Mostrando las entradas con la etiqueta violencia política. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta violencia política. Mostrar todas las entradas

miércoles, abril 01, 2026

El peor de todos








 

Unas diez veces al menos he escrito donde he podido una frase que me impuse como consigna para estos turbulentos años. No es la mera expresión de un enojo o el efectista desahogo de quien se quiere hacer el interesante, sino el sincero parecer de alguien, yo mismo, profundamente convencido de la verdad encerrada en un puñado de palabras. La consigna es esta: Donald Trump es el peor ser humano que habita hoy sobre la tierra.

La afirmación no supone a mi juicio ninguna hipérbole. Creo honestamente que el actual presidente norteamericano es el peor ser humano que habita hoy sobre la cáscara del globo. No se me oculta que entre los 8 mil millones de personas que en el mundo hay no faltarán sujetos igualmente inmorales, soberbios, mentirosos, déspotas, ruines, degenerados y malévolos que el señor naranja, pero sin un atributo que éste tiene y los otros no: el poder de la, todavía, principal potencia armada.

Luego entonces, saber que Trump es poseedor de tantos atributos negativos y al mismo tiempo de un poder de decisión inmenso, tan grande que puede invadir países e iniciar guerras, no hace sino confirmarme que es el peor ser humano, una especie de campeón indiscutible de la podredumbre y la peligrosidad, y conste que en muchos rubros tiene competidores con capacidades formidables para dañar.

Alguien podrá invocar prudencia y decir que no podemos saber exactamente qué es o cómo es el inquilino principal de la Casa Blanca. Creo que no es necesario ser muy brillante para entender que Trump es su gestualidad y su discurso, formas expresivas en las que le escurre la abyección a borbotones. Son elocuentes la mirada, el ceño, la sonrisa, la rabia que se dibujan en su cara de acuerdo a los temas que farfulla, pero más lo son sus frases: una máquina de insultar y de mentir.

Por esta razón vi con optimismo las manifestaciones denominadas “No Kings” del 28 de marzo en muchas ciudades grandes y pequeñas de EUA, una de ellas encabezada admirablemente por Robert De Niro. Saber que se va creando una fuerza mayoritaria de repudio es un signo quizá no tan pequeño de que el mundo, después de todo, todavía conserva algo de sensatez y en las horas más difíciles es aún capaz de caminar en una misma dirección.


miércoles, marzo 25, 2026

Tres ítems de Walsh

 











Ayer se cumplió el aniversario cincuenta de último golpe de Estado en la Argentina. He dicho, y aquí insisto, que tal ayer debe alertarnos porque el eje ideológico que empujó aquel sacudimiento es, sustancialmente, el que abrazan hoy personajes como Trump y Milei, dignos herederos de la derecha golpista acurrucada en el cono de sombra del Plan Cóndor. Un año después del golpe, el periodista y escritor Rodolfo Walsh (Lamarque, Río Negro, 1927-Buenos Aires, 1977) depositó en varios buzones su “Carta abierta de un escritor a la Junta Militar”. El día que salió a repartirla fue sorprendido por el aparato represivo, herido de muerte y desaparecido hasta la fecha. Walsh tenía claro el espanto del gobierno militar. Su carta se convirtió en la mejor y más rápida evaluación de un proceso al que todavía le faltaba sumar seis años de crímenes de lesa humanidad y deterioro económico. Destaco tres momentos de la carta:

Uno. “El 24 de marzo de 1976 derrocaron ustedes a un gobierno del que formaban parte, a cuyo desprestigio contribuyeron como ejecutores de su política represiva, y cuyo término estaba señalado por elecciones convocadas para nueve meses más tarde. En esa perspectiva lo que ustedes liquidaron no fue el mandato transitorio de Isabel Martínez sino la posibilidad de un proceso democrático donde el pueblo remediara males que ustedes continuaron y agravaron”.

Dos. “La falta de límite en el tiempo ha sido complementada con la falta de límite en los métodos, retrocediendo a épocas en que se operó directamente sobre las articulaciones y las vísceras de las víctimas, ahora con auxiliares quirúrgicos y farmacológicos de que no dispusieron los antiguos verdugos. El potro, el torno, el despellejamiento en vida, la sierra de los inquisidores medievales reaparecen en los testimonios junto con la picana y el ‘submarino’, el soplete de las actualizaciones contemporáneas”.

Tres. “Estos hechos, que sacuden la conciencia del mundo civilizado, no son sin embargo los que mayores sufrimientos han traído al pueblo argentino ni las peores violaciones de los derechos humanos en que ustedes incurren. En la política económica de ese gobierno debe buscarse no sólo la explicación de sus crímenes sino una atrocidad mayor que castiga a millones de seres humanos con la miseria planificada”.

Mañana en la cafebrería La Tinta de Torreón ofreceré una conferencia sobre todo esto a la 7 pm. Entrada libre.

martes, marzo 24, 2026

La ESMA en papel y en vivo

 











A estas alturas es inocultable mi interés, como tema, por el golpe de Estado en la Argentina. No es un asunto fácil de abordar, pues la distancia en el tiempo y en el espacio, sumado al océano de información que ha generado y seguirá generando, torna casi imposible un conocimiento completo de todo lo que envolvió como momento bisagra para la Argentina en particular y para Latinoamérica en general. Soy pues un interesado mexicano que conoce bien las generalidades del antes, del durante y del después del golpe, no un especialista como los muchos que ha tenido el tópico en la academia, el periodismo y el arte. Creo, sin embargo, que esto es suficiente para destacar, ante los no iniciados, la pertinencia de saber que la matriz ideológica de los militares y civiles que motorizaron el golpe no sólo sigue en pie, sino que en los años recientes se ha quitado la careta para expresar su total entrega a un pensamiento que supone a los dueños del mercado como únicos soportes de la vida social.

En el mar de información y posibilidad de accesos que tiene el asunto, pensé cómo podría resumir el golpe, qué decir realmente englobador sobre lo que significó. Hoy es quizá el día más importante que me tocará vivir en términos de recordación, pues seguro no llegaré al centenario. Así entonces, pienso que un símbolo adecuado del horror que atravesó aquel periodo de la historia argentina es la Escuela de Mecánica de la Armada, la ESMA. Se han contabilizado, entre importantes y no tanto, alrededor de 500 sitios de este tipo, lugares que funcionaron como centros clandestinos de detención donde la tortura y el asesinato tuvieron el tratamiento del más ordinario trámite administrativo. Muchos de esos lugares, como El Campito y La Perla, vieron pasar una población notable de secuestrados, pero sin duda la ESMA fue el espacio que se convirtió en emblema del plan sistemático de extermino impulsado por los militares.

Ubicada en la avenida Libertador 8151, en el pico norte de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, la ESMA es un predio amplio, con varias edificaciones en su interior, como corresponde a una escuela militar. Se ha hablado y escrito muchísimo sobre los usos que tuvo del 76 al 83, en gran medida basados en los testimonios de quienes allí fueron recluidos y torturados pero al final sobrevivieron. Se dice que cerca de cinco mil detenidos y detenidas fueron aprisionados en sus muros sin que mediara el más insignificante procedimiento legal. El objeto de las detenciones era, se sabe, aislar a los “subversivos”, sacarles toda la información posible y luego matarlos/desaparecerlos, todo esto, insisto, al margen de la ley, en la clandestinidad total pese a que su administrador era un Estado lleno de patriotas. Una guía textual de reciente edición es ESMA. Represión y poder en el centro clandestino de detención más emblemático de la última dictadura argentina (FCE, Buenos Aires, 2023, 198 pp.), libro colectivo coordinado por Marina Franco y Claudia Feld.

