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martes, junio 16, 2026

6. Butragueño


 







Gilberto Prado, erudito en letras y deportes, solía citar unas palabras de Emilio Butragueño (Madrid, 1963) cuando alguna vez pidieron al español que comparara su estilo con el de Hugo: “Él es mejor en el remate, pero creo que yo en el uno a uno”. No es errónea esta observación, pues siempre que pensamos en él es fácil imaginarlo en la ejecución de un desborde o una penetración con balón atado a los dos pies: desde un punto muerto, superaba al rival con un arranque súbito en el que, como nadie, se pasaba a sí mismo la pelota de un zapato a otro. Era su especialidad, llegar hasta las narices del portero y liquidarlo. Creo que en nadie, o tal vez sólo en Messi, he visto con tal velocidad y eficacia ese traslado de balón entre ambos pies. Lo recuerdo como estrella del Madrid, obvio, en la mejor época de Hugo, pero más en su partido consagratorio, aquel que España ganó en Querétaro a la Dinamarca de Elkjær con cuatro tantos del Buitre, apodo que por cierto no le concernía, pues era rubio con cara de angelito. Clavó casi 250 goles. Curiosamente, jugó su último partido contra el Santos Laguna.

miércoles, noviembre 05, 2025

Desierto amor por Zoom


 











Hoy a las 12 del mediodía presentaremos Desierto amor, cuatro poetas torreonenses, libro de poesía compilado por iniciativa Jorge Valdés Díaz-Vélez y editado por el área de Literatura a cargo de Nadia Contreras en el Instituto Municipal de Cultura y Educación. Participaré en la mesa junto al compilador, quien reunió en este libro poemas de Marianne Toussaint, Édgar Valencia, Gilberto Prado y el mismo Jorge Valdés. Estaré allí en mi calidad de prologuista, invitación que me honra.

Dado que diré lo que diré en la transmisión por Zoom (Jorge radica en Madrid), adelanto aquí el arranque de mi prólogo y un puñado breve de versos de nuestros cuatro poetas. “La Laguna, y especialmente Torreón, Coahuila, México, es una tierra pródiga en escritores. Más allá de que su vida literaria (y en general artística) no ha desbordado las fronteras de cierto amateurismo, pues carece de escuelas de Letras, editoriales, exuberantes bibliotecas y grandes librerías, la región se las ha ingeniado no sé cómo para producir autores con talento y sensibilidad especiales, tantos que ya es posible medir su número con las varas de los premios nacionales o la calidad y cantidad de sus libros. Destacan los narradores, los ensayistas y, claro, los poetas. En este último género, nadie ha alcanzado hasta ahora la dimensión de la maestra Enriqueta Ochoa, pero podemos asumir que no es corta la cauda de paisanos que continúan la obra de nuestra más leída y celebrada poeta…”.

Vengan ahora unas muestras del contenido en orden de aparición dentro del libro:

De Gilberto:

Vemos solo la sombra, lo que existe

detrás de la cortina es invisible,

pero nos llega el mínimo reflejo,

la orilla de una letra, la prudente

distancia de lo solo presentido,

 y con esa asomada nadería

construimos el mundo,

tejemos nuestra fe, resucitamos

a los que se han dormido para siempre.

 

De Marianne:

El olvido es una orilla traicionera

donde permaneces

casi sin respirar después de la tormenta

 

Sueñas que has olvidado.

Y estás de nuevo frente a aquel deseo

 frágil y paralizada.

 

De Jorge:

Tus ojos, Lesbia, el agridulce

combate a ciegas de la lengua

que es tu victoria y mi derrota,

serán futuros himnos, trazos

en una lámina de mármol

de los altares de Afrodita.

Pero el sabor a campo abierto

en la batalla y, más aún,

este gemido que se escapa

tras el fragor de la contienda

me pertenece, aunque sea tuyo

su territorio al fin del día.

 

De Édgar:

Una mujer viajaba hacia Acapulco.

Yo me encontraba en la estación de Mérida,

nostálgico, de vuelta a Veracruz.

Ella había perdido su maleta

y algo extraño decía de la vida

y el destino, que era adverso como hoy.

 

Pregunté de inmediato: ¿la maleta

indica su destino, Acapulco,

en un papel? Alguien me dijo, hoy,

entre el calor de la ciudad de Mérida

que el equipaje que llevo a Veracruz

debía cuidarlo a costa de mi vida…

miércoles, septiembre 11, 2024

Recuerdos por una foto


 







Pesqué hace como quince días una foto en internet y de inmediato la guardé para conservarla y quizá para escribir en el futuro sobre ella. Ese futuro llegó ahora, en estos veloces y melancólicos renglones. La imagen no tiene mucha calidad, como que es foto de foto, pero da igual. Retiene un edificio ubicado en la esquina nororiente del cruce que forman la avenida Morelos con la calle Treviño, exactamente allí donde hoy se encuentra la terminal abajeña del teleférico, en Torreón.

La foto puede datar de los setenta, así que la esquina luce despejada, sin la edificación contigua de la terminal norte del teleférico. La parte inferior —el primer piso— del edificio fotografiado contenía la farmacia Benavides, que además de ese servicio relacionado con la venta de medicamentos, al lado administraba un restaurante-cafetería. Ignoro si en la parte alta había oficinas o también era un espacio de la farmacia.

Tuve una etapa de cinco años como habitué de la cafetería, y creo que fue allí donde practiqué por primera vez el bello deporte de la ociosidad literaria, del cual ya vivo retirado. Me refiero a la conversación con amigos escritores que, como yo, muchas tardes de la semana nos apostábamos en una mesa para hablar sobre libros y autores, para compartir ideas siempre revueltas por la ventisca del azar, que es el mejor modo de la conversación. Lo bueno de esos cafés estaba en la tranquilidad que ofrecían, es verdad, pero más en la costumbre casi inaudita y anticapitalista de permitir que tres, cuatro o cinco comensales consumieran y pagarán cada uno una modesta taza de café “americano” con infatigables rellenos (refills), y aguantarlos allí, sin malas caras de nadie, dos o tres horas de permanencia y diálogo. Ahora que lo pienso, quizá por eso quebró.

Dos recuerdos fijos tengo del café de Benavides. Uno de ellos, aquel en el que Gilberto Prado y Héctor Matuk me enseñaron el arte de la palindromía, arte que sé ejercer, aunque sin obsesión y por ello tampoco grandes hallazgos. El otro recuerdo es la entrevista que allí nos hizo un periodista a Ricardo Serna y a mí luego de que ambos ganamos, por la música y la letra, respectivamente, el concurso nacional para componer el himno del IMSS.

De ese pasado ya no queda casi nada, salvo frágiles recuerdos como los que por ahora aquí, en la palabra concluyen, concluyen.

sábado, octubre 21, 2023

Un año sin Gilberto Prado Galán

 










Perdimos a Gilberto Prado Galán hace, hoy, exactamente un año. Lo recuerdo aquí con la presentación que publiqué en el libro dedicado a su memoria, libro cuya descarga gratuita puede ejecutarse aquí.

