Mostrando las entradas con la etiqueta julio cortázar. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta julio cortázar. Mostrar todas las entradas

miércoles, septiembre 10, 2025

Estilo de Fuentes


 









En Historia personal del “boom” (1972), José Donoso (Santiago de Chile, 1924-1996) se refiere a los escritores latinoamericanos que durante los sesenta y parte de los setenta se encumbraron a la fama con novelas que hasta hoy, aunque con desigual aprecio, siguen siendo reeditadas y leídas. El chileno hace admirado énfasis, no podía ser de otra manera, en las figuras de García Márquez, Cortázar, Vargas Llosa y Fuentes. Por más que este libro mira hacia afuera, es decir, hacia los orígenes del boom y la recepción pública que tuvo, no deja de mirar hacia dentro, hacia lo que sucedió en el interior del mismo Donoso tras sentir el estallido de la nueva novela latinoamericana. Precisamente por esto es la “historia personal” de un fenómeno colectivo.

Al celebrar el trabajo de Fuentes, Donoso resalta el cosmopolitismo del mexicano, su conocimiento de todo y su capacidad para compartirlo fluidamente en tres idiomas: español, francés e inglés. Fuentes lo asombra desde el primer trato, cuando dialogó con él en un encuentro de escritores celebrado en Concepción, Chile, hacia 1962. Como de pasada, Donoso subraya un detalle que da la impresión de ser innecesario: la ropa de Fuentes. Esto lo comenta porque era inhabitual un escritor bien vestido en aquel momento, “cuando los hombres, y para qué decir los intelectuales hispanoamericanos, no podían, no debían darle importancia a algo tan frívolo y burgués como la elegancia o la imaginación o la audacia en el atuendo, ya que, sobre todo si se estaba en la posición política de Fuentes, esta frivolidad resultaba evidentemente irreconciliable con las altas y duras misiones que había que cumplir”. Las “altas y duras misiones” estaban relacionadas con el debate político de suyo acalorado tras el triunfo de la Revolución Cubana.

De modo que el mexicano se atrevía a vestir no a la manera desenfadada o austera o pobretona de los artistas, sino con gusto burgués. Era, lo sabemos, un dandy, y por supuesto su apariencia no se parecía a la de sus homólogos escritores que en los sesenta eran hippiosos, y a lo máximo que podían aspirar en materia de “elegancia” era a un blazer de pana o, como le dicen en Sudamérica, de corderoy.

Tras leer este pasaje recordé a mis amigos ochenteros de la literatura. Creo que todos vestían con sobriedad, una manera sutil de decir “con desenfado”. No eran elegantes ni finos, y ya para entonces comenzaba a quedar atrás el disfraz de “intelectual” para dar paso a algo que puedo definir como estilo sin estilo. La categoría en el atuendo de Fuentes no hizo escuela entre nosotros.

miércoles, julio 02, 2025

Dos poemas ocultos

 












Este pequeño puente nació cuando encontré que entre las páginas de cierto libro viejo se ocultaba un poema tecleado con cinta roja en máquina eléctrica. Su título es “Nocturno y elegía”. Pensé que el autor podía ser un antiguo propietario del libro, pero al googlear el primero de los versos supe que lo había escrito Emilio Ballagas, cubano del que sólo tenía noticia gracias a la antología Laurel publicada por la editorial Séneca en 1941 con prólogo de Xavier Villaurrutia (que tengo en la edición de Trillas y suma un epílogo de Octavio Paz).

Ballagas nació en Camagüey, en 1908, y murió en el 54, apenas un año después del Asalto al Cuartel Moncada. Su semblanza deja ver que produjo varios libros y fue apreciado por escritores importantes de su generación. Tuvo amistad cercana con Eliseo Diego, Cintio Vitier y Fina García Marruz, y al calor de su temprana muerte Alejo Carpentier le dedicó una elogiosa nota necrológica.

Al leer el poema anónimamente transcrito encuentro que su tema se ajusta al planteo de la primera de las doce estrofas: “Si pregunta por mí, traza en el suelo / una cruz de silencio y de ceniza / sobre el impuro nombre que padezco. / Si pregunta por mí, di que me he muerto / y que me pudro bajo las hormigas. / Dile que soy la rama de un naranjo, / la sencilla veleta de una torre”.

Ahora bien, aquel poema me recordó, como un eco, “Alta hora de la noche”, del salvadoreño Roque Dalton (1935-1975). En este segundo caso, la idea es parecida: anularse en el ser amado tras la muerte. Dice: “Cuando sepas que he muerto no pronuncies mi nombre / porque se detendría la muerte y el reposo. / Tu voz, que es la campana de los cinco sentidos, / sería el tenue faro buscado por mi niebla. / Cuando sepas que he muerto di sílabas extrañas. / Pronuncia flor, abeja, lágrima, pan, tormenta. / No dejes que tus labios hallen mis once letras. / Tengo sueño, he amado, he ganado el silencio. / No pronuncies mi nombre cuando sepas que he muerto: / desde la oscura tierra vendría por tu voz. / No pronuncies mi nombre, no pronuncies mi nombre. / Cuando sepas que he muerto no pronuncies mi nombre”. Cortázar (con su erre afrancesada) y el grupo chileno Illapu alguna vez lo grabaron.

¿Conoció Dalton el poema de Ballagas? Seguramente sí, pero da igual si no. Ambos poetas izaron con sencillez y belleza el tremendo sentimiento de ya no-ser como definitiva conclusión de todo, incluido lo más doloroso: el amor.

miércoles, noviembre 29, 2023

Dos de Nueva Imagen












Caminaba en el centro histórico de Querétaro con mis colegas escritores Ricardo Vigueras, Elpidia Carrillo y José Juan Aboytia y vimos una librería de viejo llamada El Tragaluz. Pequeña, apretada de libros, apenas daba margen para caminar y ver entrepaños. Muchos de los ejemplares eran contenidos en bolsitas de plástico para protegerlos, supongo, de la humedad y el polvo. Vi la edición de La tregua, de Benedetti, publicada en México por la editorial Nueva Imagen. Pensé en llevármela, pero no lo hice porque ya tengo esa novela en dos versiones, una de ellas casi la primera edición. Elpidia la tomó, y poco después escribió en su Facebook: “En el hotel, al abrir la bolsa donde estaba bien conservada, descubrimos la firma del poeta”.

Tres semanas después, en Durango, caí en la librería de viejo Alfarabía (sic). Luego de una de mis visitas a ese espacio, escribí esto: en la ida de la tarde al Museo Regional Ángel Rodríguez Solórzano, sede del Encuentro de Escritores José Revueltas 2023, en Durango, volví a incursionar en la librería de viejo que me queda de pasada, y ahora pesqué otro libro de hechura no reciente. Es la segunda impresión (1984) de la primera edición mexicana (1983) de Final del juego, tal vez el libro de Cortázar que más me gusta. Este libro ya lo tengo, lo compré nuevo hace cuarenta años, y lo usé mucho en mis clases de cuento. Desgraciadamente una vez lo presté (recuerdo a quién, pero no importa) y cuando me lo regresaron tenía una de las peores lastimaduras que puede sufrir un libro: lo habían mojado, como que le tiraron encima un vaso de agua. Así, con las hojas onduladas, la marca como de cicatriz en muchas de sus páginas y a sabiendas de que odio los libros mojados aunque estén ya secos, lo recibí y lo conservé hasta la fecha, casi como un fetiche de mi primer deslumbramiento ante Cortázar. Hoy lo reencontré intacto, sólo con el papel un poco más amarillento. Otra vez lucía ante mí, impecable, la hermosa portada con un cuadro de Remedios Varo y todos sus cuentos sin mácula de accidentales líquidos. La edición es perfecta, de Nueva Imagen, editorial que creo fundó Saltiel Alatriste antes de pasar a Alfaguara y luego caer en desgracia. Hay otros dos detalles que deseo resaltar: que la primera edición de Final del juego es de Sudamericana y fue publicada en el año de mi nacimiento, 1964, que también tengo. Y el otro detalle es que allí aparecen cuentos ya legendarios como “Continuidad de los parques”, “Axolotl”, “La noche boca arriba” y por supuesto “Final del juego”. Me costó cien pesos, como claramente se ve en el pegotito con el precio que innecesariamente le infligieron a la portada.

