No muy alto, medio flaco y correoso, Iván Zamorano (Maipú, Chile, 1967) siempre daba la impresión de no llenar el uniforme. Tenía un aspecto algo desgarbado, de futbolista llanero porque incluso usaba las calcetas a media asta. Clase no derrochaba, era un jugador con aspecto semisalvaje, y de alguna forma lo era: un guerrero araucano como los que Ercilla supo homenajear con versos de hierro. Militó en cuatro equipos importantes: Real Madrid, Inter de Milán, América de México y Colo Colo de su país, y por supuesto muchas veces fue seleccionado de la Roja. Anotó casi 350 goles, y quienes lo vieron en el área recuerdan que su principal habilidad estaba en el juego aéreo. Las repeticiones evidencian que su resorte, además de poderoso, tenía una virtud capital: la precisión. Algunos creerán que para el golpeo de testa lo importante es saltar mucho: entre más alto, mejor. El Bam-Bam, como lo apodaron, demostró que el arte de cabecear demanda sobre todo una capacidad sutil para calcular el instante exacto en el cual cobrar impulso. Zamorano lo dominaba como nadie y por ello superó a defensores mucho más altos. Sin duda ha sido, es y será un ídolo del futbol chileno.
sábado, julio 18, 2026
38. Zamorano
martes, junio 23, 2026
13. Caszely
Carlos Caszely (Santiago de Chile, 1950) fue un goleador indiscutible. Anotó casi 300 tantos, la mayoría con el Colo Colo, equipo más popular de su patria. Si nos pidieran imaginar a un killer de las porterías enemigas, es probable que la complexión que nos parecería menos apta es la de Caszely: era chaparrón, de cuerpo algo cuadrado, como el de Bob Esponja. Además, el pelo crespo y el mostacho denso podían inducirnos a pensar en un trabajador de oficina, no en un artillero del futbol. Caszely, pues, no impresionaba por su facha, pero tenía unas facultades que hasta hoy lo hacen digno de figurar en cualquier lista de cañoneros. Su menú deja ver que clavaba goles de diversa factura, pero su especialidad era llegar driblando hasta la mismísima raya de la meta enemiga. En otras palabras, tenía la obsesión de quitarse a todos los defensores, incluido el portero, y empujar la pelota caminando; marcó incluso un gol maradonesco en el que eludió hasta al árbitro. Dos datos importantes acompañan su biografía. En tiempos de Pinochet, se declaró abiertamente de izquierda, lo cual no es poco decir, y fue el primer expulsado con tarjeta roja en un Mundial, el del 74.
miércoles, junio 17, 2026
Futbol como tópico
No
está de más pensar un poco en la evolución del futbol como tema intelectual. Sé
que en contextos como el inglés o el francés ha sido observado desde los
sesenta por algunos estudiosos de “la sociedad del espectáculo”, pero en
América Latina sospecho que su interés como tópico no sólo deportivo, sino
cultural en su sentido más amplio, ocurre a partir de la década de los noventa.
Como motivo de relatos literarios data de más atrás, pero como fuente de
reflexión más o menos frecuente apenas alcanza un periodo algo mayor a tres
décadas.
Una
explicación tal vez atendible, así sea nada más a manera de hipótesis, sobre el
rechazo al futbol como tema atractivo al pensamiento, quizá tiene algún nexo con
la rigidez de los intelectuales a la hora de aproximarse a la cultura de masas,
o hacerlo tibiamente y muchas veces con obligado desprecio. El futbol como espectáculo
popular, simple, irracional, frívolo, provocaba culpa en los estudiosos, más si
en ellos había simpatía por su práctica. Es la tensión destacada por Umberto
Eco entre los “apocalípticos” y los “integrados”. Los intelectuales, predominantemente
de izquierda en los sesenta, setenta y ochenta, tal vez eran aficionados de
clóset, y, si mucho, mostraban alguna adhesión en revistas y periódicos, nunca
en el objeto sacralizado del libro.
Esto
cambió como una distensión, podemos imaginar por qué, en los noventa. Más allá
de las renuncias o las constancias ideológicas de la izquierda, lo ciento es
que se acusó un nuevo clima para el despliegue del pensamiento. Si el futbol
era atractivo para las mayorías, más que un fenómeno puramente deportivo o espectáculo con estatus de nuevo opio del pueblo, en
buena hora los estudiosos decidieron explorarlo. Por eso no me parece poco
sintomático que Fútbol argentino, El futbol
a sol y sombra, Los once de la tribu y La
era del fútbol hayan aparecido en 1990, 1995, l995 y 1998, en este orden.
El trazo de esta idea es muy grueso, pero precisamente por ello más visible,
digno de un hilado más fino en el futuro.
¿Por qué el anarquista Osvaldo Bayer, gran relator en los setenta de las masacres en la Patagonia, decidió publicar un libro sobre futbol en 1990? ¿Por qué el zurdo Eduardo Galeano elogió el futbol en 1995 cuando Las venas abiertas de América Latina era ya un clásico del saqueo colonialista en nuestro continente espiritual? ¿Por qué Juan Villoro se arriesgó en el 95 a ser excluido del canon mexicano por escribir sobre futbol? ¿Por qué Juan José Sebreli emprendió su sesudo y severo alegato contra el futbol en 1998? Insisto: tanto para elogiarlo como para repudiarlo, el futbol alcanzó en esa década el rango de tema a indagar. Han pasado 35 años en los que, a un ritmo constante, aparecen libros sobre futbol encarados desde distintas disciplinas, muchos colectivos, como Área penal: el futbol en tiempos de globalización, publicado por la UNAM y coordinado por Federico Fernández Christlieb (hermano del exportero del Atlante). No es necesario resaltar que la sanción editorial de la UNAM da carta total de naturalización al futbol como tema académico.
sábado, octubre 04, 2025
El boom según Donoso
Nunca entendí el imperativo freudiano de acabar
con el padre boom, de matarlo y
orientar la escritura por caminos supuestamente distintos, como si la
literatura, el arte, la vida toda no fuera una permanente y nunca acabada
mezcla (dialéctica, dirían algunos) de tradición y ruptura. Más, pues, que
aniquilarlo (aniquilar significa etimológicamente “convertir en nada”), siempre
he creído que es mejor integrarlo sin traumas a nuestra tradición, en
percibirlo como parte constitutiva de nuestra cultura, en asumirlo como un
momento notable/perdurable de la narrativa latinoamericana. Matar al boom es un empeño que creo no ha
prosperado, pues todavía hoy es más que frecuente encontrar reediciones de sus
autores más visibles. Por algo será.
Una de las inquietudes que siempre brincan
cuando se habla de esta generación es la referida a la nómina de sus
integrantes. ¿Quiénes fueron y quiénes no fueron parte del grupo? La pregunta
es de respuesta imposible, y creo que esto se debe a que, más allá de los
encuentros en fiestas, mesas redondas, oficinas de editores y demás, los
autores del boom nunca configuraron
un bloque homogéneo debido sobre todo a la disparidad de sus edades y al
inmenso espacio geográfico que supieron abarcar: toda América Latina. A
diferencia de otras generaciones, cuyos integrantes tenían más o menos la misma
edad y radicaban en una ciudad o al menos en un solo país, los escritores del boom nacieron en fechas algo distantes y
se movieron por todo el contexto hispánico y más allá, pues no faltó que
radicaran en distintos periodos en Francia, Inglaterra y Estados Unidos, lo que
añadió una suerte de inevitable dispersión. Basta ver el índice de los entrevistados
en el canónico Los nuestros, libro de
entrevistas de Luis Harss, para advertir lo que trato de explicar. Lo mismo
aparecen allí Carpentier (Cuba, 1904) que Vargas Llosa (Perú, 1936), o Borges
(Argentina, 1899) que García Márquez (Colombia, 1927), es decir, autores geográfica
y cronológicamente alejados, lo que dificultó la noción de compacidad espacio-temporal que suele demandar el concepto de generación.
Según el crítico que aborde el tema, uno de los
integrantes que entra y sale de la lista es José Donoso (Santiago de Chile, 1924-1996).
Cuentista y novelista, autor de títulos celebrados como Coronación, El lugar sin límites y El obsceno pájaro de la noche, compuso además una especie de
memoria titulada Historia personal del ‘boom’
(Alfaguara, 2018, 166 pp.). Su primera edición apareció en el amanecer de los
setenta, en 1972, cuando la ola boomística, perdón por el ingrato adjetivo, ya
venía de bajada. Pese a esto, el fenómeno sesentero seguía fresco, y el
abordaje de Donoso es el de un testigo que duda, forzado quizá por el buen
gusto de la modestia, en darse a su vez el estatus de participante.
El chileno plantea de entrada que durante la primera mitad del siglo
XX la novela latinoamericana obedeció a un rasgo chovinista de nuestros países:
cada uno valoraba con énfasis lo nacional, lo relacionado estrechamente con el
contexto local, de modo que las novelas resultantes eran apreciadas como buenas
en función de su arraigo verbal y temático en cada terruño. Es, grosso modo, lo que luego sería
calificado como “novela telúrica”: que el autor “escribía para su
parroquia, sobre los problemas de su parroquia y con el idioma de su parroquia,
dirigiéndose al número y a la calidad de lectores —muy distinta, por cierto, en
Paraguay que en Argentina, en México que en Ecuador— que su parroquia podía
procurarle, sin mucha esperanza de más”.
