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sábado, febrero 14, 2026

De la inercia ultra

 








El riesgo es ser acusado de conspiranoico, pero creo que no está el horno para omitir que sigue en marcha, a buen ritmo en su ejecución, un plan que combina todas las excrecencias del neoliberalismo luego de medio siglo reformateando la vida del planeta. El avance que hoy vemos en la nueva derecha global es desigual, obviamente no se da parejo en todos los países del mundo, pero tiene comunes denominadores más o menos recurrentes. Destacar tales avances, denunciarlos por cualquier medio, así sea en la mera sobremesa, es un imperativo de quienes no quieran sumarse a la demolición de lo poco que nos queda de libertad, igualdad y fraternidad, para decirlo con la triada de valores enarbolados por la Revolución Francesa.

Jamás cuajó, lamentablemente, la mencionada triada, pero es un hecho que, como lo muestran las constituciones del mundo, el ideal francés de 1789 ha sido la aspiración vertebral de las diversas sociedades empeñadas en pasar por civilizadas. Lo más cerca que se estuvo, y se está todavía en algunos países, del ideal libertad-igualdad-fraternidad es el del estado de bienestar, sistema que, grosso modo, supone al Estado como garante de lo básico para la ciudadanía. No como regalo, sino como resultado de una distribución más justa y basada en el trabajo dentro del capitalismo.

Desde hace cincuenta años, el llamado neoliberalismo comenzó a designar “comunismo” al estado de bienestar. Cualquier participación del Estado en la economía, cualquiera, por minúscula que fuera de iure o de facto, ha sido vista con encono por los ideólogos de la derecha: hay que demoler todo lo que huela a estatismo, no dejar ni un ladrillo de la nociva política de mantener parásitos y, al revés, alentar la bendita meritocracia. Casi no es necesario observar que cincuenta años después logró su propósito, pero no está saciado: hay que borrar, ya sin los eufemismos del pasado, los pocos vestigios de “comunismo” que siguen en pie, hay que desaparecer a los genéricamente designados “zurdos de mierda”.

Como al discurso de la nueva derecha mundial se le notan todas las costuras, es obvio que su método de trabajo ideológico consiste de entrada en identificar un enemigo. Pueden ser los corruptos, los inmigrantes, los narcotraficantes o, el que más unifica su postura, los comunistas, los “zurdos de mierda” que ya dije. No es gratuito que Salinas Pliego use ahora este rótulo para referirse al enemigo y contraponerlo a su ideal de “libertad”. Es puro mileísmo en clase turista. Pero puede aprender y, lo peor, puede lograr algo más que sólo aprender.

Esto que digo quizá suene excesivo, pero igual sonaba en 2022 que Javier Milei pudiera ser presidente de la Argentina, y ya sabemos lo que está pasando. Un tipo estrafalario, vulgar, cruel, a todas luces limitado y bobo, incluso sin los rasgos convencionales del político (como peinarse bien y hablar sin estúpidas muletillas) llegó a la presidencia. Si Trump lo logró, y conste que supera con creces la viscosidad del mandatario argentino, ¿por qué no podría lograrlo cualquier otro bestia en cualquier otro lugar del mundo? He aquí la ventana de oportunidad que ve Salinas Pliego: de usurero impenitente y evasor de cuello blanco ha pasado a convertirse en opción electoral para los mexicanos.

¿Por qué un tipo sin atributos e incluso sin carisma puede ilusionarse con gobernar a millones? ¿Qué aberración de la democracia permite esto? Las razones son muchas, como todo en la complejidad económica, política y social de los pueblos actuales. Nada en política, dice Strobl, se presenta en estado puro o acusa rasgos que podamos percibir con plena claridad, cierto, pero creo ver que la emergencia de sujetos como Salinas Pliego tiene relación precisamente con la noción gramsciana de la “batalla cultural”. Ahora no en un lugar específico, sino en el mundo. La nueva derecha hizo visible la tal batalla cuando ya la tenía ganada, o casi, o cuando sabía que llevaba una tremenda ventaja. Antes no. Antes la derecha sentía pena de serlo, de aceptar por ejemplo el racismo, el trabajo de los niños, la desregulación del empleo, incluso el narcotráfico. Por eso el meme que circula con frecuencia entre los progres: “Que ser de derecha vuelva a dar vergüenza”.

La batalla cultural, noción del comunista italiano Antonio Gramsci, propone que se gana no cuando la fuerza se impone, sino cuando se remacha una idea en la conciencia, cuando se logra alguna hegemonía sobre las ideas del otro, esto hasta convertir tal idea en “sentido común”, en algo que es de una manera y no puede ser de otra. Hoy, sobre todo, la batalla cultural se da en la prensa, la radio, la televisión y los medios digitales (principalmente en las redes sociales), y no es muy complicado saber cuál “sentido común” se impuso: el del consumo, el del mercado, el de la meritocracia individualista que infunde en los perdedores un “yo punitivo”, el resentimiento que busca venganza a como dé lugar; en suma, los votantes de la nueva derecha.

Digo pues que la batalla cultural ha sido emprendida no para ganar a un oponente vigoroso, sino para aniquilar lo que queda de estado de bienestar. Arreció además cuando, como dice el lugar común, la mesa estaba ya servida: una sociedad egocéntrica, sin nexos comunitarios, despolitizada, precarizada, adicta a las redes y con legiones de marginales jóvenes y no tan jóvenes, ciudadanos que han admitido acríticamente las propuestas antiEstado, “libertarios”, “pobres de derecha”, fascistas que no saben que son fascistas, desheredados que desean emparejar para abajo antes que organizarse y luchar para emparejar hacia arriba.

La brutalidad de los discursos que sintetizan El Mal de las sociedades en los “zurdos de mierda” no deja de asombrar a quienes imaginan la política como se entendió todavía hasta hace diez años, incluso menos. Los políticos heterodoxos a la manera de Trump, Bolsonaro o Milei no son, sin embargo, la anomalía, sino la consecuencia de un caldo de cultivo que los ha hecho posibles. Por eso mi noción de que la batalla cultural contra el “wokismo” es apenas la espuma del conflicto. Debajo de esa espuma se esconde la verdad de que casi todo se subsume en los intereses de quienes defienden “las ideas de la libertad”, como gusta decir Milei. En todo caso, la virtud del presidente argentino y sus laderos ha consistido en leer acertadamente el espíritu de los tiempos, y obrar en consecuencia. Nuestro Salinas Pliego quiere aprovechar esa misma lectura y avanzar en su propósito de demostrar que será el azote de los “gobiernícolas” para luego bendecirnos con el bienestar con el que ya bendice a su clientela de Elektra.

¿Queremos comprobar si la vulgaridad sintoniza con el nuevo electorado? ¿Nos gustaría verificar que la mentira electoral puede ser descomunal y aún así mantener una base significativa de votantes? ¿Deseamos ver cómo se comunica la ineptitud triunfante? ¿Apetecemos observar declaraciones y acciones horrendas sin consecuencias políticas? Si es así, Trump es el dechado de este tiempo. Yo conozco mejor el de Milei, monigote de Trump, clon bananero del mejor amigo de Jeffrey Epstein.

