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sábado, julio 18, 2026

Gerda en la trinchera

 















Entre el 17 y 18 de julio de 1936, hace justamente noventa años, comenzó la Guerra Civil española, una de las confrontaciones más sangrientas que registra la historia del siglo pasado y sin duda el hito bélico que gravita más en el presente español. El alzamiento militar en Melilla y Ceuta, posesiones españolas conservadas hasta la fecha en África, fue el banderazo de salida para el golpe que después encabezaría uno de los generales sublevados: Francisco Franco. Luego del albazo, poco a poco los “nacionales” avanzaron por territorio de España y en el camino, de oeste a este, encontraron la confusa oposición de los “republicanos”. Es innecesario añadir que las batallas produjeron una carnicería sobre la que la justicia jamás se expidió, así que aquello sigue archivado en la ominosa impunidad.

A la violencia se sumó el poderío del armamento y la asesoría de Hitler y Mussolini en respaldo de los golpistas. La llamada Segura República poco a poco fue desmoronada hasta que, tres años después, en abril de 1939, cayó y dio inicio al medievo español del XX: la dictadura de Franco que extendería su mancha política, económica y socialmente venenosa hasta 1975. En realidad, llegó más lejos, hasta nuestros días, pues muchas de las grandes fortunas actuales fueron amasadas mientras el Franquismo reprimía, mataba y hacía negocios privados con recursos públicos.

En efecto, los estragos de la guerra que comenzó hace nueve décadas siguen vigentes no sólo en lo económico. En el plano ideológico, los nietos de la Falange mantienen vigente un pensamiento perrunamente conservador. Controlan la economía, los medios más importantes, la justicia y algunos partidos que, como el PP y Vox, no tienen tapujos para disimular así sea un poco su carácter ultrarreaccionario. El discurso de personajes como Alberto Núñez Feijóo, Isabel Díaz Ayuso y Santiago Abascal hacen innecesarias mayores explicaciones. Como otras tantas naciones del mundo, España corre hoy el peligro de caer en las garras de su Trump o su Milei con el plus de la maldad de larga data cultivada en las mazmorras de la Inquisición.

Durante la Guerra Civil se formó un grupo de artistas que manifestaron su apoyo a la República en peligro. En él participaron Pablo Neruda, César Vallejo, Octavio Paz, Elena Garro y Silvestre Revueltas, entre muchos otros que viajaron desde lejos y se unieron a la Alianza de Intelectuales Antifascistas para la Defensa de la Cultura en la que también participaron, claro, españoles como Rafael Alberti, su esposa María Teresa León y León Felipe. Mezclada con tales personalidades anduvo una joven rubia, de baja estatura y políglota. Su nombre era un seudónimo: Gerda Taro. Había nacido en 1910, en Stuttgart, Alemania, en el seno de una familia judía. Se llamaba realmente Gerta Pohorylle Boral, y como parte de su educación vivió un tiempo en Lausana, Suiza. Su origen, su ideología y sus amistades provocaron que saliera de Alemania, pues el nazismo, con la figura del Führer en la cima del poder tras el derrumbe de la República de Weimar, era una amenaza nada ilusoria, más concreta que un gueto.

Una esplendida biografía titulada Gerda Taro. La primera fotorreportera que se (sic) dejó la vida en el campo de batalla (RBA, 2020, México, 185 pp.) ilumina la circunstancia de Pohorylle, quien en efecto arriesgó su vida por cumplir con la labor de documentar los más cerca posible la Guerra Civil. Malamente y no sé por qué, esta semblanza exhibe el crédito de su autora con extrema cicatería; su nombre es Betty Doñate, reportera y escritora catalana.

Decía pues, basado en el texto de Doñate, que Gerta se estableció en París sin documentos para trabajar. Sobrevivió como pudo, sabía francés y era una excelente mecanógrafa. Allí convivió en círculos de jóvenes revolucionarios y allí conoció a un joven también migrante de origen húngaro: André Friedmann, cuyo verdadero nombre era Endre Ernö, pues también ocultaba su origen judío. Era fotógrafo, operaba una cámara Leica, y poco a poco se había edificado una buena reputación en el oficio de fotorreportear.