Puedo suponer que fue una especie de premio de consolación.

sábado, marzo 11, 2023

El asiento confortable


 











Alguna vez lo expliqué así, con ejemplos del deporte. Partía de una pregunta: ¿en qué momento los futbolistas o los tenistas saben que ha llegado la hora de dar el paso al costado? Vistos desde fuera, en futbol, en tenis y en muchos otros deportes los atletas de 25 años parecen idénticos a los de 35. Pueden tener la misma buena alimentación, el mismo buen entrenamiento, la misma buena apariencia, pero hay algo dentro de ellos que ya no es igual, que se ha perdido en el corto lapso de una década. Los futbolistas y los tenistas y muchos otros deportistas —cada disciplina tiene sus rangos— pierden en diez años un segundo de velocidad, el segundo necesario para alcanzar la jugada. Antes, cuando eran jóvenes, ese segundo hacía la diferencia: en la disputa de un balón llegaban antes o al mismo tiempo que sus rivales, y el instante que dura una zancada se convertía en punto a favor tras el raquetazo desde el fondo de la cancha. Cuando el deportista ve que ya no llega, cuando nota que por más que entrene su cuerpo ya no recupera ese segundo, es cuando comienza a pensar en el adiós no como elección, sino como imperativo de las piernas.

Pero, como digo, cada disciplina tiene sus rangos. En los deportes profesionales se abrevia notablemente la vigencia de la efectividad (pasaba incluso, no sé si todavía, que el paradigma Comăneci terminó por convertir en veteranas, es decir, en carne de retiro, a las gimnastas de 18 años). Ahora bien, ¿ocurre lo mismo en las artes y particularmente en la literatura? Un poco sí, un poco no. Lo primero que es necesario observar es lo obvio: en las actividades de tipo intelectual se alarga significativamente la permanencia “en activo” y de paso es lógico suponer que a mayor edad, más madurez.

Pero dije un poco sí y un poco no. Explico. Uno supone lo que supuse hace dos renglones, es decir, que si uno trabaja en la literatura es un hecho que el tiempo de producción buena se expande casi hasta la muerte, pero leí una observación de Vargas Llosa que me inquietó. Publicada hacia 1968 en el libro Cinco miradas sobre Cortázar (Editorial Tiempo Contemporáneo, Buenos Aires), se trata de una vieja entrevista al argentino en la que el peruano observa lo siguiente: “Ha cumplido ya los cincuenta años, pero nadie lo diría (…) Pasada cierta edad, alcanzado cierto prestigio, el escritor latinoamericano da la impresión de precipitarse en el panteón de los próceres de la literatura. Se instala en el asiento confortable de lo que ha escrito y leído, y ya no escribe más o se repite, pierde la curiosidad, la pasión de la lectura, y la literatura no es otra cosa para él que una carta de prestación que le permite viajar, invitado a congresos o a coloquios, o a ser ministro o embajador. Siempre he sentido un extraño malestar al conocer personalmente a los escritores ‘consagrados’ de América Latina que habían pasado los 50 años, al comprobar el terrible deterioro de su vocación, su anacronismo. Creo que en este sentido, Cortázar es la única excepción”.

Vargas Llosa era joven cuando escribió eso, y sospecho que su intuición no erró. Rebasada cierta edad, no necesariamente los 50 años pues a veces el fenómeno madruga, algo erosiona el ímpetu de la juventud. Suponemos que se gana en madurez intelectual, pero pensar también tiene implicancias físicas que, por ello, se deterioran y empecen la pulsión creativa. La lucha del escritor radica entonces en ser consciente de tal declive y negarse a ocupar “el asiento confortable”, defender con uñas, dientes y arrugas la supervivencia de su curiosidad.

sábado, enero 15, 2022

Magia de la superposición

 







Es imposible elegir “el mejor cuento” de Julio Cortázar por una razón simple: su mejor cuento es muchísimos cuentos. En efecto, entre todos los que escribió hay una cantidad demasiado grande de relatos perfectos o, como gustan decir los elegantes, “antológicos”. Nos veríamos pues en un problema si destacamos uno, pues de inmediato nos llegarán a la mente otro y otro y otro y otro más que nos moverán a titubeo.

Pese al inevitable conflicto, desde hace muchos años asumí la elección de uno que en mi fuero íntimo, y no sin vacilar, considero mi favorito. No digo “el mejor”, por lo que ya expliqué, pero sí mi favorito. Es “Deshoras”, que aparece en un libro homónimo. Tengo la sospecha de que a Cortázar le gustaba más que otros, por eso su decisión de titular el libro con el nombre de ese cuento.

¿Y qué me gusta de tal pieza? Sobre todo dos elementos. El primero, que un personaje adulto recuerda su infancia, y de su infancia, la memoria de su primer impulso amoroso, el despertar de su deseo sexual. Real o ficticio, el trabajo de recordación de la infancia propia es quizá el relato más valioso que tenemos a la mano cuando somos adultos. Algunos (adhiero a este parecer) creen incluso que en la infancia/adolescencia se apoya todo lo que seremos, de ahí que indagar en el pasado propio se convierta en método eficaz de autoconocimiento. Suena esto muy freudiano, pero qué se le puede hacer.

Otro rasgo de “Deshoras” que no deja de gustarme es que allí veo con pasmosa claridad una de las técnicas narrativas de Cortázar. Puedo llamarle, así sea provisionalmente, sólo para su uso en este comentario, “superposición”. Consiste en esto: en encimar un relato en otro. En el cuento de Cortázar opera de la siguiente forma: al comenzar el relato, el personaje-narrador, Aníbal, es un hombre casado y con hijos; de tanto en tanto, y aunque no se dedica a escribir, siente el impulso de recordar su pasado y materializarlo en el papel. Porque siente que al escribir es “más real” lo que recuerda, advierte en el arranque del cuento: “Ya no tenía ninguna razón especial para acordarme de todo eso, y aunque me gustaba escribir por temporadas y algunos amigos aprobaban mis versos o mis relatos, me ocurría preguntarme a veces si esos recuerdos de la infancia merecían ser escritos si no nacían de la ingenua tendencia a creer que las cosas habían sido más de veras cuando las ponía en palabras para fijarlas a mi manera…”.

Como lectores no notamos al principio nada raro, sólo acompañamos a un hombre que recuerda. Poco a poco su memoria nos lleva al pasado con su amigo Doro, a los juegos infantiles, a las visitas de Aníbal a la casa de su amigo, una casa donde vivía con su madre enferma y, lo mejor, una hermana, Sara, ya adulta y joven de la que Aníbal se enamora.

La reconstrucción del microcosmos nos lleva al enfebrecimiento amoroso e imposible por la hermana de su amigo, al paso del tiempo y a un cambio de barrio que definitivamente deja atrás, olvidada, la amistad. Luego llegamos al clímax de la historia, el momento en el que Aníbal nos cuenta su encuentro casual con Sara, su reunión en un café y la posibilidad de fundirse ahora que la edad de ambos lo permite. Y aquí aparece la magia de la superposición, el juego de Cortázar sobre el que no abundo para no arruinar el final a quien desee buscar “Deshoras”. Sólo adelanto esto: Cortázar nos ha engañado con lealtad, con todos los naipes echados sobre la mesa.

sábado, septiembre 19, 2020

Boleto a Cortázar

Por razones que no viene al caso describir, mi biblioteca ha estado diez años a mi parcial alcance. Esto significa que muchos de sus libros han permanecido no sólo inconsultos, sino prácticamente inaccesibles a mis manos y a mi vista durante largo tiempo. Tras una mudanza reaparecieron algunos con los cuales hace décadas establecí un vínculo de cariño más que de ocasional lector. Este es el caso de Bestiario, de Julio Cortázar, en la edición publicada en México por Nueva Imagen hacia 1982.

