sábado, junio 27, 2026

Razón de estas plaquettes

 









A finales del siglo XIX, París era el ombligo del mundo en casi todo, principalmente en materia cultural. Los pintores, los escultores, los músicos y no se diga los escritores de cualquier lugar anhelaban instalarse en el entorno de la torre Eiffel como si fuera un imperativo religioso, como vivir en tierra santa. En aquel contexto surgían las modas artísticas para después expandirse en todo el mundo con un sello de legitimidad: si algo había sido creado en París, entonces era bueno. Es el caso de las publicaciones en formato de plaquette, galicismo que podemos castellanizar como plaqueta, cuadernillo, folleto, opúsculo o simplemente libro grapado. En mi caso, tiendo a usar el galicismo puro porque “plaqueta” tiene, como sabemos, un uso médico relacionado con la sangre y es sinónimo de “trombocito”.

No hay, que yo sepa, un manual que determine el estricto número de páginas que debe tener una publicación para ser considerada libro o plaquette, de ahí que para mí no radique en tal dato la razón para llamarla de una u otra forma. Es un poco como el cuento: ¿qué número de páginas se requiere para que un cuento sea cuento? Creo que es importante tener en consideración su brevedad, pero no sólo esto. En el caso de la plaquette puede pasar lo mismo: para designarla así es pertinente tomar en cuenta su delgadez, que sea una publicación esbelta, pero hay además otro rasgo físico que da la mano: las grapas, la carencia de lomo. Por supuesto soy consciente de que las grapadoras profesionales de imprenta son capaces de perforar cien folios o más, de ahí que la flacura de la publicación sea el primer requisito para llamarla o no plaquette, pero no el único.

La palabra es francesa porque francés es el origen de la plaquette en el mundo literario. Este tipo de publicación era usado por los escritores, sobre todo poetas, para adelantar sus creaciones entre los colegas, en grupos pequeños y cercanos de potenciales lectores. Tenían además la cualidad, por su tamaño, de viajar lejos y llegar a homólogos distantes. Su grosor y su tiraje corto propiciaron asimismo la idea de trabajarlas con finura, con buenos materiales y diseño delicado, lo que a su vez alentaba su preservación en los libreros ajenos. Todavía bien entrado el siglo XX la plaquette fue usada por los escritores como alternativa al gran tiraje. Muchos poetas, ensayistas y narradores incluso las editaban con financiamiento propio y las ofrecían como regalo a sus amigos, algunas como presente de fin de año.

Si bien la plaquette no ha muerto, es un hecho que su edición y su difusión no están de moda, y en realidad nunca han estado. Para ciertos propósitos y en ciertos espacios, me parece, sigue siendo una opción atendible. En el caso de la colección que propongo, me atengo a la circunstancia actual de la publicación en espacios relativamente pequeños, como La Laguna. ¿Cuántos lectores hay para lo que escribimos? ¿Cuántos personas están dispuestos a comprar y leer lo que cuaja en nuestras cabezas? Esta colección de plaquettes busca llegar mediante el papel a lectores inmediatos, acaso amigos, y si de alguna manera hay interés por el contenido de cada publicación más allá de la sierra de las Noas, en el futuro quedará el PDF como producto residual, pero igualmente útil, para compartir las páginas.

El intento de esta colección es dejar constancia de un trabajo colectivo de escritura. Digo colectivo pero esto no significa que sea coordinado, articulado en grupo. La idea es publicar de entrada diez números, y seguir adelante si la inercia es favorable. El tiraje de cada ejemplar será corto, de entre 60 y 100 ejemplares, y cada pequeño “tomo” tendrá las mismas características del primero, de suerte que sea en verdad una colección con estricta unidad en la forma. Ya hay dos números: Transcursiones, ensayos literarios de Renata Iberia, y Amar a Maradona, que presento hoy, con artículos de mi autoría. Viene en camino uno de crónicas de Fernando de la Vara, y están apenas apalabrados otros de Jessica Ayala, Daniel Lomas, Alfredo Máynez, Laura Orellana, Iván Hernández, Alberto de la Fuente y Angélica López Gándara, todos de distintos géneros literarios y periodísticos.

En un mundo que se expandió gracias al internet, donde teóricamente es posible que nos lean en todo el planeta, la verdad es que no deja de ser sensato que al menos nos lean donde vivimos. Por soñar con grandes tirajes hipotéticos y éxito de ventas, nos hemos olvidado que en casa no nos lee ni nuestra familia, de allí que, sin dejar de ilusionarnos con el reconocimiento foráneo, tratemos de ofrecer también algo concreto a los lectores cercanos, nuestros amigos, como lo hicieron en París los poetas del XIX. Una colección de plaquettes editada con alguna noción de pulcritud puede ser útil.

Y ya que hablo de grandes públicos, de los inmensos públicos que por ejemplo nos promete la utopía de Amazon, recuerdo dos anécdotas. Las reproduzco de memoria, no las tomen como citadas textualmente. A finales de los treinta, la filósofa María Zambrano pasó parte de su exilio en La Habana. Había salido de España debido a la Guerra Civil, y en Cuba de inmediato trabó amistad con la comunidad artística. Uno de sus mejores amigos fue José Lezama Lima. Se cuenta que en alguna ocasión, la gran pensadora le dijo que la calidad de la literatura que escribían debía ser conocida en otras partes del mundo, a lo que Lezama respondió: “No, María, nosotros queremos ser leídos en Cuba”. Una anécdota similar se dio en Buenos Aires. Cuenta Horacio Verbitsky que en cierta ocasión dos escritores felicitaron a Rodolfo Walsh por su cuento “Esa mujer”, pero apostillaron que requería algunos cambios para que se entendiera si lo traducían al francés, a lo que Walsh respondió: “No sé si me interesa que se traduzca al francés”.

En ambas anécdotas se puede notar que el primer público lo tenemos a la vista, y es el nuestro, el más próximo. Así entonces, para qué soñar con lectores de todo el país o de otras partes del mundo si ni siquiera o muy apenas nos pelan quienes conviven con nosotros. El propósito, en suma, de esta serie de plaquettes es llegar a lectores inmediatos, a ustedes que esta noche están aquí de carne y hueso, con cara reconocible y quizá con poco más de cien pesos en el bolsillo para hacer sustentable este modesto emprendimiento editorial que aspira a permanecer en sus estanterías por la calidad de lo escrito, es obvio, y también por el registro del ISBN y los materiales del objeto: serigrafía sobre cartulina texturada, papel cultural en interiores y una guarda de papel italiano, casi casi un fililí en estos tiempos de obligada austeridad.

En cuanto a Amar a Maradona no diré mucho, pues confío en que se lo lleven y recorran sus 56 páginas. Sólo añado que es un homenaje a alguien que me ha alegrado la vida y exactamente hace cuarenta años anotó en el estadio Azteca el gol más memorable de todos los mundiales.

Comarca Lagunera, 22, junio, 2026

Nota. Texto leído en la presentación de Amar a Maradona. Doce apuntes diegófilos y la colección RAI, celebrada el lunes 22 de junio de 2026 en La Tinta Cafebrería. Participamos Alfredo Máynez Gil, Fernando de la Vara y yo.