Las carambolas de la azarosa vida que movía en París a la joven alemana terminaron por acercarla afectivamente a André y, por esto mismo, a la fotografía, actividad que llamaba su atención. La relación de Gerta con André y el despertar de su curiosidad por el arte fotográfico coincidieron con el estallido de la Guerra Civil en España. El joven fue contratado por revistas francesas para hacer fotos en el campo de batalla, y en ese momento Gerta tuvo la idea de acompañarlo. Entre los dos crearon una agencia y para denominarla se les ocurrió, casi como broma, un nombre falso: Robert Capa, supuestamente un experimentado fotógrafo norteamericano.

Aunque atravesada por cierta irrealidad, la agencia consiguió los contratos para hacer fotos de la guerra, así que Gerta y André cruzaron los Pirineos. Llegaron a Barcelona, pasaron a Madrid y luego a la zona de Andalucía, tomaron muchas fotos que luego aparecieron publicadas en Francia con la firma “Photo Robert Capa”. La conclusión del público lector fue obvia: ese nombre correspondía a un hombre, no a una mujer. Como Gerta deseaba hacerse de prestigio como fotorreportera, con el paso de los días comenzó a usar el seudónimo Gerda (no Gerta) Taro, que le sonaba a “Greta Garbo”, actriz a la que admiraba. Así nació “Reportage Robert Capa & Taro”.

Tras algunas separaciones de André, motivadas por el mismo trabajo que los obligaba a cubrir distintas zonas en conflicto o a viajar a París para entregar material y establecer nuevos contratos con revistas y diarios, en Gerta se radicalizó el deseo de usar su oficio como herramienta de denuncia. Tomó muy en serio uno de los consejos de André: para obtener buenas fotos hay que acercarse al acontecimiento tanto como sea posible. Al trabajar sola, Gerda decidió arrimarse hasta la misma línea de combate, acompañar, con alto riesgo de su vida, a los milicianos de la República. En un combate librado al oeste de Madrid, tenía casi 27 años cuando arreció la lluvia de balas, y al escapar sobre un vehículo atestado de heridos, mal tomada del estribo y cargada con su equipo fotográfico, cayó al suelo y el carrete de un tanque le pasó encima. Quedó gravemente herida, lograron llevarla a un hospital, pero murió desangrada algunas horas después.

La joven fotógrafa de la línea de fuego recibió un multitudinario homenaje en Madrid y luego en París. Fue sepultada en el cementerio del Père Lachaise, en la capital francesa, y hasta la fecha su sepulcro recibe visitantes que le dejan flores y mensajes de cariño y admiración.

En esta época de posverdades y mentiras descaradas, de fotos trucadas con herramientas digitales y, lo peor, de crecimiento neofascista en modo cínico, la Guerra Civil española nos recuerda, entre otros muchos hechos, que Gerda Taro, armada sólo con su cámara y su voluntad, entregó la vida al periodismo. La pequeña rubia con corte de pelo a la garçonne fue una “cazadora de luz” (como la definió José Bergamín), en donde la palabra luz es sinónimo de foto que a su vez es sinónimo de verdad. Hasta la fecha, aquellas imágenes captadas por Gerta Pohorylle declaran que la lucha contra el fascismo, sea cual sea la trinchera que se elija, no debe suspenderse.

sábado, noviembre 22, 2025

Todo fue demolición











 

El 20 de noviembre de hace cincuenta años murió Francisco Franco Bahamonde (Ferrol, Galicia, 1892-Madrid, 1975). Como sabemos, el dictador, apodado con el superlativo de Generalísimo, había hecho de las despóticas suyas desde el fin de la Guerra Civil española, es decir, desde 1939 hasta el mismo instante de su muerte. En ese prolongado lapso de su historia, España vivió aplastada por la bota del tirano, quien no desperdició ni un minuto para dar muestras de crueldad amparado en la sacrosanta bandera del nacionalcatolicismo. Secuestro, tortura, muerte, desaparición, despojo de propiedades, pésima calidad de vida, industricidio, censura y oscurantismo mental se convirtieron en el menú de la España franquista. La muerte del tirano fue una noticia celebrada en todo el mundo y dio inicio, no sin traumas, a lo que allá denominaron “transición”, un proceso que para empezar no tocó ni con el pétalo de una celda a ninguno de los represores.

