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lunes, junio 26, 2023

Argentina 2023

 







Fueron días algo vertiginosos y cansados, pero muy gratos porque mezclaron trabajo, amistad, literatura y gastronomía. Luego del viaje a Saltillo donde el domingo 7 de mayo participé en la Feria Internacional del Libro de Coahuila con la presentación de “Leyenda Morgan” (UANL, segunda edición, 2023), el jueves 11 de mayo salimos muy temprano Maribel y yo hacia Buenos Aires. Los vuelos Torreón-Ciudad de México-Buenos Aires fueron perfectos, y el mismo día 11 aterrizamos en el aeropuerto de Ezeiza a las 10 de la noche. Paramos en un departamento casi aledaño a la avenida Corrientes esquina con Julián Álvarez, digamos que en el rumbo de Villa Crespo, cerca de la avenida Raúl Scalabrini Ortiz, el entorno donde nació el poeta Juan Gelman. Salvo por alguna lluvia esporádica, el clima que nos acompañó fue inmejorable durante toda la estancia, tanto que no demandó abrigo pesado, que por las dudas sí llevamos. Fue mi séptimo viaje a la Argentina y el primero para Maribel, así que ella compartió ahora conmigo toda la experiencia tantas veces contada en nostálgicas sobremesas de Torreón. Cargué con mi laptop para el trabajo en casa, el famoso home office que aprendimos a manejar durante la pandemia, así que los desayunos y las comidas se desahogaban en el espacio fijo que elegimos como radicación temporal, lo que significó un ahorro notable. Ya en la tarde venían los encuentros y los compromisos. El mismísimo viernes 12 a las seis de la tarde hicimos nuestra única incursión a la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. En el pabellón chileno era presentada “Una antología insumisa” de mi amiga Pía Barros, y allí saludé a sus paisanos chilenos Diego Muñoz Valenzuela y Paulina Bermúdez Valdebenito, y a los amigos argentinos Sandra Bianchi, Laura Nicastro, Juan Romagniolli, Leandro Hidalgo, Martín Gardella, Raúl Brasca y Fabián Vique. El sábado lo reservamos para participar en el festejo por el decimoquinto aniversario de Macedonia Ediciones, emprendimiento editorial encabezado por Vique y José Luis Bulacio. La ceremonia fue larga, de cuatro horas, y se dio en la localidad de Haedo, provincia de Buenos Aires. Entre emotivas mesas de lectura, performances teatrales, música, vino, empanadas y torta (lo que nosotros llamamos “pastel”), transcurrió aquella jornada plena de literatura y camaradería en la que tuve el gusto de participar en una mesa de microficción. Entre otros amigos, allí reencontramos a Carlos Dariel, Norah Lorenzo, Jorge Figueroa, Nanim Rekacz, Viviana Abnur y Andrea Burucua, y conocimos a Claudia Cortalezzi, Patricia Dagatti, a la cantautora Myriam Belfer y al escritor peruano Ary Malaver; en otra oportunidad saludaría también allí a Javier Ramponelli y al poeta Carlos Norberto Carbone. Al final, ya en la cena, rematamos en el restaurante Recoleta de Haedo con unas pizzas y otros platos espectaculares.

