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martes, marzo 24, 2026

La ESMA en papel y en vivo

 











A estas alturas es inocultable mi interés, como tema, por el golpe de Estado en la Argentina. No es un asunto fácil de abordar, pues la distancia en el tiempo y en el espacio, sumado al océano de información que ha generado y seguirá generando, torna casi imposible un conocimiento completo de todo lo que envolvió como momento bisagra para la Argentina en particular y para Latinoamérica en general. Soy pues un interesado mexicano que conoce bien las generalidades del antes, del durante y del después del golpe, no un especialista como los muchos que ha tenido el tópico en la academia, el periodismo y el arte. Creo, sin embargo, que esto es suficiente para destacar, ante los no iniciados, la pertinencia de saber que la matriz ideológica de los militares y civiles que motorizaron el golpe no sólo sigue en pie, sino que en los años recientes se ha quitado la careta para expresar su total entrega a un pensamiento que supone a los dueños del mercado como únicos soportes de la vida social.

En el mar de información y posibilidad de accesos que tiene el asunto, pensé cómo podría resumir el golpe, qué decir realmente englobador sobre lo que significó. Hoy es quizá el día más importante que me tocará vivir en términos de recordación, pues seguro no llegaré al centenario. Así entonces, pienso que un símbolo adecuado del horror que atravesó aquel periodo de la historia argentina es la Escuela de Mecánica de la Armada, la ESMA. Se han contabilizado, entre importantes y no tanto, alrededor de 500 sitios de este tipo, lugares que funcionaron como centros clandestinos de detención donde la tortura y el asesinato tuvieron el tratamiento del más ordinario trámite administrativo. Muchos de esos lugares, como El Campito y La Perla, vieron pasar una población notable de secuestrados, pero sin duda la ESMA fue el espacio que se convirtió en emblema del plan sistemático de extermino impulsado por los militares.

Ubicada en la avenida Libertador 8151, en el pico norte de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, la ESMA es un predio amplio, con varias edificaciones en su interior, como corresponde a una escuela militar. Se ha hablado y escrito muchísimo sobre los usos que tuvo del 76 al 83, en gran medida basados en los testimonios de quienes allí fueron recluidos y torturados pero al final sobrevivieron. Se dice que cerca de cinco mil detenidos y detenidas fueron aprisionados en sus muros sin que mediara el más insignificante procedimiento legal. El objeto de las detenciones era, se sabe, aislar a los “subversivos”, sacarles toda la información posible y luego matarlos/desaparecerlos, todo esto, insisto, al margen de la ley, en la clandestinidad total pese a que su administrador era un Estado lleno de patriotas. Una guía textual de reciente edición es ESMA. Represión y poder en el centro clandestino de detención más emblemático de la última dictadura argentina (FCE, Buenos Aires, 2023, 198 pp.), libro colectivo coordinado por Marina Franco y Claudia Feld.

Para hacer un paneo general de la ESMA y lo que allí ocurrió, las coordinadoras y el equipo autoral nuclearon el material en siete capítulos: “Una breve historia del centro clandestino”, de Hernán Confino, Marina Franco y Rodrigo González Tizón; “El poder en las sombras: el grupo de tareas de la ESMA”, de Valentina Salvi; “Un nivel superior de aniquilamiento: el ‘proceso de recuperación’”, de Claudia Feld; “Solidaridades y tensiones”, de Rodrigo González Tizón y Luciana Messina; “De la rapiña a los millones: el robo de bienes en la ESMA”, de Hernán Confino y Marina Franco; “El lugar sin límites: el centro clandestino fuera de la ESMA”, de Claudia Feld, y “Conclusiones. Pensar la ESMA: entre la represión y la acumulación de poder”, Claudia Feld y Marina Franco.

Al contextualizar el golpe, las directoras del estudio señalaron que “El contexto internacional de la Guerra Fría y la llegada de las doctrinas contrainsurgentes de origen francés y estadounidense, particularmente entre las Fuerzas Armadas, facilitaron una lectura de los conflictos locales en clave de ‘enemigo interno’ contra el cual combatir”. Para consumar tal propósito, pusieron énfasis en la inteligencia como método de cacería y en la tortura como herramienta de trabajo para avanzar en la compilación de datos. La mención a “las doctrinas contrainsurgentes de origen francés” puede ser mejor comprendida, añado aquí, en la película La batalla de Argel (Guillo Pontecorvo, 1966), representación que expone una clara idea de la tensión entre las luchas de liberación y el propósito de aplastarlas.

