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sábado, enero 13, 2024

Dos Vientos del Pueblo más











 











En las pasadas vacaciones de fin de año fui un par de veces a la librería Educal de Torreón, sucursal que es parte de la numerosa cadena de librerías paraestatales del gobierno federal. Está, como sabe cualquier lector lagunero, en el Museo Arocena por el acceso de la calle Cepeda, no por el de la Juárez. Allí, en compañía de ese lector irrefrenable que es Gerardo García Muñoz, cuya visita a su tierra obedece al contacto familiar pero también tiene siempre un costado bibliográfico, compramos cada cual varios libros y luego pasamos a conversar en el restaurante aledaño que es parte del mismo Museo. Hay pues allí un tándem perfecto para los biblioadictos: libros y café.

En una de las incursiones pesqué dos títulos más de la Colección Vientos del Pueblo coordinada por Luis Arturo Salmerón en el Fondo de Cultura Económica. No sé cuántos sumo ahora, pero son muchos del ya abundante catálogo de esa serie caracterizada por sus altos tirajes, la brevedad de sus ejemplares y su bajo precio. Los que adquirí no pueden ser dos cuadernillos más distintos, lo que de rebote da idea de la heterogeneidad de mis intereses: Gustavo A. Madero (México, 2019) y La cancha. Dónde los invisibles todavía pueden hacerse visibles (México, 2023) de, respectivamente, Ignacio Solares (Ciudad Juárez, 1945-Ciudad de México, 2023) y Eduardo Galeano (Montevideo, 1940-2015).

Dada su corta cantidad de páginas, rasgo que los hace ser plaquettes, opúsculos o cuadernillos más que libros, los leí en dos ratos de distinto día, ambos en su correspondiente sentada. No quiero posponer un énfasis, quizá el que debería ser más subrayado: sus precios; el de Solares, once pesos; el de Galeano, quince. Por supuesto, estas módicas cantidades tienen la intención de echar por tierra una de las excusas más esgrimidas para no leer: que los libros son muy caros. Con esta colección se desbaratan pues dos pretextos de un solo tirón: el económico y, de paso, el de la falta de tiempo para leer, pues casi cualquiera tiene poco más de diez pesos libres y asimismo media hora disponible.

No me equivoqué al escoger los dos títulos que motivan este apunte: Gustavo A. Madero es un ensayo biográfico; aborda, claro, la figura del hermano del presidente asesinado tras el golpe de Estado que terminó en la usurpación de Victoriano Huerta. Con pasión apenas disimulada y para mí justa, el escritor chihuahuense, por cierto especialista en el periodo revolucionario, describe la personalidad de Gustavo Adolfo Madero y la generosa cercanía que, pese a cualquier amenaza, mostró frente a las turbulencias políticas padecidas por Francisco I. Tal relación tuvo, como sabemos, uno de los desenlaces más cruentos en la historia de México, el de la Decena Trágica en el que Gustavo A. padeció la muerte más sádica y miserable de aquel instante bárbaro. El opúsculo aduna como complemento varias imágenes de la Fototeca Nacional.

La cancha… de Galeano acoge cinco piezas extraídas de Cerrado por fútbol, uno de sus dos libros sobre este deporte (el otro es el más famoso título latinoamericano relacionado con tal tema: El fútbol a sol y sombra, también con tilde en la “ú” de la palabra que nosotros pronunciamos “futbol”). Es a veces complicado definir el género de la escritura dejada por Galeano; para no fallar puedo decir que es una mixtura de ensayo, artículo, crónica, memoria y relato. La prosa del uruguayo es muy peculiar, inconfundible, infatigablemente ocupada en mostrar la irracionalidad del poder y la necesidad de la belleza y la solidaridad, entre otras urgencias. La plaquette añade el aderezo gráfico del ilustrador Ricardo Peláez, homónimo del goleador necaxista.

Reitero pues que no hay excusa para eludir estas publicaciones buenas, bonitas y baratas, como plantea un añejo pregón publicitario.

