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miércoles, febrero 25, 2026

Vivir con filtros

 













La semana pasada, mientras cundían memes y opiniones sesudas sobre los therians, vi un corte de video que me dejó perplejo. En él, un tipo como de treinta años era entrevistado en un estudio de los que ahora se usan para dialogar en la modalidad de streaming. No es necesario apuntar que el joven es sobrino de Salinas Pliego, pues da igual que haya sido otro sujeto de los que hoy abundan como chancros para dictar cátedra sobre cualquier tema. Interrogado por un entrevistador a todas luces falto de luces, el joven soltó una afirmación digna de ser fijada en letras de oro sobre el hemiciclo de la estupidez: si el gobierno imprime el dinero, por qué tiene que cobrar impuestos y por qué mejor no imprime más.

Extrañamente, el entrevistador no se desintegró de risa ni terminó el diálogo en ese punto. Más bien se le dibujó una cara de asombro, como si la brillante idea del invitado mereciera el interés que le concedemos a un especialista de la UNAM. Imprimir más dinero para acabar con la falta de dinero. Excelente descubrimiento. Con tal medida se puede incluso acabar con la pobreza: se echa a andar la máquina de emitir y se arrojan monedas y billetes a la población como si fuera arroz para los pollos. Caray.

La multiplicación de espacios propiciada por internet es una bienvenida democratización, es verdad, pero es evidente que esto provoca una suerte de caos rizomático en el que da igual una noticia verdadera y confirmada que un bulo (así les dicen los españoles a las fake news), o da igual un dato apuntalado en el conocimiento que una estupidez terraplanista. Dado que ahora la labor de una persona que desea informarse no es buscar información, pues ésta abunda y llega por todos lados, el imperativo es seleccionar, cribar, filtrar la información basura y la opinología que ni siquiera ha pasado sus ojos por un libro y se basa sólo en la conjetura idiota, exactamente como la del joven que propone imprimir más dinero para acabar con la exigencia tributaria.

Recién sucedió el domingo eso de apoyarse en lo que sea para asir la realidad. En efecto, con la muerte del Mencho hubo razones para el miedo en el país, pero no para tragarse videos sancochados con inteligencia artificial. Tenemos que aprender a vivir con filtros, no engancharnos en cualquier mísero cuento audiovisual.

sábado, mayo 17, 2025

Wako en tiempo real

 












Los documentales son una manera de acercarse al pasado propio y ajeno. Vi recién en Netflix el (muy bien) titulado en español Wako: el apocalipsis texano (Tiller Russell, 2023), y quedé sorprendido por todo lo que recordaba de aquel hecho pero más por todo lo que se me había evaporado de la memoria. Mientras pasaban los capítulos de la miniserie pendulé de lo que veía en la pantalla al recuerdo de los días en los que comentaba el suceso con mis compañeros de la revista Brecha. Más de treinta años después, sentado frente al televisor en la comodidad de mi sala, las horrendas imágenes de Wako, Texas, me trajeron a la mente las gratas imágenes de aquel tiempo querido en el que yo, sin saberlo, era joven y feliz aunque me esforzaba por parecer viejo y desdichado debido a la absurda creencia de que eso le calzaba mejor a la condición de escritor que ya asumía.

Para no reborujarme en estos párrafos, primero doy cuenta de aquel momento, lo que recordé al ver el documental. Era 1993, y estaba por concluir el sexenio gandalla de Salinas de Gortari. No faltaba mucho pues para que reventara la burbuja de su supuesto buen gobierno, tal vez el paso más sólido de nuestro país en su adhesión al neoliberalismo, palabra que en aquel tiempo cundió en todos los discursos políticos y académicos, como la plaga que era. Se hacían realidad las recetas del Consenso de Washington que en México se materializaron con una oleada de opacas privatizaciones y la cocción del TLC que entraría en vigor a partir del año siguiente.

Aunque el gobierno de Salinas se afanaba por subrayar que vivíamos el estallido del progreso en nuestro país, lo que estalló fue otra realidad: el EZLN abrió el 94 con su levantamiento, al que le siguieron las turbulencias por los asesinatos contra Colosio y Ruiz Massieu que terminaron en la elección por descarte del redivivo Zedillo, ahora recién elevado a la categoría de prócer del 68.

Eran tiempos políticos harto viscosos, y en la redacción de la revista nos reuníamos para comentarlos no sin algún gesto de inquietud, pues parecía que todo se pudría ante nuestros ojos. Mis principales interlocutores eran Óscar Fernández y Jaime Arellano, pero se sumaba quien anduviera por allí. Sin saberlo en ese momento, aquella fue mi mejor universidad, pues en ese espacio aprendí a los empujones —por mero instinto de supervivencia— a revisar, editar, diseñar, coordinar y por supuesto a escribir artículos, entrevistas, reseñas y columnas, todo lo que se necesitaba para tapizar las páginas con algo que intentaba satisfacer al lector.

En ese caldo ocurrió lo de Wako que ilustra el susodicho documental de Netflix. Lo vivimos, como todo el mundo, en tiempo real, con escenas diarias de las cadenas norteamericanas. Como sabemos, el 28 de febrero de 1993 la sede de una secta, los davidianos, ubicada en un tal Monte Carmelo, fue visitada por autoridades con una orden de allanamiento debido a la presunta posesión de armas ilegales. El operativo fue torpe, bravucón a la manera represiva gringa, y fue recibido a balazos por los miembros de la secta. De inmediato se supo en todo el planeta que era comandada por David Koresh, seudónimo de Vernon Wayne Howell, quien a la usanza de todos los iluminados de su índole se creía un elegido del altísimo. Lamentablemente, para sus adictos sí lo era, así que lo seguían como los patitos a su madre.

Ya en el primer encontronazo hubo muertos de ambos bandos, y lo que siguió fue un estira/afloja entre los davidianos contra el FBI y otras fuerzas del Estado norteamericano. Koresh se ponía al teléfono con los negociadores, pero no cedía. El cerco armado afuera de la edificación duró 51 días, y además de francotiradores se habían dispuesto tanques de guerra y, más al margen, un enjambre mediático.

Al ver el documental me hice de una conclusión que jamás había pensado: que Koresh nunca se entregaría, que en su locura fundamentalista estaba dispuesto a lo que en efecto terminó siendo el desenlace: la inmolación de toda la comunidad de fanáticos, que incluía niños y no excluía, obvio, al redentor Koresh. En los días del asedio habían liberado a muchos pequeños y a varias mujeres, pero dentro del Monte Carmelo murieron más de setenta personas devoradas por el fuego que ellas mismas provocaron, según creo, aunque también muchos culparon de tal clímax a las autoridades. Esto sucedió el 19 de abril de 1993, día en el que todo quedó reducido a escombros y cenizas davidianas. El documental de Netflix está dividido en tres capítulos: “En el principio”, “Hijos de dios” y “Fuego”, así que además de ser bueno, es breve.

