Mostrando las entradas con la etiqueta méxico. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta méxico. Mostrar todas las entradas

sábado, julio 11, 2026

Pausa de hidratación


 











Entre libro y libro de literatura y otras yerbas, por estos días metí a la lista de lecturas en trámite un título recientemente conseguido: Cerrado por fútbol (Siglo XXI, 2017, 232 pp.), póstumo de Eduardo Galeano (Montevideo, 1940-2015). Le traía ganas luego de insumir hace varios años su clásico El futbol a sol y sombra (1995), editado también por Siglo XXI. Los dos forman el corpus de la obra futbolística, por así decirlo, de uno de los escritores más leídos de América Latina, y no sólo se parecen en su tema y su armadura fragmentaria, sino en el enfoque sustancial: ambos celebran el futbol y ambos remarcan la viscosidad de su manejo en las altas esferas dirigenciales de un deporte convertido desde hace décadas en la droga más adictiva de la sociedad del espectáculo.

Como Galeano, muchos acusamos una especie de vaivén al convivir con el futbol: sabemos que su control es poco menos que una mierda, vemos a diario los chanchullos que perpetra la cosa nostra eufemísticamente denominada FIFA, conocemos o al menos intuimos los flecos delictivos de su administración, pero aun así vivimos pendientes de jugadores, equipos, torneos, partidos y resultados como si algo importante nos fuera en ello, incluso con una pasión que no se manifiesta en el consumo de otras golosinas mediáticas o en la puesta en práctica de creencias religiosas o políticas. El futbol como negocio, lo sabemos, es una calamidad espesa de intereses vidriosos, pero con todo y esto le somos leales, miramos a otro lado y seguimos encontrando justificaciones que nos consuelan del vicio incontrolable. Los Mundiales —como el Mundial que en este momento atravesamos— son una oportunidad inmejorable para quienes, porque suponemos tener un mínimo de autocrítica, atestiguamos en estos días nuestra oscilación entre el amor y el odio.

Cerrado por fútbol es un título elocuente, revelador de adicción irreprimible. Se dice que el escritor uruguayo colocaba en la puerta de su casa, durante los torneos mundialistas, el letrero “Cerrado por Mundial”, indicador de asueto. Establecía pues un lapso necesario para ver partidos, para mendigar belleza sobre la cancha. No parece haber tenido muchas esperanzas de éxito con la selección de su país —apodada la “garra charrúa”, una forma distinta de decir futbol con poca técnica y ultradefensivo—, pero su apetito se podía detener, dice, y no sin admiración, por cualquier otro equipo o jugador digno de merecer elogios por la calidad estética de su desempeño. Galeano, entonces, postergaba todo mientras los Mundiales organizados por una mafia orquestaban el suministro de droga en las pantallas.

El libro fue ensamblado luego de la muerte de Galeano. Carlos E. Díaz reunió textos dispersos en revistas, diarios y libros para armar el segundo libro futbolero del también autor de Las venas abiertas de América Latina (1971). Contiene una explicación sobre lo anterior del mismo Díaz, y también una especie de prólogo del periodista deportivo Ezequiel Fernández Moores, quien en alguno de sus párrafos sostiene que la de Galeano por el futbol “era una pasión ‘sin talibanismos’, aunque sí con desesperación por el buen juego”.

Al final de su amplia presentación, Fernández Moores cita a Galeano en un párrafo que transparenta bien la idea general del uruguayo en torno al futbol: “Pero también escribió de fútbol porque el fútbol, decía siempre, ‘es el espejo del mundo y en mis libros yo me ocupo de la realidad’. Para este libro redescubrimos uno de los textos en los que mejor explicó su amor por el fútbol. Lo invitaron en 1997 a abrir un congreso de deportes en Copenhague. ‘¿Qué pasión popular no es objeto de manipulación?’, preguntó a sociólogos, médicos, intelectuales y periodistas, muchos de ellos excesivamente escandalizados, como si la corrupción en el deporte ‘puro y noble’ fuera algo de otro mundo. ‘¿Existe algo que no sea negocio?’, insistía Galeano. Le hablaba al Primer Mundo Democrático. ‘El norte y el sur jamás se miden en igualdad de condiciones, ni en el fútbol ni en nada, por muy democrático que el mundo diga ser’. Y pese a todo, seguimos celebrando el fútbol. Porque ‘las emociones colectivas —decía Eduardo— se hacen fiesta compartida o compartido naufragio, y existen sin dar explicaciones ni pedir disculpas”.

Tras las prefaciones vienen en cadena los textos recuperados de Galeano sobre futbol. Son muchos apuntes breves (algunos brevísimos), una entrevista, el discurso ya mencionado de Copenhague y una tanda como de cuatro ensayos algo más desarrollados. El género que destaca es, por denominarlo de algún modo, el de la estampa: el autor toma una anécdota y la convierte es pequeño relato (de no más de una página cada uno) para mostrar alguna de las innumerables marcas que el futbol deja en la vida privada y pública de jugadores y espectadores, todos (los textos) atravesados por la mirada crítica/conmovida del autor.

No será el libro fundamental de Galeano, pero es atendible por la agudeza del autor al observar las gestas menores y mayores de un deporte cuya grandeza en la práctica es inversamente proporcional a la miseria de sus turbios administradores, de ahí el pendular amor/odio mencionado hace tres o cuatro párrafos. Puede ser leído entonces como “pausa de hidratación” autocrítica mientras se dan los partidos de cierre en el Mundial 2026.

sábado, junio 27, 2026

17. Hermosillo









La suma de sus goles convirtió a Carlos Hermosillo (Cerro Azul, Veracruz, 1964) en el segundo mejor anotador en la historia del futbol mexicano, sólo debajo de Evanivaldo Castro. Casi 400 tantos, si se cuentan los que marcó para la selección, es una cantidad de ingente respeto. Con el América, donde debutó, llegó casi a la centena, pero fue en Cruz Azul donde duplicó esa cifra. Es inolvidable por ello su etapa como cementero, cuando formó endiablada mancuerna con el argentino Julio Zamora. A propósito, recuerdo una jugada que da muestra de la letalidad en aquel dúo: Zamora centra desde la banda derecha y llega Hermosillo con un cabezazo de palomita, más violento que si le hubiera pegado con el pie. Pero es improcedente describir un tipo de gol en la enorme cuenta del veracruzano. Larguirucho, grandote y fuerte, es lógico que su alta cantidad de goles suponga una variedad que incluye testarazos, chilenas, disparos de media, sombreritos, balazos de cerquita y numerosos tantos insólitos. Curiosamente, se le recuerda por un penal: el que, todavía groggy por un turbio patadón en la cara, le clavó a Ángel Comizzo en la final contra León. Inmensa fue la carrera de Carlos Hermosillo.

lunes, junio 22, 2026

12. Cuauhtémoc


 







Meter a Cuauhtémoc Blanco (Ciudad de México, 1973) a esta serie puede ser cuestionable, pero quiero ser justo con un jugador que sin duda fue importante en nuestro futbol, tanto que durante varios años su nombre fue sinónimo de talismán así en la selección como en los clubes donde alineó. Fue un caso extraño si nos atenemos a su pinta: grandote, de piernas largas, medio jorobado y con apariencia de lento, el Cuau era sumamente técnico, de una habilidad endiablada para resolver acciones sobre la marcha. Tengo la impresión de que siempre pensaba medio segundo antes que sus rivales, lo que en futbol es una ventaja tremenda, pues permite tomar decisiones cuando los otros apenas se están acomodando. Además de buen futbolista, Blanco era irritante, entrón, hablador, odioso y eficaz. Anotó más de 200 goles de todos los sabores, asistía, la mataba de nalgas, daba pases de lomo, inventó la “cuauthemiña”, era un descarado. Recuerdo que Valdano comentó el Mundial 98 y al hablar sobre el mexicano dijo algo así: “Es raro este Cuauthémoc, la toma y parece que se va a caer, que se le enredará la pelota, pero todo lo hace bien”. Es la mejor descripción del tepiteño.

