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lunes, junio 12, 2023

Leyenda Morgan














Gracias al maestro Enrique Medina por su reseña a mi Leyenda Morgan (UANL, Monterrey, 2023). El comentario fue publicado en la edición de Página 12, Buenos Aires, Argentina, el 12 de junio de 2023. Aquí la reseña.

Teniente Morgan

Enrique Medina

La novela policial, mirada de costado en sus inicios por alguna crítica “seria” o “exigente”, y luego revalorizada como un auténtico género literario, tuvo diferentes etapas antes de consolidarse. Pasando de los enigmas de los escritores ingleses a la narrativa dura norteamericana, sin dejar de lado la complejidad del francés Simenón, muchos han sido los creadores que grabaron a fuego libros señeros con personajes que han quedado como clásicos en la mente de los lectores. Al Sam Spade de Dashiell Hammett, al Philip Marlowe de Raymond Chandler, al Mr. Ripley de Patricia Highsmith, al Hércules Poirot de Agatha Christie, y rematando con el brutal Mike Hammer de Mickey Spillane, dejando espacio para los que falten mencionar, vale sumar ahora al Teniente Morgan del mexicano Jaime Muñoz Vargas.

Leyenda Morgan se titula el libro. Con habilidad, el autor ha sabido construir un personaje con características muy marcadas y curiosas en una singular narrativa que no sólo crea un personaje para deleitar con sus aventuras, sino que, en sí mismo ya de por sí, es una considerable creación que se yergue por mérito propio en las páginas que lo dibujan. El modo que tiene el protagonista para presentarse: “Morgan, Teniente Morgan”, imitando al agente de inteligencia 007 con su “Bond, James Bond”, es la clave para ingresar a este fascinante mundo de acontecimientos descalabrantes. Rudas, sangrientas, por momentos escalofriantes, estas historias se desenvuelven en un decorado oscuro y siniestro que el autor describe con absoluta maestría en una narración que peca, muy bien, de tosca inocencia y sutil ferocidad.

El protagonista es un personaje cuyos rudos y sangrientos episodios atrapan completamente. Siendo un nadie lavacoches, de suerte pasa a vestir el uniforme azul de policía. De ahí, gracias al milagro de un muy sonado caso de secuestro, en el que participa apenas dándose cuenta, pero sabiendo aprovechar los coletazos del periodismo amarillista que lo erige héroe por haber perdido parte de la oreja derecha, debido a un balazo cómplice en el trámite, rápido, de reflejos bien aceitados, y gracias a verse en los diarios que lo muestran héroe, el protagonista deja de ser un policía de cuadra y pasa a convertirse en investigador judicial. Y ya, apenas si le falta hacerse acreedor de rasgos que lo singularicen. Magistral, el autor lo describe terminante y con feliz rúbrica.

Morgan, que en realidad tiene un nombre chato y sin brillo, se erige teniente y calza botas picudas de tacón cubano, fuma cigarrillos Raleigh, bebe mucha cerveza marca “Indio”, empuña una pistola “Beretta” de nueve milímetros y quince tiros, y maneja un Impala que a veces niega venirse a razones. Y por si fuera poco, es fanático de la música rock de su juventud. Estas características que lo identifican con aspaviento entre sus pares, sólo son los detalles pintorescos que le dan color y simpatía; pero también tiene otras que sólo comparten el autor y los lectores: y es una profunda vocación de corrupto, asesino y coimero. 

Cada aventura es una delicia de ingeniosidad y estilo. Así como coimea desvergonzadamente, también es estafado por algún asesino falto de palabra. Pero también sabe prorratear una recompensa desmesurada como si lidiara con un tendero de barrio popular. En otra historia es alquilado para actuar como sicario, pero, extrañamente, elimina al contratante. Los relatos se hacen atractivos porque el lector también debe meterse a detective y descubrir la conclusión junto al Teniente Morgan, cuando él, recurriendo al clásico estilo de los finales policiales, pasa a explicar el caso cerrando el episodio. Admirable libro y notable escritor.

El novelista Guillermo Arriaga, guionista, entre otras, de las películas Amores perros y 21 gramos, ha escrito sobre Muñoz Vargas: “Su narrativa suda, huele, moja, ensucia de sangre, lágrimas, semen. Y encima de todo esto es, además, un escritor elegante. Su prosa es limpia, precisa; al estilo de los grandes contadores de historias, no se queda en un regodeo estéril del lenguaje. Quien lea este libro tendrá el viejo placer de encontrarse con una historia contada de manera espléndida, con un escritor que sabe su oficio, un maestro que usa el lenguaje con sabiduría”. 

Cabe destacar las ilustraciones de Rubén Escalante Alonso, que dibuja el personaje con hondura y patetismo, como si se lo hubiera cruzado en algunos de esos aciagos piringundines de terror. Jaime Muñoz Vargas nació en Gómez Palacio, Durango, en 1964. Es editor y maestro de la Universidad Iberoamericana Torreón. Ha publicado una veintena de libros, narraciones como El principio del terror, Juegos de amor y malquerencia, Las manos del tahúr; y también de periodismo Tientos y mediciones, Entre las teclas. Ha ganado los premios nacionales de Narrativa Joven, y San Luis Potosí, entre otros. Leyenda Morgan fue editado por la Universidad Autónoma de Nuevo León.

miércoles, septiembre 16, 2020

El vuelo rasante

















Todo el día traje en la mente la resonancia de la voz y las canciones de Leonardo Favio. De niño, de joven, uno tiene poco margen para elegir: la cultura pop de todas las disciplinas nos cae encima desde cualquier lado, nos invade por la derecha y por la izquierda, es ubicua. Fui callejero, mucho, y mi primer aprendizaje musical llegó, no sé, supongo, mientras me despachaban las tortillas, o encima de un camión, o en cualquier miscelánea del barrio, siempre desde radiodifusoras que estaban a años luz de Mozart y los libros. El caso es que cantantes populares como Leonardo Favio andaban por allí con sus rolitas simplonas y su extraña voz. Junto con él, es obvio, nos llegaron otros muy próximos en edulcoramiento y sencillez lírica, algunos también inolvidables.
Luego la suerte me puso delante de otras experiencias estéticas y supe que el arte era más, muchísimo más que lo impuesto por los medios electrónicos. Gracias a la lectura amplié, a tientas en la bruma del autodidactismo, mis gustos hacia zonas entonces plenamente desconocidas. Entendí que en pintura Velázquez me pertenecía, que en fotografía allí estaba Álvarez Bravo, que en música no me disgustaban Haydn o Tchaikovsky, que en literatura podía alegrarme con el genio de Papini, y así, etcétera: el arte creció en mí como una plantita regada a solas y en silencio, sin saber a dónde iba a parar todo ese contacto con una belleza claramente superior.
Pero nunca me abandonó, lo he escrito muchas veces, el arte (o como queramos llamarlo) que pesqué en la calle, el diseño gráfico pedestre, la canción cursi, las obras nacidas a fuerza de necesidad e intuición, sin escuela. Supe desde que se fue abriendo mi mundo que no podía renunciar, por ejemplo, al quehacer a veces elemental de algunos compositores sencillos, de esos que desde radiorreceptores estentóreos inundan el paisaje sonoro de los barrios.
Leonardo Favio quedó pues allí, retenido en mi gusto y mi memoria. Tarde, muy tarde supe, porque a México esa fama no ha llegado, que el mendocino era en su país no tanto el compositor y cantante que acá conocimos, sino un cineasta consumado, acaso el mejor de la Argentina. Sin quererlo, durante muchos años me rondó su nombre gracias a "La cita", ese rolón cantado miles de maravillosas veces, en versión cumbia, por los Chicos de Barrio laguneros.
He leído todo lo que ayer publicó Página/12 sobre él, y creo que me quedé permanentemente corto, como todos los mexicanos, en el conocimiento de la asignatura Leonardo Favio. En el link que recoge testimonios de personalidades sobre el recién ido, me impresionaron estos tres:

Fernando “Pino” Solanas (cineasta): “Era dueño de un cine con un realismo poético muy intenso. Se fue dejando una obra descomunal, un testimonio cultural y cinematográfico único. Era una figura múltiple. Tenía la conjunción precisa entre sensibilidad popular y la mirada culta. Fue un artista popular único. Se fue un gran poeta del cine”.