sábado, marzo 18, 2017

Primer cuento con olor a cancha















En la oscuridad del estadio y sobre el césped que ya presiente la humedad del rocío, un joven de 25 años camina hacia el centro de la cancha. Es la media noche y a lo lejos sólo se oye el leve rumor de la ciudad dormida y, acaso, algún ladrido suelto, distante. El joven lleva en la mano un arma y en el bolsillo de la camisa un par de cartas escritas la tarde anterior; dentro, en su corazón, bulle una pena, un dolor que no lo deja en paz. No soporta la idea de no jugar o, peor aún, de jugar en otro equipo, y antes de que eso ocurra terminará con todo. Al pisar el círculo central, mira o cree mirar por última vez hacia las tribunas casi borradas por la noche. Recuerda las ovaciones, los espesos gritos de aliento que se derramaban desde las gradas hasta su figura de atleta. Llora un poco, pero ya no quiere darse tiempo para pensar en lo que viene. Levanta el arma, mira apenas la solidez de su brillo y sin pensarlo más se pega un tiro.
El cuerpo es encontrado hasta el amanecer. El nombre del suicida es Abdón Porte, jugador del Club Nacional de Football, del Uruguay. La noticia corre de inmediato por los diarios y conmociona a los lectores. Porte, jugador del Nacional, fue un ídolo durante los cinco o seis años previos a la autoinmolación. Nació en el Departamento de Durazno, en el corazón del Uruguay, hacia 1893. Lo apodaban El Indio y fue un elemento recio, mediocampista defensivo con mucha personalidad y extraordinario cabeceo, lo que le aseguró el rol de líder, de capitán. Tras una inexplicable baja de juego, la directiva del equipo decidió reemplazarlo y con esto comenzó la tragedia. Era tanta la pasión de Porte por sus colores, era tan grande el sentimiento de pertenencia acumulado en más de doscientos partidos con esa camiseta que en pocos días tomó la decisión: suicidarse, lo que ocurrió el 5 de marzo de 1918.
La leyenda de Abdón Porte comenzó a andar, por supuesto, de inmediato, y hoy en la tribuna del Nacional —equipo más popular, junto a Peñarol, del Uruguay— el suicida es visto casi como santo y seña de la pasión sostenida por los llamados “tricolores”, quienes despliegan banderas con un mensaje contundente: “Por la sangre de Abdón”. Creo además que tras esa muerte no sólo comenzó la leyenda de Abdón Porte, sino la narrativa con tema futbolero en América Latina. A reserva de que algún perito investigador desentierre un relato previo, apenas unos días después del suicidio de Porte, en mayo de 1918, Horacio Quiroga publicó “Juan Polti, half-back” en la revista Atlántida de Buenos Aires.
Radicado en la capital argentina, el escritor uruguayo tenía ya una fijación profunda por las muertes trágicas, más si eran suicidios. Él mismo, como sabemos, ingirió cianuro en 1937, así que el motivo literario del suicidio era para él, digamos, una especie de sombra. Tras conocer lo vivido por Porte, Quiroga fue movido de inmediato a la escritura, y sin saberlo estaba fundando un tema o subtema literario que a mi juicio se retomaría sólo hasta 1959 con la publicación del cuento “Puntero izquierdo”, de Mario Benedetti, en el libro Montevideanos. Luego, muchos años después, por los setenta-ochenta, la narrativa futbolística se fue armando en antologías y libros individuales que poco a poco constituyeron un tópico preciso en el mapa de la literatura ficcional. Galeano, Fontanarrosa, Sacheri, Villoro, Braceli, Sasturain, García Galiano, Rivera Letelier y muchos más han dedicado tiempo a la escritura de estos relatos cuyo antecedente remoto está, insisto, en el cuento precursor de Quiroga.
Una mención colateral: en su celebrado libro sobre futbol, Eduardo Galeano —a propósito, hincha del Nacional— publicó “Muerte en la cancha”, una estampita sobre Porte:

Abdón Porte defendió la camiseta del club uruguayo Nacional durante más de doscientos partidos, a lo largo de cuatro años, siempre aplaudido, a veces ovacionado, hasta que se le acabó la buena estrella.
Entonces lo sacaron del equipo titular. Esperó, pidió volver, volvió. Pero no había caso, la mala racha seguía, la gente lo silbaba: en la defensa, se le escapaban hasta las tortugas; en el ataque, no embocaba una.
Al fin del verano de 1918, en el estadio del club Nacional, Abdón Porte se mató. Se pegó un balazo a medianoche, en el centro de la cancha donde había sido querido. Estaban todas las luces apagadas. Nadie escuchó el disparo. Lo encontraron al amanecer. En una mano tenía el revólver y en la otra una carta.

Se trata, como vemos, de una especie de microbiografía con énfasis en el momento trágico. Y no más. El cuento de Quiroga es, en cambio, una punzante indagación en el alma de un hombre que cree haber tocado el cielo con las manos y luego cae en desgracia hasta sentir que su condición de estrella ha sido devaluada (“una criatura fulminada por la gloria”, dice el autor). El encumbramiento y la caída es tema común del arte narrativo, claro, pero lo raro es que por primera vez se aplicó a la gloria y la caída futbolísticas, y eso lo consumó, acaso a ciegas, Quiroga, como acaso a ciegas Edgar Allan Poe, su remoto maestro, había inventado el relato policial. “Juan Polti, half-back” es un cuento extraordinario, uno de los mejores de Quiroga, mejor incluso que muchos otros más famosos de su producción. Lo traigo aquí completo para facilitar su acceso, aunque daría casi lo mismo que lo leyeran en donde lo tomé: la revista Sudestada.