miércoles, junio 17, 2026

7. Cabinho


 







El primer goleador implacable que vi en mi vida fue Evanivaldo Castro (Salvador, Bahía, Brasil, 1949), quien vino a los Pumas para luego jugar en el Atlante, León y Tigres. Pese a su tremenda cuota goleadora y debido al aislamiento del futbol mexicano, fue imposible que lo llamaran a la selección brasileña que alineaba por aquellos años a Roberto Dinamita y luego a Careca, el colega de Maradona en Nápoles. Cabinho fue bautizado así, según contaba Ángel Fernández, por la vinculación de su familia con el ambiente militar, de suerte que los soldados llamaban “cabito”, “cabinho”, pequeño cabo, al niño Evanivaldo. Pero más allá del mito sobre el alias, el brasileño es hasta hoy el máximo bombardero de nuestro futbol. Sólo con la UNAM hizo más de 200 goles sin un común denominador, pues los anotaba de todos los sabores. Si algo recuerdo de su estilo es, sin duda, la potencia: sus piernas eran tan fuertes que superaban a los defensores en la carrera y disparaban con violencia desde cualquier ángulo tanto en movimiento como desde un punto fijo, de ahí que fuera temible también en los tiros libres. Además, cabeceaba bien. Una palabra puede, para acabar pronto, definirlo: letal.

lunes, junio 15, 2026

5. Borgetti


 






Por más objetividad que se imprima, cualquier elección supone el peso del gusto y a veces de otros factores, como la cercanía. Jared Borgetti (Culiacanito, México, 1973) aparece en esta lista, sin embargo, no por capricho de mi subjetividad, sino porque lo merece. Anotó 299 tantos en su carrera, la mayoría con Santos Laguna, la mayoría a servicios de Rodrigo Ruiz. Es, si me apuran, nuestro CR7: un ejemplo de disciplina espartana y voluntad para perseguir hasta los centros más difusos, los balones perdidos en el más allá. Clavó goles de todas las modalidades posibles, aunque fue el remate de testa la marca de su estilo. Alto, espigado, fuerte, iba a todas, siempre estaba en el lugar oportuno y, como ya dije, jamás daba una jugada por baldía. Todos lo recordamos por varias estampas, como la del remate a Necaxa en el partido definitivo con el que los laguneros ganaron su primera liga en el viejo y nunca suficientemente añorado estadio Corona, pero la acción que sobrevivirá a los tiempos es la del cabezazo a Italia en el Mundial 2002. Los anatomistas todavía preguntan cómo demonios torció el cuello para anotar de espaldas y sesgado. Los anatomistas y Gianluigi Buffon.

miércoles, abril 22, 2026

El gran estadio Azteca








El 28 de marzo pasado la selección mexicana jugó un partido amistoso contra la de Portugal. Este choque fue organizado para reinaugurar el estadio Azteca luego de varios meses dedicados al remozamiento del inmueble. El duelo de selecciones quedó empatado sin goles, de modo que los 85 mil espectadores que concurrieron no dejaron de saludar el pobre espectáculo con abucheos lanzados desde sus onerosas butacas. Más allá de lo estrictamente deportivo (que pese a la ausencia de goles reveló la superioridad de los lusitanos), fue otro detalle lo que atrajo mi atención desde el arranque del encuentro.

Al sacrificio inevitable que significa escuchar la crónica de los locutores que narran y comentan nuestro futbol, tipos cada vez más estridentes y payasescos, se sumó una tortura inesperada: cada diez segundos, seguramente por consigna de sus patrones, el locutor y los comentaristas decían “estadio Banorte”. La idea era obvia: remarcar a los televidentes que el México-Portugal ya no se estaba jugando en el estadio Azteca, sino en el “estadio Banorte”. Armado con mi más espontáneo malestar, compartí de inmediato y donde pude estas palabras y otras similares, pues la verdad sentí rabia: “Perdón por la nimiedad. Esta es la única vez que llamaré estadio ‘Banorte’ al estadio Azteca. Para mí el estado Azteca se llama estadio Azteca. Dicho lo anterior, en unos minutos México jugará un amistoso contra Portugal en el estadio Azteca”. Creo que no pude ser más claro.

Lo que motivó mi malestar tiene que ver con el peso simbólico de las palabras. Para los mercenarios, por supuesto, las palabras no significan gran cosa, por eso ofrecieron al mejor postor el poderoso y significativo nombre del más importante estadio mexicano, esto sin considerar su peso simbólico, su valor histórico y el grado de lexicalización que ya le había dado el uso popular durante sesenta años, desde su inauguración, el 29 de mayo de 1966, hasta hoy. Por una millonada, le cercenaron una palabra hermosa para injertarle otra tristemente comercial.

No me pasa lo mismo con otros estadios de reciente construcción con nombres comerciales (Banorte pudo hacer lo mismo). Ellos harán su historia así, con nombres de marcas, pero el Azteca es el Azteca, y este nombre no se puede mutilar como si seis décadas de historia no pesaran. Imaginemos: ¿Pelé fue campeón del mundo en el estadio Banorte? ¿Cruz Azul fue tricampeón jugando en el estadio Banorte? ¿El estadio Banorte fue testigo del gol del siglo anotado por Maradona? Esto es grosero. Por ello para mí el estadio Azteca seguirá siendo siempre, sin ninguna vacilación, el gran estadio Azteca concebido por la maestría del arquitecto Pedro Ramírez Vázquez.

Un pilón. Este caso me recordó lo sucedido alguna vez con la palabra “chicle” en la publicidad. A algún experto en anuncios quizá le pareció feo el hermoso nahuatlismo “chicle”, y en los mensajes comerciales empezaron a decir “goma de mascar”. Por suerte el calco del inglés no prosperó, la palabra mexica se impuso y para nosotros el chicle siguió siendo “chicle”. Ojalá que esto mismo pase con la poderosa palabra “Azteca” en el nombre del más importante estadio mexicano, el estadio Azteca, “El coloso de Santa Úrsula”, como lo apodó nuestro siempre admirado Ángel Fernández.


miércoles, febrero 18, 2026

Trabajo en un hilo

 












Si bien veo con pesimismo el avance de la ultraderecha que en occidente encarnan gángsteres como Trump (Partido Republicano, EUA), Milei (La Libertad Avanza, Argentina) y Abascal (Vox, España), percibo una salida a la bestialidad que proponen los discursos de estos sujetos. Es complicada, lo he dicho varias veces, sobre todo porque las inercias del mundo transitan hacia la disgregación y el embebimiento individualista. Alguna respuesta tendrá que darse, sin embargo, ante los embates que en el mundo desmoronan el trabajo como medio digno de vida allí donde se han establecido leyes para regular la relación obrero-patronal. México no es el paraíso en este rubro ni en ninguno, pero sin duda, como se dice para exagerar, casi es Suiza si lo comparamos con países que hoy avanzan hacia la desprotección total del trabajador.

En el fondo veo que el neocapitalismo global ha encontrado en la tecnología y sobre todo en la IA una serie de avances que poco a poco torna innecesario el trabajo humano. Sin que lo veamos muy claramente todavía, al mercado laboral le va sobrando mano de obra, y por ello la tendencia a la precarización, al abatimiento de cualquier prestación, a la destrucción del homo faber. El mundo transita hacia un colapso de millones de fuentes de trabajo, y por ello la urgencia de economizar con contratos temporales y facilidades para despedir y dejar en la calle.

