miércoles, febrero 28, 2024

Lectura endogámica

 








Nuestra lectura es tozudamente endogámica. Aunque por la globalización nos parezca que no es así, los lectores latinoamericanos tenemos una tendencia muy marcada a quedarnos con los libros del entorno más cercano, el nacional. Cierto que internet y las plataformas de venta como Amazon o Mercado Libre nos ponen a merced un menú bibliográfico que parece no tener orillas, la verdad es que solemos deambular por los rumbos conocidos, no aventurarnos a recorrer otros autores ni otras latitudes.

Una vez, a la vera de cualquier digresión profesoral, afirmé esto en un taller literario, es decir, en un espacio en el que se supone hay presencia de lectores. Alguien, sin mal ánimo pero con desconcertante seguridad, me contradijo. Creía que no era del todo atinada mi observación, que el mundo ahora no nos permitía vivir aislados.

No quise polemizar, pero agarré el balón de aire y traté de rematarlo como venía: se me ocurrió un experimento exprés. Propuse mencionar países de América Latina y lograr que entre todos los asistentes del grupo me dieran los nombres de diez escritores de cada lugar. Accedieron y pusimos manos al desastre. De países como Bolivia o Ecuador no afloraba ningún nombre. De otros como Chile o Argentina surgían los harto previsibles lugares comunes: Huidobro, Neruda, Isabel Allende; Borges, Cortázar, Sábato…

Pronto advirtieron que no era fácil alcanzar la friolera de diez nombres por país, así que reduje a cinco el desafío. Como también resultó complicado, les pedí que me dieran diez nombres mexicanos, y en este caso no sólo llegaron a la decena, sino que la desbordaron.

La conclusión de la historia fue la que yo ya había intuido en alguno de mis viajes a la Argentina, cuando con alarma vi que al preguntar allá por escritores mexicanos, los nombres que brotaban eran pocos: Sor Juana, Reyes, Rulfo, Paz, Arreola y paren de contar.

Supe en aquella ocasión que preguntar por escritores totémicos en México como Guzmán, Revueltas, Garro, Poniatowska, Del Paso, Garibay y demás, era inútil: muy pocos los ubicarían aunque fuera por el puro nombre.

Así fue pues como llegué a la conclusión antedicha: los lectores latinoamericanos somos endogámicos, lo cual no está tampoco mal, pues es mejor ser lector endogámico que no ser lector.

martes, febrero 27, 2024

Morgan en Publishers









No sabía de la existencia de Publishers, revista dedicada al trabajo editorial (“La publicación internacional por excelencia dedicada a la industria del libro en español”, dice en su cintillo de portada). La editan en Sevilla, y en su número 48, correspondiente a febrero de 2024, me hacen ver que publicaron un breve comentario sobre Leyenda Morgan (UANL, 2023). Sea quien haya sido el reseñista, le dejo aquí mi gratitud.

sábado, febrero 24, 2024

Genial genio del idioma












Escribió José G. Moreno de Alba (Minucias del lenguaje, FCE, México, 1992, p. 30) que aumentativos como “camionzote” son menos comunes en la escritura que en el habla, y así es, por eso la dificultad que nos plantean a la hora de precisar cómo asentarlos. Por lo pronto, muchos sustantivos terminados en “ón” como “camión”, “pelón”, “león”, “camarón”… y otros como “lonche”, “bonche”, “pinche” y demás dan en el habla “camion/zote/sote”, “pelon/zote/sote”, “leon/zote/sote”, “camaron/zote/sote”, “lonche/zote/sote”, “bonche/zote/sote” y “pinche/zote/sote”, y no, como sería lo lógico si nos atenemos a la existencia del prefijo aumentativo “ote”/“ota”, “camionote”, “pelonote”, “leonote”, “camaronote”, de la misma manera en la que de “libro” sale “librote” o de “puerta” sale “puertota”, y no “libresote” o “puertesota”.

 La falta en la escritura del aumentativo “zote” o “sote” para algunas palabras mueve pues la reflexión de Moreno de Alba; lo plantea así: “Hace unos días alguien me preguntó cómo debería escribir el aumentativo del sustantivo camión. Podría haber sugerido, para evitar problemas, la forma camionazo; sin embargo es obvio, por una parte, que los hablantes dan a este derivado un sentido no precisamente aumentativo sino más bien el de acción contundente, golpe, choque, colisión, etc.; y, por otra, que todo el mundo emplea el aumentativo camión (s,z)ote, aunque es mucho más difícil encontrarlo escrito”.