Milei tiene la capacidad de afirmar algo y su contrario en la misma frase. El concepto de congruencia no lo conoce, de suerte que en América Latina es el político con más archivos digitales en los que afirma algo que a la postre choca con lo que después él mismo hace o afirma. Este licuado de posicionamientos parece no afectar a su electorado. Mientras en un pasado no muy lejano era difícil que alguien, no sólo el político, cambiara de opinión como de calcetines, pues si lo hacía ponía en absoluto riesgo la firmeza y credibilidad de sus ideas y por ello la lealtad de sus seguidores, Milei afirma cualquier burrada con nulo control de esfínteres mentales. Habla con la serenidad de un economista que pasa por ducho ante los profanos pero nunca ante los economistas serios, se expresa a gritos destemplados con los que fustiga a sus enemigos, se desgañita para defender “las ideas de la libertad” y expele sin sonrojo consideraciones sexuales que bordean la perversidad. Es un monstruo de la contradicción, y si hasta hoy se mantiene en la presidencia es gracias a Trump, a quien le lustra los zapatos cada vez que viaja a la Gomorra de Mar-a-Lago.

Mircea Eliade dice en Lo sagrado y lo profano que “Nada vale tanto como el ejemplo, el hecho concreto”, de allí que se me ocurrió compartir una lista breve de aberraciones enunciadas por Milei, el arquetipo de nuestro Salinas Pliego. Tiene decenas de videos más, pero estos pocos buscan mostrar al tipo de político que desea venir a redimirnos.

Sobre la eliminación de ministerios

Con histrionismo hitleriano prometió aniquilar ministerios; hasta hoy va bien en esta promesa depredadora, aunque a varios no los desapareció, sólo los desfinanció para mantener a sus secuaces en la nómina:

https://youtu.be/fJFqjiB0GW0?si=vLekcqq8IKMLtUk2

Sobre el FMI

Lleva dos megapréstamos solicitados y varias renegociaciones de la deuda, todo opaco y al margen de su Congreso, pero este archivo deja ver las pestes que escupía sobre el FMI antes de ser presidente. Una joya:

https://www.facebook.com/reel/1815838419076780

Sobre los negocios con China

Esto decía sobre el gigante asiático antes de las elecciones, y después, ya presidente, lo que dijo cuando se enteró de que China es un país clave en la supervivencia de la Argentina. Noten la cara de estúpida seriedad que pone cuando dice “comunista” y la voz aterciopelada al declarar su aprecio a la "interesante" China:

https://www.facebook.com/reel/920506209958710

Sobre el aumento de los impuestos

Por supuesto, y además de que no ha controlado la inflación, ha subido impuestos pese a la promesa de no aumentarlos; es tan burdo que al final comete el furcio de decir “bajarlos”. Como sea, hasta ahora no se ha cortado ninguna mano:

https://www.youtube.com/shorts/HSQyg_Ak4Zw

La deuda del kirchnerismo

Antes de soñar con la presidencia llegó a decir, iracundo, que la deuda fue pagada por el kirchnerismo. Ahora el kirchnerismo es la causa de todos los males argentinos y del sistema solar:

https://www.youtube.com/shorts/-FQDeTXRqbg

Sobre Patricia Bullrich

Bullrich fue su ministra de Seguridad y hoy en su senadora. Es un ser repugnante que ha pasado por todos los partidos, una saltimbanqui nata. Su ideología es traicionar, estar sólo con los ganadores, como estuvo y está con Milei aunque él le dedicara estos lindos piropos:

https://www.youtube.com/shorts/jS3eHgxDFV4

Sobre los dólares escurriendo por las orejas

En la verborrea de Milei, dentro de algunos años a los argentinos —que se han hundido alarmantemente en su gobierno— les escurrirán dólares por las orejas. Cualquier hipérbole le sirve:

https://www.facebook.com/reel/1904051037164687

Sobre la mafia y sus bondades

Milei y sus huestes han sido financiadas por narcos, como bien lo sabe su amigo José Luis Espert, ya fundido por el escándalo. Ignoro por qué aceptaron los financiamientos, pero este video quizá nos brinde alguna clave:

https://www.youtube.com/shorts/ixFQlceO4g4

Sobre tasas de interés

Entre las oportunas respuestas de este presidente no se excluyen los balbuceos:

https://www.youtube.com/shorts/-xyWRwskKMc

Sobre el Estado pedófilo

Son frecuentes en Milei las metáforas epsteineanas, gestadas por una cabeza que tiende a la aberración:

https://www.facebook.com/share/r/1GXsUUY2AE/?mibextid=wwXIfr

Sobre la venta de niños

Esto es insólito, un homenaje a la memoria de Jeffrey Epstein. Pudo contestar con un simple “no”, pero su cabecita perturbada buscó un razonamiento. Un detalle: el periodista del saco gris se llama Antonio Laje y ahora lo defiende; claro, entonces era sólo Milei y ahora es el presidente:

https://youtu.be/XNdlI9zJN_I?si=o10CZBkZ9nHzYMkF

Sobre la venta de órganos

Aquí reflexiona (digámoslo así) sobra la pertinencia de que el benemérito mercado incluya la venta de órganos:

https://youtube.com/shorts/-UAXm_fnarw?si=9wF5-SI0nIKcV-lc

Sobre el Nobel de Economía que le darán

Su socio Demian Reidel, como lo señala el video, terminó alejándose años luz del segurísimo premio Nobel:

https://www.facebook.com/reel/792126459964220

Sobre la ignorancia de lo elemental

Es fácil exhibir a Milei. En esta diálogo, un entrevistador habitualmente acolchonado se atrevió a ir un poco más lejos. El presidente de la Argentina tiene menos calle que Venecia:

https://www.facebook.com/reel/1420899036095685

Sobre el tweet salvador

Cuando ya estaba casi ahogado ante las elecciones intermedias, Milei viajó a EUA para agarrarse de Trump, quien le regaló un tweet de apoyo que luego el mismo Milei llevó impreso para simular el gesto espontáneo. Es difícil imaginar una sumisión más bochornosa ante el mejor amigo de Epstein. Trump, por cierto, ni sabía que apoyaba para unas elecciones intermedias, no presidenciales. Un momento plenamente burdo:

https://youtube.com/shorts/B_qk35KZnsE?si=35Z4BCV5yTOScxMf

Sobre el río contaminado

Sabido es que Milei es un negacionista de todo lo que apeste a wokismo, por eso no acepta la idea del calentamiento global. Así habló alguna vez este estadista sobre la contaminación de un río. Cuál problema:

https://www.facebook.com/reel/820970844336535

Sobre su autopercepción como gobernante

En el siguiente video se aproxima con lucidez a la definición de sí mismo:

https://www.facebook.com/share/r/1Dd9RsPkBy/?mibextid=wwXIfr

Se podrá decir que sólo son palabras, declaraciones, retórica de un presidente que no pasa de allí, de la mera declaración, del exabrupto de clown. Lamentablemente no es así en este caso, pues la acción concreta de Milei ha hundido en dos años la producción, el empleo y los salarios, ha desfinanciado la obra pública en salud y educación, ha incrementado los servicios públicos básicos y obviamente la inflación, ha creado un protocolo para reprimir la protesta y espiar opositores, ha filtrado millones de dólares en los bolsillos de sus amigotes financistas, a participado en estafas internacionales como la perpetrada hace exactamente un año con la criptomoneda Libra y, en general, ha convertido al Estado en un cascarón del cual se beneficia sólo un segmento ínfimo de la sociedad, la oligarquía nativa que lo apoya porque, pese a todo, Milei garantiza el sometimiento de la mayoría que nació para callar y obedecer. Si se ha sostenido hasta ahora en el poder, es nada más por el apoyo de su tótem Trump, a quien el león argentino le lame los zapatos cada vez que es invitado a las exclusivas fiestas de Mar-a-Lago donde le han concedido premios por su entreguismo sin atenuantes.