Para hacer un paneo general de la ESMA y lo que allí ocurrió, las coordinadoras y el equipo autoral nuclearon el material en siete capítulos: “Una breve historia del centro clandestino”, de Hernán Confino, Marina Franco y Rodrigo González Tizón; “El poder en las sombras: el grupo de tareas de la ESMA”, de Valentina Salvi; “Un nivel superior de aniquilamiento: el ‘proceso de recuperación’”, de Claudia Feld; “Solidaridades y tensiones”, de Rodrigo González Tizón y Luciana Messina; “De la rapiña a los millones: el robo de bienes en la ESMA”, de Hernán Confino y Marina Franco; “El lugar sin límites: el centro clandestino fuera de la ESMA”, de Claudia Feld, y “Conclusiones. Pensar la ESMA: entre la represión y la acumulación de poder”, Claudia Feld y Marina Franco.

Al contextualizar el golpe, las directoras del estudio señalaron que “El contexto internacional de la Guerra Fría y la llegada de las doctrinas contrainsurgentes de origen francés y estadounidense, particularmente entre las Fuerzas Armadas, facilitaron una lectura de los conflictos locales en clave de ‘enemigo interno’ contra el cual combatir”. Para consumar tal propósito, pusieron énfasis en la inteligencia como método de cacería y en la tortura como herramienta de trabajo para avanzar en la compilación de datos. La mención a “las doctrinas contrainsurgentes de origen francés” puede ser mejor comprendida, añado aquí, en la película La batalla de Argel (Guillo Pontecorvo, 1966), representación que expone una clara idea de la tensión entre las luchas de liberación y el propósito de aplastarlas.

El espíritu de persecución que alentó a las fuerzas armadas argentinas requirió la identificación/demonización de un enemigo pernicioso para el “orden”; más allá de la peligrosidad de los grupos guerrilleros, la noción de “enemigo” se amplió hasta donde fue posible para que todo cupiera en ella y la aniquilación fuera merecida: “Algunas de ellas [organizaciones revolucionarias] sostenían la toma del poder por la vía armada, como Montoneros y el Partido Revolucionario de los Trabajadores-Ejército Revolucionario del Pueblo (PRT-ERP). Sin embargo, de manera más amplia, la palabra ‘subversión’ designaba cualquier forma de organización o activismo político, cultural o social que fuera considerado una amenaza al orden”.

Asestado el golpe al gobierno constitucional, la ESMA comenzó a ser el símbolo principal de la represión. Es un predio de 14 hectáreas que funcionaba como escuela de los marinos; la mayor parte de sus edificios siguieron operando para la instrucción naval militar, mientras uno de sus espacios, el llamado “Casino de Oficiales”, se convirtió en el centro de detención. Al frente de la Marina estaba el almirante Emilio Eduardo Massera, se podría decir que segundo de a bordo en la primera Junta Militar, sólo por debajo de Jorge Rafael Videla. Bajo su mando accionó el Grupo de Tareas 3.3 (GT 3.3), dividido a su vez en dos unidades. Estos GT eran “patotas” (grupos) de militares vestidos de civil que objetivo en mano salían de la ESMA a cazar “subversivos”. Lo hacían sin orden judicial, rápida y eficazmente, en autos sin matrícula, como los famosos Ford Falcon verdes. Actuaban a cualquier hora del día, de la noche o de la misma madrugada, y no se ahorraban culatazos para “chupar” a las víctimas. Extraídos de sus domicilios, con la vista tapada, los secuestrados eran llevados a la ESMA, donde de inmediato comenzaba el calvario de la tortura y los interrogatorios. “La tortura, esa práctica atroz sobre el cuerpo de hombres y mujeres, era considerada por los militares un arma fundamental. Un arma para identificar al enemigo dentro de la guerra contrainsurgente que creían estar librando día a día”. Sin una política temporal precisa (todo estaba al margen de la legalidad, casi a capricho de los verdugos), sin que se supiera claramente hasta cuándo o por qué se les condenaba, los detenidos eran asesinados. Dos procedimientos famosos para acabar con las vidas de los secuestrados fueron los “asaditos” (disparo e incineración del cadáver) y los “traslados” en vuelos de la muerte. Como cabeza de los GT fue famoso el capitán de fragata Jorge Tigre Acosta, destacado también como experto torturador.

La ESMA, o el Casino de Oficiales, para ser más preciso, estaba segmentado en cada uno de sus pisos. Los nombres que los militares asignaron a esos espacios eran denotativos. Por ejemplo, el “Pañol” (en alusión a la parte de los barcos donde se guardan las provisiones) era el lugar donde almacenaban los bienes robados en las casas de los “subversivos”. Estos hurtos eran las “operaciones económicas”, una de las acciones más importantes de los grupos de tareas: saquear los bienes de los secuestrados y sus familias. La sustracción incluyó inmuebles, para lo cual los marinos establecieron empresas inmobiliarias y de reparaciones allá llamadas de “refacciones”. Otros espacios eran “Capucha”, donde se hacinaba a los detenidos, y la “Pecera” (en el tercer piso) y “Huevera” (en el sótano). Los dos últimos se diseñaron para el trabajo esclavo impuesto a los detenidos, lo que suponía trabajo en la falsificación de documentos, elaboración de un periódico, fotografías y síntesis de noticias. El almirante Massera abrazó la idea de hacer vida política tras el fin del gobierno de facto, y para ello requirió del trabajo esclavo que por medio de instrumentos propagandísticos le diera visibilidad. Es conocido el caso de Lisandro Cubas, secuestrado que fue obligado a trabajar como periodista; en una ocasión, cerca de arrancar el Mundial 78, le pusieron un traje y lo llevaran a una rueda de prensa con Menotti, el entrenador de la selección, para ver si le sacaba una declaración favorable a la Junta militar, lo que no ocurrió.

Muchos jóvenes fueron aherrojados en la ESMA, todos con muy distinto grado de compromiso político, pues lo mismo podía caer allí un guerrillero con entrenamiento militar que un estudiante con apenas alguna militancia o simpatía por alguna causa repudiable para los militares; allí llevaron a su presa principal: Norma Arrostito, fundadora de Montoneros, que se convirtió en el trofeo de Rubén Chamorro, director de la ESMA. Allí también se dieron algunos partos clandestinos, en la parte bautizada como “pequeña Sardá”, en alusión a un hospital de maternidad de Buenos Aires. La apropiación de bebés y asesinato de sus madres, se sabe, fue una de las dos o tres más grandes aberraciones sistemáticas de la dictadura.

En la ESMA asimismo operó el famoso Alfredo Astiz, todavía vivo y condenado, quien se infiltró en un grupo de madres que luchaba por dar con el paradero de sus hijos en la iglesia Santa Cruz. Astiz se hizo pasar como hermano de un desaparecido, se ganó la confianza de las madres y un día las “marcó” para que las secuestraran. En el grupo estaban, entre otras personas, Azucena Villaflor y las monjas francesas Alice Domon y Léonie Duquet. Muchos años después, ya en el siglo XXI, una historia de película, lamentablemente no ficcional, confirmó que tanto Villaflor como las monjas fueron asesinadas en un vuelo de la muerte.

