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sábado, noviembre 15, 2025

Momentos de Martín Luis Guzmán


 











Se acerca el aniversario 115 de la Revolución Mexicana y siempre es tema de interés más allá de lo que quede vivo o muerto del movimiento encabezado por Madero. Uno de los personajes más atractivos de aquella coyuntura es Martín Luis Guzmán (Chihuahua, 1887-Ciudad de México, 1976), escritor que nos dejó una obra vasta y ahora por suerte reunida en dos obesos tomos del FCE. No sé si exagero al afirmar que es el mejor escritor adscrito en la saga conocida como “novela de la revolución mexicana”, pero sin duda es uno de sus imprescindibles.

Quien tenga interés por leerlo puede acercarse a la edición ya clásica de La sombra del caudillo, la intonsa (con las hojas de sus tres lados exteriores no cortadas) de Porrúa, o de plano buscar los susodichos tomotes del Fondo. También, como introducción biográfica, recomiendo conseguir el libro Martín Luis Guzmán (Nostra Ediciones, México, 2009, 87 pp.), de Julio Patán (Ciudad de México, 1968). Se trata de un recorrido veloz, de una mirada panorámica al escritor chihuahuense, pues en seis capítulos dibuja aquella vida a la que no le faltó acción ni pensamiento expresado en una escritura siempre filosa, severa y pulcra en lo estilístico.

Desde la introducción, Patán establece que hay dos grandes momentos en la vida de su biografiado: uno, que va de 1915 a 1940, en el que MLG escribe y publica frenéticamente, entre otros, sus libros esenciales: El águila y la serpiente, La sombra del caudillo y Memorias de Pancho Villa. En este mismo periodo, el chihuahuense participa sin parar de la agitación política desatada tras la caída del Porfiriato, actividad en la que se acerca a los principales líderes, sobre todo a Villa, y también lapso caracterizado por largas radicaciones en Estados Unidos y en España, en ambos casos para ponerse a salvo, como exiliado trashumante.

El otro periodo significativo va de 1940 hasta 1976, cuando se acoge, por decirlo amablemente, al régimen postrevolucionario y goza de espacios laborales y reconocimientos importantes, lo que fue tomado como renuncia a sus juveniles banderas democráticas. Patán lo apunta así (se refiere al regreso de MLG tras el cercano triunfo del franquismo y su estacionamiento en el sistema político mexicano): “Las cosas, sin embargo, cambian dramáticamente con Guzmán desde que sale de la España en guerra para volver a México. Poco a poco, a partir de los años cuarenta, aquel disidente crónico se acerca al establishment posrevolucionario hasta acumular una cantidad difícilmente equiparable de reconocimientos y prebendas a cargo del Estado priísta: presidente de la Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos, senador de la República, embajador ante Naciones Unidas, Premio de Literatura Manuel Ávila Camacho. El final de este camino, famoso, imborrable, fue su apoyo al presidente Gustavo Díaz Ordaz ante los hechos del 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas”.

Hijo de militar porfirista, MLG nació en Chihuahua por el oficio de su padre, asignado a tal estado del país. A los diez años cambió su radicación a la capital, donde ingresó a la Escuela Nacional Preparatoria; allí se topó con Caso, Vasconcelos, Reyes y otros jóvenes de su edad influidos por el magisterio del dominicano Pedro Henríquez Ureña. En ese espaco se formaría el Ateneo de la Juventud, grupo que cuestionó el Positivismo oficial como única vía para acceder al conocimiento. Dictaron conferencias, hicieron sus primeras publicaciones, y en el camino los agarró la Revolución y después el asesinato de Madero.

Tanto Guzmán como Vasconcelos fueron quizá los ateneístas más contagiados de fervor político (los más acelerados, diríamos hoy) por lo que se vincularon con las bataholas que los mantuvieron a salto de mata. Lo asombroso es que Guzmán (y de hecho todos los miembros del Ateneo) logró crear una obra literaria vigorosa en medio del oleaje encrespado de la política nacional y los transterramientos. Para el chihuahuense, la década de los veinte fue, como ya se vio, la más productiva, tanto que, como lo consigna Patán, en la segunda etapa de su vida no volvió a producir una obra similar en calidad y cantidad.

Un pasaje muy interesante de la biografía guzmaneana es el que describe el papel de mediador que tuvo poco antes de la Decena Trágica. A petición de Madero, MGL habló con Reyes para que a su vez convenciera a su padre de abandonar la pelea contra el gobierno: “Madero le pide a Guzmán que a su vez le pida a Alfonso que se comunique con su padre y le transmita una oferta ciertamente atractiva: libertad a cambio de su compromiso de retirarse a la vida privada. Alfonso se niega: el padre simplemente se rehúsa a escucharlo a él, tan titubeante cuando de la sucia política se trata”. Más allá de estas tratativas, sabemos lo que pasó después, el baño de sangre en el que se convirtió la asonada antimaderista.

El gobierno usurpador de Huerta provoca la estampida de sus enemigos, lo que lleva a MLG a una primera salida forzada del país. Anota Patán: “Cercados por la policía secreta, deciden hacer un nuevo intento de fuga. Éste es el bueno. Llegan a Veracruz, saltan a La Habana, alcanzan Nueva Orleans y luego El Paso, donde los espera José Vasconcelos. Ya en la franja fronteriza, Guzmán no tiene mayores problemas para llegar a Ciudad Juárez, donde se encuentra con la figura más importante de sus días revolucionarios y una de las más importantes de su vida. En Ciudad Juárez está Francisco Villa”.

El ajetreo del escritor corre como sombra al lado de las coyunturas políticas. En otras palabras, a cada cimbronazo de la realidad mexicana corresponde un movimiento de MLG, sea para regresar o para irse, para acercarse a un caudillo o para romper con él. A alimón crece su obra, sobre todo en los periodos de su residencia en Madrid, donde se reencuentra con su amigo Alfonso Reyes y, entre otras actividades, quizá fundan la crítica cinematográfica para los diarios en español con la columna “Frente a la pantalla” firmada por un seudónimo común: Fósforo. Es de hecho, también, con el libro La querella de México, una especie de pionero en los estudios sobre el Ser mexicano que muchos años después provocaría libros importantes de Samuel Ramos (1934) y Octavio Paz (1950), entre muchos otros autores.

Tras el segundo exilio en España y el estallido de la Guerra Civil, Guzmán regresa a México y acá se encuentra con el gobierno de Cárdenas. Patán dibuja así la escena del regreso: “La última es la vencida. El aterrizaje de Guzmán en el México de Cárdenas es el definitivo. Al coronel, al diputado, al periodista, al ensayista, al conspirador, al novelista, al vendedor de aspirinas, al cónsul, al empresario periodístico, al asesor político lo esperan días de paz y abundancia, con Cárdenas y mucho después. La Revolución, para citar al propio Guzmán, termina de hacerse gobierno con la llegada del general de Jiquilpan al poder, y al escritor exiliado termina por hacerle justicia”. Los beneficios le llegan entonces sin obstáculos, es un escritor apapachado por el sistema y termina su vida en el ocaso del echeverriato.

Más que asomarnos a la segunda etapa de MLG, conviene, en resumen, que nos acerquemos a la primera, la de su obra más saliente. No es hiperbólico afirmar que fue y es el mejor prosista que tuvo nuestra narrativa revolucionaria.

sábado, noviembre 01, 2025

Mirada civilizatoria de Reyes

 














Creo recordar que hace muchos años, cuando recién tuve noticia sobre la Cartilla moral de Alfonso Reyes (Monterrey, 1889-Ciudad de México, 1959), timbró un prejuicio en el interior de mi cabeza. Lo motivó el adjetivo “moral”, palabra que ha corrido con mala suerte. Sacada del ámbito filosófico y usada por las buenas conciencias, pasó a tener un sentido restrictivo, dogmático, intolerante. O, en el más ñoño de los casos, pasó a significar lo que instruía el manual de Manuel Carreño: un conjunto de reglas que debemos seguir para ser percibidos como personas “educadas”, dúctiles a toda “etiqueta”.