El tipo ideal de trabajador que desea el “tecnofeudalismo” (así lo llama Yanis Varoufakis) es como el empleado de las “plataformas”: sin ninguna ventaja, él y su bicicleta contra el mundo. Mariano Recalde, político argentino especializado en estos asuntos, se ha opuesto a la reforma laboral de Milei, hoy en vías de aprobación; si cuaja, sería el primer gran experimento latinoamericano para hacer pomada los derechos de los trabajadores. Sintetizado por Horacio Verbitsky, al hablar de las chambas de los repartidores Recalde plantea la necesidad de una negociación colectiva que “establecería como piso el salario mínimo, seguridad social, licencias y protección contra el despido. El trabajador tendría derecho a conectarse y desconectarse libremente, respetando descansos legales obligatorios. La plataforma estaría obligada a informar cómo se asignan los pedidos, se evalúan las tareas, se pagan las comisiones y se aplican las sanciones, y debería atender al trabajador a través de una persona humana, para evitar bloqueos arbitrarios y resolver conflictos. La plataforma estaría obligada a capacitar al trabajador, proveerle elementos de seguridad, darle cobertura ante accidentes y enfermedades laborales, poseer estaciones sanitarias y de carga de energía. Debería reconocer al trabajador derecho al descanso, a vacaciones y a sindicalizarse, con posibilidad de afiliación desde la propia plataforma”.

Esto nomás respecto de los repartidores que hoy son un símbolo de la indefensión laboral. Por supuesto, sumarles derechos no será una iniciativa de quienes hoy los contratan, así que sin remedio estos trabajadores, y todos los demás, requieren de un Estado firme y la posibilidad de organización y lucha. Ahí está el detalle: primero, que el Estado sea sensible a los reclamos de justicia en el trabajo, y después, que los trabajadores sepan valorar colectivamente su importancia en la cadena de producción de la riqueza.

Por todo, es importante seguir atentos a la Argentina. Allá se libra esta semana el primer gran hachazo a los derechos laborales o la primera gran derrota de capitalismo financiero para sacarse de encima a los trabajadores que aspiran a algo más que un salario de supervivencia. Para bien o para mal, lo que resulte allá será ejemplo para los trabajadores en el mundo.

sábado, febrero 14, 2026

De la inercia ultra

 








El riesgo es ser acusado de conspiranoico, pero creo que no está el horno para omitir que sigue en marcha, a buen ritmo en su ejecución, un plan que combina todas las excrecencias del neoliberalismo luego de medio siglo reformateando la vida del planeta. El avance que hoy vemos en la nueva derecha global es desigual, obviamente no se da parejo en todos los países del mundo, pero tiene comunes denominadores más o menos recurrentes. Destacar tales avances, denunciarlos por cualquier medio, así sea en la mera sobremesa, es un imperativo de quienes no quieran sumarse a la demolición de lo poco que nos queda de libertad, igualdad y fraternidad, para decirlo con la triada de valores enarbolados por la Revolución Francesa.

Jamás cuajó, lamentablemente, la mencionada triada, pero es un hecho que, como lo muestran las constituciones del mundo, el ideal francés de 1789 ha sido la aspiración vertebral de las diversas sociedades empeñadas en pasar por civilizadas. Lo más cerca que se estuvo, y se está todavía en algunos países, del ideal libertad-igualdad-fraternidad es el del estado de bienestar, sistema que, grosso modo, supone al Estado como garante de lo básico para la ciudadanía. No como regalo, sino como resultado de una distribución más justa y basada en el trabajo dentro del capitalismo.

Desde hace cincuenta años, el llamado neoliberalismo comenzó a designar “comunismo” al estado de bienestar. Cualquier participación del Estado en la economía, cualquiera, por minúscula que fuera de iure o de facto, ha sido vista con encono por los ideólogos de la derecha: hay que demoler todo lo que huela a estatismo, no dejar ni un ladrillo de la nociva política de mantener parásitos y, al revés, alentar la bendita meritocracia. Casi no es necesario observar que cincuenta años después logró su propósito, pero no está saciado: hay que borrar, ya sin los eufemismos del pasado, los pocos vestigios de “comunismo” que siguen en pie, hay que desaparecer a los genéricamente designados “zurdos de mierda”.

Como al discurso de la nueva derecha mundial se le notan todas las costuras, es obvio que su método de trabajo ideológico consiste de entrada en identificar un enemigo. Pueden ser los corruptos, los inmigrantes, los narcotraficantes o, el que más unifica su postura, los comunistas, los “zurdos de mierda” que ya dije. No es gratuito que Salinas Pliego use ahora este rótulo para referirse al enemigo y contraponerlo a su ideal de “libertad”. Es puro mileísmo en clase turista. Pero puede aprender y, lo peor, puede lograr algo más que sólo aprender.

Esto que digo quizá suene excesivo, pero igual sonaba en 2022 que Javier Milei pudiera ser presidente de la Argentina, y ya sabemos lo que está pasando. Un tipo estrafalario, vulgar, cruel, a todas luces limitado y bobo, incluso sin los rasgos convencionales del político (como peinarse bien y hablar sin estúpidas muletillas) llegó a la presidencia. Si Trump lo logró, y conste que supera con creces la viscosidad del mandatario argentino, ¿por qué no podría lograrlo cualquier otro bestia en cualquier otro lugar del mundo? He aquí la ventana de oportunidad que ve Salinas Pliego: de usurero impenitente y evasor de cuello blanco ha pasado a convertirse en opción electoral para los mexicanos.

¿Por qué un tipo sin atributos e incluso sin carisma puede ilusionarse con gobernar a millones? ¿Qué aberración de la democracia permite esto? Las razones son muchas, como todo en la complejidad económica, política y social de los pueblos actuales. Nada en política, dice Strobl, se presenta en estado puro o acusa rasgos que podamos percibir con plena claridad, cierto, pero creo ver que la emergencia de sujetos como Salinas Pliego tiene relación precisamente con la noción gramsciana de la “batalla cultural”. Ahora no en un lugar específico, sino en el mundo. La nueva derecha hizo visible la tal batalla cuando ya la tenía ganada, o casi, o cuando sabía que llevaba una tremenda ventaja. Antes no. Antes la derecha sentía pena de serlo, de aceptar por ejemplo el racismo, el trabajo de los niños, la desregulación del empleo, incluso el narcotráfico. Por eso el meme que circula con frecuencia entre los progres: “Que ser de derecha vuelva a dar vergüenza”.

La batalla cultural, noción del comunista italiano Antonio Gramsci, propone que se gana no cuando la fuerza se impone, sino cuando se remacha una idea en la conciencia, cuando se logra alguna hegemonía sobre las ideas del otro, esto hasta convertir tal idea en “sentido común”, en algo que es de una manera y no puede ser de otra. Hoy, sobre todo, la batalla cultural se da en la prensa, la radio, la televisión y los medios digitales (principalmente en las redes sociales), y no es muy complicado saber cuál “sentido común” se impuso: el del consumo, el del mercado, el de la meritocracia individualista que infunde en los perdedores un “yo punitivo”, el resentimiento que busca venganza a como dé lugar; en suma, los votantes de la nueva derecha.

Digo pues que la batalla cultural ha sido emprendida no para ganar a un oponente vigoroso, sino para aniquilar lo que queda de estado de bienestar. Arreció además cuando, como dice el lugar común, la mesa estaba ya servida: una sociedad egocéntrica, sin nexos comunitarios, despolitizada, precarizada, adicta a las redes y con legiones de marginales jóvenes y no tan jóvenes, ciudadanos que han admitido acríticamente las propuestas antiEstado, “libertarios”, “pobres de derecha”, fascistas que no saben que son fascistas, desheredados que desean emparejar para abajo antes que organizarse y luchar para emparejar hacia arriba.

La brutalidad de los discursos que sintetizan El Mal de las sociedades en los “zurdos de mierda” no deja de asombrar a quienes imaginan la política como se entendió todavía hasta hace diez años, incluso menos. Los políticos heterodoxos a la manera de Trump, Bolsonaro o Milei no son, sin embargo, la anomalía, sino la consecuencia de un caldo de cultivo que los ha hecho posibles. Por eso mi noción de que la batalla cultural contra el “wokismo” es apenas la espuma del conflicto. Debajo de esa espuma se esconde la verdad de que casi todo se subsume en los intereses de quienes defienden “las ideas de la libertad”, como gusta decir Milei. En todo caso, la virtud del presidente argentino y sus laderos ha consistido en leer acertadamente el espíritu de los tiempos, y obrar en consecuencia. Nuestro Salinas Pliego quiere aprovechar esa misma lectura y avanzar en su propósito de demostrar que será el azote de los “gobiernícolas” para luego bendecirnos con el bienestar con el que ya bendice a su clientela de Elektra.

