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sábado, enero 18, 2025

A punta de suplementos











 

En el habla general de hoy la palabra “suplemento” remite de inmediato al mundillo de los gimnasios, a la escultura del cuerpo como requisito esencial para construir un yo atractivo, lo más lejano posible a la indeseable llegada de la vejez y la fealdad. Los suplementos son pues aquellos aditivos que acostumbra tomar quien se ejercita en un gym para ayudar a que su carrocería luzca mejor, más robusta o estilizada, según sea el objetivo que se quiera reflejar en las imprescindibles selfies.

Lamentablemente no me referiré aquí a ese tema apasionante, sino a uno de suyo aburrido y nada útil para mejorar la facha: los suplementos, aquellos tabloides o a veces revistas de papel encartados (“encartar” era el verbo que se usaba para el caso) semanalmente en algunos periódicos. Solían y suelen todavía hoy, aunque mucho menos, tratar temas específicos. Los había misceláneos, pero con frecuencia, también, abrazaban asuntos de “sociales” (hoy podríamos decir de socialités), de deportes, de ciencia, de espectáculos y a veces de cultura, fundamentalmente de cultura literaria.

Los cambios tecnológicos han dado cuenta de muchos suplementos, esto al grado de que ya son, los que quedan, excepcionales, vestigios de un pasado comunicacional agónico. Entre los más famosos supervivientes están La Jornada Semanal, Confabulario y Laberinto, de La Jornada, El Universal y Milenio, respectivamente. A ellos me asomo todavía tanto como puedo, pero es evidente que no con la misma fruición de los ochenta y noventa, mi época de oro como frecuentador de tales recipientes.

En efecto, durante las dos décadas susodichas fui lector infalible de suplementos, tanto que buena parte de mi formación en la juventud, si alguna tuve, se la debo a esos espacios añadidos a los periódicos. Comencé a leerlos y a archivarlos casi de casualidad. En 1982 yo había iniciado la carrera de Comunicación y casi al mismo tiempo el periódico habitual comprado por mi madre, La Opinión, dirigido entonces por Velia Margarita Guerrero, sumó a sus secciones dominicales el suplemento Opinión Cultural, un tabloide de ocho páginas impresas —como no podía ser de otra manera— en papel periódico. Además de la portada, contenía siete páginas con materiales sobre todo literarios, pero no notas informativas, sino artículos, ensayos, poemas, relatos, crónicas, entrevistas, reseñas y fragmentos de libros diversos. Lo encabezaron al principio Enrique Rioja del Olmo, Agustín Velarde y Saúl Rosales, y pasado un tiempo fue el último mencionado quien se encargó de coordinarlo. Durante los seis o siete años, no recuerdo con precisión, que duró, semana tras semana lo separé, lo leí y lo coleccioné, y todavía hoy conservo algunos ejemplares.

Ya picado por la adicción a esos papeles hebdomadarios y gracias a los comentarios que pescaba en las reuniones con amigos de literatura, comencé a comprar cinco o seis periódicos nacionales y uno español, sólo para extraer de ellos los suplementos culturales. Una parte de mi presupuesto como incipiente trabajador de la docencia y comunicación se iba en ese gasto que para mí era fijo e ineludible, pues me hice a la idea de formar un archivo perfecto de los suplementos que había elegido conseguir cada ocho días, sin omisión.

Así, establecí tratos con voceadores de estanquillos para que me separaran los sábados y los domingos el periódico que yo les indicaba. Cambié tres o cuatro veces de proveedor, todo con el fin de que no me fallara el apartado de Unomásuno, Excélsior, El Nacional, La Jornada, Novedades, Reforma y El País (de España), diarios a los cuales yo les extraje, al menos durante quince años seguidos (1985-2000), semana tras semana, los suplementos Sábado, El Búho, El Dominical, La Jornada Semanal, El Semanario, El Ángel y Babelia, otra vez respectivamente. Por unos dos o tres años a estas publicaciones se sumó, como regalo de Jaime Palacios Chapa, el suplemento Aquí vamos del periódico El Porvenir, de Monterrey.

Conservo todavía ejemplares de aquella brega archivística, pero es obvio que a la larga había acumulado tantos que fue inevitable regalarlos por pequeños tantos a jóvenes alumnos que me iba topando en el camino magisterial. Cuando ya no hubo nadie a quien obsequiarlos, muchos los tiré tratando de no sentir dolor, para que la acción eliminatoria no fuera a tener marcha atrás.

