sábado, agosto 22, 2026

Tiempos todavía más recios


 











No recuerdo bien quién dijo —¿Verbitsky?— que le parecía curioso el caso de Mario Vargas Llosa (Arequipa, Perú, 1936-Lima, 2025), escritor que andaba por la vida como ultraliberal y armaba novelas no tan radicales, incluso con cierto añejo tufillo progre. No es, claro, para tanto. De los ochenta en adelante, la obra narrativa del peruano no desaprovechó la ocasión para expresar, por medio de ficciones, lo anómalo del pensamiento zurdo, lo utópico y hasta risible de cualquier ideología colectivista, y tal vez sea Historia de Mayta (1984) su resumen del desastre individual y masivo en el que inexorablemente desemboca la izquierda aquí y en cualquier parte, según su muy conocida opinión.

Traigo a Vargas Llosa por una razón de actualidad: el avance de la derecha en el contexto de América Latina y la más que evidente influencia norteamericana en el armado de varios poderes regionales de derecha, como los de Fujimori, el invasor de embajadas Noboa, Kast, el flamingo pero dizque tigre De la Espriella y por supuesto Milei, figura señera del entreguismo al amo del norte, tanto así que Peter Lamelas (sic), embajador de EUA en la Argentina, tiene una injerencia explícita y toral en el gobierno del Peluca, como lo demostró hace poco al prohibir que una empresa argentina hiciera compras de tecnología a Huawei de China. En México vivimos hace poco el escándalo de la balbuceante gobernadora Maru Campos y la presencia de la CIA en Chihuahua, no menos injerencista que en cualquier otra zona de Latinoamérica.

Las frecuentes apariciones noticiosas de embajadores y operadores me llevaron a recordar Tiempos recios (2019), novela en la que Vargas Llosa abordó “desde la ficción” el desplome de la presidencia de Jacobo Árbenz Guzmán (Quetzaltenango, 1913-Ciudad de México, 1971) en Guatemala. Claro, el escritor de Arequipa no la urdió para desagraviar al comunista Árbenz, pues a su parecer (que comparto) no era ideológicamente tal, sino, a lo mucho, un socialdemócrata que al impulsar unas cuantas reformas (como la agraria) terminó por firmar su sentencia de derrocamiento.

Árbenz, quien llegó al poder de Guatemala por la vía electoral y gobernó de 1950 a 1954, le sirvió a Vargas Llosa para ilustrar la brutalidad norteamericana en la defensa de sus intereses económicos en Centroamérica, particularmente los de la United Fruit, empresa que para empezar tenía la ventaja de no pagar impuestos en las repúblicas donde se estableció, a las que luego ellos motejarían, no sin malagradecimiento, “bananeras”.

Vargas Llosa recuerda en Tiempos recios una etapa de la historia norteamericana, el macartismo (llamado así por el apellido del senador ultranticomunista Joseph McCarthy) que en el arranque de los cincuenta se caracterizó por la acusación/persecución de cualquier sospechado, real o sobre todo ficticio, de comunismo o de nexos con la Unión Soviética. En tal sospechosa sospecha cayó el gobierno de Árbenz: la embajada de EUA, representada por John Peurifoy, y la CIA, lo acusaron de tratos con la URSS y muy rápidamente minaron su gobernabilidad al auspiciar mercenarios encabezados por Carlos Castillo Armas y entrenados en Honduras y Nicaragua. Pese a que Árbenz negó toda filiación de su gobierno con el comunismo, la suerte ya había sido echada en Washington y en los medios de prensa norteamericanos: debía caer, y cayó el 27 de junio de 1954, como bien lo sabemos.

El relato de Vargas Llosa, enemigo de todo comunismo cuando lo escribió, no deja dudas sobre la participación de los EUA en Guatemala, pues inventó el bulo del prosovietismo arbencista para derrumbarlo. Lo curioso es que, en entrevistas ulteriores, el autor peruano señaló la caída de Árbenz como motorizadora del radicalismo izquierdista de finales de los cincuenta y todos los sesenta, y como ejemplo puso a Cuba: para no pasar las calamidades de Árbenz, Fidel y los suyos mutaron a explícitos comunistas antes de que los tildaran de comunistas sin serlo, y a partir de allí acosarlos y talarlos como ocurrió poco antes en Guatemala.

Tiempos recios es una novela voluminosa y tiene muchas más aristas y personajes, como el dictador Rafael Leónidas Trujillo y su asesino de cabecera, Johnny Abbes García, además del enigmático personaje de Marta Borrero Parra, testigo de casi todos los recovecos de esta vidriosa historia. Pero lo fundamental es que un representante dilecto del liberalismo, Mario Vargas Llosa, no deja dudas sobre la injerencia descarada de embajadores y espías norteamericanos a la hora de manipular asensos y caídas en América Latina, lo que ahora seguimos presenciando como rehidratado macartismo. Todo con un agravante: que hoy el neomacartismo se expresa a cielo abierto, a la vista de quien quiera verlo. Quizá los tiempos actuales son, por ello, todavía más recios, si esto es posible.