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miércoles, abril 15, 2026

En materia de maldad

 









Uno de los problemas del mundo actual es la cantidad desorbitada de información y la poca capacidad que asiste a cada consumidor para procesarla. ¿Cómo ser experto en todo si sobre cada tema hay toneladas y toneladas de datos disponibles? ¿Cómo animarse a opinar de lo que sea si en cada tema hay decenas, cientos de especialistas concentrados más que nosotros en tal o cual asunto? La superabundancia de información ha creado las condiciones para la propagación de noticias falsas, como primera consecuencia, pero también para que en el ruido emerjan voces disonantes, mentirosas, violentas como la de Trump.

El manual de la comunicación política actual incluye el ruido, el demasiado ruido. Mantener atenta y confundida a la comunidad es una de las tácticas más socorridas del momento en el accionar político. Quien mejor representa la sordidez de esta gramática de la confusión es el presidente norteamericano, quien a diario, en raptos que parecen brotar de la cabeza de un psicópata, escupe una mentira, una amenaza, una crítica, una vulgaridad a cualquier punto. De aquí a que el mundo no especializado en política internacional descifra qué ha dicho, el gobernante naranja ya soltó una más de sus aberrantes declaraciones, de suerte que jamás hay tregua ni para los periodistas y académicos expertos en el tema.

En estos tres últimos días, Trump se le tiró a la yugular al papa. Unas declaraciones del pontífice enunciadas durante su viaje a Argelia sirvieron para que el magnate devenido truculento político lo criticara con frases acuñadas a su brutal estilo, ya naturalizado en el mundo. De León XIV dijo que es “pésimo en materia de política exterior” y que “debería concentrarse en ser un gran Papa, no un político”. El pontífice sólo dijo lo que se espera de él, una obviedad: seguir el camino del diálogo para alcanzar la paz.

La patada de mula trumpista sirvió para que Giorgia Meloni, la primera ministra italiana considerada una política de derecha hasta por quienes no saben nada, saliera al paso en defensa del papa. Calificó de “inaceptables” las declaraciones del megalómano rubio, quien ahora apuntó contra su hipotética aliada: “Es ella la que es inaceptable”, y añadió con su proverbial soberbia: “¿Meloni le gusta a la gente? No puedo imaginarlo. Estoy sorprendido. Yo pensaba que ella tenía coraje y en cambio me equivoqué”.

Trump tiene al planeta en vilo. Para él, la única razón es la que le otorga la razón sin titubeos. Lo digo por enésima: es el peor ser humano que hoy habita sobre la tierra, y conste que tiene competidores de tremendo nivel en materia de maldad.

miércoles, abril 01, 2026

El peor de todos








 

Unas diez veces al menos he escrito donde he podido una frase que me impuse como consigna para estos turbulentos años. No es la mera expresión de un enojo o el efectista desahogo de quien se quiere hacer el interesante, sino el sincero parecer de alguien, yo mismo, profundamente convencido de la verdad encerrada en un puñado de palabras. La consigna es esta: Donald Trump es el peor ser humano que habita hoy sobre la tierra.

La afirmación no supone a mi juicio ninguna hipérbole. Creo honestamente que el actual presidente norteamericano es el peor ser humano que habita hoy sobre la cáscara del globo. No se me oculta que entre los 8 mil millones de personas que en el mundo hay no faltarán sujetos igualmente inmorales, soberbios, mentirosos, déspotas, ruines, degenerados y malévolos que el señor naranja, pero sin un atributo que éste tiene y los otros no: el poder de la, todavía, principal potencia armada.

Luego entonces, saber que Trump es poseedor de tantos atributos negativos y al mismo tiempo de un poder de decisión inmenso, tan grande que puede invadir países e iniciar guerras, no hace sino confirmarme que es el peor ser humano, una especie de campeón indiscutible de la podredumbre y la peligrosidad, y conste que en muchos rubros tiene competidores con capacidades formidables para dañar.

Alguien podrá invocar prudencia y decir que no podemos saber exactamente qué es o cómo es el inquilino principal de la Casa Blanca. Creo que no es necesario ser muy brillante para entender que Trump es su gestualidad y su discurso, formas expresivas en las que le escurre la abyección a borbotones. Son elocuentes la mirada, el ceño, la sonrisa, la rabia que se dibujan en su cara de acuerdo a los temas que farfulla, pero más lo son sus frases: una máquina de insultar y de mentir.

Por esta razón vi con optimismo las manifestaciones denominadas “No Kings” del 28 de marzo en muchas ciudades grandes y pequeñas de EUA, una de ellas encabezada admirablemente por Robert De Niro. Saber que se va creando una fuerza mayoritaria de repudio es un signo quizá no tan pequeño de que el mundo, después de todo, todavía conserva algo de sensatez y en las horas más difíciles es aún capaz de caminar en una misma dirección.


sábado, febrero 21, 2026

Error de cálculo

 






He escrito y publicado que la derecha que más puede influir en México, así sea como mera imitación autóctona, forma un triángulo cuyo centro geográfico es el Atlántico. Sus ángulos lo forman EUA, España y Argentina. El avance en esos países de líderes cargados hacia la carnicería postneoliberal ha dado como fruto la llegada de Trump y Milei a sus respectivos gobiernos, y en España ha significado el avance de una derecha rancia, retrógrada y violenta encabezada por el partido Vox, cuyo líder es Santiago Abascal, a quien dicho sea de paso ha asesorado el Yunque, buque insignia mexicano convertido pues en nuestro segundo producto de exportación facha luego del éxito logrado por los legionarios de Marcial Maciel, su chilesuelto fundador.

Las políticas adoptadas por Trump y Milei no dejan espacio a las dudas sobre su filo antipopular. Ante tales políticas podemos asumir dos posturas: que se impondrán a marrazos o que no se impondrán gracias a la oposición que generen. En ambos casos, creo que la ultraderecha comete un error de cálculo. Si avanzan, la oposición a sus medidas no tardará en manifestarse incluso de manera violenta, lo que dará pie a reconsideraciones en sentido contrario, es decir, social y económicamente más moderadas; si son frenadas, se sentará un precedente que confirmará la pertinencia de la lucha social para impedir medidas y reformas regresivas.

En este momento se debate la aprobación de una reforma laboral a todas luces sádica en la Argentina de Milei. Probablemente sea aprobada por un congreso comprado/extorsionado, pero insisto: quienes la promueven han calculado mal. Ya en este momento hay protestas muy fuertes que se intensificarán apenas arrecien los despidos masivos y la caída en desgracia de los salarios y el consumo, además del crack de la industria apuñalada por importaciones indiscriminadas. La Argentina, no exagero, puede pasar al caos si Milei y sus secuaces, instruidos por el FMI, avanzan en la demolición del país.

