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jueves, abril 09, 2026

Listo Prohibido soñar de pie













Una buena entre las muchas malas de siempre: ha sido impreso Prohibido soñar de pie (Ficticia Editorial-Secretaría de Cultura, Ciudad de México, 2026, 198 pp.), mi nuevo libro de cuentos. Pese a que lo escribí yo, creo que es bueno, que no defraudará a quien generosamente acceda a la lectura de los relatos. Agradezco a Marcial Fernández, Mónica Villa y Rodrigo Toledo, de Ficticia Editorial, el trabajo depositado en la hechura y en la venidera distribución de este volumen adscrito a su colección Biblioteca de Cuento Contemporáneo. Debo decir que otra vez la foto del autor en la solapa fue tomada por mi hija Ivana Muñoz. Supongo que lo presentaré en La Laguna y en algún otro lugar, ya se verá. Sin duda me alegra mucho saber que este nuevo título comenzará muy pronto su andanza en busca de los cada vez más difíciles lectores, hoy acosados por una oferta de millones de libros, series, películas, canciones, documentales, noticias, memes, reels y demásEn tal maremagno de posibilidades se me ocurre encomendar las páginas de Prohibido soñar de pie a San Edgar Allan Poe, santo patrono del cuento moderno.

sábado, diciembre 13, 2025

Literatura lagunera: conferencia completa










Conferencia completa titulada “Medio siglo de literatura lagunera. Hitos y pendientes”, que en julio ofrecí en Durango (Feria Duranguense del Libro) y en octubre en Torreón (La Tinta Cafebrería). En este espacio ya había publicado un fragmento. Va aquí el texto completo al que le faltan las imágenes que proyecté de modo presencial, además de los gestos y los énfasis que sin remedio se pierden en la exposición escrita:


Medio siglo de literatura lagunera. Hitos y pendientes

Jaime Muñoz Vargas


Preámbulo necesario

De entrada, una pregunta retórica: ¿por qué el título de esta anotación se refiere a medio siglo? ¿Antes de 1975 no había literatura en La Laguna? Por supuesto, sí la había. No mucha, pero la había. Hacia mediados de los setenta destacaban varios escritores locales, todos con poca o nula proyección nacional. Eran escritores que desde su juventud, en la década de los cuarenta, se habían hecho notar como poetas o ensayistas sobre todo en las páginas de nuestros diarios. Las dos o tres librerías de viejo que todavía existen en Torreón dan fe, por los ex libris, de que aquellos autores tenían bibliotecas muy decorosas, y varios acometieron la publicación de sus propios trabajos en ediciones presumiblemente pagadas y cuidadas por ellos mismos, y es muy probable que su repercusión en la vida cultural de la comarca no haya pasado de los círculos sociales en los que se movían.

El producto más notable de aquella época —estoy hablando de los cincuenta y los sesenta—, fue la revista Cauce, alimentada y editada por el grupo organizado bajo mismo nombre. Su periodicidad era variable, como ocurre con casi todas las publicaciones culturales de provincia, y sus contenidos se ceñían al tratamiento de temas literarios o filosóficos, comentarios sobre libros, poemas y textos en prosa que no llegaban a ser cuentos. El mayor logro de Cauce fue recoger material de y sobre Pedro Garfias, quien vivió un breve periodo de su vida en Torreón.

En la década de los setenta, los integrantes de Cauce, quienes se dedicaban a la docencia, al periodismo o a profesiones cercanas al derecho y la administración, ya eran hombres entrados en años, y colaboraban con artículos y columnas en la prensa local, con poca producción bibliográfica. Aunque no en todos los casos, sus trabajos literarios no eran ingenuos. Tenían, sin embargo, un cierto tono oratorio, muy solemne, a veces con demasiadas concesiones al color local y una mirada conservadora. Sus modelos no eran malos, sólo algo anticuados. Digamos que en el caso de la poesía, por ejemplo, Darío o Nervo todavía andaban por allí, en sus creaciones. La idea del verso medido y rimado marcaba a fuego su labor literaria, y con dificultad se animaron a la práctica de la narrativa, por eso no les heredamos cuentos ni novelas.

Nuestra región no tenía un movimiento literario efervescente, pero algo había y se manifestaba sobre todo en los pocos rincones culturales que ofrecían las páginas de la prensa local. Los nombres que puedo mencionar entre aquellos escritores son Enrique Mesta, Salvador Vizcaíno, Rafael del Río, Emilio Herrera, Joaquín Sánchez Matamoros, Raymundo de la Cruz, José León Robles y algunos más, ninguna mujer. Debo subrayar que Enriqueta Ochoa fue alumna de Rafael del Río, pero su radicación, su formación y lo mejor de su producción ulterior no se dieron en nuestra región, y un desarrollo similar se había dado años antes en las carreras de Magdalena Mondragón y Francisco L. Urquizo.

Reviso ahora, por periodos, cómo avanzó nuestra literatura, el arte que más logros ha dado a La Laguna, lo que es posible probar estadísticamente si nos atenemos a un dato: la cantidad de premios nacionales que ha obtenido en la disciplina. Todo se ha logrado casi desde la Nada, sin muchos respaldos institucionales, a puro pulmón individual.


Los setenta y un taller de arranque

Hacia mediados de los setenta La Laguna tuvo una grata noticia: se había inaugurado la Casa de la Cultura de Gómez Palacio y gracias a esto el INBA, instancia administradora de tales espacios, impulsó varios programas de trabajo en La Laguna. Uno de ellos fue la creación del Taller Literario de La Laguna, Talitla, gestionado por el escritor ecuatoriano Miguel Donoso Pareja, y cuyo moderador fue el poeta zacatecano José de Jesús Sampedro. El Talitla sesionaba cada quince días en dos sedes, las Casas de la Cultura de Torreón y de Gómez Palacio. Allí comenzó a brotar una nueva mirada, con modelos literarios más modernos. Los integrantes de aquel taller no crearon alguna revista sólida ni formaron bloque en algún suplemento cultural de periódico, pero sí comenzaron a escribir de otra manera, más actualizada. Entre sus participantes estuvieron Joel Plata, Antonio Jáquez (quien luego tendría una brillante carrera como reportero en la revista Proceso), Jorge Rodríguez, Rocío Lazalde, Marco Antonio Jiménez y Francisco José Amparán. Los más destacados, pues ganaron premios nacionales y publicaron fuera de nuestro espacio, fueron los dos últimos, autores que ya basaban su escritura en modelos contemporáneos. El caso de Amparán fue tan restallante que se convirtió de golpe en el narrador más conocido de La Laguna en el contexto nacional, esto sin abandonar su residencia en nuestra región. Amparán —o Panchín, como se le conocía— ganaría el premio de cuento de SLP en 1985 y hasta 2010 siguió publicando literatura en abundancia además de artículos para la prensa.

A finales de los setenta se da otro rasgo favorable para la literatura del Nazas: La Opinión, el diario más antiguo de la región, comenzó a acusar en sus páginas editoriales la presencia de colaboradores con una postura más cercana a lo que ya desde entonces se ubicaba bajo el abanico del llamado progresismo. Para identificarse usaron el acrónimo Codeliex (Comité de defensa de la libertad de expresión). No todos eran escritores, pero entre sus intereses intelectuales no dejaban de aparecer el cine, el teatro, la política, la filosofía y obviamente la literatura. El periódico estaba bajo la dirección de Velia Margarita Guerrero, quien tenía una mirada abierta en relación con lo social, de suerte que, entre otras iniciativas, tuvo en sus páginas el servicio informativo de CISA, la agencia informativa de la revista Proceso, fundada en 1976, y la columna diaria de Manuel Buendía.

Había sólo un taller literario y cuatro o cinco librerías; las universidades y los ayuntamientos aún no publicaban nada, pero, pese a esto, los setenta terminaban con buenos augurios para la década siguiente.


Ochenta, todo se acelera

Los ochenta fueron un periodo de aceleración de la literatura lagunera. Hay en estos diez años al menos cinco o seis hitos que bien vale traer acá. Uno de los primeros se dio cuando el ayuntamiento de Torreón comenzó el auspicio de algunas publicaciones en formato de libro. No fueron numerosos, pero al menos determinaron que el presupuesto público destinado a la cultura también podía ser canalizado hacia la publicación. Entre otros, recuerdo la reedición de una novela de Magdalena Mondragón y un breve poemario de Saúl Rosales.

