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sábado, febrero 15, 2025

Borges en una nuez


 











No recuerdo el nombre del restaurante, pero sí, con claridad, la sensación que me produjo el buen ambiente de camaradería literaria que allí se respiraba. Era mayo de 2004, estaba a punto de cumplir cuarenta años y pasaría mi onomástico en San Miguel de Tucumán, a donde fui invitado para participar en un encuentro de escritores que se celebraría en la Universidad Nacional de aquella provincia argentina. Uno o dos días antes de que comenzara la actividad, mi amigo David Lagmanovich organizó algunas reuniones con escritores del lugar, quienes me demostraron afecto y gusto por escuchar mi acento de película mexicana.

Digo pues que la fiesta estaba en su apogeo de vino, cena y música, cuando ocurrió una suerte de pequeño milagro. Juan Pablo Neyret, escritor y periodista marplatense también invitado por David, pidió silencio a la concurrencia porque deseaba compartir un poema. Caminó al micrófono de los cantantes y, sin más, ofreció de memoria los dos sonetos escritos por Borges y publicados en tándem con el título “1964” dentro del libro El otro, el mismo (1964). No existían los celulares con avances tecnológicos como los de hoy, así que yo llevaba cámara digital y una minigrabadora de audio, para lo que pudiera ofrecerse. Y se ofreció: mientras Juan Pablo decía (no declamaba, pues declamar ya era y sigue siendo una práctica obsoleta) los dos sonetos, alcancé a sacar la grabadora y pescar al aire algunos fragmentos de su voz, los últimos seis versos. Aquello fue un torrente de luz en medio de la noche.

Yo ya conocía las dos piezas de “1964”, pues la Obra poética (Alianza-Emecé, Madrid, 1975, 447 pp.) de Borges es un libro que conseguí en los noventa. Lo que no sabía era aquello que Juan Pablo me reveló al pasar los versos por el filtro de su garganta: que la perfección no sólo estaba en la escritura, sino en el sonido exacto que iban dejando sus acentos y sus rimas, la gestación de un clima melancólico a partir de las palabras hechas de tinta en algún libro, pero sin duda redimensionadas al adquirir forma sonora, tal y como era el canto (la poesía) antes de la invención de la escritura. “Estos versos nacieron para decirse, no para leerse”, pensé.

Es posible encontrar “1964” con toda facilidad en Google, así que sólo traigo aquí el segundo soneto, que me gusta más, valga la implícita e innecesaria comparación: “Ya no seré feliz. Tal vez no importa. / Hay tantas otras cosas en el mundo; / un instante cualquiera es más profundo / y diverso que el mar. La vida es corta // y aunque las horas son tan largas, una / oscura maravilla nos acecha, / la muerte, ese otro mar, esa otra flecha / que nos libra del sol y de la luna // y del amor. La dicha que me diste / y me quitaste debe ser borrada; / lo que era todo tiene que ser nada. // Sólo que me queda el goce de estar triste, / esa vana costumbre que me inclina / al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina”.

Lo que uno primero siente, de golpe, es el tono de la pieza. Ciertamente la voz poética se resigna al “goce de estar triste”, pero esa tristeza no es una aplanadora, sino una especie de sombra atenuada por la frase previa: “sólo me queda”, que supone una ganancia en medio de la derrota (de aquí que la tristeza sea un paradójico “goce”), como cuando en otro lugar el mismo autor afirma que el olvido es “una de las formas de la memoria”, es decir, una pérdida que también es una posesión. La afirmación inicial, contundente (“Ya no seré feliz”), tiene como inmediato amortiguador el “Tal vez no importa”, que así sea con dudas hace menos trágica la tragedia de haber sido centrifugado del amor.

Para consolarse en medio de la desolación, recuerda: “Hay tantas otras cosas en el mundo”, y que “un instante cualquiera es más profundo / y diverso que el mar”, lo cual es cierto si reparamos en que cualquier segundo contiene infinitas situaciones, más que gotas de agua en el océano. Sabe que, por larga que parezca, “La vida es corta”, cortísima, y como escribían los latinos sobre las horas en los relojes de sol, “todas hieren; la última mata” (Vulnerant omnes, ultima necat), así Borges nos hace ver que una “oscura maravilla nos acecha”, la de la muerte que “nos libra del sol y de la luna”, que es como decir que nos libra de todo, incluido el amor.