Casi años, 39 para ser exacto, orbité en el círculo amistoso de Gilberto Prado Galán (Torreón, Coahuila, 20 de septiembre de 1960-Ciudad de México, 21 de octubre de 2022). Hombre de querencia fácil, lo más opuesto a un misántropo que puedo imaginar, Gilberto tenía muchísimos amigos y aún más conocidos. Pese a esto, sé que ocupé en su vida de cuate y de colega escritor un sitio distinguido, tanto que a mi parecer, y perdón por la vanidad, fue y será él uno de mis cinco o seis mejores amigos. Su partida reciente, por ello, me golpeó como una turbulencia que no dejará de cimbrarme, casi como si con él se hubiera ido un pedazo fundamental de mi propia existencia. “Un amigo es uno mesmo en otro pellejo”, dijo Yupanqui que dijo un hombre de campo al que alguna vez oyó de pasada, y siento que en el caso de Gilberto eso era para mí, sin duda: uno mesmo en otro pellejo.

La noticia de su pérdida me llegó en un momento de tremenda agitación personal. Una semana después del 21 de octubre de 2022 emprendí un viaje en pareja largamente preparado. Luego, al regreso, me esperaban otros dos viajes más cortos y el cierre laboral del año en la universidad. Salvo dos entregas de mi columna periodística —los dos últimos textos que aparecen en este libro— escritas al calor de la tristeza, nada más pude hacer para sumarme a las numerosas muestras de cariño y respeto que lo despidieron. Durante todos los recorridos y en medio de las responsabilidades de trabajo, sin embargo, pensé obsesivamente en la necesidad de preparar algo, alguna ofrenda de palabras para mi amigo Gil, y pronto di con la posibilidad hoy materializada en este modesto homenaje de papel y tipografía.

Desde que comenzó nuestra amistad hice ver a Gilberto, tácitamente, que el vínculo que nos unía era el afecto, es verdad, pero que esto resultaba insuficiente si no se le sumaban gestos propios de la amistad literaria. Así, traté de evidenciar en toda ocasión que divulgar su obra escrita era un imperativo de mi trabajo. Si parte de mis dinámicas laborales radica, desde 1984, en la difusión de la literatura y de todo aquello que percibo artísticamente valioso o meritorio, no podía ser ajeno a la obligación de expresar, por escrito y por cualquier medio, que en Gilberto teníamos a uno de nuestros mejores escritores, quizá al mejor, al más dotado para el ejercicio literario.

Así, no fueron pocas las oportunidades que tuve para elogiar su talento en una clase, en una conferencia, en una simple conversación de sobremesa. Lamentablemente, verba volant, la palabra puesta en el aire se desvanece y de ella sólo queda, si acaso, una vibración perdida en el cosmos e imposible de recuperar. La escritura, al contrario, tiene la capacidad de permanecer y permitir su restablecimiento. Gracias a la supervivencia de lo que he escrito sobre Gilberto puedo ofrecer hoy estas páginas, racimo de 17 textos que cubre un arco de 25 años. Apenas debo señalar que, dadas las circunstancias que les dieron origen, estos párrafos son bocetos, puntos de partida para más y mejores acercamientos a la obra de nuestro llorado poeta y ensayista.

Son la mayoría, como se verá, comentarios escritos para presentar libros de mi amigo, quien con frecuencia me pedía ese favor, un favor que asumí siempre como lujo. El más antiguo data de 1998, pero sé que hay textos anteriores a esa fecha de los cuales no conservo nada, salvo el tenue recuerdo de su hechura. Al releer lo que aquí traigo —y guardaba en viejas carpetas digitales— sólo hice mínimos retoques, nada que alterara sustancialmente la apresurada opinión original. Así reunidas, ciertas afirmaciones pueden parecer reiterativas, pero es lógico que esto ocurra si pensamos que todas ellas conciernen al mismo escritor volcado casi el mismo género. Luego entonces, es necesario tener en consideración que en su momento fueron escritas sin presentir que alguna vez cohabitarían en un mismo recipiente, éste.

Para mi libro Solazos y resolanas (2015) solicité al propio Gilberto una semblanza. La traigo aquí con dos o tres ítems añadidos; es, grosso modo, el trabajo profesional y literario que acumuló hasta 2022:

Gilberto Prado Galán (Torreón, 20 de septiembre de 1960-Ciudad de México, 21 de octubre de 2022). Psicólogo egresado del Instituto Superior de Ciencia y Tecnología, A.C., de Gómez Palacio, Durango, y master of arts por la New Mexico State University, ha fungido como director de la estación cultural Radio Torreón, director del Departamento de Difusión Cultural de la Universidad Autónoma de Coahuila, profesor de español en la New México State University. Ha publicado ensayos, artículos, poemas y reseñas en diversas revistas nacionales e internacionales. Obtuvo los premios internacionales Malcolm Lowry, Garcilaso Inca de la Vega Lya Kostakowsky (cuyo jurado estuvo integrado por Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes y Eduardo Galeano) y el premio nacional de crítica de arte Luis Cardoza y Aragón. Autor de más de 9000 palíndromos, fue invitado como miembro de honor al Club Internacional de Palindromistas, con sede en Barcelona. En México y España ha publicado más de veinte libros entre los que destacan Exhumación de la imagen, Las máscaras de la serpiente, Huellas de Salamandra, Esplendor del canto, Vindicación de Incurable, Luis Cardoza y Aragón: las ramas de su árbol, El misterio y su lámpara, Minas y teodolitos, El año de Borges, Fragmentos del asombro, Dialéctica del caos, El libro de las preguntas: la posteridad insomne de Pablo Neruda, El canto de la ceniza, Dolor de ser isla, Sobre héroes y hazañas, Efímero lloré mi fe, A la gorda, drógala, Los ojos de la Medusa, Libro del mapa humano, Para leer El Aleph y Ella era el jardín. Fue Coordinador de Difusión Cultural de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México. En México ha colaborado en Algarabía, Brecha, El Huevo, El Imparcial, El Puente, Acequias, El Siglo de Torreón, Excélsior, Historia de América, La Crónica Cultural, La Gaceta del FCE, Los empeños (UNAM), Nexos, Periódico de Poesía, Plural, Sábado y Milenio Laguna, entre otras muchas publicaciones periodísticas. Asimismo, ha publicado ensayos, artículos, poemas y reseñas en las revistas internacionales Ínsula, Poesía, Barcarola, La bolsa de pipas, Revista de libros, Serta, Nueva revista, Blanco y negro del diario español ABC, Cuadernos de la huerta de San Vicente, Umbral y Anales de la Universidad Complutense de Madrid. Fue becario del Fonca y miembro del SNCA. Fue esposo de Leticia Santos Campa, y padre de Sofía Leticia y Verónica Eloísa.

No quiero salir de esta presentación sin declarar que fue un privilegio ser amigo de Gilberto, un privilegio expandido en cuatro venturosas décadas. Su amistad, su obra y la densa exuberancia de sus saberes, compartidos sin freno con pasión y desenfado, son regalos que mi memoria guardará con trasparente, con indestructible cariño, admiración y gratitud.

Comarca Lagunera, 10, diciembre y 2022


miércoles, julio 26, 2023

Heriberto, gurú y amigo

 










¿Cómo procesar esta nueva pérdida? ¿Dónde encontrar argumentos que expliquen los caprichos del destino? ¿Por qué los talentos como el suyo se nos adelantan tanto? Uno más de mis admirados amigos, Heriberto Alejandro Ramos Hernández, ha partido. Tenía apenas 57 años y la lucidez entera, con la plenitud que a sus cercanos nos llevaba a motejarlo “Gurú”. Una vez me dijo que el apodo no le cuadraba mucho, que le parecía excesivo. Le comenté que era una cordial forma de reconocer su brillante manera de razonar, su conversación siempre atinada, sus innumerables referencias bibliográficas, su tremenda aplicación de la lógica a la hora de sopesar cualquier idea.

