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sábado, julio 18, 2026

Gerda en la trinchera

 















Entre el 17 y 18 de julio de 1936, hace justamente noventa años, comenzó la Guerra Civil española, una de las confrontaciones más sangrientas que registra la historia del siglo pasado y sin duda el hito bélico que gravita más en el presente español. El alzamiento militar en Melilla y Ceuta, posesiones españolas conservadas hasta la fecha en África, fue el banderazo de salida para el golpe que después encabezaría uno de los generales sublevados: Francisco Franco. Luego del albazo, poco a poco los “nacionales” avanzaron por territorio de España y en el camino, de oeste a este, encontraron la confusa oposición de los “republicanos”. Es innecesario añadir que las batallas produjeron una carnicería sobre la que la justicia jamás se expidió, así que aquello sigue archivado en la ominosa impunidad.

A la violencia se sumó el poderío del armamento y la asesoría de Hitler y Mussolini en respaldo de los golpistas. La llamada Segura República poco a poco fue desmoronada hasta que, tres años después, en abril de 1939, cayó y dio inicio al medievo español del XX: la dictadura de Franco que extendería su mancha política, económica y socialmente venenosa hasta 1975. En realidad, llegó más lejos, hasta nuestros días, pues muchas de las grandes fortunas actuales fueron amasadas mientras el Franquismo reprimía, mataba y hacía negocios privados con recursos públicos.

En efecto, los estragos de la guerra que comenzó hace nueve décadas siguen vigentes no sólo en lo económico. En el plano ideológico, los nietos de la Falange mantienen vigente un pensamiento perrunamente conservador. Controlan la economía, los medios más importantes, la justicia y algunos partidos que, como el PP y Vox, no tienen tapujos para disimular así sea un poco su carácter ultrarreaccionario. El discurso de personajes como Alberto Núñez Feijóo, Isabel Díaz Ayuso y Santiago Abascal hacen innecesarias mayores explicaciones. Como otras tantas naciones del mundo, España corre hoy el peligro de caer en las garras de su Trump o su Milei con el plus de la maldad de larga data cultivada en las mazmorras de la Inquisición.

Durante la Guerra Civil se formó un grupo de artistas que manifestaron su apoyo a la República en peligro. En él participaron Pablo Neruda, César Vallejo, Octavio Paz, Elena Garro y Silvestre Revueltas, entre muchos otros que viajaron desde lejos y se unieron a la Alianza de Intelectuales Antifascistas para la Defensa de la Cultura en la que también participaron, claro, españoles como Rafael Alberti, su esposa María Teresa León y León Felipe. Mezclada con tales personalidades anduvo una joven rubia, de baja estatura y políglota. Su nombre era un seudónimo: Gerda Taro. Había nacido en 1910, en Stuttgart, Alemania, en el seno de una familia judía. Se llamaba realmente Gerta Pohorylle Boral, y como parte de su educación vivió un tiempo en Lausana, Suiza. Su origen, su ideología y sus amistades provocaron que saliera de Alemania, pues el nazismo, con la figura del Führer en la cima del poder tras el derrumbe de la República de Weimar, era una amenaza nada ilusoria, más concreta que un gueto.

Una esplendida biografía titulada Gerda Taro. La primera fotorreportera que se (sic) dejó la vida en el campo de batalla (RBA, 2020, México, 185 pp.) ilumina la circunstancia de Pohorylle, quien en efecto arriesgó su vida por cumplir con la labor de documentar los más cerca posible la Guerra Civil. Malamente y no sé por qué, esta semblanza exhibe el crédito de su autora con extrema cicatería; su nombre es Betty Doñate, reportera y escritora catalana.

Decía pues, basado en el texto de Doñate, que Gerta se estableció en París sin documentos para trabajar. Sobrevivió como pudo, sabía francés y era una excelente mecanógrafa. Allí convivió en círculos de jóvenes revolucionarios y allí conoció a un joven también migrante de origen húngaro: André Friedmann, cuyo verdadero nombre era Endre Ernö, pues también ocultaba su origen judío. Era fotógrafo, operaba una cámara Leica, y poco a poco se había edificado una buena reputación en el oficio de fotorreportear.

