viernes, septiembre 04, 2026
miércoles, septiembre 02, 2026
Somos transparentes
Hace
rato que nos volvimos transparentes, hace rato que no tenemos privacidad. La
vida íntima, los más recónditos pliegues de nuestra consciencia, los albañales donde
se guarda toda la data buena y mala y espantosa de nuestra alma, antes inaccesibles,
ahora son un cofre sin tapa, un amasijo de pasiones a la vista y vulnerable
como sandía abierta. Por supuesto, unos cuantos seres sin rostro son los intrusos
que pueden extender cada uno de nuestros rasgos como naipes sobre una mesa. Tienen nuestros datos a
merced y por esto pueden perfilar individualmente, usuario por usuario,
nuestras necesidades, nuestras creencias, nuestras fobias, todo.
Saben
qué ropa nos gusta, qué zapatos nos agradan, qué comida preferimos, qué color
de pelo tenemos, qué edad alcanzamos, cuándo cumplimos años, quiénes son nuestros
amigos, cuál es nuestra familia, dónde vivimos, en qué trabajamos o estudiamos,
que ideología tenemos, qué religión, si fumamos y tomamos o si no fumamos ni tomamos,
cuál es nuestra música predilecta, qué deporte practicamos, qué carro conducimos,
qué leemos, qué no leemos, de qué nos enfermamos, con qué nos curamos, cuáles son
nuestras rutas de trabajo y diversión, cuánto ganamos, a quién engañamos, a quién
le somos leales, que nos fascina, qué odiamos, qué palabras elegimos con mayor
frecuencia, a qué groserías recurrimos con más deleite, qué chistes nos mueven
a risa, cómo nos dirigimos a dios, qué pensamos de nuestros jefes, qué opinamos
sobre nuestros subordinados, cómo discutimos con nuestras parejas, dónde
tenemos lunares y cicatrices, qué soñamos, cómo es nuestra casa, qué arreglos
le hicimos, cuáles es el género de películas que más frecuentamos, a qué políticos
detestamos, qué orientación sexual tenemos, qué pornografía consumimos, qué anhelamos
en la vida, cómo nos gustaría morir, cuándo viajamos, qué pensamos de los
muertos cercanos a nuestras vidas, cómo suenan nuestros pedos… Saben todo, saben lo
que nunca nadie supo de nosotros, ni nosotros mismos.
El triunfo de los invasores consistió en transformar la vigilancia: trascenderla como coerción para luego confundirla con libertad y entretenimiento. En el celular somos libres, es un espacio privado, individual, como un diario del siglo XIX cerrado bajo llave. Craso disparate: es un diario abierto, por eso el algoritmo no falla. Luego entonces, ¿a qué viene renegar del registro de una mugrosa línea telefónica? Alguien ya lo tiene todo, hemos sido voluntariamente transparentes, somos un diario abierto a los algoritmos.
lunes, agosto 17, 2026
Entrevista en Artefacto de Letras
Entrevista de Armando Enríquez para la revista digital Artefacto de Letras. Se celebró en la Librería Bonilla de la Ciudad de México el 4 de junio de este año poco antes de la presentación, allí mismo, de Prohibido soñar de pie (Ficticia Editorial, 2026, 2026 pp.) Muchas gracias a Armando y a Artefacto de Letras por este amable diálogo. Pulse aquí.
jueves, julio 23, 2026
Microficción futbolera en Macedonia
Gracias a MacedoniaEditorial, de Argentina, por invitarme a este combo de minificciones futbolísticas armado durante el Mundial. Mi gratitud va dirigida sobre todo al escritor, editor y amigo José Luis Bulacio.
sábado, julio 04, 2026
Obra de Licerio
Hace
tres años, en el segundo párrafo les digo por qué, escribí esta breve
semblanza: “Las imágenes que acompañan este número de Acequias son grabados del maestro Alonso Licerio Valdés (Ciudad
Lerdo, Durango, 1944), maestro de la Universidad Iberoamericana Torreón. Forman
parte de la exposición ‘Estampas del Nazas’ expuesta en la Galería
Universitaria San Francisco de Borja de la Ibero Torreón en la primavera de
2023. Alonso Licerio estudió en la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y
Grabado La Esmeralda, del Instituto Nacional de Bellas Artes, y sin duda ha
sido el maestro de grabado más constante y representativo en la historia de la
comarca lagunera. Es significativo anotar que el primer número de Acequias fue
ilustrado con su obra, de manera que esta salida 90 vuelve a recibirlo con las
páginas abiertas”.
