Entre el ocaso de Pelé y el esplendor de Maradona hubo varios jugadores que se disputaron el trono del futbol mundial. No era fácil llegar a ese sitio, pues el gigante brasileño puso tan alta la vara que hasta la fecha muchos creen, sobre todo los viejos aficionados, que nadie ha podido igualarlo, es decir, que nadie ha alcanzado la genialidad futbolística de Pelé. Ahora bien, entre 1975 y 1985 apareció la figura de Arthur Antunes Coimbra (Río de Janeiro, Brasil, 1953), mejor conocido por su breve mote: Zico. Además de este hipocorístico, en la prensa no fue raro que lo llamaran “el Pelé blanco”. Creo que no deshonraba la comparación, tanto como Hagi, el rumano, sería llamado años después “El Maradona de los Cárpatos”. Tales correlaciones pueden parecer exageradas, pero en el caso de Zico es verdad que se trataba de un 10 perfecto, de un armador de juego elusivo, inteligente, con futbol vistoso y eficaz en la consumación de goles. Clavó más de 500 en clubes y selección, la mayoría con el Flamengo, y además fue un asistidor empedernido. Lo recuerdo principalmente en el Mundial 82: era la estrella en un equipo lleno de estrellas, el Pelé blanco.
domingo, julio 19, 2026
miércoles, julio 15, 2026
Yo tengo un mosaico que dice así
Llevo
como cinco mundiales dedicando más tiempo del pertinente a escribir sobre
futbol. Es como una alineación de astros: si hay sobredosis de partidos, qué
más da que haya, para mí, sobredosis de palabras sobre ese tema al menos por un
rato. En el caso del Mundial que ahora casi pega su último suspiro, decidí
escribir breves semblanzas sobre goleadores. No son todos los que están ni
etcétera, pero sí los que más admiro y he visto aunque sea en repeticiones de
archivo. Las he publicado sólo en mis redes, además de que el blog Intelisport,
administrado por mi amigo Enrique Macías, decidió abrir una cancha especial
para que estén disponibles con acceso libre y todas juntas. Como serán 39 días
de Mundial, quise cerrar el número de estampas en 40, una diaria, así que al
día de hoy van 35. Si gustan buscarlas, escriban en Google “intelisport.com.mx”,
y allí aparecen en mosaico numeradas de la primera a la más reciente. Hoy aquí
comparto una, la que trata sobre George Best, sólo para mostrar la extensión y
el tono que he dado al conjunto:
“A George Best (Belfast, Irlanda del Norte, 1946-Londres, 2005) se le recuerda con frecuencia por dos frases que gustan en función de su cinismo tabernario: ‘Gasté un montón de dinero en coches, mujeres y alcohol. El resto simplemente lo malgasté’, y ‘En 1969 dejé las mujeres y la bebida. Fueron los peores 20 minutos de mi vida’. Por la malicia, pese a su machismo, parecen de Wilde, pero más allá de las boutades, Best fue, según he podido leer y luego ver en YouTube, un jugador anómalo en su contexto. Husmear las repeticiones de sus gambetas y sus goles contradice la idea, por otro lado harto justificada, que tenemos del futbol practicado en el país que reglamentó este juego: físico, veloz, directo, duro y sin muchos arabescos. Best, entonces, avanzaba en contra de la inercia, pues driblaba, inventaba jugadas y resolvía frente a los palos con quiebres y disparos que delataban más creatividad que reciedumbre. La época y el lugar de su gloria fueron propicios para que pareciera un quinto beatle, y la suerte de ser ‘carita’, como decimos en México, le permitió asemejarse en algo a Paul McCartney incluso en aquello de las patillazas. Anotó más de 250 goles”.
martes, julio 07, 2026
27. Pelé
He escrito varias veces sobre Pelé, icono del futbol, y he afirmado que la elección "Pelé o Maradona" no tiene sentido. ¿No sería mejor Pelé y Maradona? El desplazamiento de la conjunción disyuntiva por la copulativa es fundamental para admirar sus admirables talentos por igual, o casi, que es lo mismo. Edson Arantes do Nascimento (Tres Corazones, 1949-Sao Paulo, Brasil, 2022) elevó a la gloria las dos sencillas sílabas de su apodo, y esta breve palabra se convirtió en sinónimo de futbolista. Aunque la estadística en su tiempo no era muy rigurosa, sabemos que anotó más de mil goles, muchos de ellos inspirados por la genialidad. Los testimonios en video demuestran que Pelé inventó casi todo. Su repertorio de habilidades fue infinitamente superior a la imaginación de su época, de suerte que los sombreritos, las palomitas, las chilenas, los dribles, los amagues, los cabezazos, los túneles que puso en práctica siguen siendo dechados de excelencia. Entre sus innumerables jugadas virtuosas, he escrito alguna vez que me quedo con una: la finta a Mazurkiewicz en el Mundial de 1970, portento de habilidad que nunca más se ha visto sobre las canchas. Pelé fue, es y será el símbolo mayor del futbol.
domingo, julio 05, 2026
25. Messi
Resulta muy difícil negar que Lionel Messi (Rosario, Argentina, 1987) es el mejor futbolista de la historia. No tiene todos los récords en su poder, pero sí varios que, apiñados, muestran un dominio apabullante de la estadística. Claro que por encima de su nombre sólo asoman los de Pelé y Maradona, a veces el de Cristiano Ronaldo, pero ni así es sencillo marginarlo de la cúspide. Más allá de las disputas bizantinas, lo innegable es que Messi es un jugador dotado de facultades inverosímiles pese a su apariencia de frágil. Todo en él es técnica, rapidez y precisión, agilidad milimétrica para hacer siempre la jugada correcta con la exactitud de un reloj. Las miles de repeticiones en video de su futbol exhiben la mecanización de movimientos que desbordan lo creíble. A Messi se le puede estudiar en un laboratorio, pero ni así es posible frenarlo, pues la capacidad de sus rivales no alcanza para anticiparlo. Lo he visto partidos completos en los que casi inevitablemente hace uno o dos goles; es lo de menos, aunque parezca raro decir esto. Lo de más es comprobar que nunca (el adverbio aquí no es hiperbólico) se equivoca. Es un futbolista inhumano, demasiado inhumano.
sábado, julio 04, 2026
24. Maradona
Diego Armando Maradona Franco (Lanús, 1960-Dique Luján, Argentina, 2020) sería su nombre completo si en su país solieran usar ambos apellidos. Entre la selección y los clubes sumó poco más de 350 goles, una cifra nada ninguneable si consideramos que lo suyo era armar ataques y asistir, no tanto anotar. Es para muchos —me cuento entre ellos— el futbolista más técnico de la historia. Pasó al menos treinta años compartiendo la cima con Pelé como mejor jugador de todos los tiempos, pero en las últimas dos décadas se ha formado un trío que prorratea las opiniones al añadir a Lionel Messi. Los maradonianos no ceden: su ídolo dejó la videoteca nutrida de acciones y anécdotas que peculiarizan a Diego como figura esencial del futbol, tanto que ya es y seguirá siendo el jugador más estimulante como tema de escritura literaria y periodística. Nacido en extrema desventaja, emergió de la Nada para convertirse en algo más que un futbolista: un amado-odiado semidiós. ¿Y cuáles fueron sus virtudes sobre el rectángulo verde? Es posible comprimir la respuesta en una sola palabra: todas. Todas a un grado, además, superlativo. Por esto los maradonianos no ceden, no cedemos: es el mejor que vimos jugar.