Y a propósito de Saúl, su regreso de 1981 a La Laguna, su tierra, es un hecho bisagra para la literatura lagunera. Había vivido veinte años en la capital del país y tras su vuelta comenzó a proponer un corpus de lecturas que determinaría un salto sustancial y definitivo a lo moderno entre los jóvenes aspirantes a escritores.

Saúl Rosales se reinstaló en La Laguna y comenzó a laborar en el diario La Opinión como corrector de estilo; pronto, también, arrancó su trabajo como profesor en la carrera de Comunicación del Iscytac, universidad privada. Entre 1982 y 1983, junto con Agustín Velarde y Enrique Rioja del Olmo encabezó el proyecto de la Opinión Cultural, suplemento dominical de La Opinión. Ya hacia 1984 asumió solo el trabajo de editor. Se trataba de un tabloide de ocho páginas encartado cada semana entre las páginas del periódico. Este fue un medio de vanguardia en la región, ya que sus contenidos se alejaban de los modelos más o menos asentados entre los lectores. De golpe, aparecieron textos de y sobre escritores que en aquel momento marcaban el tono de la actualidad, de las vanguardias, del Boom. Muchos lectores, entre los que me incluyo, conocieron en aquellas páginas a Mayakovski, Brecht, Faulkner, Cortázar, Vallejo, Borges, por citar sólo algunos nombres que en general jamás habían circulado en la prensa lagunera. Junto con esto, el editor compartía obras de y sobre nuestros clásicos, como Cervantes y Sor Juana. Asimismo, y esto fue el rasgo más relevante del tabloide, las páginas se abrieron a la escritura de muchos colaboradores, la mayoría jóvenes que en aquel espacio encontramos un vehículo para volcar nuestro apetito por publicar lo que escribíamos y en general se apartaba o quería apartarse de la estética todavía predominante en nuestro entorno, la del color local y el verso rimado. En las páginas de aquel suplemento aparecieron los primeros poemas y ensayos de Gilberto Prado, sólo para señalar el caso más saliente de aquella emergencia literaria.

A la par de la Opinión Cultural, Saúl Rosales orientó el trabajo del grupo literario Botella al Mar, al que pertenecí desde su primera reunión. Modestia al margen, fue la asociación de su tipo más destacada de La Laguna en los ochenta, sobre todo en su segundo lustro. Excluyo mis aportes, si es que alguno tuve en aquel momento, pero basta decir que nos convertimos en colaboradores asiduos del suplemento editado en La Opinión y comenzamos a ganar premios literarios. En todo, Gilberto Prado fue siempre el más adelantado: publicó el primer libro del grupo (Exhumación de la imagen, un poemario autofinanciado) y antes de que cerrara la década ganó dos certámenes nacionales de ensayo.

Los ochenta vieron igualmente otros avances. Creció la infraestructura cultural de La Laguna con el rescate y la restauración del Teatro Martínez y poco después la del Teatro Nazas, instituciones que pronto se convirtieron en escenarios de numerosas actividades artísticas. Circularon tres revistas de corte cultural: Suma, de particulares, La Paloma Azul, de la Casa de la Cultura de Torreón, y El Juglar, del Departamento de Difusión Cultural de la UAdeC, y fueron convocados dos concursos locales de literatura: el Magdalena Mondragón de cuento y ensayo propuesto por la UAdeC, y los Juegos Florales del Iscytac para los géneros de cuento, poesía y ensayo; ambos certámenes despertaron fuerte interés en la comunidad lagunera.


Noventa, momento de talleres y revistas

La década de los noventa tuvo en las revistas un enclave importante para la literatura lagunera. En 1990 apareció Brecha, revista que contuvo un suplemento cultural llamado La Tolvanera, que recogió abundantes textos de todos los géneros y sirvió de foro para la literatura crítica y creativa. Poco tiempo después fue lanzada la Revista de Coahuila, que abrió parte de sus páginas sobre todo a la crítica literaria con tendencia a la polémica y a veces al destazamiento. El Teatro Martínez lanzó Estepa del Nazas, revista exclusivamente literaria, que coordinó Saúl Rosales casi desde su arranque hasta 2015. Hacia 1997 salió el primer número de Acequias, revista de la Universidad Iberoamericana cuyos contenidos literarios y académicos se sostienen hasta la fecha. La misma Ibero Torreón comenzó también su trabajo editorial en libros académicos y de creación literaria.

A principios de la década desapareció el grupo Botella al Mar, pero en esos años nacieron otros talleres literarios, como el del Teatro Martínez, el de la UAdeC (que venía de finales de los ochenta) y el de la Ibero Torreón. Estos espacios fueron dinamo de numerosas vocaciones, tanto que allí se formaron escritores que más de veinte años después gozan de lectores y reconocimiento, como Vicente Alfonso, Daniel Herrera, Miguel Báez, Carlos Velázquez, Carlos Reyes, Angélica López Gándara, Idoia Leal, Salvador Sáenz, Daniel Lomas y, mucho más recientemente, Elena Palacios y Alfredo Castro, la mayoría ya publicados al menos una vez por sellos foráneos.

También en este periodo se afianzó el crecimiento de la infraestructura cultural, en donde destaca la articulación del Museo Arocena. El TIM abrió el primer grupo de lectura formal de La Laguna: el Café Literario que hasta hoy sigue en funciones.

 

Nuevo milenio, andanada de libros y de premios 

La llegada del nuevo milenio trajo como noticia literaria para nuestra región un aumento considerable de las publicaciones en libro. El ayuntamiento de Torreón impulsó la edición de colecciones y la Ibero Torreón fortaleció su trabajo editorial; en general, ambas instituciones han continuado, sin solución de continuidad, con esta labor.

Fue creada por aquellos años una Escuela de Escritores encabezada por la escritora Teresa Muñoz, y varios escritores laguneros ganaron importantes premios nacionales. La popularización de internet trajo como posibilidad la creación de blogs, a la que adhirieron muchos escritores, aunque la mayoría pronto los abandonó. Varios escritores de nuestra región, como Gerardo García, Fernando Fabio Sánchez, Édgar Valencia, Gilberto Prado, Vicente Alfonso y Frino, cambiaron de radicación y se fueron a vivir, por estudios o trabajo, a otras ciudades del país o de Estados Unidos y Canadá.

La primera década del nuevo milenio fue en general de asentamiento de lo proyectado al final de los noventa, pero resultó notoria la desaparición o caída en desgracia de las publicaciones periódicas relacionadas con la cultura en general y con la literatura en particular.


Quince años finales

Los quince años que van de 2010 a la fecha han fortalecido el cuerpo disperso pero sólido de la literatura lagunera. No hay grupos destacables, pero las individualidades han ramificado sus logros en varios sentidos: han sido ganadores de muchos más premios y becas, han publicado en sellos comerciales de gran difusión, han obtenido grados académicos de maestría y doctorado y con frecuencia publican en medios de prensa nacionales con gran llegada al lector. Se ha dado el caso, incluso, de que han sido traducidos a idiomas como el griego, el inglés y el italiano. Un ejemplo en el que convergen todos estos méritos es el de Vicente Alfonso, sin duda el escritor que más proyección internacional ha alcanzado en la historia de nuestra literatura.

Dos fenómenos destacables junto a la saludable inercia, aunque siempre insuficiente, de los talleres y las ediciones hemero y bibliográficas, es el de los clubes de lectura que se han popularizado en la región; están configurados sobre todo por mujeres, y poco a poco han asentado este tipo de trabajo literario nada desdeñable en una región con un número siempre escaso de lectores. El otro fenómeno es el de la publicación de autor. Gracias a las posibilidades de la impresión por demanda, que permite tirajes de veinte ejemplares en adelante, muchos escritores han nutrido el ambiente editorial lagunero con sus libros de cuentos, poemas, novelas, ensayos y obras de otros géneros. En esto ha ayudado la aparición de una figura que prácticamente no existía hace veinte años en La Laguna: la del editor, profesión bien asumida por jóvenes como Ruth Castro, Mariana Ramírez, Fernando de la Vara, Germán Cravioto y Nadia Contreras, entre otros.


