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sábado, enero 03, 2026

Obsequios de Rojas Garciadueñas

 











No sé desde cuándo —aunque supongo que lo hizo en los años finales de su vida—, mi amigo David Lagmanovich (1927-2010) dispensaba a sus cercanos, como presente navideño, un pequeño libro. Fui receptor de dos títulos que me llegaron por la vía postal desde San Miguel de Tucumán, en el noroeste argentino, hasta Torreón, en el centro-norte mexicano. Eran publicaciones bien cuidadas en lo tipográfico, no ostentosas, más bien austeras aunque sumamente dignas porque además de su cuidado editorial, el contenido estaba a la altura de todo lo que escribía David: era excelente.

Al recibir tales obsequios decembrinos quise suponer que en algún lugar del mundo quizá era costumbre que los escritores hicieran eso: en vez de regalar corbatas o bolígrafos, preparaban con tiraje corto algún librito de su autoría como prenda de amistad en las épocas más propicias al deseo de amor y paz a los hombres de buena voluntad. David era cosmopolita, así que tal vez en algún sitio tocado por su trashumancia vio la idea y la puso en práctica, supongo, en la última década de su vida, o tal vez la idea le surgió sola, lo ignoro y para el caso da igual saberlo.

Introduzco con la historia de mi amigo y sus regalos bibliográficos porque en la reciente FIL me topé con un libro curioso en el pabellón de la UAM. Es, de José Rojas Garcidueñas, Historia de un tipómetro y otros papeles de bibliófilos (UAM, 2025, 128 pp.), libro en formato cajetilla de cigarros, muy limpiamente editado, como todas las publicaciones de la Autónoma Metropolitana.

De José Rojas Garcidueñas (Salamanca, Guanajuato, 1912- Ciudad de México, 1981), sólo había leído, y esto hace mucho, Cervantes y don Quijote, un libro de la colección SEP Setentas que conservo. La solapa apunta que fue narrador, académico y profesor universitario. Fue director de la Escuela de Filosofía y Letras de la Universidad de Guanajuato, abogado del Departamento Jurídico de la Secretaría de Asistencia Pública e investigador del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM. Perteneció a la Sociedad de Geografía y Estadística, a la Academia Mexicana de la Lengua y a la Association Internationale des Critiques d’Art. Entre sus estudios y obras literarias se encuentran El teatro de la Nueva España en el siglo XVI, Presencias de Don Quijote en las artes de México, Anécdotas, cuentos y relatos, Salamanca: recuerdos de mi tierra guanajuatense y El erudito y el jardín.

Publicado cuando la UAM fue invitada de honor de la Feria Internacional del Libro de Guanajuato 2025, el libro reúne ocho de los 19 textos que el guanajuatense Rojas Garcidueñas publicó como regalo navideño. Lo hizo año tras año desde 1947, y el sistema en algo se parece al adoptado por mi amigo argentino. Si no fuera por las limitaciones de presupuesto que nunca faltan, yo lo asumiría, pues quien escribe suele no tener dinero ni nada que dar, salvo sus palabras potencialmente impresas.

Los ensayos contenidos exhiben una temática variada, aunque casi toda relacionada con los libros. “Historia del tipómetro” describe, hiperbolizada, la situación que tal vez vivió su autor cuando pidió ese objeto en una oficina de gobierno donde debía editar libros: nadie sabía que era eso y para comprar la herramienta se vivió un trámite burocrático digno de parábola kafkiana. El tipómetro es, o era, una regla metálica usada específicamente en los talleres de impresión, no una regla cualquiera.

En “El hallazgo del crítico” el autor parodia al investigador obsesivo por revelar al mundo un descubrimiento, en este caso, apenas, como posible tema a explorar. Es verdad que el mundo académico vive bajo el yugo de la originalidad, tanto que es un crimen de lesa investigación abordar lo ya abordado por otros, de allí el imperativo de atender “el estado de la cuestión”. Bajo esta idea, los estudiosos a veces trabajan sobre la indagación de minucias que terminan siendo un tanto cómicas en su incontrovertida originalidad.