viernes, julio 03, 2026
23. Mágico
Le digo Mágico porque llamarlo por su nombre, Jorge Alberto González Barillas (San Salvador, El Salvador, 1958) casi no dice nada. El apodo, pues, fue la mejor manera de rebautizar al mejor jugador centroamericano de todos los tiempos. Aunque su posición no fue la de rematador final, su cosecha de goles alcanzó una cifra generosa: 232 en clubes y en selección. Lo vi jugar por primera vez en aquellas salvajes eliminatorias para el Mundial 82, y de inmediato se veía que mandaba sobre la cancha. Así, sin mucho apoyo de sus compañeros, el Mágico lograba destacarse y crear llegadas de peligro, tanto que el gol decisivo de la clasificación salvadoreña se debió a un largo trote desarrollada gracias a sus mágicos botines: tomó la pelota antes del medio campo y emprendió la carrera hasta llegar al área, disparar, provocar un rechace del arquero mexicano y dejar servido el remate de gol. Tras el Mundial español, jugó para el Cádiz, donde se convirtió en ídolo. No lo aparentaba, pero tenía todo: toque, precisión, gambeta, control de balón, tiro y desfachatez. La repetición de sus acciones en el equipo gaditano son un lujo, la manera más rápida de confirmar su inusitada técnica.
jueves, julio 02, 2026
22. Lineker
Gary Lineker (Leicester, Inglaterra, 1960) fue un rematador inglés clásico de goles ingleses clásicos: de cabeza a centros largos. Sumó en su carrera cerca de 300, diez en Mundiales. Sabemos que fue el máximo anotador en México 86. Él mismo ha dicho que anotó “el gol que nadie recuerda”, pues lo hizo (de cabeza) en el Inglaterra contra Argentina cuando su equipo iba 2-0 abajo debido a los célebres tantos de Maradona. El equipo donde figuró fue el Leicaster, de su ciudad natal. Vistió dos famosas playeras: la del Barcelona y la del Tottenham Hotspur, donde tuvo buen desempeño. Era un jugador de toda el área, sobre todo de la chica, pues como rematador de testa era fiel a la costumbre británica del anticipo a los defensores y al arquero durante los centros a la olla. Un recuerdo que de él conservo intacto corresponde a cierto pasaje de su vida, cuando anotó su sexto gol en el partido contra la Argentina; me sentí mal porque con ese tanto rompió el empate a cinco goles que en aquel momento mantenía con Maradona, lo que a la postre le granjeó el liderato en la tabla de goleo en el segundo Mundial mexicano.
sábado, junio 27, 2026
Razón de estas plaquettes
A finales del siglo XIX, París
era el ombligo del mundo en casi todo, principalmente en materia cultural. Los
pintores, los escultores, los músicos y no se diga los escritores de cualquier
lugar anhelaban instalarse en el entorno de la torre Eiffel como si fuera un
imperativo religioso, como vivir en tierra santa. En aquel contexto surgían las
modas artísticas para después expandirse en todo el mundo con un sello de
legitimidad: si algo había sido creado en París, entonces era bueno. Es el caso
de las publicaciones en formato de plaquette,
galicismo que podemos castellanizar como plaqueta, cuadernillo, folleto,
opúsculo o simplemente libro grapado. En mi caso, tiendo a usar el galicismo
puro porque “plaqueta” tiene, como sabemos, un uso médico relacionado con la
sangre y es sinónimo de “trombocito”.
No hay, que yo sepa, un manual
que determine el estricto número de páginas que debe tener una publicación para
ser considerada libro o plaquette, de
ahí que para mí no radique en tal dato la razón para llamarla de una u otra
forma. Es un poco como el cuento: ¿qué número de páginas se requiere para que
un cuento sea cuento? Creo que es importante tener en consideración su
brevedad, pero no sólo esto. En el caso de la plaquette puede pasar lo mismo: para designarla así es pertinente tomar
en cuenta su delgadez, que sea una publicación esbelta, pero hay además otro
rasgo físico que da la mano: las grapas, la carencia de lomo. Por supuesto soy
consciente de que las grapadoras profesionales de imprenta son capaces de
perforar cien folios o más, de ahí que la flacura de la publicación sea el
primer requisito para llamarla o no plaquette,
pero no el único.
La palabra es francesa porque
francés es el origen de la plaquette
en el mundo literario. Este tipo de publicación era usado por los escritores,
sobre todo poetas, para adelantar sus creaciones entre los colegas, en grupos
pequeños y cercanos de potenciales lectores. Tenían además la cualidad, por su tamaño,
de viajar lejos y llegar a homólogos distantes. Su grosor y su tiraje corto
propiciaron asimismo la idea de trabajarlas con finura, con buenos materiales y
diseño delicado, lo que a su vez alentaba su preservación en los libreros
ajenos. Todavía bien entrado el siglo XX la plaquette
fue usada por los escritores como alternativa al gran tiraje. Muchos poetas,
ensayistas y narradores incluso las editaban con financiamiento propio y las
ofrecían como regalo a sus amigos, algunas como presente de fin de año.
Si bien la plaquette no ha muerto, es un hecho que
su edición y su difusión no están de moda, y en realidad nunca han estado. Para
ciertos propósitos y en ciertos espacios, me parece, sigue siendo una opción atendible.
En el caso de la colección que propongo, me atengo a la circunstancia actual de
la publicación en espacios relativamente pequeños, como La Laguna. ¿Cuántos
lectores hay para lo que escribimos? ¿Cuántos personas están dispuestos a
comprar y leer lo que cuaja en nuestras cabezas? Esta colección de plaquettes busca llegar mediante el
papel a lectores inmediatos, acaso amigos, y si de alguna manera hay interés
por el contenido de cada publicación más allá de la sierra de las Noas, en el
futuro quedará el PDF como producto residual, pero igualmente útil, para
compartir las páginas.
El intento de esta colección
es dejar constancia de un trabajo colectivo de escritura. Digo colectivo pero
esto no significa que sea coordinado, articulado en grupo. La idea es publicar
de entrada diez números, y seguir adelante si la inercia es favorable. El
tiraje de cada ejemplar será corto, de entre 60 y 100 ejemplares, y cada
pequeño “tomo” tendrá las mismas características del primero, de suerte que sea
en verdad una colección con estricta unidad en la forma. Ya hay dos números: Transcursiones, ensayos literarios de
Renata Iberia, y Amar a Maradona, que
presento hoy, con artículos de mi autoría. Viene en camino uno de crónicas de
Fernando de la Vara, y están apenas apalabrados otros de Jessica Ayala, Daniel
Lomas, Alfredo Máynez, Laura Orellana, Iván Hernández, Alberto de la Fuente y Angélica
López Gándara, todos de distintos géneros literarios y periodísticos.
En un mundo que se expandió
gracias al internet, donde teóricamente es posible que nos lean en todo el planeta,
la verdad es que no deja de ser sensato que al menos nos lean donde vivimos.
Por soñar con grandes tirajes hipotéticos y éxito de ventas, nos hemos olvidado
que en casa no nos lee ni nuestra familia, de allí que, sin dejar de ilusionarnos
con el reconocimiento foráneo, tratemos de ofrecer también algo concreto a los
lectores cercanos, nuestros amigos, como lo hicieron en París los poetas del
XIX. Una colección de plaquettes
editada con alguna noción de pulcritud puede ser útil.