El espíritu de persecución que alentó a las fuerzas armadas argentinas requirió la identificación/demonización de un enemigo pernicioso para el “orden”; más allá de la peligrosidad de los grupos guerrilleros, la noción de “enemigo” se amplió hasta donde fue posible para que todo cupiera en ella y la aniquilación fuera merecida: “Algunas de ellas [organizaciones revolucionarias] sostenían la toma del poder por la vía armada, como Montoneros y el Partido Revolucionario de los Trabajadores-Ejército Revolucionario del Pueblo (PRT-ERP). Sin embargo, de manera más amplia, la palabra ‘subversión’ designaba cualquier forma de organización o activismo político, cultural o social que fuera considerado una amenaza al orden”.

Asestado el golpe al gobierno constitucional, la ESMA comenzó a ser el símbolo principal de la represión. Es un predio de 14 hectáreas que funcionaba como escuela de los marinos; la mayor parte de sus edificios siguieron operando para la instrucción naval militar, mientras uno de sus espacios, el llamado “Casino de Oficiales”, se convirtió en el centro de detención. Al frente de la Marina estaba el almirante Emilio Eduardo Massera, se podría decir que segundo de a bordo en la primera Junta Militar, sólo por debajo de Jorge Rafael Videla. Bajo su mando accionó el Grupo de Tareas 3.3 (GT 3.3), dividido a su vez en dos unidades. Estos GT eran “patotas” (grupos) de militares vestidos de civil que objetivo en mano salían de la ESMA a cazar “subversivos”. Lo hacían sin orden judicial, rápida y eficazmente, en autos sin matrícula, como los famosos Ford Falcon verdes. Actuaban a cualquier hora del día, de la noche o de la misma madrugada, y no se ahorraban culatazos para “chupar” a las víctimas. Extraídos de sus domicilios, con la vista tapada, los secuestrados eran llevados a la ESMA, donde de inmediato comenzaba el calvario de la tortura y los interrogatorios. “La tortura, esa práctica atroz sobre el cuerpo de hombres y mujeres, era considerada por los militares un arma fundamental. Un arma para identificar al enemigo dentro de la guerra contrainsurgente que creían estar librando día a día”. Sin una política temporal precisa (todo estaba al margen de la legalidad, casi a capricho de los verdugos), sin que se supiera claramente hasta cuándo o por qué se les condenaba, los detenidos eran asesinados. Dos procedimientos famosos para acabar con las vidas de los secuestrados fueron los “asaditos” (disparo e incineración del cadáver) y los “traslados” en vuelos de la muerte. Como cabeza de los GT fue famoso el capitán de fragata Jorge Tigre Acosta, destacado también como experto torturador.

La ESMA, o el Casino de Oficiales, para ser más preciso, estaba segmentado en cada uno de sus pisos. Los nombres que los militares asignaron a esos espacios eran denotativos. Por ejemplo, el “Pañol” (en alusión a la parte de los barcos donde se guardan las provisiones) era el lugar donde almacenaban los bienes robados en las casas de los “subversivos”. Estos hurtos eran las “operaciones económicas”, una de las acciones más importantes de los grupos de tareas: saquear los bienes de los secuestrados y sus familias. La sustracción incluyó inmuebles, para lo cual los marinos establecieron empresas inmobiliarias y de reparaciones allá llamadas de “refacciones”. Otros espacios eran “Capucha”, donde se hacinaba a los detenidos, y la “Pecera” (en el tercer piso) y “Huevera” (en el sótano). Los dos últimos se diseñaron para el trabajo esclavo impuesto a los detenidos, lo que suponía trabajo en la falsificación de documentos, elaboración de un periódico, fotografías y síntesis de noticias. El almirante Massera abrazó la idea de hacer vida política tras el fin del gobierno de facto, y para ello requirió del trabajo esclavo que por medio de instrumentos propagandísticos le diera visibilidad. Es conocido el caso de Lisandro Cubas, secuestrado que fue obligado a trabajar como periodista; en una ocasión, cerca de arrancar el Mundial 78, le pusieron un traje y lo llevaran a una rueda de prensa con Menotti, el entrenador de la selección, para ver si le sacaba una declaración favorable a la Junta militar, lo que no ocurrió.