Como las revoluciones francesa, mexicana y cubana, o los golpes en Chile y Argentina, el tema de la Guerra Civil es el Tema de España hasta nuestros días. Cientos de libros y miles de artículos llenan páginas y más páginas de referencias, y no es para menos si tomamos en consideración el cúmulo de horrores que el franquismo prohijó en tan dilatado lapso. Muchos de los profesionales de la escritura han sumado allá, por ello, estudios para documentar/explicar lo que ocurrió durante el medievo español del siglo XX.

Yo tenía once años cuando Franco emprendió su camino hacia el infierno. Era muy pequeño y España quedaba a años luz de mis intereses, pero el solo hecho de ver aquel apellido en los encabezados de los dos diarios locales me despertó una incipiente curiosidad. Pasados los años, España no se convirtió en centro de mi atención, pero debido a su literatura me atraía lo suficiente como para tender la mirada a su ser político e histórico, tanto que hoy, por ejemplo, con alguna frecuencia sigo los debates en la Cámara de los Diputados, tan intensos como los mexicanos aunque con mejor calidad discursiva.

Las entradas más frecuentes para acceder al tema del franquismo son, claro, las atañederas a lo político-militar, la mayoría. Tuve la suerte de encontrar, en una librería de viejo lagunera, un libro que leí hace como diez años y por su calidad he releído para alimentar este breve apunte. Se trata de La vida amorosa en tiempos de Franco (Temas de hoy, Madrid, 1996, 180 pp.), de Rafael Torres (Madrid, 1955), quien es periodista y escritor (o “escritor de periódicos”, como gusta definirse). Ha publicado numerosos libros de poesía, narrativa e historia, varios de ellos vinculados al tema de la Guerra Civil y su luenga secuela, como Ese cadáver, 1931: biografía de un año, Desaparecidos en la guerra de España (1936-?) y Los esclavos de Franco.

Acabar con la vida y desaparecer a miles de personas fue el terror extremo en el régimen encabezado por Franco, pero no el único que administraron sus soldados durante cuatro décadas. Para sostenerse fue creado un sistema de opresión en todos los ámbitos de la realidad, incluso en sus pliegues más íntimos, como la vida amorosa. Aunque ahora nos parezca una exageración, el gobierno emanado de la Guerra Civil decidió modelar la vida de los españoles a yunque y martillo: quien no se plegara a los designios del general gallego, se ponía con facilidad en la mira de un pelotón de fusilamiento, sin metáfora. Rafael Torres documenta y analiza los métodos de disciplinamiento blandidos por el franquismo para forjar ciudadanos con hormonas dóciles y familias apegadas a una matriz (también sin metáfora) católica, apostólica, romana y sólo disponible para la procreación, jamás para el juego y la libertad de los impulsos sexuales.

La vida amorosa en tiempos de Franco es entonces muestra de lo asfixiante que fue vivir en aquella época y en aquel lugar: además del pánico propiciado por la sola idea de ser pescado como sospechoso de “rojo” y terminar en una de las decenas de fosas comunes abiertas por los mandos castrenses, los españoles se las vieron a diario con el cercenamiento ubicuo de todo lo que pudiera vincularse con su sexualidad. Con prosa espléndida, Torres expone los detalles de la fiscalización en ocho capítulos. Advertimos en ellos que el Big Brother operó a dos bandas: vigilaba perrunamente los actos de la población, y para prevenir que ocurrieran irregularidades establecieron directivas concernientes a lo civil, lo educativo y lo religioso, reglas tan estrictas que hacían casi imposible la paz del alma metida en cuerpos aherrojados.

Una moral de monasterio se impuso a la sociedad, con las consecuencias para la vida que esto tiene en quienes no desean vestir hábitos ni hacer votos. Todo era prohibición, norma, límite, vigilancia, potencial castigo. Lo sufrieron todos, pero es obvio que el machismo del nacionalcatolicismo cargó la mano a las mujeres y a quienes tenían una condición distinta a la heterosexual, quienes ni en sueños podían imaginar el ejercicio libre de su sexualidad. España se protegía así ante un mundo erizado de acechanzas: “La nueva moral, la dictada por los reaccionarios sacerdotes y funcionarios de doble vida, establecía esa premisa inalterable: lo español era lo puro, lo decente, lo casto, lo virginal, lo grato a los ojos de la Providencia, en tanto que la desenvoltura, la expresión de los afectos, la curiosidad sentimental o sexual, el divorcio o el propio deseo eran torpedos colocados en la misma línea de flotación de España”, señala Torres.