Y ya que hablo de grandes
públicos, de los inmensos públicos que por ejemplo nos promete la utopía de
Amazon, recuerdo dos anécdotas. Las reproduzco de memoria, no las tomen como
citadas textualmente. A finales de los treinta, la filósofa María Zambrano pasó
parte de su exilio en La Habana. Había salido de España debido a la Guerra
Civil, y en Cuba de inmediato trabó amistad con la comunidad artística. Uno de
sus mejores amigos fue José Lezama Lima. Se cuenta que en alguna ocasión, la
gran pensadora le dijo que la calidad de la literatura que escribían debía ser
conocida en otras partes del mundo, a lo que Lezama respondió: “No, María, nosotros
queremos ser leídos en Cuba”. Una anécdota similar se dio en Buenos Aires.
Cuenta Horacio Verbitsky que en cierta ocasión dos escritores felicitaron a
Rodolfo Walsh por su cuento “Esa mujer”, pero apostillaron que requería algunos
cambios para que se entendiera si lo traducían al francés, a lo que Walsh
respondió: “No sé si me interesa que se traduzca al francés”.
En ambas anécdotas se puede
notar que el primer público lo tenemos a la vista, y es el nuestro, el más
próximo. Así entonces, para qué soñar con lectores de todo el país o de otras
partes del mundo si ni siquiera o muy apenas nos pelan quienes conviven con
nosotros. El propósito, en suma, de esta serie de plaquettes es llegar a lectores inmediatos, a ustedes que esta
noche están aquí de carne y hueso, con cara reconocible y quizá con poco más de
cien pesos en el bolsillo para hacer sustentable este modesto emprendimiento
editorial que aspira a permanecer en sus estanterías por la calidad de lo
escrito, es obvio, y también por el registro del ISBN y los materiales del
objeto: serigrafía sobre cartulina texturada, papel cultural en interiores y
una guarda de papel italiano, casi casi un fililí en estos tiempos de obligada
austeridad.
En cuanto a Amar a Maradona no diré mucho, pues
confío en que se lo lleven y recorran sus 56 páginas. Sólo añado que es un
homenaje a alguien que me ha alegrado la vida y exactamente hace cuarenta años
anotó en el estadio Azteca el gol más memorable de todos los mundiales.
Comarca Lagunera, 22, junio, 2026
Nota. Texto leído en la presentación de Amar a Maradona. Doce apuntes diegófilos y la colección RAI, celebrada el lunes 22 de junio de 2026 en La Tinta Cafebrería. Participamos Alfredo Máynez Gil, Fernando de la Vara y yo.
miércoles, junio 10, 2026
Uno por Mundial
Mañana comienza el
Mundial, el primero celebrado en tres países, y es claro ya que no es el más
entusiasmante de la historia. La mafia de la FIFA lavará por unos días la cara
de Trump, pero por supuesto nada es suficiente para limpiar las tropelías del
empresario genocida y pederasta, y menos si la ayuda proviene de los gángsters
del futbol cuyo centro de operaciones es Suiza. Veremos qué ocurre en lo
político con este Mundial, el más monetizado de cuantos se han jugado hasta
ahora, un monumento al ansia de dinero y poder irrefrenable de la FIFA.
Si no hago mal la cuenta, he seguido de lado a lado doce competencias de este tipo. Haré aquí el ejercicio de pensar en el mejor jugador que vi en cada una. Es raro, rarísimo, pero en 1978 quedé asombrado con Teófilo Cubillas, el peruano; creo que nadie, salvo yo, lo mencionaría en una lista de esta naturaleza. De 1982 mi favorito fue Zico, quien al final tuvo mala suerte, pero fue el jugador de mayor clase en el Mundial de España (también marcado por Gentile con todas las marrullerías posibles). De 1986 en México no digo nada; es obvio de qué número 10 quedé embelesado. Igual en Italia 1990, aunque para no repetir puedo mencionar a Schillaci, por lo sorpresivo de su aparición como salvador de los locales. En 94 para mí el mejor fue Hagi, el rumano, un constructor de juego que manejaba todos los hilos de su selección, tanto como Zidane en 1998, por mucho el más destacado del Mundial francés.
También
el Mundial Corea-Japón de 2002 es fácil: Ronaldo estaba por encima de todos en
aquel momento, no por nada fijó para la historia el apodo de Fenómeno. En Alemania 2006 pongo a mi
único defensor: Fabio Cannavaro, una pared en la zaga italiana. De 2010, el
Mundial sudafricano, creo que me decanto por Xavi, el español (sólo dudo un
poco por culpa de su paisano Iniesta, que igual puede ser colocado como señero).
De 2014 en Brasil el mejor debe ser alemán, y para mí fue Toni Kroos con una
leve sombra de su paisano Müller. De 2018 no hay duda: fue Luka Modrić, quien
puso a Croacia en la final. Y, por último, contra lo que se pueda pensar, el
mejor para mí en Qatar 2022 fue Mbapé, quien anotó tres en la final y con todo
y eso la perdió.
Ya veremos ahora quién destaca en el Mundial que empieza mañana para 48 equipos, una cantidad absurda pero acorde a la voracidad de la FIFA.
sábado, mayo 09, 2026
En un lugar de la cancha: lectura y futbol
No sé si todas las personas
que leen con asiduidad saben en qué momento y por qué adquirieron este hábito.
Supongo que sí, pues creo que en general perciben la importancia de la lectura
como acompañante de sus vidas, lo que obliga a pensar con frecuencia en las motivaciones
remotas. En esto ayuda el hecho de que no es, como caminar, una práctica
desarrollada en la inconsciencia de la primera infancia, sino el nacimiento de
una habilidad que suele darse cuando ya podemos retener las vivencias con
cierto grado de claridad, cuando sabemos hablar con cierta lógica. Me estoy
refiriendo aquí a la lectura que va más allá de la alfebetidad, a la lectura
como goce así sea incipiente. Creo que todos los que leen con regularidad y
placer alcanzan a saber cuándo apareció el gusto, en qué momento tomaron un
libro sin el forzamiento de la obligación escolar.
Sobre esto he pensado más de
una vez porque me interesa como tema vinculado a mi experiencia y porque no ha
faltado oportunidad para que me lo pregunten. Mi respuesta tiene la claridad
que puede tener un recuerdo con medio siglo de edad. Es algo vago ese recuerdo, pero no lo
suficiente como para impedirme una explicación satisfactoria al menos para mí:
yo leo con asiduidad —diría que con pasión y placer si no sonara pedante— desde
que tenía cerca de diez años, hace 52. Antes de 1974, por supuesto que ya leía
los libros de texto de la SEP y el periódico La Opinión que a diario compraba doña Catalina, mi madre. Quiero
pensar que consumía aquellos papeles en los ratos libres, los ratos que
sobraban al juego vespertino con mis hermanos y los amigos de la cuadra. Nunca
fui un buen estudiante, así que me asomaba con desdén a los libros de texto.
Esto creo, pues mis notas jamás delataron a un alumno con aspiraciones altas.
Con el diario tuve una relación buena, me gustaba hojearlo, disfrutar sobre
todo con la sonoridad de los topónimos y la onomástica remota. Pero no entendía
las noticias ni los artículos, así que debía contentarme con una lectura
superficial.
