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domingo, julio 19, 2026

39. Zico









Entre el ocaso de Pelé y el esplendor de Maradona hubo varios jugadores que se disputaron el trono del futbol mundial. No era fácil llegar a ese sitio, pues el gigante brasileño puso tan alta la vara que hasta la fecha muchos creen, sobre todo los viejos aficionados, que nadie ha podido igualarlo, es decir, que nadie ha alcanzado la genialidad futbolística de Pelé. Ahora bien, entre 1975 y 1985 apareció la figura de Arthur Antunes Coimbra (Río de Janeiro, Brasil, 1953), mejor conocido por su breve mote: Zico. Además de este hipocorístico, en la prensa no fue raro que lo llamaran “el Pelé blanco”. Creo que no deshonraba la comparación, tanto como Hagi, el rumano, sería llamado años después “El Maradona de los Cárpatos”. Tales correlaciones pueden parecer exageradas, pero en el caso de Zico es verdad que se trataba de un 10 perfecto, de un armador de juego elusivo, inteligente, con futbol vistoso y eficaz en la consumación de goles. Clavó más de 500 en clubes y selección, la mayoría con el Flamengo, y además fue un asistidor empedernido. Lo recuerdo principalmente en el Mundial 82: era la estrella en un equipo lleno de estrellas, el Pelé blanco.

miércoles, julio 15, 2026

Yo tengo un mosaico que dice así


 











Llevo como cinco mundiales dedicando más tiempo del pertinente a escribir sobre futbol. Es como una alineación de astros: si hay sobredosis de partidos, qué más da que haya, para mí, sobredosis de palabras sobre ese tema al menos por un rato. En el caso del Mundial que ahora casi pega su último suspiro, decidí escribir breves semblanzas sobre goleadores. No son todos los que están ni etcétera, pero sí los que más admiro y he visto aunque sea en repeticiones de archivo. Las he publicado sólo en mis redes, además de que el blog Intelisport, administrado por mi amigo Enrique Macías, decidió abrir una cancha especial para que estén disponibles con acceso libre y todas juntas. Como serán 39 días de Mundial, quise cerrar el número de estampas en 40, una diaria, así que al día de hoy van 35. Si gustan buscarlas, escriban en Google “intelisport.com.mx”, y allí aparecen en mosaico numeradas de la primera a la más reciente. Hoy aquí comparto una, la que trata sobre George Best, sólo para mostrar la extensión y el tono que he dado al conjunto:

“A George Best (Belfast, Irlanda del Norte, 1946-Londres, 2005) se le recuerda con frecuencia por dos frases que gustan en función de su cinismo tabernario: ‘Gasté un montón de dinero en coches, mujeres y alcohol. El resto simplemente lo malgasté’, y ‘En 1969 dejé las mujeres y la bebida. Fueron los peores 20 minutos de mi vida’. Por la malicia, pese a su machismo, parecen de Wilde, pero más allá de las boutades, Best fue, según he podido leer y luego ver en YouTube, un jugador anómalo en su contexto. Husmear las repeticiones de sus gambetas y sus goles contradice la idea, por otro lado harto justificada, que tenemos del futbol practicado en el país que reglamentó este juego: físico, veloz, directo, duro y sin muchos arabescos. Best, entonces, avanzaba en contra de la inercia, pues driblaba, inventaba jugadas y resolvía frente a los palos con quiebres y disparos que delataban más creatividad que reciedumbre. La época y el lugar de su gloria fueron propicios para que pareciera un quinto beatle, y la suerte de ser ‘carita’, como decimos en México, le permitió asemejarse en algo a Paul McCartney incluso en aquello de las patillazas. Anotó más de 250 goles”.

martes, julio 07, 2026

27. Pelé


 







He escrito varias veces sobre Pelé, icono del futbol, y he afirmado que la elección "Pelé o Maradona" no tiene sentido. ¿No sería mejor Pelé y Maradona? El desplazamiento de la conjunción disyuntiva por la copulativa es fundamental para admirar sus admirables talentos por igual, o casi, que es lo mismo. Edson Arantes do Nascimento (Tres Corazones, 1949-Sao Paulo, Brasil, 2022) elevó a la gloria las dos sencillas sílabas de su apodo, y esta breve palabra se convirtió en sinónimo de futbolista. Aunque la estadística en su tiempo no era muy rigurosa, sabemos que anotó más de mil goles, muchos de ellos inspirados por la genialidad. Los testimonios en video demuestran que Pelé inventó casi todo. Su repertorio de habilidades fue infinitamente superior a la imaginación de su época, de suerte que los sombreritos, las palomitas, las chilenas, los dribles, los amagues, los cabezazos, los túneles que puso en práctica siguen siendo dechados de excelencia. Entre sus innumerables jugadas virtuosas, he escrito alguna vez que me quedo con una: la finta a Mazurkiewicz en el Mundial de 1970, portento de habilidad que nunca más se ha visto sobre las canchas. Pelé fue, es y será el símbolo mayor del futbol.

domingo, julio 05, 2026

25. Messi


 







Resulta muy difícil negar que Lionel Messi (Rosario, Argentina, 1987) es el mejor futbolista de la historia. No tiene todos los récords en su poder, pero sí varios que, apiñados, muestran un dominio apabullante de la estadística. Claro que por encima de su nombre sólo asoman los de Pelé y Maradona, a veces el de Cristiano Ronaldo, pero ni así es sencillo marginarlo de la cúspide. Más allá de las disputas bizantinas, lo innegable es que Messi es un jugador dotado de facultades inverosímiles pese a su apariencia de frágil. Todo en él es técnica, rapidez y precisión, agilidad milimétrica para hacer siempre la jugada correcta con la exactitud de un reloj. Las miles de repeticiones en video de su futbol exhiben la mecanización de movimientos que desbordan lo creíble. A Messi se le puede estudiar en un laboratorio, pero ni así es posible frenarlo, pues la capacidad de sus rivales no alcanza para anticiparlo. Lo he visto partidos completos en los que casi inevitablemente hace uno o dos goles; es lo de menos, aunque parezca raro decir esto. Lo de más es comprobar que nunca (el adverbio aquí no es hiperbólico) se equivoca. Es un futbolista inhumano, demasiado inhumano.

sábado, julio 04, 2026

24. Maradona


 







Diego Armando Maradona Franco (Lanús, 1960-Dique Luján, Argentina, 2020) sería su nombre completo si en su país solieran usar ambos apellidos. Entre la selección y los clubes sumó poco más de 350 goles, una cifra nada ninguneable si consideramos que lo suyo era armar ataques y asistir, no tanto anotar. Es para muchos —me cuento entre ellos— el futbolista más técnico de la historia. Pasó al menos treinta años compartiendo la cima con Pelé como mejor jugador de todos los tiempos, pero en las últimas dos décadas se ha formado un trío que prorratea las opiniones al añadir a Lionel Messi. Los maradonianos no ceden: su ídolo dejó la videoteca nutrida de acciones y anécdotas que peculiarizan a Diego como figura esencial del futbol, tanto que ya es y seguirá siendo el jugador más estimulante como tema de escritura literaria y periodística. Nacido en extrema desventaja, emergió de la Nada para convertirse en algo más que un futbolista: un amado-odiado semidiós. ¿Y cuáles fueron sus virtudes sobre el rectángulo verde? Es posible comprimir la respuesta en una sola palabra: todas. Todas a un grado, además, superlativo. Por esto los maradonianos no ceden, no cedemos: es el mejor que vimos jugar.