Muchos jóvenes fueron aherrojados en la ESMA, todos con muy distinto grado de compromiso político, pues lo mismo podía caer allí un guerrillero con entrenamiento militar que un estudiante con apenas alguna militancia o simpatía por alguna causa repudiable para los militares; allí llevaron a su presa principal: Norma Arrostito, fundadora de Montoneros, que se convirtió en el trofeo de Rubén Chamorro, director de la ESMA. Allí también se dieron algunos partos clandestinos, en la parte bautizada como “pequeña Sardá”, en alusión a un hospital de maternidad de Buenos Aires. La apropiación de bebés y asesinato de sus madres, se sabe, fue una de las dos o tres más grandes aberraciones sistemáticas de la dictadura.

En la ESMA asimismo operó el famoso Alfredo Astiz, todavía vivo y condenado, quien se infiltró en un grupo de madres que luchaba por dar con el paradero de sus hijos en la iglesia Santa Cruz. Astiz se hizo pasar como hermano de un desaparecido, se ganó la confianza de las madres y un día las “marcó” para que las secuestraran. En el grupo estaban, entre otras personas, Azucena Villaflor y las monjas francesas Alice Domon y Léonie Duquet. Muchos años después, ya en el siglo XXI, una historia de película, lamentablemente no ficcional, confirmó que tanto Villaflor como las monjas fueron asesinadas en un vuelo de la muerte.

El sadismo alcanzó las más altas cotas de bestialidad y “dejar ser” a los represores, “El cuerpo y la subjetividad de las víctimas, completamente indefensas, era el campo de batalla de esa guerra librada en el sótano de la ESMA. La crueldad no parecía tener inhibiciones, tal como describen los testimonios de los sobrevivientes de todos los centros clandestinos en Argentina. La tortura era masiva sobre todo el cuerpo, sistemática sobre todas las personas secuestradas, metódica con similares instrumentos y formas, y rutinaria en un tiempo y espacio similares. A más de cuarenta años de su cautiverio en la ESMA, Silvia Labayrú señala que es muy difícil transmitir ‘lo que significa escuchar permanentemente los gritos de los torturados día y noche’”. En cuanto a la técnica, “La tortura era aplicada alternativamente por dos o tres oficiales de Inteligencia. Los torturadores priorizaban la eficacia en los resultados. Como en todos los centros clandestinos de detención, el objetivo era obtener, cuanto antes, información valiosa para decidir de inmediato otras acciones represivas contra miembros de las organizaciones armadas o personas consideradas subversivas”, y en cuanto al propósito de cortísimo plazo, “debían operar sobre las víctimas, consideradas enemigos, en varios sentidos. En el plano militar, buscaban información valiosa para conocer las vulnerabilidades de las organizaciones armadas y desmantelarlas. En el plano moral, pretendían quebrar la voluntad, el carácter y las convicciones de las y los secuestrados, incluyendo el sometimiento sexual de las mujeres. En el plano ideológico, intentaron convertir a las víctimas para que adoptaran los valores, las creencias y las prácticas de sus captores. En el plano político, buscaron fortalecer la posición de la Armada y de Massera, en Argentina y en el exterior”.

El accionar bestial fue acompañado por un vocabulario ad hoc: “Los marinos también crearon una jerga para disfrazar el carácter criminal de sus acciones. Eufemismos tales como ‘traslado’ (asesinato), ‘quirófano’ (sala de tortura), ‘paquete’ (persona secuestrada) o tecnicismos como ‘interrogatorio’ (tortura), ‘blanco’ (persona a secuestrar) tenían la función de normalizar la violencia. Y también contribuían a morigerar o relativizar la responsabilidad de los represores”.

En septiembre de 1979, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA visitó la Argentina para una revisión; uno de los sitios a recorrer fue el Casino de la ESMA, que previamente fue modificado para que no se le notara el uso de los años recientes. Los detenidos fueron llevados a una finca en la isla El Silencio, en el delta de Tigre, no sin ayuda eclesiástico, como el mucho apoyo espiritual que los asesinos recibieron para justificar sus métodos. Es famoso el caso del capellán Christian Von Wernich, quien fue, aunque no en la ESMA, uno de los religiosos que tranquilizó el alma de los marinos al expresarles la necesidad de eliminar la cizaña para que crecieran las plantas benéficas.