Las carambolas de la azarosa vida que movía en París a la joven alemana terminaron por acercarla afectivamente a André y, por esto mismo, a la fotografía, actividad que llamaba su atención. La relación de Gerta con André y el despertar de su curiosidad por el arte fotográfico coincidieron con el estallido de la Guerra Civil en España. El joven fue contratado por revistas francesas para hacer fotos en el campo de batalla, y en ese momento Gerta tuvo la idea de acompañarlo. Entre los dos crearon una agencia y para denominarla se les ocurrió, casi como broma, un nombre falso: Robert Capa, supuestamente un experimentado fotógrafo norteamericano.

Aunque atravesada por cierta irrealidad, la agencia consiguió los contratos para hacer fotos de la guerra, así que Gerta y André cruzaron los Pirineos. Llegaron a Barcelona, pasaron a Madrid y luego a la zona de Andalucía, tomaron muchas fotos que luego aparecieron publicadas en Francia con la firma “Photo Robert Capa”. La conclusión del público lector fue obvia: ese nombre correspondía a un hombre, no a una mujer. Como Gerta deseaba hacerse de prestigio como fotorreportera, con el paso de los días comenzó a usar el seudónimo Gerda (no Gerta) Taro, que le sonaba a “Greta Garbo”, actriz a la que admiraba. Así nació “Reportage Robert Capa & Taro”.

Tras algunas separaciones de André, motivadas por el mismo trabajo que los obligaba a cubrir distintas zonas en conflicto o a viajar a París para entregar material y establecer nuevos contratos con revistas y diarios, en Gerta se radicalizó el deseo de usar su oficio como herramienta de denuncia. Tomó muy en serio uno de los consejos de André: para obtener buenas fotos hay que acercarse al acontecimiento tanto como sea posible. Al trabajar sola, Gerda decidió arrimarse hasta la misma línea de combate, acompañar, con alto riesgo de su vida, a los milicianos de la República. En un combate librado al oeste de Madrid, tenía casi 27 años cuando arreció la lluvia de balas, y al escapar sobre un vehículo atestado de heridos, mal tomada del estribo y cargada con su equipo fotográfico, cayó al suelo y el carrete de un tanque le pasó encima. Quedó gravemente herida, lograron llevarla a un hospital, pero murió desangrada algunas horas después.

La joven fotógrafa de la línea de fuego recibió un multitudinario homenaje en Madrid y luego en París. Fue sepultada en el cementerio del Père Lachaise, en la capital francesa, y hasta la fecha su sepulcro recibe visitantes que le dejan flores y mensajes de cariño y admiración.

En esta época de posverdades y mentiras descaradas, de fotos trucadas con herramientas digitales y, lo peor, de crecimiento neofascista en modo cínico, la Guerra Civil española nos recuerda, entre otros muchos hechos, que Gerda Taro, armada sólo con su cámara y su voluntad, entregó la vida al periodismo. La pequeña rubia con corte de pelo a la garçonne fue una “cazadora de luz” (como la definió José Bergamín), en donde la palabra luz es sinónimo de foto que a su vez es sinónimo de verdad. Hasta la fecha, aquellas imágenes captadas por Gerta Pohorylle declaran que la lucha contra el fascismo, sea cual sea la trinchera que se elija, no debe suspenderse.

miércoles, abril 29, 2026

Elogio de lo invisible


 











Alguna vez dediqué un pequeño libro a la comida lagunera. Corrió con buena suerte, tuvo un par de tirajes así fuera de pocos ejemplares cada uno y el volumen anda por allí, seguramente, en entrepaños de la región y quizá también de otros rumbos. Lo que hice en aquellas páginas fue homenajear veinte platillos de la gastronomía local en tanto preparaciones combinadas de ingredientes. No recuerdo si dije que la idea nació de la gratitud. Sentía tanto agradecimiento a las gorditas, a nuestras hamburguesas de carrito o a ciertos tacos del terruño que quise expresarlo de alguna forma, y así lo hice. Tenía de lejos un modelo literario: Neruda y sus Odas elementales. De entrada, el título de mi librito incurrió en la misma simetría de dos palabras con aire de oxímoron: Callejero gourmet.

Aquel libro tiene una segunda parte todavía no realizada y tal vez así se quede, como libro que nunca existirá: escribir sobre ciertos ingredientes mágicos, como el maíz, el frijol, el cilantro, el chile, el ajo, el cacahuate, obviamente la sal…, todos sin combinar. Este nace del asombro: en su humildad, pues la mayoría son relativamente baratos y abundantes, tienen un sabor tan definido y enriquecedor, tan digno de elogio, que fácilmente admiten unas cuantas “odas elementales”.

