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martes, junio 16, 2026

6. Butragueño


 







Gilberto Prado, erudito en letras y deportes, solía citar unas palabras de Emilio Butragueño (Madrid, 1963) cuando alguna vez pidieron al español que comparara su estilo con el de Hugo: “Él es mejor en el remate, pero creo que yo en el uno a uno”. No es errónea esta observación, pues siempre que pensamos en él es fácil imaginarlo en la ejecución de un desborde o una penetración con balón atado a los dos pies: desde un punto muerto, superaba al rival con un arranque súbito en el que, como nadie, se pasaba a sí mismo la pelota de un zapato a otro. Era su especialidad, llegar hasta las narices del portero y liquidarlo. Creo que en nadie, o tal vez sólo en Messi, he visto con tal velocidad y eficacia ese traslado de balón entre ambos pies. Lo recuerdo como estrella del Madrid, obvio, en la mejor época de Hugo, pero más en su partido consagratorio, aquel que España ganó en Querétaro a la Dinamarca de Elkjær con cuatro tantos del Buitre, apodo que por cierto no le concernía, pues era rubio con cara de angelito. Clavó casi 250 goles. Curiosamente, jugó su último partido contra el Santos Laguna.

jueves, abril 12, 2018

Debate de chilenas












La chilena, lo saben hasta los beisbolistas, es una de las jugadas más difíciles del futbol. Esta es la razón por la que recibe tantos aplausos cuando alguien, quien sea, la intenta y tiene éxito. Se trata de un remate a puerta, así que la única medida para catar su eficacia es el gol. Esto significa que una chilena para despejar en la defensa, o una chilena para sacar el balón de la cancha, puedan ser vistosas, pero no necesariamente ingresarán al álbum del recuerdo. La chilena memorable es pues, siempre, la que termina con el balón en las redes. Pero hay algo más aparte de la eficacia. Lo explico.
Creo recordar que la primera gran chilena que vi fue la de Hugo Sánchez en el Azteca. Jugaba todavía para los Pumas, recibió un centro largo, y mientras el balón viajaba, colocó su cuerpo en posición de chilena y conectó un zapatazo que venció la cabaña del Atlante en ese entonces defendida por Ricardo Lavolpe. La vi en vivo, en el televisor Admiral a color de mi casa gomezpalatina, y tras evaluar su ejecución pensé que era imposible desplegar una jugada más bella y complicada. Luego, en repetición, vi la chilena de Pelé cuando alineaba para el Cosmos de Nueva York; es muy buena, innegablemente, tanto como la de Hugo a Lavolpe.
Pasaron los años y, como cualquier aficionado, he visto la pirueta circense en muchas ocasiones. Ese tiro de espalda a la portería, venga el balón de donde venga y esté el ejecutante a la distancia que sea del marco, es siempre una chilena. Pero ya se podrán imaginar, por ello, que no todas las chilenas son lo mismo, que hay de chilenas a chilenas. Así la de Hugo Sánchez, otra vez Hugo Sánchez, al Logroñés. Nadie duda que fue espectacular, y hace poco he visto que la comparan a una reciente consumada por Cristiano Ronaldo. Me atrevo a decir que ambas son excelentes, pero la de Hugo es mejor, al menos algo mejor, o acaso así la percibo porque la estatura también es un factor para hacer menos hermosas las chilenas de los altos.
Antes de explicar, una digresión. La que hizo contra el Atlante a Lavolpe es extraordinaria, pero el vuelo no tiene la elevación ni la estética que muestra la chilena ejecutada contra el Logroñés. La del Azteca, si la miramos con atención, muestra las dos piernas casi paralelas en el vuelo; se ve bien, por supuesto, pero no tiene esa especie de tijereo en el aire que hace, esto en el gol contra Logroñés, que primero suba la pierna derecha y luego baje para que ascienda como latigazo la izquierda que rematará. Pero la cosa no termina allí. Para que, a mi parecer, la chilena sea estéticamente perfecta, cuenta mucho cómo queda la pierna rematadora y cómo se da la caída. Hugo remata el largo centro de Martín Vázquez y cae como pluma, sin descomponerse. A esto hay que sumar la distancia a la que recibe el centro y la distancia a la que está la puerta, el impacto preciso en el aire y hasta la dirección y el efecto que toma la pelota. Impecable todo, un monumento en el área del Bernabeu.
La de CR7 es muy buena, pero a mi juicio se descompone un poco en la caída, además de que en términos de distancia del centro y de la portería no es lo mismo. Hay otro factor, como le pasó a Pelé en la chilena del Cosmos: un defensa estorba, “hace mosca”, y ensucia un poco la jugada. No devalúo con esto la ejecución de CR7, sólo afirmo que le noto detalles no tan estéticos como los dibujados por el mexicano en su famosa chilena a favor del Real Madrid.
Ambas fueron eficaces, en suma, como todas las chilenas que terminan en gol, pero no tienen la misma calidad plástica. Para demostrar que una chilena perfecta no es sólo la que termina en gol, sino la que también es estéticamente impecable, puedo recordar la chilena de Ibrahimovic: fue muy eficaz, complicadísima sin duda, un portento de uno de los mejores jugadores de los años recientes, pero su ejecución en el aire y sobre todo su caída es algo fea.
Sé que es necio poner tantos peros en estos casos. No los pongo. Lo único que hago es, ya puesto a revisar/comparar chilenas famosas, enfatizar que la de Hugo es la mejor, por todo, que he visto en mi vida, la más “pinturera” —como se dice en el argot de la tauromaquia— y la que por ello mereció y merece más pañuelos blancos.