Al hojearlo me topé con tres sorpresas. Primera, que lo leí en 1984, cuando tenía veinte años y estaba a mitad de la carrera; la segunda, que su memorable portada es un “Autorretrato” de Francisco Toledo, artista de quien no tenía noticias en aquel momento; y tercera, que entre sus páginas habitaba un boleto de camión de la ruta Torreón-Gómez. Este último detalle jaló recuerdos que seguramente comparten muchos laguneros. La ruta de los “Verdes”, aún vigente como la de los “Rojos”, su competencia, hacía sus periplos en la zona conurbada de La Laguna, por eso les decíamos “Torreón-Gómez-Lerdo”. Sé que con el tiempo, cuando dejé de viajar en bus urbano, amplió poco a poco su recorrido y en este momento no sé con claridad qué tanto cubre. Aquellos camiones son básicamente los mismos que ahora podemos ver en circulación entre nuestras tres ciudades. Como muchos, los abordé  desde mi adolescencia innumerables veces. Para hacer económico su uso, los estudiantes teníamos una especie de prerrogativa: pagábamos un documento llamado “abono” con duración de un mes. Era una especie de credencial con foto, renovable, con la cual podíamos hacer tantos viajes como quisiéramos sin pagar en cada ascenso. El boleto que encontré supone que ya para 1984 no usaba el abono, sino que pagaba el costo total de cada viaje; el precio de un recorrido era de $110.00 (años después,  en 1993, con la llegada de los nuevos pesos, fueron eliminados esos tres ceros para que no se notara tanto la brutal inflación acumulada durante los gobiernos de Echeverría, López Portillo y De la Madrid).

Vuelvo al libro de Cortázar. Si encontré un boleto entre sus páginas, es un hecho que leí parte de su contenido en mis andanzas sobre el camión. La edición de Nueva Imagen me parece, pese a la austeridad de su acabado, muy bien lograda, impecable. En ella seguramente participó Saltiel Alatriste, quien por aquellos años tenía relación con tal editorial antes de ser mandamás en Alfaguara: Luego, ya en el nuevo milenio, como sabemos, cayó en desgracia literaria por tristes acusaciones de plagio.

Bestiario es, quizá, el libro de cuentos más famoso de Cortázar, pese a ser uno de sus primeros títulos. Fue publicado en 1951 y en él hay cuentos que todavía hoy se dejan leer con asombrado gusto. Necesito releerlo para rehidratar su contenido con precisión, pero de mi memoria no se ha diluido la perplejidad que me produjeron cuentos como “Ómnibus”, “Las puertas del cielo”, el legendario “Casa tomada” y, claro, el relato que da título al libro, “Bestiario”.

Parece mentira que hayan pasado ya 35 años desde que lo leí. Durante ese lapso ha cambiado mucho el mundo, mi mundo, pero siguen vigentes ciertas realidades; por ejemplo, la ruta de los “Verdes” y mi ahora vieja admiración al autor de Rayuela.






sábado, junio 13, 2020

Calvino, Cortázar y libros de texto




















La memoria es caprichosa. Un olor, un sonido, un mínimo recuerdo pueden ser capaces de poner en movimiento el proustiano engranaje del recuerdo, más si la morosidad del confinamiento da margen de más para operar. Ahora ocurrió así: leía un hermoso libro titulado Ítalo Calvino en México (Petra Ediciones, 2012) donde el escritor italiano aunque nacido en Cuba describe minuciosamente el árbol del Tule. Las palabras que dedica a la planta milenaria son entrañables: “Al visitar México, uno se encuentra cada día interrogando ruinas, estatuas y bajorrelieves prehispánicos, testimonios de un inimaginable ‘antes’, de un mundo irreductiblemente ‘otro’ frente al nuestro. Y de pronto aquí hay un testigo aún vivo y que ya vivía antes de la Conquista…”.
Al recorrer tales párrafos me asaltó, como digo, el recuerdo: una visión fija aparecía en mi mente y no me dejaba imaginar el árbol del Tule descrito por Calvino, sino el que vi en las páginas de uno de mis viejos libros de primaria, un libro de texto gratuito. Ciertamente, en alguno de aquellos libros había un dibujo (ni siquiera era una foto) donde se podía apreciar el mastodonte arbóreo rodeado por muchos niños y niñas tomados de las manos. Recuerdo que la imagen me intrigaba: ¿cómo era posible la existencia de un tronco cuya circunferencia sólo podía ser rodeada por treinta, cuarenta, cincuenta niños anudados de las manos? Lo máximo que yo conocía en materia de árboles gigantes eran los pinabetes laguneros, hoy casi extintos, pero nada comparable al Polifemo oaxaqueño.
Luego de pensar en el dibujo, la memoria rodó hacia otras páginas de aquellos mismos libros, los de texto gratuitos cuya Comisión fue creada en 1959, durante el gobierno de Adolfo López Mateos. Su secretario de Educación Pública, el poeta Jaime Torres Bodet, puso en circulación los primeros ejemplares hace exactamente sesenta años, en 1960, así que en 1970, cuando comencé a recibir mis ejemplares de primaria, apenas tenían una década de vida y ya eran maravillosos. Me refiero, claro, a los libros que en la tapa lucían el cuadro de la Patria pintado por Jorge González Camarena. Todos tenían el mismo diseño exterior, sólo cambiaba la materia: “Geografía”, “Historia y civismo”, “Aritmética”…
De aquellos libros y de los que vinieron poco después evoqué también, gracias al Tule de Calvino, un microrrelato de Cortázar. Cuando lo leí no sabía que el argentino sería después mi ídolo y que yo llegaría a tener la primera edición de Historias de cronopios y de famas (Minotauro, 1963) de donde la SEP extrajo “Aplastamiento de las gotas”: “Yo no sé, mira, es terrible cómo llueve. Llueve todo el tiempo, afuera tupido y gris, aquí contra el balcón con goterones cuajados y duros, que hacen plaf y se aplastan como bofetadas uno detrás de otro, qué hastío. Ahora aparece una gotita en lo alto del marco de la ventana; se queda temblequeando contra el cielo que la triza en mil brillos apagados, va creciendo y se tambalea, ya va a caer y no se cae, todavía no se cae. Está prendida con todas las uñas, no quiere caerse y se la ve que se agarra con los dientes, mientras le crece la barriga; ya es una gotaza que cuelga majestuosa, y de pronto zup, ahí va, plaf, deshecha, nada, una viscosidad en el mármol. Pero las hay que se suicidan y se entregan enseguida, brotan en el marco y ahí mismo se tiran; me parece ver la vibración del salto, sus piernitas desprendiéndose y el grito que las emborracha en esa nada del caer y aniquilarse. Tristes gotas, redondas inocentes gotas. Adiós, gotas. Adiós”.

