilar mi flaco presupuesto de asalariado en trance de turistear. Resistí como macho mexicano, pero no pude no ceder a la tentación (¿debo entrecomillar “ceder a la tentación”?) de hacerme trampa y comprar lo inconseguible en México. Walsh, Feinmann, Macedonio, una buena cuota de Soriano, la tremenda revelación de Abelardo Castillo. Allí, entre esos autores, saltó un periodista llamado Alejandro Vaccaro, autor de El señor Borges, una largo diálogo con la señora Epifanía Uveda de Robledo, quien durante muchos años fue la “fiel servidora” de la familia Borges. El señor Borges no me pareció caro, y lo compré como curiosidad inhallable en las librerías de mi patria. A los amigos borgólatras de Torreón, creí, les iba a parecer interesante. Al salir de la Distal erré unas cuadras por Florida, contento con los espectáculos callejeros y con mi primera tanda de libros ahora agazapados en una bolsa de papel azul eléctrico. En Tucumán doblé a la izquierda y como el hambre ya era mucha me dejé querer por un pebete (algo parecido a nuestra torta o al lagunero lonche) en cualquiera de los muchos restaurantitos que salpican esa calle. Aproveché la coyuntura para sentarme y para hojear, todavía sin convicción, más bien distraídamente, los libros recién adquiridos. Abrí el de Vaccaro, al azar —supongo que al azar, aunque ya no estoy muy seguro— en la página 69. Leí: “Leonor Rita Acevedo nació en la ciudad de Buenos Aires en la calle Tucumán 840 —donde luego nacería su hijo Jorge Luis— el 22 de mayo 1876”. Allí me detuve, con el pebete a medio camino entre el plato y la boca abierta mucho menos por el afán de engullir que por la sorpresa. Tucumán 840. Tucumán 840. Apuré de dos tarascadas el pebete, le di veloz trámite a mi gaseosa, y salí a la vereda para ver la numeración de la calle. Estaba en los seiscientos. Aprisa, con el corazón a todo tren, avancé hacia donde crecían los guarismos. 805, 812, 820, 832... La Fundación Jorge Luis Borges apareció en el número 840, y entré a beberme un café, a tomarme una foto. Unas ancianas me vieron preparando el disparador automático, y sólo se me ocurrió decirles esta frase: “Soy mexicano, vengo a saludar al maestro”. Las ancianas sonrieron, y al menos ya no me juzgaron loco. Pasé allí media hora. En la mochila cargaba tres o cuatro cuentos de mi cosecha, inéditos, obra en proceso de corrección. Los coloqué sobre la mesa. Fue entonces inevitable recordar el prólogo de El hacedor, quizá una de las páginas más hermosas escritas por el Hombre; quise pues darle a Borges mis cuentos y, junto con ellos, las palabras que él anheló regalarle a Lugones: “... usted vuelve las páginas y lee con aprobación algún verso [que en mi caso pudo ser algún parrafito], acaso porque en él ha reconocido su propia voz, acaso porque la práctica deficiente le importa menos que la sana teoría”.
Salí de allí admirando más a Borges, a Buenos Aires, a los muchos escritores notables de Argentina, el país que tiñe de albiceleste el otro lado de mi mexicano corazón.