Son
las palabras que describen al ilustrador de la edición número
90 (enero-abril de 2023) de la revista Acequias
de la Ibero Torreón. En total elegí 16 grabados para aquellas páginas, todas, obvio,
con el sello “Licerio”, el del grabado clásico. La razón por la que recuerdo su
trabajo gráfico es triste: ayer me enteré de que el maestro Licerio murió. La última vez que nos
saludamos fue hace cerca de dos años en mi oficina de la universidad, lugar al que frecuentemente pasaba
a saludarme para conversar un rato. Un detalle curioso es que siempre aparecía
con algo en las manos, como visitante de los de antes. Era por lo común algún
libro o grabado, algo, lo que fuera. Lo último que me obsequió fue una compilación
sobre tres poetas franceses; lo curioso del regalo era, es, que dos páginas
blancas (llamadas “falsas” en el argot editorial) lucen una especie de “intervención”,
pues alguien las usó para dibujar, con tinta china, un rostro en una y en la
otra una especie de ángel victorioso.
A
Alonso Licerio lo conocí en 1981, hace 45 años. Iba al tercer semestre de mi
accidentada preparatoria y me tocó de maestro en la clase de Estética. Para
entonces las peluquerías habían dejado de ser nomás peluquerías y comenzaron a
llamarse también “estéticas”, así que el nombre de la materia provocaba risa entre
mis compañeros. Recuerdo ahora con mucha vaguedad el esfuerzo del profesor por
mostrarnos el valor del arte. Yo estaba en una etapa muy dispersa de mi vida,
me gustaba leer en secreto, sí, pero más jugar futbol y juntarme con los queridos
amigotes de la esquina, así que la prepa me parecía tortuosa, un lamentable
desperdicio de tiempo. Pese a esto, sé que algo se me pegó de la materia
impartida por el profe Licerio, sobre todo sus énfasis en el Muralismo mexicano y en la
figura de dos de sus rivales: Tamayo y Cuevas.
Luego
del primer contacto preparatoriano, pasaron algunos cinco años para que yo
comenzara a vincularme con el mundillo cultural de La Laguna. Lo hice más que
nada, por supuesto, con el gremio literario, pero no faltó que, como siempre
ocurre, tuviera tratos con músicos, actores y artistas plásticos. En esos
trotes reapareció el profe Licerio y desde entonces empezamos a tener una
relación muy parecida a la amistad, aunque sin frecuentación. Además de las
actividades artísticas, nos unía, creo, una especie de identidad política similar,
simpatías ideológicas más que diferencias. Además —y esto no es poco
ingrediente para la memoria—, uno de sus dibujos sirvió como viñeta de mi
primer cuento publicado en un periódico.
Fue
profesor de muchísimos estudiantes tanto en el aula como en los talleres de
gráfica que encabezó. Sospecho que es unánime la opinión que sobre él nos hicimos.
Ahora que ha partido, por ejemplo, Sergio Garza Orellana, curador del Museo
Arocena y uno de sus discípulos más adelantados, le dedicó estas palabras: “Hace
ya casi 20 años conocí a Alonso Licerio en los pasillos de la universidad. Daba
la materia ‘Genealogía de los objetos mexicanos’, una cornucopia de reflexiones
acerca del arte, la poesía, el grabado y el México contemporáneo. Fue uno de
mis primeros contactos con el mundo artístico, y una verdadera fortuna haberlo
hecho a través de los ojos de Alonso. Concebía el grabado como la poesía de las
artes visuales y, junto con Octavio Paz, afirmaba que la poesía no era un
decir, sino un hacer, con lo que siempre fue consecuente”. Suscribo el parecer de Sergio.
Ahora
que ha partido, me quedan varios grabados de su producción y lo más importante:
el buen recuerdo de un maestro insistente como pocos en mostrarnos el camino
del gran arte.
Descanse en paz.
sábado, junio 27, 2026
Razón de estas plaquettes
A finales del siglo XIX, París
era el ombligo del mundo en casi todo, principalmente en materia cultural. Los
pintores, los escultores, los músicos y no se diga los escritores de cualquier
lugar anhelaban instalarse en el entorno de la torre Eiffel como si fuera un
imperativo religioso, como vivir en tierra santa. En aquel contexto surgían las
modas artísticas para después expandirse en todo el mundo con un sello de
legitimidad: si algo había sido creado en París, entonces era bueno. Es el caso
de las publicaciones en formato de plaquette,
galicismo que podemos castellanizar como plaqueta, cuadernillo, folleto,
opúsculo o simplemente libro grapado. En mi caso, tiendo a usar el galicismo
puro porque “plaqueta” tiene, como sabemos, un uso médico relacionado con la
sangre y es sinónimo de “trombocito”.
No hay, que yo sepa, un manual
que determine el estricto número de páginas que debe tener una publicación para
ser considerada libro o plaquette, de
ahí que para mí no radique en tal dato la razón para llamarla de una u otra
forma. Es un poco como el cuento: ¿qué número de páginas se requiere para que
un cuento sea cuento? Creo que es importante tener en consideración su
brevedad, pero no sólo esto. En el caso de la plaquette puede pasar lo mismo: para designarla así es pertinente tomar
en cuenta su delgadez, que sea una publicación esbelta, pero hay además otro
rasgo físico que da la mano: las grapas, la carencia de lomo. Por supuesto soy
consciente de que las grapadoras profesionales de imprenta son capaces de
perforar cien folios o más, de ahí que la flacura de la publicación sea el
primer requisito para llamarla o no plaquette,
pero no el único.