Es casi un hecho que la reforma (presentada como “modernización” de la ley laboral) será impuesta, entre otras razones más generales, por lo que Ángelo Albanese, académico argentino del Conicet (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas) publicó con buen ojo en un apunte de twitter que tituló “La furia de los invisibles”: “La reforma laboral va a salir porque el laburante precarizado odia al trabajador formal. Así de simple y duro. Este es un resultado cultural que viene incubándose desde hace una década. Para ellos, tener una obra social o vacacionar son privilegios. El precarizado odia los retazos solidarios del Estado colapsando porque a ellos no los ayudó nunca nadie. Y eso es cierto.  Quisieran que la sociedad sea una jungla donde el individualismo sea una carta a su favor. Si siempre la pelearon solos creen, esperanzadoramente, que son más fuertes que otros trabajadores. Que son más duros que aquellos [que] vivieron arropados por aguinaldo o licencias médicas. Se sienten interpelados por la explotación porque no conocen otro régimen de vida. Creen que es injusto que el 30 o el 40% de PEA [población económicamente activa] que vive en la formalidad, no experimente la incertidumbre y la falta de posibilidades que ellos padecen. Quieren, también, revanchismo. Ese es un mérito de Milei, haber sabido seducir a ese sector. Un sector que, a su vez, detesta el discurso de justicia social porque vivió en carne propia cómo sus condiciones de vida vienen cayendo desde hace varios gobiernos atrás. En el abismo ven luz.  Pero es terrible, nos dirigimos a toda velocidad al abismo”.

Deseo ser optimista frente al desastre circundante porque creo que todavía quedan anticuerpos en la masa de los trabajadores no sólo argentinos, sino de muchos países que luchando a los tumbos o como sea han conseguido lo inimaginable hace algunas décadas: mejores salarios, jornada de ocho horas, vacaciones, derecho a la salud, aguinaldo, pensión… La Argentina es un laboratorio de la ultraderecha mundial: si allá talan derechos y no pasa nada, lo mismo harán otros países. Pero no funcionará, ahora mismo ya no está funcionando, pues luego de dos siglos de luchas de los trabajadores y trabajadoras en el mundo no será fácil para el poder fascistizado cercenar conquistas sin oposición popular.

En una entrevista reciente, Thomas Piketty señaló que “hay una marcha hacia la igualdad que viene de lejos, que es un fenómeno de largo plazo y que se nutre a veces de revoluciones, pero más generalmente de rebeliones, de peticiones de más igualdad”. Esas luchas que vienen de lejos no se borrarán nomás porque a un gobierno lacayo del poder financiero se le ocurra modificar leyes a conveniencia de unos pocos y desgracia de millones. El avance antiderechos laborales no lo veo, por ejemplo, tan fácil de ejecutar en México, y menos con el desastroso caso argentino tan a la vista. Lo mismo pienso que ocurriría en Chile pese a la llegada a la presidencia del nazi confeso José Antonio Kast, quien al parecer intentará emular en lo que se pueda a su vecino de la motosierra, aunque le será complicado, supongo que imposible, impulsar reformas cavernícolas como las argentinas.

La historia no ha caminado tan en vano. El experimento argentino terminará mal y entonces las trabajadoras y los trabajadores del mundo estarán advertidos y preparados para los hachazos que les quieran propinar en casa.

miércoles, enero 28, 2026

Efecto naranja

 







Los oriundos de la modernidad, el periodo que cubre, más o menos, de la Revolución Francesa al desgajamiento de la URSS, no podemos habituarnos todavía al aire que sopla para la humanidad de este momento. Tras el derrumbe de los grandes relatos que explicaban el mundo y la irrupción de la posmodernidad, ha crecido la idea de que se puede regresar al despotismo y conculcar derechos conseguidos a durísimas penas sobre todo tras la propuesta del estado de bienestar que se aceleró poco después de la Segunda Guerra. Que el Estado se inmiscuyera en la procuración de alimento, salud, educación, vivienda y demás obra pública gozaba hasta hace pocas décadas de una sanción variablemente positiva, lo que se vio aparejado por la conquista de derechos y un avance notable, entre otros, del feminismo y la conciencia ambiental.

Esta situación cambió drásticamente en las dos décadas más recientes, lo que coincide con la invención del smartphone y la creación de las redes sociales. Sin que fuera muy evidente para la mayoría (todavía no lo es), una nueva ola de pensamiento político adquirió los peores rasgos del comportamiento en las redes: la agresividad, la banalidad, la emocionalidad, la espectacularidad pasaron a caracterizar el modo de comunicar lo social y lo político, y se extravió todo rastro de densidad y espíritu comunitario. El auge de la nueva derecha se inscribe en esta inercia global: ahora, en el río revuelto de las redes, las fake news y la IA se puede decir lo que sea, y no sólo decirlo, sino algo peor: hacerlo.

El caso extremo de esta relajación de los principios, aunque no el único en el mundo, es el de Trump. Antes, durante y después de su primer mandato le escurría de la boca machismo, racismo, clasismo, pedofilia y autoritarismo comprobado en miles de notas de prensa, y de todos modos repitió mediante el voto su estancia en la Casa Blanca. Si esto es de por sí increíble, el magnate naranja dio otras vueltas a la tuerca desde el 3 de enero: pasó del discurso a la acción no sólo en patios ajenos, sino también en su país. Tal muestra de brutalidad no es la causa, sino el efecto de un padecimiento social que prohijó la aparición de un tirano al que el pueblo permitió llegar y sólo el pueblo podrá, esperemos, defenestrar. Si no lo hace, tendremos vesania para rato.

miércoles, septiembre 17, 2025

Metáforas del espacio


 









Como ocurre con otras tantas ignorancias, cualquiera puede vivir sin geografía. Para seguir de pie y respirando no es necesario aprender el nombre de los continentes, sus países y capitales. Tampoco sirve saber algo sobre los océanos, los mares y los ríos. La vida se puede vivir sin saber de cordilleras, de montañas, de cañones. Es común, pues, andar por la existencia sin geografía.

Entre lo que pude haber sido y no fui, pero sé que me apasiona, está esa disciplina inútil para tantos y tantos: la geografía. Sentí su atracción desde la primaria, en los libros de texto. Supongo que, a diferencia de la mayoría de mis compañeros, los mapas despertaban mi imaginación. La peculiar forma de México me parecía espectacular, perfecta en su definición y equilibrio. En nuestro país encontraba figuras. Durango, la entidad donde nací, tenía algo de corazón; Puebla era una especie de tiburón, San Luis, un perrito, y Nuevo León se coronaba con un señor de sombrero norteño. Me asombraba la forma de mamut que tiene Alaska, o de bota que tiene Italia, o de cara que mira al occidente que tiene la península ibérica. Todavía hoy me parece raro que un mapa, siempre imaginado como algo amorfo, tenga forma perfectamente rectangular en los estados gringos de Colorado y Wyoming.

