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sábado, octubre 24, 2026

Peligros de la nueva “creatividad”








 

Ayer corrió como reguero de etcétera una noticia relacionada con el mundo literario en español: la novela Donde el agua trabaja, del escritor peruano David Silva Rojas, fue explorada mediante una herramienta detectora de chanchullos y resultó que, según sus filtros, había sido ¿escrita? un 99 % con IA. El hecho no sería noticia si el libro puesto en solfa fuera un libro cualquiera entre los miles de libros cualquiera que abarrotan las indefensas mesas de novedades. No es así. La novela Donde el agua trabaja fue galardonada con el Premio Internacional de Novela Breve Almadía Ventosa-Arrufat, dotado con 20 mil euros (418 mil pesos mexicanos al cambio de hoy, 23 de octubre de 2026) y publicación en el sello editorial mexicano Almadía.

La editorial, con buen sentido del principio de presunción de inocencia, ha declarado sobre el autor que “no tenemos elementos para desconfiar de su palabra”, pero para evitar mayores escándalos ha suspendido la presentación de la obra. Supongo que harán nuevos análisis, cotejos, careos con tufo judicial, y supongo que de confirmarse el desaguisado buscarán reparar el estropicio de lesa literatura, si es que lo fue. Pero no sé, eso se irá sabiendo en el camino, aunque el asunto ya a estas alturas es ingrato, pues con el mismo programa (Pangram) que sirvió para escudriñar la novela se analizaron las respuestas del autor a las entrevistas respondidas por escrito, “y esas respuestas también tienen una alta dosis de Inteligencia Artificial”. O sea, una aberración en cadena si es que, en efecto, el detector ha descubierto la verdad.

La noticia tiene varias puntas. Por un lado, impacta a las instituciones organizadoras, sin duda. Por otro, golpea a quienes con ilusión presentaron sus obras al concurso, pues sospecharán que tal vez los doblegó, como a los ajedrecistas, una máquina. Otra punta es la de los lectores, que ahora no sólo desconfiarán del libro Donde el agua trabaja, sino de tantos otros que seguramente son sancochados, vayan ustedes a saber, en quince segundos por la herramienta más moderna que sirve para emular la creatividad humana. Por mi propia circunstancia, lo que más me inquietó fue la posición del jurado. La salpicadura de fango para quienes lo conformaron es ingrata por la viralización de la noticia, pues de inmediato y sin reflexionar nada se piensa en los filtros, en los dictaminadores, en la aduana para detener lo malo y lo burdo, y sólo dejar vía libre hacia el triunfo a la obra más destacada y, hoy como nunca, original, ajena a las prácticas del Pierre Menard digital.

Varias veces he sido jurado de premios estatales, nacionales y algunos internacionales. No suele ser una chamba cómoda ni bien pagada, pero luego de aceptar ese feo papel he hecho lo posible por detectar y discutir con mis homólogos u homólogas los atributos de cada propuesta con el fin de distinguir la obra ganadora. Hasta el momento no me ha ido mal, y salvo en uno donde el debate se puso candente, en todos los demás creo que he participado en veredictos cercanos a la unanimidad. En no pocos certámenes he dictaminado más de cien obras, y es allí donde se debe tener callo para encender la luz roja no sólo a los trabajos menos afortunados en forma y contenido, sino también a aquellos poco originales o no tan creativos. Hasta hace no tanto, cuando no habíamos entrado todavía a la era copy-paste, casi nadie sospechaba de plagios, pero ahora llegamos a una etapa superior de la era plagiaria: la inescrupulosa era de la IA, lo que supone un riesgo, la posibilidad de una mácula en su prestigio para cualquiera que se anime a ser jurado.

Por lo pronto, la moraleja que me queda tras enterarme de la increíble y triste historia de la novela ganadora y su supuesta IA desalmada, es que ya no voy a aceptar el inseguro rol de jurado o dictaminador. Como dije, las instituciones suelen pagar poco por tal subempleo, es mucho esfuerzo y ahora se añade el agravante del peligro por los usos y abusos de la inteligencia apócrifa. En todo caso, se me ocurre que en lo venidero será imprescindible añadir en las bases una cláusula parecida a ésta: “La institución convocante recibirá el fallo dos semanas antes de darlo a conocer. En el lapso intermedio pedirá que la Interpol indague si el trabajo ganador es plagio o texto elaborado con IA”.

Para terminar, ojalá que el escritor inca no haya tronado el dinero del premio, por si acaso le solicitan su reembolso. Quedará en tal caso como una especie de Campeón sin corona, título de una película mexicana protagonizada, curiosamente, por su tocayo David Silva, gran actor.

sábado, septiembre 19, 2026

Qué nos podemos esperar

 











No son raros los pleitos entre escritores. Aunque en general no se dispute nada, salvo quizá la posición del ego o a lo sumo unas cuantas monedas, nunca han faltado las pullas en el terreno de las letras. La bronca más famosa que registran los anales de la literatura en español fue la entablada tripartitamente por Quevedo, Góngora y Lope de Vega en el Siglo de Oro. Estos monstruos se tiraron tan duro que pasaron a la historia como maestros del insulto poético, aunque para entender hoy sus sablazos es necesario disponer de ediciones críticas preparadas por especialistas. Véase por ejemplo el arranque de este soneto de Quevedo a Góngora: “Yo te untaré mis obras con tocino / porque no me las muerdas, Gongorilla, / perro de los ingenios de Castilla, / docto en pullas, cual mozo de camino…”, donde la alusión al tocino buscó denigrar los presuntos orígenes judíos del poeta andaluz, dada la prohibición judaica a la ingesta de carne de cerdo. En otras palabras, le recordaba su condición de converso y le negaba la condición de “cristiano viejo”, todo con una sola palabra.

Nunca han faltado pues mandobles escritos entre la gente dedicada a las letras. Esto se ha dado en las grandes ligas y en las ligas pequeñas, y lo atribuyo a los celos o la envidia en un mundillo, el literario, donde la mayor parte de las veces lo único que se gana es prestigio o “trascendencia”, de allí que los encontronazos sólo se consumen en el espacio simbólico: hablar mal de un colega como medio para bajarlo de peldaños que en teoría no merece. La historia de la literatura está llena de estos casos e incluso hay libros que, entre anécdotas y pasajes biográficos, recogen los dardos tirados o recibidos por tal o cual escritor. Nadie se salva en este caso, el espacio literario es muy rijoso, inclinado al chismorreo y a la carnicería crítica, como por cierto lo mostró hace poco Javier Cercas en una columna titulada “Ruiz Zafón y el mundillo literario”. Pueden buscarla para observar lo que señala.

Durante la semana pensé en este tema porque estoy leyendo un libro que luego espero comentar. En uno de sus pasajes el autor habla de los corros europeos que en el siglo XIX servían a los escritores para desahogar sus tirrias. Luego me cayó, gracias al algoritmo que sabe mejor que yo todo lo que me interesa, un excelente video que cita frases de escritores contra escritores donde de manera sintética queda expuesta la malditez verbal a la que me he referido desde hace dos párrafos. No resisto la tentación de transcribir las frases que acumula, pues algunas son muy buenas, hayan sido ciertas o no. Las enumero tal y como aparecen en el videíto, casi como peleas de box:

Jorge Luis Borges contra Gabriel García Márquez: “Cien años de soledad es una gran novela, aunque creo que con cincuenta años hubiera sido suficiente”.

Roberto Bolaño contra Isabel Allende: “Me parece una mala escritora simple y llanamente, y llamarla escritora es un acto de generosidad. Su literatura es anémica, como muchos latinoamericanos… no va a vivir mucho tiempo”.

William Faulkner contra Ernest Hemingway. “Nunca a usado una palabra que pudiera mandar al lector al diccionario”.

Ernest Hemingway contra William Faulkner. “Pobre Faulkner. ¿Realmente cree que las grandes emociones provienen de las grandes palabras?”

Cyril Connolly contra George Orwell. “No podía soplarse la nariz sin tener que moralizar sobre la industria del pañuelo”.

Truman Capote contra Jack Kerouac. “Eso que él hace no es escribir, es teclear”.

Virginia Woolf contra James Joyce. “Ulises me parece un libro analfabeto, mal educado: el libro de un trabajador autodidacta, egoísta, insistente, crudo, sorprendente y finalmente nauseabundo”.

Evelyn Waugh contra Marcel Proust. “Estoy leyendo a Proust por primera vez y me sorprende descubrir que era un deficiente mental. Nadie me lo advirtió”.