La palabra es francesa porque
francés es el origen de la plaquette
en el mundo literario. Este tipo de publicación era usado por los escritores,
sobre todo poetas, para adelantar sus creaciones entre los colegas, en grupos
pequeños y cercanos de potenciales lectores. Tenían además la cualidad, por su tamaño,
de viajar lejos y llegar a homólogos distantes. Su grosor y su tiraje corto
propiciaron asimismo la idea de trabajarlas con finura, con buenos materiales y
diseño delicado, lo que a su vez alentaba su preservación en los libreros
ajenos. Todavía bien entrado el siglo XX la plaquette
fue usada por los escritores como alternativa al gran tiraje. Muchos poetas,
ensayistas y narradores incluso las editaban con financiamiento propio y las
ofrecían como regalo a sus amigos, algunas como presente de fin de año.
Si bien la plaquette no ha muerto, es un hecho que
su edición y su difusión no están de moda, y en realidad nunca han estado. Para
ciertos propósitos y en ciertos espacios, me parece, sigue siendo una opción atendible.
En el caso de la colección que propongo, me atengo a la circunstancia actual de
la publicación en espacios relativamente pequeños, como La Laguna. ¿Cuántos
lectores hay para lo que escribimos? ¿Cuántos personas están dispuestos a
comprar y leer lo que cuaja en nuestras cabezas? Esta colección de plaquettes busca llegar mediante el
papel a lectores inmediatos, acaso amigos, y si de alguna manera hay interés
por el contenido de cada publicación más allá de la sierra de las Noas, en el
futuro quedará el PDF como producto residual, pero igualmente útil, para
compartir las páginas.
El intento de esta colección
es dejar constancia de un trabajo colectivo de escritura. Digo colectivo pero
esto no significa que sea coordinado, articulado en grupo. La idea es publicar
de entrada diez números, y seguir adelante si la inercia es favorable. El
tiraje de cada ejemplar será corto, de entre 60 y 100 ejemplares, y cada
pequeño “tomo” tendrá las mismas características del primero, de suerte que sea
en verdad una colección con estricta unidad en la forma. Ya hay dos números: Transcursiones, ensayos literarios de
Renata Iberia, y Amar a Maradona, que
presento hoy, con artículos de mi autoría. Viene en camino uno de crónicas de
Fernando de la Vara, y están apenas apalabrados otros de Jessica Ayala, Daniel
Lomas, Alfredo Máynez, Laura Orellana, Iván Hernández, Alberto de la Fuente y Angélica
López Gándara, todos de distintos géneros literarios y periodísticos.
En un mundo que se expandió
gracias al internet, donde teóricamente es posible que nos lean en todo el planeta,
la verdad es que no deja de ser sensato que al menos nos lean donde vivimos.
Por soñar con grandes tirajes hipotéticos y éxito de ventas, nos hemos olvidado
que en casa no nos lee ni nuestra familia, de allí que, sin dejar de ilusionarnos
con el reconocimiento foráneo, tratemos de ofrecer también algo concreto a los
lectores cercanos, nuestros amigos, como lo hicieron en París los poetas del
XIX. Una colección de plaquettes
editada con alguna noción de pulcritud puede ser útil.
Y ya que hablo de grandes
públicos, de los inmensos públicos que por ejemplo nos promete la utopía de
Amazon, recuerdo dos anécdotas. Las reproduzco de memoria, no las tomen como
citadas textualmente. A finales de los treinta, la filósofa María Zambrano pasó
parte de su exilio en La Habana. Había salido de España debido a la Guerra
Civil, y en Cuba de inmediato trabó amistad con la comunidad artística. Uno de
sus mejores amigos fue José Lezama Lima. Se cuenta que en alguna ocasión, la
gran pensadora le dijo que la calidad de la literatura que escribían debía ser
conocida en otras partes del mundo, a lo que Lezama respondió: “No, María, nosotros
queremos ser leídos en Cuba”. Una anécdota similar se dio en Buenos Aires.
Cuenta Horacio Verbitsky que en cierta ocasión dos escritores felicitaron a
Rodolfo Walsh por su cuento “Esa mujer”, pero apostillaron que requería algunos
cambios para que se entendiera si lo traducían al francés, a lo que Walsh
respondió: “No sé si me interesa que se traduzca al francés”.
En ambas anécdotas se puede
notar que el primer público lo tenemos a la vista, y es el nuestro, el más
próximo. Así entonces, para qué soñar con lectores de todo el país o de otras
partes del mundo si ni siquiera o muy apenas nos pelan quienes conviven con
nosotros. El propósito, en suma, de esta serie de plaquettes es llegar a lectores inmediatos, a ustedes que esta
noche están aquí de carne y hueso, con cara reconocible y quizá con poco más de
cien pesos en el bolsillo para hacer sustentable este modesto emprendimiento
editorial que aspira a permanecer en sus estanterías por la calidad de lo
escrito, es obvio, y también por el registro del ISBN y los materiales del
objeto: serigrafía sobre cartulina texturada, papel cultural en interiores y
una guarda de papel italiano, casi casi un fililí en estos tiempos de obligada
austeridad.
