sábado, septiembre 05, 2026
Presentación de Luces en el polvo
sábado, agosto 22, 2026
Tiempos todavía más recios
No
recuerdo bien quién dijo —¿Verbitsky?— que le parecía curioso el caso de Mario
Vargas Llosa (Arequipa, Perú, 1936-Lima, 2025), escritor que andaba por la vida
como ultraliberal y armaba novelas no tan radicales, incluso con cierto añejo
tufillo progre. No es, claro, para
tanto. De los ochenta en adelante, la obra narrativa del peruano no
desaprovechó la ocasión para expresar, por medio de ficciones, lo anómalo del
pensamiento zurdo, lo utópico y hasta risible de cualquier ideología
colectivista, y tal vez sea Historia de
Mayta (1984) su resumen del desastre individual y masivo en el que
inexorablemente desemboca la izquierda aquí y en cualquier parte, según su muy
conocida opinión.
Traigo
a Vargas Llosa por una razón de actualidad: el avance de la derecha en el
contexto de América Latina y la más que evidente influencia norteamericana en
el armado de varios poderes regionales de derecha, como los de Fujimori, el
invasor de embajadas Noboa, Kast, el flamingo pero dizque tigre De la Espriella
y por supuesto Milei, figura señera del entreguismo al amo del norte, tanto así
que Peter Lamelas (sic), embajador de
EUA en la Argentina, tiene una injerencia explícita y toral en el gobierno del
Peluca, como lo demostró hace poco al prohibir que una empresa argentina
hiciera compras de tecnología a Huawei de China. En México vivimos hace poco el
escándalo de la balbuceante gobernadora Maru Campos y la presencia de la CIA en
Chihuahua, no menos injerencista que en cualquier otra zona de Latinoamérica.
Las
frecuentes apariciones noticiosas de embajadores y operadores me llevaron a
recordar Tiempos recios (2019),
novela en la que Vargas Llosa abordó “desde la ficción” el desplome de la
presidencia de Jacobo Árbenz Guzmán (Quetzaltenango, 1913-Ciudad de México,
1971) en Guatemala. Claro, el escritor de Arequipa no la urdió para desagraviar al comunista Árbenz, pues a su
parecer (que comparto) no era ideológicamente tal, sino, a lo mucho, un
socialdemócrata que al impulsar unas cuantas reformas (como la agraria) terminó
por firmar su sentencia de derrocamiento.
Árbenz,
quien llegó al poder de Guatemala por la vía electoral y gobernó de 1950 a 1954,
le sirvió a Vargas Llosa para ilustrar la brutalidad norteamericana en la
defensa de sus intereses económicos en Centroamérica, particularmente los de la
United Fruit, empresa que para empezar tenía la ventaja de no pagar impuestos
en las repúblicas donde se estableció, a las que luego ellos motejarían, no sin
malagradecimiento, “bananeras”.
Vargas
Llosa recuerda en Tiempos recios una
etapa de la historia norteamericana, el macartismo (llamado así por el apellido
del senador ultranticomunista Joseph McCarthy) que en el arranque de los
cincuenta se caracterizó por la acusación/persecución de cualquier sospechado,
real o sobre todo ficticio, de comunismo o de nexos con la Unión Soviética. En
tal sospechosa sospecha cayó el gobierno de Árbenz: la embajada de EUA,
representada por John Peurifoy, y la CIA, lo acusaron de tratos con la URSS y
muy rápidamente minaron su gobernabilidad al auspiciar mercenarios encabezados
por Carlos Castillo Armas y entrenados en Honduras y Nicaragua. Pese a que
Árbenz negó toda filiación de su gobierno con el comunismo, la suerte ya había
sido echada en Washington y en los medios de prensa norteamericanos: debía
caer, y cayó el 27 de junio de 1954, como bien lo sabemos.
El
relato de Vargas Llosa, enemigo de todo comunismo cuando lo escribió, no deja
dudas sobre la participación de los EUA en Guatemala, pues inventó el bulo del prosovietismo
arbencista para derrumbarlo. Lo curioso es que, en entrevistas ulteriores, el
autor peruano señaló la caída de Árbenz como motorizadora del radicalismo izquierdista
de finales de los cincuenta y todos los sesenta, y como ejemplo puso a Cuba:
para no pasar las calamidades de Árbenz, Fidel y los suyos mutaron a explícitos
comunistas antes de que los tildaran de comunistas sin serlo, y a partir de
allí acosarlos y talarlos como ocurrió poco antes en Guatemala.
Tiempos recios es una novela voluminosa y tiene muchas más aristas y personajes, como el dictador Rafael Leónidas Trujillo y su asesino de cabecera, Johnny Abbes García, además del enigmático personaje de Marta Borrero Parra, testigo de casi todos los recovecos de esta vidriosa historia. Pero lo fundamental es que un representante dilecto del liberalismo, Mario Vargas Llosa, no deja dudas sobre la injerencia descarada de embajadores y espías norteamericanos a la hora de manipular asensos y caídas en América Latina, lo que ahora seguimos presenciando como rehidratado macartismo. Todo con un agravante: que hoy el neomacartismo se expresa a cielo abierto, a la vista de quien quiera verlo. Quizá los tiempos actuales son, por ello, todavía más recios, si esto es posible.
sábado, noviembre 02, 2024
Amores de Zapata
Solemos
imaginar a los héroes político-militares siempre en calidad de héroes, en
permanente trance justiciero, es decir, entregados a sus buenas o malas causas
las 24 horas del día. Quizá esto se debe a que la categoría de las personas que
han llegado al bronce de la plaza pública no admite, ante la mirada del pueblo
llano, las ordinarieces de la vida cotidiana, como comer, dormir, hacer del dos
o regodearse salivosamente en las alcobas. Muchas biografías dan cuenta de
miles de detalles vinculados con las andanzas públicas de los próceres, pero no
tantas son las que exploran los pliegues menos evidentes de sus vidas.
Esta
laguna también puede deberse a un rasgo del comportamiento humano que fue
característico hasta hace poco: la defensa de la intimidad. En efecto, las
personas separaban muy bien los espacios de lo público y de lo privado, de
suerte que lo segundo permanecía oculto, no se compartía sino muy escasamente.
Hoy, en la era de las redes sociales, esto cambió de manera radical: lo privado
se enfatiza al grado de convertirnos en delatores seriales de nosotros mismos,
todo por la limosna de los likes que
nos permiten comprobar que existimos y somos aceptados en la sociedad (digital).
Antes
lo privado quedaba oculto y se cuidaba hasta la muerte, lo que movía las
palancas del chisme y del infundio. Cualquier error —una infidelidad, por
ejemplo— se pagaba caro en el mundillo comunitario, más cuando era pequeño. De
ahí viene la sentenciosa frase “pueblo chico, infierno grande”, donde por
“infierno” debemos entender “habladuría”, “cotilleo” a expensas del prójimo. En
este caldo se movieron los héroes, así que son escasas las andanzas privadas de
las que ha quedado huella documental, vacío que por otro lado aprovecha la
novela histórica para dar densidad a lo narrado.
El
libro Las compañeras de Zapata
(Crítica, México, 178 pp.), de Felipe Ávila Espinosa, es un notable ejemplo de
investigación abocada a explorar lo que en general ha sido tema secundario. En este
caso, la vida amorosa —amorosa en el sentido espiritual y físico del adjetivo—
de Emiliano Zapata Salazar, uno de los iconos indiscutidos de la Revolución
Mexicana. Sin olvidar el marco de fondo, es decir, el quehacer político del
líder morelense y las circunstancias sociales que lo rodeaban, el investigador
focaliza su mirada en la promesa del título: los amoríos del caudillo
consumados en matrimonio o arrejunte.