Los días siguieron avanzando con una rutina semejante a la ya descrita: trabajo de revisión de textos en la mañana, y en las tardes y noches encuentros con los amigos y la gastronomía porteña. Cuando no hubo encuentros vespertinos, llevé a Maribel a conocer algunos puntos indefectibles: la Avenida de Mayo, la Plaza de Mayo, la Casa Rosada, la peatonal Florida, la avenida 9 de Julio, el obelisco, el café Tortoni, la Mafalda de San Telmo, la plaza del Congreso… Pude conversar dos tardes (ambas en el café La Ópera) con el gran escritor Enrique Medina, quien a su vez me presentó al ensayista Antonio Las Heras; saludamos a mi paisano lagunero José Juan Zapata y a Jéssica, su esposa regiomontana; vimos en su programa de radio-teatro a Alejandro Dolina, con quien cenamos en el restaurante Babieca de la avenida Santa Fe. También cenamos y charlamos amplia y muy afectuosamente en el fabuloso restaurante temático Perón-Perón con Giselle Aronson y Fernando Veríssimo, y una tarde merendamos en la cafetería Imperio con el periodista Eduardo Anguita, quien luego me entrevistó en su programa de Radio Nacional. En ese mismo lugar, pero otra tarde, nos vimos con el escritor Fernando Sorrentino y Alicia, su esposa. En el restaurante-librería Casa Tinta cenamos con Sandra Bianchi y su pareja, el periodista Rodolfo Chisleanschi. Las tardes y las noches estuvieron llenas de actividad, como el partido de futbol que vimos un lunes por la noche porque nos quedaba a cuatro cuadras: un choque entre Atlanta contra Gimnasia y Esgrima de Jujuy en el estadio Don León Kolbowski, sede de Atlanta, donde Maribel, gracias a un joven vecino de asiento, probó por primera vez el mate. Un domingo tuvimos asado en casa de Andrea Burucua, y fue Javier, su pareja, quien controló la parrilla que disfrutamos Hugo Alejandro Gómez, Dariel, Figueroa, Bulacio, Vique, Andrea (amiga de la Andrea anfitriona), Manuel (hijo de Andrea), Maribel y yo. Una tarde lluviosa conversé en el Big Joe con mi amigo Mario Berardi, también escritor, e intercambiamos libros como si fueran banderines. A quienes han colaborado en Acequias, revista de la Ibero Torreón, les di el ejemplar de papel correspondiente y mi reiterada gratitud a nombre de la Ibero Torreón. El 23 de mayo, día de mi cumpleaños, me entrevistaron en la estación Radio Cultura de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) para el programa “El país y sus escritores”, conducido por Edgardo Muller, esto en el rumbo más pirrurris de Recoleta. Y otra tarde, ésta de ventisca, saludamos en la cafetería La Giralda al gran periodista y narrador Ricardo Ragendorfer, a quien no conocíamos. Una noche volvíamos ya algo tarde al departamento y nos topamos en la calle Loyola con un establecimiento (El furor de Villa Crespo que guarda el recuerdo del maestro Osvaldo Pugliese) de donde emergían notas de tango; con curiosidad entramos y vimos bailar un rato a las parejas hipnotizadas e hipnotizantes por culpa de aquel endiablado ritmo. La única actividad mañanera que tuvimos se dio el jueves 25, cuando por instancias de Alejandro Dolina asistimos a una entrevista de radio que me hicieron en el programa La Mañana, con Víctor Hugo Morales, periodista que todos los futboleros no pueden no conocer pues fue él quien relató para la eternidad el segundo gol de Maradona a los ingleses en 1986, donde bautizó a Diego como “barrilete cósmico” (el barrilete es lo que nosotros conocemos como “papalote”). El mismo 25 en la tarde asistimos al festejo del día patrio en la Plaza de Mayo, donde la oradora fue Cristina Fernández de Kirchner, vicepresidenta argentina. En medio de estas actividades se dio el curso sobre literatura mexicana que compartí por allá, la presentación de mi libro “Entre las teclas”, en edición argentina, y un viaje a Tigre, ciudad turística bellísima a la que el domingo 28 de mayo nos condujeron Fabián y Adriana. Cuando llegó la noche anterior a nuestro regreso todavía le sacamos jugo al recorrido: Laura Nicastro y Quique Ruslender, su esposo, nos invitaron a disfrutar un asado en su departamento, del cual salí además con un jersey de Chacarita Jr., regalo de Quique, acaso el hincha número uno de los Funebreros.

¿Algo se me pasa en esta apretadísima y meramente enumerativa crónica? Mucho, todo lo inefable, como el sabor de los vinos o de mis amadas chocotortas con café, como la impagable amistad de tantos amigos y el hecho simple, elemental, de ser, de existir junto a la mujer que amo.


sábado, mayo 14, 2022

Subsuelo de Salsipuedes












Ricardo Ragendorfer (La Paz, Bolivia, 1957) es uno de los periodistas más respetados en la Argentina actual. Su reputación se debe a la calidad de sus investigaciones y al estilo siempre picoso, siempre mordaz y siempre preciso de su escritura. Pero hay un plus en el que esta valoración de su trabajo tiene, creo, otro anclaje relevante: no opera en una parcela cómoda de la realidad, sino en el lado opuesto, en la zona temática más peligrosa del periodismo, la sección que en México lexicalizamos como “policial”. Ahora bien, el suyo no ha sido un periodismo de lo policial al uso, es decir, aquel que recoge y transcribe el parte de la autoridad para convertirlo de manera servil en nota tratada por lo común con prosa fósil sobre un robo, una violación, un asesinato, una extorsión, un secuestro, un enfrentamiento de bandas y todo aquello que habitualmente hace chorrear el morbo de los consumidores de noticias menos exigentes. Todos los países tienen ese periodismo bautizado como “amarillista”.

