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sábado, agosto 23, 2025

Historias de Hernán Casciari

 


















El título tributa un homenaje numérico y fonético a los Doce cuentos peregrinos de García Márquez, y temáticamente es un libro en algún sentido próximo a Dublineses, Montevideanos y Tijuanenses, racimos en los que sus autores (James Joyce, Mario Benedetti y Federico Campbell, respectivamente) sobrevuelan sus espacios de vida/memoria y desarrollan pequeñas anécdotas que no por locales dejan de ser universales. El libro 12 cuentos mercedinos (Editorial Gato Blanco, México, 2018, 103 pp.), de Hernán Casciari (Mercedes, Provincia de Buenos Aires, 1971), pertenece a esa camada: la de los libros en los que el autor cuenta historias en las que se siente o presiente un telón de fondo territorial, un entorno, un origen, en este caso la ciudad de Mercedes ubicada a cien kilómetros de la Capital Federal argentina. Dicho sea de paso, Mercedes ha sido la cuna de personajes como el expresidente Héctor Cámpora, el historiador Felipe Pigna, el político Eduardo de Pedro y el genocida Jorge Rafael Videla.

El primero, “La verdadera edad de los países”, no parece tanto un cuento, sino una especie de artículo de prensa muy creativo. Desde su arranque tiene este tono y aborda así a los países, como si fueran los ciudadanos de un gran vecindario: “Francia es una separada de treinta y seis años, más puta que las gallinas, pero muy respetada en el ámbito profesional. Es amante esporádica de Alemania, un camionero rico que está casado con Austria. Austria sabe que es cornuda, pero no le importa. Francia tiene un hijo, Mónaco, que tiene seis años y va camino de ser puto o bailarín, o las dos cosas”. La comparación se sostiene sin perder atractivo, pues los rasgos etarios de cada país se corresponden con el estereotipo más o menos conocido en cada caso.

Un gran cuento, este sí, por más que pueda ser o parecer una anécdota real, es “Un cajón secreto”. Cierto niño descubre en el cajón secreto de papá, entre otros tesoros, un lote de revistas porno europeas, que por cierto siempre tuvieron fama de ser muy poco estéticas. El protagonista hurta algunas y sobreviene una calamidad sobre la cual no adelanto nada, sólo que sus dos líneas finales son un palazo en la cabeza. O en el corazón, mejor dicho.

De “Messi es un perro” casi no se puede admitir que sea un cuento. En todo caso es un relato que parece más una crónica, un recorte de vida real. En este caso, alguien que admira a Messi lo compara con un perro porque tiene la fijación del balón como la vio en su perro con una esponja. Es un elogio de Messi con algunos ingredientes narrativos, entre ficticios y no.

En “¿Me agregás como amiga?” cuenta la aparición de Candela en Facebook. Candela dialoga con ella misma ya grande, es arquitecta y bonita. Revela lo poco que nos queremos cuando somos niños. Es un cuento, como algunos más en este libro, de tono juvenil, sencillos en su estructura y en su planteo de las situaciones.

“Borges, desde el tablón” es un elogio de Borges con una mirada de hincha o barrabrava. La pasión por Borges tiene sus reglas, desdeña la pasión por Bioy, pasa por alto su vida sexual y en secreto se dice que es el mejor escritor de lengua castellana.

Es “Finlandia” el mejor cuento-cuento del conjunto al menos entre los seis primeros. Un tipo disfruta el rato en una fiesta familiar en Mercedes, tiene un pendiente, pide un carro prestado y al dar reversa siente que golpea algo. Piensa que apachurró a una ahijada de tres años, ve que sus familiares corren a ver qué sonó y en esos diez segundos pasa el pasado y sobre todo el futuro del personaje, la desdicha definitiva que se le viene encima. Es un relato que pinta una verdad: que todos colgamos de un incidente, de una desgracia fortuita que puede destruirnos, convertirnos en víctimas o victimarios. Es un gran cuento, lleno de ese ingrediente que llamamos destino o suerte: “Tenía casi veinticinco años, estaba escribiendo una novela larguísima y placentera, vivía en una casa preciosa del barrio de Villa Urquiza, con una mesa de pimpón en la terraza y toda la vida por delante, trabajaba en una revista donde me pagaban muy bien, tenía una vida social intensa, era feliz, y entonces mato a mi ahijada de tres años y se apagan todas las luces de todas las habitaciones de todas las casas en las que podría haber sido feliz en el futuro. Lo pienso de ese modo, desapasionadamente, porque ya no tengo ni cuerpo con el que temblar”.

Hay piezas que parecen relatos con algo de ensayo. “Los dos Rulfos” no es un cuento en estricto sentido, sino la exposición de una historia planteada como realidad aunque también puede ser ficticia. Tiene de cuento lo narrativo, pero más bien parece el relato de una anécdota familiar que desemboca en una especie de teoría que dentro del relato el autor-personaje denomina “anécdota aumentada”.

Todavía más autobiográfico se siente “Bienvenido al club”. Se dirá que podemos leerlo como ficción, pero los datos que suministra casi no permiten esta recepción. Es como un trozo de memoria, el resumen de la condición del autor como hincha de Racing. Todos, desde su bisabuelo a su padre, lo fueron y vieron al equipo salir campeón más de una vez. Él, Casciari en primera persona, confiesa que no le gustaba vivir con esos recuerdos prestados, hasta que se hizo la luz y Racing se coronó, lo que permitió al autor pertenecer, ahora sí de lleno, al club de sus antecesores.

“Un belga en casa”, como todos o casi todos los textos que componen este libro, tiene marcado aire autoficcional. El protagonista-autor recibe en casa al ilustrador de una revista, un dibujante belga que recogerá gráficamente la vida del escritor. Lo atiende tres días seguidos y como hablan dos idiomas distintos no se comunican. En silencio desahogan su trabajo, entre la extrañeza y la obligación de convivir hasta que al final, un poco repentinamente, el consumo de mate sirve como nexo cultural.

Más allá de su verdad empírica, un bello cuento es “Las dos promesas”. Por culpa de la Segunda Guerra, en 1943, Américo Bertotti llega a Argentina. Tiene catorce años y jura ante su madre que nunca romperá su esencia milanesa. Ya en Buenos Aires, joven y empobrecido, le cortan el pelo gratis a condición, dice el barbero, de que acepte jurar fidelidad eterna al club Boca Jr. Pasan los años, envejece y un día juegan Milán-Boca. El viejo ve el partido con la disyuntiva de que deberá traicionar a alguno de los dos.

“Las caras en los sueños” es una reflexión poética sobre las caras que aparecen mientras dormimos. El narrador llega a una conclusión: la inquietud de ser soñado por alguien detestable. Es una especie de artículo.

El último de la tanda en 12 cuentos mercedinos, “10.6 segundos”, es una especie de crónica del segundo tanto de Maradona a los ingleses en el Azteca. Tiene como peculiaridad su estructura tripartita. Narra el gol segundo tras segundo, pero a medida que avanza tiende puentes en el tiempo hacia adelante y hacia atrás. Lo hace en función de los protagonistas más visibles de la jugada. De cada uno, incluido el árbitro tunecino, describe pasado y futuro, como si los once segundos de Maradona con el balón fueran una especie de bisagra, un parteaguas en cada una de aquellas vidas. Ninguno imaginó que esa jugada, contada al final con un efecto anafórico que homenajea a Borges viendo el Aleph, les cambiaría las vidas para bien y para mal.