Jorge Coscia (secretario de Cultura de la Nación): “Perdimos al más grande cineasta argentino de todos los tiempos. Quienes tuvimos el privilegio de conocerlo y tratarlo pudimos confirmar que la grandeza y la sensibilidad de su obra iban de la mano de su grandeza como persona. Favio era como filmaba, no se quedaba con nada en el tintero. Todo su talento y su instinto artístico, hijos de su profundo humanismo, estaban presentes en cada plano, en cada movimiento de la cámara, pero también en cómo te abrazaba. Su fervor político era una expresión de ese humanismo, que a la vez marcó su mirada del peronismo y la manera de plasmarlo en su trabajo. El peronismo de Favio es, sobre todo, una mirada desde el amor de la Argentina de Perón y de Evita. Las películas de Favio, profundamente populares y refinadas a la vez, capturan la fibra íntima del peronismo como expresión cabal de una gran obra colectiva de amor al pueblo. Por eso resultan tan emocionantes. Porque así como para orientarse en el bosque sólo basta una brújula que señale el norte, en la cultura pasa algo parecido: una película argentina hecha desde la propia perspectiva genera inmediatamente pertenencia cultural. Favio ha sido eso: una formidable brújula cultural que permite saber quiénes somos, dónde estamos y de qué formamos parte”.

Ricardo Darín (actor): “Me crié cantando sus canciones y después descubrí su cine. Estoy shockeado por la pérdida de una persona tan auténtica y sincera”.

No es poco: Solanas es uno de los artistas más importantes de la Argentina, y además un hombre metido hasta los huesos en la política, tanto que ha sido diputado y ex candidato a la presidencia de la República. Coscia es el actual mandón de la cultura allá, y Darín es hoy el actor de mayor cartel, protagonista, entre otras, de El secreto de sus ojos, film que ganó hace poco el Oscar a la mejor película extranjera.
La muerte de Leonardo Favio fue la muerte de un gran cineasta, sí, pero muchos queremos recordarlo asimismo como lo que fue inicialmente y nunca dejó al margen. A propósito, también Página/12 publicó algunos testimonios suyos de hace tiempo, y aquí está uno sobre su andanza en la música que le granjeó fama gracias a la radiofonía:

“Para mí, el cine y las canciones no son dos vías distintas. La gente tiene que entender que amo tanto una cosa como la otra. Muchos dicen: ‘Leonardo canta para ganar la plata que le permita hacer cine’. Eso no es cierto. Yo canto porque me gusta tanto o más que el cine. Y si soy un compositor de vuelo rasante, bueno, cada uno vuela hasta donde le dan sus alas, pero estoy orgulloso de mis canciones. Como suelo decir, mis canciones están en el inventario familiar de todo el mundo de habla hispana. Canciones como ‘O quizás simplemente te regale una rosa’, que es un himno en toda Latinoamérica. Las generaciones van cambiando y los coliseos se llenan con jóvenes que corean esas canciones que nacieron en la intimidad de mi hogar como un divertimento, como una broma, y que trascendieron las fronteras e hicieron milagros. Mis canciones hicieron milagros como que yo comiera más a menudo, que pudiera pagar el alquiler, que pudiera ser solidario con quien yo quiero, porque tengo los medios para hacerlo, hicieron de los aviones una alfombra mágica que me llevó a países insólitos. Mis canciones hablan idiomas que yo ignoro. Han sido traducidas al francés, al hebreo... En fin, con todo eso, ¿cómo no voy a amar la profesión de la canción o cómo voy a renunciar a ella, que me permite continuar en la pelea?”.

En fin. Un artista es la suma de sus pasos: los buenos, los regulares y los malos. Creo sin embargo que si hay talento, si hay sensibilidad, de hecho, no hay pasos malos: todo lleva a un lugar, el lugar al que llegó definitivamente el cantante y cineasta Leonardo Favio, que en paz descanse.

sábado, marzo 03, 2018

El primero de Los viernes




















En 2010 asistí a la Feria del Libro de Buenos Aires y entre otros pabellones encontré el de Página/12, periódico que además del diario edita suplementos y libros. Allí compré dos libros de Osvaldo Bayer, dos de Juan Sasturain, uno de Sandra Russo y una novela breve, titulada Corazones, de Juan Forn (Buenos Aires, 1959). Sobre él tenía sólo una referencia, la más visible en internet: que los viernes publicaba un texto espléndido en la contratapa de “Página”. Ahí fue donde comencé a leerlo y, lo digo desde ahora, a admirar su calidad no tanto de escritor, que la tiene en alto grado, sino de lector, de hombre vinculado visceralmente a los libros y curioso buceador en la vida de sus hacedores, como lo evidenciaba con total solvencia cada contratapa de los viernes.
Pasados los años, y luego de seguir semana tras semana las contratapas de Página/12, vi la noticia: Planeta había reunido en tres tomos las colaboraciones de Forn. Quise conseguirlos y me di alguna maña para que llegaran a Torreón. Y ya, leído el primero, sé que puedo opinar sobre la pertinencia de tenerlos a la mano si uno deambula en el medio literario/periodístico. Esto no significa, claro, que a un lector ajeno (digamos, un ingeniero) no gozaría las columnas semanales de Forn ya arracimadas en libro, pero para mí es evidente que los tres tomos de Los viernes son un modelo casi didáctico de trabajo literario para el periodismo, de suerte que allí pueden abrevar los escritores que deseen incurrir en el periodismo o los periodistas que deseen escribir no bien, sino muy bien: literariamente.
¿Y qué escribe Forn? Como es muy poco conocido en México, hay que decir primero que además de escritor es traductor (de John Cheever, Hunter Thompson…) y ha sido editor en Emecé y Planeta. Entre otros, ha publicado las novelas Corazones, Frivolidad, Puras mentiras y María Domeq, el libro de cuentos Nadar la noche y de crónicas La tierra elegida y Ningún hombre es una isla. En 1996 creó el suplemento cultural Radar del diario argentino Página/12. Actualmente es asesor literario y radica en la pequeña ciudad de Villa Gesell, frente al Atlántico, cerca de Mar del Plata.
Con facha de jugador de rugby, este escritor es ante todo, insisto, un lector tan agudo que seguir sus colaboraciones para la prensa es seguir una guía de excelentes recomendaciones no sólo literarias, sino artísticas en general. El género mediante el cual nos mueve al arte es, si no me equivoco, la biografía —Hernán A. Isnardi las llama crónicas—, una biografía compacta, ágil e informada con los datos más relevantes del personaje perfilado.
Pero no se piense que los asedios biográficos de Forn acometen a los sujetos para dar como resultado fichas de solapa, frías y más tiesas que un cadáver. Lo que Forn hace, creo, es combinar perfectamente la información con el arte de relatar, de suerte que el resultado siempre deja la impresión de que debemos correr a leer el libro, ver la película, oír la canción o buscar la pintura del sujeto escudriñado. Ahora bien, el truco de estas lecciones de biografía sintética se ciñe a una gran escuela: la de Marcel Schwob.
Para entender mejor lo que afirmo, traigo unas palabras de Francois Dosse, quien en El arte de la biografía. Entre historia y ficción (UIA, 2007), observa: “Schwob considera que el arte del biógrafo emana de la capacidad de diferenciar, de individualizar, incluso a personalidades que la historia ha reunido. Debe ir a la busca del detalle más ínfimo, minúsculo, que se esfuerce por recordar lo mejor posible la singularidad de un cuerpo, de una presencia. Schwob encuentra el instinto del biógrafo en Aubrey, cuando revela a su lector que a Erasmo ‘no le gustaba el pescado, a pesar de haber nacido en una ciudad pesquera’, que Hobbes ‘se volvió calvo en su vejez’ o que Descartes ‘era un hombre demasiado sabio como para ocuparse de una mujer; pero, como era hombre, tenía los deseos y apetitos de un hombre y, por tanto, mantenía a una bella mujer de buenos antecedentes a quien amaba’. De acuerdo con Schwob, el biógrafo sólo tiene que crear, a partir de la verdad, rasgos humanos, demasiado humanos, aquellos que correspondan a lo único. Su error es creerse hombre de ciencia. (…) Poco importa entonces que el personaje sea grande o pequeño, pobre o rico, inteligente o mediocre, probo o criminal, puesto que cada individuo sólo vale por aquello que lo hace singular”.
Así entonces, o al menos muy aproximadamente, procede Forn: sus personajes destacan no por las hazañas que impulsaron o por sus grandes obras, sino por algo que podemos denominar caldo inferior constituido por el ambiente, las inclinaciones, los accidentes y los caprichos que se ven reflejados en pequeñas acciones singularizadoras, individualizadoras. En efecto, cada vida tiene algún componente que la hace ser distinta. El arte del biógrafo consiste en rastrear/destacar el elemento diferenciador, de ahí que, al detectarlo, casi pasen a un segundo plano las realizaciones más visibles del personaje elegido.
El primer tomo de Los viernes reúne 52 entregas (o columnas, pues por haber aparecido en un espacio periodístico fijo pueden ser abrazadas por ese género), cada una referida a un personaje distinto. Predominan los escritores, pero en el catálogo también figuran cineastas, cantantes, fotógrafos y pintores. Aunque la extensión de cada pieza ronda las cuatro a cinco páginas, todas dan la impresión de ser más amplias, como si las agrandara el eco que dejan en la memoria del lector.
Además de su buena prosa —prenda de suyo agradecible si consideramos que las contratapas originalmente fueron trabajados para la prensa, con todos los apremios que esto implica—, Forn exhibe una puntería de arquero medieval para las citas. Lector fino, siempre tiene precisión para entresacar palabras justas, muchas veces deslumbrantes. Por ejemplo, cuando cita a Freud en el retrato de Marie Bonaparte: “La gran pregunta que nunca recibe respuesta y yo no estoy capacitado para responder, después de treinta años de estudios sobre el alma femenina, es qué desea la mujer”; o a Faulkner: “El problema de los jóvenes poetas es que aman su caligrafía como el olor de sus propios pedos”; o a Monterroso: “A todos escritor debería prohibírsele por decreto publicar un segundo libro hasta que él mismo logre demostrar que su primer libro era lo suficientemente malo como para merecer una segunda oportunidad”; o a Natalia Ginzburg: “Conocemos bien nuestra cobardía y bastante mal nuestro valor”; o a Nabocov: “El lector de Pushkin siente que su capacidad pulmonar crece”; a Renato Leduc (¡sobre Agustín Lara, nuestro “músico-poeta”!): “Al mirarlo por primera vez, uno sentía que ya había visto ese rostro en alguna piedra rota, en un pájaro mínimo o en la arena calcinada por el sol del Caribe. Era una miniatura de tamaño natural”.
Gracias a los detalles que Forn saca a la superficie, la prosa siempre afilada y las citas inmejorables asistimos pieza tras pieza a biografías estimulantes, pequeños trampolines para buscar por nuestro propio pie algo más de los personajes dibujados. Creo que a fin de cuentas eso es lo que desea un lector, el contumaz lector que es Forn: convidarnos un placer, movernos a la búsqueda de más y más asombrosas páginas.

