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sábado, enero 03, 2026

Obsequios de Rojas Garciadueñas

 











No sé desde cuándo —aunque supongo que lo hizo en los años finales de su vida—, mi amigo David Lagmanovich (1927-2010) dispensaba a sus cercanos, como presente navideño, un pequeño libro. Fui receptor de dos títulos que me llegaron por la vía postal desde San Miguel de Tucumán, en el noroeste argentino, hasta Torreón, en el centro-norte mexicano. Eran publicaciones bien cuidadas en lo tipográfico, no ostentosas, más bien austeras aunque sumamente dignas porque además de su cuidado editorial, el contenido estaba a la altura de todo lo que escribía David: era excelente.

Al recibir tales obsequios decembrinos quise suponer que en algún lugar del mundo quizá era costumbre que los escritores hicieran eso: en vez de regalar corbatas o bolígrafos, preparaban con tiraje corto algún librito de su autoría como prenda de amistad en las épocas más propicias al deseo de amor y paz a los hombres de buena voluntad. David era cosmopolita, así que tal vez en algún sitio tocado por su trashumancia vio la idea y la puso en práctica, supongo, en la última década de su vida, o tal vez la idea le surgió sola, lo ignoro y para el caso da igual saberlo.

Introduzco con la historia de mi amigo y sus regalos bibliográficos porque en la reciente FIL me topé con un libro curioso en el pabellón de la UAM. Es, de José Rojas Garcidueñas, Historia de un tipómetro y otros papeles de bibliófilos (UAM, 2025, 128 pp.), libro en formato cajetilla de cigarros, muy limpiamente editado, como todas las publicaciones de la Autónoma Metropolitana.

De José Rojas Garcidueñas (Salamanca, Guanajuato, 1912- Ciudad de México, 1981), sólo había leído, y esto hace mucho, Cervantes y don Quijote, un libro de la colección SEP Setentas que conservo. La solapa apunta que fue narrador, académico y profesor universitario. Fue director de la Escuela de Filosofía y Letras de la Universidad de Guanajuato, abogado del Departamento Jurídico de la Secretaría de Asistencia Pública e investigador del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM. Perteneció a la Sociedad de Geografía y Estadística, a la Academia Mexicana de la Lengua y a la Association Internationale des Critiques d’Art. Entre sus estudios y obras literarias se encuentran El teatro de la Nueva España en el siglo XVI, Presencias de Don Quijote en las artes de México, Anécdotas, cuentos y relatos, Salamanca: recuerdos de mi tierra guanajuatense y El erudito y el jardín.

Publicado cuando la UAM fue invitada de honor de la Feria Internacional del Libro de Guanajuato 2025, el libro reúne ocho de los 19 textos que el guanajuatense Rojas Garcidueñas publicó como regalo navideño. Lo hizo año tras año desde 1947, y el sistema en algo se parece al adoptado por mi amigo argentino. Si no fuera por las limitaciones de presupuesto que nunca faltan, yo lo asumiría, pues quien escribe suele no tener dinero ni nada que dar, salvo sus palabras potencialmente impresas.

Los ensayos contenidos exhiben una temática variada, aunque casi toda relacionada con los libros. “Historia del tipómetro” describe, hiperbolizada, la situación que tal vez vivió su autor cuando pidió ese objeto en una oficina de gobierno donde debía editar libros: nadie sabía que era eso y para comprar la herramienta se vivió un trámite burocrático digno de parábola kafkiana. El tipómetro es, o era, una regla metálica usada específicamente en los talleres de impresión, no una regla cualquiera.

En “El hallazgo del crítico” el autor parodia al investigador obsesivo por revelar al mundo un descubrimiento, en este caso, apenas, como posible tema a explorar. Es verdad que el mundo académico vive bajo el yugo de la originalidad, tanto que es un crimen de lesa investigación abordar lo ya abordado por otros, de allí el imperativo de atender “el estado de la cuestión”. Bajo esta idea, los estudiosos a veces trabajan sobre la indagación de minucias que terminan siendo un tanto cómicas en su incontrovertida originalidad.

Un relato igualmente irónico es “El heraldista”, donde Garcidueñas sonríe con los afanes de quienes trabajan a fondo con su genealogía y anhelan sumar apellidos campanudos a su pasado y, sobre todo, a su escudo de armas y a todos los elementos que sirven al prestigio del linaje, como los sellos empleados años ha para imponerse en el lacre de las cartas. Miguel, “el heraldista”, se lleva una sorpresa al terminar el burilado de su sello, la peor que se puede llevar quien vive en el esmerado riegue de su árbol genealógico. Casi no es necesario añadir que empleo la palabra “riegue” en su sentido mexicano.

El texto con más sabor a cuento-cuento es “Relato de las Islas Mistrocks”, que además es, por mucho, el más largo. El protagonista narra sus encuentros con un tal Stevenson, marinero. Lo conoce en el trópico mexicano y luego, asombrosamente, lo reencuentra en Camden, Nueva Jersey. Intercambian anécdotas y el susodicho Stevenson, que es marinero, le narra la historia fantástica de las Islas Mistrocks, un pequeño archipiélago siempre cubierto por neblina en el que habitan personas sin sombra. Al final, como cierre se plantea que algunos sujetos de las islas anebladas compran su sombra y migran a Estados Unidos. Aquí aparece un resumen con algo de moraleja contra el capitalismo depredador, lo que por otro lado no es improcedente porque en efecto el capitalismo crudo ha evidenciado una capacidad de daño al que le bastaron dos siglos para tenernos al borde de la distopía.

En el texto anterior el autor parece separarse del tema de la bibliofilia, que reaparece en “Un manuscrito de Luis G. Urbina”. Cuenta Rojas Garcidueñas que en una librería de viejo encontró cierta edición de Mimos, librito de Marcel Schwob. En sus páginas finales, casi en la guarda, halló escrito a mano unos versos firmados por el poeta modernista. Eran del soneto —excelente, por cierto— “El cofre vacío”. Para los bibliófilos, lo grato de esta pieza es el recuento del placer que es husmear en librerías de viejo y encontrar asombros. También es atendible un pasaje sobre una particularidad que hasta hoy no había pensado: “uno o dos de los comerciantes en libros viejos habían dado en poner firmas y dedicatorias, con nombres de autores o gentes notables, a ciertos ejemplares, para engañar incautos y obtener mejores precios o más fáciles ventas. Claro que si se les preguntaba por la autenticidad de esos autógrafos, los vendedores nunca aseguraban nada, pero en el comprador entraba la duda y con ella la esperanza y, casi siempre, eso bastaba a decidir la operación”. ¿Han sido firmas apócrifas las halladas por mi curiosidad en las librerías de viejo? Rojas Garcidueñas ya me sembró la cochina duda.

El último tranco del libro es “Lectura e imaginación”. Se basa en una anécdota contada por el historiador Luis González: un raro comprador de librería de viejo fue aquel tipo que hurgaba en los montones y se llevaba series incompletas de novelas. Lo hacía para desarrollar un extraño placer: llenar el vacío del tomo faltante con su propia imaginación. No para escribir, sino sólo por el gusto de imaginar. Debo decir que por simple obsesión me cuesta acometer la lectura de obras que de antemano no tengo cerradas, completas. Así que no, no es un procedimiento que me atraiga.