Salvo por el hecho cierto de que varios cuentos de este libro no son cuentos en estricto sentido, se trata de relatos siempre emotivos, sostenidos en una prosa sencilla, llena de gratos aciertos en la observación de la condición humana. Esto importa más, claro, que insistir en la naturaleza genérica de cada pieza aunque el título nos anuncie claramente “cuentos”, cuentos que en varios casos no lo son, sino crónicas o girones de memoria personal, incluso, si lo pensamos bien, artículos, todo sumado en un libro que además de bien escrito ha sido armado en una edición vistosa, munida de numerosas ilustraciones a color. Lo único que no venía al caso en la edición son las notas de glosario al pie de página. Explicar qué es “jerga” y qué es “amague”, entre otras, está de más, pues hoy se pueden consultar en donde sea.


sábado, mayo 31, 2025

Haiku binsai o la búsqueda de lo esencial


 










El corazón dice: criaturas terrestres, la vida es gloriosa…

Juan L. Ortiz

Al ritmo que llevamos desaparecerá el género epistolar, pues luego de que el teléfono abolió la carta de papel, el WhatsApp casi echó a pique al mail y así terminó el diálogo entre dos que se corresponden todavía con una actitud aproximada a la serenidad. Carlos Dariel pensó que la carta vía mail, y no el mensaje de WhatsApp que siempre llega impregnado de impaciencia, era el mejor medio para compartirme una inquietud editorial. El asunto del mensaje fue “Un atrevimiento de mi parte”, y éste su contenido:

Querido Jaime, espero que te encuentres bien. Te cuento el motivo de este email. Ya para los meses finales de este año, digamos octubre o noviembre, tengo pensado publicar por Macedonia un nuevo libro de poemas. En esa oportunidad será una nueva producción de haiku escrita con posterioridad a la publicación de Bajo el fulgor, a la que se suma una serie de una composición poética mucho más breve a la que acuñé con el nombre de “haiku bonsai” y que se caracteriza por 11 sílabas distribuidas en tres versos de 3-5-3. Bueno, y aquí viene el verdadero motivo de mi atrevido correo. Si no te inoportuna, me gustaría enviarte el PDF para tu lectura de manera que contemples la posibilidad de escribir unas palabras preliminares a modo de prólogo o algo así para incluirlas en la publicación. Desde ya que no debes sentirte ni comprometido ni obligado a nada, sólo si mi libro despierta tu genuino interés en escribir palabras alusivas estará justificado mi atrevimiento.

La atenuación retórica de su solicitud habla de la prudencia con la que Carlos se movía al tratar sobre literatura, particularmente sobre poesía. Era este género, en efecto, el que más lo conmovía, tanto que ni siquiera lo consideraba “literatura”, sino algo tan etéreo e intangible que ponerle un nombre era un intento imprudente de apresarlo: la poesía se nos escapa cuando intentamos definirla, decía, así que es mejor dejar al margen su definición y permitir que su ser viva tranquilo en la condición inasible que sin duda garantiza la libertad de su ejercicio, un ejercicio que él disfrutó como pocos en la libertad de Juan L. Ortiz, Juan Carlos Bustriazo y Leopoldo Teuco Castilla, sus amados poetas del interior.

Mi respuesta fue, claro, afirmativa. Incluso enfaticé en mi mail de devolución que, lejos de molestar, me honraba con aquella entrañable solicitud. No fue un gesto de cortesía subrayar el honor que el convite me suscitaba: en verdad me sentí halagado de que un escritor como él, que a mi juicio es el tipo de poeta más genuinamente instalado en el ejercicio del verso como indeclinable exploración de lo esencial, pensara en mi tosca sensibilidad de narrador para confeccionar un prólogo.

Acordamos que en septiembre de 2024 se lo tendría listo, pues él deseaba que su libro, como ya vimos, estuviera en circulación entre octubre y noviembre del mismo año. Yo sabía ya que su salud se había visto disminuida en los meses cercanos y que el final lo amagaba. Sospecho que no me apuró ni yo aceleré para evitar que su enfermedad estableciera las condiciones en el acuerdo. Ambos confiábamos en atravesar con holgura las fechas establecidas, pero no fue así: su vida quedó segada a finales de julio, y este prólogo y este libro son ya póstumos.

En cumplimiento de su propósito de ver impreso el libro y de mi aceptación para dejar en él unas palabras liminares es que Fabián Vique y yo seguimos adelante. Aquí, en el umbral de Haiku bonsai, quedan estas palabras ciertamente tristes, y en las páginas venideras las piezas que Carlos trabajó con escrupuloso lente de joyero. En la carta que cité y en la misma presentación de este libro él describió el origen de su proyecto y delimitó el tamaño del recipiente en el que después vació los puñaditos de once sílabas. Podemos ver en cada pieza que su autor ha querido lograr el dibujo de lo inefable mediante la hiperconcisión, casi mediante el silencio. Como en ciertos bocetos de Leonardo, la imagen es simple pero con su belleza colma la página de manera inexplicable; o igual, dicho de otro modo, los haiku bonsai de Dariel son como las gotas de una fragancia poderosa: que pese a su pequeñez ocupan invisiblemente toda una habitación.

“Misterio / cuanto respiro / y veo”, dice en una pieza para expresarnos que en todo se esconde “algo”. Poeta contenido, observador penetrante del misterio agazapado detrás de lo visible y lo invisible, Carlos Dariel nos deja pues en Haiku binsai una despedida que casi no demanda palabras para comunicarnos lo mucho que en silencio amó y celebró la vida. Sus piezas son un dechado de autolimitación, de limpidez extrema, de búsqueda de lo esencial y pespunteo entre lo abstracto y lo concreto, que es como decir entre el tiempo y el espacio que él cruzó con los sentidos bien atentos, volcados al eros cognoscente, como llamó Lezama Lima al ansia de buscar y comprender.

Que los poemas albergados en sus otros libros y los que habitan en este Haiku bonsai sean siempre un recordatorio de la presencia —física y espiritual— de Carlos Dariel y su poesía entre nosotros.

Torreón, Coahuila, México, 21, septiembre y 2024

sábado, febrero 15, 2025

Borges en una nuez


 











No recuerdo el nombre del restaurante, pero sí, con claridad, la sensación que me produjo el buen ambiente de camaradería literaria que allí se respiraba. Era mayo de 2004, estaba a punto de cumplir cuarenta años y pasaría mi onomástico en San Miguel de Tucumán, a donde fui invitado para participar en un encuentro de escritores que se celebraría en la Universidad Nacional de aquella provincia argentina. Uno o dos días antes de que comenzara la actividad, mi amigo David Lagmanovich organizó algunas reuniones con escritores del lugar, quienes me demostraron afecto y gusto por escuchar mi acento de película mexicana.

Digo pues que la fiesta estaba en su apogeo de vino, cena y música, cuando ocurrió una suerte de pequeño milagro. Juan Pablo Neyret, escritor y periodista marplatense también invitado por David, pidió silencio a la concurrencia porque deseaba compartir un poema. Caminó al micrófono de los cantantes y, sin más, ofreció de memoria los dos sonetos escritos por Borges y publicados en tándem con el título “1964” dentro del libro El otro, el mismo (1964). No existían los celulares con avances tecnológicos como los de hoy, así que yo llevaba cámara digital y una minigrabadora de audio, para lo que pudiera ofrecerse. Y se ofreció: mientras Juan Pablo decía (no declamaba, pues declamar ya era y sigue siendo una práctica obsoleta) los dos sonetos, alcancé a sacar la grabadora y pescar al aire algunos fragmentos de su voz, los últimos seis versos. Aquello fue un torrente de luz en medio de la noche.

Yo ya conocía las dos piezas de “1964”, pues la Obra poética (Alianza-Emecé, Madrid, 1975, 447 pp.) de Borges es un libro que conseguí en los noventa. Lo que no sabía era aquello que Juan Pablo me reveló al pasar los versos por el filtro de su garganta: que la perfección no sólo estaba en la escritura, sino en el sonido exacto que iban dejando sus acentos y sus rimas, la gestación de un clima melancólico a partir de las palabras hechas de tinta en algún libro, pero sin duda redimensionadas al adquirir forma sonora, tal y como era el canto (la poesía) antes de la invención de la escritura. “Estos versos nacieron para decirse, no para leerse”, pensé.

Es posible encontrar “1964” con toda facilidad en Google, así que sólo traigo aquí el segundo soneto, que me gusta más, valga la implícita e innecesaria comparación: “Ya no seré feliz. Tal vez no importa. / Hay tantas otras cosas en el mundo; / un instante cualquiera es más profundo / y diverso que el mar. La vida es corta // y aunque las horas son tan largas, una / oscura maravilla nos acecha, / la muerte, ese otro mar, esa otra flecha / que nos libra del sol y de la luna // y del amor. La dicha que me diste / y me quitaste debe ser borrada; / lo que era todo tiene que ser nada. // Sólo que me queda el goce de estar triste, / esa vana costumbre que me inclina / al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina”.