Juan Polti, half-back
Cuando un muchacho llega, por a o b, y sin previo entrenamiento, a gustar de ese fuerte alcohol de varones que es la gloria, pierde la cabeza irremisiblemente. Es un paraíso demasiado artificial para su joven corazón. A veces pierde algo más, que después se encuentra en la lista de defunciones.
Tal es el caso de Juan Polti, half-back de Nacional. Como entrenamiento en el juego, el muchacho lo tenía a conciencia. Tenía, además, una cabeza muy dura, y ponía el cuerpo rígido como un taco al saltar; por lo cual jugaba al billar con la pelota, lanzándola de corrida hasta el mismo gol.
Polti tenía veinte años, y había pisado la cancha a los quince, en un ignorado Club de quinta categoría. Pero alguien de Nacional lo vio cabeceador, comunicándolo en seguida a su gente. Nacional lo contrató, y Polti fue feliz.
Al muchacho le sobraba, naturalmente, fuego, y este brusco salto en la senda de la gloria lo hizo girar sobre sí mismo como un torbellino. Llegar desde una portería de juzgado a un ministerio, es cosa que razonablemente puede marear; pero dormirse forward de un Club desconocido y despertar de half-back de Nacional, toca en lo delirante. Polti deliraba, pateaba, y aprendía frases de efecto:
—Yo, señor presidente, quiero honrar el baldón que me han confiado…
Él quería decir blasón, pero lo mismo daba, dado que el muchacho valía en la cancha lo que una o dos docenas de profesores en sus respectivas cátedras.
Sabía apenas escribir, y se le consiguió un empleo de archivista con cincuenta pesos oro. Dragoneaba furtivamente con mayor o menor lujo de palabras rebuscadas, y adquirió una novia en forma, con madre, hermanas y una casa que él visitaba.
La gloria lo circundaba como un halo. “El día que no me encuentre más en forma”, decía, “me pego un tiro”.
Una cabeza que piensa poco, y se usa, en cambio, como suela de taco de billar para recibir y contralanzar una pelota de football que llega como una bala, puede convertirse en un caracol sonante, donde el tronar de los aplausos repercute más de lo debido. Hay pequeñas roturas, pequeñas congestiones, y el resto. El half-back cabeceaba toda una tarde de internacional. Sus cabezazos eran tan eficaces como las patadas del team entero. Tenía tres pies: esta era su ventaja.
Pues bien: un día, Polti comenzó a decaer. Nada muy sensible; pero la pelota partía demasiado hacia la derecha o demasiado hacia la izquierda; o demasiado alto, o tomaba demasiado efecto. Cosas estas que no engañaban a nadie sobre la decadencia del gran half-back. Sólo él se engañaba, y no era tarea amable hacérselo notar.
Corrió un año más, y la comisión se decidió al fin a reemplazarlo. Medida dura, si las hay, y que un club mastica meses enteros, porque es algo que llega al corazón de un muchacho que durante cuatro años ha sido la gloria de field.
Cómo lo supo Polti antes de serle comunicado, o cómo lo previó —lo que es más posible—, son cosas que ignoramos. Pero lo cierto es que una noche el half-back salió contento de casa de su novia, porque había logrado convencer a todos de que debía casarse el 3 del mes entrante, y no otro día. El 3 cumplía años ella. Y se acabó.
Así fueron informados los muchachos esa misma noche en el club, por donde pasó Polti hacia medianoche. Estuvo alegre y decidor como siempre. Estuvo un cuarto de hora, y después de confrontar, reloj en mano, la hora del último tranvía a la Unión, salió.
Esto es lo que se sabe de esa noche. Pero esa madrugada fue hallado el cuerpo del half-back acostado en la cancha, con el lado izquierdo del saco un poco levantado, y la mano derecha oculta bajo el saco.
En la mano izquierda apretaba un papel, donde se leía:
“Querido doctor y presidente: le recomiendo a mi vieja y a mi novia. Usted sabe, mi querido doctor, por qué hago esto. ¡Viva el club Nacional!”
Y más abajo estos versos:

Que siempre esté adelante
el club para nosotros anhelo.
Yo doy mi sangre
por todos mis compañeros,
ahora y siempre el club gigante.
¡Viva el club Nacional! 

El entierro del half-back Juan Polti no tuvo, como acompañamiento de consternación, sino dos precedentes en Montevideo. Porque lo que llevaban a pulso por espacio de una legua era el cadáver de una criatura fulminada por la gloria, para resistir la cual es menester haber sufrido mucho tras su conquista. Nada, menos que la gloria, es gratuito. Y si la obtiene así, se paga fatalmente con el ridículo, o con un revólver sobre el corazón.

miércoles, abril 15, 2015

Permanente Galeano














Algunos hacen bien y son congruentes al no decir ni pío sobre Eduardo Galeano o sumarse al vocerío aunque no sea para elogiarlo, sino para lo contrario. Me refiero a los que saben que el uruguayo simpatizó de orilla a orilla con ideas y regímenes non gratos para la prensa dominante, como los de Cuba y Chile (el Chile allendista) y en los años más recientes con los de Venezuela, Ecuador, Brasil, Argentina, Bolivia y obviamente Uruguay, el Uruguay de sus amigos José Mujica y Tabaré Vázquez.
Entonces no faltarán quienes minusvaloren o simplemente se muestren indiferentes ante el pensamiento de Galeano. Tendrán sus legítimas razones incluso para atacarlo, pues el escritor recién ido no se colocó en un punto difuso del espectro político, no fue y vino, como tantos, de un partido, de un credo, de una ideología a otros. Como pocos escritores, fue fiel a una posición en todo su obrar literario y extraliterario, de manera que en su vida dejó muy claro por dónde no caminó, con quiénes no simpatizó, en qué no creyó.
Galeano fue (o es, pues lo que queda de él, su obra, sigue y seguirá siendo) un escritor peculiar, de difícil catalogación. ¿Fue ensayista? ¿Fue poeta? ¿Fue narrador? Es complicado decidirlo, pues con sutileza borró las fronteras de esos géneros y trabajó en una orfebrería del fragmento que mucho tenía de ensayo, de poesía y de relato. Pero junto con la cuidadosísima forma, siempre condensada en imágenes sencillas y contundentes (“Al fin y al cabo, somos lo que hacemos para cambiar lo que somos”, “Las paredes son la imprenta de los pobres”), el fondo documentó y graficó, sin parar, el doloroso pálpito, “las venas abiertas”, de un espacio físico y espiritual, Latinoamérica, permanentemente embestido por los imperialismos de ayer y del presente.
Para Galeano, pues, la historia de “Nuestra América”, como la llamó Martí para diferenciarla de la América anglosajona, era la historia del saqueo, del despojo, de la más aborrecible y sostenida voracidad colonialista.
Por ello, aunque puede ser sincera su opinión adversa sobre el libro que más lo identifica (actitud que no es poco común entre los escritores cuando hablan sobre sus primeros libros), es innegable que en Las venas abiertas de América Latina coaguló la idea que luego regiría su pensamiento y todo su quehacer: “La historia de América Latina es la historia del despojo de los recursos naturales”. Así de simple, así de inobjetable, así de trágico y así, por supuesto, y esto es lo fundamental, de indignante.