lunes, junio 30, 2014

Piquita con Juan Sasturain



Uno de mis escritores ídolos es Juan Sasturain. De hecho, lo tengo como modelo tardíamente descubierto. Su apellido me sonaba desde hace varios años, pero fue en 2005 cuando comencé a leer algunos de sus artículos en la prensa argentina. Me gustaron su desenfado, su tono confesional, su posición crítica y su pasión futbolera. En más de un aspecto me recordó a Soriano, así que el negocio de mi admiración por Sasturain fue, es, redondo, tan redondo como un balón de fut. Lo conocí personalmente en la FIL. Fue en 2007, en una mesa que compartió con Roberto Fontanarrosa y otros intelectuales que cometieron la divertida insolencia de dialogar sobre goles y jugadores. Creo que le regalé un librito y me tomé una foto con él en la que luzco una barba horrible aunque, por supuesto, menos escandalosa que la del incipiente actor Diego Fernández de Cevallos.
Hace poco leí Picado grueso (Página 12, Buenos Aires, 2008, 126 pp), librito de cuentos escrito por Sasturain (“picado” en argentina equivale en México a “pica” futbolera, es decir, a cascarita). Son, obvio, relatos sobre futbol, aunque es necesario advertir desde ya que los de Sasturain, como los de muchos narradores argentinos, no son a veces cuentos sobre fut, sino sobre vida, referentes a los problemas habituales de la existencia humana pero con alguna pizca de futbol en sus pasajes.
Los escritores uruguayos y argentinos han encontrado un modo sabrosamente mañoso de no separarse del futbol. Simplemente lo han convertido en tema oblicuo, sesgado con respecto de la narración tronco. En mayor o menor medida, puede aparecer en todos los relatos, pero lo fundamental en cualquier caso es lo otro, la parte, digamos, no futbolera de la historia. A la vera del conflicto eje, el futbol es como un condimento, como un anzuelo, la parte a veces invisible pero constante de relatos que a los empedernidos del fut (como al reseñero que aquí opina) les crea una impresión de realidad ya que, como sucede en la vida de cualquiera, los líos de la existencia no están separados de los comentarios que aquí y allá decimos o escuchamos sobre fucho. Es como estar, por ejemplo, asfixiado de deudas y al mismo tiempo desear que al menos gane el equipo al que le vamos para mitigar en algo la desolación.
Así los cuentos de Sasturain. En todos es claro que deambula el fut, pero también lo es que se hace acompañar de los pequeños y grandes conflictos que hacen de la vida un hervidero de miserias y a veces, por qué no, un espacio idóneo para el heroísmo anónimo. Si no conté mal, son 21 cuentos, todos escritos con una prosa sencilla y maliciosa, todos hábilmente tejidos para llevarnos a la esperada sorpresa que caracteriza los finales cuentísticos.
En el prólogo, Sasturain hace casi innecesariamente esto, una confesión que, mutatis mutandis, podríamos firmar muchos: “Supongo que no sé exactamente si terminaré siendo lo que quise ser. Probablemente no. Pero es cierto que si ahora (todavía) quiero y trato de ser escritor y a veces lo soy, hubo un tiempo en que quise ser jugador de fútbol. (…) la cosa estaba bien clara en cualquier test que me hicieran al fin de la primaria y era evidente cuando a los 18 vine a Buenos Aires por primera vez con dos propósitos: estudiar Literatura en la UBA y probarme en San Lorenzo, donde tenía un tío dirigente. Pero me sobraba edad y me faltaban aptitud y perseverancia, así que pese a terminar fichado en Lanús largué pronto, y los libros y la recién descubierta militancia me llevaron el tiempo y las energías para otro lado por unos años”.
Sasturain dice “por unos años”, o sea, no por mucho tiempo se colocó lejos del futbol, ya que pronto aprendió a conciliar su apetito de literatura y política con el otro, el apetito de Boca y de goles, el apetito de canchas y polémicas. El espacio en que se conciliaron las dos o tres pasiones (literatura, política y futbol) fue la escritura, como lo evidencian los cuentos de Picado grueso. No es posible resumir ni un argumento de un libro con tantos relatos; sólo diré, para terminar, que son memorables “El búlgaro”, “Bronces”, “Sportivo Virreyes” y “The Cleveland Rush”, pero todos dicen algo. Sasturain es uno de esos pocos que tiene la mala costumbre de tocar siempre la tecla correcta así en periodismo como en literatura. Suertudo.