En un cuento mío de 2023, reciente, un personaje ficticio desempeña algunas funciones de alter ego y dice lo siguiente (hagan de cuenta que allí usé lo que acabo de explicar a propósito de mi lectura periodística):
En 1973 yo tenía nueve años y en la casa de mi familia sólo disponíamos de dos posibilidades para leer: los libros de texto gratuitos y La Opinión, uno de los periódicos de La Laguna. Fue en las páginas del diario donde comencé a leer en serio, aunque sin procesar bien lo leído, textos que estaban más allá de lo que encomendaban en la escuela. No recuerdo con precisión ninguna nota, sólo el hecho de pasar la vista sobre el diario y encontrar información que por entonces sólo eran palabras, nombres propios de lugares y personas: Luis Echeverría, Vietnam, Richard Nixon, Madrid, Francisco Franco, Tel Aviv, Moshe Dayan, Juan Domingo Perón, Buenos Aires, Augusto Pinochet, Palestina, Yasser Arafat, Fidel Castro, La Habana, Paulo VI, Ciudad del Vaticano, Moscú, Leonid Brézhnev… Para mí no había ninguna posibilidad de saber entonces que esos nombres representaban ideas, y que esas ideas tenían orientaciones encontradas, que en el mundo había noticias de conflictos debido al choque de las ideologías que abrazaba cada uno de aquellos personajes…
Más o menos así me relacionaba
con el diario a mis diez años. Luego ocurrió un hecho que también he contado
alguna vez. Como a los once años descubrí el futbol. Uso el verbo descubrir porque hasta entonces el
ambiente deportivo de mi casa se relacionaba con la pasión de mi padre, el
beisbol. En uno de sus partidos dominicales celebrado en los campos de
Jabonoso, un ejido de Gómez Palacio, yo tenía quizá once años cuando me alejé
del partido de mi padre y caminé a los campos de futbol. Todo era un llano en
llamas, no había separación física entre los campos de fut y de beis, así que
fui a ver el futbol. Jugaban dos equipos llaneros de jóvenes como de
veinte años, y cuando desde la línea lateral vi el desarrollo del partido no
entendí muy bien las reglas, pero me gustó. Al llegar a casa aquel domingo en
la tarde sentí el impulso de patear algún balón, lo que ocurrió cuando comencé
a jugar en los recreos de la escuela primaria federal Presidente López Mateos de
Santa Rosa y en las tardes de mi barrio gomezpalatino. El gusto de jugar futbol
fue intenso, me hizo muy feliz durante la adolescencia.
Lo extraño ocurrió casi simultáneamente: al gusto de jugar futbol y de leer el diario sin entender el sentido de las notas, sólo por la maravillosa sonoridad de las palabras, añadí la compra de revistas de futbol. También sobre esto he escrito dos o tres veces, una de ellas inédita, pues viene en un librito que aparecerá dentro de dos semanas: Amar a Maradona. Allí, en el primer párrafo del prólogo, comparto esto:
El primer Mundial que vi completo fue el celebrado en Argentina. Tenía 14 años y atravesaba una etapa de enamoramiento futbolero rayano en lo patológico. A la práctica diaria y callejera del futbol sumaba un par de hábitos que después no me abandonarían: ver en la tele dos o tres partidos todos los fines de semana y comprar cinco revistas de futbol con disciplina de académico. Por aquellos meses se había dado el brinco familiar de Gómez Palacio a Torreón, y poco a poco la atracción de la calle me alejó de las sobredosis televisivas y de la frenética compra de revistas, dado que los imperativos de la vagancia consumían los escasos recursos disponibles, incluido el tiempo libre para ver la tele. El virus cedió un poco, pero no se fue, nunca se fue, pues todavía veo en la pantalla algún partido por semana para recuperar un cacho ilusorio de la infancia, y eso de leer no se diga, creció y se orientó hacia mejor vertiente: ya en otros lugares he explicado que ante la falta de biblioteca en casa, las revistas de futbol fueron sin premeditarlo la herramienta que me impuso el gusto de la lectura y de los libros. Así de anómalo fue mi nacimiento a las letras. Los caminos de la literatura son inescrutables.
Ya había adelantado una explicación similar en el libro Invítame a leer. Conversaciones con gente de libros (SEC, 2019), de Gerardo Segura. En tales páginas comenté con mayor amplitud lo que aquí observo:
Cuando llegué a la secundaria ocurrieron dos hechos importantes: por un lado, descubrí la práctica del futbol y, por el otro, mi madre compró unas enciclopedias, lo que en aquella época (1978) era como conectarse a internet. Apasionarme por el futbol como deporte, jugarlo bien y sin descanso, tuvo una extraña derivación “intelectual”, por llamarla de algún modo: me convertí en comprador, lector y coleccionista contumaz de revistas futboleras. Cada semana ahorraba la cantidad necesaria para comprar cinco publicaciones, es decir, todo lo que llegaba a La Laguna sobre ese tema: las revistas Pénalty, Balón y Sólo Futbol, y las historietas Borjita y Chivas Chivas Ra Ra Ra. Gracias sobre todo a las revistas, y a falta de Ilíadas y Odiseas, accedí a entrevistas, reportajes y columnas en los que fui haciéndome una idea del mundo y de la vida a partir del futbol. En aquel tiempo no sólo La Laguna, toda la provincia era más provinciana y se soñaba poco con lo que estaba fuera de nuestro entorno. Las entrevistas a los jugadores me remontaban a geografías distantes, a topónimos y nombres de equipos y jugadores que conllevaban una sonoridad peculiar: Botafogo, San Lorenzo de Almagro, Amaury Epaminondas, Juan Carlos Czentoriky, Belarmino de Almeida, Colo Colo, Rafael Albrecht, Jan Gomola, Carlos Jara Saguier… algo raro había en esas palabras, lo que me hacía pensar en lejanías, en la heroicidad de viajar, en la vaga sensación de que el mundo era mucho más grande de lo que yo imaginaba. Mi vida, entonces, era ir a la escuela, leer revistas de pe a pa y jugar futbol en la calle todos los días. Eso fue, sospecho, lo primero que leí con pasión y disciplina, pero no me duraría mucho tiempo, pues llegaron las enciclopedias y con ellas unos libros de regalo, como un pilón. Las enciclopedias sirvieron en casa para las tareas de mis hermanos y las mías, pero yo aproveché más un libro extra, de los de regalo, al que considero muy importante en mi vida, acaso el primero que logró cautivarme.
El
acontecimiento cultural más importante de mi vida, leer asiduamente, se lo debo
pues al futbol, aunque parezca increíble. Supongo que es al menos mínimamente
raro que de jugar futbol se pase a leer futbol con voracidad y de allí, sin
solución de continuidad, haya pasado a la lectura literaria, a la lectura de
libros “serios”. Esto me lleva a pensar en los orígenes de un lector. ¿Todos
debemos comenzar por los clásicos infantiles y de ahí pasar a los clásicos
adultos? ¿El fracaso está garantizado si no se comienza por la Ilíada o el Quijote? Obviamente no, y modestia al margen creo que soy un buen
ejemplo de que el comienzo importa sólo como comienzo, para agarrar el gusto,
para cimentar la asiduidad que después pueda ser canalizada hacia obras de
mayor calado.
