Gilberto Prado, erudito en letras y deportes, solía citar unas palabras de Emilio Butragueño (Madrid, 1963) cuando alguna vez pidieron al español que comparara su estilo con el de Hugo: “Él es mejor en el remate, pero creo que yo en el uno a uno”. No es errónea esta observación, pues siempre que pensamos en él es fácil imaginarlo en la ejecución de un desborde o una penetración con balón atado a los dos pies: desde un punto muerto, superaba al rival con un arranque súbito en el que, como nadie, se pasaba a sí mismo la pelota de un zapato a otro. Era su especialidad, llegar hasta las narices del portero y liquidarlo. Creo que en nadie, o tal vez sólo en Messi, he visto con tal velocidad y eficacia ese traslado de balón entre ambos pies. Lo recuerdo como estrella del Madrid, obvio, en la mejor época de Hugo, pero más en su partido consagratorio, aquel que España ganó en Querétaro a la Dinamarca de Elkjær con cuatro tantos del Buitre, apodo que por cierto no le concernía, pues era rubio con cara de angelito. Clavó casi 250 goles. Curiosamente, jugó su último partido contra el Santos Laguna.
martes, junio 16, 2026
6. Butragueño
miércoles, noviembre 05, 2025
Desierto amor por Zoom
Hoy
a las 12 del mediodía presentaremos Desierto
amor, cuatro poetas torreonenses, libro de poesía compilado por iniciativa Jorge
Valdés Díaz-Vélez y editado por el área de Literatura a cargo de Nadia Contreras
en el Instituto Municipal de Cultura y Educación. Participaré en la mesa junto
al compilador, quien reunió en este libro poemas de Marianne Toussaint, Édgar
Valencia, Gilberto Prado y el mismo Jorge Valdés. Estaré allí en mi calidad de
prologuista, invitación que me honra.
Dado
que diré lo que diré en la transmisión por Zoom (Jorge radica en Madrid),
adelanto aquí el arranque de mi prólogo y un puñado breve de versos de nuestros
cuatro poetas. “La Laguna, y especialmente Torreón, Coahuila, México, es una
tierra pródiga en escritores. Más allá de que su vida literaria (y en general
artística) no ha desbordado las fronteras de cierto amateurismo, pues carece de
escuelas de Letras, editoriales, exuberantes bibliotecas y grandes librerías,
la región se las ha ingeniado no sé cómo para producir autores con talento y
sensibilidad especiales, tantos que ya es posible medir su número con las varas
de los premios nacionales o la calidad y cantidad de sus libros. Destacan los
narradores, los ensayistas y, claro, los poetas. En este último género, nadie
ha alcanzado hasta ahora la dimensión de la maestra Enriqueta Ochoa, pero
podemos asumir que no es corta la cauda de paisanos que continúan la obra de
nuestra más leída y celebrada poeta…”.
Vengan
ahora unas muestras del contenido en orden de aparición dentro del libro:
De
Gilberto:
Vemos solo la sombra, lo
que existe
detrás de la cortina es
invisible,
pero nos llega el mínimo
reflejo,
la orilla de una letra,
la prudente
distancia de lo solo
presentido,
y con esa asomada nadería
construimos el mundo,
tejemos nuestra fe,
resucitamos
a los que se han dormido
para siempre.
De
Marianne:
El olvido es una orilla
traicionera
donde permaneces
casi sin respirar después
de la tormenta
Sueñas que has olvidado.
Y estás de nuevo frente a
aquel deseo
frágil y paralizada.
De
Jorge:
Tus ojos, Lesbia, el
agridulce
combate a ciegas de la
lengua
que es tu victoria y mi
derrota,
serán futuros himnos,
trazos
en una lámina de mármol
de los altares de
Afrodita.
Pero el sabor a campo
abierto
en la batalla y, más aún,
este gemido que se escapa
tras el fragor de la
contienda
me pertenece, aunque sea
tuyo
su territorio al fin del
día.
De
Édgar:
Una mujer viajaba hacia
Acapulco.
Yo me encontraba en la
estación de Mérida,
nostálgico, de vuelta a
Veracruz.
Ella había perdido su
maleta
y algo extraño decía de
la vida
y el destino, que era
adverso como hoy.
Pregunté de inmediato:
¿la maleta
indica su destino,
Acapulco,
en un papel? Alguien me
dijo, hoy,
entre el calor de la
ciudad de Mérida
que el equipaje que llevo
a Veracruz
debía cuidarlo a costa de mi vida…
lunes, noviembre 03, 2025
miércoles, septiembre 11, 2024
Recuerdos por una foto
Pesqué
hace como quince días una foto en internet y de inmediato la guardé para
conservarla y quizá para escribir en el futuro sobre ella. Ese futuro llegó
ahora, en estos veloces y melancólicos renglones. La imagen no tiene mucha
calidad, como que es foto de foto, pero da igual. Retiene un edificio ubicado
en la esquina nororiente del cruce que forman la avenida Morelos con la calle
Treviño, exactamente allí donde hoy se encuentra la terminal abajeña del
teleférico, en Torreón.