En cuanto a Amar a Maradona no diré mucho, pues
confío en que se lo lleven y recorran sus 56 páginas. Sólo añado que es un
homenaje a alguien que me ha alegrado la vida y exactamente hace cuarenta años
anotó en el estadio Azteca el gol más memorable de todos los mundiales.
Comarca Lagunera, 22, junio, 2026
Nota. Texto leído en la presentación de Amar a Maradona. Doce apuntes diegófilos y la colección RAI, celebrada el lunes 22 de junio de 2026 en La Tinta Cafebrería. Participamos Alfredo Máynez Gil, Fernando de la Vara y yo.
miércoles, junio 24, 2026
Narraciones y comentarios
La
plataforma en la que he visto el Mundial 2026 ha convocado a todos sus
narradores y comentaristas para cubrir la avalancha de partidos, el negociazo
expandido de la FIFA que ya no encuentra, con Infantino, en dónde y con qué ordeñar más dólares.
Son muchos periodistas del micrófono, cada uno con su estilo, para todos los
gustos. Por primera vez reparo en que me agradan más quienes comentan que
quienes relatan, y esto tal vez se debe a que los opinadores
laterales no tienen el imperativo de gritar como si les jalaran los pelos.
Desde
hace algunos años, el estilo de la dupla Martinolli-García fijó el modelo más
atractivo en México de seguimiento a las acciones de los partidos. La voz
aguda, rápida y ocurrente fue aderezada con permanentes gracejadas en
ping-pong, y desde entonces Televisa ha buscado imitar la fórmula. Teóricamente
la encontraron en la voz de un joven de nombre Andrés Vaca, gritón
irrefrenable, a quien sumaron, por una millonada tal vez no bien invertida, los
apuntes anodinos de David Faitelson. Ambos hacen una pareja que bordea la
antipatía, pues es demasiado claro que tratan de emular el ritmo zumbón de
Martinolli-García. Esto no ocurre, por ejemplo, con relatores como Emilio
Fernando Alonso, que de entrada es bueno porque sus narraciones jamás han sido
ni querido ser una pachanga.
Digo
que, al menos para mí, algunos comentaristas han logrado una participación
notablemente mejor que la de los narradores. En ambos casos no sé los nombres
de todos, pero sí puedo reconocer a tres que expresan sus opiniones con tino
futbolístico y, lo más importante, sin alaridos: Hugo Salcedo, Rafael Puente y
Damián Zamogilny, los tres con ideas muy pertinentes, precisas notas al pie para las jugadas relevantes.
Entre las novedades que he encontrado en la relatoría de los partidos está la voz de un locutor apellidado Muñoz. Su tono, su ritmo, su impostación, una mezcla fallida de Perro Bermúdez con Martinolli, lo tornan inaguantable. Es como escuchar durante varios minutos al Gordolfo Gelatino, algo así de falso y presuntuoso en las modulaciones de la voz. No sin malestar confieso que he visto varios partidos con el audio en mute. Los de Muñoz, todos, sin dudarlo ni un segundo.
domingo, junio 21, 2026
11. Cruyff
Johan Cruyff (Ámsterdam, 1947-Barcelona, 2016) jugaba antes de la línea de ataque, pero su manera de picar, de encarar y eludir defensores desde tres cuartos de cancha lo llevó a cosechar una cuota de goles nada despreciable para cualquier mediocampista. Fue el mejor futbolista del mundo durante el primer lustro de los setenta, cuando Países Bajos se convirtió, de la mano del DT Rinus Michels, en un artefacto cuyo desempeño dio origen a la noción del “futbol total”. El equipo de sus mayores logros fue el Ajax, donde en dos periodos sumó más de 200 goles (el total de su carrera no quedó lejos de las 400 anotaciones), una cantidad nada común para un arquitecto y constructor de la media cancha. Por fortuna, hay videos suficientes en los cuales podemos observar su estilo de juego; con otra estatura y otro ritmo, en algo recuerda a Lionel Messi: toma la pelota y frente a él hay un tercio de campo y varios defensores; Cruyff levanta la cabeza y como en cámara lenta, con sutiles quiebres de cintura a izquierda o derecha, elude rivales como si fueran conos de entrenamiento para luego batir al guardameta. Su magia radicó en aquel zig-zag indetenible.