La
formación de un lector es misteriosa. En el proceso hay, supongo, una cierta
predisposición natural, que en mi caso fue el asombro ante el sonido de las
palabras dichas y la contextura de las palabras escritas. Antes de comprender
su sentido, las palabras ya me habían hechizado, no sé por qué. Lo que vino
después fue, diría Bourdieu, el habitus
que tuve a mi alcance: una familia que tenía periódico todos los días, una
escolaridad estándar en escuela pública sobrepoblada, un deporte popular a la
mano y revistas baratas de futbol para cobrar impulso como lector. Luego
vinieron los primeros libros casuales, el acceso a la universidad, los amigos
con más lecturas y el orgullo íntimo de ser un poquito distinto, vaya modesto
logro, por leer libros.
En
suma, nadie elige sus primeras lecturas fervorosas. En mi casa infantil no
había biblioteca, a mí me tocó combinar la práctica del futbol con la lectura
de revistas de futbol, y es por ello que tengo gratitud por este deporte que
luego sin querer me condujo hacia los libros. Esto quiere decir que no me asusto
cuando un joven comienza leyendo mucho de lo que sea, generalmente mugre. Lo
importante es que el impulso inicial luego tome un camino más exigente, que no se quede atorado, por ejemplo, en la autoayuda o los zombis. Esto de leer con fruición es
un tanto azaroso, pero si lo miramos bien, todo en la vida es así.
Comarca
Lagunera, 8, mayo, 2026
Nota 1. En la imagen que encabeza este post aparece Miguel Marín, portero de Cruz Azul en la década de los setenta. Fue mi ídolo futbolístico de la niñez, aunque nunca jugué en el arco. Si no recuerdo mal, la foto me la regaló José Manuel González Souza, compañero de la prepa, más o menos en 1980. Desde entonces la conservo. Es una foto periodística original, impresa en papel fotográfico. En el envés aparece impresa, con sello de goma, la leyenda “Foto Hermanos Mayo. 1974”. Mi amigo Souza es pariente de la familia Mayo, y con alguno de sus miembros consiguió esta excelente postal que después puso en mis cruzazulinas manos.
Nota 2. Texto parcialmente leído como base de una charla ofrecida en la Feria del Libro de Coahuila-Torreón. Su título fue “En un lugar de la cancha: lectura y futbol”. Se celebró el 9 de mayo de 2026 en el Centro de Convenciones de Torreón, sede de la Feria.
miércoles, abril 22, 2026
El gran estadio Azteca
El 28 de marzo pasado la selección
mexicana jugó un partido amistoso contra la de Portugal. Este choque fue
organizado para reinaugurar el estadio Azteca luego de varios meses dedicados
al remozamiento del inmueble. El duelo de selecciones quedó empatado sin goles,
de modo que los 85 mil espectadores que concurrieron no dejaron de saludar el
pobre espectáculo con abucheos lanzados desde sus onerosas butacas. Más allá de
lo estrictamente deportivo (que pese a la ausencia de goles reveló la
superioridad de los lusitanos), fue otro detalle lo que atrajo mi atención desde
el arranque del encuentro.
Al sacrificio inevitable que
significa escuchar la crónica de los locutores que narran y comentan nuestro
futbol, tipos cada vez más estridentes y payasescos, se sumó una tortura
inesperada: cada diez segundos, seguramente por consigna de sus patrones, el
locutor y los comentaristas decían “estadio Banorte”. La idea era obvia:
remarcar a los televidentes que el México-Portugal ya no se estaba jugando en
el estadio Azteca, sino en el “estadio Banorte”. Armado con mi más espontáneo
malestar, compartí de inmediato y donde pude estas palabras y otras similares, pues la verdad sentí
rabia: “Perdón
por la nimiedad. Esta es la única vez que llamaré estadio ‘Banorte’ al estadio
Azteca. Para mí el estado Azteca se llama estadio Azteca. Dicho lo anterior, en
unos minutos México jugará un amistoso contra Portugal en el estadio Azteca”.
Creo que no pude ser más claro.
Lo que motivó mi malestar tiene
que ver con el peso simbólico de las palabras. Para los mercenarios, por
supuesto, las palabras no significan gran cosa, por eso ofrecieron al mejor
postor el poderoso y significativo nombre del más importante estadio mexicano,
esto sin considerar su peso simbólico, su valor histórico y el grado de
lexicalización que ya le había dado el uso popular durante sesenta años, desde
su inauguración, el 29 de mayo de 1966, hasta hoy. Por una millonada, le cercenaron
una palabra hermosa para injertarle otra tristemente comercial.
No me pasa lo mismo con otros estadios de reciente construcción con nombres comerciales (Banorte pudo hacer lo mismo). Ellos harán su historia así, con nombres de marcas, pero el Azteca es el Azteca, y este nombre no se puede mutilar como si seis décadas de historia no pesaran. Imaginemos: ¿Pelé fue campeón del mundo en el estadio Banorte? ¿Cruz Azul fue tricampeón jugando en el estadio Banorte? ¿El estadio Banorte fue testigo del gol del siglo anotado por Maradona? Esto es grosero. Por ello para mí el estadio Azteca seguirá siendo siempre, sin ninguna vacilación, el gran estadio Azteca concebido por la maestría del arquitecto Pedro Ramírez Vázquez.
Un pilón. Este caso me recordó lo
sucedido alguna vez con la palabra “chicle” en la publicidad. A algún experto
en anuncios quizá le pareció feo el hermoso nahuatlismo “chicle”, y en los
mensajes comerciales empezaron a decir “goma de mascar”. Por suerte
el calco del inglés no prosperó, la palabra mexica se impuso y para nosotros el chicle siguió
siendo “chicle”. Ojalá que esto mismo pase con la poderosa palabra “Azteca” en
el nombre del más importante estadio mexicano, el estadio Azteca, “El coloso de Santa Úrsula”,
como lo apodó nuestro siempre admirado Ángel Fernández.
sábado, agosto 23, 2025
Historias de Hernán Casciari
El título tributa un homenaje numérico y
fonético a los Doce cuentos peregrinos
de García Márquez, y temáticamente es un libro en algún sentido próximo a Dublineses, Montevideanos y Tijuanenses, racimos en los que sus
autores (James Joyce, Mario Benedetti y Federico Campbell, respectivamente)
sobrevuelan sus espacios de vida/memoria y desarrollan pequeñas anécdotas que
no por locales dejan de ser universales. El libro 12 cuentos mercedinos (Editorial Gato Blanco, México, 2018, 103
pp.), de Hernán Casciari (Mercedes, Provincia de Buenos Aires, 1971), pertenece
a esa camada: la de los libros en los que el autor cuenta historias en las que
se siente o presiente un telón de fondo territorial, un entorno, un origen, en
este caso la ciudad de Mercedes ubicada a cien kilómetros de la Capital Federal
argentina. Dicho sea de paso, Mercedes ha sido la cuna de personajes como el expresidente Héctor Cámpora, el historiador Felipe Pigna, el político Eduardo de Pedro y el genocida Jorge Rafael Videla.
El primero, “La verdadera edad de los países”,
no parece tanto un cuento, sino una especie de artículo de prensa muy creativo.
Desde su arranque tiene este tono y aborda así a los países, como si fueran los
ciudadanos de un gran vecindario: “Francia es una separada de treinta y seis
años, más puta que las gallinas, pero muy respetada en el ámbito profesional.
Es amante esporádica de Alemania, un camionero rico que está casado con
Austria. Austria sabe que es cornuda, pero no le importa. Francia tiene un
hijo, Mónaco, que tiene seis años y va camino de ser puto o bailarín, o las dos
cosas”. La comparación se sostiene sin perder atractivo, pues los rasgos
etarios de cada país se corresponden con el estereotipo más o menos conocido en
cada caso.