sábado, junio 14, 2014

El futbol de Bayer




















Buena parte de la compleja, accidentada y apasionante historia argentina ha sido abordada por Osvaldo Bayer (Santa Fe, 1927). A él se debe, sólo por mencionar el momento más importante de su obra, La Patagonia rebelde, cuatro tomos que ya son un clásico en su país. Pues bien, Bayer es identificado con parte de lo más sólido del pensamiento latinoamericano, y no son pocos los debates políticos que ha entablado con sus colegas de éste y del otro lado del Atlántico. Por sus ideas, claro, sufrió el exilio del 76 al 83, lapso en el que radicó en Alemania.
Lo impresionante de este intelectual perfectamente afincado en sus quehaceres de historiador y politólogo es su gusto por el futbol (o fútbol, con ú acentuada y prosodia larga, para que la palabra suene porteña, como debe ser en este caso). Tal gusto derivó en la publicación, hace más de dos décadas, de Fútbol argentino (Página 12, Buenos Aires, 2009 en mi edición), libro que recoge parte de las más significativas glorias de este deporte en un país que come, respira y sueña futbol.
No se trata de una “historia” en sentido estricto, sino de una especie de cronología en la que el autor va destacando, con la prosa siempre sobria que lo caracteriza, escenas y protagonistas del futbol pampero, todo mezclado con flashazos del contexto social que hizo posible la aparición de ciertos clubes o de ciertos jugadores. Como señala Osvaldo Soriano, amigo de su tocayo Bayer y prologuista del libro, “Este libro no sólo interesará a los apasionados del fútbol, sino también a aquellos que estudian los movimientos sociales nacidos en la Argentina de las ‘vacas gordas’. No es otro Bayer éste del fútbol; es el mismo que ha comprometido su vida y su obra para que los argentinos conozcan la verdadera historia, tan ajetreada y deformada”.
En efecto, si uno lee, por ejemplo, los artículos de En camino al paraíso y los compara con las secciones de Fútbol argentino, encuentra que aquí también hay, detrás de cada párrafo, un hombre sensible, un sujeto que mira hacia el futbol con los ojos del niño que se emociona ante los recuerdos y es igualmente capaz de indignarse ante el desgaste sufrido por el futbol en su paso del profesionalismo, digamos, ingenuo, a un profesionalismo en el que cada vez importa menos el amor a la camiseta y otros sentimentalismos de similar pelaje.
Fútbol argentino está dividido en catorce estancias, además del prólogo de Soriano y las palabras “necesarias” de Bayer; en ellas el autor nos comparte su rechazo inicial a escribir un libro de esta índole y, luego, sus dudas y su aceptación: “¿Por qué no intentar la empresa? ¿Por qué el fútbol no puede ser un tema para un historiador, un sociólogo, un politólogo? ¿Acaso no es parte de la vida misma ese extraño y mágico influjo ejercido por veintidós jugadores y una pelota, sobre el mundo entero?”. Su respuesta a estas preguntas está en las 143 páginas en las que corre tinta sobre el futbol que lo tocó, aquel que, pese a que ya generaba una renta para muchos, conservaba todavía el aroma a barrio y un amor a la camiseta que hoy suena casi obsoleto.
Bayer pasa revista a jugadores y equipos memorables. Lo asombroso es que su fama, pese a referirse sólo a la Argentina, llegó hasta nosotros en épocas de información en cámara lenta, como pasó en las mejores épocas de Racing, San Lorenzo o Independiente. Aparecen, claro, nombres como los de José Manuel Moreno, Alfredo Di Stefano, Ricardo Bochini y muchos más, todos los grandes que precedieron a Maradona. Al acercarse al 78 encontramos los renglones que más duelen: “Pero en 76 se acabó la risa y la broma. El país se cubrió de sangre”. No por nada ese capítulo lleva un título paradójico: “El triunfo triste”, y ya sabemos a qué se refiere.
Páginas emocionadas, nostálgicas y apesadumbradas las de este Futbol argentino. Recorrerlas nos deja una lección: que en este juego puede caber toda, o al menos buena parte, de una realidad nacional.

viernes, septiembre 10, 2010

Bayer con guantes



México es un país reacio a la polémica. En general, la esgrima de ideas es vista con recelo, y el polemista es un sujeto incómodo al que de preferencia debemos encerrar en el gueto de la indiferencia. Al debate no le vemos provecho y preferimos reunirnos para estar de acuerdo aunque no estemos de acuerdo, pues la etiqueta social dicta que debemos callar nuestro desacuerdo y no ser “políticamente” mierdas.
Precisamente acabo de leer un libro que ofrece lo contrario a lo que planteo en el párrafo anterior. Es un libro basado en la dialéctica del tomidaca cuyo protagonista es el argentino Osvaldo Bayer, de quien hace algunos meses reseñé un libro (En camino al paraíso) con muchos de sus brillantes artículos de prensa. Crítico feroz del poder y sus abusos, historiador minucioso de la barbarie contra los trabajadores de su país, Bayer es ya un referente mundial del pensamiento progresista. Leerlo es adentrarse en la lucidez y la combatividad, en la ética y la inteligencia. Casi me atrevo a sospechar que si hubiera diez como él en la Argentina o en cualquier otro país azotado por la corrupción, otro, muy otro sería el destino de ese pueblo, pues la acuciosa mirada de la crítica subrayaría de inmediato y sin ambages la podredumbre del poder.
Ahora que lo leo en Entredichos, 30 años de polémicas, me queda claro que frente a tipos como Bayer hay que cuadrarse. Qué tremenda vena debatiente, qué insobornable afán de denuncia, que limpia y tenaz aumentación contra la mentira y sus diferentes rostros. Es uno de los libros que compré en la Feria del Libro de Buenos Aires; lo publicó Página 12 y supongo que es inhallable en México. No importa, o sí, pero no tanto como hubiera importado antes de internet. Ahora es posible encontrar decenas de artículos de Bayer y de quien sea, así que por lo pronto quiero orientar a los lectores hacia ese nombre y ese apellido, independientemente de los textos que logren conseguir. Casi puedo decir esto, muy profanamente, como lema de comercial: si es Bayer, es bueno.
En Entredichos lo demuestra a plenitud. Son “Siete polémicas históricas” en verdad históricas, tremendos agarrones de Bayer con diferentes contrincantes no precisamente fáciles de refutar. La estructura de cada polémica fue organizada por la realidad: luego de un texto publicado por equis o zeta personaje, Bayer acomete con una salva de contrargumentos. Allí comienza el zafarrancho de ideas, la mayoría una lección de posturas y contraposturas en las que Bayer ocupa una posición central. No es la suya una beligerancia gratuita, un pleitear por pleitear sobre temas baladíes. El meollo del debate es en todos los casos un asunto vinculado con algún problema candente no sólo en la Argentina, sino en cualquier latitud del mundo donde se oculte o tergiverse la verdad. A Bayer le interesa sobremanera la memoria, el respeto por la verdad en función de su valor como ejemplo para las generaciones venideras.
Digo que Bayer es muy lúcido, pero igual lo son, o lo fueron, muchos de sus oponentes en cada uno de los “entredichos” arracimados en Entredichos. Destaco el debate con Rodolfo Terragano con el tema del exilio, o el sostenido con Mempo Giardinelli sobre la legitimidad de matar o no al tirano. Asomarse a esas polémicas nos abre una dimensión casi desconocida en México sobre el arte de pelear verbalmente con respeto por el oponente y los lectores, aunque (humanos al fin) en uno que otro momento Bayer y sus rivales deslizan feroces ironías y hasta sarcasmos.
Los dos debates que mencioné son, a mi gusto, los mejores en este libro de 287 páginas. Pero hay otra polémica, tal vez la más corta, mantenida por Bayer contra Ernesto Sabato. No bromeo si digo que la imagen del autor de El túnel casi se derrumba (o sin el casi) ante la andanada de Bayer, quien recrimina y no perdona a Sabato su encuentro con el gorila Videla y su acomodamiento en una supuesta posición crítica ajena a los riesgos que sí encararon quienes a la postre se vieron forzados al exilio. Lamento que se haya terminado mi espacio de hoy, pero ya preveo que la polémica Bayer-Sabato merece una ampliación por un detalle nada ajeno a nuestro entorno: el margen de cercanía o distancia que el intelectual debe tomar con respecto al poder, más cuando éste es cínico, mendaz y represor.

