En
el amplio corpus de documentos sobre nuestra lengua no cabe duda que el libro
eje es el DRAE, el Diccionario de la
Academia. Le siguen en predicamento la Ortografía,
la Gramática y el Diccionario panhispánico de dudas. Esta
triada de materiales son los cimientos en los que se apoya nuestra lengua, el
español. Desde su fundación en 1713 hasta no hace mucho, la Real Academia
Española tuvo un marcado propósito normativo, de suerte que el castellano que
se destacó como modelo de corrección fue el hablado y escrito en España. Hoy,
por suerte, la Academia (y sus corresponsalías en América) es menos
prescriptiva que descriptiva y se ha tornado cada vez más abierta a la
incorporación de rasgos propios del habla y la escritura puesta en acto de este
lado del océano Atlántico.
Al
costado de los libros institucionales sobre nuestra lengua cohabita un corpus
bibliográfico que hoy rebasa cualquier capacidad de absorción individual. En
otras palabras, es tanto el material disponible sobre este asunto que no existe
lector capaz de insumirlo todo, incluso de reunirlo completo. En ese maremagno
de libros destacan los diccionarios especializados, las historias de la lengua,
los manuales de escritura, los volúmenes etimológicos y los lexicones antiguos muchas
a veces presentados en edición facsimilar, entre muchos más.
También
resalta un tipo de libros sobre nuestra lengua que a falta de mejor nombre
denomino, sólo para mí nomenclatura interna, “minucias”, esto por un libro que
valoro mucho titulado Minucias del
lenguaje (FCE, 1996), de José Guadalupe Moreno de Alba, quien fue director
de la Academia Mexicana de la Lengua. En la estructura y el contenido de ese
libro —a mi juicio muy bien titulado— veo semejanzas con Para saber lo que se dice, de Arrigo Cohen; 1001 puñaladas a la lengua de Cervantes, de Federico Arana; Historia de las palabras, de Daniel
Balmaceda; En torno al español hablado en
México, del padre Ángel María Garibay Kintana; La punta de la lengua, de Álex Grijelmo; Palabralogía, de Virgilio Ortega; El género y la lengua y Más
que palabras, de Pedro Álvarez de Miranda; Todo lo que quiso saber sobre la lengua española, de la Fundeu; los 101 errores más comunes del español,
de Sandro Cohen, y muchos más, pues sólo cito algunos que tengo y he leído o
cosultado. Pues bien, a esta familia de libros pertenece Jales sobre habla lagunera, de Saúl Rosales, el libro que esta
noche nos acerca.
Su
estructura no es compleja: su autor acumula en caída libre comentarios sobre
palabras o expresiones habituales en el habla y la escritura cotidianas, en
este caso habituales en el contexto lagunero. La forma de cada pieza es de
artículo o ensayo divulgativo, por lo que se siente en ellos un tono ameno,
“sabroso”, como adjetivaría un prosista algo anticuado. La amenidad no quita
que exhiban hondo conocimiento sobre la materia, pero no expuesto de manera
técnica. A los aportes se agradece la soltura, el buen ánimo de convidarnos
observaciones sobre el habla lagunera no de manera regañona, normativa, sino
como producto de la curiosidad del autor que a su vez intenta contagiarnos eso
mismo, curiosidad para que descubramos pliegues, dobleces, intersticios en
nuestra comunicación diaria, esa comunicación que, sin que lo notemos, materializa
todos los fenómenos atañederos a la lengua y sus infinitos intercambios.
Jales sobre habla
lagunera (Torreón, 2014, 115 pp.; segunda edición en
Cravioto Editores, 2026) continúa la serie de publicaciones que Saúl Rosales ha
redondeado en los años recientes, todas estrechamente vinculadas a su trabajo
como periodista cultural en La Laguna. Me refiero a los libros sobre música
clásica, teatro y, prácticamente desde que volvió a su tierra en 1981, sobre
peculiaridades del habla lagunera. Jales…,
como ya dije, contiene veinte comentarios. Dado que en su origen ocuparon las
páginas de suplementos, periódicos y revistas, todos son accesibles para
cualquier lector. Lo único que Jales…
demanda es, pues, un poco de interés, un poco de curiosidad, la misma que en
términos generales un lector común puede tener por otras muchas materias, como
la política o el cine. Jales…
dejó claro que la inquietud por el habla, por la palabra de la conversación
diaria, despierta interés casi en cualquiera siempre y cuando tenga a la mano
focalizaciones accesibles.
Como
Rosales lo avisa, el origen remoto de estos acercamientos al habla lagunera se
encuentra en su radicación foránea, que duró veinte años en la capital del país.
Al regresar a La Laguna, Saúl pudo notar mejor las peculiaridades del habla
lagunera en contraste con las del otrora Distrito Federal, lo que poco a poco
fue registrado en artículos y ensayos que fueron recogidos en las páginas de Jales… Así como sólo es posible destacar
rasgos de identidad por contraste con otras identidades, con la “alteridad”,
Saúl Rosales, corresponsal desde 2003 de la Academia Mexicana de la Lengua,
reencontró las voces de su infancia y pudo anotar sus características. Este
reencuentro y este acopio sirvieron para que luego despertara en otros, ahora
lo sabemos con claridad, un apetito semejante. Por ejemplo, su ensayo “Herencia
náhuatl en el habla lagunera” tiene un carácter de innegable precursor, dada la
fecha de su escritura.
Jales… tiene, insisto, el tono de la filología amena, la misma que practicaron autores como Arrigo Coen Anitúa, José G. Moreno de Alba, Álex Grijelmo y algunos otros que mencioné hace algunos párrafos. Su importancia para nosotros, sin embargo, es otra y doble: vale porque trabaja con la arcilla de nuestra habla y vale porque, por eso mismo, ha sido aquí, y estoy seguro que seguirá siendo, detonante de otras exploraciones a las peculiaridades de nuestra comunicación hablada y escrita.
Nota. Texto leído en la presentación de Jales sobre habla lagunera (Cravioto Editores, tercera edición, 2026, 113 pp.), de Saúl Rosales. La presentación se celebró en el foyer de El Siglo de Torreón el 22 de septiembre de 2026 y en ella participamos como comentaristas Germán Cravioto, el autor y yo.