Comarca Lagunera, 10, junio y 2004

domingo, enero 29, 2012

La tranquilidad y el fuego



En tiempos de bruma, en etapas de oscuridad casi cerrada, los amigos suelen ser más amigos que de costumbre. Varios se han acercado ahora, cordiales como siempre, pero más en este momento. Quizá intuyen que el apretón de manos sirve de otra forma en ciertas coyunturas, quizá entienden que no es lo mismo el viento a favor que el viento en la borrasca.
No sé, pero sentí hace rato, en esta lánguida y ahora sorpresivamente lluviosa tarde de domingo en La Laguna, que no me hubieran venido mal unos párrafos de David Lagmanovich. Lo escucho, oigo su generosa claridad, sus palabras siempre altas y solidarias, su manera leal y lúdida de decir, de escribir. Pero David no está ya, pues murió en octubre de 2010 y me dejó semihuérfano de consejos. Me quedan Saúl, Sergio, Gil, Gerardo, Fer, Fabián, Heri, Giselle, Juan Pablo, Édgar, Carlos, Toño, Ise y otros amigos y amigas que alientan, que orientan. Pero no sé, tal vez extraño al que ya no está, al que ya no puede opinar sobre lo que uno va requiriendo para guiarse en la penumbra.
Por eso, urgido de escuchar las palabras escritas alguna vez por David, entré a la numerosa, a la numerosísima correspondencia que cruzamos durante diez años. Al azar, sin más, abrí el mail del sábado 19 de septiembre de 2009 (casi un año antes de su muerte) y encontré su claridad a propósito de cualquier tema. Algo debo hacer con esas cartas, con esas muchas cartas, pues creo que son ejemplo de lo que debe ser el género epistolar tratado desde la perspectiva de un escritor.
En la carta que releí, David sabe que el fin está cerca, que el apagamiento de su vida es, a sus 82, un hecho ya demasiado próximo. ¿Cuánto? No lo sabe, por supuesto, pero sí que no le queda mucho tiempo. Lo impresionante es la tranquilidad con la que asume el anochecer, la tranquilidad y el fuego que todavía lo impulsa a trabajar, a organizar sus obras.
He aquí, sin decir más, una parte de aquella carta dirigida al mismo tiempo a Juan Pablo Neyret y a quien esto escribe. La primera parte responde algo sobre Mercedes Sosa, quien fue su amiga; luego viene lo que ya comenté: el ánimo de trabajar en lo suyo ante la inminencia del fin:
“Queridos hermanos:
Gracias, Juan Pablo, por los ‘links’ relativos a interpretaciones de Mercedes Sosa. No tengo tiempo para escucharlos ahora, pero los guardo para un momento en que esté más desahogado. Ya que mencionas la ‘Zamba para no morir’, te cuento que el autor de la música, Norberto Ambrós, fue un querido amigo que nos hizo mucha compañía durante los años de residencia en Washington. Él, yo y otro amigo que era funcionario del Banco Interamericano de Desarrollo fuimos los que organizamos la primera visita de Mercedes a Estados Unidos... y probablemente su primera salida del país. Lo tengo contado en una nota publicada por entonces en La Gaceta, con el poco original título de ‘Mercedes Sosa en Washington’. Era alrededor de 1969. En cuanto a Norberto, hasta llegamos a hacer un par de sesiones públicas sobre música argentina, él ante el piano y yo leyendo mis textos desde un atril. Cosas que uno ha hecho y que, por cierto, no llegan a figurar en el curriculum vitae...
Estoy sin novedades sobre el propuesto minicurso en la Facultad, porque la colega con quien tenía que verme el viernes último se tuvo que ir a Santiago del Estero (es de allá) por razones urgentes, y quedamos entonces en postergar la reunión para el martes. Ya había comenzado a preparar algo para esas clases, pero ahora lo dejé porque cada vez me parece más inviable el proyecto. Dentro de una semana nos vamos a Buenos Aires, a mi regreso ya estaremos en octubre, el mes viene bastante complicado, y noviembre está prácticamente encima. No me considero responsable si tenemos que cancelar eso (…)
Al dejar eso, al menos por ahora, pude volver hoy al trabajo en un libro proyectado para 2010, que me importa más. Éstos son los últimos libros que escribo (y, si Dios quiere, publico) en mi vida, y me gustaría dejar concluida esa tarea antes de la partida inevitable. Por eso me fastidian los que creen que pueden disponer de mi tiempo ‘a piacere’, como si no tuviera nada importante que hacer.
En fin, queridos Jaime y Juan Pablo, así ha comenzado el fin de semana. Espero que el de ustedes sea agradable y satisfactorio. Hasta cualquier momento, grandes abrazos para los dos, con todo mi afecto, David”.