¿Sirvió de algo toda aquella lectura de reseñas, de ensayos, de artículos desparramados en decenas de suplementos? ¿Valió la pena ir y venir cada semana al centro de Torreón para comprar al voceador los periódicos que me apartaba? ¿Tuvo algún sentido acumular tantos papeles durante tantos años? Más allá de responder estas preguntas, voy a concluir con una afirmación que doy, que me doy, cuando me preguntan o me pregunto lo mismo en relación con los demasiados libros. Quizá el fruto que a la larga me dieron los suplementos sea pobre, no materializado ahora en nada verdaderamente destacado o valioso para nadie, ni siquiera para mí, pero me pasó, e igual me pasa con los libros, que ir por ellos, leerlos, buscar algunas firmas y envidiar ciertas capacidades analíticas le dio sentido a mi juventud, la tiñó de una grata ansiedad, ya que dicha ansiedad estaba segura de que el domingo, cualquier domingo de aquellos años formativos, iba a ser anulada a punta de suplementos cuando en casa hojeara cada página de cada publicación, todo al ritmo lento que poco después aceleró la aparición del internet. El fruto o beneficio de aquella búsqueda silenciosa no estaba pues en el futuro: era en sí aquel presente de goce intelectual y estético basado en papel corriente, en papel periódico, en papel de suplemento cultural.

Nota. La imagen que ilustra el post es de uno de los suplementos que conservo, este de tipo revista con Kafka joven en su portada. Se trata de La Jornada Semanal número 185, del 27 de diciembre de 1992. 


miércoles, marzo 04, 2015

El neologismo papal y las goteras














Estaré publicando en Miradas al Sur, semanario político y cultural de Buenos Aires. El texto que viene es la entrada del que publiqué el domingo pasado. Completo está en la página del semanario y aquí, en este blog.

Como casa vapuleada por las lluvias y ya debilitada de su techo, la imagen actual del gobierno mexicano ha comenzado a sufrir filtraciones por todos lados, de ahí que el canciller José Antonio Meade Kuribreña ande de aquí para allá con los baldes, ahora permanentemente dedicado al control de daños, afanoso de que no se moje la alfombra tricolor. Son pues tiempos difíciles para el gobierno mexicano, y aunque en general el país de la bandera con el águila y la serpiente sobre el nopal no interese mucho en el exterior, algo va sabiéndose dentro y fuera, algo, poco a poco, llega a (y de) los periódicos del exterior y eso propicia comentarios, opiniones, juicios, conjeturas sobre un régimen en crisis y con goteras críticas provenientes de donde menos se les espera.
Hace algunas semanas, en noviembre apenas, un famoso personaje del Río de la Plata abrió una grieta importante. Debido a la resonancia mundial del caso Ayotzinapa y los 43 estudiantes normalistas desaparecidos, Pepe Mujica declaró a Foreing Affairs Latinoamérica que la situación de México le parecía “terrible”, y agregó que a la distancia nuestro país le da la impresión de que es “una especie de Estado fallido, que los poderes públicos están perdidos totalmente de control, están carcomidos”. Ese puñadito de palabras bastó para que la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE) moviera sus engranes con el fin de motivar una “rectificación”. Y la consiguió. Muy poco después, el mandatario uruguayo “precisó”: “Las crudas noticias que nos llegan sobre las consecuencias del narcotráfico en países como Guatemala, Honduras y ahora México, nos gritan una verdadera lección de dolor (…) no son, ni serán, estas naciones, estados inocuos o fallidos”. Curiosamente, por esos mismos días, casi por esas mismas horas (el 24 de noviembre de 2014), Le Monde colocó una foto grande en su página principal, y encima de ella una frase elocuente: “La revuelta de los mexicanos contra el ‘estado mafioso’”. Una simple coincidencia.
La percepción comienza a ser generalizada: en México pasa algo grave. El narcotráfico, la violencia y la corrupción política, todo en la misma ensaladera, está armando una turbulencia imprevisible, un caos que los voceros del gobierno encabezado por Enrique Peña Nieto están tratando de contener dentro y fuera del país con boletines de prensa más que con acciones que en efecto desactiven los problemas y frenen las declaraciones incómodas, sobre todo las que caen como granadas desde el exterior.