sábado, julio 12, 2014

El futbol según Juan Villoro




















Como en Uruguay y Argentina es imposible hablar de literatura y futbol sin mencionar, respectivamente, a Galeano y a Fontanarrosa, en México pasa lo mismo con Juan Villoro (Ciudad de México, 1956). Escritor multipremiado, famoso, querido por un tumulto de fans y malquerido por algunos que lo miran con recelo o indiferencia, Villoro se ha colocado mediáticamente como el-escritor-que-también-escribe-sobre-futbol. Luego de publicar numerosos artículos, crónicas, ensayos y de aparecer sin tregua en televisión y radio, además de ofrecer conferencias, mesas redondas o prestarse a entrevistas, este autor ha dejado constancia de ese gusto en libros como Los once de la tribu (1995) y, el más reciente, Balón dividido (2014). En medio de tal periodo publicó el título más representativo de su producción con tema futbolístico: Dios es redondo (Planeta 2006), racimo de ensayos y crónicas que al parecer no tiene fecha de caducidad, pues sigue siendo visible en los anaqueles.
Creo que el éxito de Villoro como escritor se basa en tres aciertos. 1) El interés real por este deporte, un apego que, se nota, tiene su origen, como casi todo, en la infancia, en la pica callejera, en el debate con los cuates sobre equipos y jugadores, en la crónica deportiva que tiene o tuvo, para él, un practicante totémico: Ángel Fernández; 2) el conocimiento directo, no sólo como lector o televidente, del ir y venir futbolístico, esto es, su contacto con la gente en los estadios y su diálogo con periodistas/escritores especializados; y 3) la buena memoria y una gran agudeza para detectar puntos finos del deporte tanto en lo estrictamente atlético como en lo social. Este coctel ha convertido a Villoro, enfatizo, en el-escritor-mexicano-que-también-escribe-sobre-futbol. Aunque haya muchos otros (Felipe Garrido, Ignacio Trejo Fuentes, Marcial Fernández, Leo Eduardo Mendoza…) creo que es Villoro en quien piensa la mayoría cuando relaciona literatura (o escritura en general) con futbol.
Dios es redondo contiene piezas, en efecto, memorables aunque traten sobre futbol. Desde el punto de vista genérico poco o nada importa que uno diga “son ensayos”, “son crónicas”, “son artículos”, pues ya entrados en cada pieza advertimos el embrujo de un estilo inmejorable para trabajar con esta materia. Acuñador irrefrenable de imágenes literarias que en cierta adjetivación me recuerda, no sin un raro hibridismo, a Monsiváis y a Borges, Villoro logra que en una frase quede dicho más de lo que otros podrían expresar con una parrafada. En este sentido destaca asimismo su pulso de periodista: sabe que una crónica puede ser larga y por ello abrumar al lector, de ahí que proceda como a flashazos, acuñando siempre buenas frases mientras avanza por un hilo conductor que jamás se rompe. Ejemplifico con tres casos: su comentario sobre Maradona (mejor que lo que muchos argentinos han escrito al respecto), su estampa sobre Pep Guardiola (una joya) o su recordación del mencionado Ángel Fernández.
Sospecho que es difícil ser futbolero y no gustar, no aprender o no quedar gratamente seducido por las ideas del Villoro “filósofo” del futbol, dicho esto nomás porque Manuel Vázquez Montalbán, lo sabemos, etiquetó así a los “pensadores” argentinos del balompié. En resumen, este escritor mexicano logra su cometido: trasladar, con delicada alquimia, el festivo evangelio del futbol desde la cancha a algo que para muchos es igualmente grato: la página, ese palmo de papel donde no juegan once contra once sudorosos atletas, sino palabras, imágenes, recuerdos. Sí, recuerdos: la materia prima del futbol escrito.