viernes, julio 03, 2026

23. Mágico








Le digo Mágico porque llamarlo por su nombre, Jorge Alberto González Barillas (San Salvador, El Salvador, 1958) casi no dice nada. El apodo, pues, fue la mejor manera de rebautizar al mejor jugador centroamericano de todos los tiempos. Aunque su posición no fue la de rematador final, su cosecha de goles alcanzó una cifra generosa: 232 en clubes y en selección. Lo vi jugar por primera vez en aquellas salvajes eliminatorias para el Mundial 82, y de inmediato se veía que mandaba sobre la cancha. Así, sin mucho apoyo de sus compañeros, el Mágico lograba destacarse y crear llegadas de peligro, tanto que el gol decisivo de la clasificación salvadoreña se debió a un largo trote desarrollada gracias a sus mágicos botines: tomó la pelota antes del medio campo y emprendió la carrera hasta llegar al área, disparar, provocar un rechace del arquero mexicano y dejar servido el remate de gol. Tras el Mundial español, jugó para el Cádiz, donde se convirtió en ídolo. No lo aparentaba, pero tenía todo: toque, precisión, gambeta, control de balón, tiro y desfachatez. La repetición de sus acciones en el equipo gaditano son un lujo, la manera más rápida de confirmar su inusitada técnica.

jueves, julio 02, 2026

22. Lineker


 







Gary Lineker (Leicester, Inglaterra, 1960) fue un rematador inglés clásico de goles ingleses clásicos: de cabeza a centros largos. Sumó en su carrera cerca de 300, diez en Mundiales. Sabemos que fue el máximo anotador en México 86. Él mismo ha dicho que anotó “el gol que nadie recuerda”, pues lo hizo (de cabeza) en el Inglaterra contra Argentina cuando su equipo iba 2-0 abajo debido a los célebres tantos de Maradona. El equipo donde figuró fue el Leicaster, de su ciudad natal. Vistió dos famosas playeras: la del Barcelona y la del Tottenham Hotspur, donde tuvo buen desempeño. Era un jugador de toda el área, sobre todo de la chica, pues como rematador de testa era fiel a la costumbre británica del anticipo a los defensores y al arquero durante los centros a la olla. Un recuerdo que de él conservo intacto corresponde a cierto pasaje de su vida, cuando anotó su sexto gol en el partido contra la Argentina; me sentí mal porque con ese tanto rompió el empate a cinco goles que en aquel momento mantenía con Maradona, lo que a la postre le granjeó el liderato en la tabla de goleo en el segundo Mundial mexicano.

sábado, junio 27, 2026

Razón de estas plaquettes

 









A finales del siglo XIX, París era el ombligo del mundo en casi todo, principalmente en materia cultural. Los pintores, los escultores, los músicos y no se diga los escritores de cualquier lugar anhelaban instalarse en el entorno de la torre Eiffel como si fuera un imperativo religioso, como vivir en tierra santa. En aquel contexto surgían las modas artísticas para después expandirse en todo el mundo con un sello de legitimidad: si algo había sido creado en París, entonces era bueno. Es el caso de las publicaciones en formato de plaquette, galicismo que podemos castellanizar como plaqueta, cuadernillo, folleto, opúsculo o simplemente libro grapado. En mi caso, tiendo a usar el galicismo puro porque “plaqueta” tiene, como sabemos, un uso médico relacionado con la sangre y es sinónimo de “trombocito”.

No hay, que yo sepa, un manual que determine el estricto número de páginas que debe tener una publicación para ser considerada libro o plaquette, de ahí que para mí no radique en tal dato la razón para llamarla de una u otra forma. Es un poco como el cuento: ¿qué número de páginas se requiere para que un cuento sea cuento? Creo que es importante tener en consideración su brevedad, pero no sólo esto. En el caso de la plaquette puede pasar lo mismo: para designarla así es pertinente tomar en cuenta su delgadez, que sea una publicación esbelta, pero hay además otro rasgo físico que da la mano: las grapas, la carencia de lomo. Por supuesto soy consciente de que las grapadoras profesionales de imprenta son capaces de perforar cien folios o más, de ahí que la flacura de la publicación sea el primer requisito para llamarla o no plaquette, pero no el único.

La palabra es francesa porque francés es el origen de la plaquette en el mundo literario. Este tipo de publicación era usado por los escritores, sobre todo poetas, para adelantar sus creaciones entre los colegas, en grupos pequeños y cercanos de potenciales lectores. Tenían además la cualidad, por su tamaño, de viajar lejos y llegar a homólogos distantes. Su grosor y su tiraje corto propiciaron asimismo la idea de trabajarlas con finura, con buenos materiales y diseño delicado, lo que a su vez alentaba su preservación en los libreros ajenos. Todavía bien entrado el siglo XX la plaquette fue usada por los escritores como alternativa al gran tiraje. Muchos poetas, ensayistas y narradores incluso las editaban con financiamiento propio y las ofrecían como regalo a sus amigos, algunas como presente de fin de año.

Si bien la plaquette no ha muerto, es un hecho que su edición y su difusión no están de moda, y en realidad nunca han estado. Para ciertos propósitos y en ciertos espacios, me parece, sigue siendo una opción atendible. En el caso de la colección que propongo, me atengo a la circunstancia actual de la publicación en espacios relativamente pequeños, como La Laguna. ¿Cuántos lectores hay para lo que escribimos? ¿Cuántos personas están dispuestos a comprar y leer lo que cuaja en nuestras cabezas? Esta colección de plaquettes busca llegar mediante el papel a lectores inmediatos, acaso amigos, y si de alguna manera hay interés por el contenido de cada publicación más allá de la sierra de las Noas, en el futuro quedará el PDF como producto residual, pero igualmente útil, para compartir las páginas.

El intento de esta colección es dejar constancia de un trabajo colectivo de escritura. Digo colectivo pero esto no significa que sea coordinado, articulado en grupo. La idea es publicar de entrada diez números, y seguir adelante si la inercia es favorable. El tiraje de cada ejemplar será corto, de entre 60 y 100 ejemplares, y cada pequeño “tomo” tendrá las mismas características del primero, de suerte que sea en verdad una colección con estricta unidad en la forma. Ya hay dos números: Transcursiones, ensayos literarios de Renata Iberia, y Amar a Maradona, que presento hoy, con artículos de mi autoría. Viene en camino uno de crónicas de Fernando de la Vara, y están apenas apalabrados otros de Jessica Ayala, Daniel Lomas, Alfredo Máynez, Laura Orellana, Iván Hernández, Alberto de la Fuente y Angélica López Gándara, todos de distintos géneros literarios y periodísticos.

En un mundo que se expandió gracias al internet, donde teóricamente es posible que nos lean en todo el planeta, la verdad es que no deja de ser sensato que al menos nos lean donde vivimos. Por soñar con grandes tirajes hipotéticos y éxito de ventas, nos hemos olvidado que en casa no nos lee ni nuestra familia, de allí que, sin dejar de ilusionarnos con el reconocimiento foráneo, tratemos de ofrecer también algo concreto a los lectores cercanos, nuestros amigos, como lo hicieron en París los poetas del XIX. Una colección de plaquettes editada con alguna noción de pulcritud puede ser útil.

Y ya que hablo de grandes públicos, de los inmensos públicos que por ejemplo nos promete la utopía de Amazon, recuerdo dos anécdotas. Las reproduzco de memoria, no las tomen como citadas textualmente. A finales de los treinta, la filósofa María Zambrano pasó parte de su exilio en La Habana. Había salido de España debido a la Guerra Civil, y en Cuba de inmediato trabó amistad con la comunidad artística. Uno de sus mejores amigos fue José Lezama Lima. Se cuenta que en alguna ocasión, la gran pensadora le dijo que la calidad de la literatura que escribían debía ser conocida en otras partes del mundo, a lo que Lezama respondió: “No, María, nosotros queremos ser leídos en Cuba”. Una anécdota similar se dio en Buenos Aires. Cuenta Horacio Verbitsky que en cierta ocasión dos escritores felicitaron a Rodolfo Walsh por su cuento “Esa mujer”, pero apostillaron que requería algunos cambios para que se entendiera si lo traducían al francés, a lo que Walsh respondió: “No sé si me interesa que se traduzca al francés”.