Este es el tipo de político que vendrá a salvar a la humanidad. Con los matices que son del caso, atribuibles a la personalidad de cada uno, Santiago Abascal en España y Ricardo Salinas Pliego en México quieren emular al peluca Milei, tener la puerta abierta a decir y destruir lo que sea. Más vale que la sociedad lo medite un millón de veces antes de que sea demasiado tarde.

sábado, septiembre 13, 2025

De batallas culturales

 







El filósofo francés Éric Sadin ha escrito sobre La vida espectral, la sociedad que se construyó al volcar toda nuestra existencia en el mundo digital, incluidas las protestas. El dominio de los algoritmos ha llegado a la sofisticación de inyectarnos ideología sin resistencia de nuestra parte y de anular con ello el espíritu crítico para amoldarnos a deseos que creemos propios, pero que han sido inoculados sin coerción, de forma invisible, con un simple smartphone como amable caballo de Troya en nuestro ser. Es en este difuso terreno, el de la vida espectral, donde se desarrollan hoy los principales encontronazos de la llamada “batalla cultural”.

El nazi criollo Agustín Laje, que pronto hará las delicias del público facho de Monterrey, habla de la susodicha “batalla cultural” como un espacio de debate ideológico ganado hasta ahora sobre todo por las universidades, algunos medios y parte del mundillo del espectáculo (Oliver Stone, Emma Watson, Rubén Blades, Residente…). El pequeño Hitler argentino Laje y sus adictos meten en un solo costal todo el llamado “wokismo”, tendencia que desean abolir, y para ello se valen de sus excesos, de sus argumentos más especiosos: “Si un tipo de sesenta años se autopercibe como niño, ¿le permitirías jugar en la alberca con tu hija de siete años?”, “Ayer un negro mató a un blanco, esto demuestra que los negros deben ser segregados”, podrían ser argumentazos del antiwokismo. Como lo demostró Milei en su alegato de Davos, discurso asesorado por Laje, los gays son pedófilos y esto se puede demostrar con el caso de un gay pedófilo. Para ellos, un hecho individual es suficiente para cerrar la puerta a cualquier sujeto que no se asuma como heterosexual y monógamo. Así argumentan, con anécdotas de sobremesa y ejemplos personalizados.

Para mí, el mentado wokismo en realidad no es un bloque ideológico compacto, sino una serie de ínsulas, de espacios de debate que a duras penas configuran un archipiélago más o menos desgajado y amorfo de luchas por un montón de derechos y reivindicaciones. Más de un intelectual ha destacado que la pulverización de causas, como las abrazadas por el wokismo, ha invisibilizado un imperativo más general: asumir la conciencia de clase seguida de la disputa por los medios de producción y el poder político. Con una o dos luchas específicas (por los animales, por los derechos de los niños, por el uso de la bicicleta, contra la pena de muerte…) alcanza para sentir que se hace algo. Son, claro, cosquillas al poder, un poder fascinado por permitir y hasta por fomentar esa dispersión que despresuriza la rebeldía y en el fondo la torna inocua, pues no mueve ni un pelo a los dueños del mundo. Se da el caso, incluso, de que la rebeldía se convierta en producto rentable: lo que se opone al mercado también termina siendo un producto del mercado, playera con la foto del Che Guevara o taza con los colores del arcoíris.

Contra lo que embusteramente sostienen los cruzados de ultraderecha, ellos llevan ganada la batalla cultural. De hecho, ni siquiera necesitan darla, y si lo hacen es porque en su voracidad no quieren dejar ni una migaja a sus enemigos o, por qué no, la emprenden como parte de sus tácticas dispersivas: abrir luchas aquí y allá, encender a los contrincantes con el antiveganismo o el antimachismo para mantener en ebullición la caldera de los microdebates y por ello no se tensione lo fundamental. En el mundo de hoy, por ejemplo, un gay pobre se va a sentir más identificado con un gay rico que con un obrero heterosexual que lo invite a formar un sindicato. Toda la realidad se reduce a mi lucha, a mi bandera personal, a mi acotado espacio de protesta.

Así pues, ¿de qué hablamos cuando hablamos de “batalla cultural”? La derecha, el conservadurismo, la reacción o como queramos llamarle lleva la delantera por mucho, y con ventaja. Basta asomarse un poco a las redes sociales para advertir que el individualismo, el racismo, la homofobia, el clasismo, el supremacismo, el conservadurismo, el consumismo, el infantilismo y el irracionalismo general de los productos audiovisuales son abrumadoramente dominantes, y nuestras cuentas de Facebook, Instagram, X y demás sólo hacen salvedades cuando los algoritmos identifican que simpatizamos con alguna causa noble para luego bombardearnos y hacernos creer que avanzamos por el camino correcto. Las redes apapachan nuestras causas.

Por todo, ¿qué de heroico y brillante y valiente tuvo el joven ultraconservador que recién fue asesinado en EUA? Avanzaba en la corriente dominante, se apoyaba en la inercia mundial de las ideas que apuntalan el capitalismo más salvaje, aborrecía a los migrantes, creía en la superioridad de los blancos, veneraba a poderosos como Trump... Lo heroico, lo brillante y lo valiente hubiera sido oponerse a esas ideas y a esos personajes siniestros, no surfear en la ola neoliberal y sus lacras y creer que se está dando la gran “batalla cultural”. Esto fue lo que me movió a pensar, hace poco, en que la expresión “juventud conservadora” es un oxímoron. Un joven que está de acuerdo con el statu quo y que incluso lo apoya no sólo es una parte del problema, sino su sector más dinámico y peligroso porque muchas veces pasa de la esfera digital a la acción directa. Así como se dice que el principal éxito del capitalismo es haber adoctrinado a millones de pobres de derecha, puntualizo que un grado de sofisticación mayor es haber lobotomizado a millones de jóvenes que se asumen como conservadores. En Estados Unidos hay miles que idolatran a Trump: no puedo imaginar un mayor triunfo en la batalla cultural.