Y estos versos tremendos en su sencillez y su verdad: “La dicha que me diste / y me quitaste debe ser borrada; / lo que era todo tiene que ser nada”, plantea la obligación de recurrir al olvido como tablita de salvación. Al final, aquello del “goce de estar triste” y practicar, luego del naufragio amoroso, esa “vana costumbre” de pasar por “cierta puerta” y “cierta esquina”.

Sé que este soneto dice mucho más de lo que yo puedo exprimir, pero creo que ni siquiera es necesario hurgar en su sentido, someterlo al microscopio; es suficiente con sentir su flujo por los tímpanos y atisbar el avance de su resignado apagamiento, su melancolía de tarde que se va haciendo noche.

lunes, agosto 09, 2021

Algunas respuestas sobre el microrrelato

 
















Hoy cumpliría 94 años mi amigo y maestro David Lagmanovich (Huinca Renancó, Córdoba, Argentina, 1927-San Miguel de Tucumán, Argentina, 2010). Para recordarlo subo al blog una reseña de 2005 publicada originalmente en el ejemplar 29 de Espéculo, revista electrónica de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid. Veo que esta publicación, coordinada por el doctor Joaquín María Aguirre, llegó hasta el número 48 (julio-octubre de 2011). Durante algunos años David y muchos académicos, a los que me sumé tímidamente con algunas reseñas, aparecimos en aquel espacio, que a mi juicio era muy bueno. Ya no supe qué pasó, por qué dejaron de circular nuevos ejemplares, aunque el contenido de 48 números (1995-2011) sigue en línea aquí. Colaboré, como dije, en algunos ejemplares; en uno de ellos, con la reseñita que acá reitero como recuerdo de David en su onomástico.

Algunas respuestas sobre el microrrelato

Jaime Muñoz Vargas

La emergencia reciente de un espécimen literario conocido indistintamente como microrrelato, cuento en miniatura, casicuento, minificción, brevísimo o minicuento, ha dado ya significativo pábulo a una reflexión crítica para tratar de asirlo. Como en casi todos los casos, se ha pasado de la práctica a la explicación, de la escritura de esas piezas narrativas al examen que permita entender su evolución y sus características. Aunque todavía escaso, el escudriñamiento de estos alfileres prosísticos ha comenzado ya a ofrecer resultados y no es arriesgado pensar que pronto hablaremos de este género (¿subgénero?) sin la sensación de andar sobre terreno movedizo.

David Lagmanovich, poeta y ensayista argentino, maestro en la Universidad de Tucumán y en varias de los Estados Unidos y Alemania, ha dado un paso importante en la clarificación de este asunto con Microrrelatos, un acercamiento crítico donde las micronarraciones ocupan el centro de su atención en tanto frutos que ya abundan por racimos pero que todavía no han sido suficientemente pasados por la lupa.

Acaso sea “El dinosaurio” de Monterroso la pieza emblemática de este género. Ninguna como ésta ha conseguido una cantidad mayor de lecturas y paráfrasis. Pero es apenas un caso entre miles, como lo demuestra Lagmanovich. Tan grande ha sido la producción de microrrelatos en Latinoamérica que ahora es un imperativo construir el aparato crítico que dé cuenta de su historia, sus rasgos específicos, sus máximos representantes y la bibliografía disponible para leerlo y para explorarlo con mirada crítica.

En México son pocos los que han detenido su mirada en el microrrelato; puede decirse que es Lauro Zavala el crítico que más énfasis ha puesto en su recolección y en su estudio. De allí la importancia que implica ventilar las opiniones de un minucioso observador del fenómeno como lo es David Lagmanovich; sus comentarios pueden ayudarnos a incorporar nuevas nociones en torno a un género cada vez más fecundado por los escritores de nuestras literaturas.

