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miércoles, marzo 17, 2021

Setenta de JJB

 











En julio de 1976 el presidente Echeverría movió sus tentáculos para que se consumara el golpe contra Excélsior, es decir, la salida de Julio Scherer y muchos de sus colaboradores, entre ellos Manuel Becerra Acosta, subdirector del diario. Poco después, mientras Excélsior era ya dirigido por el sinuoso Regino Díaz Redondo, Scherer fundó Proceso, Octavio Paz (quien dirigía Plural) fundó Vuelta y Becerra Acosta, hacia 1977, encabezó la aparición de Unomásuno. El segundo lustro de los setenta fue, por esto, un momento de cambios bruscos y favorables para el periodismo mexicano, un crack que urgía como contrapeso de la agusanada relación prensa-gobierno.

También los géneros periodísticos se vieron rehidratados. El reportaje y la entrevista alcanzaron notables registros de calidad en Proceso, los géneros de opinión tuvieron más libertad en las nuevas publicaciones y la crónica se convirtió en un género cada vez más visible en las páginas de revistas y periódicos. Unomásuno fue un periódico rupturista en diseño y contenido, y fue allí donde José Joaquín Blanco comenzó a publicar textos que miraban de una manera distinta a la capital del país. La prosa, llena de giros expresivos cultos y populares, chisporroteante, comenzó a ser crítica sin tropezar en el lloriqueo o el panfleto. Los pasos del cronista lo llevaron a moverse en todos los escondrijos de la ciudad y narrar sus andanzas con garra y crudeza, sin eufemismos.

En una crónica titulada “Cronista del PSUM”, Blanco observó lo siguiente: “Unomásuno era el periódico de todas mis ilusiones, y le estaba particularmente agradecido a Becerra Acosta por no sólo permitirme, sino hasta solicitarme todo tipo de ‘barbaridades’, impublicables entonces en otros medios (recopiladas parcialmente en Función de medianoche, 1981). Ninguna le parecía suficientemente atroz, escandalosa o inconveniente; me incitaba a ir cada día más allá, en asuntos, en lenguaje, en perspectiva crítica, en inconveniencias y sarcasmos. Nunca lograba epatarlo con mis crónicas ‘escandalosas’ de la vida cotidiana o subterránea de la ciudad de México. Cuando ya me sentía todo un enfant terrible del periodismo, y tenía disgustado y escandalizado a medio mundo, al grado de construirme una pequeña fama de ‘amargado y disoluto’, por esos relatos urbanos que adrede cargaban la tinta en los rincones sórdidos, trágicos o depresivos de la sociedad capitalina, para Becerra Acosta todavía ni siquiera empezaba yo a mirar ‘con verdaderos ojos dostoyevskianos’ la realidad mexicana. Algunas de las más ruidosas o tenebrosas de esas páginas fueron escritas en plan de reto, para ver si por fin me pasaba de la raya, lo escandalizaba, y se veía obligado a rechazarlas o a censurarlas; no lo conseguí”.

El libro que menciona fue un batazo en mi cabeza, tanto que de inmediato me impuse la obligación de intentar algo parecido en La Laguna, mi entorno. El fruto obtenido resultó magro, pero eso lo supe años después. Lo importante estaba en otro lado: gracias a Función de medianoche, que este año cumple cuatro décadas, supe que el periodismo podía tener el impulso de la literatura, que escribir bajo presión no justificaba desdeñar el tratamiento estético de la prosa ni extraviar la mira de lo cotidiano, de la incesante y torcida realidad.

Luego hallé otros libros de JJB, como Las púberes canéforas, El castigador, Un chavo bien helado y Postales trucadas, entre muchos más, pero siempre me quedó zumbando en el alma la idea de que Función de medianoche nunca dejaría de ser, y lo es hasta hoy, mi favorito. Su autor nació el 19 de marzo de 1951, así que pasado mañana cumple setenta. Estas palabras desean recordarlo con afecto y admiración.