Una prueba de que no andaban en lo correcto, dice Donoso, es que “los grandes
nombres de la novela ‘literaria’, de la primera mitad de este siglo escrita en
castellano, tanto hispanoamericanos como españoles, se han desvanecido en
comparación con sus contemporáneos alemanes, norteamericanos, franceses e
ingleses, sin dejar gran huella en la formación de los novelistas actuales”.
La década de los sesenta fue para él un parteaguas, un momento en
el que algo pasó: “En un período de apenas seis años, entre
1962 y 1968, yo leí La muerte de Artemio
Cruz, La ciudad y los perros, La casa verde, El astillero, Paradiso, Rayuela,
Sobre héroes y tumbas, Cien años de soledad y otras, por entonces recién
publicadas”. En esta afirmación ya tenemos una lista de autores, cierto, pero
es importante resaltar que Donoso fija su atención en cuatro nombres casi como
si fueran las patas de una mesa: Fuentes, Vargas Llosa, Cortázar y García
Márquez. Anota el rol, algo ambiguo, que él juega en el libro: “No quiero
erigirme en su historiador, cronista y crítico. Nada de lo que digo aquí
pretende tener la validez universal de una teoría explicativa que asiente
dogmas: es probable que en muchos casos mis explicaciones, mis citas, la
información que manejo, no sean ni completas ni precisas, e incluso que estén
deformadas por mi discutible posición dentro del boom de marras: hablo aquí aproximadamente,
tentativamente, subjetivamente, ya que prefiero que mi testimonio tenga más
autenticidad que rigor”, y observa con precaución que se siente ligado a lo que
describe: “cual fuere la
posición y categoría de mi obra dentro de la novela hispanoamericana contemporánea,
mis libros han aparecido en y alrededor de la década del sesenta, y así me
siento ligado a, y definido por, las corrientes y mareas del ambiente literario
de nuestro mundo, cambios determinados por la publicación de ciertas novelas
que incidieron poderosamente en la visión y en el quehacer de este escriba”.
La
falta de padres literarios y la influencia de escritores no hispánicos (Kafka, Sartre,
Faulkner) generó en Latinoamérica, dice, obras en las que “aceptar los
requerimientos de lo fantástico, de lo subjetivo, de lo marginado, de la emoción,
hizo que la novela nueva tomara por asalto las fronteras o las ignorara, saliéndose
del ámbito parroquial: el chileno necesitaba escribir ahora de modo que lo
entendieran y que interesara no sólo en Talca y Linares, sino también en
Guanajuato y en Entre Ríos”.
El recorrido de
Donoso por los cuatro escritores más visibles del boom se rinde ante la obra y la personalidad de Fuentes, y apunta que La región más transparente fue para él un
mazazo. Del mexicano también destaca su erudición, su cosmopolitismo, su
generosidad y su ansia de abrazarlo todo. Algo parecido, aunque un tanto cuanto
más atenuado, subraya de Vargas Llosa y La
ciudad y los perros. Con García Márquez no se rinde igual, aunque sí
reconoce que es el primero y quizá el único a quien le cupo entera la palabra “éxito”
popular y comercial, y a Cortázar es a quien ve más alejado en ese pequeño
grupo signado también por los encuentros y la amistad. Ya en el 72 Donoso sabía
que el boom perdía su efervescencia,
pero presintió algo que en efecto se ha cumplido, que “al pasar de moda el boom como totalidad no dejará el
esqueleto de teorías, sino quizá media docena de novelas que no se apaguen”.
En
esta Historia personal… no faltan las
confesiones personales, las vicisitudes del propio autor para encontrar su voz
en el aislamiento chileno. Tampoco, claro, los temas extraliterarios, como el
punto de reptura que significó el “caso Padilla” o la presencia de la chismografía
y las envidias en torno a los notables del boom.
Además
de lo anterior, la edición de Alfaguara contiene “El ‘boom’ doméstico”, de María
del Pilar Serrano, esposa de José Donoso, sobre los encuentros con los
escritores del boom y sus parejas, incluidas,
en dos momentos distintos de la crónica, Rita Macedo y Silvia Lemus, las
esposas de Fuentes. A esto se suma una especie de continuación titulada “Diez
años después” (o sea, en 1982), donde Donoso suma el reciente Nobel de GGM como
culminación.
Historia personal del “boom” es un libro ya viejo, es verdad, pero con él podemos acceder a un momento de la literatura latinoamericana que produjo obras muchas veces dadas por muertas pero que todavía gozan, por suerte, de buena salud.
miércoles, septiembre 10, 2025
Estilo de Fuentes
En
Historia personal del “boom” (1972),
José Donoso (Santiago de Chile, 1924-1996) se refiere a los escritores
latinoamericanos que durante los sesenta y parte de los setenta se encumbraron
a la fama con novelas que hasta hoy, aunque con desigual aprecio, siguen siendo
reeditadas y leídas. El chileno hace admirado énfasis, no podía ser de otra
manera, en las figuras de García Márquez, Cortázar, Vargas Llosa y Fuentes. Por
más que este libro mira hacia afuera, es decir, hacia los orígenes del boom y la recepción pública que tuvo, no
deja de mirar hacia dentro, hacia lo que sucedió en el interior del mismo
Donoso tras sentir el estallido de la nueva novela latinoamericana. Precisamente
por esto es la “historia personal” de un fenómeno colectivo.
Al
celebrar el trabajo de Fuentes, Donoso resalta el cosmopolitismo del mexicano,
su conocimiento de todo y su capacidad para compartirlo fluidamente en tres
idiomas: español, francés e inglés. Fuentes lo asombra desde el primer trato,
cuando dialogó con él en un encuentro de escritores celebrado en Concepción,
Chile, hacia 1962. Como de pasada, Donoso subraya un detalle que da la
impresión de ser innecesario: la ropa de Fuentes. Esto lo comenta porque era inhabitual
un escritor bien vestido en aquel momento, “cuando los hombres, y para qué
decir los intelectuales hispanoamericanos, no podían, no debían darle
importancia a algo tan frívolo y burgués como la elegancia o la imaginación o
la audacia en el atuendo, ya que, sobre todo si se estaba en la posición
política de Fuentes, esta frivolidad resultaba evidentemente irreconciliable
con las altas y duras misiones que había que cumplir”. Las “altas y duras
misiones” estaban relacionadas con el debate político de suyo acalorado tras el
triunfo de la Revolución Cubana.
De
modo que el mexicano se atrevía a vestir no a la manera desenfadada o austera o
pobretona de los artistas, sino con gusto burgués. Era, lo sabemos, un dandy, y
por supuesto su apariencia no se parecía a la de sus homólogos escritores que
en los sesenta eran hippiosos, y a lo máximo que podían aspirar en materia de “elegancia”
era a un blazer de pana o, como le
dicen en Sudamérica, de corderoy.
Tras leer este pasaje recordé a mis amigos ochenteros de la literatura. Creo que todos vestían con sobriedad, una manera sutil de decir “con desenfado”. No eran elegantes ni finos, y ya para entonces comenzaba a quedar atrás el disfraz de “intelectual” para dar paso a algo que puedo definir como estilo sin estilo. La categoría en el atuendo de Fuentes no hizo escuela entre nosotros.
sábado, marzo 29, 2025
Microficciones de Gabriela Aguilera
Libro
con apretada unidad de forma y contenido, Astillas
de hueso (Ediciones Sherezade, Santiago de Chile, 2013, 98 pp.), de la
escritora chilena Gabriela Aguilera, es una densa incursión narrativa por el
horror de la represión y la tortura. Las sesenta microficciones que lo componen
han sido escritas para mostrar los dos costados de una misma realidad: por un
lado, la resistencia, el apego a los ideales, el esfuerzo por mantener la
dignidad en los escenarios más oscuros, y, por el otro, la pesadez de los actos
infligidos por sujetos endemoniados y de mano diestra y tajante en la práctica
de la aniquilación.
Gabriela
Aguilera ha publicado, entre otros, Doce
guijarros (cuentos, 1976); Asuntos
privados (cuentos, 2006); Con
pulseras en los tobillos (microcuentos, 2007); En la garganta (cuentos, 2008); Fragmentos
de espejos (microcuentos, 2011); Saint
Michel (micronovela, 2012); Guerreros
de Dios (micronovela, 2016); En una
maleta (nanonovela, 2018); Los
árboles hablan en Salem (nanonovela, 2020); El Clan del Guanaco (novela, 2022). Sus textos han aparecido en
diversas antologías digitales y en soporte de papel en Chile, España,
Argentina, Croacia, Perú, Estados Unidos, Francia, Venezuela, México, Alemania,
Italia, Bulgaria y Grecia. Desde su fundación, es miembro del Colectivo
Señoritas Imposibles (escritoras chilenas de narrativa negra) y de REM (Red de
Escritoras Microficcionistas). Es una de las creadoras del proyecto literario
de microficción “¡Basta! (contra la violencia de género)”. Es Co-ejecutora del
proyecto “Otras vidas”, que releva la historia de la transgeneridad en Chile.
Obtuvo la Beca a la Creación Literaria en 2009, 2016, 2018 y 2021, y participa
en la corporación Letras de Chile.
Ejecuciones,
torturas, persecución, ajusticiamiento desde las perspectivas de las víctimas y
los victimarios políticos. Puede ser que a un lector no avisado se le escapen
las alusiones a hechos, a lugares y personajes concretos, pero estas
precisiones no son necesarias, si fuera el caso. Lo que al lector queda no
necesariamente es la certeza de que Chile padeció el espanto del terrorismo de
Estado, sino el hecho cierto de que la brutalidad acecha al que reclama, al que
lucha, al que critica, esto en cualquier momento y en cualquier lugar, como
también lo hemos visto tantas veces en México.