Un hecho importante y final: entre quienes se aproximaron al cerco numantino contra la secta estaba Timothy McVeigh, simpatizante de los davidianos que dos años después, el 19 de abril de 1995, perpetró el atentado terrorista en la ciudad de Oklahoma. Fue su venganza por lo ocurrido en Wako. Lo despacharon mediante una inyección letal hacia 2001.

sábado, abril 19, 2025

Senectud en éxtasis


 







No es que no haya existido siempre, sólo que ahora es más visible y quizá, poco a poco, más aceptada e incluso promovida como posibilidad también viable para las mujeres: que un hombre viejo, digamos de cincuenta en adelante, tenga tratos afectivos y se exhiba con una mujer de poco más de veinte o treinta. Ahora tal sujeto es muy común y hasta tiene nombre: sugar daddy. Lo mismo pueden hacer y hacen algunas mujeres, en las que sólo cambia parte de la etiqueta: sugar mommy. Más allá de que en general este tipo de relaciones sirve para el pitorreo social al modo de las burlas perpetradas en sus shows por el payaso Brincos Dieras, la tendencia es un reflejo de los aires que soplan para la percepción social de la edad y del dinero, lo que a su vez se relaciona estrechamente con el consumo.

En el primer caso, sabemos por muchos autores que la vejez no es una etapa cómoda. Se puede llegar a ella con fortuna económica, al menos con lo mínimo para sobrevivir, pero inevitablemente supone dolor, deterioro de las facultades y un cambio de apariencia que sin duda son percibidas como vejez. Autores como Cicerón en De senectute; Goethe en El hombre de cincuenta años; Norbert Elias en La soledad de los moribundos o muy recientemente Pascal Bruckner en Un instante eterno, filosofía de la logevidad, han reflexionado sobre la vejez y cada uno a su modo destaca que, pese al declive físico, hubo un tiempo en el que asumíamos la edad y sus signos como lo que son: ocaso corporal, antesala del fin, es verdad, pero también serena madurez. El viejo era arropado, se confiaba en su sabiduría, era el testigo cohesionador del clan o la familia. La palabra “senado”, de hecho, proviene etimológicamente de senex (viejo), e indica que los mejores consejeros de la comunidad eran los viejos.

Pero en las décadas recientes algo pasó hasta con los senados, espacio al que se puede llegar, en México, a los 25 años. Todavía en la década de los cuarenta veíamos películas en las que Pedro Infante parecía de cincuenta años y contaba con menos de treinta, o Sara García, que cuando filmó los Los tres García tenía apenas 55 ya se perfilaba para emblema incuestionable del chocolate Abuelita. Para seguir con la sociedad del espectáculo que a final de cuentas es la que más gravita en cuanto a influencia para la moda, no deja de asombrar que los cantantes exitosos parecieran señoras y señores como Toña La Negra o Pedro Vargas, intérpretes que ni con una Magnum en la sien hubieran aceptado parecer jóvenes. Poco después, en los cincuenta, estalló el rock and roll, y con él la irrupción de una nueva apariencia. El joven comenzó allí a ser visible en todos lados, y pasados los años la tensión se manifestó en el miedo de los viejos a los jóvenes y el rechazo de los jóvenes a lo vetusto. El 68 en Tlatelolco dejó ver algo de eso, la chaviza contra la momiza, según la ya obsoleta nomenclatura etaria de la época.

El sistema descubrió el poder consumidor de la juventud, así que todos los nuevos ídolos del cine o la canción tenían que lucir una apariencia fresca, de ser posible inalcanzable en belleza y lozanía, como las de Nicole Kidman y Tom Cruise o Brad Pitt y Angelina Jolie, quienes hasta la fecha siguen estirando como liga para billetes un look que no delate la suma real de sus primaveras. Las dietas, los suplementos, los quirófanos, los cosméticos, la ropa, el coaching y el Photoshop son caros, pero hacen milagros: se puede dar el gatazo a los setenta, todo es cuestión de echarle ganas y meter la plata que el pellejo demande.

Esto coge de la mano al tema del consumo, hoy diversificado no en miles de rincones, sino en todo. No hay nada que no se venda, nada, hasta la basura tiene precio para efectos de reciclaje. El aire es gratis, dijo alguien, y otro le respondió que ni eso. Si uno quiere escapar del aire contaminado en barrios sin drenaje público, cercano a industrias, lleno de vehículos propagadores de monóxido y terrenos baldíos transformados en basurales, tiene que gastar. Nada es gratis, menos una casa en el country con lago a la puerta.

El mercado para prolongar la anhelada juventud es pues ubicuo y voraz. Hombres y mujeres, desde los trece años hasta los setenta —segundos más, segundos menos— se entregan a su perfeccionamiento si son jóvenes o a la prolongación de su juventud si son más grandes. En el trance hay un permanente consumo de ropa, cosméticos y etcétera, lo que incluye la visita a los gyms, espacios que evidencian el apetito generalizado no tanto para hacer deporte, sino para mejorar la carrocería que los otros puedan percibir, al menos remotamente, como juventud.

Dado que la juventud abrió su ancho de banda y ahora abarca a tipos y tipas que levantan bien la guardia ante los puñetazos del tiempo, ¿qué tan lejos estaba esto de la posibilidad de que un cincuentón se agenciara un pimpolluelo de treinta o menos de treinta? En el caso de los sugars, se convirtió incluso en otro rasgo de juventud: patrocinar a alguien de mucho menor edad refuerza la sensación de que el tiempo ha sido burlado. En el otro extremo, el o la joven que aceptan el trato pueden llegar a enamorarse, pero lo habitual, creo, es aceptar que en el vínculo media un interés de orden económico: se hace el (físicamente inofensivo) sacrificio afectivo, por no decir sexual, y del sponsor se obtiene todo aquello que luego puede lucir muy bien en Instagram.

Ser viejo, sin embargo, es irremediable. Algún día se acabarán los trucos de la ciencia y de la moda, una enfermedad postrará a los aguerridos gladiadores de la cuarta edad, se modificará el objetivo de la entrada a los quirófanos, se renunciará a los tintes y se esperará la apariencia de vejez que si bien fue ralentizada, aterrizará por fin en el castigado cuerpo del exchavorruco. Cuando esto ocurra se hará presente otro mercado: el de las farmacias, los notarios, las funerarias y las florerías. Nada es gratis; ni morir.

sábado, marzo 01, 2025

Un espaldarazo al caos

 













El galicismo boutade es definido por el diccionario académico como “Intervención pretendidamente ingeniosa, destinada por lo común a impresionar”; otro diccionario establece que es una “Afirmación chocante más o menos paradójica e ingeniosa”. Así pues, una boutade es lo que en términos coloquiales podemos denominar “ocurrencia” con el sentido de frase ingeniosa. Un ejemplo podría ser éste: “Las personas muy ordenadas en realidad son flojas para buscar”. Hay ingenio aquí, claro, aunque sólo sirva para respingar cuando nos regañan por desordenados, por caóticos.