jueves, febrero 22, 2018

Arena movediza de la crónica













Uno de los géneros periodísticos o literarios o periodístico-literarios que más problemas ha causado a quienes intentan definirlo es la crónica. Lo podemos comprobar si nos asomamos a otros géneros: cuando alguien dice “entrevista”, sabemos aproximadamente de qué habla; si alguien dice “poesía”, también. No quiero decir con esto que todo sea siempre claro y quede bien delimitado, pues a partir de las definiciones académicas se pueden dar cruces, mixturas, mestizajes de toda índole, lo que a veces hace imposible definir tal o cual texto. A esta circunstancia debemos añadir la cuota, a veces no pequeña, de variaciones en el significado de una palabra, de suerte que terminamos obligados a manejarnos con tiento si nombramos tal o cual texto de una forma o de otra. Como Novelas ejemplares, por ejemplo, Cervantes designó piezas que hoy quizá no nos atreveríamos a llamar de tal manera, sino cuentos o relatos, quizá, ya que nos parecería difícil que doce “novelas” cupieran en un solo libro. Lo que pasa es que el género que hoy conocemos como cuento no empezó a ser llamado así sino hasta mucho tiempo después, bien entrado el siglo XIX. Era imposible, por ello, que Cervantes llamara cuento a “El licenciado vidriera” y a todas las demás historias reunidas en aquel famoso libro.
Una palabra y el objeto que designa, debo decir, suelen ser movedizos, de ahí lo difícil que es a veces definir un producto del espíritu como, en este caso, la crónica. Saúl Rosales ha emprendido un notable acercamiento a este propósito en Cronistas, historiadores y crónicas, libro que sin duda plantea una discusión acerca de la palabra crónica y del quehacer de los cronistas antiguos y contemporáneos. ¿Es o debe ser lo mismo la crónica de hace quinientos años que la de hoy? ¿Es necesario ese mismo tipo de cronista en la actualidad? ¿El cronista actual es un solo tipo de cronista o hay muchos tipos de cronista? Mi duda parte de definiciones como la de Covarrubias, coetáneo de Cervantes, quien en 1611 definía así el género que nos ocupa: “coronica. Está corrompido el vocablo de chronica, chronicorum (…) Vulgarmente llamamos coronica, la historia que trata de la vida de algún Rey, o vidas de reyes, dispuesta por los años, y discurso del tiempo (…) Los Reyes y Príncipes deben leer, o escuchar las coronicas donde están las hazañas de sus pasados, y lo que deben imitar y huir…”. Sobre el cronista, el mismo Covarrubias señala que es “el que escribe historias, o annales de las vidas y hazañas de los Reyes”. Creo que no es necesario advertir que esta crónica no es la que defiende Saúl Rosales, pues sin que se llame crónica ni sean cronistas las que la escriben, ella ha sido sustituida por los aparatos de propaganda llamados “oficinas de comunicación social” que hoy registran escrupulosamente “las vidas y las hazañas” de alcaldes, gobernadores y demás prominencias. En este sentido, sospecho que al cronista oficial al modo antiguo, cuando lo hay, le tocaría hacer hoy otro trabajo, o incluso desaparecer dado que ya hay, por un lado, oficinas de comunicación social, y, por otro, medios de comunicación cuya omnipresencia no deja casi nada sin registro documental, el mismo registro documental que más adelante será, y de hecho ya es, apoyo clave para los historiadores. A la crónica oficial, vale apuntar, le queda ya muy poca cancha para maniobrar, si acaso la que proponía el diccionario de la academia hacia 1817, quinta edición: “crónica. s.f. Historia en que se observa el orden de los tiempos”, es decir, algo parecido a lo que hoy entendemos por “cronología”, que no ha cambiado mucho en la sexta acepción del mismo diccionario en su última edición: “Narración histórica en que se sigue el orden consecutivo de los acontecimientos”, o la de cronista, que en su segunda acepción es definido como “Historiador oficial de una institución”.