El sadismo alcanzó las más altas cotas de bestialidad y “dejar ser” a los represores, “El cuerpo y la subjetividad de las víctimas, completamente indefensas, era el campo de batalla de esa guerra librada en el sótano de la ESMA. La crueldad no parecía tener inhibiciones, tal como describen los testimonios de los sobrevivientes de todos los centros clandestinos en Argentina. La tortura era masiva sobre todo el cuerpo, sistemática sobre todas las personas secuestradas, metódica con similares instrumentos y formas, y rutinaria en un tiempo y espacio similares. A más de cuarenta años de su cautiverio en la ESMA, Silvia Labayrú señala que es muy difícil transmitir ‘lo que significa escuchar permanentemente los gritos de los torturados día y noche’”. En cuanto a la técnica, “La tortura era aplicada alternativamente por dos o tres oficiales de Inteligencia. Los torturadores priorizaban la eficacia en los resultados. Como en todos los centros clandestinos de detención, el objetivo era obtener, cuanto antes, información valiosa para decidir de inmediato otras acciones represivas contra miembros de las organizaciones armadas o personas consideradas subversivas”, y en cuanto al propósito de cortísimo plazo, “debían operar sobre las víctimas, consideradas enemigos, en varios sentidos. En el plano militar, buscaban información valiosa para conocer las vulnerabilidades de las organizaciones armadas y desmantelarlas. En el plano moral, pretendían quebrar la voluntad, el carácter y las convicciones de las y los secuestrados, incluyendo el sometimiento sexual de las mujeres. En el plano ideológico, intentaron convertir a las víctimas para que adoptaran los valores, las creencias y las prácticas de sus captores. En el plano político, buscaron fortalecer la posición de la Armada y de Massera, en Argentina y en el exterior”.

El accionar bestial fue acompañado por un vocabulario ad hoc: “Los marinos también crearon una jerga para disfrazar el carácter criminal de sus acciones. Eufemismos tales como ‘traslado’ (asesinato), ‘quirófano’ (sala de tortura), ‘paquete’ (persona secuestrada) o tecnicismos como ‘interrogatorio’ (tortura), ‘blanco’ (persona a secuestrar) tenían la función de normalizar la violencia. Y también contribuían a morigerar o relativizar la responsabilidad de los represores”.

En septiembre de 1979, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA visitó la Argentina para una revisión; uno de los sitios a recorrer fue el Casino de la ESMA, que previamente fue modificado para que no se le notara el uso de los años recientes. Los detenidos fueron llevados a una finca en la isla El Silencio, en el delta de Tigre, no sin ayuda eclesiástico, como el mucho apoyo espiritual que los asesinos recibieron para justificar sus métodos. Es famoso el caso del capellán Christian Von Wernich, quien fue, aunque no en la ESMA, uno de los religiosos que tranquilizó el alma de los marinos al expresarles la necesidad de eliminar la cizaña para que crecieran las plantas benéficas.

En teoría, uno de los objetivos de la ESMA fue desarrollar lo que llamaron “proceso de recuperación”, consistente en alentar a los detenidos a convertirse al bien. Los posibles beneficiados tenían, entre alguna otra ventaja, salir acompañados por alguien, probar el exterior. Un viejo conocido en México, Ricardo Miguel Cavallo, torturó y violó a Ana Testa, y en otro momento la acompañó con su familia (de ella) para convivir. Todo esto tenía un costado monstruoso y otro surrealista: “Sin mediación ni razón aparente, las personas secuestradas podían ser sacadas repentinamente de las privaciones de Capucha y llevadas a alguna de las quintas que controlaba el GT, donde eran sentadas a comer un asado o jugaban un partido de fútbol”.

La ESMA, en suma, es un gran símbolo del horror que padeció la Argentina durante los siete años que van de 1976 a 1983. Allí la perversidad humana ensayó vejámenes que unos meses después obligaron a pensar en una consigna viva hasta la fecha y esperemos que siempre: nunca más.

Nota. El 11 de mayo de 2024 visité la ESMA por primera vez. Era una asignatura pendiente de otros viajes a Buenos Aires, y afortunadamente en aquella oportunidad pude hacer el recorrido por el ahora Museo Sitio de Memoria. Me acompañaron Maribel, el escritor Fabián Vique y el arqueólogo mendocino Leo Mercado, quien radica en Salta. Hice varias fotos, y aquí muestro sólo algunas. Las dos ultimas remiten al estadio Monumental, ubicado a medio kilómetro de la ESMA, y al delta de la ciudad de Tigre, a donde llevaron a los detenidos en septiembre de 1979, cuando se dio la visita de la CIDH. Todas estas imágenes son de mi autoría.








































sábado, marzo 21, 2026

Perversidad del verbo trasladar

 








El golpe de Estado más reciente perpetrado en la Argentina está hoy a tres días de cumplir su quincuagésimo aniversario, medio siglo desde que la Junta Militar tomó el “control operacional” del país y echó abajo el gobierno democrático encabezado por la errática y debilitada Isabel Perón (La Rioja, Argentina, 1931), quien asombrosamente aún vive. El interés del tema no es sólo histórico, como objeto de conocimiento por el conocimiento en sí, lo cual es, de cualquier modo, valioso y digno de atención. Desgraciadamente, poner la mirada en el golpe y la dictadura que generó desborda el interés académico o especializado, pues se vincula con la realidad que hoy nos atañe a todos. El auge de la nueva derecha en el mundo mueve a pensar que la vocación genocida convive todavía con nosotros, es un animal no extinto, de ahí la pertinencia de recordar cómo se las gastaron ciertos regímenes no sólo en la Argentina, sino en muchos otros lugares del planeta castigados por gobiernos a los que no les tembló el brazo para eliminar opositores.

El caso argentino es particularmente interesante por las características de su pasado y el accionar de su gobierno en el presente. Desde el regreso a la democracia en aquel país, de hecho, no ha habido, como en el actual, otro gobierno con mayores inclinaciones negacionistas, tanto así que desde el presidente para abajo sus funcionarios han llegado al extremo de suponer que los militares de los setenta y su pata civil de apoyo libraron una guerra que salvó a la patria del terrorismo. Lejos de considerarlos genocidas, Milei y sobre todo Victoria Villarruel, la vicepresidenta hoy coyunturalmente enemiga del presidente, han buscado desmantelar todo lo que remita a las instituciones dedicadas a la búsqueda de verdad y justicia, los dos ejes de la lucha contra la desmemoria y la impunidad.

La dictadura argentina operó en un momento histórico espeso de turbulencias. Por un lado, la Guerra Fría como manifestación de la polaridad mundial; su expresión hemisférica fue el empeño de los Estados Unidos por mantener tutelados a los países de América Latina, zona donde cundieron dictaduras supeditadas a Washington. En la otra orilla, la URSS y sus satélites, y entre ellos los países motivados para luchar contra la descolonización o el imperialismo. Bajo el ejemplo de Cuba, muchos jóvenes adhirieron a la insurrección por caminos distintos, donde el más radical fue el del foquismo guevarista. La Argentina llegó a 1976 arrastrando una cadena de desastres políticos cuyo origen se puede datar en 1955 con el golpe en la segunda presidencia de Perón.