En ambas anécdotas se puede notar que el primer público lo tenemos a la vista, y es el nuestro, el más próximo. Así entonces, para qué soñar con lectores de todo el país o de otras partes del mundo si ni siquiera o muy apenas nos pelan quienes conviven con nosotros. El propósito, en suma, de esta serie de plaquettes es llegar a lectores inmediatos, a ustedes que esta noche están aquí de carne y hueso, con cara reconocible y quizá con poco más de cien pesos en el bolsillo para hacer sustentable este modesto emprendimiento editorial que aspira a permanecer en sus estanterías por la calidad de lo escrito, es obvio, y también por el registro del ISBN y los materiales del objeto: serigrafía sobre cartulina texturada, papel cultural en interiores y una guarda de papel italiano, casi casi un fililí en estos tiempos de obligada austeridad.

En cuanto a Amar a Maradona no diré mucho, pues confío en que se lo lleven y recorran sus 56 páginas. Sólo añado que es un homenaje a alguien que me ha alegrado la vida y exactamente hace cuarenta años anotó en el estadio Azteca el gol más memorable de todos los mundiales.

Comarca Lagunera, 22, junio, 2026

Nota. Texto leído en la presentación de Amar a Maradona. Doce apuntes diegófilos y la colección RAI, celebrada el lunes 22 de junio de 2026 en La Tinta Cafebrería. Participamos Alfredo Máynez Gil, Fernando de la Vara y yo.



miércoles, junio 10, 2026

Uno por Mundial











 

Mañana comienza el Mundial, el primero celebrado en tres países, y es claro ya que no es el más entusiasmante de la historia. La mafia de la FIFA lavará por unos días la cara de Trump, pero por supuesto nada es suficiente para limpiar las tropelías del empresario genocida y pederasta, y menos si la ayuda proviene de los gángsters del futbol cuyo centro de operaciones es Suiza. Veremos qué ocurre en lo político con este Mundial, el más monetizado de cuantos se han jugado hasta ahora, un monumento al ansia de dinero y poder irrefrenable de la FIFA.

Si no hago mal la cuenta, he seguido de lado a lado doce competencias de este tipo. Haré aquí el ejercicio de pensar en el mejor jugador que vi en cada una. Es raro, rarísimo, pero en 1978 quedé asombrado con Teófilo Cubillas, el peruano; creo que nadie, salvo yo, lo mencionaría en una lista de esta naturaleza. De 1982 mi favorito fue Zico, quien al final tuvo mala suerte, pero fue el jugador de mayor clase en el Mundial de España (también marcado por Gentile con todas las marrullerías posibles). De 1986 en México no digo nada; es obvio de qué número 10 quedé embelesado. Igual en Italia 1990, aunque para no repetir puedo mencionar a Schillaci, por lo sorpresivo de su aparición como salvador de los locales. En 94 para mí el mejor fue Hagi, el rumano, un constructor de juego que manejaba todos los hilos de su selección, tanto como Zidane en 1998, por mucho el más destacado del Mundial francés.

También el Mundial Corea-Japón de 2002 es fácil: Ronaldo estaba por encima de todos en aquel momento, no por nada fijó para la historia el apodo de Fenómeno. En Alemania 2006 pongo a mi único defensor: Fabio Cannavaro, una pared en la zaga italiana. De 2010, el Mundial sudafricano, creo que me decanto por Xavi, el español (sólo dudo un poco por culpa de su paisano Iniesta, que igual puede ser colocado como señero). De 2014 en Brasil el mejor debe ser alemán, y para mí fue Toni Kroos con una leve sombra de su paisano Müller. De 2018 no hay duda: fue Luka Modrić, quien puso a Croacia en la final. Y, por último, contra lo que se pueda pensar, el mejor para mí en Qatar 2022 fue Mbapé, quien anotó tres en la final y con todo y eso la perdió.

Ya veremos ahora quién destaca en el Mundial que empieza mañana para 48 equipos, una cantidad absurda pero acorde a la voracidad de la FIFA.

sábado, mayo 09, 2026

En un lugar de la cancha: lectura y futbol












No sé si todas las personas que leen con asiduidad saben en qué momento y por qué adquirieron este hábito. Supongo que sí, pues creo que en general perciben la importancia de la lectura como acompañante de sus vidas, lo que obliga a pensar con frecuencia en las motivaciones remotas. En esto ayuda el hecho de que no es, como caminar, una práctica desarrollada en la inconsciencia de la primera infancia, sino el nacimiento de una habilidad que suele darse cuando ya podemos retener las vivencias con cierto grado de claridad, cuando sabemos hablar con cierta lógica. Me estoy refiriendo aquí a la lectura que va más allá de la alfebetidad, a la lectura como goce así sea incipiente. Creo que todos los que leen con regularidad y placer alcanzan a saber cuándo apareció el gusto, en qué momento tomaron un libro sin el forzamiento de la obligación escolar.

Sobre esto he pensado más de una vez porque me interesa como tema vinculado a mi experiencia y porque no ha faltado oportunidad para que me lo pregunten. Mi respuesta tiene la claridad que puede tener un recuerdo con medio siglo de edad. Es algo vago ese recuerdo, pero no lo suficiente como para impedirme una explicación satisfactoria al menos para mí: yo leo con asiduidad —diría que con pasión y placer si no sonara pedante— desde que tenía cerca de diez años, hace 52. Antes de 1974, por supuesto que ya leía los libros de texto de la SEP y el periódico La Opinión que a diario compraba doña Catalina, mi madre. Quiero pensar que consumía aquellos papeles en los ratos libres, los ratos que sobraban al juego vespertino con mis hermanos y los amigos de la cuadra. Nunca fui un buen estudiante, así que me asomaba con desdén a los libros de texto. Esto creo, pues mis notas jamás delataron a un alumno con aspiraciones altas. Con el diario tuve una relación buena, me gustaba hojearlo, disfrutar sobre todo con la sonoridad de los topónimos y la onomástica remota. Pero no entendía las noticias ni los artículos, así que debía contentarme con una lectura superficial.

En un cuento mío de 2023, reciente, un personaje ficticio desempeña algunas funciones de alter ego y dice lo siguiente (hagan de cuenta que allí usé lo que acabo de explicar a propósito de mi lectura periodística):

En 1973 yo tenía nueve años y en la casa de mi familia sólo disponíamos de dos posibilidades para leer: los libros de texto gratuitos y La Opinión, uno de los periódicos de La Laguna. Fue en las páginas del diario donde comencé a leer en serio, aunque sin procesar bien lo leído, textos que estaban más allá de lo que encomendaban en la escuela. No recuerdo con precisión ninguna nota, sólo el hecho de pasar la vista sobre el diario y encontrar información que por entonces sólo eran palabras, nombres propios de lugares y personas: Luis Echeverría, Vietnam, Richard Nixon, Madrid, Francisco Franco, Tel Aviv, Moshe Dayan, Juan Domingo Perón, Buenos Aires, Augusto Pinochet, Palestina, Yasser Arafat, Fidel Castro, La Habana, Paulo VI, Ciudad del Vaticano, Moscú, Leonid Brézhnev… Para mí no había ninguna posibilidad de saber entonces que esos nombres representaban ideas, y que esas ideas tenían orientaciones encontradas, que en el mundo había noticias de conflictos debido al choque de las ideologías que abrazaba cada uno de aquellos personajes…

Más o menos así me relacionaba con el diario a mis diez años. Luego ocurrió un hecho que también he contado alguna vez. Como a los once años descubrí el futbol. Uso el verbo descubrir porque hasta entonces el ambiente deportivo de mi casa se relacionaba con la pasión de mi padre, el beisbol. En uno de sus partidos dominicales celebrado en los campos de Jabonoso, un ejido de Gómez Palacio, yo tenía quizá once años cuando me alejé del partido de mi padre y caminé a los campos de futbol. Todo era un llano en llamas, no había separación física entre los campos de fut y de beis, así que fui a ver el futbol. Jugaban dos equipos llaneros de jóvenes como de veinte años, y cuando desde la línea lateral vi el desarrollo del partido no entendí muy bien las reglas, pero me gustó. Al llegar a casa aquel domingo en la tarde sentí el impulso de patear algún balón, lo que ocurrió cuando comencé a jugar en los recreos de la escuela primaria federal Presidente López Mateos de Santa Rosa y en las tardes de mi barrio gomezpalatino. El gusto de jugar futbol fue intenso, me hizo muy feliz durante la adolescencia.