La
foto puede datar de los setenta, así que la esquina luce despejada, sin la edificación
contigua de la terminal norte del teleférico. La parte inferior —el primer piso—
del edificio fotografiado contenía la farmacia Benavides, que además de ese
servicio relacionado con la venta de medicamentos, al lado administraba un
restaurante-cafetería. Ignoro si en la parte alta había oficinas o también era
un espacio de la farmacia.
Tuve
una etapa de cinco años como habitué
de la cafetería, y creo que fue allí donde practiqué por primera vez el bello
deporte de la ociosidad literaria, del cual ya vivo retirado. Me refiero a la
conversación con amigos escritores que, como yo, muchas tardes de la semana nos
apostábamos en una mesa para hablar sobre libros y autores, para compartir
ideas siempre revueltas por la ventisca del azar, que es el mejor modo de la
conversación. Lo bueno de esos cafés estaba en la tranquilidad que ofrecían, es
verdad, pero más en la costumbre casi inaudita y anticapitalista de permitir
que tres, cuatro o cinco comensales consumieran y pagarán cada uno una modesta taza
de café “americano” con infatigables rellenos (refills), y aguantarlos allí, sin malas caras de nadie, dos o tres
horas de permanencia y diálogo. Ahora que lo pienso, quizá por eso quebró.
Dos
recuerdos fijos tengo del café de Benavides. Uno de ellos, aquel en el que Gilberto
Prado y Héctor Matuk me enseñaron el arte de la palindromía, arte que
sé ejercer, aunque sin obsesión y por ello tampoco grandes hallazgos. El otro
recuerdo es la entrevista que allí nos hizo un periodista a Ricardo Serna y a
mí luego de que ambos ganamos, por la música y la letra, respectivamente, el
concurso nacional para componer el himno del IMSS.
De ese pasado ya no queda casi nada, salvo frágiles recuerdos como los que por ahora aquí, en la palabra concluyen, concluyen.
sábado, octubre 21, 2023
Un año sin Gilberto Prado Galán
Perdimos
a Gilberto Prado Galán hace, hoy, exactamente un año. Lo recuerdo aquí con la
presentación que publiqué en el libro dedicado a su memoria, libro cuya
descarga gratuita puede ejecutarse aquí.
Casi años, 39 para ser exacto, orbité en
el círculo amistoso de Gilberto Prado Galán (Torreón, Coahuila, 20 de
septiembre de 1960-Ciudad de México, 21 de octubre de 2022). Hombre de
querencia fácil, lo más opuesto a un misántropo que puedo imaginar, Gilberto
tenía muchísimos amigos y aún más conocidos. Pese a esto, sé que ocupé en su
vida de cuate y de colega escritor un sitio distinguido, tanto que a mi
parecer, y perdón por la vanidad, fue y será él uno de mis cinco o seis mejores
amigos. Su partida reciente, por ello, me golpeó como una turbulencia que no
dejará de cimbrarme, casi como si con él se hubiera ido un pedazo fundamental
de mi propia existencia. “Un amigo es uno mesmo en otro pellejo”, dijo Yupanqui
que dijo un hombre de campo al que alguna vez oyó de pasada, y siento que en el
caso de Gilberto eso era para mí, sin duda: uno mesmo en otro pellejo.
La noticia de su pérdida me llegó en un
momento de tremenda agitación personal. Una semana después del 21 de octubre de
2022 emprendí un viaje en pareja largamente preparado. Luego, al regreso, me
esperaban otros dos viajes más cortos y el cierre laboral del año en la
universidad. Salvo dos entregas de mi columna periodística —los dos últimos
textos que aparecen en este libro— escritas al calor de la tristeza, nada más
pude hacer para sumarme a las numerosas muestras de cariño y respeto que lo
despidieron. Durante todos los recorridos y en medio de las responsabilidades
de trabajo, sin embargo, pensé obsesivamente en la necesidad de preparar algo,
alguna ofrenda de palabras para mi amigo Gil, y pronto di con la posibilidad
hoy materializada en este modesto homenaje de papel y tipografía.
Desde que comenzó nuestra amistad hice
ver a Gilberto, tácitamente, que el vínculo que nos unía era el afecto, es
verdad, pero que esto resultaba insuficiente si no se le sumaban gestos propios
de la amistad literaria. Así, traté de evidenciar en toda ocasión que divulgar
su obra escrita era un imperativo de mi trabajo. Si parte de mis dinámicas
laborales radica, desde 1984, en la difusión de la literatura y de todo aquello
que percibo artísticamente valioso o meritorio, no podía ser ajeno a la
obligación de expresar, por escrito y por cualquier medio, que en Gilberto
teníamos a uno de nuestros mejores escritores, quizá al mejor, al más dotado
para el ejercicio literario.