El caso es que desde mis primeros recuerdos de contacto con los libros, los mapas han estado cerca de mi interés, y nunca olvidaré la alegría que gocé de adolescente cuando a casa llegó el primer atlas. Tenía el tamaño adecuado, muy grande, de atlas, y durante muchas tardes viajé en sus páginas como si la mirada volara en un avión.

Mi memoria nunca fue muy hospitalaria, pero lo básico sí se le pegaba. Sin esfuerzo, sólo por la buena costumbre de visitar y revisitar el atlas, di con la ubicación de los países, aprendí sus capitales, recorrí el curso de sus ríos. Sentí siempre, hasta ahora, mayor identificación con Latinoamérica, y todavía es hora que exploro sus rutas, sus pequeñas ciudades, siempre con el sueño utópico de visitarlas alguna vez.

Una costumbre del gustoso de la geografía es la de ir al mapa luego de pasar por algún sitio. Traigo dos ejemplos: en un viaje de 2007 fui de Buenos Aires a Tucumán, en Argentina, quince horas de carretera. El autobús paró en la madrugada para que la gente comiera algo. Bajé, recuerdo que pedí café y pan, y conversé con un pasajero. “Estamos en Ceres”, me dijo. Pasado un tiempo vi el mapa y ya jamás olvidé que estuve veinte minutos en Ceres, provincia de Santa Fe. Algo parecido me ocurrió de Madrid a San Sebastián: el ómnibus paró unos minutos, el tiempo justo para un café, en Aranda de Duero, y pasado un tiempo fui al mapa y el lugar quedó fijo en mi memoria.

Ese ir de la realidad al mapa y del mapa a la realidad, cuando se ha podido, creo que es un vicio de geógrafo. Yo no lo soy, pero sí un buen aficionado a la fascinante cartografía, a esas metáforas del espacio que son los mapas.

sábado, junio 14, 2025

Vientos de represión

 









Ver el espectáculo de la represión en EUA me recuerda que el pensamiento de derecha ha ganado terreno a grandes zancadas en el alma de la humanidad. Cada vez más ultra, la derecha del mundo sostiene que su lucha se debe a que desde hace muchos años va perdiendo la “batalla cultural”, lo que para ella es evidente en la orientación dominante en las universidades, en los derechos cada vez más amplios conquistados por y para la mujer, en los subsidios del Estado a la salud y a la educación públicas, en el desarrollo de los derechos humanos y otras prerrogativas conseguidas, en teoría, por la izquierda. Es hora de voltear todo eso, subraya la derecha.

La verdad es que los supuestos triunfos de sus adversarios zurdos son pírricos, apenas un poco de lo que se ha arrebatado a la voracidad del capitalismo, el tímido “estado de bienestar” que para la derecha siempre equivale a “comunismo”, a “dictadura”, como se etiquetó al gobierno apenas socialdemócrata de AMLO. Lo cierto es que la batalla cultural en verdad va siendo ganada, con ventaja, por el pensamiento fascistoide cada vez más explícito, como lo ha observado el psicoanalista Jorge Alemán. Se nota en todos lados: en los medios de comunicación, en las redes sociales, en los simples grupos de WhatsApp que hoy son indicador del pulso comunitario. Recuerdo que durante los procesos electorales se dejan venir a borbotones el odio y el simplismo con garrote de amigos y amigas que exhiben claramente, sin tapujos, al no tan pequeño granadero que llevan dentro. Los caracteriza el uso permanente de expresiones violentas y meritocráticas, la articulación de (por llamarlos de algún modo) argumentos que sin muchas variantes podrían ser los de Trump, Milei, Abascal, Bolsonaro, Netanyahu, Macri, Bukele y demás abanderados de la libertad y la sagrada teoría del derrame. Si este discurso no gozara de solidez en la batalla cultural, ¿cómo se explica que tales sujetos hayan ganado elecciones y tengan ahora tanto peso en la vida de millones de personas?, ¿cómo se explica el holocausto en Palestina, atrocidad de atrocidades, sin que genere la indignación del planeta entero y el repudio unánime a Benjamín Netanyahu, el Eichmann judío? La batalla que van perdiendo en realidad es lo contrario: una batalla que van ganando y en la que no deben aflojar porque el objetivo es aniquilar todo derecho social, por minúsculo que sea, sin desdeñar jamás las indicaciones del manual cárcel o bala a toda protesta colectiva. La motosierra de Milei es uno de los mejores emblemas de tal emprendimiento, aunque no el único. La motosierra: vaya metáfora de la bestialidad convertida en política pública que busca acabar con el Estado con recursos del Estado.

En Estados Unidos muchos votaron el retorno de Trump. No sólo los muy ricos adhirieron a su figura, sino también miles de “pobres de derecha” seducidos por la retórica estridente del energúmeno que pernocta en la Casa Blanca. Lo impresionante es ver en esto que la gente vota a sus verdugos, a decir del politólogo brasileño Jessé Souza. Muchos ciudadanos creen, como ocurre en la Argentina, que la barbarie de los gobernantes que han elegido no llegará a cagarles la vida. Tremendo error. Muy poco después de haber asumido, como Trump y Milei ahora, esos gobernantes muestran la hilacha, sus planes despiadados contra obreros, estudiantes, científicos, jubilados, mujeres, discapacitados, enfermos, migrantes, pequeños empresarios y demás. Luego de sus triunfos electorales, no pasa mucho tiempo para que se manifieste el exceso de Estado en un solo rubro de la economía: el represivo. Todo se recorta, menos la inversión estatal en macanas, escudos, balas y gases lacrimógenos destinados a quienes abracen la mala idea de quejarse en las calles.

La etapa superior del fascismo (un fascismo que hoy se hace del poder por la vía mediático-electoral) sólo sabe ejercer el gobierno en términos depredatorios, de allí que muy pronto suelan poner en marcha protocolos de aplastamiento a la protesta social. El caso más saliente del momento es el de Milei y, de última hora, el de Trump contra los migrantes. No sé en EUA, pero en la Argentina el orate que ejerce de presidente terminará mal. Ignoro cuándo, pero apuesto lo que sea a que la economía se le vendrá al suelo porque su éxito con la inflación, el equilibrio fiscal y el control del dólar son un embuste más grande que la generosidad del FMI. De ahí la condena de esta semana a Cristina Fernández: a punta de lawfare era necesario encarcelar a la única persona capaz de abrir una opción política al tendal de miseria y descontento que dejará el gobierno cruel y ridículo del ridículo y cruel Javier Milei, un títere de la ultraderecha global que más temprano que tarde tronará como fusible.

sábado, mayo 17, 2025

Wako en tiempo real

 












Los documentales son una manera de acercarse al pasado propio y ajeno. Vi recién en Netflix el (muy bien) titulado en español Wako: el apocalipsis texano (Tiller Russell, 2023), y quedé sorprendido por todo lo que recordaba de aquel hecho pero más por todo lo que se me había evaporado de la memoria. Mientras pasaban los capítulos de la miniserie pendulé de lo que veía en la pantalla al recuerdo de los días en los que comentaba el suceso con mis compañeros de la revista Brecha. Más de treinta años después, sentado frente al televisor en la comodidad de mi sala, las horrendas imágenes de Wako, Texas, me trajeron a la mente las gratas imágenes de aquel tiempo querido en el que yo, sin saberlo, era joven y feliz aunque me esforzaba por parecer viejo y desdichado debido a la absurda creencia de que eso le calzaba mejor a la condición de escritor que ya asumía.