Uno
de los aciertos que me agrada encontrar en los libros de narrativa breve y
brevísima, como la contenida en Astillas
de huesos, es el propósito de unidad. Por supuesto no es imprescindible,
pues un libro con este tipo de piezas puede no ser concebido ni ejecutado como
suele pasar con la novela, que ase y despliega un tema y a él se ciñe así sea
de manera sinuosa. Los libros de cuento convencional o microficción a veces se
articulan mediante procesos que atraviesan diferentes estados de ánimo en el
autor, lo que torna miscelánea la complexión de un libro en términos de estilo,
tono y, sobre todo, tema. Por otro lado, cuando los libros de esta índole son
concebidos como una apretada unidad, añaden un valor que algunos lectores
destacamos y agradecemos, pues lo inteligimos como corpus asequible de un
vistazo.
En
Astillas de hueso, Gabriela Aguilera
agrupa microhistorias que procuran, como señalé renglones antes, acercarnos a
todas las facetas de la vida social, económica y política en países como Chile,
aunque podrían valer a cualquier otra realidad en la que se hayan pisoteado los
derechos civiles y donde se hayan enseñoreado los usos y costumbres del poder
más aberrante. En páginas con gran fuerza alusiva, sin necesidad de explicar
mucho, asistimos a todas las calamidades que uno pueda imaginar cuando se
fractura todo, comenzando por las garantías más elementales del ciudadano.
Secuestros, torturas, masacres, mentiras, imposturas, saqueo, traiciones, robo,
desaparición, campean en las breves historias del libro, un recordatorio de que
la barbarie ha puesto muchas veces en marcha su engranaje, un engranaje que
cuando es detenidos no deja de mantener latente su renovado y atroz
funcionamiento, como sucedió en Chile con el gobierno de Piñera, en Brasil con
el triunfo de Bolsonaro y hoy en la Argentina con el mendaz, cruel y disparatado
estafador Milei, quien ya pinta para terminar su desgobierno en el desastre.
Comparto tres piezas de este libro entrañable con la seguridad de que resumen bien lo que ya dije: su unidad en todo sentido y algo que aquí añado: su calidad humana, un rasgo que sin renunciar al arte aspira a ser algo más que eso, arte. Destaco solamente que varias de las historias (como la primera que cito sobre el descubrimiento de una fosa clandestina en Pisagua o la de los kaibiles) aluden a hechos reales, y otras tienen un trazo más abstracto y abarcador, como la segunda micro que aquí comparto.
Los
ensacados
Con
Pisagua dolorosamente en la memoria
Así los encontraron, diecisiete años después, en un pueblo costero del norte. Los habían metido en sacos, luego de vendarles los ojos y dispararles de frente y de espaldas. Los ejecutores ni siquiera les dieron la oportunidad de quedar mirando el mar y los arrojaron en la fosa de dos metros de profundidad. Permanecieron sumergidos en la oscuridad y la sal. Pero los muertos que no son olvidados insisten en aparecer. Cuando salieron a la luz, el grito que permaneciera coagulado en sus bocas después de la última ráfaga, se escuchó en todo el país acribillado.
Historia
de los castigos
Cuando nos reunimos conformamos un libro. Sí,
porque en nuestros cuerpos está escrito lo que sucedió y cada uno es una
página. Hay marcas, escrituras que podemos ver y otras que no. Sin embargo,
podemos leernos.
Faltan páginas en este libro de nuestra
historia. Unas volaron con el viento, otras fueron lanzadas al mar. Muchas
fueron despedazadas, quemadas, borradas. Acaso alguna estará en un basural del
desierto, intacta.
Buscamos, aún, las páginas faltantes de este libro nacional.
Kaibiles
I
Tienen la fuerza y la astucia de dos tigres. Eso significa su nombre. Nacen con la marca. El gobierno los busca entre la población, los identifica, los recluta y los entrena. Así pasan a formar parte de los grupos de élite que rastrillan los poblados cazando a otros hombres. Los cubre un manto de silencio y complicidad. Sus pies abren la espesura, marcando un camino entre las cañas y las lianas de la selva húmeda. Sus ojos son centellas bajo el sombrero alón y el sudor cae en gotas por sus pieles broncíneas. Son pequeñas bestias que matan a machete. La guerra civil los reviste de legitimidad. El rumor de sus andanzas queda pesando en las aldeas. La gente les teme más a ellos que a los tigres de verdad.
sábado, diciembre 28, 2024
Dos gardenias y otras estocadas
Cuando
la posesión de música dependía de la compra de discos, casetes y cidís, no faltaba que del
álbum con diez o doce canciones sólo se salvaran una o dos, los éxitos. Así,
los consumidores sabíamos de antemano que las demás piezas eran una especie de
relleno, la ensalada que indefectiblemente debía acompañar el corte grueso de
carne. Con frecuencia ocurre algo similar en los libros de poesía y de cuento,
e incluso, aunque de otro modo, en las novelas, relatos en los que no suelen
faltar capítulos hueros, acaso prescindibles, sólo necesarios para dar el peso
en la báscula de la narración larga.
Ahora
bien, creo que donde más se advierten las piezas de relleno es en el libro de
cuentos. Esta es la razón por la que he llegado a afirmar, tal vez con cierta
exageración, que escribir una novela es más difícil que un cuento, pero no más que un
libro de cuentos. Para que un volumen con ficciones cortas alcance buena
calificación es fundamental que se libre de la maldición del vinilo, es decir,
que parezca no haber sido engordado con historias de esponja. Esto es lo que
percibo en Dos gardenias y otros cuentos
(LOM Ediciones, Santiago de Chile, 127 pp.), de Eduardo Contreras (Chillán, Chile,
1964), libro en el que habitan quince piezas de una calidad alta y pareja.
Lo
anterior se debe, sospecho, al conocimiento que su autor tiene del género, un
conocimiento que lo obliga a gobernar el relato de acuerdo a las premisas que
están más allá, mucho más allá, de la mera brevedad como requisito obvio. Al
escribir un cuento cuento es menester que acatemos el criterio de la extensión
corta, es verdad, pero se requiere algo más, y ese algo más habitualmente
desdeñado es lo que hace del cuento un género peliagudo, de ejecución difícil.
Eduardo
Contreras fue exiliado junto con su familia en 1973, luego del golpe
cívico-militar. Volvió a su país en 1983, donde se tituló de ingeniero civil
industrial en la Universidad de Chile. Desde 1996 se desempeña como profesor de
la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile. Autor
de las novelas policiales Don’t disturb.
Crónica de un encuentro en Cartagena de Indias, reeditada el año 2009, y Será de madrugada, 2015. Su cuento “Historias
de generales” fue premiado en el concurso Letras de Chile, versión 2017, y su
novela Muerte en la campaña obtuvo el
primer premio en el concurso Fantoches 2017 en Santa Clara, Cuba, en el marco
del Primer Encuentro Latinoamericano de Novela Negra. Sus textos figuran en
varias antologías.
Los
cuentos de Dos gardenias… han sido pues
muy bien ensamblados; muchos ofrecen grandes brincos al pasado y personajes
delineados eficazmente, sin excesos retóricos, con el trazo justo de sus
psicologías. Hay en todas las historias una pátina bien administrada de
ambigüedad, de misterio, con información en los pliegues que apenas se deja
entrever en cada caso. Es notorio que el autor piensa en sus finales desde que acomete
cada ficción, pues no con otro objetivo fluye, como deseaba Piglia, la historia
subterránea. Eduardo Contreras acata en suma los rasgos esenciales del cuento
como género en el que es fundamental la intensidad para que el lector no escape
hacia la relajación, y si a esto añadimos dosis tenues de humor y sutiles ingredientes de índole sociopolítica, no dudo en
afirmar que se trata de un racimo más que atendible de relatos. A continuación ofrezco, en orden, una pincelada harto sumaria sobre cada pieza.
“Guantanamera
del sur (con tiempos equivocados)” es un notable cuento retrospectivo. Un
joven, Antonio, pasa su adolescencia de chileno exiliado en Cuba. En las tareas
del campo descubre a una maestra, Carolina, bastante mayor que él y también
exiliada de Chile, con quien asombrosamente se le da la revelación del sexo. El
cuento abre en un presente narrativo (ve a la maestra en televisión) y de allí
se parte a una gran retrospección que al final vuelve al presente de la tele:
ella ha regresado a Chile y es una maestra exitosa desde el punto de vista
educativo y social. La tensión se da porque Antonio, al verla, recuerda
vagamente unas acusaciones del pasado. Apenas elíptico en detalles fogosos, es
un bello cuento sobre el despertar a los regocijos de la carne.
Desde
la mirada de Selene, joven rica, “El mayor general” narra una ceremonia de
homenaje al general Domeciano Garmendia, héroe de la patria. Durante el acto
cívico, la narradora recuerda una conversación con la abuela viejísima en la
que llega la voz de un capellán que supo por qué murió el héroe de la patria;
en el presente, la memoria que se tiene del militar sólo aborda su pasado como
prócer sin que queden vestigios sobre la razón genuina de su muerte, lo que impregna
de ironía su mérito.
Lo
que narra “La otra venganza” es un desquite. El pordiosero de la narración es
en realidad un asesino que huye. Mató por celos a la mujer de su amigo y ahora
es asediado por él. El perseguidor lo encuentra como vagabundo, lo tiene a
merced, pero sólo decide dejarle un mensaje enigmático en lugar de aniquilarlo.