Más adelante, recuerda que en la historia española había una deuda en lo carnal, deuda que se incrementó a cotas vesánicas con el régimen impuesto por el dictador y sus esbirros: “En lo relativo a la sexualidad, el español siempre anduvo con hambre, pero durante el franquismo, más. A lo largo de ese infausto y dilatado periodo, el español hizo, más o menos, menos que más, lo que pudo, lo que le dejaban, lo que estaba al alcance de su tradicional rusticidad al respecto, pero nunca como durante el régimen de Franco se le convenció de que sus más secretos deseos, sus ilusiones, sus ensoñaciones amorosas más íntimas eran una perfecta porquería. Y pecado. Y pecado antiespañol, para ser más exactos”.

La consecuencia más saliente de un sistema así de represivo en un planeta que no establecía ya las trabas españolas, fue la infelicidad, a veces la destrucción de la vida en vida. Para los hombres, claro, hubo escapes rápidos y venales, pero las mujeres eran condenadas a una relación casi de asco con su propio cuerpo: “Los recién casados nada sabían del sexo. Él, en todo caso, del que le expendían exento, unidireccional y rápido, las meretrices; pero ella, nada, ella se enfrentaba a esa primera noche virgen de todo, particularmente de conocimientos. A menudo, el dolor producido por una desfloración poco dulce y poco diestra dejaba en la novia, que ya no era novia, una desagradable impresión que tardaba años en disiparse”.

A la cacería de opositores, a los campos de concentración, al trabajo esclavo, a la tortura, el fusilamiento y la desaparición de miles de cuerpos no era poco añadir la desdicha sexual de quienes no eran sospechosos de ideas políticas anarquistas o comunistas, sino simples españoles poseedores de cuerpos que el franquismo no quiso dejar librados al capricho de sus libidos, y los domesticó o los quiso domesticar como lo que fue y documenta Torres: una dictadura de ultraderecha que gritó “¡Viva la muerte!” en todos los sentidos, no sólo en el escupido por José Millán-Astray, uno de los generales adictos a Francisco Franco, el Generalísimo cuyo régimen no conoció, ni antes ni todavía, algún castigo.

sábado, noviembre 15, 2025

Momentos de Martín Luis Guzmán


 











Se acerca el aniversario 115 de la Revolución Mexicana y siempre es tema de interés más allá de lo que quede vivo o muerto del movimiento encabezado por Madero. Uno de los personajes más atractivos de aquella coyuntura es Martín Luis Guzmán (Chihuahua, 1887-Ciudad de México, 1976), escritor que nos dejó una obra vasta y ahora por suerte reunida en dos obesos tomos del FCE. No sé si exagero al afirmar que es el mejor escritor adscrito en la saga conocida como “novela de la revolución mexicana”, pero sin duda es uno de sus imprescindibles.

Quien tenga interés por leerlo puede acercarse a la edición ya clásica de La sombra del caudillo, la intonsa (con las hojas de sus tres lados exteriores no cortadas) de Porrúa, o de plano buscar los susodichos tomotes del Fondo. También, como introducción biográfica, recomiendo conseguir el libro Martín Luis Guzmán (Nostra Ediciones, México, 2009, 87 pp.), de Julio Patán (Ciudad de México, 1968). Se trata de un recorrido veloz, de una mirada panorámica al escritor chihuahuense, pues en seis capítulos dibuja aquella vida a la que no le faltó acción ni pensamiento expresado en una escritura siempre filosa, severa y pulcra en lo estilístico.

