He
infligido una segunda lectura a La
soledad de los moribundos (FCE, México, 2018, 139 pp.) y sigo creyendo que
se trata de una reflexión muy interesante para pensar en un fenómeno que
comenzó a definir su rostro actual en los ochenta, casi cuando se dio la
primera edición de esta obra (1982). Tal fenómeno es la defensa de la juventud
o de la apariencia de la juventud y el rechazo a su envés: el aspecto de
envejecimiento y lo que supone ser en verdad viejo. El autor del breve libro es
Norbert Elias (Breslavia,
Imperio Alemán, 1897-Amsterdam, Países Bajos, 1990), sociólogo de quien el
Fondo en México ha publicado al menos dos libros individuales más: El proceso de la civilización y La sociedad cortesana.
Luego
de aquel primer acercamiento, sancoché rápido un comentario para la columna. La
reseña, forzosamente sucinta por el espacio disponible del diario, me dejó la
sensación de que el libro de Elias requería mayor abundamiento, pues anunció
con transparencia lo que sobrevino poco después, como ya señalé: el fenómeno
que dio como resultado un sujeto social hasta ahora desconocido al que de modo
popular aquí conocemos como “chavorruco” (llamado así por los mexicanismos
“chavo”, joven, y “ruco”, viejo). El trabajo del sociólogo explora
el pasado en la percepción de la muerte y percibe y destaca los cambios que al
cierre del siglo XX se perfilan en la mirada social de la gente en cuanto a la
finitud y su preámbulo, la vejez. Logra detectar el rasgo más saliente del
momento que vivimos: la urgencia y hasta la desesperación por blindar el
presente ante los estropicios del tiempo, una actitud casi paranoica que hoy se
manifiesta incluso a muy temprana edad, en jóvenes de treinta años o poco más
que a esa edad comienzan a sentirse acosados por el desgaste físico y obran, no
sin estrés, en consecuencia con impertinentes dosis de bótox.
Por
supuesto que no es objeto de este apunte dar idea cabal de las observaciones de
Elias en La soledad de los moribundos,
sino sólo proponerlo como dinamo de nuestra propia reflexión sobre la vejez y
la muerte que nos atañe en tanto seres conscientes de nuestra circunstancia. El
prólogo de Fernández Christlieb resume en un párrafo las ideas fuerza en la
reflexión del autor, las respuestas que el ser humano ha interpuesto para
“defenderse” de la muerte: “Hay
cuatro posibilidades según Elias: usar la forma más antigua que es pensar que
existe una vida posterior; reprimir la idea de la muerte; pensar que otros
mueren pero uno no y una última, que el autor puso en práctica los últimos
cuarenta años de su vida: mirar de frente a la muerte”.
El sociólogo escribió el libro cuando tenía 85 años, sabía que su tiempo se
agotaba y compartió su reflexión sobre la vejez y la muerte en las sociedades
antiguas y la actualidad: “Refiere que entre los
caballeros del siglo XIII un hombre de cuarenta años era casi un anciano,
mientras que en las actuales sociedades industriales esa persona sería un
joven”.
En efecto, Elias destaca que por el tamaño de las sociedades pretéritas la gente vivía apiñada en colectividades como tribus, clanes y pequeños conglomerados de diverso tipo, lo que aseguraba la visibilidad de la muerte para todos, incluso los niños. Agonizar y morir podían ser procesos dolorosos y poco o nada salubres, pero en general la vida acababa para el moribundo rodeado por los suyos. Esto cambió con el paso de los siglos, según Elias: “Con el desplazamiento hacia las ciudades y la institucionalización de la salud los viejos adquieren protección estatal pero pierden calidez en la convivencia. Si llegan a asilos o permanecen en sus casas viven una exclusión de la vida normal, se les aísla del resto de la sociedad. Es justamente el aislamiento emocional una de las principales características del proceso de envejecimiento en las sociedades avanzadas”.
Otro rasgo de las sociedades antiguas era la
posibilidad siempre cierta de que aflorara la violencia en cualquier momento y
lugar. Hoy suponemos que nuestra muerte se dará en un lecho, de manera natural.
En otros momentos de la historia, la fuerza física y las diferencias de edad,
religión, raza, sexo provocaban que la muerte ocurriera en cualquier momento.
En las sociedades más desarrolladas ha sido mitigado, pero no desterrado, el
miedo a morir abruptamente, de ahí que siga vivo el apego a una idea de trascendencia:
“Es evidente que no existe idea alguna, por extraña que parezca, en la que los
hombres no estén dispuestos a creer con profunda devoción, con tal de que les
proporcione alivio ante el conocimiento de que un día ya no existirán, con tal
de que les ofrezca la esperanza en una forma de eternidad para su existencia”.
Casi no pensamos en el pasado como un tiempo
ciertamente atroz. El avance civilizatorio, observa Elias, no ha echado por
tierra el vandalismo o acabado con lastres como las epidemias, pero el grado de
desarrollo alcanzado en estos dos aspectos es innegable. Por un lado, se ha
conseguido la “monopolización relativamente eficaz de la violencia física”, que
castiga el comportamiento destructivo, y, por otro, la ciencia ha dado pasos
extraordinarios que aseguran una extensión promedio de la vida más allá de lo
que imaginaron otras generaciones. Esto lleva al autor a asegurar que “En los
Estados nacionales más desarrollados, la seguridad de las personas, su
protección frente a los más rudos golpes del destino como la enfermedad y la
muerte súbita, es considerablemente mayor que en épocas anteriores, quizá mayor
que en toda la historia de la humanidad”.