Lo que uno primero siente, de golpe, es el tono de la pieza. Ciertamente la voz poética se resigna al “goce de estar triste”, pero esa tristeza no es una aplanadora, sino una especie de sombra atenuada por la frase previa: “sólo me queda”, que supone una ganancia en medio de la derrota (de aquí que la tristeza sea un paradójico “goce”), como cuando en otro lugar el mismo autor afirma que el olvido es “una de las formas de la memoria”, es decir, una pérdida que también es una posesión. La afirmación inicial, contundente (“Ya no seré feliz”), tiene como inmediato amortiguador el “Tal vez no importa”, que así sea con dudas hace menos trágica la tragedia de haber sido centrifugado del amor.

Para consolarse en medio de la desolación, recuerda: “Hay tantas otras cosas en el mundo”, y que “un instante cualquiera es más profundo / y diverso que el mar”, lo cual es cierto si reparamos en que cualquier segundo contiene infinitas situaciones, más que gotas de agua en el océano. Sabe que, por larga que parezca, “La vida es corta”, cortísima, y como escribían los latinos sobre las horas en los relojes de sol, “todas hieren; la última mata” (Vulnerant omnes, ultima necat), así Borges nos hace ver que una “oscura maravilla nos acecha”, la de la muerte que “nos libra del sol y de la luna”, que es como decir que nos libra de todo, incluido el amor.

Y estos versos tremendos en su sencillez y su verdad: “La dicha que me diste / y me quitaste debe ser borrada; / lo que era todo tiene que ser nada”, plantea la obligación de recurrir al olvido como tablita de salvación. Al final, aquello del “goce de estar triste” y practicar, luego del naufragio amoroso, esa “vana costumbre” de pasar por “cierta puerta” y “cierta esquina”.

Sé que este soneto dice mucho más de lo que yo puedo exprimir, pero creo que ni siquiera es necesario hurgar en su sentido, someterlo al microscopio; es suficiente con sentir su flujo por los tímpanos y atisbar el avance de su resignado apagamiento, su melancolía de tarde que se va haciendo noche.

sábado, enero 11, 2025

Ser Abelardo Castillo

 
















El nombre Abelardo Castillo dirá poco en México, casi nada. Es uno más de los numerosos escritores latinoamericanos cuya obra quedó circunscrita a una patria, la suya. Nació en la ciudad de San Pedro, provincia de Buenos Aires, Argentina, en 1935, aunque, como tantos allá, desarrolló su trabajo literario en la capital. Decir que es un escritor de repercusión sólo argentina no es agraviarlo, pues ya se sabe que, salvo muy pocas excepciones, los escritores latinoamericanos a lo mucho alcanzan una fama endogámica, de fuste nacional, lo que por otro lado no es poco.

Lo leí por primera vez en 2005 gracias a un regalo de Juan Pablo Neyret, quien desde Mar del Plata me envió a Torreón los Cuentos completos de Castillo publicados por Alfaguara. Las palabras que acompañaban el obsequio fueron muy generosas: Neyret escribió que me acercaba un escritor en el que yo encontraría ecos de mi trabajo, rasgos que seguramente me harían fraterno el tono de sus narraciones. Fue una hipérbole amistosa, claro, pero tras leerlo confirmé que se trataba de un notable cuentista, un autor de microcosmos densos de desgarramiento humano, de almas abrumadas por el látigo de la existencia. Por aquellos años yo seguía trajinando como profesor volante, y era una época en la que los alumnos aún ponían más atención a la clase que al celular. Por ello no fueron pocas las aulas en las que, entre otros textos, introduje como parte del material de lectura algunos cuentos de Castillo, sobre todo dos que siempre funcionaron bien: “El candelabro de plata” y “La madre de Ernesto”, relatos en los que se advierte claramente una tesitura destoyevskiana, vidriosa, entre brutal y conmovedora, valga el oxímoron.

Autor de novelas, obras de teatro, ensayos, diarios, antologías, artículos e incluso algo de poesía, sospecho que el cuento fue (es) lo más apreciable de su producción. Un abordaje sumario de su carrera sintetiza lo anterior con esta semblanza disponible en internet: narrador y dramaturgo argentino cuya obra narrativa se caracteriza por su prosa cortante y muchas veces reveladora de la sordidez de la realidad. Animador de la difusión y el debate literario-político, fundó con Arnoldo Liberman El Grillo de Papel, que luego se llamó El Escarabajo de Oro, una de las revistas literarias de más larga vida (1959-1974) en la Argentina. Posteriormente dirigió El Ornitorrinco (1977-1987). Compaginó su actividad literaria con las colaboraciones periodísticas y la dirección de talleres de creación literaria. En 1961 obtuvo el premio Casa de las Américas por los cuentos de Las otras puertas, género que continuó con Cuentos crueles (1966), Los mundos reales (1972), Las panteras y el templo (1976), El cruce del Aqueronte (1982) y Las maquinarias de la noche (1992), luego reunidos en Cuentos completos (1998). La narrativa de Abelardo Castillo evolucionó de un realismo de signo existencial y comprometido social y políticamente (en la línea de Sartre) a una mayor estilización que lo acerca al expresionismo; sus argumentos colocan a menudo a los personajes en situaciones límite envueltas en un denso fatalismo. 

Hasta aquí la referencia biográfica retocada levemente. Con tal lona recorrida, en 2005, a los setenta de su edad, publicó Ser escritor (Seis Barral, Buenos Aires, 219 pp.), libro de aproximaciones al oficio de leer y de escribir. No es un manual o, como los denominaban hace dos siglos, una “preceptiva”, sino una serie de breves apuntes en los que comparte, destilada y asistemática, su experiencia literaria. Así pues, es un libro de suyo interesante para quienes han elegido dedicarse, con o sin talento, a engarzar palabras cuyo fin es llegar a ser arte.

Ser escritor es abarcado por diez capítulos, algunos con título elocuente: “El oficio de escribir”, “Literatura nacional”, “Los talleres del escritor”, “Crítica y críticos”, “Escritores en persona”, “Ética y compromiso”, “Filosofía y letras”, “Irreverencias”, “Baúl” y “Mínimas”. En todos late una prosa severa y el modo entre taxativo y socarrón de quien ya sabe que sabe mucho del asunto o al menos lo suficiente como para que no le vengan con que cambie o matice sus pareceres. El impulso pues es de aforismo, de sentencia, de idea planteada así, contundentemente, porque lo escrito ha sido pensado y repensado en años, los muchos años de lectura y escritura que sumaba ya Castillo cuando acuñó las aseveraciones.

Para quienes escriben, las observaciones de Castillo pueden servir como semáforo: ayudarán a seguir rutas de trabajo, advertirán sobre problemas inherentes al oficio y frenarán a quienes asuman con candidez algunos malentendidos sobre esta labor y sobre varios escritores. Como es un libro armado con pedacería, con textos cortos y muchos hasta brevísimos, es fácil trasegar ejemplos. Esto dice sobre “El culto del coraje”: “El culto del coraje en el tango y en nuestra literatura no es más que el subproducto de la reverencia natural, humana, que se tiene por lo heroico; que lo llevemos al plano del coraje gratuito, sólo significa que andamos escasos de épica en el sentido homérico”. Dicho sea de paso, lo citado podría valer para explicar el culto actual a los héroes deportivos.

En “La historia subterránea” destaca un rasgo esencial de la buena narrativa: “Ninguna historia cuenta una sola historia, ni en los libros ni en la vida. Pero, sobre todo en la literatura, si la historia subterránea no es en cierto modo la esencial no hay obra de ficción”.

Al hablar de algunos escritores totémicos, apunta detalles que incluso mueven a sonrisa: “Cortázar ha dicho que no corregía, o que improvisaba sus cuentos sin saber cómo ni por qué. Es falso, es una pose inocente o una broma para señoritas que venden arpas usadas. Yo recuerdo cartas que acompañaban algún cuento para la revista: ‘Por favor los puntos, las comas; revísemelo usted mismo, lo he corregido tanto’. Cortázar coqueteaba un poco al decir que escribía sus historias sin saber adónde iba. Él a lo mejor no lo sabía; pero su inconsciente sí. Esa poética del éxtasis, que profesan los jóvenes tontos, sólo es útil si ya se es Cortázar, si ya se tiene una ciega confianza en que las palabras hablan por nosotros”.

