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sábado, octubre 12, 2024

Revisita a la colección Lobo Rampante

 














Hoy coincide la salida de esta columna con el cumpleaños 74 de mi amigo Sergio Antonio Corona Páez, quien murió en 2017. Para recordarlo —aunque no pasa semana sin que lo tenga presente de algún modo—, traigo esta reseña general de un proyecto que emprendimos juntos, él como investigador y coordinador, y yo como editor. Nunca publiqué este comentario múltiple, y no sé por qué lo tenía extraviado en mis papeles. Supongo que la escribí hace veinte años, pero es inédito. Sólo lo actualicé un poco. Va.

El Archivo Histórico Juan Agustín de Espinoza de la Universidad Iberoamericana de Torreón, Coahuila, México, publicó hace varios años la colección Lobo Rampante, serie de siete cuadernillos que buscó difundir parte de los documentos que obran en su repositorio. El nombre de la colección obedeció a que los textos introducidos y anotados por especialistas fueron generados en el Antiguo Régimen, particularmente en la etapa colonial del norte mexicano dentro del inmenso territorio llamado Nueva Vizcaya que según el historiador Vito Alessio Robles ocupaba los actuales estados mexicanos de Sinaloa, Sonora, Durango, Chihuahua y el sur de Coahuila. A continuación traigo un brevísimo comentario sobre cada título.

El vino en la Nueva Vizcaya

Una disputa vitivinícola en Parras (1679) vislumbra el interés que puede nacer en ciertos círculos académicos, europeos la mayoría, por las cosas de la colonia neovizcaína, más si se vinculan con la exploración directa de los testimonios que dan cuenta del esplendor vitivinícola que caracterizó a Santa María de las Parras.

Una disputa... es un testimonio irrefutable del peso que tuvo la cultura del vino en esta zona de Coahuila, y su valor como documento quedará constatado con la recepción que le hagan los estudiosos de la vitivinicultura en el mundo. Quizá gracias a esta plaquette, Santa María de las Parras pueda ser redimensionada como objeto de estudio, ya que hasta el momento no se ha dado a la luz el enorme arsenal de piezas que conforman el rompecabezas de la vitivinicultura neovizcaína.

Censo y estadística de Parras, La Laguna en el nacimiento de México

Dos asombros me asaltaron cuando vi por primera vez el original del cuadro estadístico que da cuenta de la vida parrense en 1825: uno, la aparente ininteligibilidad del documento y, dos, la vocación que movió a José Ignacio Mijares para tomar nota del clima, la geografía, la producción y el estado demográfico que guardaba el actual sur de Coahuila cuando alboreaba el nacimiento del México republicano.

Basta asomarse al documento original para comprender la razón de esa perplejidad. Compuesto por siete fojas, el manuscrito de Mijares —a la sazón presidente de la jurisdicción de Parras en 1825— es legible en sus secciones de texto corrido, pero es francamente intrincado en el folio inicial que corresponde al cuadro-resumen estadístico. En total, el documento está fragmentado en 53 secciones, cada una de las cuales se ocupa de examinar una peculiaridad del mundo parrense. Hasta el carácter y el temperamento de los lugareños, desde la óptica del observador Mijares, encuentra albergue en el antedicho documento, sobre todo en aquel pasaje donde se apunta que, entre otras virtudes, los habitantes del Partido censado son “patricios, generosos, rectos, valerosos...”

Durante los 28 años que demandó la edificación del censo, Parras y sus alrededores mostraron hacia principios del siglo antepasado —el xix— que ese ámbito se caracterizaba por la diversidad, por la heterogénea convivencia de hombres y mujeres dedicados al trabajo en condiciones casi siempre desfavorables. El anonimato de aquellos pobladores no implica que hoy sea ignorada su valiosa contribución al desarrollo del sur de Coahuila y del norte de México. He aquí el valor que guardan los rescates documentales y la difusión, en su formato de libro y en otros soportes, de todas aquellas obras que nos pueden hablar sobre el pasado de una región a la que todavía le quedan muchísimas palabras por decir.

Gerónimo Camargo..., novela encontrada en un manuscrito

Hay que comenzar esta recensión con un par de preguntas que parecen necesarias para entender la valía de Gerónimo Camargo, indio coahuileño, ejemplar número tres de la Colección Lobo Rampante. ¿Por qué la declaración de Camargo nos parece sumamente atractiva? ¿Qué hace de este documento una pieza verbal cuya lectura podemos despachar de un perplejo tirón? Las dos preguntas tienen una sola respuesta: el recurso de la narración, el arte de contar una aventura con el fin de edificar la ilusión de realidad, eso es lo que provoca la fascinación en un lector asiduo a la literatura. Como la novela, como el cuento, como la crónica, como el relato, Gerónimo Camargo, indio coahuileño es un documento que basa su magnetismo y su eficacia en la vistosa organización de lo narrado, en el qué y en el cómo de lo que allí se cuenta.

Gerónimo Camargo... vale por muchas razones, varias de ellas señaladas en el inmejorable pórtico trazado por Carlos Valdés Dávila. Para mí, dada mi indisimulable inclinación por las ficciones, el volumen es de subidos quilates por lo que tiene de literario, de narrativo, de anecdótico. Cuando lo conocí, gracias al paleografiado de Sergio Antonio Corona Páez —quien me advirtió la calidad literaria del documento—, confirmé lo que tantas veces me ha ocurrido: a veces los sucesos del pasado se nos ofrecen como si fueran esqueletos de novelas, borradores de cuentos, materia prima de literatura. Por supuesto esa es una imposición de mi historicidad como lector de narrativa ficcional, pero si me trato de desprender de tal subjetivismo encuentro que, en efecto, la declaración de Camargo es una especie de mininovela picaresca en el desierto coahuilense, una mininovela en la que escuchamos con claridad, casi sin adulteración, la voz de un indio.

Tríptico de Santa María de las Parras, un ejemplo de la crítica de fuentes

Una de las tantas novedades que enseña la nueva historia es la crítica de fuentes. Tal crítica impide considerar al documento, a cualquier documento, como texto canónico, como dogma de fe para iluminar algún predio del pasado, ya que siempre estará latente la posibilidad de encontrar otros documentos que contradigan a los que en cualquier momento hayan establecido La Verdad. Por esa razón, quizá no haya mayor logro para el trabajo histórico que el de aportar testimonios frescos, documentos que posibilitan una lectura diferente del pasado.

Tríptico de Santa María de las Parras eso hace. A partir de su publicación, la fuente de primera mano para explicar el origen, geografía y estado político de esta amplísima zona del sur coahuilense ya no será la articulada por el padre Agustín de Morfi y su famoso Viaje de Indios. Ahora, le corresponde ese mérito al padre Dionisio Gutiérrez, quien más de dos siglos después pasa a ser restituido como el más autorizado vocero de lo que era Santa María de las Parras.