Un gran cuento, este sí, por más que pueda ser
o parecer una anécdota real, es “Un cajón secreto”. Cierto niño descubre en el
cajón secreto de papá, entre otros tesoros, un lote de revistas porno europeas,
que por cierto siempre tuvieron fama de ser muy poco estéticas. El protagonista
hurta algunas y sobreviene una calamidad sobre la cual no adelanto nada, sólo
que sus dos líneas finales son un palazo en la cabeza. O en el corazón, mejor
dicho.
De “Messi es un perro” casi no se puede admitir
que sea un cuento. En todo caso es un relato que parece más una crónica, un
recorte de vida real. En este caso, alguien que admira a Messi lo compara con
un perro porque tiene la fijación del balón como la vio en su perro con una
esponja. Es un elogio de Messi con algunos ingredientes narrativos, entre ficticios
y no.
En “¿Me agregás como amiga?” cuenta la
aparición de Candela en Facebook. Candela dialoga con ella misma ya grande, es arquitecta
y bonita. Revela lo poco que nos queremos cuando somos niños. Es un cuento,
como algunos más en este libro, de tono juvenil, sencillos en su estructura y en
su planteo de las situaciones.
“Borges, desde el tablón” es un elogio de
Borges con una mirada de hincha o barrabrava. La pasión por Borges tiene sus
reglas, desdeña la pasión por Bioy, pasa por alto su vida sexual y en secreto
se dice que es el mejor escritor de lengua castellana.
Es “Finlandia” el mejor cuento-cuento del
conjunto al menos entre los seis primeros. Un tipo disfruta el rato en una
fiesta familiar en Mercedes, tiene un pendiente, pide un carro prestado y al
dar reversa siente que golpea algo. Piensa que apachurró a una ahijada de tres
años, ve que sus familiares corren a ver qué sonó y en esos diez segundos pasa
el pasado y sobre todo el futuro del personaje, la desdicha definitiva que se
le viene encima. Es un relato que pinta una verdad: que todos colgamos de un
incidente, de una desgracia fortuita que puede destruirnos, convertirnos en víctimas
o victimarios. Es un gran cuento, lleno de ese ingrediente que llamamos destino
o suerte: “Tenía casi veinticinco años, estaba escribiendo una novela
larguísima y placentera, vivía en una casa preciosa del barrio de Villa
Urquiza, con una mesa de pimpón en la terraza y toda la vida por delante,
trabajaba en una revista donde me pagaban muy bien, tenía una vida social
intensa, era feliz, y entonces mato a mi ahijada de tres años y se apagan todas
las luces de todas las habitaciones de todas las casas en las que podría haber
sido feliz en el futuro. Lo pienso de ese modo, desapasionadamente, porque ya
no tengo ni cuerpo con el que temblar”.
Hay piezas que parecen relatos con algo de ensayo. “Los dos Rulfos” no es un cuento en estricto sentido, sino la exposición de una historia planteada como realidad aunque también puede ser ficticia. Tiene de cuento lo narrativo, pero más bien parece el relato de una anécdota familiar que desemboca en una especie de teoría que dentro del relato el autor-personaje denomina “anécdota aumentada”.
Todavía más autobiográfico se siente “Bienvenido al club”. Se dirá que podemos leerlo como ficción, pero los datos que suministra casi no permiten esta recepción. Es como un trozo de memoria, el resumen de la condición del autor como hincha de Racing. Todos, desde su bisabuelo a su padre, lo fueron y vieron al equipo salir campeón más de una vez. Él, Casciari en primera persona, confiesa que no le gustaba vivir con esos recuerdos prestados, hasta que se hizo la luz y Racing se coronó, lo que permitió al autor pertenecer, ahora sí de lleno, al club de sus antecesores.
“Un belga en casa”, como todos o casi todos los
textos que componen este libro, tiene marcado aire autoficcional. El
protagonista-autor recibe en casa al ilustrador de una revista, un dibujante
belga que recogerá gráficamente la vida del escritor. Lo atiende tres días
seguidos y como hablan dos idiomas distintos no se comunican. En silencio
desahogan su trabajo, entre la extrañeza y la obligación de convivir hasta que
al final, un poco repentinamente, el consumo de mate sirve como nexo cultural.
Más allá de su verdad empírica, un bello cuento
es “Las dos promesas”. Por culpa de la Segunda Guerra, en 1943, Américo
Bertotti llega a Argentina. Tiene catorce años y jura ante su madre que nunca
romperá su esencia milanesa. Ya en Buenos Aires, joven y empobrecido, le cortan
el pelo gratis a condición, dice el barbero, de que acepte jurar fidelidad
eterna al club Boca Jr. Pasan los años, envejece y un día juegan Milán-Boca. El
viejo ve el partido con la disyuntiva de que deberá traicionar a alguno de los
dos.
“Las caras en los sueños” es una reflexión
poética sobre las caras que aparecen mientras dormimos. El narrador llega a una
conclusión: la inquietud de ser soñado por alguien detestable. Es una especie
de artículo.
El último de la tanda en 12 cuentos mercedinos, “10.6 segundos”, es una especie de crónica
del segundo tanto de Maradona a los ingleses en el Azteca. Tiene como
peculiaridad su estructura tripartita. Narra el gol segundo tras segundo, pero
a medida que avanza tiende puentes en el tiempo hacia adelante y hacia atrás.
Lo hace en función de los protagonistas más visibles de la jugada. De cada uno,
incluido el árbitro tunecino, describe pasado y futuro, como si los once
segundos de Maradona con el balón fueran una especie de bisagra, un parteaguas
en cada una de aquellas vidas. Ninguno imaginó que esa jugada, contada al final
con un efecto anafórico que homenajea a Borges viendo el Aleph, les cambiaría
las vidas para bien y para mal.
Salvo por el hecho cierto de que varios cuentos de este libro no son cuentos en estricto sentido, se trata de relatos siempre emotivos, sostenidos en una prosa sencilla, llena de gratos aciertos en la observación de la condición humana. Esto importa más, claro, que insistir en la naturaleza genérica de cada pieza aunque el título nos anuncie claramente “cuentos”, cuentos que en varios casos no lo son, sino crónicas o girones de memoria personal, incluso, si lo pensamos bien, artículos, todo sumado en un libro que además de bien escrito ha sido armado en una edición vistosa, munida de numerosas ilustraciones a color. Lo único que no venía al caso en la edición son las notas de glosario al pie de página. Explicar qué es “jerga” y qué es “amague”, entre otras, está de más, pues hoy se pueden consultar en donde sea.
sábado, noviembre 19, 2022
Rápido recuerdo de mundiales
Considero que he hecho marcaje personal a los mundiales
desde 1978 a la fecha. Los anteriores, todos, los he visto en documentales y
leído en artículos o libros. Cierto que yo ya habitaba en este mundo hacia el
66, pero era un bebé de dos años y nada supe entonces de Eusebio y el no-gol de
Inglaterra en la final; luego, el del 70 de Pelé y Rivelino me pasó de noche, y
de él sólo me queda el vago recuerdo de los anuncios publicitarios con Juanito,
la mascota del torneo. Todavía en el 74 poco me acerqué al campeonato
organizado en Alemania, el Mundial que vio nacer a la Naranja Mecánica de Johan
Cruyff.