Luego del bombardeo a la Plaza de Mayo, en la Argentina se sucedieron trastabillantes gobiernos militares de facto y otros civiles que terminaron mal, como los de Frondizi e Illia. Del 66 al 73, de Onganía a Lanusse, cuatro militares ejercieron el poder en un clima de creciente insurrección. Muchos grupos guerrilleros de filiación peronista (como Montoneros, cuya aparición se dio en mayo de 1970) y socialista (como el PRT-ERP) comenzaron a operar contra la dictadura. En un marco de profundo deterioro, la unión de un frente amplio en 1973 posibilitó unas elecciones que ganó el peronista Héctor Cámpora, quien volvió a convocar a elecciones, las que ganó Perón, quien había vuelto de casi veinte años de exilio para ejercer su tercer mandato.

Muchos aseguran que la edad no jugó del lado de Perón. Era ya muy viejo, la situación seguía agitada entre los jóvenes, y murió a menos de un año después de haber comenzado su gobierno. Isabelita, viuda de Perón, era la vicepresidenta, así que con todas sus limitaciones asumió el Ejecutivo. Además de su ineptitud, estaba muy mal asesorada sobre todo por un tipo siniestro llamado José López Rega, alias el Brujo, cuyo rol fue importante porque desde un ministerio, el de Bienestar Social, creó la Triple A, un aparato de muerte encargado de perseguir y liquidar opositores de cualquier orientación, sobre todo "comunista" (Triple A significa Alianza Anticomunista Argentina). La andadura de los grupos de tareas duró en acción intensa cerca de dos años, del 74 al 76. Todo se descompuso vertiginosamente.

Militares y civiles de la oligarquía local olieron sangre y comenzaron a presionar a Isabel Perón para iniciar en Tucumán operaciones “antisubversivas” encomendadas al Ejército. Poco después dieron el golpe del 24 de marzo, y se hizo la noche a plenitud. Diseñaron un plan sistemático de extermino que, para serlo, debía quedar al margen de la ley. Se crearon en todo el país centros de detención, tortura y desaparición, cuyo edificio emblemático fue la ESMA. El horror se convirtió así en política pública.

Por testimonios de sobrevivientes se sabe cuál era el método desarrollado con precisión quirúrgica para viabilizar el genocidio: después de ubicar a un sospechoso, lo “chupaban” a culatazos para treparlo a vehículos Ford Falcon sin número de matrícula, luego lo llevaban a un centro donde al margen de cualquier legalidad lo torturaban para exprimirle información. En esa situación los habeas corpus no servían de nada. El calvario para los supliciados duraba hasta que a criterio de sus captores el "subversivo" era útil como fuente de datos (nombres, direcciones, teléfonos...). Cuando se agotaban las posibilidades de sacarle más, el destino habitual era matarlo y desaparecerlo sin dejar rastro.

La desaparición, acaso el peor delito que en el mundo hay, podía servirse de incineración de cadáveres o fosas comunes, pero los militares argentinos dieron un paso más hacia el terreno de lo abominable: perfeccionaron los llamados vuelos de la muerte. Sin que los condenados tuvieran al menos el derecho de saber que los conducían a su fin, les comunicaban que habían sido elegidos para ser parte de un “traslado”, es decir, que en teoría serían llevados a otro espacio para proseguir su reclusión. Con el pretexto de que era una vacuna, un médico les inyectaba una dosis de pentotal sódico para sedarlos y así los trepaban a un camión que de inmediato se dirigía al aeropuerto, donde los subían a un pequeño avión militar (el famoso Skyvan) y ya arriba les inyectaban otra dosis de la droga. Volaban hacia el Atlántico y en la boca oriental del Río de la Plata los arrojaban vivos al mar. Tal era el procedimiento del eufemístico “traslado”, una de las mayores proezas de la perversidad latinoamericana que no podemos olvidar porque ganas no faltarán hoy de reeditarla.

Sobre este tema, y a propósito del susodicho golpe, hablaré el jueves 26 de marzo a las 7 pm en la cafebrería La Tinta (Morelos 559 poniente), de Torreón. Trabajaré sustancialmente sobre dos libros (El vuelo, de Horacio Verbitsky, y Anatomía de una mentira: quiénes y por qué justifican la represión de los setenta, de Hernán Confino y Rodrigo González Tizón) y dos documentales (Scilingo, del canal Encuentro, y Traslados, de Nicolás Gil Lavedra). La entrada es libre.

Nota. En mayo de 2024 tomé la foto que encabeza este post; el lugar es la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA). Se trata del avión Skyvan mencionado en el texto. No fue el único usado para desaparecer. En 2023 fue recuperado en Fort Lauderdale, Florida, por el gobierno argentino que lo recuperó para que formará parte del Museo Sitio de Memoria ESMA. El avión es allí un recordatorio metálico de los vuelos de la muerte.

sábado, marzo 14, 2026

Entre goles y torturas

 











En poco más de una semana, el 24 de marzo, se cumplirá el cincuenta aniversario del golpe militar perpetrado en la Argentina. Dados los vientos que corren para el mundo en la actualidad, no es impertinente tener en cuenta que el terrorismo de estado es una metodología nunca totalmente abandonada, que el genocidio siempre se expresa en algún punto del planeta, como sucede ahora en Palestina con el agravante de su exposición pública, una difusión que no ha servido para alarmar a la comunidad internacional ya subreptesentada por la inoperante ONU. Hoy es posible masacrar a un pueblo y compartir las imágenes de su devastación como si fueran entretenimiento de Netflix. “El mundo fue y será una porquería”, dice el tango y nuestro tiempo le otorga la razón.

Si no nos interesa el tema por su inevitable crudeza, por su lejanía en el tiempo y el espacio o por cualquier otro motivo, pero nos interesa el futbol y hoy aguardamos con ansia el comienzo del Mundial, hay una serie que combina materiales de las dos realidades: por un lado, el genocidio perpetrado por la dictadura argentina que comenzó en 1976, y, por otro, el Mundial celebrado en aquel país hacia 1978. Titulado Argentina ’78 (2024, dirección de Lucas Bucci y Tomás Sposato), es un gran documental basado en el libro 78: historia oral del Mundial (Sudamericana, 2018, 240 pp.), de Matías Bauso (Buenos Aires, 1971). Tanto el documento audiovisual como el de papel habilitan el recurso del pespunteo: como se dieron al alimón, los crímenes de la dictadura conviven con la euforia provocada por el futbol, la mayor pasión argentina desde hace décadas. Gracias a este zigzag, un espectador alejado de la política pero fervoroso del futbol tiene en la mesa un producto que puede ampliar su horizonte: pasar del aparentemente apolítico deporte a las modalidades más bestiales del ejercicio del poder. Dos en uno.

El libro es de difícil consecución en México, aunque hay versión electrónica. De cuatro capítulos (“El comienzo de los comienzos”, “Empieza el juego”, “Ganar o ganar” y “Gloria”), la serie audiovisual está disponible en la plataforma Disney Plus, lo cual no deja de parecer un tanto extraño. En ella, desfilan varios entrevistados, todos vinculados con la política, el periodismo y, la mayoría, el futbol. El diálogo con los personajes es acompañado obviamente por imágenes originales del Mundial, desde su organización hasta un poco más allá del partido final, cuando la dictadura quedó hecha añicos. La serie muestra el estado político y social de la Argentina durante los preparativos del Mundial, el momento en el que los militares deciden invertir dinero y energía para que cuajara un buen espectáculo cuya repercusión podía ser doblemente positiva: en el país, al lograr efusiones de patriotismo motivadas por el amor a la selección y, fuera de la Argentina, al lavar la cara de la dictadura ante el mundo que ya, poco a poco, se enteraba por la prensa del baño de sangre resultante del plan sistemático de exterminio contra cualquier sospechado de “subversión”.