lunes, junio 23, 2014

El clásico de Eduardo Galeano




















Cuando en México apareció El futbol a sol y sombra (Siglo XXI, 1995), acaso el más famoso libro sobre futbol escrito en América Latina, había pasado apenas un lustro después de la caída del Muro de Berlín. El mundo reacomodaba las ideologías dominantes y no faltó que algunos auguraran también la caída total del pensamiento identificado con la izquierda. Hubo, por supuesto, una desbandada, pero no fueron pocos los intelectuales que se mantuvieron en su posición con la misma agudeza crítica de siempre. O casi, pues hubo una suerte de distensión que permitió reflexionar de otra manera los temas de siempre y otros más. El futbol, por ejemplo.
Hasta poco antes de 1990, los intelectuales se relacionaban con el futbol de manera un tanto tibia. Sabían que el gusto por este deporte no tenía buena prensa para ellos, pues los colocaba en un flanco del interés informativo que en apariencia nada tenía que ver con la inteligencia. La resistencia a escribir sobre futbol era tan fuerte que no hay libros destacados sobre el tema hasta finales del siglo XX. Uno de ellos, El futbol a sol y sombra, obra de Eduardo Galeano (Montevideo, 1940), luego de veinte años ha pasado a convertirse en un icono de la literatura futbolera, y no envejece, pues más allá de su tema está su tratamiento: la prosa allí recorre zonas del futbol con elegancia y hondura, con fina ironía y marcaje personal a los vicios que han carcomido el romanticismo del juego para convertirlo en un negocio en el que con frecuencia no están muy presentes los escrúpulos.
Como buen uruguayo, Galeano nació con el futbol atado al corazón. Los mil vericuetos de la vida lo llevaron a lo que hoy es: un escritor ya emblemático de la izquierda latinoamericana, tal vez el más representativo entre los muchos que han asumido una voz crítica ante los múltiples poderes que aquí y allá han hecho de las suyas en medio de penurias multicolores. Las venas abiertas de América Latina (1971), su más famoso libro, es una denuncia sobre el secular arrasamiento de la riqueza latinoamericana. Lo asombroso es que tres años antes, en 1968, Galeano prologó una antología de relatos titulada Su majestad el futbol.
En aquellas palabras quedó en evidencia lo que Galeano siempre ha pensado sobre el tema: “No creo que tanta perversidad [achacar al futbol la demora de la libertad] pueda imputarse al fútbol con algún fundamento de causa. No niego que el futbol empieza por gustarme, y mucho, sin que eso me provoque el menor remordimiento ni la sensación de estar traicionando a nada ni a nadie, confeso consumidor del opio de los pueblos. Me gusta el fútbol, la guerra y la fiesta del fútbol, y me gusta compartir euforias y tristezas en las tribunas con millares de personas que no conozco y con las que me identifico fugazmente en la pasión de un domingo de tarde”. Ni traición ni nada a nada, decía Galeano al prologar aquel libro olvidado. Muchos otros títulos pasaron, entre ellos Las venas…, hasta que Galeano dio a la prensa El futbol a sol y sombra, testimonio definitivo de su estrecha vinculación, sin culpa, al deporte de las patadas y los goles.
El libro del uruguayo avanza por estampas, la mayoría brevísimas. Como es su costumbre, siempre encuentra el fleco humano en todo, y al abordar el futbol no se desprende del buen hábito. Ya que estamos en el Mundial de Brasil 2014, veamos una que se refiere al Mundial del 50, el del Maracanazo: “A la hora de elegir el arquero del campeonato, los periodistas del Mundial del 50 votaron, por unanimidad, al brasileño Moacir Barbosa. (…) Pero en aquella final del 50, el atacante uruguayo Ghiggia lo había sorprendido con un certero disparo desde la punta derecha. Barbosa, que estaba adelantado, pegó un salto hacia atrás, rozó la pelota y cayó. Cuando se levantó, seguro de que había desviado el tiro, encontró la pelota al fondo de la red. Y ése fue el gol que apabulló al estadio de Maracaná y consagró campeón al Uruguay. Pasaron los años y Barbosa nunca fue perdonado. En 1993, durante las eliminatorias para el Mundial de Estados Unidos, él quiso dar aliento a los jugadores de la selección brasileña. Fue a visitarlos a la concentración, pero las autoridades le prohibieron la entrada. Por entonces, vivía de favor en casa de una cuñada, sin más ingresos que una jubilación miserable. Barbosa comentó: ‘En Brasil, la pena mayor por un crimen es de treinta años de cárcel. Hace 43 años que yo pago por un crimen que no cometí’”.
Como ésa, todas las instantáneas de Galeano son atrayentes, una demostración palpable de que las canchas producen historias humanas, demasiado humanas. Vale el esfuerzo de buscarlas y leerlas.