En teoría, uno de los objetivos de la ESMA fue desarrollar lo que llamaron “proceso de recuperación”, consistente en alentar a los detenidos a convertirse al bien. Los posibles beneficiados tenían, entre alguna otra ventaja, salir acompañados por alguien, probar el exterior. Un viejo conocido en México, Ricardo Miguel Cavallo, torturó y violó a Ana Testa, y en otro momento la acompañó con su familia (de ella) para convivir. Todo esto tenía un costado monstruoso y otro surrealista: “Sin mediación ni razón aparente, las personas secuestradas podían ser sacadas repentinamente de las privaciones de Capucha y llevadas a alguna de las quintas que controlaba el GT, donde eran sentadas a comer un asado o jugaban un partido de fútbol”.

La ESMA, en suma, es un gran símbolo del horror que padeció la Argentina durante los siete años que van de 1976 a 1983. Allí la perversidad humana ensayó vejámenes que unos meses después obligaron a pensar en una consigna viva hasta la fecha y esperemos que siempre: nunca más.

Nota. El 11 de mayo de 2024 visité la ESMA por primera vez. Era una asignatura pendiente de otros viajes a Buenos Aires, y afortunadamente en aquella oportunidad pude hacer el recorrido por el ahora Museo Sitio de Memoria. Me acompañaron Maribel, el escritor Fabián Vique y el arqueólogo mendocino Leo Mercado, quien radica en Salta. Hice varias fotos, y aquí muestro sólo algunas. Las dos ultimas remiten al estadio Monumental, ubicado a medio kilómetro de la ESMA, y al delta de la ciudad de Tigre, a donde llevaron a los detenidos en septiembre de 1979, cuando se dio la visita de la CIDH. Todas estas imágenes son de mi autoría.








































sábado, marzo 21, 2026

Perversidad del verbo trasladar

 








El golpe de Estado más reciente perpetrado en la Argentina está hoy a tres días de cumplir su quincuagésimo aniversario, medio siglo desde que la Junta Militar tomó el “control operacional” del país y echó abajo el gobierno democrático encabezado por la errática y debilitada Isabel Perón (La Rioja, Argentina, 1931), quien asombrosamente aún vive. El interés del tema no es sólo histórico, como objeto de conocimiento por el conocimiento en sí, lo cual es, de cualquier modo, valioso y digno de atención. Desgraciadamente, poner la mirada en el golpe y la dictadura que generó desborda el interés académico o especializado, pues se vincula con la realidad que hoy nos atañe a todos. El auge de la nueva derecha en el mundo mueve a pensar que la vocación genocida convive todavía con nosotros, es un animal no extinto, de ahí la pertinencia de recordar cómo se las gastaron ciertos regímenes no sólo en la Argentina, sino en muchos otros lugares del planeta castigados por gobiernos a los que no les tembló el brazo para eliminar opositores.

El caso argentino es particularmente interesante por las características de su pasado y el accionar de su gobierno en el presente. Desde el regreso a la democracia en aquel país, de hecho, no ha habido, como en el actual, otro gobierno con mayores inclinaciones negacionistas, tanto así que desde el presidente para abajo sus funcionarios han llegado al extremo de suponer que los militares de los setenta y su pata civil de apoyo libraron una guerra que salvó a la patria del terrorismo. Lejos de considerarlos genocidas, Milei y sobre todo Victoria Villarruel, la vicepresidenta hoy coyunturalmente enemiga del presidente, han buscado desmantelar todo lo que remita a las instituciones dedicadas a la búsqueda de verdad y justicia, los dos ejes de la lucha contra la desmemoria y la impunidad.

La dictadura argentina operó en un momento histórico espeso de turbulencias. Por un lado, la Guerra Fría como manifestación de la polaridad mundial; su expresión hemisférica fue el empeño de los Estados Unidos por mantener tutelados a los países de América Latina, zona donde cundieron dictaduras supeditadas a Washington. En la otra orilla, la URSS y sus satélites, y entre ellos los países motivados para luchar contra la descolonización o el imperialismo. Bajo el ejemplo de Cuba, muchos jóvenes adhirieron a la insurrección por caminos distintos, donde el más radical fue el del foquismo guevarista. La Argentina llegó a 1976 arrastrando una cadena de desastres políticos cuyo origen se puede datar en 1955 con el golpe en la segunda presidencia de Perón.