sábado, junio 20, 2026
10. Cristiano
A los treinta años ya estaba incluido entre los mejores de la historia, pero todavía es hora en la que, a los 41 de su edad, sigue jugando. Cristiano Ronaldo (Funchal, Portugal, 1985) es uno de los monstruos indiscutibles del planeta futbolístico. Podrá gustarnos o no, pero sus más de 800 goles son una friolera que sólo puede homologarse con muy pocos residentes de la cúspide. Es quizá el ejemplo máximo de disciplina: su entrenamiento colinda hasta hoy con el de los boxeadores, exigencia a la que se ha sometido durante más de tres décadas, sin pausa, tanto que para él una Coca Cola es un crimen de lesa condición física. Un dato de inmenso valor en su semblanza no sólo es el de la cantidad de tantos, sino el de los equipos y las ligas donde ha jugado: Manchester United, Real Madrid y Juventus lo tuvieron en su mejor momento, y sólo con los españoles encajó 450 goles. Sumas anotadoras de ese tamaño hacen suponer que sus recursos son variados. Y sí: con velocidad, potencia en el disparo, salto descomunal para el remate de cabeza, hambre permanente de triunfo, Cristiano ha justificado todas las hipérboles. Simplemente es un superestrella.
En recuerdo de un balón
He
contado ya, en esta columna y en algún foro público, que la práctica del futbol
fue en mi caso un contagio infantil algo tardío. Salía de la niñez, como a los
9 o 10 años, cuando el virus de jugar a la pelota me invadió el cuerpo y, a su
manera, también la mente, pues me convertí en adicto comprador y lector de
cinco revistas semanales sobre la materia. Eso ya lo he expuesto, y aunque se
trate de mí, aunque en la autorreferencialidad pueda sospecharse un dejo de pedantería,
aseguro que no busco nada más que describir el buen efecto de la práctica
deportiva como extraña propiciadora del hábito de leer. No tiene pues nada de
malo si un niño no lee. Lo terrible es que no descubra pronto una pasión como
yo descubrí la del futbol en los albores de mi adolescencia.
Pero
ahora no hablaré de eso, sino de otro asunto, aunque vinculado al futbol que me atrapó como vicio y, sin querer, alteró hasta mis horas de estudio. Este
recuerdo es también, de paso, un desagravio a mi padre. He tardado más de
cincuenta años para convertir aquel recuerdo en el ofrecimiento de una disculpa.
La idea de escribir este mea culpa
surgió al leer Cerrado por mundial (Siglo
XXI, México, 2017, 232 pp.), de Eduardo Galeano (Montevideo, 1941-2015). Y no
fue por una de sus vistosas estampas ni por una de sus frases citables, sino
por una viñeta dispuesta para el texto “La garra charrúa”, la de un balón con
apariencia antigua (imagen que encabeza este comentario).
Aunque
se trata del mero trazo de un dibujo, la forma de sus gajos es la que conocemos
por fotografías. Todavía en los sesenta, los balones de futbol tenían tal
apariencia. Todos eran marrones, aún no les añadían color, y tengo la impresión
de que botaban con mayor viveza. A diferencia de los actuales, no eran impermeables.
Si llovía o cruzaban un charco, adquirían una tonalidad oscura y pesaban más
porque absorbían agua. La transición de aquel tipo de pelota a la de polígonos
blancos y negros se dio en el arranque de los setenta, y a partir de allí se
abandonó todo diseño con apariencia de cuero sin esmalte colorido.
Al
llegar al 74 o 75 pedí a mi padre un balón “profesional” y unos guantes de
portero. Me dijo que sí, pero, como siempre, el sábado anhelado para ir a la
tienda tardó varias semanas en llegar. Sábado tras sábado se daban las cinco o
seis de la tarde, y yo preguntaba a mi padre si podíamos ir a Deportes América,
en la avenida Victoria de Gómez Palacio, para hacer la compra. Hoy entiendo que
mi padre posponía no por capricho, sino por una razón más bien relacionada con
el bolsillo. Tenía siete hijos, era empleado de una empresa y supongo que
cualquier erogación extra le significaba un sacrificio incomunicable. El caso es que
luego de muchos sábados llegó el sábado esperado, el sábado en el que me dijo
“vamos”. No olvidaré nunca mi emoción al ver los arreos deportivos en el
aparador, los atuendos, el surtido de la mejor tienda de deportes de la ciudad.
Luego de mucho revisar precios, mi padre me compró un balón de cuero ya pasado
de moda y los guantes de portero más económicos y mal cosidos. No me sentí
totalmente bien, pero algo era algo y salimos de la tienda con mis cosas.
Los
guantes fueron guardados herméticamente para que no se destruyeran. Yo prefería verlos que usarlos, así que me los ponía en casa sólo para admirarlos
puestos, pues sabía que quedarían hechos pedazos a la primera cascarita. En
cuanto al balón, dudé algunos días en sacarlo. Temía que se burlaran de mí,
pues a kilómetros se veía que no era el más moderno. Un día me animé y dije a
mis amigos de la primaria que tenía un balón (aunque ahora no se crea, no todos
podían acceder a ese privilegio). Mis amigos celebraron la noticia y me
pidieron que lo llevara.