Hay otro tratamiento de lo criminal y es el que Ragendorfer ha puesto en práctica. Es el periodismo que ve —en un robo, una violación, un asesinato, una extorsión, un secuestro, un enfrentamiento de bandas y todo aquello que habitualmente hace chorrear el morbo de los consumidores de noticias menos exigentes— sólo la punta de icebergs que debajo de su línea de flotación esconden podredumbres misceláneas, vasos comunicantes entre los más variados actores de la delincuencia, sean los mismos delincuentes ya tipificados como tales, sean las autoridades que no les van a la zaga en materia de protervia o ambos en operaciones conjuntas.

De ese tipo de investigación han nacido cientos de reportajes espesos de datos y varios libros igualmente densos de información como La Bonaerense (escrito a cuatro manos con Carlos Dutil), La secta del gatillo, Los doblados y Patricia, de la lucha armada a la seguridad, entre otros. Uno de ellos, la compilación de artículos El otoño de los genocidas, lo reseñé aquí hace poco más de dos años. No repetiré lo que ya escribí sobre el autor, pero me permito un énfasis: leer a Ragendorfer tiene algo de adictivo sobre todo para quienes nos movemos en áreas del conocimiento, como la literatura, mucho menos viscosas. Sus textos nos permiten explorar, acompañados por guiños estilísticos plenos de mordacidad, el accionar nada abstracto, nada literaturizado, del hampa que hoy se desenvuelve con esquemas de trabajo que mucho aportarían en las cátedras de administración empresarial.

Aparte del periodismo, Ragendorfer también ha trabajado en espacios audiovisuales, casi todos disponibles en Youtube, casi todos inscritos en la temática criminal; además, como lo veremos aquí, ha incursionado ya en la narrativa ficcional con La maldición de Salsipuedes (Ediciones B, Buenos Aires, 2015, 216 pp.), su primera novela. Creo que se trata de un gran debut, lo que era más o menos previsible dadas las herramientas de reportero que domina. Digo más o menos porque no siempre es fácil pasar de la narrativa periodística a la de ficción, y al revés. Parecen lo mismo, pero no, y más allá de explicar por qué esto es así, se puede ver estadísticamente que no hay muchos novelistas que desplacen su escritura al reportaje o la crónica, ni coronistas o reporteros que se instalen sin conflicto en el sillón del novelista.

Ciertamente, Ragendorfer “incurre por primera vez en la ficción” con una novela que en lo temático no queda muy lejos de sus dominios. De hecho, la trama, los personajes y el lenguaje tienen la marca de RR, y si hay algunas diferencias con sus relatos reales publicados sobre todo en la prensa, estas son una mayor soltura del estilo, un humor (negrísimo) más visible y el hecho de entreverar con más complejidad el tiempo y el espacio de una historia concebida por la imaginación, no por la realidad. Ahora bien, detengámonos en la última diferencia: ¿esta historia, esta ficción, está muy lejos de la realidad? Hasta donde puedo ver, no. Al leer La maldición de Salsipuedes sentí que asistía al relato de una historia verídica, nada o casi nada distante de las espinosas tramas que con nombres, lugares y circunstancias reales Ragendorfer ventila a diario en espacios periodísticos.

No se trata pues de un divertimento. Aunque sepamos que lo contado es ficción y esta ficción se despliega en clave socarrona, lo interesante de la novela es la matriz investigativa que supone: la del delito común como punta de iceberg. Como en la realidad, Ragendorfer desliza la suspicacia, la duda, en la ficción: en la pequeña ciudad de Salsipuedes hay un asesinato que parece motivado por razones pasionales, pero, al rascar sobre su superficie, el asunto comienza a evidenciar un aspecto de raíz arbórea. Bajo el caso de un crimen de alcoba hay un submundo en el que se intersectan intereses económicos, políticos e ideológicos cuya conexión pone en movimiento los engranajes de la impunidad. Así, cualquier parecido con la vida real no es mera coincidencia.

