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miércoles, agosto 09, 2017

Noventa años de David Lagmanovich




















Hace noventa años, el 9 de agosto de 1927, nació en Huinca Renancó, al sur de la provincia de Córdoba, Argentina, mi amigo y maestro David Lagmanovich. Debido a que desde su niñez fue a radicar a San Miguel de Tucumán, él se consideraba de allí, tucumano. Se doctoró en Lingüística por la Universidad de Georgetown, en Washington, y ejerció como maestro en universidades de Estados Unidos, Brasil, Alemania y, por supuesto, Argentina. Publicó una abultada cantidad de artículos y más de treinta libros divididos en ensayo, poesía y microrrelato, género del que es uno de los decanos en teorizarlo e historizarlo. Culto, amable, generoso. David es, para mí, un dechado de académico que lejos de enclaustrarse mira al mundo con deseo de mejorarlo. Para eso publicó tanto: para divulgar la literatura y la música que a él lo conmovían. Entre muchos de sus amigos menciono sólo a dos muy famosos: Cortázar y Sábato, y en más de una ocasión tuvo el privilegio de acompañar a Borges cuando Borges hacía tours como conferencista en EU. Para mí, por todo, fue un lujo conversar con él tres veces en persona y mantener una correspondencia electrónica que duró poco más de diez años y dejó un saldo de, calculo, cerca de 500 cartas. David murió el 26 de octubre de 2010. Como muchos de sus amigos latinoamericanos, norteamericanos y europeos, siempre lo tengo presente y aún me sigue orientando cuando lo releo en libro o en carta. Aunque yo esté lejos, me considero parte de la Asociación Literaria David Lagmanovich organizada en Tucumán por mis amigos Ana María Mopty, Mónica Cazón, Liliana Massara, Rogelio Ramos Signes y Julio Estefan, entre otros.
La foto que acompaña este post se la tomé a David en la plaza principal de Tucumán hacia mediados de 2007.

lunes, marzo 28, 2016

Rogelio Ramos Signes, amigo














Lo conocí en algún café tucumano hace más de diez años, cuando asistí a un congreso de literatura organizado por (y en) la Universidad Nacional de Tucumán. Mi contacto en esa expedición fue David Lagmanovich, un amigo de lujo que jamás dudó en compartirme sus querencias más cercanas. Recuerdo que cuando llegué a Tucumán David me esperaba en los andenes de TransferLine. En ese momento nos conocimos personalmente luego de cinco años como intensos corresponsales vía mail, y casi de inmediato, sobre el remís, David me extendió una invitación: “Si gustas, llega a tu hotel, descansa un rato y más a la tardecita vamos a tomar café con un amigo que quiero que conozcas”. Hice lo indicado y el amigo resultó ser Rogelio Ramos Signes. Al que conocí entonces fue al que ustedes ya conocen: un hombre sereno, culto, amable, atento siempre a las palabras de su interlocutor, uno de esos tipos que deberían abundar, para que el mundo sea mejor, y sin embargo escasean. Aquella tarde con Rogelio, a quien David respetaba mucho, fue para mí inolvidable, por eso puedo reconstruirla en estas líneas.
Luego vi a Rogelio un par de veces más: otra en Tucumán y la más reciente en Buenos Aires, en las Jornadas de Raúl Brasca organizadas en la Feria del Libro hacia 2010. En todos los encuentros Rogelio ha sido el mismo que traté por primera vez en 2004. Y más allá de esos venturosos encuentros, Rogelio ha sido siempre un amigo amable por mail y ahora por Facebook, donde sin querer queriendo dialogamos y también donde sin querer queriendo él me enseña más que a escribir, a ser en la literatura.
Cierro con una anécdota muy personal, podría decir que íntima. Volvía yo de un viaje del DF a mi tierra, Torreón, en el norte de México, y por razones que no viene a cuento relatar, me encontraba tremendamente agobiado, puedo decir que triste, muy triste, mirando hacia un precipicio moral. Para entonces, en ese 2011, ya usaba un teléfono celular con servicio de correo electrónico y cuando iba en el micro por la ciudad de Querétaro llegó una carta. Era de Rogelio, quien por ese medio compartía a sus contactos un poema dedicado a su padre. Lo leí una vez. Lo leí dos, tres, cuatro veces en ese tramo de carretera, y lloré mucho, tanto que milagrosamente me sanó. Supe entonces, en el silencio de mi pena, que podía pasar lo que fuera a mi alrededor, pero que si seguía pasándome eso, tener amigos que escribían así, literatura de tal densidad emocional e intelectual, yo no era tan malo como me sentía. De la pesadumbre total pasé de golpe a sentirme un privilegiado, y de inmediato le escribí a Rogelio para agradecer su amistad y su literatura.
Le dije algo más: que se llamaba como mi padre, y eso de alguna forma me hacía quererlo y respetarlo más. Gracias, pues, amigo, y felicidades por ganarte nuestro cariño y nuestro respeto con tu obra literaria y tu generosa amistad.