Así, no fueron pocas las oportunidades
que tuve para elogiar su talento en una clase, en una conferencia, en una
simple conversación de sobremesa. Lamentablemente, verba volant, la
palabra puesta en el aire se desvanece y de ella sólo queda, si acaso, una
vibración perdida en el cosmos e imposible de recuperar. La escritura, al
contrario, tiene la capacidad de permanecer y permitir su restablecimiento.
Gracias a la supervivencia de lo que he escrito sobre Gilberto puedo ofrecer
hoy estas páginas, racimo de 17 textos que cubre un arco de 25 años. Apenas
debo señalar que, dadas las circunstancias que les dieron origen, estos
párrafos son bocetos, puntos de partida para más y mejores acercamientos a la
obra de nuestro llorado poeta y ensayista.
Son la mayoría, como se verá,
comentarios escritos para presentar libros de mi amigo, quien con frecuencia me
pedía ese favor, un favor que asumí siempre como lujo. El más antiguo data de
1998, pero sé que hay textos anteriores a esa fecha de los cuales no conservo
nada, salvo el tenue recuerdo de su hechura. Al releer lo que aquí traigo —y
guardaba en viejas carpetas digitales— sólo hice mínimos retoques, nada que
alterara sustancialmente la apresurada opinión original. Así reunidas, ciertas
afirmaciones pueden parecer reiterativas, pero es lógico que esto ocurra si
pensamos que todas ellas conciernen al mismo escritor volcado casi el mismo
género. Luego entonces, es necesario tener en consideración que en su momento
fueron escritas sin presentir que alguna vez cohabitarían en un mismo
recipiente, éste.
Para mi libro Solazos y resolanas
(2015) solicité al propio Gilberto una semblanza. La traigo aquí con dos o tres
ítems añadidos; es, grosso modo, el trabajo profesional y literario que
acumuló hasta 2022:
Gilberto Prado Galán (Torreón, 20 de
septiembre de 1960-Ciudad de México, 21 de octubre de 2022). Psicólogo egresado
del Instituto Superior de Ciencia y Tecnología, A.C., de Gómez Palacio,
Durango, y master of arts por la New Mexico State University, ha fungido como
director de la estación cultural Radio Torreón, director del Departamento de
Difusión Cultural de la Universidad Autónoma de Coahuila, profesor de español
en la New México State University. Ha publicado ensayos, artículos, poemas y
reseñas en diversas revistas nacionales e internacionales. Obtuvo los premios
internacionales Malcolm Lowry, Garcilaso Inca de la Vega Lya Kostakowsky (cuyo
jurado estuvo integrado por Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes y Eduardo
Galeano) y el premio nacional de crítica de arte Luis Cardoza y Aragón. Autor
de más de 9000 palíndromos, fue invitado como miembro de honor al Club
Internacional de Palindromistas, con sede en Barcelona. En México y España ha
publicado más de veinte libros entre los que destacan Exhumación de la
imagen, Las máscaras de la serpiente, Huellas de Salamandra,
Esplendor del canto, Vindicación de Incurable, Luis
Cardoza y Aragón: las ramas de su árbol, El misterio y su lámpara, Minas
y teodolitos, El año de Borges, Fragmentos del asombro, Dialéctica
del caos, El libro de las preguntas: la posteridad insomne de Pablo
Neruda, El canto de la ceniza, Dolor de ser isla, Sobre
héroes y hazañas, Efímero lloré mi fe, A la gorda, drógala,
Los ojos de la Medusa, Libro del mapa humano, Para leer El Aleph y
Ella era el jardín. Fue Coordinador de Difusión Cultural de la
Universidad Iberoamericana Ciudad de México. En México ha colaborado en Algarabía,
Brecha, El Huevo, El Imparcial, El Puente, Acequias,
El Siglo de Torreón, Excélsior, Historia de América, La
Crónica Cultural, La Gaceta del FCE, Los empeños (UNAM),
Nexos, Periódico de Poesía, Plural, Sábado y Milenio
Laguna, entre otras muchas publicaciones periodísticas. Asimismo, ha
publicado ensayos, artículos, poemas y reseñas en las revistas internacionales Ínsula,
Poesía, Barcarola, La bolsa de pipas, Revista de libros,
Serta, Nueva revista, Blanco y negro del diario español ABC,
Cuadernos de la huerta de San Vicente, Umbral y Anales de
la Universidad Complutense de Madrid. Fue becario del Fonca y miembro del SNCA.
Fue esposo de Leticia Santos Campa, y padre de Sofía Leticia y Verónica Eloísa.
No quiero salir de esta presentación sin declarar que fue un privilegio ser amigo de Gilberto, un privilegio expandido en cuatro venturosas décadas. Su amistad, su obra y la densa exuberancia de sus saberes, compartidos sin freno con pasión y desenfado, son regalos que mi memoria guardará con trasparente, con indestructible cariño, admiración y gratitud.
