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sábado, noviembre 02, 2024

Amores de Zapata












Solemos imaginar a los héroes político-militares siempre en calidad de héroes, en permanente trance justiciero, es decir, entregados a sus buenas o malas causas las 24 horas del día. Quizá esto se debe a que la categoría de las personas que han llegado al bronce de la plaza pública no admite, ante la mirada del pueblo llano, las ordinarieces de la vida cotidiana, como comer, dormir, hacer del dos o regodearse salivosamente en las alcobas. Muchas biografías dan cuenta de miles de detalles vinculados con las andanzas públicas de los próceres, pero no tantas son las que exploran los pliegues menos evidentes de sus vidas.

Esta laguna también puede deberse a un rasgo del comportamiento humano que fue característico hasta hace poco: la defensa de la intimidad. En efecto, las personas separaban muy bien los espacios de lo público y de lo privado, de suerte que lo segundo permanecía oculto, no se compartía sino muy escasamente. Hoy, en la era de las redes sociales, esto cambió de manera radical: lo privado se enfatiza al grado de convertirnos en delatores seriales de nosotros mismos, todo por la limosna de los likes que nos permiten comprobar que existimos y somos aceptados en la sociedad (digital).

Antes lo privado quedaba oculto y se cuidaba hasta la muerte, lo que movía las palancas del chisme y del infundio. Cualquier error —una infidelidad, por ejemplo— se pagaba caro en el mundillo comunitario, más cuando era pequeño. De ahí viene la sentenciosa frase “pueblo chico, infierno grande”, donde por “infierno” debemos entender “habladuría”, “cotilleo” a expensas del prójimo. En este caldo se movieron los héroes, así que son escasas las andanzas privadas de las que ha quedado huella documental, vacío que por otro lado aprovecha la novela histórica para dar densidad a lo narrado.

El libro Las compañeras de Zapata (Crítica, México, 178 pp.), de Felipe Ávila Espinosa, es un notable ejemplo de investigación abocada a explorar lo que en general ha sido tema secundario. En este caso, la vida amorosa —amorosa en el sentido espiritual y físico del adjetivo— de Emiliano Zapata Salazar, uno de los iconos indiscutidos de la Revolución Mexicana. Sin olvidar el marco de fondo, es decir, el quehacer político del líder morelense y las circunstancias sociales que lo rodeaban, el investigador focaliza su mirada en la promesa del título: los amoríos del caudillo consumados en matrimonio o arrejunte.

No era Zapata, por lo que se lee, un tipo ajeno a los placeres de la carne. Dueño de un carisma poderoso, de ánimo cordial y porte físico espectacular, no faltaron en su vida los encuentros carnales. Debemos, claro, ubicarnos en su contexto: los hombres de aquel tiempo no se ponían muchas trabas para foguearse (esta palabra tiene un significado ígneo) con las mujeres que quedaban a su alcance, más cuando el tipo disponible tenía atributos de pudiente en todos los sentidos. Zapata era joven, buen mozo, vestía bien, montaba a caballo con maestría, lideraba una causa, y todo esto hacía imposible que fuera soslayado por muchas de las mujeres con las que trabó contacto. Por esto no puedo no pensar en la reticencia de la palabra "compañeras" y no "mujeres" en el título, esto para mitigar, un tanto anacrónicamente, la posible y poco bienvenida atribución de donjuanismo al guerrillero prócer.

Felipe Ávila, autor de este libro, es sociólogo por la UNAM y doctor en Historia por El Colegio de México. Es autor de El pensamiento económico, poltíco y social de la Convención de Aguascalientes; Los orígenes del zapatismo, Entre el Porfriato y la Revolución. El gobierno interino de Francisco León de la Barra; Las corrientes revolucionarias y la Soberana Convención; Breve historia del zapatismo (2018), Emiliano Zapata. La lucha por la tierra, la justicia y la libertad (2019); Breve historia de la Revolución Mexicana (en coautoría con Pedro Salmerón, 2017) y Carranza: constructor del Estado Mexicano (2020). Es profesor de Historia del Sistema de Universidad Abierta de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y miembro del Sistema Nacional de Investigadores.

Además de los apartados introductorios, Las compañeras de Zapata (por cierto, libro pulcramente editado) contiene seis capítulos y un epílogo. Los tres primeros trancos se refieren, en orden cronológico, a las tres mujeres de quienes ha quedado buen registro documental como compañeras del revolucionario nacido en Anenecuilco hacia 1879. Ellas son Inés Alfaro Aguilar, “su primera compañera”; Josefa Espejo, “su esposa”; y Gregoria Zúñiga, “a la que más quiso”. Luego vienen tres capítulos titulados “Goyita y la muerte de Zapata”, “Petra Portillo” y “Otras compañeras de Emiliano”, además del epílogo.

Al inicio, el autor explica sobre Zapata que “Su imagen se ha vuelto un ícono de la cultura popular. Su figura está por doquier, en pinturas de artistas célebres, en monumentos y estatuas, en centenares de fotografías y decenas de videos. Su nombre lo llevan colonias, calles, escuelas, ejidos, estaciones de transporte público, organizaciones campesinas y populares. Sin embargo, sabemos poco sobre la vida privada de Zapata: ¿cómo era con sus compañeras y con las mujeres con las que tuvo hijos, con su familia, con sus amigos y compañeros guerrilleros? Este libro es un primer acercamiento a ese Zapata terrenal, más íntimo, más privado, a través de los testimonios de quienes compartieron parte de su vida con él”.

Para construir su acercamiento, Ávila Espinosa recurre a entrevistas directas con algunas de las mujeres que sobrevivieron al líder tras su asesinato en la emboscada tendida contra él en la hacienda de Chinameca, esto el 10 de abril de 1919. Los diálogos son parte de archivos públicos, no del propio autor con las protagonistas. La reconstrucción de la vida cotidiana en la que se movió Zapata con su ejército tiene, por ello, marcados tintes de oralidad, como en este pasaje salpicado de abundantes nahuatlismos, y así casi todo lo citado in extenso dentro del libro: “Del lado izquierdo del corredor estaba la cocina y también del lado izquierdo de la puerta de esta se encontraba en el interior el tlecuil o fogón sobre el que se colocaba el comal de barro para hacer las tortillas, el tazcal para guardarlas y los tenamaztles, que son tres piedras colocadas de modo que puedan ponerse sobre ellas las ollas al fuego; una tinaja grande para agua, el metate, el molcajete y, colgando del techo, un garabato de madera en donde siempre tenían carne seca o longaniza”.

No se percibe en las declaraciones un mal recuerdo de Zapata, ni en lo sentimental ni en lo político. De hecho, su ruptura con Madero —quien fue padrino en su primera boda— fue más consecuencia de los enemigos que mediaron entre ellos que de ellos mismos: “La relación entre Madero y Zapata fue compleja. Los dos eran hombres sinceros, bienintencionados y preocupados por el bienestar de los demás. Había una simpatía y un respeto mutuos. No obstante, representaban mundos diferentes. Zapata era un campesino del centro sur de México, representante de una cultura tradicional de apego a la tierra y a sus comunidades. La tierra era un medio para obtener el sustento diario, no para acumular riqueza. Madero era un próspero hacendado norteño, miembro de una de las familias más ricas del norte del país, con una visión de la agricultura como empresa productiva, tecnificada y comercial”.