En su advertencia, el escritor lagunero señala que “Este libro pretende contribuir a que se reinstaure la auténtica crónica en ciudades, pueblos, aldeas, congregaciones —que las hay, y tienen sus ‘cronistas’— y villorrios, con el propósito de que se enriquezca su historia”. La crónica que Saúl Rosales define, defiende y practica en su libro tiene menos que ver, sospecho, con los cronistas oficiales que con los cronistas de la prensa tradicional y moderna, ésa que se expresa en los periódicos importantes y ahora también en muchos espacios de internet. Como un cronista que hace 500 años deseara satirizar la coronación de un rey, el cronista oficial de un gobierno “emanado” del PRI no podría escribir, o escribiría con serias dificultades, casi con riesgo de su cabeza, por ejemplo, “La espera del candidato algo tiene de cruz y de calvario”, pero crónicas parecidas sí han articulado usuarios del oficio que son contemporáneos nuestros, cronistas tan dispares como Carlos Monsiváis, José Joaquín Blanco, Pedro Lemebel, Martín Caparrós, Ricardo Ragendorfer, Pedro Mairal, Juan Villoro, Juan Pablo Meneses, Emilio Fernández Cicco… quienes, como ocurre con el llamado periodismo gonzo, no escatiman subjetividad —dado que ser esto, subjetivo, es inevitable—, humor, ánimo literario ni perruna defensa de un yo libre y participante.
Tras recordar, en su introducción, de qué lejanos libros viene la palabra crónica y tras informarnos qué significa para él y no ha significado para los cronistas apellidados “oficiales”, Saúl Rosales comparte 26 crónicas escritas en diferentes momentos de su vida. Estas crónicas, presiento, toman mucha distancia de la tesitura empleada mayoritariamente por el croniquismo oficial contemporáneo y mexicano, ése que en urbes gigantes y villorrios nace obligado a urdir el cronicón del mandarín o, en su defecto, pergeñar cronologías hueras. Rosales propone pues 26 crónicas modernas, periodísticas y literarias a la vez (por su estilo), crónicas que dan cuenta de su calidad, la del autor, de testigo espontáneo y libre en el momento en el que lo contado se desarrollaba, de ahí que podamos llamarlas crónicas laguneras: “Septiembre de las inundaciones del Nazas”, “Torreón de identidad de ladrillo”, “Reencuentro con el arte de Pilar Rioja”, “Moreleando edición 2013”, “Rusos en la estepa del Nazas”... En todas ellas y las que no menciono se deja ver fielmente lo que Federico Campbell apetece de la crónica en su Periodismo escrito (SEC, 2016): “Es la narración de un acontecimiento de interés colectivo en la que el cronista se puede permitir comentarios y acotaciones, ejercer su estilo personal y utilizar todos los recursos de la literatura narrativa”. Las crónicas de Saúl Rosales son pues, para mí, modelos no tanto de lo que podría hacer un cronista oficial —quien tranquilamente podría ya no existir si se dedica sólo a sancochar cronología—, sino el periodista profesional, el escritor o el simple interesado en asentar un testimonio personalísimo sobre cualquier suceso de interés plural.
Como ocurre con otros de Saúl Rosales —Don Quijote, periodistas y comunicadores; Jales sobre habla lagunera…—, Cronistas, historiadores y crónicas es un libro pertinente por su intención didáctica y su factura literaria. Me gusta pensar en la idea de que, si es leído, entusiasmará a muchos lectores que a partir de estas páginas podrán construir crónicas que hoy nos regocijen o conmuevan o cuestionen y mañana sirvan para edificar con más y mejores ladrillos nuestra historia.