¿Queremos comprobar si la vulgaridad sintoniza con el nuevo electorado? ¿Nos gustaría verificar que la mentira electoral puede ser descomunal y aún así mantener una base significativa de votantes? ¿Deseamos ver cómo se comunica la ineptitud triunfante? ¿Apetecemos observar declaraciones y acciones horrendas sin consecuencias políticas? Si es así, Trump es el dechado de este tiempo. Yo conozco mejor el de Milei, monigote de Trump, clon bananero del mejor amigo de Jeffrey Epstein.

Milei tiene la capacidad de afirmar algo y su contrario en la misma frase. El concepto de congruencia no lo conoce, de suerte que en América Latina es el político con más archivos digitales en los que afirma algo que a la postre choca con lo que después él mismo hace o afirma. Este licuado de posicionamientos parece no afectar a su electorado. Mientras en un pasado no muy lejano era difícil que alguien, no sólo el político, cambiara de opinión como de calcetines, pues si lo hacía ponía en absoluto riesgo la firmeza y credibilidad de sus ideas y por ello la lealtad de sus seguidores, Milei afirma cualquier burrada con nulo control de esfínteres mentales. Habla con la serenidad de un economista que pasa por ducho ante los profanos pero nunca ante los economistas serios, se expresa a gritos destemplados con los que fustiga a sus enemigos, se desgañita para defender “las ideas de la libertad” y expele sin sonrojo consideraciones sexuales que bordean la perversidad. Es un monstruo de la contradicción, y si hasta hoy se mantiene en la presidencia es gracias a Trump, a quien le lustra los zapatos cada vez que viaja a la Gomorra de Mar-a-Lago.

Mircea Eliade dice en Lo sagrado y lo profano que “Nada vale tanto como el ejemplo, el hecho concreto”, de allí que se me ocurrió compartir una lista breve de aberraciones enunciadas por Milei, el arquetipo de nuestro Salinas Pliego. Tiene decenas de videos más, pero estos pocos buscan mostrar al tipo de político que desea venir a redimirnos.

Sobre la eliminación de ministerios

Con histrionismo hitleriano prometió aniquilar ministerios; hasta hoy va bien en esta promesa depredadora, aunque a varios no los desapareció, sólo los desfinanció para mantener a sus secuaces en la nómina:

https://youtu.be/fJFqjiB0GW0?si=vLekcqq8IKMLtUk2

Sobre el FMI

Lleva dos megapréstamos solicitados y varias renegociaciones de la deuda, todo opaco y al margen de su Congreso, pero este archivo deja ver las pestes que escupía sobre el FMI antes de ser presidente. Una joya:

https://www.facebook.com/reel/1815838419076780

Sobre los negocios con China

Esto decía sobre el gigante asiático antes de las elecciones, y después, ya presidente, lo que dijo cuando se enteró de que China es un país clave en la supervivencia de la Argentina. Noten la cara de estúpida seriedad que pone cuando dice “comunista” y la voz aterciopelada al declarar su aprecio a la "interesante" China:

https://www.facebook.com/reel/920506209958710

Sobre el aumento de los impuestos

Por supuesto, y además de que no ha controlado la inflación, ha subido impuestos pese a la promesa de no aumentarlos; es tan burdo que al final comete el furcio de decir “bajarlos”. Como sea, hasta ahora no se ha cortado ninguna mano:

https://www.youtube.com/shorts/HSQyg_Ak4Zw

La deuda del kirchnerismo

Antes de soñar con la presidencia llegó a decir, iracundo, que la deuda fue pagada por el kirchnerismo. Ahora el kirchnerismo es la causa de todos los males argentinos y del sistema solar:

https://www.youtube.com/shorts/-FQDeTXRqbg

Sobre Patricia Bullrich

Bullrich fue su ministra de Seguridad y hoy en su senadora. Es un ser repugnante que ha pasado por todos los partidos, una saltimbanqui nata. Su ideología es traicionar, estar sólo con los ganadores, como estuvo y está con Milei aunque él le dedicara estos lindos piropos:

https://www.youtube.com/shorts/jS3eHgxDFV4

Sobre los dólares escurriendo por las orejas

En la verborrea de Milei, dentro de algunos años a los argentinos —que se han hundido alarmantemente en su gobierno— les escurrirán dólares por las orejas. Cualquier hipérbole le sirve:

https://www.facebook.com/reel/1904051037164687

Sobre la mafia y sus bondades

Milei y sus huestes han sido financiadas por narcos, como bien lo sabe su amigo José Luis Espert, ya fundido por el escándalo. Ignoro por qué aceptaron los financiamientos, pero este video quizá nos brinde alguna clave:

https://www.youtube.com/shorts/ixFQlceO4g4

Sobre tasas de interés

Entre las oportunas respuestas de este presidente no se excluyen los balbuceos:

https://www.youtube.com/shorts/-xyWRwskKMc

Sobre el Estado pedófilo

Son frecuentes en Milei las metáforas epsteineanas, gestadas por una cabeza que tiende a la aberración:

https://www.facebook.com/share/r/1GXsUUY2AE/?mibextid=wwXIfr

Sobre la venta de niños

Esto es insólito, un homenaje a la memoria de Jeffrey Epstein. Pudo contestar con un simple “no”, pero su cabecita perturbada buscó un razonamiento. Un detalle: el periodista del saco gris se llama Antonio Laje y ahora lo defiende; claro, entonces era sólo Milei y ahora es el presidente:

https://youtu.be/XNdlI9zJN_I?si=o10CZBkZ9nHzYMkF

Sobre la venta de órganos

Aquí reflexiona (digámoslo así) sobra la pertinencia de que el benemérito mercado incluya la venta de órganos:

https://youtube.com/shorts/-UAXm_fnarw?si=9wF5-SI0nIKcV-lc

Sobre el Nobel de Economía que le darán

Su socio Demian Reidel, como lo señala el video, terminó alejándose años luz del segurísimo premio Nobel:

https://www.facebook.com/reel/792126459964220

Sobre la ignorancia de lo elemental

Es fácil exhibir a Milei. En esta diálogo, un entrevistador habitualmente acolchonado se atrevió a ir un poco más lejos. El presidente de la Argentina tiene menos calle que Venecia:

https://www.facebook.com/reel/1420899036095685

Sobre el tweet salvador

Cuando ya estaba casi ahogado ante las elecciones intermedias, Milei viajó a EUA para agarrarse de Trump, quien le regaló un tweet de apoyo que luego el mismo Milei llevó impreso para simular el gesto espontáneo. Es difícil imaginar una sumisión más bochornosa ante el mejor amigo de Epstein. Trump, por cierto, ni sabía que apoyaba para unas elecciones intermedias, no presidenciales. Un momento plenamente burdo:

https://youtube.com/shorts/B_qk35KZnsE?si=35Z4BCV5yTOScxMf

Sobre el río contaminado

Sabido es que Milei es un negacionista de todo lo que apeste a wokismo, por eso no acepta la idea del calentamiento global. Así habló alguna vez este estadista sobre la contaminación de un río. Cuál problema:

https://www.facebook.com/reel/820970844336535

Sobre su autopercepción como gobernante

En el siguiente video se aproxima con lucidez a la definición de sí mismo:

https://www.facebook.com/share/r/1Dd9RsPkBy/?mibextid=wwXIfr

Se podrá decir que sólo son palabras, declaraciones, retórica de un presidente que no pasa de allí, de la mera declaración, del exabrupto de clown. Lamentablemente no es así en este caso, pues la acción concreta de Milei ha hundido en dos años la producción, el empleo y los salarios, ha desfinanciado la obra pública en salud y educación, ha incrementado los servicios públicos básicos y obviamente la inflación, ha creado un protocolo para reprimir la protesta y espiar opositores, ha filtrado millones de dólares en los bolsillos de sus amigotes financistas, a participado en estafas internacionales como la perpetrada hace exactamente un año con la criptomoneda Libra y, en general, ha convertido al Estado en un cascarón del cual se beneficia sólo un segmento ínfimo de la sociedad, la oligarquía nativa que lo apoya porque, pese a todo, Milei garantiza el sometimiento de la mayoría que nació para callar y obedecer. Si se ha sostenido hasta ahora en el poder, es nada más por el apoyo de su tótem Trump, a quien el león argentino le lame los zapatos cada vez que es invitado a las exclusivas fiestas de Mar-a-Lago donde le han concedido premios por su entreguismo sin atenuantes.