Este cuarto ejemplar de la Colección Lobo Rampante coloca al alcance del lector una interesante triada de documentos que, aunque nominalmente se refieren a Parras, en realidad, por su contenido y trascendencia, son relevantes para la historia del sur de Coahuila e incluso para la historiografía (entendida ésta como reflexión crítica sobre la manera de historiar) y la crónica colonial mexicana.

Imagen del rey en Nueva España

Desde el triunfo de los liberales, la Colonia mexicana no goza de mucho prestigio entre los estudiosos de nuestro pasado. Por décadas que ya suman siglos, nuestra experiencia virreinal ha sido objeto de ninguneos sistemáticos o, a lo sumo, de menor atención que, por ejemplo, el complejo universo prehispánico o el proceso revolucionario que echó a tierra el Porfiriato. Todavía sobrevive en los libros de texto mexicanos la idea de que ese tramo de trescientos años nos pertenece, sí, pero a regañadientes, como una etapa vergonzosa, como si fuera nuestra Edad Media. Aun aceptando este prejuicio, la historia académica que aspire de veras a la seriedad no debe proceder con aprioris de tal naturaleza. El pasado, por ominoso que parezca, no debe recibir ninguna descalificación, mucho menos la basada en prejuicios.

Real espejo novohispano. Una lectura de la Monarquía española según documentos del obispado de Durango (1761-1819), contiene nueve manuscritos, hasta ahora inéditos, donde se evidencia que la vida de la dinastía borbónica —nacimientos, decesos, matrimonios y demás—, impactó en la cotidianidad de los habitantes del norte novohispano. Como señala en su introducción el doctor Salvador Bernabéu Albert, investigador de la Escuela de Estudios Hispano-Americanos de Sevilla, España, el interés fundamental suscitado por estos documentos radica en que exponen los mecanismos usados por la corona para dar a conocer las noticias vinculadas al monarca y su familia, lo que a trasmano revela formas de control social y reconocimiento del poder trasatlántico por parte de los súbditos.

Ataque a la misión de Nadadores o el documento como protagonista de la historia

Ataque a la misión de Nadadores, sexto miembro de la familia Lobo Rampante, asimismo condensa su contenido en el atinado título; en efecto, se trata aquí de compulsar un mismo acontecimiento, el ataque a la natatoria misión, a partir de dos documentos que testimonian ese hecho y ponen en el centro de la escena a don Diego de Valdés. He allí, en una sola línea, el trazo general de la introducción trabajada por Valdés Dávila. En ella, basado en el par de testimonios que han sobrevivido a los siglos, el científico saltillense piensa en el valor del documento como materia prima del historiador, pero de paso sugiere el ineludible uso de un tamiz que le permita a la verdad histórica ser bien cribada en el presente.

El valor capital de Ataque a la misión de Nadadores: dos versiones documentales sobre un indio cuechale es el de hacernos comprender (a partir de dos viejas descripciones donde el protagonista es el entrañable Diego de Valdés) la saludable necesidad de no levantar la mano con tajancia cuando algún documento nos revela una verdad.

Ataque... contiene un prefacio del doctor Sergio Antonio Corona Páez —paleógrafo por cierto del primer documento sobre don Diego incluido en este volumen—, la introducción del maestro Valdéz Dávila, los dos manuscritos sobre don Diego y un anexo con seis páginas apendiculares pero también esclarecedoras: las etnias registradas en el Libro de entierros de la misión de Nadadores, la lista de los sacerdotes de la misión, un croquis de las misiones franciscanas, otro de Coahuila en 1730 y dos grabados.

Viñedos y vendimias en la Nueva Vizcaya, Parras como vergel

Un inapreciable aporte al conocimiento de lo que fue el norte mexicano se encuentra contenido en las páginas de Viñedos y vendimias en la Nueva Vizcaya. Los privilegios otorgados a sus cosecheros por la corona española en el siglo XVIII. Con documentación suficiente y con la interpretación más rigurosa, este séptimo volumen de la Colección Lobo Rampante rinde testimonio de la bonanza vitivinícola que durante la Colonia caracterizó la vida de Santa María de las Parras (hoy Parras de la Fuente, en el estado mexicano de Coahuila, México). Como lo explica el doctor Corona Páez, autor del estudio introductorio, y como lo evidencian las pruebas documentales que él ha transcrito y cotejado para el caso, la corona no sólo no prohibió la producción de vinos legítimos en esta parte del imperio español, sino que estimuló su producción y creó con ello, en Parras, una cultura del trabajo asombrosa y peculiar, única por su naturaleza en todo el septentrión novohispano.

Nota. La página de publicaciones de la Ibero Torreón está siendo reconstruida en este momento. Pronto será reabierta y estarán disponibles en PDF, entre muchos otros títulos, los volúmenes de la colección aquí abordada.







miércoles, marzo 01, 2023

Mi Serch

 











Hoy recuerdo la partida de Sergio Antonio Corona Páez. Ya en varias oportunidades he señalado que me unió a él una amistad profunda y respetuosa, cordial y lúdica. El último de los cuatro adjetivos recién puestos tal vez podrá desconcertar. Lo entiendo si es así. Quienes lo conocieron de lejos, sólo por sus notables ensayos históricos como La vitivinicultura en Santa María de las Parras o El País de La Laguna, con toda razón pueden pensar que el doctor Corona Páez asumió su trabajo de investigación y escritura con un rigor que le exigía severidad, aislamiento, concentración y por ello cierto rechazo a la interacción social.

Estos rasgos de su personalidad son ciertos, y a pocas personas he conocido con su índole, la índole serena de quien todo el tiempo está metido en la exigente reflexión de ideas que luego habitarán las páginas de periódicos, revistas y libros. El doctor Corona encaja en esta categoría de persona, pero debo decir que creo haber sido de los pocos, y quizá el único, que logró, gracias a la similitud de mi talante con el suyo y a los muchos años de convivencia laboral en la Ibero Torreón, establecer con él una amistad risueña, llena de permanentes bromas construidas sobre todo con juegos de palabras.

Aunque al escribir siempre me he referido a él con su nombre y con su mayor título académico, el de doctor (en Historia), en corto no era así. No sé por qué ni cuándo comencé a decirle “Serch”, lo que complementaba con el pronombre posesivo “mi” que encabeza esta columna.