La antinomia orden-desorden está presente en todos lados, tanto en las creaciones de la naturaleza como en las del ser humano. Para mí es obviamente más visible en el plano del homo sapiens: nuestras obras creativas, las obras que conforman nuestra civilización, tienden al orden pero en el fondo han sido gobernadas por el caos. Se da pues en ellas una oscilación que podemos reducir a la fórmula sarmentina “civilización y barbarie”, donde la primera busca el orden, la sujeción, la previsibilidad, mientras la segunda tiende a lo contrario.

El libro La obsesiva realidad del caos (Ayuntamiento de Torreón, 2024, Torreón, 87 pp.), de Raúl Blackaller Velázquez (Torreón, Coahuila, 1977) reflexiona sobre el caos y su envés durante ocho ensayos hermanados por el tema, el tono y la extensión. Si alguien se asoma al índice sentirá que son diez las piezas que lo configuran, pero en realidad noto que el primero y el último tienen espíritu de prólogo y epílogo, respectivamente, aunque no estén encabezados por estos rótulos.

Es, si no me equivoco, el primer libro de este autor lagunero, de ahí que sea pertinente compartir su semblanza. Blackaller es licenciado en Derecho por la Universidad Autónoma de Coahuila y maestro en Educación por la Universidad Iberoamericana. Tiene más de 25 años de experiencia docente, en la que ha impartido clases de literatura, historia, ciencias sociales y filosofía. A lo largo de su trayectoria ha compartido artículos y ensayos en diversos medios, como la plataforma digital Substack, donde explora temas educativos, estrategias de aula y experiencia como docente.

De entrada debo consignar que La obsesiva realidad del caos es un libro multidisciplinario, convocante de saberes misceláneos relacionados con la ciencia, la lingüística, la educación, la filosofía, la sociología, la antropología, la tecnología, la economía, la política y aún de otros menos rigurosos y más bien creativos como el cine, el periodismo y en general los divulgados por los medios de comunicación. Una de sus virtudes radica en que, ceñido a la mejor tradición del ensayo, esencialmente antidogmática, no se plantea como respuesta, sino como dinamo de peguntas e inquietudes, como sacudimiento de nuestra adormilada y acomodaticia percepción de la realidad frente a un caos que debería infundirnos una permanente curiosidad por ver lo que hay del otro lado de las costumbres, los hábitos, las inercias y, en suma, la educación que recibimos para encincharnos en sistemas que nos malacostumbran a la pereza analítica que es el otro nombre de la alienación y el sometimiento. Por esto, debo decir que La obsesiva realidad del caos es un libro exigente y muy difícil de compendiar por su rica enciclopedia. Con un repaso a los ocho ensayos intentaré espigar, necesariamente a vista de pájaro, su contenido.

“La anémona y el niño” plantea la diversidad caótica de la naturaleza en contraste con la tendencia humana a ceñirnos a la clasificación y al orden. Frente al imperativo dieciochesco y decimonónico de poner ataduras a la realidad, propósito caro sobre todo al positivismo y su devoción por el orden y el progreso, la realidad se fuga y se torna tan caprichosa como un ornitorrinco, animal que escapa a las clasificaciones, a la categoría de lo previsible. Otro buen ejemplo de afán ordenador es el de la frenología que con Gall y Lombroso quiso establecer la conducta delincuente a partir del tamaño y la forma de la cabeza y otros rasgos físicos. Habita también en este ensayo una crítica de la estadística y la clasificación como métodos de ordenamiento, las que en efecto suelen fallar porque siempre habrá excepciones que escapan a la sujeción (en el caso de la clasificación recordé el del ajedrez, los toros y el billar, actividades que en los programas de la vieja televisión incluían, estoy seguro que con dudas, en el rubro “deportes”). Este primer ensayo marca una pauta central del libro: el caos convive con nosotros y debe estimularnos a pensar, no a forzar a rajatabla iniciativas de ordenamiento y clasificación.

En “La magia del Pi”, el autor escudriña de nuevo las posibilidades del caos como dinamo de la creatividad. El ejemplo del juguete Lego es puntual, e igual sus planteos sobre el símbolo como representación de la coherencia que buscamos al desorden. Sobre el famoso juego, comparte que cuando era niño las piezas abrían la posibilidad de armar cosas distintas, pues “el caos te permite la creatividad y la emoción. Hoy, armas el Batman, el coche, la tienda de helados, lo pones en tu librero y se acabó. El mundo ha terminado siendo así, determinado, concreto, simple, demasiado simple”.

El ensayo titulado “El universo cinematográfico o la otra realidad” nos plantea que la complejidad de lo real es sometida a simplificaciones que hacen sumariamente entendible y acaso soportable el caos. El planteo de que el entendimiento actual de la realidad, incluso el científico, puede ser una mera conjetura aspira a decirnos que todo está en permanente cambio, que lo que hoy tenemos subrayado como certeza mañana puede ser superado tal y como pasa con nuestra consideración del saber primitivo. ¿En el futuro seremos vistos como nosotros vemos hoy a los prehomínidos? En suma, no debemos tener miedo a la complejidad (al caos) en contraposición a la idea de vivir encapsulados en realidades minúsculas que nos tranquilizan, es verdad, pero que asimismo no son la realidad o en todo caso son la realidad petrificada del orden.

Blackaller critica el facilismo de las pseudociencias en “Los determinismos dan miedo”, estancia en la que reflexiona sobre la tendencia a establecer conclusiones sobre el comportamiento humano asimilándolo al de la máquina: si A resultó B en diez personas, quiere decir que A siempre resultará B. Todo es, dice el autor, complejo, dinámico, y no debemos encuadrarlo en tablas o incisos estancos, por lo que observa: “Entonces, ¿estamos determinados o no? Como siempre defenderé: sí y no. Definitivamente estamos determinados por el sistema, el lenguaje. Pero hay mucho espacio para el indeterminismo en nuestro contexto, incluso en nuestro cuerpo y en el Universo”.

“Odio el color rojo de Mazda” plantea algunas preguntas y posibles respuestas sobre la obsesión, que en general tiene mala prensa y sólo asociamos con terquedades destructivas. El autor no concluye que esto sea positivo o negativo, sino, como en sus otros ensayos, nos mueve a reflexionar que una obsesión puede tener caras tan diversas como descuartizar a un ser humano, pintar un gran cuadro o tener un amor irreductible por la matemática.

Un acercamiento al maniqueísmo es observado en “Destruyendo Mazdas rojos”. Apela aquí, como disparador, al caso de la película El rey león y su esquematización —reiterada en miles de películas— de los buenos contra los malos. De nuevo, las preguntas son acaso más importantes que las respuestas: ¿quiénes son los buenos y quiénes son los malos y por qué los buenos son buenos y los malos, malos, se pregunta, nos pregunta. Entre otros ejemplos, para desarrollar su sobrevuelo recuerda el caso de Najib Bukele y su tabula rasa, un caso bienvenido en el mundo de los simplificadores de la mano dura que aplauden la aniquilación de un plumazo contra todo aquel que, si parece malo, seguramente lo es y por ello hay que eliminarlo.