Luego del bombardeo a la Plaza de Mayo, en la Argentina se sucedieron trastabillantes gobiernos militares de facto y otros civiles que terminaron mal, como los de Frondizi e Illia. Del 66 al 73, de Onganía a Lanusse, cuatro militares ejercieron el poder en un clima de creciente insurrección. Muchos grupos guerrilleros de filiación peronista (como Montoneros, cuya aparición se dio en mayo de 1970) y socialista (como el PRT-ERP) comenzaron a operar contra la dictadura. En un marco de profundo deterioro, la unión de un frente amplio en 1973 posibilitó unas elecciones que ganó el peronista Héctor Cámpora, quien volvió a convocar a elecciones, las que ganó Perón, quien había vuelto de casi veinte años de exilio para ejercer su tercer mandato.

Muchos aseguran que la edad no jugó del lado de Perón. Era ya muy viejo, la situación seguía agitada entre los jóvenes, y murió a menos de un año después de haber comenzado su gobierno. Isabelita, viuda de Perón, era la vicepresidenta, así que con todas sus limitaciones asumió el Ejecutivo. Además de su ineptitud, estaba muy mal asesorada sobre todo por un tipo siniestro llamado José López Rega, alias el Brujo, cuyo rol fue importante porque desde un ministerio, el de Bienestar Social, creó la Triple A, un aparato de muerte encargado de perseguir y liquidar opositores de cualquier orientación, sobre todo "comunista" (Triple A significa Alianza Anticomunista Argentina). La andadura de los grupos de tareas duró en acción intensa cerca de dos años, del 74 al 76. Todo se descompuso vertiginosamente.

Militares y civiles de la oligarquía local olieron sangre y comenzaron a presionar a Isabel Perón para iniciar en Tucumán operaciones “antisubversivas” encomendadas al Ejército. Poco después dieron el golpe del 24 de marzo, y se hizo la noche a plenitud. Diseñaron un plan sistemático de extermino que, para serlo, debía quedar al margen de la ley. Se crearon en todo el país centros de detención, tortura y desaparición, cuyo edificio emblemático fue la ESMA. El horror se convirtió así en política pública.

Por testimonios de sobrevivientes se sabe cuál era el método desarrollado con precisión quirúrgica para viabilizar el genocidio: después de ubicar a un sospechoso, lo “chupaban” a culatazos para treparlo a vehículos Ford Falcon sin número de matrícula, luego lo llevaban a un centro donde al margen de cualquier legalidad lo torturaban para exprimirle información. En esa situación los habeas corpus no servían de nada. El calvario para los supliciados duraba hasta que a criterio de sus captores el "subversivo" era útil como fuente de datos (nombres, direcciones, teléfonos...). Cuando se agotaban las posibilidades de sacarle más, el destino habitual era matarlo y desaparecerlo sin dejar rastro.

La desaparición, acaso el peor delito que en el mundo hay, podía servirse de incineración de cadáveres o fosas comunes, pero los militares argentinos dieron un paso más hacia el terreno de lo abominable: perfeccionaron los llamados vuelos de la muerte. Sin que los condenados tuvieran al menos el derecho de saber que los conducían a su fin, les comunicaban que habían sido elegidos para ser parte de un “traslado”, es decir, que en teoría serían llevados a otro espacio para proseguir su reclusión. Con el pretexto de que era una vacuna, un médico les inyectaba una dosis de pentotal sódico para sedarlos y así los trepaban a un camión que de inmediato se dirigía al aeropuerto, donde los subían a un pequeño avión militar (el famoso Skyvan) y ya arriba les inyectaban otra dosis de la droga. Volaban hacia el Atlántico y en la boca oriental del Río de la Plata los arrojaban vivos al mar. Tal era el procedimiento del eufemístico “traslado”, una de las mayores proezas de la perversidad latinoamericana que no podemos olvidar porque ganas no faltarán hoy de reeditarla.