Oscar Wilde contra George Bernard Shaw. “Es un hombre excelente: no tiene enemigos y ninguno de sus amigos lo quiere”.

Mark Twain contra Edgar Allan Poe y Jane Austen. “Para mí, la prosa de Edgar Allan Poe es ilegible, como la de Jane Austen. Bueno, no, hay una diferencia: podría leer la prosa de Poe si me pagaran, pero la de Jane no. Jane es completamente imposible. Es una verdadera lástima que le permitieran morir una muerte natural”.

Dos, me parece, son las ofensas más ingeniosas: la de Connolly y la de Wilde, y la más ruda y sin duda cruel es la de Twain contra Austen. En fin. La pregunta que me hago es simple: si estos tipos que son considerados genios y clásicos de la literatura se decían tales lindezas, ¿qué podemos esperar para nosotros? Supongo que nada, ni insultos, lo cual podría ser el peor insulto.

miércoles, agosto 26, 2026

Prohibido faltar hoy


 







Hoy a las 7 en la Galería de Arte Contemporáneo del Teatro Isauro Martínez será presentado mi más reciente libro de cuentos. Me acompañarán con sus comentarios Iván Hernán Benítez y Saúl Rosales. La entrada es libre y al final habrá un modesto brindis. Ya enumeré todo lo importante, salvo el título: Prohibido soñar de pie, libro que contiene quince relatos editados este año por Ficticia Editorial en la Ciudad de México. Nada más debo añadir, pero aún queda espacio a esta columna y lo aprovecho para bordear algunas peculiaridades de este nuevo título incorporado a la literatura mexicana en general y lagunera en particular.

Prohibido soñar de pie contiene quince historias estacionadas en exactamente 200 páginas. El promedio de cada cuento ronda las doce o trece páginas, aunque en realidad la extensión de las piezas es variada. Tan lo es que se me ocurrió añadir dos textos brevísimos, de un párrafo apenas, junto a otros de mucho mayor envergadura. Salvo dos o tres de corte lúdico (los muy breves y algún otro), todas las demás ficciones son realistas, algunas claramente ubicadas en el contexto lagunero aunque por supuesto sin el ánimo de incurrir en el color local o el costumbrismo que tanto daño ha hecho y hace a la indefensa literatura.

Los cuentos son realistas, insisto, pero no autobiográficos. Son ficciones a la manera de las que solemos urdir los escritores no fantásticos: puede parpadear en ellos alguna tenue luz autobiográfica, pero sólo como asidero de la imaginación literaria cuyo principal atributo es fingir la realidad, mentir con la apariencia de verdad sin desentenderse de la verosimilitud. El título alude a una idea que de cierta forma pellizca todas las historias: que en la realidad los propósitos (léase los sueños) muchas veces, la mayoría, se ven vapuleados por la insignificancia de los frutos, razón por la cual quizá no sea tan desaconsejable ambicionar con prudencia más allá de que los manuales exitistas nos inculquen el deseo de triunfo cueste lo que cueste y otras quimeras que a lo sumo se materializan a cuentagotas.

Un resumen apretado de los contenidos podría destacar tres rutas temáticas: cuatro cuentos con asunto literario, cuatro con sesgo (des)amoroso, dos futboleros y otros de menos sencilla ubicación. Es un libro misceláneo, otro intento por ejercer el oficio de escribir donde casi no importa.

lunes, agosto 17, 2026

Entrevista en Artefacto de Letras

 





Entrevista de Armando Enríquez para la revista digital Artefacto de Letras. Se celebró en la Librería Bonilla de la Ciudad de México el 4 de junio de este año poco antes de la presentación, allí mismo, de Prohibido soñar de pie (Ficticia Editorial, 2026, 2026 pp.) Muchas gracias a Armando y a Artefacto de Letras por este amable diálogo. Pulse aquí.

sábado, julio 25, 2026

Soñemos de pie












Fernando Fabio Sánchez ha publicado el primer comentario sobre Prohibido soñar de pie (Ficticia Editorial, México, 2026, 200 pp.), mi más reciente libro de cuentos. Se lo agradezco mucho, pues todo ayuda a dar visibilidad a la escritura que nace en estos tiempos sin mucha esperanza de llegar a los lectores hoy pulverizados es intereses infinitos. La reseña de Fernando apareció en tres entregas/semanas de su columna 30-30, publicada desde hace varios años en el diario Milenio Laguna. Agradezco su generosa opinión y aprovecho que me permitió compartirla aquí para anunciar que el libro está a merced de quien guste en la cadena Gandhi, las librerías del FCE y, en Torreón, en la Cafebrería La Tinta (Morelos 559 poniente).

Este es el comentario de Fernando:

Soñemos de pie

I

Se dice que las primeras líneas de un libro determinan si un lector continuará leyendo la obra que comienza.

Es posible que así sea.

Las primeras líneas se parecen al primer saludo entre dos desconocidos, a la primera mirada de los amantes o a la primera impresión en una entrevista de trabajo.

La importancia de las primeras líneas es antigua. La novela inaugural de nuestra tradición es tan famosa como su entrada: “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme”.

Si queremos ir más atrás, remontémonos al siglo VIII a.n.e., para escuchar el inicio de La Odisea: “Cuéntame de aquel hombre complicado, Musa. Cuéntame cómo erró y se extravió después de asolar la sagrada Troya” (traducción al español de la versión de Emily Wilson).

O si deseamos ir todavía un poco más atrás, leemos en el Génesis: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra”.

Las primeras líneas son una fórmula. Nos introducen en el espacio, el tiempo o la lógica de un nuevo universo.

Son, también, un adelanto cifrado de la obra, un pacto que establece estilo, ritmo e intensidad.

No son las de sintaxis más sofisticada, las más líricas o cargadas de simbolismo.

Algunas son secas, con lenguaje directo y simple. Su fuerza consiste en definir un tema de gran importancia o trazar el inicio de una acción irrevocable.

Aunque su magnetismo es misterioso, quizá incuantificable, basta una buena primera línea para sembrar el deseo de leer cientos, miles de páginas.

No todos los libros tienen la fortuna de contar con una primera línea de antología. 

Pero, en algunos casos, la entrada es tan agraciada que acumula múltiples significados.

Tal es el caso del libro más reciente de Jaime Muñoz Vargas, Prohibido soñar de pie (Ficticia Editorial, México, 2026, 200 pp.).

Se trata de una colección de 15 cuentos que “permiten acceder a las numerosas lastimaduras que presupone la existencia”.

La primera pieza navega en siglos de tradiciones literarias.

Se titula “Microrrelato total”. Lo incluyo íntegro a continuación.

“En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme y en medio del camino de la vida, errante me encontré en una selva oscura cuando frente al pelotón de fusilamiento el coronel Aureliano Buendía recordó aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo a él, que sólo deseaba confesar que vino a Comala porque le dijeron que acá vivía su padre, un tal Pedro Páramo, declaración expresada la candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, apenas poco después de que Gregorio Samsa despertó convertido en un escarabajo, preguntando como loco, a gritos y con una pena extraordinaria, ¿en qué momento se jodió el Perú?”.

Este relato nos prepara para entrar en Prohibido soñar de pie, un libro que, desde su primera línea, ya promete más de lo que anuncia, como veremos en la siguiente entrega.

II

La semana pasada leímos el inicio de Prohibido soñar de pie, el libro más reciente de Jaime Muñoz Vargas. Hoy recorreremos los primeros cuentos, pero sin revelar los finales.

El segundo cuento, “Irene Olavarría”, narra la relación entre Irene y la viuda de Arturo, con quien Irene compartió una relación de juventud.

Irene ha llegado a la empobrecida casa de Teresa para hacerse cargo de los libros publicados y no publicados del recién fallecido.

Según Arturo, quizá la terquedad vasca de Irene podrá “hacer algo con los libros”.

Así, se embarca en el proyecto de rescatar a Arturo de una doble muerte: la física y la literaria, acaso salvando también a Teresa en el proceso.

“Tour en gris” es un cuento basado en una de las paradojas de México en cuanto a la difusión de la llamada “alta cultura”.

El protagonista-narrador viaja hacia la provincia norteña, acompañado de un chofer aficionado a la música de banda, para dar una charla literaria.

Los escenarios desolados, que espantan estéticamente al narrador, nos hacen sentir que ambos personajes se adentran en la nada.