Lo extraño ocurrió casi simultáneamente: al gusto de jugar futbol y de leer el diario sin entender el sentido de las notas, sólo por la maravillosa sonoridad de las palabras, añadí la compra de revistas de futbol. También sobre esto he escrito dos o tres veces, una de ellas inédita, pues viene en un librito que aparecerá dentro de dos semanas: Amar a Maradona. Allí, en el primer párrafo del prólogo, comparto esto:

El primer Mundial que vi completo fue el celebrado en Argentina. Tenía 14 años y atravesaba una etapa de enamoramiento futbolero rayano en lo patológico. A la práctica diaria y callejera del futbol sumaba un par de hábitos que después no me abandonarían: ver en la tele dos o tres partidos todos los fines de semana y comprar cinco revistas de futbol con disciplina de académico. Por aquellos meses se había dado el brinco familiar de Gómez Palacio a Torreón, y poco a poco la atracción de la calle me alejó de las sobredosis televisivas y de la frenética compra de revistas, dado que los imperativos de la vagancia consumían los escasos recursos disponibles, incluido el tiempo libre para ver la tele. El virus cedió un poco, pero no se fue, nunca se fue, pues todavía veo en la pantalla algún partido por semana para recuperar un cacho ilusorio de la infancia, y eso de leer no se diga, creció y se orientó hacia mejor vertiente: ya en otros lugares he explicado que ante la falta de biblioteca en casa, las revistas de futbol fueron sin premeditarlo la herramienta que me impuso el gusto de la lectura y de los libros. Así de anómalo fue mi nacimiento a las letras. Los caminos de la literatura son inescrutables.

Ya había adelantado una explicación similar en el libro Invítame a leer. Conversaciones con gente de libros (SEC, 2019), de Gerardo Segura. En tales páginas comenté con mayor amplitud lo que aquí observo:

Cuando llegué a la secundaria ocurrieron dos hechos importantes: por un lado, descubrí la práctica del futbol y, por el otro, mi madre compró unas enciclopedias, lo que en aquella época (1978) era como conectarse a internet. Apasionarme por el futbol como deporte, jugarlo bien y sin descanso, tuvo una extraña derivación “intelectual”, por llamarla de algún modo: me convertí en comprador, lector y coleccionista contumaz de revistas futboleras. Cada semana ahorraba la cantidad necesaria para comprar cinco publicaciones, es decir, todo lo que llegaba a La Laguna sobre ese tema: las revistas Pénalty, Balón y Sólo Futbol, y las historietas Borjita y Chivas Chivas Ra Ra Ra. Gracias sobre todo a las revistas, y a falta de Ilíadas y Odiseas, accedí a entrevistas, reportajes y columnas en los que fui haciéndome una idea del mundo y de la vida a partir del futbol. En aquel tiempo no sólo La Laguna, toda la provincia era más provinciana y se soñaba poco con lo que estaba fuera de nuestro entorno. Las entrevistas a los jugadores me remontaban a geografías distantes, a topónimos y nombres de equipos y jugadores que conllevaban una sonoridad peculiar: Botafogo, San Lorenzo de Almagro, Amaury Epaminondas, Juan Carlos Czentoriky, Belarmino de Almeida, Colo Colo, Rafael Albrecht, Jan Gomola, Carlos Jara Saguier… algo raro había en esas palabras, lo que me hacía pensar en lejanías, en la heroicidad de viajar, en la vaga sensación de que el mundo era mucho más grande de lo que yo imaginaba. Mi vida, entonces, era ir a la escuela, leer revistas de pe a pa y jugar futbol en la calle todos los días. Eso fue, sospecho, lo primero que leí con pasión y disciplina, pero no me duraría mucho tiempo, pues llegaron las enciclopedias y con ellas unos libros de regalo, como un pilón. Las enciclopedias sirvieron en casa para las tareas de mis hermanos y las mías, pero yo aproveché más un libro extra, de los de regalo, al que considero muy importante en mi vida, acaso el primero que logró cautivarme.

El acontecimiento cultural más importante de mi vida, leer asiduamente, se lo debo pues al futbol, aunque parezca increíble. Supongo que es al menos mínimamente raro que de jugar futbol se pase a leer futbol con voracidad y de allí, sin solución de continuidad, haya pasado a la lectura literaria, a la lectura de libros “serios”. Esto me lleva a pensar en los orígenes de un lector. ¿Todos debemos comenzar por los clásicos infantiles y de ahí pasar a los clásicos adultos? ¿El fracaso está garantizado si no se comienza por la Ilíada o el Quijote? Obviamente no, y modestia al margen creo que soy un buen ejemplo de que el comienzo importa sólo como comienzo, para agarrar el gusto, para cimentar la asiduidad que después pueda ser canalizada hacia obras de mayor calado.

La formación de un lector es misteriosa. En el proceso hay, supongo, una cierta predisposición natural, que en mi caso fue el asombro ante el sonido de las palabras dichas y la contextura de las palabras escritas. Antes de comprender su sentido, las palabras ya me habían hechizado, no sé por qué. Lo que vino después fue, diría Bourdieu, el habitus que tuve a mi alcance: una familia que tenía periódico todos los días, una escolaridad estándar en escuela pública sobrepoblada, un deporte popular a la mano y revistas baratas de futbol para cobrar impulso como lector. Luego vinieron los primeros libros casuales, el acceso a la universidad, los amigos con más lecturas y el orgullo íntimo de ser un poquito distinto, vaya modesto logro, por leer libros.

En suma, nadie elige sus primeras lecturas fervorosas. En mi casa infantil no había biblioteca, a mí me tocó combinar la práctica del futbol con la lectura de revistas de futbol, y es por ello que tengo gratitud por este deporte que luego sin querer me condujo hacia los libros. Esto quiere decir que no me asusto cuando un joven comienza leyendo mucho de lo que sea, generalmente mugre. Lo importante es que el impulso inicial luego tome un camino más exigente, que no se quede atorado, por ejemplo, en la autoayuda o los zombis. Esto de leer con fruición es un tanto azaroso, pero si lo miramos bien, todo en la vida es así.

Comarca Lagunera, 8, mayo, 2026

Nota 1. En la imagen que encabeza este post aparece Miguel Marín, portero de Cruz Azul en la década de los setenta. Fue mi ídolo futbolístico de la niñez, aunque nunca jugué en el arco. Si no recuerdo mal, la foto me la regaló José Manuel González Souza, compañero de la prepa, más o menos en 1980. Desde entonces la conservo. Es una foto periodística original, impresa en papel fotográfico. En el envés aparece impresa, con sello de goma, la leyenda “Foto Hermanos Mayo. 1974”. Mi amigo Souza es pariente de la familia Mayo, y con alguno de sus miembros consiguió esta excelente postal que después puso en mis cruzazulinas manos.

