En
una entrevista ya no tan reciente le preguntaron a César Aira qué leía. No un
libro específico, sino en general. Respondió que desde hace aproximadamente
veinte años ya no lee novelas, sólo poesía. Esto me llevó a pensar una vez más
en las peculiaridades de la vida literaria, en que cada escritor-lector va
construyendo sus hábitos de una manera secreta e imprevisible, y muchas veces
son las entrevistas el tirabuzón que jala hacia la superficie lo que cada autor
tiene por cotidiano o preferido.
Eso
de leer sólo un tipo de libros, sólo un género, jamás se me dio. Quizá es una
deformación, una costumbre que dispersa y provoca la pérdida de foco, pero
nomás no pude nunca con un solo tipo de libro. La lectura entonces se me
disparó hacia muchos puntos, tantos que no es cómoda su clasificación. Se dio
incluso un fenómeno muy curioso: en lugar de limitar uno o dos caminos a esta
altura de la vida, cuando se supone que ya no hay tanto tiempo para perder,
sumé una gran línea temática que denomino “del pensamiento”.
Por
supuesto, seguí muy arbitrariamente con las novelas, los libros de cuento, la
poesía, el ensayo literario, el periodismo y la historia, y en este menú sumé a
sociólogos, antropólogos, politólogos, comunicólogos y en alguna medida
filósofos, esto como resultado no tanto de una preocupación espontánea, nacida
dentro de mí, sino por exigencia de la realidad exterior. Hasta hace quince
años, por decir, yo estaba cómodo con mis libros, mis géneros y mis autores, y
este gusto permanece vivo, pero algo pasó y sigue pasando.
Los vertiginosos cambios que trajo la comunicación digital, y hoy la revolución incierta de la IA, me han hecho manita de puerco para tratar de encontrar explicaciones a lo que considero en varios sentidos desastroso. No dejo de leer ficciones o poemas, eso está siempre a la mano, pero en alguna etapa me pareció insuficiente. Allí fue donde entraron los pensadores, esos analistas de la realidad que en muchos casos pueden ser densos e intragables, y en otros tantos verdaderas luminarias del análisis que necesitamos para tratar de asir una explicación en medio del caos que es nuestra época. Explicar, por ejemplo, que sea posible burlarse de la invalidez en las redes sociales, explicar que se crea en la teoría del derrame, explicar el auge de la meritocracia... No sé. Hay mucho, muchísimo que explicar en todos los rincones de la vida cotidiana, y la única forma de hacerlo, o al menos de intentarlo, es añadiendo lecturas, no restándolas.