La confianza y la convivencia, pese a su condición de maestro y erudito, nos llevó pues a las bromas verbales y en algún punto sucedió lo que más nos enlazó en la complicidad de la risa: entre los dos, sin querer, “inventamos” un código de comunicación chusco al que denominé, para beneplácito de mi Serch, “estilo paleográfico”. Dada la especialización de mi amigo en la lectura y transcripción de documentos originales de la Colonia, gusto que yo compartía pero sólo como lector de libros y no de fuentes primarias, comenzamos a hablar cambiando ciertas letras, aquellas que en los manuscritos eran escritas de acuerdo al uso irregular de la escritura colonial. Y así hablábamos, con una pronunciación muy marcada de la equis (“dixo” en lugar de “dijo”), “ch” en lugar de “c” (“charro” en lugar de “carro”), la “c” en lugar de la “ç” con cedilla (“cabeca” en lugar de “cabeça” con sonido de “zeta”). El código era arbitrario, burdo, pero nos divertíamos usándolo, y eso hizo permanente la risa entre nosotros. Al final batallábamos mucho para ponernos serios y hablar sin “estilo paleográfico”.

Digo lo anterior porque sigo dialogando solo con mi amigo, y es allí, en el terreno de la memoria, donde resurge el código y el recuerdo de mi Serch, amigo y maestro cuya partida lamenté hace, hoy, exactamente seis años.

miércoles, enero 16, 2019

Torreón: origen demostrado














En diciembre fui con mis hijas a las Dunas de Bilbao y de allí dimos un breve salto a Viesca. En el camino y en ambos lugares recordé, como siempre que recorro nuestra región, a mi amigo Sergio Antonio Corona Páez (Torreón, 12 de octubre de 1950-1 de marzo de 2017). Ahora bien, recordarlo es recordar sus libros. El último, que por cierto tuve el honor de editar, fue El Rancho de La Concepción. Trashumancia laboral: factor del proceso de formación de una identidad regional lagunera, siglos XVIII y XIX (Ibero Torreón, 2016, 196 pp.), que es la constatación no especulativa, sino basada en documentos, de la relación de hermandad que guardan las ciudades laguneras en términos de origen racial y cultural.
Como lo dijo el doctor Corona Páez en su momento, “Este libro es el resultado de un proyecto de investigación en torno a uno de los factores que intervinieron en el surgimiento de un fenómeno social: la formación de una identidad lagunera durante los siglos XVIII y XIX (…): ¿realmente existía una identidad regional, rasgos de mentalidad socialmente compartidos en la percepción y en la acción cotidianas (rasgos culturales) que distinguían a los laguneros de los habitantes de otras regiones? ¿Eran conscientes de esa singularidad diferenciadora?”
Basado en diversas fuentes primarias, este libro tiene como base el padrón del Rancho de La Concepción. El autor lo transcribió e hizo una investigación genealógica de cada familia. “Es notable comprobar —señaló— cómo los hijos de los mismos padres nacían en diferentes lugares de la Comarca. El libro incluye historias de caso que son muy ilustrativas. Por otra parte, los habitantes del Rancho de la Concepción, lugar que aparece en uno de los mapas de Humboldt de 1804, se convirtieron en las familias torreonenses más antiguas del municipio y de la ciudad”.
En efecto, al volver sus páginas advertimos que la dinámica social de los primeros torreonenses vinculaba en lo laboral y en lo familiar —mediante los matrimonios— a laguneros de Mapimí, Parras, San Juan de Casta, Cuencamé, Viesca, Matamoros y otros lugares de la comarca. Hay pues, demostrado, un origen común predominante en los primeros torreonenses. Pueden hacerse de este libro en El Astillero (Morelos 559 poniente, Torreón).

sábado, diciembre 30, 2017

Somos sus hermanos mayores














Varios meses antes de su fallecimiento entrevisté al doctor Sergio Antonio Corona Páez. Planeamos ese diálogo por eso, porque él presentía que la muerte estaba cerca y ambos decidimos, así fuera por mi iniciativa, conversar sobre los temas que quedaban cerca de sus intereses emocionales e intelectuales. El resultado que obtuve fue una entrevista de aproximadamente cincuenta cuartillas en las que inquirí sobre muchos asuntos; con todo y eso, ahora advierto que innumerables preguntas se me quedaron en el tintero.
Una de las que sí le formulé fue ésta: “¿Qué relación has tenido con los animales?” La hice adrede, claro, pues en nuestras largas conversaciones siempre vi en Sergio un amor y un respeto por los animales que jamás he vislumbrado en otros interlocutores. Esa era la principal razón por la que respetaba, por ejemplo, a San Francisco de Asís, y mediante los animales reafirmaba su flanco místico.
La larga respuesta de mi entrevistado fue la siguiente:
“Los animales siempre han ocupado un sitio especial en mis sentimientos. Porque para mí siempre han sido mis hermanos pequeños. El maltrato y la crueldad de que pueden ser objeto han constituido una de las angustias más grandes que me ha tocado padecer a lo largo de mi vida. Nuestra cultura es muy ciega en su manera de ver a los animales, como si fueran cosas. No perciben ni el alma, ni la individualidad, ni la personalidad que cada animal posee. Yo desde niño conviví con mascotas: gatos, perros, pericos, loros, tortugas. Aprendí a observarlas y supe que son como humanos en lo que al sentir se refiere, aunque mucho más ‘humanos’, mucho más nobles y agradecidos. Sienten alegría, tristeza, dolor, bienestar, calor, frío. Sienten incluso otras cosas más complejas que simples estímulos físicos: experimentan el afecto tanto como el desamor. Sienten decepción, desilusión, depresión… terror. Son creaturas nobles y delicadas. Dios puso al ser humano como mayordomo de la creación, pero se convirtió en su verdugo. Existen humanos que son peores que bestias en su maltrato, no solamente hacia los animales, sino también hacia otros humanos. Si México es un país donde la tortura a hombres y mujeres se encuentra generalizada, ¿qué podría esperarse en favor de la integridad física de los animales?
Desgraciadamente aún no corren los tiempos en que ‘la creación entera será redimida tras gemir con dolores de parto’ (no solamente el ser humano, al decir de Pablo). Mientras eso sucede, hay que matar para vivir. Yo no me opongo al sacrificio de animales para alimento del ser humano, en esta etapa de los tiempos. A lo que me opongo es al lujo de crueldad, a veces verdaderamente satánica, con la que esto se hace. Dijo Jesús del gran mérito que poseen los que dan su vida por otros. ¿Es que la humanidad no se da cuenta que los animales mueren para que nosotros vivamos? ¿No deberíamos tratarlos con respeto, y evitarles toda agonía, toda crueldad innecesaria? Y con los animales que no poseen valor económico, el panorama suele ser mucho peor. Hay humanos que se ensañan con las mascotas, simplemente porque son seres que no se pueden defender, o bien, porque no existe sanción legal para su maltrato (y eso suponiendo un estado de derecho que no existe en México). Siempre he dicho que una sociedad que admite la tortura de animales será un país que padezca la tortura física de sus ciudadanos. Porque en la niñez es donde se forma el valor del respeto a la integridad de los demás, incluidos animales, plantas y cosas.
De acuerdo a Génesis, en el Jardín del Edén nadie mataba para comer. La muerte entró con la desobediencia del ser humano. Y según Isaías, en el mundo futuro el lobo y el cordero vivirán juntos, el leopardo y el cabrito se echarán juntos, el becerro, el león y los animales domésticos andarán juntos; el león, como el buey, comerá paja”.
Desde que lo escuché, asentó en mí esa poderosa enseñanza. No llego a tanto, al misticismo, como Sergio, pero sé que por varias razones debemos respetar a los animales. En primer término porque son, como nosotros, parte de la naturaleza, y dado que esto es así todos tienen, o tenemos, una función determinada que a veces nos resulta muy evidente y a veces no tanto. En segundo lugar, porque los seres humanos, al ser dotados de capacidades potencialmente infinitas y más altas que las de todos las demás especies del planeta, debemos obrar en consecuencia y proceder con respeto, como vigilantes y salvaguardas de la fauna y de la vida en general. Atenidos a las necesidades de supervivencia de nuestra especie requerimos de alimento, de pieles, de sustancias y más recursos basados en el animal, y es por ello que debemos insistir en no agredirlos gratuitamente, en cuidarlos, en tratar de que no se rompa el tejido del equilibrio ambiental ni la biodiversidad.
El desarrollo de la inteligencia humana es capaz, hoy, de encontrar soluciones para el mantenimiento de la vida. Debemos dar pasos en el sentido del respeto y el asombro: todo animal es, observado detenidamente, una maravilla de la ingeniería natural, un portento de la evolución. No tenemos pues derecho a maltratarlo, a destruirlo, a extinguirlo. Los hombres, que nos servimos tanto de los animales para tantas cosas, somos los responsables de su permanencia en la Tierra: somos sus hermanos mayores.