Más adelante, luego de hacer otras consideraciones, señala: “No veo por tanto inconveniente en decir que -(s,z)ote es una variante, un alomorfo del sufijo -ote. Sabemos que la z alterna con c en algunos casos (cocer, cuezo). Por ello podría quizá sugerirse que la variante de -ote se escriba con -z (-zote, camionzote), letra que, como se sabe, sustituye a la c, cuando le siguen las vocales a, o, u”.

El problema no parece existir en palabras que con “z” o con “s” en la sílaba final podrían construirse sin romperlas: “pescuezo-pescuezote”, “pedazo-pedazote”, “menso-mensote”, “intenso-intensote”. Tal vez de ahí, lo digo como mera corazonada, nació el aumentativo “zote”/“zota”, que como ya estamos viendo no existe en español. Por otro lado, es posible que ante la duda en la escritura sigamos sin querer queriendo el aumentativo puesto en circulación por la marca comercial del jabón Zote, con “z”.

Este debate interno por una simple letra me nació en un supermercado. Allí, en el rótulo con el precio de un producto, vi una palabra del grupo terminado en “ón” (“chicharrón”) que motiva estas líneas: “chicharronzote”, decía, atenido a la forma popular del aumentativo y con “z”, no “chicharronote”.

En otras palabras, tanto en el habla como en la escritura, el genial genio del idioma parece haber dado con dos soluciones apegadas a la recomendada por el maestro José G. Moreno de Alba, expresidente de la Academia Mexicana de la Lengua. 

miércoles, febrero 21, 2024

Torri en breve

 











Es al menos curioso el camino de la escritura breve. Nunca, hasta la fecha, ha tenido el prestigio de la amplia y esto, supongo, viene de muy lejos, de la idea en sí del libro como objeto de cultura. Aún antes de la invención de la imprenta, los libros ya eran grandes tanto en su formato de rollos como de cuadernos. El libro en rollo, que los latinos llamaron “volumen” (en donde está la idea de “vuelta”, de trayecto circular) fue superado en practicidad por el libro en cuaderno unido de uno de sus cuatro lados, el códex que hasta la fecha sobrevive como invento inmejorable. En ambos casos se trataba de gordos manuscritos que continuarían siendo amplios tras la invención de Gutenberg. El libro nació, pues, gordo, y esta noción, conjeturo, sobrevive como ideal de prestigio, lo que se nota cuando suponemos mayor calidad a un libro con muchas páginas frente a uno con pocas.

Algo tarde en esta historia apareció la posibilidad del libro corto. La ubico a finales del siglo XIX, en Francia, con el auge del minimalismo expresado en muchas artes. Por eso, ya en 1917 pudo aparecer en México un libro breve y con brevedades de Julio Torri (Saltillo, 1889-Ciudad de México, 1970). Su título fue Ensayos y poemas, suma de miniaturas textuales que de inmediato llamaron la atención de la crítica casi como desafío al librote habitual en la literatura decimonónica.

Podemos conseguir la obra de Torri con facilidad. Es, casi, el más famoso caso de escritor breve que registra la literatura mexicana, y ha sido abundantemente reeditado. Un libro gratuito, accesible sin costo en la web de la Secretaría de Cultura del Gobierno de Coahuila, es El mundo abreviado, cuyo subtítulo es Un paseo (en bicicleta) por la vida y obra de Julio Torri. Contiene una semblanza del autor saltillense y una muestra variada de su obra.

La parte biográfica lo dibuja a grandes trazos desde su nacimiento en la capital de Coahuila hasta su fin en la del país. En medio están sus estudios en Torreón, la salida a México, la carrera de jurisprudencia, su pertenencia al Ateneo de la Juventud, su amistad con Alfonso Reyes, su primer libro, su presencia en la editorial Cvltvra, su entrada a la Academia Mexicana de la Lengua y su carrera docente en la universidad.