sábado, enero 19, 2019

Veinte cuentos en mi cercanía












El cuento moderno, pese a sus casi dos siglos de vida, sigue frenado, sofocado por la novela. Esto articula una paradoja interesante: suponemos que ahora no hay mucho tiempo para leer, pero las editoriales y el lector siguen prefiriendo la novela. Y voy más lejos: salvo algunos esfuerzos editoriales, las grandes corporaciones ya no reciben nuevos cuentos ni siquiera para dictaminarlos negativamente. O sea, los descartan de antemano, tras enterarse de que son cuentos. Pese a eso, el género sigue allí, haciendo su vida de salmón desde que nació con la forma de una historia policial ocurrida en la famosa calle Morgue.
Sólo por la superstición de alcanzar un número cerrado, traigo una lista de veinte cuentos que siempre releeré. Toda selección es, lo sabemos, un acto discriminatorio, así que éste no será la excepción. Ofrezco, pues, la siguiente veintena sólo para no terminar recomendando cincuenta o más, así que dejaré al margen muchas piezas que bien pudieron haber quedado aquí. De cada autor me gustaría citar varios, pero opté por escoger uno de cada uno para tratar de que cuajara exactamente la tanda que me propuse. No escondo que mi preferencia se carga al cuento en español, y particularmente al latinoamericano, que es lo que más he leído porque a su vez es lo que más me agrada:
“La carta robada”, Edgar Allan Poe
 “El Sur”, Jorge Luis Borges
“¡Diles que no me maten!”, Juan Rulfo
“Yzur”, Leopoldo Lugones
“Deshoras”, Julio Cortázar
“Los gallinazos sin plumas”, Julio Ramón Ribeyro
“Escenas en la vida de un monstruo doble”, Vladimir Nabocov
“Enoch Soames”, Max Beerbohm
“El cuervero”, Juan José Arreola
“Tu rastro de sangre en la nieve”, Gabriel García Márquez
“La clave literaria”, María Elvira Bermúdez
“La aventura de las pruebas de imprenta”, Rodolfo Walsh
“La fiesta brava”, José Emilio Pacheco
“El candelabro de plata”, Abelardo Castillo
“La loca y el relato del crimen”, Ricardo Piglia
“La muerte tiene permiso”, Edmundo Valadés
“El crimen de San Alberto”, Fernando Sorrentino
“La muerte”, Mario Benedetti
“El caso de los crímenes sin firma”, Adolfo Pérez Zelaschi
“19 de diciembre de 1971”, Roberto Fontanarrosa

Nota. Este texto es una extracto de uno más amplio que en su origen fue el borrador de una conferencia. Puede ser leído aquí.

sábado, octubre 06, 2018

Una muerte bien colocada




















En una de mis muchísimas incursiones a la lucha libre me tocó ser testigo de un acontecimiento que juzgo, sin exagerar, surrealista, y eso que el surrealismo es ingrediente sine qua non de ese espectáculo: en la pelea estelar, una de relevos australianos, el anunciador presentó a Pedro Infante, y de los vestidores salió un tipo con vistoso atuendo de charro que mediante play back “cantaba” la jocosa ranchera “Yo soy quien soy” (“y no me parezco a naiden”). Conforme caminaba por el pasillo hacia el ring, pude certificar que el Pedro Infante apócrifo en efecto le daba un aire al Pedro Infante fílmico, de suerte que aquello casi me rebasó en términos de asombro. Poco después, el clon del ídolo sinaloense subió al cuadrilátero y se despojó del atavío charro para quedar en malla de luchador, y ya sin sombrero dejó ver incluso las entradas en la frente con las cuales daba más el gatazo al personaje imitado.

Al sentir el alboroto del público, pensé otra vez en lo afortunado que fue nuestro Pedrito al morir joven, en la cima de su fama. Gracias al accidente aéreo en Yucatán, conservamos en la memoria su aspecto joven, de Adonis vernáculo. Si hubiera vivido y llegado a la vejez, no sólo no se hubiera dado “el efecto Pedro Infante” que inmortaliza de golpe a “los famosos” desaparecidos prematuramente como Gardel, Lennon, Selena, Sal Sánchez y muchos más, sino que acaso lo recordaríamos nada más en pleno ejercicio de su decrepitud. Morir joven no es, a veces, tan terrible, pues la leyenda espera y trae a cuestas una idealización que casi santifica.

Toda esta bisutería vine a pensar cuando hace unos días tomé El concepto de ficción (Planeta, 1997), del gran Juan José Saer. Fue, hasta donde sé, uno de sus pocos libros de ensayos, y en él incluye el titulado “Roberto Arlt” que arranca: “Para los griegos, morir joven era un acto de desmesura. Si comparamos la retirada brusca de Arlt con la persistencia borgiana, que se disemina en banalidades, advertiremos tal vez que, en ciertos casos, una muerte bien colocada puede llegar a tener, como él decía, la eficacia de un cross a la mandíbula”. Arlt murió a los 42, y en ese corto tramo de vida dejó una obra que para muchos es indispensable por su exploración del mal, de la incertidumbre, del flanco sombrío y turbulento del animal humano.

No hay regla en esto, claro, pero creo que la franja creativa más importante del escritor anda entre los 35 y los 45 años, poco más o menos. Hay casos de precocidad inusitada, o de impetuosa producción en la vejez, pero en general los mejores frutos cuajan, como digo, en un cierto periodo de la vida. Dante publicó el “Infierno” de la Divina… a los 39; Cervantes, la primera parte del Quijote a los 47; Flaubert, Madame Bovary a los 36; Cortázar, Rayuela a los 49; Rulfo, Pedro Páramo a los 37; García Márquez, Cien años de soledad a los 39. Para un artista que ha dado sus productos más ricos en esos lapsos aproximados, sufrir “una muerte bien colocada” quizá no sea tan mala noticia. El efecto Pedro Infante puede darse y durar incólume durante décadas.

sábado, mayo 23, 2015

Cortázar y la "mecánica de chicle"
























Un campesino me describió la situación con esta metáfora: “Los que se van del rancho son como las sandías: crecen más allá de donde los plantan, pero no se despegan del origen”. Asombra la sencillez de la imagen porque describe a la perfección lo que frecuentemente pasa con quienes se van: que por más tierra o agua que pongan de por medio, se llevan la atmósfera de la niñez y la juventud adherida como un fantasma en el alma, y jamás terminan por desprenderse.

Entre los escritores hay muchos ejemplos de distanciamiento forzado o voluntario. Uno de los más famosos es el de Cortázar, quien luego de nacer, casi por accidente, en Bélgica (1914), pasó de niño a su espiritualmente natal Argentina. En Banfield, un suburbio del llamado Gran Buenos Aires, transcurrió su decisiva juventud y allí comenzó el largo camino que décadas después lo llevaría a convertirse en uno de los protagonistas de la literatura mundial.

En Cortázar por Buenos Aires, Buenos Aires por Cortázar (Seix Barral, 2013), el escritor y periodista Diego Tomasi (Morón, 1982) rastrea el pasado del autor de Rayuela entre las calles, las amistades y los oficios que luego, cuando tomó la decisión de brincar definitivamente el Atlántico, alimentarían su nostalgia y sus papeles. Se trata entonces de un libro importante en la amplia bibliografía sobre Cortázar, ya que saca a la luz la enorme influencia que la Capital Federal tuvo sobre un autor que pese a su ulterior radicación europea jamás dejó de mirar con gratitud su pasado porteño.

Tomasi escudriña sobre todo en las amistades que sobreviven a Cortázar y en su abundante correspondencia. El trabajo de investigación, ciertamente complicado debido a que entre 1930 y 1950 el inmenso cuentista era un joven absolutamente desconocido, rinde frutos espléndidos, tantos que Tomasi puede incluso calcular los días exactos que Cortázar pasó en Buenos Aires: alrededor de seis mil días, “menos de una cuarta parte de su vida”. Sin embargo, más allá de ese cómputo a todas luces aproximado, apunta: “ese juego matemático es eso. Un juego. Un juego de números que no guarda relación con la enorme influencia que la ciudad ejerció sobre él”.

La gravitación de Buenos Aires en el espíritu de Cortázar tiene que ver directamente con lo desafiante y enriquecedor que fue, a un tiempo, su etapa de formación. La capital fue el primer estímulo de su voraz cosmopolitismo, el sitio donde halló la literatura francesa, el jazz, la pintura, el cine, el aprendizaje de la traducción profesional como trabajo alimenticio, los afectos para siempre.

Tomasi examina cronológicamente los pasos de Cortázar, sus estancias de trabajo en Bolívar, Chivilcoy y Mendoza, su relación con familiares y amistades, el encuentro con Aurora Bernárdez, su contacto con Borges, su trabajo en la Cámara del Libro, su despacho de traductor y en general su relación, entre tersa y áspera, con una ciudad que, sin que él lo sospechara, estaba marcando para siempre su literatura.