Nota 2. Texto parcialmente leído como base de una charla ofrecida en la Feria del Libro de Coahuila-Torreón. Su título fue “En un lugar de la cancha: lectura y futbol”. Se celebró el 9 de mayo de 2026 en el Centro de Convenciones de Torreón, sede de la Feria.

miércoles, abril 22, 2026

El gran estadio Azteca








El 28 de marzo pasado la selección mexicana jugó un partido amistoso contra la de Portugal. Este choque fue organizado para reinaugurar el estadio Azteca luego de varios meses dedicados al remozamiento del inmueble. El duelo de selecciones quedó empatado sin goles, de modo que los 85 mil espectadores que concurrieron no dejaron de saludar el pobre espectáculo con abucheos lanzados desde sus onerosas butacas. Más allá de lo estrictamente deportivo (que pese a la ausencia de goles reveló la superioridad de los lusitanos), fue otro detalle lo que atrajo mi atención desde el arranque del encuentro.

Al sacrificio inevitable que significa escuchar la crónica de los locutores que narran y comentan nuestro futbol, tipos cada vez más estridentes y payasescos, se sumó una tortura inesperada: cada diez segundos, seguramente por consigna de sus patrones, el locutor y los comentaristas decían “estadio Banorte”. La idea era obvia: remarcar a los televidentes que el México-Portugal ya no se estaba jugando en el estadio Azteca, sino en el “estadio Banorte”. Armado con mi más espontáneo malestar, compartí de inmediato y donde pude estas palabras y otras similares, pues la verdad sentí rabia: “Perdón por la nimiedad. Esta es la única vez que llamaré estadio ‘Banorte’ al estadio Azteca. Para mí el estado Azteca se llama estadio Azteca. Dicho lo anterior, en unos minutos México jugará un amistoso contra Portugal en el estadio Azteca”. Creo que no pude ser más claro.

Lo que motivó mi malestar tiene que ver con el peso simbólico de las palabras. Para los mercenarios, por supuesto, las palabras no significan gran cosa, por eso ofrecieron al mejor postor el poderoso y significativo nombre del más importante estadio mexicano, esto sin considerar su peso simbólico, su valor histórico y el grado de lexicalización que ya le había dado el uso popular durante sesenta años, desde su inauguración, el 29 de mayo de 1966, hasta hoy. Por una millonada, le cercenaron una palabra hermosa para injertarle otra tristemente comercial.

No me pasa lo mismo con otros estadios de reciente construcción con nombres comerciales (Banorte pudo hacer lo mismo). Ellos harán su historia así, con nombres de marcas, pero el Azteca es el Azteca, y este nombre no se puede mutilar como si seis décadas de historia no pesaran. Imaginemos: ¿Pelé fue campeón del mundo en el estadio Banorte? ¿Cruz Azul fue tricampeón jugando en el estadio Banorte? ¿El estadio Banorte fue testigo del gol del siglo anotado por Maradona? Esto es grosero. Por ello para mí el estadio Azteca seguirá siendo siempre, sin ninguna vacilación, el gran estadio Azteca concebido por la maestría del arquitecto Pedro Ramírez Vázquez.

Un pilón. Este caso me recordó lo sucedido alguna vez con la palabra “chicle” en la publicidad. A algún experto en anuncios quizá le pareció feo el hermoso nahuatlismo “chicle”, y en los mensajes comerciales empezaron a decir “goma de mascar”. Por suerte el calco del inglés no prosperó, la palabra mexica se impuso y para nosotros el chicle siguió siendo “chicle”. Ojalá que esto mismo pase con la poderosa palabra “Azteca” en el nombre del más importante estadio mexicano, el estadio Azteca, “El coloso de Santa Úrsula”, como lo apodó nuestro siempre admirado Ángel Fernández.


sábado, agosto 23, 2025

Historias de Hernán Casciari

 


















El título tributa un homenaje numérico y fonético a los Doce cuentos peregrinos de García Márquez, y temáticamente es un libro en algún sentido próximo a Dublineses, Montevideanos y Tijuanenses, racimos en los que sus autores (James Joyce, Mario Benedetti y Federico Campbell, respectivamente) sobrevuelan sus espacios de vida/memoria y desarrollan pequeñas anécdotas que no por locales dejan de ser universales. El libro 12 cuentos mercedinos (Editorial Gato Blanco, México, 2018, 103 pp.), de Hernán Casciari (Mercedes, Provincia de Buenos Aires, 1971), pertenece a esa camada: la de los libros en los que el autor cuenta historias en las que se siente o presiente un telón de fondo territorial, un entorno, un origen, en este caso la ciudad de Mercedes ubicada a cien kilómetros de la Capital Federal argentina. Dicho sea de paso, Mercedes ha sido la cuna de personajes como el expresidente Héctor Cámpora, el historiador Felipe Pigna, el político Eduardo de Pedro y el genocida Jorge Rafael Videla.

El primero, “La verdadera edad de los países”, no parece tanto un cuento, sino una especie de artículo de prensa muy creativo. Desde su arranque tiene este tono y aborda así a los países, como si fueran los ciudadanos de un gran vecindario: “Francia es una separada de treinta y seis años, más puta que las gallinas, pero muy respetada en el ámbito profesional. Es amante esporádica de Alemania, un camionero rico que está casado con Austria. Austria sabe que es cornuda, pero no le importa. Francia tiene un hijo, Mónaco, que tiene seis años y va camino de ser puto o bailarín, o las dos cosas”. La comparación se sostiene sin perder atractivo, pues los rasgos etarios de cada país se corresponden con el estereotipo más o menos conocido en cada caso.

Un gran cuento, este sí, por más que pueda ser o parecer una anécdota real, es “Un cajón secreto”. Cierto niño descubre en el cajón secreto de papá, entre otros tesoros, un lote de revistas porno europeas, que por cierto siempre tuvieron fama de ser muy poco estéticas. El protagonista hurta algunas y sobreviene una calamidad sobre la cual no adelanto nada, sólo que sus dos líneas finales son un palazo en la cabeza. O en el corazón, mejor dicho.

De “Messi es un perro” casi no se puede admitir que sea un cuento. En todo caso es un relato que parece más una crónica, un recorte de vida real. En este caso, alguien que admira a Messi lo compara con un perro porque tiene la fijación del balón como la vio en su perro con una esponja. Es un elogio de Messi con algunos ingredientes narrativos, entre ficticios y no.

En “¿Me agregás como amiga?” cuenta la aparición de Candela en Facebook. Candela dialoga con ella misma ya grande, es arquitecta y bonita. Revela lo poco que nos queremos cuando somos niños. Es un cuento, como algunos más en este libro, de tono juvenil, sencillos en su estructura y en su planteo de las situaciones.

“Borges, desde el tablón” es un elogio de Borges con una mirada de hincha o barrabrava. La pasión por Borges tiene sus reglas, desdeña la pasión por Bioy, pasa por alto su vida sexual y en secreto se dice que es el mejor escritor de lengua castellana.

Es “Finlandia” el mejor cuento-cuento del conjunto al menos entre los seis primeros. Un tipo disfruta el rato en una fiesta familiar en Mercedes, tiene un pendiente, pide un carro prestado y al dar reversa siente que golpea algo. Piensa que apachurró a una ahijada de tres años, ve que sus familiares corren a ver qué sonó y en esos diez segundos pasa el pasado y sobre todo el futuro del personaje, la desdicha definitiva que se le viene encima. Es un relato que pinta una verdad: que todos colgamos de un incidente, de una desgracia fortuita que puede destruirnos, convertirnos en víctimas o victimarios. Es un gran cuento, lleno de ese ingrediente que llamamos destino o suerte: “Tenía casi veinticinco años, estaba escribiendo una novela larguísima y placentera, vivía en una casa preciosa del barrio de Villa Urquiza, con una mesa de pimpón en la terraza y toda la vida por delante, trabajaba en una revista donde me pagaban muy bien, tenía una vida social intensa, era feliz, y entonces mato a mi ahijada de tres años y se apagan todas las luces de todas las habitaciones de todas las casas en las que podría haber sido feliz en el futuro. Lo pienso de ese modo, desapasionadamente, porque ya no tengo ni cuerpo con el que temblar”.