Y la paradoja que se convirtió en mito, un mito que quizá no lo es si miramos el tamaño más bien chico de su obra: que el arquetipo de escritor mexicano breve leía 200 páginas diarias.

sábado, febrero 17, 2024

Adiós a Sasha

 











Mencioné a Sasha Montenegro en una vieja columna titulada “Aquel cine raspa” (10-mayo-2006). Estos son unos párrafos del ya remoto comentario: “Su gestión en esa cartera [me refiero a la gestión de Margarita López Portillo al frente de Radio, Televisión y Cinematografía, quien acababa de morir], ‘es calificada por especialistas en medios de comunicación como una de las más desastrosas de la historia’. Eso es lo que declaran los expertos, pero me atrevo a señalar que sin el cine promovido durante el margarato a muchos nos hubieran privado de una corriente cinematográfica que puede ser calificada precisamente como corriente, una corriente corriente.

Se sabe que fue doña Margarita quien, con el fin de abarrotar las salas del país, promovió rodajes que de inmediato alcanzaron babeante éxito. Gracias a ella tuvimos la oportunidad de ver estrenos que de artísticos no tenían nada, ni cinco segundos de cinta, pero que al menos posibilitaron el desenvolvimiento histriónico de Sasha Montenegro (luego señora de López Portillo), Angélica Chaín, Rebeca Silva y Lyn May, actrices que hicieron las delicias del público masculino y que entraban en combate de albures y pudorosos desnudos con galanes como Lalo el Mimo, Alberto Rojas, Alfonso Zayas, Luis de Alba, Rafael Inclán y Pedro Weber Chatanooga, cómico que alcanzó las máximas alturas en materia de bajeza verbal”.

Pasados los años, en 2017 publiqué un libro titulado Este desfile atónito. Antología de hermosos monstruos, hoy inhallable más allá del que guardo en mi biblioteca y más más allá del que quizá conserva Mempo Giardinelli, a quien le obsequié un ejemplar del que luego escribió un elogio de esos que valen más. En aquel librito dediqué algunas palabras a veinte de las divas que estimularon las solitarias fiebres de mi juventud, y entre ellas está la estampa enderezada como loor a Sasha Montenegro. La comparto íntegra ahora que acaba de partir:

“A finales de los setenta y principios de los ochenta los mexicanos padecimos la tortura de un cine inmundo, el de neocabareteras que prohijó Margarita López Portillo, hermana del entonces presidente, el célebre José que al final de su sexenio defendió el peso como un perro. A diferencia de su predecesor, el cine de ficheras añadía desnudos estúpidos y fraseología abyecta, todo metido en argumentos estrechamente ceñidos a la lógica del burro sin mecate. En medio de toda esa basura, entre cómicos de baja monta y vedettes que daban no poca lástima, un rostro enigmático entró por las pupilas de innumerables hombres que secreta y no tan secretamente lo veneraban: era el rostro de Sasha Montenegro; su nombre real es Aleksandra Aæimoviæ Popoviæ, y nació en Bari, Italia, hacia 1950. Hija de padres yugoslavos, pasó un rato en la Argentina antes de llegar a México, donde su perturbadora belleza fue obvio gancho para incorporarla al cine de aquellos años. Le tocó una mala época. O no mala: pésima. Las producciones eran infames, y aunque no tenía el mejor cuerpo, por exigencias de la taquilla fue necesario que despachara encueramientos absurdos. Luego ocurrió el encuentro con Jolopo, que la hizo todavía más famosa y la metió en otra inmundicia: el chismorreo. Pese a todo, sin duda pese a todo, la belleza de su rostro sólo admitía un adjetivo: espectacular”.

miércoles, febrero 14, 2024

Carretera a Santa Fe

 





Aunque la ciudad, me refiero a Torreón, ha crecido de manera escalofriante, creo no perderme todavía en sus rincones. Cierto que sus recovecos son ya tantos que sólo pueden conocerlos con detalle los taxistas, los repartidores de mensajería y de comida a domicilio, pero en líneas muy generales mi orientación en la gran mancha urbana es aceptable. Uno de los rumbos relativamente nuevos que por razones de trabajo transito más o menos seguido es la carretera denominada “a Santa Fe”, un tramo que empieza, calculo, en el periférico (justo al lado de Gayosso) y termina en la carretera Torreón-Matamoros a la altura del ejido San Miguel. Es un trayecto considerable que rodea un montón de colonias del centro-oriente de Torreón.

Lo paso porque allí corto para ir a Matamoros, y en los años recientes he visto su gradual aumento de tráfico. Sé que llegará el momento en el que será insuficiente y tendrán que añadirle semáforos, rotondas y pasos elevados, pues el crecimiento de la ciudad va provocando proyectos de obra civil como el que vemos hoy frente a Galerías. No es, sin embargo, la carretera a Santa Fe el tema de este apunte, sino lo que se pude ver al lado de ella.