Dividida en dos partes, 23 capítulos y un apartado que hace las veces de introducción, La maldición de Salsipuedes se erige como ejemplo de la putrefacción que pueden esconder los pueblitos en los que al parecer hay mucha gente de bien y nadie quiebra un plato. Aunque Salsipuedes (en una de las páginas se describe el origen de este pintoresco nombre) sí existe en la Provincia de Córdoba, debemos asumir que, por un lado, no importa la elección del lugar para instalar allí el origen de la historia, y, por otro, es funcional a los propósitos de la narración que sea un lugar algo oculto en el que viven varias familias adineradas, una casta con perfil conservador.

En Salsipuedes asesinan a Sara Palma de Materazzi, esposa de Florencio Materazzi, prestigiado odontólogo del lugar, quien en el momento del crimen participa en un torneo de paddle celebrado en Colonia, Uruguay. El desaguisado desata la voracidad de la prensa y es allí cuando Rudy Lavilla Grau, el abogado de Materazzi, contrata los servicios de Urtaín, un ex subcomisario de la Policía Federal ahora dedicado a ver insípidos casos de una aseguradora (más adelante, en otros capítulos, sabemos cuáles fueron las zancadillas del destino que frenaron la carrera de Urtaín en el servicio público). El ex subcomisario es contratado por Lavilla Grau para que investigue el crimen de la mujer y evitar el chismorreo de la prensa, y esta es la razón por la que se apersona en la Provincia de Córdoba. Poco a poco, Urtaín comienza a escarbar, y con base en la cosecha de algunos datos vislumbra las marranadas que burbujean en el fondo de la calamidad.

Vemos entonces que Urtaín pesca el nombre del mexicano (un tal Jesús, seudónimo de Alejandro Lara) que le afloja un mesero, y dado que su recolección avanza bien, comienzan los misteriosos obstáculos: matan a Farías, el mesero, y él, Urtaín, recibe una agresión que lo manda al hospital; luego, un albañil es encontrado culpable del crimen, pero Urtaín sabe que se trata de un chivo expiatorio a quien le han extraído la confesión de la culpa con procedimientos que en México sintetizó la técnica del tehuacanazo.

Urtaín es centrifugado de la investigación por los mismos que lo contrataron, pues sólo querían simular una investigación, y es aquí donde él decide seguir el rastro por la libre: descubre que cuatro tipos en los que media “amistad”, todos cercanos a Sara Palma de Materazzi, han trabajado en tareas represivas durante la última dictadura (76-83), uno de ellos el obispo Emilio Rádkovic. Todos saben que Urtaín sabe o que al menos sospecha, así que buscan neutralizarlo. Él huye para adelante, pues continúa su indagación, lo que lo pone cada vez en mayor riesgo. Los cuatro tipos que lo siguen conforman una parvada de buitres (un abogado, un dentista, un político y un religioso) que, dadas sus funciones durante el eufemístico Proceso de Reorganización Nacional, aprovecharon la coyuntura y se hicieron de propiedades muebles e inmuebles de víctimas del terrorismo de estado. En la dictadura no sólo hubo, entonces, apropiación de recién nacidos, sino otra apropiación que también es grave y en muchos casos permanece intocada hasta la fecha, con prestanombres: la del patrimonio ajeno.

Ciertas fallas en la estructura de la sociedad tetrapartita, cierta traición, ciertas preferencias sexuales inconfesas, la presencia de un sicario mexicano al que también es pertinente liquidar, el apoyo de un periodista y la ayuda de una colaboradora sorpresa permiten que Urtaín dé con el tuétano del misterio. Pero antes de llegar a esto, lamentablemente, la maldición de Salsipuedes cobra algunas víctimas.

Una ficción de esta índole, como dije párrafos atrás, no es tan ficticia cuando montamos su patrón, una especie de plantilla, sobre la realidad: debajo del poder, en lo profundo de la prosperidad, allá en los mantos subterráneos del éxito material, no es improbable encontrar abusos, atrocidad, despojo, mierda en suma. Ricardo Ragendorfer ha incurrido por primera vez en la ficción con una muy buena novela.