El librito, esta cajetilla de cigarros de una colección titulada “Gabinete de cultura editorial”, cierra con la reproducción facsimilar de las portadas (ilustradas por el mismo autor) de varios de los opúsculos que año tras año Rojas Garcidueñas regaló a sus cuates. Es, o fue, una buena costumbre que quizá los escritores podríamos revivir cuando no queramos o no podamos obsequiar productos convencionales del mercado.

miércoles, noviembre 19, 2025

Sobre la carta


 






En el diálogo que mantengo con Gerardo García y Fernando Fabio Sánchez, dos de mis corresponsales (así se les llamaba a las personas con las que dialogábamos epistolarmente antes de que la palabra fuera acaparada por el periodismo con el fin de designar al reportero encargado de cubrir, a lo lejos, los acontecimientos para un medio: corresponsal), nos referimos hace poco, aunque algo de pasada, a los libros que recogen cartas cruzadas entre escritores. Como soy medio fanático de tales compilaciones, generalmente abordadas por académicos que las prologan y anotan, he reseñado libros con correspondencia y he reflexionado también sobre la idea ceñida a estas preguntas: ¿qué pasará dentro de diez, veinte, treinta años o más con la correspondencia de los escritores? ¿Habrán dejado cartas que a la postre puedan convertirse en libros prologados y anotados?

Mi respuesta es que no, que el chat aniquiló la posibilidad. Los libros de este tipo son viables en función del soporte, del papel en el que quedaron asentados los diálogos epistolares. Alguien oportunamente dirá que su generación es posible con los mails, y tendrá razón. Todavía hasta 2010 o poco más, el mail servía como sustituto de la carta física, y allí uno, aunque menos que en la carta de papel, se extendía en consideraciones más o menos atendibles como narración. Lo malo de las cartas electrónicas es que muchas veces el usuario muere y no deja contraseñas, o si las deja, a veces es tanto lo que se guarda en las bandejas que torna casi sobrehumano meterse a indagar y reconstruir miles de mensajes. Este problema no es tan agudo en las cartas de papel, sobre todo porque no suelen ser tantas.

Doy une ejemplo breve de carta de mail. Con mi amigo David Lagmanovich (Huinca Renancó, Córdoba, 1927-Tucumán, 2010) me escribí mucho durante diez años. Parte cuantiosa, la primera, de esa correspondencia desapareció cuando perdí una cuenta de correo electrónico, pero queda mucho guardado en una bandeja de otra cuenta. Nos escribíamos cartas amplias, parecidas a las de papel. En el último mensaje que me envió, tres días antes de su muerte, comentó en uno de los párrafos una de mis columnas:

“Me gustaron tus referencias sobre el tango, aunque al fin no nos enteramos de cuáles son los cinco de tu preferencia. Y es que no sé si se puede elaborar tal lista sin dejar fuera a composiciones insignes. En ninguna lista elaborada por mí, por ejemplo, podría faltar ‘Naranjo en flor’ (de los hermanos Espósito); y no sabría cómo hacer entrar —sin perjuicio de otros textos literarios y musicales igualmente valiosos— ‘La casita de mis viejos’ (Cadícamo y Cobián), ‘Por la vuelta’ (ese inolvidable ‘Afuera es noche y llueve tanto...’), también de Cadícamo, pero con otro compositor, y hasta ‘El último café’, cuyos autores no recuerdo en este momento. ¿Y ningún Manzi, y ningún Gardel? Es muy difícil elaborar estas selecciones. Tal vez mejoraríamos un poco la actuación si habláramos de ‘los diez’, y no de ‘los tres’ o ‘los cinco’”.

Ya no pude responderle, pero es evidente que esta consideración parece (es) de carta de papel, no de chat, y podría, por qué no, rescatarse como la he rescatado aquí.

sábado, febrero 15, 2025

Borges en una nuez


 











No recuerdo el nombre del restaurante, pero sí, con claridad, la sensación que me produjo el buen ambiente de camaradería literaria que allí se respiraba. Era mayo de 2004, estaba a punto de cumplir cuarenta años y pasaría mi onomástico en San Miguel de Tucumán, a donde fui invitado para participar en un encuentro de escritores que se celebraría en la Universidad Nacional de aquella provincia argentina. Uno o dos días antes de que comenzara la actividad, mi amigo David Lagmanovich organizó algunas reuniones con escritores del lugar, quienes me demostraron afecto y gusto por escuchar mi acento de película mexicana.

Digo pues que la fiesta estaba en su apogeo de vino, cena y música, cuando ocurrió una suerte de pequeño milagro. Juan Pablo Neyret, escritor y periodista marplatense también invitado por David, pidió silencio a la concurrencia porque deseaba compartir un poema. Caminó al micrófono de los cantantes y, sin más, ofreció de memoria los dos sonetos escritos por Borges y publicados en tándem con el título “1964” dentro del libro El otro, el mismo (1964). No existían los celulares con avances tecnológicos como los de hoy, así que yo llevaba cámara digital y una minigrabadora de audio, para lo que pudiera ofrecerse. Y se ofreció: mientras Juan Pablo decía (no declamaba, pues declamar ya era y sigue siendo una práctica obsoleta) los dos sonetos, alcancé a sacar la grabadora y pescar al aire algunos fragmentos de su voz, los últimos seis versos. Aquello fue un torrente de luz en medio de la noche.

Yo ya conocía las dos piezas de “1964”, pues la Obra poética (Alianza-Emecé, Madrid, 1975, 447 pp.) de Borges es un libro que conseguí en los noventa. Lo que no sabía era aquello que Juan Pablo me reveló al pasar los versos por el filtro de su garganta: que la perfección no sólo estaba en la escritura, sino en el sonido exacto que iban dejando sus acentos y sus rimas, la gestación de un clima melancólico a partir de las palabras hechas de tinta en algún libro, pero sin duda redimensionadas al adquirir forma sonora, tal y como era el canto (la poesía) antes de la invención de la escritura. “Estos versos nacieron para decirse, no para leerse”, pensé.

Es posible encontrar “1964” con toda facilidad en Google, así que sólo traigo aquí el segundo soneto, que me gusta más, valga la implícita e innecesaria comparación: “Ya no seré feliz. Tal vez no importa. / Hay tantas otras cosas en el mundo; / un instante cualquiera es más profundo / y diverso que el mar. La vida es corta // y aunque las horas son tan largas, una / oscura maravilla nos acecha, / la muerte, ese otro mar, esa otra flecha / que nos libra del sol y de la luna // y del amor. La dicha que me diste / y me quitaste debe ser borrada; / lo que era todo tiene que ser nada. // Sólo que me queda el goce de estar triste, / esa vana costumbre que me inclina / al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina”.

Lo que uno primero siente, de golpe, es el tono de la pieza. Ciertamente la voz poética se resigna al “goce de estar triste”, pero esa tristeza no es una aplanadora, sino una especie de sombra atenuada por la frase previa: “sólo me queda”, que supone una ganancia en medio de la derrota (de aquí que la tristeza sea un paradójico “goce”), como cuando en otro lugar el mismo autor afirma que el olvido es “una de las formas de la memoria”, es decir, una pérdida que también es una posesión. La afirmación inicial, contundente (“Ya no seré feliz”), tiene como inmediato amortiguador el “Tal vez no importa”, que así sea con dudas hace menos trágica la tragedia de haber sido centrifugado del amor.