Uno de los ensayos más breves, aunque no menos interesantes, es “Contemplación de la impureza”, donde Blackaller observa el proceso mediante el cual acopiamos conocimiento. Todo comunica, en todo está escondida la complejidad, no hay nada simple. Nos invita pues a pensar en lo que nos rodea siempre con preguntas en ristre, para aprender y para asombrarnos, como lo supuso Neruda en las “odas elementales” que nos convidan a sopesar lo asombrosas que son todas las minucias de la vida cotidiana, incluidas las ingratas. “Un instante cualquiera es más diverso y profundo que el mar”, dijo Borges, y advertimos que esto es cierto cuando reparamos en lo más simple; una taza de café, por ejemplo, supone agricultura, física, antropología, química, economía…

Basado en su trabajo como profesor, el ensayista encara el tema de la confianza, el miedo y la forja de comunidad. En “Al maestro con confianza” explica que la base para que los lazos comunitarios se refuercen no radica en la propagación del miedo, sino en enfatizar la confianza que permita establecer relaciones sanas y constructivas.

El último ensayo es una especie de epílogo sin este nombre; su título es “Destruyamos todo”, y es un llamamiento hiperbólico cuya traducción menos alarmante sería “Cuestionemos todo” y no nos resignemos a fórmulas ni científicas, ni seudocientíficas ni mágicas. Pensemos, dudemos, cuestionemos una realidad que siempre se ofrece como mesa de bufet para nuestro apetito. El caos, pese a que de entrada insinúa una noción terrible, puede ser más bien una invitación permanente al asombro de la imaginación y la busca de sentido.

Una idea global de La obsesiva realidad del caos, harto simplista pero creo que eficaz si nos atenemos a los alcances de esta reseña, puede articularse en el párrafo que comenta el ya mencionado juego de los legos, que por cierto tuve la suerte de practicar con mis hijas. A propósito de lo expuesto por Blackaller, allí no queda duda de que el caos de las piezas incita nuestro ingenio, las infinitas posibilidades de la creatividad humana frente al mecanicismo de los sistemas atornillados a un solo orden.

En suma, vuelvo en el cierre de mi recorrido a la boutade con la que arranqué estos párrafos: el orden ilusorio en el que vivimos es sólo una coartada de nuestra resignación y nuestra flojera para pensar. Destruyamos, cuestionemos todo y que el caos sea un permanente e imaginativo motor de la creatividad.

Nota. Texto leído el 26 de febrero de 2025 en la presentación del libro La obsesiva realidad del caos celebrada en la Casa Mudéjar de Torreón. Participamos Mariana Ramírez, el autor y yo, y fue organizada por Nadia Contreras, coordinadora del área de Literatura del Instituto de Cultura y Educación de Torreón (IMCE).

sábado, agosto 03, 2024

Grillete 24/7

 














Uno de los asertos más socorridos y muchas veces pedantes de la crítica formal, llamémosle académica, es que la reseña de libros importa un reverendo pepino, pues no profundiza y es meramente cutánea, de ahí que sea lícito minusvalorarla, tenerla en muy muy poco o de plano en nada. Por el espíritu y la extensión de la reseña bibliográfica, claro, y porque su destino —la prensa— así lo exige, no profundiza, sino expone una idea con rapidez, sobrevuela un material y con ello desea motivar en los lectores la posibilidad de que tal o cual libro ingrese a sus zonas de interés. Pedir más al reseñista es cargar en su lomo aspiraciones que no le conciernen.

Así, gracias a que mi radar detecta el vuelo bajo de los reseñistas, he llegado a libros estimables. Un caso puede ser 24/7. El capitalismo tardío y el fin del sueño (Paidós Entornos, 2015, Buenos Aires, 152 pp., traducción de Paola Cortés-Rocca), obra sobre la cual leí un breve comentario hace como cuatro años y de inmediato trepé a mi menú de potenciales. Luego hallé el libro en la FIL Guadalajara 2022, pero me pareció caro y omití el tarjetazo. Después, en mayo de este año, me lo topé usado con los buquinistas del parque Centenario de Buenos Aires a tres mil pesos argentinos, lo que al cambio de aquel mes equivalía a sesenta miserables pesos mexicanos (tres dólares), así que de inmediato lo eché al morral.

Tras leerlo agradecí la reseña que me lo puso en el camino. Es un gran, de veras gran gran libro, quizá el mejor que insumiré en 2024. Su autor es el norteamericano Jonathan Crary, profesor de Teoría y Arte Moderno en la Universidad de Columbia, y autor además de libros como Las técnicas del observador: visión y modernidad en el siglo XIX, Suspensiones del observador y Tierra quemada. Hacia un mundo poscapitalista.

Magistralmente prologado por el sociólogo Christian Ferrer, destaco de él cuatro afirmaciones sobre el trabajo de Crary referido a su exploración de las nuevas tecnologías de la comunicación: Una: “No habrá momentos de paz o de pausa, pues los ámbitos de trabajo, consumo y entretenimiento, la información y la gestión narcisista de la propia imagen se integran y coaligan entre sí en una misma temporalidad a lo largo de un mirador orbicular. Ya no habría ‘afueras’ [de internet, reitero]”. Dos: “Inducir a las poblaciones, quizá por medios farmacológicos, a no dormir a fin de que trabajen y consuman ininterrumpidamente es la fantasía definitiva del capitalismo y hay indicios suficientes de que muchos científicos en demasiados laboratorios se afanan en lograrlo, y de que la imaginación de este tiempo comienza a aceptar esa posibilidad. Cabe intuirla como una maldición que, si se cumple, podría volverse irreversible. El daño resultante sería incalculable”. Tres: “la mayor parte de las interacciones en red tienden a hacer que el individuo se vuelva compatible con las rutinas y pautas del trabajo y el consumo”. Y cuatro: “La sola disconformidad o siquiera la menor suspicacia con respecto a los desmanes causados por los procesos técnicos o sus menoscabos a la vida afectiva de la población le ameritan a quien se atreva a difundirla poco menos que el sambenito de hereje”.

En efecto, el hereje Crary espiga los rasgos adquiridos por la sociedad de nuestro tiempo debido al desarrollo del capitalismo desde su etapa industrial. La vigilancia y el castigo de los siglos XIX y XX, representados por la fábrica, la escuela y la penitenciaría (que introdujo el modelo del panóptico) como espacios ad hoc para ejercerlos, pasó a convertirse en lo que a su vez Bauman y Lyon han denominado “vigilancia líquida”, es decir, aquella que parece menos severa pero es ubicua gracias a la superabundancia de cámaras, bases de datos, interacciones por trabajo, entretenimiento y consumo, lo que asimismo supone la voluntaria “autodelación” del individuo que hoy deja, aquiescente, sus huellas digitales, faciales, oculares, laborales, familiares, intelectuales y pasionales por todos lados, como ocurre en esas aplicaciones que nos piden fotos para luego añadir en ellas caritas de conejo, gato o del mismo usuario pero más joven, más viejo, más caricatural o más hollywoodense, todo ello generado con infalible ridiculez.