En general, todo salió como esperaban los militares, aunque no sin alguno que otro contratiempo que el documental describe con suficiente detalle, como el famoso boicot orquestado por opositores de la dictadura radicados en Europa, sobre todo argentinos, aunque no únicamente. El boicot no logró su propósito, pero sí llamar la atención de la prensa internacional que sin duda comenzó a interesarse más por las tropelías del gobierno militar. Esto se anuda con otro posible contratiempo de la dictadura: la censura, cuidar que los periodistas foráneos no reportearan algo más que futbol, vigilarlos a prudente distancia para que no obtuvieran materiales sobre las desapariciones forzadas, las torturas y los asesinatos que ya hacia el 77 y principios del 78 habían alcanzado cotas de horror y eran inocultables por más que los milicos se afanaran en echarlos debajo de la alfombra.

Entre los entrevistados aparecen personajes de la selección, como el entrenador César Luis Menotti (quien seguramente fue entrevistado poco antes de morir), Roberto Saporiti (asistente de Menotti), Daniel Passarella (capitán del seleccionado) y Mario Kempes (goleador y a la postre ídolo de aquel equipo); también, Ezequiel Fernández Moores y Ailín Bullentini (periodistas) y varios corresponsales extranjeros, además de la historiadora Paula Canelo. Destacan los diálogos con Matías Bauso, autor del libro que fue cimiento del documental; con Mario Eduardo Firmenich, el único militante vivo de la dirigencia del grupo guerrillero Montoneros, y con Miriam Lewin, sobreviviente de la ESMA, el centro de reclusión, tortura y desaparición emblemático de la dictadura. Todos ellos y varios interlocutores más comparten su visión de los distintos momentos que supuso el desarrollo del extraño Mundial.

Además de lo estrictamente futbolístico, además de los avances y las dificultades que se le presentaron a la selección argentina en su paso hacia la conquista del campeonato, como la famosa y polémica goleada contra Perú, Argentina ’78 hace énfasis en la mirada que tuvieron los militantes opositores al régimen. Por eso las entrevistas a Firmenich y a Lewin son aquí fundamentales, ya que, según su opinión, era claro el propósito de los militares de manipular la mayor pasión argentina a su favor, pero también legítimo el fervor que la ciudadanía sintió por la selección del deporte que allá casi se confunde con la devoción religiosa.

La dictadura cobró clara conciencia de que el “mal humor social” provocado por la presencia militar en la vida cotidiana, las prohibiciones y la inflación podía ser paliado por el entusiasmo popular que detonaría el futbol. Pese a la sobredosis de Mundial, la política no dejó de estar presente, los grupos guerrilleros no dejaron de actuar y el gobierno de facto no dejó de reprimir con mano dura. En el ínterin, algunos periodistas extranjeros lograron sacar información valiosa, como las entrevistas a las madres en la Plaza de Mayo cuyas desesperadas voces claman a los reporteros foráneos que ellos son su única esperanza de que más allá se supiera lo ocurrido en el país.

El documento funciona en suma como crónica de un campeonato mundial que en lo futbolístico fue harto peculiar, tanto que siempre quedó la duda sobre el peso que tuvo el gobierno golpista para que la selección ganara sí o sí el campeonato (no podía ser de otra manera, pues de eso dependía la “imagen” de la banda en el poder), y como relato del espanto en el que los militares sometieron a miles de argentinos, situación que se resume en los dos sitios más representativos de la serie: el estadio Monumental, donde la selección jugó varios partidos, uno de ellos la final contra Holanda, y a medio kilómetro de allí la ESMA, predio donde se torturaba y desaparecía mientras en la cancha de River Plate se vitoreaban los goles albicelestes.

Argentina logró la copa FIFA y el fervor patriótico se exacerbó durante algunos meses, pero la realidad económica y el desprestigio del gobierno llegaron a tanto que luego saltó al vacío con la fallida recuperación, manu militari, de las Malvinas, lo que al fin terminó por acabarlo y a los tumbos obligó a restituir el proceso electoral. Un campeonato del mundo, miles de muertos y desaparecidos, cientos de bebés apropiados y una crisis económica aplastante es la ruta que recorre Argentina ’78, serie que aparenta tratar sólo sobre futbol, pero que es mucho más: una realidad todavía vigente si advertimos que la ultraderecha aquí y allá nunca ha olvidado su estilo criminal de gobernar. Basta escuchar a Trump —el peor ser humano que habita hoy en el mundo para confirmar que el peligro sigue vivito y matando.

lunes, febrero 16, 2026

Ficciones argentinas

 












La semana pasada los senadores argentinos votaron la media sanción a una nueva ley laboral, que dicho de pasada es una ley criminal. Falta que la voten los diputados. Afuera del congreso se iba a formar una concentración de opositores a la nueva ley, pero antes de que esto ocurriera, aparecieron cinco o seis vándalos que a diez metros de los granaderos y de los camiones hidrantes armaron bombas molotov y las arrojaron hacia la policía. Un camión hidrante ubicado a veinte metros les disparó unos chisguetitos de agua que misteriosamente no dieron en el blanco de los parapetos de cartón, esto mientras los rebeldes encapuchados preparaban con paciencia china los artefactos explosivos y un dron de la televisora más influyente del país los grababa desde arriba como en la comodidad de un estudio. Tras lanzar algunos explosivos, los opositores radicales huyeron y entonces la policía comenzó a reprimir a todo aquel que se atravesara, con saldo alto de detenidos. Obviamente, los rebeldes de las molotov no fueron capturados.

La derecha argentina, siempre a la vanguardia en materia de brutalidad y construcción de escenarios falaces, usó a los “rebeldes” como pretexto para la represión. Lo malo es que a muchos les pareció (para mí lo fue, por su descarada obviedad) un montaje, una representación teatral perfectamente coordinada por la policía. La noticia ha seguido caminando y ayer las autoridades dieron con uno de los “terroristas” y tomaron esta foto de los artículos que guardaba en su ratonera. En la imagen destaca el pantalón caqui industrial con reflejantes, recién comprado y típico de anarquista. Estos productos ya son conocidos como el “terrorkit”. Les dejo la foto y un video de los rebeldes en acción con la crónica “periodística” que también fue parte del montaje.

Así es la Argentina de Milei, el engendro al que sigue los torcidos pasos de nuestro tío Richi.