Hay piezas que parecen relatos con algo de ensayo. “Los dos Rulfos” no es un cuento en estricto sentido, sino la exposición de una historia planteada como realidad aunque también puede ser ficticia. Tiene de cuento lo narrativo, pero más bien parece el relato de una anécdota familiar que desemboca en una especie de teoría que dentro del relato el autor-personaje denomina “anécdota aumentada”.

Todavía más autobiográfico se siente “Bienvenido al club”. Se dirá que podemos leerlo como ficción, pero los datos que suministra casi no permiten esta recepción. Es como un trozo de memoria, el resumen de la condición del autor como hincha de Racing. Todos, desde su bisabuelo a su padre, lo fueron y vieron al equipo salir campeón más de una vez. Él, Casciari en primera persona, confiesa que no le gustaba vivir con esos recuerdos prestados, hasta que se hizo la luz y Racing se coronó, lo que permitió al autor pertenecer, ahora sí de lleno, al club de sus antecesores.

“Un belga en casa”, como todos o casi todos los textos que componen este libro, tiene marcado aire autoficcional. El protagonista-autor recibe en casa al ilustrador de una revista, un dibujante belga que recogerá gráficamente la vida del escritor. Lo atiende tres días seguidos y como hablan dos idiomas distintos no se comunican. En silencio desahogan su trabajo, entre la extrañeza y la obligación de convivir hasta que al final, un poco repentinamente, el consumo de mate sirve como nexo cultural.

Más allá de su verdad empírica, un bello cuento es “Las dos promesas”. Por culpa de la Segunda Guerra, en 1943, Américo Bertotti llega a Argentina. Tiene catorce años y jura ante su madre que nunca romperá su esencia milanesa. Ya en Buenos Aires, joven y empobrecido, le cortan el pelo gratis a condición, dice el barbero, de que acepte jurar fidelidad eterna al club Boca Jr. Pasan los años, envejece y un día juegan Milán-Boca. El viejo ve el partido con la disyuntiva de que deberá traicionar a alguno de los dos.

“Las caras en los sueños” es una reflexión poética sobre las caras que aparecen mientras dormimos. El narrador llega a una conclusión: la inquietud de ser soñado por alguien detestable. Es una especie de artículo.

El último de la tanda en 12 cuentos mercedinos, “10.6 segundos”, es una especie de crónica del segundo tanto de Maradona a los ingleses en el Azteca. Tiene como peculiaridad su estructura tripartita. Narra el gol segundo tras segundo, pero a medida que avanza tiende puentes en el tiempo hacia adelante y hacia atrás. Lo hace en función de los protagonistas más visibles de la jugada. De cada uno, incluido el árbitro tunecino, describe pasado y futuro, como si los once segundos de Maradona con el balón fueran una especie de bisagra, un parteaguas en cada una de aquellas vidas. Ninguno imaginó que esa jugada, contada al final con un efecto anafórico que homenajea a Borges viendo el Aleph, les cambiaría las vidas para bien y para mal.

Salvo por el hecho cierto de que varios cuentos de este libro no son cuentos en estricto sentido, se trata de relatos siempre emotivos, sostenidos en una prosa sencilla, llena de gratos aciertos en la observación de la condición humana. Esto importa más, claro, que insistir en la naturaleza genérica de cada pieza aunque el título nos anuncie claramente “cuentos”, cuentos que en varios casos no lo son, sino crónicas o girones de memoria personal, incluso, si lo pensamos bien, artículos, todo sumado en un libro que además de bien escrito ha sido armado en una edición vistosa, munida de numerosas ilustraciones a color. Lo único que no venía al caso en la edición son las notas de glosario al pie de página. Explicar qué es “jerga” y qué es “amague”, entre otras, está de más, pues hoy se pueden consultar en donde sea.


sábado, noviembre 19, 2022

Rápido recuerdo de mundiales

 










Considero que he hecho marcaje personal a los mundiales desde 1978 a la fecha. Los anteriores, todos, los he visto en documentales y leído en artículos o libros. Cierto que yo ya habitaba en este mundo hacia el 66, pero era un bebé de dos años y nada supe entonces de Eusebio y el no-gol de Inglaterra en la final; luego, el del 70 de Pelé y Rivelino me pasó de noche, y de él sólo me queda el vago recuerdo de los anuncios publicitarios con Juanito, la mascota del torneo. Todavía en el 74 poco me acerqué al campeonato organizado en Alemania, el Mundial que vio nacer a la Naranja Mecánica de Johan Cruyff.

Fue hasta 1978 cuando, inoculada ya hasta el fondo de mis huesos la bacteria del futbol, atendí con veneración todos (todos significa todos) los partidos del Mundial argentino. No eran tantos equipos como ahora, pero no dejo de asombrarme de que día tras día, sin saber que aquel torneo era la pantalla de una dictadura militar en pleno uso de su maquinaria genocida, seguía las transmisiones como si la vida me fuera en ello. Por supuesto, padecí la ilusión de ver triunfos del conjunto mexicano, la Selección de Roca, pero nada salió como se esperaba y aquello terminó siendo, para los aztecas, un fracaso sin atenuantes.

Siguió el Mundial 82 en la España que, se puede decir así, estrenaba transición a la democracia, aunque poco antes, en el 81, se dio el intento golpista que hizo famoso al teniente-coronel Tejero. De aquella justa recuerdo mucho: los golazos de Brasil (el de Éder a la URSS, sobre todo), la expulsión del joven Maradona por el árbitro mexicano Mario Rubio y, obvio, los goles de Paolo Rossi que le dieron el campeonato a Italia.

El del 86 es inolvidable para mí porque entonces vi en vivo al mejor jugador que veré en mi vida. Nuestra selección no hizo mal papel, pero de nuevo se estrelló a la hora buena, esta vez contra los teutones en Monterrey. Luego, en 1990, México fue (pre)eliminado en el escritorio por culpa de los cachirules; fue un mundial algo soso, y de él lo que más recuerdo es la emergencia de uno de los jugadores más raros, en este caso por lo efímero de su gloria, que vi sobre una cancha: Salvatore Schillaci. Al final, claro, todos recordamos la mafufada de Codesal.

Vi en Chihuahua, pues allá trabajé unos meses, el Mundial 94. Nuestra selección, la de Jorge Campos, no jugó mal, pero se desbieló en el partido contra Bulgaria, aquel en el que Mejía Barón guardó unos cambios necesarios y luego generó la legendaria frase “El hubiera no existe”.

Ya se me acabó el espacio para sobrevolar los torneos siguientes (Francia, Corea-Japón, Alemania, Sudáfrica, Brasil y Rusia). No importa. Todos los seguí con atención, deseoso de un buen desempeño tricolor. Hubo altas y bajas, principalmente fracasos de último momento, como los provocados por el gol de Maxi Rodríguez o el “penal” al neerlandés Arjen Robben. Ahora no sé qué pronosticar para México en Catar. Según he visto, el optimismo nacional no anda a la alza, y me sumo a tal estado de ánimo. Ojalá que nos equivoquemos, ojalá que los pronósticos nos fallen. Ya veremos. Mañana domingo empieza todo.

sábado, febrero 27, 2021

Tres eternos segundos

 








El periodista Manuel Serrato me preguntó en un programa de radio qué pincelada de Maradona retenía mi memoria. Le dije que, al margen de los hitos llamados “gol del siglo” (a los ingleses) y “gol imposible” (a la Juve), hay dos jugadas del 10 que siempre recuerdo con agradecido pasmo. Una de ellas la comenté en el texto “De los centros”, y ahora paso a describir la segunda: en mi fuero íntimo la he denominado “Tres eternos segundos”, y es la siguiente.

