miércoles, mayo 20, 2026

Hay semejanzas maravillosas


 











José F. Armida es el autor de “Semejanzas”, un bolero mexicano cuya música se debe a Ricardo Palmerín, el yucateco autor de “Peregrina”, la canción que Felipe Carrillo Puerto pidió para Alma Reed; seguro conocen esa historia. “Entre las almas y entre las rosas / hay semejanzas maravillosas”, escribió Armida, y más allá de la elevada edulcoración verbal puedo decir lo mismo sobre el cuento y la poesía como géneros literarios: entre los dos hay afinidad, tanta que he llegado a cuajar una noción sobre su proximidad en ciertos rasgos. Paso a explicar aunque esto nomás me sirva para tener claro en qué pienso cuando pienso en el cuento.

En la escritura poética más convencional hay dos formas básicas: el verso llamado tradicional y el libre. A ambos los une la intención poética, el ritmo. Pueden ser poesía porque intentan una determinada sonoridad, la música de la palabra. La poesía tradicional apela a la métrica (la acentuación, el número de sílabas, la rima, la división estrófica y a veces el número de versos), como lo hacen el soneto y la décima, formas fijas que han sobrevivido sólidas hasta la fecha; por otro lado, el llamado verso libre es, como lo indica su adjetivo, libre, no exige número de sílabas, ni rima no nada, sólo obtener un ritmo más o menos eficaz, dependiendo de lo que cada poeta pueda alcanzar en función de su talento.

En el cuento noto de manera esquemática una división similar. Se supone que un rasgo ineludible, como el ritmo en la poesía, es la brevedad de lo narrado, pero también, como en la poesía, hay un cuento que podemos llamar tradicional y otro libre. En el primero hay algunas reglas, es como el soneto de la narrativa. En un exceso de taxatividad, Piglia ha señalado que "un cuento siempre cuenta dos historias": una fluye en la superficie y otra soterradamente. Elegir en este tipo de cuento un tema, un argumento, personajes, atmósferas y demás supone una postura similar a la que se asume cuando escribimos un soneto: es un mecanismo cuyo engranaje se interconecta en un palmo de papel y busca, lo consiga o no, la perfección del círculo. Es una historia vigilada, gobernada por la racionalidad del cuentista.

El otro tipo de cuento, para seguir con la analogía, es el libre, desentendido del mecanismo, sostenido, me he fijado, por el trazo prosístico o la agudeza del autor puesta en sus personajes, pero sin afán de contar (“siempre”) las susodichas dos historias de Piglia ni apetito por lograr alguna sorpresa. Por eso el cuento “libre” siempre termina en cualquier punto, sin conectar nada como imperativo de la estructura, de ahí que varias veces he pensado que en esencia carece de sistema óseo, que es un texto invertebrado.

Claro, ninguno de los dos es mejor que el otro, todo depende del tratamiento, en el que por cierto también podemos atrever interesantes mixturas. En ambos casos son moldes espléndidos para narrar. Aunque por inercia tiendo a preferir el primero, el vertebrado, ninguno es mejor que el otro, repito.