Comarca Lagunera, 8, 2 y 2022 

sábado, abril 23, 2022

Cuidado con el Oso

 














Once capítulos le han bastado a Ricardo Ragendorfer (La Paz, Bolivia, 1957) para reconstruir con milimétrico detalle algunos años de la vida política argentina, la que va, más o menos, de 1973 a 1976. Lo hace en el libro Los doblados. Las infiltraciones del Batallón 601 en la guerrilla argentina (Sudamericana, Buenos Aires, 2016, 285 pp.). Se trata entonces de una investigación con tema harto escabroso, tanto como la vida social, económica y sobre todo política que sirvió como antesala de un periodo que se convertiría en el más violento hachazo de la historia argentina: la dictadura que operó del 76 al 83.

Los doblados se ubica entonces en el umbral del Proceso de Reorganización Nacional, eufemismo que sirvió como fachada retórica del terrorismo de estado que concelebraron varios países sudamericanos acurrucados bajo el ala del Plan Cóndor. En efecto, pocos años, pocos meses antes de que los militares argentinos se hicieran del poder tras el albazo del 24 de marzo del 76, sus dispositivos de espionaje trabajaron a todo tren en el propósito de eliminar “subversivos” de cualquier filiación, principalmente de agrupaciones que por distintos motivos habían radicalizado sus acciones.

Si bien el triunfo de Cámpora y poco después el regreso de Perón habían propiciado un momento de esperanza, de una muy tenue calma civil y de cierta marginación de lo castrense, con la muerte del caudillo en 1974 todo comenzó a empeorar. La presidenta María Estela Martínez viuda de Perón pronto se vio rebasada por la realidad, lo que alfombró el retorno de las fuerzas armadas al gobierno. Además, el brazo derecho de Isabelita, José López Rega, sujeto apodado el Brujo, turbio como pocos, se había adelantado a los milicos y diseñó su propio esquema represivo, la Triple A, aparato de acoso y aniquilamiento de todo aquel que fuera sospechoso de progresismo, sea de izquierda con perfil cubano o de peronismo del costado montonero.

Mientras la economía hacía agua, los militares preparaban el zarpazo; dejaban adrede que la crisis se agudizara para que, tras el golpe, la población los percibiera como salvadores. María Estela Martínez fue puesta en la congeladora gracias a un oportuno problema de salud, e Ítalo Argentino Luder, su suplente, llegó a la Casa Rosada como presidente de cartón pintado. Todo avanzaba, pues, según los cálculos de los mandos militares que ya para entonces también hacían sus primeros tanteos de brutalidad antiguerrillera en la provincia de Tucumán, esto con un operativo llamado, también con lujo de falsa heroicidad, “Independencia”.

Mientras avanzaba la descomposición política y la confección del golpe, los militares afinaron el mecanismo del espionaje contrainsurgente. Para entonces, varios grupos políticos de izquierda actuaban en la clandestinidad, pero resultaba evidente que los más nutridos de militancia eran el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) y Montoneros, el primero de orientación marxista, peronista el segundo. Para neutralizarlos, el poder militar urdió un plan según el cual lo más importante era el dominio de la información sobre los movimientos de los guerrilleros y sus colaboradores. Esta información, clave para desmadejar a la guerrilla, se conseguía con infiltración y con tortura cada vez que se daba con el paradero de algún “zurdo”. Debido a esto, los militares no repararon en gastos para ensamblar, en su camino al poder que llegaría tras el golpe, un aparato de inteligencia que fue puesto en manos del Servicio de Informaciones del Ejército (SIE), también conocido como Batallón 601 de Inteligencia.

El contexto sociopolítico planteado en los primeros capítulos es, en suma, amplio y detallado hasta que llega la legalización de la contrainsurgencia, es decir, cuando el terrorismo se institucionaliza. Allí, los apellidos más destacados fueron, claro, los de Videla y Massera, quienes a partir del 24 de marzo del 76 harán equipo con el brigadier general Agosti para constituir la Junta Militar que, junto a otros sucesivos triunviratos, impondría el espanto hasta la debacle de las Malvinas. Ragendorfer revisó paso a paso el procedimiento mediante el cual la estructura militar sentó las bases del dominio subterráneo de la inteligencia. Luego del amplio preámbulo en el que contextualiza las confrontaciones políticas de aquella hora, el autor centra su mirada en el espionaje al ERP, cuyo líder, Mario Roberto Santucho, para entonces (mediados de los setenta) se encontraba oculto en algún refugio porteño. Precisamente, una de las más grandes aspiraciones del Batallón 601 fue dar con Santucho, pero esto no se logró sino hasta julio del 76, cuando un grupo de tareas lo cazó y lo ultimó en Villa Martelli.