Como es característica general del crecimiento hacia el oriente de Torreón, son más pudientes las nuevas colonias del norte (Las Villas, por ejemplo) que las del sur (Sol de Oriente, por ejemplo), y esto se nota también en el aspecto de sus accesos. En el caso de la carretera a Santa Fe, hay un pedazo enorme del trayecto caracterizado por fungir como depósito de todo tipo de basura, desde escombro hasta muebles viejos, desde residuos de poda hasta neumáticos. El espectáculo allí es lamentable, más que deprimente si uno tiene ojos para ver.

Es difícil, cierto, alcanzar a una comunidad poco instruida para cuidar el espacio público, es decir, no hay Estado que pueda contra una población que no coopera y tira todo en la calle, pero no es menos cierto que la autoridad debe proponer planes de choque para mitigar el caos, como el que ayer vi de parte de la admirable Marea Roja: sin exagerar, sus héroes anónimos recogían toneladas de basura en la carretera a Santa Fe. Es hora de ayudarlos. ¿Cómo? Al menos no tirando escoria por doquier.

sábado, febrero 10, 2024

Neologismos semánticos








Como en cualquier lengua viva, en el español entran y salen palabras todo el tiempo. No es este ingreso y egreso un rasgo que se note de un día para otro, sino un proceso que transcurre con cierta lentitud. Antes, sin los medios de comunicación que tenemos hoy, el fenómeno de entrada y salida demandaba décadas, y hoy podemos apreciar que en lapsos increíblemente cortos una palabra comienza a ser socializada al grado de que en pocos años, y a veces en pocos meses, termina siendo aceptada por la mayoría de los hablantes y escribientes.

Los neologismos más visibles son aquellos que aparecen como palabras totalmente nuevas. Las más evidentes se relacionan con los inventos, pues es obvio que si algo no existe y luego es creado, requiere una palabra nueva. Un ejemplo más o menos viejo sería el de “bolígrafo” (boli, bola, y graphein, escribir, “bola que escribe”), neologismo ya no tan neo que, si bien usamos algo en México, no pudo desplazar a “pluma” aunque la escritura ya no se ejerza con una pluma de ave. En Argentina pasó también que la palabra “esferográfica” de su primera publicidad no corrió con suerte, pero sí la creada por sus inventores, Ladislao Biro y Juan Jorge Meyne, de donde salió “birome”, que hoy equivale a “pluma” o “bolígrafo” en aquel país.

Además de los neologismos que podemos llamar “plenos”, hay otros a los que se les denomina “semánticos”, y son aquellas palabras a las que sólo se añade un significado diferente al ya establecido. Muchos de estos neologismos se relacionan con las nuevas tecnologías tanto para designar herramientas y acciones como por la popularidad que ganan gracias al frecuente uso en las redes. Comparto quince ejemplos.

Aplicación. Gradualmente va quedando restringido al programa de teléfono celular. “Bajé la aplicación de mi banco”.

Biblioteca. Antes de internet, una biblioteca era exclusivamente un lugar en el que se resguardaban libros. Ahora este significado convive con otro: un sitio donde se guardan canciones, fotos y a veces también libros digitales. “Tengo diez listas de canciones en mi biblioteca de Amazon”.

Bizarro. No sé cuándo, pero la RAE añadió una tercera acepción que es hoy, casi casi, la única que conocen los muchachos. Este desplazamiento semántico es una pérdida para el español, que desde antiguo la usó para significar “valiente, generoso, lúcido, espléndido” y ahora, por influjo del inglés, es lo raro o feo cargado hacia lo grotesco. "El decorado de su casa me parece muy bizarro".

Contenido. Es leve todavía, pero esta palabra cada vez adquiere más presencia como sinónimo de asunto vertido al continente de un producto destinado para alguna red social. “Luisito Comunica produce contenido cada semana”.

Épico. Ya escribí algo una vez sobre esta palabra que hoy se usa disparatadamente. “Acabo de tener un desayuno épico”.

Estilista. Desde hace varios años dejó de ser “maestro del estilo literario” para equivaler, aunque ya de salida, a “peluquero”.

Historia. En español esta palabra ha servido para referirnos al estudio del pasado y a cualquier relato más o menos amplio (“La película cuenta una historia muy divertida”). Hoy va ganando terreno para designar una pequeña producción audiovisual. “Subiré una nueva historia a Tik Tok”; tal “historia” pude durar diez segundos y no contar nada.