En los sobresaltos de la lucha revolucionaria que a la postre lo convertiría en leyenda, Zapata se dio tiempo para amar con cuerpo y alma. Ingresar a este sector de su biografía es humanizarlo, es regresarlo a su complejidad, es fundir su bronce para convertirlo en carne y hueso, es perfilarlo tan acertado y falible como cualquier otro ser humano. 

miércoles, octubre 23, 2024

Un Breviario siempre útil

 











Todos los libros envejecen, todos pierden con el tiempo la frescura que alguna vez pudieron tener. No me refiero a su condición de objetos, que en este caso el decaimiento es obvio, sino a un flanco menos evidente: el del deterioro de su contenido. Se dirá, no sin razón, que algunos libros literarios mantienen el vigor de su poder persuasivo, y será parcialmente verdad, pues esto ocurre con los clásicos que sin embargo son, lamentablemente, cada vez menos visitados. Todos los libros envejecen en tanto objetos y en tanto depósitos del espíritu humano.

Los didácticos acusan especialmente el daño impuesto por el paso del tiempo, pues es tan grande la acumulación de conocimientos que a veces un libro escolar o técnico de hace cinco años hoy ya es obsoleto, a veces mero papel impreso. Todo esto pensaba sobre obras como la Introducción a las doctrinas político-económicas (FCE, México, 1956, 202 pp.), de Walter Montenegro (1912-1991), pero al reabrirlo para preparar una clase me dejó ver que sigue siendo útil pese a la acumulación de tantas décadas sobre sus hombros de papel.

Boliviano, Montenegro fue escritor, periodista y diplomático, y a mediados de los cincuenta el Fondo publicó su Introducción… en la colección Breviarios, número 122. Su éxito ha sido tal que a la primera edición se sucedieron otras tres, la última de 2019, y no sé cuántas reimpresiones. Esto significa que ha sido un libro útil, un caso asombroso de perdurabilidad si reparamos en su índole.

Varios de sus párrafos, sobre todo los que ofrecen datos estadísticos que en su momento fueron actuales, ya no nos dicen mucho, pero queda la descripción rápida y puntual de las “doctrinas” que el autor revisa. Es, como ya dije, un libro didáctico, como todos o casi todos los Breviarios. Luego de un primer capítulo titulado “El fenómeno político”, Montenegro define y describe de manera clara y general once doctrinas, y para lograrlo más acabadamente trata de ubicar los rasgos de cada una en la historia, en el tiempo y el lugar donde mejor quedaron expresadas. Entre otras están el liberalismo, el socialismo utópico, el cooperativismo, el comunismo, el anarquismo, el fascismo y el nazismo. Es pues lo que supone su título: una buena introducción.

En un tiempo de desdén al conocimiento de la historia política, este libro sigue siendo valioso para quienes todavía tienen curiosidad por conocer las distintas formas de pensar al Estado y por entender cómo llegamos al capitalismo salvaje en el que hoy vivimos. En este valioso librito está o puede estar, transparente, una parte de la compleja explicación.

sábado, octubre 12, 2024

Revisita a la colección Lobo Rampante

 














Hoy coincide la salida de esta columna con el cumpleaños 74 de mi amigo Sergio Antonio Corona Páez, quien murió en 2017. Para recordarlo —aunque no pasa semana sin que lo tenga presente de algún modo—, traigo esta reseña general de un proyecto que emprendimos juntos, él como investigador y coordinador, y yo como editor. Nunca publiqué este comentario múltiple, y no sé por qué lo tenía extraviado en mis papeles. Supongo que la escribí hace veinte años, pero es inédito. Sólo lo actualicé un poco. Va.

El Archivo Histórico Juan Agustín de Espinoza de la Universidad Iberoamericana de Torreón, Coahuila, México, publicó hace varios años la colección Lobo Rampante, serie de siete cuadernillos que buscó difundir parte de los documentos que obran en su repositorio. El nombre de la colección obedeció a que los textos introducidos y anotados por especialistas fueron generados en el Antiguo Régimen, particularmente en la etapa colonial del norte mexicano dentro del inmenso territorio llamado Nueva Vizcaya que según el historiador Vito Alessio Robles ocupaba los actuales estados mexicanos de Sinaloa, Sonora, Durango, Chihuahua y el sur de Coahuila. A continuación traigo un brevísimo comentario sobre cada título.

El vino en la Nueva Vizcaya

Una disputa vitivinícola en Parras (1679) vislumbra el interés que puede nacer en ciertos círculos académicos, europeos la mayoría, por las cosas de la colonia neovizcaína, más si se vinculan con la exploración directa de los testimonios que dan cuenta del esplendor vitivinícola que caracterizó a Santa María de las Parras.

Una disputa... es un testimonio irrefutable del peso que tuvo la cultura del vino en esta zona de Coahuila, y su valor como documento quedará constatado con la recepción que le hagan los estudiosos de la vitivinicultura en el mundo. Quizá gracias a esta plaquette, Santa María de las Parras pueda ser redimensionada como objeto de estudio, ya que hasta el momento no se ha dado a la luz el enorme arsenal de piezas que conforman el rompecabezas de la vitivinicultura neovizcaína.

Censo y estadística de Parras, La Laguna en el nacimiento de México

Dos asombros me asaltaron cuando vi por primera vez el original del cuadro estadístico que da cuenta de la vida parrense en 1825: uno, la aparente ininteligibilidad del documento y, dos, la vocación que movió a José Ignacio Mijares para tomar nota del clima, la geografía, la producción y el estado demográfico que guardaba el actual sur de Coahuila cuando alboreaba el nacimiento del México republicano.

Basta asomarse al documento original para comprender la razón de esa perplejidad. Compuesto por siete fojas, el manuscrito de Mijares —a la sazón presidente de la jurisdicción de Parras en 1825— es legible en sus secciones de texto corrido, pero es francamente intrincado en el folio inicial que corresponde al cuadro-resumen estadístico. En total, el documento está fragmentado en 53 secciones, cada una de las cuales se ocupa de examinar una peculiaridad del mundo parrense. Hasta el carácter y el temperamento de los lugareños, desde la óptica del observador Mijares, encuentra albergue en el antedicho documento, sobre todo en aquel pasaje donde se apunta que, entre otras virtudes, los habitantes del Partido censado son “patricios, generosos, rectos, valerosos...”

Durante los 28 años que demandó la edificación del censo, Parras y sus alrededores mostraron hacia principios del siglo antepasado —el xix— que ese ámbito se caracterizaba por la diversidad, por la heterogénea convivencia de hombres y mujeres dedicados al trabajo en condiciones casi siempre desfavorables. El anonimato de aquellos pobladores no implica que hoy sea ignorada su valiosa contribución al desarrollo del sur de Coahuila y del norte de México. He aquí el valor que guardan los rescates documentales y la difusión, en su formato de libro y en otros soportes, de todas aquellas obras que nos pueden hablar sobre el pasado de una región a la que todavía le quedan muchísimas palabras por decir.

Gerónimo Camargo..., novela encontrada en un manuscrito

Hay que comenzar esta recensión con un par de preguntas que parecen necesarias para entender la valía de Gerónimo Camargo, indio coahuileño, ejemplar número tres de la Colección Lobo Rampante. ¿Por qué la declaración de Camargo nos parece sumamente atractiva? ¿Qué hace de este documento una pieza verbal cuya lectura podemos despachar de un perplejo tirón? Las dos preguntas tienen una sola respuesta: el recurso de la narración, el arte de contar una aventura con el fin de edificar la ilusión de realidad, eso es lo que provoca la fascinación en un lector asiduo a la literatura. Como la novela, como el cuento, como la crónica, como el relato, Gerónimo Camargo, indio coahuileño es un documento que basa su magnetismo y su eficacia en la vistosa organización de lo narrado, en el qué y en el cómo de lo que allí se cuenta.