Para consolarse en medio de la desolación, recuerda: “Hay tantas otras cosas en el mundo”, y que “un instante cualquiera es más profundo / y diverso que el mar”, lo cual es cierto si reparamos en que cualquier segundo contiene infinitas situaciones, más que gotas de agua en el océano. Sabe que, por larga que parezca, “La vida es corta”, cortísima, y como escribían los latinos sobre las horas en los relojes de sol, “todas hieren; la última mata” (Vulnerant omnes, ultima necat), así Borges nos hace ver que una “oscura maravilla nos acecha”, la de la muerte que “nos libra del sol y de la luna”, que es como decir que nos libra de todo, incluido el amor.

Y estos versos tremendos en su sencillez y su verdad: “La dicha que me diste / y me quitaste debe ser borrada; / lo que era todo tiene que ser nada”, plantea la obligación de recurrir al olvido como tablita de salvación. Al final, aquello del “goce de estar triste” y practicar, luego del naufragio amoroso, esa “vana costumbre” de pasar por “cierta puerta” y “cierta esquina”.

Sé que este soneto dice mucho más de lo que yo puedo exprimir, pero creo que ni siquiera es necesario hurgar en su sentido, someterlo al microscopio; es suficiente con sentir su flujo por los tímpanos y atisbar el avance de su resignado apagamiento, su melancolía de tarde que se va haciendo noche.

sábado, septiembre 21, 2024

Silvio, aniversario y después

 













“Si te dieran a escoger a qué cantante escuchar y te pagaran todos los gastos para ir a su concierto, ¿a quién escogerías, papi?”. Recuerdo esta pregunta de una de mis tres hijas, pero no recuerdo cuál. La motivaba una conversación en la que concluí tajantemente, sin ninguna concesión, que no me interesaba ir a ningún concierto, que no me interesaba escuchar a nadie en ningún tumulto. “¿Pero a nadie a nadie a nadie, papi?”, insistió mi hija. “No, a nadie”, rematé, y esto incluía principalmente los conciertos de cualquier música de pop o de rock, por espectaculares que parecieran. Sé que si la propuesta fuera real, dudaría. ¿Javier Solís, Pavarotti, Zitarrosa, Lola Beltrán, Serrat, Mercedes Sosa, Albano Carrisi, Adriana Varela, Atahualpa Yupanqui, Anna Netrebko, Ibrahim Ferrer? Tal vez, pero de solo imaginar las implicancias de un concierto, el hecho de desplazarme a no sé dónde y de convivir a veces apretujadamente, me lleva a desear no desearlo, conformarme con la reproducción hoy dispensada por las plataformas digitales.

Mi negativa parte de que los experimenté alguna vez: jamás me sentí cómodo ni me estremeció un pelo ver en vivo a un “famoso”. No me pregunten por qué, pero por razones de trabajo, de gratuidad o compromiso vi a Bosé, Tropicalísimo Apache, Juan Gabriel, Marco Antonio Solís, Los Cadetes de Linares, Óscar Chávez, Los Ángeles Negros, Facundo Cabral, Celso Piña, Depeche Mode, Caetano Veloso, Plácido Domingo y Calle 13, y en ninguno de los casos hallé un motivo poderoso para enamorarme de la modalidad “en vivo”. Por esta razón y no otra es por la que percibo muy extraña a la gente que sigue el ritual de comprar boletos en línea y moverse a veces hasta de país para escuchar a tipos abiertamente frívolos o embusteramente densos, como si fueran filósofos de nuestra era sólo porque desean la paz mundial.

Dado lo antecedente, sonará raro que el 25 de mayo de 2004, hace ya dos décadas, amaneciera inquieto ante la inminencia del maratón que me esperaba en la Plaza de Mayo. Había llegado el 15 a Buenos Aires, era mi primer viaje para allá, y dos días después, o tres, no recuerdo, me chuté un recorrido de quince horas por tierra para estar en San Miguel de Tucumán, a donde había sido invitado por David Lagmanovich para participar en un encuentro de escritores. Además de conocer a David, allí conocí también a Juan Pablo Neyret y a Rogelio Ramos Signes, y crucé dos palabras con un par de invitados importantes: María Rosa Lojo y el español Rafael Chirbes. Cumplí cuarenta años casi al final de mi estancia tucumana, el día 23. Esa misma noche, Neyret y yo, que nos hicimos amigos de inmediato, nos fumamos las quince horas del bus a Buenos Aires. Bajamos en la capital argentina, convivimos el 24 en algunas caminatas y restaurantes del microcentro, y esa misma tarde Neyret siguió a su tierra, Mar del Plata. De nuevo quedé solo en Buenos Aires; me hospedé en el Grand Hotel España, un vetusto edificio art déco de la calle Tacuarí número 80, a una cuadra de la avenida 9 de Julio, cerca del legendario Café Tortoni.

El 25, digo, amanecí inquieto. A mi primer viaje argentino le quedaban unos tres días de vida, así que decidí aprovecharlos en andanzas que me dieran una visión más clara del plano porteño. Sabía ya que el día era feriado por la Revolución de Mayo, así que opté por acercarme a la plaza para ver cómo lo celebrarían. Temprano, todavía sin público en la plancha histórica, vi que varios trabajadores hacían los últimos arreglos a dos grandes escenarios: uno frente a la Casa Rosada y otro al lado opuesto, cerca de la catedral, por la calle Bolívar. Creo que con algunas preguntas pude saber que la celebración conllevaría discursos y un desfile de grupos y cantantes, todo con el remate de Silvio Rodríguez. Deambulé un rato más por el rumbo, sin separarme mucho de la plaza. Cuando vi que comenzó a poblarse me aproximé al escenario más grande, el aledaño a la Rosada. Primero quedé como a cincuenta metros, pero como pude me fui escurriendo hacia adelante, poco a poco. Mi idea era no quedar tan lejos, pues mi cámara digital Fuji (aquello ocurrió en el breve momento en el que se usaron las cámaras digitales) no tenía zoom y temí que las fotos quedaran muy borrosas. Al final logré acomodarme como a veinte metros del punto principal. La Plaza de Mayo quedó llena, gobernaba Néstor Kirchner, allí estaba Cristina Fernández y nadie podía saber en ese momento que la Argentina viviría poco más de diez años de desendeudamiento, de mejoría económica y, por ello también, de feroz persecución mediática contra la pareja que provocó aquel respiro de bienestar social.

No recuerdo cuánto duró todo, pero sí que llegué como a las cinco de la tarde y a las nueve todavía no me iba de allí. Muchos cantantes pasaron antes del plato principal. Todos desahogaban dos o hasta tres piezas, la gente los aplaudía con entusiasmo y el animador los presentaba con elogios y vítores por el día conmemorado. Pero la gente esperaba el número fuerte: Silvio.