No era Zapata, por lo que se lee, un tipo ajeno a los placeres de la carne. Dueño de un carisma poderoso, de ánimo cordial y porte físico espectacular, no faltaron en su vida los encuentros carnales. Debemos, claro, ubicarnos en su contexto: los hombres de aquel tiempo no se ponían muchas trabas para foguearse (esta palabra tiene un significado ígneo) con las mujeres que quedaban a su alcance, más cuando el tipo disponible tenía atributos de pudiente en todos los sentidos. Zapata era joven, buen mozo, vestía bien, montaba a caballo con maestría, lideraba una causa, y todo esto hacía imposible que fuera soslayado por muchas de las mujeres con las que trabó contacto. Por esto no puedo no pensar en la reticencia de la palabra "compañeras" y no "mujeres" en el título, esto para mitigar, un tanto anacrónicamente, la posible y poco bienvenida atribución de donjuanismo al guerrillero prócer.
Felipe
Ávila, autor de este libro, es sociólogo por la UNAM y doctor en Historia por
El Colegio de México. Es autor de El
pensamiento económico, poltíco y social de la Convención de Aguascalientes;
Los orígenes del zapatismo, Entre el Porfriato y la Revolución. El gobierno
interino de Francisco León de la Barra; Las
corrientes revolucionarias y la
Soberana Convención; Breve historia
del zapatismo (2018), Emiliano Zapata.
La lucha por la tierra, la justicia y la libertad (2019); Breve historia de la Revolución Mexicana
(en coautoría con Pedro Salmerón, 2017) y Carranza:
constructor del Estado Mexicano (2020). Es profesor de Historia del Sistema
de Universidad Abierta de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y
miembro del Sistema Nacional de Investigadores.
Además
de los apartados introductorios, Las
compañeras de Zapata (por cierto, libro pulcramente editado) contiene seis capítulos y un epílogo. Los tres
primeros trancos se refieren, en orden cronológico, a las tres mujeres de
quienes ha quedado buen registro documental como compañeras del revolucionario
nacido en Anenecuilco hacia 1879. Ellas son Inés Alfaro Aguilar, “su primera
compañera”; Josefa Espejo, “su esposa”; y Gregoria Zúñiga, “a la que más quiso”.
Luego vienen tres capítulos titulados “Goyita y la muerte de Zapata”, “Petra
Portillo” y “Otras compañeras de Emiliano”, además del epílogo.
Al
inicio, el autor explica sobre Zapata que “Su imagen se ha vuelto un ícono de
la cultura popular. Su figura está por doquier, en pinturas de artistas
célebres, en monumentos y estatuas, en centenares de fotografías y decenas de
videos. Su nombre lo llevan colonias, calles, escuelas, ejidos, estaciones de
transporte público, organizaciones campesinas y populares. Sin embargo, sabemos
poco sobre la vida privada de Zapata: ¿cómo era con sus compañeras y con las
mujeres con las que tuvo hijos, con su familia, con sus amigos y compañeros
guerrilleros? Este libro es un primer acercamiento a ese Zapata terrenal, más
íntimo, más privado, a través de los testimonios de quienes compartieron parte
de su vida con él”.
Para
construir su acercamiento, Ávila Espinosa recurre a entrevistas directas
con algunas de las mujeres que sobrevivieron al líder tras su asesinato en la
emboscada tendida contra él en la hacienda de Chinameca, esto el 10 de abril de
1919. Los diálogos son parte de archivos públicos, no del propio autor con las
protagonistas. La reconstrucción de la vida cotidiana en la que se movió Zapata
con su ejército tiene, por ello, marcados tintes de oralidad, como en este
pasaje salpicado de abundantes nahuatlismos, y así casi todo lo citado in extenso dentro del libro: “Del lado izquierdo del corredor estaba la cocina y
también del lado izquierdo de la puerta de esta se encontraba en el interior el
tlecuil o fogón sobre el que se colocaba el comal de barro para hacer las
tortillas, el tazcal para guardarlas y los tenamaztles, que son tres piedras
colocadas de modo que puedan ponerse sobre ellas las ollas al fuego; una tinaja
grande para agua, el metate, el molcajete y, colgando del techo, un garabato de
madera en donde siempre tenían carne seca o longaniza”.
No
se percibe en las declaraciones un mal recuerdo de Zapata, ni en lo sentimental
ni en lo político. De hecho, su ruptura con Madero —quien fue padrino en su
primera boda— fue más consecuencia de los enemigos que mediaron entre ellos que
de ellos mismos: “La relación entre Madero y Zapata fue compleja. Los dos eran
hombres sinceros, bienintencionados y preocupados por el bienestar de los
demás. Había una simpatía y un respeto mutuos. No obstante, representaban
mundos diferentes. Zapata era un campesino del centro sur de México,
representante de una cultura tradicional de apego a la tierra y a sus
comunidades. La tierra era un medio para obtener el sustento diario, no para
acumular riqueza. Madero era un próspero hacendado norteño, miembro de una de
las familias más ricas del norte del país, con una visión de la agricultura
como empresa productiva, tecnificada y comercial”.
En los sobresaltos de la lucha revolucionaria que a la postre lo convertiría en leyenda, Zapata se dio tiempo para amar con cuerpo y alma. Ingresar a este sector de su biografía es humanizarlo, es regresarlo a su complejidad, es fundir su bronce para convertirlo en carne y hueso, es perfilarlo tan acertado y falible como cualquier otro ser humano.
miércoles, octubre 23, 2024
Un Breviario siempre útil
Todos
los libros envejecen, todos pierden con el tiempo la frescura que alguna vez
pudieron tener. No me refiero a su condición de objetos, que en este caso el
decaimiento es obvio, sino a un flanco menos evidente: el del deterioro de su
contenido. Se dirá, no sin razón, que algunos libros literarios mantienen el
vigor de su poder persuasivo, y será parcialmente verdad, pues esto ocurre con
los clásicos que sin embargo son, lamentablemente, cada vez menos visitados.
Todos los libros envejecen en tanto objetos y en tanto depósitos del espíritu
humano.
Los
didácticos acusan especialmente el daño impuesto por el paso del tiempo, pues
es tan grande la acumulación de conocimientos que a veces un libro escolar o técnico
de hace cinco años hoy ya es obsoleto, a veces mero papel impreso. Todo esto
pensaba sobre obras como la Introducción
a las doctrinas político-económicas (FCE, México, 1956, 202 pp.), de Walter
Montenegro (1912-1991), pero al reabrirlo para preparar una clase me dejó ver
que sigue siendo útil pese a la acumulación de tantas décadas sobre sus hombros
de papel.
Boliviano,
Montenegro fue escritor, periodista y diplomático, y a mediados de los
cincuenta el Fondo publicó su Introducción…
en la colección Breviarios, número 122. Su éxito ha sido tal que a la primera
edición se sucedieron otras tres, la última de 2019, y no sé cuántas
reimpresiones. Esto significa que ha sido un libro útil, un caso asombroso de
perdurabilidad si reparamos en su índole.
Varios
de sus párrafos, sobre todo los que ofrecen datos estadísticos que en su
momento fueron actuales, ya no nos dicen mucho, pero queda la descripción
rápida y puntual de las “doctrinas” que el autor revisa. Es, como ya dije, un
libro didáctico, como todos o casi todos los Breviarios. Luego de un primer
capítulo titulado “El fenómeno político”, Montenegro define y describe de
manera clara y general once doctrinas, y para lograrlo más acabadamente trata
de ubicar los rasgos de cada una en la historia, en el tiempo y el lugar donde
mejor quedaron expresadas. Entre otras están el liberalismo, el socialismo
utópico, el cooperativismo, el comunismo, el anarquismo, el fascismo y el
nazismo. Es pues lo que supone su título: una buena introducción.
En un tiempo de desdén al conocimiento de la historia política, este libro sigue siendo valioso para quienes todavía tienen curiosidad por conocer las distintas formas de pensar al Estado y por entender cómo llegamos al capitalismo salvaje en el que hoy vivimos. En este valioso librito está o puede estar, transparente, una parte de la compleja explicación.
sábado, octubre 12, 2024
Revisita a la colección Lobo Rampante
Hoy coincide la salida de esta columna con el cumpleaños 74 de mi amigo Sergio Antonio Corona Páez, quien murió en 2017. Para recordarlo —aunque no pasa semana sin que lo tenga presente de algún modo—, traigo esta reseña general de un proyecto que emprendimos juntos, él como investigador y coordinador, y yo como editor. Nunca publiqué este comentario múltiple, y no sé por qué lo tenía extraviado en mis papeles. Supongo que la escribí hace veinte años, pero es inédito. Sólo lo actualicé un poco. Va.
