miércoles, octubre 21, 2026

Poder de absorción

 











El sistema, esa cosa abstracta que detenta el poder concreto, tiene capacidad para absorber exabruptos multitudinarios. La manifestación de la inconformidad en diversas capitales de Europa tenderá entonces a declinar como lo han hecho otras turbulencias parecidas, aunque ésta parezca mayor, más amplia y violenta. Por supuesto que estoy de acuerdo con los reclamos, y de hecho me parecen pocos y tibios si pensamos en la pesada losa de agravios que vienen cargando trabajadores y estudiantes desde que se asentó el neoliberalismo, la forma más tenebrosa del capitalismo que en su momento impulsaron, como agenda global ineludible, Reagan y Thatcher.

Pese a esto, y habida cuenta de la enorme y polimorfa expoliación ejercida por muchos gobiernos que en realidad son lugartenientes de poderes fácticos financieros y digitales, ver que hay una respuesta plurinacional de estudiantes y trabajadores sin duda enciende una pequeña llama de esperanza en la posibilidad de modificar el futuro desastroso que de hecho ya es presente y pinta para empeorar si no se hace algo así sea, por ahora, paliativo. Falta, es cierto, cabeza a los movimientos, falta dirigencia, organización, las herramientas que gradualmente ha disuelto el poder para atomizar/anular a sus enemigos de clase. Porque esto son: enemigos de clase, no hay que olvidarlo aunque se insista que son antiguallas del glosario marxista. Que los humillados y ofendidos recuerden que la lucha de clases no termina por decreto y que gravita como verdad aunque no se le nombre, es el primer paso para entender de qué lado se coloca cada uno, a quién apoya en la calle o cuando menos en el debate indoloro de las redes. No hacerse este mínimo planteo tiene como consecuencia, por ejemplo, que un repartidor de Rappi, es decir, un trabajador precarizado hasta el tuétano, simpatice con el ideario de Salinas Pliego, gigante del desprecio a los "perdedores", por otro lado sus clientes de Elektra y Banco Azteca.

En el libro que comenté hace poco, Zweig señala: “mi capacidad para el pensamiento puramente abstracto es limitada. Sin excepción, mis pensamientos se desarrollan a partir de objetos, acontecimientos y figuras; todo lo puramente teórico y metafísico sigue siendo inaprensible para mí”. A mi modo menor, asumo lo mismo como rasgo, por eso siempre estuve más cerca de la narrativa que del ensayo en cualquiera de sus modalidades. Sin embargo, desde hace poco más de veinte años noté que el mundo de mi infancia, mi adolescencia y mi primera adultez se estaba desmoronando. No se trataba de un mundo perfecto, pero tenía aún ciertos valores apreciables, caros a lo largo de la historia de la humanidad. Ser solidario, entre otros, era uno de ellos.

Esa fue la razón por la que comencé a incluir en el menú de lecturas literarias otras no tanto, sino sociológicas, políticas, antropológicas y demás. El caso era avanzar en la comprensión de lo que ocurría, de los cambios que mostraba poco a poco el nuevo milenio. Era una cuestión personal, casi secreta: comprender. La complejidad de lo que ocurre no me ha permitido, sin embargo, entender plenamente la realidad sobre la que estamos parados, pero sí, al menos, he obtenido algunos barruntos que no inclinan el ánimo hacia el optimismo.

Muchos son los libros que podría recomendar, y algunos ya los he mencionado en este espacio y me han servido incluso para clases y conferencias recientes. A propósito de lo que sucede en Europa, que declinará porque la furia no está canalizada en una organización y porque los gobiernos (como el de Meloni) recién han amenazado con endurecer la mano dura, pienso en un libro elocuente en su pintura del mundo actual; es, de Jonathan Crary, Tierra arrasada, excelente definición en dos palabras sobre el planeta depredado por unos pocos en detrimento de millones. Volveré sobre ese libro en una venidera oportunidad.