sábado, enero 22, 2011

Posible canon mexicano



Gracias a un diálogo “emílico” con mi amigo Juan Pablo Neyret, ya casi doctor por la universidad de Penn State, doy con un artículo de Tomás Eloy Martínez sobre “El canon argentino”. Fue publicado en La Nación en 1996, pero, por su tema, conserva intacta actualidad. Comienza así: “Harold Bloom, un catedrático de Yale célebre por su megalomanía y sus arbitrariedades, volvió a poner de moda, hace un par de años, el debate sobre el canon de la literatura occidental. A Buenos Aires llegaron algunos ecos de la polémica, pero nadie trató de aplicarla a la literatura argentina”.
Luego afirma: “Cualquier argentino más o menos ilustrado sabe que El Matadero, Facundo, Recuerdo[s] de provincia, Una excursión a los indios ranqueles y Martín Fierro son los textos ineludibles del siglo XIX”. Poco después, dice que “Para todo lector, el canon es un ancla, una certeza: aquello de lo que no se puede prescindir porque en los textos del canon hay conocimientos y respuestas sin los cuales uno se perdería algo importante. El canon confiere cierta seguridad a los lectores, les permite saber dónde están parados, cómo es la realidad a la que pertenecen, cuáles son los textos que no deben ignorar”. Y luego de otras brillantes acotaciones sobre el asunto, remata: “El canon —sobre todo en la inestable Argentina— es una pregunta perpetua, algo que cada lector hace y rehace día tras día. Tiene un tronco estable, en el que están Sarmiento, Hernández, Lugones y Borges, pero las ramas caen y se levantan al compás de cualquier viento. No hay que lamentarse por esas incertidumbres, puesto que son un signo de libertad. ¿Acaso la libertad, al fin de cuentas, no ha sido siempre el otro nombre de la literatura?”.
Si hacemos algunos cambios de nombres, la opinión de Tomás Eloy Martínez sobre el canon de su país sirve para articular el mexicano o el de cualquier otra nación, pues en todas las que tienen una literatura más o menos sólida el tiempo y los lectores —los lectores de la academia, de los medios impresos y de a pie— han forjado tácitamente una selección de autores o de obras que parecen ineludibles. Esa selección, o canon, si nos gusta más llamarle así, tiene mucho de arbitrario y a veces de injusto, pero más de inexplicable o al menos de difícilmente explicable. ¿Por qué un país, una sociedad, un grupo humano elige como libro fundamental tal libro y no otro? Esa sería la pregunta a responder, y es evidente que no es fácil hacerlo.
Para armar un canon mexicano hay que partir de un a priori: en México nadie lee. Es “nadie”, por supuesto, es una hipérbole que casi se acerca a la verdad monda. Los lectores en México están en la academia y a veces en los medios impresos, y los de a pie son tan pocos que casi puede afirmarse que equivalen a “nadie”. Muy pocos, entonces, configuran el canon de la literatura mexicana, y entre esos pocos quizá es pertinente añadir a los editores del Estado también orquestador, desde el FCE, de la mentada selección.
Y ya me estoy tardando para barajar algunos nombres. Insisto que nuestro canon, o el que supongo es nuestro canon, tiene pocos nombres. Entre la gente de libros parece que, por mil razones, los ineludibles son Sor Juana, Mariano Azuela, Ramón López Velarde, Alfonso Reyes, Agustín Yáñez, Juan Rulfo, Octavio Paz, Carlos Fuentes, Juan José Arreola y Jaime Sabines; ya en fechas recientes han sido sumados José Agustín, Carlos Monsiváis, José Emilio Pacheco, Elena Poniatowska y Fernando del Paso.
La lista se basa sólo en lo que percibo a ojo de buen cubero. No hay detrás de ella un estudio, una encuesta, así que seguramente le faltarán o le sobrarán algunos nombres. Salvo en uno o dos casos, todos han apoyado su prestigio de autores canónicos en una editorial: el Fondo de Cultura Económica. Aunque hayan sido publicados por otras editoriales, no cabe duda de que fue el Fondo y sus ediciones totalizadoras y sus amplios tirajes y su buena circulación lo que ayudó a crear la ilusión de un canon. Sé por ejemplo que quienes leen o han leído en serio a Sor Juana son un puñado mínimo de mexicanos (entre los que no me cuento), pero es un hecho que Sor Juana es un icono canonizado —una “lectura obligada”— más allá de que en efecto sea leída. Lo mismo pasa con Paz, con Reyes, con todos. O no con todos: la salvedad serían dos autores (el canon del canon): Rulfo y Sabines, dos escritores que a mi juicio, justa o injustamente, como sea, tienen más lectores creados por sus obras que por los proyectos culturales del Estado. Sea como sea, pues, el canon mexicano es una momia con muy pocos seguidores.