jueves, julio 13, 2017

Abundancia historiográfica del doctor Corona Páez




















Publiqué este texto en el más reciente número de la revista Nomádica. Sigo pensando que la producción escrita del doctor Corona Páez es notable en razón de su abundancia, su rigor y su originalidad. Esto ocurre por ejemplo en su libro mayor, cuya portada ilustra este post; esta obra es la más documentada sobre la zona del México colonial que mejor explotó la vitivinicultura. En España, en Francia, en Chile y otros países hay especialistas que lo aprecian como estudio modelo; acá, en La Laguna, tierra de su autor, todavía se le regatea mérito. Pero bueno, así pasa con frecuencia, nadie es profeta...

El doctor Sergio Antonio Corona Páez (Torreón, Coahuila, 12 de octubre de 1950-Ibid., 1 de marzo de 2017) publicó numerosos libros individuales y colectivos. Sus frutos como investigador del pasado lagunero son pues, en cantidad, objetivamente, lo más abundantes entre los que han sido producidos sobre nuestro entorno, y en calidad, esto lo afirmo subjetivamente y sin creer que se trata de una sobreponderación inmerecida, básicos para comprender mejor lo que fuimos y acaso lo que somos como región.
Creo preciso establecer tres periodos simétricos en la producción de este historiador. De las casi dos décadas que dedicó a la armazón de libros, los primeros seis años (de 1997 a 2003) ocupan una etapa que podemos llamar preparatoria, formativa. La segunda parte, los seis años que van, más o menos, de 2004 a 2010, es la del asentamiento, la etapa en la que ofrece sus obras más logradas. En la tercera aparecen títulos en los que prosiguió su labor en una derivación hacia lo didáctico y étnico-identitario.
En cuanto a la etapa inicial, ya sus primeros libros son valiosos y mostraron las armas metodológicas que como estudioso de la historia tuvo el doctor Corona Páez. Entre otros títulos puedo recordar El águila y la doncella: las fundaciones de México (Brecha, colección Ave Fénix. número 3. Torreón, 1997); San Juan Bautista de Los González Cultura material. Producción y consumo en una hacienda saltillense del siglo XVII (coedición del Archivo Municipal de Saltillo y la Universidad Iberoamericana Plantel Torreón. Editorial del norte mexicano. Torreón, 1997); Ríos de gozo púrpura. Vitivinicultura y cotidianidad en Santa María de las Parras (coedición de la Secretaría de Educación Pública de Coahuila y el Archivo Municipal de Saltillo. Saltillo, 1998); Una disputa vitivinícola en Parras (1679) (Colección Lobo Rampante. Número 1. Coedición Universidad Iberoamericana Torreón y Ayuntamiento de Saltillo. Torreón, 2000); Censo y estadística de Parras (1825) (Colección Lobo Rampante. Número 2. Coedición Universidad Iberoamericana Torreón e Instituto Municipal de Cultura de Saltillo. Torreón, 2000); Tríptico de Santa Maria de las Parras (paleografía de Manuel Sakanassi Ramírez. Colección Lobo Rampante Número 4. Coedición Universidad Iberoamericana Torreón y Ayuntamiento de Saltillo. Torreón, 2001); Viñedos y vendimias en la Nueva Vizcaya. Los privilegios otorgados a sus cosecheros por la corona española en el siglo XVIII (Colección Lobo Rampante Número 7. Universidad Iberoamericana Torreón, 2003).
El segundo periodo trae consigo libros que me atrevo a calificar como fundamentales en el corpus historiográfico sobre La Laguna: La vitivinicultura en el pueblo de Santa María de las Parras. Producción de vinos, vinagres y aguardientes bajo el paradigma andaluz (siglos XVII y XVIII) (Consejería del Trabajo de la Embajada de España en México. Parque España de La Laguna. Club Deportivo Hispano Lagunero. Grupo Peñoles. Grupo Soriana. Grupo Modelo. Sanatorio Español. Torreón, 2004. Galardonado con el “Gourmand World Wine Books Award” como el mejor libro de historia de las bebidas en México, 2011); El país de La Laguna. Impacto hispano-tlaxcalteca en la forja de la comarca lagunera (Consejería de Trabajo de la Embajada de España en México. Parque España de La Laguna. Club Deportivo Hispano Lagunero. Grupo Peñoles. Grupo Soriana. Grupo Modelo. Sanatorio Español. Torreón, 2006); Apuntes sobre la educación jesuita en La Laguna: 1594-2007 (Universidad Iberoamericana Laguna. Torreón, 2008).
Por último, en los años que van de 2010 a 2016, el historiador lagunero abandona un tanto la ruta de la vitivinicultura en el sur de Coahuila y trabaja en dos vertientes: el didáctico, con Cultura y pasado. Consideraciones en torno a la escritura de la historia (Universidad Iberoamericana. Ayuntamiento de Saltillo. Universidad Autónoma de Coahuila. Saltillo, 2014), y el étnico-identitario, con Padrón y antecedentes étnicos del rancho de Matamoros, Coahuila, en 1848 (Escuela de Ciencias Sociales de la UAC y Universidad Iberoamericana Torreón, Torreón, 2012) y El rancho de la Concepción. Trashumancia laboral: factor del proceso de formación de una identidad regional lagunera, siglos XVIII y XIX (Universidad Iberoamericana. Torreón, 2016).
No cito aquí, obviamente por falta de espacio, los casi incuantificables materiales que publicó en libros académicos colectivos, en el blog Crónica de Torreón y en la prensa lagunera. Por todo, la desaparición física del doctor Corona Páez ha sido, y sigue siendo, una pérdida dolorosa, pero queda su obra, una obra que sin duda seguirá vigente y creciendo en importancia con el pasar de los años. 