Desde 1987 comenzó mi admiración casi filial por Reyes, pero esto no fue suficiente para desactivar el prejuicio ante la famosa palabrita: allí donde aparece el adjetivo “moral” es muy probable que se escondan consejos regañones para asegurar la permanencia de valores burgueses, excluyentes, bobos y por ello peligrosos. Obviamente no era así en el caso de Reyes, como pude comprobarlo al navegar por las páginas del famoso libro. Tras leerlo, sé, por lo mismo que conozco o creo conocer a su autor, que su eje es el humanismo, es decir, la más alta mirada que se puede plantear al ser humano para vincularse con sus congéneres en el complejo y por ello conflictivo enjambre social. Nada más alejado del ánimo alfonsino que establecer, con intención despótica, camisas de fuerza para la moral; al contrario, la de Reyes es una preceptiva cívica para, sin perder nuestra libertad de juicio y de acción, pensar en las limitaciones que ésta tiene con el objeto de construir colectivamente la mejor sociedad posible, cualquiera que ésta sea. Su autor era, en síntesis, demasiado inteligente para asimilarse al simplón Carreño.

Debo tener al menos tres versiones impresas y una digital de la Cartilla. La he leído al menos tres veces y pienso que en esencia sigue siendo útil y que además no es necesario tanto esfuerzo para añadir en ella las adaptaciones pertinentes a los tiempos que corren, evidentemente espesos de novedades. La mejor versión que conozco es la publicada por El Colegio Nacional en su colección Opúsculos (México, 2019, 164 pp.), dado que contiene un amplio y muy documentado estudio introductorio del maestro Javier Garciadiego.

En los prolegómenos, el académico recorre pormenorizadamente la trayectoria de la Cartilla, desde que fue encomendada a Reyes por Jaime Torres Bodet, secretario de Educación Pública, hasta su recurrente multiplicación en miles de ejemplares distribuidos en varios tirajes. En medio, una historia plena de lagunas, estiras, aflojas, malentendidos, zancadillas, piquetes de ojos, manitas de puerco y demás incidencias que el autor ya no pudo ver. El gran estudio liminar, titulado “La Cartilla moral: vicisitudes y posibilidades editoriales”, además del apéndice documental, agrandan esta edición del Colnal, pues el texto en sí de Reyes es brevísimo, de no más de treinta páginas.

Luego de atravesar las razones concretas por las que nació la Cartilla y los malentendidos o lagunas que se dieron entre Torres Bodet, el intermediario José Luis Martínez y Reyes, “Quince años después de escrita, y a pesar del amplio tiraje de la edición de 1959 [del Instituto Nacional Indigenista], al morir Reyes su Cartilla moral no había tenido impacto alguno. En los círculos literarios era un libro inexistente”, apunta Garciadiego.

Otras ediciones ocasionaron polémica. Periodicazos fueron y vinieron sobre las lecciones de Reyes. Uno de los defensores fue el dramaturgo Luis G. Basurto, quien adujo que los argumentos de la Cartilla “parecían indiscutibles: más que morales, las lecciones le parecían ‘cívicas’, escritas con ‘claridad de estilo’ y ‘pureza de lenguaje’, con ‘profundidad’, pero con ‘sencillez clásica’. La admiración de Basurto por la Cartilla hizo que propusiera que fuera un ‘texto obligatorio en todas las escuelas desde la primaria hasta la universidad’; más aún, aseguró que también debía ser ‘obligatorio […] para todos quienes ocupen puestos públicos o privados de importancia’”.

El zipizape periodístico nació de una decisión del sindicato magisterial: “una comisión de diez profesores del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE) había rechazado la entrega del libro de Reyes, alegando que era ‘moralista, anacrónico y fuera de contexto’”. Leo hoy la Cartilla y pienso que al SNTE de ayer y de hoy, y a todos los mexicanos, quizá nos sería de utilidad, para ejercer una mejor ciudadanía, ese texto “moralista, anacrónico y fuera de contexto”. Pero bueno, no podemos pedir peras al huizache, pues lo cierto es que, como dice Garciadiego, “la Cartilla moral no era un texto reducible al ámbito educativo; también podía servir para mejorar la convivencia entre los mexicanos y para aumentar el respeto a las leyes y las instituciones; esto es, el de Alfonso Reyes era visto como un texto cívico y civilizatorio, al que ahora se le quería usar como un elemento pacificador”.

El anacronismo de Reyes queda claro en esta pincelada de Garciadiego: “La Cartilla moral pertenece al género de la literatura sapiencial y de consejos, que se remonta a la época grecolatina, con autores como Plutarco, Epicteto y Marco Aurelio. Comprensiblemente, los pensadores humanistas de los siglos XV a XVII recuperaron aquella tradición. Pienso ahora en autores como Montaigne, Erasmo y Tomás Moro”.

Más adelante, subraya: “Defino la Cartilla moral como un texto didáctico, dividido en doce breves lecciones, que incluye otras dos de síntesis. (…) son más sus referencias a los antiguos griegos y, sin proponer una moral rígida, está más cerca de los estoicos que de los epicúreos. (…) Es el libro de un humanista, aunque celebra los avances científicos y tecnológicos. Siendo Reyes su autor, no podía ser de otro modo: es un libro con perspectiva histórica y contemporánea, nacional y universal”.

No quiero alejarme de este apunte sin compartir varias sentencias moralistas, anacrónicas y sacadas de contexto incluidas en la Cartilla. En ellas podremos apreciar la obsolescencia de Reyes en estos tiempos de paz, equidad, respeto, justicia material, tolerancia y armonía del ser humano en sociedad:

“El bien es un ideal de justicia y de virtud que puede imponernos el sacrificio de nuestros anhelos, y aun de nuestra felicidad o de nuestra vida. Pues es algo como una felicidad más amplia y que abarcase a toda la especie humana, ante la cual valen menos las felicidades personales de cada uno de nosotros”.

“Luego se ve que la obra de la moral consiste en llevarnos desde lo animal hasta lo puramente humano. Pero hay que entenderlo bien. No se trata de negar lo que hay de material y de natural en nosotros, para sacrificarlo de modo completo en aras de lo que tenemos de espíritu y de inteligencia”.

“Si el hombre no cumple debidamente sus necesidades materiales, se encuentra en estado de ineptitud para las tareas del espíritu y para realizar los mandamientos del bien”.

“Ni hay que dejar que nos domine la parte animal en nosotros, ni tampoco debemos destrozar esta base material del ser humano, porque todo el edificio se vendría abajo”.

“De modo que estos dos gemelos que llevamos con nosotros, cuerpo y alma, deben aprender a entenderse bien. Y mejor que mejor si se realiza el adagio clásico: ‘Alma sana en cuerpo sano’”.

“el progreso humano no siempre se logra, o sólo se consigue de modo aproximado. Pero ese progreso humano es el ideal a que todos debemos aspirar, como individuos y como pueblos”.

“Las muchas maravillas mecánicas y químicas que aplica la guerra, por ejemplo, en vez de mejorar a la especie, la destruyen”.

“el fin de los fines es el bien, el blanco definitivo a que todas nuestras acciones apuntan”.

“Esta vigilancia interior de la conciencia aun nos obliga, estando a solas y sin testigos, a someternos a esa Constitución no escrita y de valor universal que llamamos la moral”.

“El descanso, el esparcimiento y el juego, el buen humor, el sentimiento de lo cómico y aun la ironía, que nos enseña a burlarnos un poco de nosotros mismos, son recursos que aseguran la buena economía del alma, el buen funcionamiento de nuestro espíritu. La capacidad de alegría es una fuente del bien moral”.

“Lo único que debemos vedarnos es el desperdicio, la bajeza y la suciedad”.

“No hay persona sin sociedad. No hay sociedad sin personas. Esta compañía entre los seres de la especie es para el hombre un hecho natural o espontáneo”.

“De modo que el respeto del hijo al padre no cumple su fin educador cuando no se completa con el respeto del padre al hijo”.

“Hay también personas a quienes sólo encuentro de paso, en la calle, una vez en la vida. También les debo el respeto social”.

“Pues bien: en torno al círculo del respeto familiar, se extiende el círculo del respeto a mi sociedad. Y lo que se dice de mi sociedad, puede decirse del círculo más vasto de la sociedad humana en general. Mi respeto a la sociedad, y el de cada uno de sus miembros para los demás, es lo que hace posible la convivencia de los seres humanos”.