Comarca Lagunera, 10, diciembre y 2022
miércoles, julio 26, 2023
Heriberto, gurú y amigo
¿Cómo procesar esta nueva pérdida? ¿Dónde encontrar argumentos que expliquen los caprichos del destino? ¿Por qué los talentos como el suyo se nos adelantan tanto? Uno más de mis admirados amigos, Heriberto Alejandro Ramos Hernández, ha partido. Tenía apenas 57 años y la lucidez entera, con la plenitud que a sus cercanos nos llevaba a motejarlo “Gurú”. Una vez me dijo que el apodo no le cuadraba mucho, que le parecía excesivo. Le comenté que era una cordial forma de reconocer su brillante manera de razonar, su conversación siempre atinada, sus innumerables referencias bibliográficas, su tremenda aplicación de la lógica a la hora de sopesar cualquier idea.
De
muchos amigos cercanos recuerdo el lugar exacto donde los conocí. El sitio en el
que conocí a Heriberto es uno de ellos. Un mañana de 2004 o 2005, en el
umbral de mi oficina en la Ibero Torreón, nos estrechamos las diestras y de
inmediato pude ver uno de los rasgos más salientes de Heriberto: su
cordialidad. Algo debíamos ver sobre un ensayo de su cosecha, pero lo que
realmente nos detuvo en la conversación fueron los temas espontáneos de cualquier
primer contacto. Supe que tenía un gran conocimiento de la economía y las
finanzas, y que durante muchos años había trabajado en ese ramo dentro del
sector privado. Lo que me sorprendió desde el principio fue que, pese a la
lejanía de su especialidad con respecto de la mía, él tenía una formación múltiple, de
lector omnívoro. Cierto: leía vorazmente libros de su ámbito profesional, pero
tenía un profundo respeto de lector por las humanidades, sobre todo por la
literatura.
Lo
que más me asombró fue, pues, algo que de Heriberto podíamos esperar: él, ciertamente,
vivía como profesional del mundo financiero, pero su vocación de lector lo había
llevado incluso a conocer hasta a los escritores de la localidad. “Te conozco
muy bien”, me dijo, y de golpe comenzó a mencionar algunos de mis libros. Luego
supe que Heriberto era así: vivía en su mundo, era un hombre más bien tendiente
a la soledad, pero la ventana de la lectura le había permitido enterarse de
todo. Tenía una memoria espectacular, y él lo sabía, pues alguna vez me comentó
que no olvidaba nada de lo que leía. Y me lo demostró varias veces al citar
frases enteras de las fuentes bibliohemerográficas más diversas.
Poco
a poco fuimos afinando la amistad. Él no forzaba los encuentros, era muy
respetuoso del tiempo ajeno, pero en no pocas ocasiones, menos de las que uno
desearía, nos vimos para conversar él y yo solos o junto a varios amigos
comunes como Jesús Haro, Salvador Perales, Édgar Salinas y Gilberto Prado.
Nuestros puntos de reunión eran algunas de las muchas cantinas de Torreón, sobre
todo el salón Versalles, aunque un par de veces nos convidó al espléndido
jardín de su casa donde hacía gala de una anfitrionía perfecta. Era un
apasionado de la conversación, de las bromas, de la risa, pero en medio de todo
siempre sabía deslizar comentarios cultos, referencias históricas, políticas,
económicas, literarias. Era un erudito, un enamorado permanente del
conocimiento.
Cierta noche de 2014 me invitó a cenar porque tenía la inquietud de pedirme un favor: había armado su primer libro y quería que yo lo ayudara a editarlo. Por supuesto le dije que sí, y comenzamos con ese trabajo que sirvió de pretexto para vernos más seguido. Avanzamos sin apuro, sin impaciencia, y en 2015 tuvimos listo El interés más sincero, un conjunto de artículos brillantes, divulgativo, sin tono grave o pomposo, sobre muchos recovecos de la vida intelectual, el mundo docente, la administración, le lectura y más temas. Heriberto quería el libro para regalarlo a sus parientes y amigos, y no lo presentó. Tuvieron que pasar como seis años para que, en 2021, me recordara esa posibilidad, y el 23 de septiembre de aquel año el talentoso Carlos Castañón y yo lo presentamos con mucha calidez en el Archivo Municipal de Torreón. La contratapa del libro, lo que Heriberto decidió destacar de su exuberante currículum, quedó así: "Heriberto Ramos Hernández (Torreón, Coahuila, 1967) es licenciado y maestro en Administración y en Finanzas, y tiene estudios de doctorado en Alta Dirección. Es profesor visitante en posgrados de Escuelas de Negocios en México y en el extranjero. Ha publicado columnas de opinión y artículos académicos en Expansión, Milenio Diario y en publicaciones del ITAM, IPADE e Ibero. Durante más de veinte años se ha ganado la vida en el ámbito de los negocios como empresario, banquero, asesor, consejero y profesor. Actualmente es director y miembro del consejo de administración de dos fondos de inversión, de una sociedad financiera y de varias compañías en los ramos agrícola, inmobiliario y biotecnológico. Como maestro ha trabajado, entre otras instituciones, para la Universidad Iberoamericana Torreón y la Universidad Autónoma de Coahuila. Le gusta leer mucho y de todo".