Este es el tipo de político que vendrá a salvar a la humanidad. Con los matices que son del caso, atribuibles a la personalidad de cada uno, Santiago Abascal en España y Ricardo Salinas Pliego en México quieren emular al peluca Milei, tener la puerta abierta a decir y destruir lo que sea. Más vale que la sociedad lo medite un millón de veces antes de que sea demasiado tarde.

sábado, octubre 04, 2025

El boom según Donoso

 











Nunca entendí el imperativo freudiano de acabar con el padre boom, de matarlo y orientar la escritura por caminos supuestamente distintos, como si la literatura, el arte, la vida toda no fuera una permanente y nunca acabada mezcla (dialéctica, dirían algunos) de tradición y ruptura. Más, pues, que aniquilarlo (aniquilar significa etimológicamente “convertir en nada”), siempre he creído que es mejor integrarlo sin traumas a nuestra tradición, en percibirlo como parte constitutiva de nuestra cultura, en asumirlo como un momento notable/perdurable de la narrativa latinoamericana. Matar al boom es un empeño que creo no ha prosperado, pues todavía hoy es más que frecuente encontrar reediciones de sus autores más visibles. Por algo será.

Una de las inquietudes que siempre brincan cuando se habla de esta generación es la referida a la nómina de sus integrantes. ¿Quiénes fueron y quiénes no fueron parte del grupo? La pregunta es de respuesta imposible, y creo que esto se debe a que, más allá de los encuentros en fiestas, mesas redondas, oficinas de editores y demás, los autores del boom nunca configuraron un bloque homogéneo debido sobre todo a la disparidad de sus edades y al inmenso espacio geográfico que supieron abarcar: toda América Latina. A diferencia de otras generaciones, cuyos integrantes tenían más o menos la misma edad y radicaban en una ciudad o al menos en un solo país, los escritores del boom nacieron en fechas algo distantes y se movieron por todo el contexto hispánico y más allá, pues no faltó que radicaran en distintos periodos en Francia, Inglaterra y Estados Unidos, lo que añadió una suerte de inevitable dispersión. Basta ver el índice de los entrevistados en el canónico Los nuestros, libro de entrevistas de Luis Harss, para advertir lo que trato de explicar. Lo mismo aparecen allí Carpentier (Cuba, 1904) que Vargas Llosa (Perú, 1936), o Borges (Argentina, 1899) que García Márquez (Colombia, 1927), es decir, autores geográfica y cronológicamente alejados, lo que dificultó la noción de compacidad espacio-temporal que suele demandar el concepto de generación.

Según el crítico que aborde el tema, uno de los integrantes que entra y sale de la lista es José Donoso (Santiago de Chile, 1924-1996). Cuentista y novelista, autor de títulos celebrados como Coronación, El lugar sin límites y El obsceno pájaro de la noche, compuso además una especie de memoria titulada Historia personal del ‘boom’ (Alfaguara, 2018, 166 pp.). Su primera edición apareció en el amanecer de los setenta, en 1972, cuando la ola boomística, perdón por el ingrato adjetivo, ya venía de bajada. Pese a esto, el fenómeno sesentero seguía fresco, y el abordaje de Donoso es el de un testigo que duda, forzado quizá por el buen gusto de la modestia, en darse a su vez el estatus de participante.

El chileno plantea de entrada que durante la primera mitad del siglo XX la novela latinoamericana obedeció a un rasgo chovinista de nuestros países: cada uno valoraba con énfasis lo nacional, lo relacionado estrechamente con el contexto local, de modo que las novelas resultantes eran apreciadas como buenas en función de su arraigo verbal y temático en cada terruño. Es, grosso modo, lo que luego sería calificado como “novela telúrica”: que el autor “escribía para su parroquia, sobre los problemas de su parroquia y con el idioma de su parroquia, dirigiéndose al número y a la calidad de lectores —muy distinta, por cierto, en Paraguay que en Argentina, en México que en Ecuador— que su parroquia podía procurarle, sin mucha esperanza de más”. Una prueba de que no andaban en lo correcto, dice Donoso, es que “los grandes nombres de la novela ‘literaria’, de la primera mitad de este siglo escrita en castellano, tanto hispanoamericanos como españoles, se han desvanecido en comparación con sus contemporáneos alemanes, norteamericanos, franceses e ingleses, sin dejar gran huella en la formación de los novelistas actuales”.

La década de los sesenta fue para él un parteaguas, un momento en el que algo pasó: “En un período de apenas seis años, entre 1962 y 1968, yo leí La muerte de Artemio Cruz, La ciudad y los perros, La casa verde, El astillero, Paradiso, Rayuela, Sobre héroes y tumbas, Cien años de soledad y otras, por entonces recién publicadas”. En esta afirmación ya tenemos una lista de autores, cierto, pero es importante resaltar que Donoso fija su atención en cuatro nombres casi como si fueran las patas de una mesa: Fuentes, Vargas Llosa, Cortázar y García Márquez. Anota el rol, algo ambiguo, que él juega en el libro: “No quiero erigirme en su historiador, cronista y crítico. Nada de lo que digo aquí pretende tener la validez universal de una teoría explicativa que asiente dogmas: es probable que en muchos casos mis explicaciones, mis citas, la información que manejo, no sean ni completas ni precisas, e incluso que estén deformadas por mi discutible posición dentro del boom de marras: hablo aquí aproximadamente, tentativamente, subjetivamente, ya que prefiero que mi testimonio tenga más autenticidad que rigor”, y observa con precaución que se siente ligado a lo que describe: “cual fuere la posición y categoría de mi obra dentro de la novela hispanoamericana contemporánea, mis libros han aparecido en y alrededor de la década del sesenta, y así me siento ligado a, y definido por, las corrientes y mareas del ambiente literario de nuestro mundo, cambios determinados por la publicación de ciertas novelas que incidieron poderosamente en la visión y en el quehacer de este escriba”.

La falta de padres literarios y la influencia de escritores no hispánicos (Kafka, Sartre, Faulkner) generó en Latinoamérica, dice, obras en las que “aceptar los requerimientos de lo fantástico, de lo subjetivo, de lo marginado, de la emoción, hizo que la novela nueva tomara por asalto las fronteras o las ignorara, saliéndose del ámbito parroquial: el chileno necesitaba escribir ahora de modo que lo entendieran y que interesara no sólo en Talca y Linares, sino también en Guanajuato y en Entre Ríos”.

El recorrido de Donoso por los cuatro escritores más visibles del boom se rinde ante la obra y la personalidad de Fuentes, y apunta que La región más transparente fue para él un mazazo. Del mexicano también destaca su erudición, su cosmopolitismo, su generosidad y su ansia de abrazarlo todo. Algo parecido, aunque un tanto cuanto más atenuado, subraya de Vargas Llosa y La ciudad y los perros. Con García Márquez no se rinde igual, aunque sí reconoce que es el primero y quizá el único a quien le cupo entera la palabra “éxito” popular y comercial, y a Cortázar es a quien ve más alejado en ese pequeño grupo signado también por los encuentros y la amistad. Ya en el 72 Donoso sabía que el boom perdía su efervescencia, pero presintió algo que en efecto se ha cumplido, que “al pasar de moda el boom como totalidad no dejará el esqueleto de teorías, sino quizá media docena de novelas que no se apaguen”.