“Se
acabó lo que se daba” es otro de los aciertos de este racimo. En Cuba, un
tipo recibe unos exámenes médicos equivocados. Tras esto, decide vagar, beber,
visitar a una antigua amante. El cuento es eficaz porque nos convence de que
en efecto hay en medio una enfermedad terminal. La salida es casi de comedia,
pero creíble si nos atenemos a los vericuetos de la burocracia cubana. El reencuentro con la
amiga de la juventud es un pasaje genial, muy natural, humano y lleno de
vivacidad.
Hay
en el conjunto un cuento, por llamarlo así, mexicano.
Su título es “La última copa”. Temí que aquí fallara el habla de los
personajes, pero está muy bien lograda. Eraclio mata a Ana y a su amante. Como
amaba a Ana, decide suicidarse, pero se le acaban las balas. Luego lo intenta mediante
ahorcamiento, pero se rompe la rama del árbol elegido. En la tercera oportunidad ocurre
un desaguisado que se imbrica a la situación con total lógica; no añado más
para no estropear la delicadeza de su resolución.
“Hathor”
es una pieza con registro totalmente distinto, borgeano; trata sobre un
inmortal que reencuentra a Octavia en Barcelona. El narrador es inmortal
gracias a ella, quien mediante la copulación le transmitió el poder de la
infinitud vital. Eso sólo puede acabarse mediante otro encuentro sexual. Ha
sido, insisto, muy bien narrado con un discreto eco de Borges, quien incluso aparece
mencionado en un pasaje del relato.
En
“Malas compañías” Mayra va a entregar una maleta con droga, y en tal labor la guían tres
malandros. La historia es ubicada en Miami. Sucede entonces que los estaban esperando para balearlos,
pero algo ocurre, casi un milagro. Este cuento ya nos permite señalar otro
rasgo del volumen: son cuentos multigeográficos. Así en “El mañana de Jacinto
Orichi”, historia ubicada en los rumbos de Guinea Ecuatorial; hay en este
relato mucha información subterránea y tal vez es necesario conocer las disputas
políticas de allá para comprenderlo de una leída.
“Dos
gardenias”, que da título al libro, es un cuento tremendo, sazonado por una
honda melancolía. Lázaro de la O es un cubano radicado en Chile. Tiene un amigo
bárman, Pepe, con quien conversa. Lázaro vivió enamorado de la bolerista
Margarita Lanier, Rita, con quien tuvo una relación de seis meses en Santiago
de Cuba. Era menor que ella. Lázaro fantasea que la casona chilena donde bebe es
el 1900, lugar donde se presentaba Rita. Dos veces, ya ebrio, la alucina. Es un relato hermoso con banda sonora de bolero.
Viene aquí una tanda de piezas violentas. En “Arcanos mayores” una tarotista descubre que el cliente con el cual se revuelca la ha engañado. Luego de hacer el amor le echa las cartas y ve para él un futuro que no se presta a discusión. Un alcalde debe firmar un permiso inmobiliario en “Héroe municipal”. Se niega y un sicario lo amenaza. El sicario es asesinado por un guardaespaldas oculto. “En la mira” es un cuento vertiginoso narrado desde la perspectiva de una pistola que ve a una pareja de amantes cocainómanos. Ella lo traiciona, lo engaña con otro, y todo se precipita para que la pistola asuma el rol de protagonista. Un rebelde perseguido huye por el monte, esto en el cuento “Letalidad anónima”. Está metido en asuntos políticos. Recuerda a su madre y su deseo de que abandone la lucha política. Durante la huida recuenta las atrocidades. Se cree salvado. Es un texto escrito en imprescindible tiempo presente.
En
“Crímenes vírales” un exmilitante, arquitecto, pasa la cuarentena en casa.
Tiene el rito de beber whisky por las noches y navegar en internet. Hace
búsquedas sobre represores chilenos, que casualmente mueren al día siguiente.
Suma tres importantes, y entre ellos incluye a la viuda de Pinochet. Un día comete un
error que cambiará el sentido de su suerte. Otro cuento con tema pandémico es “Salir
a la calle”, el último. En la cuarentena, un tipo recuerda la rebeldía previa. Pese
a la prohibición, decide salir y volver a lo que hacía antes.
Más allá de este apretado resumen —en el que me he cuidado de no revelar los cierres—, es claro que Dos gardenias y otros cuentos contiene un menú valioso de historias. La variación geográfica y la heterogeneidad de los personajes forzaban a Eduardo Contreras a inyectar un tono diferente en cada pieza, así que la unidad del conjunto debió cuajar en otro punto: la estructura; si no en todas las piezas, se siente en muchas de ellas la mano de un autor que ordena, que administra detalles, que siembra guiños, que narra con contención y malicia para desembocar en finales que son, para decirlo con una metáfora proveniente de la tauromaquia, estocadas a la sensibilidad del lector.
Nota.
Con este apunte despido el 2024. Que tengan un espléndido 2025.
sábado, agosto 17, 2024
Bucear en la memoria: cuentos de DMV
Tremendo
sentido del ritmo cuentístico, de la administración de detalles, del flujo
zigzagueante de la descripción, la narración y el diálogo. Humor en la pintura
física y psicológica de los personajes y elección perfecta de las peripecias.
Hábil sostenimiento de la tirantez que requiere el suspenso, suministro preciso
de guiños históricos y políticos, eficacia en el punch conclusivo de las
historias. Estilo alusivo, no explícito, al referirse a la situación de Chile
en los horribles tiempos de la opresión dictatorial y la cacería de
refractarios, es decir, dominio en el arte de bordear lo político-social sin
incurrir en la prédica ideológica. Las anteriores son algunas de las malicias
literarias de Diego Muñoz Valenzuela (Constitución, Chile, 1956, en adelante
DMV), autor de cuentos de pecho ancho, amplios y a la vez apretados, rotundos,
sin cascajo.
Parecen
demasiadas virtudes juntas, pero las tiene y las exhibe sin escatimar destreza
en Foto de portada y otros cuentos (Zuramérica, Santiago de Chile, 2020,
159 pp.), libro que en 2003 apareció con el título Déjalo ser (FCE,
colección Tierra Firme, 165 pp.) y desde hace poco, en busca de nuevos
lectores, reanudó su andadura editorial. Es, claro, el mismo libro, sólo que
con otra portada, otro título, otro ordenamiento de los cuentos, un oportuno
prólogo de Rodrigo Barra Villalón y algunos retoques sólo detectables, creo,
con un cotejo de ambas ediciones. El único asegún que le pondría a esta
nueva salida es el reacomodo de las historias, pero esto es prácticamente nada
frente al dechado de libro de cuentos que Zuramérica puso en recirculación
durante el año de la pandemia. La mayoría de los cuentos son para mí, sin
discusión, modelos del género tal y como podemos entenderlo si lo asumimos con
rigor, como arquitectura gobernada con los ojos abiertos y no como mero chorreo
de lirismo o acumulación deshuesada de situaciones. Al menos en su costado de
narrador realista, siento que hay un aire de Ribeyro en el chileno que aquí me
ocupa.
Hijo
de los escritores Diego Muñoz y Inés Valenzuela, DMV es autor de más de veinte
libros; entre otros, de Nada ha terminado, Ángeles y verdugos, De monstruos
y bellezas, Las nuevas hadas, Microsauri, El tiempo del ogro, Todo el amor en
sus ojos, Ojos de metal, Entrenieblas, El mundo de Enid. Además, ha sido
incluido en más de cien antologías de relatos en Chile, España, Bulgaria,
Rusia, Ecuador, Argentina, México, Colombia, Italia, Islandia, Canadá, Croacia,
Estados Unidos y otros países. Cuentos suyos han sido traducidos al croata
(incluido el volumen Lugares secretos, en 2009), francés, italiano,
ruso, islandés y mapuche; su novela Flores para un cyborg fue
publicada en España (2008), Italia (2013) y Croacia (2014). Ha obtenido
numerosos reconocimientos, participado en decenas de congresos, encuentros y
ferias del libro, y trabajado como ingeniero (carrera que estudió), profesor
universitario, coordinador de talleres, antologador y promotor cultural. Es
presidente de la corporación Letras de Chile.
Haré
una revista en caída libre de cada cuento, pero antes quiero subrayar dos o
tres líneas generales, rasgos que atraviesan todas o casi todas las piezas.
Primero, que ocho de las diez pueden quedar arracimadas en un haz, lo que da
unidad al libro. Siento que dos de ellas, por razones que señalaré en su turno,
escapan por su tema de la orientación mayoritaria. Segundo, que en el conjunto
de ocho que he mencionado destaca el uso del recuerdo como dinamo de los
relatos; los protagonistas viven en un presente que con alguna facilidad
podemos ubicar en los noventa y desde allí se remontan a retrospecciones
setenteras. Este racconto permite saber que en casi todos los casos, por
no decir que en todos, se evoca una juventud inmersa en la tensión que
provocaba su apetito de libertad intelectual y sexual puesto en contraste con
los usos y costumbres de la satrapía atornillada al poder desde septiembre de
1973. Tercero, y esto se liga a otra estrategia de DMV: que carga la tinta de
su interés en las experiencias de los personajes, los retrata en su vitalidad, en
sus excesos, en su voracidad cultural, en su desorientación, en sus bromas, en
sus titubeos, en su inmadurez y sus arrebatadas preocupaciones por el mundo inmediato
que les cupo en (mala) suerte, y deja como fondo, con sutileza y precisión para
no resbalar hacia el precipicio del panfletarismo, las alusiones a la tiranía.