Desde la introducción, Patán establece que hay dos grandes momentos en la vida de su biografiado: uno, que va de 1915 a 1940, en el que MLG escribe y publica frenéticamente, entre otros, sus libros esenciales: El águila y la serpiente, La sombra del caudillo y Memorias de Pancho Villa. En este mismo periodo, el chihuahuense participa sin parar de la agitación política desatada tras la caída del Porfiriato, actividad en la que se acerca a los principales líderes, sobre todo a Villa, y también lapso caracterizado por largas radicaciones en Estados Unidos y en España, en ambos casos para ponerse a salvo, como exiliado trashumante.

El otro periodo significativo va de 1940 hasta 1976, cuando se acoge, por decirlo amablemente, al régimen postrevolucionario y goza de espacios laborales y reconocimientos importantes, lo que fue tomado como renuncia a sus juveniles banderas democráticas. Patán lo apunta así (se refiere al regreso de MLG tras el cercano triunfo del franquismo y su estacionamiento en el sistema político mexicano): “Las cosas, sin embargo, cambian dramáticamente con Guzmán desde que sale de la España en guerra para volver a México. Poco a poco, a partir de los años cuarenta, aquel disidente crónico se acerca al establishment posrevolucionario hasta acumular una cantidad difícilmente equiparable de reconocimientos y prebendas a cargo del Estado priísta: presidente de la Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos, senador de la República, embajador ante Naciones Unidas, Premio de Literatura Manuel Ávila Camacho. El final de este camino, famoso, imborrable, fue su apoyo al presidente Gustavo Díaz Ordaz ante los hechos del 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas”.

Hijo de militar porfirista, MLG nació en Chihuahua por el oficio de su padre, asignado a tal estado del país. A los diez años cambió su radicación a la capital, donde ingresó a la Escuela Nacional Preparatoria; allí se topó con Caso, Vasconcelos, Reyes y otros jóvenes de su edad influidos por el magisterio del dominicano Pedro Henríquez Ureña. En ese espaco se formaría el Ateneo de la Juventud, grupo que cuestionó el Positivismo oficial como única vía para acceder al conocimiento. Dictaron conferencias, hicieron sus primeras publicaciones, y en el camino los agarró la Revolución y después el asesinato de Madero.

Tanto Guzmán como Vasconcelos fueron quizá los ateneístas más contagiados de fervor político (los más acelerados, diríamos hoy) por lo que se vincularon con las bataholas que los mantuvieron a salto de mata. Lo asombroso es que Guzmán (y de hecho todos los miembros del Ateneo) logró crear una obra literaria vigorosa en medio del oleaje encrespado de la política nacional y los transterramientos. Para el chihuahuense, la década de los veinte fue, como ya se vio, la más productiva, tanto que, como lo consigna Patán, en la segunda etapa de su vida no volvió a producir una obra similar en calidad y cantidad.

Un pasaje muy interesante de la biografía guzmaneana es el que describe el papel de mediador que tuvo poco antes de la Decena Trágica. A petición de Madero, MGL habló con Reyes para que a su vez convenciera a su padre de abandonar la pelea contra el gobierno: “Madero le pide a Guzmán que a su vez le pida a Alfonso que se comunique con su padre y le transmita una oferta ciertamente atractiva: libertad a cambio de su compromiso de retirarse a la vida privada. Alfonso se niega: el padre simplemente se rehúsa a escucharlo a él, tan titubeante cuando de la sucia política se trata”. Más allá de estas tratativas, sabemos lo que pasó después, el baño de sangre en el que se convirtió la asonada antimaderista.

El gobierno usurpador de Huerta provoca la estampida de sus enemigos, lo que lleva a MLG a una primera salida forzada del país. Anota Patán: “Cercados por la policía secreta, deciden hacer un nuevo intento de fuga. Éste es el bueno. Llegan a Veracruz, saltan a La Habana, alcanzan Nueva Orleans y luego El Paso, donde los espera José Vasconcelos. Ya en la franja fronteriza, Guzmán no tiene mayores problemas para llegar a Ciudad Juárez, donde se encuentra con la figura más importante de sus días revolucionarios y una de las más importantes de su vida. En Ciudad Juárez está Francisco Villa”.