Seis meses antes de que cayera Santucho el ERP preparó un ataque al Depósito de Arsenales 601 “Domingo Viejobueno”, en Monte Chingolo, proyecto que ejecutó el 23 de diciembre de 1975. Los entresijos de este emprendimiento guerrillero son analizados con minucia por Ragendorfer, quien focaliza su atención en dos sujetos: uno fue Rafael de Jesús Ranier, alias el Oso, y Carlos Españadero el otro, un mayor de inteligencia del ejército argentino. El primero había militado en organizaciones peronistas, pero tras el desencuentro entre Perón y la Juventud Peronista, y luego tras la muerte del general, decidió migrar a otra organización. Fue en este punto cuando por una serie de carambolas derivó en el apoyo logístico al ERP, aunque más bien con la intención de espiarlo. No operó en el círculo más alto de la organización, pero ya de alguna manera deambulaba cerca de personajes importantes. Así, un sujeto gris, desaliñado y con muy débil formación política se convirtió en “filtro” (infiltrado) del ejército en el ERP. Dueño de un “rastrojero” (camioneta de campo), el Oso era requerido por los guerrilleros para trasladar personal de una casa a otra o para movilizar armas y otros insumos. Aunque ocupaba la base de la pirámide militante, su labor de chofer le permitió ubicar espacios de seguridad y nombres propios que luego trasegaba a Españadero, quien a su vez, junto con otros militares cercanos, planeaba las acciones represivas de las “patotas” (grupos de tareas encargados de operar el secuestro y después la tortura/desaparición de los capturados).

Este engranaje funcionó a la perfección, tanto que el Oso delató, y por ello condenó a la muerte, a decenas de guerrilleros del ERP, y muchos estropicios más. Su personalidad anodina (de “lumpen”, dijo Ragendorfer en una entrevista, lo cual hace sentido con el peligro que la teoría marxista atribuyó al “andrajo”, que esto significa “lumpen” en alemán), su presencia casi fantasmal, su ingenuidad ideológica no despertaron las sospechas de sus “correligionarios”, quienes le asignaban tareas sin imaginar que aquel tipo bigotón y estrábico apenas concluía una encomienda del ERP cuando ya estaba aflojando la lengua y vomitando datos frente a Españadero.

El mayor golpe del bizco Ranier —y aquí Los doblados adquiere tintes peliculescos— se relaciona con las delaciones que permitieron al ejército esperar silbando el ataque del arsenal ubicado en la localidad de Monte Chingolo. Las filtraciones del Oso fueron la base de aquel madruguete, de suerte que, cuando los guerrilleros irrumpieron, los efectivos del ejército ya estaban preparados para repelerlos. Murieron más de sesenta guerrilleros y otros tantos quedaron heridos. Fue un duro revés, en realidad un fracaso para el ERP y su cúpula, principalmente para Santucho, todo por los oficios de un chofer de rastrojero con inmejorable pinta de vago.

El libro concluye con lo que vino inmediatamente después de la acción fallida. Los guerrilleros, que sospecharon todo el tiempo de “filtros”, ahora sí se convencieron de esta debilidad, y decidieron orquestar un plan para detectar al o los implicados en el espionaje. Dieron por fin con el Oso, quien primero fue interrogado y, tras su llorosa confesión, enjuiciado por un tribunal revolucionario del ERP. Al final de este proceso lo esperó una piadosa inyección letal.