En esta Historia personal… no faltan las confesiones personales, las vicisitudes del propio autor para encontrar su voz en el aislamiento chileno. Tampoco, claro, los temas extraliterarios, como el punto de reptura que significó el “caso Padilla” o la presencia de la chismografía y las envidias en torno a los notables del boom.

Además de lo anterior, la edición de Alfaguara contiene “El ‘boom’ doméstico”, de María del Pilar Serrano, esposa de José Donoso, sobre los encuentros con los escritores del boom y sus parejas, incluidas, en dos momentos distintos de la crónica, Rita Macedo y Silvia Lemus, las esposas de Fuentes. A esto se suma una especie de continuación titulada “Diez años después” (o sea, en 1982), donde Donoso suma el reciente Nobel de GGM como culminación.

Historia personal del “boom” es un libro ya viejo, es verdad, pero con él podemos acceder a un momento de la literatura latinoamericana que produjo obras muchas veces dadas por muertas pero que todavía gozan, por suerte, de buena salud.

miércoles, julio 23, 2025

Doctorados deshonoris causa

 











Parte de los desastres que trajo aparejada la sociedad del espectáculo (viva Guy Debord, quien en 1967 anticipó todo esto) fue el arribo de la verdad deficitaria, hoy agudizada en el pestilente y por ello fascinante mundo de las redes sociales. A casi nadie le importa que algo sea verdad, basta con una foto a veces acompañada de algunas palabras para que cualquier afirmación nos convenza. Nadie investigará nada, todo pasará como hecho consumado con la sola evidencia de su representación en internet. Todo existe fugazmente porque alguien lo compartió, más allá de que sea falso o verdadero.

Recién el lunes, gracias a una nota de Reporte Índigo colgada en Facebook por el escritor Alejandro Badillo, leí una crónica sobre instituciones que han inventado la venta de “doctorados honoris causa”. Una estupidez sólo creíble porque en efecto existe: se venden doctorados como si fueran baratijas chinas de Amazon. Quien pague la cuota requerida podrá ser elevado a la categoría de “doctor de doctores”, todo para vitaminar el currículum y luego apantallar incautos. Quienes inventaron este negocio merecen un doctorado honoris causa en pillería de alta escuela. Ni Ricardo Montalbán ofreció tanto en La isla de la fantasía.

Tenía años con el antojo de escribir sobre esta pantomima. Me da gusto que Reporte Índigo la aborde ahora con una documentada crónica. Mi inquietud surgió por las mismas razones que comparte el reportero: un doctorado honoris causa que valga debe ser entregado por una institución de altísimo prestigio a personas de altísimo prestigio, en este último caso, sobre todo, del ámbito académico, aunque no exclusivamente. Pues bien, en Facebook comencé a ver contactos con togas y birretes absurdos y chapuceros, de fantasía, una prueba grotesca de los daños provocados por la sociedad del espectáculo en la que el ser se confunde con el parecer, en la que una puesta en escena quiere persuadir al público sobre méritos ficticios. Los nombres ridículos de las instituciones que otorgan los doctorados de bisutería son en sí mismos una evidencia de miserabilidad moral.

Dije que son otorgados sobre todo en el mundo académico para académicos, aunque en este último caso no nomás a ellos. El prestigio, que debe ser enorme, de quien recibe tan alto título se relaciona con sus aportes a la ciencia, las humanidades, la cultura, la política, la diplomacia, etcétera, y son honorarios, no se cobra por conferirlos. Las “instituciones” denunciadas en el reportaje cobran cuotas para dar sus doctorados Patito, pero aducen no solicitarlas como cobro del doctorado en sí, sino para los gastos operativos, una forma infantiloide de encubrir el chanchullo. Son, claro, negocios ruines, ladrones que contrabandean prestigios inexistentes. Ahora bien, si alguien quiere pagar por un engaño, adelante, que lo pague, pero que sepa que es un montaje, un fraude, para que evite presumirlo como gran y merecido laurel en su cabeza. Eso es ridículo, absolutamente burdo.

¿Qué recomendaría a quienes han comprado doctorados de hojalata? Fácil: que quemen el diploma y tumben sus orgullosas fotos de las redes sociales. Los estafaron. No se difamen más.

miércoles, septiembre 18, 2024

Henríquez Ureña, erudito

 











El Fondo de Cultura Económica recién ha cumplido 90 años. Ya es un lugar común decir que lo fundó Daniel Cosío Villegas para difundir libros sobre Economía, de ahí su nombre original: el adjetivo “económica” no significa “de bajo precio”, sino “sobre Economía”. Luego, lo sabemos, el tema se fue ampliando hasta abarcar, hoy, prácticamente todas las vertientes del saber y la imaginación humanos. Es, por mucho, una de las instituciones culturales más importantes de México y la más importante, sin pizca de duda, en materia editorial.

Varios directores ha tenido en su nonagenaria vida. Uno de ellos es inolvidable: el argentino Arnaldo Orfila Reynal, quien ocupó el cargo de 1948 a 1965; en ese periodo dio impulso a varias colecciones que hasta la fecha sobreviven, como los Breviarios y la Colección Popular, de las cuales he sido viajero frecuente a lo largo ya de cuatro décadas. Son, bien lo sabemos, libros de divulgación, todos impresos en formato de bolsillo.

Uno de los muchísimos que tenía pendiente de lectura es Historia de la cultura en la América hispánica (México, 171 pp.), de Pedro Henríquez Ureña (1884-1946). La edición que tengo y leí es de 1973, aunque su primera salida se dio en 1947, un año después de que murió su autor. Veo en el catálogo del Fondo que su más reciente impresión data de 2021, así que es asequible (y por menos de cien pesos). Se trata de un libro de pequeño volumen y de corte enciclopédico, tupido sobre todo de nombres propios, topónimos y fechas. Junto con estos datos, de los que ahora llamamos “duros”, aparecen los puntuales y veloces juicios del erudito nacido en la República Dominicana.

El libro es útil para hacerse de un panorama sobre los logros más salientes de la cultura latinoamericana (por esto los jóvenes deberían leerlo). Henríquez Ureña comienza su periplo con los pueblos originarios de lo que luego sería Latinoamérica, pasa por la Conquista, luego la Colonia, después por la etapa de nuestras independencias y al final con el cierre del siglo XIX hasta llegar a la primera mitad del XX. La revisión de los frutos culturales de esta inmensa zona del planeta se desarrolla pues cronológicamente, y con rápido zigzag describe lo que ha pasado con la historia, la literatura, la arquitectura, la pintura y la música de nuestros países y de Brasil (la aparición de este país desconcierta un poco, dado el título del libro).

Del FCE también recuerdo haber leído la correspondencia entre Henríquez Ureña y Alfonso Reyes, con edición de José Luis Martínez. Leer al dominicano es una forma de tenerlo presente como siempre lo tuvieron Borges y Reyes, de quien puede decirse que fue casi preceptor. Reyes lo quiso y lo respetó mucho, y Borges no se diga, tanto que llegó a lamentar la situación algo marginal en la que se tuvo a Henríquez Ureña durante su radicación en Buenos Aires (“creo que no le perdonamos el ser dominicano, el ser quizás mulato”). Pudo tener razón, y por eso con más ganas celebro haber cruzado, gustoso, Historia de la cultura en la América hispánica, un cuadro abarcador del maestro Pedro Henríquez Ureña.

sábado, abril 20, 2024

Notas para el himno del IMSS

 








Contra mi costumbre, pues soy un hombre de palabras y no de cifras, comienzo este saludo con algunos números. El primero es un dato que suelo compartir a mis alumnos para tratar de que su orgullo por nuestra lengua se vea robustecido, más ahora frente a los embates del inglés, idioma que en todos lados mete su cuchara. Pues bien, les comento que el país con más hispanohablantes del planeta es México. Esto es obvio, pero mis alumnos suelen no saberlo. Nuestro país ocupa ese primer lugar sencillamente porque es el país hispanohablante más poblado, esto con 130 millones de habitantes. Otras naciones están muy lejos de nosotros: Colombia tiene 52 millones de hispanohablantes; Argentina, 45 millones; Cuba, 12; Nicaragua, 6; Uruguay, 4, por citar sólo algunos ejemplos con cifras redondeadas. Incluso España, el país donde nació nuestra lengua hace poco más de mil años, tiene apenas 47 millones, y algunos en conflicto porque prefieren hablar y escribir en gallego, vasco o catalán, no en español.