sábado, mayo 27, 2017

Mi futbol














Fue en la Peña futbolera de Patachueca, programa de internet auspiciado por mi amigo Chuy Aranzábal en su restaurante, donde comenté que para bien y para mal el futbol que me gusta es el mexicano. Cierto que no es, ni de lejos, el mejor del mundo, pero es el que me cupo en suerte desde niño y al que mayor interés le he depositado en poco más de cuarenta años. En varias razones puedo apuntalar esta preferencia.
Hace cuatro décadas, cuando comencé a ver futbol en televisión y a presentarme en los estadios locales (el Moctezuma —después llamado Corona— y luego el TSM), el único futbol que había en el mundo era, para mí, el mexicano. Ciertamente llegaban algunas noticias periodísticas sobre las ligas del exterior, pero eran pobres y por lo general sólo impresas, sin mucho soporte audiovisual. En mi niñez me enteraba de los equipos fuereños gracias a las contrataciones que comentaban los periódicos y las revistas: se decía, por ejemplo, que el argentino Miguel Marín procedía del Vélez Sarsfield, y ya con eso nos dábamos por bien servidos: aprendíamos, sin ver nada más, que en Argentina había un club llamado Vélez Sarsfield. El centro del interés —y también las orillas del interés— estaba en nuestro campeonato. Nuestra pasión se dividía entre América, Guadalajara, UNAM, Cruz Azul, Atlético Español, Atlas, Toluca, Atlante, Monterrey, Laguna, Potosino y todos los demás equipos que jugaban un torneo de 38 fechas, kilométrico, con miles de puntos en discordia y campeones de goleo que por fuerza debían rasguñar, al menos, la zona de los 25 goles.
En aquella época me acostumbré, pues, sólo a un futbol, el mexicano. Para mí, y sospecho que para muchos niños-adolescentes como yo, Barcelona, Real Madrid, Juventus, Boca Juniors, Manchester, Bayern, Botafogo, Chelsea, Panathinaikos, River, Colo Colo y todos esos grandes equipos eran una vaga referencia, tanto que nadie hinchaba por esos colores que ni siquiera llegaban a México en forma de jersey.
Todo comenzó a cambiar en nuestro país, creo, con dos fenómenos simultáneos: la aparición de la tele por cable, que amplió el espectro de canales, y la llegada a Europa de Maradona y, particularmente para el interés mexicano, de Hugo Sánchez. De repente, cuando yo ya era joven adulto, cundió en México el deseo de ver jugar al sucesor de Pelé y al mejor futbolista azteca de todos los tiempos. Comenzó la transmisión de partidos en vivo y de repeticiones los domingos. Poco a poco, luego de ver los resúmenes de la liga mexicana los noticieros dominicales como Acción o DeporTV dejaban un espacio para dar los resultados y las tablas generales de España e Italia, de suerte que los jóvenes comenzaron a sentir fervor no sólo por un equipo local, nuestro, sino por algún otro europeo, principalmente español, y más principalmente todavía de color blanco o blaugrana.
La llegada de internet y el desarrollo de las nuevas tecnologías —la conexión automática, la infintud de canales especializados las 24 horas del día—supuso la globalización del gusto futbolero, de suerte que hoy cualquier joven abraza los colores de un equipo local, mexicano, y otro u otros dos europeos. Cuando hay partidos de la Champions o de la Premier, por eso, el universo de la afición futbolera también se paraliza acá, en México, y el encono de las aficiones queda bien ilustrado en las redes sociales, espacio donde dos mexicanos pueden llegar a mentarse mil veces la madre sólo porque uno apoya al Barcelona y otro al Bayern.
En mi caso, como ya dije, veo de reojo, con interés y admiración, es cierto, pero de reojo al fin, lo que ocurre en aquellas ligas donde se juega con una calidad de otra galaxia. Lo que sí me interesa, lo que sí me emociona, lo que me lleva a ser niño cada fin de semana, es nuestro futbol, el feo, el limitado futbol mexicano, mi futbol. Tan enamorado estoy de la Mx que a veces, si no hay más remedio, puedo ver un Puebla-Veracruz sólo para medir cómo andan los equipos, qué novedades traen.
Así pues, ya pueden imaginar lo contento que estoy con la liguilla del Clausura 2017. Está Santos Laguna, hay dos clásicos (Monterrey-Tigres y Chivas-Atlas) y esto es para mí lo más emocionante. Sé, insisto, que es un gusto modesto, que parezco poquitero, pero qué le puedo hacer. Esto no lo elegí yo: lo eligió mi infancia, esa infancia que revive cada vez que veo mi futbol.