Un relato igualmente irónico es “El heraldista”, donde Garcidueñas sonríe con los afanes de quienes trabajan a fondo con su genealogía y anhelan sumar apellidos campanudos a su pasado y, sobre todo, a su escudo de armas y a todos los elementos que sirven al prestigio del linaje, como los sellos empleados años ha para imponerse en el lacre de las cartas. Miguel, “el heraldista”, se lleva una sorpresa al terminar el burilado de su sello, la peor que se puede llevar quien vive en el esmerado riegue de su árbol genealógico. Casi no es necesario añadir que empleo la palabra “riegue” en su sentido mexicano.

El texto con más sabor a cuento-cuento es “Relato de las Islas Mistrocks”, que además es, por mucho, el más largo. El protagonista narra sus encuentros con un tal Stevenson, marinero. Lo conoce en el trópico mexicano y luego, asombrosamente, lo reencuentra en Camden, Nueva Jersey. Intercambian anécdotas y el susodicho Stevenson, que es marinero, le narra la historia fantástica de las Islas Mistrocks, un pequeño archipiélago siempre cubierto por neblina en el que habitan personas sin sombra. Al final, como cierre se plantea que algunos sujetos de las islas anebladas compran su sombra y migran a Estados Unidos. Aquí aparece un resumen con algo de moraleja contra el capitalismo depredador, lo que por otro lado no es improcedente porque en efecto el capitalismo crudo ha evidenciado una capacidad de daño al que le bastaron dos siglos para tenernos al borde de la distopía.

En el texto anterior el autor parece separarse del tema de la bibliofilia, que reaparece en “Un manuscrito de Luis G. Urbina”. Cuenta Rojas Garcidueñas que en una librería de viejo encontró cierta edición de Mimos, librito de Marcel Schwob. En sus páginas finales, casi en la guarda, halló escrito a mano unos versos firmados por el poeta modernista. Eran del soneto —excelente, por cierto— “El cofre vacío”. Para los bibliófilos, lo grato de esta pieza es el recuento del placer que es husmear en librerías de viejo y encontrar asombros. También es atendible un pasaje sobre una particularidad que hasta hoy no había pensado: “uno o dos de los comerciantes en libros viejos habían dado en poner firmas y dedicatorias, con nombres de autores o gentes notables, a ciertos ejemplares, para engañar incautos y obtener mejores precios o más fáciles ventas. Claro que si se les preguntaba por la autenticidad de esos autógrafos, los vendedores nunca aseguraban nada, pero en el comprador entraba la duda y con ella la esperanza y, casi siempre, eso bastaba a decidir la operación”. ¿Han sido firmas apócrifas las halladas por mi curiosidad en las librerías de viejo? Rojas Garcidueñas ya me sembró la cochina duda.

El último tranco del libro es “Lectura e imaginación”. Se basa en una anécdota contada por el historiador Luis González: un raro comprador de librería de viejo fue aquel tipo que hurgaba en los montones y se llevaba series incompletas de novelas. Lo hacía para desarrollar un extraño placer: llenar el vacío del tomo faltante con su propia imaginación. No para escribir, sino sólo por el gusto de imaginar. Debo decir que por simple obsesión me cuesta acometer la lectura de obras que de antemano no tengo cerradas, completas. Así que no, no es un procedimiento que me atraiga.