sábado, marzo 04, 2017

Maestro, amigo, hermano




















Borges escribió un poema de homenaje póstumo para Alfonso Reyes, amigo luminoso que se le adelantó en 1959. El título del poema es “In memoriam A.R.”, y comienza con la siguiente estrofa: “El vago azar o las precisas leyes / que rigen este sueño, el universo, / me permitieron compartir un terso / trecho de curso con Alfonso Reyes”. Nadie puede mejorar eso, así que incurro en la comodidad de parafrasearlo: el vago azar o las precisas leyes que rigen este sueño, el universo, me permitieron compartir 25 años, un maravilloso trecho de mi vida, con Sergio Antonio Corona Páez.
Sergio murió el pasado primero de marzo de 2017. Nació en Torreón el 12 de octubre de 1950, y en poco más de 66 años construyó una existencia que, como se lo dije muchas veces, me parecía asombrosa y ejemplar, tal vez la más asombrosa y ejemplar de cuantas he conocido. Tímido, introspectivo, sobrio siempre, Sergio fue desde niño un hombre dedicado a trabajar con las dos facetas del espíritu: la de su fe en lo trascendente y la de su amor al conocimiento. En ambos casos no descansó un solo día para mejorar, para mejorarse como ser humano.
Sin grandilocuencia, siempre en el más bajo de los perfiles e íntimamente orgulloso y seguro de lo que hacía, supo desde niño que su vida se vincularía estrechamente, en el plano de lo privado, en una relación personal, directa, con dios, y en el profesional, en el público, con el conocimiento de la historia. A los ocho años comenzó su carrera de historiador y la concluyó hasta el final de su vida, sin parar, lo que dejó a La Laguna aportaciones hoy fundamentales para entender nuestro pasado.
Metódico, pacífico, sereno, respetuoso de la dignidad de hombres y animales, Sergio se consumó como científico social en el campo de la historia. Su divisa fue la de Marrou: “La historia se hace con documentos; sin documentos no hay historia”, por lo que desconfiaba de toda ficcionalización del pasado por intereses ideológicos o ingenuidades. Jamás se sintió dueño de ninguna verdad, y consideraba su obra un punto de partida para nuevas exploraciones, no de llegada.
Le adeudo mucho, muchísimo, y por fortuna se lo expresé a tiempo. Fue mi maestro, se lo dije incontables veces, pero él jamás aceptó serlo. Tampoco aceptó ser mi amigo. Él prefirió algo mejor, como buen sabio: ser mi hermano.

Nota. Tomé la foto que encabeza este post en el pasillo aledaño al Centro de Investigaciones Históricas que coordinaba el doctor Corona Páez en la Universidad Iberoamericana Torreón. Esta imagen figuró en la contratapa del libro "El rancho de La Concepción. Trashumancia laboral: factor del proceso de formación de una identidad regional lagunera, siglos XVIII yXIX" (2016), que yo edité.

miércoles, junio 29, 2016

Nuevo libro de la Ibero Torreón
























La Universidad Iberoamericana Torreón, a través de su Centro de Investigaciones Históricas y con el apoyo del Centro de Difusión Editorial, ofreció hoy una rueda de prensa en el Teatro Isauro Martínez para presentar un nuevo libro que lleva por título El Rancho de La Concepción. Trashumancia laboral: factor del proceso de formación de una identidad regional lagunera, siglos XVIII y XIX, cuyo autor es el doctor Sergio Antonio Corona Páez.
Este libro es el resultado de un proyecto de investigación en torno a uno de los factores que intervinieron en el surgimiento de un fenómeno social: la formación de una identidad lagunera durante los siglos XVIII y XIX. La pregunta inicial que buscaba responder esta investigación era la siguiente: ¿realmente existía una identidad regional, rasgos de mentalidad socialmente compartidos en la percepción y en la acción cotidianas (rasgos culturales) que distinguían a los laguneros de los habitantes de otras regiones? ¿Eran conscientes de esa singularidad diferenciadora? La respuesta a esta pregunta, basada en fuentes primarias de los siglos estudiados y en el testimonio de movimientos sociales cuyo propósito aparente era el de crear en La Laguna una nueva entidad federativa, es positiva. Efectivamente, sí existió, como aún existe, dicha identidad, aunque no necesariamente de la misma manera. 
Otra pregunta que se planteaba la investigación, ahora transformada en libro, era esta: ¿cuáles pudieron ser los factores forjadores de una identidad regional en el País de La Laguna?  El libro menciona una serie de factores concomitantes, pero se interesa de manera particular en uno de ellos: la “trashumancia laboral” en los siglos XVIII y XIX. La Real Academia define el verbo trashumar como “cambiar periódicamente de lugar”, en este caso los ranchos y haciendas de los marqueses de Aguayo (sobre todo en La Laguna de Coahuila) sumadas a las de los condes de San Pedro del Álamo (en La Laguna de Durango), lo que creó una vasta oferta de trabajo para jornaleros locales que se mudaban a los ranchos donde se requería de su trabajo. Los marqueses y los condes mencionados se unieron por matrimonio a principios del siglo XVIII, y sus propiedades laguneras constituyeron una fuente de trabajo de carácter agropecuario para estos jornaleros, según los tiempos y las necesidades de cada rancho y hacienda. De esta manera, se fue creando una consciencia colectiva de pertenencia a un ámbito y a una economía laguneras, y el trabajo duro se fue convirtiendo en un valor social. Para la realización de este estudio se tomó el padrón del Rancho de La Concepción. Se transcribió íntegramente, a la vez que se hizo una investigación genealógica de cada familia. Es notable comprobar cómo los hijos de los mismos padres nacían en diferentes lugares de la Comarca. El libro incluye historias de caso que son muy ilustrativas. Por otra parte, los habitantes del Rancho de la Concepción, lugar que aparece en uno de los mapas de Humboldt de 1804, se convirtieron en las familias torreonenses más antiguas del municipio y de la ciudad. Eduardo Guerra menciona en su Historia de Torreón que para la construcción del primer torreón en 1850, Zuloaga empleó peones de La Concepción. Y en 1893, al crearse la villa y municipio de Torreón, estas familias quedaron dentro de su jurisdicción.
Sergio Antonio Corona Páez (Torreón, 1950), autor del libro, es hijo de don Félix Corona de la Fuente y doña Concepción Páez Martínez. Licenciado en Ciencias y Técnicas de la Comunicación por el ITESO de Guadalajara, obtuvo los posgrados de maestría y doctorado en Historia por la Universidad Iberoamericana Santa Fe. Desde 1998 dirige el Centro de Investigaciones Históricas de la Universidad Iberoamericana Torreón. Genealogista, científico social, investigador y escritor especializado en fenómenos sociales del pasado y del presente de la Comarca Lagunera. Como tal, es autor o coautor de una buena cantidad de estudios así como de libros monográficos y colectivos en México y en el extranjero. Dictaminador en revistas internacionales, también ha publicado artículos dictaminados en revistas científicas de varios países y ha recibido diversos reconocimientos internacionales de carácter académico, entre ellos los prestigiosos premios Gourmand 2012 como autor del mejor libro de historia del vino en México, y otros dos como coautor de Turismo del vino, el mejor libro de España y del mundo. El doctor Corona Páez está acreditado por la Academia Melitense Hispana de Madrid como su representante en México, es miembro del Seminario de Cultura Mexicana y también de diversas instituciones científicas, culturales, históricas y honoríficas en México, Chile, Argentina, Portugal, España y Viet Nam. Ciudadano distinguido de Torreón. Cronista Oficial y Vitalicio de Torreón desde 2005. Presea al Mérito Académico (2012) de la Universidad Iberoamericana Torreón. 