sábado, septiembre 12, 2009

El caso Venturini



Al hacer una purga de documentos he encontrado, o más bien reencontrado, una noticia sobre la reedición de Las primas (Mondadori, 2009), novela de la escritora argentina Aurora Venturini. Me atrevo a comentar algo sobre ella aunque nunca la he leído. Supongo que nunca ha circulado un libro suyo en nuestro país, pero más allá de su obra está su caso, un caso que mezcla, a mi parecer, los ingredientes imprescindibles de toda obra literaria que se ponga más allá del reconocimiento y la fama y más acá de la paciencia y el acatamiento de una vocación, se tenga o no talento.
Lo curioso es que repesqué ayer ese tema, justo un poco después de que en un curso afirmé tajante que el verdadero escritor es aquel que no espera nada a cambio, es decir, el que escribe porque tiene algo que decir, sin más. Si de paso, por añadidura, llega un poco de dinero y un poco de fama, qué mejor, pero lo ideal es trabajar sin hacerse demasiadas ilusiones, sin soñar en anaqueles ni nada que se le aproxime. Al menos es así como entiendo esto: escribir con fe en la obra, no en sus posibilidades de seducción, apetencia que muchas veces frustra a quien convierte la literatura en trampolín extraliterario.
Cuando lo leí, el caso Venturini me dejó perplejo; ahí les va. Aurora Venturini nació en La Plata, Argentina, en 1922; tiene pues 87 años y ha publicado alrededor de treinta libros, casi todos en ediciones caseras. Hace dos, cuando tenía 85, hizo una diablura que dejó frito al respetable: salió del anonimato al ganar, con su novela Las primas, el Premio Nueva Novela organizado por el periódico Página 12, de Buenos Aires. Y no se piense que hubo chanchullo o jurado facilón; quienes dictaminaron a favor de esa obra fueron nada más ni nada menos que Juan Boido, Juan Forn, Rodrigo Fresán, Alan Pauls, Sandra Russo, Guillermo Saccomanno y Juan Sasturain, siete pesos completos del periodismo y la literatura gauchos. En su fallo, los jurados asentaron que se trata de una “novela única, extrema, de una originalidad desconcertante, que obliga al lector a hacerse muchas de las preguntas que los libros suelen ignorar o mantener cuidadosamente en silencio”.
Sobre el desconcierto que produjo, estas palabras de la noticia: “Venturini pronosticó el efecto que generaría la lectura de su novela: ‘Se van a caer de culo’, ha dicho. Enrique Vila-Matas, uno de los que celebra el haberse caído de culo desde España, tuvo el enorme acierto de decir que quizá tras el manuscrito pudiera ocultarse el prolífico César Aira disfrazado de loca faulkneriana. ‘Las primas es el boom de la Venturini’, aclara la escritora, como si no fuera ella la que habla”. Va un fragmento de la entrevista:
—¿A qué se debe tanta productividad?
—Yo siempre fui muy novelera, vengo a ser una suerte de prisionera de las novelas que estoy escribiendo. Yo tecleo en la máquina eléctrica y la temática de la novela surge como si fuera agua de un manantial. Creo que aunque escribamos muchísimos libros, todos los escritores somos una novela o un libro. Borges es El Aleph, Sabato es El túnel, y yo voy a ser Las primas eternamente. Aunque me sorprendí cuando me llamaron para avisarme que había ganado, íntimamente estaba segura de que ese premio era para mí.
—¿Cuál es el origen de la crueldad que hay en Las primas?
—Mi infancia fue cruel; yo era una chica autista, solitaria, a la que querían socializar. (…) A esa edad [cerca de los cinco años] ya leía y escribía; en la escuela me pasaban de un grado a otro, cada medio año me sacaban del curso porque no me aguantaban y no sabían qué hacer conmigo. Por eso entré a la Universidad a los dieciséis años. Quería un mundo a la manera de mi imaginación creadora y terminaba duramente castigada. Por eso mis novelas tienen un fondo muy angustioso. (…) No, yo soy una mujer sin edad. No siento la edad que tengo, voy y vengo a todas partes, soy muy ágil. Yo no cumplo más años, no nací todavía. A mí el Altísimo no me tiene en cuenta. Me hizo por descuido, por eso no me quiere terminar de aceptar.

miércoles, mayo 27, 2009

Disculpen a Galeano



Hoy, asqueado y con luto por la barbarie estéril, lamento que los libros y los artículos de Eduardo Galeano no caduquen. Si así fuera, significaría que este mundo ya sería otro. No peor, sino más habitable. Pero ocurre que lo escrito en 1971, o ayer, por la mano del uruguayo tiene una vigencia pavorosa, y aunque lo minusvaloren Montaner, Plinio y Vargas Llosa Jr., la realidad es que los gritones amantes de la libertad y la democracia no se han dado una escapada a las favelas, a las cárceles, a las zonas rojas, a las selvas, al periodismo en México, para calar in situ el sañudo rigor de la justicia que profesan. No hay sofisma de escritorio que pueda contra esas realidades.
Ahora que lo rehidrató Chávez tras el regalo que hizo a Obama, Galeano pasó a ser un Quijote charrúa. Sus textos navegan por los axones de la red y pasan de buzón en buzón, como éste que me llegó gracias al amable reenvío de Iván Berrón López. Su título es “Disculpen la molestia” (Página 12, 8-5-09) y en él, con algunas preguntas más o menos pertinentes, pisa grandes callos del planeta. Traigo un fragmento; lo calco íntegro en el blog:
“Quiero compartir algunas preguntas, moscas que me zumban en la cabeza. ¿Es justa la justicia? ¿Está parada sobre sus pies la justicia del mundo al revés? El zapatista de Irak, el que arrojó los zapatazos contra Bush, fue condenado a tres años de cárcel. ¿No merecía, más bien, una condecoración? ¿Quién es el terrorista? ¿El zapatista o el zapateado? ¿No es culpable de terrorismo el serial killer que mintiendo inventó la guerra de Irak, asesinó a un gentío y legalizó la tortura y mandó aplicarla? ¿Son culpables los pobladores de Atenco, en México, o los indígenas mapuches de Chile, o los kekchíes de Guatemala, o los campesinos sin tierra de Brasil, acusados todos de terrorismo por defender su derecho a la tierra? Si sagrada es la tierra, aunque la ley no lo diga, ¿no son sagrados, también, quienes la defienden? Según la revista Foreign Policy, Somalia es el lugar más peligroso de todos. Pero, ¿quiénes son los piratas? ¿Los muertos de hambre que asaltan barcos o los especuladores de Wall Street, que llevan años asaltando el mundo y ahora reciben multimillonarias recompensas por sus afanes? ¿Por qué el mundo premia a quienes lo desvalijan? ¿Por qué la justicia es ciega de un solo ojo? Wal Mart, la empresa más poderosa de todas, prohíbe los sindicatos. McDonald’s, también. ¿Por qué estas empresas violan, con delincuente impunidad, la ley internacional? ¿Será porque en el mundo de nuestro tiempo el trabajo vale menos que la basura y menos todavía valen los derechos de los trabajadores? ¿Quiénes son los justos y quiénes los injustos? Si la justicia internacional de veras existe, ¿por qué nunca juzga a los poderosos? No van presos los autores de las más feroces carnicerías. ¿Será porque son ellos quienes tienen las llaves de las cárceles? ¿Por qué son intocables las cinco potencias que tienen derecho de veto en las Naciones Unidas? ¿Ese derecho tiene origen divino? ¿Velan por la paz los que hacen el negocio de la guerra? ¿Es justo que la paz mundial esté a cargo de las cinco potencias que son las principales productoras de armas? Sin despreciar a los narcotraficantes, ¿no es éste también un caso de ‘crimen organizado’? Pero no demandan castigo contra los amos del mundo los clamores de quienes exigen, en todas partes, la pena de muerte. Faltaba más. Los clamores claman contra los asesinos que usan navajas, no contra los que usan misiles. Y uno se pregunta: ya que esos justicieros están tan locos de ganas de matar, ¿por qué no exigen la pena de muerte contra la injusticia social? ¿Es justo un mundo que cada minuto destina tres millones de dólares a los gastos militares, mientras cada minuto mueren quince niños por hambre o enfermedad curable? ¿Contra quién se arma, hasta los dientes, la llamada comunidad internacional? ¿Contra la pobreza o contra los pobres? ¿Por qué los fervorosos de la pena capital no exigen la pena de muerte contra los valores de la sociedad de consumo, que cotidianamente atentan contra la seguridad pública? ¿O acaso no invita al crimen el bombardeo de la publicidad que aturde a millones y millones de jóvenes desempleados, o mal pagados, repitiéndoles noche y día que ser es tener, tener un automóvil, tener zapatos de marca, tener, tener, y quien no tiene, no es? ¿Y por qué no se implanta la pena de muerte contra la muerte? El mundo está organizado al servicio de la muerte. ¿O no fabrica muerte la industria militar, que devora la mayor parte de nuestros recursos y buena parte de nuestras energías? Los amos del mundo sólo condenan la violencia cuando la ejercen otros. Y este monopolio de la violencia se traduce en un hecho inexplicable para los extraterrestres, y también insoportable para los terrestres que todavía queremos, contra toda evidencia, sobrevivir: los humanos somos los únicos animales especializados en el exterminio mutuo, y hemos desarrollado una tecnología de la destrucción que está aniquilando, de paso, al planeta y a todos sus habitantes. Esa tecnología se alimenta del miedo. Es el miedo quien fabrica los enemigos que justifican el derroche militar y policial. Y en tren de implantar la pena de muerte, ¿qué tal si condenamos a muerte al miedo? ¿No sería sano acabar con esta dictadura universal de los asustadores profesionales? Los sembradores de pánicos nos condenan a la soledad, nos prohíben la solidaridad: sálvese quien pueda, aplastaos los unos a los otros, el prójimo es siempre un peligro que acecha, ojo, mucho cuidado, éste te robará, aquél te violará, ese cochecito de bebé esconde una bomba musulmana y si esa mujer te mira, esa vecina de aspecto inocente, es seguro que te contagia la peste porcina. En el mundo al revés, dan miedo hasta los más elementales actos de justicia y sentido común. Cuando el presidente Evo Morales inició la refundación de Bolivia, para que este país de mayoría indígena dejara de tener vergüenza de mirarse al espejo, provocó pánico. Este desafío era catastrófico desde el punto de vista del orden racista tradicional, que decía ser el único orden posible: Evo era, traía el caos y la violencia, y por su culpa la unidad nacional iba a estallar, rota en pedazos. Y cuando el presidente ecuatoriano Correa anunció que se negaba a pagar las deudas no legítimas, la noticia produjo terror en el mundo financiero y el Ecuador fue amenazado con terribles castigos, por estar dando tan mal ejemplo. Si las dictaduras militares y los políticos ladrones han sido siempre mimados por la banca internacional, ¿no nos hemos acostumbrado ya a aceptar como fatalidad del destino que el pueblo pague el garrote que lo golpea y la codicia que lo saquea? Pero, ¿será que han sido divorciados para siempre jamás el sentido común y la justicia? ¿No nacieron para caminar juntos, bien pegaditos, el sentido común y la justicia? ¿No es de sentido común, y también de justicia, ese lema de las feministas que dicen que si nosotros, los machos, quedáramos embarazados, el aborto sería libre? ¿Por qué no se legaliza el derecho al aborto? ¿Será porque entonces dejaría de ser el privilegio de las mujeres que pueden pagarlo y de los médicos que pueden cobrarlo? Lo mismo ocurre con otro escandaloso caso de negación de la justicia y el sentido común: ¿por qué no se legaliza la droga? ¿Acaso no es, como el aborto, un tema de salud pública? Y el país que más drogadictos contiene, ¿qué autoridad moral tiene para condenar a quienes abastecen su demanda? ¿Y por qué los grandes medios de comunicación, tan consagrados a la guerra contra el flagelo de la droga, jamás dicen que proviene de Afganistán casi toda la heroína que se consume en el mundo? ¿Quién manda en Afganistán? ¿No es ese un país militarmente ocupado por el mesiánico país que se atribuye la misión de salvarnos a todos? ¿Por qué no se legalizan las drogas de una buena vez? ¿No será porque brindan el mejor pretexto para las invasiones militares, además de brindar las más jugosas ganancias a los grandes bancos que en las noches trabajan como lavanderías? Ahora el mundo está triste porque se venden menos autos. Una de las consecuencias de la crisis mundial es la caída de la próspera industria del automóvil. Si tuviéramos algún resto de sentido común, y alguito de sentido de la justicia ¿no tendríamos que celebrar esa buena noticia? ¿O acaso la disminución de los automóviles no es una buena noticia, desde el punto de vista de la naturaleza, que estará un poquito menos envenenada, y de los peatones, que morirán un poquito menos? Según Lewis Carroll, la Reina explicó a Alicia cómo funciona la justicia en el país de las maravillas: —Ahí lo tienes —dijo la Reina—. Está encerrado en la cárcel, cumpliendo su condena; pero el juicio no empezará hasta el próximo miércoles. Y por supuesto, el crimen será cometido al final. En El Salvador, el arzobispo Óscar Arnulfo Romero comprobó que la justicia, como la serpiente, sólo muerde a los descalzos. El murió a balazos, por denunciar que en su país los descalzos nacían de antemano condenados, por delito de nacimiento. El resultado de las recientes elecciones en El Salvador, ¿no es de alguna manera un homenaje? ¿Un homenaje al arzobispo Romero y a los miles que como él murieron luchando por una justicia justa en el reino de la injusticia? A veces terminan mal las historias de la Historia; pero ella, la Historia, no termina. Cuando dice adiós, dice hasta luego”.