Cuando el cubano apareció en escena, pensé que su paso duraría lo mismo que todos los demás, pero no: cantó una hora y aquello me dio la impresión de ser hipnótico: la gente coreaba sus canciones y yo entre dientes también las expresaba. En los ochenta había sido adicto a su música y en general a la nueva trova, pero poco a poco me había alejado de él. Lo que no sabía es que me sabía aún todas las piezas, al menos las famosas, y esto sobrevive hasta hoy, fecha en la que algunos de sus versos me parecen algo débiles, algo forzados o innecesariamente herméticos, aunque conservo el gusto por casi todos sus arreglos y por supuesto de sus muchísimas estrofas brillantes. Así de terca es la memoria.

De aquel concierto hay video en YouTube, y aunque no me veo entre el público oscurecido por la noche, estuve cerca de la bandera del Che que ondeó durante todo aquel concierto, tal vez el único al que he asistido con un sentimiento parecido al gusto.

Nota. Como la que encabeza este post, las siguientes fotos fueron tomadas la tarde referida en la crónica.













sábado, junio 08, 2024

David, mail y conclusiones

 











Como humilde tributo, tuve dos veces la oportunidad de mencionar a David Lagmanovich (Huinca Renancó, Córdoba, Argentina, 1927-San Miguel de Tucumán, Argentina, 2010) durante mi reciente viaje a la Argentina. La primera y más importante, el 9 de mayo en una mesa organizada dentro de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. La verdad es que desde el año 2000 tengo muy presente a David. Además de vernos tres veces en persona, recibí su lúcida amistad, por mail, durante la década final de su vida, y no dudo en confesar que, como amigo y maestro, fue un ser humano decisivo en mi vida.

David practicaba la buena y ya casi olvidada buena costumbre de enviar cartas. Por correo electrónico, obvio. De haberse dado en estos tiempos, aquel diálogo virtual quizá se hubiera visto entorpecido por Whatsapp, que, sospecho, acelera y atropella tanto la interlocución que al final es imposible saber de qué se habló, hallar un hilo conductor en las conversaciones. Por mail todavía era, y es, posible dialogar con cierta morosidad y hondura, como lo hacía David y como yo trataba de corresponderle (aunque, claro, sin su sabiduría).

Veo un ejemplo de los muchos que quedaron resguardados en la bandeja de mi correo electrónico. En una carta de enero de 2008, escribió: “Acabo de terminar de leer la tercera de las tres novelas de Ross Macdonald, protagonizadas por el detective Lew Archer, que forman un volumen encuadernado de la colección de la Biblioteca de Letras. Las tres novelas son: The Galton Case, The Chill, y Black Money. A veces tienden a ser demasiado enredadas, pero están llenas de inteligencia y de un agudo estudio de la naturaleza humana. También, de momentos y frases dignos de ser recordados.

Anteriormente leí una selección de cuentos tempranos de Raymond Chandler —el nombre del libro es Trouble Is My Business, y se completa con otro titulado Red Wind, que no saqué de la biblioteca por error— y en donde los protagonistas son varios detectives, todos parecidos entre sí, y anteriores al definitivo Philip Marlowe”.

Sin detenerse mucho, pero con agudeza, David comenta sus lecturas de aquellos días. En sus palabras se nota el deseo de compartir algunas veloces impresiones de lector. Sigue:

“Otra cosa que leí, como parte de estos entretenimientos del verano, fueron los Aforismos de Lichtenberg, que antes había consultado algunas veces, pero ahora lo leí íntegramente. Verdaderamente notable.

Ahora me queda por leer el último libro que me traje de la BdeL, también un ‘omnibus’ como los llaman en Estados Unidos, y que contiene tres novelas de mi admirada Ruth Rendell. Estoy disfrutando de estas lecturas, porque en los últimos años casi no he leído nada que no fuera por obligación, es decir, en relación con algún trabajo que estuviera haciendo. Esto, en cambio, es esparcimiento”.

Dos o tres conclusiones de mi parte: extraño aquel tipo de charla epistolar, los maestros son maestros para siempre y uno debe leer también, aunque sea de vez en cuando, por puro esparcimiento.

miércoles, enero 05, 2022

Cuentos y recuentos








Compré Estructuras del cuento hispanoamericano (Universidad Veracruzana, Xalapa, 1989), de David Lagmanovich (1927-2010), en la librería Astra-Leph, de Torreón, allá por 1998. En aquel momento no podía saber que ese hecho relativamente simple en mi manera de vivir iba a tener consecuencias tan venturosas. No recuerdo si ya conté la anécdota que grosso modo aquí comparto: en 1999 vino de visita, a La Laguna, Fernando Fabio Sánchez, quien estudiaba en aquellos años su maestría en la Universidad de Boulder, Colorado. Como era y sigue siendo habitual, nos vimos para cenar y compartir novedades, y en la charla salió que le había dado clase un profesor argentino que parecía saberlo todo, incluso que existía Torreón. Esto no era una frivolidad, pues a lo largo de su vida académica en EU Fernando notó que nadie ubicaba a nuestra ciudad en el mapa. El apellido del maestro era Lagmanovich. Quedé asombrado, y le dije que recién había leído un libro suyo publicado en México.

Lo que siguió fue otra serie de carambolas. De la Veracruzana nunca enviaron a David ni un ejemplar, de modo que, cuando Fernando le narró la coincidencia, David y yo nos pusimos en contacto con el fin de viabilizar la consecución de algunos ejemplares, lo que al final sí ocurrió. Luego de esto, la amistad epistolar fue muy intensa en la década siguiente, y concluyó con la muerte de David. En medio del trato postal, además, tuvimos tres encuentros en persona, uno en Tucumán, donde vivía, y dos en Buenos Aires.

Estructuras… es pues un libro que estimo sobremanera por lo que desencadenó. Lo sería igualmente, sin embargo, por el valor de su contenido; en él, David analizó varios cuentos de escritores hispanoamericanos. No son ensayos arduos, sino acosos sencillos al mecanismo de los cuentos “El solitario”, de Quiroga; “Ocelotl 33”, de Asturias; “Los dos reyes y los dos laberintos”, de Borges; “Un sueño realizado”, de Onetti; “Es que somos muy pobres”, de Rulfo, “La siesta del martes”, de García Márquez, entre otros.

El recuerdo de aquellas aproximaciones a cuentos relevantes me acompaña desde entonces y quisiera ver si este año cuajo un proyecto largamente postergado: recomendar, con un poco de crítica personal, relatos que me han agradado. Aquí los iré compartiendo.

lunes, agosto 09, 2021

Algunas respuestas sobre el microrrelato

 
















Hoy cumpliría 94 años mi amigo y maestro David Lagmanovich (Huinca Renancó, Córdoba, Argentina, 1927-San Miguel de Tucumán, Argentina, 2010). Para recordarlo subo al blog una reseña de 2005 publicada originalmente en el ejemplar 29 de Espéculo, revista electrónica de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid. Veo que esta publicación, coordinada por el doctor Joaquín María Aguirre, llegó hasta el número 48 (julio-octubre de 2011). Durante algunos años David y muchos académicos, a los que me sumé tímidamente con algunas reseñas, aparecimos en aquel espacio, que a mi juicio era muy bueno. Ya no supe qué pasó, por qué dejaron de circular nuevos ejemplares, aunque el contenido de 48 números (1995-2011) sigue en línea aquí. Colaboré, como dije, en algunos ejemplares; en uno de ellos, con la reseñita que acá reitero como recuerdo de David en su onomástico.