El crítico argentino plantea de entrada que la indiferencia ante el microrrelato se ha basado, entre otras razones, en “la persistencia de viejos hábitos de lectura —la idea, por ejemplo, de que el objeto ‘libro’ debe impresionarnos por su volumen— [lo cual] impedía, en muchos lectores y críticos, que se prestara demasiada atención a ese fenómeno”. Pero ante la exuberancia casi tímida del microrrelato tal indiferencia no podía durar, y eso es precisamente lo que Lagmanovich muestra con su indagación: que estos diminutos tejidos narrativos son ya tan abundantes que posponer su consideración evidenciaría, cuando menos, la demora de los espeleólogos literarios.

El argentino expone que los embriones de la brevedad podemos encontrarlos en buena parte de la estética decimonónica. Aunque a la literatura llega un tanto después, el deseo de evitar excesos y redundancias se incorpora gradualmente a las artes; así en Debussy y su rechazo a la extensión de los dramas líricos wagnerianos o, en el plano de la escultura, la belleza conceptual y simbólica de Constantin Brancusi. De la torrencial búsqueda en la forma se pasa poco a poco al despojamiento de todo aquello que empiece a parecer desmesura, ripio.

En fin, todo esto confluye en uno de los más poderosos asertos teóricos del arte del siglo XX: la maravillosamente adecuada aseveración, compartida por Walter Gropius, Mies van der Rohe y otros teóricos del grupo de la Bauhaus (1919-1933) que se expresa en estas tres palabras: “Menos es más”.

Con esa nueva estética sobre la mesa, los narradores, como los demás artistas de la palabra, tenían dos caminos polares: el primero, insistir en la redundancia con claras tendencias barrocas —lo cual, con Carpentier y Del Paso, no me parece ilegítimo— y, el segundo, edificar obras donde sean abolidos los excesos, las tautologías, los agregados ornamentales, donde lo menos tienda a ser más. Por supuesto ninguna de las dos rutas ha sido anulada, pero sí es evidente que la segunda comenzó a gozar de más adeptos que han optado por la mesura y la ultracondensación.

Microrrelatos es un libro dividido en cinco partes, todas ellas allanadoras del camino que nos guía al entendimiento pleno de la narración brevísima. “Márgenes de la narración: el microrrelato hispanoamericano”, sondea los orígenes de esta forma de ficción en nuestra América y cita ejemplos representativos; “Hacia una teoría del microrrelato hispanoamericano” ubica y separa las características del micro en relación con otras formas de expresión narrativa; “Sobre el microrrelato en argentina” y “Para un censo de microrrelatos argentinos” da cuenta de lo que ha sucedido con el género en la historia literaria de aquel país millonario de narraciones, y “Marco Denevi y sus Falsificaciones” recorre el quehacer clave como microficcionista de quien escribió El amor es un pájaro rebelde.

Libro de importancia capital para quienes se dedican a la práctica y a la teoría del cuento brevísimo, Microrrelatos, ensayo del argentino David Lagmanovich, contiene además numerosas piezas narrativas (el género muy bien lo permite) que sirven de ejemplo a cada afirmación, por lo cual su utilidad es doble y deja ver que la escritura de microrrelatos llegó a nosotros para no irse nunca más, como lo puede testimoniar esta perla inolvidable de la argentina Ana María Shua (tomada de La sueñera) y que no resisto la tentación de re-citar:

¡Arriad el foque!, ordena el capitán. ¡Arriad el foque!, repite el segundo. ¡Orzad a estribor!, grita el capitán. ¡Orzad a estribor!, repite el segundo. ¡Cuidado con el bauprés!, grita el capitán. ¡El bauprés!, repite el segundo. ¡Abatid el palo de mesana!, grita el capitán. ¡El palo de mesana!, repite el segundo. Entretanto, la tormenta arrecia y los marineros corremos de un lado a otro de la cubierta, desconcertados. Si no encontramos pronto un diccionario, nos vamos a pique sin remedio.