El Archivo Histórico Juan Agustín de Espinoza de la Universidad Iberoamericana de Torreón, Coahuila, México, publicó hace varios años la colección Lobo Rampante, serie de siete cuadernillos que buscó difundir parte de los documentos que obran en su repositorio. El nombre de la colección obedeció a que los textos introducidos y anotados por especialistas fueron generados en el Antiguo Régimen, particularmente en la etapa colonial del norte mexicano dentro del inmenso territorio llamado Nueva Vizcaya que según el historiador Vito Alessio Robles ocupaba los actuales estados mexicanos de Sinaloa, Sonora, Durango, Chihuahua y el sur de Coahuila. A continuación traigo un brevísimo comentario sobre cada título.
El vino en la
Nueva Vizcaya
Una disputa vitivinícola en
Parras (1679)
vislumbra el interés que puede nacer en ciertos
círculos académicos, europeos la mayoría, por las cosas de la colonia
neovizcaína, más si se vinculan con la exploración directa de los testimonios que
dan cuenta del esplendor vitivinícola que caracterizó a Santa María de las
Parras.
Una disputa... es un testimonio irrefutable del peso que tuvo la cultura del vino en esta zona de Coahuila, y su valor como documento quedará constatado con la recepción que le hagan los estudiosos de la vitivinicultura en el mundo. Quizá gracias a esta plaquette, Santa María de las Parras pueda ser redimensionada como objeto de estudio, ya que hasta el momento no se ha dado a la luz el enorme arsenal de piezas que conforman el rompecabezas de la vitivinicultura neovizcaína.
Censo y estadística de Parras, La Laguna en el nacimiento de México
Dos asombros me asaltaron cuando vi
por primera vez el original del cuadro estadístico que da cuenta de la vida
parrense en 1825: uno, la aparente ininteligibilidad del documento y, dos, la
vocación que movió a José Ignacio Mijares para tomar nota del clima, la geografía,
la producción y el estado demográfico que guardaba el actual sur de Coahuila
cuando alboreaba el nacimiento del México republicano.
Basta
asomarse al documento original para comprender la razón de esa perplejidad.
Compuesto por siete fojas, el manuscrito de Mijares —a la sazón presidente de
la jurisdicción de Parras en 1825— es legible en sus secciones de texto corrido,
pero es francamente intrincado en el folio inicial que corresponde al
cuadro-resumen estadístico. En total, el documento está fragmentado en 53
secciones, cada una de las cuales se ocupa de examinar una peculiaridad del
mundo parrense. Hasta el carácter y el temperamento de los lugareños, desde la
óptica del observador Mijares, encuentra albergue en el antedicho documento,
sobre todo en aquel pasaje donde se apunta que, entre otras virtudes, los
habitantes del Partido censado son “patricios, generosos, rectos, valerosos...”
Durante los 28 años que demandó la edificación del censo, Parras y sus alrededores mostraron hacia principios del siglo antepasado —el xix— que ese ámbito se caracterizaba por la diversidad, por la heterogénea convivencia de hombres y mujeres dedicados al trabajo en condiciones casi siempre desfavorables. El anonimato de aquellos pobladores no implica que hoy sea ignorada su valiosa contribución al desarrollo del sur de Coahuila y del norte de México. He aquí el valor que guardan los rescates documentales y la difusión, en su formato de libro y en otros soportes, de todas aquellas obras que nos pueden hablar sobre el pasado de una región a la que todavía le quedan muchísimas palabras por decir.
Gerónimo Camargo..., novela
encontrada en un manuscrito
Hay que comenzar esta recensión con
un par de preguntas que parecen necesarias para entender la valía de Gerónimo Camargo, indio coahuileño,
ejemplar número tres de la Colección Lobo Rampante. ¿Por qué la declaración de
Camargo nos parece sumamente atractiva? ¿Qué hace de este documento una pieza
verbal cuya lectura podemos despachar de un perplejo tirón? Las dos preguntas
tienen una sola respuesta: el recurso de la narración, el arte de contar una
aventura con el fin de edificar la ilusión de realidad, eso es lo que provoca
la fascinación en un lector asiduo a la literatura. Como la novela, como el
cuento, como la crónica, como el relato, Gerónimo
Camargo, indio coahuileño es un documento que basa su magnetismo y su
eficacia en la vistosa organización de lo narrado, en el qué y en el cómo de lo
que allí se cuenta.
Gerónimo Camargo... vale por muchas razones, varias de ellas señaladas en el inmejorable pórtico trazado por Carlos Valdés Dávila. Para mí, dada mi indisimulable inclinación por las ficciones, el volumen es de subidos quilates por lo que tiene de literario, de narrativo, de anecdótico. Cuando lo conocí, gracias al paleografiado de Sergio Antonio Corona Páez —quien me advirtió la calidad literaria del documento—, confirmé lo que tantas veces me ha ocurrido: a veces los sucesos del pasado se nos ofrecen como si fueran esqueletos de novelas, borradores de cuentos, materia prima de literatura. Por supuesto esa es una imposición de mi historicidad como lector de narrativa ficcional, pero si me trato de desprender de tal subjetivismo encuentro que, en efecto, la declaración de Camargo es una especie de mininovela picaresca en el desierto coahuilense, una mininovela en la que escuchamos con claridad, casi sin adulteración, la voz de un indio.
Tríptico de Santa María de las Parras, un ejemplo de la crítica de fuentes
Una de las tantas novedades que
enseña la nueva historia es la crítica de fuentes. Tal crítica impide
considerar al documento, a cualquier documento, como texto canónico, como dogma
de fe para iluminar algún predio del pasado, ya que siempre estará latente la
posibilidad de encontrar otros documentos que contradigan a los que en
cualquier momento hayan establecido La Verdad. Por esa razón, quizá no haya
mayor logro para el trabajo histórico que el de aportar testimonios frescos,
documentos que posibilitan una lectura diferente del pasado.
Tríptico de
Santa María de las Parras eso hace. A partir de su publicación, la fuente
de primera mano para explicar el origen, geografía y estado político de esta amplísima
zona del sur coahuilense ya no será la articulada por el padre Agustín de Morfi
y su famoso Viaje de Indios. Ahora,
le corresponde ese mérito al padre Dionisio Gutiérrez, quien más de dos siglos
después pasa a ser restituido como el más autorizado vocero de lo que era Santa
María de las Parras.
Este cuarto ejemplar de la Colección Lobo Rampante coloca al alcance del lector una interesante triada de documentos que, aunque nominalmente se refieren a Parras, en realidad, por su contenido y trascendencia, son relevantes para la historia del sur de Coahuila e incluso para la historiografía (entendida ésta como reflexión crítica sobre la manera de historiar) y la crónica colonial mexicana.
Imagen del
rey en Nueva España
Desde
el triunfo de los liberales, la Colonia mexicana no goza de mucho prestigio
entre los estudiosos de nuestro pasado. Por décadas que ya suman siglos,
nuestra experiencia virreinal ha sido objeto de ninguneos sistemáticos o, a lo sumo,
de menor atención que, por ejemplo, el complejo universo prehispánico o el
proceso revolucionario que echó a tierra el Porfiriato. Todavía sobrevive en
los libros de texto mexicanos la idea de que ese tramo de trescientos años nos
pertenece, sí, pero a regañadientes, como una etapa vergonzosa, como si fuera
nuestra Edad Media. Aun aceptando este prejuicio, la historia académica que
aspire de veras a la seriedad no debe proceder con aprioris de tal naturaleza.
El pasado, por ominoso que parezca, no debe recibir ninguna descalificación,
mucho menos la basada en prejuicios.