Como sus abuelos, los actuales neofascistas suelen hablar de nación, de casta, de “gente de bien”, de raza superior, de mérito. Por eso odian a los migrantes, a los pobres, a los trabajadores, a los siempre sacrificables seres de pellejo color marrón. Un eje de sus dislates radica en la idea de que Dios otorgó a la raza superior lo que merece y tiene. ¿A qué Dios miserable y selectivo se refieren? ¿Qué divinidad tuvo a bien elegirlos como depositarios de la verdad, la bondad y la belleza que les da derecho a todo? Por esta razón es muy complicado debatir con ellos. Como cuentan con dios en su trinchera, son imbatibles. Dios no puede estar equivocado.

Posdata. Luego de concluir este comentario, leí otro muy elocuente de mi amigo Martín Palacio Gamboa, uruguayo. Lo cito íntegro: “Se suele insistir en la juventud como la gran reserva moral, como si en ella se concentrara la potencia transformadora capaz de abrir nuevos horizontes políticos. Sin embargo, la historia reciente demuestra lo contrario y los ejemplos abundan: desde los muchachos adoctrinados en la Alemania nazi (los Hitlerjugend) o en la Italia fascista (la Gioventù Italiana del Littorio), hasta agrupaciones locales como la JUP en Uruguay o los Jóvenes Republicanos en Argentina (no cuesta nada incluir aquí a los recientes seguidores de Las Fuerzas del Cielo), hemos visto el entusiasmo generacional volviéndose el combustible para agendas abiertamente reaccionarias. Creer que la juventud, por su sola condición biológica, contiene en germen la revolución o el porvenir es un error romántico que se paga caro. Recuerdo una entrevista que le habían hecho al querido Helios Sarthou en Radio Centenario que, cuando se le preguntó sobre ese tema, decía —palabras más, palabras menos— que lo decisivo difícilmente podría ser la edad sino la posición en la disputa ideológica y en la lucha por el sentido. Por eso urge desmontar la mitología del joven como sujeto político privilegiado: no hay garantía generacional alguna, solo combates concretos, y en ellos los jóvenes pueden ser protagonistas de la emancipación o de la reproducción de las formas más duras del orden establecido”.

miércoles, enero 22, 2025

Regreso indeseable

 







El regreso se Trump a la Casa Blanca confirma que la llamada “batalla cultural” ha sumado un nuevo triunfo para la ultraderecha del mundo. Casi no era necesario tal retorno para saber que cunde en todos lados una actitud de simpatía por las inercias colectivas del individualismo y la entrega acrítica a los patrones de consumo como única posibilidad de coexistencia. Es en este caldo de cultivo donde echan raíz personajes estrafalarios como el actual presidente norteamericano, tipos que operan con mentalidad de capataces, no de estadistas.

Muchos pensadores han destacado que a la ultraderecha ya no le apena mostrarse como lo que siempre ha sido y poco antes todavía disimulaba un poco. Es un signo claro de los tiempos. Estos sujetos y sus adherentes pueden ser hoy desembozadamente racistas, homofóbicos, clasistas, colonialistas, negacionistas y todo lo repugnante que podamos sumar. Lo curioso es que ahora, lejos de perder simpatías y concitar rechazo, enganchan bien con colectividades que coinciden con sus ideas, si es que podemos llamar ideas a toda esa viscosidad despojada de pudor, vomitiva por su cabal falta de humanismo, espesa de agresividad contra todo lo que se aparte un pelo de sus creencias.

Apenas llegó, el exitoso empresario y redivivo presidente puso en marcha lo que hace poco se codificaba sólo como amenaza. Sin apego a las maneras habituales de la política y como el troglodita que es, puso en marcha iniciativas contra migrantes, nuevos aranceles, militarización en la frontera con México y repugnante agandalle geopolítico, entre otras barbaridades, engreído como Atila con corbata.

Ante tal sujeto —y otros que, como él aunque con mucho menos poder— no está de más preguntarnos hasta dónde ha llegado la “servidumbre voluntaria”, para decirlo con Étienne de La Boétie, de la ciudadanía que lo votó y apoya formas de actuar en las que siempre están implícitos el egoísmo y el odio, rasgos que pueden ser identificados con el neofascismo más sincero, como se pudo ver en el saludo ridículo y temible del Duce Musk.

Son malos tiempos pues para la solidaridad y el respeto. Lo que se avista con el flamante presidente es una amenaza para todos, incluso para quienes votaron por él y se creen salvados.

miércoles, octubre 23, 2024

Un Breviario siempre útil

 











Todos los libros envejecen, todos pierden con el tiempo la frescura que alguna vez pudieron tener. No me refiero a su condición de objetos, que en este caso el decaimiento es obvio, sino a un flanco menos evidente: el del deterioro de su contenido. Se dirá, no sin razón, que algunos libros literarios mantienen el vigor de su poder persuasivo, y será parcialmente verdad, pues esto ocurre con los clásicos que sin embargo son, lamentablemente, cada vez menos visitados. Todos los libros envejecen en tanto objetos y en tanto depósitos del espíritu humano.

Los didácticos acusan especialmente el daño impuesto por el paso del tiempo, pues es tan grande la acumulación de conocimientos que a veces un libro escolar o técnico de hace cinco años hoy ya es obsoleto, a veces mero papel impreso. Todo esto pensaba sobre obras como la Introducción a las doctrinas político-económicas (FCE, México, 1956, 202 pp.), de Walter Montenegro (1912-1991), pero al reabrirlo para preparar una clase me dejó ver que sigue siendo útil pese a la acumulación de tantas décadas sobre sus hombros de papel.

Boliviano, Montenegro fue escritor, periodista y diplomático, y a mediados de los cincuenta el Fondo publicó su Introducción… en la colección Breviarios, número 122. Su éxito ha sido tal que a la primera edición se sucedieron otras tres, la última de 2019, y no sé cuántas reimpresiones. Esto significa que ha sido un libro útil, un caso asombroso de perdurabilidad si reparamos en su índole.

Varios de sus párrafos, sobre todo los que ofrecen datos estadísticos que en su momento fueron actuales, ya no nos dicen mucho, pero queda la descripción rápida y puntual de las “doctrinas” que el autor revisa. Es, como ya dije, un libro didáctico, como todos o casi todos los Breviarios. Luego de un primer capítulo titulado “El fenómeno político”, Montenegro define y describe de manera clara y general once doctrinas, y para lograrlo más acabadamente trata de ubicar los rasgos de cada una en la historia, en el tiempo y el lugar donde mejor quedaron expresadas. Entre otras están el liberalismo, el socialismo utópico, el cooperativismo, el comunismo, el anarquismo, el fascismo y el nazismo. Es pues lo que supone su título: una buena introducción.