Esa es la paradoja: nadie parece estar esperándolos y, aun así, el escritor va, apoyado por un programa estatal que debe difundir la cultura.

Del tema literario, llegamos al género de terror con “Dentro del cine”.

Aquí, Muñoz Vargas presenta a dos hermanos que filman una película, utilizando los elementos más oscuros de la realidad.

Quizá lo que produce terror en esta historia es exactamente el hecho de que los hermanos no deciden hacer arte, sino lucrar con la violencia social.

De aquí, volvemos al tema literario, pero ya contaminados por el cinismo.

En “Taller literario” encontramos a dos escritores muy diferentes. Uno parece tener la vida resuelta pero no tiene talento. El otro está en apuros, aunque escribir buenos libros le resulta un acto natural.

¿Qué es más importante? ¿El talento o la astucia comercial?

Hasta aquí, Prohibido soñar de pie ha presentado el problema de la profesionalización artística en un entorno que no parece reconocer ni recompensar tal esfuerzo.

El resultado es una serie de discordancias entre ejecutantes y su supuesta audiencia: el fracaso de escritores, pensadores y cineastas que soñaron con el “éxito” y cuyas expectativas se tornan ridículas ante un mundo que —irónicamente— no los categoriza de esa manera porque en realidad no los ve.

Este agotamiento lo encontramos en “Un día con Michelle”, que narra el episodio entre un tipo normal y la “novia” de su amigo.

El narrador-personaje debe acompañar a la influencer del fitness en Mazatlán como un favor al amigo, y no sabe si los deseos que siente por ella llegarán a cumplirse.

Es el mito de Tántalo, compartido por los personajes: tienen sed y ven el agua, pero no pueden beberla.

Encontramos a lo largo de las primeras cien páginas un realismo irónico y desencantado, cercano a Quevedo.

Jaime Muñoz Vargas reconoce esta influencia en el epígrafe del poeta del Siglo de Oro, que dice: “No sentí resbalar mudos los años/ hoy los lloro pasados, y los veo/ riendo de mis lágrimas y daños”.

Continuemos este recorrido por Prohibido soñar de pie. Quizá el verdadero tema del libro no sea la prohibición de soñar, sino la obstinación de seguir haciéndolo de pie.

III

En esta entrega concluiremos la reseña de Prohibido soñar de pie (Ficticia 2026) de Jaime Muñoz Vargas. Al entrar en la segunda parte del libro, reconocemos otros temas además del mundo literario.

Resalta el futbol en “Jugada de peligro” y “Un Maradona posible”. El segundo es el más futbolero —deporte que apasiona a Jaime y que ha sido una constante en su obra— y presenta una biografía hipotética del jugador argentino en México. Por lo mismo, también es el más borgeano del volumen.

“Jugada de peligro” nos lleva a una familia que, de pronto, se ve relacionada con algunos jugadores sudamericanos en La Laguna. Hay una reflexión sentimental sobre la manera en que la economía influye en las relaciones sociales.

Esta convergencia entre deporte y vida aparece también en “Después de las luchas”. El cuento ofrece uno de los motivos de la portada, en la que aparece una máscara de luchador reproducida en una tira de celuloide. La lucha libre es otro de los núcleos de la literatura de Jaime.

Luego, el libro se concentra en lo social. “En la orilla” y “Yo tengo tu dirección” nos hablan de la posible tragedia que puede estar anidada en la cotidianidad: un amigo de la juventud regresa completamente derrotado y un hombre cualquiera se enfrenta a la posibilidad de comprar un auto “chueco”, convirtiéndose quizá en un delincuente silencioso.

Llegamos entonces a tres cuentos sobre la masculinidad. “A tus brazos otra vez” es irónico y describe con detalles las experiencias íntimas de un personaje al que le han negado el amor.

En contraste, “Muchísimas gracias” adquiere una perspectiva nostálgica: el narrador nos cuenta cómo conoció a una mujer que reencuentra muchos años después, recordándonos a Cortázar y José Emilio Pacheco.

Y "Carta de Diana", que vuelve al mundo literario-académico: una especialista argentina ofrece un curso en una universidad lagunera y, entre la atracción y el respeto, la caballerosidad termina por imponerse.

El lector de esta columna ahora conoce catorce de los quince relatos de la colección.

Detectamos temas en común: la literatura y el arte como modo de existencia, el futbol, las luchas, el crimen, el realismo, la tentación del éxito y el fracaso.

Pero el libro nos reserva algunas victorias. Son pequeñas, acaso sentimentales nada más, aunque lo suficientemente poderosas como para restablecer la dignidad de los sueños y la vida.

No todo es frustración en estos cuentos que se desarrollan en la Comarca Lagunera, haciendo del desierto un universo.

Jaime Muñoz Vargas también triunfa por medio de su prosa: rítmica, muy rica y llena de humor. Y dedica el volumen a Saúl Rosales Carrillo, reconociendo su tradición e impulsándola.

Al final, nos revela que el hacer es en realidad juego. “Monotonía de las vueltas” dice: “Cuando el Hombre Araña se avecindó en Torreón, vio con tristeza que para tender su prodigiosa telaraña solo contaba con el edificio Monterrey. Allí murió, viejo y aburrido, dando vueltas como si fuera un monótono volador de Papantla”.

Prohibido soñar de pie de Jaime Muñoz Vargas es un libro que nos enseña a reír de pie y a soñar todavía, aunque el mundo no dé para más. 

sábado, mayo 30, 2026

Del cuento y sus linderos

 











El fin de semana pasado participé en un encuentro de cuentistas celebrado en Ciudad Juárez. Quedó enmarcado en la Feria del Libro de la Frontera, y reunió a 19 cultores del género provenientes de distintas partes del país. Como no fueron tantos, los menciono: Adriana Azucena Rodríguez, Agustín García Delgado, Alberto Chimal, Ana Paula González Aragón. Carlos Martín Briceño. Carlos René Padilla. César Gándara, Daniel Bernal Moreno, Elpidia García Delgado, Ricardo Vigueras, Héctor Arreola, Iris García Cuevas, José Alberto García, Mauricio Carrera, Norma Lazo, Pepe Rojo, Salud Ochoa. Raquel Castro y yo.

El orquestador del encuentro y de las mesas fue José Juan Aboytia, escritor bajacaliforniano pero con larga radicación juarense. En las mesas redondas y en las presentaciones de novedades se habló por supuesto del cuento y sus orillas, del consabido desdén editorial-comercial, de las orientaciones que ha seguido el género, de los autores clásicos, de la microficción, del tallereo, de sus bordes formales y de todo aquello que concierne a la narrativa breve. Fueron jornadas muy productivas en las que, como síntesis, me quedé con la idea de que el cuento, pese a los atávicos ninguneos de siempre, goza de una salud estable en nuestro país, pues muchos escritores hay que lo practican con asiduidad y empaque.

Semanas antes de viajar a Ciudad Juárez, Aboytia pidió a los participantes que respondieran por separado a tres preguntas sobre el cuento. Su idea, su buena idea era preparar un cuadernillo de notas que regalaría, y en efecto regaló, a quienes participamos. Como el tiraje de la publicación se ciñó estrictamente al número de invitados y quizá algunos pocos ejemplares más, comparto en caída libre y sin comentario lateral seis aproximaciones al cuento contenidas en las páginas de aquel grato regalo; creo que así pueden servir a los lectores/escritores de cuento todavía no muy avisados.

Rosina Conde: “Un consejo para un joven cuentista: No debemos menospreciar el estudio de las técnicas narrativas ni de las estructuras. Los lectores se dan cuenta cuando nos equivocamos y nos celebran cuando se han cubierto todos los planos, así rompamos con la linealidad o la temporalidad en la narrativa, o trabajemos el verso libre en la poesía”.

Iris García Cuevas: “Me gusta pensar que cada género narrativo tiene su propósito. La novela sigue procesos de formación y transformación a largo plazo; la novela breve capta cómo se reconfigura la vida bajo presión, ante una situación de emergencia; el cuento fija el momento exacto en que todo cambia, es una instantánea del ser humano ante la crisis”.

Raquel Castro: “Un consejo a jóvenes cuentistas. Decide primero el esqueleto de lo que quieres contar; luego vístelo poco a poco: que sólo le quede encima lo que realmente necesita. Luego, si quieres, adorna”.