El librito, esta cajetilla de cigarros de una colección titulada “Gabinete de cultura editorial”, cierra con la reproducción facsimilar de las portadas (ilustradas por el mismo autor) de varios de los opúsculos que año tras año Rojas Garcidueñas regaló a sus cuates. Es, o fue, una buena costumbre que quizá los escritores podríamos revivir cuando no queramos o no podamos obsequiar productos convencionales del mercado.

miércoles, abril 28, 2021

Por añadidura

 














Horacio Verbitsky, a mi parecer el mejor periodista vivo de América Latina, cuenta una anécdota que tuvo como protagonista a Rodolfo Walsh, su amigo. Asistían a una reunión social de escritores y periodistas, y alguien se acercó a Walsh para decirle que su cuento “Esa mujer” era muy bueno, pero que si alguna vez lo traducían, por ejemplo, al francés, era necesario modificarle varios detalles para que resultara entendible a los franceses. El autor de Operación Masacre contestó que no le importaba que los franceses lo entendieran, que su propósito era ser leído y apreciado por los suyos, los argentinos.

La respuesta de Walsh no fue descortés, sino la seca afirmación de una postura. Frente a la urgencia que abrazan algunos escritores por trascender fronteras y, como dicen desde hace un tiempo, con horripilante neologismo, “internacionalizarse”, el autor de Variaciones en rojo se mostró tenaz en la idea de ser leído y comprendido por sus lectores inmediatos, que para eso trabajaba.

Esta situación, la implícita en lo respondido por Walsh, me lleva a pensar en una circunstancia que encaro de manera recurrente. Debido a que ahora hay mil espacios chicos y grandes para publicar, no ha faltado que incluso a mí me inviten a colaborar allá donde no me conoce (ni conozco a) nadie. Mi respuesta es más o menos la misma: si se trata de algo esporádico, de una colaboración no fija, sino ocasional o única, adelante, mi respuesta es frecuentemente afirmativa. Así, en los meses recientes pude hacerme visible en una página digital de Chile, en un suplemento literario de Puebla, en la revista Casa del Tiempo de la UAM y en una web de Santiago del Estero. He optado conscientemente por no aceptar compromisos fijos debido a que ya en mi entorno lagunero tengo los suficientes: la columna de Milenio Laguna, el artículo para la revista Nomádica y la colaboración para Acequias de la Ibero Torreón. Con esto casi casi es demasiado, así que no deseo sumar entregas.

Tal decisión se debe fundamentalmente a que nunca se ha dado en serio, ni he buscado, un espacio fijo más allá de La Laguna. Mi interés se ha centrado en “dialogar” con la gente de aquí, en servir de enlace, sobre todo, entre los libros y los autores que leo y las personas que habitan esta parte de México. Esto ha provocado que sea rara la detección de mi trabajo más allá de los cerros calvos que delimitan nuestro espacio, hecho que a veces lamento sin llegar al desgarre de ninguna vestidura y sin abrigar ningún resentimiento. Finalmente es algo que yo mismo he promovido, así que sería necio quejarme de mis propias iniciativas.

Por esto es alentador que de vez en cuando, cada mucho, algo llegue a ser comentado más allá del que considero mi “lector modelo”, el lector lagunero. Es como oír un eco lejano del grito que uno pega. Esto me ocurrió dos veces seguidas hace poco en un par de radiodifusoras de la Ciudad de México. Una de ellas supuso una casualidad casi mágica. En la noche conversaba por Whatsapp con mi hija mayor y me comentó que tenía la inquietud de escribir cuentos. Me pidió algunos consejos prácticos, se los di y ahí terminó la charla. Al día siguiente, mientras ella preparaba su desayuno, bajó un podcast donde la escritora Mónica Lavín daba consejos para escribir cuentos, y, al referirse al libro colectivo Ligeros de equipajemencionó con énfasis el cuento de mi cosecha allí incluido. Mi hija quedó sorprendida, y yo más, por lo que ya dije: no es frecuente hallar lectores más allá de mi región. Otro tanto pasó ayer, cuando mi amiga Marcela Medina me envió un audio donde en un programa chilango comentaron una de mis columnas.

No es el fruto que busco al escribir, pero es grato advertir que a veces, muy a veces, por añadidura, estos párrafos respiran otros aires.