Mutatis mutandis, la historia de Los doblados tiene afinidades no sólo con otros países del Cono Sur, sino, a trazo grueso, con México, pues aquí también, durante aquellos años terribles (qué años no lo son) se infiltró, se secuestró, se torturó, se mató y se desapareció en cantidades industriales desde el poder. Dicho de otra manera, acá también hubo Osos y Españaderos.

jueves, agosto 15, 2019

Genocidas en tiempo extra
























Como dije en junio, sigo desde hace cinco o seis años el trabajo de Ricardo Ragendorfer, periodista nacido en La Paz, Bolivia, pero hecho en Argentina y un poco —al arrancar su carrera— en México. La primera nota que de él leí trataba sobre un ladrón o algo así, no recuerdo, publicada en la revista Caras y Caretas. No recuerdo, insisto, el tema preciso de aquel texto, pero sí (incluso con claridad) el grato impacto que me produjo el tono, el tratamiento que Ragendorfer da a los hechos generados en el mundo de la delincuencia. Había en aquella prosa un no sé qué distante y zumbón, la mirada cuidadosamente desenfadada (si se me permite el oxímoron) de un redactor de noticias policiales ya curtido para los asombros ante el amplio océano de la ruindad humana. Desde entonces, desde hace cinco o seis años, como digo, no me perdí cuanto artículo, crónica o testimonio que de RR encontré a merced en internet.
Sin sospecharlo, algo sabía ya sobre el Patán, apodo de Ragendorfer tal vez debido a su voz ronca y encigarrada, como la risa del perro célebre por los dibujos animados. “Zippo”, acaso el cuento más famoso de Guillermo Saccomanno, tiene como protagonista a cierto periodista boliviano que, entre otros hechos insólitos, en su infancia fue cargado en brazos nada menos que por el nazi Klaus Barbie, mejor conocido como El Carnicero de Lyon, quien ya para los cincuenta residía en Bolivia con la tranquilidad de un jubilado. Quizá desde ese momento y sin quererlo, Ragendorfer se acostumbró a tratar de tú, sin hacer gestos, con monstruos y monstruosidades de la más variada envergadura, como lo evidencia su largo paso por periódicos y revistas en los que ha trabajado casi exclusivamente con lo policial y lo delictivo, sea del fuero común o del otro, más peligroso: el fuero institucional o político.
Una derivación no menos importante de su labor como reportero es visible en su también amplio trabajo como autor de libros. En su producción destacan títulos como el clásico La Bonaerense (escrito junto a Carlos Dutil), La secta del gatillo, Historias a pura sangre, La maldición de Salsipuedes y Los doblados. Esta especialización lo ha llevado asimismo a laburar en medios audiovisuales, donde co-guionó el film El bonaerense dirigido por Pablo Trapero, o donde colaboró en el documental Parapolicial negro. Uno de sus aportes más recientes en este rubro es el documental Presidio. Experimento Ushuaia, sobre la cárcel del fin del fin del fin del mundo que albergó, entre otras personalidades, al Petiso Orejudo, flor y espejo de asesino que en su momento hizo las delicias de la escuela lombrosiana, esa seudociencia de lo criminal que podía dictar cadenas perpetuas por el delito de portación de cara.
De 2017 es El otoño de los genocidas (Punto de Encuentro, Buenos Aires, 151 pp.), una “Antología de crónicas periodísticas 2008-2017”. La compilación, lo afirmo desde ya, es muy valiosa porque nos permite echar un vistazo a veinte actores importantísimos del pasado inmediato argentino, todos ellos caracterizados, en diferentes medidas, por carecer de misericordia a la hora de relacionarse con enemigos políticos.
Ragendorfer trata en el siglo XXI con/sobre genocidas setenteros, es decir, con tipos cuyas apariencias ya no son las de milicos o agentes de zahúrdas parapoliciales, sino de abuelitos enternecedores. A todos los investiga, de todos saca trapos no sucios, sino inmundos, y a todos los busca incluso hasta entablar con ellos charlas en salas hogareñas bien provistas de galletitas y café. La galería de criminales políticos se engalana con la presencia de algunos pesos pesados como Emilio Massera y Albano Harguindeguy, pero no se detiene sólo en estos habitués de los trabajos sobre la memoria. Aborda a otros sujetos menos conocidos pero no por ello menos vocados para el arte de torturar y desaparecer. Nombres, cifras, fechas, lugares, nada escapa a la labor detectivesca del Patán, de suerte que en cada pieza es reconstruido el contexto en el que actuaron aquellos “vidriosos” (el adjetivo es suyo) personajes y, por ello, el tamaño de sus culpas históricas. Puro campeón en materia de estropicios lesivos para la humanidad, en suma.
Hablé al principio del tono de RR. En El otoño de los genocidas lo confirmo. Sin renunciar al rigor de sus investigaciones, lo que en todos los casos conlleva una denuncia a la barbarie perpetrada desde el Estado, el autor habilita cierto humor negro frecuente en la literatura policial, pero no tanto en la crónica periodística. El humor, la ironía, el pincelazo sarcástico, sirven siempre para subrayar la malditez sin orillas de los sujetos descritos. Traigo algunos ejemplos. Al hablar sobre Julio Alberto Cirino, dice: “En 1976 publicó el libro Argentina frente a la guerra marxista. En sus páginas aconsejaba algunas sutilezas, como ‘combatir a la subversión con fusilamientos in situ’”; al hablar sobre un secuestrado, apunta: “A manera de saludo, Combal recibió un culatazo en el rostro”; cuando se refiere al represor Héctor Pedro Vergez, señala: “Después pasó a La Perla, donde asistió a la etapa más fructífera de su carrera comandando secuestros, interrogatorios y ejecuciones”; y al tratar sobre el obispo Manuel Menéndez, observa que era “un sujeto cuya posición ideológica lo situaba a la derecha de Atila”. Por supuesto, este mínimo entresacamiento de frases no es el libro de Ragendorfer, pero como ingrediente sí constituye uno de sus atractivos. Lo fundamental, reitero, es el torrente de datos duros que aporta para que nos hagamos una idea, lo más precisa posible, sobre las andanzas de varios sujetos que ejercieron el terrorismo de Estado y llegaron a sus respectivos otoños, muchos de ellos, sin el castigo que merecían. El otoño de los genocidas es, por esto, un libro que suma a la memoria y al imperativo permanente de cerrar el paso a la impunidad, tenga la edad que tenga.