Al día siguiente aparecí con el vejestorio casi proveniente del Mundial de 1930. Temí las risas, pues seguramente todos tenían en la cabeza el de secciones poligonales negras y blancas. Lo que resultó fue muy distinto: nadie dijo nada, armamos los equipos y comenzamos el partido como profesionales. Jugar con mis compañeros y ser el dueño del balón me generó una alegría indescriptible, y no fue sino hasta mil años después que comprendí por qué: lo que interesaba a mis amigos era jugar, no medir la calidad de la pelota.
Esto jamás se lo compartí a mi padre, quien mereció en su momento una disculpa de mi parte y no la recibió. Me había comprado el balón que pudo alcanzar su presupuesto, no uno de lujo. Fue el primer balón de muchos que llegaron después. A él, a mi padre, debo pues el orgullo inaugural de cooperar con el balón para organizar partidos, es decir, para organizar felicidad.
viernes, junio 19, 2026
9. Cardozo
Paraguay ha dado un par de goleadores al futbol mexicano: Salvador Cabañas, cuya carrera se malogró por un incidente extracancha, y el inmenso José Saturnino Cardozo (Nueva Italia, Paraguay, 1971), ariete que llegó en silencio a Toluca y allí se asentó como máquina de producir goles. Correoso, no muy alto, serio y garrudo como cumple al tipo del futbolista guaraní, su especialidad era empujar balones al fondo de las piolas. No se piense por esto que era un rematador así nomás, de esos que resuelven con un toque en la última jugada, lo cual no es, por otro lado, un defecto. Cardozo tenía tanto talento que podía resolver de una o parar la pelota, acomodarse y colocarla con vaselina lejos del portero. Un gol contra los Tecos exhibe su múltiple talento: recibió de pecho, controló con el muslo, se quitó a uno y disparó, cuatro jugadas distintas en una secuencia de dos segundos. Más de 300 tantos refulgen en su palmarés, 259 con los Diablos Rojos. Tiene el récord imbatible de goles en un campeonato corto (Apertura 2002): 29 en 19 partidos, promedio de más de un gol y medio por encuentro. Una locura. En aquel torneo anotó hasta dormido.
jueves, junio 18, 2026
8. Cantona
Solía usar la solapa levantada como si el jersey fuera la capa del conde Drácula. Las cejas pegadas y los ojos demasiado juntos le daban a su rostro un aire adolescente que se correspondía con su espíritu rebelde, de muchacho que no quiere acatar reglas. Éric Daniel Cantona (Marsella, Francia, 1966) fue un jugador siempre diferente en la cancha y fuera de. De haber practicado lucha libre, hubiera sido técnico y rudo a la vez, pues lo mismo tiraba una vaselina exquisita que un puñetazo iracundo. Al hablar sobre él, es inevitable recordar el episodio más famoso de su carrera: cuando propinó una patada de karateca a cierto hoolligan que lo estaba hostilizando con insultos xenófobos desde la tribuna. Luego del incidente, la multa y los castigos, el francés declaró estas perlas: “Patear a un fascista no se saborea todos los días”, y “Me hubiera encantado patearlo aún más fuerte”. El equipo de sus mayores triunfos fue el Manchester United, donde lució misceláneas facultades como definidor. Marcó más de 150 goles en su carrera, incursionó en el activismo político, en la publicidad y en la actuación. Fue, es, un “loco lindo”, como llaman en Sudamérica a los locos lindos.
miércoles, junio 17, 2026
7. Cabinho
El primer goleador implacable que vi en mi vida fue Evanivaldo Castro (Salvador, Bahía, Brasil, 1949), quien vino a los Pumas para luego jugar en el Atlante, León y Tigres. Pese a su tremenda cuota goleadora y debido al aislamiento del futbol mexicano, fue imposible que lo llamaran a la selección brasileña que alineaba por aquellos años a Roberto Dinamita y luego a Careca, el colega de Maradona en Nápoles. Cabinho fue bautizado así, según contaba Ángel Fernández, por la vinculación de su familia con el ambiente militar, de suerte que los soldados llamaban “cabito”, “cabinho”, pequeño cabo, al niño Evanivaldo. Pero más allá del mito sobre el alias, el brasileño es hasta hoy el máximo bombardero de nuestro futbol. Sólo con la UNAM hizo más de 200 goles sin un común denominador, pues los anotaba de todos los sabores. Si algo recuerdo de su estilo es, sin duda, la potencia: sus piernas eran tan fuertes que superaban a los defensores en la carrera y disparaban con violencia desde cualquier ángulo tanto en movimiento como desde un punto fijo, de ahí que fuera temible también en los tiros libres. Además, cabeceaba bien. Una palabra puede, para acabar pronto, definirlo: letal.