En cuanto al video, pueden verlo completo o del minuto 9 al 14; queda clara la farsa de los cartones protectores, el embudo, las mochilas nuevas, el close up del dron, la paciencia para armar bombas in situ y sobre todo la baja potencia y la mala puntería de los camiones hidrantes. Esa simple teatralización de la policía sirvió para deshacer la concentración pacífica de opositores. Son unos genios de la represión. Aquí está el video:

https://youtu.be/lIhdf1YOnG0?si=ihVIvNnPbmmInBy0l

miércoles, enero 28, 2026

Efecto naranja

 







Los oriundos de la modernidad, el periodo que cubre, más o menos, de la Revolución Francesa al desgajamiento de la URSS, no podemos habituarnos todavía al aire que sopla para la humanidad de este momento. Tras el derrumbe de los grandes relatos que explicaban el mundo y la irrupción de la posmodernidad, ha crecido la idea de que se puede regresar al despotismo y conculcar derechos conseguidos a durísimas penas sobre todo tras la propuesta del estado de bienestar que se aceleró poco después de la Segunda Guerra. Que el Estado se inmiscuyera en la procuración de alimento, salud, educación, vivienda y demás obra pública gozaba hasta hace pocas décadas de una sanción variablemente positiva, lo que se vio aparejado por la conquista de derechos y un avance notable, entre otros, del feminismo y la conciencia ambiental.

Esta situación cambió drásticamente en las dos décadas más recientes, lo que coincide con la invención del smartphone y la creación de las redes sociales. Sin que fuera muy evidente para la mayoría (todavía no lo es), una nueva ola de pensamiento político adquirió los peores rasgos del comportamiento en las redes: la agresividad, la banalidad, la emocionalidad, la espectacularidad pasaron a caracterizar el modo de comunicar lo social y lo político, y se extravió todo rastro de densidad y espíritu comunitario. El auge de la nueva derecha se inscribe en esta inercia global: ahora, en el río revuelto de las redes, las fake news y la IA se puede decir lo que sea, y no sólo decirlo, sino algo peor: hacerlo.

El caso extremo de esta relajación de los principios, aunque no el único en el mundo, es el de Trump. Antes, durante y después de su primer mandato le escurría de la boca machismo, racismo, clasismo, pedofilia y autoritarismo comprobado en miles de notas de prensa, y de todos modos repitió mediante el voto su estancia en la Casa Blanca. Si esto es de por sí increíble, el magnate naranja dio otras vueltas a la tuerca desde el 3 de enero: pasó del discurso a la acción no sólo en patios ajenos, sino también en su país. Tal muestra de brutalidad no es la causa, sino el efecto de un padecimiento social que prohijó la aparición de un tirano al que el pueblo permitió llegar y sólo el pueblo podrá, esperemos, defenestrar. Si no lo hace, tendremos vesania para rato.

sábado, enero 10, 2026

Horror de altos vuelos


Scilingo ha enviado cartas a militares de alto rango e incluso al presidente, pero no recibió respuesta. Su interés se centra en demostrar que, dado su grado en la jerarquía castrense, él acató órdenes superiores para servir a la patria y ahora desea que quienes instruyeron esas directivas se hagan cargo de su responsabilidad y no se escuden en la coartada fácil de los “excesos” de la tropa. Lo que encontró fue silencio, un paredón de indiferencia que en aquel momento, primer lustro de los noventa, lo obliga a seguir otro camino. Buscó pues al periodista Horacio Verbitsky para ponerlo al tanto de todo lo que de todos modos ya se sabía, aunque sin la declaración absolutamente brutal de un actor directo como Scilingo, quien no dudó en señalar en algún momento de su declaración que “hicimos cosas peores que los nazis”.

De nombre Adolfo Francisco Scilingo (Bahía Blanca, provincia de Buenos Aires, 1946) y oficio militar, había participado en vuelos de la muerte. Tras las leyes de Punto Final dictadas por Menem, los militares previamente condenados vieron terminada su reclusión, y fue allí que Scilingo se preguntó qué habían hecho los subordinados. ¿Simples crímenes, simples excesos individuales? Dirigió cartas a Videla, a Menem y, como ya dije, nunca recibió respuesta. La crisis se agudizó en 1994, cuando dos militares de apellidos Rolón y Pernías decidieron hablar ante los senadores sobre sus métodos de lucha contra la “subversión”. Lo que dijeron disipó toda duda acerca de la vileza empleada para liquidar a los enemigos armados y no armados, como las monjas francesas Alice Domon y Léonie Duquet, una vileza que no era mero exceso individual, sino modus operandi, política pública de la dictadura.

El vuelo (Planeta, 1995, 205 pp.), de Horacio Verbitsky (Buenos Aires, 1942), es un documento escalofriante, un libro al que le queda justo el epígrafe de Joyce: “La historia es una pesadilla de la que estoy tratando de despertar”. Fue el primero en abordar uno de los métodos más crueles habilitados por la dictadura argentina para deshacerse de “subversivos”. Dejemos que lo explique Scilingo mediante una de sus cartas sin respuesta: “En 1977, siendo Teniente de Navío, estando destinado en la Escuela de Mecánica, con dependencia operativa del Primer Cuerpo de Ejército, siendo usted [Videla] el Comandante en Jefe y en cumplimiento de órdenes impartidas por el Poder Ejecutivo cuya titularidad usted ejercía, participé de dos traslados aéreos, el primero con 13 subversivos a bordo de un Skyvan de la Prefectura, y el otro con 17 terroristas en un Electra de la Aviación Naval. Se les dijo que serían evacuados a un penal del sur y por ello debían ser vacunados. Recibieron una primera dosis de anestesia, la que sería reforzada por otra mayor en vuelo. Finalmente en ambos casos fueron arrojados desnudos a aguas del Atlántico Sur desde los aviones en vuelo. Personalmente nunca pude superar el shock que me produjo el cumplimiento de esta orden, pues pese a estar en plena guerra sucia, el método de ejecución del enemigo me pareció poco ético para ser empleado por militares…”.

El arrepentido y desdeñado militar busca eco en la parte alta de la estructura lo de poder; sustancialmente desea que los jefes militares de la dictadura reconozcan que fueron ellos quienes impartieron las órdenes para materializar la atrocidad. No halló respuesta y en su desesperación buscó a Horacio Verbitsky, acaso el periodista argentino más dotado del siglo XX argentino y lo que va del XXI. Además de haber trabajado en numerosos medios de prensa escrita, es autor de una bibliografía amplísima y determinante para el examen de distintas coyunturas argentinas, entre otros de La última batalla de la Tercera Guerra Mundial (1984), La posguerra sucia (1985), Civiles y militares (1987), La educación presidencial (1990), Hacer la corte (1993), Un mundo sin periodistas (1997), Doble juego: la Argentina católica y militar (2006), Cristo vence: la Iglesia en la Argentina: un siglo de historia política (1884-1983) (2007), Vigilia de armas. Del Cordobazo de 1969 al 23 de marzo de 1976 (2009), La mano izquierda de Dios. La última dictadura (1976-1983) (2010), La música del Perro (2020). Además de El vuelo (Planeta, 1995, Buenos Aires, 203 pp.), de él tengo en Torreón y he leído Ezeiza (1985), Rodolfo Walsh y la prensa clandestina (1976-1978) (1985), Medio siglo de proclamas militares (1987), Robo para la corona (1991), Hemisferio derecho (1998), El Silencio. De Paulo VI a Bergoglio: Las relaciones secretas de la Iglesia con la ESMA (2005) y Vida de Perro (2018). Ha trabajado en un montón de periódicos y revistas, y actualmente dirige el portal digital El Cohete a la Luna.