Sobre este tema, y a propósito del susodicho golpe, hablaré el jueves 26 de marzo a las 7 pm en la cafebrería La Tinta (Morelos 559 poniente), de Torreón. Trabajaré sustancialmente sobre dos libros (El vuelo, de Horacio Verbitsky, y Anatomía de una mentira: quiénes y por qué justifican la represión de los setenta, de Hernán Confino y Rodrigo González Tizón) y dos documentales (Scilingo, del canal Encuentro, y Traslados, de Nicolás Gil Lavedra). La entrada es libre.

Nota. En mayo de 2024 tomé la foto que encabeza este post; el lugar es la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA). Se trata del avión Skyvan mencionado en el texto. No fue el único usado para desaparecer. En 2023 fue recuperado en Fort Lauderdale, Florida, por el gobierno argentino que lo recuperó para que formará parte del Museo Sitio de Memoria ESMA. El avión es allí un recordatorio metálico de los vuelos de la muerte.

sábado, marzo 14, 2026

Entre goles y torturas

 











En poco más de una semana, el 24 de marzo, se cumplirá el cincuenta aniversario del golpe militar perpetrado en la Argentina. Dados los vientos que corren para el mundo en la actualidad, no es impertinente tener en cuenta que el terrorismo de estado es una metodología nunca totalmente abandonada, que el genocidio siempre se expresa en algún punto del planeta, como sucede ahora en Palestina con el agravante de su exposición pública, una difusión que no ha servido para alarmar a la comunidad internacional ya subreptesentada por la inoperante ONU. Hoy es posible masacrar a un pueblo y compartir las imágenes de su devastación como si fueran entretenimiento de Netflix. “El mundo fue y será una porquería”, dice el tango y nuestro tiempo le otorga la razón.

Si no nos interesa el tema por su inevitable crudeza, por su lejanía en el tiempo y el espacio o por cualquier otro motivo, pero nos interesa el futbol y hoy aguardamos con ansia el comienzo del Mundial, hay una serie que combina materiales de las dos realidades: por un lado, el genocidio perpetrado por la dictadura argentina que comenzó en 1976, y, por otro, el Mundial celebrado en aquel país hacia 1978. Titulado Argentina ’78 (2024, dirección de Lucas Bucci y Tomás Sposato), es un gran documental basado en el libro 78: historia oral del Mundial (Sudamericana, 2018, 240 pp.), de Matías Bauso (Buenos Aires, 1971). Tanto el documento audiovisual como el de papel habilitan el recurso del pespunteo: como se dieron al alimón, los crímenes de la dictadura conviven con la euforia provocada por el futbol, la mayor pasión argentina desde hace décadas. Gracias a este zigzag, un espectador alejado de la política pero fervoroso del futbol tiene en la mesa un producto que puede ampliar su horizonte: pasar del aparentemente apolítico deporte a las modalidades más bestiales del ejercicio del poder. Dos en uno.

El libro es de difícil consecución en México, aunque hay versión electrónica. De cuatro capítulos (“El comienzo de los comienzos”, “Empieza el juego”, “Ganar o ganar” y “Gloria”), la serie audiovisual está disponible en la plataforma Disney Plus, lo cual no deja de parecer un tanto extraño. En ella, desfilan varios entrevistados, todos vinculados con la política, el periodismo y, la mayoría, el futbol. El diálogo con los personajes es acompañado obviamente por imágenes originales del Mundial, desde su organización hasta un poco más allá del partido final, cuando la dictadura quedó hecha añicos. La serie muestra el estado político y social de la Argentina durante los preparativos del Mundial, el momento en el que los militares deciden invertir dinero y energía para que cuajara un buen espectáculo cuya repercusión podía ser doblemente positiva: en el país, al lograr efusiones de patriotismo motivadas por el amor a la selección y, fuera de la Argentina, al lavar la cara de la dictadura ante el mundo que ya, poco a poco, se enteraba por la prensa del baño de sangre resultante del plan sistemático de exterminio contra cualquier sospechado de “subversión”.