Para no reborujarme en estos párrafos, primero doy cuenta de aquel momento, lo que recordé al ver el documental. Era 1993, y estaba por concluir el sexenio gandalla de Salinas de Gortari. No faltaba mucho pues para que reventara la burbuja de su supuesto buen gobierno, tal vez el paso más sólido de nuestro país en su adhesión al neoliberalismo, palabra que en aquel tiempo cundió en todos los discursos políticos y académicos, como la plaga que era. Se hacían realidad las recetas del Consenso de Washington que en México se materializaron con una oleada de opacas privatizaciones y la cocción del TLC que entraría en vigor a partir del año siguiente.

Aunque el gobierno de Salinas se afanaba por subrayar que vivíamos el estallido del progreso en nuestro país, lo que estalló fue otra realidad: el EZLN abrió el 94 con su levantamiento, al que le siguieron las turbulencias por los asesinatos contra Colosio y Ruiz Massieu que terminaron en la elección por descarte del redivivo Zedillo, ahora recién elevado a la categoría de prócer del 68.

Eran tiempos políticos harto viscosos, y en la redacción de la revista nos reuníamos para comentarlos no sin algún gesto de inquietud, pues parecía que todo se pudría ante nuestros ojos. Mis principales interlocutores eran Óscar Fernández y Jaime Arellano, pero se sumaba quien anduviera por allí. Sin saberlo en ese momento, aquella fue mi mejor universidad, pues en ese espacio aprendí a los empujones —por mero instinto de supervivencia— a revisar, editar, diseñar, coordinar y por supuesto a escribir artículos, entrevistas, reseñas y columnas, todo lo que se necesitaba para tapizar las páginas con algo que intentaba satisfacer al lector.

En ese caldo ocurrió lo de Wako que ilustra el susodicho documental de Netflix. Lo vivimos, como todo el mundo, en tiempo real, con escenas diarias de las cadenas norteamericanas. Como sabemos, el 28 de febrero de 1993 la sede de una secta, los davidianos, ubicada en un tal Monte Carmelo, fue visitada por autoridades con una orden de allanamiento debido a la presunta posesión de armas ilegales. El operativo fue torpe, bravucón a la manera represiva gringa, y fue recibido a balazos por los miembros de la secta. De inmediato se supo en todo el planeta que era comandada por David Koresh, seudónimo de Vernon Wayne Howell, quien a la usanza de todos los iluminados de su índole se creía un elegido del altísimo. Lamentablemente, para sus adictos sí lo era, así que lo seguían como los patitos a su madre.

Ya en el primer encontronazo hubo muertos de ambos bandos, y lo que siguió fue un estira/afloja entre los davidianos contra el FBI y otras fuerzas del Estado norteamericano. Koresh se ponía al teléfono con los negociadores, pero no cedía. El cerco armado afuera de la edificación duró 51 días, y además de francotiradores se habían dispuesto tanques de guerra y, más al margen, un enjambre mediático.

Al ver el documental me hice de una conclusión que jamás había pensado: que Koresh nunca se entregaría, que en su locura fundamentalista estaba dispuesto a lo que en efecto terminó siendo el desenlace: la inmolación de toda la comunidad de fanáticos, que incluía niños y no excluía, obvio, al redentor Koresh. En los días del asedio habían liberado a muchos pequeños y a varias mujeres, pero dentro del Monte Carmelo murieron más de setenta personas devoradas por el fuego que ellas mismas provocaron, según creo, aunque también muchos culparon de tal clímax a las autoridades. Esto sucedió el 19 de abril de 1993, día en el que todo quedó reducido a escombros y cenizas davidianas. El documental de Netflix está dividido en tres capítulos: “En el principio”, “Hijos de dios” y “Fuego”, así que además de ser bueno, es breve.

Un hecho importante y final: entre quienes se aproximaron al cerco numantino contra la secta estaba Timothy McVeigh, simpatizante de los davidianos que dos años después, el 19 de abril de 1995, perpetró el atentado terrorista en la ciudad de Oklahoma. Fue su venganza por lo ocurrido en Wako. Lo despacharon mediante una inyección letal hacia 2001.

miércoles, enero 22, 2025

Regreso indeseable

 







El regreso se Trump a la Casa Blanca confirma que la llamada “batalla cultural” ha sumado un nuevo triunfo para la ultraderecha del mundo. Casi no era necesario tal retorno para saber que cunde en todos lados una actitud de simpatía por las inercias colectivas del individualismo y la entrega acrítica a los patrones de consumo como única posibilidad de coexistencia. Es en este caldo de cultivo donde echan raíz personajes estrafalarios como el actual presidente norteamericano, tipos que operan con mentalidad de capataces, no de estadistas.

Muchos pensadores han destacado que a la ultraderecha ya no le apena mostrarse como lo que siempre ha sido y poco antes todavía disimulaba un poco. Es un signo claro de los tiempos. Estos sujetos y sus adherentes pueden ser hoy desembozadamente racistas, homofóbicos, clasistas, colonialistas, negacionistas y todo lo repugnante que podamos sumar. Lo curioso es que ahora, lejos de perder simpatías y concitar rechazo, enganchan bien con colectividades que coinciden con sus ideas, si es que podemos llamar ideas a toda esa viscosidad despojada de pudor, vomitiva por su cabal falta de humanismo, espesa de agresividad contra todo lo que se aparte un pelo de sus creencias.

Apenas llegó, el exitoso empresario y redivivo presidente puso en marcha lo que hace poco se codificaba sólo como amenaza. Sin apego a las maneras habituales de la política y como el troglodita que es, puso en marcha iniciativas contra migrantes, nuevos aranceles, militarización en la frontera con México y repugnante agandalle geopolítico, entre otras barbaridades, engreído como Atila con corbata.

Ante tal sujeto —y otros que, como él aunque con mucho menos poder— no está de más preguntarnos hasta dónde ha llegado la “servidumbre voluntaria”, para decirlo con Étienne de La Boétie, de la ciudadanía que lo votó y apoya formas de actuar en las que siempre están implícitos el egoísmo y el odio, rasgos que pueden ser identificados con el neofascismo más sincero, como se pudo ver en el saludo ridículo y temible del Duce Musk.