sábado, abril 25, 2009

Idea de Giardinelli



Acaban de preguntarme en una entrevista que por qué la gente no lee. Trato de que mi respuesta no sea ingenua: por muchos factores perfectamente combinados, como pueden ser el desdén de los medios electrónicos, el atractivo de lo audiovisual, la desorientación de los maestros, el desapego de los padres y etcétera. Todo eso y más, junto, hace un coctel lesivo para la lectura, de suerte que todo intento por alentarla suele quedar corto ante la magnitud del problema. Esa reflexión me trajo el recuerdo de un artículo leído hace algunos meses: “La gran movida de la lectura”, escrito por Guillermo Saccomanno y publicado en Página 12 (24, 8, 08). Allí, el autor de La lengua del malón da sus impresiones sobre el Foro Internacional por el Fomento del Libro y la Lectura que organiza Mempo Giardinelli en Resistencia, Provincia del Chaco, Argentina. Pensé que así como el problema es multiforme, la solución también debe serlo: tan amplio es ya el lío que el Estado no puede solo. En otras palabras, todos podríamos cooperar para que el libro y la lectura alcancen el estatus que merecen como dinamos de la imaginación y de la inteligencia. Todo sirve, desde organizar una feria hasta leer frente a los hijos.
En la crónica de Saccomanno queda dicho que la obra de Giardinelli es un portento. No nos exijamos tanto, pero algo debemos aportar, aunque sea poquito, para que la cosa cambie; yo, a mi modo pobre y provinciano, no dejo de reseñar libros ni de regalarlos, y con eso hago algo. ¿Pero qué maravilla hace Giardinelli? Veamos lo que explica Saccomano, y de allí saquemos conclusiones:
“Noé Jitrik, hace unos años, me había contado con entusiasmo: ‘Lo de Mempo es un auténtico fenómeno’. Angélica Gorodischer también me lo había anticipado: ‘Te va a sorprender el Foro de Mempo’. Eduardo Belgrano Rawson fue más gráfico: ‘Te vas a caer de culo, hermano’. Y era, es así nomás la impresión que causa el Foro Internacional por el Fomento del Libro y la Lectura. Ahora, en el decimotercero, una semana atrás, cuando la poeta Alejandra Correa debió comenzar su intervención en una mesa redonda, levantó la vista y parpadeó enceguecida por las luces. El auditorio en semipenumbra desbordaba el Domo del Centenario. Más de dos mil personas, se calculaba. ‘Me siento en el Luna Park’, dijo Alejandra. Y no era una metáfora. La misma impresión asaltaría a cada uno de los escritores, ensayistas, investigadores y docentes invitados al Foro ante la masividad y participación de los concurrentes venidos de todas las provincias del país hasta Resistencia, Chaco, uno de los territorios más estragados del país. Ninguno de los que allí estuvimos nunca antes había expuesto en vivo sus ideas ante una audiencia tan numerosa. Lo que venía a sugerir que aun cuando nuestro país atraviesa una fuerte crisis educacional, tal vez no todo esté perdido en materia de lectura y lectores.
El Foro tiene su historia. Empezó a formarse a mediados de los ’90, poco después de que el escritor Mempo Giardinelli debiera cerrar, acuciado por los aprietes económicos de la década, la revista Puro Cuento, a cuyo amparo se habían abierto numerosas bibliotecas en el Nordeste y realizado la primera Encuesta Nacional de Lectura en 1991. Inspirada en la mexicana El Cuento, Puro Cuento había alcanzado una difusión enorme en el país. La prueba es que en los lugares más remotos del interior, en los poblados más distantes de los centros culturales, nunca falta una maestra, un lector, una biblioteca que conservan como una reliquia esa publicación que difundía tanto a Rulfo como a Maupassant, a Cortázar como a Kafka. En esos años ’90 de entrega, de corrupción y frivolidad, Puro Cuento debió cerrar y entonces Giardinelli empezó a darle vueltas a la idea de generar otra clase de movida. O, mejor dicho, una movida de clase: con recursos mínimos, pidiendo colaboración a diferentes instituciones, creó una ONG dedicada al fomento de la lectura. El hecho fue una auténtica patriada si se repara que esto sucedía en una de las provincias más pobres y atrasadas de Argentina. Había también una lección ética en sus orígenes: además de donar su biblioteca personal, Mempo invertía en la movida lo ganado con el Premio Rómulo Gallegos. Así nacía la fundación que lleva su nombre y es el motor del Foro. Desde entonces (entonces era 1995) el Foro se fue afirmando con su rigor intelectual y conquistó prestigiosas distinciones internacionales (Naciones Unidas, la Organización de Estados Iberoamericanos, Unesco, por citar algunas).
En la actualidad la Fundación está conformada por un consejo de administración, un consejo asesor, un consejo académico y un staff permanente, además de 300 voluntarios. Además, dos Divisiones Académicas: Centro de Estudios Literarios y Sociales Chaco e Instituto de Investigaciones Literarias y Sociales Juan Filloy. Uno de los hallazgos de esta movida es el programa Abuelas Cuentacuentos, más de 200 abuelas y abuelos en todo el país leen en cada semana para miles de chicos en escuelas, centros comunitarios y hospitales.
Sin contar la lista enorme de editores, pedagogos y periodistas que participaron en estos trece años en el Foro, la lista de escritores supera los 400. Por citar sólo algunos nombres de los cuarenta invitados que estuvieron este año, nombraré a Noé Jitrik, Tununa Mercado, Angela Pradelli, Miguel Molfino, Pedro Mairal, Luis Pescetti, Esther Andrade, Carlos Silveyra, Patricia Sagastizábal, Orlando van Bredam, Oscar Collazos (Colombia), Laura Antillano (Venezuela), Rui Zink (Portugal), Sealtiel Alatriste (México). Importante: la participación de Carolina Alvarez, directora de Monte Avila, la editorial estatal venezolana, que publica alrededor de doscientos títulos anuales, un auténtico proyecto bolivariano que incluye la mejor literatura latinoamericana. A lo largo de cuatro días, el Foro desplegó seis mesas de debate y veintidós talleres. Algunos de los temas desarrollados fueron: ‘La práctica de la lectura en América latina’, ‘La lectura como derecho’, ‘Los niños y los jóvenes como destinatarios del fomento de la lectura’, ‘Las nuevas tecnologías de lectura’, ‘La lectura de la Historia y la escritura de ficción’, ‘La prensa y la lectura’. Sin duda, la cantidad inabarcable de actividades del Foro deparó unas cuantas anécdotas. Con Mairal comentamos la sorpresa que significaba para nosotros, escritores, visitar colegios y mantener una conversación de horas con alumnos que leyeron nuestras ficciones. Como situación especial, la tertulia final que cierra el Foro: todos los invitados leyendo un texto, ficción o poesía, ante ese auditorio tan vasto como atento. Tununa Mercado, con un conmovedor relato familiar de su infancia titulado ‘Sarmientina’ y Noé Jitrik fueron los últimos lectores. Jitrik, con un humor filoso, leyó fragmentos de un diccionario de su autoría que no le va en zaga al Diccionario del diablo de Ambrose Bierce. Uno de sus vocablos más insignes es ‘alacranear’, que deriva de la filosofía del francés Jacques Lacran.
Más acá de la emoción y el deslumbramiento que produce haber participado en el 13er. Foro, en un país con un panorama de lectura calamitoso, donde muchos maestros no saben escribir porque no saben leer, lo que vale subrayar es la coherencia entre la concepción y puesta en acción de la idea original de Mempo: Somos lo que hemos leído. La ausencia o escasez de lectura es un camino seguro hacia la ignorancia, y aunque ésa pueda ser una condena individual gravísima, lo es mucho más cuando deviene colectiva. Una sociedad que no lee, que no cuida sus libros y sus medios, que no cultiva su memoria y no alienta el desarrollo del conocimiento, es una sociedad culturalmente suicida.
Una impresión personal, compartida por quienes estuvimos esta vez en Resistencia, es que con cinco Foros de esta naturaleza que se desarrollen en cinco lugares estratégicos de nuestro país, la educación lograría una profunda transformación. No se trata, en efecto, de una feria del libro que redunda en beneficio comercial de una elite capitalista. Se trata de la defensa de la lectura y la protección del libro en función social y no en términos de la depredadora economía de libre mercado. En síntesis: el objetivo no es la ganancia de unos pocos sino la concientización de todos sobre la necesidad de una sociedad más justa".