Digo lo precedente porque hace poco vi el video en el que Borges, mi querido y a veces maldosamente excesivo Borges, le propina un coscorrón a Neruda en una de las brillantes entrevistas que concedió a Antonio Carrizo. De Neruda dice que tiene poemas horribles, como uno que le dedicó a la cebolla. Creo que en ese momento pensaba en la “Oda a la cebolla”, que aparece en la primera tanda (de tres que armó) más o menos con el mismo título: Odas elementales (Losada, Buenos Aires, 1958).

Pese al dictamen de Borges, a mí me agradan esas “odas”. Entrecomillo el molde poético para destacar la paradoja. ¿Puede algo simple, “elemental”, admitir la composición de una “oda”? Lo que el premio Nobel chileno quiso expresar con tal unión de palabras es genial: hasta lo simple, hasta lo primario, es asunto del poeta. Nada le es ajeno, ni la cebolla, “redonda rosa de agua”, “Estrella de los pobres” “más hermosa que un ave”. Estos piropos a la cebolla de todos los días son merecidos. No veo por qué no escribirlos.

sábado, agosto 14, 2021

Edwards y el Poeta gregario

 















En la página 121 de Adiós, Poeta… (Tusquets, México, 1990, 323 pp.), memorias de Jorge Edwards (Santiago de Chile, 1941), hay una opinión sobre Neruda que, como tantas otras en aquel libro, llamó —disculpen el manoseado adverbio— poderosamente mi atención. Debo citar en largo: “[Neruda] Se había declarado alguna vez ‘poeta casamentero’, y al respecto había dado pruebas, pero era, más allá de eso, una persona aficionada a relacionar a gente, a crear grupos y convivir intensamente con ellos. De pronto se replegaba, se aislaba, y ahí se producía lo mejor de su reflexión y de su creación poética, pero, cuando salía de su intimidad creativa, siempre misteriosa para los otros, se convertía, como ya lo he dicho antes, en una de las personas más gregarias que he conocido. Su paso de la soledad a la sociabilidad era, creo, uno de los mayores enigmas, y es el enigma fascinante de todos los verdaderos poetas: la poesía transcurría por una vertiente y la vida cotidiana por otra (…) Si tenía un grupo de personas, grupo grande y cambiante, en Chile, grupo que adaptaba matices diferentes en Valparaíso, en Santiago, en Isla Negra, también lo tenía en París, y supongo que lo tuvo en México, en Roma, en Budapest, en Moscú”.

Leí este título de Edwards porque es un autor latinoamericano al que sólo conocía por los buenos cuentos de Las máscaras (1967) y, como vive aún y recién acaba de cumplir noventa años, quise conocerlo mejor. Elegí para lograrlo Adiós, Poeta…, una memoria en la que ciertamente somos testigos del recorrido vital de Edwards hasta 1990, pero que en todo momento pespuntea hacia los muchos encuentros que como amigo, colega escritor y compañero de la diplomacia chilena tuvo con el autor de Canto general.

De entrada, es completamente entendible que quien sea que se haya codeado con un genio, y Neruda lo era, sienta en algún momento el impulso de contar su vida en relación con el personaje legendario. Es un poco o un mucho algo aproximado a lo que ocurrió con Eckermann y sus Conversaciones con Goethe, o con Boswell y su Vida de Samuel Johnson. Es difícil aguantar la comezón de mostrar con la escritura que se ha estado junto a una cumbre, como acercarse al Everest y sentirse urgido por contarlo.

El Edwards que miramos en Adiós, Poeta… es esencialmente un escritor que incurre, como muchos de su generación, en la carrera diplomática en función, él lo dice, del cosmopolitismo que supone, además de una forma de subsistir. Describe sus orientaciones literarias iniciales, los beligerantes grupos que configuraban el mundillo de las letras en Santiago, la rivalidad entre huidobristas (por Vicente Huidobro), de rokhistas (por Pablo de Rokha) y de nerudianos, y deja ver sobre todo los encendidos debates entre los escritores artepuristas y los comprometidos, disyuntiva otrora básica para figurar o no a tal o cual barricada. Nos describe, por supuesto, su posición más bien de centro, por no decir socialdemócrata y tendiente a la derecha, frente a las posturas radicales, estalinistas, del Neruda que conoció en los cincuenta. Es sin duda una buena memoria en función del propio autor, del Poeta (como Edwards alude a Neruda y justifica la mayúscula del título) y de un alud de escritores y demás artistas, entre ellos algunos mexicanos como Fuentes y Rulfo, conocidos por Edwards en muchas partes del mundo, sobre todo en Francia y Chile.