Crary explica en 24/7 el desarrollo del control social y el manejo de la temporalidad trabajo-descanso. Allí está la vértebra de su exposición: hasta hoy, el pespunteo entre trabajo y descanso (necesario para restaurar fuerzas) era posible; los sistemas actuales de comunicación, empero, han alentado la posibilidad de que todo quede dentro de la órbita del trabajo y el consumo, y el anhelo de todo esto es que el descanso —el sueño, el recogimiento íntimo, la desconexión— también sea infiltrado por el trabajo, el entretenimiento y el consumo sin orillas o sin “afuera”, como dice Ferrer, o, como señala Crary, con el fin de que se convierta en “un universo con un botón de encendido para el cual no existe un botón de apagado”, un mundo 24/7 que “no elimina experiencias externas o independientes, pero las empobrece y las reduce”, tal y como se puede apreciar en los espectáculos “históricos” que el público no ve, pero sí graba, o con las demandas remotas e indoloras de firmantes que jamás pondrán el cuerpo ni para el más tibio mitin.

Además, propicia otras desconfiguaraciones, como lo anota en este párrafo: “Las formas de control que acompañaron el surgimiento del neoliberalismo en la década del noventa eran más invasivas en sus efectos subjetivos y en su destrucción de las relaciones compartidas y basadas en lo colectivo. La modalidad 24/7 presenta la ilusión de un tiempo sin espera, de una instantaneidad a la mano, de un tener y un conseguir aislados de la presencia de los otros. La responsabilidad respecto de otras personas que implica la proximidad ahora puede evitarse con facilidad a través de la gestión electrónica de las propias rutinas y los contactos diarios. O quizá más importante aún, la temporalidad 24/7 ha producido una atrofia de la paciencia y el respeto que son esenciales para cualquier forma de democracia directa: la paciencia para escuchar a los demás y esperar el turno para hablar”.

El trabajo, la vigilancia, la televisión precursora del embrutecimiento, el consumo, la desacreditación de las luchas colectivas, el infantilismo ante el espectáculo, la adicción a las anestesiantes redes y, en suma, “el asalto a la vida cotidiana”, todo apuntala el control y la anulación del quehacer político comunitario (real, no virtual) y la domesticación del individuo convertido en dócil usuario de la tecnología digital. Sólo falta por invadir el rejego territorio del sueño, pero hacia allá se encamina el dominio. Si eso se consigue, o si esto ya se consiguió, el neoliberalismo o como queramos llamarlo habrá alcanzado la más alta sofisticación conocida “para la gestión y el control de los seres humanos”, para su conversión en zombis de tiempo completo con el paradójico efecto de que se sientan libres y felices.

El repaso de Jonathan Crary es accesible, aunque también es verdad que tiene pasajes densos. Lo que al final queda claro es que el propósito es retener 24/7 nuestra atención, apoderarse de nuestra subjetividad, engrillarnos a las redes no con el fin de que la sociedad crezca y sea mejor con el acceso a la ciencia y la cultura, sino que la vida humana individual, fragmentada, insomne y molida por la estupidez, se diluya en los albañales de Peso Pluma, Karely Ruiz y Brincos Dieras, por citar sólo tres ejemplos de la más macuarra inmundicia aportada por nuestro país.

Espero que esta reseñita los aliente a buscar 24/7, un libro ciertamente aterrador aunque escrito con la serenidad del médico forense que examina los restos de un cuerpo recién atropellado por el tren.

miércoles, marzo 22, 2023

Vuelta del beisbol









Algo del eco beisbolero de estos días me llegó y vi algunos resúmenes en el repositorio de YouTube, aunque no puedo afirmar que conozco los pormenores de lo que ocurrió. Sólo sé que fue un Mundial de beisbol y que México tuvo una participación más que digna, pues llegó hasta la semifinal.

Ignoro, como digo, los detalles, quién lo organizó y dónde, cuántos equipos participaron y demás, pero lo poco que pude pescar de información y repeticiones me dejó ver que en nuestro país sigue viva la afición a este deporte y, pese al poder mediático del futbol y los enormes intereses económicos que implica, no ha desaparecido como práctica y entretenimiento. Como mexicano, pero más como lagunero, me da mucho gusto lo que pasó con México en el Mundial, ya que aquí el beisbol tiene décadas de presencia fuerte sobre todo en nuestro medio rural. Es allí, en las numerosas rancherías de nuestra tierra, donde el deporte de los batazos y las atrapadas sigue en pie, donde se practica con muy buena calidad.

Por eso me dio gusto la destacada presencia de México en el Mundial, una participación que en términos periodísticos avanzó, como muchos otros deportes en nuestro país, a contracorriente del futbol, deporte que desde hace mucho acapara los reflectores al grado de hacer pensar que para las secciones deportivas de los medios no hay más: o es futbol o es futbol, siempre.

Ver ahora a México despachar a equipos como Canadá o Puerto Rico da para soñar en un impulso beisbolero. Cierto que en la semifinal ya no se pudo contra Japón, que es desde hace mucho una potencia en beisbol, pero en lo poco que pude ver no siento que la selección tricolor haya hecho mal papel; incluso contra los nipones se pudo ganar, pero al final se nos cayó el picheo y nos dieron la vuelta. En unos cuantos partidos se logró pues el milagro de convertir al beisbol en nota de primera plana, y esto lleva a pensar en la posibilidad de que más jóvenes se involucren en el juego del diamante.

Viene ahora la Liga Mexicana, y ojalá que el empujón del Mundial dé para que la temporada sea buena. El beisbol mexicano siempre ha tenido mucha calidad. Lástima de su invisibilización, lástima de la pobre cobertura que en general recibe. Ojalá que algún día esto cambie.


miércoles, octubre 12, 2022

Futbol abreviado

 








Hoy comienza la liguilla del futbol mexicano y, más allá de esta grata coyuntura para los adictos, veo que es una buena oportunidad para sancochar un comentario marinado en mi interior durante varios meses. Como sabemos, el fenómeno del futbol, entendido como práctica profesional, como entretenimiento televisivo y como industria multiplicadora de productos y servicios, se expandió de una manera inaudita en las décadas recientes, y es obvio que hoy comporta uno de los negocios más jugosos del planeta. Los contratos de los jugadores son el principal indicio de la plata que se mueve en todo el entramado.

Para explicar lo que el futbol era hace poco más de treinta o cuarenta años es necesario arrastrar hasta acá algunos recuerdos. En mi infancia y adolescencia vi año tras año, décadas enteras, los partidos de futbol en la televisión abierta. Los equipos se arreglaban, supongo, con una de las dos televisoras nacionales de señal libre y a cambio de fumarnos incontables anuncios comerciales veíamos los partidos sin ninguna restricción. Si uno era aficionado de Pumas o de Chivas, sintonizaba TV Azteca; si uno simpatizaba con el América o el Toluca, sin falta hallaba sus partidos en los canales de Televisa, y de allí no se movían durante años.