No
hace tanto, como un año más o menos, me habló por teléfono para compartirme su
deseo de publicar uno o dos libros más cuyos originales ya tenía terminados o
casi terminados. Gustoso le dije que sí, que cuando estuvieran listos les poníamos
manos a sus obras. Tiempo después ya no volvió a comentarme nada sobre el
avance de aquellos materiales, pero supongo que sí quedaron organizados.
En
los años recientes no nos vimos tanto como antes, pues yo cambié de domicilio,
me alejé mucho del centro de la ciudad y comencé, por la edad a la que voy
llegando, un proceso de aislamiento social que en teoría me permitirá organizar mejor mis
cosas sobre todo literarias. Eso no significó incomunicación con Heriberto,
pues con mucha frecuencia entablamos largas conversaciones escritas por Whatsapp. En ellas, agradezco que siempre me alentó a seguir, que siempre, como pocos, leyó y aplaudió
mi trabajo de escritura. La última conversación que guardo ocurrió el domingo
pasado, cinco días antes de su adiós.
A Claudia, su amada esposa, a Heriberto, su amado hijo, y a toda su familia y sus amigos, no puedo no compartirles estas palabras y un abrazo que apenas describe muy superficialmente al extraordinario ser humano que fue Heriberto, nuestro querido Gurú.
Descanse en paz.
Nota. En la foto, Heriberto (de pie, camisa negra), junto a Gilberto Prado Galán, Miguel Teja Aranzábal (también de pie), Héctor Matuk Núñez y yo. Patio del bar La Terminal, Torreón, abril de 2018.
domingo, febrero 19, 2023
Presentación de libro sobre Gilberto Prado
BOLETÍN
Presentación del libro Gilberto Prado Galán: exhumación de su imagen
Gilberto Prado Galán:
exhumación de su imagen, libro de Jaime Muñoz Vargas, será
presentado este martes 21 de febrero a las 7 pm en la Galería de Arte
Contemporáneo del Teatro Isauro Martínez. Los comentarios serán expuestos por Arcelia Ayup Silveti, Saúl Rosales y el autor.
“Gracias
a la supervivencia de lo que he escrito sobre Gilberto Prado Galán puedo hoy
ofrecer estas páginas, un racimo de 17 textos que cubre un abanico de 25 años.
Apenas debo enfatizar que, dadas las circunstancias que les dieron origen,
estas páginas son bocetos, puntos de partida para más y mejores acercamientos a
la obra del llorado poeta y ensayista”, señala Muñoz Vargas en el prólogo.
El
autor nació en Gómez Palacio,
Durango, en 1964, y es escritor y maestro. Ha publicado más de veinte libros, entre
otros, las novelas Juegos de amor y
malquerencia y Parábola del moribundo;
los libros de cuentos Las manos del tahúr,
Ojos en la sombra y Grava suelta; y los libros de
periodismo Tientos y mediciones y Entre las teclas. Ha ganado los premios
nacionales de novela Jorge Ibargüengoitia y de cuento de San Luis. Textos suyos
han aparecido en publicaciones de México, Argentina, Chile, Colombia y España.
Actualmente es coordinador editorial y maestro de la Ibero Torreón y columnista
del diario Milenio Laguna.
En
cuanto a Arcelia Ayup Silveti, es comunicóloga. Estudió la Maestría en
Literatura y Creación Literaria en Casa Lamm de la Cuidad de México y el
Diplomado en Corrección de Textos en la misma institución educativa. Ha publicado
seis libros de diferentes géneros, coautora de un par de obras y compiladora de
una. Es promotora cultural independiente. Escribe la columna cultural “De raíces y horizontes” en Milenio Laguna. Ha sido catedrática en
la Universidad Autónoma de Coahuila y en la Universidad Iberoamericana. Actualmente
es jefa de Difusión Cultural de la Unidad Torreón de la UAdeC.
Por último, Saúl Rosales nació en Torreón, Coahuila, en 1940. Es Miembro Correspondiente de la Academia Mexicana de la Lengua. Su libro de cuentos Autorretrato con Rulfo fue seleccionado para la colección “Literatura Mexicana Contemporánea ¿Ya Leíssste?” Se le concedió el reconocimiento de Creador Emérito de Coahuila en 1999; se le otorgó el de Ciudadano Distinguido de Torreón en 1990 y 2004 y la medalla al Mérito Universitario “Miguel Ramos Arizpe”, de la Universidad Autónoma de Coahuila. En 2019 el Proyecto Cultural Revueltas le otorgó la medalla José Revueltas. Ha publicado una veintena de libros.