En un partido del Barcelona contra el Real Madrid celebrado en el Santiago Bernabéu, Maradona y Lobo Carrasco contragolpean y desde la media cancha sólo tienen por delante a un defensa y al portero. El zaguero sale a frenar a Lobo Carrasco, quien apenas alcanza a dar el pase lateral hacia Maradona, quien viene sólo casi por el centro del terreno. El argentino tiene ahora el balón y ve al portero que, como ordena el librito, se adelanta para cerrar el ángulo. Con el pecho levantado, Maradona flota hacia adelante, vertiginoso, hasta llegar a la raya del área grande. A cuatro metros de Agustín, el portero, Diego ejecuta un leve y brevísimo movimiento de cuerpo/piernas que condensa un engaño múltiple: el arquero no sabe allí si el atacante tirará cruzado, bombeará el balón, pasará por derecha o por izquierda o intentará un tiro por debajo de las piernas. Cualquiera de estas cinco acciones se abre como posibilidad. Maradona elige adelantar el balón por la izquierda del portero, quien se estira sin poder cortar la jugada. Hasta aquí sentimos que se trata de una buena acción, pero nada extraordinaria. Lo asombroso viene dos segundos después.

Eludido el portero, la pelota y Maradona aparecen solos frente al arco. Aunque no queda en su perfil, el 10 puede tocar ya la pelota con el pie derecho, con el izquierdo, como sea, pues la puerta está abierta a cinco o seis metros y ni Maradona ni nadie podrían fallar en tal circunstancia. Supongo que de reojo mira a Juan José, el defensa que, ilusionado con una barridón heroico, viene a cerrar en diagonal hacia el primer palo. El tiempo que tuvo Diego para tirar puede ser considerado una eternidad en los parámetros del futbol, pero no lo hace, sino que elige el extraño camino del arte y la genialidad. Mientras el defensa arroja los tacos por delante y termina incrustado como horqueta en la base del poste, Maradona frena de golpe, engancha hacia adentro, da un toquecito más al balón y antes de que el portero vuelva, sin ver al arco cachetea tersamente con la zurda y hace el desmesurado gol.

Si pensamos que en el alambique de la memoria futbolera quedan para siempre sólo instantes, el instante en el que Maradona corta hacia adentro en aquel tanto vivirá para siempre. De alguna forma fue una gambeta a la lógica del futbol más que a un defensor. Cualquiera, creo, hubiera tirado de inmediato frente al arco abierto, tal y como le quedó a Maradona tras el regate al portero, pero mientras los ojos de todos esperan ese toque obvio, el 10 alargó la escena tres eternos segundos en un metro cuadrado del Bernabéu que al final de la jugada revoleó pañuelos blancos.

sábado, diciembre 12, 2020

A mí se me hace cuento

 









Así como a muchos les gusta la filatelia, la cocina, los cómics o la matemática, a mí me gusta el futbol. No fue una elección racional, pensada, sino algo que se atravesó en mi vida durante la infancia. Estaba cerca de llegar a la secundaria, digamos que poco después de los diez años, cuando el contacto del pie con la pelota se convirtió en un vicio adquirido en el barrio de Gómez Palacio en el que nací y viví hasta los trece años. Me hice jugador callejero y como todos los niños del mundo que acusan la pasión futbolística, no sólo intentaba jugadas durante los partidos, sino en la mente, a toda hora. Para aprender más, abracé los colores de un equipo profesional, vi muchos juegos en la tele, compré revistas especializadas, seguí jugando en la calle y en el llano, y así, con la cabeza copada por el futbol, atravesé la adolescencia.

Poco después del mundial del 78, en 1979, supe que la selección juvenil argentina tenía un jugador extraordinario, un tal Diego Maradona. En aquel momento la información fluía lentamente o al menos con una velocidad muy distinta a la actual, pero poco a poco fueron llegando más noticias. Maradona llevó a los argentinos a ganar el mundial juvenil en Tokio y tras eso comenzaron a cundir las repeticiones de su desempeño en las canchas. Era evidente lo que permaneció siendo evidente durante varios años: Maradona era distinto, pero no distinto a la manera de tantos distintos relativamente ordinarios: el gambetero, el buen filtrador de pases, el buen tirador de penales... Maradona no sólo era distinto a los 21 jugadores que participaban junto a él en cualquier cancha, sino distinto a los millones de jugadores amateurs y profesionales del mundo entero. El suyo parecía un cuerpo perfectamente articulado para la práctica del futbol, de suerte que todos sus movimientos eran los óptimos en cualquier acción dentro de la cancha. Hasta el toque de balón menos comprometedor tenía en su caso algo de mágico y perfecto, como si ese toque se enriqueciera apenas lo tramitaba el cuerpo de aquel 10 inaudito.

Claudio Borghi, quien alguna vez jugó con él, dijo que Maradona pensaba muy rápido. Cierto. En un deporte en el que la rapidez, los reflejos y la intuición son fundamentales, una milésima de segundo de anticipación hace la diferencia. Maradona, en efecto, antes de recibir el balón siempre tenía ya dibujada en la cabeza su jugada. Esto, sin embargo, no es suficiente para ser lo que Maradona fue. La jugada primero era pensada y de inmediato, sin solución de continuidad, ejecutada a la perfección, de suerte que los rivales y hasta sus mismos compañeros parecían jugar siempre en otra dimensión, una dimensión lenta e imperfecta. El problema con otros jugadores es que no piensan tan rápido, y aunque lo hagan, no ejecutan con solvencia lo que pensaron, y en Maradona se dio esa feliz y recurrente coincidencia entre la concepción de la jugada y la ejecución impecable, todo casi al mismo tiempo, con una mecánica corporal sin tacha, inventiva, que parecía natural, pero era portentosa y por ello única.

El don futbolístico de Maradona iba acompañado, además, de un carácter peculiar, también indispensable para ser un líder dentro de la cancha. No se arrugaba ante las patadas, encaraba a quien lo acosaba con malas artes y ponía el pecho a las balas para ayudar a sus compañeros como lo que era, el jefe de todos. Por eso, y pese a que el futbol que le tocó no protegía al jugador con técnica, lo bañaban de patadas, le rompían los tobillos y las rodillas, y él seguía de pie, luchando por ganar.

Hace 25 días, el 30 de octubre, cuando Maradona llegó a sesenta años, Óscar Ruggieri dijo algo muy cierto: que le hubiera gustado, como a cualquiera, ser Maradona dentro de la cancha, pero no fuera, pues la vida de Diego era invivible por los grados extremos de acoso público a los que fue sometido las 24 horas del día, por la anulación absoluta de la privacidad y todo lo que esto significa para el equilibrio mental. Tuvo razón: sólo se puede saber lo que implica la terrible vida de Maradona-fuera-de-la-cancha si se es Maradona-fuera-de-la-cancha.

En una entrevista disponible, como casi todo lo relacionado con Maradona, en YouTube, el actor Gastón Pauls, hermano del escritor Alan del mismo apellido, le preguntó a Diego qué hay en el lugar al que llegó en términos de fama. “Hay soledad, hay frío…”, respondió Diego. Esa soledad y ese frío minaron su salud, y hoy acabaron con su cuerpo.

Borges, otro inmortal, escribió en un poema sobre la ciudad donde nació: “A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires: / La juzgo tan eterna como el agua y el aire”. Sobre el 10 puedo pensar algo semejante: a mí se me hace cuento que murió Maradona. Desde ya lo juzgo tan eterno como el agua y el aire.