Fue hasta 1978 cuando, inoculada ya hasta el fondo de mis
huesos la bacteria del futbol, atendí con veneración todos (todos significa todos) los partidos del Mundial
argentino. No eran tantos equipos como ahora, pero no dejo de asombrarme de que
día tras día, sin saber que aquel torneo era la pantalla de una dictadura
militar en pleno uso de su maquinaria genocida, seguía las transmisiones como si
la vida me fuera en ello. Por supuesto, padecí la ilusión de ver triunfos del
conjunto mexicano, la Selección de Roca, pero nada salió como se esperaba y aquello
terminó siendo, para los aztecas, un fracaso sin atenuantes.
Siguió el Mundial 82 en la España que, se puede decir
así, estrenaba transición a la democracia, aunque poco antes, en el 81, se dio
el intento golpista que hizo famoso al teniente-coronel Tejero. De aquella
justa recuerdo mucho: los golazos de Brasil (el de Éder a la URSS, sobre todo),
la expulsión del joven Maradona por el árbitro mexicano Mario Rubio y, obvio,
los goles de Paolo Rossi que le dieron el campeonato a Italia.
El del 86 es inolvidable para mí porque entonces vi en
vivo al mejor jugador que veré en mi vida. Nuestra selección no hizo mal papel,
pero de nuevo se estrelló a la hora buena, esta vez contra los teutones en
Monterrey. Luego, en 1990, México fue (pre)eliminado en el escritorio por culpa
de los cachirules; fue un mundial algo soso, y de él lo que más recuerdo es la
emergencia de uno de los jugadores más raros, en este caso por lo efímero de su
gloria, que vi sobre una cancha: Salvatore Schillaci. Al final, claro, todos
recordamos la mafufada de Codesal.
Vi en Chihuahua, pues allá trabajé unos meses, el Mundial
94. Nuestra selección, la de Jorge Campos, no jugó mal, pero se desbieló en el
partido contra Bulgaria, aquel en el que Mejía Barón guardó unos cambios
necesarios y luego generó la legendaria frase “El hubiera no existe”.
Ya se me acabó el espacio para sobrevolar los torneos siguientes (Francia, Corea-Japón, Alemania, Sudáfrica, Brasil y Rusia). No importa. Todos los seguí con atención, deseoso de un buen desempeño tricolor. Hubo altas y bajas, principalmente fracasos de último momento, como los provocados por el gol de Maxi Rodríguez o el “penal” al neerlandés Arjen Robben. Ahora no sé qué pronosticar para México en Catar. Según he visto, el optimismo nacional no anda a la alza, y me sumo a tal estado de ánimo. Ojalá que nos equivoquemos, ojalá que los pronósticos nos fallen. Ya veremos. Mañana domingo empieza todo.
sábado, febrero 27, 2021
Tres eternos segundos
El
periodista Manuel Serrato me preguntó en un programa de radio qué pincelada de
Maradona retenía mi memoria. Le dije que, al margen de los hitos llamados “gol
del siglo” (a los ingleses) y “gol imposible” (a la Juve), hay dos jugadas del
10 que siempre recuerdo con agradecido pasmo. Una de ellas la comenté en el
texto “De los centros”, y ahora paso a describir la segunda: en mi fuero íntimo
la he denominado “Tres eternos segundos”, y es la siguiente.
En
un partido del Barcelona contra el Real Madrid celebrado en el Santiago
Bernabéu, Maradona y Lobo Carrasco contragolpean y desde la media cancha sólo
tienen por delante a un defensa y al portero. El zaguero sale a frenar a Lobo
Carrasco, quien apenas alcanza a dar el pase lateral hacia Maradona, quien viene
sólo casi por el centro del terreno. El argentino tiene ahora el balón y ve al
portero que, como ordena el librito, se adelanta para cerrar el ángulo. Con el
pecho levantado, Maradona flota hacia adelante, vertiginoso, hasta llegar a la
raya del área grande. A cuatro metros de Agustín, el portero, Diego ejecuta un
leve y brevísimo movimiento de cuerpo/piernas que condensa un engaño múltiple:
el arquero no sabe allí si el atacante tirará cruzado, bombeará el balón,
pasará por derecha o por izquierda o intentará un tiro por debajo de las
piernas. Cualquiera de estas cinco acciones se abre como posibilidad. Maradona
elige adelantar el balón por la izquierda del portero, quien se estira sin poder
cortar la jugada. Hasta aquí sentimos que se trata de una buena acción, pero
nada extraordinaria. Lo asombroso viene dos segundos después.
Eludido
el portero, la pelota y Maradona aparecen solos frente al arco. Aunque no queda
en su perfil, el 10 puede tocar ya la pelota con el pie derecho, con el
izquierdo, como sea, pues la puerta está abierta a cinco o seis metros y ni
Maradona ni nadie podrían fallar en tal circunstancia. Supongo que de reojo
mira a Juan José, el defensa que, ilusionado con una barridón heroico, viene a
cerrar en diagonal hacia el primer palo. El tiempo que tuvo Diego para tirar
puede ser considerado una eternidad en los parámetros del futbol, pero no lo
hace, sino que elige el extraño camino del arte y la genialidad. Mientras el
defensa arroja los tacos por delante y termina incrustado como horqueta en la
base del poste, Maradona frena de golpe, engancha hacia adentro, da un
toquecito más al balón y antes de que el portero vuelva, sin ver al arco
cachetea tersamente con la zurda y hace el desmesurado gol.
Si pensamos que en el alambique de la memoria futbolera quedan para siempre sólo instantes, el instante en el que Maradona corta hacia adentro en aquel tanto vivirá para siempre. De alguna forma fue una gambeta a la lógica del futbol más que a un defensor. Cualquiera, creo, hubiera tirado de inmediato frente al arco abierto, tal y como le quedó a Maradona tras el regate al portero, pero mientras los ojos de todos esperan ese toque obvio, el 10 alargó la escena tres eternos segundos en un metro cuadrado del Bernabéu que al final de la jugada revoleó pañuelos blancos.
sábado, diciembre 12, 2020
A mí se me hace cuento
Así
como a muchos les gusta la filatelia, la cocina, los cómics o la matemática, a
mí me gusta el futbol. No fue una elección racional, pensada, sino algo que se
atravesó en mi vida durante la infancia. Estaba cerca de llegar a la
secundaria, digamos que poco después de los diez años, cuando el contacto del
pie con la pelota se convirtió en un vicio adquirido en el barrio de Gómez Palacio
en el que nací y viví hasta los trece años. Me hice jugador callejero y como
todos los niños del mundo que acusan la pasión futbolística, no sólo intentaba jugadas
durante los partidos, sino en la mente, a toda hora. Para aprender más, abracé los
colores de un equipo profesional, vi muchos juegos en la tele, compré revistas
especializadas, seguí jugando en la calle y en el llano, y así, con la cabeza
copada por el futbol, atravesé la adolescencia.
Poco
después del mundial del 78, en 1979, supe que la selección juvenil argentina
tenía un jugador extraordinario, un tal Diego Maradona. En aquel momento la
información fluía lentamente o al menos con una velocidad muy distinta a la actual,
pero poco a poco fueron llegando más noticias. Maradona llevó a los argentinos
a ganar el mundial juvenil en Tokio y tras eso comenzaron a cundir las
repeticiones de su desempeño en las canchas. Era evidente lo que permaneció
siendo evidente durante varios años: Maradona era distinto, pero no distinto a
la manera de tantos distintos relativamente ordinarios: el gambetero, el buen
filtrador de pases, el buen tirador de penales... Maradona no sólo era distinto
a los 21 jugadores que participaban junto a él en cualquier cancha, sino
distinto a los millones de jugadores amateurs y profesionales del mundo entero.
