Estas palabras tendrán algún sabor a crónica.
Crónica a destiempo, no importa, porque lo fundamental no es seguir una ceñida
línea cronológica, sino expresar una emoción verdadera, la que contaré a partir
de este punto y seguido. Durante muchos años, tal vez treinta, abracé la
esperanza de no irme (de la vida, quiero decir) sin conocer Montevideo. Pude
lograrlo durante casi una semana en los primeros días de mayo de 2024, hace dos
años. Con Maribel tomé el ferry de la compañía Colonia Express desde Buenos
Aires hasta Colonia del Sacramento, al otro lado del Río de la Plata. Temprano
el 2 de mayo ambos estábamos en el Uruguay. Una hora duró el cruce.
En Colonia pasamos un solo día, y al siguiente,
el 3, tomamos un camión rumbo a Montevideo, la capital. Este viaje duró tres
horas algo grises y lluviosas por momentos, pero no lo suficiente como para no notar
el verdor del sur charrúa. Llegamos a la capital a mediodía y en la terminal un
taxi nos movió hacia el Palacio Salvo, edificio insignia ubicado al lado de la
plaza principal. Allí nos hospedamos, en aquel inmueble recurrente en la
iconografía turística montevideana.
Yo me mantenía contenidamente emocionado porque
al fin estaba en una ciudad anhelada. Hacía frío, permanecía nublado mucho
tiempo, y las lluvias eran intermitentes y por ello sorpresivas. No dejé que el
clima borroneara mi buen ánimo, pues de hecho era lo que esperaba del mundo
onettiano: una ciudad algo brumosa, algo existencialista.
Semanas antes, cuando aseguré en el itinerario
la recorrida por el Uruguay, me mantuve cerca de los personajes que me
alentaban a viajar: eran varios artistas, pero sobre todo dos: Alfredo
Zitarrosa y Mario Benedetti. Ya sé que para algunos quizá demasiados jóvenes no dicen nada hoy, y que el hecho de que hayan sido de izquierda es casi
aberrante para muchos, pero para mí resulta lo contrario: quería pisar una
calle montevideana sólo para poder decirme, como aquí, en estos renglones, que
alguna vez fui al lugar donde nacieron, y celebrar sus vidas.
Había tiempo para toparme con lo requerido
luego de hacer un poco de turismo fotográfico por la llamada “Ciudad Vieja”. En
la cabeza me rondaba todo el tiempo el poema “Es tan poco” de Benedetti, pero en
la versión cantada por Zitarrosa. En esta pieza los condensaba, los reunía, y
era grato saber que las largas conversaciones con Maribel servían para tratar
de abolir lo que sugiere ese poema: que podemos convivir con una persona, pero
sin que ninguno conozca al otro verdaderamente.
Así, con la canción en la cabeza, esperaba
encontrar lo que hallé en un paseo: un vendedor de libros viejos de la peatonal
Sarandí tenía un libro de 1979 titulado Alfredo
Zitarrosa y sus canciones en una edición asombrosamente mexicana preparada
por el poeta argentino Saúl Ibargoyen. Lo compré. Tiene varias partituras para
mí ilegibles, pues a duras penas leo palabras, no música. El documento me
servía para lo que quería que me sirviera: como fetiche o evidencia de mi turismo bibliográfico. Ya con el libro en la maleta, otro
día prosiguieron las caminatas. Vi en el plano de Google Maps que no quedaba
lejos la Fundación Alfredo Zitarrosa. Fui a pie y estaba cerrada. Sólo me quedó
el registro de una foto en su exterior.
La canción “Es tan poco” siguió zumbando en mi
cabeza. Pensaba encontrar un libro de Benedetti, de preferencia usado, con cualquier librero de la calle, no porque no tuviera mucha obra de él en La Laguna, sino
para llevarme algo comprado allá. El 5 de mayo tuve suerte. Nos vimos con mi
amigo Martín Palacio Gamboa, escritor, cantante y profesor, en el café Lo de
Molina ubicado en la calle Tristán Narvaja, espacio de la ciudad donde los
domingos hay una especie de tianguis. Al terminar la conversación con Martín, Maribel
y yo erramos un poco por el mercadito y encontré Preguntas al azar, de Benedetti, en edición de 1989. La
bibliografía fetiche había sido completada.
Lo que ocurrió durante la última tarde montevideana
tuvo algo de mágico, aunque no creo en eso. Ya dije que me seguía como sombra “Es
tan poco” en la voz de Zitarrosa. Un poco apuradamente (ya era tarde) el último
día salí solo a la Fundación, y nuevamente estaba cerrada. En el regreso, vi a
otro vendedor callejero de libros. Tenía un montón revuelto y estaba a punto de
guardar su mercancía. Eché un vistazo y localicé El amor, las mujeres y la vida, título de Benedetti que parafrasea uno
de Schopenhauer. Le di una rápida hojeada/ojeada y en una de sus páginas estaba
“Es tan poco”, el poema que me rondó durante todo el viaje. Por supuesto compré
el libro.
Sobre el poema digo nomás que es sencillo y de
verso corto, por eso se acomoda relativamente fácil a la melancólica versión cantada.
La metáfora que rige toda la pieza piensa en la pareja como en un par de casas:
lo que conocemos del otro es la fachada, el mero afuera, pero nunca o casi
nunca nos atrevemos a timbrar para entrar a conocer bien el interior.
Dejó en esta liga la pieza cantada y aquí el poema:
Lo que conoces
es tan poco
lo que conoces
de mí
lo que conoces
son mis nubes
son mis silencios
son mis gestos
lo que conoces
de mí
lo que conoces
es la tristeza
de mi casa vista de afuera
son los postigos de mi tristeza
el llamador de mi tristeza.
Pero no sabes
nada
a lo sumo
piensas a veces
que es tan poco
lo que conozco
lo que conozco
de ti
lo que conozco
sea tus nubes
o tus silencios
o tus gestos
lo que conozco
es la tristeza
de tu casa vista de afuera
son los postigos de tu tristeza
el llamador de tu tristeza.
Pero no llamas.
Pero no llamo.