Según recuerdo —digo esto como ejemplo—, una sola vez se menciona el apellido del
Déspota, pero uno como lector entiende que la mancha venenosa de su “gobierno”,
por llamarle de algún modo, permeaba todo el luengo país las 24 horas de
aquellos días aciagos. Recorro ahora sí cada uno de los cuentos.
“Foto
de portada” es un relato político genial. Sabemos que se ubica en el 77 por la
mención al acto del cerro de Chacarillas (en el que participó, por cierto,
Nelson Sanhueza, futbolista que pasó por varios equipos mexicanos), y cuenta
una revuelta estudiantil en la Universidad de Chile. El personaje narrador,
Arancibia, un estudiante de ingeniería que casi podemos considerar alter ego
del autor, recuerda, a partir de una foto de portada de El Mercurio, al Guatón
(esto en Chile significa “barrigón”, “panzón”, “tripón”) Alvarado y a Vicente,
dos jóvenes que se destacaron contra los carabineros en un encontronazo universitario.
El relato describe el horror represivo y el coraje de los estudiantes que
reclamaban otro estado de cosas para el país apuñalado por el generalote, sus
esbirros y sus “sapos” (espías). Es un cuento con todos los atributos del
género, además de cinematográficamente vertiginoso.
Relato
que rompe un poco con la tesitura de las ocho piezas que mencioné como afines, “Apuntes
para una historia siniestra” es una especie de utopía despiadada, o más bien de
antiutopía. Cierto tipo adicto al dinero hace negocio con una anciana
millonaria: produce para ella una pomada hecha de grasa humana. La sustancia es
capaz de abolir las arrugas y por ello alargar al menos la apariencia juvenil.
El protagonista, Matías de nombre, se vincula con un químico corrupto para fabricar
en serio y en serie la grasa milagrosa derivada de cadáveres humanos. El texto
es una especie de parábola de la ambición, de la voracidad empresarial como
aplanadora de cualquier prurito ético, nada muy lejano de la mentalidad
neoliberal puesta en boga durante los ochenta.
En
“Déjalo ser” DMV sabe mostrar/esconder la información necesaria para que el relato
mantenga in crescendo el interés, el aura de amenaza que apetecía Carver
para los buenos cuentos. Ramsey, el protagonista, es un excelente asesor
empresarial, una “estrella de la consultoría”. El cuento es narrado por un
compañero de trabajo, quien reconoce su profesionalismo y su éxito. Un día
Ramsey pasa de ser alegre a tristón, cuando ya no puede más con un sentimiento
oprimente relacionado sin duda con su condición (algunos le llaman
“preferencia”) sexual. Se lo revela al narrador. Ramsey desaparece y uno siente
que las alusiones a la canción de Los Beatles, que da título al cuento, tienen profunda
validez. Humor, sentido de la realidad, conocimiento del interior humano,
malicia en la disposición de las peripecias: todas las virtudes de DMV en un
relato.
“Ojos
un poco perdidos” narra el encuentro de Monique y Leo. Beben bitters y
recuerdan su ya larga amistad. En el fondo está la dictadura, el negror del
terrorismo de Estado que deja márgenes muy estrechos para ejercer una felicidad
algo desesperada. Leo apetece desde siempre a su amiga, está obsesionado con
sus tetas. Dialogan, recuerdan, pero lo que avanza debajo de la conversación es
el acercamiento sexual luego de una larga postergación. Saben que lo resultante
de un encuentro es la infelicidad, el dolor. Ambos están como marcados por la
urgencia y la anticipada derrota de la alegría. Aquí como en la mayoría de los
cuentos hay leves referencias al momento en el que viven los personajes: el
trasfondo es, ya lo dije, la dictadura, y los personajes son jóvenes que se
mueven entre el instinto y la racionalidad, y saben que tienen poco margen de
maniobra para disfrutar de sus vidas, del erotismo y el arte, que son casi
clandestinos en ese marco social.
Más
que triste, tristísimo es el cuento “Mirando los pollitos”, aunque no deja de
estar impregnado del humor a veces acre de DMV. Cárdenas es un oficinista de
provincia instalado a pujidos en la capital chilena. Casado y con dos hijos
pequeños, con sacrificios levantó una casa que, precaria y todo, es un reino si
nos atenemos a sus expectativas de origen. Un día lo echan del trabajo y con la
liquidación sobrevive algunos meses si decir a su esposa que ha sido centrifugado.
Deambula por la ciudad y busca sin fruto un nuevo empleo. Está ya casi al borde
del cataclismo, aletargado en un parque, cuando aparece un tipo embutido en una
botarga, el animador publicitario del pollo Roky, “el mejor de todo el Pacífico
Sur”, quien lo convida a disfrazarse; con este empleo ínfimo y tragándose la
sensación de ridículo, Cárdenas logra salir un poco del infierno de las deudas.
Cierto día lo invitan a animar como botarga en una fiesta, y ese hecho detona
una novedad. Es un cuentazo armado, como otros de DMV, in extremas res, de modo
que desde el comienzo de la historia ya estamos instalados en el desastre del
personaje.
“Yesterday”
es otro gran cuento. Emilio, un joven estudiante de ingeniería y militante
clandestino, se enamora de una mujer seis años mayor que él, Isabel. Tienen
encuentros fugaces, no asientan nada firme, pero cada vez que se ven estalla el
deseo. Esta historia revela lo destructivo de la rutina en pareja y lo feliz
que puede ser el ser humano en los encuentros no burocratizados. La historia se
ubica en el Chile del 76, así que allí campean los toques de queda, la
persecución y el pavor a la degollina convertida en política pública. En medio
de eso se tenía que colar la vida, el sexo, la aventura, como lo saben los
protagonistas.
Luego
viene “Vientos de cambio”, pero no lo juzgo el cuento más eficaz. Está escrito
en clave de parábola. Un tipo anodino, de rostro convencional, quien representa
a la sociedad chilena agraviada, sale a manejar y padece abusos. Trae un auto
con el que inicia su desquite. El principal, atentar contra el general Lareen y
comenzar allí el cambio: no permitirá más abusos contra la libertad de
circulación. Parece qué tal es el símbolo encerrado en esta extraña historia.
“Adagio
para un reencuentro”. Tremendo relato. Trata sobre el reencuentro imposible en
San Francisco, California, con el padre muerto y también acosado por opositores
políticos; la historia se mueve en una franja de realidad-irrealidad (más,
claro, en la segunda que en la primera) en la que se da el recuento de lo
compartido entre padre e hijo, un diálogo en el que reviven, entre otros
asuntos comunes para los dos, “huelgas obreras y esperanzas fallidas”. Es un
gran cuento fantástico, urdido con el fondo del “Adagio de Barber”. No sé dónde
la leyó, pero esta es una pieza narrativa venerada por mi amigo Daniel Lomas,
escritor, y lo entiendo y adhiero a su admiración.
Un
cuento que no empata con el tema y el tono con los anteriores es “El día en que
todo se detuvo”. Plantea la sorpresa de llegar a un día en el que amanece y no
funciona ningún aparato. Nada explica el fenómeno. Esta especie de distopía se
ubica en la casa de Alberto, su esposa y sus hijos pequeños. Entre sorprendidos
y resignados, ven que nada echa a andar. Los teléfonos no funcionan, los autos
no encienden, todo ha quedado sin energía. Tratan de llegar a la escuela y la
oficina, pero no hay transporte. Sin tragedia aparente, se resignan todos a
seguir una vida más serena y vinculada a la naturaleza. Este cuento
desconcierta un poco en el conjunto, se siente algo edificante, con una
moraleja acaso no muy soterrada, lo que podría ser juzgado como lunar en un
grupo de cuentos sin tal rasgo.
Por
último, “Después de treinta años” cuenta la historia de un reencuentro de
amigos cincuentones. Es de mis textos favoritos en el menú. Fueron adolescentes
en el periodo del Golpe que, obvio, también les cagó la vida. El
narrador-testigo (Diego Núñez, escritor, alter ego menos disimulado del
autor) describe el caso de Lucho, quien se fue a España y está de paso por
Chile luego de treinta años. Es la época de las fiestas navideñas. Rememoran
andanzas, “la diáspora” tras el ataque a La Moneda, sucesos relacionados con la
represión, amigos muertos (Héctor). Es un cuento ejemplar, pues debajo de su
humor asordinado —el retrato de los personajes es impecable— se desliza como
pesadilla el recuerdo de la dictadura y su contracara: el heroísmo. Este es,
como observé hace algunos párrafos, el único que menciona por su apellido al tiranosaurio
de Valparaíso.