Gerónimo Camargo... vale por muchas razones, varias de ellas señaladas en el inmejorable pórtico trazado por Carlos Valdés Dávila. Para mí, dada mi indisimulable inclinación por las ficciones, el volumen es de subidos quilates por lo que tiene de literario, de narrativo, de anecdótico. Cuando lo conocí, gracias al paleografiado de Sergio Antonio Corona Páez —quien me advirtió la calidad literaria del documento—, confirmé lo que tantas veces me ha ocurrido: a veces los sucesos del pasado se nos ofrecen como si fueran esqueletos de novelas, borradores de cuentos, materia prima de literatura. Por supuesto esa es una imposición de mi historicidad como lector de narrativa ficcional, pero si me trato de desprender de tal subjetivismo encuentro que, en efecto, la declaración de Camargo es una especie de mininovela picaresca en el desierto coahuilense, una mininovela en la que escuchamos con claridad, casi sin adulteración, la voz de un indio.

Tríptico de Santa María de las Parras, un ejemplo de la crítica de fuentes

Una de las tantas novedades que enseña la nueva historia es la crítica de fuentes. Tal crítica impide considerar al documento, a cualquier documento, como texto canónico, como dogma de fe para iluminar algún predio del pasado, ya que siempre estará latente la posibilidad de encontrar otros documentos que contradigan a los que en cualquier momento hayan establecido La Verdad. Por esa razón, quizá no haya mayor logro para el trabajo histórico que el de aportar testimonios frescos, documentos que posibilitan una lectura diferente del pasado.

Tríptico de Santa María de las Parras eso hace. A partir de su publicación, la fuente de primera mano para explicar el origen, geografía y estado político de esta amplísima zona del sur coahuilense ya no será la articulada por el padre Agustín de Morfi y su famoso Viaje de Indios. Ahora, le corresponde ese mérito al padre Dionisio Gutiérrez, quien más de dos siglos después pasa a ser restituido como el más autorizado vocero de lo que era Santa María de las Parras.

Este cuarto ejemplar de la Colección Lobo Rampante coloca al alcance del lector una interesante triada de documentos que, aunque nominalmente se refieren a Parras, en realidad, por su contenido y trascendencia, son relevantes para la historia del sur de Coahuila e incluso para la historiografía (entendida ésta como reflexión crítica sobre la manera de historiar) y la crónica colonial mexicana.

Imagen del rey en Nueva España

Desde el triunfo de los liberales, la Colonia mexicana no goza de mucho prestigio entre los estudiosos de nuestro pasado. Por décadas que ya suman siglos, nuestra experiencia virreinal ha sido objeto de ninguneos sistemáticos o, a lo sumo, de menor atención que, por ejemplo, el complejo universo prehispánico o el proceso revolucionario que echó a tierra el Porfiriato. Todavía sobrevive en los libros de texto mexicanos la idea de que ese tramo de trescientos años nos pertenece, sí, pero a regañadientes, como una etapa vergonzosa, como si fuera nuestra Edad Media. Aun aceptando este prejuicio, la historia académica que aspire de veras a la seriedad no debe proceder con aprioris de tal naturaleza. El pasado, por ominoso que parezca, no debe recibir ninguna descalificación, mucho menos la basada en prejuicios.

Real espejo novohispano. Una lectura de la Monarquía española según documentos del obispado de Durango (1761-1819), contiene nueve manuscritos, hasta ahora inéditos, donde se evidencia que la vida de la dinastía borbónica —nacimientos, decesos, matrimonios y demás—, impactó en la cotidianidad de los habitantes del norte novohispano. Como señala en su introducción el doctor Salvador Bernabéu Albert, investigador de la Escuela de Estudios Hispano-Americanos de Sevilla, España, el interés fundamental suscitado por estos documentos radica en que exponen los mecanismos usados por la corona para dar a conocer las noticias vinculadas al monarca y su familia, lo que a trasmano revela formas de control social y reconocimiento del poder trasatlántico por parte de los súbditos.

Ataque a la misión de Nadadores o el documento como protagonista de la historia

Ataque a la misión de Nadadores, sexto miembro de la familia Lobo Rampante, asimismo condensa su contenido en el atinado título; en efecto, se trata aquí de compulsar un mismo acontecimiento, el ataque a la natatoria misión, a partir de dos documentos que testimonian ese hecho y ponen en el centro de la escena a don Diego de Valdés. He allí, en una sola línea, el trazo general de la introducción trabajada por Valdés Dávila. En ella, basado en el par de testimonios que han sobrevivido a los siglos, el científico saltillense piensa en el valor del documento como materia prima del historiador, pero de paso sugiere el ineludible uso de un tamiz que le permita a la verdad histórica ser bien cribada en el presente.

El valor capital de Ataque a la misión de Nadadores: dos versiones documentales sobre un indio cuechale es el de hacernos comprender (a partir de dos viejas descripciones donde el protagonista es el entrañable Diego de Valdés) la saludable necesidad de no levantar la mano con tajancia cuando algún documento nos revela una verdad.

Ataque... contiene un prefacio del doctor Sergio Antonio Corona Páez —paleógrafo por cierto del primer documento sobre don Diego incluido en este volumen—, la introducción del maestro Valdéz Dávila, los dos manuscritos sobre don Diego y un anexo con seis páginas apendiculares pero también esclarecedoras: las etnias registradas en el Libro de entierros de la misión de Nadadores, la lista de los sacerdotes de la misión, un croquis de las misiones franciscanas, otro de Coahuila en 1730 y dos grabados.

Viñedos y vendimias en la Nueva Vizcaya, Parras como vergel

Un inapreciable aporte al conocimiento de lo que fue el norte mexicano se encuentra contenido en las páginas de Viñedos y vendimias en la Nueva Vizcaya. Los privilegios otorgados a sus cosecheros por la corona española en el siglo XVIII. Con documentación suficiente y con la interpretación más rigurosa, este séptimo volumen de la Colección Lobo Rampante rinde testimonio de la bonanza vitivinícola que durante la Colonia caracterizó la vida de Santa María de las Parras (hoy Parras de la Fuente, en el estado mexicano de Coahuila, México). Como lo explica el doctor Corona Páez, autor del estudio introductorio, y como lo evidencian las pruebas documentales que él ha transcrito y cotejado para el caso, la corona no sólo no prohibió la producción de vinos legítimos en esta parte del imperio español, sino que estimuló su producción y creó con ello, en Parras, una cultura del trabajo asombrosa y peculiar, única por su naturaleza en todo el septentrión novohispano.

Nota. La página de publicaciones de la Ibero Torreón está siendo reconstruida en este momento. Pronto será reabierta y estarán disponibles en PDF, entre muchos otros títulos, los volúmenes de la colección aquí abordada.







sábado, enero 13, 2024

Dos Vientos del Pueblo más











 











En las pasadas vacaciones de fin de año fui un par de veces a la librería Educal de Torreón, sucursal que es parte de la numerosa cadena de librerías paraestatales del gobierno federal. Está, como sabe cualquier lector lagunero, en el Museo Arocena por el acceso de la calle Cepeda, no por el de la Juárez. Allí, en compañía de ese lector irrefrenable que es Gerardo García Muñoz, cuya visita a su tierra obedece al contacto familiar pero también tiene siempre un costado bibliográfico, compramos cada cual varios libros y luego pasamos a conversar en el restaurante aledaño que es parte del mismo Museo. Hay pues allí un tándem perfecto para los biblioadictos: libros y café.