Con la llegada y el auge de las cadenas de cable y satelitales, y luego de internet, apareció la oportunidad de ver partidos de todo el mundo, esto a condición de pagar suscripciones específicas. Tan amplio es hoy este mercado que para algunos aficionados no fanatizados ya resultó casi imposible saber en dónde (en qué canal) jugará su equipo favorito, y suele ocurrir que sea en sistemas codificados que demandan suscripción.

Así la realidad, desde hace varios meses me resigné a ver futbol abreviado en sinopsis de YouTube, de suerte que un partido de 90 minutos me lo echo en 10, sin tiempos muertos, sólo con los goles y las acciones de peligro. Los 80 minutos restantes los he usado para leer, para escribir, pare ver más resúmenes. Si lo miro desde otro ángulo, se puede afirmar que el futbol actual ha socorrido mi formación literaria, pero no dejo de envidiar a quienes contratan, enajenación mediante, plataformas en las que devoran hasta los partidos de la primera división filipina.

domingo, marzo 06, 2022

Saldos de Querétaro







 

Mauricio Kuri, gobernador de Querétaro, se dio tiempo para jugar con las palabras luego de la tragedia. Dijo que algunos fanáticos no son fanáticos, sino “frenéticos”. En la rueda de prensa del domingo 6 de marzo en la mañana precisó además que no había muertos, pero sí varios heridos, dos o tres de gravedad, lo que contradijo la información extraoficial que horas antes circuló en las redes sociales y en algunos medios establecidos cuyas cifras oscilaban entre los 10 y 20 muertos. Al final, contra la percepción producida por los escalofriantes videos de la trifulca en el estadio Corregidora, las autoridades señalaron que sólo hubo lesionados.

A partir de la evidencia es imposible no sospechar que comenzó la operación cobija para salvar el negociazo del futbol profesional. A la hora de la hora, no sólo de él viven los jugadores y los directivos, sino también son una fuente permanente de ingresos para los medios de comunicación. Muchos, pues, saldrían perdiendo si aflorara la verdad con toda su crudeza. Si a esto sumamos el quemón de las autoridades municipales y estatales queretanas, hay sobradas razones para malpensar en una política de control de daños basada en el ocultamiento de las verdaderas consecuencias.

Pero sean verdades o mentiras (en ambos casos expresadas a medias), lo importante es el hecho en sí, la bestialidad de muchos sujetos que simulan ser aficionados y en realidad son delincuentes, tipos que en lugar de cerebro tienen un pedazo de cagada embutido en el cráneo. Viene de hace tiempo, décadas ya, el problema de las porras, hinchadas o barras en el futbol. En países como Inglaterra y Argentina han provocado medidas radicales, como no vender cerveza, impedir que las hinchadas salgan de los estadios al mismo tiempo o evitar, en casos extremos, que los seguidores del equipo visitante asistan al estadio del local.

Las barras no se han disuelto, pero ciertamente en algunos países fue mitigado el número de las batallas campales que durante algunos años eran el pan de cada partido en muchos estadios. No es fácil disolverlas, pues en algunos casos se han convertido en grupos mafiosos que usan el futbol como máscara para embozar las deformaciones de su alma. Se justifican afirmando que asisten a los estadios para alentar al equipo de sus amores, pero suelen no ver los partidos por el enardecimiento bobo que los lleva a creer, como tarados, que su equipo es “el mejor”, “el único”, “el más grande”, exactamente lo que no aceptan miles de fanáticos más en todo el mundo. Una estupidez, sin duda.

Acabar con la plaga de la afición enfermiza, manifiesta sobre todo en las hinchadas que operan como hordas, no es tan difícil. Basta con impedir su ingreso a los estadios, espacios en los que entran en trance violento a la menor provocación de un carrujo de mota. También le vendría bien a los partidos de nuestra liga que no se vendiera cerveza y, claro, operativos de protección civil menos laxos que el que vimos el sábado 5 de marzo en Querétaro, donde incluso se sospecha que la policía facilitó el accionar de los trogloditas.

Otra medida oportuna es la de solicitar a los “periodistas” que no le hagan al vivo en las redes y en los programas radiofónicos o televisivos de panel. Cuando hay violencia en los estadios, en muchos comunicadores aflora la doble moral de pedir mesura. Hipócritas. Afirman que el futbol “es solo un juego”, “un espectáculo familiar”, pero a la hora de informar y comentar, por el rating o los likes, se mofan, denigran, insultan a ciertos jugadores y a ciertos equipos, lo que a la postre exacerba ánimos en el aficionado generalmente primario de este deporte, quien suele vivir obsesionado con la venganza vicaria del meme o, en el caso de los barrabravas, con la acción directa contra el enemigo cada vez que se presenta la ocasión.

En 2011, Querétaro fue considerada la palabra más bella de nuestro idioma. Diez años después esta misma palabra da la vuelta al mundo como teatro de la barbarie.

miércoles, diciembre 04, 2019

En modo cool




















Mario Ernesto O’Donnell es un médico, escritor e historiador argentino mejor conocido como Pacho, Pacho O’Donnell. Nació en Buenos Aires hacia 1941, y cada vez que encuentro algo escrito o dicho por él no puedo no reconocer la agudeza de su ojo, la puntería de su mirada crítica. Hace poco, por ejemplo, me asomé a una entrevista y ante la pregunta “¿Qué es ser viejo?”, O’Donnel respondió lo que sigue: “Ser viejo indudablemente, en una sociedad de consumo como la que vivimos, es ser un objeto de descarte porque realmente los viejos consumimos muy poco o nada. Usted habrá visto en la televisión que no hay avisos dirigidos a los viejos. Los avisos están dirigidos a los jóvenes o a los adultos (…) El viejo además tiene una crisis porque antes se suponía que era sabio, el conocimiento era acumulativo, es decir, mientras más viejo eras, más sabías porque habías acumulado más conocimiento, más experiencia. Ahora un chico de doce años sabe más que yo de cosas que la sociedad privilegia; yo no sé manejar los hashtags y el internet como lo maneja un chico de doce años. El viejo ha perdido el rol social que se le adjudicaba. El viejo sigue siendo indudablemente un foco de sabiduría, justamente por la experiencia, pero es algo que en este momento no se valoriza”.
No soy viejo todavía, o creo que no lo soy aunque ya ando en vías de serlo “a la mayor brevedad posible”, para decirlo burocráticamente, pero en efecto he notado que desde hace algunos años ser viejo es ser invisible, es desaparecer antes de que la muerte haga su rutinario jale. O’Donnell comenta que en la tele no hay comerciales para viejos, y yo ampliaría que —salvo los hospitales, las empresas dedicadas a las pompas fúnebres y sus adláteres vendedoras de cómodos, bastones y andaderas— nada hay que les dé entidad, que los visibilice.
Del terror al deterioro físico inoculado por la publicidad se deriva precisamente el fenómeno de la chavorruquez. Quiero recordar a los viejos de mi juventud, a quienes tenían sesenta o poco más cuando yo rasguñaba los treinta, y en mi memoria aparecen señores con ropa demodé, peinados con estilacho de antes y decorados con lentes feos y de gran aumento. Hoy, al contrario, como dicen que los cincuenta o sesenta son los nuevos cuarenta, y en casos extremos (no ajenos a la cirugía) hasta los treinta, lo ruco no necesariamente sofoca lo cool. Ahí está la clave: hay que andar en modo cool aunque el pellejo declare lo contrario.