De muchos amigos cercanos recuerdo el lugar exacto donde los conocí. El sitio en el que conocí a Heriberto es uno de ellos. Un mañana de 2004 o 2005, en el umbral de mi oficina en la Ibero Torreón, nos estrechamos las diestras y de inmediato pude ver uno de los rasgos más salientes de Heriberto: su cordialidad. Algo debíamos ver sobre un ensayo de su cosecha, pero lo que realmente nos detuvo en la conversación fueron los temas espontáneos de cualquier primer contacto. Supe que tenía un gran conocimiento de la economía y las finanzas, y que durante muchos años había trabajado en ese ramo dentro del sector privado. Lo que me sorprendió desde el principio fue que, pese a la lejanía de su especialidad con respecto de la mía, él tenía una formación múltiple, de lector omnívoro. Cierto: leía vorazmente libros de su ámbito profesional, pero tenía un profundo respeto de lector por las humanidades, sobre todo por la literatura.

Lo que más me asombró fue, pues, algo que de Heriberto podíamos esperar: él, ciertamente, vivía como profesional del mundo financiero, pero su vocación de lector lo había llevado incluso a conocer hasta a los escritores de la localidad. “Te conozco muy bien”, me dijo, y de golpe comenzó a mencionar algunos de mis libros. Luego supe que Heriberto era así: vivía en su mundo, era un hombre más bien tendiente a la soledad, pero la ventana de la lectura le había permitido enterarse de todo. Tenía una memoria espectacular, y él lo sabía, pues alguna vez me comentó que no olvidaba nada de lo que leía. Y me lo demostró varias veces al citar frases enteras de las fuentes bibliohemerográficas más diversas.

Poco a poco fuimos afinando la amistad. Él no forzaba los encuentros, era muy respetuoso del tiempo ajeno, pero en no pocas ocasiones, menos de las que uno desearía, nos vimos para conversar él y yo solos o junto a varios amigos comunes como Jesús Haro, Salvador Perales, Édgar Salinas y Gilberto Prado. Nuestros puntos de reunión eran algunas de las muchas cantinas de Torreón, sobre todo el salón Versalles, aunque un par de veces nos convidó al espléndido jardín de su casa donde hacía gala de una anfitrionía perfecta. Era un apasionado de la conversación, de las bromas, de la risa, pero en medio de todo siempre sabía deslizar comentarios cultos, referencias históricas, políticas, económicas, literarias. Era un erudito, un enamorado permanente del conocimiento.

Cierta noche de 2014 me invitó a cenar porque tenía la inquietud de pedirme un favor: había armado su primer libro y quería que yo lo ayudara a editarlo. Por supuesto le dije que sí, y comenzamos con ese trabajo que sirvió de pretexto para vernos más seguido. Avanzamos sin apuro, sin impaciencia, y en 2015 tuvimos listo El interés más sincero, un conjunto de artículos brillantes, divulgativo, sin tono grave o pomposo, sobre muchos recovecos de la vida intelectual, el mundo docente, la administración, le lectura y más temas. Heriberto quería el libro para regalarlo a sus parientes y amigos, y no lo presentó. Tuvieron que pasar como seis años para que, en 2021, me recordara esa posibilidad, y el 23 de septiembre de aquel año el talentoso Carlos Castañón y yo lo presentamos con mucha calidez en el Archivo Municipal de Torreón. La contratapa del libro, lo que Heriberto decidió destacar de su exuberante currículum, quedó así: "Heriberto Ramos Hernández (Torreón, Coahuila, 1967) es licenciado y maestro en Administración y en Finanzas, y tiene estudios de doctorado en Alta Dirección. Es profesor visitante en posgrados de Escuelas de Negocios en México y en el extranjero. Ha publicado columnas de opinión y artículos académicos en Expansión, Milenio Diario y en publicaciones del ITAM, IPADE e Ibero. Durante más de veinte años se ha ganado la vida en el ámbito de los negocios como empresario, banquero, asesor, consejero y profesor. Actualmente es director y miembro del consejo de administración de dos fondos de inversión, de una sociedad financiera y de varias compañías en los ramos agrícola, inmobiliario y biotecnológico. Como maestro ha trabajado, entre otras instituciones, para la Universidad Iberoamericana Torreón y la Universidad Autónoma de Coahuila. Le gusta leer mucho y de todo".

No hace tanto, como un año más o menos, me habló por teléfono para compartirme su deseo de publicar uno o dos libros más cuyos originales ya tenía terminados o casi terminados. Gustoso le dije que sí, que cuando estuvieran listos les poníamos manos a sus obras. Tiempo después ya no volvió a comentarme nada sobre el avance de aquellos materiales, pero supongo que sí quedaron organizados.

En los años recientes no nos vimos tanto como antes, pues yo cambié de domicilio, me alejé mucho del centro de la ciudad y comencé, por la edad a la que voy llegando, un proceso de aislamiento social que en teoría me permitirá organizar mejor mis cosas sobre todo literarias. Eso no significó incomunicación con Heriberto, pues con mucha frecuencia entablamos largas conversaciones escritas por Whatsapp. En ellas, agradezco que siempre me alentó a seguir, que siempre, como pocos, leyó y aplaudió mi trabajo de escritura. La última conversación que guardo ocurrió el domingo pasado, cinco días antes de su adiós.

A Claudia, su amada esposa, a Heriberto, su amado hijo, y a toda su familia y sus amigos, no puedo no compartirles estas palabras y un abrazo que apenas describe muy superficialmente al extraordinario ser humano que fue Heriberto, nuestro querido Gurú.

Descanse en paz.

Nota. En la foto, Heriberto (de pie, camisa negra), junto a Gilberto Prado Galán, Miguel Teja Aranzábal (también de pie), Héctor Matuk Núñez y yo. Patio del bar La Terminal, Torreón, abril de 2018.

domingo, febrero 19, 2023

Presentación de libro sobre Gilberto Prado

 

















BOLETÍN

Presentación del libro Gilberto Prado Galán: exhumación de su imagen

Gilberto Prado Galán: exhumación de su imagen, libro de Jaime Muñoz Vargas, será presentado este martes 21 de febrero a las 7 pm en la Galería de Arte Contemporáneo del Teatro Isauro Martínez. Los comentarios serán expuestos por Arcelia Ayup Silveti, Saúl Rosales y el autor.

“Gracias a la supervivencia de lo que he escrito sobre Gilberto Prado Galán puedo hoy ofrecer estas páginas, un racimo de 17 textos que cubre un abanico de 25 años. Apenas debo enfatizar que, dadas las circunstancias que les dieron origen, estas páginas son bocetos, puntos de partida para más y mejores acercamientos a la obra del llorado poeta y ensayista”, señala Muñoz Vargas en el prólogo.

El autor nació en Gómez Palacio, Durango, en 1964, y es escritor y maestro. Ha publicado más de veinte libros, entre otros, las novelas Juegos de amor y malquerencia y Parábola del moribundo; los libros de cuentos Las manos del tahúr, Ojos en la sombra y Grava suelta; y los libros de periodismo Tientos y mediciones y Entre las teclas. Ha ganado los premios nacionales de novela Jorge Ibargüengoitia y de cuento de San Luis. Textos suyos han aparecido en publicaciones de México, Argentina, Chile, Colombia y España. Actualmente es coordinador editorial y maestro de la Ibero Torreón y columnista del diario Milenio Laguna.