Días de tormenta
Los días que van del 22 al 25 de febrero fueron particularmente complicados para el gobierno mexicano. Fue como si tirios y troyanos se hubieran puesto de acuerdo para lancetear un mismo objetivo. Por esos días, el ex presidente Fox, quien pese a sus evidentes limitaciones jamás se distinguió por la continencia verbal, dijo en Hermosillo, Sonora, al norte de México, que “Al presidente Peña ya nos lo pusieron en jaque, solo le falta el jaque mate, que esperemos no llegue, pero francamente va a estar cañón [difícil] que este gobierno se recupere de la tranquiza [golpiza] de los últimos seis meses, que es desafortunada para el país”. Este triste diagnóstico quedó en casa, fue de autoconsumo, y el aparato gubernamental no movió piezas para desautorizarlo, casi como si confiara en que Vicente Fox se desautoriza por sí solo.
No ocurrió lo mismo con Alejandro González Iñárritu, el director de cine mexicano que el domingo 22 de febrero ganó el Oscar como mejor director. Aunque no se ha caracterizado por una combatividad política insistente, el Negro, como le apodan, aprovechó el foro mundial que abren los premios de Hollywood para hacer una declaración de alfombra roja, en vivo y en cadena mundial: “Ruego para que podamos encontrar y tener el gobierno que nos merecemos (…) la generación que está viviendo en este país pueda ser tratada con el mismo respeto y dignidad que la gente que llegó antes y ayudó a construir este país de inmigrantes”.
Este breve speech ameritó inmediato control retórico de daños. El presidente Peña Nieto, en su cuenta de Twitter, le escribió como sin acusar el efecto del cross a su mandíbula: “trabajo, entrega y talento. ¡Felicidades! México lo celebra junto contigo”. Pero no fue suficiente: como al fin se trataba de un mexicano regando la sopa en el extranjero, la “precisión” plena de gerundios llegó esta vez del Partido Revolucionario Institucional (PRI, donde milita Peña Nieto): “Coincidiendo en el orgullo mexicano, es un hecho que más que merecerlo estamos construyendo un mejor gobierno. Felicidades #GonzálezIñárritu”.
Para el lunes 23 la gotera abierta durante la noche de los Oscares parecía bajo control, pero una nota cundió, primero, en las redes sociales, y después en todos los medios: en un intercambio epistolar y por lo tanto privado pero que se hizo público, el Papa había escrito que debido al avance del narcotráfico temía la “mexicanización” de Argentina. Esa palabra, ese neologismo creado por Jorge Luis Bergoglio bastó para agitar opiniones en México y para, otra vez, movilizar los baldes de la SRE: era necesario evitar que la tremenda gotera llegara a la alfombra, pues además el Pontífice había rematado, de volea y contundente, como si fuera centro delantero del San Lorenzo, esto: “Estuve hablando con algunos obispos mexicanos y la cosa es de terror”. En una primera respuesta, la SRE manifestó, mediante el canciller Meade, “tristeza y preocupación respecto de los comunicados que se hicieran de una carta privada del papa Francisco (…) México ha hecho enormes esfuerzos, ha manifestado un gran compromiso, ha señalado la necesidad que respecto a este tema se dé un diálogo amplio (…) nos parece que más que estigmatizar a México o cualquier otra región de los países latinoamericanos, lo que debiera hacerse es buscar mejores enfoques, mejores espacios de diálogo”.
Por su parte, del Vaticano salieron estas declaraciones conciliatorias: “La Santa Sede considera que el término ‘mexicanización’ de ninguna manera tendría una intención estigmatizante hacia el pueblo de México y, menos aún, podría considerarse una opinión política en detrimento de una nación que viene realizando un esfuerzo serio por erradicar la violencia (…) en ningún momento ha pretendido herir los sentimientos del pueblo mexicano”.
Claro que se trata de una respuesta diplomática más o menos previsible, pero en México fue quizá mejor recibido el neologismo papal que el comunicado de la Santa Sede.