miércoles, junio 11, 2014

Libros sobre la cancha









En 2006 escribí relatos (los relatos que fueron la patada inicial para Polvo somos, mi libro con cuentos futbolísticos publicado por Arteletra-Axial, 2014, 134 pp.) y en 2010 atormenté el teclado con más relatos y algunos acercamientos, digamos ensayísticos, al futbol no como deporte, sino como nostalgia. Llevo pues dos vinculamientos futboleros e intensivos en sendas etapas mundialistas, así que durante la que comenzará mañana seguiré una tónica relativamente afín: ahora escribiré reseñas de libros que a mi parecer pueden servir, con el pretexto del futbol, para invitar a la lectura. Se trata, pues, de títulos articulados por autores que han campechaneado su pasión, o al menos su indisimulado gusto, por el fut con su, ésta sí, descarada vocación literaria.
Hasta hace poco, la relación de los llamados “intelectuales” con el deporte en general y con el futbol en particular no fue del todo amable. La idea generalizada estableció que son dos esferas muy distantes. Según el cliché, por un lado los futbolistas eran vistos como hombres de acción, sujetos atados al desarrollo de sus capacidades musculares y, por ello, ajenos al cultivo del pensamiento; por otro, los intelectuales, se creía, eran bichos sedentarios y divorciados por completo de cualquier actividad que les exigiera un esfuerzo mayor al de mover las manos, las neuronas y los pulmones (esto último para exhalar el humo del cigarro). Unos se relacionaban a la frivolidad de la carrera y el cabezazo, del sudor y el grito; los otros, al silencio y la concentración, a la soledad y a un inconfeso apetito por “trascender”.
Apuntalado además por la idea de que hacer el juego al futbol era apoyar las evasiones colectivas a los problemas verdaderamente apremiantes de la sociedad, el estereotipo resistió hasta donde pudo. El gusanito del gusto futbolero poco a poco fue avanzando y de esporádicos cuentos y poemas —como el prehistórico “Juan Polti, half-back”, de Horacio Quiroga, o “Puntero izquierdo”, de Mario Benedetti— pasamos a libros enteros dedicados al tema. Entre las décadas del ochenta y del noventa la tensión fue desapareciendo y junto con este relajamiento aparecieron obras que amasaban tópicos flagrantemente futboleros sin perder su afán estético o su filo crítico.
Tal es el caso de El futbol a sol y sombra (Siglo XXI, 1995), acaso el libro sobre futbol más visible creado por un intelectual de izquierda en América Latina. Y no fue la excepción, sobre todo en el contexto de Argentina, Uruguay, Chile y México. Por ejemplo, el ameno Fútbol argentino, de Osvaldo Bayer, también autor de La Patagonia rebelde y uno de los intelectuales más comprometidos de su país. El caso es que desde diferentes ópticas, en distintos géneros, con el ingrediente del futbol profesional o callejero en el centro o en la periferia de sus obras, muchos escritores han trotado en esta cancha y a mi parecer no son escasas las piezas poéticas, novelísticas y sobre todo cuentísticas estimables.
La lista de autores es ya significativa: Soriano, Fontanarrosa, Llinás, Sasturain, Sacheri, Villoro, García-Galiano, Garrido, Letelier y muchos más, tanto que es mejor ir despachando algunas de sus obras poco a poco, como lo haré en las próximas entregas de esta columna llanera y solitaria.