Algunas respuestas sobre el microrrelato

Jaime Muñoz Vargas

La emergencia reciente de un espécimen literario conocido indistintamente como microrrelato, cuento en miniatura, casicuento, minificción, brevísimo o minicuento, ha dado ya significativo pábulo a una reflexión crítica para tratar de asirlo. Como en casi todos los casos, se ha pasado de la práctica a la explicación, de la escritura de esas piezas narrativas al examen que permita entender su evolución y sus características. Aunque todavía escaso, el escudriñamiento de estos alfileres prosísticos ha comenzado ya a ofrecer resultados y no es arriesgado pensar que pronto hablaremos de este género (¿subgénero?) sin la sensación de andar sobre terreno movedizo.

David Lagmanovich, poeta y ensayista argentino, maestro en la Universidad de Tucumán y en varias de los Estados Unidos y Alemania, ha dado un paso importante en la clarificación de este asunto con Microrrelatos, un acercamiento crítico donde las micronarraciones ocupan el centro de su atención en tanto frutos que ya abundan por racimos pero que todavía no han sido suficientemente pasados por la lupa.

Acaso sea “El dinosaurio” de Monterroso la pieza emblemática de este género. Ninguna como ésta ha conseguido una cantidad mayor de lecturas y paráfrasis. Pero es apenas un caso entre miles, como lo demuestra Lagmanovich. Tan grande ha sido la producción de microrrelatos en Latinoamérica que ahora es un imperativo construir el aparato crítico que dé cuenta de su historia, sus rasgos específicos, sus máximos representantes y la bibliografía disponible para leerlo y para explorarlo con mirada crítica.

En México son pocos los que han detenido su mirada en el microrrelato; puede decirse que es Lauro Zavala el crítico que más énfasis ha puesto en su recolección y en su estudio. De allí la importancia que implica ventilar las opiniones de un minucioso observador del fenómeno como lo es David Lagmanovich; sus comentarios pueden ayudarnos a incorporar nuevas nociones en torno a un género cada vez más fecundado por los escritores de nuestras literaturas.

El crítico argentino plantea de entrada que la indiferencia ante el microrrelato se ha basado, entre otras razones, en “la persistencia de viejos hábitos de lectura —la idea, por ejemplo, de que el objeto ‘libro’ debe impresionarnos por su volumen— [lo cual] impedía, en muchos lectores y críticos, que se prestara demasiada atención a ese fenómeno”. Pero ante la exuberancia casi tímida del microrrelato tal indiferencia no podía durar, y eso es precisamente lo que Lagmanovich muestra con su indagación: que estos diminutos tejidos narrativos son ya tan abundantes que posponer su consideración evidenciaría, cuando menos, la demora de los espeleólogos literarios.

El argentino expone que los embriones de la brevedad podemos encontrarlos en buena parte de la estética decimonónica. Aunque a la literatura llega un tanto después, el deseo de evitar excesos y redundancias se incorpora gradualmente a las artes; así en Debussy y su rechazo a la extensión de los dramas líricos wagnerianos o, en el plano de la escultura, la belleza conceptual y simbólica de Constantin Brancusi. De la torrencial búsqueda en la forma se pasa poco a poco al despojamiento de todo aquello que empiece a parecer desmesura, ripio.

En fin, todo esto confluye en uno de los más poderosos asertos teóricos del arte del siglo XX: la maravillosamente adecuada aseveración, compartida por Walter Gropius, Mies van der Rohe y otros teóricos del grupo de la Bauhaus (1919-1933) que se expresa en estas tres palabras: “Menos es más”.

Con esa nueva estética sobre la mesa, los narradores, como los demás artistas de la palabra, tenían dos caminos polares: el primero, insistir en la redundancia con claras tendencias barrocas —lo cual, con Carpentier y Del Paso, no me parece ilegítimo— y, el segundo, edificar obras donde sean abolidos los excesos, las tautologías, los agregados ornamentales, donde lo menos tienda a ser más. Por supuesto ninguna de las dos rutas ha sido anulada, pero sí es evidente que la segunda comenzó a gozar de más adeptos que han optado por la mesura y la ultracondensación.

Microrrelatos es un libro dividido en cinco partes, todas ellas allanadoras del camino que nos guía al entendimiento pleno de la narración brevísima. “Márgenes de la narración: el microrrelato hispanoamericano”, sondea los orígenes de esta forma de ficción en nuestra América y cita ejemplos representativos; “Hacia una teoría del microrrelato hispanoamericano” ubica y separa las características del micro en relación con otras formas de expresión narrativa; “Sobre el microrrelato en argentina” y “Para un censo de microrrelatos argentinos” da cuenta de lo que ha sucedido con el género en la historia literaria de aquel país millonario de narraciones, y “Marco Denevi y sus Falsificaciones” recorre el quehacer clave como microficcionista de quien escribió El amor es un pájaro rebelde.

Libro de importancia capital para quienes se dedican a la práctica y a la teoría del cuento brevísimo, Microrrelatos, ensayo del argentino David Lagmanovich, contiene además numerosas piezas narrativas (el género muy bien lo permite) que sirven de ejemplo a cada afirmación, por lo cual su utilidad es doble y deja ver que la escritura de microrrelatos llegó a nosotros para no irse nunca más, como lo puede testimoniar esta perla inolvidable de la argentina Ana María Shua (tomada de La sueñera) y que no resisto la tentación de re-citar:

¡Arriad el foque!, ordena el capitán. ¡Arriad el foque!, repite el segundo. ¡Orzad a estribor!, grita el capitán. ¡Orzad a estribor!, repite el segundo. ¡Cuidado con el bauprés!, grita el capitán. ¡El bauprés!, repite el segundo. ¡Abatid el palo de mesana!, grita el capitán. ¡El palo de mesana!, repite el segundo. Entretanto, la tormenta arrecia y los marineros corremos de un lado a otro de la cubierta, desconcertados. Si no encontramos pronto un diccionario, nos vamos a pique sin remedio.

Microrrelatos, David Lagmanovich, Cuadernos de Norte y Sur, Tucumán, 2004, 153 pp.


sábado, marzo 13, 2021

Aira en un no-libro












Me ocurrió una vez más esta semana, pero es frecuente que me encuentre en la misma situación: converso con alguien y ese alguien me descarga la siguiente confidencia: “Siempre he querido escribir un libro”, o esta aproximada: “Tengo un tío [o hermano o primo o cuñado o medio hermano o suegro o sobrino o exnovio o compañero de trabajo o vecino o lo que sea, en masculino o en femenino] que quiere escribir un libro”. En ese momento, mientras escucho con la amabilidad y la cautela que me caracterizan en tales diálogos, especulo íntimamente en el tipo de libro que mi interlocutor hospeda en la cabeza. En este caso, un libro puede ser cualquier objeto que parezca libro, es decir, un puñado de hojas pegadas en uno de los lados a una cubierta de cartulina. No imagino algo diferente, pues con frecuencia noto que el contenido es borroso: el libro puede ser algo aproximado a una novela, una memoria, una biografía o autobiografía, un manual, un poemario, un anecdotario, una crónica de viaje, una historia o un libro con aforismos al que la gente suele llamar “de pensamientos”, como si todos los libros no implicaran, así sea rudimentariamente, el acto de pensar. La confesión suele ir acompañada de otra frase: “Mi tío [o etcétera] ya tiene un escrito, pero no sabe qué hacer con él”. Y pienso: he aquí la indefinición genérica, la vaguedad del proyecto abrazado en la gaseosa expresión “un escrito”.

