Proveniente del griego, la palabra “anécdota” (anékdoton, “no publicado”, “inédito”)
tiene cuatro acepciones en el diccionario académico (la segunda me parece
innecesaria): “Relato breve de un hecho curioso que se hace como ilustración,
ejemplo o entretenimiento”; “Suceso curioso y poco conocido que se relata en
una anécdota”; “Suceso circunstancial o irrelevante” y “Argumento de una obra”.
Para lo que compartiré a continuación, me ciño a la tercera acepción, y sobre
todo al adjetivo “irrelevante”, de allí que las confine al ámbito de la
sobremesa. Las tres que comparto tienen un común denominador: que se relacionan
con la periferia literaria, gran productora de situaciones que se trepan como
polizones al recuerdo. Los títulos sólo sirven para identificarlas pese a su
insignificancia. Van:
Abuso de la elegancia
Casi todos los lugares comunes tienen alguna
inclinación por la elegancia. No es necesario anotar que, al usar un tópico, la
elegancia resulta fallida, y lo que queda más bien es inelegancia, mal gusto,
cursilería. Cuando alguien dice, por ejemplo, “cerrar con broche de oro” o
“poner su granito de arena”, lo único que logra es evidenciar falta de
imaginación.
Hay lugares comunes, sin embargo, que
no lo parecen. Uno de ellos es “valga la redundancia”, tópico que sale a la luz
(“salir a la luz” es un tópico) cuando alguien, durante la conversación, repite
con demasiada proximidad una palabra (“recuerden que lo fundamental es dar
fundamento, valga la redundancia, a los proyectos bla bla bla”). La pobreza de
vocabulario o el simple lapsus es disculpado entonces por un “valga la
redundancia” comodín, una frase ya corrompida, gastada por el uso.
Lo recomendable para evitar tal
tropiezo es ampliar el vocabulario, sin duda. Pero cuando eso no es posible, se
me ocurre que pueden equivaler las frases “valga la reiteración”, “disculpen la
expresión” o algo así.
Lo que no se debe hacer nunca es usar
frases como esas cuando no haya ninguna necesidad. Todo esto lo digo sólo para
recordar al locutor de radio que escuché cierta tarde. Iba yo camino a la
universidad y, al terminar una canción, el locutor dijo la hora con el mayor
abuso de elegancia que he escuchado jamás:
—Faltan cuatro para las cuatro, valga
la redundancia.
Luego de oírlo decidí escribir algo,
lo que fuera. Y es esta cuartilla, precisamente.
Quizá no haya libros de factura más
anónima que las leyes. Escritas y avaladas por muchos, las leyes representan un
consenso, un acuerdo establecido entre varias cabezas. Pues bien, un amigo
llegó a una tienda comercial de esas que, para no ser acusadas de indiferencia
cultural, también tienen una librería aledaña al restaurant. Mi amigo, abogado
él, andaba en busca de la Ley de
equilibrio ecológico. Mientras buscaba en el anaquel donde posiblemente se
podía encontrar aquel libro, un dependiente se le acercó para ofrecerle ayuda.
—Gracias, joven, ando buscando la Ley de equilibro ecológico.
El dependiente, capacitado un par de
horas antes para dar su servicio pero ajeno totalmente al mundo de los libros,
le pidió un dato insólito.
—¿Me puede dar el nombre del autor?
Mi amigo el abogado estuvo a punto de
responderle que “la Cámara de Diputados en sesión plenaria”, pero prefirió
dejar el asunto en paz. Vio en la cara del muchacho tal aburrimiento que ya no
quiso explicar nada.
Por desgracia
Juan Pablo Neyret y yo tomábamos café en la amable
casa de David Lagmanovich. Horas antes nuestro anfitrión nos había presentado a
ciertos personajes tucumanos. Yo recordé en particular a uno que me había
parecido algo extraño, enigmático, y pregunté.
—Oye, David, ¿y fulano de tal escribe, ha publicado
algo?
David,
con una malicia que he visto en pocos rostros, contestó resignado y negando con
la cabeza, casi como si fuera una tragedia.
—Lamentablemente, lamentablemente.
Neyret y yo no pudimos evitar el dueto de carcajadas.




