Algunos pendientes

La Laguna literaria es un bicho extraño. No ha tenido gran apoyo aparte del recibido por los directamente interesados en la lectura y la escritura, pero se mantiene fuerte y rica en propuestas y logros. Todo ha sido fruto de la espontaneidad, más mérito de individuos que de instituciones. No es mala idea pensar que es hora de añadir a los hitos ya citados, muchos de los cuales son un buen punto de partida, otro tipo de realizaciones, para lo cual se requieren las iniciativas públicas y privadas. Por ejemplo, la formalización en el mundo académico de alguna instrucción relacionada con lo literario, el asentamiento de una feria del libro en La Laguna, el impulso a la publicación de más libros y la creación de librerías y talleres en otras ciudades laguneras además de Torreón, nuevos concursos y quizá un encuentro que atraiga personalidades capaces de estimular a los jóvenes escritores de la región.

Se ha logrado mucho casi sin nada, tanto que La Laguna es una rara potencia literaria pese a que se trata de una región sin capitales políticas, pero es un hecho que a todo se podrían sumar nuevos emprendimientos, proyectos que trasciendan lo individual y den por fin un soporte social a la literatura lagunera. Que así sea.

miércoles, octubre 29, 2025

Tres respuestas sobre Saúl







Saúl Rosales recibió ayer martes un reconocimiento por sus 85 de su edad, que cumple hoy. Parejamente nos hicieron tres preguntas sobre él; esto es lo que anoche respondí:

Iba a escribir un comentario sobre el homenajeado porque nunca he confiado en la espontaneidad, de allí la distancia que he mantenido con los medios electrónicos en los que surgen las preguntas y, al responderlas de volea, siempre me queda la sensación de desorden. Es probable que también sea poco persuasivo aquello que escribo frente al sosiego de mi teclado, pero sin duda las cuartillas me infunden una pizca de tranquilidad, tal y como ocurría con los acordeones ante los espantosos exámenes de la preparatoria. Dado que el pasado domingo llegaron las preguntas, lo que haré es responderlas según mi insana costumbre: por escrito.

¿Cómo conocí a Saúl Rosales?

En agosto de 1982 entré a simular que estudiaba la carrera de Comunicación sólo porque en el programa había muchas materias de literatura, pues ya entonces era lo que más me interesaba. Sin que yo lo supiera, poco tiempo antes, en 1981, se había dado la coincidencia de que Saúl regresó a La Laguna luego de su radicación de veinte años en la Ciudad de México. Acá, además de conseguir una pequeña chamba como corrector de estilo en el diario La Opinión, Saúl se hizo de unas clases de literatura en la escuela donde yo estudiaba, así que el azar me lo asignó como maestro. Por esos mismos años ocurrieron dos hechos importantes: Saúl comenzó a coordinar el suplemento Opinión Cultural, donde publiqué por primera vez unos poemas de cuyo contenido no quiero acordarme, y además me regaló su primera publicación, una plaquette titulada Vestigios de Eros, el primer libro que me obsequió un escritor. En ese momento comenzó nuestra amistad, hace poco más de cuarenta años. Yo tenía 19; Saúl, 43. Lo que sucedió entre aquellos años y este día ha sido una vida: muchos libros, muchas conversaciones, muchos amigos comunes, muchas mesas como ésta, muchos malabares para la supervivencia, muchos fracasos de todo tipo y una matriz ideológica similar.

Háblenos de un libro, obra de teatro o artículo que desee destacar de Saúl Rosales.

Tengo y he leído casi entera la obra de Saúl y creo que nadie ha escrito más que yo sobre sus libros y su gravitación en el alma de La Laguna. Incluso he editado al menos siete u ocho títulos de su producción. Por razones distintas, en todos ellos encuentro aciertos, belleza e inteligencia, tanto que me resulta muy difícil decidir qué libro de Saúl podría destacar para no malgastar esta pregunta. Sólo porque lo edité y porque en él están implícitos algunos rasgos que me hermanan ideológicamente con Saúl (su ateísmo, su filiación de izquierda, su horror patológico ante la desigualdad y la explotación, su anticlericalismo, su admiración a Marx, entre otras afinidades), menciono el libro que decidimos trazar en el cincuenta aniversario del asesinato perpetrado contra Raúl Ramos Zavala, torreonense y fundador ideológico de la Liga Comunista 23 de septiembre.

¿Por qué Saúl Rosales es importante para la cultura en La Laguna?

Porque su obra (y por “obra” me refiero a sus libros y a su magisterio) a muchos nos hizo ver la importancia de la literatura como vehículo conductor de dos valores: el manejo de la palabra para generar belleza, en primer lugar, y, en segundo, el poder que la literatura tiene para humanizarnos, para despiojarnos el espíritu, para ayudarnos a conocer mejor la viscosa condición humana.  Esto es, creo, el mejor aporte de Saúl a nuestra cultura.

Ahora bien, en lo estrictamente personal mi gratitud tiene muchas vertientes, pero la que más aprecio de Saúl es su ininterrumpida amistad. Alguna vez le pidieron a Yupanqui que diera una definición de amigo, y el poeta y cantor respondió de una manera inmejorable: dijo que un amigo es uno mismo en otro pellejo. Puedo afirmar entonces que mucho de mi maestro y amigo Saúl habita en mí, que de alguna misteriosa forma y al menos parcialmente yo soy él, nomás que en otro pellejo.

Nota. Gracias a Jorge Luis Gaytán por la foto que encabeza este post. En la mesa participamos Saúl Rodríguez, Nadia Contreras, Ruth Castro, Arcelia Ayup, el homenajeado y yo. La sede del homenaje fue la biblioteca municipal José García Letona, Torreón.

sábado, septiembre 28, 2024

Más sobre mexicas, tlaxcaltecas y españoles

 

















Entre 2019 y 2021 Saúl Rosales escribió un amplio lote de artículos sobre la conquista de México y muchas de sus implicaciones históricas y culturales. Luego de esto reunió una buena parte de aquella producción y fue publicada por la UAdeC en el libro Malinche y la conquista de México (Saltillo, 2023, 171 pp.). Lo presenté en su momento, así que mi parecer quedó asentado en una recensión después incorporada a la columna. Aprecié y aprecio tanto el contenido de tal libro que llevé cuatro ejemplares a Chile y Argentina en abril-mayo de 2024, y mi deseo es que hayan quedado en manos que sepan valorarlos.

Pasados unos meses, Saúl ha organizado otro libro que asimismo es producto del trabajo por él acometido entre 2019 y 2021: El poder tras el trono de Moctezuma. Religiosos quasi una fantasia (Mango Verde Fondo Editorial, Torreón, 2024, 104 pp.). No es difícil afirmar que aquel par de libros podría ser considerado un mismo título dividido en dos salidas. El tema, el tono, la extensión de las piezas y la inteligente agilidad de los análisis permiten sentir un impulso afín en su hechura, una equivalente capacidad ordenadora, un estilo análogo.

El título de esta segunda parte de los asedios de Saúl Rosales al mundo de la conquista se justifica por el ensayo más largo del volumen; en efecto, trata sobre “El poder tras el trono de Moctezuma”, es decir, sobre la gravitación de los sacerdotes mexicas en todas las decisiones del tlatoani gobernante. Ceñido a las dos más importantes “corónicas” sobre las vicisitudes de la conquista, la de Cortés y la de Bernal, aunque también cercano a las articuladas por Sahagún, Durán, Fernando de Alva Ixtlilxóchitl y la del cronista anónimo, el escritor lagunero verifica que los “papas” (así denomina Bernal a los sacerdotes indígenas) tenían un ascendiente pesado e ineludible en los gobernantes, tanto que son aquellos los oráculos por quienes fluyen realmente todas las decisiones de índole política. Pese a su catadura astrosa —tal vez algo parecida a la de los locos/parias de las actuales urbes—, los religiosos apuntalan, gracias a su fantasiosa interlocución con las deidades, toda asesoría al poder civil. Esto lo vieron el soldado y el misionero español, quienes inconscientemente dieron prelación al clero indígena en cada enunciado enumerativo de sus relatos: al ponderar y describir por escrito cualquier encrucijada política, el testimonialista europeo primero distinguía y mencionaba a los sacerdotes, luego a los gobernantes/caciques y al final, si era necesario, a los guerreros.

