El primer goleador implacable que vi en mi vida fue Evanivaldo Castro (Salvador, Bahía, Brasil, 1949), quien vino a los Pumas para luego jugar en el Atlante, León y Tigres. Pese a su tremenda cuota goleadora y debido al aislamiento del futbol mexicano, fue imposible que lo llamaran a la selección brasileña que alineaba por aquellos años a Roberto Dinamita y luego a Careca, el colega de Maradona en Nápoles. Cabinho fue bautizado así, según contaba Ángel Fernández, por la vinculación de su familia con el ambiente militar, de suerte que los soldados llamaban “cabito”, “cabinho”, pequeño cabo, al niño Evanivaldo. Pero más allá del mito sobre el alias, el brasileño es hasta hoy el máximo bombardero de nuestro futbol. Sólo con la UNAM hizo más de 200 goles sin un común denominador, pues los anotaba de todos los sabores. Si algo recuerdo de su estilo es, sin duda, la potencia: sus piernas eran tan fuertes que superaban a los defensores en la carrera y disparaban con violencia desde cualquier ángulo tanto en movimiento como desde un punto fijo, de ahí que fuera temible también en los tiros libres. Además, cabeceaba bien. Una palabra puede, para acabar pronto, definirlo: letal.