En el prólogo, Rodrigo Barra tiene razón al comentar que como editores se preguntaron si era pertinente “volver a publicar el libro, pensando que tal vez sería extemporáneo y no se ajustaría a los nuevos tiempos. ‘Ha corrido mucha agua bajo el puente desde que Déjalo ser vio la luz’ —nos dijimos”. Me da gusto que Zuramérica haya consumado, ahora con otro título, esta reedición precisamente por ser, o al menos parecer, un libro extemporáneo. Con él, los jóvenes lectores, sobre todo ellos, podrán asomarse a un mundo que en efecto comparten, el de la inquietud sexual, cultural, académica, pero también a otra realidad lamentablemente desplazada hoy por la potencia de la banalidad digital que ha hecho del compromiso político un bochorno como no lo fue, como no podía serlo, para la juventud que nos mira desde las páginas de Foto de portada y otros cuentos de factura compacta y sin detalles librados al azar.
lunes, agosto 12, 2024
Antología del cuento chileno reciente
Enlace para descargar gratuitamente el PDF del libro Antología del cuento chileno reciente editada por la corporación Letras de Chile. Pulse aquí.
sábado, agosto 10, 2024
Un día inolvidable
Al
género crónica podemos añadir en ciertos casos el apellido memoria: crónica-memoria. Se trata de la recuperación, con la mayor
fidelidad posible, de un acontecimiento del pasado descrito en clave
cronológica. Los hechos más adecuados para su escritura son aquellos que nos han
impresionado con fuerza, sean gratos o funestos. El olvido de muchos detalles,
por supuesto, es parte de su dificultad, pero la imaginación sin desbordes de
la franqueza es aceptable si nos atenemos al objetivo de alcanzar una meta cara
a toda escritura de este tipo, autoconfesional: ser al menos verosímil. Es un
género que me gusta porque en él se adunan, en grados desiguales, el deseo de
recuperar una estampa real algo remota y el arte de narrar el acontecimiento o la
anécdota como si de un cuento se tratara. Traigo aquí un relato de esta índole.
Pero
antes a esta introducción sumo otra: ¿qué detona la crónica-memoria? Puede ser
el capricho, un resorte del subconsciente. Un día estamos en la ducha y nos
asalta el recuerdo sin un motivo claro a la vista. Otro día leemos o escuchamos
algo y aparece pleno una especie de film en nuestro interior. Lo que contaré
tuvo una palanca del segundo tipo, y esto parece un buen ejemplo para el comentario
“Otros usos del libro”, que escribí hace poco. En él declaro que en mi caso
suelo usar los libros para leer, pero también como archivo o repositorio
disperso, desordenado, de papelitos entre sus páginas. Obviamente nunca sé lo
que voy a encontrar, si es que encuentro algo, cuando tomo alguno de mis
libros. Puede ser un post it, una
foto, una invitación vieja, una nota de compra, un pedazo de servilleta, un
fragmento de periódico, un separador perdido… Recientemente hallé así, entre
páginas de libro, un cacho de mi pase de abordar para un vuelo de la Ciudad de
México a Santiago de Chile. La fecha aparece en el comprobante del equipaje: 26
de octubre de 2011. Este dato precipitó mi recuerdo de aquel momento y sus
vicisitudes.
La
mañana ya del 27 bajé de la nave de Aeroméxico en el aeropuerto Arturo Merino
Benítez de Santiago. Para evitar el alto costo del taxi, creo que primero tomé
un autobús y luego el metro; lo que sí recuerdo fue que al cálculo descendí
cerca de la estación Universidad de Chile. No tenía señal de internet y sin
Google Maps (¿ya existía?) me resultaba imposible saber en dónde estaba. Era,
lo sé ahora muy bien, un viaje mal planeado. Sólo sabía que por allí, donde
fuera, debía encontrar una habitación de hotel. Los recursos no me sobraban,
así que descarté edificios sólo por su fachada. Erré por algunas calles
comerciales con mi mochila de espalda y la maleta de rueditas inclinada desde
la extensión hasta mi mano derecha. De aquella caminata guardo fija una imagen insustancial:
la farmacia Ahumada con el mismo logo y la misma tipografía de nuestra farmacia
Benavides. Nadie me esperaba en Santiago, aunque en el mail tenía el contacto
de Diego Muñoz Valenzuela, quien ya para entonces me tenía organizada una
lectura en la corporación Letras de Chile.
Al
azar seguí caminando como una hora y vi una especie de cueva con un rústico
anuncio que ofrecía “habitaciones disponibles”. Al pie de la calle, en el
umbral, una chica de edad incierta, tal vez apenas adulta y muy humilde, vendía
golosinas en una caja de madera trepada sobre una de cartón. Antes de acceder a
la “administración” de aquel hostal claramente sórdido —para ahorrar—, pregunté
a la chica si en efecto allí había hospedajes, dado que el anuncio había sido
diseñado con las pezuñas. Me respondió que sí, pero luego, dibujando una cara
de genuina angustia, añadió con el acento del lugar: “Pero no entre, allí le roban
a la gente”. Sus ojos abiertos, alarmados, solidarios y hermosos reflejaban que
en verdad quería ayudarme, así que de inmediato reculé y huí con mi maleta de
rueditas a otra parte.
Continué
mi marcha por calles desconocidas, y en un puesto de periódicos y revistas
pregunté por algún hotel económico. La oscura cabeza asomada en un marco de
papeles me respondió que a dos cuadras, por allá, había uno. Seguí avanzando y
di con el hotel Imperio situado en la esquina de la avenida Bernardo O’Higgins
y calle San Alfonso. Entré ya agotado de caminar y pregunté el precio en la
recepción. No era barato, pero tampoco caro, así que pagué mi estancia con
desayuno incluido. Al entrar en la habitación —ni fea ni bonita— lo primero que
hice fue bañarme. Luego me tendí en la cama y caí dormido como un bulto de
cemento. Tras un rato de sueño, desempaqué mis cosas y vi que no traía
adaptador para conectar la computadora y el celular. Decidí salir a comprar uno
y de paso a buscar un sitio para comer lo que fuera. Una indicación del
recepcionista del hotel me señaló buscar mi adaptador en la calle Matucana, a
dos cuadras de allí. Caminé hacia el rumbo recomendado en aquella tarde
espléndida, y esos primeros pasos en Santiago los recuerdo muy gratos, de un
verdor pleno por los álamos y los amplios tramos con césped del camellón. Por
fin estaba en la ciudad de tantos queridos y detestados hechos históricos. Me
sentía dueño de la urbe, un mexicano llenándose los pulmones de Santiago. Lo
que vino luego amerita párrafo aparte.
Estaba
ya frente a la Estación Central del metro, en la bocacalle de O’Higgins con
Matucana, sitio desde donde vi que era verdad: había allí muchos pequeños
negocios de electrónica. Pero antes de avanzar por Matucana, un griterío llamó
mi atención. Tras esto, vi que un tropel corría hacia mí; las caras de quienes
corrían mostraban agitación, supongo que horror. No sé por qué, como
hipnotizado, en lugar de sumarme a la estampida caminé de frente a ella.
Algunas personas que corrían me rozaban los costados al pasar. Yo iba como ido,
fascinado y curioso hasta que noté una nube no muy densa pero visible. Quise tomar
una foto con el celular (creo que era Blackberry) y en eso estaba cuando la
nube me llegó. Ya no pude ni encender el celular, pues sentí una picazón
horrible en los ojos. Ahí fue cuando di marcha en reversa por segunda vez en el
día, y con los ojos llorosos, ardientes, como si en ellos me hubieran tallado
un chile xalapeño, llegué otra vez a la esquina de la calle Matucana, donde doblé y
avancé media cuadra antes de encontrar la sombra de un árbol. Los ojos me
ardían, saqué mi paliacate y comencé a llorar en su decorado hindú. El ardor
desconocido casi no me permitía ver, y cuando abría los ojos todo lo veía
acuoso, hiriente, con un picor inédito en las córneas. Necesitaba agua. Casi a
tientas me desplacé hacia una tiendita cercana y pedí una botella. El encargado
dijo unas palabras que no recuerdo, me pasó el agua y pagué con cualquier
billete. Salí de la tienda y de nuevo busqué el resguardo del árbol bienhechor. Luego
humedecí el paliacate y comencé a frotarme los ojos. Nada. Me incliné y a
ciegas me derramé agua en la cara, de lado. El agua fría palió el ardor, pero
tuvo que pasar como media hora para recuperar una visibilidad decente.
¿Por
qué ocurrió esto? Lo supe después en mi viaje mal organizado: al lado de la
calle Matucana se ubica uno de los planteles de la Universidad de Chile. Los
estudiantes estaban enfrentando al gobierno de Sebastián Piñera por sus afanes
privatizadores de todo, incluida la educación (era la época de oro como
dirigente de Camila Vallejo, vocera de la Federación de Estudiantes de la
Universidad de Chile) y el poder reprimía con camiones de agua a presión, gases
lacrimógenos y demás amabilidades. Eso fue habitual allá durante el 2011, pero
yo no lo esperaba así de golpe, casi como bienvenida.
Ya más recuperado me coloqué en una ubicación adecuada para tomar algunas fotos de los carabineros y de la Universidad de Chile en los dos planteles de la avenida O’Higgins que me quedaban cerca: el de la Estación Central donde probé el gas pimienta y el que está frente al Palacio de la Moneda. Comparto esas modestas fotos como recién acabo de compartir de mi inolvidable primer día chileno.
martes, julio 30, 2024
Crónica sudamericana
Nota
inicial. No soy de cargar cuaderno de anotaciones, pero me he valido de la
herramienta “block de notas” del celular para recoger impresiones que después
servirán en la hechura de la crónica. Dado que esto de trepar información a Facebook es fundamentalmente un divertimento y no una obligación, me he dado
un cacho de las vacaciones para trabajar en la selección de las palabras y las fotos. Han pasado dos meses desde que terminó el viaje cuya crónica viene a
continuación.
Ciudad de México
Dejamos
suelo lagunero el lunes 15 de abril a las 6 de la tarde. Las dos maletas
grandes iban retacadas de ropa, libros, revistas y algunas chucherías para
regalar, lo justo para no desbordar el peso límite determinado por la línea
aérea. Llegamos a la Ciudad de México y nos instalamos en el hotel Marlowe, a
media cuadra del barrio chino, en el corazón de la capital. Pese a la temporada
baja, el hormiguero de ese rumbo parecía incesante, lleno de burócratas
mezclados con turistas. Curiosamente, el lunes de nuestra llegada se había
alcanzado una temperatura récord de calor, casi como si nosotros lo hubiéramos
arrastrado desde La Laguna. La primera noche de hotel fue atroz: la cama
pequeña que nos asignaron y el calor invencible casi no me permitieron dormir.