¿Por qué traigo los datos ya citados a la ocasión que nos convoca esta mañana? Sólo para enfatizar que en algunos rubros nuestro país es un país inmenso, casi inalcanzable por la mayoría de las naciones del mundo, no se diga de Latinoamérica. Dados el tamaño de nuestro territorio y de nuestra población, no debería resultarnos extraño —y sí enorgullecernos— la calidad de nuestra cultura y el valor de muchas de nuestras instituciones. Una de ellas, no la menos importante, es precisamente el Instituto Mexicano del Seguro Social.

Supongo que todos sabemos de qué hablamos cuando hablamos del IMSS; miles más, miles menos, el Instituto tiene un padrón de más de 50 millones de derechohabientes, cifra muchas veces mayor, como ya vimos, a la cantidad de habitantes de varios países latinoamericanos juntos. Para atender a tal universo de ciudadanos, el IMSS cuenta con más de medio millón de trabajadores y se multiplica en todo el suelo nacional en una infraestructura de miles de edificios entre hospitales, clínicas, consultorios y espacios administrativos. Esta es la razón por la que nuestro Seguro Social es el más grande de América Latina, y por mucho.

Luego entonces, cómo no voy a sentirme honrado, y todavía muy sorprendido, de haber escrito hace casi un cuarto de siglo la letra de su himno, una pieza literaria que es la síntesis de su labor, el santo y seña poético del bienestar que a diario derrama sobre México. Esto me lleva a recordar, así sea brevemente, cómo nació el himno, por qué escribí lo que escribí.

Ha pasado un cuarto de siglo desde que un sábado por la noche me senté a urdir las estrofas del himno. Semanas antes, creo que de casualidad, me encontré con Ricardo Serna y él me comentó que el IMSS había convocado a un concurso nacional para crear la letra y la música de un himno. Me comentó que, si me interesaba, yo podía escribir una letra a la que él añadiría la música. Pasaron los días y, entre mis actividades de aquellos años (dar clases, escribir para la prensa, editar libros, es decir, lo mismo que hago hoy) traté de incluir la escritura del himno. Le di vueltas en la cabeza y no localizaba la idea justa, así que pospuse la escritura de los versos. Sólo me rondaba una intuición, cierta corazonada sobre el uso del lenguaje que se requería para cuajar la letra. Los días transcurrieron y llegó un fin de semana en el que, gracias al todavía razonable tamaño de nuestra ciudad, me topé otra vez de casualidad con Ricardo Serna. En la plaza de la colonia Margaritas, lo recuerdo, él paseaba a su hija y yo a la mía. Coincidimos en el área de los columpios, y fue allí, mientras ambos mecíamos a nuestras respectivas hijas, donde Ricardo me comentó que la convocatoria del IMSS estaba por cerrar. Sin saber por qué, le respondí que no tardaría más, que en unos días o en unas horas le daría la letra. Ya con prisa, pensé en lo que llevaba pensado, en la corazonada de la que hablé hace diez renglones: el lenguaje de la letra no podía ceñirse al argot administrativo o técnico, a las palabras que son inevitables en la comunicación institucional pero que no son pertinentes en la confección poética de un himno. Es decir, no sabía qué palabras iba a usar, pero sí sabía qué palabras no iba a usar, palabras como eficiencia, desarrollo, servicio, tecnología, organización y otras que acaso son ineludibles en informes y documentos de carácter administrativo o técnico, como ya señalé, pero no en el arte. Ese era mi punto de partida, y no tenía más, no tenía el tema o asunto que vertebraría la composición. Busqué algunos datos, exploré en la historia del Instituto, pero no me fue fácil dar con la idea definitiva. Así pues, como en el cuento “La carta robada” de Edgar Alan Poe, no encontraba la idea precisamente porque la tenía frente a mí, era obvia: vi el logo, el símbolo del IMSS, y en ese momento sentí un inmenso eureka en mi corazón. Dije: aquí está el himno, en los hermosos trazos del águila, la madre y su retoño que son el insuperable emblema creado por Federico Cantú, artista regiomontano.

Lo que siguió fue avanzar de lo general a lo particular, sugerir que el águila, centro de nuestra bandera, simboliza al país; que la madre es el Instituto y que el o la bebé somos nosotros, los ciudadanos protegidos por las alas del águila y los brazos y el regazo de lo mejor que tiene nuestro país: la madre.

Al escribir recordé lo mucho que me impresionaba la escultura de piedra del IMSS ubicado al lado del bulevar Miguel Alemán, junto al hospital del Seguro en Gómez Palacio. Yo era niño, mi madre me llevaba a las consultas con el tarjetón rosa a la mano, y poco más adelante, cuando ya adolescente iba a jugar futbol y a nadar en la alberca del IMSS, servicio que también disfruté, salía de allí y la escultura me intrigaba, era un símbolo muy poderoso delante de mi percepción de niño azorado ante el arte monumental.

Terminé de escribir las tres estrofas y el coro, lo que indicaba la convocatoria; después los pulí y al final envié la letra a Ricardo, quien le añadió una melodía perfecta, dulce y enérgica a la vez, viva y estimulante. Él podrá contarnos cómo procedió para vestir el desarrollo de los versos, qué hizo para realzarla con el trazo musical que fluye de la suavidad a un in crescendo heroico.

Lo demás es parte de otra historia. El resultado nos llegó un domingo, nuestro himno se había impuesto ante más de 150 participantes, y poco después viajamos a la Ciudad de México, donde en el Auditorio del IMSS nos premiaron y la orquesta filarmónica del Estado de México, dirigida por el maestro Fernando Lozano, interpretó el himno para hacer allí mismo, en vivo, la grabación oficial.

Hace 24 años ocurrió lo que he narrado aquí. Y sigo asombrado: nací en un hospital del IMSS, mi madre me llevaba a consulta con los médicos del IMSS, hice deporte en las instalaciones del IMSS, muchas veces de niño vi con delectación la escultura del símbolo en el IMSS gomezpalatino y al comienzo de este siglo escribí el himno del IMSS, la instancia de salud pública más grande del mundo hispánico. No puedo no estar agradecido con todo esto, y por supuesto lo siento como un privilegio que me desborda, como uno de los mejores frutos de mi indeclinable amor al castellano.

No hace tanto, la Clínica de Especialidades del IMSS en Torreón me obsequió un reconocimiento gracias a la iniciativa del licenciado Edson Calderón, abogado del IMSS y hombre sensible al arte, a quien aquí reitero un agradecimiento dado su permanente esfuerzo por visibilizar la coautoría lagunera del himno. Muchas gracias ahora, por último, al IMSS por ser el corazón de México, su pilar más importante, y mi gratitud para ustedes por la amabilidad de su presencia en esta ceremonia.

Comarca Lagunera, 10, abril, 2024

sábado, noviembre 11, 2023

Vindicación de Malinche

 











Malinche y la conquista de México (UA de C, Saltillo, 2023, 171 pp.), nuevo libro de Saúl Rosales, cumple lo que su título promete: por un lado, varios de sus ensayos recorren la circunstancia de la indígena que sirvió principalmente como traductora al regimiento español y, por el otro, nos acerca a varios momentos de la empresa que tuvo como eje a Hernán Cortés. Es, el del escritor y maestro lagunero, un libro trazado durante los años del quinto centenario de la conquista europea al suelo mexicano, los que van de 2019 a 2021.