miércoles, julio 01, 2015

Regreso de Acequias al papel




















Acequias, revista de divulgación académica y cultural de la Ibero Torreón, ha llegado en 2015 a 18 años de vida. No es, como puede suponerse, poco tiempo para una publicación de su tipo. Aunque la mayor parte de esos casi veinte años fue distribuida en soporte de papel y digital, en los cuatro años recientes sólo estuvo disponible, con acceso siempre libre, en la página web de la Ibero Torreón, y hoy a las 7:30 de la tarde en el Teatro Nazas será presentada la edición número 66 con esta novedad: la revista vuelve a contar con ejemplares físicos.
Por Acequias ha pasado una cantidad ya significativa de colaboradores, la mayoría de La Laguna. Y así sigue ocurriendo, por suerte, dado que nuestra región no ha dejado de ser buena mata de escritores. Los presentadores de Acequias 66 seremos Raúl Blackaller, Daniel Lomas y yo, los tres vinculados al consejo editorial de la publicación.
Este número contiene una amplia dotación de colaboraciones en al menos cuatro géneros. El apartado ensayístico abre la revista, y en él aparece un comentario de la maestra Claudia Guerrero sobre el aprendizaje rizomático, es decir, la forma de aprender multiplicada gracias a los hipertextos de la WWW. Luego, de Sergio Espinosa, un ensayo filosófico en torno a las tres preguntas que la Grecia clásica acuñó para que la humanidad intentara responderlas: qué sé, qué hago y qué espero.
En un tono muy distinto, el escritor argentino Fabián Vique nos convida un análisis socarrón sobre lo que significan hoy los paneles televisivos. El doctor Sergio Antonio Corona examina un fleco no poco importante de la realidad nacional: el de la evasión gubernamental de su responsabilidad histórica ante el sostenido deterioro de la calidad de vida material de los mexicanos.
De Gerardo García y Eve Gil, ambos escritores nacidos en el norte de México, traemos sendos ensayos literarios, uno sobre la novela El camino de Ida, de Ricardo Piglia, y otro sobre la escritora suiza Fleur Jaeggy. Después, un par de acercamientos a la poesía: uno de Renata Iberia Muñoz a propósito de la muerte del poeta mexicano Max Rojas, y cuatro apuntes del libro Defensa de la poesía del escritor argentino Rodolfo Alonso. Para cerrar el espacio crítico, una reseña de Sergio Garza Saldívar sobre Conducta, película cubana dirigida por Ernesto Daranas. Al final, dos apartados dedicados a la creación narrativa y poética.
Al final de la presentación habrá ejemplares gratuitos para el público y un sencillo brindis. Allí los veo. Ojalá.

lunes, abril 20, 2015

Las "realidades históricas"












He leído con interés y tristeza el texto que aparece abajo. La realidad inocultable para México es su deterioro material. ¿Cómo tapar la pésima calidad de vida a la que están hoy condenados millones de mexicanos? ¿Cómo eximir de responsabilidad a quienes históricamente han creado esta situación?

Las "realidades históricas"