Daniel Bernal Moreno: “Sugiero escribir un primer borrador sin ninguna restricción de tema o extensión. Teniendo claro el conflicto, la anécdota o el final, al escribir sin limitantes podríamos descubrir elementos que enriquezcan nuestro texto. Después viene el trabajo más difícil que es eliminar todo lo que sobre y no aporte nada al cuento. Sacrificando incluso frases potentes o imágenes que podrían ser interesantes”.

Carlos Martín Briceño: “Los cuentos surgen de instantes, de la morbosa mirada del escritor que descubre en las acciones de otros, una historia oculta digna de ser narrada. El cuento es un golpe de sol en los ojos, un paseo por las entrañas de la condición humana, y debe ofrecer a los lectores, como ‘El Aleph’ de Borges, ángulos inadvertidos de la realidad”.

Pepe Rojo: “Me gustan los cuentos que cortan. Me gustan los cuentos que cantan. Me gustan los cuentos que no te dejan dormir. Que te hacen llorar y sonreír a la vez. Esos que, al acabar de leerlos, te dejan en una realidad distinta a la que estabas cuando los empezaste”.

miércoles, mayo 20, 2026

Hay semejanzas maravillosas


 











José F. Armida es el autor de “Semejanzas”, un bolero mexicano cuya música se debe a Ricardo Palmerín, el yucateco autor de “Peregrina”, la canción que Felipe Carrillo Puerto pidió para Alma Reed; seguro conocen esa historia. “Entre las almas y entre las rosas / hay semejanzas maravillosas”, escribió Armida, y más allá de la elevada edulcoración verbal puedo decir lo mismo sobre el cuento y la poesía como géneros literarios: entre los dos hay afinidad, tanta que he llegado a cuajar una noción sobre su proximidad en ciertos rasgos. Paso a explicar aunque esto nomás me sirva para tener claro en qué pienso cuando pienso en el cuento.

En la escritura poética más convencional hay dos formas básicas: el verso llamado tradicional y el libre. A ambos los une la intención poética, el ritmo. Pueden ser poesía porque intentan una determinada sonoridad, la música de la palabra. La poesía tradicional apela a la métrica (la acentuación, el número de sílabas, la rima, la división estrófica y a veces el número de versos), como lo hacen el soneto y la décima, formas fijas que han sobrevivido sólidas hasta la fecha; por otro lado, el llamado verso libre es, como lo indica su adjetivo, libre, no exige número de sílabas, ni rima no nada, sólo obtener un ritmo más o menos eficaz, dependiendo de lo que cada poeta pueda alcanzar en función de su talento.

En el cuento noto de manera esquemática una división similar. Se supone que un rasgo ineludible, como el ritmo en la poesía, es la brevedad de lo narrado, pero también, como en la poesía, hay un cuento que podemos llamar tradicional y otro libre. En el primero hay algunas reglas, es como el soneto de la narrativa. En un exceso de taxatividad, Piglia ha señalado que "un cuento siempre cuenta dos historias": una fluye en la superficie y otra soterradamente. Elegir en este tipo de cuento un tema, un argumento, personajes, atmósferas y demás supone una postura similar a la que se asume cuando escribimos un soneto: es un mecanismo cuyo engranaje se interconecta en un palmo de papel y busca, lo consiga o no, la perfección del círculo. Es una historia vigilada, gobernada por la racionalidad del cuentista.

El otro tipo de cuento, para seguir con la analogía, es el libre, desentendido del mecanismo, sostenido, me he fijado, por el trazo prosístico o la agudeza del autor puesta en sus personajes, pero sin afán de contar (“siempre”) las susodichas dos historias de Piglia ni apetito por lograr alguna sorpresa. Por eso el cuento “libre” siempre termina en cualquier punto, sin conectar nada como imperativo de la estructura, de ahí que varias veces he pensado que en esencia carece de sistema óseo, que es un texto invertebrado.

Claro, ninguno de los dos es mejor que el otro, todo depende del tratamiento, en el que por cierto también podemos atrever interesantes mixturas. En ambos casos son moldes espléndidos para narrar. Aunque por inercia tiendo a preferir el primero, el vertebrado, ninguno es mejor que el otro, repito.

martes, mayo 19, 2026

Décima Feria de Libro de la Frontera

 















Décima Feria del Libro de la Frontera a celebrarse en Ciudad Juárez del 22 al 24 de mayo. El tema vertebral será el cuento como género siempre en movimiento. Allá nos vemos.

miércoles, abril 08, 2026

Salvador Castañeda, in memoriam

 











El primero de abril pasado murió Salvador Castañeda (1946-2026). Lo vi sólo un par de veces, ambas breves, ambas en Torreón. Lo recuerdo bajito, un tanto distante, muy callado.  Era paisano y colega escritor de La Laguna, y por esto lo invité a responder una batería de preguntas para mi libro Solazos y resolanas (SEC, 2015). Tardó en contestar tal vez porque no estaba muy convencido de mi propósito. Además, no respondió las preguntas una por una, sino con algunos párrafos que se distanciaban un poco del cuestionario, pero por supuesto respetaron esencialmente mi solicitud de contar pormenores de su vida y de su obra. Aquí la respuesta de Salvado Castañeda, que en paz descanse.

Soy originario del ejido San Isidro, municipio de Matamoros de La Laguna, Coahuia; terminé el tercer año de instrucción primaria en la escuela con un solo salón y una sola maestra para los tres grados (no se podía arribar al siguiente grado sin salir de esa población). Así las cosas, me trasladé a otro ejido, éste del municipio de Torreón: La Paz. Des­pués ingresé a la Escuela Secundaria y Preparatoria Venustiano Carranza. Luego de terminar la preparatoria, regresé al ejido a las labores agrícolas al lado de mi padre y los demás ejidatarios. Las razones para reintegrarme al campo fueron económicas. Luego de un par de años deambulé hacia Altos Hornos de México, a la Escuela de Agricultura «Antonio Narro» en busca de alguna posibilidad de ingreso. Todo eso resultó inútil y seguí en el ejido.

Conseguí acumular 200 pesos libres en lo que llamábamos pepena (recoger los últimos capullos de algodón luego de levantar la cosecha), y con ese capital y la decisión de ingresar a la UNAM, llegué a la ciudad de México en un tráiler carga­do con pacas de algodón. Ya en la capital, donde por supuesto jamás había estado pero imaginaba, la mayor sorpresa fue encontrarme con una gran cantidad de información; publicaciones, noticias de todo el mundo (debo señalar que en el ejido San Isidro, en ese tiempo, no había energía eléctrica, ni agua potable, no llegaba ningún periódico de Torreón o de Matamoros).

En la ciudad de México todo me resultaba apabullante. La abundancia de impresos, de librerías, teatros, cines, exposiciones, etcétera. Todo esto, sin proponérmelo, me hacía reflexionar mediante la confrontación de las condi­ciones de los ejidos y lo que veía en la ciudad. Los ejidatarios por completo dependientes de los créditos del Banco Ejidal (llamado “Bandidal” por los propios campesinos).

Más sorprendente y festivo me resultó llegar a la UNAM. La inscripción no resultó fácil: primero era necesario revalidar lo estudiado en Torreón. Hacer filas para todo en la Secretaría de Educación Pública. Los 200 pesos ya no eran míos.

Como estudiante de geología no pude ir más allá del tercer año. Otra vez lo mis­mo: falta de recursos, pues trabajé de mandadero en una compañía de exploración geológica. Después trabajé como dibujante de geología. Sin proponérmelo, un día me enteré en un periódico de un programa de intercambio cultural entre México y la entonces Unión Soviética. No la pensé mucho y solicité una beca para estudiar Agronomía en la Universidad de la Amistad de los Pueblos en Moscú. Cuando ya me había olvidado de la solicitud, pues en realidad tenía pocas esperanzas de conseguir esa oportunidad, recibí un telegrama de la embajada de la URSS donde me informaron que había obtenido la beca como resultado del promedio de mis calificaciones. Más sorprendente que México me resultó hallarme en la capital de aquel lejano país. Existía ahí en aquel tiempo (1965), en la universidad, una atmósfera de efervescencia permanente en la que estudiábamos jóvenes llegados del llamado Tercer Mundo (Asia, África y América Latina) donde en muchos de esos países existían movimientos revolucionarios de liberación nacional. La revo­lución cubana recién había triunfado y por supuesto ejercía una gran influencia en las organizaciones de los países de Latinoamérica; las posibilidades de un cambio estaban ahí. Me involucré en uno de estos movimientos y regresé al país. Luego de operar algún tiempo caí preso (por fortuna, pues muchos jóvenes murieron en enfrentamientos, torturados o ejecutados). Luego de siete años adentro, salí. Ahí adentro fue donde empecé a escribir. Siempre trabajé en la Dirección de Literatura del Instituto Nacional de Bellas Artes, pues en ese tiempo el titular de la dirección era el escritor Gustavo Sáinz, quien sabía de mí porque desde la cárcel envié un libro de relatos a un concurso literario convocado por la UNAM; Gustavo era parte del jurado.