Real espejo novohispano. Una lectura de la Monarquía española según documentos del obispado de Durango (1761-1819), contiene nueve manuscritos, hasta ahora inéditos, donde se evidencia que la vida de la dinastía borbónica —nacimientos, decesos, matrimonios y demás—, impactó en la cotidianidad de los habitantes del norte novohispano. Como señala en su introducción el doctor Salvador Bernabéu Albert, investigador de la Escuela de Estudios Hispano-Americanos de Sevilla, España, el interés fundamental suscitado por estos documentos radica en que exponen los mecanismos usados por la corona para dar a conocer las noticias vinculadas al monarca y su familia, lo que a trasmano revela formas de control social y reconocimiento del poder trasatlántico por parte de los súbditos.
Ataque a la misión de Nadadores o el documento como protagonista de la historia
Ataque a la
misión de Nadadores, sexto miembro de la familia Lobo Rampante, asimismo
condensa su contenido en el atinado título; en efecto, se trata aquí de compulsar
un mismo acontecimiento, el ataque a la natatoria misión, a partir de dos documentos
que testimonian ese hecho y ponen en el centro de la escena a don Diego de
Valdés. He allí, en una sola línea, el trazo general de la introducción
trabajada por Valdés Dávila. En ella, basado en el par de testimonios que han
sobrevivido a los siglos, el científico saltillense piensa en el valor del documento
como materia prima del historiador, pero de paso sugiere el ineludible uso de
un tamiz que le permita a la verdad
histórica ser bien cribada en el presente.
El valor capital de Ataque a la misión de Nadadores: dos versiones documentales sobre un
indio cuechale es el de hacernos comprender (a partir de dos viejas
descripciones donde el protagonista es el entrañable Diego de Valdés) la saludable
necesidad de no levantar la mano con tajancia cuando algún documento nos revela
una verdad.
Ataque... contiene un prefacio del doctor Sergio Antonio Corona Páez —paleógrafo por cierto del primer documento sobre don Diego incluido en este volumen—, la introducción del maestro Valdéz Dávila, los dos manuscritos sobre don Diego y un anexo con seis páginas apendiculares pero también esclarecedoras: las etnias registradas en el Libro de entierros de la misión de Nadadores, la lista de los sacerdotes de la misión, un croquis de las misiones franciscanas, otro de Coahuila en 1730 y dos grabados.
Viñedos y vendimias en la Nueva Vizcaya, Parras
como vergel
Un inapreciable aporte al conocimiento de lo que fue el norte mexicano se encuentra contenido en las páginas de Viñedos y vendimias en la Nueva Vizcaya. Los privilegios otorgados a sus cosecheros por la corona española en el siglo XVIII. Con documentación suficiente y con la interpretación más rigurosa, este séptimo volumen de la Colección Lobo Rampante rinde testimonio de la bonanza vitivinícola que durante la Colonia caracterizó la vida de Santa María de las Parras (hoy Parras de la Fuente, en el estado mexicano de Coahuila, México). Como lo explica el doctor Corona Páez, autor del estudio introductorio, y como lo evidencian las pruebas documentales que él ha transcrito y cotejado para el caso, la corona no sólo no prohibió la producción de vinos legítimos en esta parte del imperio español, sino que estimuló su producción y creó con ello, en Parras, una cultura del trabajo asombrosa y peculiar, única por su naturaleza en todo el septentrión novohispano.
Nota. La página de publicaciones de la Ibero Torreón está siendo reconstruida en este momento. Pronto será reabierta y estarán disponibles en PDF, entre muchos otros títulos, los volúmenes de la colección aquí abordada.
sábado, enero 13, 2024
Dos Vientos del Pueblo más
En
las pasadas vacaciones de fin de año fui un par de veces a la librería
Educal de Torreón, sucursal que es parte de la numerosa cadena de librerías paraestatales
del gobierno federal. Está, como sabe cualquier lector lagunero, en el Museo
Arocena por el acceso de la calle Cepeda, no por el de la Juárez. Allí, en
compañía de ese lector irrefrenable que es Gerardo García Muñoz, cuya visita a
su tierra obedece al contacto familiar pero también tiene siempre un costado
bibliográfico, compramos cada cual varios libros y luego pasamos a conversar en
el restaurante aledaño que es parte del mismo Museo. Hay pues allí un tándem
perfecto para los biblioadictos: libros y café.
En
una de las incursiones pesqué dos títulos más de la Colección Vientos del Pueblo
coordinada por Luis Arturo Salmerón en el Fondo de Cultura Económica. No sé
cuántos sumo ahora, pero son muchos del ya abundante catálogo de esa serie
caracterizada por sus altos tirajes, la brevedad de sus ejemplares y su bajo precio. Los que
adquirí no pueden ser dos cuadernillos más distintos, lo que de rebote da idea de
la heterogeneidad de mis intereses: Gustavo
A. Madero (México, 2019) y La cancha.
Dónde los invisibles todavía pueden hacerse visibles (México, 2023) de,
respectivamente, Ignacio Solares (Ciudad Juárez, 1945-Ciudad de México, 2023) y
Eduardo Galeano (Montevideo, 1940-2015).
Dada
su corta cantidad de páginas, rasgo que los hace ser plaquettes, opúsculos o cuadernillos más que libros, los leí en dos
ratos de distinto día, ambos en su correspondiente sentada. No quiero posponer un
énfasis, quizá el que debería ser más subrayado: sus precios; el de Solares, once
pesos; el de Galeano, quince. Por supuesto, estas módicas cantidades tienen la
intención de echar por tierra una de las excusas más esgrimidas para no leer:
que los libros son muy caros. Con esta colección se desbaratan pues dos
pretextos de un solo tirón: el económico y, de paso, el de la falta de tiempo
para leer, pues casi cualquiera tiene poco más de diez pesos libres y asimismo media
hora disponible.
No
me equivoqué al escoger los dos títulos que motivan este apunte: Gustavo A. Madero es un ensayo
biográfico; aborda, claro, la figura del hermano del presidente asesinado tras
el golpe de Estado que terminó en la usurpación de Victoriano Huerta. Con
pasión apenas disimulada y para mí justa, el escritor chihuahuense, por cierto
especialista en el periodo revolucionario, describe la personalidad de Gustavo
Adolfo Madero y la generosa cercanía que, pese a cualquier amenaza, mostró frente
a las turbulencias políticas padecidas por Francisco I. Tal relación tuvo, como
sabemos, uno de los desenlaces más cruentos en la historia de México, el de la
Decena Trágica en el que Gustavo A. padeció la muerte más sádica y miserable de
aquel instante bárbaro. El opúsculo aduna como complemento varias imágenes de la
Fototeca Nacional.
La cancha…
de Galeano acoge cinco piezas extraídas de Cerrado
por fútbol, uno de sus dos libros sobre este deporte (el otro es el más
famoso título latinoamericano relacionado con tal tema: El fútbol a sol y sombra, también con tilde en la “ú” de la palabra
que nosotros pronunciamos “futbol”). Es a veces complicado definir el género de
la escritura dejada por Galeano; para no fallar puedo decir que es una mixtura
de ensayo, artículo, crónica, memoria y relato. La prosa del uruguayo es muy
peculiar, inconfundible, infatigablemente ocupada en mostrar la irracionalidad
del poder y la necesidad de la belleza y la solidaridad, entre otras urgencias.
La plaquette añade el aderezo gráfico
del ilustrador Ricardo Peláez, homónimo del goleador necaxista.
Reitero pues que no hay excusa para eludir estas publicaciones buenas, bonitas y baratas, como plantea un añejo pregón publicitario.
sábado, diciembre 16, 2023
Vicisitudes y presente del sotol
En
el Museo Arocena de Torreón recién fue presentado El sotol. Una historia de árido mestizaje (Gobierno de Coahuila,
2023), libro de Ruth Castro que constituye una pequeña enciclopedia, valga el
oxímoron, sobre el destilado emblemático del pedazo de mundo en el que nos ha
tocado nacer y vivir: el desierto chihuahuense. El volumen es, pues, abarcador,
sumario, y convoca por ello varias disciplinas: botánica, química, antropología,
historia, literatura, economía, entre las más salientes, lo que cuaja en un
acercamiento redondo al objeto de estudio.