Comarca Lagunera, 21, febrero y 2018

Cronistas, historiadores y crónicas, Saúl Rosales, s/e, Torreón, 2017, 142 pp.

Nota. La foto que encabeza este post es de mi autoría.

martes, noviembre 13, 2012

El espacio de Borges




















Esta crónica fue publicada en la revista Noticias & Protagonistas, de Mar del Plata, Argentina, en junio de 2004. Fue una especie de reencuentro con la crónica, género que como lector nunca he abandonado y que como escritor/periodista practiqué mucho de joven gracias al impulso de Función de medianoche, libro clave, al menos para mí y para Saúl Rosales, de la crónica setentera mexicana.
A pedido de Prometeo Murillo, esta crónica salió luego en Artefacto, revista de la Comarca Lagunera; hoy, ocho años después, sube a este blog.

El espacio de Borges
Jaime Muñoz Vargas

¿Cómo aprovechar la cancha de ocho mil caracteres que Juan Pablo Neyret me ha convidado con el fin de celebrar el día del escritor en Argentina y el aniversario de la muerte de Borges? Fácil: escribiendo, ya instalado en México, mi reciente y breve y profunda experiencia argentina, mi paso por algunas librerías de Buenos Aires, mi permanente sensación de que esas calles del centro eran las mismas que había escrito Borges, mi certeza de que tal vez anduve cerca del sótano donde el enorme ciego vislumbró el aleph. Porque salí de mi natal Torreón, Coahuila, en el árido centro-norte mexicano, con la terca idea de que, por fin, Buenos Aires y Borges estaban en mi itinerario. Fue un viaje largamente acariciado, una espera de años. Y por fin, por fin.
Soy, lo digo cada vez que se atraviesa la oportunidad, un sedentario empedernido. Como los koalas, con un árbol me he conformado y hasta puedo pedir menos, pues sé que viviría feliz en cualquier rama. Por eso resultó una verdadera aventura aceptar la generosa invitación del doctor David Lagmanovich, estimadísimo amigo e internético tutor, quien con algunos correos electrónicos logró persuadirme de que bajara de mi árbol y viajara a la Argentina para participar en el VII Congreso de Hispanistas celebrado en San Miguel de Tucumán, en el noroeste argentino, del 19 al 22 de mayo.
Miles de personas han emprendido el viaje de Norte a Sudamérica. Como quiera que sea, este viaje fue mi viaje, y con asombro todavía me impresiono con lo que a otros tal vez ya les parece demasiado ordinario: pensar que en quince horas de vuelo pasé de Torreón a Buenos Aires, eso con escalas breves en el Distrito Federal y en Santiago de Chile. Llegué al aeropuerto internacional de Ezeiza en la medianoche del sábado 15. En un microbús de la línea Tienda León pasé de la aeropista al Gran Hotel España, en Tacuarí 80, precisamente en el ombligo de la capital federal. Esa primera impresión de Buenos Aires fue nocturna; amplias carreteras, edificios de todos los tamaños, innumerables anuncios espectaculares, nada que se diferenciara demasiado de mis visitas al DF. Tal vez, y esto podría ser cuestionable, noté más orden y menos pobreza en esta megalópolis que en la capital de México. De inmediato, los señalamientos de tránsito comenzaron a traerme las palabras que gracias a la literatura ya guardaba en mi desordenada memoria: Liniers, Villa Crespo, Boedo, Lanús, Avellaneda, Recoleta... Como siempre me ocurre, por las palabras entro al mundo, y Buenos Aires me obsequió de golpe un montón de gestos hasta entonces conocidos sólo por medio de los libros.
El sábado 15 desperté con la curiosidad de palpar la atmósfera de la capital argentina. Advertido por David, cargué al menos un suéter que me protegió del gélido otoño sudamericano, en estas fechas el polo opuesto al perol chicharronero llamado La Laguna, lugar donde (sobre)vivo. La ciudad lucía gris, húmeda, con nublazones y mucho viento helado. La primera zona que recorrí fue la Avenida de Mayo. No entendí por qué había tantos negocios cerrados, con la cortina metálica corrida hasta el suelo. Era sábado, sí, pero en mi remoto norte, pensé, los sábados tienen mucho movimiento, y en aquel sabatino Buenos Aires noté la vida comercial muy apagada. Las cortinas como párpados cerrados me permitieron leer los agresivos graffitis que cunden por toda la ciudad, pintas políticas que grupos radicales dejan plasmadas en los establecimientos comerciales como decorado de la crisis, las crisis. La violencia sesentera de aquellas palabras también me impresionó, y no titubeo al afirmar que aquella fue mi primera y nada turística y muy despierta visión de Buenos Aires.
Sin advertirlo, mientras leía los grafitis antimperialistas que en México ya casi desaparecieron, llegué a la legendaria Plaza de Mayo. De frente me encontré con la Casa Rosada, con su obelisco, con una discreta cuota de turistas y con un plantón, el que tenían asentado algunos veteranos de las Malvinas para exigir mejoras a sus pensiones de ex combatientes. En ese primer vagabundeo me abordó un joven vendedor de banderitas albicelestes. Pese a su pobreza evidente (un suéter raído, un pantalón seboso, los ojos estrábicos), me distrajo con buena retórica, con frases bien construidas, con habilidad verbal, rasgo que luego me parecería común en la Argentina, pues en el taxi o en cualquier sitio la gente se emplea bien al momento de conversar. El joven no me ofreció su mercancía, no me impuso su asedio comercial, simplemente me explicó que la Argentina atravesaba por una etapa dura, pero que ellos ya estaban acostumbrados y se iban a recuperar. Luego se apuntó para tomarme una foto, me prestó una banderita y allí quedé, inmortalizado en una imagen con la Casa Rosada al fondo y yo con la tímida banderita a media asta.