“El primer grado o categoría del respeto social nos obliga a la urbanidad y a la cortesía. Nos aconseja el buen trato, las maneras agradables; el sujetar dentro de nosotros los impulsos hacia la grosería; el no usar del tono violento y amenazador sino en último extremo; el recordar que hay igual o mayor bravura en dominarse a sí mismo que en asustar o agraviar al prójimo; el desconfiar siempre de nuestros movimientos de cólera, dando tiempo a que se remansen las aguas”.

“Estos respetos conducen de la mano a lo que podemos llamar el respeto a la especie humana: amor a sus adelantos ya conquistados, amor a sus tradiciones y esperanzas de mejoramiento”.

“Pues bien: el respeto a nuestra especie se confunde casi con el respeto al trabajo humano. Las buenas obras del hombre deben ser objeto de respeto para todos los hombres. Romper un vidrio por el gusto de hacerlo, destrozar un jardín, pintarrajear las paredes, quitarle un tornillo a una máquina, todos éstos son actos verdaderamente inmorales. Descubren, en quien los hace, un fondo de animalidad, de inconsciencia que lo hace retrogradar hasta el mono. Descubren en él una falta de imaginación que le impide recordar todo el esfuerzo acumulado detrás de cada obra humana”.

“ciudades en que la autoridad se preocupa de recoger todos esos desperdicios de la vida doméstica que confundimos con la basura: cajas, frascos, tapones, tuercas, recortes de papel, etc. Esto debiera hacerse siempre y en todas partes. No sólo como medida de ahorro en tiempo de guerra, sino por deber moral, por respeto al trabajo humano que representa cada uno de esos modestos artículos. De paso, ganaría con ello la economía. Pues no hay idea de todo lo que desperdiciamos y dejamos abandonado a lo largo de veinticuatro horas, y que puede servir otra vez aunque sea como materia prima. Y el desperdicio es también una inmoralidad”.

“Dante, uno de los mayores poetas de la humanidad, supone que, al romper la rama de un árbol, el tronco le reclama y le grita: ‘¿Por qué me rompes?’ Este símbolo nos ayuda a entender cómo el hombre de conciencia moral plenamente cultivada siente horror por las mutilaciones y los destrozos”.

“El amor a la morada humana es una garantía moral, es una prenda de que la persona ha alcanzado un apreciable nivel del bien: aquél en que se confunden el bien y la belleza, la obediencia al mandamiento moral y el deleite en la contemplación estética. Este punto es el más alto que puede alcanzar, en el mundo, el ser humano”.

“El respeto a la verdad es, al mismo tiempo, la más alta cualidad moral y la más alta cualidad intelectual”.

“La satisfacción de obrar bien es la felicidad más firme y verdadera. Por eso se habla del ‘sueño del justo’”.

“El que tiene la conciencia tranquila duerme bien. Además, vive contento de sí mismo y pide poco de los demás”.

sábado, julio 26, 2025

Del libro veterano

 












Como una costumbre que obedece a mi necesidad de compartir el asombro ante el libro, muchas veces, dentro del aula o a la vera de alguna conversación despejada, describí a trazo veloz la historia del libro tal y como la he ido adquiriendo en diferentes páginas y documentales. Me gusta hablar del libro en tablillas (e incluso en piedras), del libro en rollos de papiro o en pergamino, del libro en papel y ahora en modalidad electrónica. La historia de este objeto es hasta ahora, si me apremian a ser breve, la parte mejor en la marcha de la civilización.

Las historias no difieren en lo sustancial, y si acaso hay desacuerdos, no pasan de ser leves, de un siglo o dos de diferencia, lo cual no significa gran cosa si reparamos en que se trata del examen a un pasado largo, de varios milenios. Lo básico es aprender y recordar que el libro ha tenido tres materias primas hasta la fecha, a las que podemos sumar una cuarta si por materia queremos sumar los flujos digitales del presente: papiro, pergamino y papel.

En Libros y libreros en la antigüedad (FCE, Letras Mexicanas, México, 1981, 48 pp.), Alfonso Reyes, tal vez el hombre que mejor ha usado los libros en nuestro país, hace un sucinto recorrido por los orígenes del libro en tanto objeto de conocimiento y, sobre todo, de intercambio comercial. Es recomendable este ensayo de divulgación porque el regiomontano describe los contornos del libro antiguo no sólo como estamos acostumbrados los acostumbrados a preguntarnos por el libro y su pasado, es decir, con énfasis en los materiales y las temáticas recurrentes. El ensayista se detiene entonces en la maraña de intereses productivos y económicos relacionada con el libro, en sus costos, resguardo y distribución, asunto que hasta la fecha, sin que lo notemos, es quizá la más saliente preocupación de los editores y libreros.

El viaje comienza con el papiro egipcio, lo cual es casi un pleonasmo (o sin casi): “El uso del papiro para la escritura es un temprano descubrimiento egipcio, aprovechado pronto, como tantos otros descubrimientos de aquel pueblo vetusto y admirable, por los griegos y los romanos (…) la Roma imperial consumía enormes cantidades de este precioso material: ocupaba toda la carga de algunos barcos, y se lo conservaba luego en almacenes especiales (…) Por toda la edad clásica, el rollo de papiro fue el vehículo de la cultura griega; cuando Grecia fue avasallada, los romanos adoptaron el producto, desde el siglo II a. C.”.

El manejo y aprovechamiento del material es descrito por Reyes: “raro que se escriba en los dos lados de la banda. Generalmente, la cara externa se deja en blanco. Y, a lo largo de la cara interna, la escritura se divide en columnas paralelas que corresponden a nuestras páginas y que, de hecho, se llamaron página. (…) En un volumen cabían dos cantos de la Ilíada. Las obras extensas se dividían en varios ‘libros’, a uno por rollo”. Cito en largo al polígrafo para destacar otro valor de su ensayo: el estilo claro, didáctico, preciso: “Para la lectura se usaban ambas manos: la izquierda asía el comienzo de la banda, y la iba enrollando al paso de la lectura, ‘página’ a ‘página’; la derecha sostenía el resto del rollo y lo iba entregando a la izquierda”.

El otro material destacado, aunque común en su momento, fue menos importante que el papiro: “el pergamino sólo fue una forma transitoria en el desarrollo del libro, por pesado e incómodo. De aquí que se pasara a la forma del códice, en hojas aparte, de donde proviene el libro moderno”. Al decir “códice”, Reyes se refiere al libro ya no en rollo, sino en cuaderno, cuadrado o rectangular, un invento que nació, como la cuchara o el martillo, perfecto, inmejorable.

Viene entonces un salto importante: el libro como objeto comercial, de intercambio: “Más florece la literatura de un pueblo, más se ensancha el círculo de sus escritores y sus lectores, y menos directo es el contacto entre el creador de la obra y el que la recibe. En vez del auditorio, aparece el lector, y en vez de las copias domésticas, sobrevienen las reproducciones comerciales, el verdadero libro en suma. El librero surge como intermediario. El comercio del libro es tan viejo como el libro mismo”. Así pues, “El que deseaba copias privadas, acudía a calígrafos especiales. Los copistas emprendedores procuraban juntar un fondo de las obras más solicitadas. Algunos, que disponían de capital suficiente, mantenían un cuerpo permanente de copistas auxiliares. Así, aunque dentro de estrechos límites, comenzó el negocio de las publicaciones”.

El trabajo de editor y librero, unido entonces, puede darnos la idea de que tomaba en cuenta al autor como parte de la cadena gananciosa. Al parecer no fue así ni por asomo: “La reproducción y distribución de las obras no significaba ganancia alguna para los autores. Se publicaban ‘por amor al arte’, y acaso por conveniencia política en ciertas circunstancias”, de modo que “En tanto que los editores se enriquecían, los autores de Roma, no menos que sus colegas de Grecia, tenían que conformarse con lo que llamaba Juvenal ‘la hueca fama’. Los autores antiguos nunca esperaron que su trabajo, con ayuda de los editores, les resultase remunerativo”.