Son malos tiempos pues para la solidaridad y el respeto. Lo que se avista con el flamante presidente es una amenaza para todos, incluso para quienes votaron por él y se creen salvados.

sábado, noviembre 16, 2024

Dualidades en La cocina


 








No es la primera vez, ni será la última, en la que una masa infinita de realidades será contada a partir de un símbolo. Así procede el arte y así procede, de hecho, la mente humana: el símbolo es una simplificación, una reducción asequible para la inteligencia, una sinécdoque, figura retórica de suma utilidad pues supone la elección de una parte para describir un todo. Emplear este recurso nos permite comprender, razonar, generalizar, como cuando a partir de un hueso fósil es posible reconstruir al dinosaurio o como cuando una muestra estadística abre la posibilidad de intuir la orientación de un grupo mayor.

Esto hace La cocina (2024), película de Alonso Ruizpalacios (Ciudad de México, 1978), cineasta que con una parte —la cocina de un restaurante neoyorquino— ha logrado describir el todo de una compleja realidad, la norteamericana en sus costados económico y social con énfasis en la migración y el choque cultural. Emprender una síntesis de este tamaño, como podemos imaginar, es un desafío riesgoso, y Ruizpalacios lo acomete y lo consuma, creo, satisfactoriamente. Se trata pues de un film que debemos entender en clave sinecdóquica: todo lo que en él se expone es apenas una pieza representativa del rompecabezas norteamericano, de ese leviatán en el cual el mercado y la competencia pueden llevar al estrellato o hacer picadillo la voluntad más férrea de nativos y, principalmente, de fuereños.

Pero detenernos en el asunto y su abordaje es enfocar la mirada en uno solo de sus aciertos. Tiene otros méritos, a mi parecer, notablemente alcanzados, elevados “a la altura del arte”, como dijo López Velarde de Cuauhtémoc, el “joven abuelo”. Ese arte está muy claramente impreso en vectores técnicos como la banda sonora, la elección de la locación principal, la edición y la fotografía. En ellos, asimismo, laten dualidades que operan en el espectador como pauta de los contrastes y las tensiones que Ruizpalacios ha deslizado en su guion para perfilar dos mundos.

La primera dualidad contrastante se da en el plano de la música. En muchos momentos de la cinta el fondo sonoro podría ser considerado exquisito o culto, muy ad hoc al contexto neoyorquino, summum de cosmopolitismo: “Little girl”, Andrea Litkei-Ervin Litkei; “Your sweet love”, Lee Hazlewood; “Central Park”, Tomás Barreiro; esta música se contrapone al uso recurrente del tema norteño “Nomás un puño de tierra” en la versión, si no me engaño, de Los Bravos del Norte. Tal pieza no sólo remite a México, sino que en algunos versos su letra parece describir la biografía del protagonista, además de que el estribillo es un sutil presagio del final. Otra dualidad es evidente: la elección de la fotografía en blanco y negro fuerza la sensación de que en el contexto abordado, el norteamericano, la realidad termina por establecerse en términos polares, como negra o como blanca, como triunfo o como fracaso, y no como el espacio colorido que se vende en la publicidad del “sueño americano”. Un contraste más se da en el microcosmos donde se desarrolla la historia: la cocina; mientras son escasas las escenas en la zona del pulcro y vistoso restaurante, las del reducto donde se preparan los alimentos son amplias y caóticas, y allí, en esa especie de cárcel, se hacinan los trabajadores y viven amagados siempre por el látigo verbal de un capataz, el chef que vocifera como déspota. La elección de este espacio no parece gratuita si pensamos que la cocina es, en general, uno de los escenarios más estresantes del mercado laboral, casi una prueba de fuego para el temple de cualquier trabajador, pues la paciencia de los comensales dura lo que dura un platillo caliente, y más en la ajetreada Times Square.

Dos dualidades más, entre otras que de momento no menciono, pueden ser destacadas en La cocina: la pasión desbordada y festiva de Pedro (Raúl Briones), el cocinero mexicano, frente a la frialdad y el pragmatismo de Julia (Rooney Mara), la mesera norteamericana. El mejor ejemplo de su contraste se da cuando hacen el amor en el frigorífico: aunque él se vuelca en ella con fervor, el carácter de la chica parece corresponder al gélido sitio donde se entrega al mexicano. Un último contraste, por ahora, es el marcado por la personalidad pétrea y la facha caucásica de Max (Spenser Granese) en contrapunto con la actitud dicharachera y relajada de Pedro, su rival dentro de la cocina.

Los ingredientes mencionados se mezclan sutilmente en la historia que arranca con la llegada de Estela (Anna Díaz), poblana que, sin dominio del inglés, llega a NY en busca de Pedro, quien trabaja como cocinero en The Grill. Luego de avivarse frente al gerente Luis (Eduardo Olmos), Estela ingresa al espacio laboral de la cocina y reencuentra a su paisano en una de las “islas” de la cocina. Muy pronto aparece un conflicto que correrá discretamente paralelo a la trama: el dueño y el contador de The Grill le comunican al gerente que algún trabajador ha robado poco más de 800 dólares, y los tres deciden encontrar y escarmentar al culpable sin apelar a la policía. Pero este conflicto es una finta, pues lo importante es adentrarnos en la normalidad aparente de la vida laboral yanqui y, sobre todo, en la idiosincrasia del trabajador mexicano, más dado a no dejarse devorar por las heladas rutinas del sistema, de ahí que en un punto de la historia los mexicanos que chambean en la cocina, dentro del estrés que implica preparar platillos urgentes, dicten cátedra de albures, es decir, de ludismo verbal, de relajo para desactivar la brutalidad del engranaje laboral gringo. La pregunta es simple: ¿puede el alma mexicana salir adelante en una realidad que la oprime y apenas deja resquicio a la vitalidad y el juego característicos de nuestra índole? Pedro es el conejillo de Indias, y en al menos dos momentos insinúa que su idea es volver a México, esto para significar que el mundo norteamericano no le cuadra, que él quiere estar con los suyos, lo cual, en NY, es una flaqueza que suele pasar factura. Si un mexicano desea mantenerse vivo en EUA, no es recomendable que entone la “Canción mixteca” ni abra cancha a la nostalgia, sino adaptarse bien y pronto a los severos usos y costumbres del lugar.

El problema es que Julia, la gringa, no cede pese a que está embarazada del mexicano, sobre quien, además, recaen las sospechas del robo de los 800 dólares. El gerente sabe de la relación entre ambos y cree, maliciosamente, que Pedro está jugando, que Julia sólo es “el amor de su visa”. Todos ignoran que Pedro va en serio, que es un querendón a la mexicana, que en verdad está enamorado y lo que menos desea es permanecer en EUA o aprovecharse de una mujer para agenciarse “los papeles”. La historia, así, avanza hacia una resolución sorpresiva que nos permite vislumbrar la impiedad, la malditez esencial del “sueño americano”.

