Hace
rato que nos volvimos transparentes, hace rato que no tenemos privacidad. La
vida íntima, los más recónditos pliegues de nuestra consciencia, los albañales donde
se guarda toda la data buena y mala y espantosa de nuestra alma, antes inaccesibles,
ahora son un cofre sin tapa, un amasijo de pasiones a la vista y vulnerable
como sandía abierta. Por supuesto, unos cuantos seres sin rostro son los intrusos
que pueden extender cada uno de nuestros rasgos como naipes sobre una mesa. Tienen nuestros datos a
merced y por esto pueden perfilar individualmente, usuario por usuario,
nuestras necesidades, nuestras creencias, nuestras fobias, todo.
Saben
qué ropa nos gusta, qué zapatos nos agradan, qué comida preferimos, qué color
de pelo tenemos, qué edad alcanzamos, cuándo cumplimos años, quiénes son nuestros
amigos, cuál es nuestra familia, dónde vivimos, en qué trabajamos o estudiamos,
que ideología tenemos, qué religión, si fumamos y tomamos o si no fumamos ni tomamos,
cuál es nuestra música predilecta, qué deporte practicamos, qué carro conducimos,
qué leemos, qué no leemos, de qué nos enfermamos, con qué nos curamos, cuáles son
nuestras rutas de trabajo y diversión, cuánto ganamos, a quién engañamos, a quién
le somos leales, que nos fascina, qué odiamos, qué palabras elegimos con mayor
frecuencia, a qué groserías recurrimos con más deleite, qué chistes nos mueven
a risa, cómo nos dirigimos a dios, qué pensamos de nuestros jefes, qué opinamos
sobre nuestros subordinados, cómo discutimos con nuestras parejas, dónde
tenemos lunares y cicatrices, qué soñamos, cómo es nuestra casa, qué arreglos
le hicimos, cuáles es el género de películas que más frecuentamos, a qué políticos
detestamos, qué orientación sexual tenemos, qué pornografía consumimos, qué anhelamos
en la vida, cómo nos gustaría morir, cuándo viajamos, qué pensamos de los
muertos cercanos a nuestras vidas, cómo suenan nuestros pedos… Saben todo, saben lo
que nunca nadie supo de nosotros, ni nosotros mismos.
El triunfo de los invasores consistió en transformar la vigilancia: trascenderla como coerción para luego confundirla con libertad y entretenimiento. En el celular somos libres, es un espacio privado, individual, como un diario del siglo XIX cerrado bajo llave. Craso disparate: es un diario abierto, por eso el algoritmo no falla. Luego entonces, ¿a qué viene renegar del registro de una mugrosa línea telefónica? Alguien ya lo tiene todo, hemos sido voluntariamente transparentes, somos un diario abierto a los algoritmos.

