Las
elecciones intermedias de ayer en Estados Unidos son la mejor noticia en años
no sólo para aquel país, sino para el mundo. Aunque no aparecía en las boletas,
se trató de un plebiscito al gobierno de Trump, el peor ser humano que habita
sobre la Tierra en este momento. La alegría no es poca, pues hace todavía un
mes daba la impresión de que la ultraderecha global tenía el control absoluto
de las consciencias en todos los países gracias al dominio de la comunicación
digital y sus dueños, los tecnoligarcas que durante décadas han acopiado datos
útiles para el consumo en el mercado, la vigilancia y la manipulación política.
En
menos de un mes, las redes se inundaron de noticias sobre, al menos, tres
hechos clave: las protestas en Europa, el triunfo de Lula en Brasil y, ayer, la
derrota de los republicanos en Estados Unidos. Viene dentro de poco otra prueba
de fuego, la de España, país que se ha opuesto abiertamente al injerencismo de
Trump y al genocidio en Palestina. Hoy, los candidatos de derecha y
ultraderecha españoles han perdido una agarradera, pues, como Milei en la
Argentina, ataron su destino al del señor naranja.
Es
curioso que me asombre por el revés de Trump, cuando debería ser lo más normal
en un mundo medianamente sano. De hecho, lo asombroso es que siga teniendo
alguna aceptación, que a estas alturas todavía gobierne siendo lo que es, un
megalómano enfermo, un mentiroso sin contención, un psicópata capaz de decir y
hacer lo imprevisible para amasar poder y favorecer los intereses más
siniestros, empezando por los suyos, pues bien sabido es que, en el contexto de
su corruptísimo y supremacista gobierno, ha sabido acrecentar su fortuna a grados que jamás se
habían visto en la figura de un presidente norteamericano.
Hace
poco le decía no recuerdo a quién que deseaba escribir un mea culpa sobre los jóvenes. Me daba pena imaginarlos embebidos en
las redes, metidos con ahínco en el sueño de ser influencers o estandoperos,
desperdiciando su vida en la miseria de apoyar, directa o indirectamente, a los
verdugos de su futuro. Me da gusto haberme equivocado o casi equivocado. En
Europa, en Brasil y en no poca cantidad en Estados Unidos, los jóvenes han sido
decisivos en la oposición a las ultraderechas que parecían imbatibles, todas
apuntaladas por el leviatán belicista que aún reside en la Casa Blanca, orate que, por
supuesto, no deja de ser peligroso para el planeta entero. Gracias a los
jóvenes se ha filtrado una hebra de sol entre los nubarrones.
Sigue España, y a la par otros países que deben frenar la inercia de un orden mundial empujado por locos. Hay esperanza.