La cocina, estrenada en febrero de este año en el Festival de Cine de Berlín, narra una historia compleja y es además un trabajo muy bien logrado en lo técnico, y en este sentido su pasaje más memorable es el vertiginoso plano secuencia (de más de diez minutos) que Ruizpalacios desarrolla de la cocina al restaurante y del restaurante a la cocina. Otro de sus méritos indudables está en el casting y en las actuaciones de Raúl Briones, Rooney Mara, Motell Gyn Foster y Eduardo Olmos, lagunero, este último, que junto con Cristina Rodlo es una de las actuales cartas de la actuación torreonense en el cine internacional, para decirlo asimismo con una dualidad.


sábado, septiembre 11, 2021

El 11 de septiembre aquel

 







La vida se va rápido. Hoy es 11 de septiembre de 2021, así que no me resulta difícil recordar aquella mañana de hace veinte años en la que desperté, como casi siempre, a las razonables siete de la mañana. Mientras preparaba el desayuno para mi primera hija vi que el televisor estaba en llamas y los conductores de noticieros se desgañitaban con la mala nueva de las Torres Gemelas. Mi hija cursaba su kínder en la Pereyra, jardín de infantes ubicado más o menos donde hoy está el área de salchichonería del HEB Independencia, así que apuré el trance de atragantarla con el desayuno, llevarla a su escuela y volver a casa para seguir uncido a la pantalla. Todavía a las ocho de la mañana no dimensionaba la importancia de lo que estaba pasando, y nadie podía hacerlo sin incurrir en especulaciones y vaguedades.

Se hablaba ya, claro, de terrorismo, pero todo era confuso, pues resultaba muy extraño que en la ciudad más poderosa del mundo fuera a ocurrir lo que veíamos en vivo. Al lado de los conductores de noticias, como Javier Alatorre o López Dóriga, destacaba el recuadro con la toma en vivo desde Nueva York, y una y otra vez las repeticiones de la primera torre en caída libre. Pasaban los minutos y poco a poco se iba sabiendo un poco más acerca del avionazo. Todavía no le hacíamos ni mediana digestión al desaguisado cuando en las pantallas, como si fuera el efecto especial de una película, otro avión se incrustó como venablo en el pecho de la segunda torre. Este segundo impacto lo vimos en vivo, no como repetición. Recuerdo que para los locutores fue inevitable recurrir al tópico: que el avión entró como cuchillo en mantequilla, la comparación más manoseada en aquel momento.

Sin suspender la atención al televisor al menos de oídas, me bañé a la velocidad de la luz y seguí pendiente de los detalles compartidos por los reporteros y los conductores. A lo lejos, todavía difusamente, ya sospechaba que aquello era o parecía un parteaguas, un acontecimiento que cambiaría en algo la dinámica de la sociedad norteamericana o quizá mundial. Era demasiado pronto para saber hasta dónde se extendería la onda expansiva de la tragedia.

Me vestí de prisa. Esa mañana había pedido permiso en la universidad para atender una actividad cultural recientemente puesta en marcha por mi amigo Saúl Rosales en el Teatro Isauro Martínez: el Café Literario. Era martes, y me tocaba guiar la sesión en la que un grupo de lectores, sobre todo de lectoras, y un coordinador desmenuzan un cuento previamente leído por todo el grupo. Recuerdo que llegué a las 10:30 para comenzar la sesión, y dados los acontecimientos, la literatura cedió su lugar a la noticia de momento. La hora y media de la sesión se nos fue en el comentario de los detalles que a retazos todas y todos habíamos pescado desde la mañana.

Lo que pasó después lo fuimos sabiendo con el paso de los días, de las semanas, de los meses y de los años. Fue un atentado a las dos torres y a una parte del Pentágono, se lo atribuyó el extremismo de Medio Oriente, pero con el tiempo se soltó la especie de que fue un autoatentado para justificar una política de guerra contra las denominadas “nuevas amenazas” opuestas a “la libertad”. Diez años antes se había desgajado la URSS, así que la inercia armamentista y agresiva norteamericana necesitaba un casus belli poderoso para invadir países y continuar con su dinámica expansionista. Vayan ustedes a saber qué era cierto y qué no, pues ya para entonces comenzaron a rodar sin freno las fake news y las llamadas postverdades.

No sé si todos los que ahora tenemos cierta edad recordamos dónde estábamos el 11 de septiembre aquel. Yo sí: metido en la literatura, como casi siempre.

sábado, junio 06, 2020

Probadas de apocalipsis













Fueron escenas parecidas, ambas policiales y abusivas. En el primer caso, un agente norteamericano retiene a un hombre negro que, bocabajo, suplica un poco de piedad para poder respirar; la rodilla del oficial, sin embargo, pasa varios minutos haciendo severa presión en la nuca del detenido, quien a la postre murió; todo queda grabado por cámaras de seguridad y por celulares de transeúntes. En el segundo caso, más cercano a nosotros, un joven es detenido en Guadalajara frente a una cámara de teléfono que registra el diálogo entre los testigos del hecho, que reclaman exceso de fuerza, y los policías retadores. Poco después de haberse realizado esa toma, el detenido es declarado muerto por golpes en el cráneo.
Estas dos historias fueron difundidas en las redes sociales y se convirtieron, como dice Roberto Bardini, en la chispa que incendió la pradera: inmediatamente motivaron a muchos cientos, miles de jóvenes a cobrar venganza contra cualquier elemento policiaco a la vista. Las imágenes de Estados Unidos, “dantescas” si se nos permite el lugar común, hicieron recordar otros momentos de la tensa relación entre la población negra y las autoridades policiales norteamericanas, particularmente la detonada tras la golpiza perpetrada contra Rodney King en 1991, también grabada en un video que no dejó lugar a dudas sobre los excesos de los uniformados. Lo peculiar en el caso de George Floyd es que los reclamos y la sed de venganza no sólo corrieron a cargo de civiles negros, sino también de miles y miles de blancos igualmente iracundos. A una escala menos numerosa, aunque importante si nos atenemos a los antecedentes nacionales, una muchedumbre de jóvenes atacó patrullas y el edificio de gobierno de Jalisco en demanda de justicia para Giovanni López, y la protesta también tuvo algún eco en la capital del país.
Podemos resaltar dos detalles en las acciones de la policía: en ambos hechos hay un claro exceso en el uso de la fuerza y en ambos hay cámaras listas para grabar una parte sustancial de los desaguisados. Si a esto añadimos el alto nivel de crispación prohijado por las sociedades actuales ensañadas sobre todo contra los jóvenes al negarles oportunidades y estabilidad, es harto necesario que la policía y cualquier otra autoridad afín maneje bien sus protocolos de actuación en detenciones y demás contingencias violentas. De no ser así, cualquier abuso grabado en audio y video de un mal policía puede derivar en lo que recién vimos: escenas apocalípticas en un mundo ya de por sí apocalíptico por epidemias y recurrentes crisis económicas.