Microrrelatos, David Lagmanovich, Cuadernos de Norte y Sur, Tucumán, 2004, 153 pp.


lunes, marzo 28, 2016

Rogelio Ramos Signes, amigo














Lo conocí en algún café tucumano hace más de diez años, cuando asistí a un congreso de literatura organizado por (y en) la Universidad Nacional de Tucumán. Mi contacto en esa expedición fue David Lagmanovich, un amigo de lujo que jamás dudó en compartirme sus querencias más cercanas. Recuerdo que cuando llegué a Tucumán David me esperaba en los andenes de TransferLine. En ese momento nos conocimos personalmente luego de cinco años como intensos corresponsales vía mail, y casi de inmediato, sobre el remís, David me extendió una invitación: “Si gustas, llega a tu hotel, descansa un rato y más a la tardecita vamos a tomar café con un amigo que quiero que conozcas”. Hice lo indicado y el amigo resultó ser Rogelio Ramos Signes. Al que conocí entonces fue al que ustedes ya conocen: un hombre sereno, culto, amable, atento siempre a las palabras de su interlocutor, uno de esos tipos que deberían abundar, para que el mundo sea mejor, y sin embargo escasean. Aquella tarde con Rogelio, a quien David respetaba mucho, fue para mí inolvidable, por eso puedo reconstruirla en estas líneas.
Luego vi a Rogelio un par de veces más: otra en Tucumán y la más reciente en Buenos Aires, en las Jornadas de Raúl Brasca organizadas en la Feria del Libro hacia 2010. En todos los encuentros Rogelio ha sido el mismo que traté por primera vez en 2004. Y más allá de esos venturosos encuentros, Rogelio ha sido siempre un amigo amable por mail y ahora por Facebook, donde sin querer queriendo dialogamos y también donde sin querer queriendo él me enseña más que a escribir, a ser en la literatura.
Cierro con una anécdota muy personal, podría decir que íntima. Volvía yo de un viaje del DF a mi tierra, Torreón, en el norte de México, y por razones que no viene a cuento relatar, me encontraba tremendamente agobiado, puedo decir que triste, muy triste, mirando hacia un precipicio moral. Para entonces, en ese 2011, ya usaba un teléfono celular con servicio de correo electrónico y cuando iba en el micro por la ciudad de Querétaro llegó una carta. Era de Rogelio, quien por ese medio compartía a sus contactos un poema dedicado a su padre. Lo leí una vez. Lo leí dos, tres, cuatro veces en ese tramo de carretera, y lloré mucho, tanto que milagrosamente me sanó. Supe entonces, en el silencio de mi pena, que podía pasar lo que fuera a mi alrededor, pero que si seguía pasándome eso, tener amigos que escribían así, literatura de tal densidad emocional e intelectual, yo no era tan malo como me sentía. De la pesadumbre total pasé de golpe a sentirme un privilegiado, y de inmediato le escribí a Rogelio para agradecer su amistad y su literatura.
Le dije algo más: que se llamaba como mi padre, y eso de alguna forma me hacía quererlo y respetarlo más. Gracias, pues, amigo, y felicidades por ganarte nuestro cariño y nuestro respeto con tu obra literaria y tu generosa amistad.

Torreón, Coahuila, México, 19, marzo y 2016

Nota: Palabras leídas en el homenaje que el pasado 19 de marzo rindieron en Tucumán, Argentina, a Rogelio Ramos Signes. Gracias a Julio Estefan por leerlo. En la foto, con el homenajeado en mayo de 2010 durante la Feria del Libro de Buenos Aires.