Entrada libre.
miércoles, febrero 08, 2023
Ya el número 89 de Acequias
Acequias, revista de acceso libre en la web de la Ibero
Torreón, señala en el editorial de su número más reciente, el 89, que siguen pasando los años y no desaparece la
realidad violenta del país. Más, ni siquiera amaina, y los focos rojos mueven a
zozobra y reflexión permanentes. En el norte, centro y sur de la República hay diarios ejemplos de desbordamiento, tanto que cada vez se
torna más difícil animarse a viajar por carretera ante la eventualidad de topar
con desaguisados, casi como si los grupos criminales se hubieran apoderado poco
a poco del espacio público. Hay, claro, entidades en las que se
ha llegado al colmo de la barbarie, zonas en las que no es infrecuente el caos
derivado de la quema de transportes y negocios cuyo fin es aterrorizar a la
población.
Todo esto ha sido y es consignado por el
periodismo, profesión que por naturaleza toma el pulso
de la realidad y se convierte con el tiempo en fuente de documentación para el
trabajo académico. De estas dos actividades —la periodística y la académica—
nos hablan los cuatro primeros textos de este número de Acequias. “La memoria y el periodismo como
instrumentos de denuncia”, del periodista Luis Alberto López, plantea el
imperativo de indagar sin pausa, en una lucha siempre desigual contra el
olvido, los casos de desaparición que lamentablemente se cuentan por miles en nuestro país. Por su parte, Fernando Javier Araujo,
maestro e investigador de la Ibero Torreón, colabora con “El compromiso de las
ciencias sociales ante las violencias”, aporte que enfatiza la importancia de
trabajar (para explicarlo y combatirlo) el fenómeno de la
violencia. Asimismo, Fernando Fabio Sánchez explora el tema de las agresiones
de género cuya mayor consecuencia es el feminicidio. Por último en este
segmento de la revista, Laura Elena Parra López comenta un libro de Ryszard Kapuscinski, uno de los periodistas más respetados y leídos del siglo XX.
En Acequias 89 se evoca a Gilberto Prado Galán,
escritor lagunero que murió en 2022 y fue maestro de la Ibero Torreón y
colaborador de esta revista. También, un ensayo de Saúl Rosales sobre la peculiaridad estilística de Juan Rulfo, y otro de Gerardo
Segura sobre las mutaciones de la educación sentimental basada en la música
popular.
Cinco estampas sobre La Habana facilitadas por la escritora cubana Dazra Novak, un apunte de Cecilia Sabag sobre los nuevos códigos de comunicación en las redes y un emotivo poema de Jorge Valdés Diaz-Vélez complementan los contenidos de este número con el que despedimos al 2022.
sábado, enero 21, 2023
Los demasiados Borges en El forajido sentimental

Durante mi estancia de agosto/2011 en Buenos Aires leí tres libros de Fernando Sorrentino: Conversaciones con Borges (entrevista), El crimen de San Alberto (cuentos) y El forajido sentimental (ensayos). De Sorrentino sólo tenía noticias internéticas y amistosamente indirectas, pues fue o es amigo de mi amigo Juan Pablo Neyret; había leído algunas de sus colaboraciones en Espéculo, la revista virtual de la Complutense, y algún otro texto en su propia web. El encuentro con sus libros me deparó (lo digo así, porque así fue) tres alegrías distintas: un diálogo que no terminará con el más grande escritor de nuestra lengua, unos relatos originales y harto divertidos y un lote de lúcidas aproximaciones al poliédrico Borges.
Creo advertir que los ensayos cumplen cabalmente con el propósito esencial de este género en el caso de El forajido sentimental: todos hallan o tratan de hallar un pliegue, un dato oculto, un rincón inexplorado de la vasta obra borgeana y sus todavía más vastas consecuencias críticas. Así entonces, en el trayecto vemos algunas zonas desconocidas o poco conocidas, como la falsa atribución que hizo Borges a su traductor en inglés; o la manera risueñamente olvidadiza que el ciego de Buenos Aires tenía para embellecer anécdotas; o la relación a veces buena, a veces mala, de Borges con otros escritores (Arlt, Lugones, el anónimo y peleonero Francisco Soto y Calvo, Cortázar, Sabato, Mallea); o Borges y el futbol; o los textos falsamente atribuidos; o las traducciones que no hizo pero le enjaretaron (como la de La metamorfosis de Kafka) y muchos otros temitas más despachados con buen juicio, justas notas y copiosas referencias biblio y hemerográficas.
miércoles, noviembre 09, 2022
Inteligencia lúdica en Los ojos de la Medusa*
miércoles, octubre 26, 2022
Dos libros de Gilberto Prado
Sé
que en este momento tenemos disponibles en La Laguna dos libros de Gilberto
Prado Galán. Los demás, los muchos demás, o se han agotado o nunca fueron
distribuidos por acá. El más recientes, y el último editado en vida del autor,
es Ella era el jardín, que acertadamente
acaba de publicar el Instituto de Cultura y Educación de Torreón. El otro es Para leer El Aleph, publicado hace tres
años por la UANL y la Ibero Torreón. Tuve la fortuna de editar este segundo, lo
que me mantuvo en intensa comunicación con Gilberto durante varias semanas.