Luego de visitar por accidente el ombligo histórico de Buenos Aires, me alejé unas cuadras. David Lagmanovich, en un mail que en realidad era una guía para que me orientara en aquel primer contacto con Buenos Aires, recomendó que no me perdiera un desayuno en el Café Tortoni, establecimiento de añeja tradición. Allá fui. Me atendió un mesero, o sea un mozo, con deficiente español, un tipo que parecía balcánico recién llegado a la Argentina. Pedí un sándwich, una gaseosa (o sea, nuestra “soda” o nuestro “refresco”) y un café que me sirvieron en una taza microscópica y cuyo sabor, como casi todo el café de este país, me supo demasiado amargo. Vi luego una vitrina que guardaba fotos del recuerdo en el Tortoni. Cantantes, políticos, escritores. Entre ellos, Borges conversando con amigos en animada mesa. “Aquí ando, viejo, por fin”, pensé.
Prácticamente no salí del centro. Era demasiado ambición llegar más lejos, y ni siquiera lo intenté. Yrigoyen, Suipacha, 9 de Julio, Avenida de Mayo, Florida, Corrientes, Chacabuco, Lavalle, Tucumán, ¿qué más podía pedir un hombre que sólo había leído esas calles? “Es el centro de Borges, el lugar donde más caminó, las aceras donde seguramente nacieron sus adjetivos, sus juegos con el tiempo, su noción del laberinto”, me dije muchas veces y la felicidad de quien visita a un gran amigo me cobijó en todo momento.
La bitácora se fue nutriendo de pormenores, de detalles importantes o al menos llamativos, en efecto, pero ajenos a mi búsqueda principal: el espacio de Borges. Anoté todo lo que pude, y éste no es el momento para vaciar la lista de lo que más me impresionó, que como digo no fue poco. No tardé ni un día en caer atrapado por la telaraña de las buenas librerías que cunden en Buenos Aires. De viejo, de nuevo, todas amenazaban con aniquilar mi flaco presupuesto de asalariado en trance de turistear. Resistí como macho mexicano, pero no pude no ceder a la tentación (¿debo entrecomillar “ceder a la tentación”?) de hacerme trampa y comprar lo inconseguible en México. Walsh, Feinmann, Macedonio, una buena cuota de Soriano, la tremenda revelación de Abelardo Castillo. Allí, entre esos autores, saltó un periodista llamado Alejandro Vaccaro, autor de El señor Borges, una largo diálogo con la señora Epifanía Uveda de Robledo, quien durante muchos años fue la “fiel servidora” de la familia Borges. El señor Borges no me pareció caro, y lo compré como curiosidad inhallable en las librerías de mi patria. A los amigos borgólatras de Torreón, creí, les iba a parecer interesante. Al salir de la Distal erré unas cuadras por Florida, contento con los espectáculos callejeros y con mi primera tanda de libros ahora agazapados en una bolsa de papel azul eléctrico. En Tucumán doblé a la izquierda y como el hambre ya era mucha me dejé querer por un pebete (algo parecido a nuestra torta o al lagunero lonche) en cualquiera de los muchos restaurantitos que salpican esa calle. Aproveché la coyuntura para sentarme y para hojear, todavía sin convicción, más bien distraídamente, los libros recién adquiridos. Abrí el de Vaccaro, al azar —supongo que al azar, aunque ya no estoy muy seguro— en la página 69. Leí: “Leonor Rita Acevedo nació en la ciudad de Buenos Aires en la calle Tucumán 840 —donde luego nacería su hijo Jorge Luis— el 22 de mayo 1876”. Allí me detuve, con el pebete a medio camino entre el plato y la boca abierta mucho menos por el afán de engullir que por la sorpresa. Tucumán 840. Tucumán 840. Apuré de dos tarascadas el pebete, le di veloz trámite a mi gaseosa, y salí a la vereda para ver la numeración de la calle. Estaba en los seiscientos. Aprisa, con el corazón a todo tren, avancé hacia donde crecían los guarismos. 805, 812, 820, 832... La Fundación Jorge Luis Borges apareció en el número 840, y entré a beberme un café, a tomarme una foto. Unas ancianas me vieron preparando el disparador automático, y sólo se me ocurrió decirles esta frase: “Soy mexicano, vengo a saludar al maestro”. Las ancianas sonrieron, y al menos ya no me juzgaron loco. Pasé allí media hora. En la mochila cargaba tres o cuatro cuentos de mi cosecha, inéditos, obra en proceso de corrección. Los coloqué sobre la mesa. Fue entonces inevitable recordar el prólogo de El hacedor, quizá una de las páginas más hermosas escritas por el Hombre; quise pues darle a Borges mis cuentos y, junto con ellos, las palabras que él anheló regalarle a Lugones: “... usted vuelve las páginas y lee con aprobación algún verso [que en mi caso pudo ser algún parrafito], acaso porque en él ha reconocido su propia voz, acaso porque la práctica deficiente le importa menos que la sana teoría”.
Salí de allí admirando más a Borges, a Buenos Aires, a los muchos escritores notables de Argentina, el país que tiñe de albiceleste el otro lado de mi mexicano corazón.