Es de suponer que la vivencia europea de Cortázar está mejor documentada que la porteña, pues la fama que construyó en París a partir de los sesenta propició una avalancha de entrevistas, reconocimientos, ensayos y fotografías. Se sabe menos, mucho menos, sobre la andanza cortazareana en el ámbito argentino, el de su juventud. Por ejemplo, sobre la nula relación con su padre. Tomasi la recuerda en un pasaje memorable, cuando Julio Cortázar padre le escribe a su hijo ya adulto y le pide que firme sus textos de prensa con el añadido del segundo nombre. El escritor, distante, le respondió así: “Con mi nombre Julio Cortázar he publicado un libro, y numerosos ensayos en revistas de B.A. Por una simple razón de mantenimiento profesional de mi nombre, sumándose a otra de eufonía que me interesa más que la anterior, no puedo incorporar mi segundo nombre, ni siquiera su inicial”. La inicial a la que se refiere es la “F”, de “Florencio”.

Cortázar tomó la decisión de abandonar Buenos Aires. Se va de allí en octubre de 1951, en barco y despedido por sus cercanos. Lo que siguió fue adueñarse de París, cierto, y comenzar el amplio armado de sus mejores libros. Pero no pudo evitar que los aires de Buenos Aires llegaran hasta su buhardilla y alimentaran sus relatos. La ciudad formativa y rechazada se convirtió entonces en una especie de chispa permanente para encender la nostalgia creativa. Lo expresó en una carta a su amigo Eduardo Jonquières, variante metafórica de la sandía que mencioné al principio: “Irse no es nada. La cosa es darse cuenta que hay una mecánica de chicle, que te has quedado adherido y te vas estirando”.

sábado, febrero 21, 2015

Mi dream team gaucho













Acomodar carpetas en el permanente caos de mi computadora siempre trae consigo sus sorpresas. Una de ellas me acaba de alegrar. Hace diez años más o menos trabajé una serie de retratos de los argentinos que más admiro. Mi idea de aquel momento era diseñar una pegatina o sticker (así le llaman ahora, creo) para adherirla en no sé dónde. A esa lista no podría quitarle, hoy, ningún personaje, pero sí añadirle varios, como a José Pedroni y Alejandro Dolina en la literatura, Jorge Cafrune en la música y Osvaldo Bayer en la historia. Sin embargo, así dejo la imagen por ahora, tal y como la diseñé hace una década. Nomás digo brevemente quiénes son y por qué siguen estando en mi dream team gaucho.

1. Atahualpa Yupanqui. El más grande compositor de letras en el folclor argentino y tal vez latinoamericano. Para mí es una especie de padre, un tótem al que oigo con veneración.
2. El Che. Mi primer ídolo político juvenil, el hombre que encarna para mí la totalidad a la que puede aspirar un ser humano.
3. Diego Maradona. El cabrón que ha jugado mejor que nadie, a mi juicio, lo que ya sabemos. Veo las repeticiones de sus jugadas una y otra vez y el asombro me resulta asombrosamente inagotable.
4. Roberto Fontanarrosa. Creí durante muchos años que era sólo Boogie el Aceitoso. Luego supe que era muchos otros personajes diseminados en historietas, cuentos y novelas. El tipo más divertido e inteligente, en esa perfecta combinación, que he escuchado en mi vida.
5. Mercedes Sosa. La voz que a un tiempo representa, para mí, el dolor y la esperanza de nuestros lastimados pueblos. Un amor, la Negra.
6. Jorge Luis Borges. El mejor escritor que he leído y leeré en mi corta vida.
7. Julio Cortázar. Mi primer contacto con la literatura argentina. Sus cuentos fueron el detonante de mis aventuras narrativas iniciales. A su obra le deberé siempre ese estímulo inaugural.
8. Rodolfo Wash. Otro redondo, un hombre de acción y de pensamiento, ejemplo por donde quiera que lo miremos.
9. Roberto Arlt. Una especie de síntesis de lo que es Buenos Aires: soledad, nostalgia, espanto, ternura, fiereza, creatividad, malicia, todo en un solo paquete.
10 Adriana Varela. El tango fue otro cuando oí su voz áspera y pausada. La Gata hizo que por fin yo diera con el intérprete ideal de un género que escucho atento desde la adolescencia.

sábado, marzo 15, 2014

Letras y patas de hule















“A esta altura de mi vida en una gran ciudad, lo mejor que le encuentro a un automóvil es que no sea mío. Desgraciadamente ellos no parecen compartir este rechazo, y me basta salir a la calle para ingresar en un sistema y un código en los que sólo la vigilancia más atenta puede evitar el rápido paso de la integridad a la papilla”, dice Cortázar en “Monólogo del peatón”, uno de los muchos textos integrados a Papeles inesperados (Punto de lectura, México, 2009, 486 pp.), el librote misceláneo que hace cinco años llegó a engrosar el ya de por sí gordo expediente cortazareano.
No sé si me equivoco pero en general los escritores, por su misma naturaleza encerradiza, tienen una mala relación con el coche y demás objetos atropelladores no identificados. De Cortázar no me sorprenden las palabras citadas, pues la neurosis automovilística le saltó en otros momentos, entre ellos el que lo llevó a escribir “Autopista del sur”, uno de los relatos infalibles en cualquier antología del argentino. Tuvo al final de su vida, como sabemos y él mismo lo declara, un fugaz reencuentro amoroso con el coche, pero hizo trampa: viajó con la hermosa Carol Dunlop, su pareja, de París a Marsella, y se tomó casi un mes para hacer un viaje que por lo común demanda diez horas. Usó en este caso el menos aventurero de los vehículos, una Combi roja que a cada parada se demoró en pausas de exploración y fotografía que quedaron impresas en Los autonautas de la cosmopista, libro que casi casi apareció póstumamente.
Un rastreo veloz por la biografía de muchos escritores nos permitiría ver que conducir (manejar, decimos en mi rancho) está lejos de ser un goce del gremio. No imagino a Rulfo, a Borges, a Neruda, a Paz, a Carpentier, a Benedetti, a Vargas Llosa (bueno, a Vargas Llosa sí) en plan de Fittipaldis, con el codo salido por la ventanilla y silbando un sabroso bolerito, muy acá. Más bien los imagino dependientes siempre de otros, o de sus pies, que para caminar fueron  hechos. Creo que esta malquerencia del volante no se da por esnobismo, sino por algo que en efecto caracteriza al escritor: su distracción. Distracción, claro, de lo cotidiano, de lo inmediato, no de lo que se supone está escribiendo permanentemente dentro la cabeza.
Mis amigos escritores manejan con decoro, aunque muchos llegaron tarde al arte de macalacachimbas, unos incluso más allá de los treinta años (yo conduje mi primera nave casi en la ancianidad, según mis coétaneos: a los 23). Otros se van vírgenes de patas de hule, y los admiro de veras. El caso de esta índole que mejor recuerdo es el de Arreola, quien al parecer no fluctuó como Cortázar del odio a la parcial aceptación vehicular, sino que abrazó una pureza absoluta como caminante del Mayab y puntos circunvecinos. Tan lejos se colocó de la pasión automovilística que en alguna de las muchas entregas para una columna que publicó en El Sol de México durante casi dos años, del 75 al 76, se confesó “peatón original” frente a la barbarie de esas máquinas siempre listas para el apachurramiento y demás accidentes perpetrados “en estas calles de Dios”.
¿Y dónde me coloco yo? Con la mano en el pecho les aseguro que si me dan a escoger, prefiero siempre, como Julio, que alguien me supla en los volantes o si eso no es posible, conducir lo menos posible y caminar, caminar cuando se pueda o ascender al “jet de la pradera”, cómo le decían mis amigos al Torreón-Gómez-Lerdo en el que llegábamos a la secundaria. Sólo así veo algo que me interesa ver, tocar, sentir: la ciudad.