En una de las incursiones pesqué dos títulos más de la Colección Vientos del Pueblo coordinada por Luis Arturo Salmerón en el Fondo de Cultura Económica. No sé cuántos sumo ahora, pero son muchos del ya abundante catálogo de esa serie caracterizada por sus altos tirajes, la brevedad de sus ejemplares y su bajo precio. Los que adquirí no pueden ser dos cuadernillos más distintos, lo que de rebote da idea de la heterogeneidad de mis intereses: Gustavo A. Madero (México, 2019) y La cancha. Dónde los invisibles todavía pueden hacerse visibles (México, 2023) de, respectivamente, Ignacio Solares (Ciudad Juárez, 1945-Ciudad de México, 2023) y Eduardo Galeano (Montevideo, 1940-2015).

Dada su corta cantidad de páginas, rasgo que los hace ser plaquettes, opúsculos o cuadernillos más que libros, los leí en dos ratos de distinto día, ambos en su correspondiente sentada. No quiero posponer un énfasis, quizá el que debería ser más subrayado: sus precios; el de Solares, once pesos; el de Galeano, quince. Por supuesto, estas módicas cantidades tienen la intención de echar por tierra una de las excusas más esgrimidas para no leer: que los libros son muy caros. Con esta colección se desbaratan pues dos pretextos de un solo tirón: el económico y, de paso, el de la falta de tiempo para leer, pues casi cualquiera tiene poco más de diez pesos libres y asimismo media hora disponible.

No me equivoqué al escoger los dos títulos que motivan este apunte: Gustavo A. Madero es un ensayo biográfico; aborda, claro, la figura del hermano del presidente asesinado tras el golpe de Estado que terminó en la usurpación de Victoriano Huerta. Con pasión apenas disimulada y para mí justa, el escritor chihuahuense, por cierto especialista en el periodo revolucionario, describe la personalidad de Gustavo Adolfo Madero y la generosa cercanía que, pese a cualquier amenaza, mostró frente a las turbulencias políticas padecidas por Francisco I. Tal relación tuvo, como sabemos, uno de los desenlaces más cruentos en la historia de México, el de la Decena Trágica en el que Gustavo A. padeció la muerte más sádica y miserable de aquel instante bárbaro. El opúsculo aduna como complemento varias imágenes de la Fototeca Nacional.

La cancha… de Galeano acoge cinco piezas extraídas de Cerrado por fútbol, uno de sus dos libros sobre este deporte (el otro es el más famoso título latinoamericano relacionado con tal tema: El fútbol a sol y sombra, también con tilde en la “ú” de la palabra que nosotros pronunciamos “futbol”). Es a veces complicado definir el género de la escritura dejada por Galeano; para no fallar puedo decir que es una mixtura de ensayo, artículo, crónica, memoria y relato. La prosa del uruguayo es muy peculiar, inconfundible, infatigablemente ocupada en mostrar la irracionalidad del poder y la necesidad de la belleza y la solidaridad, entre otras urgencias. La plaquette añade el aderezo gráfico del ilustrador Ricardo Peláez, homónimo del goleador necaxista.

Reitero pues que no hay excusa para eludir estas publicaciones buenas, bonitas y baratas, como plantea un añejo pregón publicitario.

sábado, diciembre 16, 2023

Vicisitudes y presente del sotol

 











En el Museo Arocena de Torreón recién fue presentado El sotol. Una historia de árido mestizaje (Gobierno de Coahuila, 2023), libro de Ruth Castro que constituye una pequeña enciclopedia, valga el oxímoron, sobre el destilado emblemático del pedazo de mundo en el que nos ha tocado nacer y vivir: el desierto chihuahuense. El volumen es, pues, abarcador, sumario, y convoca por ello varias disciplinas: botánica, química, antropología, historia, literatura, economía, entre las más salientes, lo que cuaja en un acercamiento redondo al objeto de estudio.

El sotol... es resultado de dos periodos de trabajo vinculados a sendas becas del Pacmyc. Su origen remoto se apoya en un hecho simple y al mismo tiempo poderoso: el amor que la autora siempre ha tenido por las plantas. Contra la idea generalizada que las percibe como objetos distantes, Ruth Castro señala que su inquietud buscó inscribirse en el nuevo paradigma que considera al mundo de las especies vegetales “no solo como elementos de la naturaleza de los que extraemos los compuestos biológicamente activos que nos sirven en alimentos, artículos y medicamentos, sino como seres vivos inteligentes, similares a los humanos en más de lo que podríamos imaginar, ya que desarrollaron complejas estrategias de sobrevivencia y poblaron el mundo millones de años antes que nosotros, es decir, que ellas fueron eslabón indispensable en el proceso de evolución para que existieran otras formas de vida”.

Así entonces, el trabajo de la autora indaga en las especies de Dasylirion, nombre científico de la planta que da origen al sotol. Los doce capítulos que lo componen atraviesan todas las posibilidades de un viaje por el tema, como “El sotol: un mezcal?”, “El sotol no es una agavácea”, “Aproximaciones a la vida social del sotol”, “‘Los mezcales’ en la conquista y colonización de española”, “Siglo XX, entre lo legal y lo clandestino”, “La planta de sotol, tradición y cultura”, “El proceso tradicional en la vinata”, “Tradición y nuevos escenarios” y “Sopesar el presente, imaginar el futuro”. A estos apartados debemos añadir, como parte del aparato crítico que demanda una buena investigación, el de referencias y el oportuno glosario preparado por Fernando de la Vara.

Diseñado con delicadeza por Álvaro Domínguez e ilustrado con imágenes exquisitas que Teresa Hernández Luna trabajó deliberadamente con el estilo de los manuales de botánica del siglo XIX, El sotol... nace como libro de obligada consulta cuando, a partir de hoy, alguien desee saber las generalidades de una planta y un producto, el destilado, cuya descripción ha llegado hasta nosotros gracias al esfuerzo de Ruth Castro y un equipo que estuvieron a la altura del desafío que implica todo buceo en las aguas profundas del pasado.

Nota. El sotol. Una historia de árido mestizaje fue presentado el 6 de diciembre de 2023 en el auditorio del Museo Arocena. Participaron Sergio Garza Orellana y la autora. El libro está a la venta en El Astillero Librería, Casa Juárez (Juárez y Degollado, Torreón).

miércoles, marzo 01, 2023

Mi Serch

 











Hoy recuerdo la partida de Sergio Antonio Corona Páez. Ya en varias oportunidades he señalado que me unió a él una amistad profunda y respetuosa, cordial y lúdica. El último de los cuatro adjetivos recién puestos tal vez podrá desconcertar. Lo entiendo si es así. Quienes lo conocieron de lejos, sólo por sus notables ensayos históricos como La vitivinicultura en Santa María de las Parras o El País de La Laguna, con toda razón pueden pensar que el doctor Corona Páez asumió su trabajo de investigación y escritura con un rigor que le exigía severidad, aislamiento, concentración y por ello cierto rechazo a la interacción social.

Estos rasgos de su personalidad son ciertos, y a pocas personas he conocido con su índole, la índole serena de quien todo el tiempo está metido en la exigente reflexión de ideas que luego habitarán las páginas de periódicos, revistas y libros. El doctor Corona encaja en esta categoría de persona, pero debo decir que creo haber sido de los pocos, y quizá el único, que logró, gracias a la similitud de mi talante con el suyo y a los muchos años de convivencia laboral en la Ibero Torreón, establecer con él una amistad risueña, llena de permanentes bromas construidas sobre todo con juegos de palabras.

Aunque al escribir siempre me he referido a él con su nombre y con su mayor título académico, el de doctor (en Historia), en corto no era así. No sé por qué ni cuándo comencé a decirle “Serch”, lo que complementaba con el pronombre posesivo “mi” que encabeza esta columna.