En cuanto a Arcelia Ayup Silveti, es comunicóloga. Estudió la Maestría en Literatura y Creación Literaria en Casa Lamm de la Cuidad de México y el Diplomado en Corrección de Textos en la misma institución educativa. Ha publicado seis libros de diferentes géneros, coautora de un par de obras y compiladora de una. Es promotora cultural independiente. Escribe la columna cultural “De raíces y horizontes” en Milenio Laguna. Ha sido catedrática en la Universidad Autónoma de Coahuila y en la Universidad Iberoamericana. Actualmente es jefa de Difusión Cultural de la Unidad Torreón de la UAdeC.

Por último, Saúl Rosales nació en Torreón, Coahuila, en 1940. Es Miembro Correspondiente de la Academia Mexicana de la Lengua. Su libro de cuentos Autorretrato con Rulfo fue seleccionado para la colección “Literatura Mexicana Contemporánea ¿Ya Leíssste?” Se le concedió el reconocimiento de Creador Emérito de Coahuila en 1999; se le otorgó el de Ciudadano Distinguido de Torreón en 1990 y 2004 y la medalla al Mérito Universitario “Miguel Ramos Arizpe”, de la Universidad Autónoma de Coahuila. En 2019 el Proyecto Cultural Revueltas le otorgó la medalla José Revueltas. Ha publicado una veintena de libros.

Entrada libre.

miércoles, febrero 08, 2023

Ya el número 89 de Acequias

 











Acequias, revista de acceso libre en la web de la Ibero Torreón, señala en el editorial de su número más reciente, el 89, que siguen pasando los años y no desaparece la realidad violenta del país. Más, ni siquiera amaina, y los focos rojos mueven a zozobra y reflexión permanentes. En el norte, centro y sur de la República hay diarios ejemplos de desbordamiento, tanto que cada vez se torna más difícil animarse a viajar por carretera ante la eventualidad de topar con desaguisados, casi como si los grupos criminales se hubieran apoderado poco a poco del espacio público. Hay, claro, entidades en las que se ha llegado al colmo de la barbarie, zonas en las que no es infrecuente el caos derivado de la quema de transportes y negocios cuyo fin es aterrorizar a la población.

Todo esto ha sido y es consignado por el periodismo, profesión que por naturaleza toma el pulso de la realidad y se convierte con el tiempo en fuente de documentación para el trabajo académico. De estas dos actividades —la periodística y la académica— nos hablan los cuatro primeros textos de este número de Acequias. “La memoria y el periodismo como instrumentos de denuncia”, del periodista Luis Alberto López, plantea el imperativo de indagar sin pausa, en una lucha siempre desigual contra el olvido, los casos de desaparición que lamentablemente se cuentan por miles en nuestro país. Por su parte, Fernando Javier Araujo, maestro e investigador de la Ibero Torreón, colabora con “El compromiso de las ciencias sociales ante las violencias”, aporte que enfatiza la importancia de trabajar (para explicarlo y combatirlo) el fenómeno de la violencia. Asimismo, Fernando Fabio Sánchez explora el tema de las agresiones de género cuya mayor consecuencia es el feminicidio. Por último en este segmento de la revista, Laura Elena Parra López comenta un libro de Ryszard Kapuscinski, uno de los periodistas más respetados y leídos del siglo XX.

En Acequias 89 se evoca a Gilberto Prado Galán, escritor lagunero que murió en 2022 y fue maestro de la Ibero Torreón y colaborador de esta revista. También, un ensayo de Saúl Rosales sobre la peculiaridad estilística de Juan Rulfo, y otro de Gerardo Segura sobre las mutaciones de la educación sentimental basada en la música popular.

Cinco estampas sobre La Habana facilitadas por la escritora cubana Dazra Novak, un apunte de Cecilia Sabag sobre los nuevos códigos de comunicación en las redes y un emotivo poema de Jorge Valdés Diaz-Vélez complementan los contenidos de este número con el que despedimos al 2022.

sábado, enero 21, 2023

Los demasiados Borges en El forajido sentimental



Durante mi estancia de agosto/2011 en Buenos Aires leí tres libros de Fernando Sorrentino: Conversaciones con Borges (entrevista), El crimen de San Alberto (cuentos) y El forajido sentimental (ensayos). De Sorrentino sólo tenía noticias internéticas y amistosamente indirectas, pues fue o es amigo de mi amigo Juan Pablo Neyret; había leído algunas de sus colaboraciones en Espéculo, la revista virtual de la Complutense, y algún otro texto en su propia web. El encuentro con sus libros me deparó (lo digo así, porque así fue) tres alegrías distintas: un diálogo que no terminará con el más grande escritor de nuestra lengua, unos relatos originales y harto divertidos y un lote de lúcidas aproximaciones al poliédrico Borges.

Publicado por Losada en 2011, El forajido sentimental (Buenos Aires, 200 pp.) está dividido en ocho secciones que a su vez contienen, cada una, un número variable de ensayos. El subtítulo aclara el propósito del libro: Incursiones por los escritos de Jorge Luis Borges. En efecto, las de Sorrentino son incursiones, exploraciones, sabrosas y asombradas caminatas por el deslumbrante paisaje que es la literatura de Borges. El autor procura en todo momento, con éxito, un tono amable, inteligente y despojado de la grandilocuencia en la que suele incurrir el ensayismo academicista, ése que abusa de jergas intragables para el mortal de a pie.

Un rasgo no menos destacable es la diversidad de los temas. Dado el complejo pensamiento del argentino estudiado, es gratamente inevitable que los abordajes se disparen hacia rumbos inusitados. Borges está en el centro y de él dimanan ideas que alimentan ideas que alimentan ideas. El enamorado de Borges sabe por qué ocurre esto: no se trata de una literatura que se agota, que termina como terminan otros autores: luego de leerlos. El creador de Ficciones queda en la mente como un tatuaje, y la única forma de sacudirse esa terquedad es volviendo a él mediante la relectura, resignarse a padecer la abrumadora belleza de una obra que es una y muchas a la vez.

En el tercero de los párrafos explicativos del libro, Sorrentino confiesa lo que podría confesar cualquier borgólatra de los miles que en el mundo hay: “Desde entonces, en una especie de enamoramiento eterno, continué leyendo y releyendo, una y otra vez, esas páginas que me ponían frente a una literatura única en el mundo, una literatura que no se parecía a ninguna otra que yo hubiera conocido, y que me proporcionaban lo único que mi abyecta frivolidad anhelaba (y sigue anhelando) hallar en los libros: el placer”.

El placer no es lo único que podemos hallar en Borges, pero sí, en efecto, es el mejor de sus dividendos y por eso la permanente aventura de reencontrarnos con sus páginas, de escribir sobre esa obra dueña de incuantificable poder evocativo. Sorrentino leyó a Borges, lo releyó, lo releyó, y al paso de los años fue escribiendo sus impresiones y sus hallazgos hasta configurar un estimable puñado de ensayos.
Creo advertir que los ensayos cumplen cabalmente con el propósito esencial de este género en el caso de El forajido sentimental: todos hallan o tratan de hallar un pliegue, un dato oculto, un rincón inexplorado de la vasta obra borgeana y sus todavía más vastas consecuencias críticas. Así entonces, en el trayecto vemos algunas zonas desconocidas o poco conocidas, como la falsa atribución que hizo Borges a su traductor en inglés; o la manera risueñamente olvidadiza que el ciego de Buenos Aires tenía para embellecer anécdotas; o la relación a veces buena, a veces mala, de Borges con otros escritores (Arlt, Lugones, el anónimo y peleonero Francisco Soto y Calvo, Cortázar, Sabato, Mallea); o Borges y el futbol; o los textos falsamente atribuidos; o las traducciones que no hizo pero le enjaretaron (como la de La metamorfosis de Kafka) y muchos otros temitas más despachados con buen juicio, justas notas y copiosas referencias biblio y hemerográficas.