En general, todo salió como esperaban los militares, aunque no sin alguno que otro contratiempo que el documental describe con suficiente detalle, como el famoso boicot orquestado por opositores de la dictadura radicados en Europa, sobre todo argentinos, aunque no únicamente. El boicot no logró su propósito, pero sí llamar la atención de la prensa internacional que sin duda comenzó a interesarse más por las tropelías del gobierno militar. Esto se anuda con otro posible contratiempo de la dictadura: la censura, cuidar que los periodistas foráneos no reportearan algo más que futbol, vigilarlos a prudente distancia para que no obtuvieran materiales sobre las desapariciones forzadas, las torturas y los asesinatos que ya hacia el 77 y principios del 78 habían alcanzado cotas de horror y eran inocultables por más que los milicos se afanaran en echarlos debajo de la alfombra.

Entre los entrevistados aparecen personajes de la selección, como el entrenador César Luis Menotti (quien seguramente fue entrevistado poco antes de morir), Roberto Saporiti (asistente de Menotti), Daniel Passarella (capitán del seleccionado) y Mario Kempes (goleador y a la postre ídolo de aquel equipo); también, Ezequiel Fernández Moores y Ailín Bullentini (periodistas) y varios corresponsales extranjeros, además de la historiadora Paula Canelo. Destacan los diálogos con Matías Bauso, autor del libro que fue cimiento del documental; con Mario Eduardo Firmenich, el único militante vivo de la dirigencia del grupo guerrillero Montoneros, y con Miriam Lewin, sobreviviente de la ESMA, el centro de reclusión, tortura y desaparición emblemático de la dictadura. Todos ellos y varios interlocutores más comparten su visión de los distintos momentos que supuso el desarrollo del extraño Mundial.

Además de lo estrictamente futbolístico, además de los avances y las dificultades que se le presentaron a la selección argentina en su paso hacia la conquista del campeonato, como la famosa y polémica goleada contra Perú, Argentina ’78 hace énfasis en la mirada que tuvieron los militantes opositores al régimen. Por eso las entrevistas a Firmenich y a Lewin son aquí fundamentales, ya que, según su opinión, era claro el propósito de los militares de manipular la mayor pasión argentina a su favor, pero también legítimo el fervor que la ciudadanía sintió por la selección del deporte que allá casi se confunde con la devoción religiosa.

La dictadura cobró clara conciencia de que el “mal humor social” provocado por la presencia militar en la vida cotidiana, las prohibiciones y la inflación podía ser paliado por el entusiasmo popular que detonaría el futbol. Pese a la sobredosis de Mundial, la política no dejó de estar presente, los grupos guerrilleros no dejaron de actuar y el gobierno de facto no dejó de reprimir con mano dura. En el ínterin, algunos periodistas extranjeros lograron sacar información valiosa, como las entrevistas a las madres en la Plaza de Mayo cuyas desesperadas voces claman a los reporteros foráneos que ellos son su única esperanza de que más allá se supiera lo ocurrido en el país.

El documento funciona en suma como crónica de un campeonato mundial que en lo futbolístico fue harto peculiar, tanto que siempre quedó la duda sobre el peso que tuvo el gobierno golpista para que la selección ganara sí o sí el campeonato (no podía ser de otra manera, pues de eso dependía la “imagen” de la banda en el poder), y como relato del espanto en el que los militares sometieron a miles de argentinos, situación que se resume en los dos sitios más representativos de la serie: el estadio Monumental, donde la selección jugó varios partidos, uno de ellos la final contra Holanda, y a medio kilómetro de allí la ESMA, predio donde se torturaba y desaparecía mientras en la cancha de River Plate se vitoreaban los goles albicelestes.

Argentina logró la copa FIFA y el fervor patriótico se exacerbó durante algunos meses, pero la realidad económica y el desprestigio del gobierno llegaron a tanto que luego saltó al vacío con la fallida recuperación, manu militari, de las Malvinas, lo que al fin terminó por acabarlo y a los tumbos obligó a restituir el proceso electoral. Un campeonato del mundo, miles de muertos y desaparecidos, cientos de bebés apropiados y una crisis económica aplastante es la ruta que recorre Argentina ’78, serie que aparenta tratar sólo sobre futbol, pero que es mucho más: una realidad todavía vigente si advertimos que la ultraderecha aquí y allá nunca ha olvidado su estilo criminal de gobernar. Basta escuchar a Trump —el peor ser humano que habita hoy en el mundo para confirmar que el peligro sigue vivito y matando.