El ajetreo del escritor corre como sombra al lado de las coyunturas políticas. En otras palabras, a cada cimbronazo de la realidad mexicana corresponde un movimiento de MLG, sea para regresar o para irse, para acercarse a un caudillo o para romper con él. A alimón crece su obra, sobre todo en los periodos de su residencia en Madrid, donde se reencuentra con su amigo Alfonso Reyes y, entre otras actividades, quizá fundan la crítica cinematográfica para los diarios en español con la columna “Frente a la pantalla” firmada por un seudónimo común: Fósforo. Es de hecho, también, con el libro La querella de México, una especie de pionero en los estudios sobre el Ser mexicano que muchos años después provocaría libros importantes de Samuel Ramos (1934) y Octavio Paz (1950), entre muchos otros autores.

Tras el segundo exilio en España y el estallido de la Guerra Civil, Guzmán regresa a México y acá se encuentra con el gobierno de Cárdenas. Patán dibuja así la escena del regreso: “La última es la vencida. El aterrizaje de Guzmán en el México de Cárdenas es el definitivo. Al coronel, al diputado, al periodista, al ensayista, al conspirador, al novelista, al vendedor de aspirinas, al cónsul, al empresario periodístico, al asesor político lo esperan días de paz y abundancia, con Cárdenas y mucho después. La Revolución, para citar al propio Guzmán, termina de hacerse gobierno con la llegada del general de Jiquilpan al poder, y al escritor exiliado termina por hacerle justicia”. Los beneficios le llegan entonces sin obstáculos, es un escritor apapachado por el sistema y termina su vida en el ocaso del echeverriato.

Más que asomarnos a la segunda etapa de MLG, conviene, en resumen, que nos acerquemos a la primera, la de su obra más saliente. No es hiperbólico afirmar que fue y es el mejor prosista que tuvo nuestra narrativa revolucionaria.

sábado, agosto 02, 2025

El maestro Benaiges

 












En noviembre de 2022 estuve en Burgos, famosa ciudad española. Aunque fuera sólo un rato, quería conocer ese lugar, caminarlo un poco. Uno de mis ensayistas favoritos, Álex Grijelmo, nació allí en 1956, y desde que leí su Defensa apasionada del idioma español despertó en mí la inquietud de visitar algún día aquella heráldica ciudad de la comunidad autónoma de Castilla y León. No hubo tiempo en aquel viaje para visitar un espacio del cual obtuve noticias en mis vagabundeos por internet. Cerca de Burgos está Atapuerca, zona que se convirtió en el principal yacimiento de restos fósiles de homínidos en Europa, huesos que tienen alrededor de un millón de años.

Desde aquel periplo burgalés han pasado ya tres años, y lo recordé con énfasis por estos días a propósito de un hallazgo: la película El maestro que prometió el mar (Patricia Font, 2023), pues su historia se relaciona con sucesos ocurridos hacia 1934 en la zona de Burgos, particularmente en Bañuelos de Bureba, una miniciudad cuya población actual es de 31 habitantes. Hace noventa años, más o menos cuando se dio la historia que narra la película, tenía más, pero igualmente su población no era numerosa.

Basada en una historia real hasta donde pueden serlo las historias golpeadas por la guerra, a Bañuelos de Bureba llegó en 1934 un maestro de primaria. Su nombre fue Antonio Benaiges, y simpatizaba con la república. Acostumbrada España a una educación básica confesional, clerical y cerrada, los métodos de Benaiges fueron decididamente laicos, sin intromisiones de la fe religiosa. El profesor era oriundo de Mont-roig del Camp, Cataluña, y había conseguido su plaza en un pueblo recóndito y cercano a Burgos, al parecer sin estímulos para dedicar allí grandes esfuerzos.

Lejos de tomarlo a poco, el maestro emprendió un trabajo creativo y entusiasta, al estilo magisterial antiguo, comprometido hasta el tuétano con la formación de sus discípulos. Obviamente no escasean los obstáculos a su propósito. El cura del pueblo, atinadamente llamado Primitivo, cuestiona los métodos del nuevo docente, pero nada puede hacer: a Benaiges lo ha designado el gobierno de la república, por aquellos años de corte progresista, “rojo”.