Los “papas” arrebataban entonces la iniciativa, eran el mando tras el mando. Son ellos quienes para todo detentan la última palabra: “En otro momento de este pasaje de la historia de la Conquista narrada por Bernal, el Capitán General le dice al Gran Tlatoani que, ya que andan allí [en uno de los templos], les muestre los dioses autóctonos. Esto da oportunidad de observar y resaltar cómo el jerarca mexica depende de los papas para tomar decisiones pues: ‘Moctezuma dijo que primero hablaría con sus grandes papas’. La suspicacia murmura: el poder tras el trono de Moctezuma”. De esto trata el primer largo ensayo del racimo.

Más cortos, los textos que siguen en el libro son aproximaciones a distintas escenas del mismo encontronazo histórico. Todas convocan la prosa divulgativa del autor torreonense, quien esquiva rebuscamientos o tecnicismos para, más bien, bordear cierto didactismo deseoso de aproximar remisos al conocimiento de la gesta protagonizada por mexicas, tlaxcaltecas y españoles.

En la mayor parte de los quince momentos del libro destaca pues el tratamiento de alguno de estos rubros: la guerra, los usos y costumbres indígenas y la herencia de la cultura precortesiana en nuestra actualidad. No para agotar lo que aborda, pues por suerte es inagotable, sino para atraer nuestra atención de lectores a pliegues de una realidad pasada y significativa en tanto cimiento psicológico de la nación que poco a poco se convirtió en lo que hoy llamamos México. Esto no es insinuado por el autor, sino dicho con todas sus letras, como lo hizo también en Malinche y la conquista de México. Observa, por ejemplo, en la pieza “Testimonio de 500 años de mestizaje”: “La potencia europea invasora, el grandioso imperio azteca que le resistió y la imbatible insumisión tlaxcalteca son los tres poderíos que sustentan, o deberían sustentar, el espíritu mexicano actual”. Más claro no es posible expresar este deseo (al que sin duda adhiero).

Cercos, matanzas, negociaciones, desacuerdos, estrategias, arremetidas y diferentes abordajes al plano bélico de la conquista son el tema central del conjunto. Lo épico (dicho esto en el sentido no obtuso de la palabra, o sea, no como la usan hoy muchos tarambanas que calcan servilmente el inglés) es la vértebra de El poder tras el trono de Moctezuma, pero a su vera hay algunos abordajes interesantes, como ya dije, sobre aspectos relacionados con la herencia de la cultura autóctona; particularmente subrayo los últimos cuatro: “Piciete, tabaco, marihuana”, “Nombres de hace cinco siglos”, “Nostalgia por las tunas” y “Alcoholismo del último umbral”), textos que trabajan, respectivamente, sobre el insumo mexica de lo que quizá era cannabis, sobre la imposición europea de la onomástica y los topónimos en la realidad domeñada, sobre la esplendidez del gordezuelo fruto que da el nopal y sobre el consumo de pulque sólo permitido a la senectud mexica y muy penado a los jóvenes.

Por todo, estas páginas son otra estimable invitación a rever la odisea de la conquista mexicana como lo que fue: la más asombrosa conjunción militar y cultural de arrojo, orgullo, resistencia, pasión y estoicismo que vieron en América los pasados siglos y no esperan ver los venideros.

Nota. El poder tras el trono de Moctezuma. Religiosos quasi una fantasia puede ser adquirido mediante el servicio de Amazon: pulse aquí.


sábado, marzo 16, 2024

Crónicas con calle y libros


 










Creo que no se ha destacado lo suficiente un rasgo del buen cronista: la erudición. El otro, que tenga “calle”, es bien conocido porque es lo primero que suponemos a la hora de imaginarlo. Digo la erudición porque es la única manera de procesar la infinita cantidad de estímulos que dispara la realidad, de suerte que no sería posible hacerles frente si no se contara con un filtro, con una capacidad de interpretación capaz de convocar, al alimón, disciplinas como el periodismo, la literatura, la sociología, la antropología, la lingüística, la filosofía y no sé cuántos saberes más. José Joaquín Blanco, Carlos Monsiváis, Juan Villoro, por citar sólo tres casos mexicanos, son ejemplos de lo que afirmo: calle y libros, libros y calle son claves en la hechura de la crónica.

En La Laguna pasa lo propio con Saúl Rosales y Vicente Alfonso: son cronistas con calle y a la vez con la cabeza muy bien amueblada. Un caso más reciente y no menos notable es el del periodista y escritor Iván Hernán Benítez (Torreón, 1981), autor de Con el barrio puesto (Ayuntamiento de Torreón, Torreón, 2023, 107 pp.). Vaya libro, para mi gusto uno de los mejores publicados el año pasado en nuestra región. Lo he leído y no puedo no celebrar la calidad de su prosa, la precisión de su mirada, la enciclopedia que lo alienta, la solidaridad sin chantaje de su propósito y, en fin, el cúmulo de aciertos en la captación de los temas que escudriña.

Lo recorro pieza por pieza, para no omitir ninguna de las doce.

“Un loco de pasta dura” cuenta los encuentros del cronista con Carlos, un antiguo vecino suyo de la infancia que, luego de golpearlo en la niñez, cae en la droga para no salir ya nunca de allí. El cronista recorre la vida en permanente desmoronamiento del drogo, esto gracias a los accidentales encuentros callejeros entre ambos. Desde esta primera pieza advertimos las destrezas de Iván Hernán Benítez: una prosa vigorosamente literaria, un talento nato para captar detalles con todos los sentidos y una colocación perfecta del radar sensible: jamás juzga al grifo, y, sin enunciarlo, de manera muy hábil, nos enseña a comprender ese destino vapuleado por la adversidad. Sin lloriqueo, sin panfleto y con una delgada película de autoescarnio, el cronista traza un relato a un tiempo feroz y conmovedor, con una especie de chanfle compasivo, para decirlo en argot futbolero. En un mundo donde domina la mirada cínica y la burla neoliberal ante la indefensión ajena, el autor de esta crónica nos muestra que se puede ser solidario con el desventurado sin incurrir en el lloriqueo que haría fácil la descalificación de su trabajo.

Semejante al servicio de un hospital es el que ofrece el monte de piedad en “Rutina de empeños dorados”. Las enfermedades, sin embargo, tienen que ver en este caso con los malestares y las dolencias del bolsillo, no con los achaques del cuerpo. Benítez ha sabido establecer un parangón que sostiene con pericia comparativa: así como se asiste a un hospital, así como se busca la cura gracias a la intercesión de un médico, los pignorantes desfilan en las ventanillas del montepío para que los valuadores los curen o al menos palien los malestares crónicos o repentinos. Con la comparación hospital-montepío se logra un humor sobrio y contenido que alivia de pesadez la crónica previsible sobre la tragedia de empeñar bienes para salir al paso de una urgencia como quien recibe primeros auxilios, en este caso monetarios. Otra vez, hay aquí una rara distancia/cercanía entre el cronista y el motivo de su crónica. Otro texto, además, literario, escrito con estilo sinuoso, alusivo y rico en imágenes que incluso transitan lo poético.

En “El crucero de las variedades”, Benítez asiste a los puntos de la ciudad atestados de automóviles. Allí, gracias a la dictadura de los semáforos, el cronista toma nota de todo lo que se mueve en torno de los vehículos: pordioseros, vendedores-hormiga, discapacitados varios y artistas circenses se disputan en sorda lucha la atención de los conductores y el dividendo más importante: alguna moneda. El cronista husmea varios cruceros y con implacable pluma nos describe la esperpéntica de la miseria congregada delante de los semáforos que dan tiempo para causar piedad, placer y asombro, aunque sería más preciso decir que lástima de manera destacada. Sin explicitarlo, crea un contraste entre el mundo del privilegio sobre ruedas y el mundo de la vulnerabilidad jugándose el pellejo. Otra gran crónica.

Cuerpo de crónica y elementos de artículo y hasta de ensayo exhibe “Una masacre que no fue”, texto en el que Benítez asedia el sentido que el periodismo nacional dio a las palabras tragedia, masacre, atrocidad, barbarie y demás a propósito de la desgracia ocurrida en el estadio de futbol Corregidora en un histórico partido entre Querétaro y Atlas. Como recordamos, en aquel choque se desataron todos los demonios de la violencia en el estadio y, como ocurre siempre en estos casos, la ganadora del partido, y por goleada, fue la impunidad.