Para copiar los libros, a veces dictados en grupo con el fin de multiplicar un mayor número de ejemplares, se apelaba, entre otros, a los “servus literatus”. Esta labor del editor-librero atendía las exigencias del mercado: “Una firma bien organizada [como la de un tal Ático, apoderado de Cicerón] podía en unos cuantos días lanzar al mercado cientos de ejemplares de un nuevo libro. Cicerón se muestra tan indignado que habla de ‘libros llenos de mentiras’, donde ‘mentira’ viene a ser nuestra ‘errata’”. Y “Así pues, para estos días el comercio del libro era ya muy importante y extenso. Pero no podemos presumir que los manufactureros fijaran de antemano, como se hace hoy, la cifra de las ediciones. Sin duda comenzaban por un número limitado de ejemplares, singularmente si el autor era aún poco conocido, para así tantear el comercio”.

Muchísimos más datos de interés contiene Libros y libreros en la antigüedad, como los que espiga sobre el plagio y la fama pública obtenida o no por quienes escribían: “Marcial, Juvenal y Plinio, todos ellos convienen en que ‘el escribir da renombre y nada más’. Tácito ni siquiera eso concede: ‘El versificar no da honor ni dinero —dice—. Aun la fama que tanto anhelan como único premio los poetas, a cambio de sus luchas y afanes, menos les sonríe a ellos que a los oradores públicos’”. O sobre el auspicio, el mecenazgo: “El sarcástico Sila concedió un sueldo a un mal poeta que le consagró un poema bombástico y bajamente laudatorio, pero imponiéndole la condición de que no escribiera más en su vida”.

Voy cerrando. No sé si en las palabras citadas de Alfonso Reyes se siente que han avanzado los siglos y no hay mucha diferencia entre aquel pasado y este presente. Significa entonces que quien abraza la tarea profesional de escribir debe saber que dos milenios no han servido para hacer de la profesión una forma de vida que le garantice nada, ni fama las más de las veces. Más vale pues saberlo desde ya para seguir con abnegación o abandonar a tiempo tal empeño.

miércoles, abril 02, 2025

Trato de borrador

 










Hay escritores que escriben apenas amanece, otros prefieren trabajar de noche y algunos incluso de madrugada; hay escritores que aman los reflectores, otros prefieren vivir ocultos; hay escritores que beben para poder trabajar, otros lo evitan; hay escritores que escriben primero a mano, hay otros que van directo a la computadora. Cada cual sus gustos, cada cual sus métodos y sus manías. En cuanto a lo publicado, hay escritores que releen y corrigen, y hay otros que prefieren olvidarse por completo de volver a las páginas ya puestas en circulación. Hay, en suma, de todo.

Sabemos que José Emilio Pacheco fue de los obsesivos. Cada vez que se presentaba la oportunidad de reeditar alguno de sus libros, metía mano al contenido, pulía y repulía como si los textos fueran un borrador y no un producto definitivo. Más allá de que no simpaticemos con su política, es un hecho que en el fondo le asistía la razón: toda obra literaria publicada supone una renuncia al menos provisional, la del autor que en algún momento del trance creativo dice “hasta aquí” porque no tiene otro remedio, no porque de veras sienta que ha concluido tal o cual obra.

Esta es la razón por la que Alfonso Reyes, se dice, afirmó que publicaba para no pasarse la vida corrigiendo, o en otras artes, da igual, Leonardo al comentar que las obras no se terminan, sólo se abandonan. Si son ciertas esas afirmaciones, no se equivocaron, de ahí que por más terminada que parezca, la obra es susceptible de una eterna mejoría, lo que de paso supone la posibilidad de no mejorarla e incluso estropearla en el camino de los cambios.

En uno de sus incontables artículos, Pacheco dice que Jaime García Terrés opinó sobre una muestra con poemas de varios autores. Allí, al opinar sobre José Emilio Pacheco, el crítico señala: “cuando se poseen capacidades, como es el caso, es necesario no dejarse llevar por la facilidad, convertirse en el amo, y no el esclavo de la materia verbal”. Pacheco concluye: “Interioricé la advertencia y cada vez que se me presenta la oportunidad reviso ‘Árbol entre dos muros’ [su poema] y le doy trato de borrador aunque ya esté en varios libros”.

Dar “trato de borrador”, dijo, y vuelvo al inicio: unos creen que esto no es recomendable, pues multiplica las versiones publicadas. Otros no: quisieran corregir hasta que la vida, y no la obra, llegue a su punto final.

miércoles, febrero 26, 2025

Cocción lenta

 










Hace muchos años que no ejerzo de padre y es un hecho que ya nunca más lo haré. Digo ejercer en el más alto de sus sentidos, no nada más como engendrador y luego proveedor. No seré más el titubeante guía y orientador que fui de tres niñas a las que, como pude, traté de educar y, para lograrlo, rodeé de aquello que creí mejor para sus formaciones.

Al respecto es, creo, poco lo que uno puede hacer, aunque ciertamente fundamental. Es poco porque —más en estos tiempos digitales, contra los que competí— los estímulos educativos más numerosos provienen de los medios, no tanto de los padres. Sin embargo, digo, levanté la guardia y traté de no permitir que toda la información que recibían les llegara de la tele o, pero todavía, de internet. No idealizo el peso de lo que yo infundí, pues siempre supe que las palabras y “el ejemplo” podían ser una poquedad comparados con el aluvión diario de datos obtenidos en el mar electrónico.

En “Una Sudáfrica para los niños”, ensayo integrado al libro Los once de la tribu, Juan Villoro comenta el caso de una institución gringa que invitaba a crear materiales para sus colecciones infantiles. Los requisitos eran tan definidos que terminaban por desalentar cualquier participación. “Entre los treinta y cuatro temas que la Corporación prohíbe en los cuentos infantiles hay algunos que enternecen por inverosími­les. Por ejemplo, se considera nocivo escribir de ‘niños que enfren­ten situaciones serias’”. Las prohibiciones son delirantes, y en efecto acaban por inhibir toda escritura para la infancia.

En Simpatías y diferencias, Alfonso Reyes incluye un apunte titulado “El ‘cine’ para niños”. Fue de los textos que escribió en su radicación madrileña de los años veinte. Comentaba, con razón, que “Las sesiones ordinarias de cine no convienen en manera alguna a los niños: las groseras emociones del drama cinematográfico, cuya brusquedad puede aprovechar o ser indiferente a los adultos, destrozan la psicología infantil”, de ahí que celebre en esos mismos párrafos la posibilidad de las matinés, que comenzaban a cobrar fuerza.

Así sea con excesivos malabares, hoy se puede limitar el acceso a cierta información peligrosa para los hijos pequeños, pero es un hecho que en algún momento podrán pasar aduanas sin la vigilancia paterna. El asunto es complejo, y lamentablemente creo que no pasa por las prohibiciones y los castigos que a la postre resultan, ahora, inútiles, sino en enfatizar la cocción a fuego lento de valores como el respeto, la tolerancia y la solidaridad, aunque tampoco esto va a garantizar nada. Hoy como nunca, con los medios de este tiempo, la moral de la persona en la vida adulta es de planeación imposible en la niñez, una niñez tan imprevisible que cualquier apuesta tiene muchas, muchísimas posibilidades de no atinar un solo pronóstico.

sábado, octubre 19, 2024

Diálogo Arcinegas-Reyes

 











Rectifico. Una vez dije que la correspondencia entre escritores, fuente valiosa de información para analizar sus filias y sus fobias, se había perdido con la llegada de las nuevas tecnologías. No es tan así, si nos atenemos a las capacidades técnicas del resguardo de datos. La información podrá sobrevivir al menos un tiempo, tanto como dure en condiciones funcionales la tecnología de soporte, pero es un hecho que, en el caso del género epistolar, nada mejor que la carta de papel para garantizar una permanencia mayor de los mensajes, una durabilidad de décadas e incluso de siglos. El papel y la tinta son más resistentes que los bits.