                      Comarca Lagunera, 25, noviembre y 2020

Nota. Tomé la foto en 2007 frente a La Bombonera, el estadio de Boca Jrs.


viernes, noviembre 02, 2012

Kusturica, Maradona y el Hachita Ludueña










Lo que contaré a continuación me dejó helado. De veras: helado y de paso feliz. No tardaré ni tres párrafos en contarlo, pues lo acabo de vivir y todavía no puedo creerlo, así que quiero pasarlo rápido del corazón al blog. Narro. Hace dos o tres años vi el documental Maradona por Kusturica presentado en 2008 por el cineasta serbio Emir Kusturica. Como sabemos, tras su estreno se convirtió en uno de los trabajos más importantes en torno a la figura del, para muchos, mejor futbolista de todos los tiempos. Cuando le eché un primer vistazo fue en un video pirata que me fastidió con una pésima definición y un sonido del asco, tanto que terminé perdiendo esa mala copia sin ninguna tristeza.
Pues bien, hoy paseaba por YouTube y lo recordé. De inmediato hallé la versión completa de poco más de hora y media, y comencé a verla. Todo iba en paz hasta que Kusturica habla un poco sobre el tango y sus orígenes. Mientras explica en off, se ve que entra a una “milonga”, es decir, a un centro de baile de los muchos que hay en Buenos Aires. Lo asombroso es que gracias a las imágenes reconocí vagamente el lugar, y pensé: “Se parece a la milonga que visité en mayo de 2010”. Poco después, en la misma secuencia, se ve un anuncio luminoso de neón rojo que dice “Club Graciel” (minuto 47 con 15 segundos en el video). Mi memoria es mala, pero alcancé a reconocer ese nombre. Recordé que escribí una crónica y la publiqué de inmediato, y que tal vez allí mencioné el nombre del lugar. Fui a mi crónica, y no estaba ese dato. Lo que sí hallé fue la dirección que me dieron Laura Nicastro y Quique Ruslender, quienes me habían invitado a verlos bailar. La crónica está aquí, y como allí escribí la dirección, lo que hice fue googlear esto: “Club Graciel milonga Buenos Aires”, y saltó la dirección en el plano de Google, exacta a la de mi blog. O sea, sin que yo lo supiera hasta hoy, estuve quizá hasta en la misma silla que ocupó Kusturica al filmar ese segmento de su documental sobre Maradona. Fue asombroso, pues de todos los numerosos espacios donde se baila tango en Buenos Aires, en 2010 fui a caer, por azar y sin saberlo, al elegido por Kusturica para aquella partecita milonguera de su film.
Hasta aquí una razón de mi asombro. La otra es mejor. Sigo viendo el documental y Kusturica entra a una casa no muy lujosa, más bien de gusto clasemediero. No sabemos de quién es esa casa, pero allí están, entre otras personas, Maradona y sus padres. Hay conversaciones entre ellos, se ve un televisor encendido y con volumen no muy alto. La voz que sale del televisor parece describir algo así como “los mejores goles de la jornada internacional”, pues menciona un juego de Uruguay y otro que parece europeo. Luego, vemos la imagen de Maradona junto a una mesa y de fondo sigue la voz del locutor televisivo. Alcanzamos a distinguir que dice “futbol mexicano” y “Ludueña”; creo que también dice “Puebla”. Maradona pone atención a la tele y dice: “Mirá el golazo que hace Ludueña” (minuto 51, segundo 24), y del televisor sale esta frase, describiendo el gol: “Ahí va el Hachitaaaaaa…”.
¿Qué me asombra en este caso? Pues nada, nomás que entre los miles y miles de partidos o repeticiones de partidos que pudieron proyectar los decenas de canales y los cientos de programas futboleros que en el mundo hay, mientras filmaban esa escena en el documental más famoso sobre Maradona tenía que ser precisamente la repetición de un instante en el que marca gol el mejor extranjero que juega hoy en el equipo de la región donde vivo, esta comarca recóndita del centro-norte mexicano, La Laguna.
Ahora entienden por qué me quedé helado. El mundo es ahora más pequeño de lo que imaginamos.

sábado, marzo 28, 2009

Nery de sangre azul



Si mi memoria futbolera no miente, Costa Rica fue el último rival que le ganó a México dentro del Azteca en un partido eliminatorio. Pese a eso, no veo por dónde la selección verde pierda o empate hoy, aunque con Eriksson se ha comportado como equipo imprevisible, con juegos de lástima y uno que otro chispazo más o menos rescatable. Pero hoy, insisto, el factor Azteca y el azuzamiento de los medios deben ser suficiente veneno para unos ticos que no están, según sé, en su mejor momento.
Soy de los que ha ido descreyendo de la selección en la medida en la que sus directivos han metido mano negra para convertirla en una especie de Cancún futbolística: tiene tantos foráneos que uno ya duda de su nacionalidad mexicana. Aunque no le he dicho, dado que el fut no es mi prioridad y por eso le dedico sólo esporádicos maquinazos, creo que la antigua vocación nacionalista de la selección era un rasgo que nos creaba un vínculo con ella. Si perdíamos, lo que ocurría y sigue ocurriendo en demasía, perdíamos los mexicanos, con todo lo que eso implica al menos en el plano de lo simbólico. Ahora, en esa ensalada cosmopolita y mercenaria del seleccionado actual ya no se sabe ni quién gana, ni quién empata ni quién pierde. Y no es chovinismo, como se puede inferir a propósito de las frecuentes derrotas que consigno, sino mero respeto a la costumbre de atestar, sí, a los clubes con extranjeros (salvo el Guadalajara), pero no a la selección, que con la excepción del Charro Lara y de algún otro por allí perdido en el pretérito siempre alineó paisanos, auténticos ratones verdes.
Aunque la rieguen, aunque sean mediocres, aunque siempre se queden en la orillita, es preferible que la selección sea de mexicanos. Si en realidad es un timbre de orgullo para los jugadores locales, no veo la razón para hurtar tres o cuatro lugares a jóvenes que no sólo juegan aquí, sino que aquí nacieron y son hombres generalmente hechos a punta de tortilla. No aceptar nuestra condición, pedir socorro a piernas fuereñas y naturalizadas al cuarto para las doce, añade un ingrediente más de desconfianza en los nuestros, y puede ser tomado de paso como signo de baja autoestima. Por ello, aunque la defeque Rafa Márquez (por cierto, no sé si ya notamos que el defensa central del Barcelona fue clonado por el Vicentillo Zambada), se queda Rafa Márquez, ya que su paso por Europa no le ha quitado un ápice de mexicanidad nopalera a su forma de jugar.
Apelar a mexicanos exprés, como pasó con Nery Castillo, nos expone de paso a situaciones penosas como la sucedida en la rueda de prensa donde el méxico-uruguayo despotricó, como escuincle, contra la prensa. Me bastó ver algunas imágenes para comprobar que ese chico le estorba más de lo que le sirve a la selección, o al menos al concepto de lo que debe ser una selección. Al escupir (es una metáfora, aunque seguramente ganas no le faltaron de hacerlo) contra alguno o algunos reporteros, Castillo señaló que aquí la prensa futbolera sólo resalta lo negativo, jamás lo bueno. Más allá de la banalidad que contiene esa observación elaborada a la carrera, Castillo pudo afirmar eso en cualquier país pambolero del mundo, dado que parte del futbol es precisamente que los jugadores jueguen y que la prensa vea e/o invente señalamientos por lo general aguafiestas. Es, como dicen, parte del negocio, si no cómo meter a la gente en un deporte-espectáculo que suele tornarse soso cuando terminan los encuentros, y de alguna manera deja de serlo gracias a la “polémica”, al “debate”, por más hueros que estos sean. Pero no, Nery se dio el lujo de denostar a sus “compatriotas” y de paso a todos los que no nos fogueamos nunca en Europa dentro de nuestras respectivas chambas. Dijo a un reportero que era mediocre “porque tú estás en México, y yo en Europa”. Caray, qué soberbia tan pendeja. Ni que fuera Maradona en el Nápoles.