Antonio Benaiges (encarnado en la cinta por Enric Auquer) lleva en la cabeza, para poner en acto, el método pedagógico del francés Célestin Freinet cuyo eje es la autogestión, la cooperación y la solidaridad del alumnado. Para su tiempo se trata de una novedad, vanguardia educativa que además sumó una imprenta manual como pieza clave de los quehaceres en el aula. El resultado principal de esa dinámica fue la impresión de cuadernillos de trabajo elaborados por los mismos alumnos, con sus textos y sus dibujos.

El título de la cinta, El maestro que prometió el mar, se debe a que Benaiges, en un paseo al campo con sus alumnos, explicó el flujo de los ríos que al final desembocan en el mar. Una alumna le preguntó que cómo es el mar, y de allí el profesor interroga a los demás si saben cómo es. Los niños y las niñas no lo conocen, y es en ese momento cuando el maestro promete llevarlos a su pueblo, en Cataluña, para que conozcan el mar. El trabajo de convencimiento a los padres para obtener permisos es arduo, pero lo consigue, y, en la emoción que los arrebata, los estudiantes elaboran cuadernillos alusivos al océano. No cuento lo que sigue porque la película, pese a su reciente factura, está íntegramente disponible en Youtube.

El maestro que prometió el mar ha sido armada con dos tramas muy bien urdidas, cada cual con su fotografía cálida y fría según la época a la que se refiere. Es 2010; Ariadna (Laia Costa) es una joven madre de familia. Ve en un programa de tele que en Burgos han encontrado una fosa común como las muchas que dejó regadas el franquismo por toda España luego de terminar la guerra civil. Sabe que el padre de su abuelo es un desaparecido y vivió en aquellos rumbos de Castilla. Su abuelo está en el asilo ya sin habla, enfermo, y Ariadna le/se promete que irá a Bañuelos de Bureba a tratar de indagar algo en la fosa común de La Pedraja. Allí encuentra el vago paradero del padre de su abuelo, y algo más: la historia infantil de su propio abuelo y la del profesor Benaiges, quien trabajó en el pueblo de 1934 al 19 de julio del 36. Titulado “¡El retratista!”, en uno de los cuadernillos reales sobrevivientes a las piras franquistas el profesor escribió: “Todo aquí es tan nuevo, que todo, la menor cosa levanta júbilo. ¡Dentro de su abandono, dichosos ellos, estos niños! Por eso yo digo: dad a los pueblos, a las aldeas... Dadles, no luz de ciudad, sol artificial, sino luz de su luz, luz que sea también calor, sabor, alma. Luz y alma. Y antes que eso, ineludiblemente, pan, satisfacción de pan. Y entonces veríamos qué son los pueblos, qué son las aldeas... Ese caudal de alegría, esa llama y ese frescor, ese primor que ahora sólo y a pesar de todo mana de los niños, no sería rostro y alma mustios, queja y vejez en los hombres, en los mismos mozos. ¡El retratista! He aquí, niños, lo que os trajo, sin traérosla: una perla”. Se refiere a una foto real del maestro y sus alumnos fuera de la escuela, imagen que también sobrevivió a la persecución del régimen encabezado por el despiadado Caudillo, como llamaron a Franco.

Con guion de Albert Val basado en un notable trabajo de Francesc Escribano, Queralt Solé y Sergi Bernal, la historia de Antonio Benaiges se vincula estrechamente con la cacería salvaje de “rojos” durante (y sobre todo después de) la guerra civil (1936-1939). Por eso el film consigna al final, en un mensaje previo a los créditos, esto que no debemos olvidar dado que el mapa de España está lleno de fosas comunes: “Al día de hoy se han exhumado en España los restos de 12.000 personas. Se estima que aún quedan miles por encontrar. Sus familiares continúan buscando”.

sábado, junio 21, 2025

Un ejemplo de guerra

 











La bibliografía sobre la guerra es inabarcable. De hecho, los libros de historia no serían tabiques de papel si fueran aliviados de las páginas consagradas a describir los combates entre ejércitos y su consecuente y exhaustivo derramamiento de sangre. La guerra es, entonces, protagonista fundamental y triste de la historia, el común denominador por siglos de la interacción humana, y aunque tendemos a pensarla como fenómeno del pasado, bien vemos que hoy nos acompaña, que no ha desaparecido, que en varias partes del planeta se libran conflictos cada vez más enconados y letales. La monstruosidad del genocidio perpetrado contra Palestina y los ataques entre Israel e Irán dan siniestra cuenta del polvorín que ahora es nuestro mundo.