Sobre Macedonio Fernández, esta boutade curiosamente macedónica: “Un malentendido nacional, de orden benévolo. No fue novelista ni poeta ni mucho menos metafísico. En algún sentido, apenas si fue escritor. Bien leído, era amanerado, caótico y plúmbeo, a fuerza de querer ser siempre ingenioso. Como sería absurdo no admirarlo, yo también lo admiro”.

Por último, notas de reivindicación como esta sobre José Ingenieros, autor que a México llegó sólo con El hombre mediocre (colección  Sepan cuantos… mediante): “Si yo fuera pedagogo, recomendaría a los jóvenes que dejen de leer estupideces, se olviden de los dictámenes académicos, y le peguen un ojeadita a los libros de Ingenieros. Muy pocos hombres pensaron bien y, al mismo tiempo, escribieron bien en nuestro país. Ingenieros fue uno de esos raros”.

Libros como Ser escritor —de notas sueltas, de apuntes rápidos y algo malhumorados— son gratos cuando provienen de alguien que ya es Castillo, un escritor formado en la lectura permanentemente crítica, aquella que constituye la base del extraño, del traumático oficio de escribir.

Abelardo Castillo murió en Buenos Aires en 2017.

miércoles, junio 19, 2024

Narrativa turbo de Juan Romagnoli

 





















Los nombres de los géneros son convencionales. Los aceptamos para saber más o menos de qué hablamos, pero en el fondo da lo mismo el molde, sea el que sea. Podría decirse pues que lo importante no es el continente, sino el contenido. Así, y más allá de las pequeñas variantes que pueda suponer una escritura u otra, llamamos al relato corto de distintas maneras sólo para que la desorientación no nos abrume: microficción, microrrelato, micronarración, narración breve, cuento súbito, cuento brevísimo, minificción…

Pasa algo similar con ese género nacido ambiguo que solemos llamar novela corta, noveleta o, con regodeo galicista, nouvelle. ¿Por qué no llamarle micronovela? Fuera del gélido contexto académico da igual no ceder a la manía nominativa, creo, pues en el caso de la micronovela lo importante, también, es el contenido, no el recipiente que la acoge ni su rótulo. Veamos dos libros con relatos de esta índole.

La micronovela Una bala lleva tu nombre (Macedonia, Morón, 2024, 48 pp.), de Juan Romagnoli (La Plata, 1962), es un relato convincente, eficaz y tenso, legible a velocidad turbo, lo que calza muy bien con su trama de road movie.  Dos delincuentes, Gómez y la Rubia, algo así como Bonnie & Clyde del Gran Buenos Aires, perpetran un robo en Adrogué. El relato comienza cuando, dinero en mano, recién comienzan su escapatoria en el entorno oeste de la capital argentina. No han hecho ni un disparo, pero de todos modos se cuidan de la policía mientras avanzan en su huida. Pasan en esa agitación por Campana y otros lugares cercanos. Su idea es, de hotelito en hotelito, escurrirse por el norte hacia la frontera con Brasil. El problema, sin embargo, no es rajar ante el pálido acecho de la justicia, sino de Tino, expareja de la Rubia. En esto se basa el suspenso de la aerodinámica narración.

Lamentablemente para Tino, quien gozó los favores de la Rubia mientras Gómez mordía barrote, la pareja de ladrones sabe que el tercero en discordia los perseguirá, y ni la Rubia quiere regresar con él ni Gómez desea tenerlo cerca. Contar más es adelantar con imprudencia, “espoilear”, como se dice ahora. Sólo es necesario añadir que Romagnoli ha escrito un cortometraje textual en el que la velocidad juega un rol fundamental: velocidad en los autos, velocidad en las decisiones de los protagonistas, velocidad en la resolución del conflicto. Sólo falta añadir a esto la velocidad en la lectura de quien pase su mirada por las páginas de Una bala lleva tu nombre. El final llegará pronto y, estoy seguro, nadie se sentirá defraudado.

Del mismo autor, el libro Eran viejos conocidos (Macedonia, Morón, 2024, 56 pp.) presenta las mismas características a la obra anterior y añade otra que enfatiza la peculiaridad del género. Esta nueva característica es, precisamente, la que fuerza el uso de la etiqueta “micronovela” y no “macrocuento”. Si bien por extensión se podría pensar todavía en un cuento largo, en Eran viejos conocidos hay un protagonista, Tomás, que sirve como eje de la historia, pero es el despliegue de hechos y personajes distribuido en capítulos brevísimos lo que amplía y desborda las lindes del cuento. Es una sola historia, en efecto, como si fuera una sola bala, pero es expansiva, se abre a muchas subhistorias, lo que añade el ingrediente novelístico.

Del género fantástico —no creo que sea ciencia ficción al uso—, el relato narra un acontecimiento largamente imaginado por la humanidad: la llegada a nuestro globo de seres extraterrestres. El revuelo que provoca la noticia es visto desde la modesta realidad de Mendoza, Argentina, donde vive Tomás. Nuestro protagonista sigue desde aquella provincia vitivinícola las noticias que fluyen a través de los medios de comunicación. Lee y escucha lo que se sabe y se especula sobre los visitantes, y lo que los políticos y los científicos sueltan a confusos chorros por los afluentes del periodismo. La historia avanza y tiene un vuelco cuando un dato inquietante brota al público: los extraterrestres son neandertales alguna vez secuestrados de la Tierra y llevados a un planeta remoto donde no se extinguieron y, claro, siguieron su extraña evolución. Otro elemento significativo es la aparición, no sin humor, de Diana, una científica mendocina que casualmente trabaja en la NASA y tiene cierto parentesco con Tomás. Hasta su inesperado cierre, el relato se precipita en acontecimientos que colocan a Mendoza en el centro de la actualidad mundial. De nuevo, pues, el autor ha contado vertiginosamente una historia cuyos capítulos nos bombardean como luz estroboscópica.

En las dos obras mencionadas, la novela corta, llamada “micronovela” por su autor, nos abre la ventana a un tipo de narración mestizo en el que la amplitud y la pluralidad de la novela se comprimen y avanzan como la pedrada que suele ser el cuento. Es, en todo caso, una mixtura atrayente y harto atendible, una fusión que calza bien al tiempo que vivimos de fragmentarismo, rapidez y eficacia literaria.

sábado, junio 08, 2024

David, mail y conclusiones

 











Como humilde tributo, tuve dos veces la oportunidad de mencionar a David Lagmanovich (Huinca Renancó, Córdoba, Argentina, 1927-San Miguel de Tucumán, Argentina, 2010) durante mi reciente viaje a la Argentina. La primera y más importante, el 9 de mayo en una mesa organizada dentro de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. La verdad es que desde el año 2000 tengo muy presente a David. Además de vernos tres veces en persona, recibí su lúcida amistad, por mail, durante la década final de su vida, y no dudo en confesar que, como amigo y maestro, fue un ser humano decisivo en mi vida.

David practicaba la buena y ya casi olvidada buena costumbre de enviar cartas. Por correo electrónico, obvio. De haberse dado en estos tiempos, aquel diálogo virtual quizá se hubiera visto entorpecido por Whatsapp, que, sospecho, acelera y atropella tanto la interlocución que al final es imposible saber de qué se habló, hallar un hilo conductor en las conversaciones. Por mail todavía era, y es, posible dialogar con cierta morosidad y hondura, como lo hacía David y como yo trataba de corresponderle (aunque, claro, sin su sabiduría).

Veo un ejemplo de los muchos que quedaron resguardados en la bandeja de mi correo electrónico. En una carta de enero de 2008, escribió: “Acabo de terminar de leer la tercera de las tres novelas de Ross Macdonald, protagonizadas por el detective Lew Archer, que forman un volumen encuadernado de la colección de la Biblioteca de Letras. Las tres novelas son: The Galton Case, The Chill, y Black Money. A veces tienden a ser demasiado enredadas, pero están llenas de inteligencia y de un agudo estudio de la naturaleza humana. También, de momentos y frases dignos de ser recordados.

Anteriormente leí una selección de cuentos tempranos de Raymond Chandler —el nombre del libro es Trouble Is My Business, y se completa con otro titulado Red Wind, que no saqué de la biblioteca por error— y en donde los protagonistas son varios detectives, todos parecidos entre sí, y anteriores al definitivo Philip Marlowe”.