Sergio Antonio Corona Páez

Cuando yo era estudiante de administración de empresas en la Escuela de Comercio y Administración de Torreón (actualmente FECA) y para mayores señas, entre los años de 1969-1971, un maestro de la asignatura de economía tenía un dicho (algo pícaro por cuestión de nemotecnia) para definir dos procesos. “Inflación —decía— es cuando un huevo cuesta un peso”. Y “deflación —decía también— es cuando un peso cuesta un huevo”. Si nos ponemos a hacer cuentas, un peso de aquella época equivale a un milésimo de nuestro peso actual. Y se tenía por tan disparatado el pensar que un solo huevo pudiera costar un peso, que se usaba como ejemplo del precio inflacionario.
Pues bien, una revisión de precios actuales de ese producto nos habla de una realidad tan atroz que se ha buscado ignorarla por todos los medios posibles, incluso quitando ceros a la moneda. Porque el continuo proceso inflacionario de 1977 al 2015 supera infinitamente al que pudo darse en 300 años de período colonial novohispano.  
A manera de comparación, si tomamos en cuenta la oferta de huevo de diferentes marcas comerciales en sus diversas presentaciones y categorías al 15 de abril de 2015, como lo son el “huevo extra”, “blanco”, “orgánico rojo”, “de libre pastoreo”, “jumbo blanco”, “light”, “rojo”, notaremos que sus precios (por cada huevo) oscilan entre $2.13 y $5.25, y que el promedio se sitúa en $2.76 por pieza.
Pero debemos recordar que en los términos de mi maestro de economía, estaríamos hablando de 2,130.00 pesos por cada huevo, y de los más económicos. A él ya le parecía descabellado en extremo que un huevo pudiera costar un peso.
¿Qué ha sucedido, pues, con la economía y con el poder adquisitivo? ¿Cómo ha sido posible este encarecimiento de la vida y empobrecimiento de las posibilidades familiares de bienestar?
Solamente podemos atribuir este fenómeno económico y social a la mala administración de la clase política mexicana. El proceso inflacionario galopante comenzó al final del sexenio de Luis Echeverría, cuando puso a “flotar” el peso (un eufemismo que la cámara de diputados aplaudió) en septiembre de 1977. Y desde entonces no ha parado. Fue tan grave el proceso que en 1993 el presidente Salinas puso en vigor el “nuevo peso” (con tres ceros menos). Una maniobra de carácter político que buscaba manipular la memoria histórica de los mexicanos. A pesar de que los gobiernos de 1977 a 1993 eran los responsables del enorme deterioro de la economía nacional, no quisieron asumir el costo político. Con la creación del “nuevo peso” —pensaban— crearían una cortina de humo que les permitiría continuar en el poder con gobernabilidad. Los mexicanos, sobre todo las nuevas generaciones, no serían conscientes del inmenso robo que la clase política había cometido en contra del bienestar de la ciudadanía. 
Los dispendios y malos manejos continúan hasta el presente sin que los diputados cumplan con su obligación, que es la de representar los intereses de la ciudadanía en contra de las decisiones o acciones dañinas del poder ejecutivo o el judicial. Continúan las alzas inflacionarias, los sueldos congelados, la impunidad, el enriquecimiento ilícito, los conflictos de interés, el alza e incremento de impuestos, los pésimos servicios de salud, y ni para qué mencionar las miserables tasas vigentes de jubilación.  No cabe duda de que la clase política mexicana es extraordinaria cuando se trata de crear “realidades históricas”, o bien de desaparecerlas.

miércoles, marzo 04, 2015

El neologismo papal y las goteras














Estaré publicando en Miradas al Sur, semanario político y cultural de Buenos Aires. El texto que viene es la entrada del que publiqué el domingo pasado. Completo está en la página del semanario y aquí, en este blog.

Como casa vapuleada por las lluvias y ya debilitada de su techo, la imagen actual del gobierno mexicano ha comenzado a sufrir filtraciones por todos lados, de ahí que el canciller José Antonio Meade Kuribreña ande de aquí para allá con los baldes, ahora permanentemente dedicado al control de daños, afanoso de que no se moje la alfombra tricolor. Son pues tiempos difíciles para el gobierno mexicano, y aunque en general el país de la bandera con el águila y la serpiente sobre el nopal no interese mucho en el exterior, algo va sabiéndose dentro y fuera, algo, poco a poco, llega a (y de) los periódicos del exterior y eso propicia comentarios, opiniones, juicios, conjeturas sobre un régimen en crisis y con goteras críticas provenientes de donde menos se les espera.
Hace algunas semanas, en noviembre apenas, un famoso personaje del Río de la Plata abrió una grieta importante. Debido a la resonancia mundial del caso Ayotzinapa y los 43 estudiantes normalistas desaparecidos, Pepe Mujica declaró a Foreing Affairs Latinoamérica que la situación de México le parecía “terrible”, y agregó que a la distancia nuestro país le da la impresión de que es “una especie de Estado fallido, que los poderes públicos están perdidos totalmente de control, están carcomidos”. Ese puñadito de palabras bastó para que la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE) moviera sus engranes con el fin de motivar una “rectificación”. Y la consiguió. Muy poco después, el mandatario uruguayo “precisó”: “Las crudas noticias que nos llegan sobre las consecuencias del narcotráfico en países como Guatemala, Honduras y ahora México, nos gritan una verdadera lección de dolor (…) no son, ni serán, estas naciones, estados inocuos o fallidos”. Curiosamente, por esos mismos días, casi por esas mismas horas (el 24 de noviembre de 2014), Le Monde colocó una foto grande en su página principal, y encima de ella una frase elocuente: “La revuelta de los mexicanos contra el ‘estado mafioso’”. Una simple coincidencia.
La percepción comienza a ser generalizada: en México pasa algo grave. El narcotráfico, la violencia y la corrupción política, todo en la misma ensaladera, está armando una turbulencia imprevisible, un caos que los voceros del gobierno encabezado por Enrique Peña Nieto están tratando de contener dentro y fuera del país con boletines de prensa más que con acciones que en efecto desactiven los problemas y frenen las declaraciones incómodas, sobre todo las que caen como granadas desde el exterior.

Días de tormenta
Los días que van del 22 al 25 de febrero fueron particularmente complicados para el gobierno mexicano. Fue como si tirios y troyanos se hubieran puesto de acuerdo para lancetear un mismo objetivo. Por esos días, el ex presidente Fox, quien pese a sus evidentes limitaciones jamás se distinguió por la continencia verbal, dijo en Hermosillo, Sonora, al norte de México, que “Al presidente Peña ya nos lo pusieron en jaque, solo le falta el jaque mate, que esperemos no llegue, pero francamente va a estar cañón [difícil] que este gobierno se recupere de la tranquiza [golpiza] de los últimos seis meses, que es desafortunada para el país”. Este triste diagnóstico quedó en casa, fue de autoconsumo, y el aparato gubernamental no movió piezas para desautorizarlo, casi como si confiara en que Vicente Fox se desautoriza por sí solo.
No ocurrió lo mismo con Alejandro González Iñárritu, el director de cine mexicano que el domingo 22 de febrero ganó el Oscar como mejor director. Aunque no se ha caracterizado por una combatividad política insistente, el Negro, como le apodan, aprovechó el foro mundial que abren los premios de Hollywood para hacer una declaración de alfombra roja, en vivo y en cadena mundial: “Ruego para que podamos encontrar y tener el gobierno que nos merecemos (…) la generación que está viviendo en este país pueda ser tratada con el mismo respeto y dignidad que la gente que llegó antes y ayudó a construir este país de inmigrantes”.
Este breve speech ameritó inmediato control retórico de daños. El presidente Peña Nieto, en su cuenta de Twitter, le escribió como sin acusar el efecto del cross a su mandíbula: “trabajo, entrega y talento. ¡Felicidades! México lo celebra junto contigo”. Pero no fue suficiente: como al fin se trataba de un mexicano regando la sopa en el extranjero, la “precisión” plena de gerundios llegó esta vez del Partido Revolucionario Institucional (PRI, donde milita Peña Nieto): “Coincidiendo en el orgullo mexicano, es un hecho que más que merecerlo estamos construyendo un mejor gobierno. Felicidades #GonzálezIñárritu”.
Para el lunes 23 la gotera abierta durante la noche de los Oscares parecía bajo control, pero una nota cundió, primero, en las redes sociales, y después en todos los medios: en un intercambio epistolar y por lo tanto privado pero que se hizo público, el Papa había escrito que debido al avance del narcotráfico temía la “mexicanización” de Argentina. Esa palabra, ese neologismo creado por Jorge Luis Bergoglio bastó para agitar opiniones en México y para, otra vez, movilizar los baldes de la SRE: era necesario evitar que la tremenda gotera llegara a la alfombra, pues además el Pontífice había rematado, de volea y contundente, como si fuera centro delantero del San Lorenzo, esto: “Estuve hablando con algunos obispos mexicanos y la cosa es de terror”. En una primera respuesta, la SRE manifestó, mediante el canciller Meade, “tristeza y preocupación respecto de los comunicados que se hicieran de una carta privada del papa Francisco (…) México ha hecho enormes esfuerzos, ha manifestado un gran compromiso, ha señalado la necesidad que respecto a este tema se dé un diálogo amplio (…) nos parece que más que estigmatizar a México o cualquier otra región de los países latinoamericanos, lo que debiera hacerse es buscar mejores enfoques, mejores espacios de diálogo”.
Por su parte, del Vaticano salieron estas declaraciones conciliatorias: “La Santa Sede considera que el término ‘mexicanización’ de ninguna manera tendría una intención estigmatizante hacia el pueblo de México y, menos aún, podría considerarse una opinión política en detrimento de una nación que viene realizando un esfuerzo serio por erradicar la violencia (…) en ningún momento ha pretendido herir los sentimientos del pueblo mexicano”.
Claro que se trata de una respuesta diplomática más o menos previsible, pero en México fue quizá mejor recibido el neologismo papal que el comunicado de la Santa Sede.

