miércoles, noviembre 04, 2026

Poner un mínimo alto

 








Las elecciones intermedias de ayer en Estados Unidos son la mejor noticia en años no sólo para aquel país, sino para el mundo. Aunque no aparecía en las boletas, se trató de un plebiscito al gobierno de Trump, el peor ser humano que habita sobre la Tierra en este momento. La alegría no es poca, pues hace todavía un mes daba la impresión de que la ultraderecha global tenía el control absoluto de las consciencias en todos los países gracias al dominio de la comunicación digital y sus dueños, los tecnoligarcas que durante décadas han acopiado datos útiles para el consumo en el mercado, la vigilancia y la manipulación política.

En menos de un mes, las redes se inundaron de noticias sobre, al menos, tres hechos clave: las protestas en Europa, el triunfo de Lula en Brasil y, ayer, la derrota de los republicanos en Estados Unidos. Viene dentro de poco otra prueba de fuego, la de España, país que se ha opuesto abiertamente al injerencismo de Trump y al genocidio en Palestina. Hoy, los candidatos de derecha y ultraderecha españoles han perdido una agarradera, pues, como Milei en la Argentina, ataron su destino al del señor naranja.

Es curioso que me asombre por el revés de Trump, cuando debería ser lo más normal en un mundo medianamente sano. De hecho, lo asombroso es que siga teniendo alguna aceptación, que a estas alturas todavía gobierne siendo lo que es, un megalómano enfermo, un mentiroso sin contención, un psicópata capaz de decir y hacer lo imprevisible para amasar poder y favorecer los intereses más siniestros, empezando por los suyos, pues bien sabido es que, en el contexto de su corruptísimo y supremacista gobierno, ha sabido acrecentar su fortuna a grados que jamás se habían visto en la figura de un presidente norteamericano.

Hace poco le decía no recuerdo a quién que deseaba escribir un mea culpa sobre los jóvenes. Me daba pena imaginarlos embebidos en las redes, metidos con ahínco en el sueño de ser influencers o estandoperos, desperdiciando su vida en la miseria de apoyar, directa o indirectamente, a los verdugos de su futuro. Me da gusto haberme equivocado o casi equivocado. En Europa, en Brasil y en no poca cantidad en Estados Unidos, los jóvenes han sido decisivos en la oposición a las ultraderechas que parecían imbatibles, todas apuntaladas por el leviatán belicista que aún reside en la Casa Blanca, orate que, por supuesto, no deja de ser peligroso para el planeta entero. Gracias a los jóvenes se ha filtrado una hebra de sol entre los nubarrones.

Sigue España, y a la par otros países que deben frenar la inercia de un orden mundial empujado por locos. Hay esperanza.