El vuelo es principalmente una entrevista. Verbitsky aprovecha en ella, para extraer toda la sopa posible, la disposición del informante. El diálogo es frío, seco, sin matices de parte del entrevistador, que en todo momento se mantiene en una postura extraña: no se suaviza ante Scilingo, lo que hace suponer que pone en riesgo la conversación. Pero no, el militar avanza en su exposición, decidido a denunciar la injusticia que los altos mandos del Ejército cometen al no aceptar que impartían órdenes luego acatadas por sus subordinados ahora despojados de ascensos y salpicados de sospecha delictiva. Scilingo defiende incluso a Astiz, uno de los represores más famosos del “Proceso de Reorganización Nacional”, eufemismo que la dictadura se obsequió a sí misma para encubrir el terrorismo de Estado bajo un rótulo con mera resonancia administrativa.

Scilingo cuenta que recibió un curso propedéutico para el combate contrainsurgente. El instructor les informó que se trataría de la “lucha contra un enemigo que no estaba contemplado dentro de los organigramas normales (…) Con respecto a los subversivos que fuesen condenados a muerte o que se decidiese eliminarlos comentó que iban a volar (…) Y dijo que se había consultado con las autoridades eclesiásticas, no sé a qué nivel, para buscar que fuese una forma cristiana y poco violenta”. El verbo “volar” era, claro, literal, en avión, para morir y desaparecer, y en efecto a dicha modalidad dio luz verde la iglesia católica mediante capellanes del ejército como el famoso Christian Von Wernich, cura hijo de puta luego condenado por crímenes de lesa humanidad. Ahora bien, “Había dos formas de desaparecer: vuelo o parrilla”; es decir, arrojados vivos desde el aire al mar o incinerados (en la Argentina no siguieron pues el método del franquismo, que llenó el territorio de España con fosas comunes, sepulcros colectivos y anónimos que hasta hoy siguen apareciendo).

El diálogo salta para muchos subtemas mediante preguntas que en algunos casos requieren el contexto específico del momento, como las reuniones del senado para escuchar a Rolón y Perdías. Empero, lo que perdurará en la mente del lector es lo que intuye Verbitsky como fundamental, el colmo de la crueldad: los detalles precisos de cada vuelo. Tiene razón: las preguntas debían servir como tirabuzón para sacar a la luz los pormenores de los vuelos, cada detalle exacto. El entrevistado, así sea con reticencias, se suelta y saca a la luz no la abstracción del horror, sino su concreción abominable. En las pausas, dado que celebra varios encuentros con Scilingo, Verbitsky reflexiona y sospecha que en cierto punto el informante frenará la lengua: “La voz de Scilingo sigue en la cinta, los documentos [las cartas que recibió fotocopiadas y figuran en el apéndice del libro] aún llevan su firma. En su casa atienden las llamadas y le pasan el teléfono, en el que se oye la misma voz de la grabación. Esto ha ocurrido, no es un sueño. ¿Pero no se desvanecerá como si lo fuera? Cuando un secreto de casi veinte años se le hizo insoportable, contó las cosas más tremendas a alguien que sólo por azar no fue su víctima [el mismo Verbitsky, quien fue militante montonero]. Contestó todas las preguntas, se sometió a un rol que no había imaginado. ¿Cómo reaccionaría después del desahogo, cuando midiera el paso dado y sus consecuencias? ¿Volvería a refugiarse en las viejas certidumbres institucionales, cortaría todo contacto, trataría de impedir la publicación?”.

La acumulación de evidencias comprometía a los militares, sobre todo a los comandantes, pero estos eludían toda responsabilidad con retórica autoexculpatoria. Argüían que la guerra contra la subversión implicó métodos novedosos, y que tal vez alguno de los héroes de la patria cometió excesos, pero nada que no estuviera dentro del margen de lo lógico en una guerra así de heterodoxa. Un informe de observadores internacionales —de la OEA— no dejó duda de que tales excesos eran más bien la regla, el plan sistemático de aniquilamiento.

Aun así, los excomandantes de la Junta Militar callaban, minimizaban o tergiversaban; una de las explicaciones señalaba que reñían dos grupos: los subversivos y los restos de la Triple A, con el gobierno en medio, casi como árbitro que desea frenar la pugna. En su “Carta de un escritor a la Junta Militar”, Walsh los apuntó directamente al rechazar “la ficción de bandas de derecha, presuntas herederas de las 3A [grupo paramilitar que operó años antes del golpe] de López Rega, capaces de atravesar la mayor guarnición del país en camiones militares, de alfombrar de muertos el Río de la Plata o de arrojar prisioneros al mar desde los transportes de la Primera Brigada Aérea sin que se enteren el general Videla, el almirante Massera, el brigadier Agosti. Las 3A son hoy las 3 Armas y la Junta que ustedes presiden no es el fiel de la balanza entre ‘violencias de distintos signos’ ni el árbitro justo entre ‘dos terrorismos’ sino la fuente misma del terror que ha perdido el rumbo y sólo puede balbucear el discurso de la muerte”. En una palabra, fue el mismo Estado de donde manó a borbotones la política terrorista y, de paso, en lo económico, “la miseria planificada”.

Pese a las evidencias que poco a poco fueron apareciendo sobre la atrocidad, incluso en el informe de la Conadep, los jefes militares no salían de su libreto: sólo aceptaban algunos “excesos inconsultos” de sus “cuadros inferiores”, no un plan sistemático de secuestro, tortura y desaparición de personas. La declaración de Scilingo comprobó lo ya sabido al recordar minuciosamente su participación en dos vuelos y en otras tareas no menos ominosas de su paso por el Ejército. Asimismo, explicó que el personal militar asignado para ejecutar los vuelos era “rotativo”, una decisión inteligente para involucrar a todos los represores y garantizar bocas cerradas. Al detenerse un poco en la figura del almirante Emilio Massera, Verbitsky cita algunas de las frases más famosas del mandón en la ESMA, como aquella en la que resumió que “el concepto general del accionar del Proceso era occidental, humanista, cristiano”. Pese a tan bello accionar, sin embargo, como lo declaró en privado al periodista Jacobo Timerman, “El mundo no está como para que reconozcamos lo que estamos haciendo”.

Tres veces he leído El vuelo y en las tres he sentido la misma perplejidad. No de otra manera, es decir, con perplejo horror, se puede imaginar un método de tamaña bestialidad: desde aviones, arrojar al mar a seres humanos vivos, engañados, desnudos, sedados con inyecciones y sin el derecho a saber que morirán pocos minutos después. El libro es de difícil consecución en México, pero hay mucho material en YouTube sobre el capitán Scilingo, quien por cierto terminó condenado en España, pero esa es otra parte de su historia. El video que más recomiendo es la entrevista a Verbitsky sobre el tema en el canal Encuentro.

Por último, no está de más observar que los promotores de aquellos vuelos tenían la misma matriz ideológica de quienes hoy gobiernan, por ejemplo, la Argentina y los Estados Unidos, así que más allá de la atrocidad pasada debemos pensar en la atrocidad futura o ya no tan futura, vistos los aires represivos que soplan en el gigante del norte que todavía presume libertad y ha sacado el gran garrote para golpear a propios (manifestantes en EUA) y extraños (Venezuela, el caso más reciente). El vuelo es en síntesis un libro-advertencia para siempre.


sábado, noviembre 22, 2025

Todo fue demolición











 

El 20 de noviembre de hace cincuenta años murió Francisco Franco Bahamonde (Ferrol, Galicia, 1892-Madrid, 1975). Como sabemos, el dictador, apodado con el superlativo de Generalísimo, había hecho de las despóticas suyas desde el fin de la Guerra Civil española, es decir, desde 1939 hasta el mismo instante de su muerte. En ese prolongado lapso de su historia, España vivió aplastada por la bota del tirano, quien no desperdició ni un minuto para dar muestras de crueldad amparado en la sacrosanta bandera del nacionalcatolicismo. Secuestro, tortura, muerte, desaparición, despojo de propiedades, pésima calidad de vida, industricidio, censura y oscurantismo mental se convirtieron en el menú de la España franquista. La muerte del tirano fue una noticia celebrada en todo el mundo y dio inicio, no sin traumas, a lo que allá denominaron “transición”, un proceso que para empezar no tocó ni con el pétalo de una celda a ninguno de los represores.