En un tiempo de desdén al conocimiento de la historia política, este libro sigue siendo valioso para quienes todavía tienen curiosidad por conocer las distintas formas de pensar al Estado y por entender cómo llegamos al capitalismo salvaje en el que hoy vivimos. En este valioso librito está o puede estar, transparente, una parte de la compleja explicación.

sábado, septiembre 14, 2024

Reyes frente al mundo

A lo largo de treinta años y pico he frecuentado cada tanto algún libro de Alfonso Reyes (Monterrey, 1889-Ciudad de México, 1959). Esta costumbre autoimpuesta se debe en primer lugar al placer que siempre me produce su obra y, en segundo lugar, a que de no leerla me torturaría la culpa de haber acumulado de balde medio centenar de títulos de su autoría y otros tantos de crítica a su vida y su trabajo. Es mucho espacio por cubrir, así que necesitaría la territorialidad amplia del león para poder abarcarlo a planitud. No me da ya la biología para lograrlo, pero sí para incursionar de vez en cuando, uno o dos momentos por año, a alguno de sus volúmenes, como sucedió ahora con el recorrido por Tentativas y orientaciones (Nuevo Mundo, México, 1944, 230 pp.), libro que también es asequible en ediciones recientes como la individual del FCE o la resguardada en el tomo XI, también del Fondo, de sus obras completas, donde comparte espacio con dos más: Ultima Tule y No hay tal lugar…

Tentativas… contiene diez ensayos que a simple vista pueden parecer misceláneos, pero tienen un común denominador: todos, además de un tenue didactismo, muestran un fleco político, social y cultural global, es decir, que en ellos el regiomontano observa asuntos relacionados con las circunstancias del mundo entre los años 1932 y 1944, cuando el planeta se veía amenazado por el fascismo, el nacional-socialismo y la Segunda Guerra. Como en casi todos los libros de Reyes, el menú es variado y la erudición estalla frente a los ojos y se derrama como avalancha en cada página. Ahora bien, su apabullante magma de saberes no parece nunca afectado ni amenazante, sino natural y sobre todo ameno. Esto lo logra por su fluidez discursiva, por la perfección de la forma y por algo casi indefinible de tan sutil: una suerte de pasión por la gracia del estilo, por la frecuentación de giros expresivos que se aproximan mucho a la conversación. Reyes aquí también, entonces, no parece escribir, sino charlar con su invisible lector.

El rasgo más saliente del estilo alfonsino está pues en el gesto que podemos suponer mientras escribe-habla: aun en los temas más serios o graves, su actitud es cordial, la de un amigo que nos describe realidades sin pedantería, sólo por el gusto de compartir lo que sabe como entre sorbos de café. Carlos Fuentes percibió esto y lo resumió con una frase: “A mí me enseñó que la cultura tenía una sonrisa”. Y sí: la coyuntura mundial, por espantosa, estaba para volcarse en el ejercicio casi legítimo del amarillismo, para tomar partido con agitación de fanático, pero Reyes no añade gasolina a la polémica, sino que trata de explicar serenamente las dolencias del mundo, los horrores de la barbarie, pero siempre contrastadas con la posibilidad de revertirlas mediante las armas de la cultura y el humanismo, los mejores frutos de la civilización, y nunca con más y peores agresiones.

Los ensayos, digo, mezclan las cartas intelectuales de Reyes, su condición de espíritu grecolatino entregado a la compostura del destartalado siglo XX. Lector omnívoro, al analizar el momento que vive el mundo apela a la literatura, la historia, la política, la filosofía, la ciencia e incluso un poco a la economía. En todo su repaso late el deseo de persuadirnos acerca de un imperativo válido ayer y válido en este momento: la necesidad de comprender la realidad como un todo y optar sin titubeos por las respuestas civilizadas y civilizatorias. Por ejemplo, Reyes enfatiza lo criminal que es la desigualdad material de los pueblos, y en este contexto, repudia la discriminación y el exterminio por motivos de raza, uno de los motores más poderosos de la belicosidad durante la guerra que se libraba principalmente en Europa y Asia. El ensayista subraya varias veces que la superioridad natural de una raza sobre otra es una patraña para justificar atrocidades. Frente a la violencia, el humanista mexicano llama a quienes se quieran sumar a la cruzada por la sensatez: “La onda de barbarie que anega el mundo nos va arrojando a la misma orilla. Desde aquí, juntamos los haces de una realidad que parecía alcanzada, y que otra vez se nos deshizo en las manos, urna de arcilla quebradiza. Es necesario que persistan algunos, para que al cabo se salven todos. Empecemos otra vez, empecemos todas las mañanas. Nos congrega la fraternidad de un empeño que debe adelantarse día a día con un esfuerzo paciente. Con un esfuerzo paciente y hasta lleno de comprensión para las flaquezas humanas. No hay que exigir demasiado a la naturaleza. La regla de oro: rigor en lo esencial, tolerancia en lo secundario, abandono de lo indiferente. Sumemos a todo el que tenga buena intención, por escasas que sean sus fuerzas. No pretendamos movilizar ejércitos de héroes: basta con que haya algunos, y los demás, que los sigan tan de cerca como les sea posible. Transformar, poco a poco, lo heterogéneo en asimilable. Que cada uno preste su brazo, hasta donde su brazo alcance. ¡A ver si, entre todos, acabamos por desterrar la violencia, la ceguera, el crimen, cínicamente erigidos en normas de la vida social por la voluntad de dos o tres locos”.

Casi sobre lo mismo, en el ensayo “Un mundo organizado” coloca en el centro las nociones a considerar para la creación de un ente como la ONU, que en aquel momento estaba todavía en proceso de construcción: “El problema se reduce a encontrar un justo equilibrio entre la soberanía y la supersoberanía. Lo cual, inmediatamente, plantea la cuestión vital de dar, dentro del organismo superestatal, una posición tal a los Estados menores, que éstos no se sientan amenazados por las Grandes Potencias, y de encontrar para éstas un sistema tal de engranajes, que ellas no puedan empujar al mundo a un nuevo desastre como el que ahora padecemos”.

Reyes ya había dejado la diplomacia cuando publicó Tentativas…, libro en el que resaltan sus famosos ensayos “Discurso por Virgilio”, “Homilía por la cultura”, “Esta hora del mundo”, “Posición de América” y “El hombre y su morada”, que es en este lote el texto más largo y compendioso de la historia de la civilización humana. Poco después de escribirlo y de publicarlo, en 1944, tuvo el primero de los cuatro infartos que terminaron por vencerlo. Por lo que sabemos, es de suponer que trabajaba sin freno en ese entonces, y así siguió hasta 1959, bregando a diario en la factura de nuevos libros y en la organización de todo lo que luego edificó el corpus de su obra completa.