jueves, diciembre 06, 2012

Don Ata por Lagmanovich vía mail









Me alcanzó la gripe de temporada, y si por lo común la cabeza no me da para para pensar, así menos. En estos casos no está de más solicitar ayuda a los amigos o buscar algo digno entre los muchos libros que afortunadamente están al alcance de la vista. Hoy, pues, he hurgado en mis archivos postales y fíjense nomás que buena suerte he tenido. Hace tres meses leí una pequeña biografía sobre Yupanqui y no quiero que pase el 2012 sin reseñarla. Lo deseo porque en mayo se cumplieron veinte años de su muerte y siento la obligación de recordarlo. Él es el compositor y cantante que más admiro, y quiero que esa admiración se materialice en textos elogiosos.
Pues bien, el primero de febrero de 2008 recibimos una respuesta vía mail de mi amigo David Lagmanovich (1927-2010), quien vivía en Tucumán, Argentina. Digo “recibimos” porque nos carteábamos a tres bandas Juan Pablo Neyret (en Pensilvania, EUA), David y yo (en Torreón). Esa correspondencia tripartita duró al menos cinco o seis años, y era muy frecuente, de manera que son abundantes las cartas de David y de Juan Pablo que puedo presumir.
La carta que traigo se refiere a Yupanqui. No necesito añadirle nada, pues cualquiera que la lea la entenderá y, sobre todo, verá la dimensión artística que le atribuimos al folclorista mayor de América Latina. También verá lo que yo siempre vi: que David Lagmanovich nos regalaba una atención epistolar al mismo tiempo generosa y lúcida.
Esta es la carta:

Hermanos:

Sí, yo también he admirado y querido mucho, desde siempre (desde que venía a cantar a LV12 Radio Tucumán, cuando yo tenía unos 15 años) a Atahualpa Yupanqui. Recuerdo que entonces a un muchachito que amaba la guitarra y no tenía plata para reponer cuerdas, sin conocerlo le regaló el juego completo; a otro hombre que conocí por entonces le regaló una guitarra. Era un hombre de buen corazón, aunque tuviera rasgos de un carácter aparentemente hosco.
Además, lo que siempre me gustó de él fue la finura de sus canciones, que aunque tocaran lo social no lo hacían con estrépito ni panfletariamente: "Es mi destino / piedra y camino: / de un sueño lejano y bello, viday / soy peregrino". Ese sueño lejano y bello correspondía a su vinculación con el Partido Comunista, pero lo ponía así, para que entendiera quien quisiera entenderlo, sin proclamarlo a grandes voces. Cuando la dictadura, su milonga campera que comienza "Yo tengo tantos hermanos / que no los puedo contar...", y termina con "y una hermana muy hermosa / que se llama Libertad" me pareció siempre una de las más bellas piezas de aquella época terrible.
Atahualpa era hombre de la pampa, como bien se sabe, pero su compenetración con la cultura popular del Noroeste argentino lo convirtió casi en un tucumano más. No sé si la gente se da cuenta de que los vocativos "viday" y "viditay", que aparecen constantemente en sus canciones, son quechuismos, no usados fuera del Noroeste: tienen el sufijo -y, que es el caso posesivo quechua (o quichua, como decimos por estos lados), de modo que "viday" quiere decir "mi vida", una forma entrañable de tratamiento en nuestro dialecto hispanoindio. Y sus versos para cantar (no los de El payador perseguido, que están en la tradición de la llanura) tienen la limpidez de las coplas populares del Noroeste. Él podría haber escrito esta copla salteña, que sin embargo es anónima: "Apenitas soy Arjona / nombre que no se ha'i perder; / y aunque me tiren al río, / sobre la espuma he'i volver".
Así volverá siempre también Atahualpa Chavero Yupanqui (como firmaba al comienzo), después sólo Atahualpa Yupanqui o solamente Atahualpa: sobre la espuma del canto, aunque se lo haya llevado el río del tiempo.
(Muy linda, Jaime, tu columna sobre este prócer de la canción popular; mucho más que el "maquinazo" con que, modesto como siempre, pretendes disimular el valor de lo que escribes.)

Abrazos, == David

viernes, octubre 07, 2011

Esquirlas de Julio Estefan



Prólogo al libro La señal inválida, de Julio Estéfan, La aguja de Buffon Ediciones, Tucumán, 2011, 79 pp.