martes, junio 16, 2026
6. Butragueño
Gilberto Prado, erudito en letras y deportes, solía citar unas palabras de Emilio Butragueño (Madrid, 1963) cuando alguna vez pidieron al español que comparara su estilo con el de Hugo: “Él es mejor en el remate, pero creo que yo en el uno a uno”. No es errónea esta observación, pues siempre que pensamos en él es fácil imaginarlo en la ejecución de un desborde o una penetración con balón atado a los dos pies: desde un punto muerto, superaba al rival con un arranque súbito en el que, como nadie, se pasaba a sí mismo la pelota de un zapato a otro. Era su especialidad, llegar hasta las narices del portero y liquidarlo. Creo que en nadie, o tal vez sólo en Messi, he visto con tal velocidad y eficacia ese traslado de balón entre ambos pies. Lo recuerdo como estrella del Madrid, obvio, en la mejor época de Hugo, pero más en su partido consagratorio, aquel que España ganó en Querétaro a la Dinamarca de Elkjær con cuatro tantos del Buitre, apodo que por cierto no le concernía, pues era rubio con cara de angelito. Clavó casi 250 goles. Curiosamente, jugó su último partido contra el Santos Laguna.
lunes, junio 15, 2026
5. Borgetti
Por más objetividad que se imprima, cualquier elección supone el peso del gusto y a veces de otros factores, como la cercanía. Jared Borgetti (Culiacán, México, 1973) aparece en esta lista, sin embargo, no por capricho de mi subjetividad, sino porque lo merece. Anotó 299 tantos en su carrera, la mayoría con Santos Laguna, la mayoría a servicios de Rodrigo Ruiz. Es, si me apuran, nuestro CR7: un ejemplo de disciplina espartana y voluntad para perseguir hasta los centros más difusos, los balones perdidos en el más allá. Clavó goles de todas las modalidades posibles, aunque fue el remate de testa la marca de su estilo. Alto, espigado, fuerte, iba a todas, siempre estaba en el lugar oportuno y, como ya dije, jamás daba una jugada por baldía. Todos lo recordamos por varias estampas, como la del remate a Necaxa en el partido definitivo con el que los laguneros ganaron su primera liga en el viejo y nunca suficientemente añorado estadio Corona, pero la acción que sobrevivirá a los tiempos es la del cabezazo a Italia en el Mundial 2002. Los anatomistas todavía preguntan cómo demonios torció el cuello para anotar de espaldas y sesgado. Los anatomistas y Gianluigi Buffon.
domingo, junio 14, 2026
4. Best
A George Best (Belfast, Irlanda del Norte, 1946-Londres, 2005) se le recuerda con frecuencia por dos frases que gustan en función de su cinismo tabernario: “Gasté un montón de dinero en coches, mujeres y alcohol. El resto simplemente lo malgasté”, y “En 1969 dejé las mujeres y la bebida. Fueron los peores 20 minutos de mi vida”. Por la malicia, pese a su machismo, parecen de Wilde, pero más allá de las boutades, Best fue, según he podido leer y luego ver en YouTube, un jugador anómalo en su contexto. Husmear las repeticiones de sus gambetas y sus goles contradice la idea, por otro lado harto justificada, que tenemos del futbol practicado en el país que reglamentó este juego: físico, veloz, directo, duro y sin muchos arabescos. Best, entonces, avanzaba en contra de la inercia, pues driblaba, inventaba jugadas y resolvía frente a los palos con quiebres y disparos que delataban más creatividad que reciedumbre. La época y el lugar de su gloria fueron propicios para que pareciera un quinto beatle, y la suerte de ser “carita”, como decimos en México, le permitió asemejarse en algo a Paul McCartney incluso en aquello de las patillazas. Anotó más de 250 goles.
sábado, junio 13, 2026
3. Batistuta
Su apellido fue aprovechado para jugar con el prefijo del superhéroe. En lugar de Batistuta, los medios lo rebautizaron Batigol. No deshonró el mote: frente a la portería daba la impresión de ser todopoderoso y anotar cuantas pelotas le caían cerca con intención o por azar. Fue un artillero despiadado. La mezcla de velocidad y fuerza hacían casi imposible detener ese tren rubio, quien se hartó de clavar goles en los que destacaba la potencia física y la ausencia de misericordia ante los arqueros rivales. Si veía un hueco, ya sea encarrerado o disparando de media distancia, de sus botas salían obuses con lumbre. La fuerza fue su fuerza, que combinada con el olfato de perro para rematar dio como resultado una cauda total de 300 tantos en su carrera, la mayoría (207) con la Fiorentina en tiempos del más feroz catenaccio, lo cual le añade mérito. Gabriel Omar Batistuta (Avellaneda, Santa Fe, Argentina, 1969) fue una fuerza telúrica con ropa de futbolista, y a México le trae malos recuerdos, pues es imposible olvidar que rompió el empate en la Copa América de 1993, cuando en Guayaquil, tras un madruguete de banda, eludió a uno y venció a Jorge Campos.