Es necesario insistir en un detalle: que las piezas de Tentativas… pueden dar la impresión, vistas de lejos, de aridez o de secura profesoral. No. En “Discurso de la lengua”, precisamente el penúltimo ensayo del índice, hace este elogio de nuestro idioma, que cito en largo como ejemplo de su pulcritud y por exacto de la afirmación: “Sólo declaro al comenzar que considero como un privilegio hablar en español y entender el mundo en español: lengua de síntesis y de integración histórica, donde se han juntado felizmente las formas de la razón occidental y la fluidez del espíritu oriental; tan ejercitada en las argucias intelectuales como en las libres explosiones del ánimo, ya en sus escolásticos o en sus místicos; lengua cuyo atletismo admite el transportar fácilmente las crudezas terrenas hasta el cielo de las ideas puras, o el hacer bajar los arquetipos hasta los afanes del trato diario, según se advierte, para ambos extremos, en el diálogo eterno de Don Quijote y Sancho; lengua lo bastante elaborada para captar las regularidades y exactitudes, lo bastante audaz para respetar las temblorosas indecisiones del misterio; capaz de la matemática como de la lírica; valiente en la cordura y en la locura, y cabal en su registro de las posibilidades humanas; lastrada por una ironía profunda, que al par la defiende de la pura embriaguez abstracta y de la estéril fascinación de lo inmediato, al punto que su sola práctica dicta normas para la buena conducta de la voluntad y el pensamiento; sonora sin delicuescencias que amengüen su viril reciedumbre, y cuyo equilibrio fonético parece dictado por la misma economía biológica del resuello. Los que viven en otra de las grandes lenguas civilizadas podrán reclamar para ella iguales excelencias, o aun otras que les parezcan superiores. Quiere decir que son igualmente privilegiados, o que se hallan tan a gusto de beber en su vaso como nosotros en el propio. Lo que importa es convencernos de que poseemos un instrumento tan bueno como cualquiera de los mejores, y nunca culpar al instrumento de nuestra impericia en manejarlo”.

Con esta lengua elogiada y en su caso perfectamente usada, Alfonso Reyes nos adentra en la permanente urgencia de caminar con la cultura en ristre, única lámpara que teníamos ayer y seguimos teniendo hoy para avanzar en la penumbra.

Nota. Esta es la portada de la edición que leí, la primera:

sábado, septiembre 09, 2023

Una invitación al aburrimiento








 

No es indispensable el socorro de Lipovetsky o Byung-Chul Han para saber que vivimos en la era del entretenimiento. La relajación mundial de los intereses intelectuales serios, llamémosles así, no es tan reciente, y sus orígenes pueden rastrearse en el auge de los medios masivos de comunicación, sobre todo de la tele que ahora, frente a las redes sociales y su arrastre de tsunami, parece peccata minuta como dinamo de la frivolidad.

Cierto que los espacios de la ligereza estaban bien delimitados: la televisión que apodamos “comercial”, los espectáculos de la farándula y del deporte, los zoológicos, los circos, los parques de diversiones, innumerables publicaciones impresas, casi todo el cine, las ferias y los carnavales hasta la fecha sobreviven con mayor o menor fuerza que en el pasado no remoto, y sólo por cambios tecnológicos o de percepción bien pensante algunos han sufrido mermas o modificaciones: la televisión que conocimos (la de Televisa, en el caso mexicano) ha perdido público tras la aparición de internet y, sobre todo, de los smartphones; los circos ya no tienen animales, y ya casi nadie compra revistas, son algunos ejemplos de tales cambios.

En aquel mundo, insisto que no tan remoto pues todavía podemos ubicarlo como vivo hace treinta años, el inmenso ofrecimiento de banalidades o feudos para la relajación tenía un pequeño contrapeso: algunos espacios, casi guetos, ínsulas en el enorme universo de la complacencia, seguían actuando como si lo importante, o más bien lo fundamental, no fuera divertirse, sino pensar, criticar, plantear ideas. Era casi normal que allí no se buscara entretener al respetable público, la risa como dogma ni la distensión de la mente. Poco les importaba a esos espacios pecar de “aburridos”. La lista de tales zonas liberadas de entretenimiento era encabezada, claro, por las universidades, los museos, los centros de investigación, cierto sector editorial, algunos cineastas, poquísimos programas de televisión y quizá las organizaciones políticas, entre otros, pero no muchos.

El paradigma de esos espacios era el de la noción antigua de la aprehensión del saber resumida en el archiconocido dicharacho “la letra con sangre entra”. Y sí, lamentablemente, desafortunadamente, indefectiblemente, ciertas ideas sólo pueden ser asidas y calar hondo con esfuerzo, sangrando en algún punto de su adquisición. Pongo un caso extremo, aunque no por citarlo quiero decir que yo haya accedido a él: es imposible asimilar sin lágrimas a Kant. Explicarlo con dibujos y sinopsis, añadirle “diversión” para que no resulte tedioso o aburrido, es, necesariamente, rebajarlo en el sentido que en México se da al verbo “rebajar” durante el trance de añadir agua a líquidos como la leche.

Hasta aquí parece que rechazo a machamartillo la diversión. No. Es incluso un derecho, y a mí, pese a ciertas teorías terriblistas sobre la manipulación de masas, me gustan el futbol y las películas de balazos, y también me mueven a risa los memes ingeniosos, entre otras muchas boberías que consumo consciente de lo que consumo. Lo que observo, como mero planteo, es el derrame del entretenimiento en todos los recipientes de la vida. Ya nada debe ser “aburrido”, nada, y todo debe tener un anclaje chido, light, peso pluma. Para no sucumbir ante la falta de feligresía, las instituciones “serias” investigan qué apetecen sus públicos y descubren lo previsible: habituados a las redes sociales, a Netflix, a la cultura del permanente ludismo de los video games, al éxito narcisista de los gyms y las industrias del cuerpo, a la idolatría de cantantes y deportistas, a las tendencias punitivistas del “fascismo societal” (el fascismo ciudadano que ni siquiera sabe que es fascismo, ver Boaventura de Sousa), al estilo Disney de seducir, al exhibicionismo del lujo y su deriva en la aporofobia (odio o fobia a los pobres, ver Adela Cortina), a los malls como cúspides del bienestar, a la dictadura de los likes y a tanta quincalla más, los públicos quieren que las clases escolares sean más dinámicas, que los museos no tengan tantas letritas, que los libros cuenten historias de zombies, que las películas no salgan de lo rápido y furioso, que las campañas electorales sólo emitan fraseología chabacana y cierren sus mítines con grupos de música guapachosa, y, en fin, que se le ampute todo rastro de “aburrimiento” a los productos culturales y sociales que antes eran el único coto reservado al pensamiento sin tanta manga ancha para la ñoñez. En síntesis, el Club Apocalípticos va perdiendo por vergonzosa goleada frente al trabuco Deportivo Integrados.

Esto no es gratuito ni inocuo. El dominio del entretenimiento omnipresente y a la carta, desde Netflix a la FIFA pasando por todo lo que pueda quedar en medio, es al mismo tiempo una fuente de ganancias, de domesticación y de vigilancia. Que todo sea hoy entretenido, breve y por ello fragmentario, ligero, ágil, sexoso, violento, chistoretero, tiene en el fondo un costado político: el control debe darse sí o sí, infaliblemente, generar riqueza y permitir que el robot humano —sea niño, adolescente, adulto o anciano— no pierda la sonrisa, una sonrisa que recuerda, dicho sea para terminar, a la del tal Calabacillas pintado por Velázquez.


sábado, abril 23, 2022

Cuidado con el Oso

 














Once capítulos le han bastado a Ricardo Ragendorfer (La Paz, Bolivia, 1957) para reconstruir con milimétrico detalle algunos años de la vida política argentina, la que va, más o menos, de 1973 a 1976. Lo hace en el libro Los doblados. Las infiltraciones del Batallón 601 en la guerrilla argentina (Sudamericana, Buenos Aires, 2016, 285 pp.). Se trata entonces de una investigación con tema harto escabroso, tanto como la vida social, económica y sobre todo política que sirvió como antesala de un periodo que se convertiría en el más violento hachazo de la historia argentina: la dictadura que operó del 76 al 83.