Bien. Punto y aparte. Mi amigo y maestro David Lagmanovich me enseñó sin querer, en alguno de nuestros muchos diálogos, su noción del no-libro, lo que para él era, creo, un libro deshuesado, genéricamente difuso y organizado sin un criterio más o menos visible de estructura. Arrejuntar (este verbo mexicano es hermoso) papeles sueltos, tomar cualquier “escrito” y reunirlo con otros tantos no configura necesariamente un libro, de ahí que David, consumado académico al fin, pusiera tanto énfasis en la arquitectura del libro, en su temática, su estilo y sus apretadas partes.

En función de lo anterior, ¿dónde podemos colocar Continuación de ideas diversas (Jus, México, 2017, 109 pp.) de César Aira (Coronel Pringles, Provincia de Buenos Aires, 1949)? De entrada, apoyado en la noción ya expuesta, parece un no-libro, pues los criterios de unidad se sienten demasiado laxos, sin trabes que unan la miscelánea de microtextos. Cierto que podemos destacar la unidad del estilo y la extensión de las piezas, parejamente similar, casi todas breves, de media página la mayoría, pero esto puede parecer insuficiente. Sin embargo, hay un hilo conductor acaso muy sutil, pero firme y elegante. No sé cómo definirlo, pero para darnos una idea se relaciona con el, digamos, emplazamiento de la mirada: Aira reflexiona sobre temas diversos, así importantes como banales, siempre desde una perspectiva peculiar. Hay en él una especie de obsesión por los planteos extraños, por mirar el costado menos saliente y obvio de los temas. Desde tal emplazamiento de la mirada se engarzan las piezas de Continuación de ideas diversas, y el resultado es un cajón de sastre que no por caótico carece de interés. Puede ser que no sea el mejor libro de Aira, y de hecho no le es, pero es interesante por su agudeza y por algo mejor: su desenfado, casi el desacato de pergeñar un libro con los espontáneos tanteos de la sobremesa o el insomnio, como en este ejemplo brevísimo porque ya agoté mi espacio: “Lo difícil es escribir, no escribir bien. En los talleres literarios se puede aprender a escribir bien, pero no a escribir. Para escribir bien hay recetas, consejos útiles, un aprendizaje. Escribir, en cambio, es una decisión de vida, que se realiza con todos los actos de la vida”.

“Y así”, como dicen hoy los jóvenes. 

miércoles, octubre 11, 2017

A la casa del Che

 