Todavía hoy estamos en fechas adecuadas para rescatar miles de mails enviados entre escritores hace veinte años o poco más. El problema no está tanto, por ahora, en la caducidad de los soportes, sino en otros asegunes prácticos. ¿Los escritores comparten sus contraseñas antes de morir? ¿Se toman la molestia de copiar las cartas en Word o de imprimirlas? ¿Escriben todavía mails o migraron a la comunicación desprolija de Whatsapp? En un mundo saturado de mensajes, ¿hay tiempo y voluntad para escribir misivas electrónicas con la extensión y el buen ánimo estilístico de las cartas de papel? Estas preguntas, y las que no se me ocurren, me dejan la sensación de que la literatura epistolar entre escritores ha muerto, que ya no hay corresponsales y el universo de lo postal entró de golpe en la dinámica de la aceleración y la abundancia que hoy torna imposible resucitar esos diálogos, si los hubiera. ¿Quién se animaría a hurgar en las cartas digitales cruzadas entre dos escritores?

Por supuesto, no es el género mayor ni lo más valioso de la producción de un escritor, pero las cartas permiten, y por eso son organizadas y publicadas, inmiscuirnos en el terreno de la intimidad, de la confianza, del trato inteligente y amistoso la mayor parte de las veces. Entre los escritores que más cultivaron este género está Alfonso Reyes, quien fue tan afecto a la correspondencia que, casi puedo asegurarlo, dejó su archivo postal muy bien organizado porque sabía que sería investigado, que otros ojos se adentrarían en aquella escritura aparentemente fraguada para un solo destinatario. Reyes escribió miles de cartas porque era de natural atento, además de que en muchos casos representaba parte de su trabajo y era una de las vertientes de su vocación. Todos los días dedicaba varios minutos a responder, a co-responder, así que el material disponible de este tipo da la impresión de ser tan abundante como su obra directamente pública.

En otra oportunidad he escrito sobre algunos de sus libros epistolares. Son muchos, y por lo general han sido publicados como debe ser: no las cartas de Reyes a muchos destinatarios en un solo libro, sino a uno solo en cada volumen. Del que deseo ocuparme brevemente en estas líneas es del organizado para compartir el diálogo postal entre el regiomontano y Germán Archinegas (1900-1999), escritor, periodista, profesor y diplomático colombiano, quien desde que descubrió la obra de Reyes profesó por ella y por su autor una admiración devota.

De Arciniegas había leído dos libros: Biografía del Caribe (Porrúa, México, 1983) y Este pueblo de América (SEP-Setentas, México, 1974). El primero es, para mí, uno de los mejores que he atravesado de la siempre querida colección Sepan cuantos…, y desde 1990 no he dejado de recomendarlo cuando se habla de la conquista de América cuyo primer escenario fundamental fue el Caribe. Es un libro tan documentado como hermoso por su estilo, un libro de historia escrito con temple estético.

Ahora, en Algo sobre la experiencia americana. Correspondencia entre Alfonso Reyes y Germán Arciniegas (El Colegio de México, México, 1998, 131 pp.) me entero con felicidad que estos dos grandes dialogaron de lejos: uno, el mexicano entrado en años, instalado ya en la Ciudad de México luego de su largo recorrido por Europa y Sudamérica como funcionario de nuestro Servicio Exterior; el otro, Arciniegas, como viajero frecuente en su papel de diplomático y profesor, sobre todo, en universidades norteamericanas. La curaduría y el prólogo de esta correspondencia fue realizada por Serge I. Zaïtzeff, a quien por cierto creo que conocí, pues si no recuerdo mal vino a Torreón, al TIM, para presentar, junto con Emmanuel Carballo, la correspondencia de Reyes con Torri publicada por la UNAM en 1995.

Las cartas AR-GA cubren un periodo de quince años, de 1935 a 1959. La última de Reyes a su amigo bogotano fue enviada el 24 de julio del 59, es decir, cinco meses antes de morir. No es un flujo epistolar muy apretado, las cartas son esporádicas, pero no tan pocas como para no dar cuerpo a un libro que, es lo principal, resulta suficiente para afirmar que GA, esforzándose con cierto pudor por mostrar un trato relajado y hasta socarrón, no puede dejar de volcar palabras de plena admiración a su corresponsal mexicano.

En ellas se intercambian elogios, se envían y comentan libros recientes y proyectos editoriales tanto bibliográficos como hemerográficos; a veces se reclaman los silencios que GA justifica, con razón, por lo agitado de su agenda entre viajes y más viajes. AR, ciertamente, tenía al menos la ventaja de estar fijo ya en su biblioteca, mientras el colombiano andaba en su plenitud física volcada a lo laboral.

El libro exhibe la prosa magnífica de Reyes, quien hasta en las cartas añade como condimento la rara gracia de su estilo. Un ejemplo. En una carta del 18 de abril de 1945, dice:

Querido Germán:

Por su carta del 3 del actual veo que se perdió una anterior de usted.

Mi casi hermano Cosío Villegas es mal conducto para recados. Su laconismo espartano deriva cómodamente hacia el olvido. No he visto la Revista de América. Espero con ansia los números que me anuncia.

Mañana o pasado le enviaré colaboraciones con el mayor gusto. Entre tanto aquí van mis datos biográficos y bibliográficos y aquí va un retratillo. Entre los honores recibidos, no cuento aún la Cruz de Boyacá, porque la noticia que usted me da es la primera que recibo. Pero no hace falta siquiera tan altísimo honor para que yo me sienta unido a Colombia, donde mi primer libro de adolescente encontró su público más numeroso e ilustrado.

Lo abraza muy cordialmente su constante amigo

Alfonso Reyes

El libro cierra con ocho artículos de GA sobre AR. En todos late lo mismo: un respeto, una veneración sin orillas.

miércoles, septiembre 18, 2024

Henríquez Ureña, erudito

 











El Fondo de Cultura Económica recién ha cumplido 90 años. Ya es un lugar común decir que lo fundó Daniel Cosío Villegas para difundir libros sobre Economía, de ahí su nombre original: el adjetivo “económica” no significa “de bajo precio”, sino “sobre Economía”. Luego, lo sabemos, el tema se fue ampliando hasta abarcar, hoy, prácticamente todas las vertientes del saber y la imaginación humanos. Es, por mucho, una de las instituciones culturales más importantes de México y la más importante, sin pizca de duda, en materia editorial.

Varios directores ha tenido en su nonagenaria vida. Uno de ellos es inolvidable: el argentino Arnaldo Orfila Reynal, quien ocupó el cargo de 1948 a 1965; en ese periodo dio impulso a varias colecciones que hasta la fecha sobreviven, como los Breviarios y la Colección Popular, de las cuales he sido viajero frecuente a lo largo ya de cuatro décadas. Son, bien lo sabemos, libros de divulgación, todos impresos en formato de bolsillo.

Uno de los muchísimos que tenía pendiente de lectura es Historia de la cultura en la América hispánica (México, 171 pp.), de Pedro Henríquez Ureña (1884-1946). La edición que tengo y leí es de 1973, aunque su primera salida se dio en 1947, un año después de que murió su autor. Veo en el catálogo del Fondo que su más reciente impresión data de 2021, así que es asequible (y por menos de cien pesos). Se trata de un libro de pequeño volumen y de corte enciclopédico, tupido sobre todo de nombres propios, topónimos y fechas. Junto con estos datos, de los que ahora llamamos “duros”, aparecen los puntuales y veloces juicios del erudito nacido en la República Dominicana.

El libro es útil para hacerse de un panorama sobre los logros más salientes de la cultura latinoamericana (por esto los jóvenes deberían leerlo). Henríquez Ureña comienza su periplo con los pueblos originarios de lo que luego sería Latinoamérica, pasa por la Conquista, luego la Colonia, después por la etapa de nuestras independencias y al final con el cierre del siglo XIX hasta llegar a la primera mitad del XX. La revisión de los frutos culturales de esta inmensa zona del planeta se desarrolla pues cronológicamente, y con rápido zigzag describe lo que ha pasado con la historia, la literatura, la arquitectura, la pintura y la música de nuestros países y de Brasil (la aparición de este país desconcierta un poco, dado el título del libro).