Elias subraya que a la par de lo anterior, y
motorizado desde el individualismo Renacentista, se ha dado una especie de
paulatina secularización de la vida cotidiana que tiende al laicismo y a
difuminar, sin anularla del todo, la idea de trascendencia o inmortalidad. El
tiempo terrenal, poco a poco, ocupa mayor interés en la vida humana, y la
garantía de seguridad social y salud apalancada en la ciencia han propiciado
una especie de evasión. Los moribundos, léase los viejos, han pasado a
colocarse tras un muro, pues son un recordatorio ingrato para quienes todavía
están vivos: “Nunca antes, en toda la historia de la humanidad, se hizo
desaparecer a los moribundos de modo tan higiénico de la vista de los
vivientes, para esconderlos tras las bambalinas de la vida social; jamás
anteriormente se transportaron los cadáveres humanos, sin olores y con tal
perfección técnica, desde la habitación mortuoria hasta la tumba”.
Individualismo, secularización, monopolio de la
violencia, participación del Estado, evolución de la ciencia y obsesión
hedónica han sido la mezcla de elementos que marginan al viejo reacio a participar
en lo lucha por no parecerlo. El afán impuesto hoy, razón de fondo que ha
propiciado la propagación de los chavorrucos, es la defensa de la juventud como
valor irrenunciable: “La idea de la implacabilidad de los procesos naturales se
suaviza con el conocimiento de que también son controlables. Hoy más que nunca
puede esperarse aplazar la propia muerte gracias al arte de los médicos, a la
dieta y a los medicamentos. (…) En ningún momento anterior de la historia de la
humanidad se ha hablado tanto, a todo lo ancho de la sociedad, de métodos más o
menos científicos para prolongar la vida”.
El estrés que ahora provoca envejecer, el
esfuerzo por mantener una apariencia lozana a cualquier precio y la lucha
despiadada contra la decadencia propia que crea pánico, en cierto punto deben
tener fin. ¿Habrá valido la pena ese combate contra la naturaleza? Cada quien
debe apropiarse una respuesta. Obviamente, y esto lo comento de pasada como
tema que merece exploración aparte, el fomento de la juventud a rajatabla es,
como casi todo, un negocio, un gran negocio, y no es casual que la
multiplicación de los chavorrucos se haya dado a la par del proceso económico
neoliberal, que todo lo convierte en consumo. La vejez actual tiene, por ello,
dos filos: uno benéfico (se extiende la vida, se mejora la salud en la edad
avanzada) y otro traumático (por más que nos opongamos con estrés y gastos, el final llegará).
La
soledad de los moribundos
termina con palabras que sin duda pueden servirnos para estar preparados,
tengamos o no espíritu de chavorrucos: “No abre ninguna puerta [se refiere a la muerte]. Es el final de un ser humano. Lo que sobrevive
de él es lo que ha conseguido dar de sí a los demás, lo que de él se guarda en
la memoria de los otros. El ethos del
homo clausus, del hombre que se
siente solo, tocará pronto a su fin cuando deje de reprimirse la muerte, cuando
se incluya este hecho en la imagen del hombre como una parte integrante de la
vida”.
Cómo último comentario, recuerdo que hace dos
años tuve noticia del libro Un instante
eterno. Filosofía de la longevidad (Siruela, 2021, Madrid, 202 pp.), del
filósofo francés Pascal Bruckner (París, 1948). A mi juicio es también un gran
documento, dado que dialoga con el libro de Elias al actualizar la mirada sobre
la vejez que nos atañe directamente, pues es un libro escrito y publicado casi
ayer, en esta era de jeans rotos,
tenis blancos y gimnasios abarrotados de clientela convencida de su lucha
contra los estragos del reloj y los malos hábitos que abrevian el disfrute de
la única vida que tenemos.
Sólo para sacar tentación, cito uno de sus
párrafos de arranque: “Qué contraste con nuestros tiempos, cuando cualquier
adulto trata de forma desesperada de mostrar los signos externos de la juventud,
practica la confusión de disfraces, lleva el pelo largo o vaqueros; cuando las
propias madres se visten como sus hijas para anular cualquier brecha entre
ellas. En el pasado, la gente vivía la vida de sus antepasados, de generación
en generación. Ahora los progenitores quieren vivir la vida de sus
descendientes”.
Cada quien, en suma, sabrá cómo encara su vejez, si lo hará ceñido a la propuesta radicalizada del mercado que modela comportamientos de consumo o cuidará su salud con la prudencia necesaria y sin renunciar del todo a una vejez que parezca eso: la etapa en la que ya estará cerca el fin, el inevitable cierre de todo lo que fuimos.
Nota. Versión abreviada de la conferencia ofrecida el 30 de abril de 2026 en La Tinta Cafebrería.