La señal inválida, tercer libro de microrrelatos organizado por Julio Ricardo Estefan (1963, Monte Buey, Marcos Juárez, provincia de Córdoba, Argentina), reitera la exigencia que el autor se impuso en los dos anteriores (La excepción a la regla y Juegos de superhéroes), a saber, el deseo de que sus esquirlas narrativas fueran lo suficientemente punzantes como para atravesar la sensibilidad del lector que hoy es, para bien, menos amable que escéptico e inquisitivo. En efecto, Estefan ha logrado en sus dos anteriores libros que el microrrelato lance múltiples puyazos y permanezca en la memoria de quien lo recorre como algo grato, como algo que mueve a contento y reflexión.
Nunca es fácil conseguir que un libro quede armado con una cuota suficiente de méritos; más común es lo contrario: publicar casi con impotente resignación para, como decía Reyes, no pasarnos la vida corrigiendo. En este sentido, más complicado tienen el panorama, creo, los escritores que deben articular libros cuyo contenido necesariamente fuerza una lectura intercortada, viable a trancos más o menos cortos. Quizá allí está una de las razones que explica el éxito de la novela frente a otros productos literarios. En el relato de largo aliento, el lector siente un flujo que acumula y al mismo tiempo comprime el efecto que estallará, lo suponemos, siempre lo suponemos aunque no se dé, en las páginas finales. El sosegado paso marcado para llegar al estallido climático es al mismo tiempo una especie de comodidad: aunque interrumpan la lectura y usen el separador y vayan a dormir y luego a trabajar, los lectores saben que la historia continúa, y que de alguna forma ellos siguen allí, co-creándola hasta el cierre definitivo del relato.
Los libros de poesía y de cuento, en cambio, deben ganar por nocaut en cada round, es decir, deben ganar con un martillazo en cada poema y en cada relato o microrrelato, porque de lo contrario su sentido, su orientación, su tono, quedará difuso o tristemente pálido, al final, en la porosa memoria del lector. Tal vez un grupo de poemas o de cuentos no sea, uno por uno, gancho al hígado, golpe de nocaut, pero debe aspirar a serlo no sólo para acatar la famosa metáfora de Cortázar, sino para que al aterrizar en la última página los lectores puedan sentir la gravitación del libro como un todo, un cierto efecto unitario que confiera densidad en el recuerdo a la experiencia receptora.
No por otra razón he sostenido que, dicho esto de manera harto simplista, una novela suele ser un proyecto de escritura más desafiante que un cuento o un poema, pero también que el libro de cuentos o de poemas, si aspira a ser algo más que dos o tres piezas memorables y hermosamente esporádicas, debe ser más exigente que cualquier novela e imprimir todo el punch posible en cada pieza.
Tal es, precisamente, el vigor que noto en cada página de La señal inválida. Estefan entiende, y entiende demasiado bien, que uno o dos o tres logrados microrrelatos aleteando entre las ochenta y tantas páginas de su libro no harían verano, de allí que proceda como deben proceder los escritores de este tipo de obras: organizar el conjunto de acuerdo a un sutil plan vertebrador y trabajar cada pieza como si fuera a ser la única inquilina del recinto. En esos dos criterios se ha basado el autor para cuajar un libro que aspira a ser estimable, éste.
El recurso reiterado y visible aquí es el juego con dos perspectivas del narrador, ambas explícitas en el título de las estancias. ¿En cuál de las dos se cosecha mejor fruto? ¿Es importante reparar en este detalle al momento de escribir y de leer microrrelatos o podemos tramar cualquier historia, indistintamente, en tercera o en primera? Por mi inclinación a la narrativa de corte confesional, siento más cercanas y por ello más filosas las escritas “En primera”, sin demérito, claro, de las ubicadas en el tramo inicial. El lector hallará sin mayor indicación las piezas destinadas a su aprecio, aunque es necesario advertir, desde ya, que la mayoría, salvo cuatro o cinco, cierra su sprint de palabras con pinceladas de humor sustentadas en referencias cultas o populares, en resemantización de lugares comunes o retorcimientos lingüísticos que ya comienzan a ser clásicos en la confección de brevedades.
La señal inválida de Julio Ricardo Estefan es, en suma, una señal válida, rotunda, de la belleza y el vigor alcanzados por el microrrelato en la Argentina, género que entre Estefan y muchísimos otros notables cultores de su país han ayudado a propagar en el enorme universo de la literatura hispánica.