Una de las guerras (en este caso civil, es decir, no entre países, sino entre ciudadanos de una misma nación) más cruentas fue la española que se desarrolló entre 1936 y 1939. Es casi imposible no saber, al menos de manera general, qué sucedió en aquellos años sobre el mapa de España. Si no, un libro que puede ayudarnos en este propósito es Una historia de la Guerra Civil que no va a gustar a nadie (Planeta-Booket, Barcelona, 2005, 400 pp.), de Juan Eslava Galán (Arjona, Jaén, España, 1948). Se trata de un trabajo de divulgación muy estimable, ya que a trazo grueso expone las características del encontronazo fraticida que en cientos de obras, incluidas muchísimas de ficción, es uno de los temas más recurrentes de la bibliografía española.

Y cómo no, si fue una carnicería en la que se despedazaron los combatientes de la República, encabezada por Manuel Azaña, contra las huestes de las que poco a poco, como lo muestra Eslava Galán, se apoderó Francisco Franco hasta ganar la guerra y convertirse en el Generalísimo, en el Caudillo que instauró en España un régimen con mando perrunamente unipersonal, autoritario en todos los rincones de la vida cotidiana. Franco murió el 20 de noviembre de 1975, así que viene en camino un cincuenta aniversario que reavivará en España el ya de por sí efervescente debate entre prorrepublicanos y profranquistas.

El libro contiene 53 capítulos breves y profusamente aderezados con imágenes agradecibles pese a que en la edición de bolsillo (2020) que comento no lucen, por pequeñas, lo suficientemente bien. Eslava Galán pespuntea en esta historia de una trinchera a otra. Trata de colocarse en un punto equidistante (por eso aquello de que su historia “no va a gustar a nadie”) de ambos bandos, y consigna, también con numerosas citas textuales, los ítems relacionados con toda guerra: tácticas, armamento, moral de las tropas, batallas, avances, retrocesos, comunicados, número de muertos y heridos, apoyo de aliados, discursos, defecciones, prisioneros, fusilados y un prolongado etcétera. Presta particular atención a las características del material bélico usado para aniquilar al enemigo en ambos casos: fusiles, granadas, pistolas, camiones, tanques, bombas, barcos, submarinos, minas y, sobre todo, aviones de combate en esa conflagración que puso a prueba, ya de manera dominante en la víspera de la Segunda Guerra, la importancia de los ataques desde el cielo para imponerse a los rivales, como lo recuerda bien el bombardeo a Guernica, en el País Vasco. Y a propósito del armamento, el autor no pasa por alto que el origen de muchas de las herramientas letales de esta guerra fueron donaciones de Alemania e Italia, en favor de los rebeldes franquistas, y de la Unión Soviética en apoyo a los republicanos.

Aunque el fresco es general, panorámico, Eslava Galán detiene a trancos su mirada en protagonistas de todos los tamaños: desde los encumbrados hasta los más pequeños que en algún documento han dejado testimonio de su participación en la lucha. Entre los famosos del bando fascista están, claro, el despiadado Franco y el todavía más despiadado José Millán Astray; del otro, el ya mencionado Azaña e Indalecio Prieto, entre muchísimos más, como la Pasionaria y los fotógrafos Robert Capa y Gerda Taro, o artistas que en Valencia participaron en el Segundo Congreso Internacional de Escritores Antifascistas (1937), como Ernest Hemingway, André Malraux, Pablo Neruda, César Vallejo, Nicolás Guillén y Octavio Paz (de México también estuvieron allí Elena Garro, Juan de la Cabada, José Mancisidor, Carlos Pellicer y Silvestre Revueltas, pero no son mencionados en este libro).

Una historia de la Guerra Civil que no va a gustar a nadie, otro buen libro del abundante Eslava Galán, abarca tres años de combates despiadados en todos los rincones de España. Lo hace con agilidad, saltando por geografías, personajes, trincheras y acontecimientos que todavía hoy pueden dejarnos una lección: que la guerra, que cualquier guerra, es siempre una tragedia, la más grande de todas las que han ensombrecido y ensombrecen a la humanidad.