El sotol... es resultado de dos periodos de trabajo vinculados a sendas becas del Pacmyc. Su
origen remoto se apoya en un hecho simple y al mismo tiempo poderoso: el amor
que la autora siempre ha tenido por las plantas. Contra la idea generalizada
que las percibe como objetos distantes, Ruth Castro señala que su inquietud
buscó inscribirse en el nuevo paradigma que considera al mundo de las especies
vegetales “no solo como elementos de la naturaleza de los que extraemos los
compuestos biológicamente activos que nos sirven en alimentos, artículos y
medicamentos, sino como seres vivos inteligentes, similares a los humanos en
más de lo que podríamos imaginar, ya que desarrollaron complejas estrategias de
sobrevivencia y poblaron el mundo millones de años antes que nosotros, es
decir, que ellas fueron eslabón indispensable en el proceso de evolución para
que existieran otras formas de vida”.
Así
entonces, el trabajo de la autora indaga en las especies de Dasylirion, nombre científico de la
planta que da origen al sotol. Los doce capítulos que lo componen atraviesan
todas las posibilidades de un viaje por el tema, como “El sotol: un mezcal?”, “El
sotol no es una agavácea”, “Aproximaciones a la vida social del sotol”, “‘Los
mezcales’ en la conquista y colonización de española”, “Siglo XX, entre lo
legal y lo clandestino”, “La planta de sotol, tradición y cultura”, “El proceso
tradicional en la vinata”, “Tradición y nuevos escenarios” y “Sopesar el presente,
imaginar el futuro”. A estos apartados debemos añadir, como parte del aparato
crítico que demanda una buena investigación, el de referencias y el oportuno
glosario preparado por Fernando de la Vara.
Diseñado
con delicadeza por Álvaro Domínguez e ilustrado con imágenes exquisitas que Teresa Hernández Luna trabajó deliberadamente
con el estilo de los manuales de botánica del siglo XIX, El sotol... nace como libro de obligada consulta cuando, a partir de
hoy, alguien desee saber las generalidades de una planta y un producto, el
destilado, cuya descripción ha llegado hasta nosotros gracias al esfuerzo de
Ruth Castro y un equipo que estuvieron a la altura del desafío que implica todo
buceo en las aguas profundas del pasado.
Nota. El sotol. Una historia de árido mestizaje fue presentado el 6 de diciembre de 2023 en el auditorio del Museo Arocena. Participaron Sergio Garza Orellana y la autora. El libro está a la venta en El Astillero Librería, Casa Juárez (Juárez y Degollado, Torreón).
miércoles, marzo 01, 2023
Mi Serch
Hoy recuerdo la partida de Sergio Antonio Corona Páez. Ya
en varias oportunidades he señalado que me unió a él una amistad profunda y
respetuosa, cordial y lúdica. El último de los cuatro adjetivos recién puestos tal
vez podrá desconcertar. Lo entiendo si es así. Quienes lo conocieron de lejos,
sólo por sus notables ensayos históricos como La vitivinicultura en Santa María de las Parras o El País de La Laguna, con toda razón
pueden pensar que el doctor Corona Páez asumió su trabajo de investigación y
escritura con un rigor que le exigía severidad, aislamiento, concentración y
por ello cierto rechazo a la interacción social.
Estos rasgos de su personalidad son ciertos, y a pocas
personas he conocido con su índole, la índole serena de quien todo el tiempo
está metido en la exigente reflexión de ideas que luego habitarán las páginas
de periódicos, revistas y libros. El doctor Corona encaja en esta categoría de
persona, pero debo decir que creo haber sido de los pocos, y quizá el único,
que logró, gracias a la similitud de mi talante con el suyo y a los muchos años
de convivencia laboral en la Ibero Torreón, establecer con él una amistad risueña, llena de permanentes
bromas construidas sobre todo con juegos de palabras.
Aunque al escribir siempre me he referido a él con su
nombre y con su mayor título académico, el de doctor (en Historia), en corto no
era así. No sé por qué ni cuándo comencé a decirle “Serch”, lo que
complementaba con el pronombre posesivo “mi” que encabeza esta columna.
La confianza y la convivencia, pese a su condición de
maestro y erudito, nos llevó pues a las bromas verbales y en algún punto
sucedió lo que más nos enlazó en la complicidad de la risa: entre los dos, sin
querer, “inventamos” un código de comunicación chusco al que denominé, para
beneplácito de mi Serch, “estilo paleográfico”. Dada la especialización de mi
amigo en la lectura y transcripción de documentos originales de la Colonia,
gusto que yo compartía pero sólo como lector de libros y no de fuentes
primarias, comenzamos a hablar cambiando ciertas letras, aquellas que en los
manuscritos eran escritas de acuerdo al uso irregular de la escritura
colonial. Y así hablábamos, con una pronunciación muy marcada de la equis
(“dixo” en lugar de “dijo”), “ch” en lugar de “c” (“charro” en lugar de
“carro”), la “c” en lugar de la “ç” con cedilla (“cabeca” en lugar de “cabeça” con sonido de “zeta”). El
código era arbitrario, burdo, pero nos divertíamos usándolo, y eso hizo
permanente la risa entre nosotros. Al final batallábamos mucho para ponernos
serios y hablar sin “estilo paleográfico”.
Digo lo anterior porque sigo dialogando solo con mi amigo, y es allí, en el terreno de la memoria, donde resurge el código y el recuerdo de mi Serch, amigo y maestro cuya partida lamenté hace, hoy, exactamente seis años.
miércoles, diciembre 07, 2022
Intimidad de las “cartas de llamada”
Entre
los muchos papeles que nos dejó —como su amigo Alfonso Reyes— el erudito
jalisciense José Luis Martínez tenemos algunos relacionados con la Conquista y
la Colonia. El más famoso es, sin duda, la monumental biografía sobre Cortés,
verdadero pozo de información sobre la figura del extremeño que encabezó la
expedición a tierras mexicanas. Otro libro sin duda meritorio es mucho más
pequeño, un ensayo de divulgación que he leído con gratitud: El mundo privado de los emigrantes en Indias
(FCE, 2007, México, 97 pp.).
Su
brevedad permite leerlo en dos sentadas, y a esto ayuda la prosa limpia, sin
aspavientos retóricos, del maestro Martínez. Digo que es un ensayo meritorio
porque gracias a él podemos acceder, como en una amplia glosa, al libro Cartas privadas de emigrantes a Indias,
de Enrique Otte. Lo que hace JLM es recorrer la correspondencia de españoles a
sus parientes en Europa, las “cartas de llamada” de quienes radicaban en
América (las Indias) y se veían forzados por muchas circunstancias a solicitar
el viaje de los suyos a nuestro continente.
El
valor de estas “cartas de llamada” radica en mostrar detalles de la vida
privada de quienes las escribían y enviaban. Si la mayor parte del material
epistolar que obra en los archivos de la conquista y la colonización se refiere
a tratos de carácter comercial y burocrático, las cartas descubiertas y
publicadas por Otte, y comentadas en este libro del Fondo por JLM, son un
corpus documental abundante para configurar una idea de la circunstancia íntima
de los españoles con radicación americana. Son 650 cartas, la mayoría enviadas
desde Nueva España, Perú, Panamá, Potosí y Antillas. La fecha que abrazan va de
1540 a 1616, es decir, cuando ya ha llegado la tercera-cuarta generación de
emigrantes.
JLM
se mete en los entresijos de las cartas y ordena su examen por temas. Por
ejemplo, entre las más numerosas están las de los maridos que solicitan a sus
esposas el viaje a las Indias. También, las de los viejos que desean el brinco de
sus hijos o sobrinos para que les ayuden en la decrepitud y de paso heredarlos.
Los españoles de acá habían hecho fortuna, pero ni así ni con súplicas era fácil
convencer a sus familiares. El viaje en aquellos tiempos era largo y peligroso,
y no cualquiera se animaba a programarlo. Por ello, las “cartas de llamada”,
además de tratar de persuadir a los destinatarios con mimos expresivos y hasta
ruegos, dan instrucciones precisas sobre las providencias que los potenciales viajeros debían tomar
antes de salir de algún pueblito español rumbo a la lejanía de las Indias. Se
da el caso, incluso, de instruir sobre el “matalotaje”, es decir, sobre la
cantidad y la calidad de los alimentos que se debían cargar para sobrevivir a
la travesía atlántica (recordemos que no había embarcaciones de pasajeros, sino
de carga de mercancías, y que en el trayecto no podían parar por chuchulucos en
un Oxxo).