Un libro mencionado algunas veces en El forajido sentimental es El humor de Borges, de Roberto Alifano. Alguna vez lo leí y lo comenté en parte, y en mi recuerdo sobrevive y sé que seguirá sobreviviendo con agrado; lo mismo pasó con El año de Borges, de mi amigo Gilberto Prado Galán; luego de leer el de Fernando Sorrentino —parejamente bueno, parejamente original—, pasa a ser un acercamiento para mí memorable a la figura del más grande escritor que ha dado hasta ahora el castellano.

miércoles, noviembre 09, 2022

Inteligencia lúdica en Los ojos de la Medusa*



















Esta reseña permaneció inédita durante diez años. La desempolvo ahora como un recuerdo bibliográfico más de nuestro llorado amigo:

Hay libros que pueden parecer breves, pero son como la poza que es apenas la superficie de ríos subterráneos. Su brevedad es sólo física, ya que bajo los renglones tienen tal densidad de información que es muy difícil pasar por ellos sin sentir la gravitación de una enciclopedia con numerosos tomos. Es el caso de algunos ensayos recientes de Gilberto Prado Galán (Torreón, 1960), como Fragmentos del asombro y, ahora, Los ojos de la Medusa. Se trata de libros en los que el mejor ensayista literario de La Laguna confirma dos destrezas que pocos saben combinar tan bien: una abundante carga de información y una facilidad refinadamente poética para expresarla.
Si bien Prado Galán ha encarado muchas formas del ensayo, es en algunos muy recientes donde lo siento ya plenamente encanchado. Forma y fondo conviven tan cómodamente en sus ensayos de esta índole que en ciertos momentos, arrastrados como vamos por el embrujo de su prosa, dan la impresión de haber sido escritos como quien ve el televisor, a pierna tendida sobre el taburete. No por otra razón dije en 2006, al presentar Fragmentos del asombro, lo que reitero a propósito de Los ojos de la Medusa: no ha perdido su exquisita belleza, su endemoniada acuñación de imágenes deslumbrantes, el colorido de su vocabulario inagotable, pero ha ganado en placidez, en una especie de sabio desenfado, en una desenvoltura de jugador que sabe perfectamente cuál es su tamaño y se permite todas las prerrogativas del estilo.
En efecto, el Gilberto Prado que se quita de encima los arreos del aparato erudito, que pone al margen el ensayo armado con instrumental académico, es un Gilberto Prado pleno en su agua y nadando alegre por todos los escondrijos del arrecife intelectual. A tal grado llega su destreza en este nado que nos ciega como lo haría un caleidoscopio: cuando vemos las figuras vidriadas y especulares de este juguete, no sólo nos vamos sorprendiendo ante la novedad de cada figura, y cada cristal (o sea, cada frase y cada párrafo y cada página y cada capítulo) es un motivo de pasmo. El lector, así, convive con un delicioso problema: ¿en qué me fijo si leo un ensayo de Gilberto Prado? ¿En el uso de alguna palabra sacada de su habitual sentido y colocada en otro como si allí comenzara una nueva historia de su significado? ¿En la frase cuyo ritmo parece acuñado durante horas y para servicio de la poesía más que de la prosa expositiva? ¿En el párrafo que redondea sin mancha una afirmación compleja? ¿En el dato erudito, en la conexión vertiginosa de datos, en la precisión de las referencias, en el manejo recurrente del humor como sal y como pimienta de su jugosa enciclopedia? El lector, creo, tiene mucho qué mirar si pasa sus ojos por cualquier página de Prado Galán.
Los ojos de la Medusa es un libro, entonces, con virtudes misceláneas. Quien lo agarre de la mano será guiado por él y recorrerá un camino que lo colocará en el género tal y como lo imaginó Montaigne: el del ensayo libre, personal, muy bien armado de lecturas apuntaladoras pero siempre con un enfoque en el que predomina el novedoso tratamiento de su asunto y el equilibrado juicio del autor, nunca el aserto gritón y dogmático.
Su tema es la cabeza, esa parte del ser humano donde se hospeda el mecanismo más asombroso jamás inventado por la naturaleza: el cerebro. Desde ahí, es claro, está la novedad: un ensayo no precisamente médico ni filosófico, ni enfáticamente psiquiátrico ni nada de eso, sino literario, relajado, ameno, para escarbar como niño en el jardín donde florece la inteligencia del hombre.
Nunca lo he escrito y creo que jamás lo haré, pues con este ensayo a la vista siento que son innecesarias mis palabras: el cerebro es tan asombroso que es el único órgano capaz de saber que está pensando, es decir, de pensarse a sí mismo. Un brazo no sabe que es brazo, ni una uña sabe que es uña. Tampoco un melón entiende que es un melón, ni una mariposa comprende que es una mariposa. Menos: una silla no sabe que es una silla, o un neumático jamás comprenderá que es un neumático ni para qué demonios lo inventaron. El cerebro, en cambio, no sólo piensa en lo ajeno, sino en lo que le es inherente (es decir, piensa en el pensamiento), tanto que el cerebro sabe que es cerebro, para qué sirve, dónde está, qué enfermedades padece y algunas otras cosas que la ciencia ha descubierto. No sabemos —el cerebro no lo sabe exactamente— cómo piensa o qué son y dónde se encuentran exactamente resguardados los conocimientos/ideas/recuerdos, pero supongo que para allá avanzan las disciplinas que lo estudian, y alguna vez lo sabremos.
Sobre estas perplejidades, aunque se oiga muy borgesiano, ara el ensayo de Gilberto Prado. Lo hace discurriendo por los terrenos de la historia, la psiquiatría y la literatura, siempre con un flujo expositivo tan rico en conceptos como divertido y no pocas veces revelador de referencias que establecen para nosotros puntos clarificadores, sí, y también detonantes de preguntas.
Pero no quiero insinuar que es el puro cerebro, sino la cabeza toda, su tema. Recuerdo por ello el ensayo de Montaigne sobre el dedo pulgar: todo es materia digna de ensayo, y así lo entiende Prado Galán, quien, por ejemplo, al comentar cierta parte de la cabeza, la lengua, afirma:
        
La lengua es animal marino: mora en una cueva húmeda pertrechada, en la parte frontal, por un a veces hermético cerco de dientes. Debo agregar que la lengua es un animal marino habitualmente pacífico. Suele inquietarse, durante el día, en tres momentos claves correspondientes a actividades específicas: cuando el ser humano come, habla y emprende efusivos lances eróticos. Entonces este pacífico animal, con forma de cucurucho, se solivianta. (…) Con la lengua distinguimos sabores, componemos palabras y excitamos zonas erógenas. Es, por esto, un instrumento útil, sabio y placentero.