Como las revoluciones francesa, mexicana y cubana, o los golpes en Chile y Argentina, el tema de la Guerra Civil es el Tema de España hasta nuestros días. Cientos de libros y miles de artículos llenan páginas y más páginas de referencias, y no es para menos si tomamos en consideración el cúmulo de horrores que el franquismo prohijó en tan dilatado lapso. Muchos de los profesionales de la escritura han sumado allá, por ello, estudios para documentar/explicar lo que ocurrió durante el medievo español del siglo XX.

Yo tenía once años cuando Franco emprendió su camino hacia el infierno. Era muy pequeño y España quedaba a años luz de mis intereses, pero el solo hecho de ver aquel apellido en los encabezados de los dos diarios locales me despertó una incipiente curiosidad. Pasados los años, España no se convirtió en centro de mi atención, pero debido a su literatura me atraía lo suficiente como para tender la mirada a su ser político e histórico, tanto que hoy, por ejemplo, con alguna frecuencia sigo los debates en la Cámara de los Diputados, tan intensos como los mexicanos aunque con mejor calidad discursiva.

Las entradas más frecuentes para acceder al tema del franquismo son, claro, las atañederas a lo político-militar, la mayoría. Tuve la suerte de encontrar, en una librería de viejo lagunera, un libro que leí hace como diez años y por su calidad he releído para alimentar este breve apunte. Se trata de La vida amorosa en tiempos de Franco (Temas de hoy, Madrid, 1996, 180 pp.), de Rafael Torres (Madrid, 1955), quien es periodista y escritor (o “escritor de periódicos”, como gusta definirse). Ha publicado numerosos libros de poesía, narrativa e historia, varios de ellos vinculados al tema de la Guerra Civil y su luenga secuela, como Ese cadáver, 1931: biografía de un año, Desaparecidos en la guerra de España (1936-?) y Los esclavos de Franco.

Acabar con la vida y desaparecer a miles de personas fue el terror extremo en el régimen encabezado por Franco, pero no el único que administraron sus soldados durante cuatro décadas. Para sostenerse fue creado un sistema de opresión en todos los ámbitos de la realidad, incluso en sus pliegues más íntimos, como la vida amorosa. Aunque ahora nos parezca una exageración, el gobierno emanado de la Guerra Civil decidió modelar la vida de los españoles a yunque y martillo: quien no se plegara a los designios del general gallego, se ponía con facilidad en la mira de un pelotón de fusilamiento, sin metáfora. Rafael Torres documenta y analiza los métodos de disciplinamiento blandidos por el franquismo para forjar ciudadanos con hormonas dóciles y familias apegadas a una matriz (también sin metáfora) católica, apostólica, romana y sólo disponible para la procreación, jamás para el juego y la libertad de los impulsos sexuales.

La vida amorosa en tiempos de Franco es entonces muestra de lo asfixiante que fue vivir en aquella época y en aquel lugar: además del pánico propiciado por la sola idea de ser pescado como sospechoso de “rojo” y terminar en una de las decenas de fosas comunes abiertas por los mandos castrenses, los españoles se las vieron a diario con el cercenamiento ubicuo de todo lo que pudiera vincularse con su sexualidad. Con prosa espléndida, Torres expone los detalles de la fiscalización en ocho capítulos. Advertimos en ellos que el Big Brother operó a dos bandas: vigilaba perrunamente los actos de la población, y para prevenir que ocurrieran irregularidades establecieron directivas concernientes a lo civil, lo educativo y lo religioso, reglas tan estrictas que hacían casi imposible la paz del alma metida en cuerpos aherrojados.

Una moral de monasterio se impuso a la sociedad, con las consecuencias para la vida que esto tiene en quienes no desean vestir hábitos ni hacer votos. Todo era prohibición, norma, límite, vigilancia, potencial castigo. Lo sufrieron todos, pero es obvio que el machismo del nacionalcatolicismo cargó la mano a las mujeres y a quienes tenían una condición distinta a la heterosexual, quienes ni en sueños podían imaginar el ejercicio libre de su sexualidad. España se protegía así ante un mundo erizado de acechanzas: “La nueva moral, la dictada por los reaccionarios sacerdotes y funcionarios de doble vida, establecía esa premisa inalterable: lo español era lo puro, lo decente, lo casto, lo virginal, lo grato a los ojos de la Providencia, en tanto que la desenvoltura, la expresión de los afectos, la curiosidad sentimental o sexual, el divorcio o el propio deseo eran torpedos colocados en la misma línea de flotación de España”, señala Torres.

Más adelante, recuerda que en la historia española había una deuda en lo carnal, deuda que se incrementó a cotas vesánicas con el régimen impuesto por el dictador y sus esbirros: “En lo relativo a la sexualidad, el español siempre anduvo con hambre, pero durante el franquismo, más. A lo largo de ese infausto y dilatado periodo, el español hizo, más o menos, menos que más, lo que pudo, lo que le dejaban, lo que estaba al alcance de su tradicional rusticidad al respecto, pero nunca como durante el régimen de Franco se le convenció de que sus más secretos deseos, sus ilusiones, sus ensoñaciones amorosas más íntimas eran una perfecta porquería. Y pecado. Y pecado antiespañol, para ser más exactos”.

La consecuencia más saliente de un sistema así de represivo en un planeta que no establecía ya las trabas españolas, fue la infelicidad, a veces la destrucción de la vida en vida. Para los hombres, claro, hubo escapes rápidos y venales, pero las mujeres eran condenadas a una relación casi de asco con su propio cuerpo: “Los recién casados nada sabían del sexo. Él, en todo caso, del que le expendían exento, unidireccional y rápido, las meretrices; pero ella, nada, ella se enfrentaba a esa primera noche virgen de todo, particularmente de conocimientos. A menudo, el dolor producido por una desfloración poco dulce y poco diestra dejaba en la novia, que ya no era novia, una desagradable impresión que tardaba años en disiparse”.

A la cacería de opositores, a los campos de concentración, al trabajo esclavo, a la tortura, el fusilamiento y la desaparición de miles de cuerpos no era poco añadir la desdicha sexual de quienes no eran sospechosos de ideas políticas anarquistas o comunistas, sino simples españoles poseedores de cuerpos que el franquismo no quiso dejar librados al capricho de sus libidos, y los domesticó o los quiso domesticar como lo que fue y documenta Torres: una dictadura de ultraderecha que gritó “¡Viva la muerte!” en todos los sentidos, no sólo en el escupido por José Millán-Astray, uno de los generales adictos a Francisco Franco, el Generalísimo cuyo régimen no conoció, ni antes ni todavía, algún castigo.