Ahora estoy jubilado. Recuerdo mucho a mis compañeros de la secundaria y la preparatoria: Eduardo Antonio Lee Soriano, Homero Ogasón Navarrete, Martín Bautista, Gustavo Bautista, Víctor Albores G., Benito Briceño Paredes, J. Isabel Acosta Solís, Salvador Acosta Solís, Rogelio de la O, Luis de la Rosa, Enrique Martínez, Alejandro López A., Manuel Nava, Enrique Morán, Hugo Olivier, Óscar Morales, Tomás Arizpe Uribe, Mariana G., Irene, Gloria A. Mijares, Ma­nuel Quiñones y Gabriel Carrera; entre otros (he hecho esfuerzos por recordar a más de ellos, sin lograrlo). A todos ellos, o los que quieran y puedan, les pediría sinceramente reunirnos algún día en alguna parte.

Actualmente también coordino tres talleres literarios en la SHCP, en la UNAM y en el INBA. He coordinado un taller en la Casa de Cultura de Torreón y en otros estados.

A un escritor ya no le recomendaría nada, pero sí a alguien que empieza o quiere comenzar: escribir acerca de lo que conoce. Escribir todos los días. Que lo que escriban le guste antes que a nadie más. No olvidar que el escritor se hace escribiendo. Que el problema fundamental que tiene que resolver es decir lo que todos ya dijeron (no existe tema que no se haya abordado ya), pero de diferente manera, lograr una voz propia.

Escritor mexicano nacido en el ejido San Isidro del municipio de Matamoros, Coahuila, en 1946. Fue cofundador del grupo guerrillero Movimiento de Acción Revolucionaria (MAR) en los años sesenta. Castañeda cayó en prisión a causa de las acciones de dicho grupo armado, y en la cárcel fue donde descubrió su vocación de escritor. Obtuvo el Premio de Novela Grijalbo en 1980 por su primera obra, ¿Por qué no dijiste todo? (SEP/Lecturas mexicanas, 1986). Entre otros, también ha publicado Los diques del tiempo (UNAM, 1991), La patria celestial (Cal y Arena, 1992), El de ayer es Él (El Espejo Concéntrico, 1996) y Papel revolución (DMC, Torreón, 2001).

sábado, abril 04, 2026

Volúmenes de colección

 






En su libro Cómo ordenar una biblioteca, Roberto Calasso afirmó como de pasada que tener muchos libros permite reencuentros inesperados: uno busca un volumen y en el trance de encontrarlo se topa con otro que desvía del propósito inicial, lo que de inmediato justifica la tenencia de una biblioteca abundante y hasta caótica. Esto significa que un bibliófilo suele abrazar, como el chileno Bolaño, el ideal de tener “todos” los libros; no para leer todo, como creen quienes no leen, sino para sentir que a la mano están dispuestos los autores queridos y otros muchos que podrían serlo en el futuro, mientras el cuerpo aguante.

Sacudir el polvo de los libreros, actividad cuya frecuencia es inevitable en La Laguna, me lleva con regularidad a la sorpresa comentada por Calasso. Muchos libros he leído inesperadamente sólo porque levantan la mano cuando busco otro o también cuando sacudo. Nomás por esta razón no es tan ingrato tomar el trapo muy ligeramente húmedo para retirar partículas: algo “nuevo” salta siempre, casi como un amigo que ha vuelto repentinamente luego de una larga ausencia.

Eso me pasó en esta semana de vacaciones. Sacudía y no sé por qué reparé en mis colecciones. Nunca fui obsesivo de reunir meticulosamente libros de una misma serie, pero a lo largo de más de cuatro décadas supe armar puñados interesantes de volúmenes adscritos a una misma catadura serial. No me refiero aquí a los libros publicados en la modalidad de las extintas enciclopedias u otras tantas compactas como las obras completas de un escritor, sino a los libros que corresponden exactamente a lo que se entiende por colección: libros que una editorial publica gradualmente y que vende poco a poco, conforme van siendo editados e impresos. Su rasgo más saliente radica en la apariencia externa: mismo formato, mismo encuadernado, mismo diseño, numeración seriada y casi de manera infalible el nombre de la colección en alguna parte visible de las tapas o del lomo.

Pese al horror que puedan sentir muchos lectores, conservo como 200 libros de la colección Sepan cuántos…, de Porrúa, la más nutrida de su tipo en nuestro país. Gracias a estos libros, considerados por muchos un espanto debido a su tipografía, su apretada interlínea y su doble columna, fue la más constante en la publicación de clásicos y no tan clásicos. La Sepan cuantos… obró el milagro de facilitar que los encargos escolares de lectura fueran accesibles en todos los sentidos, pues además de que los libros estaban en todos lados su precio nunca fue alto. Recuerdo que muchas veces me asomaba a las páginas finales de cualquier libro de ese conjunto, ya que allí aparecía la lista de los autores y las obras publicadas en la colección, y fantaseaba con la idea de tenerlos todos. Esto nunca sucedió, pero sí engrosar poco a poco el número de los títulos disponibles, hasta la fecha, en varios de mis entrepaños. Otra ventaja de esta colección era que todos los ejemplares contenían un prólogo amplio y autorizado, suficiente para entrar a las obras con algo de contexto.

Una similar, aunque publicada en la Argentina y con buena distribución en México, fue la colección Austral de la editorial Espasa-Calpe. Tengo muchos de sus títulos, quizá algunos 150, todos ahora amarillentos, comprados la mayoría en librerías de viejo, todos editados en el famoso formato de bolsillo y presentación final con “camisa” (en la foto). Esta serie repetía varios de la Sepan cuantos… mexicana, pero añadía autores que de otro modo jamás hubieran circulado en nuestro país.

A mediados de los ochenta la editorial Planeta había comprado el sello Joaquín Mortiz, que entre los sesenta y setenta publicó, gracias a la benemérita labor de Joaquín Díez-Canedo, la Serie del Volador, colección imprescindible de la literatura mexicana contemporánea. Su catálogo fue impresionante, sobre todo nutrido de escritores mexicanos ya maduros, pero todavía no viejos. Todos cupieron allí: Yáñez, Paz, Arreola, Fuentes, Castellanos, José Agustín, Dueñas, Leñero, Garibay, Vilalta, Elizondo, Sáinz, Pacheco... A finales de los noventa, el sello buscó revivir la serie y entre los publicados colé mi primera novela. Como tenía, y conservo, muchos libros de esa colección, no dejé de sentir el provinciano orgullo de haberme colado a una fiesta importante.

Otras colecciones sumo, pero las tres más importantes son las mencionadas en los tres párrafos precedentes. Puedo mencionar además la de Revistas Literarias Mexicanas Modernas o la de Breviarios, ambas del FCE, o una de biografías publicada por Salvat, obviamente en Barcelona, y otra de los tomotes clásicos y algo ilegibles de Aguilar, así como los tomitos de la colección Crisol, también de Aguilar. Ninguna de estas colecciones ha sido recorrida por completo, claro, pero me alegra saber que me acompaña y en cualquier momento, sin avisar y por cualquier motivo, puedo tomar arbitrariamente alguno de los volúmenes para darle sentido con la lectura o una simple hojeada, las dos raras costumbres del bibliófilo que se resigna a ser trabajado por el azar.

miércoles, marzo 18, 2026

Hemingway responde


 






Los poetas han encontrado en el mismo poema el molde para expresar cómo trabajan. A esos poemas les llaman genéricamente ars poetica, y suelen ser muy apreciados por quieres siguen con atención los usos y costumbres de quienes se plantean la escritura en la forma destacada, aunque no la única, del verso. El ars poetica que recuerdo cada vez que reparo en este tema es el micropoema “Retórica”, de Paz: “Cantan los pájaros, / cantan sin saber lo que cantan: / todo su entendimiento es su garganta”, donde no es exagerado advertir que esos pájaros pueden ser los poetas.

Los narradores suelen explicar sus procedimientos mediante decálogos como el de Quiroga o ensayos breves como el que Piglia propuso para exponer su teoría de “Los dos hilos”. Un camino intermedio para poetas y narradores es el de la entrevista, género periodístico que les resulta útil para explicar detalles que hacen a la cocina de su arte.