“El privilegio de morir en casa” está más cerca del artículo que de la crónica, aunque en efecto hay rasgos de este género en los párrafos del texto. Aborda con brillo verbal e inteligencia las diferentes posibilidades de la muerte entre nosotros: lo mismo por enfermedad que por masacre, lo mismo por la pandemia que por edad. Es hasta aquí el texto con mayor carga de parecer subjetivo.

Tiene un fragmento como de memoria personal de la violencia, la que vio de niño en los rumbos de su casa ubicada por el siempre peligroso poniente de Torreón. Esto le sirve como marco de lo que comenzó el 26 de octubre de 2006, “El día que mataron a Gaviria”. Con eso comenzó la carnicería que vivió La Laguna en aquellos años, el antecedente primero de lo que después serían las masacres de 2010, en la planitud del horrible calderonato que desató a todos los demonios (como breve paréntesis personal, fui al lugar donde mataron a Gaviria y a Elfego. Había llovido, en efecto, y la sangre no se había secado cuando la vi).

Sin duda, una de las mejores piezas del libro es “Hay que hacerse culerita”, indagación sobre la pobreza material y simbólica subyacente en las groserías. Mucho de sociólogo tiene Benítez, pero también en este caso de lexicógrafo con oído de “músico callejero”, como decía Borges. El autor recorre aquí los usos y costumbres de la palabrota, el nexo entre el déficit de los medios económicos y los verbales, y junto a esto la incorporación de la mujer, hoy, al habla de carretonero.

Otra de las mejores piezas de Con el barrio puesto es “Pásele p’atrás (estampas al interior de un camión de ruta)”, crónica en la que igualmente, como en otras, hay una cuidadosa dosis de sociología. La tragedia de viajar en nuestro transporte público es expresada con humor amargo y una suerte de estoicismo ante la petrificación de la incomodidad. El cronista sabe captar los tumbos de la realidad dentro de los vejestorios móviles y nos pinta un mural de la desdicha cotidiana implicada en la condición de pasajero.

“Byung Chul-Han o el perfume del otro” es una reflexión veloz sobre la obra del filósofo coreano-alemán. El examen pasa revista a las ideas generales del pensador, como el arribo a la mentalidad que arrastra hacia el exceso de “positividad” y su contracara de negación del dolor, o el advenimiento de una era en la que los objetos físicos han cedido su lugar en las preferencias del respetable público a las “no-cosas” encarnadas (es un decir) en la información digital que a su vez supone mecanismos de control que no nos incomodan. Un ensayo, más que una crónica.

“La seducción del infinito” describe lo que se reveló al cronista en la etapa global del aislamiento por el pánico al coronavirus: el ajedrez. Se trata en realidad de un reportaje pleno de aciertos, apretadamente informado sobre “el deporte de reyes”. Es el texto más largo del conjunto y uno de los más inquietantes, pues nos describe un mundo cuya existencia, creo, ignorábamos quienes estamos lejos tanto de escaques como de trebejos.

Un análisis del trabajo infantil es “Para ayudar a la jefita”. Benítez explora el caso de los niños que se ven forzados a buscar unos pesos en chambas que sólo sirven para sacar la cabeza, aunque sea un poco, de la miseria. Un motivo poderoso que impulsa la huida hacia adelante de los niños que trabajan es la necesidad de dar algo a la mamá, de sacarla del agujero al menos para que también de allí asome la cabeza. En textos como éste se nota bien un rasgo caro en la escritura de Benítez: la distancia. Uno sabe que escribe lo que escribe porque le duele, pero no nos chantajea, no incurre en trazos lacrimógenos. Al contrario, analiza los hechos con una suerte de conmovedora frialdad, valga el oxímoron.

“Réquiem por un diario amarillo sangre”, última pieza del conjunto, es un recuerdo del diario La Opinión de la Tarde, vespertino que hace algunos lustros trabajó con la materia informativa del crimen desorganizado de una manera hoy extinta (ex tinta), pues ya sería imposible pensar en columnas como la “Galería de malandros”, aporte que devino sección de sociales a la inversa.

Por todo, Con el barrio puesto (título hermoso, además) es un libro redondo, atendible sin regateo ninguno. Llegadle.

domingo, marzo 03, 2024

Un vistazo a "Guerra prolongada"

 









Gracias a Saúl Rosales por este comentario sobre mi cuento “Guerra prolongada”.

Un relato de represión y vindicación

Saúl Rosales

Este marzo es propicio para ver dos temas que se mueven en el subsuelo de la historia y una pieza literaria que los vincula: un relato del narrador lagunero Jaime Muñoz Vargas (JMV); los otros, que el 14 de marzo es aniversario de la muerte de Marx y que, a mediados de este mes, se constituyó, hace 51 años, la Liga Comunista 23 de Septiembre (LC23S).

El relato de JMV lleva el título de “Guerra prolongada”. Se ve estructurado y llevado con la eficaz palabra del gran oficio de escritor que le ha granjeado muchos premios y reconocimientos al autor nacido en Gómez Palacio. La narración se puede localizar en rutanortelaguna arroba yahoo.com.mx, en un opúsculo titulado Dos relatos ligados a la Liga, por cierto, dedicado a dos guerrilleros comunistas de los setentas, nacidos en Torreón, Raúl Ramos Zavala e Ignacio Olivares Torres.

En la obra de Jaime Muñoz dos hilos narrativos convergen, “por un lado el aprendizaje político y, por otro, el permanente estrago derivado de los suplicios infligidos a los guerrilleros en la siniestra impunidad de las mazmorras, espacios en los que sin piedad operaron expertos en picana, tehuacán y puñetazo”.

En el relato, tales tratos bestiales devastaron a un estudiante circunstancialmente vinculado con la LC23S. Hace ver “el permanente estrago” de los tratos inhumanos infligidos por los guardianes del poder gubernamental en el alumno de una escuela normal rural, quien apenas había tenido leve relación con un militante de la Liga.

La LC23S, por su denominación, lleva a pensar en la Liga de los Comunistas, fundada en 1847 cuando, a la Liga de los Justos, llegaron Marx y Engels y auspiciaron el nuevo nombre. Y decía en el primer párrafo que se asociaban tres temas que reitero: el relato de JMV, el nombre de la Liga que aparece en el mismo relato y el aniversario, el 14 de marzo, de la muerte de Marx, el más alto fundador del comunismo.

Una vez aclarado lo anterior volvamos al relato de JMV, el que, ya lo hemos adelantado indirectamente, se mueve dentro del tema de la LC23S. El personaje torturado por los agentes del poder le confía al narrador su traumática experiencia. A su vez, el de la voz narradora va dando señas de su identidad para luego proporcionar las de su personaje principal.

En la sólida estructura de la narración aparece otro siniestro personaje principal: “Alto, flaco, de cara angulosa y piel blanca pero bronceada, el tipo solía usar guayaberas de manga larga y pantalones opacos de poliéster gris.”

La historia del estudiante vejado y la del torturador van siendo ensambladas por la hábil capacidad narrativa de JMV hasta un punto pretérito en el que coincidieron cuando el agente del pantalón de poliéster y otros dos esbirros lo secuestran en Gómez Palacio.

Todo ello ha sido contado por la víctima al testigo actuante del relato, es decir, quien va contando la historia, mientras regresan de Guadalajara a la ciudad duranguense. Lleva a un punto de tensión en que “de madrugada, unos gritos destemplados retumbaron en el camión. ¡Ayuda, ayuda!” Era una pesadilla del antiguo estudiante torturado.

Finalmente, la magistral prosa de Jaime Muñoz lleva al lector a la oportunidad de vindicación que se le presentó al antiguo normalista. Es mayo de 2023, dos meses después del viaje en el camión que los regresaba de Guadalajara, la pretérita víctima de la tortura y vigente inmolado por pesadillas se comunica con el personaje narrador y le confiesa el modo de su vindicación.