El suyo parecía un cuerpo perfectamente articulado para la práctica del futbol,
de suerte que todos sus movimientos eran los óptimos en cualquier acción dentro
de la cancha. Hasta el toque de balón menos comprometedor tenía en su caso algo
de mágico y perfecto, como si ese toque se enriqueciera apenas lo tramitaba el
cuerpo de aquel 10 inaudito.
Claudio
Borghi, quien alguna vez jugó con él, dijo que Maradona pensaba muy rápido.
Cierto. En un deporte en el que la rapidez, los reflejos y la intuición son
fundamentales, una milésima de segundo de anticipación hace la diferencia.
Maradona, en efecto, antes de recibir el balón siempre tenía ya dibujada en la
cabeza su jugada. Esto, sin embargo, no es suficiente para ser lo que Maradona
fue. La jugada primero era pensada y de inmediato, sin solución de continuidad,
ejecutada a la perfección, de suerte que los rivales y hasta sus mismos
compañeros parecían jugar siempre en otra dimensión, una dimensión lenta e
imperfecta. El problema con otros jugadores es que no piensan tan rápido, y
aunque lo hagan, no ejecutan con solvencia lo que pensaron, y en Maradona se
dio esa feliz y recurrente coincidencia entre la concepción de la jugada y la
ejecución impecable, todo casi al mismo tiempo, con una mecánica corporal sin
tacha, inventiva, que parecía natural, pero era portentosa y por ello única.
El
don futbolístico de Maradona iba acompañado, además, de un carácter peculiar,
también indispensable para ser un líder dentro de la cancha. No se arrugaba
ante las patadas, encaraba a quien lo acosaba con malas artes y ponía el pecho
a las balas para ayudar a sus compañeros como lo que era, el jefe de todos. Por
eso, y pese a que el futbol que le tocó no protegía al jugador con técnica,
lo bañaban de patadas, le rompían los tobillos y las rodillas, y él seguía de
pie, luchando por ganar.
Hace
25 días, el 30 de octubre, cuando Maradona llegó a sesenta años, Óscar Ruggieri
dijo algo muy cierto: que le hubiera gustado, como a cualquiera, ser Maradona
dentro de la cancha, pero no fuera, pues la vida de Diego era invivible por los
grados extremos de acoso público a los que fue sometido las 24 horas del día,
por la anulación absoluta de la privacidad y todo lo que esto significa para el
equilibrio mental. Tuvo razón: sólo se puede saber lo que implica la terrible
vida de Maradona-fuera-de-la-cancha si se es Maradona-fuera-de-la-cancha.
En
una entrevista disponible, como casi todo lo relacionado con Maradona, en
YouTube, el actor Gastón Pauls, hermano del escritor Alan del mismo apellido,
le preguntó a Diego qué hay en el lugar al que llegó en términos de fama. “Hay soledad, hay frío…”, respondió Diego. Esa soledad y ese frío
minaron su salud, y hoy acabaron con su cuerpo.
Borges, otro inmortal, escribió en un poema sobre la ciudad donde nació: “A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires: / La juzgo tan eterna como el agua y el aire”. Sobre el 10 puedo pensar algo semejante: a mí se me hace cuento que murió Maradona. Desde ya lo juzgo tan eterno como el agua y el aire.
Comarca Lagunera, 25, noviembre y 2020
Nota. Tomé la foto en 2007 frente a La Bombonera, el estadio de Boca Jrs.
viernes, noviembre 02, 2012
Kusturica, Maradona y el Hachita Ludueña
sábado, marzo 28, 2009
Nery de sangre azul

Soy de los que ha ido descreyendo de la selección en la medida en la que sus directivos han metido mano negra para convertirla en una especie de Cancún futbolística: tiene tantos foráneos que uno ya duda de su nacionalidad mexicana. Aunque no le he dicho, dado que el fut no es mi prioridad y por eso le dedico sólo esporádicos maquinazos, creo que la antigua vocación nacionalista de la selección era un rasgo que nos creaba un vínculo con ella. Si perdíamos, lo que ocurría y sigue ocurriendo en demasía, perdíamos los mexicanos, con todo lo que eso implica al menos en el plano de lo simbólico. Ahora, en esa ensalada cosmopolita y mercenaria del seleccionado actual ya no se sabe ni quién gana, ni quién empata ni quién pierde. Y no es chovinismo, como se puede inferir a propósito de las frecuentes derrotas que consigno, sino mero respeto a la costumbre de atestar, sí, a los clubes con extranjeros (salvo el Guadalajara), pero no a la selección, que con la excepción del Charro Lara y de algún otro por allí perdido en el pretérito siempre alineó paisanos, auténticos ratones verdes.
Aunque la rieguen, aunque sean mediocres, aunque siempre se queden en la orillita, es preferible que la selección sea de mexicanos. Si en realidad es un timbre de orgullo para los jugadores locales, no veo la razón para hurtar tres o cuatro lugares a jóvenes que no sólo juegan aquí, sino que aquí nacieron y son hombres generalmente hechos a punta de tortilla. No aceptar nuestra condición, pedir socorro a piernas fuereñas y naturalizadas al cuarto para las doce, añade un ingrediente más de desconfianza en los nuestros, y puede ser tomado de paso como signo de baja autoestima. Por ello, aunque la defeque Rafa Márquez (por cierto, no sé si ya notamos que el defensa central del Barcelona fue clonado por el Vicentillo Zambada), se queda Rafa Márquez, ya que su paso por Europa no le ha quitado un ápice de mexicanidad nopalera a su forma de jugar.
Apelar a mexicanos exprés, como pasó con Nery Castillo, nos expone de paso a situaciones penosas como la sucedida en la rueda de prensa donde el méxico-uruguayo despotricó, como escuincle, contra la prensa. Me bastó ver algunas imágenes para comprobar que ese chico le estorba más de lo que le sirve a la selección, o al menos al concepto de lo que debe ser una selección. Al escupir (es una metáfora, aunque seguramente ganas no le faltaron de hacerlo) contra alguno o algunos reporteros, Castillo señaló que aquí la prensa futbolera sólo resalta lo negativo, jamás lo bueno. Más allá de la banalidad que contiene esa observación elaborada a la carrera, Castillo pudo afirmar eso en cualquier país pambolero del mundo, dado que parte del futbol es precisamente que los jugadores jueguen y que la prensa vea e/o invente señalamientos por lo general aguafiestas. Es, como dicen, parte del negocio, si no cómo meter a la gente en un deporte-espectáculo que suele tornarse soso cuando terminan los encuentros, y de alguna manera deja de serlo gracias a la “polémica”, al “debate”, por más hueros que estos sean. Pero no, Nery se dio el lujo de denostar a sus “compatriotas” y de paso a todos los que no nos fogueamos nunca en Europa dentro de nuestras respectivas chambas. Dijo a un reportero que era mediocre “porque tú estás en México, y yo en Europa”. Caray, qué soberbia tan pendeja. Ni que fuera Maradona en el Nápoles.

