A
ciertos libros cuya edición cae en mis manos les escribo la contratapa sin
firmarla. Eso es muy común, parte de la chamba. En el caso del libro sobre el
libro más famoso de Borges, Gilberto me pidió la firma, y así convidé a los
potenciales lectores: “Borges es desde hace décadas, sin duda, el escritor
latinoamericano más atractivo para la crítica, y a diferencia de otros
creadores sepultados o casi sepultados por el olvido, su obra sigue convocando
asedios cuya onda expansiva no acata bordes. Escritores, lingüistas,
historiadores, científicos, matemáticos, antropólogos, profesionales y no
profesionales de las más diversas disciplinas han encontrado en las hermosas y
eruditas páginas del argentino un océano de significados y referencias
cruzadas, precisamente un laberinto al que resulta muy difícil no
ingresar. El imán borgeano es, pues, poderoso, y uno de los lectores mexicanos
que con muy buena disposición ha cedido a la tentación de indagarlo es Gilberto
Prado Galán (Torreón, Coahuila, 1960), quien hacia 1999, en el centenario del
maestro, publicó El año de Borges, y ahora, en el aniversario setenta de
la primera edición de El Aleph, propone El ancla y el mar. En
ambos casos, nuestro ensayista ha explorado con agudeza los cuentos de Borges, esos
microcosmos en los que parecen converger todas las realidades posibles. Imagino
que, guiado por las observaciones y la espléndida prosa de Prado Galán, el
lector de El ancla y el mar deseará volver a los relatos de Borges, del
infinito Borges”.
En
su breve prólogo, Gilberto apunta el origen y el propósito de su libro:
“En 1999 se publicó El
año de Borges, libro de mi autoría que comprende doce ensayos acerca de
sendos cuentos del autor de Historia de la eternidad.
Tras la muerte de mi eterna compañera Leticia
emprendí la relectura de El Aleph, obra central de la narrativa
universal y uno de los diez libros más importantes del siglo pasado. En El
año de Borges comenté tres cuentos de El Aleph: ‘El inmortal’, ‘La escritura del dios’
y el cuento epónimo. Sé que el propósito de este libro es abrir de otro modo la
puerta a un mundo literario tan insólito como deslumbrante. Sólo pretendo, como
Luis Cardoza y Aragón en su acercamiento a José Clemente Orozco, ‘prolongar la
felicidad de lo leído’.
Algo más: en el umbral de El oro de los tigres
(1972) despunta el poema “Lo perdido”, y en la zona más acendrada del texto, la
segunda pregunta: ‘¿Dónde estará el perdido/antepasado persa o el
noruego,/dónde el azar de no quedarme ciego,/dónde el ancla y el mar, dónde el
olvido/de ser quien soy?’. El ancla y el mar es una expresión
correlativa y sinónima de la moneda de hierro. ¿Por qué? Porque el ancla
(hierro) es el destino, y el mar (por impredecible y veleidoso) es el azar. Las
dos caras de la moneda de la existencia que es el intolerable Zahir que es
asimismo un laberinto cuya salida es azarosa o gobernada por secretas o
precisas leyes, como escribió el poeta en ‘In memoriam A.R.’. A esta
peculiaridad disyuntiva o concomitante de la suerte y la causalidad a veces
unimismadas obedece la elección del título del libro.
Ofrezco mi lectura de El
Aleph de Jorge Luis Borges (Losada, 1949), libro que en 2019 habrá de
cumplir setenta años de ser publicado por primera vez”.
Este libro está disponible en la Ibero Torreón y en El Astillero Librería. Para conseguir el otro, Ella era el jardín, hay que preguntar con la maestra Nadia Contreras en las oficinas del IMCE.
sábado, octubre 22, 2022
Gilberto Prado Galán, amigo
Francamente no sé cómo expresar mi consternación ante la
muerte de Gilberto Prado Galán (Torreón, 20 de septiembre de 1960-Ciudad de
México, 21 de octubre de 2022). Luego de recibir la mala nueva sentí entrar a un
mundo irreal, como si migrar a una fantasmagoría me alejara de la noticia
contundente, cierta, de que mi amigo ya no estaba con nosotros. Apenas si
necesito decir que en este momento me cuesta articular unas líneas que en
verdad puedan comunicar lo mucho que lamento esta partida.