Después de que el testigo narrador lo escucha y de que reflexiona la confidencia, de alguna manera se solidariza con la acción vindicativa cuando a su vez confiesa: “Imagine, de hecho, casi como deseo retroactivo […]”. El deseo retroactivo del narrador es que la vindicación haya sido efectiva. Un eficaz relato de Jaime Muñoz.

sábado, enero 27, 2024

Tres miradas en Falacias para un autorretrato













No es infrecuente escuchar que la poesía es el más elevado de los géneros. Lo dicen sobre todo, no sé si con sinceridad o por pose mentirosamente apiadada, los narradores y los ensayistas. Lo cierto es que sea excelente, buena, regular, mala o pésima, la poesía tiene el mérito de la supervivencia a contracorriente, el heroico logro de persistir pese a la falta de lectores y por ello mismo de ventas en un mundo en el que lo no comercializable está condenado a desaparecer. De ahí que podamos hacernos algunas preguntas: ¿por qué persiste la poesía? ¿A qué se debe su presencia en un mundo que la desdeña y no suele hacerla comparecer ante las cajas registradoras?

Puedo intuir, a modo de respuesta tentativa, que la poesía subsiste, así sea prendida con las uñas al universo bibliográfico, por dos de sus rasgos más salientes: al trabajo artesanal de la palabra y a su capacidad para exponer la intimidad de sus autores. Otros géneros tienen ventajas para generar conocimiento, para informar, para entretener, para construir universos mediante la imaginación, para especular con las ideas más abstractas; la poesía, cuando es genuina, las tiene para desnudar la subjetividad, para exhibir el yo, para diseccionar la anatomía del alma. En este sentido, el buen poeta no requiere semblanza: si su obra ha sido urdida sin dobleces, los versos revelarán su autorretrato. La poesía permanece pues porque en ella siempre se agazapa un rostro.

Un autor polimorfo como Saúl Rosales, quien ha ejercido el cuento, la novela, el ensayo, el artículo, el teatro, la crónica y más géneros, por supuesto que nos ha dicho quién es en el espectro de su ya larga escritura. Podemos adivinarlo en sus relatos, podemos suponerlo en sus opiniones periodísticas, pero nunca podremos hallarlo mejor expuesto que en su poesía, como sucede si nos adentramos en las páginas de Falacias para un autorretrato (IMCE, Torreón, 2023, 143 pp.), su libro más reciente. En él, el autor lagunero ha reunido una colección de poemas que no por personales dejan de concernirnos, de inquietarnos y en ciertos casos de ayudarnos a pensar, pues también éste es un usufructo de la poesía.

Falacias para un autorretrato está dividido en tres habitaciones: la primera lleva el mismo título general del libro, la segunda es “Instante de la foto” y la última es “Oficio del alcohol”. Ciertamente hay predomino de una temática específica en cada apartado, pero esto no significa que el tríptico carezca de un hilo conductor e inevitablemente el mismo tono melancólico, o más bien francamente apesadumbrado, en todo el libro. Para lograr un mejor discernimiento de su contenido hago mi propia clasificación de los poemas de acuerdo a las líneas temáticas que he percibido en cada uno. Categorizo pues el contenido de Falacias en tres subtemas: de reflexión (digamos) social, de asombro ante la belleza del arte y de la mujer, y de bancarrota espiritual. Obviamente, esto no significa que en los poemas no se den mixturas, cruces, nutricias vinculaciones entre los tres subtemas destacados.

Del primer inciso, el que ubico en la dimensión social, hay muchos ejemplos en la primera sección del libro, la más larga y miscelánea. Poemas como “Dinero llama dinero”, “Sabor fértil del trabajo”, “Quién debe gobernar”, “Destino de revolución”, “Sofocación de la insaciabilidad”, “Viaje único”, “Reserva de desempleados”, “Memorando de la tierra”, “Soledad del sánwich de tomate”, “La mula de la vida”, “Esquina de Progreso y Porvenir”, “Dolor de macrobús” y “Calidad debida”, entre otros. En estos poemas, como rasgo general, se enuncia la posición ideológica, siempre zurda, desde la que mira el poeta, y los temas específicos rondan asuntos como la enajenación, el desempleo, el consumismo, el individualismo, la solidaridad, la falta de compromiso, entre otros. El autor no teme ser aquí tan explícito como es posible:

Un día y otro día el trabajo no aparece

lo único que existe en abundancia

para la esperanza y las necesidades juveniles

son plazas en el ejército nacional de reserva…

Otro amplio sector del poemario trabaja con la materia de lo que aquí he denominado “asombro ante el arte y la mujer”. Reitero que lo social, el tema anterior, puede también subyacer en los poemas de esta segunda índole, pero de un modo menos enfático. Casi toda la sección denominada “Instante de la foto” y buena parte de la primera, homónima del libro, destaca el brillo de la mujer como destinataria de veneración y de caricias aunque sólo sean ópticas; también, es resguardo de varios poemas en los que cuaja un asombro similar pero ante el arte principalmente musical y un poco menos el literario. Poemas como “Sueño de pintar”, “Manos de arquitecta” son ejemplo del tributo al imán femenino, y para muestra basta un fragmento de “Regazo de sol” en el que luego de describir la búsqueda de sol de unas precarias plantas domésticas, el poeta acusa igual inclinación, como la de sus árboles:

Igual yo

hacia esa forma de sol que eres

mujer

me desbordo

como hacia el alba, la aurora, la plenitud, la razón, el fin.

Eres regazo magnético de sol.

En este mismo territorio deambulan varios poemas asimilables a la llamada ars poética, es decir, aquellos poemas cuyo tema es la misma poesía (“Taller para el oficio”, “Agua de poetas” y varios más), además de los ya mencionados poemas de conmoción ante el arte como “Canción de Grieg”, “Minuto assai”, “Alba de Madera” o “Luna de miel con Gloria Lasso”

La sección final, “Oficio del alcohol”, alude al tequila y al vino como sedantes del infortunio, no como voraz ingesta que desbarata el ser. Igual que en varios poemas de las otras dos secciones, aquí la consciencia del fracaso, de la frustración, de la derrota y su deriva en el apocamiento son recurrentes, tanto que estos sentimientos, a todas luces malqueridos por quien los padece, sólo pueden ser mitigados con unas gotas de vino y en menos cantidades de tequila. Son los poemas que hace algunos párrafos ubiqué en el rubro “bancarrota espiritual” expresada frente a la mancha venenosa de la soledad y sus rigores.

Por todo lo dicho, y principalmente por todo lo no dicho aunque sobrevolado, Falacias para un autorretrato es un libro sobre tres poetas que conviven en Saúl Rosales. Podemos dialogar con los tres, con dos de ellos o con uno solo. En cualquier caso estaremos ante un ser humano auténtico, transparente en su asombro y en su tenaz abatimiento.

Comarca Lagunera, 25, enero y 202

Nota. Texto leído el 25 de enero de 2024 en la presentación de Falacias para un autorretrato celebrada en el recibidor de El Siglo de Torreón. Participamos Nadia Contreras, el autor y yo.

miércoles, enero 17, 2024

José Agustín de perfil


 











Como tantos, tuve primera noticia sobre José Agustín gracias a la famosa antología El cuento hispanoamericano (FCE, México, 1964, luego ampliada y reimpresa en numerosas ocasiones) del académico norteamericano Seymour Menton. Recorrí aquel libro en dos clases de literatura recibidas durante la carrera de Comunicación, una con Saúl Rosales y otra con Paco Amparán, esto hacia 1982.

Bien organizado según un criterio cronológico que hasta la fecha lo hace útil como material didáctico, el libro de Menton llegaba, hasta mi edición de los ochenta, al cuento “Cuál es la onda”, de José Agustín. No he olvidado el macanazo que significó su lectura, la sensación de haber arribado de golpe a una narrativa que en su insolencia y su ludismo nos (me) informaba que la literatura podía ser también un espacio en el que era viable meter todo lo que nos rodeaba: la música moderna, las maldiciones de la calle, las andanzas y los albures con los amigotes, el consumo de sustancias prohibidas, el sexo a trompicones, el desmadre en suma. No pasó mucho tiempo para que yo accediera a la precoz De perfil (Joaquín Mortiz, 1966), su libro más célebre, y entonces sí me declaré capacitado para considerar que las Letras, con mayúscula, no eran coto exclusivo de la solemnidad y sus almidonamientos, sino territorio en el que las palabras más frescas y las ideas menos tiesas también tenían derecho de circulación en las páginas de los libros.