La confianza y la convivencia, pese a su condición de maestro y erudito, nos llevó pues a las bromas verbales y en algún punto sucedió lo que más nos enlazó en la complicidad de la risa: entre los dos, sin querer, “inventamos” un código de comunicación chusco al que denominé, para beneplácito de mi Serch, “estilo paleográfico”. Dada la especialización de mi amigo en la lectura y transcripción de documentos originales de la Colonia, gusto que yo compartía pero sólo como lector de libros y no de fuentes primarias, comenzamos a hablar cambiando ciertas letras, aquellas que en los manuscritos eran escritas de acuerdo al uso irregular de la escritura colonial. Y así hablábamos, con una pronunciación muy marcada de la equis (“dixo” en lugar de “dijo”), “ch” en lugar de “c” (“charro” en lugar de “carro”), la “c” en lugar de la “ç” con cedilla (“cabeca” en lugar de “cabeça” con sonido de “zeta”). El código era arbitrario, burdo, pero nos divertíamos usándolo, y eso hizo permanente la risa entre nosotros. Al final batallábamos mucho para ponernos serios y hablar sin “estilo paleográfico”.

Digo lo anterior porque sigo dialogando solo con mi amigo, y es allí, en el terreno de la memoria, donde resurge el código y el recuerdo de mi Serch, amigo y maestro cuya partida lamenté hace, hoy, exactamente seis años.

miércoles, diciembre 07, 2022

Intimidad de las “cartas de llamada”

 











Entre los muchos papeles que nos dejó —como su amigo Alfonso Reyes— el erudito jalisciense José Luis Martínez tenemos algunos relacionados con la Conquista y la Colonia. El más famoso es, sin duda, la monumental biografía sobre Cortés, verdadero pozo de información sobre la figura del extremeño que encabezó la expedición a tierras mexicanas. Otro libro sin duda meritorio es mucho más pequeño, un ensayo de divulgación que he leído con gratitud: El mundo privado de los emigrantes en Indias (FCE, 2007, México, 97 pp.).

Su brevedad permite leerlo en dos sentadas, y a esto ayuda la prosa limpia, sin aspavientos retóricos, del maestro Martínez. Digo que es un ensayo meritorio porque gracias a él podemos acceder, como en una amplia glosa, al libro Cartas privadas de emigrantes a Indias, de Enrique Otte. Lo que hace JLM es recorrer la correspondencia de españoles a sus parientes en Europa, las “cartas de llamada” de quienes radicaban en América (las Indias) y se veían forzados por muchas circunstancias a solicitar el viaje de los suyos a nuestro continente.

El valor de estas “cartas de llamada” radica en mostrar detalles de la vida privada de quienes las escribían y enviaban. Si la mayor parte del material epistolar que obra en los archivos de la conquista y la colonización se refiere a tratos de carácter comercial y burocrático, las cartas descubiertas y publicadas por Otte, y comentadas en este libro del Fondo por JLM, son un corpus documental abundante para configurar una idea de la circunstancia íntima de los españoles con radicación americana. Son 650 cartas, la mayoría enviadas desde Nueva España, Perú, Panamá, Potosí y Antillas. La fecha que abrazan va de 1540 a 1616, es decir, cuando ya ha llegado la tercera-cuarta generación de emigrantes.

JLM se mete en los entresijos de las cartas y ordena su examen por temas. Por ejemplo, entre las más numerosas están las de los maridos que solicitan a sus esposas el viaje a las Indias. También, las de los viejos que desean el brinco de sus hijos o sobrinos para que les ayuden en la decrepitud y de paso heredarlos. Los españoles de acá habían hecho fortuna, pero ni así ni con súplicas era fácil convencer a sus familiares. El viaje en aquellos tiempos era largo y peligroso, y no cualquiera se animaba a programarlo. Por ello, las “cartas de llamada”, además de tratar de persuadir a los destinatarios con mimos expresivos y hasta ruegos, dan instrucciones precisas sobre las providencias que los potenciales viajeros debían tomar antes de salir de algún pueblito español rumbo a la lejanía de las Indias. Se da el caso, incluso, de instruir sobre el “matalotaje”, es decir, sobre la cantidad y la calidad de los alimentos que se debían cargar para sobrevivir a la travesía atlántica (recordemos que no había embarcaciones de pasajeros, sino de carga de mercancías, y que en el trayecto no podían parar por chuchulucos en un Oxxo).

Hago una cita larga que da idea del tipo de emigrantes asentados en tierras de América y urgidos de tener cerca a los suyos: “Durante los primeros años de descubrimientos y conquistas, las oportunidades en las Indias eran para los aventureros y valientes. Una vez que se fueron consolidando los asentamientos, se abrió un enorme campo de posibilidades de mejoramiento sobre todo para quienes trabajaban con sus manos, para los hombres comunes, que dejaban una España empobrecida. Además de la agricultura y la minería, el comercio fue muy activo en los primeros años de las colonias, pese a las dificultades del comercio ultramarino. Y luego llegaron oficiales que encontraron oficiales y artesanos que encontraron también oportunidades abiertas: cantantes de iglesia, carreteros, maestros de obras, albañiles, pintores y doradores, sastres, gorreros, sederos, barberos, azulejeros, cereros, molineros, panaderos, expertos en batanes o curtidores, cinceladores y torneros. Todos ellos escriben a sus parientes en España invitándolos a venir a las nuevas tierras y pidiéndoles instrumentos y materiales para sus especialidades”.

Ellos, sobre todo hombres de trabajo, no nobles ni militares o eclesiásticos, son quienes redactaron las “cartas de llamada”. Lo hacen con sentido práctico, para tener con ellos a sus parientes, pero en el impulso de sus solicitudes no deja de asomar la oreja del sentimiento, la añoranza, el dolor producido por la soledad y u o la tristeza ante la posible negativa del corresponsal. En suma, El mundo privado de los emigrantes en Indias es otro de los buenos libros que nos dejó el prolífico maestro José Luis Martínez.

sábado, junio 25, 2022

Travesía de Laura Orellana












Conocí a Laura Orellana Trinidad hacia 1990, cuando comencé a dar clases en la Ibero Torreón. No tuvimos mucho trato en aquel momento, sólo el obligado por la urbanidad dentro del ámbito magisterial en el que nos movíamos como colegas. Hacia mediados de los noventa formamos parte del primer grupo que estudió la maestría en Historia impartida en La Laguna por la Ibero Ciudad de México. Fueron dos años muy importantes para mí, aunque no me sentía, ni me siento ni me sentiré historiador. Digo que fueron años valiosos porque allí, entre otras personas a quienes estimo/admiro mucho, estaba Laura. Coincidir en un aula como compañeros de clase me dejó apreciar mejor sus virtudes: gran disposición al diálogo, interés por todo el conocimiento humanístico, disciplina para encarar proyectos y respeto indeclinable a la opinión/condición de los demás. En las clases que compartí con ella la percibí como una de las mentes mejor amuebladas para atender la densidad de la teoría y la filosofía de la historia que recibíamos como alumnos. En aquellos dos años de condiscipulazgo creo que logramos establecer un trato de amistad y respeto que se ha mantenido durante décadas.

En medio de las actividades docentes y administrativas desarrolladas dentro de la Ibero Torreón, Laura prosiguió con su formación de historiadora y luego de la maestría atravesó con las mejores notas su doctorado, grado que concluyó con una tesis brillante. Además de la docencia, que nunca ha dejado, se desempeñó en cargos vinculados con la gestión de la vida académica. Mientras esto pasaba, no dejó de publicar en la prensa local y en libros de su autoría. Pese a trabajar en la misma universidad, nos veíamos poco, pero siempre que coincidíamos me extendía un trato respetuoso e inteligente.