sábado, junio 01, 2019

Trato a Trump





















Como ocurre ya no con frecuencia, sino siempre, la carta de López Obrador a Donald Trump provocó una epidemia de especialistas en diplomacia que en todos los soportes a su merced explicaron por qué sí y por qué no habían sido correctas las líneas dirigidas por nuestro presidente al de los Estados Unidos. Colocado al margen, lo más que puedo, de la simpatía por lo que sigue quedando del proyecto de reconfiguración nacional emprendido por el actual gobierno mexicano, leí la carta y salvo dos o tres frases innecesarias, no veo mal su contenido ni su forma, y tampoco veo mal algo más sutil: su tono, la coloratura del tratamiento que la anima.
Lo primero que uno debe preguntarse es elemental: ¿cómo puede ser tratado Donald Trump? Por supuesto, si somos mexicanos de a pie, ciudadanos como usted y como yo, la tentación de la dureza es muy grande, casi el único camino: señalar con toda solidez al mandatario norteamericano que se equivoca y que México juzga inaceptable la medida propuesta, la de los aranceles escalonados ¡y blablablá! Enrique Krauze dio una brillante idea: “Al tirano no se le apacigua, Al tirano se le enfrenta. En todo tiempo, en todo lugar”. Así, de golpe, el autor de Biografía del poder pasó de ser empresario de la comunicación a Che Guevara en las Naciones Unidas. El problema de esa afirmación está en la ambigüedad del verbo “enfrentar”, literalmente “ponerse en frente de”. ¿Qué significa en este caso? ¿Levantar los puños como boxeador? ¿Amenazar con romper relaciones? ¿Blindar la frontera? ¿No mandarles aguacate? No sé. Lo único que sé es que enviar una carta inmediata y respetuosa es una forma de enfrentar, por poco que parezca (que en términos diplomáticos es, de hecho, lo primero y lo único que debe proceder, no declarar la guerra).
Leí la carta de López Obrador e, insisto, salvo dos o tres frases que quizá yo quitaría, lo demás me parece atinado. La postura es la misma, ciertamente, que en un caso análogo podría asumirse si fuera Haití el país que nos amenaza. AMLO y sus asesores recurren a la historia para no dejar la respuesta en un párrafo taxativo, hacen aseveraciones sobre personajes de los dos países y se colocan con firmeza ante el interpelado, no con bravatas. Es verdad que no se logra mucho aterciopelando la palabra frente a Trump, tipo de suyo atrabiliario, pero menos se obtendría si el tono fuera vidrioso. En resumen, ante un toro que embiste hay que sacar el trapo y tratar de hacer la faena.

sábado, enero 28, 2017

El chovinismo tiene permiso




















“Chovinismo”, nos informa el DRAE, es la “Exaltación desmesurada de lo nacional frente a lo extranjero”. La palabra proviene, como ya se habrá notado, del francés, y tiene una interesante etimología. “A principios de los años 90’, Nicolas Chauvin seguía siendo un hombre de carne y hueso, con una biografía casi completa, la de un héroe nacional con fecha y lugar de nacimiento; se sabía cuántas heridas había sufrido en sus campañas como simple soldado de la República francesa y como veterano de Napoleón; e incluso cuánto cobraba de pensión cuando se jubiló. (…) Su apellido —cosa extraña— se convirtió ‘en vida suya’ en adjetivo (chauvin/chauvine en femenino) con el significado de patriotero fanático. Poco tiempo después vendrían las palabras chauvinisme, chauviniste que llegarían a varios idiomas: ‘chauvinist’ en alemán, ‘шовинист’ (shovinist) en ruso, ‘chauvinista’ en portugués, ‘sciovinista’ en italiano, ‘szowinista” en polaco, y ‘sovonizta’ en húngaro. ¡Todo un éxito internacional!”, dice la servicial página chilena de etimologías en internet. Como “boicotear” o “linchar”, palabras que provienen de Boycott y Lynch, “chovinista” tiene su origen en un apellido y hoy es palabra de uso más o menos común en nuestro idioma.

Ser chovinista suele no tener buena prensa. A su modo, es una forma de decir “xenófobo”. Un nacionalista empedernido no sólo puede terminar en la querencia desbordada por lo propio, sino en el rechazo indiscriminado de lo ajeno. Hay que tener, pues, cuidado con estos sentimientos generalmente extremos, tan cegatos que derraman toda lógica, como el disparate que revela la frase “como México no hay dos”, colmo de expresión chovinista.

Se vale, sin embargo, incurrir de vez en cuando en cierto chovinismo, recordar valores importantes para sobrevivir como región o país. Creo que el momento actual, frente a la Bestia que reside en la Casa Blanca, amerita una cierta dosis de chovinismo, revivir en nosotros alguna forma del orgullo de ser lo que somos. Pensar al menos que frente a los agravios del megalómano no deseamos poner la otra mejilla. Como López Velarde, como Pacheco, debemos creer en nuestro país por méritos inmediatos —no por su “fulgor abstracto”— y defenderlos.

miércoles, enero 25, 2017

Posmoderno Nerón











La palabra “guarura”, dicen, es de origen tarahumara; si esto es verdad, es posible que se trate del tarahumarismo más usado en todo nuestro país. Los mexicanos la empleamos, ya se sabe, para designar coloquialmente al escolta de algún poderoso chico, mediano, grande o extragrande (XXL), como es el caso de Donald Trump, quien el viernes de su toma de posesión caminó algunas cuadras de Washington junto a Melania, su mujer, y buena parte de su familia. Por supuesto que no lo hizo solo, sino acompañado por una cantidad más o menos nutrida de bien nutridos guaruras seguramente entrenados a la usanza de Rambo.
Uno de ellos, de garbardina negra y pelón para más señas, seguía a la pareja presidencial a no más de tres metros de distancia. Nada raro sería esto si no fuera porque en los videos de YouTube se ve al mentado sujeto con las manos permanentemente fijas, inmóviles. El tipo camina despacio, lleva los codos doblados, las manos a la altura de la barriga y estáticas, fijas como las de un maniquí. La especulación de quienes comentaron esa curiosidad se inclina hacia lo obvio: el guarura trae las manos reales debajo de la gabardina, la palma en la cacha, el índice en el gatillo, todo listo para sacar el arma en caso de emergencia.
Nunca había visto algo así. Más: ni siquiera se me hubiera ocurrido. Tampoco se me hubiera ocurrido, hace varios meses, que algún día fuera a escuchar un discurso imperialista tan sincero como el enunciado por DT. Lo oí con asco durante la noche del viernes 20, pero ahora que he vuelto a revisarlo no doy crédito a la desfachatez del sujeto que ahora gobierna los EUA.
Ya muchos analistas le han hincado el diente, pero, unos días después de pronunciado, no debemos dejar de enfatizar que su contenido desborda hasta las más elementales buenas maneras del trato que en política debe darse.
Trump habló de recuperar empleos, fábricas, fronteras y demás para los EUA, lo que devolverá la prosperidad “al pueblo”, su pueblo. Eso, sin embargo, lo dice hasta el alcalde de Cuencamé en su toma de posesión. Lo que rebasa todo pudor, y en el colmo del gringocentrismo, es una frase dicha al inicio de su alocución: “Juntos definiremos el rumbo de Estados Unidos y del mundo en los años que vendrán”. Ahora no sé pues qué fue lo más asombroso: si las manos del guarura o esa frase del posmoderno Nerón.