Tras leer Inventando que sueño (Joaquín Mortiz, 1968) y De perfil, poco a poco fui sumando sus otros libros: La tumba, La panza del Tepozteco, Ciudades desiertas, Se está haciendo tarde, Furor matutino, los tomos de la Tragicomedia mexicana… Pasados los años, tuve además la oportunidad de presentar en Torreón dos de sus títulos, ambos en el Teatro Isauro Martínez: la novela Armablanca y una especie de crónica titulada Los grandes discos de rock (1951-1975), libro que comenté a teatro lleno y no sin dejar de sentir alguna envidia del público roquero de La Laguna, que seguramente me consideró, y con razón, un diletante en aquel tema.

Además del par de libros dedicados por José Agustín luego de las presentaciones, conservo una foto con él y en la memoria dos o tres conversaciones trenzadas a propósito de encuentros casuales en ferias. Lo recuerdo como un tipo de sonrisa fácil, atento a lo que uno le decía, inteligente y siempre “prendido”, para decirlo con un modismo de su juventud.

José Agustín, el eterno muchacho rebelde de la literatura mexicana, murió ayer a los 79 años. Descanse en paz.

sábado, noviembre 25, 2023

Encuentros fortuitos, el cuento como desafío










Entre otras, una de las responsabilidades del editor es, a veces, cuando no hay quién lo materialice o se lo piden, escribir el texto que aparecerá en la espalda del libro, aquel lugar que todos hemos visto ubicado en lo que la mayoría conoce como “contraportada” y en el argot editorial denominamos “cuarta de forros”. Suele ser un texto no firmado y siempre, sistemáticamente, elogioso, pues lo que procura es invitar al potencial lector a comprar el libro y quizá también, si no es mucho pedir, a leerlo. Por ello, es muy difícil, por no decir imposible, encontrar que este género de escritura consigne que el libro es aburrido o prescindible. El texto de la cuarta de forros presupone el aplauso, el espaldarazo y muchas veces el confeti más irresponsable.

Cuando escribí y firmé las palabras para la cuarta de forros del libro Encuentros fortuitos (UANL-Ibero Torreón, 2023) ya estaba segurísimo de mis afirmaciones, sobre todo de la última línea. Cito el convite: “El dolor, la rabia, el humor, la desesperanza, el vacío y la incertidumbre son algunas de las estaciones del alma que atraviesa Encuentros fortuitos, segundo libro de cuentos de Miguel Báez Durán. Armado con una prosa más que bien templada y en todo momento espesa de literatura, el autor nos lleva a convivir con personajes que habitan la frontera simbólica entre México y Canadá, sujetos cuya inestabilidad nos permite suponer, por extensión sinecdóquica, la inestabilidad de la vida, el monstruo que acecha detrás de cualquier rutina o sensación de bienestar. Así, una turista canadiense entregada a la caridad indolora pierde misteriosamente la vida en Cancún, una madre alucina con las caricaturas niponas que podrían contaminar a su hijo, unos pelagatos edifican a punta de memeces su indestructible ego, una mujer es acosada por los arañazos del amor y la maternidad, un escritor revisa su fracaso en el espejo del reconocimiento ajeno y remotísimo, un inquilino con anhelos de serial killer reflexiona sobre el cese taxativo del ruido en su vecindario y, por último, un sujeto queda hecho pomada por la belleza fugaz e inalcanzable. He aquí, dicho de manera muy sintética, el contenido de Encuentros fortuitos, libro que evidencia la pericia narrativa de Miguel Báez Durán, escritor pleno de imaginación y de recursos para usarla, sin duda un maestro del nocaut cuentístico”.

Insisto: al escribir lo anterior sabía que el minitexto de la cuarta debía terminar de manera categórica y subrayar que Miguel Báez Durán (Monterrey, NL, 1975) es un “maestro del nocaut cuentístico”. Razonar esta afirmación aparentemente excesiva es el propósito de los renglones que ofrezco a continuación.

Diré en esta nueva oportunidad, para empezar, lo que he repetido muchas veces sobre todo en los talleres literarios: que el cuento es un género literario peliagudo, fácil nada más para quienes lo observan desde la otra orilla del río. Es pues un error juzgarlo por su complexión breve, pensar que el cuentista es un tipo que se sienta, relata una anécdota y termina en la cuartilla dos o cinco o diez, cuando la aventura narrada ha terminado. Así de sencillo y así de falso. Se le minusvalora en principio por su brevedad: ¿qué tan difícil puede ser sancochar un texto corto?, piensan muchos. Lamento decir que la brevedad es apenas su característica más saliente, la punta de un iceberg que debajo esconde —cuando el cuento es eficaz, cuando el cuento es, como quería Poe, impactante— un montón de malicias, tantas que por ello muchos narradores le sacan la vuelta y optan por la escritura quizá más relajada de la novela, género que asimismo demanda otras pericias.

Pues bien, digo que Miguel Báez es un maestro del cuento no por capricho o por los imperativos de la amistad, sino porque sus cuentos son dispositivos literarios que admiten la lectura más puntillosa. En Encuentros fortuitos no asistimos a la escritura de un aprendiz, de alguien que apenas tantea con paso titubeante el terreno movedizo del cuento. Al contrario, en este libro estamos frente a la presencia de un narrador ya dueño de todos los recursos necesarios para articular historias compactas, emotivas, dignas de figurar en la biblioteca más rigurosa. Pienso de nuevo en la extensión; pese a que se trata de cuentos largos, la apretada intensidad de cada pieza crea la impresión de vertiginosidad, rasgo propio del cuento, casi como si en la lectura asistiéramos a un viaje en caída libre.

Los cuentos avanzan sin detalles que queden librados al azar, sin distracciones parasitarias, siempre al servicio del asunto central, siempre apegados al conflicto del protagonista. Desde cada uno de los arranques sabemos de un propósito, de un deseo clavado como daga en el espíritu de cada personaje principal, y hacia allá, a ver cumplido o frustrado ese deseo, avanzamos guiados por una prosa que no se da reposo en su fluidez, casi frenética en el despliegue de las peripecias y sin embargo espesa de belleza literaria, henchida de giros que nos permiten apreciar la soltura de un narrador que se apodera de un tono y no lo suelta hasta persuadirnos de que lo contado está muy bien contado, con las medidas justas de velocidad, introducción de detalles y verosimilitud.

En los siete cuentos que habitan este libro conviven las mejores herramientas de la narrativa. Por ejemplo, una que no es frecuente encontrar en otros escritores: la capacidad para bucear minuciosamente en el alma de los personajes, la destreza para sumergirse en interiores atormentados, en vidas que encallan en miedos, en odios, en obsesiones, en tristezas recónditas, en muy pocos, poquísimos o de plano nulos motivos de alegría. No se ha equivocado Saúl Rosales, quien tras leer los cuentos de Encuentros fortuitos me comentó que, natural o aprendido, hay algo de destoyevskiano en los microcosmos urdidos por Miguel Báez. Y sí, la mayor parte de los personajes que deambulan por estas páginas son sujetos sujetos a un pequeño infierno, seres incrustados en la urbe que bajo la cutícula de civilización no pueden evitar los manotazos de la soledad y la barbarie.

He compartido con su autor los títulos de mis relatos preferidos. Con los libros de cuentos, como ocurría antes con los discos y sus canciones, siempre pasa esto: uno selecciona en la cabeza las piezas que más le cuadran. No citaré aquí cuáles son, para no prejuiciar más al lector con mi opinión. Sólo diré, como cierre de mi reseña, que este libro es un dechado de libro de cuentos, que todos sus párrafos han sido concebidos, problematizados, ejecutados y revisados con lupa por un escritor lagunero desbordante de talento literario y voluntad creativa, por Miguel Báez Durán, un narrador que ha aceptado los desafíos del cuento y ha salido airoso como lo que es: “un maestro del nocaut cuentístico”.