Sin detenerse mucho, pero con agudeza, David comenta sus lecturas de aquellos días. En sus palabras se nota el deseo de compartir algunas veloces impresiones de lector. Sigue:

“Otra cosa que leí, como parte de estos entretenimientos del verano, fueron los Aforismos de Lichtenberg, que antes había consultado algunas veces, pero ahora lo leí íntegramente. Verdaderamente notable.

Ahora me queda por leer el último libro que me traje de la BdeL, también un ‘omnibus’ como los llaman en Estados Unidos, y que contiene tres novelas de mi admirada Ruth Rendell. Estoy disfrutando de estas lecturas, porque en los últimos años casi no he leído nada que no fuera por obligación, es decir, en relación con algún trabajo que estuviera haciendo. Esto, en cambio, es esparcimiento”.

Dos o tres conclusiones de mi parte: extraño aquel tipo de charla epistolar, los maestros son maestros para siempre y uno debe leer también, aunque sea de vez en cuando, por puro esparcimiento.

sábado, mayo 25, 2024

Teatro, juventud y talento

 









Es la tarde del miércoles 22 de mayo y no sabemos con exactitud el destino de la noche. “Vamos de nuevo al teatro”, le digo a Maribel. Buenos Aires, se sabe, es una ciudad abarrotada de teatros. Por ejemplo, las grandotes de la avenida Corrientes, y muchos pequeños a veces levantados con menos plata que ilusión, como dice algún tango. Elegimos otra vez el Nun, un espacio pequeño y acogedor donde a diario hay una puesta diferente y cada una se repite cada ocho días durante cierta temporada. Leí en la web del Nun los comentarios de Tardamos diez años en llegar al corazón, la obra del día, y todos eran elogiosos. Ante los piropos uno entiende que pueden ser excesivos, pero era para el caso lo de menos: la obra nos quedaba cerca, a cuatro cuadras, y las caminamos con el deseo de pasar un buen rato. Esto decía su sinopsis: “Tardamos diez años en llegar al corazón es la historia de dos niñas que deciden matar a su pez llamado Naná. Este pequeño crimen será el fin de la calma de esta familia. Una madre triste, un padre cansado, una tía poco querida y dos niñas muy atentas. Las verdades irán saliendo a flote y la pregunta será: ¿qué hacemos con ellas?”

Pero el buen rato apetecido no lo fue bueno, sino maravilloso. La obra, escrita por Maga Rosu cuando tenía 18 años, cuenta una historia intensa, escrita con precisión y fluidez, con pasajes que pasan de lo cómico a lo tierno y de lo tierno a lo doloroso, todo sin solución de continuidad, a un ritmo emocional de vértigo. Si a la altura del texto se colocan además, como es menester en una obra de teatro, la puesta y sobre todo las actuaciones, el resultado es redondo, podría decirse que cercano a la perfección.

En este punto es necesario destacar las actuaciones. Las cinco son espléndidas, de tan alta calidad que ninguna se queda corta ni desbordaba a las demás: todas lucen una exactitud que pasma, una entonación y una gestualidad en sintonía con la condición del personaje y su situación en cada secuencia.

Juana (Maia Lis) y Elena (Anna Fantoni) son las dos hijas de la familia. La primera es involuntariamente graciosa, inquisitiva, imprudente; la segunda, claridosa, aguda, precozmente adulta. Cada cual desde su trinchera, acribillan con preguntas y respuestas sorprendentes a su padre (Gabriel Schapiro) y a su madre (Maru Belli), que son, él, un tipo abrumado por la vida y las responsabilidades, un tanto tibio en la autoridad con sus hijas; y ella, una mujer atravesada por una melancolía de origen incierto, una pesadumbre que la mantiene en el rincón de los afligidos. El catalizador de un estallido en esa familia algo convencional llega con la aparición en escena de la atractiva y medio lagartona tía Silvia (Susana Giannone), lo que detona un conflicto urticante en el hogar.

Pero, más allá de la trama y de las impecables actuaciones, asombra que se trate de una obra escrita por una joven de 18 que hoy tiene 22, y que ella misma sea la responsable de la dramaturgia y la dirección. Lo dicho: hoy muchos jóvenes viven extraviados en la Absoluta Nada del celular, pero los que sí están sacando provecho a la era de la información pueden tener veinte años y exhibir una madurez de cuarenta. Es el caso de Maga Rosu, autora y directora de Tardamos diez años en llegar al corazón.

miércoles, mayo 15, 2024

Alegría por Pedroni


 










Como en Torreón —toda proporción guardada—, tengo ubicadas en Buenos Aires dos o tres librerías de viejo. El lunes recalé en una de ellas y luego de un rato ya tenía mi lote de compra bien seleccionado cuando al esculcar en un anaquel inferior di sin querer con un libro de José Pedroni (Gálvez, Provincia de Santa Fe, 1899-Mar del Plata, Provincia de Buenos Aires, 1968). Sentí una iluminación, el encuentro de una inesperada alegría en mi tarde bibliográfica por la avenida Corrientes.

El libro es Gracia plena (Colmegna, Buenos Aires, 1976), y el autor, uno de mis ídolos cuasisecretos desde hace más de dos décadas. Lo descubrí gracias a un caset grabado artesanalmente. Contenía canciones interpretadas por Jorge Cafrune, a quien hoy también admiro. En varias de las piezas, el Turco Cafrune se daba a recitar, más que a cantar, poemas de Pedroni.

Gracias a la voz del cantante llegué pues al poeta santafecino, y desde entonces comencé a buscar sus obras en el único espacio a mi alcance: internet. Aunque en medio se dieron al menos seis viajes a la Argentina, nunca vi nada disponible de Pedroni, casi como si estuviera enterrado en el olvido por sus paisanos.

De ahí mi felicidad del lunes 13. Por la miserable cantidad de 1800 devaluados pesos argentinos (hoy no más de 40 pesos mexicanos) me llevé Gratia plena, el primer y por hoy único libro de Pedroni que ahora puedo hojear.

“Gaucho”, un poema que adoro, no está en este libro, pero en momentos de diálogo con mi sombra no es infrecuente que se escape de mis labios alguno de sus versos, como una oración, como un secreto nexo entre el autor lejano y mi cabeza que lo piensa desde la remota Comarca Lagunera. Termino esta confesión de mi alegría con un fragmento de “Gaucho”:

“¿Dónde la voz que diga ¡Por aquí! / en nuestra amarga tarde; / dónde la voz de valeroso rumbo, / que nos enanque / y el ala del sombrero / otra vez nos levante? / Fuerza que se ha alejado de nosotros, / por el mañana, ¡hágase! / Vénganos otra vez, / ¡oh, gaucho!, tu coraje. / Vénganos tu conciencia del deber. / Vénganos tu arranque. / Tu cuchillo de fuego. / Tu altivez, tu donaire. / Tu canto de jilguero. / Tu baile. / Tu corazón de niño. / Tu ángel. / ¡Vénganos sobre el campo, / por el aire!”

miércoles, enero 10, 2024

Tropecé de nuevo con el mismo libro

 











Releer no tiene disculpa frente al pavoroso número de libros parados aburridamente en la fila, sin atención. Veo los estantes de todo lo que aguarda la visita de mis ojos y siento que “defraudo una espera”, como escribió Zitarrosa a propósito de otro tema. Pero a veces, sin querer queriendo, como reza la sentencia chespireana, un libro ya atendido vuelve como capricho y exige un nuevo recorrido.

Esto me pasó en la primera semana del año con La novia de Odessa (Emecé, Buenos Aires, 2001), libro de Edgardo Cozarinsky (Buenos Aires, 1939) que en 2021 me provocó, al concluirlo, una madrugada de alucinaciones impregnadas de su estilo literario y de sus melancólicos fantasmas. Volví a tomarlo con la sospecha de que no era para tanto, de que sus páginas no me resultarían tan meritorias, y que por ello una segunda lectura me dejaría la tranquilidad de saber que aquella madrugada alucinante, afiebrada, había sido un percance de lector desprevenido.