miércoles, mayo 30, 2012

Medio siglo de cronopios y de famas



Muchos años hace que la crítica y ciertos escritores y lectores han asumido como deporte o mero entretenimiento matar al boom. Lo han matado muchas veces, pero el boom no sólo ha sobrevivido a esos flechazos, sino a otros acaso peores, como las malas aunque bien intencionadas imitaciones, o la producción ulterior de quienes protagonizaron aquel amorfo o muy bien pensado movimiento literario que estalló a principios de los sesenta y dejó obras cuya vigencia nos permite visitarlas o revisitarlas sin el trauma de que perdemos nuestro tiempo.
Cierto que el boom fue un rótulo sobreexplotado por el comercio y la crítica, pero eso no es culpa de los autores allí afiliados y, menos, de sus obras. Hoy nos puede caer muy pesado García Márquez, o ideológicamente repugnante Vargas Llosa, o desigual el recién ido Carlos Fuentes, o ya muy lejano el lejano e inextricable Carpentier, pero es un hecho todavía incuestionable, creo, que su irrupción artística fue un hito y sus obras, sus mejores obras, desafiaron lo que hasta ese momento habían propuesto las letras latinoamericanas no solo a nuestra América, sino al mundo entero.
Fuera del macanazo propinado por Darío a finales-principios del XIX-XX, la literatura latinoamericana había sido hasta mediados del siglo anterior una especie de eco siempre tardío de las realizaciones europeas. Esto se explica no sólo por el papel tutelar, económica y espiritualmente colonialista, de Europa sobre América, sino también por la lentitud de las comunicaciones. Mientras el Romanticismo hacía furor en el alma de los artistas europeos, las colonias de ultramar comenzaban apenas a desperezarse de su amplia dependencia virreinal. Cuando aparecieron los primeros románticos americanos ya en Europa jugaban con otras cartas, y así hasta bien entrado el siglo XX, pues incluso las vanguardias latinoamericanas no fueron otra cosa que meras y divertidas emulaciones, a veces verdaderas calcas, de lo que hacían los artistas en el viejo continente.
Aunque heredero de tradiciones foráneas, el boom fue más que una repercusión. Es verdad que retomó técnicas que poco antes habían invadido la narrativa norteamericana y europea, pero también es cierto que por primera vez algunos escritores latinoamericanos comenzaron a trabajar sin complejos de inferioridad e innovaron y se adentraron en experimentaciones que antes sólo parecían permitidas a los artistas de mayor edad, a los europeos, sobre todo. Lo asombroso no fue tanto el nacimiento de una obra deslumbrante pero aislada. Lo que fascinó tanto al lector como a la crítica fue, creo, la simultaneidad, el hecho impresionante de que al mismo tiempo, sin un aparente caldo de cultivo, casi como quien da una patada a la puerta de la gran literatura, un grupo más o menos numeroso de escritores comenzó a notarse en todos lados. El mercado, es indiscutible, los favoreció y se favoreció con sus obras, pero más allá de los pesos y los centavos de ganancia nos quedaron obras que, sumadas y valoradas hoy por su contenido, no tienen equivalente en otra etapa de la historia literaria de América Latina. Fueron, sobre todo, novelas, pero también, con ese poderoso remolque, jalaron cuentos, ensayos literarios y políticos, e incluso hasta poesía, pues de golpe los ojos de la crítica no latinoamericana puso más atención en las letras de nuestro continente espiritual.
La lista de autores, más amplia de lo que suponemos, forma un conjunto de obras que apabulla. Un solo miembro de los imprescindiblemente mencionados como navegantes del boom (Cortázar, por ejemplo) es en sí una literatura. El cómputo de sus obras equivale a miles de páginas en las que un hombre, ese argentino nacido en Bélgica y naturalizado francés, construyó un mundo que hasta la fecha, si nos despojamos de aniñadas rijosidades, es todavía un rico universo de tramas y personajes, de apuestas por el juego y desafíos a la lógica. Por eso digo: a esos autores no es posible matarlos con berrinches, con exabruptos de renovador deslumbrante, sino con obras que sean definitivamente mayores o, mejor, no hay que matarlos, sino asimilarlos como parte de nuestro patrimonio, un patrimonio al que le podemos sumar lo que queramos luego de que el boom dejó de ser el pan de cada día en la literatura latinoamericana.
Adrede mencioné a Cortázar porque es indiscutible que él fue, junto a tres o cuatro más, pináculo del Boom, pináculo de ventas y pináculo en todos los demás sentidos que queramos darle a esa metáfora orográfica. Han pasado sesenta, cincuenta, cuarenta años desde que aparecieron sus libros y muchos de ellos mantienen no nada más vigencia, sino clientela, que es a final de cuentas lo que le importa al frío mercado. Sabemos por ejemplo que, pasado el furor sesentero-setentero, Rayuela sigue siendo reeditada. Lo mismo pasa con Bestiario, con Final del juego, con Las armas secretas, con Deshoras o, en suma, con todos los libros de cuentos compilados en dos (o tres, según el sello editorial) gruesos volúmenes de su cuentística total. Uno de los libros ya entrados en años, cincuentón para más señas, es Historias de cronopios y de famas, publicado originalmente por la editorial Minotauro, de Buenos Aires, el 30 de mayo de 1962, hoy hace exactamente cincuenta años. No se trata de un libro caduco, olvidado, puesto ya en el museo de los triques al que suele ser condenada la mayor parte de los libros. Historias…, al contrario, es uno de los títulos más concurridos del argentino, y no está de más afirmar que el mote con el que identificamos a su autor proviene precisamente de esa obra: Cortázar es el “cronopio” porque tal fue el neologismo que más pegó, la palabrita que ahora, cincuenta años luego, identificamos con el totémico autor de Rayuela.
Historias… es un libro peculiar no sólo en el contexto de la obra cortazareana. Pocas creaturas había de su tipo en el momento de su aparición, y puedo asegurar que sigue siendo un objeto literario de suyo raro, tanto que así, de golpe, no se me ocurre otro para compararlo. Tal vez, no sé, alguno de Arreola, o de Monterroso, o uno de Filisberto Hernández o de Macedonio Fernández. Pero Historias… es uno de esos libros que son una prueba de permanente renovación. Aún hoy, leído de cabo a rabo, uno sale de allí con la sensación de desconcierto, de gozoso desconcierto. Está en la fantasía, en el desenfadado surrealismo que propone. Es disparatado, pero al mismo tiempo internamente lógico. Su prosa es poética, pero también transpira un coloquialismo que nos aproxima a la voz callejera.
Sabemos que Historias… está dividido en cuatro estancias: “Manual de instrucciones”, “Ocupaciones raras”, “Material plástico” e “Historias de cronopios y de famas” ¿Qué quiso decir Cortázar con estos textos? ¿Hay algún propósito simbólico en ellos o es sólo un desafío a las leyes de la lógica, un clavado en las más profundas aguas del ludismo? Creo que una clave para entender Historias…, y en general a casi todo Cortázar, está en su noción de lo fantástico, como lo declaró alguna vez en una conferencia: “Ese sentimiento, que creo que se refleja en la mayoría de mis cuentos, podríamos calificarlo de extrañamiento; en cualquier momento les puede suceder a ustedes, les habrá sucedido, a mí me sucede todo el tiempo, en cualquier momento que podemos calificar de prosaico, en la cama, en el ómnibus, bajo la ducha, hablando, caminando o leyendo, hay como pequeños paréntesis en esa realidad y es por ahí donde una sensibilidad preparada a ese tipo de experiencias siente la presencia de algo diferente, siente, en otras palabras, lo que podemos llamar lo fantástico (…) ese extrañamiento está ahí, a cada paso, vuelvo a decirlo, en cualquier momento y consiste sobre todo en el hecho de que las pautas de la lógica, de la causalidad del tiempo, del espacio, todo lo que nuestra inteligencia acepta desde Aristóteles como inamovible, seguro y tranquilizado se ve bruscamente sacudido, como conmovido, por una especie de viento interior…”.
Historias…, pues, es la zambullida más honda en esa concepción de lo fantástico, pues aquí el argentino camina con libertad por las calles de Buenos Aires y al mismo tiempo convive con un mundo completamente ajeno, interior, rico en insinuaciones y espeso de imágenes desconcertantes y maravillosas, arraigadas en el mundo del subconsciente.
Su vigencia está allí, precisamente: este libro prueba que junto a una obra atornillada a la realidad, al drama humano (el cuento “Reunión”), puede convivir una obra libérrima, jubilosa en la exploración de lo fantástico, risueña y digna de sobrevivir cincuenta, sesenta, muchos años, los que quiera tardar para convertirse en clásica.