domingo, noviembre 22, 2009

Ese es mi amigo el Sandro



Jamás imaginé que iba a escribir sobre Sandro. Él es parte de un fenómeno que opera en mí desde hace algunos años, un fenómeno que me permite apreciar cuán rucos van poniéndose el pellejo y el espíritu. Sé que esto no es privativo de un servidor, sino dolencia de casi todo ser humano: lo que amamos en la infancia cobra pleno valor en la vida adulta, y lo que odiamos puede llegar a convertirse en querido referente de nuestra niñez. En el segundo caso está Sandro. Este cantante argentino nacido en Buenos Aires hacia 1945 fue un tipo detestado por muchos de mi generación. Recuerdo que no soportábamos nada de lo que hacía: su voz temblorosa y agitada, sus acelerados quiebres de cadera, su desaforado correteo en los escenarios, su sudor infatigable, sus patillazas, sus pantalones con campana catedralicia, sus camisas abiertas hasta medio pecho peludote. Los niños, los adolescentes de los setenta no lo “superábamos”, como dicen hoy, con impreciso verbo, las chicas.
Las razones de aquella malquerencia pueden ser, entre otras, éstas: que Sandro enfatizaba una mezcla de amariconamiento con una supuesta masculinidad de perdonavidas, que en México lo difundía el odioso Raúl Velasco y, sobre todo, que volvía locas a las mujeres, y ya se sabe que todo sujeto que vuelve o volvía locas a las mujeres suele ser odiado por los hombres. Hago memoria y creo ver en la pantalla de mi mente la aparición de Sandro en algún televisor; es domingo y mi querida tía Carmen está de visita en nuestra casa. Cuando aparece el cantante, ella no esconde sus impulsos y grita como gritan todas las mujeres que ven a Sandro en vivo. El galanazo, mientras tanto, se menea como energúmeno en el escenario mientras canta con un estilo desgarrado alguna de sus piezas más llegadoras, como la de su amigo el puma. Pero todas, todas las canciones interpretadas por Sandro (ninguna desafiante desde el punto de vista literario, todas arregladas con trompetas estilo OTI) eran llegadoras para las mujeres que se desgreñaban a moco y lágrima tendidos cuando veían al ídolo en escena. En la televisión, mientras mi tía lanza alaridos, el argentino sigue adelante con su tanda de éxitos. Desfilan en su boca “Rosa, Rosa” (donde ejecutaba magistralmente el pasito “la batidora”), “Quiero llenarme de ti”, “Yo te amo”, “Tengo” , “Penas” , "Se te nota" y “Mi amigo el puma”, “Trigal”, canciones que literalmente sacaban chispas en su estrepitoso público. Mientras eso ocurría, los niños y los jóvenes y acaso los adultos de los setenta rumiábamos insultos entre dientes, envidiosos del jalón que tenía Sandro con las codiciadas rorras.
En mi recuerdo, borroso ya, sobrenada una visita de Sandro a Torreón, creo que al Teatro Alvarado. Por mi tía supe que aquello estalló de laguneras frenéticas, ansiosas de ver en corto los contoneos pélvicos, casi fornicatorios, del Gitano que las tenía en un puño, que las dominaba con un mínimo jadeo lleno de traspiración en el rostro, como amante que las mira con las manos en la masa.
Eso hacía el cabrón de Sandro, un show odioso porque ninguna le decía que no, como si fuera un príncipe. Pero pasó el tiempo y al menos en México se diluyó su poderío. Si en los setenta se apersonaba varias veces por acá, en la década siguiente sus visitas se hicieron cada vez más esporádicas y en los noventa ya no volvió. Años después supe que siguió presentándose en escenarios argentinos y que su fama seguía intacta por allá. Como los futbolistas veteranos, había perdido movilidad, pero el colmillo de cantante seductor lucía más largo y retorcido que nunca. Con un gemidito, con un gesto, arrastrando más las notas y cantando en otro tempo, el morocho seguía en pie. Eso no duró mucho, sin embargo. En 1998 fue evidente que su adicción al humo había hecho estragos en sus pulmones, que el enfisema había pegado exactamente en su principal herramienta de trabajo. Tan grave estaba que debió alejarse de los escenarios, aunque en 2001 volvió a ponerse frente al público auxiliado con un tanque de oxígeno.
Los primeros años del nuevo milenio le demostraron que la salud no es algo eterno, y que si uno no ayuda empeora peor, si se me permite la expresión. Tras una larga espera, Sandro fue intervenido el 20 de noviembre en un quirófano de Mendoza, Argentina, para oficiar en su cuerpo un transplante de corazón y de pulmones cuyo pronóstico aún es reservado. Roberto Sánchez, nombre real del cantante, se debate pues, en este momento, entre la posibilidad de una vida con mucho olor a estreno y la firme posibilidad de que los trasplantes no den el ancho.
Pase lo que pase, Sandro me ganó treinta años después. Como otros referentes setenteros otrora aborrecidos, cuando tengo contacto con ellos se me deja venir todo el pasado y lo que antes fue molesto ahora es grato, como si con ello fuera arrastrado a la nostalgia de un pretérito feliz. Tendemos a idealizar la niñez, y no soy ajeno a eso. La verdad es que fue difícil sobrevivir en el ambiente de amigos rudos y carrillentos, que en muchos casos la convivencia entre la raza fue amarga, pero algo me dice que no fue así, que aquellas vagancias en Gómez Palacio, que aquellas picas de fut callejero con la palomilla, que aquella escuela atiborrada de carajos ocuparon una etapa espléndida de mi vida. En aquella atmósfera, Sandro ocupó un espacio lateral de mi vida. Pensé que lo detestaba, pero al pasar los años advertí que no, que su voz me remitía a los tiempos heroicos y felices de la adolescencia, casi de la niñez. He conversado sobre esto con dos sandrólogos empedernidos: Raymundo Tuda y Juan Pablo Neyret. Con ellos he coincidido en una afirmación luminosa: Sandro era Sandro, un sujeto inigualable, el galanazo chingón que uno quiso ser y nunca fue.
Un cuento de mi libro Leyenda Morgan le rinde breve tributo. Es aquel relato en el que mi protagonista accede a un table dance y ve bailar a las entubadas chicas al ritmo de Sandro. Pues bien, este columna es otro pequeño homenaje, un tragarme viejas palabras y un vindicar yo mismo contra mí mismo el talento de Sandro y su estrujante pop. Que viva Sandro, pues.