En noviembre de 2011 fui invitado a participar en un encuentro de escritores celebrado en la Universidad Nacional de Cuyo, en Mendoza, Argentina. No podía faltar porque se trataba de la primera actividad literaria que dedicaría mesas de homenaje a la figura de mi amigo David Lagmanovich, quien había muerto un año antes, en 2010. Dado que el encuentro se celebraría en tierras mendocinas, casi en la frontera con Chile, decidí comenzar mi recorrido por Santiago. A toda velocidad me puse en contacto con Diego Muñoz Valenzuela, amigo chileno y tremendo escritor, para ver qué podía organizar con el fin de que mi visita tuviera algún provecho más allá de lo turístico. Generoso como siempre, Diego me organizó una plática/lectura en la asociación Letras de Chile, y al día siguiente una cena con amigas y amigos chilenos que jamás olvidaré.
A Santiago de Chile llegué en un momento complicado. Los estudiantes se estaban enfrentado contra el gobierno de Sebastián Piñera, había disturbios fuera de las facultades y por el mundo corría como icono de esa lucha el rostro de Camila Vallejo. Mis primeras horas en Chile fueron complicadas. Bajé del avión y tomé el metro hacia el centro con el fin de buscar un alojamiento que, fiel a mis costumbres, no había reservado. Recorrí algunas calles, no tuve éxito en dos o tres hoteles a los que me aproximé, y por allí vi, ya algo desesperado, una especie de hostal ciertamente pulguiento. En la entrada a la escalera pasaba sus horas, aburrida, una chica con un pequeño negocio de golosinas, y hablé con ella.
—¿El hostal está arriba? —pregunté indicando las escaleras.
—Sí —respondió.
Apenas ascendí un escalón con mi maleta de rueditas, la chica me habló, nerviosa.
—¿Va a quedarse allí?
—Voy a preguntar si tienen espacio —dije.
—Pero no entre, allí le roben a la gente.
Bajé la escalera, le agradecí más con un gesto que con palabras, y me largué a buscar otro sitio donde no le estuvieran robado a la gente. No sé cómo fui a parar a la avenida Libertador O’Higgins y allí encontré un hotel llamado Imperio: económico, limpio y honrado. Traía poca pila en la computadora y vi que no podía cargarla: necesitaba un adaptador para el enchufe. Pregunté en la recepción dónde podía hallarlo y me dieron las señas de una calle próxima, la Matucana, llena de negocios de electrónica. Estaba a dos cuadras, y al llegar a la esquina de O’Higgins y Matucana me sorprendió una estampida de personas. Yo no sabía que estaba al lado de una facultad de la Universidad de Chile. Vi camiones de carabineros y una nube blanca en dirección a la esquina donde me quedé estático. Saqué la cámara del celular mientras la gente corría en sentido contrario, hacia mí, y no me atemorizó la espesa nube. Cuando al fin me dio el chanclazo, supe lo que era el gas pimienta. En mi rancho de La Laguna jamás han dispersado un tumulto con esa cosa horrible, así que, sin querer queriendo, la probé por primera vez. Los ojos me lloraron, irritados, tanto que perdí la visibilidad. Como pude corrí hacia la calle Matucana y cuando al fin me sentí lejos de la esquina fatal, me recargué en un árbol, saqué mi paliacate y me sequé las lágrimas forzadas. Pasaron como quince o veinte minutos, o tal vez más, y los ojos me seguían ardiendo como si me hubieran untado chile en Chile. Cuando recuperé la visión y respiré tranquilo, vi los negocios de electrónica y compré mi adaptador. Revisé mis fotos en el celular: tenía dos del gas y la multitud, un curioso trofeo en mi día inaugural por las grandes alamedas de Santiago.
Tras mi periplo chileno tomé el bus a Mendoza. Atravesaría la cordillera andina de madrugada, lo que luego consideré un error, pues no pude ver el recorrido por ese paisaje legendario. Sólo recuerdo que en la madrugada, como a la una o a las dos, el camión se detuvo en un feo paraje, la aduana localizada en una especie de tendajón gigante. Los pasajeros hicimos fila para mostrar los pasaportes en la salida de un país y la entrada a otro. Me llamó la atención que el funcionario chileno y el argentino casi compartieran la misma modesta oficinita, de manera que el primero sellaba la salida, luego él mismo pasaba el documento a su colega, quien sellaba la entrada. Tras el ingreso oficial a la Argentina, un aduanal con facha de gángster italiano revisaba el equipaje sin mucha prolijidad, más bien con total desenfado.
La estancia en Mendoza da para una crónica aparte, pues fue gratísima. Esa ciudad es una belleza por sus calles plenas de verdor, por sus árboles gigantes que, colocados de acera a acera, se juntan en las copas y dan la impresión de que envuelven las avenidas como túneles. Además, es para mí la tierra entrañable de Leonardo Favio, a quien tanto he querido. Allí, en una sobremesa mendocina, alguien preguntó por mi destino inmediato. Dije que Córdoba un par de días y luego Buenos Aires, todo por tierra.
—Ah, para que vayas a la casa-museo del Che en Alta Gracia; está a menos de una hora de Córdoba.
Para entonces yo sabía de la estancia cordobesa del rosarino Guevara de la Serna, pero ignoraba que hubiera algo que recordara esa estancia y que Alta Gracia estuviera tan cerca de la capital. No figuraba en mi plan, pero lo decidí allí mismo: iría a la casa del Che.
Llegué a Córdoba una mañana muy soleada. No quise alejarme mucho de la terminal de camiones (micros, los llaman allá), así que me hospedé en el primer hotelito que apareció en el camino. Era, me di cuenta de inmediato, parada habitual de choferes, pues en el restaurante desayunaban o comían en grupos de dos o tres, todos encorbatados. Me tocó la habitación más pequeña que he ocupado jamás, y bastaba el baño para comprobarlo: en la regadera era imposible agacharse un poco, de suerte que si se me caía el jabón, era necesario salir y recogerlo desde afuera.
A la mañana siguiente tomé el micro hacia Alta Gracia. Iba con pocos pasajeros, hacía un sol espléndido, así que disfruté de lo que a mi juicio era la pampa, ese ámbito mágico que la literatura gauchesca y luego la milonga yupanquiana/larraldeana me hicieron venerar antes de conocerlo. La llanura que pude ver, si es que se trataba de la pampa, era un mar de gramilla, un espacio en el que los ojos se resbalaban sin obstáculo hacia el horizonte infinito (años después me enteré que por allí, en esa ruta, está el mausoleo en forma de ala de avión construido por Raúl Barón Biza a su esposa, la piloto Myriam Stteford). Al llegar a Alta Gracia, bajé alegre del bus y tomé un taxi.
—A la casa del Che, por favor —pedí.
El taxista no dijo palabra: casi todos los visitantes de Alta Gracia van a ese lugar, supuse. Descendí y vi el letrero: faltaban dos horas para que el museo abriera sus puertas. Luego apareció junto a mí una pareja de extranjeros. Eran dos jóvenes algo hippiosos, con rastas él, flaco, lácteo y feo; ella de pelo corto a la garçon (como dice un tango), rubia, de grandes y hermosos ojos turquesa, medio mugrosa pero sexi porque dentro de los andrajos había una especie de aeromoza sueca. Me pareció que el tipo no hablaba ni gota de español, pero ella sí. La chica me preguntó primero en inglés si el museo estaba en funciones. Con mi inglés cavernícola le pregunté si hablaba español, y dijo que sí.
—Sí, sólo que abrirá hasta dentro de dos horas —le informé como si yo supiera mucho del asunto.
Nos quedamos un rato en silencio. Es un decir, pues la azafata hippie conversó en un idioma inextricable (¿polaco, finlandés, noruego?) con su pareja mientras yo seguía estirando el cuello desde la verja hacia el jardín de la casa-museo. Noté que los europeos no eran de mucho hacer migas con un tipo al que seguramente notaron ya en la ancianidad, y me separé de ellos un poco para preguntar a un jardinero el lugar hacia donde estaba la zona centro de Alta Gracia. Me indicó el camino, y sin despedirme de la pareja puse patas a la obra.
El día era, lo recuerdo así, bellísimo, con un clima templado y una luz intensa y transparente, precisamente el clima terapéutico que los médicos habían recomendado para paliar el asma del pequeño Ernesto. Caminé varias callecitas y en todas lucían casas que imaginé de estilo alpino, como ésas que hemos visto en almanaques con paisajes suizos. Un poco después noté algo extraño: la pareja me seguía. No para alcanzarme, sino para avanzar por la ruta que me había marcado el trabajador del museo. Recuerdo que pasé al lado de un lago, de una como misión jesuítica, y al fin di con el micromicrocentro. Era casi mediodía y vi muchos estudiantes. Entré al primer restaurantito que sentí adecuado y pedí una hamburguesa con papas y “gaseosa”, como allá le llaman a nuestro refresco. Hice tiempo viendo hacia la calle. Dos o tres veces vi pasar a la pareja hippie. Claro, en una hora ya habían recorrido todo el centro y daban vueltas por los mismos rumbos.
Cuando llegó el momento emprendí el regreso hacia el museo. Soy muy orientado y no necesito piedritas para desandar mis pasos, como Hansel y Gretel, así que volví por el camino ya conocido. Y otra vez, como una aparición, capté de lejos, detrás de mí, a los europeos. Llegué y ahora sí: abierto. Pagué una cuota y entré. El museo es un recorrido por las habitaciones de la casa. Contiene cartas, fotografías y algunos efectos personales del Che y su familia. Me asombró que tuviera tantos visitantes pese al aislamiento del lugar. No era un tumulto, ciertamente, pero al menos sí recorríamos la casa una veintena de personas, todas por grupitos en diferente habitación. El museo es modesto, pero limpio y bien curado. Pude tomar fotos con total impunidad, aunque las condiciones de luz no fueran buenas en el interior.
En todas las fotos del Che, incluso en las de su niñez, el Che es el Che. El rostro jamás le cambió, de manera que en una colectiva familiar o con amigos es innecesario señalar en dónde se ubica él. El museo es un lindo espacio y a él entré contento, tal vez prejuiciado por la admiración que siempre —pese a los textos ideológicamente hostiles y lejanos— le he tenido a ese sujeto extraño, carismático, querido por tantos, despreciado por otros más.
El recorrido no es largo, pero da esa impresión porque hay muchos papeles, muchas cédulas, y la gente se detiene a leer. El retrete de la casa tiene un letrero que advierte al visitante, con cierto humor involuntario, su condición de pieza del museo, para que nadie vaya a confundirlo. Luego, al fondo de la casa, en el patio trasero, hay una tienda de souvenires, y allí termina todo.
Bueno, no todo. Al salir registré fotográficamente el maravilloso bronce del Che niño que luce en la entrada de la casa. Luego le pedí a alguien que me ayudara con un click junto a ese pequeño que sería más adelante un personaje con imán mundial, un sujeto que físicamente, nomás físicamente, moriría ejecutado el 9 de octubre de 1967, hace cincuenta años, tras ser aprendido en Bolivia por el ejército de este país en colaboración con la siempre hacendosa inteligencia norteamericana.