Arrecia la granizada
El martes 24 comenzaron las repercusiones en la opinocracia mexicana. Uno de los primeros en comentar con cierta amplitud las palabras papales fue el columnista Julio Hernández López, del periódico La Jornada. El periodista hizo un breve recuento de las condiciones epistolares en las que se dio la declaración de Francisco, para luego considerar que el Papa no programó viaje a México y sí a EU y algunos países de Sudamérica; luego recordó que el nuncio había estado en Ayotzinapa para decir a los familiares de los estudiantes que “Francisco está con ellos”. O sea, algunos signos de solidaridad, así sea tenues, del clero con afectados por la violencia en México.
En su columna Campos Eliseos del martes (El Universal, uno de los diarios más influyentes del país), Katia D’Artigues observó un detalle peculiar expresado también con peculiar sintaxis: “Lo que sí ahora entiendo yo es cómo se sentían los colombianos hace unos años cuando aquí en México se hablaba del peligro de la ‘colombianización’ de México”. Ciertamente en los noventa, durante el gobierno de Ernesto Zedillo, en México se temía a la “colombianización” —que así era planteada—, de manera que esto de los neologismos con gentilicio no suena del todo nuevo en suelo azteca.
En su editorial del miércoles 25, La Jornada resume la actuación reciente del servicio exterior mexicano en relación a sus dificultades para contener la granizada: “En estos meses la cancillería mexicana ha debido procesar, entre otras, observaciones críticas del presidente saliente de Uruguay, José Mujica; el de Bolivia, Evo Morales, y el de Estados Unidos, Barack Obama; de legisladores del Parlamento Europeo; del Comité de la ONU contra la Desaparición Forzada (CED); de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y de organismos independientes como Amnistía Internacional”, en suma, mucho laburo, como dicen los argentinos, para evitar que el techo —la imagen— del gobierno mexicano en el extranjero se venga a tierra.
Por su parte, hasta Joaquín López-Dóriga, conductor del noticiero televisivo más visto del país (del archipresidencialista grupo Televisa), señaló en su columna de Milenio que hay sutiles diferencias entre Francisco y el gobierno mexicano. Lo planteó en estos términos: “El mensaje pegó en el casco del gobierno de México, donde había pegado el misil anterior, nuclear, del anuncio de que no vendría a México este año ni el próximo, cuando en el encuentro del 7 de junio del año pasado, en la biblioteca del Palacio Pontificio del Vaticano, el papa Francisco dijo al presidente Peña Nieto que sí, y le autorizó anunciarlo en público como lo hizo. El aplazamiento indefinido de esa visita ha provocado algo que va más allá del malestar en Los Pinos y en la Cancillería, donde hay quienes lo toman como un pontificio desaire”. Los Pinos es la residencia oficial del Ejecutivo mexicano.
Jenaro Villamil, reportero y articulista de la revista Proceso y del portal Homozapping, entró así al tema: “Que se calle el Papa, que se calle Obama, que se calle Clinton, que enmudezca González Iñárritu, que dejen de indagar los reporteros extranjeros, que se vayan los forenses argentinos, que la ONU deje de juzgar y que dejen en paz a este gran gobierno que ha decidido responder ‘golpe por golpe’ la ola de críticas y animadversión que genera su actitud ante cada expediente conflictivo. Esta parece ser ‘la línea’ de Los Pinos. No lo dicen así, por supuesto, pero las respuestas y las correcciones tienen el tufo regañón de quien no sabe cómo salir de una para entrar a otra crisis”.
En suma, la carta de Francisco agitó el avispero de la opinión pública mexicana, y si bien es cierto que muchos mexicanos rechazaron el parecer del máximo representante del clero católico, otros tantos, acaso resignados, vieron que el Pontífice había atinado, gracias a la información de los obispos emplazados en México, que ciertamente en el país de la virgen de Guadalupe la cosa está “de terror”.
En su artículo del viernes 27 de febrero (publicado en Milenio Laguna), el historiador Sergio Antonio Corona Páez ha resumido bien todo este asunto: “En días pasados, diversas organizaciones no gubernamentales de carácter internacional han denunciado a nuestro país como una nación con una crisis humanitaria. La Comisión de Derechos Humanos de la ONU y Human Rights Watch así lo han hecho. Diputados del Parlamento Europeo han llegado a la misma conclusión.  Incluso el papa Francisco, enterado por los informes de los obispos mexicanos, menciona un hipotético e indeseable proceso de ‘mexicanización’ para la Argentina. De esta manera, México se convierte en paradigma del estado fallido, en gran medida gobernado por narcopolíticos, tiranizado por los grupos de poder a costa de los derechos humanos. Es una verdadera tragedia que un país como el nuestro, llamado a ser grande tanto por su historia y su población como por sus recursos, se haya convertido en una nación de dudosa categoría. (…) La verdadera tragedia es que, como nación, México ha optado no por el ejercicio de la justicia, sino por el amañamiento y las inconfesables complicidades del poder político y económico a costa del bien de los ciudadanos. Esto es la ‘mexicanización’”.