Arrecia la granizada
El martes 24 comenzaron las repercusiones en la opinocracia mexicana. Uno de los primeros en comentar con cierta amplitud las palabras papales fue el columnista Julio Hernández López, del periódico La Jornada. El periodista hizo un breve recuento de las condiciones epistolares en las que se dio la declaración de Francisco, para luego considerar que el Papa no programó viaje a México y sí a EU y algunos países de Sudamérica; luego recordó que el nuncio había estado en Ayotzinapa para decir a los familiares de los estudiantes que “Francisco está con ellos”. O sea, algunos signos de solidaridad, así sea tenues, del clero con afectados por la violencia en México.
En su columna Campos Eliseos del martes (El Universal, uno de los diarios más influyentes del país), Katia D’Artigues observó un detalle peculiar expresado también con peculiar sintaxis: “Lo que sí ahora entiendo yo es cómo se sentían los colombianos hace unos años cuando aquí en México se hablaba del peligro de la ‘colombianización’ de México”. Ciertamente en los noventa, durante el gobierno de Ernesto Zedillo, en México se temía a la “colombianización” —que así era planteada—, de manera que esto de los neologismos con gentilicio no suena del todo nuevo en suelo azteca.
En su editorial del miércoles 25, La Jornada resume la actuación reciente del servicio exterior mexicano en relación a sus dificultades para contener la granizada: “En estos meses la cancillería mexicana ha debido procesar, entre otras, observaciones críticas del presidente saliente de Uruguay, José Mujica; el de Bolivia, Evo Morales, y el de Estados Unidos, Barack Obama; de legisladores del Parlamento Europeo; del Comité de la ONU contra la Desaparición Forzada (CED); de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y de organismos independientes como Amnistía Internacional”, en suma, mucho laburo, como dicen los argentinos, para evitar que el techo —la imagen— del gobierno mexicano en el extranjero se venga a tierra.
Por su parte, hasta Joaquín López-Dóriga, conductor del noticiero televisivo más visto del país (del archipresidencialista grupo Televisa), señaló en su columna de Milenio que hay sutiles diferencias entre Francisco y el gobierno mexicano. Lo planteó en estos términos: “El mensaje pegó en el casco del gobierno de México, donde había pegado el misil anterior, nuclear, del anuncio de que no vendría a México este año ni el próximo, cuando en el encuentro del 7 de junio del año pasado, en la biblioteca del Palacio Pontificio del Vaticano, el papa Francisco dijo al presidente Peña Nieto que sí, y le autorizó anunciarlo en público como lo hizo. El aplazamiento indefinido de esa visita ha provocado algo que va más allá del malestar en Los Pinos y en la Cancillería, donde hay quienes lo toman como un pontificio desaire”. Los Pinos es la residencia oficial del Ejecutivo mexicano.
Jenaro Villamil, reportero y articulista de la revista Proceso y del portal Homozapping, entró así al tema: “Que se calle el Papa, que se calle Obama, que se calle Clinton, que enmudezca González Iñárritu, que dejen de indagar los reporteros extranjeros, que se vayan los forenses argentinos, que la ONU deje de juzgar y que dejen en paz a este gran gobierno que ha decidido responder ‘golpe por golpe’ la ola de críticas y animadversión que genera su actitud ante cada expediente conflictivo. Esta parece ser ‘la línea’ de Los Pinos. No lo dicen así, por supuesto, pero las respuestas y las correcciones tienen el tufo regañón de quien no sabe cómo salir de una para entrar a otra crisis”.
En suma, la carta de Francisco agitó el avispero de la opinión pública mexicana, y si bien es cierto que muchos mexicanos rechazaron el parecer del máximo representante del clero católico, otros tantos, acaso resignados, vieron que el Pontífice había atinado, gracias a la información de los obispos emplazados en México, que ciertamente en el país de la virgen de Guadalupe la cosa está “de terror”.
En su artículo del viernes 27 de febrero (publicado en Milenio Laguna), el historiador Sergio Antonio Corona Páez ha resumido bien todo este asunto: “En días pasados, diversas organizaciones no gubernamentales de carácter internacional han denunciado a nuestro país como una nación con una crisis humanitaria. La Comisión de Derechos Humanos de la ONU y Human Rights Watch así lo han hecho. Diputados del Parlamento Europeo han llegado a la misma conclusión.  Incluso el papa Francisco, enterado por los informes de los obispos mexicanos, menciona un hipotético e indeseable proceso de ‘mexicanización’ para la Argentina. De esta manera, México se convierte en paradigma del estado fallido, en gran medida gobernado por narcopolíticos, tiranizado por los grupos de poder a costa de los derechos humanos. Es una verdadera tragedia que un país como el nuestro, llamado a ser grande tanto por su historia y su población como por sus recursos, se haya convertido en una nación de dudosa categoría. (…) La verdadera tragedia es que, como nación, México ha optado no por el ejercicio de la justicia, sino por el amañamiento y las inconfesables complicidades del poder político y económico a costa del bien de los ciudadanos. Esto es la ‘mexicanización’”.