Fue hacia finales de 2017 cuando Laura fue propuesta para coordinar, además de la investigación institucional, el Archivo Histórico Juan Agustín de Espinoza, sj, de la misma Ibero Torreón. Junto con esto, mi área, la editorial, fue fusionada a la de Laura y ella pasó a ser mi superordinada directa, lo cual no modificó un ápice el trato respetuoso e inteligente de siempre. Hoy, pues, hacemos equipo en el trabajo, y a la hora de encarar los proyectos laborales jamás he sentido de su parte algo distinto al compañerismo y la solidaridad.

Lagunera, Laura es socióloga, maestra y doctora en Historia por la Ibero Ciudad de México. Académica de tiempo completo en la Ibero Torreón desde 1990. Actualmente, como dije, es coordinadora del Centro de Investigaciones Históricas y de la Dirección de Investigación Institucional. En 2012 fue distinguida con la medalla al Mérito Académico “David Hernández”. Obtuvo el primer lugar en el certamen nacional de ensayo Susana San Juan, en 1999. Entre otros, ha publicado Entre lo público y lo privado (Ibero Torreón), Hermila Galindo, una mujer moderna (Conaculta), Teatro Martínez, patrimonio de los mexicanos (Fineo) y el libro conmemorativo de los 75 años de la escuela Carlos Pereyra.

Nació el 25 de junio de 1962, así que hoy, en su cumpleaños sesenta, me enorgullece presumirla como compañera de trabajo, como socióloga e historiadora, como maestra y funcionaria académica, y para mí, principalmente, como amiga.

Felicidades para Laura y muchas gracias por su lúcida amistad.

miércoles, abril 20, 2022

Panorama del mercado mexica

 







Se ha dicho que Hernán Cortés magnificó lo que sus ojos vieron en tierra azteca para elevar así el precio de su aventura conquistadora. Ciertamente esta es una tendencia natural del alma humana: agrandar la dificultad del obstáculo para aumentar el mérito propio, como cuando a una amada se le explica, para lograr sus favores, todo lo complicado que ha sido llegar hasta su puerta con un anillo en la mano. En sus Cartas de relación, Cortés se dirige a Carlos V, lo sabemos, pero en su mentalidad, todavía movida por resabios medievales, ya hay un hombre picado por el apetito de gloria individual, un renacentista que desea la trascendencia de sus obras y su nombre. No es pues exagerado decir que exageró al describir lo que miraba, pero tampoco pudo ser tanto por una razón simple: él sabía que no sería el único informante de la conquista, así que debió cuidarse y describir la realidad, en muchos casos, lo más ceñidamente posible a un criterio fotográfico.

No han sido pocas las veces en las que he señalado mi permanente asombro ante el asombro del extremeño frente al mercado mexica. Creo en las palabras de Cortés porque desde entonces hasta la fecha el Valle de México es un espacio que concentra servicios y mercaderías sin fin, todas las que produjo y produce desde siempre nuestro país y ahora más, pues debemos tomar en cuenta la interacción comercial de todo el globo. El capitán español, lo imagino, recorrió el espacio del mercado aborigen con preguntas en ristre, y al primer momento de sosiego, antes de que se traspapelara en su memoria, escribió sobre lo visto y oído. De este modo dejó a la posteridad un mural como los de Rivera: exuberantes en detalles, celosos del pormenor. “Tiene esta cibdad muchas plazas donde hay contino mercado y trato de comprar y vender. Tiene otra plaza tan grande como dos veces la plaza de la cibdad de Salamanca toda cercada de portales alderredor donde hay cotidianamente arriba de sesenta mill ánimas comprando y vendiendo, donde hay todos los géneros de mercadurías que en todas las tierras se hallan ansí de mantenimientos como de vestidos, joyas de oro y de plata y de plomo, de latón, de cobre, de estaño, de piedras, de huesos, de conchas, de caracoles, de plumas”.

Tres figuras retóricas destacan en esta primera cita: para que el destinatario europeo se dé una noción de lo que describe a partir de algo conocido, usa la comparación: “como dos veces la cibdad de Salamanca”; la hipérbole, que de un plumazo da la idea de totalidad: “hay todos los géneros de mercadurías que en todas las tierras se hallan”, y la enumeración, que se enseñorea en esta parte de la crónica para tratar de abrazar cabalmente lo que observa: “joyas de oro y de plata y de plomo, de latón, de cobre, de estaño, de piedras, de huesos, de conchas, de caracoles, de plumas”.

Al caminar un poco más por el mercado, la enumeración como tropo desplaza a la comparación y la hipérbole, y se convierte en un recurso indispensable de su pluma: “Véndese cal, piedra labrada y por labrar, adobes, ladrillo, madera labrada y por labrar de diversas maneras. Hay calle de caza donde venden todos los linajes de aves que hay en la tierra, así como gallinas, perdices, codornices, lavancos, dorales, zarcetas, tórtolas, palomas, pajaritos en cañuela, papagayos, buharros, águilas, falcones, gavilanes y cernícalos. Y de algunas destas aves de rapiña venden los cueros con su pluma y cabezas y pico y uñas. Venden conejos, liebres, venados y perros pequeños que crían para comer, castrados. Hay calle de herbolarios donde hay todas las raíces y hierbas medecinales que en la tierra se hallan. Hay casas como de boticarios donde se venden las medecinas hechas, ansí potables como ungüentos y emplastos”.

La enumeración es, claro, más amplia, y cuando Cortés ya no da más, vuelve a la hipérbole con flecos de síntesis: “Finalmente, que en los dichos mercados se venden todas las cosas cuantas se hallan en toda la tierra, que demás de las que he dicho son tantas y de tantas calidades que por la prolijidad y por no me ocurrir tantas a la memoria y aun por no saber poner los nombres no las expreso”.

Como se puede apreciar, nuestra tierra, en/por sus mercados, fue siempre una cornucopia; para Cortés y para quien la haya mirado desde hace 500 años a la fecha.

miércoles, agosto 18, 2021

Confluencia inexorable

 











El 13 de agosto de 1521, hace 500 años, es marcado en los calendarios como el de la Caída de México-Tenochtitlan. Bien sabemos que en los extremos del debate sobre este acontecimiento se encuentran quienes sostienen que se trató de un atropello europeo, particularmente español, en tierra hoy mexicana, y, en la otra orilla de la discordia, quienes arguyen que con el triunfo de Cortés y sus aliados llegó la civilización a este bárbaro pedazo del planeta. No voy a sumarme ni siquiera un poco a la defensa de una posición o de otra, pues, como sucede con toda polémica de este tipo, es decir, jalada hacia los polos del blanco o del negro, en medio tiene grises que tal vez puedan ayudar a comprender mejor aquel convulso pasado.

Para comenzar, la llegada de los europeos a México-Tenochtitlan era, desde el 12 de octubre de 1492, un hecho inexorable. Desde que Colón avistó Guanahaní comenzó el choque entre las culturas americanas y las culturas europeas. Nótese que digo “culturas”, en plural, y no “cultura”, como suele decirse, pues es evidente que no podemos pensar en civilizaciones uniformes puestas en conflicto, sino en una diversidad amplia y compleja de grados de desarrollo y más aún de personalidades individuales. Así como no todos los europeos que llegaron a (lo que después sería llamada) América no eran idénticos en términos de profesión, región, lengua, temperamento y ambición, igual los indígenas: no eran lo mismo las muy elementales tribus que habitaban el Caribe comparadas con las comunidades verdaderamente desarrolladas de Mesoamérica, la península de Yucatán o el imperio inca. Como en Europa, había de todo por acá.