sábado, abril 07, 2018

Otras trincheras















Sé, como todos, que la producción de Televisa ha venido a la baja en los años recientes. Esto se debe a que las audiencias mayoritarias han desplazado su interés a otras plataformas, es decir, para informarse y entretenerse ya no dependen de la televisión abierta, sino de sistemas como Netflix, YouTube o la enorme red de redes sociales. Los jóvenes son, sobre todo, quienes han emprendido más marcadamente tal migración, como lo he podido comprobar con mis alumnos y, más en corto, con mis hijas, quienes casi (quitemos el “casi” si queremos) ya no ven programas nacidos en el seno de las dos grandes televisoras nacionales.
El éxodo de las audiencias ha determinado el de los anunciantes, pues para ellos no tiene caso seguir pagando comerciales que ya no serán vistos por el grueso de la población. Todo cambió en muy poco tiempo, y hoy se dan casos que apenas hace diez años sonaban inimaginables: que “El Canal de las Estrellas”, ahora simplemente “Las Estrellas”, ofrezca en domingo dos películas de Hollywood en lugar de sus producciones habituales. No tengo tele, la veo en restaurantes o en casa de mi madre ciertos domingos, pero sé por esa retacería que la oferta es ahora muy poco eficaz. Si hace doce años tuvo éxito El privilegio de mandar, programa de “humor” político coyuntural a las elecciones de 2006, un producto parecido en este 2018 resulta espeluznantemente fallido, digno de inmediato zapping. En él, como hace más de diez años, se exhibe una versión paródica de los candidatos encarnados por actores que con máscaras y maquillaje desean hacer las delicias del respetable público infrapolitizado, pero sospecho que la intención naufraga. Algo me dice que ese humor ha sido masacrado por la infinita cantidad de memes y de gifs puestos en circulación dentro de la telaraña de las nuevas tecnologías comunicativas.
Hasta hace poco, pues, la “acción psicológica” del poder permeaba a la sociedad gracias a la propaganda echada a andar desde una estructura controlada de medios cuya mayor gravitación era televisiva, y en las elecciones de 2018 parece ser que ya no será así. No quiere decir esto que la influencia de los medios tradicionales vaya a ser anulada, sino que ahora tendrá una relevancia más notable todo lo que en encuestas, memes, notas, videos paródicos y demás circule por internet y llegue a los votantes gracias la antena ubicua de los celulares. Parecía imposible hace diez años: el factor televisivo tradicional no es ya determinante como creador de simpatías/antipatías. La propaganda se ha instalado en otras trincheras.

sábado, noviembre 11, 2017

Futbol y puñetazos




















Pocas reacciones más bobas que agarrarse a trancazos por culpa del futbol. Comprendo, sí, que la riña a puño limpio entre adultos es el único camino cuando ya no queda otro, cuando por ejemplo alguien agrede a un niño, a un anciano, a una mujer (perdonen este gesto machista) o a cualquier otra persona indefensa. ¿Pero levantar la guardia porque nuestro equipo de futbol ha sido derrotado? Tontísimo, absurdo desde donde uno quiera verlo. Ni siquiera cuenta el argumento de "la provocación", de las burlas enemigas luego de un traspiés. Nadie con algunas neuronas dentro de la maceta podría justificar esa razón para pelear, más porque se sabe de antemano que siempre será así: los aficionados están permanentemente ilusionados no tanto con el triunfo de su equipo, sino con la posibilidad de acometer a sus enemigos con todo tipo de befas, con frases humillantes y ahora, desde la aparición de las redes sociales, con memes de todos los colores.
Pensar en serio que eso es serio evidencia un infantilismo digno de psiquiatra. Enojarse por las burlas (en Argentina le llaman "cargadas") es caer en emboscadas previsibles: todo el que se identifica con un equipo será, tarde o temprano, víctima de tal acoso, así que más vale no hacerse tan mala sangre y esperar con estoicismo la oportunidad en la que uno recibirá su dosis de humillaciones.
Hace algunos meses, en el TSM, la reacción de los aficionados de Tigres (no todos, claro) que levantaron la guardia para " defender" el orgullo mancillado de su club fue, por esto, una niñería que lejos de enaltecer sus colores los denigra. ¿O es muy valiente golpear mujeres? ¿Creerán luego de haberlo hecho que merecen alguna admiración? Asombrosamante, sí. Hay un sujeto que alcanzó cierta celebridad porque a la pregunta de un reportero (¿vale la pena pelear a puñetazos y caer en la cárcel?) el joven respondió que sí, que por sus colores, como si la empresa deportiva (un equipo de futbol es una empresa) fuera a premiarlo luego de haberla defendido.
En el fondo de esa agresividad primaria están también, creo, los medios. Al menos lo están de cierta forma, pues apenas se acerca un partido etiquetado como "clásico" exacerban en el aficionado la idea de que en el match irán en juego "el orgullo", "la honra", "la dignidad" íntegra de los equipos. Los espots promocionales muchas veces siembran en "la previa" de esos cotejos una visión épica, lo dramatizan todo. Luego, cuando algunos aficionados se creen la estúpida especie de que en efecto son guerras y no simples divertimentos de la sociedad de consumo, y después riñen, no falta que los medios, como siempre, enfaticen sus esquizofrénicos llamamientos a la serenidad: "Que el futbol siga siendo un espactáculo para las familias", declaran compungidos).
No hay que negarse, es verdad, a las pasiones, incluida la futbolera. Son salsas de la vida, y uno puede escogerlas en lo que sea. Lo que no parece sensato es pensar que la pasión por una camiseta es mejor que otra, que gustar de Tigres o de América o de Santos es lo mejor, como si se tratara de una determinación divina, y llegar al extremo de tirar madrazos para demostrarlo. Eso lo único que demuestra es, por qué no decirlo ya sin eufemismos, imbecilidad, una imbecilidad que ni soñando honra nuestra pasión. Al contrario: la desdibuja y la degrada, la convierte en caricatura, nos empequeñece.