sábado, junio 08, 2019

El pasado y Stanley















Leí hace algunos días un libro de Ricardo Ragendorfer, mejor conocido como el Patán. Este sujeto es el cronista latinoamericano que más admiro en el rubro del periodismo policial, una autoridad en esta viscosa materia. Nació en Bolivia, pero ha vivido la mayor parte de su vida en Buenos Aires, donde radica hasta la actualidad. Sé que alguna vez deambuló por el DF, ciudad en la que por cierto consiguió algunas chambas de reportero gracias a mi amigo Carlos Ulanovsky, quien también pasaba su exilio en nuestro país.
En el libro de RR (Crónicas de la vida turbia) hay una pieza que no se refiere a la realidad argentina, sino a la mexicana: su título es “El narco enamorado” y trata sobre la captura de Rafael Caro Quintero. Al atravesar esos renglones volvieron a mí algunos datos que tenía olvidados. No recordaba por ejemplo que lo pescaron en Costa Rica, y que el escándalo mayor fue que Sara Cosío lo había defendido como pareja sentimental. Pensé en lo cerca y lo lejos que nos va quedando todo cuando comenzamos a ser viejos: todo es cuestión de que veamos ciertos datos para rehidratar los recuerdos aparentemente erosionados de la memoria.
Eso me pasó hoy, o sea ayer 7 de junio. Al azar, entre las noticias que aparecen cuando uno abre cualquier web, vi que el asesinato a Paco Stanley cumplía veinte años de edad, y aunque he olvidado pormenores, el hecho fue tan explotado en los medios que inevitablemente lo relaciono con un momento exacto de mi vida.
Cuando Stanley fue acribillado yo andaba en el DF por razones laborales. Era padre primerizo y buscaba la manera de afinar mis medios de vida. Ya editaba libros, pero siempre batallaba para imprimirlos bien y a precios bajos. Alguien, no recuerdo quién, me puso en contacto con una buena imprenta del DF, llamé, acordé una cita y organicé un viaje en camión. Recuerdo que me hospedé en un modesto hotel del centro histórico y el 7 de junio de 1999, luego de desayunar ya tarde, salí en busca de la imprenta. Tenía la dirección y por preguntas supe que debía tomar el metro hasta una estación remota y luego un microbús que me llevaría al fin del mundo chilango. En el camino vi periódicos amarillistas en las manos de todas las personas: habían atestado de plomo a Paco Stanley. En un puesto callejero de comida levanté la cabeza hacia una tele en la que linchaban a Cuauhtémoc Cárdenas. Luego de dos horas, llegué asqueado a la imprenta y con la sensación de que todo se había podrido un poco más en nuestro país.