Hago
una cita larga que da idea del tipo de emigrantes asentados en tierras de
América y urgidos de tener cerca a los suyos: “Durante los primeros años de
descubrimientos y conquistas, las oportunidades en las Indias eran para los
aventureros y valientes. Una vez que se fueron consolidando los asentamientos,
se abrió un enorme campo de posibilidades de mejoramiento sobre todo para
quienes trabajaban con sus manos, para los hombres comunes, que dejaban una España
empobrecida. Además de la agricultura y la minería, el comercio fue muy activo
en los primeros años de las colonias, pese a las dificultades del comercio
ultramarino. Y luego llegaron oficiales que encontraron oficiales y artesanos
que encontraron también oportunidades abiertas: cantantes de iglesia,
carreteros, maestros de obras, albañiles, pintores y doradores, sastres,
gorreros, sederos, barberos, azulejeros, cereros, molineros, panaderos, expertos
en batanes o curtidores, cinceladores y torneros. Todos ellos escriben a sus parientes
en España invitándolos a venir a las nuevas tierras y pidiéndoles instrumentos y
materiales para sus especialidades”.
Ellos, sobre todo hombres de trabajo, no nobles ni militares o eclesiásticos, son quienes redactaron las “cartas de llamada”. Lo hacen con sentido práctico, para tener con ellos a sus parientes, pero en el impulso de sus solicitudes no deja de asomar la oreja del sentimiento, la añoranza, el dolor producido por la soledad y u o la tristeza ante la posible negativa del corresponsal. En suma, El mundo privado de los emigrantes en Indias es otro de los buenos libros que nos dejó el prolífico maestro José Luis Martínez.
sábado, junio 25, 2022
Travesía de Laura Orellana
Conocí a Laura Orellana Trinidad hacia 1990, cuando
comencé a dar clases en la Ibero Torreón. No tuvimos mucho trato en aquel
momento, sólo el obligado por la urbanidad dentro del ámbito magisterial en el
que nos movíamos como colegas. Hacia mediados de los noventa formamos parte del
primer grupo que estudió la maestría en Historia impartida en La Laguna por la
Ibero Ciudad de México. Fueron dos años muy importantes para mí, aunque no me
sentía, ni me siento ni me sentiré historiador. Digo que fueron años valiosos
porque allí, entre otras personas a quienes estimo/admiro mucho, estaba Laura.
Coincidir en un aula como compañeros de clase me dejó apreciar mejor sus
virtudes: gran disposición al diálogo, interés por todo el conocimiento
humanístico, disciplina para encarar proyectos y respeto indeclinable a la
opinión/condición de los demás. En las clases que compartí con ella la percibí
como una de las mentes mejor amuebladas para atender la densidad de la teoría y
la filosofía de la historia que recibíamos como alumnos. En aquellos dos años
de condiscipulazgo creo que logramos establecer un trato de amistad y respeto
que se ha mantenido durante décadas.
En medio de las actividades docentes y administrativas desarrolladas
dentro de la Ibero Torreón, Laura prosiguió con su formación de historiadora y
luego de la maestría atravesó con las mejores notas su doctorado, grado que
concluyó con una tesis brillante. Además de la docencia, que nunca ha dejado,
se desempeñó en cargos vinculados con la gestión de la vida académica. Mientras
esto pasaba, no dejó de publicar en la prensa local y en libros de su autoría.
Pese a trabajar en la misma universidad, nos veíamos poco, pero siempre que
coincidíamos me extendía un trato respetuoso e inteligente.
Fue hacia finales de 2017 cuando Laura fue propuesta para
coordinar, además de la investigación institucional, el Archivo Histórico Juan
Agustín de Espinoza, sj, de la misma Ibero Torreón. Junto con esto, mi área, la
editorial, fue fusionada a la de Laura y ella pasó a ser mi superordinada
directa, lo cual no modificó un ápice el trato respetuoso e inteligente de
siempre. Hoy, pues, hacemos equipo en el trabajo, y a la hora de encarar los
proyectos laborales jamás he sentido de su parte algo distinto al compañerismo
y la solidaridad.
Lagunera, Laura es socióloga, maestra
y doctora en Historia por la Ibero Ciudad de México. Académica de tiempo
completo en la Ibero Torreón desde 1990. Actualmente, como dije, es
coordinadora del Centro de Investigaciones Históricas y de la Dirección de
Investigación Institucional. En 2012 fue distinguida con la medalla al Mérito
Académico “David Hernández”. Obtuvo el primer lugar en el certamen nacional de
ensayo Susana San Juan, en 1999. Entre otros, ha publicado Entre lo público y lo privado (Ibero Torreón), Hermila
Galindo, una mujer moderna (Conaculta), Teatro Martínez, patrimonio
de los mexicanos (Fineo) y el libro conmemorativo de los 75 años de la
escuela Carlos Pereyra.
Nació
el 25 de junio de 1962, así que hoy, en su cumpleaños sesenta, me enorgullece
presumirla como compañera de trabajo, como socióloga e historiadora, como
maestra y funcionaria académica, y para mí, principalmente, como amiga.
Felicidades para Laura y muchas gracias por su lúcida amistad.
miércoles, abril 20, 2022
Panorama del mercado mexica
Se ha dicho que Hernán Cortés magnificó lo que sus ojos
vieron en tierra azteca para elevar así el precio de su aventura conquistadora.
Ciertamente esta es una tendencia natural del alma humana: agrandar la
dificultad del obstáculo para aumentar el mérito propio, como cuando a una
amada se le explica, para lograr sus favores, todo lo complicado que ha sido
llegar hasta su puerta con un anillo en la mano. En sus Cartas de relación, Cortés se dirige a Carlos V, lo sabemos, pero
en su mentalidad, todavía movida por resabios medievales, ya hay un hombre picado
por el apetito de gloria individual, un renacentista que desea la trascendencia
de sus obras y su nombre. No es pues exagerado decir que exageró al describir
lo que miraba, pero tampoco pudo ser tanto por una razón simple: él sabía que
no sería el único informante de la conquista, así que debió cuidarse y describir
la realidad, en muchos casos, lo más ceñidamente posible a un criterio
fotográfico.
No han sido pocas las veces en las que he señalado mi
permanente asombro ante el asombro del extremeño frente al mercado mexica. Creo
en las palabras de Cortés porque desde entonces hasta la fecha el Valle de
México es un espacio que concentra servicios y mercaderías sin fin, todas las
que produjo y produce desde siempre nuestro país y ahora más, pues debemos
tomar en cuenta la interacción comercial de todo el globo. El capitán español,
lo imagino, recorrió el espacio del mercado aborigen con preguntas en ristre, y
al primer momento de sosiego, antes de que se traspapelara en su memoria,
escribió sobre lo visto y oído. De este modo dejó a la posteridad un mural como
los de Rivera: exuberantes en detalles, celosos del pormenor. “Tiene
esta cibdad muchas plazas donde hay contino mercado y trato de comprar y
vender. Tiene otra plaza tan grande como dos veces la plaza de la cibdad de
Salamanca toda cercada de portales alderredor donde hay cotidianamente arriba
de sesenta mill ánimas comprando y vendiendo, donde hay todos los géneros de
mercadurías que en todas las tierras se hallan ansí de mantenimientos como de
vestidos, joyas de oro y de plata y de plomo, de latón, de cobre, de estaño, de
piedras, de huesos, de conchas, de caracoles, de plumas”.