Torreón, Coahuila, México, 19, marzo y 2016

Nota: Palabras leídas en el homenaje que el pasado 19 de marzo rindieron en Tucumán, Argentina, a Rogelio Ramos Signes. Gracias a Julio Estefan por leerlo. En la foto, con el homenajeado en mayo de 2010 durante la Feria del Libro de Buenos Aires.

viernes, octubre 07, 2011

Esquirlas de Julio Estefan



Prólogo al libro La señal inválida, de Julio Estéfan, La aguja de Buffon Ediciones, Tucumán, 2011, 79 pp.

La señal inválida, tercer libro de microrrelatos organizado por Julio Ricardo Estefan (1963, Monte Buey, Marcos Juárez, provincia de Córdoba, Argentina), reitera la exigencia que el autor se impuso en los dos anteriores (La excepción a la regla y Juegos de superhéroes), a saber, el deseo de que sus esquirlas narrativas fueran lo suficientemente punzantes como para atravesar la sensibilidad del lector que hoy es, para bien, menos amable que escéptico e inquisitivo. En efecto, Estefan ha logrado en sus dos anteriores libros que el microrrelato lance múltiples puyazos y permanezca en la memoria de quien lo recorre como algo grato, como algo que mueve a contento y reflexión.
Nunca es fácil conseguir que un libro quede armado con una cuota suficiente de méritos; más común es lo contrario: publicar casi con impotente resignación para, como decía Reyes, no pasarnos la vida corrigiendo. En este sentido, más complicado tienen el panorama, creo, los escritores que deben articular libros cuyo contenido necesariamente fuerza una lectura intercortada, viable a trancos más o menos cortos. Quizá allí está una de las razones que explica el éxito de la novela frente a otros productos literarios. En el relato de largo aliento, el lector siente un flujo que acumula y al mismo tiempo comprime el efecto que estallará, lo suponemos, siempre lo suponemos aunque no se dé, en las páginas finales. El sosegado paso marcado para llegar al estallido climático es al mismo tiempo una especie de comodidad: aunque interrumpan la lectura y usen el separador y vayan a dormir y luego a trabajar, los lectores saben que la historia continúa, y que de alguna forma ellos siguen allí, co-creándola hasta el cierre definitivo del relato.
Los libros de poesía y de cuento, en cambio, deben ganar por nocaut en cada round, es decir, deben ganar con un martillazo en cada poema y en cada relato o microrrelato, porque de lo contrario su sentido, su orientación, su tono, quedará difuso o tristemente pálido, al final, en la porosa memoria del lector. Tal vez un grupo de poemas o de cuentos no sea, uno por uno, gancho al hígado, golpe de nocaut, pero debe aspirar a serlo no sólo para acatar la famosa metáfora de Cortázar, sino para que al aterrizar en la última página los lectores puedan sentir la gravitación del libro como un todo, un cierto efecto unitario que confiera densidad en el recuerdo a la experiencia receptora.
No por otra razón he sostenido que, dicho esto de manera harto simplista, una novela suele ser un proyecto de escritura más desafiante que un cuento o un poema, pero también que el libro de cuentos o de poemas, si aspira a ser algo más que dos o tres piezas memorables y hermosamente esporádicas, debe ser más exigente que cualquier novela e imprimir todo el punch posible en cada pieza.
Tal es, precisamente, el vigor que noto en cada página de La señal inválida. Estefan entiende, y entiende demasiado bien, que uno o dos o tres logrados microrrelatos aleteando entre las ochenta y tantas páginas de su libro no harían verano, de allí que proceda como deben proceder los escritores de este tipo de obras: organizar el conjunto de acuerdo a un sutil plan vertebrador y trabajar cada pieza como si fuera a ser la única inquilina del recinto. En esos dos criterios se ha basado el autor para cuajar un libro que aspira a ser estimable, éste.
El recurso reiterado y visible aquí es el juego con dos perspectivas del narrador, ambas explícitas en el título de las estancias. ¿En cuál de las dos se cosecha mejor fruto? ¿Es importante reparar en este detalle al momento de escribir y de leer microrrelatos o podemos tramar cualquier historia, indistintamente, en tercera o en primera? Por mi inclinación a la narrativa de corte confesional, siento más cercanas y por ello más filosas las escritas “En primera”, sin demérito, claro, de las ubicadas en el tramo inicial. El lector hallará sin mayor indicación las piezas destinadas a su aprecio, aunque es necesario advertir, desde ya, que la mayoría, salvo cuatro o cinco, cierra su sprint de palabras con pinceladas de humor sustentadas en referencias cultas o populares, en resemantización de lugares comunes o retorcimientos lingüísticos que ya comienzan a ser clásicos en la confección de brevedades.
La señal inválida de Julio Ricardo Estefan es, en suma, una señal válida, rotunda, de la belleza y el vigor alcanzados por el microrrelato en la Argentina, género que entre Estefan y muchísimos otros notables cultores de su país han ayudado a propagar en el enorme universo de la literatura hispánica.

Torreón, Coahuila, México, marzo y 2011