Y de todo también en términos de personalidad individual. En todos lados ha habido, hay y habrá sujetos ambiciosos y despiadados como Nuño de Guzmán, pero también, afortunadamente, individuos como fray Bernardino de Sahagún. Esto significa que no todo lo que llegó de Europa fue espada fuera de su vaina, ni todo lo que había por acá era indígena de buen corazón. La realidad, por diversa, ofrecía tipos humanos de muy distintas condiciones, de ahí que no sea viable proceder, al vislumbrar el pasado, con un rasero maniqueo.

Hace 500 años, ni en México-Tenochtitlan ni en ninguna parte del planeta se procedía con demasiada diplomacia cuando de conquistar se trataba. Las guerras y la destrucción del otro eran la norma, y todavía hoy, con la ONU y muchas otras organizaciones internacionales en primera fila, la guerra se enseñorea como factor de cambio político. Los europeos, los españoles que llegaron a Veracruz en 1519 tenían pues en la cabeza explícitos planes de conquista. La guerra era inevitable o inexorable, como ya dije arriba, así que pensar que debían pensar como nosotros es un anacronismo. El capitán de las huestes españolas, Hernán Cortés, supo sacar provecho de la rivalidad entre los mexicas y los pueblos aledaños a México-Tenochtitlan, y con una táctica de alianzas, obra maestra de la ingeniería política, hirió relativamente rápido el corazón del imperio azteca.

A diferencia de otros proyectos de conquista, por lo general arrasadores, el de Cortés tuvo como dinamo, gracias a él, un propósito de mestizaje. No sin traumatismos, y la prueba de que aquello funcionó somos nosotros, los actuales mexicanos heredamos mayoritariamente, dicho en trazo grueso, dos culturas. La historia oficial nos ha machacado sistemáticamente que debemos rechazar el flanco hispánico, pero esa es una aspiración imposible de consumar, es decir, no podemos evitar la porción de sangre española en nuestras venas, sangre que es sinécdoque de todo lo español que no podemos extirpar. Tampoco podemos negar, sería una necedad, toda la riqueza de lo indígena que recibimos, acaso el componente que más nos singulariza hoy como nación.

Ante la legión de defensores y detractores de la conquista —una polémica ideal para guerrear en las redes sociales—, creo que lo mejor es asumir una postura reflexiva que trate de indagar en el pasado con menos acaloramiento y más serenidad, como de hecho ocurre en las aproximaciones a la figura de Cortés emprendidas por el francés Christian Duverger en Hernán Cortés. La espada (Taurus, México, 2019, 509 pp.) y en el ya clásico Hernán Cortés (FCE, México, 2021, 775 pp.) de nuestro José Luis Martínez, obras monumentales que con documentos en la mano plantean/replantean que en la conquista hubo más, mucho más que buenos y malos.

Por último, y aunque no sea necesario expresarlo, desde hace mucho estoy bien instalado en mi condición de mestizo, en mi ser indígena-español al mismo tiempo. Mal haría si no, pues, aunque la negara, tal confluencia estaría en mí definitiva, inexorablemente, así que creo es mejor asumirla y comprenderla.

miércoles, julio 14, 2021

Historias de Tello Díaz

 











Cuatro largas historias componen Historias del olvido (Cal y Arena, México, 1998, 156 pp.), de Carlos Tello Díaz. La semblanza resumida del autor disponible en la Enciclopedia de literatura en México anota, entre otros ítems, que nació en Cambridge, Gran Bretaña, el 13 de febrero de 1962. Es narrador, ensayista y cronista. Estudió Filosofía y Letras en el Balliol College de la Universidad de Oxford, y Relaciones Internacionales en el Trinity College de la Universidad de Cambridge. Ha sido investigador y profesor en las universidades de Cambridge (1998), Harvard (2000) y La Sorbona. Director de la revista Arcana. Colaborador de El Financiero, ReformaRevista de la Universidad de México. Obtuvo el Egerton Prize 1979 y la Medalla Alonso de León al Mérito Histórico. Premio Mazatlán de Literatura 2016 por Porfirio Díaz, su vida y su tiempo. Aparte, no sobra señalar que es hijo de Carlos Tello Macías, exfuncionario del gobierno federal que entre otros cargos fue secretario de Programación y Presupuesto y embajador de México en varios países.

He atravesado con placer las páginas de Historias del olvido por la tersura de la prosa, en primer término, y por el exuberante fondo documental que soporta cada pieza. Como observé al principio, son cuatro historias de extensión amplia, en promedio de cuarenta páginas cada una, todas ellas muy interesantes porque reconstruyen el contexto, descrito con densidad, en el que se movieron personajes casi sepultados por el olvido. La tarea del biógrafo, en este caso, ha sido rescatar vidas que dejaron huellas documentales no muy notorias, pero suficientes para urdir relatos impregnados de tragedia.

En “La pasión de José Rovira”, Tello Díaz dibuja la vida de ese tal Rovira que en el siglo XIX vio imposibilitada la consumación de su amor con Rosario Casasús debido a que en principio, joven todavía, él se había vinculado con la iglesia como diácono. Enamorado, trató de llegar al alto clero de Roma para anular su compromiso eclesiástico, pero la vida se fue diluyendo sin lograr el propósito de quedar libre para cristalizar su proyecto con Rosario. Vemos aquí, fielmente rehecha, la realidad espiritual de una época, aquella en la que era todavía frecuente ver impedida la unión de los amantes por acatamiento a cánones cuya rigidez hoy podría ser vista de manera asaz distendida.

En el segundo relato, “La muerte de Delfina”, el autor nos adentra en la vida de Delfina Ortega, primera esposa de Porfirio Díaz. Muy diferente a Carmen Romero Rubio (segunda esposa del militar oaxaqueño), “Fina”, como le llamaban, era discreta, ajena al ajetreo social que inevitablemente provocaba la actividad de su marido. Tuvo dos hijos (uno de ellos Porfirito) y perdió varios en el camino. En 1880, tras un parto difícil y la muerte casi inmediata de su recién nacida, Delfina agonizó hasta morir ella también.

“La tragedia de los Noriega” narra la muerte trágica de los hermanos Eulalia e Íñigo Noriega, hijos del acaudalado español también de nombre Íñigo. Esto aconteció en 1913, apenas unos días antes de la Decena Trágica, el 31 de enero. El relato deja ver lo misterioso de esas muertes supuestamente consumadas por suicidio acordado entre los hermanos. La prensa amarilla, que ya se daba vuelo desde entonces, insinuó la posibilidad de una relación incestuosa, pero nada quedó claro, salvo que la fortuna del acaudalado y déspota Noriega comenzó a naufragar en la tolvanera revolucionaria hasta que el viejo quedó en la ruina y murió hacia 1920.

La última historia es la más cercana en el tiempo (el libro avanza, digamos, de manera cronológica), y recorre el ambiente de la casa regenteada por Graciela Olmedo, la Bandida que hace poco, casualmente, mencioné en este mismo espacio. “La casa de la Bandida” es quizá el relato con menos unidad del libro, pues se ramifica en varios subtemas vinculados con la vida nocturna de la capital, entre ellos la presencia en casa de la Bandida de intelectuales como José Alvarado, Octavio Paz y Carlos Fuentes.