Hemingway, famoso y asediado por la prensa en los años de su Nobel, “mediático” como ahora se dice, dialogó con entrevistadores que al encararlo no dejaron pasar la oportunidad de preguntar por sus métodos. Esta respuesta sobre la manera como concibe un cuento: “A veces conozco toda la historia desde el principio. A veces la construyo a medida que escribo y no sé a ciencia cierta qué va a ocurrir. Todo va cambiando a medida que avanzo. Es este movimiento de composición el que le da el tono a la historia. A veces ese movimiento es tan lento, que se diría que no se produce. Y, sin embargo, siempre hay cambio y movimiento”.

Sobre la competencia con sus contemporáneos: “Lo único que trato de hacer es escribir mejor que ciertos escritores muertos, de cuyo valor estoy seguro”, y sobre la llegada de los años y la decadencia del escritor: “Entiendo que la gente que tiene conciencia de su trabajo mantiene su fuego encendido mientras vive”.

Le preguntaron sobre sus personajes, si son reales o inventados: “Algunos provienen de la experiencia real, pero la mayor parte de las veces los invento partiendo del conocimiento y de la comprensión que tengo de la gente”.

Y sobre los títulos: “Una vez terminada la novela hago una lista de títulos posibles, que puede llegar hasta el centenar. Después procedo por eliminación. A veces elimino la lista entera”. Antes esto llamaba la atención del lector; ahora no sé.

lunes, marzo 02, 2026

En la voz de Alejandro Apo









En mayo de 2023 le acerqué en Buenos Aires mi libro Ojos en la sombra (Conaculta, 2015) a Víctor Hugo Morales, el relator que narró para la inmortalidad el gol del siglo anotado por Maradona el 22 de junio de 1986 en el estadio Azteca. Pocos días después, y como gesto de amistad, Víctor Hugo recomendó a su amigo y colega Alejandro Apo que leyera uno de los cuentos que contiene el libro en su programa de radio “Todo con afecto”. Apo no sólo leyó mi relato “Transmisión diferida”, sino que me entrevistó desde Buenos Aires exactamente el 8 de julio de 2023. Fue, la verdad, placentero recibir esa llamada y de paso escuchar mi cuento en la voz de un periodista que como nadie ha difundido en la radio argentina la literatura con tema futbolero. Pensé que el material de audio había quedado perdido, pero ahora lo encontré en el repositorio de Radio Nacional Argentina, y aquí comparto las ligas de la entrevista y del cuento.

miércoles, febrero 11, 2026

José Luis Herrera, in memoriam

 







La etapa de mi juventud literaria creo que fue la última, y acaso la única, en la que se dio una convivencia más o menos frecuente no de todos, pero sí de muchos escritores y aspirantes a escritores laguneros, sobre todo de Torreón. Ocurrió entre las décadas de los ochenta y noventa, si es que este recuerdo no es una exageración o una idealización condicionada por mi nostalgia y esa tendencia manriqueana a pensar que todo tiempo pasado fue mejor. Por supuesto que aquella no era una reunión orgánica, compacta y coordinada, como si hubiéramos formado un sindicato de escritores o algo parecido, sino una frecuentación determinada por el azar y la tendencia a coincidir en actividades literarias celebradas en los recintos culturales del centro de la ciudad.

Era lógico, pues casi todos vivíamos, cuando mucho, hasta la colonia Jacarandas en el nororiente y hasta la Diagonal Reforma en el suroriente. Además, no había internet y todavía con un trabajo alcanzaba para paliar las necesidades básicas. Disponíamos pues de tiempo, y así los viejos y jóvenes escritores nos veíamos seguido en las presentaciones y en las mesas redondas, que por otro lado no eran esporádicas.

En aquel mundillo de gente literaria conocí a José Luis Herrera Arce (Torreón, 1950-2026), quien recién murió y aquí lo recuerdo. Es así porque siempre fue conmigo un tipo amable, un atento conversador y en su momento uno de los escritores más decididos a encarar entre nosotros, con plena voluntad, la tarea de escribir y difundir su obra. Donde quiera que me lo topaba (la última vez ocurrió hace como tres años en una presentación en el teatro Garibay) era reiterativo en su pregunta: “¿Qué has publicado últimamente y qué estás escribiendo?” Sé, y lo comprobé varias veces, que leía mucho y que ponía especial atención en los escritores locales. Siento que estaba pendiente de lo que publicaban los jóvenes (yo lo era en aquel momento) por genuina curiosidad y porque de alguna manera intentaba empatar con el clima de época que soplaba para la narrativa.

Publicó varios libros y creo que fue, entre los escritores que traté, el más empeñoso en difundir su trabajo, en venderlo. Por un defecto de fábrica, lo habitual es que los escritores no sepamos vender nada, ni nuestro trabajo, y que venderlo incluso dé vergüenza; José Luis fue, al contrario, de los pocos que navegaron a contracorriente del defecto que por ineptitud o pena impide al escritor imaginar su obra como objeto comercial.

Otro espacio donde coincidí frecuentemente con José Luis fue el universitario. Nos topábamos para el diálogo amable aunque veloz en los pasillos de la Ibero Torreón, donde dio clases durante muchos años. Él también fue profesor por décadas de la UAdeC. Su padre, Emilio Herrera, fue columnista local durante muchos años, y el mismo José Luis colaboró en espacios periodísticos durante algunas etapas de su vida. Fue condiscípulo en la Pereyra de mi amigo Sergio Antonio Corona Páez, quien lo apreciaba.

Publicó las novelas y cuentos La fábrica del bicho (1994), El ocaso de los días difíciles (1992), Jazz al piano (1993), ABC mujer (1996), Psst (1993), Cuentos para jóvenes (2002) y Los 10 niveles. Novela para niños (2003). Lo evoco aquí con respeto y afecto. Descanse en paz José Luis Herrera Arce.

miércoles, enero 07, 2026

Volver a Valadés














En uno de mis vericuetos discursivos del taller literario, no sé cómo di con el tema Edmundo Valadés (Guaymas, Sonora, 1915-Ciudad de México, 1994). Mencioné mi vago recuerdo de Las dualidades funestas, recomendé El libro de la imaginación y por supuesto desemboqué en su libro más famoso: La muerte tiene permiso, volumen de cuentos que contiene su relato más leído, el homónimo del libro.

En el camino del Teatro Martínez a la casa recordé que en algún momento debía recordar la búsqueda del libro, pues me asaltó la sospecha de que no lo había visto en al menos un par de décadas. En efecto, una exploración no muy acuciosa en la biblioteca arrojó un resultado negativo: mi edición de La muerte tiene permiso no apareció. En alguna de las varias mudanzas se extravió, lo presté, no sé. No sentí pesar, pues es un libro muchas veces reeditado (un clásico mexicano) y en cualquier momento lo vuelvo a pescar en las librerías de acá.

El fin de semana fui a Educal, dentro del Museo Arocena, y encontré la grata sorpresa de ver “La muerte tiene permiso” en la colección Vientos del Pueblo, del FCE. Es el cuento independiente en un opúsculo grapado a la manera de las revistas. Su precio es fantástico: 9 pesos, ni un paquete de semillas de los que venden afuera de la lucha.

El susodicho cuento es una perla de nuestra narrativa breve, tanto que, si existiera, podría entrar en una antología de los diez mejores cuentos mexicanos. Trata, no deslizo el final, sobre el abuso de un presidente municipal a su comunidad: una comitiva de burócratas del gobierno consulta en una asamblea a los campesinos de San Juan de las Manzanas. Surge el tema del alcalde y poco a poco salen a luz sus tropelías gracias sobre todo a la denuncia de un campesino llamado Sacramento. Le suman al menos tres agravios contra la comunidad, abusos que parecen imperdonables en un funcionario que se supone no está para atropellar, sino lo contrario. Luego de deliberar, el veredicto de la mesa nos comparte una sorpresa que se ha convertido en contraseña mexicana de cierto tipo de justicia.