A la mañana siguiente pedí con cara de náufrago un cambio de habitación a cama
doble, que por suerte pudimos conseguir. Durante las tres mañanas de la
estancia en la capital el calor no dio tregua. Avancé asuntos de trabajo
(revisiones y edición) y casi en las noches caminamos los ya conocidos rumbos
de la alameda, Bellas Artes, el Zócalo y la Catedral. Comimos tacos,
enchiladas, caldos tlalpeños y demás delicias de la gastronomía chilanga. Envié
cuatro paquetes con libros y revistas por correo desde el hermoso edificio
postal, y vi tres veces a mi hija, quien por su trabajo sólo podía encontrarse
conmigo durante las noches. Así los días, salimos el jueves 18 por Avianca
hacia Bogotá. El vuelo fue espantoso, incómodo. Probé suerte con esa empresa
colombiana, pero sin duda está, en la relación precio-servicio, muy por debajo
de Aeroméxico. Los asientos no se reclinan (al menos en la nave que nos llevó a
Bogotá) y no dan nada para comer, sino que lo venden como Oxxo aéreo, con el
mismo pintoresquismo de VivaAerobús. Fueron poco más de cuatro horas de
tortura. Ya en el aeropuerto Eldorado casi perdemos nuestro vuelo de conexión.
La razón es simple: aunque el pasajero no salga del aeropuerto pierde mucho
tiempo en un filtro de revisión, como si uno no hubiera sido revisado ya en el
vuelo de salida. Está bien que en Eldorado revisen a quien entra y a quien sale
de allí, pero me parece una grosería que revisen también a quienes van de paso,
en tránsito, pues si no confían en la revisión de la ciudad de origen, ¿para
qué dejan volar a los recién llegados? Pese a las innecesarias carreras dentro
del aeropuerto, llegamos a tiempo para abordar el siguiente avión, el de Bogotá
a Santiago de Chile. También por Avianca, fue apenas mínimamente mejor que el
anterior.
Santiago de Chile, Ñuñoa,
Viña Del Mar, Valparaíso y Concón
Aterrizamos en la capital chilena al mediodía del 19 de abril, y rápido debí cambiar dólares
a pesos chilenos. Como su moneda tiene muchos ceros, el desconcierto inicial fue inevitable.
Llegamos
con un hambre de caníbales y luego de establecernos en el departamento salimos
en busca de cualquier comida. La encontramos en una pollería casi contigua al
edificio. El encargado de la tienda se asustó cuando le pedimos medio pollo
para cada uno. Nos persuadió de que era suficiente un medio pollo para los dos.
Y así fue: el medio pollo era en realidad medio guajolote y venía acompañado
por un kilo de hermosas papas a la francesa que devoramos sin mucha elegancia.
Luego de esa ingesta urgente, descansamos un poco, pues debíamos prepararnos
para mi presentación en la biblioteca pública de Ñuñoa. Ñuñoa es una comuna de
la Región de Santiago, y una comuna es algo así como una municipalidad, aunque
la verdad todavía no entiendo bien la división administrativa chilena. Llegamos
en punto de la hora luego de vivir cierta tensión sobre un taxi que tomó Vicuña
Mackenna, luego la larga avenida Irarrázaval y parecía que no llegaba, pues era
hora pico, viernes por la noche. Al fin aparecimos en la biblioteca y allí
estaban ya Diego Muñoz y Gabriela Aguilera, nuestros anfitriones, además de
varios amigos de la corporación Letras de Chile. El diálogo entablado fue muy
cordial. Hablé de mi trabajo literario y de libros y autores mexicanos, todo en
un ambiente de calidez extraordinaria. Al final, muy cansados ya, Maribel y yo
compramos lo básico en un súper para preparar unos sándwiches que también nos
supieron a milagro.
A
la mañana siguiente, la del sábado 20 de abril, Diego pasó muy temprano por
nosotros para viajar a Valparaíso, Viña del Mar y Concón, tres ciudades unidas
en la costa del Pacífico chileno. En la carretera pudimos apreciar que la
orografía de Chile casi no permite las planicies, y todo es cerros, subidas y
bajadas.
Llegamos
a Viña y paramos en la Quinta Vergara, espacio en cuyo museo tendría mi segunda
presentación, esta sobre literatura negra y literatura a secas. Antes, nuestro
anfitrión, Jorge Ramírez de Arellano, del Grupo Cultural Vórtice, nos condujo
al anfiteatro (el famoso “Monstro de la Quinta Vergara”) donde se celebra cada
año el Festival Internacional de Viña del Mar. Luego, entramos al museo del
Palacio Vergara y en uno de sus salones ofrecí mi exposición en diálogo con
Diego. Nuevamente el público se mostró muy atento a mis palabras. Al final
buscamos un lugar donde comer: lo encontramos en El Faro de los Compadres, un
restaurante con vista al aneblado Pacífico. Diego y Maribel despacharon
albacora, un pescado al parecer maravilloso, y yo no pude dejar pasar la
oportunidad para acceder a uno de los platos favoritos de Neruda: caldillo de
congrio (que es una especie de pez anguila, alargado), delicia de la
gastronomía marítima de Chile. El regreso a Santiago fue igualmente placentero,
pues la conversación con Diego es imposible que se derrumbe en la monotonía.
¿No será de interés saber que su padre homónimo, también escritor, fue
compañero de escuela y amigo de Neruda y que el mismo Diego niño conoció y
trató al Nobel chileno y a decenas de escritores más?
El
domingo se dio nuestro primer día descansado en Santiago. Decidimos ir al
estadio La Cisterna de Palestino para ver al equipo local contra la Universidad
de Chile, mi querida “U”. No pudimos entrar, el estadio es muy muy muy pequeño
y todos los boletos sólo habían sido vendidos por internet. Tampoco fue
traumático, rondamos por el entorno del estadio (los grafitis tienen una
actitud política muy combativa), compramos algún souvenir y vimos dos escenas
en las que los temibles carabineros a caballo perseguían aficionados remisos a
quedar fuera del estadio. Mejor fue tomar un taxi y alejarnos. Decidimos
entonces ir al Palacio de la Moneda, para las fotos oficiales en el santuario
laico del querido presidente Salvador Allende. Caminamos la Alameda, nombre que
los chilenos dan a la avenida Libertador Bernardo O’Higgins. Comimos por allí,
pizza esta vez, y terminamos con un cafecito y una vuelta a casa con algo de
confusión, pues al ver el mapa uno sigue las calles sin saber que en Santiago,
ciudad hermosa y cosmopolita, pueden cambiar de nombre de un crucero a otro.
El
lunes despertamos otra vez temprano; a las 9 pasaría por nosotros Eduardo
Contreras, escritor de novela negra que nos llevaría a la Universidad de Chile,
donde yo conversaría con alumnos. Nos recibió la maestra Ximena Vergara, quien
amablemente había preparado un amplio abanico de preguntas sobre mi trabajo
literario. Dos horas de diálogo con estudiantes se fueron sin notarlo y sin
duda fui feliz con el interrogatorio de los jóvenes. Al terminar, optamos por
volver al departamento pues por la noche tendríamos una cena organizada para
nosotros en el restaurante Las Trancas, frente al parque de Ñuñoa, donde fuimos
agasajados por Eduardo Contreras, Cecilia Arancibia, Josefina Muñoz, Max
Valdés, Diego Muñoz y Paola Villa, entrañables amigos de la corporación Letras
de Chile que días después, en un alarde de generosidad y casi al final del
viaje, por cierto, me invistió como primer miembro honorario extranjero de la
admirada institución.
Al
día siguiente, martes 23, salimos tarde en busca de los recuerditos chilenos.
Los hallamos en la Feria Artesanal Santa Lucía, y luego de las compras y
tramitar una comida rápida subimos al cerro de Santa Lucía, una edificación
portentosa desde la cual es posible admirar la extensión plena de Santiago.
Pese a mi rodilla algo maltrecha, ascendí y junto con Maribel gozamos de las
vistas disponibles desde aquel laberinto de escaleras y hermosos miradores.
Aquí, como en todos los rumbos a los que recalamos, hice práctica de un oficio
que estudié y me apasiona sin que haya sido mi profesión, aunque secretamente
siempre quise abrazarla: la fotografía, arte que, más allá de la foto ocasional
o de la inevitable y precaria autofoto, me permite jugar con el ritmo, la
perspectiva y la composición en tercios y zonas áureas, y evitar a toda costa
los horizontes caídos, los excesos de aire mal distribuido o los pies amputados
por poquito.
Al
día siguiente, el noveno de nuestro periplo, trabajamos en casa durante toda la
mañana. Pese a la temporada del año, el sol seguía picando, así que salimos
hasta que la tarde lo mitigó. Esta vez fuimos al Parque Metropolitano, un
inmenso espacio (el cuarto bosque urbano más grande del mundo) que sirve como
pulmón de la capital chilena. Allí, subimos por el teleférico a la cresta del
Cerro San Cristóbal en cuya cumbre destaca la escultura monumental de la virgen
de la Inmaculada Concepción. La vista desde ese punto es periférica, abarcadora
de todo el valle santiaguino, urbe más poblada de edificios de lo que yo
recordaba, pues había estado allá en 2011.