domingo, febrero 08, 2009

Guardadito de Cortázar



Llegará el día, estoy seguro, en el que los escritores ya no dejen un solo papel a la posteridad, salvo los que hayan publicado. Quiero decir que ya no dejarán borradores tachonados, textos a medio cocinar, cuentos o poemas con los que no quedaron muy contentos u obras maestras incomprendidas. Ya ni correspondencia heredarán los escritores, a menos que dejen passwords a la vista y alguien quiera entretenerse con cartas apuradas, mal escritas y varios kilos de spam no eliminado.
Lo anterior viene a mi imaginación aguafiestas por una nota que esta semana recibí como reenvío gracias al escritor argentino Juan Pablo Neyret. Es de Página 12, periódico de Buenos Aires. Da gusto, claro que da gusto saber que Cortázar vivió la era precomputacional y dejó un baúl de los recuerdos, pues si hubiera vivido en ésta ignoro si alguien caería en la cuenta de hurgar en la PC vieja y descontinuada del gran cronopio, lo que significa que buena parte del futuro de las investigaciones literarias definitivamente requerirá los servicios brindados por los técnicos en computación que ayuden a convertir “viejos” formatos en documentos actualizados. Será un lío.
Más fácil, sin duda, será ser Aurora Bernárdez y hallar en una cómoda todo o buena parte de todo lo que Cortazar dejó inédito, recortado, perdido o cuidadosamente olvidado para que el porvenir le permitiera tener una edición sorpresa en su 25 aniversario luctuoso. El caso es que estos papeles de Cortázar aparecieron como en un cuento de Cortázar, luego de haber vivido anidados en una especie de archivo muerto provisional. Tomo un amplio trozo de la nota, y desde ya me relamo los bigotes nomás de imaginar el sabor de los vinillos que añejaron en la cava de madera mientras su autor se daba tiempo para morir y de inmediato pasar a formar parte de la selecta inmortalidad. Va un fragmento, pues, de la nota “Los papeles ocultos”:
Una cómoda que permaneció ignorada por años, bajo llave, sin provocar jamás siquiera curiosidad. La decisión de investigarla, unos días antes de Navidad. La sorpresa cuando, a duras penas, se puede abrir, por la gran cantidad de papeles que hay en su interior. El tesoro que aparece y que reluce amarillento: cientos de papeles inéditos de Julio Cortázar, desde un discurso escolar hasta un capítulo inédito de Libro de Manuel o tres nuevas historias de cronopios. Podría ser parte de uno de sus cuentos; ocurrió de verdad, un par de años atrás, y pronto el valioso contenido aparecerá editado bajo el acertado título de Papeles inesperados.
La noticia fue revelada ayer por el diario español El País: Aurora Bernárdez, viuda, albacea y heredera universal de Cortázar, abrió la cómoda del tesoro el 23 de diciembre de 2006. El mueble había sido conservado por la madre del escritor y contenía papeles que Cortázar habría querido quemar en algún momento. El material hallado es tan abundante que conformará un libro de 450 páginas, compilado en colaboración con la viuda y Carles Álvarez, estudioso del autor. La editorial Alfaguara lo editará en mayo próximo, en forma simultánea en España y la Argentina.
Entre estos Papeles inesperados hay once relatos nunca incluidos en obra alguna —entre ellos, uno llamado “Los gatos”, fechado en enero de 1948 y, por lo tanto, uno de los más antiguos que se conservan del escritor—, trece poemas hasta ahora desconocidos, un capítulo inédito de Libro de Manuel, que al parecer no fue incluido “por redundante y por su alto contenido erótico”. Hay más: once nuevos episodios del personaje que protagonizó Un tal Lucas, suerte de alter ego de Cortázar. Entre éstos, Álvarez rescata especialmente “Lucas, las cartas que recibe” y “Lucas, sus erratas”: un Lucas obsesionado con las erratas termina convencido de que degeneran en ratas y encarga a un miniaturista japonés una ratera especial para cazarlas.
Entre los cajones de la cómoda mágica aparecieron también tres historias de cronopios que quedaron sueltas: “Never stop the press”, “Vialidad” y “Almuerzo”, que fueron presentadas la semana pasada en edición de bibliófilo. El hallazgo también incluye un texto titulado “Discurso del Día de la Independencia”, que en 1938 Cortázar recitó a sus compañeros y profesores, y otro discurso que pronunció en el acto en que recibió la nacionalidad francesa. Y una decena de textos que dedicó a personalidades como el sociólogo Ángel Rama o la cantante Susana Rinaldi, más escritos donde el autor de Rayuela dispara sus inquietudes en la pintura, la escultura o la fotografía.
En medio de estos Papeles inesperados, Bernárdez y Álvarez tuvieron que abrir un capítulo especial dedicado a “textos inclasificables”, aquellos “puro Cortázar”: juegos verbales fascinantes que llegan a la categoría de epigramas. Allí aparecen también las cuatro “autoentrevistas”, donde el escritor es interpelado por un dúo sarcástico que relativiza todo lo que dice: los buscavidas porteños Calac y Polanco, que acompañaron a Cortázar desde su novela 62, modelo para armar. (…)
Julia Saltzmann, editora responsable de Alfaguara en Buenos Aires, precisó el valor literario del hallazgo que pronto podrá leerse en forma de libro: “El arco vivencial de Cortázar aquí reflejado va desde principios de los años ’30 hasta casi 1984; por eso nos permite ver desde el personaje más engolado hasta el más lúdico, del Cortázar profesor de provincias al más político, comprometido y crítico”, explicó. “Para mí es, junto con la correspondencia, el otro gran texto autobiográfico, donde se ve la formación de la persona y del escritor, del ‘pre-Cortázar’ al Cortázar famoso”.
El abundante material incluye muchos géneros y muchas épocas y estilos de escritura, por eso Saltzmann destaca el valor añadido de estos “múltiples Cortázar”: “A través de estos textos se puede viajar de esa prosa grandilocuente juvenil del personaje, con un punto incluso cursi, a esa liberación retórica del castellano que personificó, en uno de los casos más extraordinarios en la literatura del siglo XX”, analizó la editora. El próximo jueves se cumplen 25 años de la muerte del autor que propuso varios recorridos de lecturas posibles para su novela fundamental. Ahora sigue jugando con el tiempo y el espacio a través de un hallazgo inesperado en una cómoda.