Si eso y más puede decirse sobre la lengua, no sabemos lo vasto que es el conocimiento sobre los ojos, las orejas, la nariz, las cejas, las pestañas, y todo lo que les atañe como el estornudo, el ronquido, las lágrimas, etcétera, hasta llegar al centro donde se ubica el órgano que reúne con su liderazgo a los sentidos: el cerebro, siempre el cerebro, y la cabeza de la que se describen en este libro muchas históricas pérdidas debidas a la decapitación.
Los ojos de la Medusa, el más reciente libro de Gilberto Prado Galán, confirma por enésima la ya larga y solvente permanencia del admirado GPG en las grandes ligas de la ensayística literaria nacional. Y no olvidemos que él, que su feraz cerebro, es de aquí, de La Laguna.

*Texto leído en la presentación de Los ojos de la Medusa (Gilberto Prado Galán, UIA Santa Fe, México, 80 pp.) celebrada el 23 de noviembre de 2012 en el Museo Regional de La Laguna. Torreón, Coahuila. Participaron Héctor Matuk Núñez, Jaime Muñoz Vargas y el autor.

miércoles, octubre 26, 2022

Dos libros de Gilberto Prado

 











Sé que en este momento tenemos disponibles en La Laguna dos libros de Gilberto Prado Galán. Los demás, los muchos demás, o se han agotado o nunca fueron distribuidos por acá. El más recientes, y el último editado en vida del autor, es Ella era el jardín, que acertadamente acaba de publicar el Instituto de Cultura y Educación de Torreón. El otro es Para leer El Aleph, publicado hace tres años por la UANL y la Ibero Torreón. Tuve la fortuna de editar este segundo, lo que me mantuvo en intensa comunicación con Gilberto durante varias semanas.

A ciertos libros cuya edición cae en mis manos les escribo la contratapa sin firmarla. Eso es muy común, parte de la chamba. En el caso del libro sobre el libro más famoso de Borges, Gilberto me pidió la firma, y así convidé a los potenciales lectores: “Borges es desde hace décadas, sin duda, el escritor latinoamericano más atractivo para la crítica, y a diferencia de otros creadores sepultados o casi sepultados por el olvido, su obra sigue convocando asedios cuya onda expansiva no acata bordes. Escritores, lingüistas, historiadores, científicos, matemáticos, antropólogos, profesionales y no profesionales de las más diversas disciplinas han encontrado en las hermosas y eruditas páginas del argentino un océano de significados y referencias cruzadas, precisamente un laberinto al que resulta muy difícil no ingresar. El imán borgeano es, pues, poderoso, y uno de los lectores mexicanos que con muy buena disposición ha cedido a la tentación de indagarlo es Gilberto Prado Galán (Torreón, Coahuila, 1960), quien hacia 1999, en el centenario del maestro, publicó El año de Borges, y ahora, en el aniversario setenta de la primera edición de El Aleph, propone El ancla y el mar. En ambos casos, nuestro ensayista ha explorado con agudeza los cuentos de Borges, esos microcosmos en los que parecen converger todas las realidades posibles. Imagino que, guiado por las observaciones y la espléndida prosa de Prado Galán, el lector de El ancla y el mar deseará volver a los relatos de Borges, del infinito Borges”.

En su breve prólogo, Gilberto apunta el origen y el propósito de su libro:

“En 1999 se publicó El año de Borges, libro de mi autoría que comprende doce ensayos acerca de sendos cuentos del autor de Historia de la eternidad.

Tras la muerte de mi eterna compañera Leticia emprendí la relectura de El Aleph, obra central de la narrativa universal y uno de los diez libros más importantes del siglo pasado. En El año de Borges comenté tres cuentos de El Aleph: El inmortal’, ‘La escritura del dios’ y el cuento epónimo. Sé que el propósito de este libro es abrir de otro modo la puerta a un mundo literario tan insólito como deslumbrante. Sólo pretendo, como Luis Cardoza y Aragón en su acercamiento a José Clemente Orozco, ‘prolongar la felicidad de lo leído’.

Algo más: en el umbral de El oro de los tigres (1972) despunta el poema “Lo perdido”, y en la zona más acendrada del texto, la segunda pregunta: ‘¿Dónde estará el perdido/antepasado persa o el noruego,/dónde el azar de no quedarme ciego,/dónde el ancla y el mar, dónde el olvido/de ser quien soy?’. El ancla y el mar es una expresión correlativa y sinónima de la moneda de hierro. ¿Por qué? Porque el ancla (hierro) es el destino, y el mar (por impredecible y veleidoso) es el azar. Las dos caras de la moneda de la existencia que es el intolerable Zahir que es asimismo un laberinto cuya salida es azarosa o gobernada por secretas o precisas leyes, como escribió el poeta en ‘In memoriam A.R.’. A esta peculiaridad disyuntiva o concomitante de la suerte y la causalidad a veces unimismadas obedece la elección del título del libro.

Ofrezco mi lectura de El Aleph de Jorge Luis Borges (Losada, 1949), libro que en 2019 habrá de cumplir setenta años de ser publicado por primera vez”.

Este libro está disponible en la Ibero Torreón y en El Astillero Librería. Para conseguir el otro, Ella era el jardín, hay que preguntar con la maestra Nadia Contreras en las oficinas del IMCE.

sábado, octubre 22, 2022

Gilberto Prado Galán, amigo

 









Francamente no sé cómo expresar mi consternación ante la muerte de Gilberto Prado Galán (Torreón, 20 de septiembre de 1960-Ciudad de México, 21 de octubre de 2022). Luego de recibir la mala nueva sentí entrar a un mundo irreal, como si migrar a una fantasmagoría me alejara de la noticia contundente, cierta, de que mi amigo ya no estaba con nosotros. Apenas si necesito decir que en este momento me cuesta articular unas líneas que en verdad puedan comunicar lo mucho que lamento esta partida.  

Gilberto fue, desde 1984, uno de mis amigos más cercanos. La primera imagen que retengo de él es extraña: lo veo delante de mí, listo para descender del camión (verde) Torreón-Gómez-Lerdo. Yo también bajaba en ese punto, cerca del Iscytac. Gilberto iba en su último año de la carrera de Psicología, yo en el primero de Comunicación. No nos saludábamos, nadie nos había presentado, pero yo lo veía porque siempre que coincidíamos en el “jet de la pradera” él leía y leía libros que yo sabía literarios, de Austral o de Porrúa. Para entonces yo intuía que la literatura era (quizá) mi vocación, así que ver a un tipo de la universidad con libros de literatura era forzosamente llamativo.

Luego se dio una venturosa casualidad. Por flancos distintos, varios alumnos le pedimos a Saúl Rosales que formáramos un taller literario. Saúl accedió a ser nuestro mánager y un sábado del 84 tuvimos la primera reunión del grupo literario que luego pasaría a llamarse Botella al Mar. Allí conocí a Gilberto, y apenas lo escuché hablar tuve la impresión de que estaba delante de un tipo que ya lo había leído todo, y eso que apenas sumaba 24 años.

La amistad de Gilberto tuvo una importancia capital, aunque indirecta, en mi formación. Como me he hecho en el autodidactismo, a la intemperie, oír a Gilberto, y sobre todo leerlo, era un acicate. ¿Cómo es posible que alguien que apenas me lleva cuatro años sepa infinitamente más que yo? Me hacía esta pregunta y en lugar de envidiar, en lugar de rumiar estériles mezquindades, leí con más empeño, me hice a la idea de aprender todo lo posible para estar a la altura de la conversación provocada por Gilberto, y de escribir con decoro, para también en eso no quedar tan a la zaga.