El tema de este título no es cómodo, pues bien sabemos que el debate sobre la conquista de América en general y de México en particular se ha extendido por décadas y la paleta de opiniones va, hasta la fecha, del blanco al negro con todos los grises posibles en el medio. La polémica se da desde lo nominal: ¿cómo debemos llamarle? ¿Conquista? ¿Genocidio? ¿Choque de dos mundos? ¿Encuentro inevitable? ¿Proyecto civilizatorio? ¿Conmemoración? ¿Efemérides? ¿Pesadilla? Por esto digo que no es un libro cómodo, ya que, si lo miramos bien, los acontecimientos ocurridos a partir de 1492 en el territorio que luego sería llamado América conjugan todas o casi todas las posibilidades de la denominación: lo mismo fue un encuentro inevitable que un genocidio y un culturicidio de los pueblos originarios y, en algún otro punto y con asegunes, un proyecto civilizatorio. Pero todo es y será debatible, claro, y qué no lo es cuando hablamos del pasado y las desventuras de la humanidad. Ahora bien, en el libro que nos ocupa es destacable una suerte de equilibrio en la ponderación: más que exaltar a unos o a otros, el autor resalta, subraya, enfatiza que todo ese proceso fue una hazaña de indígenas y españoles. Hay figuras señeras, obviamente, pero a ellas debemos sumar miles de rostros anónimos que en el ataque y la defensa se mostraron bizarros en el primer sentido —el único que debería tener— de esta palabra.

En sus ensayos —ensayos de interpretación, preciso—, Saúl Rosales interroga sobre todo los tres libros más salientes escritos en torno a la conquista de México: las Cartas de relación, la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España y la Historia general de las cosas de la Nueva España, de Cortés, Bernal Díaz y Bernardino de Sahagún, respectivamente. Junto a ellos, convida una batería no muy amplia pero sí valiosa de especialistas en el tema como Miguel León Portilla, Christian Duverger y Camilla Towsend.

Creo seriamente que lo sustancial en Malinche y la conquista de México no está en el aparato erudito, sino en la destreza de su autor para cuadrar los asuntos que acomete. Los textos que componen este libro son por ello excelentes ejemplos de ensayo libre, subjetivo, de interpretación. En todos asoma asimismo la buena prosa y la originalidad del abordaje, rasgos clave a la hora de valorar los trabajos de este género y acaso de todo tipo de escritura. Dividido en tres partes tituladas “Malinche”, “Variaciones sobre la conquista de México” y “Más variaciones, 1519-1521”, contiene 29 piezas y una acuciosa presentación escrita por Salvador Hernández Vélez. En la parte inicial, Rosales focaliza su atención en la figura de Malinche, y, sin aspavientos, más que simpatizar, empatiza con ella, para decirlo con una palabra hoy tan de moda.

Al insistir en la eliminación, por su retintín minusvalorativo, del artículo “la” al nombre Malinche, el autor habla sobre la inmerecida carga de injurias perpetrada contra la figura de la indígena. Lo expone así:

Tal vez también contribuya, para atribuirle capacidad denigrante al artículo, el hecho de que a Malinche se le quiso ver desde hace siglos como una traidora. Se supone que traicionó a sus connacionales, cuando México no existía como nación; que habría traicionado a los mexicas, cuando ella no era mexica. Hasta se creó el mexicanismo malinchismo para significar la preferencia por lo extranjero.

Me detengo a pensar en la sutileza de ensayista con la que Rosales ha percibido el tufo a desdén que hay en un artículo: “la Malinche” —le parece y es así— no es lo mismo que “Malinche”, como no es lo mismo “el Roberto” que “Roberto” o “la Susana” que “Susana”. Abolir un monosílabo es el comienzo de su vindicación. Y por supuesto no para allí: los primeros textos del libro dan cuenta del personaje fascinante que es Malinche. Con todo en contra desde niña, va rebotando en su escarpada biografía hasta terminar como pago en especie (humana) a las huestes de Cortés luego de la batalla de Centla. No rebasa los veinte años y ya el barroquismo de su destino la ha zarandeado hasta convertirla en casi nada.

El azar, sin embargo, le juega a favor cuando se convierte en propiedad de los soldados españoles, y más particularmente de Cortés: por nacimiento y luego por haber sido vendida a una comunidad que no era la suya, Malinche sabe náhuatl y maya, y como el capitán lleva a Gerónimo de Aguilar, recién rescatado en tierras de la península yucateca, hay un español que sabe maya; así la cadena de transmisión comunicativa queda establecida con dos traductores que serán fundamentales en las órdenes a los aborígenes aliados y en los tratos o desavenencias con los enemigos: Malinche recibe la información en náhuatl, la comunica en maya a De Aguilar y éste la pasa en español a Hernán Cortés. Este flujo verbal tripartita no duró mucho, pues Malinche, virtuosa políglota al fin, pronto se hizo de la lengua española y por su medio comenzó a pasar toda la información del náhuatl para Cortés y del español para sus interlocutores indígenas, de ahí que fue ella la principal bisagra entre las dos lenguas, que es como decir entre las dos cosmovisiones.

El libro de Saúl Rosales es una vindicación de Malinche, es verdad, como lo evidencia en este ilustrativo pasaje:

La idea de que Malinche es —digo que es, porque sobrevive a pesar de todo—  una traidora de los mexicanos perdura como herida amarga en la sociedad. Pero Malinche no traicionó ni a los mexicas. Malinche era de otro pueblo, era popoluca, de un lugar alejado cientos de kilómetros de Tenochtitlan y, más aún, sujeto a hostilidades de los súbditos de Moctezuma.

Malinche es el ejemplo del ser humano que se sobrepone a las adversidades y se alza hasta un destino luminoso. Malinche es digna de resplandecer en la memoria con brillo de bronce lustrado; de permanecer entre quienes han sido inmortalizados con los más sólidos materiales y en las páginas imborrables. Su biografía es de símbolo nacional.

Esto puede hacer pensar en un deslumbramiento exclusivo del autor por la figura de la “lengua” o “faraute” de Cortés, pero no es así. En todas las páginas de su libro hay un relente de admiración por aztecas, tlaxcaltecas y españoles por igual, lo que nos lleva a reconsiderar odios retroactivos. Rosales hace el planteo en estos términos:

Juntos, el poder de los siempre insumisos y aguerridos tlaxcaltecas y el poder de los europeos y sus aliados indígenas se encaminan a Tenochtitlan. Los súbditos del poderoso imperio azteca se les oponen con armas y diplomacia, como hicieron desde que los extranjeros se instalaron en Veracruz. Estas tres fuerzas del siglo XVI, mexicas, tlaxcaltecas y europeos, son las que deberían estar presentes en el espíritu mexicano.

La civilización azteca cuya energía bélica y creadora dejó incontables testimonios en la historia y en la geografía; el poderío tlaxcalteca que sobrevivió insumiso a pesar de estar cercado por el imperio mexica y la potencia europea que había tenido la suficiencia para cruzar el Atlántico y explorar y colonizar vastedades no imaginadas son el trío de fuerzas nutricias que debían alimentar la psicología de los mexicanos.

Por todo, este de Saúl Rosales es uno más de sus valiosos libros, “un testimonio —como señala Salvador Hernández Vélez en el prólogo— que documenta fielmente (…) el pulso de la vida nacional durante el inicio y la consumación de la conquista de México a quinientos años de distancia”.

Torreón, Coahuila, 10, noviembre y 2023

Nota. Texto leído en la presentación de Malinche y la conquista de México. Participamos Salvador Hernández Vélez, el autor y yo. Se celebró en el Centro de Transferencia de la Ciudad Universitaria de la UA de C, Torreón, el 10 de noviembre de 2023.