Icónico. Equivale ya a lo que a veces designábamos con las palabras “representativo” y luego también “emblemático” o simplemente “popular”. Como en el caso de “épico”, fue jalado de las greñas del inglés al español sin hacer ningún gesto. “Rigo Tovar es un personaje icónico”.

Narrativa. Poco a poco su significado mayoritario se ha relacionado con cualquier discurso emanado de los espacios políticos, y ya no del cuento y la novela como géneros literarios. “La economía va bien según la narrativa del actual gobierno”. Creo de paso que la palabra ha adquirido en este contexto un tinte peyorativo, es decir, narrativa como sinónimo de explicación mentirosa. “La narrativa de las autoridades sobre el caso Ayotzinapa no ha sido convincente”.

Navegador. Aunque puede ser sinónimo de “navegante”, “navegador” ha quedado restringida a la herramienta digital para moverse en internet. “Yo uso Crome como navegador”.

Recuperar. Ninguna acepción de la RAE se relaciona con el empleo que hoy se le da en el mundo académico para señalar la fecha en la que se consultó una página web. “Recuperado el 23 de abril de 2023”, dicen como si antes lo hubieran perdido y no sólo consultado.

Relato. Usado casi igual que “narrativa”, es decir, como sinónimo de discurso o explicación emanados de alguna autoridad. “El relato del alcalde es muy poco creíble”.

Replicar. Hoy no es tanto “responder oponiéndose a lo que se dice o manda”, sino copiar alguna acción o emprendimiento generalmente público. “Replicamos en La Laguna el programa oaxaqueño de trabajo comunitario”.

Tóxico. Pasó del entorno de la química al de las relaciones humanas, y ahora se usa más en este contexto. Es mayoritario su uso como sustantivo femenino, ya no como adjetivo y casi siempre en tono zumbón. “No voy con mis amigos por culpa de la tóxica”.

Virus. Igual, pasó del diccionario científico al digital. “Un virus me jodió la laptop”. Del sustantivo pasó a generar el chistoso verbo “envirular”. 

miércoles, febrero 07, 2024

Gina en 1983








 

El mecanismo es bien conocido entre los narradores, quienes después lo convierten en recurso de escritura: a propósito de una palabra, de un olor, de un sabor, de una canción, de cualquier detalle nimio del presente, la memoria pega un brinco al pasado y despliega sobre la mesa de la consciencia una amplia estela de recuerdos que a veces, incluso, creíamos olvidados. Algo, pues, detona el salto hacia atrás, lo que sea, como, por ejemplo, una noticia.

Eso me pasó apenas ayer, cuando leí que había muerto la bailarina brasileña Gina Montes. Quienes ya peinamos canas (es un decir, porque en muchos casos ya ni canas por peinar quedan en la testa) la recordamos en el programa La carabina de Ambrosio, de Televisa, esto cuando Televisa era Televisa, el monstruo omnipotente de la comunicación mexicana del que era inevitable consumir contenidos. Más para mal que para bien, por ello, nuestra educación sentimental pasaba por el tamiz de sus producciones, la mayor parte de ellas cuestionada por su banalidad y, en el caso de sus noticieros, por el abordaje tendencioso de la información.

Mi recuerdo se remonta a 1983. Tenía un año como estudiante de Comunicación y no faltaba que en las clases se hablara sobre el papel de Televisa. Había voces críticas, claro, sobre todo de los maestros, y algunos alumnos comenzábamos a aprender que los medios jugaban un rol nada inocente en el modelado de la sociedad. Pese a esto, o por esto, ocho compañeros de la carrera organizamos un viaje dizque de estudios para ir al Distrito Federal con el fin de conocer Televisa y la casi recién fundada Imevisión, que después sería TV Azteca.

En la capital del país entramos a Televisa San Ángel y allí, entre otros programas, vimos la grabación de La carabina de Ambrosio cuando lo conducía César Costa, quien nos trató muy bien. Vimos además a Beto el Boticario, a Chabelo y a Alejandro Suárez, todos en el momento de grabar sus sketches. Esto significó que viéramos también a Gina Montes, pero no cuando bailaba en torno a César Costa, sino cuando ya salíamos del estudio, en un pasillo. Apenas nos cruzamos con ella, quien en vivo era un mujerón que aleló todas nuestras hormonas.