domingo, enero 18, 2009

Fervor de “Guitarra negra”



Busqué ayer el eco periodístico mundial sobre el vigésimo aniversario luctuoso de Alfredo Zitarrosa. El mejor camino para hacer ese sondeo es, hoy, el Google, y grande fue mi sorpresa al ver que los resultados referían casi exclusivamente a medios uruguayos y argentinos. Salvo uno, el primero en la lista arrojada por el más poderoso buscador de la web: mi texto de ayer ocupó el sitio inicial en la búsqueda mundial de “Zitarrosa” por el lado del Google (lo guardé, para conservarlo en mi egoteca internética). Eso sí me enorgullece, pues le debía al cantor uruguayo un texto de agradecimiento y lo hice a tiempo, tanto que coincidió con las magníficas notas que le dedicaron, por ejemplo, en Clarín y Página 12, ambos de Buenos Aires.
Dije ayer que todo o casi todo Zitarrosa es memorable. El respeto que cosechó y que sobrevive no se basa sólo en el prestigio que esculpe en mármol la nostalgia, sino en la poderosa vigencia de sus composiciones y en la prestancia de una voz que hizo todavía más grandes los versos que enunció. De todo, dije y remarco, “Guitarra negra” (1977) es y será lo mejor, y conste que es difícil destacar de Zitarrosa algo que visiblemente brille sobre lo demás, dado que su producción es de muy pareja excelente calidad. Pero “Guitarra negra” está más allá, lejos de tantas obras suyas y ajenas, en un punto indeterminado de la belleza y el compromiso musical, poético y humano. En estricto sentido no es una canción, sino un poema en prosa recitado con leve acompañamiento de bolero raveliano. Su fuerza está en la música de las palabras, en el acento convencido que trasmiten desde su mismo arranque: “Cómo haré para tomarte en mis adentros, guitarra... Cómo haré para que sientas mi torpe amor, mis ganas de sonarte entera y mía. Cómo se toca tu carne de aire, tu oloroso tacto, tu corazón sin hambre, tu silencio en el puente, tu cuerda quinta, tu bordón macho y oscuro, tus parientes cantores, tus tres almas, conversadoras como niñas... Cómo se puede amarte sin dolor, sin apuro, sin testigos, sin manos que te ofendan... Cómo traspasarte mis hombres y mujeres bien queridos, guitarra; mis amores ajenos, mi certeza de amarte como pocos...”.
Dividida en partes irregulares, los “motivos” van variando hasta completar un cuadro general y al mismo tiempo íntimo, la realidad de afuera y de adentro sometida al escrutinio del cantor: “Ahí se va alzando, como un pesado pingajo, atrapada por la pata por un gancho que le salta arriba, que la alza por un ojal abierto en el garrón de un cuchillazo en plena estupidez sentimental, en plena media tonelada de monstruoso dolor, incomprensible, absurdo, balando, plañidera y tonta, como un escarabajo que no piensa, mientras medita lentamente por qué duele tanto y por qué duele qué parte de quien que es ella misma, la res, abierta al descuartizamiento atroz por todas partes, que nunca habían dolido y que eran tantas partes, tan extensas. Y que pastando nunca había dolido... Haciendo leche, esperma, músculos, crin y cuero y cornamenta viva que eran la vida misma manando hacia sus adentros, vibrando tiernamente como un sol cálido hacia sus adentros... Y nunca habían dolido... Ya está colgada... Las patas delanteras se enderezan, se endurecen y avanzan hacia adelante y hacia arriba, implorantes y fatalmente rígidas, rematadas en cortas pezuñas que hace un instante amasaban el barro del corral, el estiércol de otros cien balidos, dinosaurios del siglo de las máquinas, nacidos para morir de un marronazo... Ahora ya es carne azul colgada en la heladera: ‘Uruguay for export’... Aquella res, que murió de un marronazo, cayó y tembló todo el frigorífico... Aquella otra res que recibió el marronazo en plena frente, de dos dedos de espesor, mientras entraba al tubo desconfiando porque allí no había pasto, alcanzó a comprender que había otra res delante, balando, que ya se la llevaba el gancho... Y cayó detrás también, y el cemento tembló bajo esos huesos... Aquella otra res, que esquivó el marronazo y que cayó también, con un ojo reventado y una guampa partida, deshecha, también cayó y tembló la tierra, tembló el marrón, tembló el marronero; la res murió temblando de dolor y de miedo... De un marronazo en plena frente, ‘for export’ del Uruguay...”
El poeta, horrorizado ante el espectáculo gris y mortal de la ciudad, observa: “La mariposa viene hacia mí en la calle, en el aire húmedo, por el aire húmedo bailando, por el aire agobiante, ominoso, bailando en el aire caliente... Y yo vi que no era a mí a quien buscaba, sino a la muerte... Y que no buscaba la muerte también vi, porque no era mariposa de la ciudad de hierro, ni nacida para eso... Sino que era mariposa nada más, en la ciudad, presa y ya muerta de antemano, fatalmente... buscando en ese bailar loco y frágil un ala, un grano, una pizca de polen en el cemento... Porque la mariposa nace y no aprende nada hasta que muere en cualquier sitio, herida de muerte por su semana justa, por su tiempo preciso, por su sorbito de vida, ya bebida... Eso no es tan triste... Triste es ver su cadena de huevos en el hollín, depositados junto a un río de aceite, a la sombra de las altas paredes de cemento... Su cadena de huevos de seda...”.
Y al final, unido como puño en un párrafo inmortal, el remate de “Guitarra negra”, el gesto irrenunciablemente solidario del cantor: “Hago falta... Yo siento que la vida se agita nerviosa si no comparezco, si no estoy... Siento que hay un sitio para mí en la fila, que se ve ese vacío, que hay una respiración que falta, que defraudo una espera... Siento la tristeza o la ira inexpresada del compañero, el amor del que me aguarda lastimado... Falta mi cara en la gráfica del pueblo, mi voz en la consigna, en el canto, en la pasión de andar, mis piernas en la marcha, mis zapatos hollando el polvo, los siete ojos míos en la contemplación del mañana... Mis manos en la bandera, en el martillo, en la guitarra, mi lengua en el idioma de todos, el gesto de mi cara en la honda preocupación de mis hermanos”.
A veinte años de su muerte, Alfredo Zitarrosa está más vivo que nunca y sus ojos siguen contemplando hacia el futuro, siempre hacia el futuro.