Es un acierto que “La muerte tiene permiso” de don Edmundo Valadés, uno de nuestros maestros del cuento, circule solo, como relato independiente. Ha sido ilustrado póstumamente por Antonio Helguera (Ciudad de México, 1965-2021).

miércoles, diciembre 31, 2025

Libros 2025 en este espacio

 








Poco más de cien entregas de Ruta Norte atravesaron el 2025 que hoy concluye. De tal cantidad, un número alto se relacionó con los libros que a la par, mientras avanzaban los meses, fui leyendo con el fin de comentarlos para alimentar este espacio. Como en otros años, no me ceñí a las novedades editoriales debido a una razón simple: por economía y sobre todo por rechazo a la veneración de lo recién cocinado. En una palabra, no soy habitué de las mesas de novedades.

Lo que leo y sobre lo que después escribo es, pues, viejo, y esto lo he justificado por la noción de valor que atribuyo a los libros que sin haber salido hace dos días son meritorios y ahora asequibles en sencillas búsquedas de internet, de manera que si alguien se interesa por un libro aquí sobrevolado, no es difícil hallarlo en las decenas de webs disponibles para la compra en línea.

Aunque son varios más, destacaré en esta última columna del año sólo un libro por mes entre los comentados durante 2025, de enero a diciembre. Arranqué el año con Ser escritor, de Abelardo Castillo, una espléndida compilación de apuntes sobre la vida literaria. En febrero trabajé sobre un libro parecido al anterior, e igual de valioso: Sin trama y sin final, del ruso Antón Chéjov. Astillas de hueso, microficciones de la chilena Gabriela Aguilera, fue un libro notable y doloroso abordado en marzo. En abril escribí sobre una pequeña joya de la microliteratura mexicana, Biblioteca mínima, de Alejandro Arteaga. Haiku bonsai, poemario póstumo de mi extrañado Carlos Dariel, fue observado en mayo. Cerré la mitad del año con Una historia de la Guerra Civil que no le va a gustar a nadie, voluminoso resumen de Juan Eslava Galán sobre la pugna que devino feroz dictadura para España.

En el año leí tres o cuatro libros de Alfonso Reyes. El de julio fue Libros y libreros de la antigüedad, repaso histórico sobre la producción y circulación de libros en el pasado algo remoto. En agosto, un gran libro de cuentos alemán: Crímenes, de Ferdinand von Schirach. Algunos esbozos sobre el Quijote aparecieron en septiembre. En octubre seguí por ese rumbo con Cinco ensayos sobre el Quijote, de la maestra Margit Frenk. En el revolucionario noviembre leí una breve biografía titulada Martín Luis Guzmán, de Julio Patán, y cerré el 2025 con mi comentario sobre Sombra de Raquel, primera novela del lagunero Jorge Luis Gaytán, que tuve el gusto de editar.

En 2026 seguiré con más libros y otros temas literarios y no literarios en este espacio fijo. Muchas gracias por su lectura y que tengan un año espeso de buenas noticias.

Nota. A mi buen deseo de año nuevo esta vez quiero añadir un agradecimiento especial por los doce meses que se han ido. Mi gratitud más sincera para Alejandro Domínguez Montenegro, Yuri Rodríguez Valenzuela, Rodrigo Morales González, Cecilia Cansino, Luis Acosta, Rogelio Zamora Martínez, Antonio Ramos Revillas, Daniel López y Eduardo Martínez Saucedo. Gracias de veras.

viernes, diciembre 19, 2025

Una (¿primera?) compilación policial













Sabido es que hasta no hace mucho tiempo la literatura policial, detectivesca y criminal (llamémosle provisionalmente de estas tres maneras en consideración a sus vertientes más señaladas) no tenía muchos cultores en México. Puede decirse que mientras en otros países los autores de esta literatura escribían sagas a la manera de Agatha Christie y Georges Simenon, en México no fue sino hasta la aparición de Belascoarán Shayne cuando surgió el primer creador dedicado casi exclusivamente al género: Paco Ignacio Taibo II. Por supuesto que antes lo trabajaron algunos otros escritores como Antonio Helú, María Elvira Bermúdez, Rodolfo Usigli y Rafael Bernal, pero ninguno con un proyecto compacto y seriado al modo del de Taibo II. Esto, lo sé, puede ser debatible, pues Helú había creado veinte años antes a Máximo Roldán, pero, a diferencia de Belascoarán Shayne, no tuvo una secuencia larga de apariciones literarias ni alta gravitación entre los lectores, lo que sí logró Taibo II con su investigador protagónico y sus pesquisas del crimen.

En 1955, hace justos setenta años, apareció publicada por Ediciones Libro-Mex un libro peculiar: Los mejores cuentos policiacos mexicanos. Esta compilación, no necesariamente antológica, fue organizada por María Elvira Bermúdez (Durango, 1916-Ciudad de México, 1988), quien además de prologarla incluyó uno de sus cuentos. Luego del prólogo, la maestra Bermúdez —por cierto duranguense ilustre pero lamentablemente no muy conocida— añadió una bibliografía que es casi nomás una hemerografía. Cita allí, aunque por desgracia sin anotar fechas, una publicación mexicana de índole policial. La mayor parte de los ítems se refieren a cuentos publicados por diversos autores en la revista Selecciones Policiacas y de Misterio. De ella tomó Bermúdez el grueso de los cuentos seleccionados, seis en total, por lo que es lógico conjeturar que, salvo esta publicación, no abundaban los libros del género ni más revistas.

En la nota “El semillero ‘noir’ en México” (suplementó Confabulario, El Universal, sin fecha en línea), Perla Holguín Pérez comparte excelentes datos sobre la revista mencionada. Dice por ejemplo que “Selecciones Policiacas y de Misterio fue la primera revista mexicana dedicada exclusivamente a la narrativa policial y de misterio. En ella se incluyeron tanto cuentos como novelas; comenzó a publicarse en marzo de 1946 y se mantuvo en circulación hasta 1953, posteriormente, con algunos cambios hasta 1961. Fue creada por el escritor, guionista y director cinematográfico Antonio Helú (San Luis Potosí, 1900-Ciudad de México, 1972)”.

Llamar “semillero” a tal publicación es exacto, pues la compilación de Bermúdez casi se nutre de cuentos previamente publicados en aquellas páginas (cuatro de las seis piezas del libro fueron acogidas en su primera aparición por Selecciones…). Llama la atención que la compiladora tome como base para armar el racimo de ficciones casi un solo medio; esto significa que lo policial no tenía mucha salida en otras revistas o libros contemporáneos, lo que de paso mueve a suponer que la reunión elaborada por Bermúdez es la primera de su tipo en nuestro país.

El breve libro (141 pp.) abre con un epígrafe de Alfonso Reyes, quien en el 55 aún vivía (le faltaban cuatro años para morir): “¡Interés de la fábula y coherencia en la acción! Pues, ¿qué más exigía Aristóteles? La novela policial es el género clásico de nuestro tiempo”. Traer estas palabras del polígrafo regiomontano parece un espaldarazo ante la conocida minusvaloración del género policial que todavía se daba aquí en aquella época: si Reyes lo reconoce —parece decir la compiladora—, significa que el género es bueno.

El prólogo de Bermúdez tiene un aire de justificación: se siente en él que además de explicar las características de lo policial, lo válida ante un lector, suponemos, todavía algo rejego para aceptarlo como literatura y no como artificio de segundo orden. “En la epopeya moderna (como tal califica Roger de Caillois la literatura policiaca) el deus es machina que pone en claro todos los enigmas y crea la más pura armonía entre los hechos, las cosos y los seres, encarna en el detective, al que yo una vez consideré también como un moderno desfacedor de entuertos que se arma caballero el emprender la cruzada contra el crimen: ha trocado le lanza per la lupa y el escudo por el revólver, pero continúa siendo un caballero”. Se refiere aquí a la literatura de enigma, sin efusión de sangre, bajos fondos ni tipos duros, es decir, a los juegos de lógica a la manera holmesiana.

Luego, acota (recordemos que explica esto en 1955): “En España y en los países hispanoamericanos el acervo literario detectivesco es muy raquítico en virtud, precisamente, de la ausencia de esas circunstancias [grandes urbes y sofisticados equipos forenses]. Pero, a mi parecer, la subestimación del escritor latino, y en particular, del mexicano, hacia el tema policiaco, tiene causas mucho más profundas: el inglés y el estadounidense tienen para la ley un respeto y una confianza que, sean o no espontáneos y sinceros, marcan siempre su fisonomía colectiva. Cuando son víctimas de un atropello, acuden a la autoridad y dejan a su cargo la reparación del daño y el castigo del delincuente”.