Al
siguiente día fue menos agitado. Era el último en Santiago, y ante la
inminencia del viaje decidimos tomar el día con calma. Trabajé todo el día en
edición y ya muy tarde erramos para el rumbo del parque Bustamante, donde
comimos en uno de los establecimientos ubicados en la avenida Ramón Carnicer.
Por allí también compré libros. Apenas oscureció, volvimos a nuestro reducto en
la calle Gral. Jofré para preparar maletas.
Agradecidos
por la hospitalidad del país, partimos de Chile el viernes 26 de abril, nuestro
décimo día de viaje. Tomamos el Cata Internacional, asientos 1 y 2 de la parte
alta en un bus de dos pisos para tener una panorámica frontal de la cordillera
andina. Poco a poco salimos de Santiago y poco a poco se nos fue revelando el
inmenso universo de roca que nos esperaba durante seis o siete horas. El viaje
es corto, pero se alarga en función de la sinuosidad del trayecto. Lo que más
esperábamos era atravesar el Paso de los Caracoles, un zigzag de 29 curvas
cerradas a una altura de más de tres mil metros sobre el nivel del mar. Como el
trayecto es lento, pude hacer varias fotos a medida que ascendíamos aquel ir y
volver en una de las incontables montañas de Los Andes en el lado todavía chileno.
Hizo un día pleno de sol, y gracias a esto pudimos ver todas las tonalidades
cordilleranas: ocres, grises, azulados, rojizos, verdosos, púrpuras, amatistas,
una paleta apabullante de matices bajo el azul intenso del cielo. Llegamos a
Mendoza cuando comenzaba a anochecer, y allí comenzó la segunda parte de
nuestro viaje sudamericano de 2024.
Mendoza
En
la capital argentina del vino fuimos recibidos, en contraste, por el verdor
incansable de sus calles. Era otoño, pero el inusitado sistema de acequias que en
red abarca toda la ciudad, mantiene incólumes las arboledas. Nos hospedamos
frente al parque principal mendocino. Caminamos por su noche, hambrientos, y en
la peatonal Sarmiento encontramos una gran oferta de platillos. Elegimos unas
exquisitas milanesas de ternera acompañadas con “fideos”, lo que para nosotros
son espaguetis.
Al
día siguiente comenzamos tarde la visita a las cuatro plazas equidistantes de
la principal. Lo hicimos caminando, así que sólo pudimos con tres. Recalamos en
el Mercado Central, un lugar bello y limpio donde encontramos un negocio
llamado El Mercadete, donde insumimos una parrillada de lujo y una cantidad
excesiva de malbec. Allí conocimos y conversamos largamente con Barbie y
Carlos, mendocinos radicados en Puerto Madryn, a donde, así como así, nos
invitaron en un viaje próximo.
El
domingo recorrimos el bosque San Martín. Había un maratón, lo vimos un momento
y continuamos con una visita al lago. Luego comimos bifes. En la noche nos
recibió en su casa, con su familia, nuestro amigo Leandro Hidalgo, escritor.
Además de empanadas, nos regaló con un malbec espectacular de la marca
Alegoría.
Pasamos
el lunes en el armado de maletas y en trabajo en casa, y sólo salimos a comer
pizza y a preparar la salida de Mendoza. Viajamos toda la madrugada a Buenos
Aires, donde seguí con mi trabajo de edición. Caminamos un poco en los rumbos
clásicos de la Avenida de Mayo. Era de algún modo una pausa en el viaje, y nos
hospedamos en las inmediaciones de Monserrat, no lejos de la Casa Rosada, donde
el primero de mayo, por cierto, pudimos ver el aparato represivo para disuadir
la manifestación de los trabajadores, pues en este momento —la absurda
presidencia de Milei— la manifestación y la protesta públicas son allá delitos
que de entrada merecen gas, balas de goma y macanazos.
Colonia
del Sacramento y Montevideo
El
jueves 2 partimos de Buenos Aires a Colonia del Sacramento, en Uruguay. Lo
hicimos en el ferry de la empresa Colonia Express. Hacía frío, pero eso no
impidió que saliéramos a la borda para ver desde allí el avance por el Río de
la Plata. Llegamos a Colonia al mediodía, y allí pasaríamos una tarde casi
completa. Visitamos el rumbo antiguo de la ciudad, en donde, pese a mi rodilla,
ascendimos al faro que es su símbolo. De allí partimos el día 3 a Montevideo,
en bus. Lo hicimos por el sur del Uruguay, bordeando el lado charrúa del Río de
la Plata. Al llegar a la capital nos hospedamos en el Palacio Salvo, quizá el
edificio más famoso de la capital uruguaya, un espacio lleno de leyendas que
provocaron en Maribel —y en mí no— el gusto de convivir con fantasmas. Primero
tuvimos dos días soleados, y entre otros lugares, erramos por la peatonal
Sarandí, por la Rambla, fuimos al Café Brasilero (reducto archiconocido porque
allí concurría —casi vivía— Eduardo Galeano) y por el mercado de la calle
Tristán Narvaja, donde en un restaurante llamado Lo de Molina dialogamos con el
brillante escritor y cantautor uruguayo Martín Palacio Gamboa, con quien
discurrimos sobre literatura, música y política hasta llegar al intercambio de
libros; con él recuerdo un detalle que me pareció significativo de la hermandad
latinoamericana: al hablar con mutuo elogio sobre el dueto treintaitresino Los
Olimareños, mencionamos a Braulio López y Pepe Guerra, esto el 5 de mayo en Montevideo;
pues bien, el 13 de junio, un mes después, murió allá Guerra, lo que me llevó a
pensar en el sincero homenaje binacional que le tributamos en el café de la
calle Tristán Narvaja. Los dos días finales en el Uruguay fueron grises,
onettianos, plenos de una neblina que al mirar por nuestra ventana del piso 14
anulaba la anchura del Río de la Plata. No pude no pensar que estaba en la
ciudad del gran Mario Benedetti, escritor que puebla con su rostro los grafitis
de muchas paredes montevideanas, y también en la ciudad de Zitarrosa, uno de
mis ídolos de siempre, a cuya Fundación fui aunque estuviera cerrada.
Buenos Aires
Volvimos
a Buenos Aires el martes 7 ya muy tarde, otra vez en el ferry de Colonia
Express. Llegamos cansadísimos, y esta vez nos hospedamos en un edificio del
barrio Caballito, cerca del parque Centenario. Hicimos la compra de los víveres
para el consumo diario y así pasó el día 8, en el acomodo. El 9 participé en la
Jornada de Minificción de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. Me
sentí muy bien recibido por un público que, pese al paro nacional de labores de
ese día, hizo una entrada numerosa a la Sala Julio Cortázar, donde se dio la
reunión organizada por Raúl Brasca y Martín Gardella. En las mesas participaron
escritores como Luisa Valenzuela, Ana María Shua, Laura Nicastro, Leo Mercado,
Claudia Cortalezzi y Dina Grijalva (mexicana). La cena colectiva se celebró en
el restaurante Juana de Oro, cerca de la Feria, en el barrio de Palermo.
Los
días siguientes tuvieron menos agitación. Fuimos un sábado al estadio Francisco
Urbano, del Partido de Morón, para ver, con Fabián Vique, Jorge Figueroa y
Ezequiel Gerace, un juego de la liga de ascenso. Tuvimos invitaciones a cuatro
programas de radio (con Daniel Ovín, Ezequiel Gerace, Víctor Hugo Morales y
Celia Carnovale, en este orden), una cena con Laura Nicastro y su esposo Quique
Ruslender, un asado dominical en casa de la escritora Celina Aste y su esposo
Maxi, una comida también dominical en casa de Andrea Burucua (donde además estaban
Figueroa, Vique, Carlos Dariel y José Luis Bulacio) y otra comida en casa de
Víctor Hugo Morales y Beatriz de Nava, su esposa, con quienes también fuimos a
comer a La Dorita de Palermo (donde por cierto nos topamos con Ricardo Darín,
en una anécdota que merece relato aparte); en la noche fuimos también con
Beatriz y Víctor Hugo al teatro Trilce para ver la puesta de Luz de gas y allí
mismo cenar, pues el Trilce tiene restaurante. Además de todo esto y más, pude
charlar en distintos cafés con amigos como Enrique Medina y Ricardo
Ragendorfer, y extrañé no poder saludar a Giselle Aronson, Fernando Veríssimo,
Sandra Bianchi y Rodolfo Chisleanschi, José Juan Zapata y Jessica Jaramillo,
Mario Berardi, Javier Ramponelli, Hugo Alejandro Gómez y Alejandro Dolina. Como
dijo Favio: otra vez será.
La
vitalidad cultural de Buenos Aires nos permitió ver varias obras de teatro, ir
tres veces al cine Goumont (amenazado como tantas otras instituciones por el
actual gobierno de allá) y comprar libros sobre todo entre los maravillosos
bouquinistas del parque Centenario, donde también visitamos el museo de
Ciencias Naturales y fuimos público del concierto de tango ofrecido por el
Quinteto La Grela, con cuyo magnífico violinista, Diego Tejedor, quedamos de
amigos.
Fue un viaje, pues, productivo en todo sentido, pues conjugó literatura, trabajo, vida cultural, amistad y setenta libros pescados en tres países a los que queremos mucho: Chile, Uruguay y Argentina, a los cuales, por supuesto, siempre estaremos volviendo troileanamente en el recuerdo y quizá, por qué no, en un futuro no distante, de nuevo en la realidad de carne y hueso.
Nota. Texto publicado originalmente en Facebook.