Ahora que murió me cayeron en tropel los recuerdos de eso que parece la prehistoria de la televisión mexicana. Así es la memoria.


sábado, febrero 03, 2024

Malicias de Hágalo usted misma















La conocí en una ceremonia de premiación. Yo había sido jurado y ella ganadora de un concurso de poesía organizado en la ciudad de Durango. Supe al conversar que se trataba de una mujer invadida de literatura. No hacía mucho había estudiado Letras en Zacatecas, era muy joven y por los versos de su libro ganador supuse que era una de las voces literarias más prometedoras del estado en el que nací. Me equivoqué, como sucede con frecuencia: Atenea Cruz (Durango, 1984) no era una de las voces más prometedoras del estado de Durango, sino del país.

Recién leí Hágalo usted misma (An-alfa-beta, Benito Juárez, NL, 2023, 117 pp.), su más reciente libro de cuentos, y no me tiembla el teclado al afirmar que se trata de un gran puñado de relatos. Para empezar, porque su autora tiene consciencia clara sobre las exigencias del recipiente, es decir, sabe qué es un cuento y cómo desplegarlo sin que se le desconfigure, sin que deje de ser un dispositivo gobernado por la razón más que por la pura intuición. Sabe que se trata de un microcosmos cerrado, con pocos personajes, con una visible tensión de fuerzas contrarias que en poco papel deben llegar a un final satisfactorio. Pero más allá de las recetas, Atenea Cruz tiene a su favor tres malicias más de las que no se aprenden, sino que se traen o no se traen: una capacidad de observación muy fina, un filoso sentido del humor y un manejo del ritmo narrativo que en todo momento mantiene la inquietud in crescendo. Son demasiadas pericias juntas, pero es esto justamente lo que diferencia al cuentista maduro del cuentista que cree que sus cuentos son cuentos sólo por el modesto rasgo de la brevedad aunque su narración incurra en la vieja técnica del burro sin mecate.

Se nota la malicia de Atenea desde el comienzo de cada pieza. Muchas de sus historias (no todas, para no mecanizar este gesto) comienzan con una frase-anzuelo fácil de morder y del cual es muy difícil zafarse. Dudo que un lector no se sienta retenido si al iniciar un cuento ve esto: “Me dio por entrar a Tinder todas las tardes”; “Los problemas comenzaron cuando dejamos de coger”; “Para entonces la onirectomia era casi un procedimiento estético”; “He decidido morir de hambre”; “El ritual es poner un disco en cuanto llegas a casa”; “Algunas mujeres anhelan ser madres; ella, no”; “Nunca se puede explicar bien a bien cómo termina una atorada en estas chingaderas”. Estos son los arranques de varios de los cuentos de Hágalo usted misma, y ya desde allí se nota la preocupación de la autora por situarnos en conflictos de los cuales no nos dejará escapar.

El volumen contiene diez historias organizadas en tres estancias. No sé si este artificio divisorio venga mucho al caso, pero es lo de menos. Los cuentos son en su mayoría atrayentes y eficaces. Les echo un vistazo rápido y lineal. “Porcicultura para principiantes” es un cuento muy gracioso. Una chica en situación precaria, recién despedida del trabajo, narra sus problemas económicos. Ya no quiere trabajar y, mientras vive con una roomie sin apoquinar para la renta, usa Tinder y cena gratis. Le recomiendan relacionarse con un tal Juan, sujeto mediocre pero con un poco más de recursos. Es gordo y extremadamente sucio, y tiene de mascota a Pablito, un pequeño cerdo casi autobiográfico del dueño. Ella se va a vivir con Juan, él engorda más todavía y el texto avanza hacia una situación grotesca, un poco como pesadilla en la que no se pierde del todo el marco de realidad.

“Otro jardín secreto” narra en tercera persona la vida de Alma, gorda mórbida. Su familia hace el esfuerzo para que baje de peso, pero ella vive en la necesidad imparable de comer. Al fin, como de milagro, cambia de trabajo, se convierte en maestra, baja de peso y conoce a Jorge. La relación se da bien, y de lo real pasamos gradualmente a una situación fantástica que es complicado no etiquetar de surrealista: a Alma comienzan a brotarle flores del cuerpo, rasgos vegetales. La ciencia la estudia cuando ella decide ir al médico. El cierre tiene, creo, algo de simbólico.