La situación es muy distinta, dice Bermúdez, en nuestros países, tanto que lo policial acá no es literatura digna de “amoroso cultivo”. Añadió: “El latino, el hispano-americano y sobre todos, el mexicano, se distinguen en cambio por un escepticismo sin recato hacia el poder de la justicia abstracta y por un desdén amargo hacia la actuación de los depositarios de la justicia concreta. Para el mexicano, revancha es sinónimo de justicia; y la revancha sólo de sí mismo puede dimanar y convertirse en acto. Por ese motivo, es él en persona quien venga los agravios que le han sido inferidos; y también por esa causa, le tiene sin cuidado la persecución de la justicia”.

Más allá de las puntuales observaciones de Bermúdez, es un hecho que fue hasta los setenta cuando nuestro noir comenzó a despuntar con mayor llegada a los lectores, y no se diga lo que pasó a partir de los noventa con narradores como Juan Hernández Luna y sobre todo Élmer Mendoza, quienes en un momento (vigente hasta la fecha) de inseguridad extrema en el país atrajeron a una legión de escritores que aún hoy escriben, publican, participan en encuentros y ferias, y extraen, con diferente fortuna, jugo al tema de la violencia y las vicisitudes para perseguirla y castigarla, sea legal o ilegal la procuración de tal justicia.

Las piezas engarzadas por Bermúdez muestran una especie de “estado de la cuestión” hasta 1955. “Las tres bolas de billar”, de Antonio Helú (“pionero de la literatura policiaca en México”, según Bermúdez), es un relato que aparece en La obligación de asesinar (1937), quizá uno de los primeros libros de cuentos policiales mexicanos, si no es que el primero. Su trama es un poco enredada e inverosímil, pues aborda un triple asesinato en la sede de un YMCA, dentro de su área de juegos. Matan a unos sujetos con bolazos de billar e inmediatamente después del hecho ocurre que Máximo Roldán, quien se encontraba allí, resuelve el caso anudando las pistas que dejó el hecho. Lo importante aquí es el desafío intelectual que plantea la resolución del delito, no el delito en sí, por eso el cuento termina cuando se aclara el enigma sin que importen las consecuencias del desaguisado.

Le sigue “De muerte natural”, de un icono del policial mexicano: Rafael Bernal (Ciudad de México, 1915-Berna, Suiza, 1972), el famoso autor de El complot mongol (1969). Como en el cuento anterior, aquí lo importante es el enigma que resuelve el pintoresco Teódulo Batanes: gracias al fortuito encuentro de una aguja hipodérmica (cuando no eran desechables) y otras pruebas logra descifrar un crimen cometido en una casa de recuperación atendida por monjas. El tono es similar al de Helú, socarrón, como si una muerte fuera el hecho ideal sólo para divertirse con la aclaración del enigma. La trama plantea cierta inocencia, la aclaración de un delito a partir de una causalidad muy próxima a la casualidad.

Más o menos el mismo tono picaresco (por picaresco me refiero al de la picaresca española) de los dos cuentos anteriores tiene “El muerto era un vivo”, que como subtítulo apunta entre paréntesis que se trata de “Una aventura de Péter Pérez, el genial detective de Peralvillo”, escrito Pepe Martínez de la Vega (SLP, 1907-Ciudad de México, 1954). Otra vez, a esclarecer una muerte acudirá el investigador. El tono es de cierta chacota desde el principio y el narrador omnisciente lo sostiene en figuras jocosas aunque gratuitas: “Tras de cerciorarse del nombre de la calle por donde iba, el ciclista se detuvo frente al número 135 y se acercó al timbre eléctrico para hacer lo que los líderes hacen con el obrero a la hora de cobrarle la cuota sindical: oprimirlo”. O: “El espectáculo que se ofreció a la vista de Péter y del sargento era horrible, tan horrible como el mercado de San Juan, pongamos por caso”. Se refiere al crimen de un comerciante en el que Juan Vélez, una especie de Watson chilango que trabaja junto a Péter Pérez, se adelanta y acusa a la esposa del asesinado, pero ya sabemos que no tiene razón, pues el apego al rígido esquema de Conan Doyle reserva el éxito al investigador más ducho, en este caso Péter Pérez, “el genio de Peralvillo”.

“El príncipe Czerwinski”, de Antonio Castro Leal (SLP, 1896-Ciudad de México, 1981), rompe en tres sentidos con la tesitura de los cuentos anteriores. Primero, no es estrictamente policial, sino de espionaje; segundo, no se ubica en la capital de México, sino en Varsovia, Polonia; y tercero, su prosa acusa una textura literaria más refinada, incluso poética, elegante. Tres diplomáticos, uno ruso, otro yanqui y otro mexicano (como en los chistes), hacen amistad en la aburrida capital polaca. Se reúnen en un hotel, donde aparece una mujer hermosísima que es pareja del príncipe Czerwinski. La dama engaña al noble con los tres diplomáticos, aunque en diferentes días, no simultáneamente. Luego acontece que matan al príncipe y los amigos tiemblan ante la posibilidad de ser culpados, pues los tres son amantes escalonados de la misma mujer. El caso no tiene un detective ni una investigación, y se resuelve sin más por intereses de Estado. La estructura del cuento no es la adecuada, pues el asesinato, factor que detona la tensión, aparece muy tarde. El autor se detiene con regodeo en la descripción del ambiente y pasa con dilación al eje de la historia (de hecho, el príncipe del título tiene una participación harto lateral). Pese a esto, es un cuento atractivo principalmente porque disloca la tendencia marcada por los relatos procedentes.

Rubén Salazar Mallén (Coatzacoalcos, 1905-Ciudad de México, 1986) es el autor del quinto relato, “El caso del usurero”. Tiene un tono parecido al de los tres primeros cuentos, y el escenario es de nuevo la Ciudad de México. Desde su arranque se nota de mejor factura, pues ya en su comienzo ha sido cometido un crimen: mataron a un usurero en su oficina. Otra vez, un policía aclara mal el delito, y un investigador ajeno a la estructura oficial se encarga de resolverlo sumando pistas y tejiendo buenas conjeturas. Lo que busca ser exhibido en este cuento todavía es el trabajo de ingenio, la construcción del enigma y su resolución, sin que se vaya más allá en lo social o político. Así, el enigma está como recortado del contexto, es más divertimento que otra cosa.

La última pieza del menú es “La clave literaria”, de la autora de la compilación. Es la última y es la mejor si nos atenemos a las fórmulas del cuento policial de enigma. Salvo por el uso de enclíticos que lo hacen parecer anticuado en el flanco del estilo (“desvióse”, “registróse”), está bien armado y tiene una resolución ingeniosa. El detective es amateur, un periodista que viaja a una pequeña ciudad de Hidalgo. Traba diálogo con el dueño del hotel, un español con inclinaciones falangistas y gustoso de la literatura. A medio cuento, matan al viejo, y el periodista, de apellido Zozaya, descubre al asesino mediante una pista de orden literario (un busto de Cervantes), de allí el título. Una frase del relato llama la atención: cuando el periodista y el español conversan, descubren que ambos tienen gusto por la literatura policial, y el mexicano pondera las historias del género con estas palabras: “Algunas no son tan corrientes como se supone; además, la lucha contra el crimen es siempre apasionante…”. Destaco el “como se supone”, una idea que la autora pone en boca de su personaje.

Más allá de la calidad que hoy puedan tener las piezas de Los mejores cuentos policiacos mexicanos en la percepción de los lectores, es meritorio que la compiladora/autora María Elvira Bermúdez haya armado y prologado este librito extraño, quizá la primera reunión de cuentos de su tipo publicada mucho antes de que el noir llagara a gozar de una especie de boom en nuestro país.

La maestra Bermúdez, no es ocioso traerlo aquí, publicó otra compilación en 1989, póstuma y también prologada: Cuento policiaco mexicano: breve antología (Premiá), pero esta es otra historia. La autora fue ensayista y narradora. Creció y radicó en la Ciudad de México. Estudió Leyes en la Escuela Libre de Derecho. Fue actuaria de la Suprema Corte de Justicia; secretaria de Acción Social del PRI; profesora de enseñanza especial de la SEP. miembro de la Asociación de Escritores de México y del Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana. Colaboró en América, Cuadernos Americanos, Diorama de la Cultura, El Nacional, Excélsior, México en la Cultura, Nivel y Revista Mujeres. Medalla Magdalena Mondragón 1983. Escribió algunas notas preliminares y prólogos para la colección “Sepan cuantos...”, de Porrúa, de la narrativa de Arthur Conan Doyle, Julio Verne y Edgar Allan Poe.