viernes, junio 12, 2026
2. Baggio
Pasarán los años y no podré dejar de pensar en la injusticia que significa quedar estigmatizado por la falla de un penal. Todo el talento, toda la clase, toda la gloria acumulada se manchó por un disparo desde los 9 metros en el estadio Rose Bowl de Los Ángeles, California. Claro, era la final de un Mundial, el de EUA 94, jugado por Italia contra Brasil. Ese yerro pudo ocurrirle a cualquiera, pero cayó como rayo inmisericorde sobre la persona de Roberto Baggio (Caldogno, Italia, 1967), a mi juicio el jugador más técnico que ha dado la futbolísticamente ruda república donde nació el Renacimiento. Y ya que dije esto, Baggio el magnífico trataba con arte cada pelota que pasaba por sus pies, no por nada mereció un sobrenombre de sonoridad renacentista: Il divin codino, El divino cola de caballo en español, por su corte de pelo. Este 10 tenía gambeta para los dos lados y disparo preciso a todos los ángulos. Sus goles fueron, la mayoría, proyectiles telescópicos y carreras desde tres cuartos de cancha quitándose gente hasta llegar a la cocina. Fue un maestro digno de Vasari. Para mí, un penal no lo macha, haya ocurrido donde haya ocurrido.
jueves, junio 11, 2026
1. Abreu
Loco es un apodo común en Sudamérica, y se aplica al verdadero loco o a tipos que obviamente no lo son, pero rompen con los comportamientos habituales. Washington Sebastián Abreu (Minas, Uruguay, 1976) admitió el mote porque su capacidad rematadora de 9 natural parecía desenfadada e imprevisible, la de un loco en el eje del ataque. Alto, flaco, correoso, no daba el tipo de goleador. Su físico parecía inadecuado para lo que hizo: era hábil, driblaba en la carrera (no partiendo de cero), cabeceaba, disparaba con ambos pies, anticipaba remates, la empujaba porque la empujaba, llegara como llegara. Alcanzó la gloria en el Mundial de Sudáfrica con un alucinante penal al estilo de Panenka, el definitivo para que Uruguay pasara a semifinales y el paisito estallara de alegría. Fue un trashumante total, un cosmopolita de las canchas, pues jugó en casi cuarenta equipos y anotó más de 400 goles que en general no evidencian un estilo, sino una miscelánea en definiciones que lo mismo exhibió toques sutiles en globito que cañonazos despiadados a la red. De su etapa mexicana es inolvidable la temporada 2002-2003 con Cruz Azul: jugó 43 partidos y anotó 37 tantos, casi uno por juego. Una locura.
miércoles, junio 10, 2026
Uno por Mundial
Mañana comienza el
Mundial, el primero celebrado en tres países, y es claro ya que no es el más
entusiasmante de la historia. La mafia de la FIFA lavará por unos días la cara
de Trump, pero por supuesto nada es suficiente para limpiar las tropelías del
empresario genocida y pederasta, y menos si la ayuda proviene de los gángsters
del futbol cuyo centro de operaciones es Suiza. Veremos qué ocurre en lo
político con este Mundial, el más monetizado de cuantos se han jugado hasta
ahora, un monumento al ansia de dinero y poder irrefrenable de la FIFA.
Si no hago mal la cuenta, he seguido de lado a lado doce competencias de este tipo. Haré aquí el ejercicio de pensar en el mejor jugador que vi en cada una. Es raro, rarísimo, pero en 1978 quedé asombrado con Teófilo Cubillas, el peruano; creo que nadie, salvo yo, lo mencionaría en una lista de esta naturaleza. De 1982 mi favorito fue Zico, quien al final tuvo mala suerte, pero fue el jugador de mayor clase en el Mundial de España (también marcado por Gentile con todas las marrullerías posibles). De 1986 en México no digo nada; es obvio de qué número 10 quedé embelesado. Igual en Italia 1990, aunque para no repetir puedo mencionar a Schillaci, por lo sorpresivo de su aparición como salvador de los locales. En 94 para mí el mejor fue Hagi, el rumano, un constructor de juego que manejaba todos los hilos de su selección, tanto como Zidane en 1998, por mucho el más destacado del Mundial francés.
También
el Mundial Corea-Japón de 2002 es fácil: Ronaldo estaba por encima de todos en
aquel momento, no por nada fijó para la historia el apodo de Fenómeno. En Alemania 2006 pongo a mi
único defensor: Fabio Cannavaro, una pared en la zaga italiana. De 2010, el
Mundial sudafricano, creo que me decanto por Xavi, el español (sólo dudo un
poco por culpa de su paisano Iniesta, que igual puede ser colocado como señero).
De 2014 en Brasil el mejor debe ser alemán, y para mí fue Toni Kroos con una
leve sombra de su paisano Müller. De 2018 no hay duda: fue Luka Modrić, quien
puso a Croacia en la final. Y, por último, contra lo que se pueda pensar, el
mejor para mí en Qatar 2022 fue Mbapé, quien anotó tres en la final y con todo
y eso la perdió.
Ya veremos ahora quién destaca en el Mundial que empieza mañana para 48 equipos, una cantidad absurda pero acorde a la voracidad de la FIFA.





