Del FCE también recuerdo haber leído la correspondencia entre Henríquez Ureña y Alfonso Reyes, con edición de José Luis Martínez. Leer al dominicano es una forma de tenerlo presente como siempre lo tuvieron Borges y Reyes, de quien puede decirse que fue casi preceptor. Reyes lo quiso y lo respetó mucho, y Borges no se diga, tanto que llegó a lamentar la situación algo marginal en la que se tuvo a Henríquez Ureña durante su radicación en Buenos Aires (“creo que no le perdonamos el ser dominicano, el ser quizás mulato”). Pudo tener razón, y por eso con más ganas celebro haber cruzado, gustoso, Historia de la cultura en la América hispánica, un cuadro abarcador del maestro Pedro Henríquez Ureña.

sábado, septiembre 14, 2024

Reyes frente al mundo

A lo largo de treinta años y pico he frecuentado cada tanto algún libro de Alfonso Reyes (Monterrey, 1889-Ciudad de México, 1959). Esta costumbre autoimpuesta se debe en primer lugar al placer que siempre me produce su obra y, en segundo lugar, a que de no leerla me torturaría la culpa de haber acumulado de balde medio centenar de títulos de su autoría y otros tantos de crítica a su vida y su trabajo. Es mucho espacio por cubrir, así que necesitaría la territorialidad amplia del león para poder abarcarlo a planitud. No me da ya la biología para lograrlo, pero sí para incursionar de vez en cuando, uno o dos momentos por año, a alguno de sus volúmenes, como sucedió ahora con el recorrido por Tentativas y orientaciones (Nuevo Mundo, México, 1944, 230 pp.), libro que también es asequible en ediciones recientes como la individual del FCE o la resguardada en el tomo XI, también del Fondo, de sus obras completas, donde comparte espacio con dos más: Ultima Tule y No hay tal lugar

Tentativas… contiene diez ensayos que a simple vista pueden parecer misceláneos, pero tienen un común denominador: todos, además de un tenue didactismo, muestran un fleco político, social y cultural global, es decir, que en ellos el regiomontano observa asuntos relacionados con las circunstancias del mundo entre los años 1932 y 1944, cuando el planeta se veía amenazado por el fascismo, el nacional-socialismo y la Segunda Guerra. Como en casi todos los libros de Reyes, el menú es variado y la erudición estalla frente a los ojos y se derrama como avalancha en cada página. Ahora bien, su apabullante magma de saberes no parece nunca afectado ni amenazante, sino natural y sobre todo ameno. Esto lo logra por su fluidez discursiva, por la perfección de la forma y por algo casi indefinible de tan sutil: una suerte de pasión por la gracia del estilo, por la frecuentación de giros expresivos que se aproximan mucho a la conversación. Reyes aquí también, entonces, no parece escribir, sino charlar con su invisible lector.

El rasgo más saliente del estilo alfonsino está pues en el gesto que podemos suponer mientras escribe-habla: aun en los temas más serios o graves, su actitud es cordial, la de un amigo que nos describe realidades sin pedantería, sólo por el gusto de compartir lo que sabe como entre sorbos de café. Carlos Fuentes percibió esto y lo resumió con una frase: “A mí me enseñó que la cultura tenía una sonrisa”. Y sí: la coyuntura mundial, por espantosa, estaba para volcarse en el ejercicio casi legítimo del amarillismo, para tomar partido con agitación de fanático, pero Reyes no añade gasolina a la polémica, sino que trata de explicar serenamente las dolencias del mundo, los horrores de la barbarie, pero siempre contrastadas con la posibilidad de revertirlas mediante las armas de la cultura y el humanismo, los mejores frutos de la civilización, y nunca con más y peores agresiones.

Los ensayos, digo, mezclan las cartas intelectuales de Reyes, su condición de espíritu grecolatino entregado a la compostura del destartalado siglo XX. Lector omnívoro, al analizar el momento que vive el mundo apela a la literatura, la historia, la política, la filosofía, la ciencia e incluso un poco a la economía. En todo su repaso late el deseo de persuadirnos acerca de un imperativo válido ayer y válido en este momento: la necesidad de comprender la realidad como un todo y optar sin titubeos por las respuestas civilizadas y civilizatorias. Por ejemplo, Reyes enfatiza lo criminal que es la desigualdad material de los pueblos, y en este contexto, repudia la discriminación y el exterminio por motivos de raza, uno de los motores más poderosos de la belicosidad durante la guerra que se libraba principalmente en Europa y Asia. El ensayista subraya varias veces que la superioridad natural de una raza sobre otra es una patraña para justificar atrocidades. Frente a la violencia, el humanista mexicano llama a quienes se quieran sumar a la cruzada por la sensatez: “La onda de barbarie que anega el mundo nos va arrojando a la misma orilla. Desde aquí, juntamos los haces de una realidad que parecía alcanzada, y que otra vez se nos deshizo en las manos, urna de arcilla quebradiza. Es necesario que persistan algunos, para que al cabo se salven todos. Empecemos otra vez, empecemos todas las mañanas. Nos congrega la fraternidad de un empeño que debe adelantarse día a día con un esfuerzo paciente. Con un esfuerzo paciente y hasta lleno de comprensión para las flaquezas humanas. No hay que exigir demasiado a la naturaleza. La regla de oro: rigor en lo esencial, tolerancia en lo secundario, abandono de lo indiferente. Sumemos a todo el que tenga buena intención, por escasas que sean sus fuerzas. No pretendamos movilizar ejércitos de héroes: basta con que haya algunos, y los demás, que los sigan tan de cerca como les sea posible. Transformar, poco a poco, lo heterogéneo en asimilable. Que cada uno preste su brazo, hasta donde su brazo alcance. ¡A ver si, entre todos, acabamos por desterrar la violencia, la ceguera, el crimen, cínicamente erigidos en normas de la vida social por la voluntad de dos o tres locos”.

Casi sobre lo mismo, en el ensayo “Un mundo organizado” coloca en el centro las nociones a considerar para la creación de un ente como la ONU, que en aquel momento estaba todavía en proceso de construcción: “El problema se reduce a encontrar un justo equilibrio entre la soberanía y la supersoberanía. Lo cual, inmediatamente, plantea la cuestión vital de dar, dentro del organismo superestatal, una posición tal a los Estados menores, que éstos no se sientan amenazados por las Grandes Potencias, y de encontrar para éstas un sistema tal de engranajes, que ellas no puedan empujar al mundo a un nuevo desastre como el que ahora padecemos”.

Reyes ya había dejado la diplomacia cuando publicó Tentativas…, libro en el que resaltan sus famosos ensayos “Discurso por Virgilio”, “Homilía por la cultura”, “Esta hora del mundo”, “Posición de América” y “El hombre y su morada”, que es en este lote el texto más largo y compendioso de la historia de la civilización humana. Poco después de escribirlo y de publicarlo, en 1944, tuvo el primero de los cuatro infartos que terminaron por vencerlo. Por lo que sabemos, es de suponer que trabajaba sin freno en ese entonces, y así siguió hasta 1959, bregando a diario en la factura de nuevos libros y en la organización de todo lo que luego edificó el corpus de su obra completa.

Es necesario insistir en un detalle: que las piezas de Tentativas… pueden dar la impresión, vistas de lejos, de aridez o de secura profesoral. No. En “Discurso de la lengua”, precisamente el penúltimo ensayo del índice, hace este elogio de nuestro idioma, que cito en largo como ejemplo de su pulcritud y por exacto de la afirmación: “Sólo declaro al comenzar que considero como un privilegio hablar en español y entender el mundo en español: lengua de síntesis y de integración histórica, donde se han juntado felizmente las formas de la razón occidental y la fluidez del espíritu oriental; tan ejercitada en las argucias intelectuales como en las libres explosiones del ánimo, ya en sus escolásticos o en sus místicos; lengua cuyo atletismo admite el transportar fácilmente las crudezas terrenas hasta el cielo de las ideas puras, o el hacer bajar los arquetipos hasta los afanes del trato diario, según se advierte, para ambos extremos, en el diálogo eterno de Don Quijote y Sancho; lengua lo bastante elaborada para captar las regularidades y exactitudes, lo bastante audaz para respetar las temblorosas indecisiones del misterio; capaz de la matemática como de la lírica; valiente en la cordura y en la locura, y cabal en su registro de las posibilidades humanas; lastrada por una ironía profunda, que al par la defiende de la pura embriaguez abstracta y de la estéril fascinación de lo inmediato, al punto que su sola práctica dicta normas para la buena conducta de la voluntad y el pensamiento; sonora sin delicuescencias que amengüen su viril reciedumbre, y cuyo equilibrio fonético parece dictado por la misma economía biológica del resuello. Los que viven en otra de las grandes lenguas civilizadas podrán reclamar para ella iguales excelencias, o aun otras que les parezcan superiores. Quiere decir que son igualmente privilegiados, o que se hallan tan a gusto de beber en su vaso como nosotros en el propio. Lo que importa es convencernos de que poseemos un instrumento tan bueno como cualquiera de los mejores, y nunca culpar al instrumento de nuestra impericia en manejarlo”.