Cada vez que salía el tema, cada vez que alguien me preguntaba algo sobre la literatura lagunera o sobre mis amigos o mis conocidos escritores de aquí o de donde fuera, yo decía lo mismo, y lo mismo seguiré diciendo pues ya no tendré oportunidad de volver a la juventud para experimentar el asombro que me provocaba Gilberto Prado Galán. Él fue, repito lo que he dicho muchas veces, lo más cerca que he estado de la genialidad literaria. Su facilidad para escribir era, a un tiempo, brillante y torrencial, una destreza que se le daba con la naturalidad de la respiración. Siempre cultivó un timbre barroco, un timbre que le cuadraba muy bien porque tenía la mente llena de referencias literarias, filosóficas, teológicas, lingüísticas, política e históricas, lo que acompañaba de manera espléndida con un lujoso dominio de la lengua y del estilo. Ahora bien, cuando uno afirma que Gilberto era un pozo de saberes no debemos pensar en un sujeto adusto, en un nerd al uso, encerrado en su laberinto de ideas. No. Gracias a su muy hospitalaria memoria, Gilberto podía improvisar una conferencia de dos horas sobre Giordano Bruno e inmediatamente, en la cena de celebración, sin solución de continuidad, enumerar a los campeones de bateo, las marcas que batió Mark Spitz o la letra completa de un hit interpretado por Los Terrícolas. Nada, ningún conocimiento se le negaba, fuera de la alta cultura o de la cultura popular. Sé que sabía que sabía mucho, pero nunca fue vanidoso ni atropelló a nadie con sus capacidades. Al contrario, fue en todo momento un tipo sencillo, un buen amigo, un hijo noble, un hermano cariñoso, un excelente padre y esposo, un hombre que sabía darse y reír, reír mucho y de todo, siempre. Sospecho que no lo hemos leído bien, y que nos deja varios libros luminosos, dignos de perduración, y a mí la sensación de que alguna vez fui amigo de un genio.

En un ensayo breve sobre el Botella al Mar escribí sobre el grupo en general y sobre mis compañeros en particular. Sobre Gilberto observé esto: “Gilberto Prado Galán, lo he dicho y escrito desde que lo conozco, fue siempre el más adelantado, un genio vivaz y memorioso, un dechado de humor inteligente y una sensibilidad poderosamente dotada para el manejo de la palabra más profunda y bien escrita. Retengo con toda claridad la primera impresión que me provocó y las sucesivas impresiones que siguió y sigue provocándome: a los 24 años parecía haberlo leído todo y, más que eso, parecía que todo lo almacenaba incluso textualmente en el portento de disco duro con el que fue equipado. Citaba poemas completos de los autores más diversos, recordaba pasajes completos de filósofos, teólogos, psicólogos, lingüistas, escritores, y todo eso lo aderezaba con un registro pormenorizado de canciones populares, calambures y datos jocosos de la farándula y el deporte. Jamás le leí una cuartilla hueca o contrahecha, y alguna vez aseguré que el Botella al Mar estaba cabalmente justificado con la pura presencia de Gilberto. Creo, más de treinta años después, que no me equivoqué. El Gilberto geniecillo que conocí en 1984 es ahora un escritor maduro, respetado y atestado de justo reconocimiento”.

No creo haberme equivocado. La obra publicada de Gilberto queda como testimonio del gran artista que la creó.

lunes, mayo 18, 2020

Un siglo de Vidas imaginarias


















Escribí el apunte que viene hace 25 años, cuando cumplió cien la primera edición de Vidas imaginarias de Marcel Schwob, que ahora tiene casi 125. Se trata, pues, de un texto reencontrado entre los muchos que publiqué durante la década de los noventa para Brecha, revista cuyo suplemento cultural, La Tolvanera, yo editaba. Eran, son, textos sencillos, cuartillas escritas con la premura que impone el trajín periodístico, pero todavía, supongo, pueden decir algo. En este caso, destacar la belleza que siempre tendrá Vidas imaginarias. Me alegraría mucho que alguien llegue a este libro gracias a los párrafos siguientes. De antemano, una disculpa por mi prosa de aquel tiempo, cuando yo tenía treinta años.

Un siglo de Vidas imaginarias

Los amigos de literatura son muy necesarios. Sea suficiente como ejemplo que gracias a la bibliomanía de Gerardo García Muñoz conocí, allá por 1988, la Historia universal de la infamia (1935), libro que Borges concibió gracias a la previa existencia de las Vidas imaginarias publicadas por Marcel Schwob hace exactamente cien años, en 1896. Recuerdo sin opacidad aquella portada del libro con el que Borges inició su quehacer de narrador: un rostro contrahecho y con un ojo repugnante anunciaba la truculenta índole de los relatos hospedados en la Historia... Como todas las de Alianza editorial, la carátula era estupenda por abominable, un esperpento que hubieran elogiado El Bosco, Goya o, en este siglo, Bacon. Gil, Gerardo y yo leímos en el café las biografías acuñadas por Borges y no dudamos en reconocer lo evidente: las pasiones humanas más infames eran el resorte de un humor que no cedía a la tentación de la moraleja. Los personajes más réprobos eran mirados por el argentino con un desparpajo que los hacía entrañables, y sacamos en claro que aquellos relatos eran obras maestras de la ironía y la malditez. En esa primera aproximación, creo, le dimos erróneamente todo el crédito al maestro sudamericano. Poco después nos enteramos, gracias al Ficcionario (antología crítica de textos borgeanos, FCE, 1985) preparado por Emir Rodríguez Monegal, de esto:

Uno de sus primeros y más exitosos ejercicios en la ficción, este relato [“El atroz redentor Lazarus Morell”] se basa libremente en un personaje histórico. Pero el modelo general para ésta y otras historias del libro en que fue recogido son las Vies imaginaires, de Marcel Schwob, como tardíamente ha reconocido Borges, que olvidó incluir esta obra en la bibliografía del volumen. En sus relatos, Borges distorsionó los hechos y fue mucho más radical en la parodia. Concibió, además, un estilo de tal barroquismo que, años más tarde, llegaría a parecer excesivo (...) La crítica latinoamericana ha tardado en reconocer los méritos excepcionales de este libro, el primero de la nueva narrativa que desembocaría en lo que se ha llamado el Boom. Pero algunos lectores privilegiados —como el narrador cubano Alejo Carpentier y el colombiano Gabriel García Márquez— pronto descubrieron la mina verbal y humorística que era la Historia universal de la infamia, como lo demuestran, en tácito homenaje, El reino de este mundo (1949), del primero, y Cien años de soledad (1967), del segundo.