Erré. Otra vez, las páginas de Cozarinsky hicieron su labor y me ciñeron a un universo de personajes atrapados en una tristeza (más bien, reitero, en una melancolía) indefinible y puestos a vivir sobre las páginas con una prosa (vaya prosa) fortalecida por imágenes y pequeños rodeos que colman de inquietud cada renglón.

Mi cuento favorito es el que da título y tono al volumen, “La novia de Odessa”, el primero, al cual no vacilo en adherir la etiqueta de obra maestra. En este relato está agazapado, por así decirlo, todo el conjunto: historias de migrantes, de exiliados, de seres que exploran en su borrosa genealogía y en ese trance vislumbran un pasado que sólo puede ser reconstruido conjeturalmente, en inciertos retazos. El volumen reúne diez cuentos, y me cuesta elegir los más gratos por la sensación de que discrimino mal. Arriesgo que “Literatura”, “Bienes raíces”, “Días de 1937”, “Budapest” y “Hotel de migrantes” son imprescindibles para mí, pues en ellos late lo que ya señalé: un viaje al pasado desde el presente de algún personaje, por lo común judío, puesto a fraguar un collage con recuerdos nebulosos.

Supongo que en México muy pocos han leído a Edgardo Cozarinsky, quien también ha sido cineasta; recomiendo leerlo y luego de esto, como yo, quizá también releerlo. Así de bueno es.

sábado, octubre 14, 2023

Fabián Vique: la microficción como centro

 











Al margen de las grandes vidrieras, sin el ruido promocional que generalmente se concentra en la novela y en abundante “no ficción”, el microrrelato ha podido abrirse brecha entre escritores, editores y lectores. Este avance fue lento durante décadas en América Latina, pero en los años recientes aceleró su marcha debido sobre todo a las nuevas tecnologías de la información: si todo es ahora rápido, a cierta literatura le convino el envase pequeño para moverse con total facilidad en un estado de Facebook o en un tweet. Así pues, de Darío, Lugones y Torri pasamos con lentitud a Borges, Arreola, Cortázar, Monterroso, Denevi, y de ahí, ya más aceleradamente, al numeroso contingente de microficcionistas que hoy exhibe nombres como los de René Avilés Fabila, Luisa Valenzuela, Raúl Brasca, Juan Armando Epple, Eugenio Mandrini, Felipe Garrido, David Lagmanovich, Ana María Shua, Guillermo Samperio, Pía Barros, Rogelio Ramos Signes, Diego Muñoz Valenzuela y muchos otros que no omito por olvido, sino para evitar una lista más o menos cansadora.

Los microficcionistas son, pues, muchísimos, y de alguna manera se conocen entre casi todos porque han sabido organizar espacios para la divulgación, edición y distribución de sus obras, como los encuentros nacionales e internacionales que suelen convocar a editores/cultores de este género y no sólo permiten la lectura y la discusión teórica, sino el intercambio de títulos publicados en todas las modalidades, desde los marcadamente artesanales hasta los profesionales, como es el caso de los libros del sello Micrópolis, del Perú; Ficticia, de México, y Macedonia, de la Argentina.

Macedonia, a propósito, es un emprendimiento individual. Lo encabeza Fabián Vique (Buenos Aires, 1966), quien además de la edición y la docencia ha practicado, a mi parecer con harta fortuna, la escritura de microficción. Si bien su labor como editor es ya digna de reconocimiento —pues es quien más ha publicado títulos de este género en la Argentina, todo desde Morón, partido del conurbano bonaerense—, Vique es un creador espléndido, y es en su obra creativa en la que deseo poner énfasis durante los renglones venideros. Tiene cinco títulos de narrativa corta, aunque las piezas de uno de ellos, La tierra de los desorientados (2007), no encajan en el ámbito de lo microficcional. Aquel primer libro muestra, sin embargo, los rasgos característicos de su trabajo escrito: el humor indeclinable y la búsqueda y el hallazgo de lo absurdo, lo paradójico, lo ridículo. Hay algo en sus ficciones amplias y brevísimas que no veo con frecuencia en sus homólogos: una suerte de desenfado o antisolemnidad que lo lleva a tratar todos sus temas como si nada importara, como si todo fuera susceptible de ser abordado sin manifestar apegos o apasionamientos. Eso le ha permitido escribir de todo, hasta de lo más insignificante, sin que uno sienta que es insustancial. Algo similar siento, por cierto, cuando leo al mexicano Marcial Fernández, par de Vique en dos ámbitos: el editorial y el creativo.

La tierra de los desorientados no es microficción pero, insisto, ya muestra el perfil de la producción ulterior de Vique. El tono humorístico está marcado desde los títulos y el “resumen”. Un cuento, por ejemplo, es “La chica que repartía flores en el leprosario”, que antes de entrar en materia tiene este epítome: “Un médico nos cuenta su historia de amor en el leprosario de General Rodríguez”; o en el cuento “Mercados alternativos”, resumido como “Un texto de gran ayuda para el inversor audaz”. La imaginación de Vique parece permanentemente irónica, zumbona, como decían los antiguos, y jamás se queda enredada en el alambre de púas del chiste fácil, sino que se expande como alegoría sutilmente crítica a comportamientos ridículos o, como ya señalé, absurdos.

En 2009 publicó Variaciones sobre el sueño de Chaung Tzu, su primer libro de microficciones. Además de la serie con las “variaciones” sobre el famoso micro chino, Vique ensarta brevedades que, creo, muestran la malicia algo macedónica (por Macedonio Fernández) que aplica recurrentemente en su escritura. En “El otro Guiness”, narra con guiño cientificista: “Cuando se sabe cerca del final, la lombriz incandescente de Paranacito emprende el camino hacia el centro de la Tierra. El fin le llega mucho antes porque la ruta es larga y además el suelo se va poniendo cada vez más duro. Pero sería canallesco medir sólo el resultado y no considerar la intención”. Más allá de la falsa moraleja, ¿no sería aplicable el caso de esta lombriz al de muchos poetas o futbolistas?

Veamos otro caso del mismo libro. Aquí advierto un delicado cuestionamiento al facilismo de los libros de autoayuda:

 

Para salir del pozo lo mejor es una buena escalera, lo suficientemente alta y resistente para llegar a la superficie sin tener que andar haciendo maniobras complicadas.

En su defecto, un ascensor o una cuerda bien larga y fuerte, con una roldana bien agarrada a alguna parte, y en lo posible un gorila afuera, con la fuerza y la paciencia necesarias para tirar para arriba sin hacer demasiadas preguntas.

Una vez en la superficie, actuar con naturalidad, como si tal cosa, silbando bajito.

 

O éste en el que juega con la intertextualidad en una de las variaciones que dan título al libro: “Chuang Tzu soñó que era una mariposa. Al despertar no sabía si era una mariposa, o si era un dinosaurio que todavía estaba allí”.

Un año después, en 2010, Vique publicó su segundo lote de brevedades en La vida misma y otras minificciones. El autor persiste en la voz socarrona, y lo hace desde el prólogo. Señala que dividió el contenido en tres secciones, y aclara: “Lo importante es que la mayor parte de las piezas del primer grupo pueden pasar al segundo o al tercero, las del segundo al tercero o al primero, etcétera”. Este libro es el mejor de Vique, aunque debo decir que no conozco Peces, título casi recién aparecido en Buenos Aires.

Hacia 2012, PD Editores, de Monterrey, publicó una antología titulada Los suicidas se divierten. Reúne lo mejor de la producción de Vique. Entre sus textos está mi relato favorito, “El escupidor de Rafael Castillo”, que me sirve para cerrar el apunte y recomendar el trabajo de este escritor y editor argentino:

 

Todas las noches, a la una en punto, el escupidor de Rafael Castillo sale a escupir a la gente. El recorrido abarca las dos veredas de Carlos Casares, desde Don Bosco hasta las vías.

Quienes lo conocemos evitamos la zona en la media hora que dura la vuelta. Pero siempre encuentra inocentes que deambulan a merced de su boca certera.

Alberto apunta a los ojos y lanza un líquido casi blanco, no muy espeso pero de interesante volumen.

Los escupidos se asombran del buen semblante, de la discreción y hasta de la elegancia del escupidor. Nunca reaccionan. Se limpian la cara y siguen su camino. Se dice que en las mejores noches Alberto ha proporcionado más de una docena de escupitajos.