Vuelvo a la larga cita desplegada líneas antes porque pensé que destacar la habilidad de Neruda para formar grupos y grupúsculos, para socializar en largas jornadas de vino y whisky, es una pericia de la cual carece la mayor parte de los escritores. En general, lo digo por mí y por muchos homólogos que conozco, organizar fiestas, articular una vida social más o menos frecuente y concurrida no embona con la vida literaria. Al contrario, los escritores, muchos escritores, suelen hacer vida social siempre con algo de culpa y buena parte de las veces con magra satisfacción, pues la teoría de que se lee y se escribe en terca soledad no es tan errada, y tal soledad deviene hábito, manera de vivir. Por eso me asombró lo que dice Edwards: que Neruda se aislaba, escribía maravillas y al salir de su covacha era el alma de las fiestas. Apenas puedo creerlo.


miércoles, octubre 17, 2018

De erratas y derrotas




















Quizá nadie sabe más de erratas, de lo que fastidian y de lo que duelen, que quienes tenemos la suerte o no sé si la desgracia de editar libros, revistas y/o periódicos. Pero no sólo nosotros, claro. Los autores las cometen y las resienten cuando no las cometen, y los lectores las subrayan como para clavar más hondo el puyazo en la piel del editor. Por eso digo que este oficio tiene su lado lindo: hacer las cajas, escoger la tipografía, determinar si el arranque de los textos se acicalará con una bella capitular, ver en qué sitio queda bien algún renglón en versalitas... Eso, la parte del diseño general, es una chamba por lo común grata y hoy, gracias a los programas de computadora, algo mecanizada luego de decidir los parámetros de cada cosa.
Lo difícil no es eso, sino leer y releer el contenido no sólo para pescar las erratas del autor, que por lo general vienen porque vienen en el original, sino para que el texto avance en la tesitura que le corresponde, sea poética, narrativa o de prosa expositiva, sea sobria o lúdica, sea conservadora o experimental. Entonces, sea cual sea el caso, leer y releer —y en ese trance corregir en acuerdo con el autor, si se puede— es el oficio real de quien edita, y no sólo pasar un documento de Word a otro programa sin detenerse a pensar en las sutilezas de la escritura.
Pese a los cuidados extremos, sin embargo, las erratas siguen floreciendo. La tecnología moderna ha logrado, creo, aplacar su funesta aparición, pero no las ha vencido. Antes, cuando las publicaciones se componían a mano, de manera artesanal, sin electrónica, con tipos móviles, las erratas podían multiplicarse a grados escalofriantes, todo dependía muchas veces de que el cajista tuviera sueño o fuera muy desenfadado para que cualquier párrafo viera aparecer, de la nada, pifias de todos los colores.
Neruda opina al respecto en un textito titulado “Erratas y erratones” (del libro Para nacer he nacido, Seix Barral, Barcelona, 1978). Comenta allí que la narrativa puede padecer erratas sin desmoronarse, y confía en que el contexto ayuda a subsanar cualquier error. La poesía, al contrario, es una arquitectura tan delicada que cualquier cambio puede echar abajo el edificio de lo escrito. Comenta el caso de su próximo libro (próximo hasta el momento de escribir “Erratas y erratones”); dice que al revisar las galeras encontró que, gracias a los duendes de la zancadilla tipográfica, donde decía “el agua verde del idioma” le cambiaron a “el agua verde del idiota”. Espantoso. Luego narra una anécdota ocurrida a su amigo Manuel Altolaguirre, poeta y editor. Cuenta que tras editar un poemario, Altolaguirre se vio con el autor, a quien le aseguró que el libro no contenía errores, “Pero al abrir el elegantísimo impreso, se descubrió que allí donde el versista había escrito: ‘Yo siento un fuego atroz que me devora’, el impresor había colocado su erratón: ‘Yo siento un fuego atrás que me devora”.
Las erratas son invencibles. Lo bueno es que a veces hacen de lo trágico algo cómico. Viéndolo bien, no es poco logro.