miércoles, mayo 27, 2009

Disculpen a Galeano



Hoy, asqueado y con luto por la barbarie estéril, lamento que los libros y los artículos de Eduardo Galeano no caduquen. Si así fuera, significaría que este mundo ya sería otro. No peor, sino más habitable. Pero ocurre que lo escrito en 1971, o ayer, por la mano del uruguayo tiene una vigencia pavorosa, y aunque lo minusvaloren Montaner, Plinio y Vargas Llosa Jr., la realidad es que los gritones amantes de la libertad y la democracia no se han dado una escapada a las favelas, a las cárceles, a las zonas rojas, a las selvas, al periodismo en México, para calar in situ el sañudo rigor de la justicia que profesan. No hay sofisma de escritorio que pueda contra esas realidades.
Ahora que lo rehidrató Chávez tras el regalo que hizo a Obama, Galeano pasó a ser un Quijote charrúa. Sus textos navegan por los axones de la red y pasan de buzón en buzón, como éste que me llegó gracias al amable reenvío de Iván Berrón López. Su título es “Disculpen la molestia” (Página 12, 8-5-09) y en él, con algunas preguntas más o menos pertinentes, pisa grandes callos del planeta. Traigo un fragmento; lo calco íntegro en el blog:
“Quiero compartir algunas preguntas, moscas que me zumban en la cabeza. ¿Es justa la justicia? ¿Está parada sobre sus pies la justicia del mundo al revés? El zapatista de Irak, el que arrojó los zapatazos contra Bush, fue condenado a tres años de cárcel. ¿No merecía, más bien, una condecoración? ¿Quién es el terrorista? ¿El zapatista o el zapateado? ¿No es culpable de terrorismo el serial killer que mintiendo inventó la guerra de Irak, asesinó a un gentío y legalizó la tortura y mandó aplicarla? ¿Son culpables los pobladores de Atenco, en México, o los indígenas mapuches de Chile, o los kekchíes de Guatemala, o los campesinos sin tierra de Brasil, acusados todos de terrorismo por defender su derecho a la tierra? Si sagrada es la tierra, aunque la ley no lo diga, ¿no son sagrados, también, quienes la defienden? Según la revista Foreign Policy, Somalia es el lugar más peligroso de todos. Pero, ¿quiénes son los piratas? ¿Los muertos de hambre que asaltan barcos o los especuladores de Wall Street, que llevan años asaltando el mundo y ahora reciben multimillonarias recompensas por sus afanes? ¿Por qué el mundo premia a quienes lo desvalijan? ¿Por qué la justicia es ciega de un solo ojo? Wal Mart, la empresa más poderosa de todas, prohíbe los sindicatos. McDonald’s, también. ¿Por qué estas empresas violan, con delincuente impunidad, la ley internacional? ¿Será porque en el mundo de nuestro tiempo el trabajo vale menos que la basura y menos todavía valen los derechos de los trabajadores? ¿Quiénes son los justos y quiénes los injustos? Si la justicia internacional de veras existe, ¿por qué nunca juzga a los poderosos? No van presos los autores de las más feroces carnicerías. ¿Será porque son ellos quienes tienen las llaves de las cárceles? ¿Por qué son intocables las cinco potencias que tienen derecho de veto en las Naciones Unidas? ¿Ese derecho tiene origen divino? ¿Velan por la paz los que hacen el negocio de la guerra? ¿Es justo que la paz mundial esté a cargo de las cinco potencias que son las principales productoras de armas? Sin despreciar a los narcotraficantes, ¿no es éste también un caso de ‘crimen organizado’? Pero no demandan castigo contra los amos del mundo los clamores de quienes exigen, en todas partes, la pena de muerte. Faltaba más. Los clamores claman contra los asesinos que usan navajas, no contra los que usan misiles. Y uno se pregunta: ya que esos justicieros están tan locos de ganas de matar, ¿por qué no exigen la pena de muerte contra la injusticia social? ¿Es justo un mundo que cada minuto destina tres millones de dólares a los gastos militares, mientras cada minuto mueren quince niños por hambre o enfermedad curable? ¿Contra quién se arma, hasta los dientes, la llamada comunidad internacional? ¿Contra la pobreza o contra los pobres? ¿Por qué los fervorosos de la pena capital no exigen la pena de muerte contra los valores de la sociedad de consumo, que cotidianamente atentan contra la seguridad pública? ¿O acaso no invita al crimen el bombardeo de la publicidad que aturde a millones y millones de jóvenes desempleados, o mal pagados, repitiéndoles noche y día que ser es tener, tener un automóvil, tener zapatos de marca, tener, tener, y quien no tiene, no es? ¿Y por qué no se implanta la pena de muerte contra la muerte? El mundo está organizado al servicio de la muerte. ¿O no fabrica muerte la industria militar, que devora la mayor parte de nuestros recursos y buena parte de nuestras energías? Los amos del mundo sólo condenan la violencia cuando la ejercen otros. Y este monopolio de la violencia se traduce en un hecho inexplicable para los extraterrestres, y también insoportable para los terrestres que todavía queremos, contra toda evidencia, sobrevivir: los humanos somos los únicos animales especializados en el exterminio mutuo, y hemos desarrollado una tecnología de la destrucción que está aniquilando, de paso, al planeta y a todos sus habitantes. Esa tecnología se alimenta del miedo. Es el miedo quien fabrica los enemigos que justifican el derroche militar y policial. Y en tren de implantar la pena de muerte, ¿qué tal si condenamos a muerte al miedo? ¿No sería sano acabar con esta dictadura universal de los asustadores profesionales? Los sembradores de pánicos nos condenan a la soledad, nos prohíben la solidaridad: sálvese quien pueda, aplastaos los unos a los otros, el prójimo es siempre un peligro que acecha, ojo, mucho cuidado, éste te robará, aquél te violará, ese cochecito de bebé esconde una bomba musulmana y si esa mujer te mira, esa vecina de aspecto inocente, es seguro que te contagia la peste porcina. En el mundo al revés, dan miedo hasta los más elementales actos de justicia y sentido común. Cuando el presidente Evo Morales inició la refundación de Bolivia, para que este país de mayoría indígena dejara de tener vergüenza de mirarse al espejo, provocó pánico. Este desafío era catastrófico desde el punto de vista del orden racista tradicional, que decía ser el único orden posible: Evo era, traía el caos y la violencia, y por su culpa la unidad nacional iba a estallar, rota en pedazos. Y cuando el presidente ecuatoriano Correa anunció que se negaba a pagar las deudas no legítimas, la noticia produjo terror en el mundo financiero y el Ecuador fue amenazado con terribles castigos, por estar dando tan mal ejemplo. Si las dictaduras militares y los políticos ladrones han sido siempre mimados por la banca internacional, ¿no nos hemos acostumbrado ya a aceptar como fatalidad del destino que el pueblo pague el garrote que lo golpea y la codicia que lo saquea? Pero, ¿será que han sido divorciados para siempre jamás el sentido común y la justicia? ¿No nacieron para caminar juntos, bien pegaditos, el sentido común y la justicia? ¿No es de sentido común, y también de justicia, ese lema de las feministas que dicen que si nosotros, los machos, quedáramos embarazados, el aborto sería libre? ¿Por qué no se legaliza el derecho al aborto? ¿Será porque entonces dejaría de ser el privilegio de las mujeres que pueden pagarlo y de los médicos que pueden cobrarlo? Lo mismo ocurre con otro escandaloso caso de negación de la justicia y el sentido común: ¿por qué no se legaliza la droga? ¿Acaso no es, como el aborto, un tema de salud pública? Y el país que más drogadictos contiene, ¿qué autoridad moral tiene para condenar a quienes abastecen su demanda? ¿Y por qué los grandes medios de comunicación, tan consagrados a la guerra contra el flagelo de la droga, jamás dicen que proviene de Afganistán casi toda la heroína que se consume en el mundo? ¿Quién manda en Afganistán? ¿No es ese un país militarmente ocupado por el mesiánico país que se atribuye la misión de salvarnos a todos? ¿Por qué no se legalizan las drogas de una buena vez? ¿No será porque brindan el mejor pretexto para las invasiones militares, además de brindar las más jugosas ganancias a los grandes bancos que en las noches trabajan como lavanderías? Ahora el mundo está triste porque se venden menos autos. Una de las consecuencias de la crisis mundial es la caída de la próspera industria del automóvil. Si tuviéramos algún resto de sentido común, y alguito de sentido de la justicia ¿no tendríamos que celebrar esa buena noticia? ¿O acaso la disminución de los automóviles no es una buena noticia, desde el punto de vista de la naturaleza, que estará un poquito menos envenenada, y de los peatones, que morirán un poquito menos? Según Lewis Carroll, la Reina explicó a Alicia cómo funciona la justicia en el país de las maravillas: —Ahí lo tienes —dijo la Reina—. Está encerrado en la cárcel, cumpliendo su condena; pero el juicio no empezará hasta el próximo miércoles. Y por supuesto, el crimen será cometido al final. En El Salvador, el arzobispo Óscar Arnulfo Romero comprobó que la justicia, como la serpiente, sólo muerde a los descalzos. El murió a balazos, por denunciar que en su país los descalzos nacían de antemano condenados, por delito de nacimiento. El resultado de las recientes elecciones en El Salvador, ¿no es de alguna manera un homenaje? ¿Un homenaje al arzobispo Romero y a los miles que como él murieron luchando por una justicia justa en el reino de la injusticia? A veces terminan mal las historias de la Historia; pero ella, la Historia, no termina. Cuando dice adiós, dice hasta luego”.