sábado, octubre 28, 2017

Emilios, o de la educación televisiva












Fui niño, adolescente y adulto bien adulto mientras duró el incontrastable poder mediático de Televisa. Desde 1970 (algunos dicen “desde que tengo uso de razón” aunque sigan siendo irracionales) me alimenté de programas producidos y/o difundidos por la televisora de los dos últimos Azcárragas. Como cualquiera en este país, de las empresas ubicadas en las avenidas San Ángel y Chapultepec vi programas cómicos, deportivos, informativos, de concurso y de entretenimiento melodramático durante, al menos, poco más de tres décadas. Aunque los libros y otras publicaciones llegaron a contrapesar ese consumo, soy en parte hijo espiritual del monstruo de la comunicación mexicana.
Como estudiante de comunicación entré en debates frecuentes sobre el poder de Televisa. Era bien visto que uno se mostrara crítico y llegara incluso al aborrecimiento: Televisa es el opio de México, Televisa es la verdadera SEP, Televisa es la oficina de comunicación social de la presidencia de la República, Televisa enajena al país, decíamos y quizá no era exagerado afirmar eso, pues la manera de entretenerse e informarse de las mayor parte de los mexicanos dependía de Televisa, de una meticulosa y torrencial programación que atravesaba todos los poros de la sensibilidad nacional.
De tal poder se agarraba mi certeza de que a Televisa no se le podía hacer mella alguna. Ni todos los medios alineados, en el hipotético caso de que ese sueño guajiro se hubiera hecho realidad, eran capaces de restar potencia a los mensajes unidireccionales del cuasimonopolio (o sin cuasi), de suerte que más valía acostumbrarse a convivir con la televisión que generaba así fuera nomás para tantear permanentemente el agua a los camotes del sistema: ver los productos de Televisa era captar lo que el gobierno federal deseaba que supiéramos y saber qué educación sentimental tenían los mexicanos aleccionados por el Emilio de turno.
Todo cambió con la llegada de las nuevas tecnologías, con internet, con las redes sociales, con la programación a la carta estilo Netflix y otras muchas modalidades que han ampliado la baraja de opciones. Ahora Televisa, asombrosamente, luce con mucho menos poder que antes y uno siente, quizá por una especie de síndrome de Estocolmo, que eso no es normal, que eso no está bien, que algo se ha dislocado en la realidad mexicana. De ese tamaño era el secuestro.

miércoles, septiembre 13, 2017

Información y desastres














Tras el sismo del jueves pasado que golpeó principalmente a Chiapas y Oaxaca se desató una ola de rumores cuyo contenido prevenía a la población de aquellos y otros rumbos sobre más movimientos telúricos. En algunos casos se informaba (es un decir) no sólo sobre el lugar, sino sobre la hora en la que se daría el nuevo siniestro, como si los sismos y sus réplicas ya fueran predecibles por la ciencia. De inmediato, claro, se desató igualmente una ola de aclaraciones: muchos en las redes sociales explicaban, en serio o con burlas, que pronosticar con tino la ocurrencia de los temblores no está todavía al alcance de los instrumentos creados por el hombre, de manera que creer en los rumores rayaba en el candor más bobo. Aclárese lo que se aclare, sin embargo, algo del enredo queda, la comunicación ahora está despatarrada y eso obliga a que vivamos atravesados por esta ironía: la superabundancia de información provoca que no estemos informados o que lo estemos fragmentaria y superficialmente, a punta de encabezados y de memes.
Hoy, pues, todo en el mundo informativo se amontona para que captemos una pizca insignificante de verdad sobre cualquier tema, y todavía no desarrollamos los reflejos necesarios para reaccionar ante el inagotable menú de notas que sin freno llueven sobre nuestros celulares y computadoras. ¿Qué es mejor ahora, leer información u opinión? ¿Sirven las investigaciones amplias para modificar la realidad? ¿La prensa puede acotar en algo los excesos del poder o el poder también puede excederse en el envío de cañonazos obregonistas que la mantengan a raya?
A estas preguntas les dio lúcida respuesta Daniel Salinas Basave en el artículo “Reportear en el país de no pasa nada”. Su idea eje es ésta: “En teoría, en un país de leyes e instituciones tendría que pasar algo a partir de esta revelación [la de la llamada Estafa Maestra]. La mala noticia es que vivimos en el país de no pasa nada. Paradójicamente, el gran aliado de la corrupción en este caso es la cotidianeidad y multiplicidad de los escándalos. (…) El exceso de mala prensa opera aquí a favor del gobierno. Qué tanto daño les puede hacer otro bombazo periodístico, si igual ya salieron ilesos de la Casa Blanca, el condominio de lujo en Miami y tantas noticias que han sido la comidilla del sexenio para después quedar en el olvido”.
En suma, tener información de más no necesariamente ha sido bueno. Hay tanta mala nueva que ya ninguna nos importa. Punto para el poder.

miércoles, mayo 03, 2017

Pantallas 24/7





















No pasó mucho tiempo, en realidad unos cuantos años apenas, para llegar al estadio de la sociedad contemporánea que Jonathan Crary describió de un plumazo en el título de un libro: 24/7.  Con esos dos números separados por una barra diagonal se expresa la idea-ombligo del ensayo: vivimos hoy permanentemente atados a una pantalla, las 24 horas del día los 7 días de la semana. Esto que hace cinco, ocho, diez años parecía relato de anticipación, es ahora, un instante después, realidad visible en cualquier parte. Basta salir a la calle para ver transeúntes que ni al cruzar de esquina a esquina dejan de estar atentos al contenido de una pantalla.
Los niños y los jóvenes son, sobre todo, quienes acusan mayor adicción. Por esto sus reacciones de enojo cuando no disponen, por descompostura o pérdida, de una pantalla, o cuando carecen de señal. Frente a estas situaciones se tornan ingobernables, enfadosos, casi como farmacodependientes. Tal atadura a la pantalla preocupa a los adultos que por su misma edad crecieron en una época sin la omnipresencia de tantos aparatos. Los padres de familia y los profesores son —o somos— los más inquietos, pues no saben cómo maniobrar ante quienes, hijos o alumnos, viven con la vista fija en las pantallas.
Es esta inquietud la que ha analizado Roxana Morduchowicz en Los chicos y las pantallas. Las respuestas que todos buscamos (FCE, Buenos Aires, 2014, 134 pp.), libro peculiar no tanto por su tema, hoy caro para muchos estudiosos, sino por el método que sigue para arrojar luz hacia las dudas que han aflorado entre los adultos tras la invasión de las pantallas en la vida de sus hijos/alumnos.
Morduchowicz formula 57 preguntas y a todas ellas da una breve respuesta. Se trata pues de un libro didáctico, abarcador de una realidad que llegó para modificar todos los hábitos de las sociedades actuales. Tres son para la autora los aparatos que posibilitan el apego: el televisor, la computadora y el celular, y casi me atrevo a decir que un joven adicto se da por bien servido si tiene sólo el último aparato siempre y cuando sea bueno, moderno, y, obvio, con acceso a internet.
Al son de preguntas sencillas (“¿Por qué hay tanta tecnología en la habitación de los chicos y qué consecuencias trae?”, por ejemplo) nos hacemos, en suma, una idea general de la arrasadora pantallitis y sus peligros.