Comarca lagunera, 22, noviembre y 2023

Nota. Texto leído en la presentación de Encuentros fortuitos (UANL-Ibero Torreón, 2023) celebrada el 22 de noviembre de 2023 en la Galería de Arte Contemporáneo del Teatro Isauro Martínez, Torreón. Participamos Mariana Ramírez Estrada, el autor y yo.

sábado, noviembre 11, 2023

Vindicación de Malinche

 











Malinche y la conquista de México (UA de C, Saltillo, 2023, 171 pp.), nuevo libro de Saúl Rosales, cumple lo que su título promete: por un lado, varios de sus ensayos recorren la circunstancia de la indígena que sirvió principalmente como traductora al regimiento español y, por el otro, nos acerca a varios momentos de la empresa que tuvo como eje a Hernán Cortés. Es, el del escritor y maestro lagunero, un libro trazado durante los años del quinto centenario de la conquista europea al suelo mexicano, los que van de 2019 a 2021.

El tema de este título no es cómodo, pues bien sabemos que el debate sobre la conquista de América en general y de México en particular se ha extendido por décadas y la paleta de opiniones va, hasta la fecha, del blanco al negro con todos los grises posibles en el medio. La polémica se da desde lo nominal: ¿cómo debemos llamarle? ¿Conquista? ¿Genocidio? ¿Choque de dos mundos? ¿Encuentro inevitable? ¿Proyecto civilizatorio? ¿Conmemoración? ¿Efemérides? ¿Pesadilla? Por esto digo que no es un libro cómodo, ya que, si lo miramos bien, los acontecimientos ocurridos a partir de 1492 en el territorio que luego sería llamado América conjugan todas o casi todas las posibilidades de la denominación: lo mismo fue un encuentro inevitable que un genocidio y un culturicidio de los pueblos originarios y, en algún otro punto y con asegunes, un proyecto civilizatorio. Pero todo es y será debatible, claro, y qué no lo es cuando hablamos del pasado y las desventuras de la humanidad. Ahora bien, en el libro que nos ocupa es destacable una suerte de equilibrio en la ponderación: más que exaltar a unos o a otros, el autor resalta, subraya, enfatiza que todo ese proceso fue una hazaña de indígenas y españoles. Hay figuras señeras, obviamente, pero a ellas debemos sumar miles de rostros anónimos que en el ataque y la defensa se mostraron bizarros en el primer sentido —el único que debería tener— de esta palabra.

En sus ensayos —ensayos de interpretación, preciso—, Saúl Rosales interroga sobre todo los tres libros más salientes escritos en torno a la conquista de México: las Cartas de relación, la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España y la Historia general de las cosas de la Nueva España, de Cortés, Bernal Díaz y Bernardino de Sahagún, respectivamente. Junto a ellos, convida una batería no muy amplia pero sí valiosa de especialistas en el tema como Miguel León Portilla, Christian Duverger y Camilla Towsend.

Creo seriamente que lo sustancial en Malinche y la conquista de México no está en el aparato erudito, sino en la destreza de su autor para cuadrar los asuntos que acomete. Los textos que componen este libro son por ello excelentes ejemplos de ensayo libre, subjetivo, de interpretación. En todos asoma asimismo la buena prosa y la originalidad del abordaje, rasgos clave a la hora de valorar los trabajos de este género y acaso de todo tipo de escritura. Dividido en tres partes tituladas “Malinche”, “Variaciones sobre la conquista de México” y “Más variaciones, 1519-1521”, contiene 29 piezas y una acuciosa presentación escrita por Salvador Hernández Vélez. En la parte inicial, Rosales focaliza su atención en la figura de Malinche, y, sin aspavientos, más que simpatizar, empatiza con ella, para decirlo con una palabra hoy tan de moda.

Al insistir en la eliminación, por su retintín minusvalorativo, del artículo “la” al nombre Malinche, el autor habla sobre la inmerecida carga de injurias perpetrada contra la figura de la indígena. Lo expone así:

Tal vez también contribuya, para atribuirle capacidad denigrante al artículo, el hecho de que a Malinche se le quiso ver desde hace siglos como una traidora. Se supone que traicionó a sus connacionales, cuando México no existía como nación; que habría traicionado a los mexicas, cuando ella no era mexica. Hasta se creó el mexicanismo malinchismo para significar la preferencia por lo extranjero.

Me detengo a pensar en la sutileza de ensayista con la que Rosales ha percibido el tufo a desdén que hay en un artículo: “la Malinche” —le parece y es así— no es lo mismo que “Malinche”, como no es lo mismo “el Roberto” que “Roberto” o “la Susana” que “Susana”. Abolir un monosílabo es el comienzo de su vindicación. Y por supuesto no para allí: los primeros textos del libro dan cuenta del personaje fascinante que es Malinche. Con todo en contra desde niña, va rebotando en su escarpada biografía hasta terminar como pago en especie (humana) a las huestes de Cortés luego de la batalla de Centla. No rebasa los veinte años y ya el barroquismo de su destino la ha zarandeado hasta convertirla en casi nada.

El azar, sin embargo, le juega a favor cuando se convierte en propiedad de los soldados españoles, y más particularmente de Cortés: por nacimiento y luego por haber sido vendida a una comunidad que no era la suya, Malinche sabe náhuatl y maya, y como el capitán lleva a Gerónimo de Aguilar, recién rescatado en tierras de la península yucateca, hay un español que sabe maya; así la cadena de transmisión comunicativa queda establecida con dos traductores que serán fundamentales en las órdenes a los aborígenes aliados y en los tratos o desavenencias con los enemigos: Malinche recibe la información en náhuatl, la comunica en maya a De Aguilar y éste la pasa en español a Hernán Cortés. Este flujo verbal tripartita no duró mucho, pues Malinche, virtuosa políglota al fin, pronto se hizo de la lengua española y por su medio comenzó a pasar toda la información del náhuatl para Cortés y del español para sus interlocutores indígenas, de ahí que fue ella la principal bisagra entre las dos lenguas, que es como decir entre las dos cosmovisiones.

El libro de Saúl Rosales es una vindicación de Malinche, es verdad, como lo evidencia en este ilustrativo pasaje:

La idea de que Malinche es —digo que es, porque sobrevive a pesar de todo—  una traidora de los mexicanos perdura como herida amarga en la sociedad. Pero Malinche no traicionó ni a los mexicas. Malinche era de otro pueblo, era popoluca, de un lugar alejado cientos de kilómetros de Tenochtitlan y, más aún, sujeto a hostilidades de los súbditos de Moctezuma.

Malinche es el ejemplo del ser humano que se sobrepone a las adversidades y se alza hasta un destino luminoso. Malinche es digna de resplandecer en la memoria con brillo de bronce lustrado; de permanecer entre quienes han sido inmortalizados con los más sólidos materiales y en las páginas imborrables. Su biografía es de símbolo nacional.

Esto puede hacer pensar en un deslumbramiento exclusivo del autor por la figura de la “lengua” o “faraute” de Cortés, pero no es así. En todas las páginas de su libro hay un relente de admiración por aztecas, tlaxcaltecas y españoles por igual, lo que nos lleva a reconsiderar odios retroactivos. Rosales hace el planteo en estos términos:

Juntos, el poder de los siempre insumisos y aguerridos tlaxcaltecas y el poder de los europeos y sus aliados indígenas se encaminan a Tenochtitlan. Los súbditos del poderoso imperio azteca se les oponen con armas y diplomacia, como hicieron desde que los extranjeros se instalaron en Veracruz. Estas tres fuerzas del siglo XVI, mexicas, tlaxcaltecas y europeos, son las que deberían estar presentes en el espíritu mexicano.

La civilización azteca cuya energía bélica y creadora dejó incontables testimonios en la historia y en la geografía; el poderío tlaxcalteca que sobrevivió insumiso a pesar de estar cercado por el imperio mexica y la potencia europea que había tenido la suficiencia para cruzar el Atlántico y explorar y colonizar vastedades no imaginadas son el trío de fuerzas nutricias que debían alimentar la psicología de los mexicanos.

Por todo, este de Saúl Rosales es uno más de sus valiosos libros, “un testimonio —como señala Salvador Hernández Vélez en el prólogo— que documenta fielmente (…) el pulso de la vida nacional durante el inicio y la consumación de la conquista de México a quinientos años de distancia”.

Torreón, Coahuila, 10, noviembre y 2023

Nota. Texto leído en la presentación de Malinche y la conquista de México. Participamos Salvador Hernández Vélez, el autor y yo. Se celebró en el Centro de Transferencia de la Ciudad Universitaria de la UA de C, Torreón, el 10 de noviembre de 2023.