Durante el día, sin embargo, el escupidor es un hombre común y corriente. Suele decir que no le gusta el barrio y que tiene ganas de mudarse con su familia a un lugar más tranquilo.

Nota. Apunte publicado originalmente en Literal. Latin American Voices, EUA, en noviembre de 2016.

sábado, julio 23, 2022

Un día de Lucas en Montevideo

 











Encontré dos libros de Pedro Mairal (Buenos Aires, 1970) en Torreón, y esto, más haber leído su nombre en dos o tres comentarios esporádicos de mis contactos en las redes sociales, me dejan ver que, así sea de manera aún tibia, este narrador es uno de los pocos argentos que en México han entrado al relevo de los mismos de siempre (Borges, Cortázar, Sábato, Piglia, Valenzuela, Giardinelli…). A él podríamos sumar, aunque también minoritariamente, a Eduardo Sacheri, Rodrigo Fresán, Claudia Piñeiro, Mariana Enríquez, Kike Ferrari y algún otro como Martín Caparrós. No incluyo en la lista, por razones obvias y aunque venda mucho acá, a Jorge Bucay y a otros de similar calaña.

Decía pues que Mairal ha comenzado a moverse en México y me da gusto, pues sin duda se trata de un escritor más que atendible. Lo descubrí, como mucho de lo que descubrimos hoy, en internet, cuando me topé con una de sus crónicas. Se refería en ella, no sé si recuerdo bien, a una zona de Bogotá a la que el adjetivo “sórdida” le queda chico. Me gustó su temple narrativo (la crónica es básicamente narración) y la chispeante agilidad de su prosa. Luego conseguí su novela Salvatierra, que no despertó mi entusiasmo como sí lo hizo, apenas esta semana, La uruguaya (Emecé, México, 1921, 167 pp.), uno de sus títulos más recientes.

Se trata de una novela en apariencia sencilla, pero no lo es. Mairal ha logrado cuajar en ella un relato vertiginoso y bien atravesado de momentos dignos de recuerdo. Casi se siente allí, por el oficio y la edad del protagonista, una especie de alter ego del autor, pero ya sabemos que establecer este correlato nunca es pertinente. Lucas Pereyra ha pasado de los cuarenta años; es esposo de Catalina y padre de Maiko. Reconoce que su vida se ha convertido, a tal altura del partido, en una calamidad sobre todo en lo económico y lo literario, así que es, siente, de esos escritores que no escriben porque no tienen dinero o no tienen dinero porque no escriben. Tapado de deudas, al fin consigue un anticipo por la hechura de dos libros, uno de crónicas y una novela. Pide que el adelanto en dólares le sea entregado en Montevideo por dos razones: para luego cambiarlo más ventajosamente en el mercado negro de Buenos Aires y para ver a Magalí Guerra Zabala, una linda uruguaya a la que conoció en un encuentro de escritores y de la cual quedó más excitado que un perro en días de combate.

Su matrimonio con Cata hace agua, y de hecho presiente que ella lo engaña con un médico. A la manera joyceana, la novela narra un solo día. Lucas despierta en Buenos Aires, toma el buquebús hacia Montevideo y ya allí comienza su recorrido por el banco, su encuentro con Magalí (a quien llama “Guerra”) y todas las pequeñas peripecias en la capital charrúa. Del presente se pespuntea al pasado lejano o reciente del protagonista, a todos los pliegues de una vida zozobrante en el amor, el dinero y el arte hasta derivar en el apaleado regreso a Buenos Aires que cierra perfectamente la narración. Poco después, ya en el inevitable desastre, Lucas escribe lo que leímos en La uruguaya como una explicación no tanto para Cata, sino para él mismo. Su derrota es, vista desde otro ángulo, una victoria: “Estaba hecho mierda, derrotado, pero invencible”, dice y tiene razón, pues cuando se toca fondo ya nada nos puede hundir más.

Un detalle final: no es poco valioso el humor amargo/dulzón que impregna toda esta muy muy buena novela de Pedro Mairal.

sábado, julio 09, 2022

La vida invisible de Sylvia

 














Allá por el año 2001 o 2002 descubrí a Sylvia Iparraguirre (Junín, Provincia de Buenos Aires, 1947) gracias a La tierra del fuego (1998), novela de la cual todavía tengo un recuerdo vivo y grato. Fue el único libro que de ella pude conseguir hasta hace poco, cuando en mayo pasado mi amiga Giselle Aronson, de viaje en la Ciudad de México, trajo para mí algunos títulos que mi hija mayor recogió y luego mi segunda hija trajo hasta Torreón. En el kilométrico itinerario venía incluido La vida invisible (Ampersand, Buenos Aires, 2018), que recién leí.

Estoy acostumbrado a que los/mis libros hagan recorridos largos y a veces azarosos. Como también soy habitual de las librerías de viejo, sé que el camino de los volúmenes no es ajeno al misterio. ¿Cómo llega a Torreón —es decir, a mi biblioteca— un viejo libro impreso en Madrid? En el caso del de Iparraguirre que acabo de leer, su razón de estar aquí se remonta a 2019. En alguno de sus días leí en el periódico Página 12 un fragmento del libro Los libros y la calle, de Edgardo Cozarinsky. Quedé tan antojado que aproveché un viaje hacia acá de José Juan Zapata Pacheco, lagunero avecindado en Argentina, a quien le pedí algunos libros, entre ellos el de Cozarinsky. Lo leí y no me defraudó, sino al contrario. Vi que era parte de una serie llamada “Colección Lectores” organizada por la editorial Ampersand (esta palabra designa al signo “&”, es decir, nuestra conjunción “y”). Al saberlo, quise más ejemplares de su menú, pues vi que en todos ellos un escritor distinto atravesaba su experiencia de lector.

El de Iparraguirre define el acto de leer desde el título mismo: La vida invisible, es decir, que con la lectura construimos al lado de la vida real y visible otra que no por invisible e imaginaria deja de gravitar en nuestro ser. Pasa casi al revés: para el lector enfermo de libros la vida invisible es a veces más (o tan) poderosa como la real, pues se agarra de las entrañas y se convierte en experiencia casi tangible, en una realidad paralela mediante la cual el lector, y más si es escritor, encuentra sentido a los aciertos y a los errores de la vida concreta.

Porque así lo solicitan quienes editan los libros de la Colección Lectores, Iparraguirre trazó el camino de su formación como lectora y lo vinculó con el desarrollo de propia escritura. Así, por ejemplo, al principio enfatiza el valor de autores como Defoe y Tolstoi entre sus primeros asombros. A ellos se sumarían, claro, otros, e incluso algunos terminarían siendo no sólo parte de su vida invisible, pues trabó contacto con Sábato, Cortázar y Borges, de quien fue alumna. A los 22 años, dice, conoció a Abelardo Castillo, quien desde entonces fue su pareja y con quien combinó filias y fobias bibliográficas. De él comenta: “A los que empezaban a leer, daba un consejo que yo misma seguí: si un libro les gustaba, que fueran a buscar los autores que ese autor citaba”.

Al final de La vida invisible hay una especie de inventario comentado de favoritos, 27 libros/autores entre los que figuran Camus, Brontë, Faulkner, Mansfield, Fitzgerald, Sylvia Plath, Kafka, Sartre, Carpentier y varios más.

Ya que ella no puede hacerlo, yo sumaría en la lista a Sylvia Iparraguire.

sábado, mayo 14, 2022

Subsuelo de Salsipuedes












Ricardo Ragendorfer (La Paz, Bolivia, 1957) es uno de los periodistas más respetados en la Argentina actual. Su reputación se debe a la calidad de sus investigaciones y al estilo siempre picoso, siempre mordaz y siempre preciso de su escritura. Pero hay un plus en el que esta valoración de su trabajo tiene, creo, otro anclaje relevante: no opera en una parcela cómoda de la realidad, sino en el lado opuesto, en la zona temática más peligrosa del periodismo, la sección que en México lexicalizamos como “policial”. Ahora bien, el suyo no ha sido un periodismo de lo policial al uso, es decir, aquel que recoge y transcribe el parte de la autoridad para convertirlo de manera servil en nota tratada por lo común con prosa fósil sobre un robo, una violación, un asesinato, una extorsión, un secuestro, un enfrentamiento de bandas y todo aquello que habitualmente hace chorrear el morbo de los consumidores de noticias menos exigentes. Todos los países tienen ese periodismo bautizado como “amarillista”.