Los doblados se ubica entonces en el umbral del Proceso de Reorganización Nacional, eufemismo que sirvió como fachada retórica del terrorismo de estado que concelebraron varios países sudamericanos acurrucados bajo el ala del Plan Cóndor. En efecto, pocos años, pocos meses antes de que los militares argentinos se hicieran del poder tras el albazo del 24 de marzo del 76, sus dispositivos de espionaje trabajaron a todo tren en el propósito de eliminar “subversivos” de cualquier filiación, principalmente de agrupaciones que por distintos motivos habían radicalizado sus acciones.

Si bien el triunfo de Cámpora y poco después el regreso de Perón habían propiciado un momento de esperanza, de una muy tenue calma civil y de cierta marginación de lo castrense, con la muerte del caudillo en 1974 todo comenzó a empeorar. La presidenta María Estela Martínez viuda de Perón pronto se vio rebasada por la realidad, lo que alfombró el retorno de las fuerzas armadas al gobierno. Además, el brazo derecho de Isabelita, José López Rega, sujeto apodado el Brujo, turbio como pocos, se había adelantado a los milicos y diseñó su propio esquema represivo, la Triple A, aparato de acoso y aniquilamiento de todo aquel que fuera sospechoso de progresismo, sea de izquierda con perfil cubano o de peronismo del costado montonero.

Mientras la economía hacía agua, los militares preparaban el zarpazo; dejaban adrede que la crisis se agudizara para que, tras el golpe, la población los percibiera como salvadores. María Estela Martínez fue puesta en la congeladora gracias a un oportuno problema de salud, e Ítalo Argentino Luder, su suplente, llegó a la Casa Rosada como presidente de cartón pintado. Todo avanzaba, pues, según los cálculos de los mandos militares que ya para entonces también hacían sus primeros tanteos de brutalidad antiguerrillera en la provincia de Tucumán, esto con un operativo llamado, también con lujo de falsa heroicidad, “Independencia”.

Mientras avanzaba la descomposición política y la confección del golpe, los militares afinaron el mecanismo del espionaje contrainsurgente. Para entonces, varios grupos políticos de izquierda actuaban en la clandestinidad, pero resultaba evidente que los más nutridos de militancia eran el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) y Montoneros, el primero de orientación marxista, peronista el segundo. Para neutralizarlos, el poder militar urdió un plan según el cual lo más importante era el dominio de la información sobre los movimientos de los guerrilleros y sus colaboradores. Esta información, clave para desmadejar a la guerrilla, se conseguía con infiltración y con tortura cada vez que se daba con el paradero de algún “zurdo”. Debido a esto, los militares no repararon en gastos para ensamblar, en su camino al poder que llegaría tras el golpe, un aparato de inteligencia que fue puesto en manos del Servicio de Informaciones del Ejército (SIE), también conocido como Batallón 601 de Inteligencia.

El contexto sociopolítico planteado en los primeros capítulos es, en suma, amplio y detallado hasta que llega la legalización de la contrainsurgencia, es decir, cuando el terrorismo se institucionaliza. Allí, los apellidos más destacados fueron, claro, los de Videla y Massera, quienes a partir del 24 de marzo del 76 harán equipo con el brigadier general Agosti para constituir la Junta Militar que, junto a otros sucesivos triunviratos, impondría el espanto hasta la debacle de las Malvinas. Ragendorfer revisó paso a paso el procedimiento mediante el cual la estructura militar sentó las bases del dominio subterráneo de la inteligencia. Luego del amplio preámbulo en el que contextualiza las confrontaciones políticas de aquella hora, el autor centra su mirada en el espionaje al ERP, cuyo líder, Mario Roberto Santucho, para entonces (mediados de los setenta) se encontraba oculto en algún refugio porteño. Precisamente, una de las más grandes aspiraciones del Batallón 601 fue dar con Santucho, pero esto no se logró sino hasta julio del 76, cuando un grupo de tareas lo cazó y lo ultimó en Villa Martelli.

Seis meses antes de que cayera Santucho el ERP preparó un ataque al Depósito de Arsenales 601 “Domingo Viejobueno”, en Monte Chingolo, proyecto que ejecutó el 23 de diciembre de 1975. Los entresijos de este emprendimiento guerrillero son analizados con minucia por Ragendorfer, quien focaliza su atención en dos sujetos: uno fue Rafael de Jesús Ranier, alias el Oso, y Carlos Españadero el otro, un mayor de inteligencia del ejército argentino. El primero había militado en organizaciones peronistas, pero tras el desencuentro entre Perón y la Juventud Peronista, y luego tras la muerte del general, decidió migrar a otra organización. Fue en este punto cuando por una serie de carambolas derivó en el apoyo logístico al ERP, aunque más bien con la intención de espiarlo. No operó en el círculo más alto de la organización, pero ya de alguna manera deambulaba cerca de personajes importantes. Así, un sujeto gris, desaliñado y con muy débil formación política se convirtió en “filtro” (infiltrado) del ejército en el ERP. Dueño de un “rastrojero” (camioneta de campo), el Oso era requerido por los guerrilleros para trasladar personal de una casa a otra o para movilizar armas y otros insumos. Aunque ocupaba la base de la pirámide militante, su labor de chofer le permitió ubicar espacios de seguridad y nombres propios que luego trasegaba a Españadero, quien a su vez, junto con otros militares cercanos, planeaba las acciones represivas de las “patotas” (grupos de tareas encargados de operar el secuestro y después la tortura/desaparición de los capturados).

Este engranaje funcionó a la perfección, tanto que el Oso delató, y por ello condenó a la muerte, a decenas de guerrilleros del ERP, y muchos estropicios más. Su personalidad anodina (de “lumpen”, dijo Ragendorfer en una entrevista, lo cual hace sentido con el peligro que la teoría marxista atribuyó al “andrajo”, que esto significa “lumpen” en alemán), su presencia casi fantasmal, su ingenuidad ideológica no despertaron las sospechas de sus “correligionarios”, quienes le asignaban tareas sin imaginar que aquel tipo bigotón y estrábico apenas concluía una encomienda del ERP cuando ya estaba aflojando la lengua y vomitando datos frente a Españadero.

El mayor golpe del bizco Ranier —y aquí Los doblados adquiere tintes peliculescos— se relaciona con las delaciones que permitieron al ejército esperar silbando el ataque del arsenal ubicado en la localidad de Monte Chingolo. Las filtraciones del Oso fueron la base de aquel madruguete, de suerte que, cuando los guerrilleros irrumpieron, los efectivos del ejército ya estaban preparados para repelerlos. Murieron más de sesenta guerrilleros y otros tantos quedaron heridos. Fue un duro revés, en realidad un fracaso para el ERP y su cúpula, principalmente para Santucho, todo por los oficios de un chofer de rastrojero con inmejorable pinta de vago.