miércoles, diciembre 10, 2014

No es broma














Recuerdo la broma que hacía un amigo cada vez que hablaba sobre los puntos en los que se reúne la fauna política de La Laguna (aunque la ocurrencia puede servir para cualquier otra región del país). Al referirse al restaurante favorito para el ejercicio de la grilla en nuestra comunidad, decía: “¿Te imaginas como cuántas cadenas perpetuas se pueden sumar cuando está lleno ese negocio?” Tras la pregunta venía la risa, y tras la risa la sensación de que no es descabellado preguntarse cuántos años de cárcel no se han cumplido en México por culpa de la impunidad.
Porque lejos de castigar, en México el sistema está diseñado para favorecer, para premiar, para perdonar todo a aquellos que por una combinación de suerte, destreza y malas artes llegan a la cúspide. Ya allí, los beneficiarios del poder se tornan intocables aunque se difundan las evidencias de sus fechorías. Para que caigan es necesario descender a la absoluta desgracia, que los astros queden alineados parejamente, es decir, que los grupos políticos, los empresariales y los mediáticos apunten en una misma dirección. Si eso no sucede, es humanamente imposible castigar al delincuente con poder.
Ejemplo de peso completo en esta materia es Carlos Romero Deschamps, líder del Sindicato de Trabajadores Petroleros de la República Mexicana. Nada le ha movido un pelo pese a ser paradigma de la estulticia política que padece este país. En nota reciente de Patricia Muñoz Ríos (La Jornada, 8 de diciembre) se enumera la ristra de desmanes perpetrados por este figurón de la mexicana alegría, el mandamás con “el mayor número [en México] de averiguaciones previas, órdenes de aprehensión y de presentación giradas por jueces, así como demandas laborales y civiles”.
Lo pasmoso del caso es el desenfado con el que se mueve este sujeto, la felicidad que le ha de provocar el grado de inofensividad que contra él tienen “las instituciones” y los medios. Pues sí, mientras sus aliados en el poder político, los empresarios y los medios no se alineen en su contra, él, como muchos, puede hacer y deshacer sin el menor escrúpulo, más si el país vive convulsionado en otros contextos, como pasa ahora. Nada mejor para esta fauna que toda la atención se centre en Peña Nieto y en Ayotzinapa, pues así desaparecen ellos del escenario y la polémica.
“Tiene averiguaciones previas abiertas en 1995, 1996, 1999, y del 2001 a la fecha, seguidas tanto por la Procuraduría General de la República, como por la General de Justicia del Distrito Federal. En algunas se involucra la Secretaría de la Controloría y Desarrollo Administrativo (Secodam) y en otras, incluso, a la Fiscalía Especializada para la Atención de Delitos Electorales (Fepade), pues se acusó al dirigente de apoyar campañas políticas con recursos del sindicato”, dice la nota sobre el cabecilla petrolero, y por ese tenor continúa: averiguaciones, acusaciones, litigios, una cascada de emprendimientos judiciales que no ha servido ni para pellizcarle un milímetro cuadrado de pellejo.
Pero el problema no es, aunque suene horrible, Romero Deschamps como caso particular, sino el hecho de que es uno entre decenas de “figuras” públicas que en diferentes niveles se han enriquecido sin coto visible y sin sombra de fiscalización y castigo. Amparados, muchos, por fueros oficiales o extraoficiales —que para el caso son lo mismo—, no cesan de hacer política a la manera tradicional mexicana, es decir, sirviéndose con la cuchara más grande posible, con pala incluso.
Tras leer el acordeón de fechorías imputado a Romero Deschamps se hace obvio que el conflicto de interés exhibido en la increíble y triste historia de Peña Nieto y su esposa sobreactuada no tendrá jamás alguna consecuencia que vaya más allá del escarnio. Para los intocables, como les llamó Jorge Zepeda alguna vez, fue y será siempre más que suficiente una explicación de palabra salida de las vocerías, así que no se detendrán a seguir con las aclaraciones.
La ley aquí es, subrayo, simple: para que alguien caiga en desgracia deben alinearse hacia él, en esa sola dirección, lo tres ejes del poder: la política, el capital y los medios. Si alguno no entra, la impunidad queda garantizada y la broma de mi amigo sigue en pie, indestructible.