sábado, mayo 02, 2009

Epidemia en Las venas



Hace dos semanas, cuando todavía no sospechábamos que una epidemia nos iba a regalar bastantes horas para leer y, de reojo, para ver y oír los noticieros cada vez más enredados con las cifras de la influenza, vimos y leímos las noticias sobre la V Cumbre de las Américas celebrada en Puerto España, capital de Trinidad y Tobago. Como siempre, un detalle pintoresco le robó cámara a lo nodal, pero ese hecho mínimo, anecdótico si queremos, no dejó de tener su fleco simbólico y trascendente. El polémico Hugo Chávez tuvo la ocurrencia de regalarle Las venas abiertas de América Latina (1971) a Barak Obama. Cuando leí la nota pensé que el gesto de Chávez fue muy oportuno, pues aunque hayan pasado casi cuarenta años desde que fue publicada, aquella obra del uruguayo Eduardo Galeano sigue siendo inmejorable para documentar nuestras miserias y la posición periférica que los países de América Latina siguen teniendo en relación a Europa y a los Estados Unidos.
Qué mejor, pues, que enseñarle pruebas al rico de su histórica rapacidad, de sus robos, de sus saqueos, de su inhumana sed de oro. Claro que, dirán algunos, la historia es así: el poderoso triunfa frente el débil, pero no está de más echarle un ojo a esa dinámica cuando el dominador se pavonea en la actualidad de justo, democrático, tolerante, civilizado y rico frente a las sociedades rezagadas y dependientes en las que vivimos. Las venas abiertas de América Latina es un recordatorio puntual, cronológicamente pormenorizado, del proceso depredatorio que durante siglos y hasta le fecha ha permitido empobrecer la realidad de nuestros pueblos para enriquecer a otros, de ahí que nunca sea impertinente su lectura en los círculos más altos de poder, allá donde tradicionalmente son tomadas las decisiones que se apoyan en la paparrucha del destino manifiesto.
El libro de Galeano muestra que las epidemias fueron también útiles para diezmar, sobre todo, a los débiles. Hoy ocurre lo mismo: los grandes problemas de salud, con o son epidemia, con o sin escandalera mediática, los comparten a diario quienes no tienen acceso a servicios médicos privilegiados ni cuentan con un nivel de vida que los aleje de la indigencia. Al contrario, una inmensa minoría de la población mundial goza de mayores expectativas de vida en función no sólo del tratamiento oportuno de sus padecimientos, sino de su nivel de vida. Se podrá argüir que, por ejemplo en el caso mexicano, el Seguro Social, el Issste y todas las demás instancias y programas oficiales del sector, incluido el seguro popular, garantizan el acceso de casi todos a los servicios médicos, pero no es suficiente, pues en el rubro “salud” no sólo entra la infraestructura hospitalaria, el personal, el abasto de medicamentos y el padrón de derechohabientes, sino lo que está al lado del ciudadano en su vida diaria: la alimentación, el desarrollo de sus aptitudes físicas por medio del deporte, la cultura de la nutrición y los servicios públicos relacionados con la salubridad como el drenaje, el control de fauna nociva, el cuidado del agua y la vegetación. Todo eso junto constituye la salud social, no nada más el régimen de vacunas o la disponibilidad de camillas.
Galeano muestra en su libro, insisto, que la epidemia es compañera del imperio: “Las bacterias y los virus fueron los aliados más eficaces. Los europeos traían consigo, como plagas bíblicas, la viruela y el tétanos, varias enfermedades pulmonares, intestinales y venéreas, el tracoma, el tifus, la lepra, la fiebre amarilla, las caries que pudrían las bocas. La viruela fue la primera en aparecer (…) Los indios morían como moscas; sus organismos no oponían defensas ante las enfermedades nuevas. Y los que sobrevivían quedaban debilitados e inútiles”. Por eso, insisto, la salud pública ocupa un contexto más amplio y de larga duración. La enfermedad multiplicada y mal atendida tiene vínculos directos con apetitos económicos y turbiedades políticas que nunca debemos invisibilizar.