sábado, junio 03, 2017

Biblioteca de monstruos












La Real Academia Española anunció recién la publicación de uno más de los libros que ha venido editando, mediante el sello de Alfaguara, para homenajear, con el bienvenido pretexto de ciertas fechas, a escritores imprescindibles de nuestra lengua. Así, lo que comenzó en 2005 con el Quijote multiprologado y de tiraje bestial, continuó los doce últimos años con García Márquez, Fuentes, Mistral, Neruda, Vargas Llosa, otra vez Cervantes, Darío, Cela y ahora, en este 2017, Borges.
Se trata pues de una más de las “ediciones conmemorativas” que la RAE, en coordinación con las academias de la lengua española de todo el mundo, arma con el fin de alcanzar un objetivo específico: poner a la mano de muchísimos, en el impiadoso mercado, algunas obras editadas sin tacha y hacerlo con un soporte crítico que permita revisualizar la importancia de esos autores en el contexto de nuestra lengua y de la literatura mundial.
El libro que ya comenzó su andanza es Borges esencial (título que me recuerda el de Borges oral), “que incluye los textos introductorios y ensayos escritos ex profeso, una cuidada selección de lo más representativo de su poesía, ensayo y narrativa, además de la publicación íntegra de las que quizá sean sus dos obras más emblemáticas: El Aleph y Ficciones”, dice el cable. Esta reunión de textos estaba planeada para aparecer en 2016, año en el que se conmemoró el treinta aniversario luctuoso del genio argentino, pero se rezagó, costumbre del trabajo editorial, y hasta ahora fue puesta en circulación. Aseguran que se trata de una joya, pero eso equivale a no asegurar nada, pues el apellido Borges sólo produjo eso: joyas. Desde ya, hay que preparar la faltriquera para cuando Borges esencial llegue a nuestro desierto.
Quiero aprovechar el último párrafo de esta entrega para alentar el voto en la jornada electoral de mañana. Más allá de las sutiles o no tan sutiles campañas disuasorias o derrotistas, nuestra participación es fundamental. Entre más copiosa sea la votación, más certeza tendremos de que quienes lleguen a los puestos de elección sean los verdaderamente elegidos por la mayoría, no los que con artimañas de toda índole juegan el mafioso juego de la compra de votos y la adulteración de resultados. A votar y a invitar a votar a toda la parentalia. Entre más seamos, mejor.

sábado, febrero 28, 2015

Match en las nubes














En México decimos “voladito” al niño que luego de hacer una gracia pública es aplaudido y luego no cesa sus intentos por repetir la hazaña: divertir de nuevo a la concurrencia. El resultado, claro, es lamentable: el niño insiste tanto que es necesario frenarlo: “Ya, no seas voladito”, le indica su madre. Ese niño voladito y desconocido para mí es un poco el Gabriel García Márquez que a principios de los setenta entrevista al Pablo Neruda recién premiado con el Nobel.
El testimonio está en YouTube como “Gabriel García Márquez entrevista a Pablo Neruda”, y llegué a él como uno llega a tanta información en la red: por vagabundeo internético. El diálogo fue producido, todavía en blanco y negro, por la televisión chilena. Lo introduce y lo cierra un locutor que habla en cámara lenta y tiene un extraordinario dominio de la torpeza retórica. Si uno resiste las palabras preliminares o simplemente las brinca, al fin aparece lo bueno o se ahorra tiempo valiosísimo y llega rápido a los figurones.
Luego de ese preámbulo saludablemente omitido comienza pues la entrevista, insólita para mí, entre los dos tótems latinoamericanos. Neruda se había agenciado el Nobel en 1971 y a García Márquez le faltaban como diez para que la Academia Sueca se lo diera. Por lo que se puede ver, u oír, mejor dicho, Neruda tiene ya en ese momento una gran admiración por el narrador colombiano, quien para entonces mantenía intacta la imagen de triunfador que de hecho ya no perdió desde el 67, cuando apareció Cien años de soledad, hasta que murió, en 2014.
La conversación es amable, sencilla, nada complicada por referencias culteranas. En uno de sus pasajes ambos confiesan que de alguna manera apetecen ser el otro: García Márquez dice que como novelista sabe que su narrativa tiende a poetizar, y Neruda subraya que su poesía no tiene miedo a ser atravesada por cierto impulso narrativo. El chileno observa algo que vale la pena destacar: dice que envidia a los novelistas, que lee muchas novelas, que le hinca el ojo incluso a las policiales y que, para él, la novela es “el bistec de la literatura”, es decir, la parte más fuerte del platillo.
Lo mejor es ver “en vivo” esta entrevista y aguardar su sorpresivo y jocoso final. De paso podemos sonreír ante la mesura y la madurez de un Neruda ya cabalmente cuajado y un García Márquez algo imprudente, un poco en la pose de genio voladito que asume el escritor cuando la fama lo invade demasiado joven. El colombiano, claro, pronto abandonó ese estilo. Ya no requirió de la pedantería cuando la gloria le cayó encima.