El cuento “Visitas” trata sobre la desdicha mutua de un matrimonio entre un sujeto impotente, Jonás, y Mirna, quien desea tener al menos una cuota mínima de sexo para mitigar su necesidad. El relato está dividido en dos segmentos: la mirada de ella y la mirada de él. Cada cual evalúa la situación desde su ángulo. Ella lo valora porque es bueno como esposo aunque esté anulado para los trajines amatorios dado el minúsculo tamaño de su palanca y la imposibilidad de enhestarla. Él la valora porque ha comprendido su tragedia, pero no deja de flotar en el ambiente la posibilidad de que ella lo engañe dada su urgencia de satisfacción cabal. El matrimonio sobrevive a los tropezones gracias a la oralidad, dicho esto en los dos sentidos implicados en esta palabra: porque Jonás tira mucho rollo romanticoide y porque cada vez que puede se aplica al baboso (sin metáfora) cunnilingus. Ella es la que se siente zozobrar (“estaba perdiendo mis años de plenitud sexual”) ante la falta de un miembro competente. En el cruce de los dos relatos se resuelve la historia no sin ambigüedad: acontece un hecho real que puede ser fantástico o un hecho fantástico que puede ser real. Es un cuento espléndido.

“El intercambio” es un cuento en clave de diario adolescente. Una chica escribe sus actividades cotidianas y nos enteramos por ella misma que odia a su padre, un tipo golpeador. El resultado, en el cierre, ofrece una mutación que bordea lo sobrenatural.

Cuento sobre el insomnio y las pesadillas, “Las yeguas nocturnas” es excelente. Marta trabaja en una maquila y padece pesadillas que no la dejan descansar. Se deja operar por un charlatán y las pesadillas ahora transitan hacia su realidad, se emboscan en la vigilia de su vida cotidiana. Es un relato dramático, desgarrador, nada humorístico. El ojo de la autora es muy bueno para describir la realidad, como pasa cuando Marta llega al “quirófano” donde la operarán. Es notable si recorrido textual por ese espacio falaz. Junto con “Visitas”, el mejor cuento del libro hasta aquí.

“La última plaga” es una especie de juguetona distopía con, en medio, alienígenas recicladores de basura. Cuando se van, la humanidad no tarda en acabarse todo y sobreviene un desastre.

Por un defecto de fábrica tiendo a disfrutar más del realismo. Siento que este flanco de la narrativa, frente al fantástico, tiene menos puertas de salida, lo que fuerza al narrador a trabajar y ser ingenioso sin escapar del plano de la lógica. Pero es un defecto mío, y no voy a generalizarlo. En “Cena para una”, cuento narrado en segunda persona, ella llega a casa, pone un CD, sabe que el ritual es obsoleto frente a lo que hay ahora (Spotify o Amazon), pero tiene una buena colección de discos. Mientras prepara lasaña mediante las instrucciones de un tutorial que pespuntea en el relato, su madre le llama para avisar que mataron a su exsuegro (el posesivo “su” crea anfibologías: al exsuegro de la protagonista). Esto la remonta al pasado de su relación frustrada y a la obligación de ser solidaria con su ex, llamarle para descargar el pésame, iniciativa de la que obtiene una respuesta inesperada.

En “Después del fuego” asistimos a una posibilidad: la de la mujer que no se ata al imperativo de la maternidad. En “Hágalo usted misma” nos topamos con lo contrario: una madre custodia hasta la imprudencia y el heroísmo la salud mental de su hija frente a la nocividad de los machos abusones.

Por último, “Pequeña tragedia griega” es un relato ibargüengoiteano: derrama gracia al contar la historia de una poeta indefensa en un encuentro de colegas, que es acaso un tipo de reunión que no se le desea ni a nuestro peor enemigo. Este cuento me sirve para pensar que la mirada de la autora es tan atenta y punzante que casi no requiere de la fantasía para lograr relatos eficaces: al captar el comportamiento humano como lo hace, con la realidad hecha literatura logra resultados espléndidos.

Es normal en todo libro de esta índole que algunas piezas destaquen más que otras. De la decena, mis favoritos son “Visitas”, “Las yeguas nocturnas”, “Hágalo usted misma” y “Pequeña tragedia griega”. Lo cierto es —vuelvo al principio de este apunte— que en Atenea Cruz tenemos hoy a una cuentista que le hace honor al oficio. Su denso humor (muchas veces negrísimo), su cortante malicia y su imaginación sin orillas han hecho de las suyas otra vez.