Hay otro tratamiento de lo criminal y es el que Ragendorfer ha puesto en práctica. Es el periodismo que ve —en un robo, una violación, un asesinato, una extorsión, un secuestro, un enfrentamiento de bandas y todo aquello que habitualmente hace chorrear el morbo de los consumidores de noticias menos exigentes— sólo la punta de icebergs que debajo de su línea de flotación esconden podredumbres misceláneas, vasos comunicantes entre los más variados actores de la delincuencia, sean los mismos delincuentes ya tipificados como tales, sean las autoridades que no les van a la zaga en materia de protervia o ambos en operaciones conjuntas.

De ese tipo de investigación han nacido cientos de reportajes espesos de datos y varios libros igualmente densos de información como La Bonaerense (escrito a cuatro manos con Carlos Dutil), La secta del gatillo, Los doblados y Patricia, de la lucha armada a la seguridad, entre otros. Uno de ellos, la compilación de artículos El otoño de los genocidas, lo reseñé aquí hace poco más de dos años. No repetiré lo que ya escribí sobre el autor, pero me permito un énfasis: leer a Ragendorfer tiene algo de adictivo sobre todo para quienes nos movemos en áreas del conocimiento, como la literatura, mucho menos viscosas. Sus textos nos permiten explorar, acompañados por guiños estilísticos plenos de mordacidad, el accionar nada abstracto, nada literaturizado, del hampa que hoy se desenvuelve con esquemas de trabajo que mucho aportarían en las cátedras de administración empresarial.

Aparte del periodismo, Ragendorfer también ha trabajado en espacios audiovisuales, casi todos disponibles en Youtube, casi todos inscritos en la temática criminal; además, como lo veremos aquí, ha incursionado ya en la narrativa ficcional con La maldición de Salsipuedes (Ediciones B, Buenos Aires, 2015, 216 pp.), su primera novela. Creo que se trata de un gran debut, lo que era más o menos previsible dadas las herramientas de reportero que domina. Digo más o menos porque no siempre es fácil pasar de la narrativa periodística a la de ficción, y al revés. Parecen lo mismo, pero no, y más allá de explicar por qué esto es así, se puede ver estadísticamente que no hay muchos novelistas que desplacen su escritura al reportaje o la crónica, ni coronistas o reporteros que se instalen sin conflicto en el sillón del novelista.

Ciertamente, Ragendorfer “incurre por primera vez en la ficción” con una novela que en lo temático no queda muy lejos de sus dominios. De hecho, la trama, los personajes y el lenguaje tienen la marca de RR, y si hay algunas diferencias con sus relatos reales publicados sobre todo en la prensa, estas son una mayor soltura del estilo, un humor (negrísimo) más visible y el hecho de entreverar con más complejidad el tiempo y el espacio de una historia concebida por la imaginación, no por la realidad. Ahora bien, detengámonos en la última diferencia: ¿esta historia, esta ficción, está muy lejos de la realidad? Hasta donde puedo ver, no. Al leer La maldición de Salsipuedes sentí que asistía al relato de una historia verídica, nada o casi nada distante de las espinosas tramas que con nombres, lugares y circunstancias reales Ragendorfer ventila a diario en espacios periodísticos.

No se trata pues de un divertimento. Aunque sepamos que lo contado es ficción y esta ficción se despliega en clave socarrona, lo interesante de la novela es la matriz investigativa que supone: la del delito común como punta de iceberg. Como en la realidad, Ragendorfer desliza la suspicacia, la duda, en la ficción: en la pequeña ciudad de Salsipuedes hay un asesinato que parece motivado por razones pasionales, pero, al rascar sobre su superficie, el asunto comienza a evidenciar un aspecto de raíz arbórea. Bajo el caso de un crimen de alcoba hay un submundo en el que se intersectan intereses económicos, políticos e ideológicos cuya conexión pone en movimiento los engranajes de la impunidad. Así, cualquier parecido con la vida real no es mera coincidencia.

Dividida en dos partes, 23 capítulos y un apartado que hace las veces de introducción, La maldición de Salsipuedes se erige como ejemplo de la putrefacción que pueden esconder los pueblitos en los que al parecer hay mucha gente de bien y nadie quiebra un plato. Aunque Salsipuedes (en una de las páginas se describe el origen de este pintoresco nombre) sí existe en la Provincia de Córdoba, debemos asumir que, por un lado, no importa la elección del lugar para instalar allí el origen de la historia, y, por otro, es funcional a los propósitos de la narración que sea un lugar algo oculto en el que viven varias familias adineradas, una casta con perfil conservador.

En Salsipuedes asesinan a Sara Palma de Materazzi, esposa de Florencio Materazzi, prestigiado odontólogo del lugar, quien en el momento del crimen participa en un torneo de paddle celebrado en Colonia, Uruguay. El desaguisado desata la voracidad de la prensa y es allí cuando Rudy Lavilla Grau, el abogado de Materazzi, contrata los servicios de Urtaín, un ex subcomisario de la Policía Federal ahora dedicado a ver insípidos casos de una aseguradora (más adelante, en otros capítulos, sabemos cuáles fueron las zancadillas del destino que frenaron la carrera de Urtaín en el servicio público). El ex subcomisario es contratado por Lavilla Grau para que investigue el crimen de la mujer y evitar el chismorreo de la prensa, y esta es la razón por la que se apersona en la Provincia de Córdoba. Poco a poco, Urtaín comienza a escarbar, y con base en la cosecha de algunos datos vislumbra las marranadas que burbujean en el fondo de la calamidad.

Vemos entonces que Urtaín pesca el nombre del mexicano (un tal Jesús, seudónimo de Alejandro Lara) que le afloja un mesero, y dado que su recolección avanza bien, comienzan los misteriosos obstáculos: matan a Farías, el mesero, y él, Urtaín, recibe una agresión que lo manda al hospital; luego, un albañil es encontrado culpable del crimen, pero Urtaín sabe que se trata de un chivo expiatorio a quien le han extraído la confesión de la culpa con procedimientos que en México sintetizó la técnica del tehuacanazo.

Urtaín es centrifugado de la investigación por los mismos que lo contrataron, pues sólo querían simular una investigación, y es aquí donde él decide seguir el rastro por la libre: descubre que cuatro tipos en los que media “amistad”, todos cercanos a Sara Palma de Materazzi, han trabajado en tareas represivas durante la última dictadura (76-83), uno de ellos el obispo Emilio Rádkovic. Todos saben que Urtaín sabe o que al menos sospecha, así que buscan neutralizarlo. Él huye para adelante, pues continúa su indagación, lo que lo pone cada vez en mayor riesgo. Los cuatro tipos que lo siguen conforman una parvada de buitres (un abogado, un dentista, un político y un religioso) que, dadas sus funciones durante el eufemístico Proceso de Reorganización Nacional, aprovecharon la coyuntura y se hicieron de propiedades muebles e inmuebles de víctimas del terrorismo de estado. En la dictadura no sólo hubo, entonces, apropiación de recién nacidos, sino otra apropiación que también es grave y en muchos casos permanece intocada hasta la fecha, con prestanombres: la del patrimonio ajeno.

Ciertas fallas en la estructura de la sociedad tetrapartita, cierta traición, ciertas preferencias sexuales inconfesas, la presencia de un sicario mexicano al que también es pertinente liquidar, el apoyo de un periodista y la ayuda de una colaboradora sorpresa permiten que Urtaín dé con el tuétano del misterio. Pero antes de llegar a esto, lamentablemente, la maldición de Salsipuedes cobra algunas víctimas.

Una ficción de esta índole, como dije párrafos atrás, no es tan ficticia cuando montamos su patrón, una especie de plantilla, sobre la realidad: debajo del poder, en lo profundo de la prosperidad, allá en los mantos subterráneos del éxito material, no es improbable encontrar abusos, atrocidad, despojo, mierda en suma. Ricardo Ragendorfer ha incurrido por primera vez en la ficción con una muy buena novela.

Comarca Lagunera, 8, 2 y 2022