miércoles, julio 13, 2011

Jueves 14, mesa redonda “En recuerdo de Neruda”



Pablo Neruda, el gran poeta chileno, ganó el premio Nobel de literatura en 1971, hace exactamente cuarenta años. Para celebrar esa efemérides el Icocult Región Laguna, en coordinación con el Museo de la Revolución, ha organizado la mesa redonda “En recuerdo de Neruda” con la participación de los poetas Daniel Monroy y Daniel Maldonado. Moderará Jaime Muñoz Vargas. La mesa se celebrará el próximo jueves 14 de julio a las 19:30 horas en el Museo de la Revolución.
Como se sabe, Neruda (Chile, 1904-1973) es una de las presencias poéticas más poderosas y entrañables que ha dado América Latina. Su obra, amplia y rica en variantes, es un paso obligado de cualquier lector contemporáneo. Considerado por muchos como el mejor poeta del siglo XX, Neruda escribió libros hoy fundamentales: el Canto general, Odas elementales, Veinte poemas de amor y una canción desesperada, Confieso que he vivido, Crepusculario, entre muchísimos otros que en 1971 lo hicieron acreedor al Nobel de letras.
En cuanto a los participantes en la mesa, Daniel Maldonado es autor de los poemarios Los otros males, 2002 y Engranajes memoriales, 2002. Compilador y coautor del libro Las lenguas dementes, 2004. Aparece como parte de la antología en el libro de poesía bilingüe español-francés Cantos de Piedra / Chants de Pierre, 2005, junto a poetas contemporáneos mexicanos y franceses, y en el libro Las voces del tranvía, Muestra poética de la Laguna, 2007. Ha publicado su obra literaria en diversas revistas, suplementos y periódicos del país y en internet. Se dedica al periodismo, la enseñanza y la crítica de medios entre otras actividades. Recientemente colaboró en el colectivo Coral para Enriqueta Ochoa. Tiene un par de libros de poesía inéditos.
Por su parte, Gerardo Monroy nació en Monterrey en 1977, estudió ciencias biológicas en la Universidad Autónoma de Nuevo León. Radica en Torreón, Coah. Asiste al taller literario coordinado por Saúl Rosales en el teatro Isauro Martínez y es, además, articulista. En 2005 fue becario del programa Jóvenes Creadores de Nuevo León en el área de letras. El Instituto Coahuilense de Cultura editó en 2007 su primer libro, una selección de poemas titulada Algunas hojas. Parte de su trabajo periodístico y literario puede ser leído en el blog http://erathora.blogspot.com.
El moderador, Jaime Muñoz Vargas, es escritor, maestro, periodista y editor. Nació en Gómez Palacio en 1964. Entre otros, ha publicado las novelas El principio del terror, Juegos de amor y malquerencia y Parábola del moribundo; los libros de cuentos, Las manos del tahúr, Ojos en la sombra y Leyenda Morgan, entre otros. Ha ganado los premios nacionales de narrativa joven, de novela Jorge Ibargüengoitia, de cuento de San Luis Potosí, de cuento Gerardo Cornejo y de novela Rafael Ramírez Heredia. Textos suyos han aparecido en publicaciones de México, Argentina y España.
Entrada libre. Brindis.