miércoles, agosto 12, 2015

En marcha hacia el carajo
















A ver, vayamos por partes, como dice el Pozolero: ¿qué de raro tendría que los gringos metieran mano negra en una reforma energética que a los primeros que beneficiaría sería a los mismos gringos? Nada. De hecho, es hasta natural que hagan eso, pues no hacerlo es lo que en efecto atenta contra sus intereses. El injerencismo yanqui jamás se ha detenido, ni se detendrá, por escrúpulos diplomáticos y otras yerbas. Aquí y en China, pues, están presentes y son los amos y señores del lobby arrasatorio.
Si lo hacen a miles de millas de distancia, en las islas del Pacífico, con mayor razón lo harían y de hecho lo hacen —desde que México es México— con México. La política exterior de la principal potencia del planeta tiene siempre una primera asignatura, y es nuestro país, así que nada tiene de raro lo que expresan los correos electrónicos desclasificados en EU sobre la reforma energética mexicana: que Hillary Clinton, ex secretaria de Estado norteamericana, y otros funcionarios también de EU ayudaron a formatear la entrega del principal patrimonio de los mexicanos a los postores que en el futuro haya.
Nada asombra entonces lo que debemos dar por hecho, es decir, la permanente intromisión del monstruo en asuntos teóricamente ajenos. Lo que asombra está en otra parte: que puestos en circulación pública los mensajes privados, los mails balconeadores, no haya en México más brotes de irritación que los previsibles, es decir, dos o tres maquinazos periodísticos que hacen énfasis en el crimen de leso patrimonio nacional sin que el ex abrupto llegue a mayores. Los grandes medios, claro, no harán eco de nada porque parte de su juego consiste en adecentar, sobre todo con silencio y minimización, el desprolijo modo de administrar lo que nos queda de soberanía.
El que sí salió al dudoso quite fue el secretario de Energía, Pedro Joaquín Coldwell, quien calificó de invento de día de los inocentes una simple documentación desclasificada. En lugar de asumir el rol de vendepatrias que evidencia la papelería exhibida, el responsable de la secretaría dedicada a nuestros recursos energéticos saltó al ruedo sólo para declarar, con cuestionable orgullo, que la reforma es un producto totalmente mexicano. Si de verdad lo es y ahora está en duda, ¿por qué no desclasificar las minutas que dan cuenta de todos los considerandos y los actores inmiscuidos en la reforma? Como siempre, en México se aclara todo con mensajes nebulosos y con chistes. Mientras los ciudadanos no entendemos o reímos, todo sigue su marcha firme hacia el carajo. 

viernes, octubre 24, 2008

Palin para desesperados



No todas las noticias que llegan de EUA por estos días son aterradoras: para decirlo de manera chespireana, sin querer queriendo el cable difundido por la agencia EFE nos arrancó una sonrisa de esperanza en la capacidad humorística de la humanidad. En el reino de Homero Simpson todo es posible: ahora resulta que muy pronto será lanzado a la venta un video hardcore protagonizado por la mejor imitadora de Sarah Palin. El film, sin embargo, no tendría tanto encanto si sólo convocara la presencia apócrifa, pero muy parecida a la real, de la candidata a la vicepresidencia; ofrece, pues, mucho más: un aquelarre con otras dos gargantas profundas que harán las veces de la senadora demócrata Hillary Clinton y de la secretaria de Estado Condoleezza Rice. Se trata, pues, de una encerrona pirata entre tres de los iconos políticos más importantes de los años recientes en el país de las rorras y las estrellas. El respetable público devorador de esos materiales espera con ansia el resultado de la producción, dado que los cables han anunciado secuencias de alarido en ese filme de actrices matures que por ello, gracias a su gran trayectoria sobre colchones y otras superficies mullidas, son expertas en darle vuelo a la hilacha según los cánones de la cinematografía con pelos en la lengua (dicho lo anterior en sentido no metafórico).
La idea de realizar esta espectacular producción nació, como era de esperar, en la cabeza de Larry Flynt, uno de los más importantes magnates de la industria pornográfica norteamericana. Dueño del emporio Hustler (revista que en su tiempo rivalizó con Playboy y la dejó convertida en un Lorenzo y Pepita de las encueratrices), Flynt lanzó una convocatoria para detectar a la actriz que pudiese encarnar a la gobernadora de Alaska. La idea parecía obvia: cuando los republicanos dieron a conocer al compañero de fórmula de John McCain de inmediato los calenturientos del mundo, uníos, suspiraron por la elegida: una mature cachonda, aficionada a las armas, a la cocina, a la lectura y a la acción. Con sus gafas de intelectual y su peinado de secretaria golosa hizo en un tris las enfebrecidas delicias de los adultos con ganas de aventuras en el remoto igloo. Para acabarla de rematar, la candidata a vice había sido en sus sabrosas mocedades señorita Alaska, lo cual le añadió un toque de coquetería a su poderoso punch mediático. Junto al avejentado MaCain, y mucho más junto a Cindy McCain, esa Barbi de la tercera edad que desea ser primera dama, Palin lucía como imán para la prensa no sólo política, sino para todo paparazzi digno de tal nombre e interesado en subir el voltaje frivolizador de la moribunda campaña republicana.
En ese caldo de cultivo apareció la siempre oportunista figurilla de Flynt, quien hizo su casting y dio con la protagonista y con la fecha ideales para el lanzamiento: “Aunque no hay fecha oficial para su salida al mercado, se especula con la posibilidad de que la cinta salga a la venta coincidiendo con la fecha de las elecciones presidenciales en EEUU, el próximo 4 de noviembre. Según la edición digital de la revista [Hustler], la película, dirigida por Jerome Tanner y protagonizada por Lisa Ann, la actriz que recrea a Palin, posee cinco escenas ‘hardcore’, incluido un trío en el que aparecen otras intérpretes del género dando vida a la senadora demócrata Hillary Clinton y a la secretaria de Estado de EEUU, Condoleezza Rice”. La ganadora del casting, Lisa Ann, se embolsará 3,000 dólares por esa chamba estelar que “llevará al espectador a una traviesa aventura hacia el lado salvaje de la sexy gobernadora de Alaska”. Lo dicho: en el mundo de Homero Simpson todo es posible.
Lisa Ann supone que Palin no verá la cinta, pero declaró, dirigiéndose a la candidata: “Espero haberte representado bien, porque pienso que eres ardiente”, lo cual le añade salsa al asunto. Por cierto, en México está prohibido hacer pornografía con la política; es que se hace sola.