Comarca Lagunera, 25, mayo y 2012

jueves, mayo 28, 2009

Cortázar retomado



Nunca he gustado de jugar a las interpretaciones con la literatura. Las obras que salpican símbolos en sus páginas no son las que más me cuadran, y eso es, claro, un defecto de fábrica (mío, obviamente). No soy bueno, pues, para los rollos esotéricos. Por eso, cuando oí o leí, hace añales, una interpretación simbólica de “Casa tomada”, acaso el más famoso cuento de Cortázar, pensé que aquello era una exageración. No lo es tanto, lo sé, pues ese relato no se deja leer en sentido demasiado estricto; luego entonces, si lo leemos sin esfuerzo connotativo, lo empobrecemos, pues simplemente trata de una pareja de hermanos que vive sola en una amplia casona que es herencia de los dos: “Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse”. Él lee literatura francesa, y ella teje. Ambos han quedado solterones: “Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos”. Sobre su hermana, dice el narrador personaje: “Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé por qué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos para ella”
Pero no desea tanto hablar sobre ellos, sino sobre la casa: “Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte más retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y más allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina y el baño”.
Esa casa, poco a poco, sufre un ataque invasor, lo que, irremediablemente, confina a sus inquilinos a un menor espacio: “Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:
—Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado parte del fondo.
Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.
—¿Estás seguro?
Asentí.
—Entonces —dijo recogiendo las agujas— tendremos que vivir en este lado”.
Así, gradualmente, pieza tras pieza, la casa va siendo tomada por un ente misterioso, lo que impone a los hermanos una reclusión cada vez más sofocante. Nunca sabemos quién o qué toma la casa, pero es un hecho que ese ente invasivo, sea lo que sea, parece inexorable. El final no lo traigo. Sólo concluyo que aquel cuento es, en la interpretación simbólica que alguna vez oí o leí, una metáfora del país que paulatinamente va siendo cercado por fuerzas oscuras, fuerzas que terminan por adueñarse del entorno.

jueves, febrero 12, 2009

El origen de los cronopios



Dos efemérides se juntan este 12 de febrero: el 200 aniversario del nacimiento de Charles Darwin y el 25 luctuoso de Cortázar. Esa es la razón del título siamés que encabeza esta incómoda entrega de Ruta Norte, incómoda porque poco o nada hay de común entre el más grande naturalista de la historia y una de las cumbres de la literatura contemporánea. Pese al riesgo de preparar una ensalada que no quede bien ni con la biología ni con la literatura, atrevo una modesta recordación de tan admirados personajes.
Salvo los conocimientos elementales que me ayudan a distinguir entre un caballo y un perico y un tiburón, ignoro todo lo concerniente a la fascinante especialidad de la ciencia biológica. Por selección natural, es decir, porque nunca tuve aptitudes para ello, fui desplazado de esa asignatura desde la mismísima secundaria, así que soy como plancton en materia de capacidad para la biología. Eso no fue obstáculo para que hace varias eras geológicas, como a mis 25 o 26, yo leyera con gusto de aficionado norteño El origen de las especies en la edicioncita popular que todavía conservo. Fue de esas pocas lecturas hechas sin apetito literario, sólo por el afán de, en aquel caso, entablar trato directo con las teorías de una lumbrera. Una especie de gen escaso en mi ser, pero algo influyente, me mueve a ver con interés, desde chico, documentales sobre la vida en la naturaleza. No olvido, por ejemplo, el programa Reino salvaje que transmitían, todavía en blanco y negro, en cadena nacional cuando yo era niño e inmortal. Hoy, ya con más variedad en el bufet, no soy tan mal televidente de Animal Planet, Nat Geo, Discovery Channel y el Canal del Congreso, donde con frecuencia sintonizo programación sobre fauna en estado silvestre. Eso explica por qué la figura de Darwin se me impone; aunque pocos lo recuerden en su cumpleaños, ese viejo Santoclós de la genialidad científica es sin duda el mandón de la disciplina que abrazó. Aunque antes de sus aportes hay un conocimiento acumulado de innegable importancia, fue el biólogo inglés quien partió de un hachazo la historia del saber naturalista, pues sus conclusiones sentaron la base para un entendimiento de la vida y la evolución sin supersticiones chicas y grandes que lo mismo explicaban la presencia del hombre con encueradas parejas primigenias o con seres paridos por la luna mañosamente embarazada por el sol. Como en otros casos parecidos de científicos superdotados, la obra de Darwin es una hazaña de la inteligencia humana, un enorme e inextinguible poema nacido de la duda.
No menor a Darwin, aunque en otros trajines, Julio Cortázar se nos adelantó (perdón por la imagen de orador pagado en sepelio mexicano) en 1984. La suya es, como bien lo saben quienes leen literatura no mercenaria, una obra innovadora, refrescante, atrevida desde cualquier ángulo. Cortázar es a las letras castellanas lo que Picasso es a la pintura moderna: un eterno gambusino, un buscador incesante de formas originales. Pero el cronopio argentino era más que cáscara, desde luego, al grado de que, aunque maravilloso en el plano de lo formal, al mismo tiempo es emoción, humanidad, sangre y hueso. Sus cuentos —he dicho siempre que ellos contituyen su mejor aporte— son una prueba irrecusable de que el juego puede estar presente en todo momento, pero sin dejar al margen el apetito por hallar en las historias un fleco de la cruda realidad, por más fantasioso que luzca sobre la página. Y digo “realidad” no en el sentido panfletario de la palabra, pues Cortázar siempre estuvo muy lejos de la literatura misional; si alguna tuvo, su misión fue hacer buena literatura, destruir/construir la forma y hundir la vista, con dolor y asombro, en los entresijos de la condición humana.
Sé que la mezcolanza Darwin-Cortázar es algo osada. No importa: los genios habitan la misma eternidad.