viernes, enero 28, 2011

Oda a la vieja lap



Un libro que me pegó de joven fue Odas elementales, de Neruda. Como sabemos, el poeta de Temuco publicó en él bellos poemas (el adjetivo “bellos”, si nos referimos a la producción nerudiana, es un pleonasmo) dedicados a objetos, lugares o sentimientos “elementales”. El premio Nobel de 1971 usa esa palabra en los dos sentidos que podemos asignarle: como objetos, lugares o sentimientos sencillos, o bien como básicos para deslizarnos por esta extraña cosa llamada vida. Así, casi cualquier tema es motivo de una oda para el chileno, pero es de resaltar que la merecen más aquellos detonadores temáticos que conviven con el escritor y lo ayudan a maravillarse de y en su cotidianidad.
Un ejemplo de poema con tema notoriamente “elemental” es “Oda al caldillo de congrio”. Es, como todas las odas nerudianas, una composición esbelta, de verso tan corto que avanza como flecha hacia el lector: “En el mar, / tormentoso / de Chile / vive el rosado congrio, / gigante anguila / de nevada carne. / Y en las ollas / chilenas, / en la costa, / nació el caldillo / grávido y suculento, / provechoso. / Lleven a la cocina / el congrio desollado, / su piel manchada cede / como un guante / y al descubierto queda / entonces / el racimo del mar, / el congrio tierno / reluce / ya desnudo, / preparado / para nuestro apetito. / Ahora / recoges / ajos, / acaricia primero / ese marfil / precioso, / huele / su fragancia iracunda, / entonces / deja el ajo picado / caer con la cebolla / y el tomate / hasta que la cebolla / tenga color de oro. / Mientras tanto / se cuecen / con el vapor / los regios / camarones marinos / y cuando ya llegaron / a su punto, / cuando cuajó el sabor / en una salsa / formada por el jugo / del océano / y por el agua clara / que desprendió la luz de la cebolla, / entonces / que entre el congrio / y se sumerja en gloria, / que en la olla / se aceite, / se contraiga y se impregne. / Ya sólo es necesario / dejar en el manjar / caer la crema / como una rosa espesa, / y al fuego / lentamente / entregar el tesoro / hasta que en el caldillo / se calienten / las esencias de Chile, / y a la mesa / lleguen recién casados / los sabores / del mar y de la tierra / para que en ese plato / tú conozcas el cielo”.
La transparencia de esos poemas me alentó desde hace mucho a buscar la grandeza en lo ordinario. Creo que esas odas me revelaron la belleza de lo inmediato y en apariencia insignificante. Tan fuerte fue la epifanía que desde entonces escribo en la mente no odas, pero sí “prosas elementales”. Tengo dos libros inéditos con ese tema, uno de ellos sobre la comida popular de La Laguna (Callejero gourmet), del cual he presentado avances en Ruta Norte. Otro, sobre dedicatorias de libros que me enorgullecen. Un tercer libro con es mismo asunto es el que algún día escribiré sobre ciertos productos comestibles que me asombran por su sabor y su modestia, como la sal, la azúcar, el frijol, el maíz, el plátano, el arroz, el café, el cilantro, la mandarina, la tuna, entre otros.
Pues bien, en días recientes pensé en la posibilidad de otro librito similar, éste sobre ciertos objetos también presentes en la rutina que ya, por comunes, se nos hacen invisibles. No pienso en esas estampas como meros ejercicios estilísticos, aunque lo parezcan más que nada. Llevan intrínseco, al menos así lo pienso, el reconocimiento a los seres anónimos que trabajaron para que un artículo me sirva. Agradecer a los zapatos que salieron muy buenos y no caros es, en el fondo, pensar en los lugares donde el esfuerzo de hombres y mujeres sin rostro, pero reales, metieron los manos en la materia para transformarla y crear riqueza (no para ellos, y eso también es parte de la reflexión). Agradecer al tenedor con el que comemos, ese objeto tan extraño si lo miramos bien, o a la camisa, o al sombrero, o al reloj. Nada hay, de hecho, que no tenga un origen genial y que no implique la presencia de un razonamiento agudo. Eso es lo que me deslumbra y eso es lo que quisiera destacar incluso en objetos sofisticados, como la lap top. Sólo he tenido una, ésta con la que escribo esto, y es un objeto maravilloso. Poco más de cinco años he convivido con ella, y jamás se ha rajado. Ya perdió una bisagra, está toda raspada y sin las calcomanías originales, le queda nada de memoria, ya le caducó todo, pero sigue trabajando. A ella no le tocará quizá la suerte de la Olympia mecánica, que sobrevive como adorno, pero sí estos renglones que son como una declaración de amor. Asombrosamente, con sus teclas le escribo estas palabras y quedo más, más asombrado todavía.