Torreón, Coahuila, México, marzo y 2011

domingo, junio 19, 2011

Aquí "Cualquier otoño"



El pasado 12 de mayo recibí en el ubicuo Blackberry un mail emitido desde Tucumán, Argentina. Me lo envió Rogelio Ramos Signes, escritor y amigo al que admiro por su lucidez y generosidad, uno de los lujos que me dejó David Lagmanovich. Yo viajaba en ese momento del DF a Querétaro en un bus de la línea Anáhuac, y por razones que no traigo a cuento me sentía profundamente abatido, casi como nunca. Pues bien, el poema de Rogelio, dedicado a su padre, me alentó, me levantó el pecho, me hizo ver que la vida es apenas un buche de aire y no vale la pena desperdiciarlo en pequeñas pesadumbres. Le respondí de inmediato con una carta que, creo, no me deshonra: “Querido Rogelio: Ando de viaje. Voy en un bus, ando el trayecto que va del DF a Querétaro, en el centro de mi republica.
Te escribo desde el celular y te quiero pedir un favor: que creas en las lágrimas que he derramado aquí, tan lejos de San Juan, por la memoria de tu padre.
Tus palabras me han traído una emoción poderosa, y la agradezco. Es una caricia para el alma leer algo así de bello y emotivo, de franco y enaltecedor.
Gracias por compartirlo.
Te respeto y te mando todo mi fraternal afecto. Un abrazote: Jaime Muñoz Vargas”.
El poema lleva como título “Cualquier otoño”, y no viene mal nunca, menos en el día del padre. Ojalá y les guste tanto como a mí. Y gracias, Rogelio, por dejar que convivamos con tus palabras. El blog no me permite trabajar la disposición tipográfica del poema original, pero no importa: comunica muy bien su mensaje como viene a continuación.

Cualquier otoño

Rogelio Ramos Signes

a Rogelio Ramos Díaz

Hoy hace cien años
aunque no sé a qué hora
nació mi padre,
mi padre que ya no está,
que partió con cierto apuro
hace casi dos décadas.
Vino mi padre en un vientre malagueño
que llegaba en un barco
para derramarse aquí.
Vino en un vientre
a la tierra del vino,
a mezclarse con él
antes de cualquier proceso.
Estoy hablando de uvas
de las uvas que amaba mi padre,
que era hombre que amaba
los frutos de la tierra,
en San Juan
donde la tierra es mezquina,
a fuerza de piedra y piedra
y esa arena tan gris.
Me cuesta imaginar
este país hace cien años,
el puerto de Buenos Aires
vuelto hormiguero
por inmigrantes pobrísimos
que cuidaban sus nadas
en valijas de cartón y de flejes,
sus atados de ropa, de tela cualquiera
convertida en seda
sólo por el uso.
Me cuesta imaginar el presente
de ese ayer de expectativas
en un país que nada iba a regalarles
para que dejaran de ser esclavos
y se convirtieran en esclavos
de sí mismos, todo el tiempo.
¿Quién era el presidente ese año
en que nació mi padre?
¿Quién quería derrocar a ese presidente?
Debe estar en la prensa
si es historia de traiciones.
¿Cómo fue el trayecto
de Buenos Aires a San Juan por tierra
luego de tanto mar?
Nadie puede responder a esta pregunta.
Los archivos hablan de otras cuestiones.
Las estadísticas registran el paso
de apellidos gloriosos,
no la sombra de gente
con futuro de labranza.
Hoy hace cien años que nació mi padre.
No sé a qué hora.
Seguramente las calles
estarían cubiertas de hojas,
y esas hojas serían amarillas
como en cualquier otoño.
Sólo sé que fue en Albardón,
ligeramente al norte de la ciudad de San Juan,
entre Villicum y Pie de Palo.
¿Cómo sonaban en los oídos de esos inmigrantes
nombres tan extraños?
La pregunta se responde sólo con supuestos.
Cerca de las aguas termales de La Laja.
Cerca del mármol travertino
que hoy se encuentra en cualquier punto del país
nació mi padre,
un españolito que vino al mundo
hace cien años, a la luz de estas provincias,
y al que, a pesar de no creer en Dios,
Dios lo guarde.