Con esta lengua elogiada y en su caso perfectamente usada, Alfonso Reyes nos adentra en la permanente urgencia de caminar con la cultura en ristre, única lámpara que teníamos ayer y seguimos teniendo hoy para avanzar en la penumbra.

Nota. Esta es la portada de la edición que leí, la primera:

miércoles, febrero 21, 2024

Torri en breve

 











Es al menos curioso el camino de la escritura breve. Nunca, hasta la fecha, ha tenido el prestigio de la amplia y esto, supongo, viene de muy lejos, de la idea en sí del libro como objeto de cultura. Aún antes de la invención de la imprenta, los libros ya eran grandes tanto en su formato de rollos como de cuadernos. El libro en rollo, que los latinos llamaron “volumen” (en donde está la idea de “vuelta”, de trayecto circular) fue superado en practicidad por el libro en cuaderno unido de uno de sus cuatro lados, el códex que hasta la fecha sobrevive como invento inmejorable. En ambos casos se trataba de gordos manuscritos que continuarían siendo amplios tras la invención de Gutenberg. El libro nació, pues, gordo, y esta noción, conjeturo, sobrevive como ideal de prestigio, lo que se nota cuando suponemos mayor calidad a un libro con muchas páginas frente a uno con pocas.

Algo tarde en esta historia apareció la posibilidad del libro corto. La ubico a finales del siglo XIX, en Francia, con el auge del minimalismo expresado en muchas artes. Por eso, ya en 1917 pudo aparecer en México un libro breve y con brevedades de Julio Torri (Saltillo, 1889-Ciudad de México, 1970). Su título fue Ensayos y poemas, suma de miniaturas textuales que de inmediato llamaron la atención de la crítica casi como desafío al librote habitual en la literatura decimonónica.

Podemos conseguir la obra de Torri con facilidad. Es, casi, el más famoso caso de escritor breve que registra la literatura mexicana, y ha sido abundantemente reeditado. Un libro gratuito, accesible sin costo en la web de la Secretaría de Cultura del Gobierno de Coahuila, es El mundo abreviado, cuyo subtítulo es Un paseo (en bicicleta) por la vida y obra de Julio Torri. Contiene una semblanza del autor saltillense y una muestra variada de su obra.

La parte biográfica lo dibuja a grandes trazos desde su nacimiento en la capital de Coahuila hasta su fin en la del país. En medio están sus estudios en Torreón, la salida a México, la carrera de jurisprudencia, su pertenencia al Ateneo de la Juventud, su amistad con Alfonso Reyes, su primer libro, su presencia en la editorial Cvltvra, su entrada a la Academia Mexicana de la Lengua y su carrera docente en la universidad.

Y la paradoja que se convirtió en mito, un mito que quizá no lo es si miramos el tamaño más bien chico de su obra: que el arquetipo de escritor mexicano breve leía 200 páginas diarias.

sábado, septiembre 02, 2023

Un libro tangencial

 











Aunque sea cacofónico afirmarlo así, el ensayo nece-sita de la cita. Sólo por no dejar, recuerdo algunos casos lejanos y cercanos que ejemplifican la pertinencia de las citas en quienes se dedican a pensar, a ejercer alguna de las mil maneras de la crítica. Alfonso Reyes era un arsenal, y alguna vez Borges, que también lo era, celebró esa facilidad: a la vera de cualquier tema, desde el más simple hasta el más complejo, el regiomontano desenvainaba una cita oportuna, no pocas veces inmejorable. Y Borges igual, insisto. Más cerca de lo humano, recuerdo el caso de Juan Forn, cuyas columnas periodísticas adquirían motricidad a partir de lo citado, casi como si el embrague de sus textos fueran las citas que él sabía cortar como japonés podando bonsáis. Gilberto Prado Galán fue lo más cercano que leí y escuché como alfaguara de citas que brotaban por todos los poros de su conversación y sus ensayos.

Porque en trance de citar, cita cualquiera, pero no en todos los casos hay puntería ni oportunidad en el uso de lo citado. La cita, pues, no sólo debe ser buena, sino quedar incrustada en el momento idóneo de la conversación o del texto, y no aventarla al discurso como quien arroja azúcar a los churros.

Esta es la razón por la que, curiosamente, me han gustado y me gustan muchos libros de corte ensayístico. No porque sean un apelmazamiento de citas excelentes tiradas como con displicencia y sólo para mostrar los músculos de la erudición, sino para catapultar o redondear con tino una idea propia, una reflexión personal. O sea, un libro con citas deslumbrantes no sirve si a la vez no deja ver una cabeza bien amueblada en el citador, un pensamiento que concierte de manera satisfactoria lo propio con lo ajeno. Esto lo enseñó, muy bien enseñado, el señor Montaigne desde finales del siglo XVI.

Los párrafos precedentes sirven como preámbulo (preámbulo es el lugar por donde se camina antes: pre, antes; ambulare, andar) a un breve comentario sobre el libro Por la tangente. De ensayos y ensayistas (Taurus, México, 2020, 190 pp.), de Jesús Silva-Herzog Márquez (Ciudad de México, 1965). Contiene 44 ensayos breves y simétricos, como de tres o cuatro páginas cada uno, en los que el politólogo nos aproxima al mismo número, 44, de escritores de todas las nacionalidades y pelajes. Se trata entonces de un libro asimilable al famoso grabado de Escher: con una mirada ensayística se avanza hacia los recintos del ensayo, y en sus escaleras y pasadizos nos encontramos con ideas que se conectan y se desconectan en muchas las direcciones posibles del entendimiento.

Su título, Por la tangente, alude a la noción del ensayismo clásico: a diferencia del texto dogmático, seguro de sí mismo como roca, el ensayo es sinuoso, serpentino, elusivo, dúctil, niega o asegura sin taxatividad, se escurre de las manos, afirma y duda, avanza y retrocede, y siempre deja entrever que ante la certeza categórica él, el ensayo, prefiere desplazarse por la tangente, por la insegura periferia.

La asamblea de este libro reúne nombres como los de Montaigne, Unamuno, Reyes, Cuesta, Auden, Zambrano (María), Szyimborska y muchos más, y es siempre a partir de alguna de sus ideas, directa o indirectamente citadas con pertinencia y eficacia, como el autor traza su propia reflexión sobre ¿qué? Imposible resumirlo, sólo podría decir que es dable encontrar en estas páginas muchas consideraciones atendibles sobre la escritura, la muerte, el dolor, la risa, el fracaso, la imaginación, la disciplina… la vida en suma.

Silva-Herzog Márquez es bien conocido y seguido como columnista y panelista de televisión sobre todo por quienes abominan a López Obrador; en Por la tangente trabaja otra parcela: exhibe su misma buena prosa, pero meditabunda, tangencialmente, entra con ella a pensar en asuntos muy distintos a los de la picaresca política de México.


miércoles, agosto 23, 2023

Dos párrafos de la “Oración”











 

He escrito ya sobre la “Oración del 9 de febrero”, uno de mis textos favoritos de Alfonso Reyes. Recién lo releí (van como diez veces que paso el ojo por sus renglones) y al indagar un poco encuentro un dato extraño. El maestro Adolfo Castañón afirma que lo “Lo publicaría diez años después de la muerte del autor su viuda, Manuela, no se sabe si por encargo del autor o por casualidad al revisar ella los papeles del polígrafo”. Reyes murió en el 59, pero tengo la primera edición de Era de 1963, y otra casi idéntica publicada también por Era sesenta años luego, en 2013, en cuya cuarta de forros Christopher Domínguez Michael observa que Alfonso Reyes “dispuso la publicación póstuma —llevada a cabo por Ediciones Era en 1963”.