Comarca Lagunera, 10, junio y 2004

viernes, abril 09, 2010

Un cerillo en la tiniebla



“Azotado” es una palabra que usan algunos para definir a quien se toma demasiado en serio. ¿Y qué es tomarse demasiado en serio? ¿Cuándo estamos ubicados en lo justo y cuándo rebasamos los límites que permiten apreciar el “azotamiento”? La medida ha cambiado, es cultural, por supuesto. Lo que antes era percibido como normal, bueno, equilibrado, ahora es “azotado”. En el arte se nota mucho esto, tanto como en ningún otro quehacer. Las obras artísticas que hoy no ofrezcan ironía, humor, malicia lúdica casi ante cualquier tema, pasarán como “azotadas”. Por eso Lipovetsky dedica todo un capítulo al dominio del humor en la comunicación actual, y por eso José Joaquín Blanco, al analizar el estado de la novela mexicana en los años recientes, subraya el triunfo del entretenimiento (o sea, del no azotamiento) sobre cualquier otro propósito que busque abrazar el ejercicio narrativo.
Para evitar el azote, las artes han tendido al relajamiento de la tensión que producen los temas trágicos. Para algunos eso es una forma nada sutil de la frivolización, de la banalización. Los temas son abordados pues con cierto enfoque socarrón, como si los autores se dieran cuenta de que todo espectáculo humano, por doloroso que sea, puede ser trabajado con una especie de pátina risueña. Cuando el tema es festivo, jocoso, alegre, no hay tanto problema: el receptor entiende que la pachanga debe ser abordada con tono pachanguero. El problema aparece cuando el tema es trágico. ¿Es legítimo que un artista añada ingredientes humorísticos a lo que es visceralmente penoso? En cierto momento, alguno temas literarios impregnados per se de horribilidad fueron abordados con tono campechano, como si en sí mismos no fueran asqueantes. Fue el caso de la novela sobre dictadores que en algún momento escribieron Valle-Inclán, Roa Bastos, Asturias, García Márquez, Carpentier y Vargas Llosa, entre los más salientes. Todos sabíamos que los gorilas reales no eran sujetos de risa, sino siniestrísimas alimañas capaces de lo peor. Sin embargo, no falta en los autores mencionados una buena dosis de humor negro en cada una de las novelas que escribieron. Finalmente, el problema de los dictadores estaba relacionado con la niñez de nuestras democracias, y todo fue que maduráramos un poco para que desaparecieran los dictadores en el sentido latinoamericano del término. Lo escritores pudieron, por tanto, abordarlos con humor, como si fueran objetos de risa (vale decir que Monterroso se negó a escribir sobre ese tema; supongo que, como sabía que su obra tendía al humor y los dictadores le parecían monstruosos, no halló forma de justificar ninguna broma en un relato sobre gorilas).
Ahora bien, ¿qué hacer literariamente con el tema del narco? Lo que viene es apenas un pálpito, una vaga idea de lo que percibo en el movedizo ambiente de hoy. Mientras el narco estuvo en lo suyo, mientras las aguas de sus actividades no se desbordaron, los escritores pudieron encarar el tema con algo de sorna. Por citar el caso más notorio, la obra de Élmer Mendoza aborda así el asunto, hay humor negro en sus historias. Podemos ubicarlo pues en una era previa a lo que pasa ahora, esta otra era de decenas de muertos diarios, de crímenes horrendos contra quien sea, de estado salvaje. Si antes a los escritores se les permitía juguetear, fabular, reír, imaginar, ahora parece, o es, una grosería andarse por esas ramas. Además, y como he dicho en otro momento, no creo que haya escritor que al final no deba trabajar más con la imaginación que con otra herramienta para entrar en ese tema, así como no creo que haya narco que termine por escribir extraordinarias novelas sobre el mundo que directamente conoce.
Con el periodismo pasa algo similar. El crimen organizado es tan peligroso y hermético que para tener una mínima expresión real, periodística, sobre él, es necesario ser Scherer, cuyo reciente trabajo ha encendido un cerillo en medio de la tiniebla de la que sólo hemos especulado. Por eso vale, pese a todo.