A finales del siglo XIX, París
era el ombligo del mundo en casi todo, principalmente en materia cultural. Los
pintores, los escultores, los músicos y no se diga los escritores de cualquier
lugar anhelaban instalarse en el entorno de la torre Eiffel como si fuera un
imperativo religioso, como vivir en tierra santa. En aquel contexto surgían las
modas artísticas para después expandirse en todo el mundo con un sello de
legitimidad: si algo había sido creado en París, entonces era bueno. Es el caso
de las publicaciones en formato de plaquette,
galicismo que podemos castellanizar como plaqueta, cuadernillo, folleto,
opúsculo o simplemente libro grapado. En mi caso, tiendo a usar el galicismo
puro porque “plaqueta” tiene, como sabemos, un uso médico relacionado con la
sangre y es sinónimo de “trombocito”.
No hay, que yo sepa, un manual
que determine el estricto número de páginas que debe tener una publicación para
ser considerada libro o plaquette, de
ahí que para mí no radique en tal dato la razón para llamarla de una u otra
forma. Es un poco como el cuento: ¿qué número de páginas se requiere para que
un cuento sea cuento? Creo que es importante tener en consideración su
brevedad, pero no sólo esto. En el caso de la plaquette puede pasar lo mismo: para designarla así es pertinente tomar
en cuenta su delgadez, que sea una publicación esbelta, pero hay además otro
rasgo físico que da la mano: las grapas, la carencia de lomo. Por supuesto soy
consciente de que las grapadoras profesionales de imprenta son capaces de
perforar cien folios o más, de ahí que la flacura de la publicación sea el
primer requisito para llamarla o no plaquette,
pero no el único.
La palabra es francesa porque
francés es el origen de la plaquette
en el mundo literario. Este tipo de publicación era usado por los escritores,
sobre todo poetas, para adelantar sus creaciones entre los colegas, en grupos
pequeños y cercanos de potenciales lectores. Tenían además la cualidad, por su tamaño,
de viajar lejos y llegar a homólogos distantes. Su grosor y su tiraje corto
propiciaron asimismo la idea de trabajarlas con finura, con buenos materiales y
diseño delicado, lo que a su vez alentaba su preservación en los libreros
ajenos. Todavía bien entrado el siglo XX la plaquette
fue usada por los escritores como alternativa al gran tiraje. Muchos poetas,
ensayistas y narradores incluso las editaban con financiamiento propio y las
ofrecían como regalo a sus amigos, algunas como presente de fin de año.
Si bien la plaquette no ha muerto, es un hecho que
su edición y su difusión no están de moda, y en realidad nunca han estado. Para
ciertos propósitos y en ciertos espacios, me parece, sigue siendo una opción atendible.
En el caso de la colección que propongo, me atengo a la circunstancia actual de
la publicación en espacios relativamente pequeños, como La Laguna. ¿Cuántos
lectores hay para lo que escribimos? ¿Cuántos personas están dispuestos a
comprar y leer lo que cuaja en nuestras cabezas? Esta colección de plaquettes busca llegar mediante el
papel a lectores inmediatos, acaso amigos, y si de alguna manera hay interés
por el contenido de cada publicación más allá de la sierra de las Noas, en el
futuro quedará el PDF como producto residual, pero igualmente útil, para
compartir las páginas.
El intento de esta colección
es dejar constancia de un trabajo colectivo de escritura. Digo colectivo pero
esto no significa que sea coordinado, articulado en grupo. La idea es publicar
de entrada diez números, y seguir adelante si la inercia es favorable. El
tiraje de cada ejemplar será corto, de entre 60 y 100 ejemplares, y cada
pequeño “tomo” tendrá las mismas características del primero, de suerte que sea
en verdad una colección con estricta unidad en la forma. Ya hay dos números: Transcursiones, ensayos literarios de
Renata Iberia, y Amar a Maradona, que
presento hoy, con artículos de mi autoría. Viene en camino uno de crónicas de
Fernando de la Vara, y están apenas apalabrados otros de Jessica Ayala, Daniel
Lomas, Alfredo Máynez, Laura Orellana, Iván Hernández, Alberto de la Fuente y Angélica
López Gándara, todos de distintos géneros literarios y periodísticos.
En un mundo que se expandió
gracias al internet, donde teóricamente es posible que nos lean en todo el planeta,
la verdad es que no deja de ser sensato que al menos nos lean donde vivimos.
Por soñar con grandes tirajes hipotéticos y éxito de ventas, nos hemos olvidado
que en casa no nos lee ni nuestra familia, de allí que, sin dejar de ilusionarnos
con el reconocimiento foráneo, tratemos de ofrecer también algo concreto a los
lectores cercanos, nuestros amigos, como lo hicieron en París los poetas del
XIX. Una colección de plaquettes
editada con alguna noción de pulcritud puede ser útil.
Y ya que hablo de grandes
públicos, de los inmensos públicos que por ejemplo nos promete la utopía de
Amazon, recuerdo dos anécdotas. Las reproduzco de memoria, no las tomen como
citadas textualmente. A finales de los treinta, la filósofa María Zambrano pasó
parte de su exilio en La Habana. Había salido de España debido a la Guerra
Civil, y en Cuba de inmediato trabó amistad con la comunidad artística. Uno de
sus mejores amigos fue José Lezama Lima. Se cuenta que en alguna ocasión, la
gran pensadora le dijo que la calidad de la literatura que escribían debía ser
conocida en otras partes del mundo, a lo que Lezama respondió: “No, María, nosotros
queremos ser leídos en Cuba”. Una anécdota similar se dio en Buenos Aires.
Cuenta Horacio Verbitsky que en cierta ocasión dos escritores felicitaron a
Rodolfo Walsh por su cuento “Esa mujer”, pero apostillaron que requería algunos
cambios para que se entendiera si lo traducían al francés, a lo que Walsh
respondió: “No sé si me interesa que se traduzca al francés”.
En ambas anécdotas se puede
notar que el primer público lo tenemos a la vista, y es el nuestro, el más
próximo. Así entonces, para qué soñar con lectores de todo el país o de otras
partes del mundo si ni siquiera o muy apenas nos pelan quienes conviven con
nosotros. El propósito, en suma, de esta serie de plaquettes es llegar a lectores inmediatos, a ustedes que esta
noche están aquí de carne y hueso, con cara reconocible y quizá con poco más de
cien pesos en el bolsillo para hacer sustentable este modesto emprendimiento
editorial que aspira a permanecer en sus estanterías por la calidad de lo
escrito, es obvio, y también por el registro del ISBN y los materiales del
objeto: serigrafía sobre cartulina texturada, papel cultural en interiores y
una guarda de papel italiano, casi casi un fililí en estos tiempos de obligada
austeridad.
En cuanto a Amar a Maradona no diré mucho, pues
confío en que se lo lleven y recorran sus 56 páginas. Sólo añado que es un
homenaje a alguien que me ha alegrado la vida y exactamente hace cuarenta años
anotó en el estadio Azteca el gol más memorable de todos los mundiales.
Comarca Lagunera, 22, junio, 2026
Nota. Texto leído en la presentación de Amar a Maradona. Doce apuntes diegófilos y la colección RAI, celebrada el lunes 22 de junio de 2026 en La Tinta Cafebrería. Participamos Alfredo Máynez Gil, Fernando de la Vara y yo.