domingo, febrero 08, 2009

Guardadito de Cortázar



Llegará el día, estoy seguro, en el que los escritores ya no dejen un solo papel a la posteridad, salvo los que hayan publicado. Quiero decir que ya no dejarán borradores tachonados, textos a medio cocinar, cuentos o poemas con los que no quedaron muy contentos u obras maestras incomprendidas. Ya ni correspondencia heredarán los escritores, a menos que dejen passwords a la vista y alguien quiera entretenerse con cartas apuradas, mal escritas y varios kilos de spam no eliminado.
Lo anterior viene a mi imaginación aguafiestas por una nota que esta semana recibí como reenvío gracias al escritor argentino Juan Pablo Neyret. Es de Página 12, periódico de Buenos Aires. Da gusto, claro que da gusto saber que Cortázar vivió la era precomputacional y dejó un baúl de los recuerdos, pues si hubiera vivido en ésta ignoro si alguien caería en la cuenta de hurgar en la PC vieja y descontinuada del gran cronopio, lo que significa que buena parte del futuro de las investigaciones literarias definitivamente requerirá los servicios brindados por los técnicos en computación que ayuden a convertir “viejos” formatos en documentos actualizados. Será un lío.
Más fácil, sin duda, será ser Aurora Bernárdez y hallar en una cómoda todo o buena parte de todo lo que Cortazar dejó inédito, recortado, perdido o cuidadosamente olvidado para que el porvenir le permitiera tener una edición sorpresa en su 25 aniversario luctuoso. El caso es que estos papeles de Cortázar aparecieron como en un cuento de Cortázar, luego de haber vivido anidados en una especie de archivo muerto provisional. Tomo un amplio trozo de la nota, y desde ya me relamo los bigotes nomás de imaginar el sabor de los vinillos que añejaron en la cava de madera mientras su autor se daba tiempo para morir y de inmediato pasar a formar parte de la selecta inmortalidad. Va un fragmento, pues, de la nota “Los papeles ocultos”:
Una cómoda que permaneció ignorada por años, bajo llave, sin provocar jamás siquiera curiosidad. La decisión de investigarla, unos días antes de Navidad. La sorpresa cuando, a duras penas, se puede abrir, por la gran cantidad de papeles que hay en su interior. El tesoro que aparece y que reluce amarillento: cientos de papeles inéditos de Julio Cortázar, desde un discurso escolar hasta un capítulo inédito de Libro de Manuel o tres nuevas historias de cronopios. Podría ser parte de uno de sus cuentos; ocurrió de verdad, un par de años atrás, y pronto el valioso contenido aparecerá editado bajo el acertado título de Papeles inesperados.
La noticia fue revelada ayer por el diario español El País: Aurora Bernárdez, viuda, albacea y heredera universal de Cortázar, abrió la cómoda del tesoro el 23 de diciembre de 2006. El mueble había sido conservado por la madre del escritor y contenía papeles que Cortázar habría querido quemar en algún momento. El material hallado es tan abundante que conformará un libro de 450 páginas, compilado en colaboración con la viuda y Carles Álvarez, estudioso del autor. La editorial Alfaguara lo editará en mayo próximo, en forma simultánea en España y la Argentina.
Entre estos Papeles inesperados hay once relatos nunca incluidos en obra alguna —entre ellos, uno llamado “Los gatos”, fechado en enero de 1948 y, por lo tanto, uno de los más antiguos que se conservan del escritor—, trece poemas hasta ahora desconocidos, un capítulo inédito de Libro de Manuel, que al parecer no fue incluido “por redundante y por su alto contenido erótico”. Hay más: once nuevos episodios del personaje que protagonizó Un tal Lucas, suerte de alter ego de Cortázar. Entre éstos, Álvarez rescata especialmente “Lucas, las cartas que recibe” y “Lucas, sus erratas”: un Lucas obsesionado con las erratas termina convencido de que degeneran en ratas y encarga a un miniaturista japonés una ratera especial para cazarlas.
Entre los cajones de la cómoda mágica aparecieron también tres historias de cronopios que quedaron sueltas: “Never stop the press”, “Vialidad” y “Almuerzo”, que fueron presentadas la semana pasada en edición de bibliófilo. El hallazgo también incluye un texto titulado “Discurso del Día de la Independencia”, que en 1938 Cortázar recitó a sus compañeros y profesores, y otro discurso que pronunció en el acto en que recibió la nacionalidad francesa. Y una decena de textos que dedicó a personalidades como el sociólogo Ángel Rama o la cantante Susana Rinaldi, más escritos donde el autor de Rayuela dispara sus inquietudes en la pintura, la escultura o la fotografía.
En medio de estos Papeles inesperados, Bernárdez y Álvarez tuvieron que abrir un capítulo especial dedicado a “textos inclasificables”, aquellos “puro Cortázar”: juegos verbales fascinantes que llegan a la categoría de epigramas. Allí aparecen también las cuatro “autoentrevistas”, donde el escritor es interpelado por un dúo sarcástico que relativiza todo lo que dice: los buscavidas porteños Calac y Polanco, que acompañaron a Cortázar desde su novela 62, modelo para armar. (…)
Julia Saltzmann, editora responsable de Alfaguara en Buenos Aires, precisó el valor literario del hallazgo que pronto podrá leerse en forma de libro: “El arco vivencial de Cortázar aquí reflejado va desde principios de los años ’30 hasta casi 1984; por eso nos permite ver desde el personaje más engolado hasta el más lúdico, del Cortázar profesor de provincias al más político, comprometido y crítico”, explicó. “Para mí es, junto con la correspondencia, el otro gran texto autobiográfico, donde se ve la formación de la persona y del escritor, del ‘pre-Cortázar’ al Cortázar famoso”.
El abundante material incluye muchos géneros y muchas épocas y estilos de escritura, por eso Saltzmann destaca el valor añadido de estos “múltiples Cortázar”: “A través de estos textos se puede viajar de esa prosa grandilocuente juvenil del personaje, con un punto incluso cursi, a esa liberación retórica del castellano que personificó, en uno de los casos más extraordinarios en la literatura del siglo XX”, analizó la editora. El próximo jueves se cumplen 25 años de la muerte del autor que propuso varios recorridos de lecturas posibles para su novela fundamental. Ahora sigue jugando con el tiempo y el espacio a través de un hallazgo inesperado en una cómoda.

lunes, enero 22, 2007

Ciudad tomada














El cuento más famoso de Julio Cortázar es “Casa tomada”. Publicado en Bestiario, uno de sus primeros libros, aquel relato narra la historia de dos hermanos adultos y solterones que plácidamente ocupan una casona vieja y atestada de tranquilidad. Ella, la hermana, pasa sus horas en el silencioso tejido; él, con igual sosiego, devora libros de literatura francesa y apenas cruza palabras con su querida hermana. Es la paz, la ordenada perfección de la vida en ese microcosmos fraterno. Así pasan los días hasta que acontece un hecho perturbador: cierta parte de la casa “ha sido tomada” y por ese motivo ya no les será posible acceder a dicha sección. Pasa un tiempo y otra pieza es tomada. Poco a poco, los hermanos ven cómo inexorablemente su casa va siendo sitiada hasta que no les queda más remedio que largarse de allí, pues esa fuerza extraña que invade, que “toma” la casa no parece tener límite y avanza sin contemplaciones.
Influido por el canon kafkiano, Cortázar narra “Casa tomada” sin describir jamás la naturaleza del ente invasivo. Como lectores, vemos la marcha de una sombra, el asedio de fuerzas extrañas y desconocidas, la impotente resignación de los hermanos que sin dudarlo abandonan el lugar antes de que “eso” que avanza se los trague a ellos también.
“Casa tomada” tiene, como toda obra literaria de valor, tantas lecturas como queramos. Una de ellas, acaso la más rala, plantea la presencia de la incertidumbre en el mundo moderno: los hombres son perseguidos, gobernados, intimidados, ultrajados por fuerzas que nunca ven de frente y que por ello desconocen. Esto nos diferencia de lo que ocurría en las sociedades antiguas; allí el mando era visible, tenía rostro, así fuera el del rey. Ahora, la angustia del hombre moderno proviene en gran medida de lo borroso que son el poder oficial y el otro poder, el que usa la violencia como arma y por ello es prácticamente inencontrable y, por sanguinario, indenunciable.
Mario Gálvez (quien en sus tiempos de barba cerrada se parecía un tanto a Cortázar) preguntaba ayer por qué las autoridades no sacan el pecho luego de monstruosidades como la masacre perpetrada el domingo en Gómez Palacio. No tengo respuesta para ello, y ciertamente es una pifia enorme del gobernador Hernández Deras no darse una vuelta de rutina y pésame. El fin de semana vino a Ciudad Juárez para saludar a Poniatowska, lo cual se agradece, pero era mucho más necesario que se apersonara esta semana, dado el avance del terror en estos lares.
Como en Kafka, como en Cortázar, lo terrible quizá no es tanto lo que ocurre, sino ignorar qué mueve todo eso y no tener de las autoridades, a la hora buena, ni una mísera palabra de consuelo.