El primero de abril pasado murió Salvador Castañeda (1946-2026). Lo vi sólo un par de veces, ambas breves, ambas en Torreón. Lo recuerdo bajito, un tanto distante, muy callado. Era paisano y colega escritor de La Laguna, y por esto lo invité a responder una batería de preguntas para mi libro Solazos y resolanas (SEC, 2015). Tardó en contestar tal vez porque no estaba muy convencido de mi propósito. Además, no respondió las preguntas una por una, sino con algunos párrafos que se distanciaban un poco del cuestionario, pero por supuesto respetaron esencialmente mi solicitud de contar pormenores de su vida y de su obra. Aquí la respuesta de Salvado Castañeda, que en paz descanse.
Soy
originario del ejido San Isidro, municipio de Matamoros de La Laguna, Coahuia; terminé
el tercer año de instrucción primaria en la escuela con un solo salón y una
sola maestra para los tres grados (no se podía arribar al siguiente grado sin
salir de esa población). Así las cosas, me trasladé a otro ejido, éste del
municipio de Torreón: La Paz. Después ingresé a la Escuela Secundaria y
Preparatoria Venustiano Carranza. Luego de terminar la preparatoria, regresé al
ejido a las labores agrícolas al lado de mi padre y los demás ejidatarios. Las
razones para reintegrarme al campo fueron económicas. Luego de un par de años
deambulé hacia Altos Hornos de México, a la Escuela de Agricultura «Antonio
Narro» en busca de alguna posibilidad de ingreso. Todo eso resultó inútil y
seguí en el ejido.
Conseguí
acumular 200 pesos libres en lo que llamábamos pepena (recoger los últimos
capullos de algodón luego de levantar la cosecha), y con ese capital y la
decisión de ingresar a la UNAM, llegué a la ciudad de México en un tráiler
cargado con pacas de algodón. Ya en la capital, donde por supuesto jamás había
estado pero imaginaba, la mayor sorpresa fue encontrarme con una gran cantidad
de información; publicaciones, noticias de todo el mundo (debo señalar que en
el ejido San Isidro, en ese tiempo, no había energía eléctrica, ni agua
potable, no llegaba ningún periódico de Torreón o de Matamoros).
En
la ciudad de México todo me resultaba apabullante. La abundancia de impresos,
de librerías, teatros, cines, exposiciones, etcétera. Todo esto, sin
proponérmelo, me hacía reflexionar mediante la confrontación de las condiciones
de los ejidos y lo que veía en la ciudad. Los ejidatarios por completo
dependientes de los créditos del Banco Ejidal (llamado “Bandidal” por los
propios campesinos).
Más
sorprendente y festivo me resultó llegar a la UNAM. La inscripción no resultó
fácil: primero era necesario revalidar lo estudiado en Torreón. Hacer filas
para todo en la Secretaría de Educación Pública. Los 200 pesos ya no eran míos.
Como
estudiante de geología no pude ir más allá del tercer año. Otra vez lo mismo:
falta de recursos, pues trabajé de mandadero en una compañía de exploración
geológica. Después trabajé como dibujante de geología. Sin proponérmelo, un día
me enteré en un periódico de un programa de intercambio cultural entre México y
la entonces Unión Soviética. No la pensé mucho y solicité una beca para estudiar
Agronomía en la Universidad de la Amistad de los Pueblos en Moscú. Cuando ya me
había olvidado de la solicitud, pues en realidad tenía pocas esperanzas de
conseguir esa oportunidad, recibí un telegrama de la embajada de la URSS donde
me informaron que había obtenido la beca como resultado del promedio de mis
calificaciones. Más sorprendente que México me resultó hallarme en la capital
de aquel lejano país. Existía ahí en aquel tiempo (1965), en la universidad,
una atmósfera de efervescencia permanente en la que estudiábamos jóvenes
llegados del llamado Tercer Mundo (Asia, África y América Latina) donde en
muchos de esos países existían movimientos revolucionarios de liberación
nacional. La revolución cubana recién había triunfado y por supuesto ejercía
una gran influencia en las organizaciones de los países de Latinoamérica; las
posibilidades de un cambio estaban ahí. Me involucré en uno de estos
movimientos y regresé al país. Luego de operar algún tiempo caí preso (por
fortuna, pues muchos jóvenes murieron en enfrentamientos, torturados o
ejecutados). Luego de siete años adentro, salí. Ahí adentro fue donde empecé a
escribir. Siempre trabajé en la Dirección de Literatura del Instituto Nacional
de Bellas Artes, pues en ese tiempo el titular de la dirección era el escritor
Gustavo Sáinz, quien sabía de mí porque desde la cárcel envié un libro de
relatos a un concurso literario convocado por la UNAM; Gustavo era parte del
jurado.
Ahora
estoy jubilado. Recuerdo mucho a mis compañeros de la secundaria y la
preparatoria: Eduardo Antonio Lee Soriano, Homero Ogasón Navarrete, Martín
Bautista, Gustavo Bautista, Víctor Albores G., Benito Briceño Paredes, J.
Isabel Acosta Solís, Salvador Acosta Solís, Rogelio de la O, Luis de la Rosa,
Enrique Martínez, Alejandro López A., Manuel Nava, Enrique Morán, Hugo Olivier,
Óscar Morales, Tomás Arizpe Uribe, Mariana G., Irene, Gloria A. Mijares, Manuel
Quiñones y Gabriel Carrera; entre otros (he hecho esfuerzos por recordar a más
de ellos, sin lograrlo). A todos ellos, o los que quieran y puedan, les pediría
sinceramente reunirnos algún día en alguna parte.
Actualmente
también coordino tres talleres literarios en la SHCP, en la UNAM y en el INBA.
He coordinado un taller en la Casa de Cultura de Torreón y en otros estados.
A un escritor ya no le recomendaría nada, pero sí a alguien que empieza o quiere comenzar: escribir acerca de lo que conoce. Escribir todos los días. Que lo que escriban le guste antes que a nadie más. No olvidar que el escritor se hace escribiendo. Que el problema fundamental que tiene que resolver es decir lo que todos ya dijeron (no existe tema que no se haya abordado ya), pero de diferente manera, lograr una voz propia.
Escritor mexicano nacido en el ejido San Isidro del municipio de Matamoros, Coahuila, en 1946. Fue cofundador del grupo guerrillero Movimiento de Acción Revolucionaria (MAR) en los años sesenta. Castañeda cayó en prisión a causa de las acciones de dicho grupo armado, y en la cárcel fue donde descubrió su vocación de escritor. Obtuvo el Premio de Novela Grijalbo en 1980 por su primera obra, ¿Por qué no dijiste todo? (SEP/Lecturas mexicanas, 1986). Entre otros, también ha publicado Los diques del tiempo (UNAM, 1991), La patria celestial (Cal y Arena, 1992), El de ayer es Él (El Espejo Concéntrico, 1996) y Papel revolución (DMC, Torreón, 2001).