jueves, abril 08, 2010

Arte poética y Neruda



“Qué es el ars poetica?”, me pregunta un joven escritor. Le respondo con la generalidad del diccionario: es una manera de concebir el ejercicio poético, es el enfoque estético de un escritor y blablablá. Recuerdo en ese momento el ensayo de mi amigo David Lagmanovich: “Las ‘artes poéticas’ de Pablo Neruda”, y se lo recomiendo, pues hay allí una acabada respuesta a lo que pregunta. Así comienza, y está completo en esta página web:
Lo que sigue no pretende ser un ejercicio de erudición. Fácil sería espigar en la inacabable bibliografía nerudiana algo de lo mucho que se ha escrito sobre este enorme poeta: desde los grandes nombres de la crítica, como Amado Alonso o Hernán Loyola, hasta los modestos escribientes que elaboran un reglamentado número de cuartillas para cumplir con la obligación de publicar impuesta por la burocratización de las instituciones del saber. Los primeros unen el amor a la erudición; los segundos, en el mejor de los casos, erudición solamente, o al menos los gestos que la caracterizan.
Nada de eso carece de legitimidad; pero quisiera decir, especialmente a los más jóvenes, que en el mundo de la literatura, y del arte en general, lo que más vale es la aproximación a aquello que de verdad nos gusta o interesa. Lo nuestro no es trabajo de jornaleros, aunque pudiera hacerlo suponer el dolor de las espaldas y el cansancio de las articulaciones al término de una jornada de trabajo. Lo nuestro, en el caso de la plástica, es visión y más visión, hasta captar del cuadro inclusive lo que el pintor puso inconscientemente allí; en el caso de la música, es audición y más audición, hasta lograr parecidos resultados; en el caso de la literatura, es lectura y más lectura, hasta que las palabras del creador resuenen en nuestro interior como nunca han sonado antes. Sobre esta base pueden construirse monumentos críticos; pero no antes de que esta base exista.
Por eso, las líneas que presento implican ante todo una tarea de lectura. La cadena textual que propongo está constituida por un mínimo de cuatro poemas de Pablo Neruda, de diversas épocas, en los que el poeta habla sobre la poesía, y estos están a su vez apoyados en unos pocos poemas más. Estos poemas hablan sobre la poesía. Mejor dicho: en ellos el poeta habla sobre su poesía, o sobre la relación que él mantiene con ella, y al hacerlo va exponiendo ideas e intuiciones sobre lo que toda poesía es o puede llegar a ser. Se trata del tipo de poemas que en la antigüedad se llamaron ars poetica —“arte poética”, y muchas veces simplemente “poética”— y que la modernidad recuperó a partir de la admirable composición “Art Poétique”, de Paul Verlaine, poema compuesto en la década de 1880.
En todas las literaturas importantes hay poemas “arte poética”. Los de otras lenguas han sido repetidamente traducidos al castellano; así ocurrió con el manifiesto poético en verso de Verlaine, ya mencionado. Un ejemplo del siglo XX, también en otra lengua, es el bello “In my craft or sullen art”, “En mi oficio u hosco arte”, de Dylan Thomas. Si vamos a textos escritos originalmente en español, la nómina es muy extensa: Rubén Darío, Antonio Machado, Octavio Paz, Juan Gelman, para citar sólo unos cuantos, escribieron textos que caen dentro del esquema general del poema “arte poética”. Y uno más: Pablo Neruda.
Los poemas escogidos proceden de varios libros de Neruda extendidos a lo largo de muchos años: fundamentalmente, para los poemas que consideramos esenciales, Residencia en la tierra, cuya edición definitiva es de 1935; Canto general, de 1950; Odas elementales, de 1958, y Memorial de Isla Negra, de 1964. Representan, pues, una trayectoria dentro de la vida y de los libros del poeta. Nos interesará ver qué dicen estos poemas sobre la personalidad y la trayectoria poéticas de Neruda: qué clase de poesía dice que quiere escribir, y qué clase escribe en efecto en estos poemas sobre la poesía. Iremos a los textos mismos y conviviremos por unos instantes con ellos.