(Tucumán, Argentina, 12 de mayo de 2011)

domingo, marzo 29, 2009

Micros del NOA



Radicado en Santiago del Estero, Argentina, el poeta, narrador y médico Antonio Cruz me escribió desde allá para invitarme a colaborar en una sección dedicada al microrrelato en el diario El Liberal, de la mencionada ciudad. Acepté la invitación, claro, y a partir de entonces he seguido con atención y gusto las cartas que me envía. Ellas contienen “ligas” para acceder a varios blogs, uno de los cuales alberga muestras de lo que denomina “Microrrelatos del noroeste argentino”. No lo sé con exactitud, pero creo que el noroeste argentino (NOA) comprende una amplia zona donde convergen Catamarca, Jujuy, Salta, San Miguel de Tucumán y Santiago del Estero, principalmente, provincias argentinas ubicadas junto a (o muy cerca de) las fronteras con Bolivia y Chile.
He abierto los blogs y me entusiasmó sobre todo uno: enlosesteros.blogspot.com. Hay en él una muestra de brevedades hasta el momento corta, pero que promete crecer a medida que otros microrrelatistas norestenses argentinos colaboren con sus obras. Las pocas que hay, sin embargo, son muy buenas. Leí algunas en una de mis clases de cuento y el efecto que produjeron fue muy bueno. Las comparto aquí para que aquilatemos lo valioso y universal del molde y, de paso, para reciprocar aquella invitación del amigo Cruz, a quien le mando un agradecimiento y un saludo desde esta humilde página del centro-norte mexicano.

Fantasmas
Orlando Romano (Tucumán)
Dos fantasmas charlaban en la sala principal de un museo londinense (el lugar estaba repleto de personas). Uno de ellos aseguró, alarmado, que de tanto en tanto oía ruidos extraños.
—Borra esa idea. Nadie jamás logró ver a un hombre.

Defensa personal
Ildiko Valeria Nassr (Jujuy)
Alguna vez oyó en la voz de algún poeta, cuyo nombre eligió olvidar, que la poesía sirve contra la muerte.
Con tanto ladrón asesino suelto, ella se siente protegida cargando la “Nueva poesía de Jujuy” en su cartera.

A contramano
Luis María Rojas (Santiago del Estero)
Una parte de él deseaba abofetearla, estrangularla y acuchillarla. Por suerte esa parte no eran sus manos y así, vivió feliz junto a ella, a contramano de sus deseos.

Historias de chat (I)
Mónica Cazón (Tucumán)
Por fin se conocerían. La cita fue pactada para concretarse en un bar cercano al domicilio de ambos.
Hacía frío y se tornaba dificultoso caminar. Cuando se vieron, fue maravilloso descubrir que compartían el mismo geriátrico.

El unicornio
Rosa Beatriz Valdez (Catamarca)
Asomando el cuerno entre la maleza, el unicornio observa los preparativos de la yerra en el corral.
“Herrar es humano” piensa, y se aleja al trotecito.

Político
César Antonio Alurralde (Salta)
(a Gabriel Antonio Calderón)
Toda su vida había sido como estar enancado majestuosamente sobre dos caballos a la vez. Aunque los caminos de la providencia son infinitos, esta vez, y frente a la encrucijada de una ruta bifurcándose en dos alternativas, lo resolvió fácilmente por su condición de excelente y hábil político. Tomó ambos caminos… y se fue para arriba.

Ceremonias
David Slodky (Salta)
Es terrible, sí, pero siento alivio… Su locura me exasperaba. Lavarse las manos ochenta veces al día, levantarse seis veces cada noche para asegurarse de que la puerta esté con llave, sus extrañas ceremonias con los fósforos antes de encender la cocina… ¡Me era insoportable ya!
Ayer se fue. Durante un mes voy a dar dos vueltas a la silla antes de sentarme, para asegurarme de que no vuelva.

La despedida
César Arrueta (Jujuy)
El difunto se despide. En un momento se conmueve de tal forma que desea volver a la vida terrenal. No es posible.
De todas maneras, se siente infinitamente agradecido por las lágrimas que derraman sus seres queridos. Promete que cuando lleguen a la otra vida les preparará un especial recibimiento y les mostrará lo lindo que se siente ver llorar a otros por uno que ya no está. Regocijado, espera.