Parece cierto: Borges influye en escritores como Carpentier y García Márquez, pero no es menos cierto que parte de la herencia original proviene del librito aquel que, en Francia, Schwob dio a la estampa en 1896. Vidas imaginarias, obra seminal, cumple entonces una centuria de influencia a creadores que a partir del modelo primigenio han urdido una obra caracterizada por el diestro manejo de la ironía y la paradoja a propósito de una biografía. Hay, pues, un cáñamo que ata al Crates (de Schwob) con sus cronológicos descendientes Lazarus Morell (de Borges), Henri Christophe (de Carpentier) e incluso con la parentalia de los Buendía (de Gabo). De ahí que muchos hayan afirmado que la obrita de Schwob, sola, le hubiese asegurado a su autor un lugar en la historia de la literatura contemporánea. La genialidad, sin embargo, a veces no es reconocida y suelen ocurrir crasos ninguneos como el perpetrado por Robert G. Escarpit en su Historía de la literatura francesa (FCE, 1986); aunque sabemos que la empresa es difícil por lo copioso de la buena literatura francesa, en este sumario de apellidos gloriosos y semigloriosos no está el de Schwob, hecho que per se desacredita al señor Escarpit.
Pero independientemente de nichos y pedestales, Vidas imaginarias no ha perdido su jerarquía de libro que produce libros. Al leerlo, el usuario siente el sutil encanto propagado por esos relatos de facilidad aparente; de hecho, adquirir el tono impreso en esas veinte biografías imaginarias hoy no es muy difícil, pero tuvo que ser Schwob quien entreabriera la puerta al siglo XX para que se escribieran biografías con la receta y el sazón de sus Vidas... Entre nosotros fue tan feliz el impacto causado por Schwob que Gilberto Prado, ensayista y poeta, fraguó vidas (excelentes fueron las de los filósofos Plotino y Giordano Bruno) y Gerardo García, ensayista, urdió la biografía imaginaria de un poetastro lagunero que soñaba con ser, pese a sus magníficas porquerías, emperador de las letras nacionales. Por mi parte, no recuerdo cuándo escribí sobre Tyson, el feroz pugilista, una historia que creo no me quedó tan mal y que también reconoce ser dedudora de Schwob.

Mi primera edición de Vidas... la pesqué, para no variar, entre los libros de viejo que esporádicamente se comercian en la plaza de armas de Torreón (1). Editado por la catalana casa Barral en 1972, de entrada el volumen me pareció muy pequeño para la importancia que Borges y otros le atribuyeron —eso, lo supe allí, resultaba una supersitición: los libros clásicos no deben ser aparatosos por necesidad—; al leerlo, creo, entendí la razón que apuntalaba el éxito de Schwob. El prefacio fue una revelación equiparable a la que me deparaban las biografías. En él, el francés arma una teoría de su arte y entrega la brújula para emularlo; no se le puede solicitar más claridad a un inventor cuando explica las entrañas de la máquina recién nacida:

El arte se encuentra en el lado opuesto de las ideas generales, se limita a describir lo individual y a desear lo único. Nunca clasifica sino que desclasifica. En lo que nos afecta, nuestras ideas generales pueden ser parecidas a las que funcionan en Marte mientras que tres líneas que se cortan forman un triángulo en cualquier rincón del universo. Pero fijaos en una hoja de árbol, con sus caprichosas nervaduras, su variedad de tonalidades según la luz, la arruga que provoca una gota de lluvia caída, la picadura de algún insecto, el rastro plateado del caracol, la muerte dorada que va trayendo el otoño, buscad una hoja exactamente igual por todos los grandes bosques de la tierra: a que no la encontráis.

El individuo, como la hoja del árbol ya descrita, es para Schwob ente único e irrepetible en el bosque gigante que es la historia de la humanidad. A partir de allí, el joven escritor (tenía 29 cuando publicó Vidas...) traza una visión de la nueva biografía literaria: “... el ideal del biógrafo consistiría en distinguir hasta el infinito el aspecto de dos filósofos que hubieran inventado la misma metafísica”. Schwob aspira, pues, a la particularidad: extraer al individuo todo lo que de peculiar guarda en su ser, sea esto físico o psicológico, y de paso barrunta un pincelazo de la que hoy es conocida como historia de la vida cotidiana:

los biógrafos antiguos son especialmente avaros. Al no apreciar nada más que la vida pública o la gramática, sólo nos transmitieron de estos grandes hombres sus discursos y los títulos de sus libros. Es el mismo Aristófanes quien nos ha dado la alegría de saber que era calvo, y si la nariz chata de Sócrates no hubiera servido para hacer comparaciones literarias, si su costumbre de caminar descalzo no hubiera formado parte de su sistema filosófico de desprecio por el cuerpo, lo único que hubiéramos conservado de él serían sus diálogos sobre la moral (2)

A partir de pocos o muchos datos, el francés sugiere que la herramienta más importante del biógrafo es la lupa que le servirá para distinguir, para desclasificar, aquellos elementos que le den carácter único a un ser humano resucitado con palabras. Además, el autor cuestiona por qué sólo ciertos hombres, los más grandes y famosos, los que representan a una raza o un gremio, han recibido el abrazo de la biografía, género que a su juicio debe apartarse de la ciencia histórica, ya que mientras ésta incide en las generalidades, aquélla debe indagar, se quiera o no, en lo particular. Con estas palabras, emblemáticas de su genialidad, termina Schwob “El arte de la biografía” que sirvió de esqueleto a sus relatos y de trampolín para muchos otros que le deben el modelo:

Desgraciadamente, los biógrafos han creído a menudo que eran historiadores. Así fue como nos privaron de retratos admirables. Han supuesto que sólo la vida de los grandes hombres podía interesarnos. El arte es ajeno a este tipo de consideraciones. Para un pintor, el retrato de un hombre desconocido de Cranach tiene tanto valor como el retrato de Erasmo. No es gracias al nombre de Erasmo por lo que el retrato es inimitable. El arte del biógrafo consistiría en darle tanto valor a la vida de un pobre actor como a la vida de Shakaspeare. Es un instinto bajo el que nos lleva a notar con placer el acortamiento del esternomastoideo del busto de Alejandro, o el mechón sobre la frente del retrato de Napoleón. La sonrisa de la Mona Lisa, de la cual no sabemos nada (tal vez sea un hombre), es más misteriosa. Una mueca dibujada por Hokusai nos arrastra a las meditaciones más profundas. Si intentáramos practicar el arte en el que destacaron Boswell y Aubrey, sin duda no tendríamos que describir minuciosamente al hombre más grande de cada época, ni anotar las características de los más célebres del pasado, sino relatar con la misma seriedad las existencias únicas de los hombres, hayan sido divinos, mediocres o criminales. (3)

Con esta página perfecta cierra su teoría el precoz maestro, quien murió en 1905. Como ya dijimos, Vidas imaginarias hubiera bastado para dar fama a su autor. A un siglo de la primera edición, los lectores de 1996 pueden corroborar la afirmación y, por qué no, escribir biografías como las de aquel muchacho judeo-francés al cual Rémy de Gourmont definió como un genio de “simplicidad espantosamente complicada”. La genialidad es verdadera; lo otro es, aseguro, parcialmente cierto. Para comprobarlo, basta leer “Eróstrato, Incendiario”, “Clodia, Matrona impúdica”, “Frate Dolcino, Hereje”, “Los señores Burke y Hare, Asesinos” y mi pieza favorita no sé por qué razón: “Crates, cínico”.


(1) En 1991, la providencial colección “Sepan cuantos...” de Porrúa publicó (No. 603, México, 135 pp.) Vidas imaginarias acompañadas por La cruzada de los niños, también de Schwob; contiene además un prólogo de José Emilio Pacheco y una estampa de Rémy de Gourmont sobre el joven escritor francés. Ésta es, sospecho, la edición más asequible en nuestro páramo.
(2) Uso en este pasaje la traducción de Juan Damonte al prefacio de las Vidas... publicada en Ensayos y perfiles, Marcel Schwob, Cuadernos de La Gaceta, FCE, México, 1987, p. 176.
(3) Ibid.