No sé desde cuándo —aunque supongo que lo hizo
en los años finales de su vida—, mi amigo David Lagmanovich (1927-2010)
dispensaba a sus cercanos, como presente navideño, un pequeño libro. Fui
receptor de dos títulos que me llegaron por la vía postal desde San Miguel de
Tucumán, en el noroeste argentino, hasta Torreón, en el centro-norte mexicano.
Eran publicaciones bien cuidadas en lo tipográfico, no ostentosas, más bien
austeras aunque sumamente dignas porque además de su cuidado editorial, el
contenido estaba a la altura de todo lo que escribía David: era excelente.
Al recibir tales obsequios decembrinos quise
suponer que en algún lugar del mundo quizá era costumbre que los escritores
hicieran eso: en vez de regalar corbatas o bolígrafos, preparaban con tiraje
corto algún librito de su autoría como prenda de amistad en las épocas más
propicias al deseo de amor y paz a los hombres de buena voluntad. David era
cosmopolita, así que tal vez en algún sitio tocado por su trashumancia vio la
idea y la puso en práctica, supongo, en la última década de su vida, o tal vez
la idea le surgió sola, lo ignoro y para el caso da igual saberlo.
Introduzco con la historia de mi amigo y sus
regalos bibliográficos porque en la reciente FIL me topé con un libro curioso
en el pabellón de la UAM. Es, de José Rojas Garcidueñas, Historia de un tipómetro y otros papeles de bibliófilos (UAM, 2025,
128 pp.), libro en formato cajetilla de cigarros, muy limpiamente editado, como
todas las publicaciones de la Autónoma Metropolitana.
De José Rojas Garcidueñas (Salamanca,
Guanajuato, 1912- Ciudad de México, 1981), sólo había leído, y esto hace mucho,
Cervantes y don Quijote, un libro de
la colección SEP Setentas que conservo. La solapa apunta que fue narrador,
académico y profesor universitario. Fue director de la Escuela de Filosofía y
Letras de la Universidad de Guanajuato, abogado del Departamento Jurídico de la
Secretaría de Asistencia Pública e investigador del Instituto de
Investigaciones Estéticas de la UNAM. Perteneció a la Sociedad de Geografía y
Estadística, a la Academia Mexicana de la Lengua y a la Association
Internationale des Critiques d’Art. Entre sus estudios y obras literarias se
encuentran El teatro de la Nueva España
en el siglo XVI, Presencias de Don
Quijote en las artes de México, Anécdotas, cuentos y relatos, Salamanca:
recuerdos de mi tierra guanajuatense y El
erudito y el jardín.
Publicado cuando la UAM fue invitada de honor
de la Feria Internacional del Libro de Guanajuato 2025, el libro reúne ocho de
los 19 textos que el guanajuatense Rojas Garcidueñas publicó como regalo
navideño. Lo hizo año tras año desde 1947, y el sistema en algo se parece al
adoptado por mi amigo argentino. Si no fuera por las limitaciones de
presupuesto que nunca faltan, yo lo asumiría, pues quien escribe suele no tener
dinero ni nada que dar, salvo sus palabras potencialmente impresas.
Los ensayos contenidos exhiben una temática variada,
aunque casi toda relacionada con los libros. “Historia del tipómetro” describe,
hiperbolizada, la situación que tal vez vivió su autor cuando pidió ese objeto
en una oficina de gobierno donde debía editar libros: nadie sabía que era eso y
para comprar la herramienta se vivió un trámite burocrático digno de parábola
kafkiana. El tipómetro es, o era, una regla metálica usada específicamente en
los talleres de impresión, no una regla cualquiera.
En “El hallazgo del crítico” el autor
parodia al investigador obsesivo por revelar al mundo un descubrimiento, en
este caso, apenas, como posible tema a explorar. Es verdad que el mundo académico
vive bajo el yugo de la originalidad, tanto que es un crimen de lesa
investigación abordar lo ya abordado por otros, de allí el imperativo de
atender “el estado de la cuestión”. Bajo esta idea, los estudiosos a veces
trabajan sobre la indagación de minucias que terminan siendo un tanto cómicas
en su incontrovertida originalidad.
Un relato igualmente irónico es “El
heraldista”, donde Garcidueñas sonríe con los afanes de quienes trabajan a
fondo con su genealogía y anhelan sumar apellidos campanudos a su pasado y,
sobre todo, a su escudo de armas y a todos los elementos que sirven al
prestigio del linaje, como los sellos empleados años ha para imponerse en el
lacre de las cartas. Miguel, “el heraldista”, se lleva una sorpresa al terminar
el burilado de su sello, la peor que se puede llevar quien vive en el esmerado
riegue de su árbol genealógico. Casi no es necesario añadir que empleo la
palabra “riegue” en su sentido mexicano.
El texto con más sabor a cuento-cuento es
“Relato de las Islas Mistrocks”, que además es, por mucho, el más largo. El
protagonista narra sus encuentros con un tal Stevenson, marinero. Lo conoce en
el trópico mexicano y luego, asombrosamente, lo reencuentra en Camden, Nueva
Jersey. Intercambian anécdotas y el susodicho Stevenson, que es marinero, le
narra la historia fantástica de las Islas Mistrocks, un pequeño archipiélago
siempre cubierto por neblina en el que habitan personas sin sombra. Al final,
como cierre se plantea que algunos sujetos de las islas anebladas compran su
sombra y migran a Estados Unidos. Aquí aparece un resumen con algo de moraleja
contra el capitalismo depredador, lo que por otro lado no es improcedente
porque en efecto el capitalismo crudo ha evidenciado una capacidad de daño al
que le bastaron dos siglos para tenernos al borde de la distopía.
En el texto anterior el autor parece separarse
del tema de la bibliofilia, que reaparece en “Un manuscrito de Luis G. Urbina”.
Cuenta Rojas Garcidueñas que en una librería de viejo encontró cierta edición
de Mimos, librito de Marcel Schwob.
En sus páginas finales, casi en la guarda, halló escrito a mano unos versos
firmados por el poeta modernista. Eran del soneto —excelente, por cierto— “El
cofre vacío”. Para los bibliófilos, lo grato de esta pieza es el recuento del placer
que es husmear en librerías de viejo y encontrar asombros. También es atendible
un pasaje sobre una particularidad que hasta hoy no había pensado: “uno o dos
de los comerciantes en libros viejos habían dado en poner firmas y
dedicatorias, con nombres de autores o gentes notables, a ciertos ejemplares,
para engañar incautos y obtener mejores precios o más fáciles ventas. Claro que
si se les preguntaba por la autenticidad de esos autógrafos, los vendedores
nunca aseguraban nada, pero en el comprador entraba la duda y con ella la
esperanza y, casi siempre, eso bastaba a decidir la operación”. ¿Han sido
firmas apócrifas las halladas por mi curiosidad en las librerías de viejo? Rojas
Garcidueñas ya me sembró la cochina duda.
El librito, esta cajetilla de cigarros de una colección titulada “Gabinete de cultura editorial”, cierra con la reproducción facsimilar de las portadas (ilustradas por el mismo autor) de varios de los opúsculos que año tras año Rojas Garcidueñas regaló a sus cuates. Es, o fue, una buena costumbre que quizá los escritores podríamos revivir cuando no queramos o no podamos obsequiar productos convencionales del mercado.