Tres
figuras retóricas destacan en esta primera cita: para que el destinatario europeo
se dé una noción de lo que describe a partir de algo conocido, usa la
comparación: “como dos veces la cibdad de Salamanca”; la hipérbole, que de un
plumazo da la idea de totalidad: “hay todos los géneros de mercadurías que en
todas las tierras se hallan”, y la enumeración, que se enseñorea en esta parte
de la crónica para tratar de abrazar cabalmente lo que observa: “joyas de oro y
de plata y de plomo, de latón, de cobre, de estaño, de piedras, de huesos, de
conchas, de caracoles, de plumas”.
Al
caminar un poco más por el mercado, la enumeración como tropo desplaza a la
comparación y la hipérbole, y se convierte en un recurso indispensable de su
pluma: “Véndese cal, piedra labrada y por labrar, adobes, ladrillo, madera
labrada y por labrar de diversas maneras. Hay calle de caza donde venden todos
los linajes de aves que hay en la tierra, así como gallinas, perdices,
codornices, lavancos, dorales, zarcetas, tórtolas, palomas, pajaritos en
cañuela, papagayos, buharros, águilas, falcones, gavilanes y cernícalos. Y de
algunas destas aves de rapiña venden los cueros con su pluma y cabezas y pico y
uñas. Venden conejos, liebres, venados y perros pequeños que crían para comer,
castrados. Hay calle de herbolarios donde hay todas las raíces y hierbas
medecinales que en la tierra se hallan. Hay casas como de boticarios donde se
venden las medecinas hechas, ansí potables como ungüentos y emplastos”.
La
enumeración es, claro, más amplia, y cuando Cortés ya no da más, vuelve a la
hipérbole con flecos de síntesis: “Finalmente, que en los dichos mercados se
venden todas las cosas cuantas se hallan en toda la tierra, que demás de las
que he dicho son tantas y de tantas calidades que por la prolijidad y por no me
ocurrir tantas a la memoria y aun por no saber poner los nombres no las expreso”.
Como se puede apreciar, nuestra tierra, en/por sus mercados, fue siempre una cornucopia; para Cortés y para quien la haya mirado desde hace 500 años a la fecha.
miércoles, agosto 18, 2021
Confluencia inexorable
El 13 de agosto de 1521, hace 500 años, es marcado en los
calendarios como el de la Caída de México-Tenochtitlan. Bien sabemos que en los
extremos del debate sobre este acontecimiento se encuentran quienes sostienen
que se trató de un atropello europeo, particularmente español, en tierra hoy
mexicana, y, en la otra orilla de la discordia, quienes arguyen que con el triunfo de Cortés y
sus aliados llegó la civilización a este bárbaro pedazo del planeta. No voy a
sumarme ni siquiera un poco a la defensa de una posición o de otra, pues, como
sucede con toda polémica de este tipo, es decir, jalada hacia los polos del
blanco o del negro, en medio tiene grises que tal vez puedan ayudar a
comprender mejor aquel convulso pasado.
Para comenzar, la llegada de los europeos a
México-Tenochtitlan era, desde el 12 de octubre de 1492, un hecho inexorable.
Desde que Colón avistó Guanahaní comenzó el choque entre las culturas
americanas y las culturas europeas. Nótese que digo “culturas”, en plural, y no
“cultura”, como suele decirse, pues es evidente que no podemos pensar en
civilizaciones uniformes puestas en conflicto, sino en una diversidad amplia y
compleja de grados de desarrollo y más aún de personalidades individuales. Así
como no todos los europeos que llegaron a (lo que después sería llamada)
América no eran idénticos en términos de profesión, región, lengua,
temperamento y ambición, igual los indígenas: no eran lo mismo las muy
elementales tribus que habitaban el Caribe comparadas con las comunidades
verdaderamente desarrolladas de Mesoamérica, la península de Yucatán o el
imperio inca. Como en Europa, había de todo por acá.
Y de todo también en términos de personalidad individual.
En todos lados ha habido, hay y habrá sujetos ambiciosos y despiadados como
Nuño de Guzmán, pero también, afortunadamente, individuos como fray Bernardino
de Sahagún. Esto significa que no todo lo que llegó de Europa fue espada fuera
de su vaina, ni todo lo que había por acá era indígena de buen corazón. La
realidad, por diversa, ofrecía tipos humanos de muy distintas condiciones, de
ahí que no sea viable proceder, al vislumbrar el pasado, con un rasero
maniqueo.
Hace 500 años, ni en México-Tenochtitlan ni en ninguna
parte del planeta se procedía con demasiada diplomacia cuando de conquistar se
trataba. Las guerras y la destrucción del otro eran la norma, y todavía hoy,
con la ONU y muchas otras organizaciones internacionales en primera fila, la
guerra se enseñorea como factor de cambio político. Los europeos, los españoles
que llegaron a Veracruz en 1519 tenían pues en la cabeza explícitos planes de
conquista. La guerra era inevitable o inexorable, como ya dije arriba, así que pensar
que debían pensar como nosotros es un anacronismo. El capitán de las huestes
españolas, Hernán Cortés, supo sacar provecho de la rivalidad entre los mexicas
y los pueblos aledaños a México-Tenochtitlan, y con una táctica de alianzas,
obra maestra de la ingeniería política, hirió relativamente rápido el corazón
del imperio azteca.
A diferencia de otros proyectos de conquista, por lo
general arrasadores, el de Cortés tuvo como dinamo, gracias a él, un propósito de
mestizaje. No sin traumatismos, y la prueba de que aquello funcionó somos
nosotros, los actuales mexicanos heredamos mayoritariamente, dicho en trazo
grueso, dos culturas. La historia oficial nos ha machacado sistemáticamente que
debemos rechazar el flanco hispánico, pero esa es una aspiración imposible de consumar,
es decir, no podemos evitar la porción de sangre española en nuestras venas, sangre
que es sinécdoque de todo lo español que no podemos extirpar. Tampoco podemos
negar, sería una necedad, toda la riqueza de lo indígena que recibimos, acaso el
componente que más nos singulariza hoy como nación.
Ante la legión de defensores y detractores de la
conquista —una polémica ideal para guerrear en las redes sociales—, creo que lo
mejor es asumir una postura reflexiva que trate de indagar en el pasado con
menos acaloramiento y más serenidad, como de hecho ocurre en las aproximaciones
a la figura de Cortés emprendidas por el francés Christian Duverger en Hernán Cortés. La espada (Taurus, México,
2019, 509 pp.) y en el ya clásico Hernán
Cortés (FCE, México, 2021, 775 pp.) de nuestro José Luis Martínez, obras
monumentales que con documentos en la mano plantean/replantean que en la
conquista hubo más, mucho más que buenos y malos.
Por último, y aunque no sea necesario expresarlo, desde hace mucho estoy bien instalado en mi condición de mestizo, en mi ser indígena-español al mismo tiempo. Mal haría si no, pues, aunque la negara, tal confluencia estaría en mí definitiva, inexorablemente, así que creo es mejor asumirla y comprenderla.
miércoles, julio 14, 2021
Historias de Tello Díaz
Cuatro
largas historias componen Historias del
olvido (Cal y Arena, México, 1998, 156 pp.), de Carlos Tello Díaz. La
semblanza resumida del autor disponible en la Enciclopedia de literatura en
México anota, entre otros ítems, que nació
en Cambridge, Gran Bretaña, el 13 de febrero de 1962. Es narrador, ensayista y
cronista. Estudió Filosofía y Letras en el Balliol College de la Universidad de
Oxford, y Relaciones Internacionales en el Trinity College de la Universidad de
Cambridge. Ha sido investigador y profesor en las universidades de Cambridge
(1998), Harvard (2000) y La Sorbona. Director de la revista Arcana. Colaborador de El Financiero, Reforma y Revista de la Universidad de México.
Obtuvo el Egerton Prize 1979 y la Medalla Alonso de León al Mérito
Histórico. Premio Mazatlán de Literatura 2016 por Porfirio Díaz, su vida y su tiempo. Aparte, no sobra señalar que es hijo de
Carlos Tello Macías, exfuncionario del gobierno federal que entre otros cargos
fue secretario de Programación y Presupuesto y embajador de México en varios
países.