Como tengo la edición del 63, pensaré que estamos en el sexagésimo aniversario de la primera difusión de aquel valioso texto alfonsino. Lo escribió en Buenos Aires hacia 1930, tenía 51 años, y declaró allí mismo que “Todo lo que salga de mí, en bien o en mal, será imputable a ese amargo día”; se refiere al 9 de febrero de 1913, fecha en la que su padre comenzó el alzamiento contra el gobierno de Madero y cayó abatido en las puertas de palacio nacional.

Hay dos párrafos que me conmueven en la “Oración…”. Son estos:

“Con la desaparición de mi padre, muchos, entre amigos y adversarios, sintieron que desaparecía una de las pocas voluntades capaces, en aquel instante, de conjurar los destinos. Por las heridas de su cuerpo, parece que empezó a desangrarse para muchos años, toda la patria. Después me fui rehaciendo como pude, como se rehacen para andar y correr esos pobres perros de la calle a los que un vehículo destroza una pata; como aprenden a trinchar con una sola mano los mancos; como aprenden los monjes a vivir sin el mundo, a comer sin sal los enfermos. Y entonces, de mi mutilación saqué fuerzas. Mis hábitos de imaginación vinieron en mi auxilio. Discurrí que estaba ausente mi padre —situación ya tan familiar para mí— y, de lejos, me puse a hojearlo como solía. Más aún: con más claridad y con más éxito que nunca. Logré traerlo junto a mí a modo de atmósfera, de aura. Aprendí a preguntarle y a recibir sus respuestas. A consultarle todo”.

“También supe y quise elegir el camino de mi libertad, descuajando de mi corazón cualquier impulso de rencor o venganza, por legítimo que pareciera, antes de consentir en esclavizarme a la baja vendetta. Lo ignoré todo, huí de los que se decían testigos presenciales, e impuse silencio a los que querían pronunciar delante de mí el nombre del que hizo fuego. De paso, sé que me he cercenado voluntariamente una parte de mí mismo; sé que he perdido para siempre los resortes de la agresión y de la ambición. Pero hice como el que, picado de víbora, se corta el dedo de un machetazo. Los que sepan de estos dolores me entenderán muy bien”.

Quizá exagero, pero el aniversario de la “Oración del 9 de febrero” es para mí una efemérides. Por eso la cito, por eso invito a su lectura. Podemos encontrarla en la hermosa edición de Era o en el tomo XXIV (México, 1990, 25-39 pp.) de las obras completas de AR publicadas por el Fondo.


sábado, agosto 19, 2023

Más apuntes de González Torres












Generoso como soy, en menos de un año me he obsequiado esto: leer tres libros de Armando González Torres (Ciudad de México, 1964). Comencé con Las guerras culturales de Octavio Paz (El Colegio de México, México, 2014, 191 pp.), seguí con La lectura y la sospecha. Ensayos sobre creatividad y vida intelectual (Cal y arena, México, 164 pp.) y hace unas semanas di cierre a La pequeña tradición. Apuntes sobre literatura mexicana (UNAM/Equilibrista, México, 134 pp.). El primero es un ensayo académico, el segundo colinda con el ensayo de vida cotidiana (como diría José Joaquín Blanco) y el tercero podría ser ubicado sin errar en el ensayo literario próximo al retrato. Sean lo que sean y más allá de su condición genérica, los tres son libros que me depararon el gusto de leer a un escritor agudo, erudito y fino al mismo tiempo.

También poeta, González Torres ha seguido durante varias décadas un itinerario que lo destaca como crítico de nuestra literatura. Sin aspavientos, sin filias ni fobias de capilla o hígado solitario y kamikaze, su obra ha venido consignando los rasgos ocultos y sobresalientes de escritores todavía presentes y otros un tanto olvidados, como puede notarse en La pequeña tradición. Junto con su delicadeza crítica, me gusta encontrar, y por ello destacar, la pulcritud y belleza de su prosa, una prosa de ensayista que no condesciende a las jerigonzas intragables de cierta crítica ni a las anfractuosidades de estilo que hacen difícil lo sencillo nomás para apantallar incautos.

En La pequeña tradición asistimos a una mesa con 18 aproximaciones administradas en dos segmentos: “Sombras fundadoras” e “Inevitablemente modernos”. La primera contiene, como lo insinúa el adjetivo “fundadoras”, sobrevuelos en torno a escritores cuyo desarrollo se dio principalmente en la primera mitad del XX. Son (el prácticamente olvidado) Carlos Díaz Dufoo, Alfonso Reyes, Salvador Novo, Xavier Villaurrutia, José Gorostiza, Jorge Cuesta, Rubén Salazar Mallén (otro muy olvidado) y José Revueltas. La segunda parte es más amplia y contiene autores de la generación de medio siglo en adelante: Juan Vicente Melo, Alejandro Rossi, Jorge Ibargüengoitia, José de la Colina, Gerardo Deniz, Eduardo Lizalde, Manuel Ponce (muy desconocido), Francisco Cervantes, Salvador Elizondo y Ramón Xirau.

El abanico es amplio, y lo mismo convoca a escritores todoterreno, como Reyes, que a escritores identificados con un solo género e incluso con una sola obra, como Gorostiza.

Este engarce de retratos procede como alambique: en cada pieza se ha destilado la esencia de los escritores que entran en la mirilla de González Torres. No es un repaso exhaustivo de cada uno (como ocurrió en el libro sobre Paz), sino la focalización de los rasgos que mejor ayudarían a percibir excepcionalidades ora de carácter, ora de orientación estética, ora de libros claves y ora hasta de defectos. No traigo ejemplos por falta de espacio y también porque todo el libro es bueno, claro y puntual en lo que afirma. Lo he leído con sosegado placer y para quienes gustan del ensayo literario está, como dicen los argentinos, para alquilar balcones.

miércoles, mayo 31, 2023

De obras completas












Lo más común es que las obras completas jamás sean verdaderamente completas sobre todo en los autores de caudalosa producción. Las razones de esta paradoja son varias, y una de las más importantes es la negativa del escritor o del editor a publicar “todo” en estricto sentido, es decir, todo lo que se dice todo. Sin embargo, hay aproximaciones al ideal, como es el caso de Alfonso Reyes y los cerca de treinta tomos que desde finales de los cincuenta han venido apareciendo con el sello del Fondo de Cultura Económica. ¿Algún día estará completa la herencia escrita del regiomontano? Supongo que no, que algo quedará al margen, pero seguramente será lo menos importante.

Hay un cierto tipo de lector (me incluyo en este grupo) obsesionado por reunir las obras completas de sus autores más queridos. En teoría es para leerlos cabalmente, pero sospecho que esta motivación es falsa: la razón es para tenerlos a la mano de manera íntegra o casi íntegra, pues para el lector al que me refiero sería algo inquietante saber que de sus autores favoritos no tiene tal o cual título fundamental, sería un vacío. La obsesividad a la que se llega puede ser enfermiza, y eso lo supo la vieja editorial Aguilar, que durante varias décadas preparó tomos descomunales y casi ilegibles para satisfacer a los lectores deseosos de no perderse nada.

Del sello de Aguilar todavía es posible conseguir muchos clásicos en aquel papel biblia ya legendario. Por supuesto, sólo son asequibles en librerías de viejo o en sitios de internet. Cervantes está en un tomo gordo, Quevedo en dos (prosa y poesía), Lope creo que en tres, y así todos los grandes y algunos no tan grandes: Goethe, Balzac, Stendhal, Destoievski, Tolstoi… Casi me atrevo a decir que quien los busca y los conserva procede por coleccionismo o consulta específica, pues los libros de Aguilar tienen páginas difíciles de leer, por lo incómodo de su pequeña tipografía y por lo pesado de cada tomo.

Me parece muy recomendable tratar de agotar el catálogo de libros de cada autor, tener sus (hasta donde se pueda) obras completas, siempre y cuando nos esforcemos por desahogar poco a poco su lectura. El caso es fugarse del mero coleccionismo, que no está mal, pero tampoco es muy meritorio que digamos.