Nota. Salvo la última, tomé yo las fotos que aderezan este post.

miércoles, agosto 09, 2017

Noventa años de David Lagmanovich




















Hace noventa años, el 9 de agosto de 1927, nació en Huinca Renancó, al sur de la provincia de Córdoba, Argentina, mi amigo y maestro David Lagmanovich. Debido a que desde su niñez fue a radicar a San Miguel de Tucumán, él se consideraba de allí, tucumano. Se doctoró en Lingüística por la Universidad de Georgetown, en Washington, y ejerció como maestro en universidades de Estados Unidos, Brasil, Alemania y, por supuesto, Argentina. Publicó una abultada cantidad de artículos y más de treinta libros divididos en ensayo, poesía y microrrelato, género del que es uno de los decanos en teorizarlo e historizarlo. Culto, amable, generoso. David es, para mí, un dechado de académico que lejos de enclaustrarse mira al mundo con deseo de mejorarlo. Para eso publicó tanto: para divulgar la literatura y la música que a él lo conmovían. Entre muchos de sus amigos menciono sólo a dos muy famosos: Cortázar y Sábato, y en más de una ocasión tuvo el privilegio de acompañar a Borges cuando Borges hacía tours como conferencista en EU. Para mí, por todo, fue un lujo conversar con él tres veces en persona y mantener una correspondencia electrónica que duró poco más de diez años y dejó un saldo de, calculo, cerca de 500 cartas. David murió el 26 de octubre de 2010. Como muchos de sus amigos latinoamericanos, norteamericanos y europeos, siempre lo tengo presente y aún me sigue orientando cuando lo releo en libro o en carta. Aunque yo esté lejos, me considero parte de la Asociación Literaria David Lagmanovich organizada en Tucumán por mis amigos Ana María Mopty, Mónica Cazón, Liliana Massara, Rogelio Ramos Signes y Julio Estefan, entre otros.
La foto que acompaña este post se la tomé a David en la plaza principal de Tucumán hacia mediados de 2007.

miércoles, agosto 02, 2017

Jornadas a tope














En la vida de hoy es difícil que quepa algo más dentro de una jornada estándar de trabajo. Hagamos lo que hagamos, el mundo contemporáneo deja hoy la impresión de ser absorbente, tiránico a veces. Esa impresión tengo, al menos, cuando me invitan a algo más, lo que sea: ¿y a qué hora lo atiendo?, me pregunto. No quiero imaginar siquiera la agenda de alguien importante o famoso: supongo que ha de ser el infierno.
Ya retirado de su vida profesional formal, mi amigo David Lagmaovich siguió haciendo adobes. Trabajaba mucho, infatigablemente, y en una carta de enero de 2008 me dio sin querer una clave de su método: “… soy partidario de no dedicar jornadas íntegras a nada, sino ir intercalando actividades (compatibles entre sí, claro). Al no tener un empleo, puedo usar mi tiempo dándole a las tareas la forma que prefiero; en otros casos esto no es posible, sino que hay que aprovechar el tiempo que queda libre. De modo que trato de escribir algo, pero también reviso algo que escribí últimamente, leo alguna cosa ‘profesional’, alterno todo eso con un poco de lectura para esparcimiento, y así. La música está siempre presente, pero por lo general no le dedico un tiempo exclusivo (curiosamente), sino que escucho música en la computadora, que es donde más estoy: discos compactos y buenas estaciones de radio por internet. Y así voy pasando los días. (…)  En todo este panorama, sólo lamento que no he podido todavía articular un buen plan para escuchar música, es decir, escucharla activamente, no como fondo; pero lo que pasa es que esta disciplina es una amante demasiado exigente, que no se conforma con ratos aislados sino que pretende un monopolio total, o casi total”.
Un secreto de la felicidad en el trabajo puede estar, entonces, en el pespunteo de una actividad a otra, en saber combinar lo obligatorio con lo placentero en cuotas razonablemente armónicas, y eso hago.
Frente al semestre académico que ha arrancado en estos días, veo un panorama que apiña como muégano una cantidad enorme de actividades. Vislumbrada como bulto, esa imagen casi me atemoriza, pues da la impresión de ser un muro inatravesable. Pero no, de agosto a diciembre hay cinco meses para distribuir todos los afanes, y esto incluye la atención de los afectos y el encuentro con alguno que otro divertimento. Al final no quedará tiempo sin aprovechar, pues el presente de casi todos se vive hoy así: a tope.

lunes, marzo 28, 2016

Rogelio Ramos Signes, amigo














Lo conocí en algún café tucumano hace más de diez años, cuando asistí a un congreso de literatura organizado por (y en) la Universidad Nacional de Tucumán. Mi contacto en esa expedición fue David Lagmanovich, un amigo de lujo que jamás dudó en compartirme sus querencias más cercanas. Recuerdo que cuando llegué a Tucumán David me esperaba en los andenes de TransferLine. En ese momento nos conocimos personalmente luego de cinco años como intensos corresponsales vía mail, y casi de inmediato, sobre el remís, David me extendió una invitación: “Si gustas, llega a tu hotel, descansa un rato y más a la tardecita vamos a tomar café con un amigo que quiero que conozcas”. Hice lo indicado y el amigo resultó ser Rogelio Ramos Signes. Al que conocí entonces fue al que ustedes ya conocen: un hombre sereno, culto, amable, atento siempre a las palabras de su interlocutor, uno de esos tipos que deberían abundar, para que el mundo sea mejor, y sin embargo escasean. Aquella tarde con Rogelio, a quien David respetaba mucho, fue para mí inolvidable, por eso puedo reconstruirla en estas líneas.
Luego vi a Rogelio un par de veces más: otra en Tucumán y la más reciente en Buenos Aires, en las Jornadas de Raúl Brasca organizadas en la Feria del Libro hacia 2010. En todos los encuentros Rogelio ha sido el mismo que traté por primera vez en 2004. Y más allá de esos venturosos encuentros, Rogelio ha sido siempre un amigo amable por mail y ahora por Facebook, donde sin querer queriendo dialogamos y también donde sin querer queriendo él me enseña más que a escribir, a ser en la literatura.
Cierro con una anécdota muy personal, podría decir que íntima. Volvía yo de un viaje del DF a mi tierra, Torreón, en el norte de México, y por razones que no viene a cuento relatar, me encontraba tremendamente agobiado, puedo decir que triste, muy triste, mirando hacia un precipicio moral. Para entonces, en ese 2011, ya usaba un teléfono celular con servicio de correo electrónico y cuando iba en el micro por la ciudad de Querétaro llegó una carta. Era de Rogelio, quien por ese medio compartía a sus contactos un poema dedicado a su padre. Lo leí una vez. Lo leí dos, tres, cuatro veces en ese tramo de carretera, y lloré mucho, tanto que milagrosamente me sanó. Supe entonces, en el silencio de mi pena, que podía pasar lo que fuera a mi alrededor, pero que si seguía pasándome eso, tener amigos que escribían así, literatura de tal densidad emocional e intelectual, yo no era tan malo como me sentía. De la pesadumbre total pasé de golpe a sentirme un privilegiado, y de inmediato le escribí a Rogelio para agradecer su amistad y su literatura.
Le dije algo más: que se llamaba como mi padre, y eso de alguna forma me hacía quererlo y respetarlo más. Gracias, pues, amigo, y felicidades por ganarte nuestro cariño y nuestro respeto con tu obra literaria y tu generosa amistad.

Torreón, Coahuila, México, 19, marzo y 2016

Nota: Palabras leídas en el homenaje que el pasado 19 de marzo rindieron en Tucumán, Argentina, a Rogelio Ramos Signes. Gracias a Julio Estefan por leerlo. En la foto, con el homenajeado en mayo de 2010 durante la Feria del Libro de Buenos Aires.