Gilberto fue, desde 1984, uno de mis amigos más cercanos. La primera imagen que retengo de él es extraña: lo veo delante de mí, listo para descender del camión (verde) Torreón-Gómez-Lerdo. Yo también bajaba en ese punto, cerca del Iscytac. Gilberto iba en su último año de la carrera de Psicología, yo en el primero de Comunicación. No nos saludábamos, nadie nos había presentado, pero yo lo veía porque siempre que coincidíamos en el “jet de la pradera” él leía y leía libros que yo sabía literarios, de Austral o de Porrúa. Para entonces yo intuía que la literatura era (quizá) mi vocación, así que ver a un tipo de la universidad con libros de literatura era forzosamente llamativo.
Luego se dio una venturosa casualidad. Por flancos
distintos, varios alumnos le pedimos a Saúl Rosales que formáramos un taller
literario. Saúl accedió a ser nuestro mánager y un sábado del 84 tuvimos la
primera reunión del grupo literario que luego pasaría a llamarse Botella al Mar. Allí conocí a Gilberto, y apenas lo escuché hablar tuve la impresión de
que estaba delante de un tipo que ya lo había leído todo, y eso que apenas
sumaba 24 años.
La amistad de Gilberto tuvo una importancia capital, aunque indirecta, en mi formación. Como me he hecho en el autodidactismo, a la intemperie, oír a Gilberto, y sobre todo leerlo, era un acicate. ¿Cómo es posible que alguien que apenas me lleva cuatro años sepa infinitamente más que yo? Me hacía esta pregunta y en lugar de envidiar, en lugar de rumiar estériles mezquindades, leí con más empeño, me hice a la idea de aprender todo lo posible para estar a la altura de la conversación provocada por Gilberto, y de escribir con decoro, para también en eso no quedar tan a la zaga.
Cada vez que salía el tema, cada vez que alguien me
preguntaba algo sobre la literatura lagunera o sobre mis amigos o mis conocidos
escritores de aquí o de donde fuera, yo decía lo mismo, y lo mismo seguiré
diciendo pues ya no tendré oportunidad de volver a la juventud para
experimentar el asombro que me provocaba Gilberto Prado Galán. Él fue, repito
lo que he dicho muchas veces, lo más cerca que he estado de la genialidad
literaria. Su facilidad para escribir era, a un tiempo, brillante y torrencial,
una destreza que se le daba con la naturalidad de la respiración. Siempre cultivó
un timbre barroco, un timbre que le cuadraba muy bien porque tenía la mente
llena de referencias literarias, filosóficas, teológicas, lingüísticas,
política e históricas, lo que acompañaba de manera espléndida con un lujoso dominio
de la lengua y del estilo. Ahora bien, cuando uno afirma que Gilberto era un
pozo de saberes no debemos pensar en un sujeto adusto, en un nerd al uso, encerrado en su laberinto
de ideas. No. Gracias a su muy hospitalaria memoria, Gilberto podía improvisar
una conferencia de dos horas sobre Giordano Bruno e inmediatamente, en la cena
de celebración, sin solución de continuidad, enumerar a los campeones de bateo,
las marcas que batió Mark Spitz o la letra completa de un hit interpretado por Los Terrícolas. Nada, ningún conocimiento se
le negaba, fuera de la alta cultura o de la cultura popular. Sé que sabía que
sabía mucho, pero nunca fue vanidoso ni atropelló a nadie con sus capacidades.
Al contrario, fue en todo momento un tipo sencillo, un buen amigo, un hijo
noble, un hermano cariñoso, un excelente padre y esposo, un hombre que sabía
darse y reír, reír mucho y de todo, siempre. Sospecho que no lo hemos leído
bien, y que nos deja varios libros luminosos, dignos de perduración, y a mí la
sensación de que alguna vez fui amigo de un genio.
En un ensayo breve sobre el Botella al Mar escribí sobre el grupo en general y sobre mis compañeros en particular. Sobre Gilberto observé esto: “Gilberto Prado Galán, lo he dicho y escrito desde que lo conozco, fue siempre el más adelantado, un genio vivaz y memorioso, un dechado de humor inteligente y una sensibilidad poderosamente dotada para el manejo de la palabra más profunda y bien escrita. Retengo con toda claridad la primera impresión que me provocó y las sucesivas impresiones que siguió y sigue provocándome: a los 24 años parecía haberlo leído todo y, más que eso, parecía que todo lo almacenaba incluso textualmente en el portento de disco duro con el que fue equipado. Citaba poemas completos de los autores más diversos, recordaba pasajes completos de filósofos, teólogos, psicólogos, lingüistas, escritores, y todo eso lo aderezaba con un registro pormenorizado de canciones populares, calambures y datos jocosos de la farándula y el deporte. Jamás le leí una cuartilla hueca o contrahecha, y alguna vez aseguré que el Botella al Mar estaba cabalmente justificado con la pura presencia de Gilberto. Creo, más de treinta años después, que no me equivoqué. El Gilberto geniecillo que conocí en 1984 es ahora un escritor maduro, respetado y atestado de justo reconocimiento”.
No creo haberme equivocado. La obra publicada de Gilberto queda como testimonio del gran artista que la creó.