jueves, septiembre 23, 2010

Cien de la UNAM



He escrito ya, y no me cansaría de repetirlo cada vez que se presente la oportunidad, que la UNAM es la UNAM. Sé como cualquiera que su labor en investigación científica es muy importante, diría fundamental para el futuro del país, pero de eso sé poco y obviamente lo respeto a ciegas, sólo confiado en el prestigio de los científicos que han pasado por sus aulas y sus laboratorios. Lo que conozco un poco mejor, aunque no tan bien como quisiera, es su aportación a las humanidades, el poderoso apoyo que le da a la investigación social y la práctica artística. En eso la UNAM no tiene par en México y es una de las más sólidas en el plano académico internacional, sin duda.
Por eso me alegra que cumpla años, cien ya. Con todo y los defectos señalados en un ejemplar reciente de Letras Libres, la UNAM es un espacio que debemos seguir defendiendo quienes todavía creemos en la educación pública. Como lo muestra Javier Flores en un artículo publicado en La Jornada, algunas críticas contra la UNAM en materia de investigación científica y patentes, por ejemplo, estarían mejor encaminadas si apuntaran al sector empresarial mexicano, pues la tendencia mundial es que las grandes empresas de un país apoyen ese rubro, lo que en México no ocurre pese a que aquí nacieron y viven algunos de los grandes multimillonarios del planeta.
En la hora de los balances que plantean siempre los aniversarios de número cerrado, como el centenario, es innegable que la Universidad ha rendido magníficos servicios al país. Lo aceptemos o no, en esas aulas, en esos corredores, en esas bibliotecas y laboratorios se ha formado una muy significativa cantidad de mexicanos dedicados al conocimiento en todas sus vertientes. De hecho, podemos pensar en cualquier mexicano de mérito, antiguo o moderno, y nos daremos cuenta de que ha sido objeto de estudio en la Universidad y/o pasó por la Universidad como estudiante, maestro o funcionario. Es la UNAM, para acabar pronto, el espacio de la cultura mexicana en el que ha convergido lo mejor del pensamiento nacional y foráneo, el más vigoroso difusor de las ideas en un país no caracterizado precisamente por su respeto al trabajo intelectual.
Así entonces, me alegra el centenario de la UNAM porque es el cumpleaños de una hermana mayor, de una hermana y maestra, de un venero cultural cuya influencia en mi vida se ha dado sobre todo por sus publicaciones. Acá entre nos, soy desde hace muchos años, treinta más o menos, un secreto y orgulloso usuario de muchas de sus publicaciones, obras preparadas e impresas con un respeto mayúsculo por la calidad editorial, como es el caso de la Revista de la Universidad o las colecciones de sus departamentos especializados en literatura. No he pasado por sus aulas, quizá jamás lo haré, pues ya es un poco tarde para intentar emprendimientos escolares, pero sé que la UNAM me ha dado el goce de la cultura que difunde y la autoestima de saber que es una institución respetada por los más exigentes intelectuales del mundo.
Este aniversario debe servir, además, para replantear la necesidad de mejorarla e impedir a toda costa que con sutileza o sin ella sea víctima de intentonas por corroerla. Es bien sabido que los gobiernos recientes, poco afectos a la educación superior pública, han movido hilos para zarandear a la Universidad, para picarle los cimientos sobre todo por el lado de los presupuestos. La UNAM y todos sus simpatizantes, desde cualquier foro, debemos manifestarnos y no permitir que la benemérita institución sea atacada. Con defectos, limitaciones y todo lo que queramos señalar, la UNAM es la casa de estudios más importante de México. Celebremos su centenario y al mismo tiempo soñemos con su fortalecimiento y su vigencia, que por nuestra raza siga hablando su generoso espíritu.

Tony Balquier, in memoriam
Murió ayer Tony Balquier. A sus familiares y amigos, a quienes mucho lo querían y lo respetaban, vaya un abrazo fraterno y respetuoso de mi parte.