El libro concluye con lo que vino inmediatamente después de la acción fallida. Los guerrilleros, que sospecharon todo el tiempo de “filtros”, ahora sí se convencieron de esta debilidad, y decidieron orquestar un plan para detectar al o los implicados en el espionaje. Dieron por fin con el Oso, quien primero fue interrogado y, tras su llorosa confesión, enjuiciado por un tribunal revolucionario del ERP. Al final de este proceso lo esperó una piadosa inyección letal.

Mutatis mutandis, la historia de Los doblados tiene afinidades no sólo con otros países del Cono Sur, sino, a trazo grueso, con México, pues aquí también, durante aquellos años terribles (qué años no lo son) se infiltró, se secuestró, se torturó, se mató y se desapareció en cantidades industriales desde el poder. Dicho de otra manera, acá también hubo Osos y Españaderos.

miércoles, junio 26, 2019

Noventa de La sombra




















Otro de los libros imprescindibles que cumplen década en 2019 es La sombra del caudillo, de Martín Luis Guzmán (Chihuahua, 1887-Ciudad de México, 1976), quizá la mejor novela política mexicana del XX. Fue publicada hacia 1929 en el exilio español de su autor, cumple noventa años, y alguna vez escribí sobre ella que la preocupación de Guzmán estaba enderezada no tanto, como en otras novelas más ortodoxas, hacia la anécdota; las peripecias importan menos que el objetivo final: sentar un testimonio literario, con referentes históricos harto reconocibles, sobre la podredumbre de nuestro hacer político cuando ya presuponíamos no sólo el triunfo, sino el asentamiento y los beneficios sociales de la Revolución; La sombra… es una cruda negación de ese supuesto estatus: México todavía arrulla con balazos su naciente vida institucional, y en 1929 lejos estamos todavía de anular tal atavismo.
Más que novelar, Guzmán reporteó y examinó. De ahí que su imaginación no haya operado como lo hacen otros escritores; el chihuahuense observaba y concluía, y esa capacidad radiográfica es de hecho lo más visible en sus primeros libros. En La querella de México (1915), por ejemplo, apunta que como país “Nacimos prematuramente, y de ello es consecuencia la pobreza espiritual que debilita nuestros mejores esfuerzos, siempre titubeantes y desorientados”. O en una entrevista con Eduardo Blanquel: “Sigo creyendo que uno de los graves males de México, de los peores, es su falta de virtud y, por lo tanto, su inmoralidad. La inmoralidad, no sólo en cuestiones económicas, no sólo en cuestiones pecuniarias, sino en todos los órdenes”.
Los análisis de Guzmán sobre nuestra política lo obligan a pensar con pesimismo, pero, como Axkaná González (personaje que ha sido considerado el alter ego del autor en La sombra…), su idealismo no le permite darse por aniquilado. Maltrecho y todo, defectuoso de origen y lo que sea, el trabajo político debe ser desarrollado y acabar con la empistolada barbarie para que el lugar sea ocupado aunque sea por alguna pálida forma de democracia. Sobre esto no se hace muchas ilusiones y el asunto de su relato deriva en una matanza que es calca de otra real, pero el hecho de que Axkaná termine como termina en la novela da la impresión de que el autor cree en el futuro, en la salvación del ideal redentor que seguirá luchando.
Como Pedro Páramo, es un libro básico. Busque la accesible edición de Porrúa, la intonsa. No lo defraudará.

miércoles, noviembre 19, 2008

Signo de los tiempos



Hace todavía diez o quince años la poca gente que iba a las librerías buscaba sobre todo obras literarias. El presupuesto era ése: las librerías vendían principalmente literatura y si de paso se pegaba algún libro de otro tema (historia, ciencia, política…), excelente, muy bien. Como visitante asiduo de esos establecimientos cada vez menos concurridos, noto ahora, a vistazo de buen cubero, que el paradigma es otro. Ahora predominan los títulos sobre temas de actualidad política y social, libros sobre la horrible coyuntura en la que vamos trepados.
El fenómeno es, supongo, complejo. Algo ha de obedecer a la mala calidad de innumerables obras literarias que ostentan cintillos grandilocuentes y que sólo son, en la triste mayoría de los casos, novelones para matar el tiempo; otro tanto a que las casas editoriales han encontrado nuevos nichos de mercado hasta desplazar a la literatura de su sitio protagónico en las estanterías. Eso me parece lógico, aceptable al menos como conato de explicación. Sin embargo, vislumbro otras razones quizá más profundas, y hasta puede ser, incluso, que asentadas en el subconsciente del lector. Ante la descomposición de la realidad, ante el actual estadio de podredumbre que permea toda esfera de la vida pública, la gente ya no se contenta con ficciones, con metáforas o alegorías. Por muy atrevida que parezca, la ficción no deja de ser eso, un constructo, un mentiroso artificio que en muy poco logra captar el desvencijamiento social. La realidad, entonces, terminó desplazando a la fantasía, la hizo polvo, de suerte que ahora los libros más buscados son aquellos que, bien o mal escritos, bien o mal investigados, prometen acercamientos o profundizaciones al drenaje profundo de, sobre todo, los círculos de poder político, empresarial y mafioso, si es que en esencia no son lo mismo.
Esto que era una corazonada más o menos borrosa hace algunos meses la vengo corroborando en los días recientísimos. Tan evidente es que podemos hacer la prueba: asómese quien quiera, por ejemplo, a la sección de libros en un Sanbron’s. Puede ser cualquier otro negocio, pero tomemos sólo ése como campo de observación: los libros que gozan del mejor espacio son ahora aquellos que abordan algún fleco de la agusanada realidad. En un solo mostrador se puede apreciar cuán poderosa es la corriente que lleva a muchos escritores y periodistas bien dispuestos a la indagación de nuestros males. Salvo en casos excepcionales, estos libros nacen, son exhibidos y mueren en breve tiempo. Si bien les va, duran de seis meses a un año como focos de atención, y luego entran en su irremediable periodo de caducidad. Esto se debe a que la coyuntura cambia de inmediato, semana tras semana. En este momento, por caso, alguien escribe ya el libro sobre el avionazo del martes 4, así que debemos esperarlo dentro de unos pocos meses.
Mientras, hago una lista demostrativa de lo que afirmo: hoy podemos hallar, infaliblemente: Los intocables, coordinada por Jorge Zepeda Patterson, serie de reportajes con una estructura parecida a la de Los amos de México, que también coordinó Zepeda Patterson; Doña Perpetua, sobre Elba Esther Gordillo, por Arturo Cano y Alberto Aguirre; Así lo viví, por Luis Carlos Ugalde; En las entrañas del monstruo: la verdadera historia de Jean Succar Kuri, por Wenceslao Cisneros; La reina del pacífico: es la hora de la verdad, por Julio Scherer García; Los cómplices del presidente, por Anabel Hernández. Esos, entre muchos otros libros, ilustran lo que afirmo: llanamente, la literatura ha pasado a escaparates más discretos.

Terminal
En nuestra gustada sección “Neologismos para definir a los gorrones”, va: ¿Cuál es la enfermedad que padecen los que se cuelan a las fiestas sin invitación? Muy fácil: acoplejía.