Historias del olvido es un libro ya mayor de edad, pero sus textos admiten una lectura atemporal que en último término puede desembocar en gratitud hacia su autor.

miércoles, junio 30, 2021

Presentación a (y de) Tulitas

 











Hoy en la noche, en la Casa del Cerro, será presentada la tercera edición de Tulitas de Torreón traducida por Fernando Fabio Sánchez (Torreón, 1973). Gerardo García y yo acompañaremos al traductor, quien es también escritor, maestro y columnista de prensa. Participé dentro de este libro como editor y como escritor en un par de páginas. Un fragmento de lo que contiene está aquí: 

Entre los documentos privados, íntimos, que mejor testimonian el nacimiento de Torreón como ciudad destaca, sin duda, Tulitas of Torreon. Reminiscences of Life in Mexico, publicado en 1969 en El Paso, Texas. Tal vez no fue Fernando Fabio Sánchez el primer torreonense que tuvo en sus manos ese libro, pero sí, esto es seguro, el primero que se impuso la tarea de divulgarlo, lo que empezó por el desinteresado acto de trasladarlo a nuestra lengua. El traductor describe en su prólogo la circunstancia que lo puso frente al libro y lo que vino luego: el lento trasiego de un idioma a otro.

Lo que no cuenta es que pocos años después, en 2000, con escasos recursos y ya lejos de La Laguna, emprendió la edición y la impresión de estas reminiscencias para que nosotros tuviéramos la oportunidad de acceder al relato que alguna vez le hiciera Tulitas Jamieson a Evelyn Payne.

Lamentablemente, aquel fruto editorial no gozó de la circulación adecuada, y el libro deambuló poco en la región del Nazas. Llegó, sí, a varios lectores que atestiguamos con asombrada delectación el largo camino que debió recorrer la Casa del Cerro para contarnos sus historias inaugurales, las que tejió allí Tulitas Jamieson (hija de Federico Wulff) con sus padres y sus hermanos.

Casi quince años después de aquella primera edición en español preparada por Fernando Fabio Sánchez tuvimos a la mano la segunda en 2013, y hoy la tercera en 2019. La primera, bellamente editada pese a su austero acabado, fue revisada en la segunda edición por el autor y a ella le fue añadido un anexo fotográfico fundamental para complementar las excelencias del relato. Asimismo, la portada pasó de ser meramente tipográfica a icónica, y en ella luce una composición donde destaca la casona que hoy es uno de los emblemas torreonenses. Salvo en la portada y otros detalles menores, tercera edición respeta la publicación anterior.

¿Por qué esta nueva salida de Tulitas de Torreón. Reminiscencias de una vida en México? Creo que la mejor respuesta es también la más simple: porque es un libro entrañable, querible, sobre el pasado de nuestra ciudad visto desde el recuerdo y desde, como se dice ahora, la otredad. Unas cuatro o cinco décadas después de que Tulitas nació en Torreón y vivió en la Casa del Cerro, cuenta a Evelyn Payne, su hija, la andanza de la familia Wulff en nuestras tierras. Tulitas narra, Evelyn escribe, y gracias a ese volcamiento de la memoria nosotros asistimos no sólo al relato familiar, sino a la recreación de aquel pasado en el que Torreón era una ciudad recién nacida. El tono de la narración es, creo, una de sus virtudes más poderosas, pues de manera sencilla, sincera, coloquial, Tulitas articula su evocación sin presentir siquiera que alguna vez la estaremos leyendo en español.

Esto, ingresar al recuerdo de Tulitas en nuestra lengua, se lo debemos a Fernando Fabio Sánchez, quien luego de concluir sus estudios de comunicación en La Laguna emigró a los Estados Unidos, esto a mediados de los noventa. Allá estudió su maestría y su doctorado en letras, ambos en la prestigiada Universidad de Boulder, Colorado. Luego ha trabajado como maestro e investigador en dos universidades del oeste norteamericano (en Oregon y en California). A la par, sus libros han visto poco a poco la luz; ha publicado cuentos, poesía y ensayo. Destaca en su notable bibliografía el estudio monstruo titulado La luz y la guerra. El cine de la revolución mexicana, compuesto junto al también lagunero Gerardo García Muñoz; este libro es ya, desde su salida, un estudio canónico sobre el tema, y da cuenta por sí solo de la solvencia intelectual adquirida por dos estudiosos torreonenses. Un personaje protagónico de Tulitas de Torreón es, por supuesto, la Casa del Cerro que desde hace un siglo se erige como una de las presencias más visibles, por su señera ubicación, en el extremo poniente de la ciudad. Hoy, la Casa del Cerro es, como sabemos, un museo, y es dable pensar que el diálogo de Tulitas con Evelyn constituye también una especie de biografía sobre este recinto, uno de los patrimonios arquitectónicos más queridos por los laguneros. Avancemos ya, pues, sobre las páginas de este recuerdo. Que Tulitas de Torreón sea leído y comentado como lo merecían y como lo merecen, como lo merecerán siempre, nuestra querida Casa del Cerro y sus primeros inquilinos.

sábado, febrero 13, 2021

Acequias 83












El martes 16 de febrero a las 6 de la tarde en su cuenta de Facebook la Universidad Iberoamericana Torreón presentará el libro Luces en el polvo. Influencia del Club Fotográfico de La Laguna en el trabajo de José de Jesús Gil Alonso (1961-1987), investigación realizada por Alfredo Máynez Gil. Los comentarios estarán a cargo de Laura Orellana Trinidad, el autor y quien esto firma. Precisamente el prólogo íntegro de este libro, escrito por la doctora Orellana, y una entrevista a Alfredo Máynez sobre su primera experiencia como autor, son los cimientos del número 83 de Acequias, revista de la Ibero Torreón disponible gratuitamente en la web de esta universidad. En su editorial del número publicado en diciembre pasado, se consigna su contenido de la siguiente forma:

Este 2020 ha sido, sin exagerar, el año más raro en la historia de la humanidad. Nunca como ahora, doce meses se han ido de forma tan peculiar, con una buena parte de la población mundial resguardada en sus hogares para alejar en lo posible el contagio de Covid 19. Muchos, pese al confinamiento y las medidas sanitarias dispuestas por la autoridad, hemos visto la lamentable pérdida de parientes y amigos cercanos, y hemos sabido que en todas partes los gobiernos han combatido, con mayor o menor éxito, al agente microscópico que provocó la pandemia. Amaneceremos al 2021, lamentablemente, con la zozobra de no saber cuándo terminará esta extraña forma de vivir. Mientras no haya certeza, vale más atender las medidas propuestas por las autoridades y no dejarse llevar por la desesperación, que suele ser mala consejera.

En medio de tal panorama, este número de Acequias abre con un acercamiento de la doctora Laura Orellana al trabajo del maestro Alfredo Máynez sobre la labor fotográfica de José de Jesús Gil Alonso. Lo sigue una entrevista al autor de Luces en el polvo donde, entre otras afirmaciones, describe el valor de la historiografía como herramienta para reconstruir el pasado no sólo de los próceres o de los hitos militares o políticos, sino también de mujeres y de hombres que en su vida cotidiana edificaron realidades dignas de ser investigadas y contadas.

Una larga entrevista del escritor Gerardo Segura al editor Édgar Valencia nos muestra el origen remoto de una vocación por la lectura y los libros. Luego, Iñaki Leal, exalumno de la Ibero hoy radicado en Nueva Orleans, comenta a tranco amplio la trayectoria literaria de Ricardo Piglia. Viene después un ensayo sobre La Laguna a principios del siglo XX escrito por el exalumno de la Ibero Torreón Gerardo Alfredo Martínez Macías, y en seguida otro del escritor lagunero Jesús Nares Jaramillo sobre la obra poética de Fernando del Paso. A propósito del décimo aniversario luctuoso de Francisco José Amparán se ofrece sobre él un apunte biográfico.

Cierran esta edición 83 de Acequias un cuento de Saúl Rosales, quien en 2020 cumplió 80 años; un fragmento del libro Magdalena Mondragón: su vida y su obra en México, de Blanca Galván, y tres poemas de Miguel Ángel Centeno, miembro del taller literario del Teatro Isauro Martínez.

Sin más, deseamos que el 2021 sea infinitamente mejor.