He
atravesado con placer las páginas de Historias
del olvido por la tersura de la prosa, en primer término, y por el
exuberante fondo documental que soporta cada pieza. Como observé al principio,
son cuatro historias de extensión amplia, en promedio de cuarenta páginas cada
una, todas ellas muy interesantes porque reconstruyen el contexto, descrito con
densidad, en el que se movieron personajes casi sepultados por el olvido. La
tarea del biógrafo, en este caso, ha sido rescatar vidas que dejaron huellas
documentales no muy notorias, pero suficientes para urdir relatos impregnados
de tragedia.
En
“La pasión de José Rovira”, Tello Díaz dibuja la vida de ese tal Rovira que en
el siglo XIX vio imposibilitada la consumación de su amor con Rosario Casasús debido
a que en principio, joven todavía, él se había vinculado con la iglesia como
diácono. Enamorado, trató de llegar al alto clero de Roma para anular su
compromiso eclesiástico, pero la vida se fue diluyendo sin lograr el propósito
de quedar libre para cristalizar su proyecto con Rosario. Vemos aquí, fielmente
rehecha, la realidad espiritual de una época, aquella en la que era todavía
frecuente ver impedida la unión de los amantes por acatamiento a cánones cuya
rigidez hoy podría ser vista de manera asaz distendida.
En
el segundo relato, “La muerte de Delfina”, el autor nos adentra en la vida de
Delfina Ortega, primera esposa de Porfirio Díaz. Muy diferente a Carmen Romero
Rubio (segunda esposa del militar oaxaqueño), “Fina”, como le llamaban, era
discreta, ajena al ajetreo social que inevitablemente provocaba la actividad de
su marido. Tuvo dos hijos (uno de ellos Porfirito) y perdió varios en el
camino. En 1880, tras un parto difícil y la muerte casi inmediata de su recién
nacida, Delfina agonizó hasta morir ella también.
“La
tragedia de los Noriega” narra la muerte trágica de los hermanos Eulalia e
Íñigo Noriega, hijos del acaudalado español también de nombre Íñigo. Esto
aconteció en 1913, apenas unos días antes de la Decena Trágica, el 31 de enero.
El relato deja ver lo misterioso de esas muertes supuestamente consumadas por
suicidio acordado entre los hermanos. La prensa amarilla, que ya se daba vuelo
desde entonces, insinuó la posibilidad de una relación incestuosa, pero nada
quedó claro, salvo que la fortuna del acaudalado y déspota Noriega comenzó a
naufragar en la tolvanera revolucionaria hasta que el viejo quedó en la ruina y
murió hacia 1920.
La
última historia es la más cercana en el tiempo (el libro avanza, digamos, de
manera cronológica), y recorre el ambiente de la casa regenteada por Graciela
Olmedo, la Bandida que hace poco, casualmente, mencioné en este mismo espacio.
“La casa de la Bandida” es quizá el relato con menos unidad del libro, pues se
ramifica en varios subtemas vinculados con la vida nocturna de la capital,
entre ellos la presencia en casa de la Bandida de intelectuales como José
Alvarado, Octavio Paz y Carlos Fuentes.
Historias del olvido es un libro ya mayor de edad, pero sus textos admiten una lectura atemporal que en último término puede desembocar en gratitud hacia su autor.
miércoles, junio 30, 2021
Presentación a (y de) Tulitas
Hoy
en la noche, en la Casa del Cerro, será presentada la tercera edición de Tulitas de Torreón traducida por
Fernando Fabio Sánchez (Torreón, 1973). Gerardo García y yo acompañaremos al
traductor, quien es también escritor, maestro y columnista de prensa. Participé
dentro de este libro como editor y como escritor en un par de páginas. Un fragmento de lo que contiene está
aquí:
Entre
los documentos privados, íntimos, que mejor testimonian el nacimiento de
Torreón como ciudad destaca, sin duda, Tulitas
of Torreon. Reminiscences of Life in Mexico, publicado en 1969 en El Paso,
Texas. Tal vez no fue Fernando Fabio Sánchez el primer torreonense que tuvo en
sus manos ese libro, pero sí, esto es seguro, el primero que se impuso la tarea
de divulgarlo, lo que empezó por el desinteresado acto de trasladarlo a nuestra
lengua. El traductor describe en su prólogo la circunstancia que lo puso frente
al libro y lo que vino luego: el lento trasiego de un idioma a otro.
Lo
que no cuenta es que pocos años después, en 2000, con escasos recursos y ya
lejos de La Laguna, emprendió la edición y la impresión de estas reminiscencias
para que nosotros tuviéramos la oportunidad de acceder al relato que alguna vez
le hiciera Tulitas Jamieson a Evelyn Payne.
Lamentablemente,
aquel fruto editorial no gozó de la circulación adecuada, y el libro deambuló
poco en la región del Nazas. Llegó, sí, a varios lectores que atestiguamos con
asombrada delectación el largo camino que debió recorrer la Casa del Cerro para
contarnos sus historias inaugurales, las que tejió allí Tulitas Jamieson (hija
de Federico Wulff) con sus padres y sus hermanos.
Casi
quince años después de aquella primera edición en español preparada por
Fernando Fabio Sánchez tuvimos a la mano la segunda en 2013, y hoy la tercera
en 2019. La primera, bellamente editada pese a su austero acabado, fue revisada
en la segunda edición por el autor y a ella le fue añadido un anexo fotográfico
fundamental para complementar las excelencias del relato. Asimismo, la portada
pasó de ser meramente tipográfica a icónica, y en ella luce una composición
donde destaca la casona que hoy es uno de los emblemas torreonenses. Salvo en
la portada y otros detalles menores, tercera edición respeta la publicación
anterior.
¿Por
qué esta nueva salida de Tulitas de
Torreón. Reminiscencias de una vida en México? Creo que la mejor respuesta
es también la más simple: porque es un libro entrañable, querible, sobre el
pasado de nuestra ciudad visto desde el recuerdo y desde, como se dice ahora,
la otredad. Unas cuatro o cinco décadas después de que Tulitas nació en Torreón
y vivió en la Casa del Cerro, cuenta a Evelyn Payne, su hija, la andanza de la
familia Wulff en nuestras tierras. Tulitas narra, Evelyn escribe, y gracias a
ese volcamiento de la memoria nosotros asistimos no sólo al relato familiar,
sino a la recreación de aquel pasado en el que Torreón era una ciudad recién
nacida. El tono de la narración es, creo, una de sus virtudes más poderosas,
pues de manera sencilla, sincera, coloquial, Tulitas articula su evocación sin
presentir siquiera que alguna vez la estaremos leyendo en español.
Esto, ingresar al recuerdo de Tulitas en nuestra lengua, se lo debemos a Fernando Fabio Sánchez, quien luego de concluir sus estudios de comunicación en La Laguna emigró a los Estados Unidos, esto a mediados de los noventa. Allá estudió su maestría y su doctorado en letras, ambos en la prestigiada Universidad de Boulder, Colorado. Luego ha trabajado como maestro e investigador en dos universidades del oeste norteamericano (en Oregon y en California). A la par, sus libros han visto poco a poco la luz; ha publicado cuentos, poesía y ensayo. Destaca en su notable bibliografía el estudio monstruo titulado La luz y la guerra. El cine de la revolución mexicana, compuesto junto al también lagunero Gerardo García Muñoz; este libro es ya, desde su salida, un estudio canónico sobre el tema, y da cuenta por sí solo de la solvencia intelectual adquirida por dos estudiosos torreonenses. Un personaje protagónico de Tulitas de Torreón es, por supuesto, la Casa del Cerro que desde hace un siglo se erige como una de las presencias más visibles, por su señera ubicación, en el extremo poniente de la ciudad. Hoy, la Casa del Cerro es, como sabemos, un museo, y es dable pensar que el diálogo de Tulitas con Evelyn constituye también una especie de biografía sobre este recinto, uno de los patrimonios arquitectónicos más queridos por los laguneros. Avancemos ya, pues, sobre las páginas de este recuerdo. Que Tulitas de Torreón sea leído y comentado como lo merecían y como lo merecen, como lo merecerán siempre, nuestra querida Casa del Cerro y sus primeros inquilinos.




















